Capítulo 1El zumbido del televisor rebotaba contra las paredes grises de la celda mientras Carmen Loyola, con las muñecas marcadas por el roce metálico de las esposas, observaba la transmisión con una mezcla de incredulidad y náusea. En la pantalla, Ángel Montalbán se pavoneaba como el nuevo magnate de Costa San Román, principal accionista del Grupo Loyola, su figura impecable enfundada en un traje italiano que costaba más que el salario anual de cualquier empleado común.Los flashes de las cámaras estallaban a su alrededor como pequeñas explosiones de adoración, mientras su voz profunda y cautivadora arrancaba gritos de admiración de la multitud. Esa misma voz que durante más de una década había sido música para los oídos de Carmen, ahora le provocaba arcadas, amplificada por el hedor penetrante del baño de la celda y el peso muerto de los grilletes en sus tobillos.El eco de pasos metálicos precedió a la voz del guardia.—Tienes visita familiar.Aquellas palabras, "visita familiar", encendieron una chispa de esperanza en su pecho. Su mente voló de inmediato hacia Lucas Montalbán, su hijo, quien apenas había comenzado la universidad. El corazón le latió con fuerza ante la posibilidad. "¡Por fin se habrá dado cuenta de las atrocidades de Ángel!", pensó, mientras un brillo renovado iluminaba sus ojos apagados por el encierro.La idea de que Lucas, su única luz en aquella oscuridad, viniera a rescatarla, le devolvió momentáneamente la vida a su rostro demacrado. Era su última esperanza, el único cabo suelto que podría desenredar esta pesadilla.Sus manos temblaban cuando se sentó frente al cristal de visitas.—Lucas, tu padre me inculpó. Todo fue para quedarse con el Grupo Loyola. Me acusó de transferir ilegalmente los bienes de la empresa, pero tú puedes ayudarme a salir de aquí, ¿verdad?Sus ojos suplicantes buscaron los de su hijo, recordando con amargura su propia ingenuidad. Había creído que Ángel era su refugio seguro, su puerto en la tormenta. Desafió a su propio padre, cortó lazos con la familia Loyola, todo por casarse con él. Le había entregado no solo su confianza, sino su vida entera, y de esa unión había nacido Lucas, su mayor tesoro.Antonio Loyola, su padre, a pesar de sus amenazas de cortar lazos, nunca pudo mantener su palabra contra su única hija. Al enterarse del embarazo de Carmen, incluso había comenzado a tratar a Ángel como al hijo que nunca tuvo. Pero Ángel resultó ser una serpiente que había estado acechando al Grupo Loyola desde el principio.El recuerdo de aquella última confrontación todavía le quemaba en la memoria. La sonrisa triunfante de Ángel, sus palabras cargadas de veneno:—Esto es lo que la familia Loyola me debe —había declarado con una suficiencia que ahora le revolvía el estómago—. Tu padre se arrodilló ante mí antes de morir, suplicándome que te perdonara.—¡Eras un monstruo y nunca lo vi!Con un simple gesto de su mano, los guardias la habían rodeado, presentando una montaña de evidencia fabricada que la mandó directamente a prisión.Ahora, frente al cristal que la separaba de su último refugio, Carmen suplicó:—Lucas, ahora solo te tengo a ti.La risa cruel de Lucas cortó el aire como una navaja.—Mamá, mejor quédate ahí dentro.El desprecio en su voz la golpeó como una bofetada. Los recuerdos la asaltaron: el día que Lucas nació, ella había sufrido una hemorragia que casi le cuesta la vida. Incluso al borde de la inconsciencia, su única preocupación había sido la supervivencia de su bebé. Desde entonces, cada decisión, cada momento de su vida había girado en torno a él: su alimentación, su vestimenta, su educación. ¿Qué no había sacrificado por su bienestar?Y ahora, ¿la despreciaba por estar en prisión? La ironía le resultaba insoportable, pero Lucas era su única salida. Después de tres décadas siendo la señorita Loyola, la indignidad de compartir un espacio para dormir y hacer sus necesidades la estaba destruyendo poco a poco.La culpa la carcomía por dentro. Había sido ciega, estúpidamente ciega por amor, apoyando a un hombre que resultó ser un fénix que se alzó sobre las cenizas de su padre muerto y sus sueños destruidos.Lucas la observaba con una sonrisa torcida.—¿Crees que tú me cuidaste? No me hagas reír, señora Loyola. Eso es solo lo que tú crees.Se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con malicia.—¿Sabes cuánto envidiaba a los otros niños? Ellos comían pollo frito, helado, iban a parques acuáticos. ¿Y yo? Siempre encerrado con clases extras y tareas infinitas.Carmen sintió que el teléfono se le resbalaba entre los dedos temblorosos.—Por suerte, la señora Ingrid compensó todo eso.Al mencionar a Ingrid Almansa, el orgullo en sus ojos fue como una puñalada más para Carmen. Todo cobraba sentido ahora: las misteriosas enfermedades de Lucas cada vez que Ángel lo llevaba de paseo, ya fuera fiebre, diarrea o problemas en la piel. Ella había limitado el pollo frito, el helado y las visitas al parque acuático porque su sistema inmunológico era más débil que el de otros niños, como los doctores habían advertido innumerables veces.Pero en los ojos de su hijo, su protección maternal se había convertido en crueldad. Bastaron unos cuantos paseos al parque de diversiones con Ingrid para borrar dieciocho años de sacrificio y amor incondicional.Lucas sacó un papel de su mochila y lo presionó contra el cristal.—Ah, por cierto. Tú no eres mi madre. La señora Ingrid es mi verdadera madre biológica.Carmen contuvo el aliento, las lágrimas nublando su visión mientras miraba a Lucas con incredulidad.—¿Qué... qué estás diciendo?—Hace dieciocho años, en ese hotel, no te acostaste con mi papá —sus labios se curvaron en una mueca cruel—. Fue con Elio Santos. La bebé que esperabas era su hija, Ainhoa Santos. Cuando nací yo, mi papá y ella me intercambiaron. Nunca fui realmente tu hijo.El desprecio en su mirada era como ácido corroyendo el alma de Carmen.—¡Mi papá y yo hemos sufrido esta injusticia durante dieciocho años! ¡El Grupo Loyola debería haber sido nuestro desde el principio!Se levantó, ajustándose la chaqueta con una sonrisa macabra.—Se me olvidaba. Elio y su hija venían a salvarte, pero tuvieron un "accidente" en el camino. Murieron, por supuesto. Gracias a mí. ¿Estás feliz ahora, mamá?Carmen golpeó el cristal con todas sus fuerzas. Un sabor metálico le inundó la boca mientras los guardias la sujetaban. Gritó y forcejeó hasta que la sangre brotó de sus labios y su visión se nubló.En la oscuridad que la envolvía, la sonrisa triunfante de Lucas fue lo último que vio."Si existe otra vida", pensó mientras la consciencia la abandonaba, "haré que todos los que me lastimaron se arrepientan".…Una voz familiar atravesó la bruma de sus pensamientos.—Señor, la señorita ha despertado.A través de la bruma del sueño, Carmen creyó escuchar la voz familiar de Julia, la fiel sirvienta de la familia Loyola, como un eco distante de una vida anterior.La luz matinal se filtraba suavemente a través de las cortinas de seda, dibujando patrones familiares sobre las paredes. Carmen abrió los ojos lentamente, y el conocido decorado de su habitación emergió ante ella como una fotografía que cobra vida. Cada detalle, desde el papel tapiz hasta el antiguo tocador, despertaba ecos de una vida que creía perdida.Su corazón dio un vuelco al encontrarse con la mirada preocupada de Antonio Loyola, su padre, sentado junto a la cama. La realidad y los recuerdos chocaron dentro de su mente como olas contra las rocas. ¿No se suponía que había muerto? La presencia de su padre, tan vívida y real, desafiaba toda lógica.Antonio rompió el silencio, su voz teñida de preocupación paternal.—Por Dios, Carmen, casi me matas del susto. Ya está decidido: el proyecto de Bahía del Sol será para Ángel. Ya no hagas más locuras que me espanten así."¿El proyecto de Bahía del Sol?" El nombre actuó como una llave, abriendo una compuerta de recuerdos que la inundaron sin piedad.Los acontecimientos se desarrollaron en su mente con cruel claridad. Cinco años después de su boda, el Grupo Loyola había lanzado ese ambicioso resort en Bahía del Sol. El proyecto había sido la joya de Costa San Román, y Ángel, hambriento de poder, la había presionado para conseguir el control. Su padre, con ese instinto que ella había ignorado, se había negado rotundamente, convencido de la incapacidad de Ángel para manejar semejante responsabilidad.La vergüenza la atravesó como un relámpago al recordar su propia desesperación, llegando al extremo de amenazar con cortarse las venas para doblegar la voluntad de su padre. Y lo había logrado. Antonio, derrotado por el miedo de perder a su hija, había cedido el proyecto a Ángel, comprometiéndose a supervisarlo personalmente. Ese había sido el primer escalón en el ascenso de Ángel dentro del Grupo Loyola, el cimiento de su poder.—¿Carmen?La voz de su padre la arrancó de sus pensamientos. Verlo ahí, vivo, saludable, sin la sombra de la derrota que Ángel había grabado en su rostro, provocó que las lágrimas brotaran sin control. Su padre, el gran Antonio Loyola, quien había construido un imperio empresarial sin perder su vocación filantrópica, había terminado de rodillas ante Ángel por su culpa. Lo que ella había creído un trágico accidente ahora se revelaba como la obra maestra de la traición de Ángel.Antonio, desconcertado por el llanto de su hija, intentó consolarla.—Mi niña, ya te dije que el proyecto será para Ángel, no tienes que...Sin importarle el dolor de sus heridas de sus manos, Carmen se lanzó a los brazos de su padre, sorprendiéndolo con un abrazo desesperado. El gesto lo dejó atónito. Desde su matrimonio con Ángel, la distancia entre ellos se había convertido en un abismo que parecía imposible de cruzar. ¿Qué había cambiado?Cuando finalmente se calmó, Carmen se incorporó y miró a su padre con una determinación que él no había visto en años.—Papá, quiero hacerme cargo yo del proyecto de Bahía del Sol."Ángel quiere apoderarse del Grupo Loyola, pero no lo permitiré. Tengo que expulsar a Ángel e Ingrid de nuestra empresa", juró para sí misma.Antonio la observó con una mezcla de incredulidad y esperanza cautelosa.—Carmen, ¿hablas en serio? —su voz temblaba ligeramente—. ¿No será otro truco para acabar cediendo todo a Ángel?La duda en su voz era comprensible. Por Ángel, su hija había estado dispuesta incluso a acabar con su propia vida sin titubear.Carmen sostuvo la mirada de su padre, dejando que viera la verdad en sus ojos.—Estaba ciega, papá. El amor por Ángel me nubló el juicio, pero ahora veo todo con claridad. La verdadera fortaleza viene de uno mismo, no de depender de otros.Las emociones atravesaron el rostro de Antonio como nubes en un día ventoso, incapaz de decidir entre reír o llorar. Por fin, su hija había despertado.—¡Por supuesto que sí! —se apresuró a responder, como temiendo que ella cambiara de opinión—. Aunque hace tiempo que no te involucras en la empresa, no desde que tuviste a tu hijo... ¿Qué te parece si trabajamos juntos en este proyecto? Yo mismo te guiaré.Carmen asintió, agradecida por esta segunda oportunidad.…Más tarde, cuando regresó a la casa de la familia Montalbán, el silencio de la noche la recibió como un viejo conocido. El reloj marcaba las diez, la hora en que Lucas normalmente ya estaría dormido.Subió sigilosamente al balcón del segundo piso, y las voces de Ángel y su hijo llegaron hasta ella, cortantes como cristales rotos.—Papá, ¿cuándo la señora Ingrid va a poder ser mi mamá? —había una nota de súplica infantil en su voz—. Ella sí me consiente, ¿sabes? Siempre recuerda que me gusta el helado y me lleva al parque de diversiones.—No es como Carmen —la voz de Lucas resonaba con un deje de resentimiento—. Ella nunca me deja hacer nada divertido.Lucas se acurrucó en los brazos de su padre, sus pequeños ojos fijos en él con una seriedad impropia de su edad.—Papá, ya que tú y mamá se divorciaron, ¿podría la señora Ingrid ser mi nueva mamá? Al fin y al cabo, mamá todavía tiene a abuelo, y la señora Ingrid sólo te tiene a ti.Ángel permaneció en silencio, sus dedos acariciando mecánicamente el cabello de su hijo.Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Carmen mientras escuchaba desde el pasillo. Sin hacer ruido, se giró y se deslizó hacia su habitación como una sombra.El rostro de Ángel mostró sorpresa al encontrarla ahí minutos después.—¿A qué hora regresaste?Carmen continuó aplicándose su crema nocturna con movimientos calculadamente despreocupados.—Hace un rato. Vi que ni tú ni el niño estaban, ¿a dónde fueron a jugar?Una sombra de inquietud cruzó el rostro de Ángel.—Oh, simplemente estuve en la habitación del niño, ayudándolo con sus bloques de construcción.El silencio de Carmen pesó en el aire como plomo.—El proyecto de Bahía del Sol —tanteó Ángel—, ¿qué dijo tu papá?Carmen recordó vívidamente cómo, en su vida anterior, había conseguido el proyecto para Ángel, solo para que él trajera a Ingrid al día siguiente, con el pretexto de "falta de personal". La cercanía les había facilitado sus encuentros clandestinos, mientras ella seguía ciega ante lo obvio.Esta vez sería diferente. El proyecto era suyo.Levantó su mano derecha con expresión afligida.—Ni con esto logré convencerlo.La mirada de Ángel se tornó turbia. Se levantó con brusquedad y le agarró el brazo con fuerza.—¿Así pretendes que te crean? —sus dedos se clavaron en su piel—. ¿No te expliqué cómo hacerlo? Necesitabas un corte más profundo. Con esa herida superficial, ¿cómo esperabas que tu padre se lo creyera?El desprecio bailaba en sus ojos como llamas negras.—Por eso no te dio el proyecto —continuó, soltándola con desprecio—. Carmen, me gustan las mujeres que están a mi nivel. Deberías reflexionar sobre eso.Sin esperar respuesta, Ángel agarró las llaves del coche y salió azotando la puerta.Una risa seca escapó de los labios de Carmen. En su vida anterior, ver a Ángel tomar esas llaves la habría enviado a un espiral de disculpas y arrepentimiento. Sabía que cuando él se iba así, podían pasar días sin que volviera. El trato frío la destruía por dentro, justo como Ángel había calculado con su manipulación experta.Pero esta vez, Carmen simplemente se quedó junto a la ventana, observando con indiferencia cómo el coche desaparecía en la noche."Mejor que no vuelva", pensó. "Sería menos problema"....La mañana siguiente encontró a Carmen llegando puntual a la empresa para completar su proceso de incorporación. Su desinterés previo en el negocio familiar de bienes raíces había hecho que sus visitas se pudieran contar con los dedos de una mano, y después de su matrimonio, se había desvanecido por completo. No era sorpresa que nadie la reconociera.Había convencido a su padre de empezar como pasante, argumentando su deseo de aprender. Antonio, encantado con este nuevo espíritu en su hija, había accedido sin dudarlo.Apenas se había instalado en su nuevo escritorio cuando vio entrar a Ingrid y Ángel, uno tras otro, como si siguieran una coreografía ensayada. No se había equivocado: Ángel había buscado consuelo con ella la noche anterior.—Oye, ¿ya te enteraste? —susurró una voz desde el cubículo vecino—. La hija del presidente Loyola está trabajando aquí.—¿Quién?Carmen aguzó el oído, fingiendo concentrarse en su computadora.—¿No será Ingrid? —sugirió la primera voz—. Se ve que ella y el señor Montalbán son muy cercanos.—Puede ser, pero ella no tiene el apellido Loyola, ¿verdad?—Ay, no sabes nada —intervino una tercera voz—. Dicen que la verdadera hija del presidente usa el apellido de su mamá, que en paz descanse.Carmen sonrió para sus adentros. Los rumores ya empezaban a circular como hojas en el viento.Capítulo 2El zumbido del televisor rebotaba contra las paredes grises de la celda mientras Carmen Loyola, con las muñecas marcadas por el roce metálico de las esposas, observaba la transmisión con una mezcla de incredulidad y náusea. En la pantalla, Ángel Montalbán se pavoneaba como el nuevo magnate de Costa San Román, principal accionista del Grupo Loyola, su figura impecable enfundada en un traje italiano que costaba más que el salario anual de cualquier empleado común.Los flashes de las cámaras estallaban a su alrededor como pequeñas explosiones de adoración, mientras su voz profunda y cautivadora arrancaba gritos de admiración de la multitud. Esa misma voz que durante más de una década había sido música para los oídos de Carmen, ahora le provocaba arcadas, amplificada por el hedor penetrante del baño de la celda y el peso muerto de los grilletes en sus tobillos.El eco de pasos metálicos precedió a la voz del guardia.—Tienes visita familiar.Aquellas palabras, "visita familiar", encendieron una chispa de esperanza en su pecho. Su mente voló de inmediato hacia Lucas Montalbán, su hijo, quien apenas había comenzado la universidad. El corazón le latió con fuerza ante la posibilidad. "¡Por fin se habrá dado cuenta de las atrocidades de Ángel!", pensó, mientras un brillo renovado iluminaba sus ojos apagados por el encierro.La idea de que Lucas, su única luz en aquella oscuridad, viniera a rescatarla, le devolvió momentáneamente la vida a su rostro demacrado. Era su última esperanza, el único cabo suelto que podría desenredar esta pesadilla.Sus manos temblaban cuando se sentó frente al cristal de visitas.—Lucas, tu padre me inculpó. Todo fue para quedarse con el Grupo Loyola. Me acusó de transferir ilegalmente los bienes de la empresa, pero tú puedes ayudarme a salir de aquí, ¿verdad?Sus ojos suplicantes buscaron los de su hijo, recordando con amargura su propia ingenuidad. Había creído que Ángel era su refugio seguro, su puerto en la tormenta. Desafió a su propio padre, cortó lazos con la familia Loyola, todo por casarse con él. Le había entregado no solo su confianza, sino su vida entera, y de esa unión había nacido Lucas, su mayor tesoro.Antonio Loyola, su padre, a pesar de sus amenazas de cortar lazos, nunca pudo mantener su palabra contra su única hija. Al enterarse del embarazo de Carmen, incluso había comenzado a tratar a Ángel como al hijo que nunca tuvo. Pero Ángel resultó ser una serpiente que había estado acechando al Grupo Loyola desde el principio.El recuerdo de aquella última confrontación todavía le quemaba en la memoria. La sonrisa triunfante de Ángel, sus palabras cargadas de veneno:—Esto es lo que la familia Loyola me debe —había declarado con una suficiencia que ahora le revolvía el estómago—. Tu padre se arrodilló ante mí antes de morir, suplicándome que te perdonara.—¡Eras un monstruo y nunca lo vi!Con un simple gesto de su mano, los guardias la habían rodeado, presentando una montaña de evidencia fabricada que la mandó directamente a prisión.Ahora, frente al cristal que la separaba de su último refugio, Carmen suplicó:—Lucas, ahora solo te tengo a ti.La risa cruel de Lucas cortó el aire como una navaja.—Mamá, mejor quédate ahí dentro.El desprecio en su voz la golpeó como una bofetada. Los recuerdos la asaltaron: el día que Lucas nació, ella había sufrido una hemorragia que casi le cuesta la vida. Incluso al borde de la inconsciencia, su única preocupación había sido la supervivencia de su bebé. Desde entonces, cada decisión, cada momento de su vida había girado en torno a él: su alimentación, su vestimenta, su educación. ¿Qué no había sacrificado por su bienestar?Y ahora, ¿la despreciaba por estar en prisión? La ironía le resultaba insoportable, pero Lucas era su única salida. Después de tres décadas siendo la señorita Loyola, la indignidad de compartir un espacio para dormir y hacer sus necesidades la estaba destruyendo poco a poco.La culpa la carcomía por dentro. Había sido ciega, estúpidamente ciega por amor, apoyando a un hombre que resultó ser un fénix que se alzó sobre las cenizas de su padre muerto y sus sueños destruidos.Lucas la observaba con una sonrisa torcida.—¿Crees que tú me cuidaste? No me hagas reír, señora Loyola. Eso es solo lo que tú crees.Se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con malicia.—¿Sabes cuánto envidiaba a los otros niños? Ellos comían pollo frito, helado, iban a parques acuáticos. ¿Y yo? Siempre encerrado con clases extras y tareas infinitas.Carmen sintió que el teléfono se le resbalaba entre los dedos temblorosos.—Por suerte, la señora Ingrid compensó todo eso.Al mencionar a Ingrid Almansa, el orgullo en sus ojos fue como una puñalada más para Carmen. Todo cobraba sentido ahora: las misteriosas enfermedades de Lucas cada vez que Ángel lo llevaba de paseo, ya fuera fiebre, diarrea o problemas en la piel. Ella había limitado el pollo frito, el helado y las visitas al parque acuático porque su sistema inmunológico era más débil que el de otros niños, como los doctores habían advertido innumerables veces.Pero en los ojos de su hijo, su protección maternal se había convertido en crueldad. Bastaron unos cuantos paseos al parque de diversiones con Ingrid para borrar dieciocho años de sacrificio y amor incondicional.Lucas sacó un papel de su mochila y lo presionó contra el cristal.—Ah, por cierto. Tú no eres mi madre. La señora Ingrid es mi verdadera madre biológica.Carmen contuvo el aliento, las lágrimas nublando su visión mientras miraba a Lucas con incredulidad.—¿Qué... qué estás diciendo?—Hace dieciocho años, en ese hotel, no te acostaste con mi papá —sus labios se curvaron en una mueca cruel—. Fue con Elio Santos. La bebé que esperabas era su hija, Ainhoa Santos. Cuando nací yo, mi papá y ella me intercambiaron. Nunca fui realmente tu hijo.El desprecio en su mirada era como ácido corroyendo el alma de Carmen.—¡Mi papá y yo hemos sufrido esta injusticia durante dieciocho años! ¡El Grupo Loyola debería haber sido nuestro desde el principio!Se levantó, ajustándose la chaqueta con una sonrisa macabra.—Se me olvidaba. Elio y su hija venían a salvarte, pero tuvieron un "accidente" en el camino. Murieron, por supuesto. Gracias a mí. ¿Estás feliz ahora, mamá?Carmen golpeó el cristal con todas sus fuerzas. Un sabor metálico le inundó la boca mientras los guardias la sujetaban. Gritó y forcejeó hasta que la sangre brotó de sus labios y su visión se nubló.En la oscuridad que la envolvía, la sonrisa triunfante de Lucas fue lo último que vio."Si existe otra vida", pensó mientras la consciencia la abandonaba, "haré que todos los que me lastimaron se arrepientan".…Una voz familiar atravesó la bruma de sus pensamientos.—Señor, la señorita ha despertado.A través de la bruma del sueño, Carmen creyó escuchar la voz familiar de Julia, la fiel sirvienta de la familia Loyola, como un eco distante de una vida anterior.La luz matinal se filtraba suavemente a través de las cortinas de seda, dibujando patrones familiares sobre las paredes. Carmen abrió los ojos lentamente, y el conocido decorado de su habitación emergió ante ella como una fotografía que cobra vida. Cada detalle, desde el papel tapiz hasta el antiguo tocador, despertaba ecos de una vida que creía perdida.Su corazón dio un vuelco al encontrarse con la mirada preocupada de Antonio Loyola, su padre, sentado junto a la cama. La realidad y los recuerdos chocaron dentro de su mente como olas contra las rocas. ¿No se suponía que había muerto? La presencia de su padre, tan vívida y real, desafiaba toda lógica.Antonio rompió el silencio, su voz teñida de preocupación paternal.—Por Dios, Carmen, casi me matas del susto. Ya está decidido: el proyecto de Bahía del Sol será para Ángel. Ya no hagas más locuras que me espanten así."¿El proyecto de Bahía del Sol?" El nombre actuó como una llave, abriendo una compuerta de recuerdos que la inundaron sin piedad.Los acontecimientos se desarrollaron en su mente con cruel claridad. Cinco años después de su boda, el Grupo Loyola había lanzado ese ambicioso resort en Bahía del Sol. El proyecto había sido la joya de Costa San Román, y Ángel, hambriento de poder, la había presionado para conseguir el control. Su padre, con ese instinto que ella había ignorado, se había negado rotundamente, convencido de la incapacidad de Ángel para manejar semejante responsabilidad.La vergüenza la atravesó como un relámpago al recordar su propia desesperación, llegando al extremo de amenazar con cortarse las venas para doblegar la voluntad de su padre. Y lo había logrado. Antonio, derrotado por el miedo de perder a su hija, había cedido el proyecto a Ángel, comprometiéndose a supervisarlo personalmente. Ese había sido el primer escalón en el ascenso de Ángel dentro del Grupo Loyola, el cimiento de su poder.—¿Carmen?La voz de su padre la arrancó de sus pensamientos. Verlo ahí, vivo, saludable, sin la sombra de la derrota que Ángel había grabado en su rostro, provocó que las lágrimas brotaran sin control. Su padre, el gran Antonio Loyola, quien había construido un imperio empresarial sin perder su vocación filantrópica, había terminado de rodillas ante Ángel por su culpa. Lo que ella había creído un trágico accidente ahora se revelaba como la obra maestra de la traición de Ángel.Antonio, desconcertado por el llanto de su hija, intentó consolarla.—Mi niña, ya te dije que el proyecto será para Ángel, no tienes que...Sin importarle el dolor de sus heridas de sus manos, Carmen se lanzó a los brazos de su padre, sorprendiéndolo con un abrazo desesperado. El gesto lo dejó atónito. Desde su matrimonio con Ángel, la distancia entre ellos se había convertido en un abismo que parecía imposible de cruzar. ¿Qué había cambiado?Cuando finalmente se calmó, Carmen se incorporó y miró a su padre con una determinación que él no había visto en años.—Papá, quiero hacerme cargo yo del proyecto de Bahía del Sol."Ángel quiere apoderarse del Grupo Loyola, pero no lo permitiré. Tengo que expulsar a Ángel e Ingrid de nuestra empresa", juró para sí misma.Antonio la observó con una mezcla de incredulidad y esperanza cautelosa.—Carmen, ¿hablas en serio? —su voz temblaba ligeramente—. ¿No será otro truco para acabar cediendo todo a Ángel?La duda en su voz era comprensible. Por Ángel, su hija había estado dispuesta incluso a acabar con su propia vida sin titubear.Carmen sostuvo la mirada de su padre, dejando que viera la verdad en sus ojos.—Estaba ciega, papá. El amor por Ángel me nubló el juicio, pero ahora veo todo con claridad. La verdadera fortaleza viene de uno mismo, no de depender de otros.Las emociones atravesaron el rostro de Antonio como nubes en un día ventoso, incapaz de decidir entre reír o llorar. Por fin, su hija había despertado.—¡Por supuesto que sí! —se apresuró a responder, como temiendo que ella cambiara de opinión—. Aunque hace tiempo que no te involucras en la empresa, no desde que tuviste a tu hijo... ¿Qué te parece si trabajamos juntos en este proyecto? Yo mismo te guiaré.Carmen asintió, agradecida por esta segunda oportunidad.…Más tarde, cuando regresó a la casa de la familia Montalbán, el silencio de la noche la recibió como un viejo conocido. El reloj marcaba las diez, la hora en que Lucas normalmente ya estaría dormido.Subió sigilosamente al balcón del segundo piso, y las voces de Ángel y su hijo llegaron hasta ella, cortantes como cristales rotos.—Papá, ¿cuándo la señora Ingrid va a poder ser mi mamá? —había una nota de súplica infantil en su voz—. Ella sí me consiente, ¿sabes? Siempre recuerda que me gusta el helado y me lleva al parque de diversiones.—No es como Carmen —la voz de Lucas resonaba con un deje de resentimiento—. Ella nunca me deja hacer nada divertido.Lucas se acurrucó en los brazos de su padre, sus pequeños ojos fijos en él con una seriedad impropia de su edad.—Papá, ya que tú y mamá se divorciaron, ¿podría la señora Ingrid ser mi nueva mamá? Al fin y al cabo, mamá todavía tiene a abuelo, y la señora Ingrid sólo te tiene a ti.Ángel permaneció en silencio, sus dedos acariciando mecánicamente el cabello de su hijo.Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Carmen mientras escuchaba desde el pasillo. Sin hacer ruido, se giró y se deslizó hacia su habitación como una sombra.El rostro de Ángel mostró sorpresa al encontrarla ahí minutos después.—¿A qué hora regresaste?Carmen continuó aplicándose su crema nocturna con movimientos calculadamente despreocupados.—Hace un rato. Vi que ni tú ni el niño estaban, ¿a dónde fueron a jugar?Una sombra de inquietud cruzó el rostro de Ángel.—Oh, simplemente estuve en la habitación del niño, ayudándolo con sus bloques de construcción.El silencio de Carmen pesó en el aire como plomo.—El proyecto de Bahía del Sol —tanteó Ángel—, ¿qué dijo tu papá?Carmen recordó vívidamente cómo, en su vida anterior, había conseguido el proyecto para Ángel, solo para que él trajera a Ingrid al día siguiente, con el pretexto de "falta de personal". La cercanía les había facilitado sus encuentros clandestinos, mientras ella seguía ciega ante lo obvio.Esta vez sería diferente. El proyecto era suyo.Levantó su mano derecha con expresión afligida.—Ni con esto logré convencerlo.La mirada de Ángel se tornó turbia. Se levantó con brusquedad y le agarró el brazo con fuerza.—¿Así pretendes que te crean? —sus dedos se clavaron en su piel—. ¿No te expliqué cómo hacerlo? Necesitabas un corte más profundo. Con esa herida superficial, ¿cómo esperabas que tu padre se lo creyera?El desprecio bailaba en sus ojos como llamas negras.—Por eso no te dio el proyecto —continuó, soltándola con desprecio—. Carmen, me gustan las mujeres que están a mi nivel. Deberías reflexionar sobre eso.Sin esperar respuesta, Ángel agarró las llaves del coche y salió azotando la puerta.Una risa seca escapó de los labios de Carmen. En su vida anterior, ver a Ángel tomar esas llaves la habría enviado a un espiral de disculpas y arrepentimiento. Sabía que cuando él se iba así, podían pasar días sin que volviera. El trato frío la destruía por dentro, justo como Ángel había calculado con su manipulación experta.Pero esta vez, Carmen simplemente se quedó junto a la ventana, observando con indiferencia cómo el coche desaparecía en la noche."Mejor que no vuelva", pensó. "Sería menos problema"....La mañana siguiente encontró a Carmen llegando puntual a la empresa para completar su proceso de incorporación. Su desinterés previo en el negocio familiar de bienes raíces había hecho que sus visitas se pudieran contar con los dedos de una mano, y después de su matrimonio, se había desvanecido por completo. No era sorpresa que nadie la reconociera.Había convencido a su padre de empezar como pasante, argumentando su deseo de aprender. Antonio, encantado con este nuevo espíritu en su hija, había accedido sin dudarlo.Apenas se había instalado en su nuevo escritorio cuando vio entrar a Ingrid y Ángel, uno tras otro, como si siguieran una coreografía ensayada. No se había equivocado: Ángel había buscado consuelo con ella la noche anterior.—Oye, ¿ya te enteraste? —susurró una voz desde el cubículo vecino—. La hija del presidente Loyola está trabajando aquí.—¿Quién?Carmen aguzó el oído, fingiendo concentrarse en su computadora.—¿No será Ingrid? —sugirió la primera voz—. Se ve que ella y el señor Montalbán son muy cercanos.—Puede ser, pero ella no tiene el apellido Loyola, ¿verdad?—Ay, no sabes nada —intervino una tercera voz—. Dicen que la verdadera hija del presidente usa el apellido de su mamá, que en paz descanse.Carmen sonrió para sus adentros. Los rumores ya empezaban a circular como hojas en el viento.Capítulo 3El zumbido del televisor rebotaba contra las paredes grises de la celda mientras Carmen Loyola, con las muñecas marcadas por el roce metálico de las esposas, observaba la transmisión con una mezcla de incredulidad y náusea. En la pantalla, Ángel Montalbán se pavoneaba como el nuevo magnate de Costa San Román, principal accionista del Grupo Loyola, su figura impecable enfundada en un traje italiano que costaba más que el salario anual de cualquier empleado común.Los flashes de las cámaras estallaban a su alrededor como pequeñas explosiones de adoración, mientras su voz profunda y cautivadora arrancaba gritos de admiración de la multitud. Esa misma voz que durante más de una década había sido música para los oídos de Carmen, ahora le provocaba arcadas, amplificada por el hedor penetrante del baño de la celda y el peso muerto de los grilletes en sus tobillos.El eco de pasos metálicos precedió a la voz del guardia.—Tienes visita familiar.Aquellas palabras, "visita familiar", encendieron una chispa de esperanza en su pecho. Su mente voló de inmediato hacia Lucas Montalbán, su hijo, quien apenas había comenzado la universidad. El corazón le latió con fuerza ante la posibilidad. "¡Por fin se habrá dado cuenta de las atrocidades de Ángel!", pensó, mientras un brillo renovado iluminaba sus ojos apagados por el encierro.La idea de que Lucas, su única luz en aquella oscuridad, viniera a rescatarla, le devolvió momentáneamente la vida a su rostro demacrado. Era su última esperanza, el único cabo suelto que podría desenredar esta pesadilla.Sus manos temblaban cuando se sentó frente al cristal de visitas.—Lucas, tu padre me inculpó. Todo fue para quedarse con el Grupo Loyola. Me acusó de transferir ilegalmente los bienes de la empresa, pero tú puedes ayudarme a salir de aquí, ¿verdad?Sus ojos suplicantes buscaron los de su hijo, recordando con amargura su propia ingenuidad. Había creído que Ángel era su refugio seguro, su puerto en la tormenta. Desafió a su propio padre, cortó lazos con la familia Loyola, todo por casarse con él. Le había entregado no solo su confianza, sino su vida entera, y de esa unión había nacido Lucas, su mayor tesoro.Antonio Loyola, su padre, a pesar de sus amenazas de cortar lazos, nunca pudo mantener su palabra contra su única hija. Al enterarse del embarazo de Carmen, incluso había comenzado a tratar a Ángel como al hijo que nunca tuvo. Pero Ángel resultó ser una serpiente que había estado acechando al Grupo Loyola desde el principio.El recuerdo de aquella última confrontación todavía le quemaba en la memoria. La sonrisa triunfante de Ángel, sus palabras cargadas de veneno:—Esto es lo que la familia Loyola me debe —había declarado con una suficiencia que ahora le revolvía el estómago—. Tu padre se arrodilló ante mí antes de morir, suplicándome que te perdonara.—¡Eras un monstruo y nunca lo vi!Con un simple gesto de su mano, los guardias la habían rodeado, presentando una montaña de evidencia fabricada que la mandó directamente a prisión.Ahora, frente al cristal que la separaba de su último refugio, Carmen suplicó:—Lucas, ahora solo te tengo a ti.La risa cruel de Lucas cortó el aire como una navaja.—Mamá, mejor quédate ahí dentro.El desprecio en su voz la golpeó como una bofetada. Los recuerdos la asaltaron: el día que Lucas nació, ella había sufrido una hemorragia que casi le cuesta la vida. Incluso al borde de la inconsciencia, su única preocupación había sido la supervivencia de su bebé. Desde entonces, cada decisión, cada momento de su vida había girado en torno a él: su alimentación, su vestimenta, su educación. ¿Qué no había sacrificado por su bienestar?Y ahora, ¿la despreciaba por estar en prisión? La ironía le resultaba insoportable, pero Lucas era su única salida. Después de tres décadas siendo la señorita Loyola, la indignidad de compartir un espacio para dormir y hacer sus necesidades la estaba destruyendo poco a poco.La culpa la carcomía por dentro. Había sido ciega, estúpidamente ciega por amor, apoyando a un hombre que resultó ser un fénix que se alzó sobre las cenizas de su padre muerto y sus sueños destruidos.Lucas la observaba con una sonrisa torcida.—¿Crees que tú me cuidaste? No me hagas reír, señora Loyola. Eso es solo lo que tú crees.Se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con malicia.—¿Sabes cuánto envidiaba a los otros niños? Ellos comían pollo frito, helado, iban a parques acuáticos. ¿Y yo? Siempre encerrado con clases extras y tareas infinitas.Carmen sintió que el teléfono se le resbalaba entre los dedos temblorosos.—Por suerte, la señora Ingrid compensó todo eso.Al mencionar a Ingrid Almansa, el orgullo en sus ojos fue como una puñalada más para Carmen. Todo cobraba sentido ahora: las misteriosas enfermedades de Lucas cada vez que Ángel lo llevaba de paseo, ya fuera fiebre, diarrea o problemas en la piel. Ella había limitado el pollo frito, el helado y las visitas al parque acuático porque su sistema inmunológico era más débil que el de otros niños, como los doctores habían advertido innumerables veces.Pero en los ojos de su hijo, su protección maternal se había convertido en crueldad. Bastaron unos cuantos paseos al parque de diversiones con Ingrid para borrar dieciocho años de sacrificio y amor incondicional.Lucas sacó un papel de su mochila y lo presionó contra el cristal.—Ah, por cierto. Tú no eres mi madre. La señora Ingrid es mi verdadera madre biológica.Carmen contuvo el aliento, las lágrimas nublando su visión mientras miraba a Lucas con incredulidad.—¿Qué... qué estás diciendo?—Hace dieciocho años, en ese hotel, no te acostaste con mi papá —sus labios se curvaron en una mueca cruel—. Fue con Elio Santos. La bebé que esperabas era su hija, Ainhoa Santos. Cuando nací yo, mi papá y ella me intercambiaron. Nunca fui realmente tu hijo.El desprecio en su mirada era como ácido corroyendo el alma de Carmen.—¡Mi papá y yo hemos sufrido esta injusticia durante dieciocho años! ¡El Grupo Loyola debería haber sido nuestro desde el principio!Se levantó, ajustándose la chaqueta con una sonrisa macabra.—Se me olvidaba. Elio y su hija venían a salvarte, pero tuvieron un "accidente" en el camino. Murieron, por supuesto. Gracias a mí. ¿Estás feliz ahora, mamá?Carmen golpeó el cristal con todas sus fuerzas. Un sabor metálico le inundó la boca mientras los guardias la sujetaban. Gritó y forcejeó hasta que la sangre brotó de sus labios y su visión se nubló.En la oscuridad que la envolvía, la sonrisa triunfante de Lucas fue lo último que vio."Si existe otra vida", pensó mientras la consciencia la abandonaba, "haré que todos los que me lastimaron se arrepientan".…Una voz familiar atravesó la bruma de sus pensamientos.—Señor, la señorita ha despertado.A través de la bruma del sueño, Carmen creyó escuchar la voz familiar de Julia, la fiel sirvienta de la familia Loyola, como un eco distante de una vida anterior.La luz matinal se filtraba suavemente a través de las cortinas de seda, dibujando patrones familiares sobre las paredes. Carmen abrió los ojos lentamente, y el conocido decorado de su habitación emergió ante ella como una fotografía que cobra vida. Cada detalle, desde el papel tapiz hasta el antiguo tocador, despertaba ecos de una vida que creía perdida.Su corazón dio un vuelco al encontrarse con la mirada preocupada de Antonio Loyola, su padre, sentado junto a la cama. La realidad y los recuerdos chocaron dentro de su mente como olas contra las rocas. ¿No se suponía que había muerto? La presencia de su padre, tan vívida y real, desafiaba toda lógica.Antonio rompió el silencio, su voz teñida de preocupación paternal.—Por Dios, Carmen, casi me matas del susto. Ya está decidido: el proyecto de Bahía del Sol será para Ángel. Ya no hagas más locuras que me espanten así."¿El proyecto de Bahía del Sol?" El nombre actuó como una llave, abriendo una compuerta de recuerdos que la inundaron sin piedad.Los acontecimientos se desarrollaron en su mente con cruel claridad. Cinco años después de su boda, el Grupo Loyola había lanzado ese ambicioso resort en Bahía del Sol. El proyecto había sido la joya de Costa San Román, y Ángel, hambriento de poder, la había presionado para conseguir el control. Su padre, con ese instinto que ella había ignorado, se había negado rotundamente, convencido de la incapacidad de Ángel para manejar semejante responsabilidad.La vergüenza la atravesó como un relámpago al recordar su propia desesperación, llegando al extremo de amenazar con cortarse las venas para doblegar la voluntad de su padre. Y lo había logrado. Antonio, derrotado por el miedo de perder a su hija, había cedido el proyecto a Ángel, comprometiéndose a supervisarlo personalmente. Ese había sido el primer escalón en el ascenso de Ángel dentro del Grupo Loyola, el cimiento de su poder.—¿Carmen?La voz de su padre la arrancó de sus pensamientos. Verlo ahí, vivo, saludable, sin la sombra de la derrota que Ángel había grabado en su rostro, provocó que las lágrimas brotaran sin control. Su padre, el gran Antonio Loyola, quien había construido un imperio empresarial sin perder su vocación filantrópica, había terminado de rodillas ante Ángel por su culpa. Lo que ella había creído un trágico accidente ahora se revelaba como la obra maestra de la traición de Ángel.Antonio, desconcertado por el llanto de su hija, intentó consolarla.—Mi niña, ya te dije que el proyecto será para Ángel, no tienes que...Sin importarle el dolor de sus heridas de sus manos, Carmen se lanzó a los brazos de su padre, sorprendiéndolo con un abrazo desesperado. El gesto lo dejó atónito. Desde su matrimonio con Ángel, la distancia entre ellos se había convertido en un abismo que parecía imposible de cruzar. ¿Qué había cambiado?Cuando finalmente se calmó, Carmen se incorporó y miró a su padre con una determinación que él no había visto en años.—Papá, quiero hacerme cargo yo del proyecto de Bahía del Sol."Ángel quiere apoderarse del Grupo Loyola, pero no lo permitiré. Tengo que expulsar a Ángel e Ingrid de nuestra empresa", juró para sí misma.Antonio la observó con una mezcla de incredulidad y esperanza cautelosa.—Carmen, ¿hablas en serio? —su voz temblaba ligeramente—. ¿No será otro truco para acabar cediendo todo a Ángel?La duda en su voz era comprensible. Por Ángel, su hija había estado dispuesta incluso a acabar con su propia vida sin titubear.Carmen sostuvo la mirada de su padre, dejando que viera la verdad en sus ojos.—Estaba ciega, papá. El amor por Ángel me nubló el juicio, pero ahora veo todo con claridad. La verdadera fortaleza viene de uno mismo, no de depender de otros.Las emociones atravesaron el rostro de Antonio como nubes en un día ventoso, incapaz de decidir entre reír o llorar. Por fin, su hija había despertado.—¡Por supuesto que sí! —se apresuró a responder, como temiendo que ella cambiara de opinión—. Aunque hace tiempo que no te involucras en la empresa, no desde que tuviste a tu hijo... ¿Qué te parece si trabajamos juntos en este proyecto? Yo mismo te guiaré.Carmen asintió, agradecida por esta segunda oportunidad.…Más tarde, cuando regresó a la casa de la familia Montalbán, el silencio de la noche la recibió como un viejo conocido. El reloj marcaba las diez, la hora en que Lucas normalmente ya estaría dormido.Subió sigilosamente al balcón del segundo piso, y las voces de Ángel y su hijo llegaron hasta ella, cortantes como cristales rotos.—Papá, ¿cuándo la señora Ingrid va a poder ser mi mamá? —había una nota de súplica infantil en su voz—. Ella sí me consiente, ¿sabes? Siempre recuerda que me gusta el helado y me lleva al parque de diversiones.—No es como Carmen —la voz de Lucas resonaba con un deje de resentimiento—. Ella nunca me deja hacer nada divertido.Lucas se acurrucó en los brazos de su padre, sus pequeños ojos fijos en él con una seriedad impropia de su edad.—Papá, ya que tú y mamá se divorciaron, ¿podría la señora Ingrid ser mi nueva mamá? Al fin y al cabo, mamá todavía tiene a abuelo, y la señora Ingrid sólo te tiene a ti.Ángel permaneció en silencio, sus dedos acariciando mecánicamente el cabello de su hijo.Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Carmen mientras escuchaba desde el pasillo. Sin hacer ruido, se giró y se deslizó hacia su habitación como una sombra.El rostro de Ángel mostró sorpresa al encontrarla ahí minutos después.—¿A qué hora regresaste?Carmen continuó aplicándose su crema nocturna con movimientos calculadamente despreocupados.—Hace un rato. Vi que ni tú ni el niño estaban, ¿a dónde fueron a jugar?Una sombra de inquietud cruzó el rostro de Ángel.—Oh, simplemente estuve en la habitación del niño, ayudándolo con sus bloques de construcción.El silencio de Carmen pesó en el aire como plomo.—El proyecto de Bahía del Sol —tanteó Ángel—, ¿qué dijo tu papá?Carmen recordó vívidamente cómo, en su vida anterior, había conseguido el proyecto para Ángel, solo para que él trajera a Ingrid al día siguiente, con el pretexto de "falta de personal". La cercanía les había facilitado sus encuentros clandestinos, mientras ella seguía ciega ante lo obvio.Esta vez sería diferente. El proyecto era suyo.Levantó su mano derecha con expresión afligida.—Ni con esto logré convencerlo.La mirada de Ángel se tornó turbia. Se levantó con brusquedad y le agarró el brazo con fuerza.—¿Así pretendes que te crean? —sus dedos se clavaron en su piel—. ¿No te expliqué cómo hacerlo? Necesitabas un corte más profundo. Con esa herida superficial, ¿cómo esperabas que tu padre se lo creyera?El desprecio bailaba en sus ojos como llamas negras.—Por eso no te dio el proyecto —continuó, soltándola con desprecio—. Carmen, me gustan las mujeres que están a mi nivel. Deberías reflexionar sobre eso.Sin esperar respuesta, Ángel agarró las llaves del coche y salió azotando la puerta.Una risa seca escapó de los labios de Carmen. En su vida anterior, ver a Ángel tomar esas llaves la habría enviado a un espiral de disculpas y arrepentimiento. Sabía que cuando él se iba así, podían pasar días sin que volviera. El trato frío la destruía por dentro, justo como Ángel había calculado con su manipulación experta.Pero esta vez, Carmen simplemente se quedó junto a la ventana, observando con indiferencia cómo el coche desaparecía en la noche."Mejor que no vuelva", pensó. "Sería menos problema"....La mañana siguiente encontró a Carmen llegando puntual a la empresa para completar su proceso de incorporación. Su desinterés previo en el negocio familiar de bienes raíces había hecho que sus visitas se pudieran contar con los dedos de una mano, y después de su matrimonio, se había desvanecido por completo. No era sorpresa que nadie la reconociera.Había convencido a su padre de empezar como pasante, argumentando su deseo de aprender. Antonio, encantado con este nuevo espíritu en su hija, había accedido sin dudarlo.Apenas se había instalado en su nuevo escritorio cuando vio entrar a Ingrid y Ángel, uno tras otro, como si siguieran una coreografía ensayada. No se había equivocado: Ángel había buscado consuelo con ella la noche anterior.—Oye, ¿ya te enteraste? —susurró una voz desde el cubículo vecino—. La hija del presidente Loyola está trabajando aquí.—¿Quién?Carmen aguzó el oído, fingiendo concentrarse en su computadora.—¿No será Ingrid? —sugirió la primera voz—. Se ve que ella y el señor Montalbán son muy cercanos.—Puede ser, pero ella no tiene el apellido Loyola, ¿verdad?—Ay, no sabes nada —intervino una tercera voz—. Dicen que la verdadera hija del presidente usa el apellido de su mamá, que en paz descanse.Carmen sonrió para sus adentros. Los rumores ya empezaban a circular como hojas en el viento.