Capítulo 1—Señorita Anaís, ya son tres días desde su ingreso —la enfermera consultó el expediente con gesto preocupado—. Necesitamos contactar a sus familiares para los gastos de hospitalización. ¿Segura que no recuerda nada?Anaís Villagra rozó con sus dedos el vendaje que envolvía su cabeza. Una débil sonrisa de disculpa se dibujó en su rostro pálido."Ni siquiera puedo recordar la contraseña de mi celular", pensó mientras observaba el dispositivo inerte sobre la mesita de noche.—¿No tiene algún contacto de emergencia? —insistió la enfermera, su voz teñida de genuina preocupación.—Es que yo...El estruendo de la puerta al abrirse interrumpió su respuesta. La figura imponente de un joven ejecutivo irrumpió en la habitación, su rostro cincelado contorsionado por la impaciencia.—¿Otra vez con tus jueguitos, Anaís? —espetó, su voz resonando contra las paredes—. Te llevaste a Barbi contigo y mira cómo acabaron. ¿Te das cuenta de que por tu culpa ella pudo quedar desfigurada? Te lo advierto, nuestro compromiso está cancelado. Y ni creas que tus dramas van a funcionar esta vez. Aunque te avientes desde el Paso de la Reforma no cambiaría de opinión.Una joven de rostro angelical apareció detrás de Roberto Lobos, tirando suavemente de la manga de su traje italiano.—Ya, Rober, tranquilo —su voz destilaba dulzura—. Anaís no lo hizo a propósito. Mis heridas sanaron bien. Gracias a Dios el vidrio no me lastimó la cara...Anaís parpadeó confundida, sus dedos acariciando inconscientemente el vendaje. La mañana había traído consigo el despertar en esta habitación aséptica y la noticia de que había estado al borde de la muerte.Roberto estrechó posesivamente la cintura de Bárbara Villagra, su porte aristocrático realzado por el traje hecho a medida.—Mira, Anaís, voy a ser muy claro contigo —declaró con dureza—. Me gusta Barbi. Aunque crecimos juntos, jamás sentí nada romántico por ti. Has estado persiguiéndome como perrito faldero durante cinco años, ¿no te da vergüenza? Por tu culpa, Barbi nunca se atrevió a confesarme lo que sentía. Ya basta de tu comportamiento patético. Barbi y yo estamos juntos ahora, y así se va a quedar.El rostro de Bárbara se iluminó con deleite mientras se aferraba al brazo de Roberto. Un destello de triunfo bailó en sus pupilas.—Mi amor... —susurró con adoración.Anaís bajó la mirada, observando la intimidad entre ellos. Un dolor agudo, como pequeñas mordidas de insectos, comenzó a devorar su corazón. La injusticia de la situación amenazaba con desbordar sus ojos, pero respiró profundo y habló con voz temblorosa.—Disculpen, pero no los reconozco —murmuró—. Creo... creo que tengo novio. ¿Alguno tiene su número? Por favor, necesito que venga.En su mente danzaba la silueta borrosa de alguien, una presencia tan cercana como inalcanzable.La sorpresa destelló en los ojos de Roberto, seguida rápidamente por una sonrisa sarcástica.La voz del presentador de noticias captó su atención. En la pantalla del televisor, anunciaban el regreso de Efraín Lobos, el joven prodigio del Grupo Lobos. Los rumores sobre su condición circulaban como pólvora: un accidente dos años atrás lo había dejado paralítico y desfigurado, alejándolo completamente del ojo público.Roberto señaló la pantalla con un gesto despectivo.—¿Quieres saber quién es tu novio? Ahí lo tienes, mi primo Efraín —sacó el celular de Anaís y, con movimientos precisos, desbloqueó la pantalla—. Te dejo su número, llámalo.Bárbara cubrió su boca para ocultar una sonrisa maliciosa.—Rober... ¿estás seguro? —susurró—. Hace dos años, tu primo...Roberto la envolvió en sus brazos, sus ojos brillando con desprecio."Después de cinco años siguiéndome como una sombra, ¿crees que me vas a dejar ir tan fácil? Esto debe ser otro de tus trucos", pensó mientras observaba a Anaís.—Ya tienes el contacto —sentenció con frialdad—. Y más te vale que esta vez tu actuación dure más de una semana, porque ni aunque te arrodilles frente a mí volveré a mirarte.Roberto se marchó sin mirar atrás, llevándose consigo a Bárbara como quien presume un trofeo. Sus pasos resonaron por el pasillo del hospital hasta desvanecerse, dejando tras de sí un eco de amargura y traición.En la soledad de su habitación, Anaís contemplaba el número en la pantalla de su celular. Las palabras de aquel hombre que decía ser su prometido aún resonaban en su mente, cada una más cortante que la anterior. Desde el momento en que entró, su atención había estado completamente enfocada en Bárbara, como si ella fuera invisible.Un dolor sordo se instaló en su pecho, y sus dedos, pálidos contra la luz fluorescente del hospital, temblaron sobre la pantalla. La duda la carcomía por dentro mientras observaba ese número desconocido. En su mente persistía la sombra tenue de un amor, como un perfume lejano que se desvanece con la brisa."¿Cómo puede ser mi prometido alguien que ni siquiera preguntó por mi salud?"Sin permitir que la duda la paralizara, presionó el botón de llamada. Una voz masculina, fría y profesional, respondió al otro lado de la línea.—¿Señorita Anaís?—Disculpe, ¿hablo con Efraín? Verá, tuve un accidente automovilístico y perdí la memoria...—El señor Lobos acaba de regresar a San Fernando del Sol y se encuentra en rehabilitación —interrumpió el asistente con un tono mordaz—. La última vez que usted llamó, utilizó el mismo pretexto del accidente para intentar verlo. Señorita, si aún le queda algo de dignidad, le sugiero que deje de molestar al señor Lobos.—Pero es que yo...El tono intermitente de la llamada terminada fue su única respuesta.Un suspiro escapó de sus labios mientras se recostaba contra las almohadas del hospital. Una punzada aguda atravesó su cabeza, trayendo consigo una oleada de miedo ante un futuro que se presentaba como un lienzo en blanco.Al revisar su celular desbloqueado, encontró un pequeño alivio al ver que la función de pago seguía activa. Con un gesto suave, le extendió el dispositivo a la enfermera que acababa de entrar.—¿Podría verificar si tengo saldo suficiente para cubrir los gastos?Mientras esperaba, sus ojos se detuvieron en los registros de transacciones anteriores. Una semana atrás había gastado doscientos mil pesos en unos gemelos para caballero. La cifra le pareció irreal, como si perteneciera a la vida de otra persona.—Lo siento, señorita —la voz de la enfermera interrumpió sus pensamientos—. El saldo es insuficiente. La cuenta del rescate y hospitalización de la señorita Villagra asciende a veinte mil pesos.Un pliegue de preocupación apareció en su frente mientras bajaba la mirada. ¿Cómo era posible que después de gastar una fortuna en gemelos, no tuviera ni para cubrir gastos médicos básicos?Entre sus contactos, encontró uno etiquetado como "mamá". Con el corazón palpitando contra sus costillas, presionó el botón de llamada.—¿Hasta ahora te acuerdas de llamar? —la voz del otro lado explotó como un látigo—. ¿Cuántos años tienes para seguir con estos juegos, Anaís? Roberto y Bárbara llevan tiempo saliendo, pero ella, con su buen corazón, no quería lastimarte. ¿Y qué hiciste tú? Al verlos besándose, te la llevaste y provocaste un accidente. ¡Ojalá te hubieras quedado fuera de nuestras vidas! Bárbara siempre te ha querido como hermana mayor, ¿y tú? Solo sabes hacer daño. ¡No puedo creer que tenga una hija tan ponzoñosa!Anaís apenas separó los labios para responder cuando la voz de Bárbara se filtró por el teléfono.—Mamá, creo que tiene amnesia. Deberías ser más comprensiva.—¿Amnesia? ¡Por favor! Usa esa excusa cada año. Si tuviera algo de valor, desaparecería para siempre y dejaría de provocarme estos disgustos. Bárbara, mi amor, no la defiendas más. ¿No has sufrido ya bastante? Roberto te confesó sus sentimientos primero, pero Anaís nunca tuvo la decencia de enfrentarlo y siempre te culpó a ti. Eres demasiado buena, hija.Las palabras se clavaron en su pecho como astillas. Un sabor amargo inundó su boca mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.—¿De verdad eres mi madre? —susurró con voz quebrada.—¿Qué insinúas, Anaís? ¿Quieres matarme de un coraje? Si no me quieres reconocer como tu madre, perfecto, yo tampoco te reconozco como hija. ¡Has hecho demasiados escándalos persiguiendo a Roberto! ¿Por qué siempre tienes que competir con tu hermana? Te enojas hasta cuando le compro un coche extra. ¿En serio la consideras tu hermana? No quiero verte por un tiempo. ¿No que perdiste la memoria? Pues aprovecha y no regreses. ¡Todos en esta casa estaríamos mejor sin ti!Anaís contempló el teléfono en su mano, sintiendo un dolor sordo que parecía emanar desde sus huesos. Al notar la humedad en su rostro, levantó los dedos para tocar su mejilla; eran lágrimas que ni siquiera había notado derramar.Casi por instinto, abrió Instagram en su celular. La primera publicación que apareció era de Bárbara: una fotografía tomada desde un ventanal majestuoso que enmarcaba el río San Fernando del Sol, iluminado por una cascada de fuegos artificiales que teñían el cielo nocturno. El pie de foto rezaba: "Con mis seres queridos y mi amor a mi lado".En el reflejo del cristal se distinguía la figura de Roberto junto a dos siluetas adultas que se fundían en las sombras. La imagen perforó su corazón con una precisión quirúrgica, provocándole un dolor tan agudo que tuvo que contenerse para no doblarse sobre sí misma.Anaís contemplaba la pantalla de su celular. Las manecillas del reloj marcaban las nueve de la noche, y la deuda de los veinte mil pesos que necesitaba se cernía sobre ella como una sombra asfixiante. Tras varios minutos de indecisión, sus dedos se deslizaron hacia el número de Efraín.—¿Anaís? —la voz al otro lado de la línea sonaba distante y contenida.Un nudo de angustia le oprimió la garganta, pero se obligó a hablar.—Hola, Efraín, ¿podrías prestarme veinte mil pesos? Estoy en el hospital y no puedo pagar las cuentas.El silencio se extendió entre ambos, interrumpido solo por el murmullo de tela rozando contra tela y respiraciones pausadas.—¿Cuál es el número de tu cuenta? —preguntó él, sorprendiéndola.—Tengo que buscarlo —respondió ella con premura.Sus manos temblaban mientras rebuscaba en el bolso que la enfermera había identificado como suyo. Entre los cosméticos desperdigados, sus dedos finalmente rozaron el plástico frío de una tarjeta bancaria.La transferencia se completó casi de inmediato, pero ninguno de los dos colgó. Durante tres minutos eternos, compartieron un silencio íntimo, sus respiraciones entrelazándose a través de la línea telefónica.—Efraín, yo...—¿Te lastimaste mucho?Su tono seguía siendo distante, pero Anaís percibió en él la primera muestra genuina de preocupación que había recibido desde su despertar.—Ya estoy bien, gracias. Buscaré cómo devolverte el dinero —musitó, la emoción haciendo temblar su voz.—Anaís, ¿cuánto tiempo piensas engañarme esta vez?Su corazón se detuvo por un instante. Cortó la llamada con dedos temblorosos, mientras la confusión nublaba sus pensamientos. ¿A qué se refería? ¿Qué clase de engaños habría perpetrado en su pasado olvidado?...La noche había caído sobre la ciudad cuando el taxi se detuvo frente a una residencia elegante. El jardín, meticulosamente cuidado, desprendía un suave aroma a jazmín.—Son cien pesos, ¿en efectivo o por WhatsApp? —preguntó el taxista.Antes de que pudiera responder, el ronroneo de un motor lujoso rompió el silencio nocturno. La ventanilla descendió con un zumbido, revelando el rostro de Roberto, y junto a él, Bárbara resplandecía bajo las luces del porche.—¿Hermana, por qué saliste del hospital? —preguntó Bárbara al descender del auto. Su vestido centelleaba con diminutos cristales, y el bolso de edición limitada que portaba era un recordatorio más de la disparidad entre ambas.—¿Rober no te dijo? Tu novio es Efraín.Los ojos de Bárbara enrojecieron instantáneamente.—¿Vas a buscarme problemas otra vez?Roberto emergió del vehículo, su rostro contorsionado en una mueca de desprecio.—Pensé que durarías más, pero no aguantaste ni seis horas —espetó—. ¿Anaís, no tienes dignidad? ¿Necesitas que te recuerde una y otra vez que estoy con Barbi? ¿Por qué siempre te metes con ella?—Déjalo, Rober, ya estoy acostumbrada —murmuró Bárbara, acurrucándose contra su brazo.La sangre abandonó el rostro de Anaís. La bata del hospital le pesaba como una mortaja, y sus pestañas temblaban como alas de mariposa herida.—¿Podrías prestarme cien pesos? —susurró, evitando mirarlos.—Prefiero dárselos a un perro antes que a ti —soltó Roberto con una carcajada desdeñosa. Se volvió hacia Bárbara con dulzura—. Vamos dentro, no te preocupes por ella.—Hermana, aquí tienes mi tarjeta, úsala si la necesitas —ofreció Bárbara, secándose una lágrima mientras esbozaba una sonrisa tenue.Anaís bajó la mirada. El orgullo se deshacía como azúcar en agua ante la urgencia de su necesidad. Sus dedos se extendieron hacia la tarjeta, cediendo ante la cruel realidad que la acorralaba.El rugido de otro motor cortó el aire nocturno. Una camioneta de líneas elegantes se detuvo junto a ellos, y Victoria Larrain descendió como una tormenta en ciernes. Sus tacones resonaron contra el pavimento mientras se acercaba, y sin mediar palabra, su mano se estrelló contra el rostro de Anaís.—¿Otra vez molestando a Barbi? ¿No te basta con el dinero que ya le has sacado? —bramó Victoria—. Anaís, ¿qué quieres de nosotros? ¿Quieres que todos suframos por tu culpa? Desde que encontramos a Barbi, no has dejado de acosarla. ¿Por qué no fuiste tú la que se llevaron aquella vez? Barbi ha pasado por tantas penurias, ¡y tú no haces más que comportarte como una niña malcriada!Capítulo 2—Señorita Anaís, ya son tres días desde su ingreso —la enfermera consultó el expediente con gesto preocupado—. Necesitamos contactar a sus familiares para los gastos de hospitalización. ¿Segura que no recuerda nada?Anaís Villagra rozó con sus dedos el vendaje que envolvía su cabeza. Una débil sonrisa de disculpa se dibujó en su rostro pálido."Ni siquiera puedo recordar la contraseña de mi celular", pensó mientras observaba el dispositivo inerte sobre la mesita de noche.—¿No tiene algún contacto de emergencia? —insistió la enfermera, su voz teñida de genuina preocupación.—Es que yo...El estruendo de la puerta al abrirse interrumpió su respuesta. La figura imponente de un joven ejecutivo irrumpió en la habitación, su rostro cincelado contorsionado por la impaciencia.—¿Otra vez con tus jueguitos, Anaís? —espetó, su voz resonando contra las paredes—. Te llevaste a Barbi contigo y mira cómo acabaron. ¿Te das cuenta de que por tu culpa ella pudo quedar desfigurada? Te lo advierto, nuestro compromiso está cancelado. Y ni creas que tus dramas van a funcionar esta vez. Aunque te avientes desde el Paso de la Reforma no cambiaría de opinión.Una joven de rostro angelical apareció detrás de Roberto Lobos, tirando suavemente de la manga de su traje italiano.—Ya, Rober, tranquilo —su voz destilaba dulzura—. Anaís no lo hizo a propósito. Mis heridas sanaron bien. Gracias a Dios el vidrio no me lastimó la cara...Anaís parpadeó confundida, sus dedos acariciando inconscientemente el vendaje. La mañana había traído consigo el despertar en esta habitación aséptica y la noticia de que había estado al borde de la muerte.Roberto estrechó posesivamente la cintura de Bárbara Villagra, su porte aristocrático realzado por el traje hecho a medida.—Mira, Anaís, voy a ser muy claro contigo —declaró con dureza—. Me gusta Barbi. Aunque crecimos juntos, jamás sentí nada romántico por ti. Has estado persiguiéndome como perrito faldero durante cinco años, ¿no te da vergüenza? Por tu culpa, Barbi nunca se atrevió a confesarme lo que sentía. Ya basta de tu comportamiento patético. Barbi y yo estamos juntos ahora, y así se va a quedar.El rostro de Bárbara se iluminó con deleite mientras se aferraba al brazo de Roberto. Un destello de triunfo bailó en sus pupilas.—Mi amor... —susurró con adoración.Anaís bajó la mirada, observando la intimidad entre ellos. Un dolor agudo, como pequeñas mordidas de insectos, comenzó a devorar su corazón. La injusticia de la situación amenazaba con desbordar sus ojos, pero respiró profundo y habló con voz temblorosa.—Disculpen, pero no los reconozco —murmuró—. Creo... creo que tengo novio. ¿Alguno tiene su número? Por favor, necesito que venga.En su mente danzaba la silueta borrosa de alguien, una presencia tan cercana como inalcanzable.La sorpresa destelló en los ojos de Roberto, seguida rápidamente por una sonrisa sarcástica.La voz del presentador de noticias captó su atención. En la pantalla del televisor, anunciaban el regreso de Efraín Lobos, el joven prodigio del Grupo Lobos. Los rumores sobre su condición circulaban como pólvora: un accidente dos años atrás lo había dejado paralítico y desfigurado, alejándolo completamente del ojo público.Roberto señaló la pantalla con un gesto despectivo.—¿Quieres saber quién es tu novio? Ahí lo tienes, mi primo Efraín —sacó el celular de Anaís y, con movimientos precisos, desbloqueó la pantalla—. Te dejo su número, llámalo.Bárbara cubrió su boca para ocultar una sonrisa maliciosa.—Rober... ¿estás seguro? —susurró—. Hace dos años, tu primo...Roberto la envolvió en sus brazos, sus ojos brillando con desprecio."Después de cinco años siguiéndome como una sombra, ¿crees que me vas a dejar ir tan fácil? Esto debe ser otro de tus trucos", pensó mientras observaba a Anaís.—Ya tienes el contacto —sentenció con frialdad—. Y más te vale que esta vez tu actuación dure más de una semana, porque ni aunque te arrodilles frente a mí volveré a mirarte.Roberto se marchó sin mirar atrás, llevándose consigo a Bárbara como quien presume un trofeo. Sus pasos resonaron por el pasillo del hospital hasta desvanecerse, dejando tras de sí un eco de amargura y traición.En la soledad de su habitación, Anaís contemplaba el número en la pantalla de su celular. Las palabras de aquel hombre que decía ser su prometido aún resonaban en su mente, cada una más cortante que la anterior. Desde el momento en que entró, su atención había estado completamente enfocada en Bárbara, como si ella fuera invisible.Un dolor sordo se instaló en su pecho, y sus dedos, pálidos contra la luz fluorescente del hospital, temblaron sobre la pantalla. La duda la carcomía por dentro mientras observaba ese número desconocido. En su mente persistía la sombra tenue de un amor, como un perfume lejano que se desvanece con la brisa."¿Cómo puede ser mi prometido alguien que ni siquiera preguntó por mi salud?"Sin permitir que la duda la paralizara, presionó el botón de llamada. Una voz masculina, fría y profesional, respondió al otro lado de la línea.—¿Señorita Anaís?—Disculpe, ¿hablo con Efraín? Verá, tuve un accidente automovilístico y perdí la memoria...—El señor Lobos acaba de regresar a San Fernando del Sol y se encuentra en rehabilitación —interrumpió el asistente con un tono mordaz—. La última vez que usted llamó, utilizó el mismo pretexto del accidente para intentar verlo. Señorita, si aún le queda algo de dignidad, le sugiero que deje de molestar al señor Lobos.—Pero es que yo...El tono intermitente de la llamada terminada fue su única respuesta.Un suspiro escapó de sus labios mientras se recostaba contra las almohadas del hospital. Una punzada aguda atravesó su cabeza, trayendo consigo una oleada de miedo ante un futuro que se presentaba como un lienzo en blanco.Al revisar su celular desbloqueado, encontró un pequeño alivio al ver que la función de pago seguía activa. Con un gesto suave, le extendió el dispositivo a la enfermera que acababa de entrar.—¿Podría verificar si tengo saldo suficiente para cubrir los gastos?Mientras esperaba, sus ojos se detuvieron en los registros de transacciones anteriores. Una semana atrás había gastado doscientos mil pesos en unos gemelos para caballero. La cifra le pareció irreal, como si perteneciera a la vida de otra persona.—Lo siento, señorita —la voz de la enfermera interrumpió sus pensamientos—. El saldo es insuficiente. La cuenta del rescate y hospitalización de la señorita Villagra asciende a veinte mil pesos.Un pliegue de preocupación apareció en su frente mientras bajaba la mirada. ¿Cómo era posible que después de gastar una fortuna en gemelos, no tuviera ni para cubrir gastos médicos básicos?Entre sus contactos, encontró uno etiquetado como "mamá". Con el corazón palpitando contra sus costillas, presionó el botón de llamada.—¿Hasta ahora te acuerdas de llamar? —la voz del otro lado explotó como un látigo—. ¿Cuántos años tienes para seguir con estos juegos, Anaís? Roberto y Bárbara llevan tiempo saliendo, pero ella, con su buen corazón, no quería lastimarte. ¿Y qué hiciste tú? Al verlos besándose, te la llevaste y provocaste un accidente. ¡Ojalá te hubieras quedado fuera de nuestras vidas! Bárbara siempre te ha querido como hermana mayor, ¿y tú? Solo sabes hacer daño. ¡No puedo creer que tenga una hija tan ponzoñosa!Anaís apenas separó los labios para responder cuando la voz de Bárbara se filtró por el teléfono.—Mamá, creo que tiene amnesia. Deberías ser más comprensiva.—¿Amnesia? ¡Por favor! Usa esa excusa cada año. Si tuviera algo de valor, desaparecería para siempre y dejaría de provocarme estos disgustos. Bárbara, mi amor, no la defiendas más. ¿No has sufrido ya bastante? Roberto te confesó sus sentimientos primero, pero Anaís nunca tuvo la decencia de enfrentarlo y siempre te culpó a ti. Eres demasiado buena, hija.Las palabras se clavaron en su pecho como astillas. Un sabor amargo inundó su boca mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.—¿De verdad eres mi madre? —susurró con voz quebrada.—¿Qué insinúas, Anaís? ¿Quieres matarme de un coraje? Si no me quieres reconocer como tu madre, perfecto, yo tampoco te reconozco como hija. ¡Has hecho demasiados escándalos persiguiendo a Roberto! ¿Por qué siempre tienes que competir con tu hermana? Te enojas hasta cuando le compro un coche extra. ¿En serio la consideras tu hermana? No quiero verte por un tiempo. ¿No que perdiste la memoria? Pues aprovecha y no regreses. ¡Todos en esta casa estaríamos mejor sin ti!Anaís contempló el teléfono en su mano, sintiendo un dolor sordo que parecía emanar desde sus huesos. Al notar la humedad en su rostro, levantó los dedos para tocar su mejilla; eran lágrimas que ni siquiera había notado derramar.Casi por instinto, abrió Instagram en su celular. La primera publicación que apareció era de Bárbara: una fotografía tomada desde un ventanal majestuoso que enmarcaba el río San Fernando del Sol, iluminado por una cascada de fuegos artificiales que teñían el cielo nocturno. El pie de foto rezaba: "Con mis seres queridos y mi amor a mi lado".En el reflejo del cristal se distinguía la figura de Roberto junto a dos siluetas adultas que se fundían en las sombras. La imagen perforó su corazón con una precisión quirúrgica, provocándole un dolor tan agudo que tuvo que contenerse para no doblarse sobre sí misma.Anaís contemplaba la pantalla de su celular. Las manecillas del reloj marcaban las nueve de la noche, y la deuda de los veinte mil pesos que necesitaba se cernía sobre ella como una sombra asfixiante. Tras varios minutos de indecisión, sus dedos se deslizaron hacia el número de Efraín.—¿Anaís? —la voz al otro lado de la línea sonaba distante y contenida.Un nudo de angustia le oprimió la garganta, pero se obligó a hablar.—Hola, Efraín, ¿podrías prestarme veinte mil pesos? Estoy en el hospital y no puedo pagar las cuentas.El silencio se extendió entre ambos, interrumpido solo por el murmullo de tela rozando contra tela y respiraciones pausadas.—¿Cuál es el número de tu cuenta? —preguntó él, sorprendiéndola.—Tengo que buscarlo —respondió ella con premura.Sus manos temblaban mientras rebuscaba en el bolso que la enfermera había identificado como suyo. Entre los cosméticos desperdigados, sus dedos finalmente rozaron el plástico frío de una tarjeta bancaria.La transferencia se completó casi de inmediato, pero ninguno de los dos colgó. Durante tres minutos eternos, compartieron un silencio íntimo, sus respiraciones entrelazándose a través de la línea telefónica.—Efraín, yo...—¿Te lastimaste mucho?Su tono seguía siendo distante, pero Anaís percibió en él la primera muestra genuina de preocupación que había recibido desde su despertar.—Ya estoy bien, gracias. Buscaré cómo devolverte el dinero —musitó, la emoción haciendo temblar su voz.—Anaís, ¿cuánto tiempo piensas engañarme esta vez?Su corazón se detuvo por un instante. Cortó la llamada con dedos temblorosos, mientras la confusión nublaba sus pensamientos. ¿A qué se refería? ¿Qué clase de engaños habría perpetrado en su pasado olvidado?...La noche había caído sobre la ciudad cuando el taxi se detuvo frente a una residencia elegante. El jardín, meticulosamente cuidado, desprendía un suave aroma a jazmín.—Son cien pesos, ¿en efectivo o por WhatsApp? —preguntó el taxista.Antes de que pudiera responder, el ronroneo de un motor lujoso rompió el silencio nocturno. La ventanilla descendió con un zumbido, revelando el rostro de Roberto, y junto a él, Bárbara resplandecía bajo las luces del porche.—¿Hermana, por qué saliste del hospital? —preguntó Bárbara al descender del auto. Su vestido centelleaba con diminutos cristales, y el bolso de edición limitada que portaba era un recordatorio más de la disparidad entre ambas.—¿Rober no te dijo? Tu novio es Efraín.Los ojos de Bárbara enrojecieron instantáneamente.—¿Vas a buscarme problemas otra vez?Roberto emergió del vehículo, su rostro contorsionado en una mueca de desprecio.—Pensé que durarías más, pero no aguantaste ni seis horas —espetó—. ¿Anaís, no tienes dignidad? ¿Necesitas que te recuerde una y otra vez que estoy con Barbi? ¿Por qué siempre te metes con ella?—Déjalo, Rober, ya estoy acostumbrada —murmuró Bárbara, acurrucándose contra su brazo.La sangre abandonó el rostro de Anaís. La bata del hospital le pesaba como una mortaja, y sus pestañas temblaban como alas de mariposa herida.—¿Podrías prestarme cien pesos? —susurró, evitando mirarlos.—Prefiero dárselos a un perro antes que a ti —soltó Roberto con una carcajada desdeñosa. Se volvió hacia Bárbara con dulzura—. Vamos dentro, no te preocupes por ella.—Hermana, aquí tienes mi tarjeta, úsala si la necesitas —ofreció Bárbara, secándose una lágrima mientras esbozaba una sonrisa tenue.Anaís bajó la mirada. El orgullo se deshacía como azúcar en agua ante la urgencia de su necesidad. Sus dedos se extendieron hacia la tarjeta, cediendo ante la cruel realidad que la acorralaba.El rugido de otro motor cortó el aire nocturno. Una camioneta de líneas elegantes se detuvo junto a ellos, y Victoria Larrain descendió como una tormenta en ciernes. Sus tacones resonaron contra el pavimento mientras se acercaba, y sin mediar palabra, su mano se estrelló contra el rostro de Anaís.—¿Otra vez molestando a Barbi? ¿No te basta con el dinero que ya le has sacado? —bramó Victoria—. Anaís, ¿qué quieres de nosotros? ¿Quieres que todos suframos por tu culpa? Desde que encontramos a Barbi, no has dejado de acosarla. ¿Por qué no fuiste tú la que se llevaron aquella vez? Barbi ha pasado por tantas penurias, ¡y tú no haces más que comportarte como una niña malcriada!Capítulo 3—Señorita Anaís, ya son tres días desde su ingreso —la enfermera consultó el expediente con gesto preocupado—. Necesitamos contactar a sus familiares para los gastos de hospitalización. ¿Segura que no recuerda nada?Anaís Villagra rozó con sus dedos el vendaje que envolvía su cabeza. Una débil sonrisa de disculpa se dibujó en su rostro pálido."Ni siquiera puedo recordar la contraseña de mi celular", pensó mientras observaba el dispositivo inerte sobre la mesita de noche.—¿No tiene algún contacto de emergencia? —insistió la enfermera, su voz teñida de genuina preocupación.—Es que yo...El estruendo de la puerta al abrirse interrumpió su respuesta. La figura imponente de un joven ejecutivo irrumpió en la habitación, su rostro cincelado contorsionado por la impaciencia.—¿Otra vez con tus jueguitos, Anaís? —espetó, su voz resonando contra las paredes—. Te llevaste a Barbi contigo y mira cómo acabaron. ¿Te das cuenta de que por tu culpa ella pudo quedar desfigurada? Te lo advierto, nuestro compromiso está cancelado. Y ni creas que tus dramas van a funcionar esta vez. Aunque te avientes desde el Paso de la Reforma no cambiaría de opinión.Una joven de rostro angelical apareció detrás de Roberto Lobos, tirando suavemente de la manga de su traje italiano.—Ya, Rober, tranquilo —su voz destilaba dulzura—. Anaís no lo hizo a propósito. Mis heridas sanaron bien. Gracias a Dios el vidrio no me lastimó la cara...Anaís parpadeó confundida, sus dedos acariciando inconscientemente el vendaje. La mañana había traído consigo el despertar en esta habitación aséptica y la noticia de que había estado al borde de la muerte.Roberto estrechó posesivamente la cintura de Bárbara Villagra, su porte aristocrático realzado por el traje hecho a medida.—Mira, Anaís, voy a ser muy claro contigo —declaró con dureza—. Me gusta Barbi. Aunque crecimos juntos, jamás sentí nada romántico por ti. Has estado persiguiéndome como perrito faldero durante cinco años, ¿no te da vergüenza? Por tu culpa, Barbi nunca se atrevió a confesarme lo que sentía. Ya basta de tu comportamiento patético. Barbi y yo estamos juntos ahora, y así se va a quedar.El rostro de Bárbara se iluminó con deleite mientras se aferraba al brazo de Roberto. Un destello de triunfo bailó en sus pupilas.—Mi amor... —susurró con adoración.Anaís bajó la mirada, observando la intimidad entre ellos. Un dolor agudo, como pequeñas mordidas de insectos, comenzó a devorar su corazón. La injusticia de la situación amenazaba con desbordar sus ojos, pero respiró profundo y habló con voz temblorosa.—Disculpen, pero no los reconozco —murmuró—. Creo... creo que tengo novio. ¿Alguno tiene su número? Por favor, necesito que venga.En su mente danzaba la silueta borrosa de alguien, una presencia tan cercana como inalcanzable.La sorpresa destelló en los ojos de Roberto, seguida rápidamente por una sonrisa sarcástica.La voz del presentador de noticias captó su atención. En la pantalla del televisor, anunciaban el regreso de Efraín Lobos, el joven prodigio del Grupo Lobos. Los rumores sobre su condición circulaban como pólvora: un accidente dos años atrás lo había dejado paralítico y desfigurado, alejándolo completamente del ojo público.Roberto señaló la pantalla con un gesto despectivo.—¿Quieres saber quién es tu novio? Ahí lo tienes, mi primo Efraín —sacó el celular de Anaís y, con movimientos precisos, desbloqueó la pantalla—. Te dejo su número, llámalo.Bárbara cubrió su boca para ocultar una sonrisa maliciosa.—Rober... ¿estás seguro? —susurró—. Hace dos años, tu primo...Roberto la envolvió en sus brazos, sus ojos brillando con desprecio."Después de cinco años siguiéndome como una sombra, ¿crees que me vas a dejar ir tan fácil? Esto debe ser otro de tus trucos", pensó mientras observaba a Anaís.—Ya tienes el contacto —sentenció con frialdad—. Y más te vale que esta vez tu actuación dure más de una semana, porque ni aunque te arrodilles frente a mí volveré a mirarte.Roberto se marchó sin mirar atrás, llevándose consigo a Bárbara como quien presume un trofeo. Sus pasos resonaron por el pasillo del hospital hasta desvanecerse, dejando tras de sí un eco de amargura y traición.En la soledad de su habitación, Anaís contemplaba el número en la pantalla de su celular. Las palabras de aquel hombre que decía ser su prometido aún resonaban en su mente, cada una más cortante que la anterior. Desde el momento en que entró, su atención había estado completamente enfocada en Bárbara, como si ella fuera invisible.Un dolor sordo se instaló en su pecho, y sus dedos, pálidos contra la luz fluorescente del hospital, temblaron sobre la pantalla. La duda la carcomía por dentro mientras observaba ese número desconocido. En su mente persistía la sombra tenue de un amor, como un perfume lejano que se desvanece con la brisa."¿Cómo puede ser mi prometido alguien que ni siquiera preguntó por mi salud?"Sin permitir que la duda la paralizara, presionó el botón de llamada. Una voz masculina, fría y profesional, respondió al otro lado de la línea.—¿Señorita Anaís?—Disculpe, ¿hablo con Efraín? Verá, tuve un accidente automovilístico y perdí la memoria...—El señor Lobos acaba de regresar a San Fernando del Sol y se encuentra en rehabilitación —interrumpió el asistente con un tono mordaz—. La última vez que usted llamó, utilizó el mismo pretexto del accidente para intentar verlo. Señorita, si aún le queda algo de dignidad, le sugiero que deje de molestar al señor Lobos.—Pero es que yo...El tono intermitente de la llamada terminada fue su única respuesta.Un suspiro escapó de sus labios mientras se recostaba contra las almohadas del hospital. Una punzada aguda atravesó su cabeza, trayendo consigo una oleada de miedo ante un futuro que se presentaba como un lienzo en blanco.Al revisar su celular desbloqueado, encontró un pequeño alivio al ver que la función de pago seguía activa. Con un gesto suave, le extendió el dispositivo a la enfermera que acababa de entrar.—¿Podría verificar si tengo saldo suficiente para cubrir los gastos?Mientras esperaba, sus ojos se detuvieron en los registros de transacciones anteriores. Una semana atrás había gastado doscientos mil pesos en unos gemelos para caballero. La cifra le pareció irreal, como si perteneciera a la vida de otra persona.—Lo siento, señorita —la voz de la enfermera interrumpió sus pensamientos—. El saldo es insuficiente. La cuenta del rescate y hospitalización de la señorita Villagra asciende a veinte mil pesos.Un pliegue de preocupación apareció en su frente mientras bajaba la mirada. ¿Cómo era posible que después de gastar una fortuna en gemelos, no tuviera ni para cubrir gastos médicos básicos?Entre sus contactos, encontró uno etiquetado como "mamá". Con el corazón palpitando contra sus costillas, presionó el botón de llamada.—¿Hasta ahora te acuerdas de llamar? —la voz del otro lado explotó como un látigo—. ¿Cuántos años tienes para seguir con estos juegos, Anaís? Roberto y Bárbara llevan tiempo saliendo, pero ella, con su buen corazón, no quería lastimarte. ¿Y qué hiciste tú? Al verlos besándose, te la llevaste y provocaste un accidente. ¡Ojalá te hubieras quedado fuera de nuestras vidas! Bárbara siempre te ha querido como hermana mayor, ¿y tú? Solo sabes hacer daño. ¡No puedo creer que tenga una hija tan ponzoñosa!Anaís apenas separó los labios para responder cuando la voz de Bárbara se filtró por el teléfono.—Mamá, creo que tiene amnesia. Deberías ser más comprensiva.—¿Amnesia? ¡Por favor! Usa esa excusa cada año. Si tuviera algo de valor, desaparecería para siempre y dejaría de provocarme estos disgustos. Bárbara, mi amor, no la defiendas más. ¿No has sufrido ya bastante? Roberto te confesó sus sentimientos primero, pero Anaís nunca tuvo la decencia de enfrentarlo y siempre te culpó a ti. Eres demasiado buena, hija.Las palabras se clavaron en su pecho como astillas. Un sabor amargo inundó su boca mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.—¿De verdad eres mi madre? —susurró con voz quebrada.—¿Qué insinúas, Anaís? ¿Quieres matarme de un coraje? Si no me quieres reconocer como tu madre, perfecto, yo tampoco te reconozco como hija. ¡Has hecho demasiados escándalos persiguiendo a Roberto! ¿Por qué siempre tienes que competir con tu hermana? Te enojas hasta cuando le compro un coche extra. ¿En serio la consideras tu hermana? No quiero verte por un tiempo. ¿No que perdiste la memoria? Pues aprovecha y no regreses. ¡Todos en esta casa estaríamos mejor sin ti!Anaís contempló el teléfono en su mano, sintiendo un dolor sordo que parecía emanar desde sus huesos. Al notar la humedad en su rostro, levantó los dedos para tocar su mejilla; eran lágrimas que ni siquiera había notado derramar.Casi por instinto, abrió Instagram en su celular. La primera publicación que apareció era de Bárbara: una fotografía tomada desde un ventanal majestuoso que enmarcaba el río San Fernando del Sol, iluminado por una cascada de fuegos artificiales que teñían el cielo nocturno. El pie de foto rezaba: "Con mis seres queridos y mi amor a mi lado".En el reflejo del cristal se distinguía la figura de Roberto junto a dos siluetas adultas que se fundían en las sombras. La imagen perforó su corazón con una precisión quirúrgica, provocándole un dolor tan agudo que tuvo que contenerse para no doblarse sobre sí misma.Anaís contemplaba la pantalla de su celular. Las manecillas del reloj marcaban las nueve de la noche, y la deuda de los veinte mil pesos que necesitaba se cernía sobre ella como una sombra asfixiante. Tras varios minutos de indecisión, sus dedos se deslizaron hacia el número de Efraín.—¿Anaís? —la voz al otro lado de la línea sonaba distante y contenida.Un nudo de angustia le oprimió la garganta, pero se obligó a hablar.—Hola, Efraín, ¿podrías prestarme veinte mil pesos? Estoy en el hospital y no puedo pagar las cuentas.El silencio se extendió entre ambos, interrumpido solo por el murmullo de tela rozando contra tela y respiraciones pausadas.—¿Cuál es el número de tu cuenta? —preguntó él, sorprendiéndola.—Tengo que buscarlo —respondió ella con premura.Sus manos temblaban mientras rebuscaba en el bolso que la enfermera había identificado como suyo. Entre los cosméticos desperdigados, sus dedos finalmente rozaron el plástico frío de una tarjeta bancaria.La transferencia se completó casi de inmediato, pero ninguno de los dos colgó. Durante tres minutos eternos, compartieron un silencio íntimo, sus respiraciones entrelazándose a través de la línea telefónica.—Efraín, yo...—¿Te lastimaste mucho?Su tono seguía siendo distante, pero Anaís percibió en él la primera muestra genuina de preocupación que había recibido desde su despertar.—Ya estoy bien, gracias. Buscaré cómo devolverte el dinero —musitó, la emoción haciendo temblar su voz.—Anaís, ¿cuánto tiempo piensas engañarme esta vez?Su corazón se detuvo por un instante. Cortó la llamada con dedos temblorosos, mientras la confusión nublaba sus pensamientos. ¿A qué se refería? ¿Qué clase de engaños habría perpetrado en su pasado olvidado?...La noche había caído sobre la ciudad cuando el taxi se detuvo frente a una residencia elegante. El jardín, meticulosamente cuidado, desprendía un suave aroma a jazmín.—Son cien pesos, ¿en efectivo o por WhatsApp? —preguntó el taxista.Antes de que pudiera responder, el ronroneo de un motor lujoso rompió el silencio nocturno. La ventanilla descendió con un zumbido, revelando el rostro de Roberto, y junto a él, Bárbara resplandecía bajo las luces del porche.—¿Hermana, por qué saliste del hospital? —preguntó Bárbara al descender del auto. Su vestido centelleaba con diminutos cristales, y el bolso de edición limitada que portaba era un recordatorio más de la disparidad entre ambas.—¿Rober no te dijo? Tu novio es Efraín.Los ojos de Bárbara enrojecieron instantáneamente.—¿Vas a buscarme problemas otra vez?Roberto emergió del vehículo, su rostro contorsionado en una mueca de desprecio.—Pensé que durarías más, pero no aguantaste ni seis horas —espetó—. ¿Anaís, no tienes dignidad? ¿Necesitas que te recuerde una y otra vez que estoy con Barbi? ¿Por qué siempre te metes con ella?—Déjalo, Rober, ya estoy acostumbrada —murmuró Bárbara, acurrucándose contra su brazo.La sangre abandonó el rostro de Anaís. La bata del hospital le pesaba como una mortaja, y sus pestañas temblaban como alas de mariposa herida.—¿Podrías prestarme cien pesos? —susurró, evitando mirarlos.—Prefiero dárselos a un perro antes que a ti —soltó Roberto con una carcajada desdeñosa. Se volvió hacia Bárbara con dulzura—. Vamos dentro, no te preocupes por ella.—Hermana, aquí tienes mi tarjeta, úsala si la necesitas —ofreció Bárbara, secándose una lágrima mientras esbozaba una sonrisa tenue.Anaís bajó la mirada. El orgullo se deshacía como azúcar en agua ante la urgencia de su necesidad. Sus dedos se extendieron hacia la tarjeta, cediendo ante la cruel realidad que la acorralaba.El rugido de otro motor cortó el aire nocturno. Una camioneta de líneas elegantes se detuvo junto a ellos, y Victoria Larrain descendió como una tormenta en ciernes. Sus tacones resonaron contra el pavimento mientras se acercaba, y sin mediar palabra, su mano se estrelló contra el rostro de Anaís.—¿Otra vez molestando a Barbi? ¿No te basta con el dinero que ya le has sacado? —bramó Victoria—. Anaís, ¿qué quieres de nosotros? ¿Quieres que todos suframos por tu culpa? Desde que encontramos a Barbi, no has dejado de acosarla. ¿Por qué no fuiste tú la que se llevaron aquella vez? Barbi ha pasado por tantas penurias, ¡y tú no haces más que comportarte como una niña malcriada!