Capítulo 1—Se requiere la firma de tu esposo para que podamos realizar el procedimiento de aborto.El médico le informó a Carlota Salazar que había perdido a su bebé y debían extraerlo.Mientras tanto, su esposo Daniel Zelaya, estaba acompañando a la mujer que realmente amaba a su control prenatal.Carlota clavó sus uñas con fuerza en la palma de su mano. Sus delgados hombros temblaban de manera imperceptible bajo la ropa, donde el médico no podía ver. En su rostro pálido se dibujó una amarga sonrisa.—¿Puedo firmar yo misma?El médico finalmente levantó la vista y con un tono severo, le advirtió:—Es el reglamento del hospital. ¿Acaso tu esposo se cree el presidente de la nación para no tener tiempo de venir? Si tu marido no sirve para nada, ¿para qué lo quieres?Eso era cierto y Carlota tampoco lo sabía. Llevaba un mes en una guerra fría con él y aun así, seguía aferrándose a la idea de no divorciarse. ¿Para qué?Un mes atrás, la familia Salazar se había declarado en bancarrota. Su padre se quitó la vida saltando desde un edificio y su madre, sumida en la depresión, terminó hospitalizada.Ese mismo día, bajo una lluvia torrencial, Carlota se presentó ante Daniel empapada de pies a cabeza, solo para encontrarlo preparando una comida especial para su mujer, porque embarazada... para Viviana Quiroga, cuyo vientre ya mostraba una leve curvatura.Daniel, quien siempre se había mantenido por encima de todos, criado entre lujos y comodidades, jamás había tocado la cocina. En tres años de matrimonio, ni siquiera le había preparado un simple plato de comida, pero ahora, ahí estaba, cocinando para otra mujer.Miró a Viviana, quien tenía un leve parecido con ella. Su rostro delicado estaba adornado con una dulzura sutil y una feminidad encantadora. A pesar de su embarazo, no mostraba signos de hinchazón y junto a Daniel, parecían la pareja perfecta, como si fueran unos recién casados habitando ese hogar. Mientras tanto, Carlota, aun siendo la esposa legítima, se había convertido en una extraña en su propia casa.Quiso pedirle ayuda para la familia Salazar, aunque después de casarse, Daniel siempre se había mantenido distante con su familia, ahora tenía una razón de peso para buscarlo: estaba embarazada.Durante tres años, él siempre había sido muy meticuloso con sus precauciones, pero aquella vez, en un descuido provocado por el alcohol, ella quedó embarazada y pensó que tal vez, por el bebé, él accedería a ayudar a su familia.—Divorciémonos.Al verla en ese estado tan miserable, Daniel no le preguntó nada. En cambio, por primera vez, fue él quien mencionó el divorcio.Carlota desvió la mirada hacia Viviana, quien permanecía a su lado con una sonrisa tranquila. No necesitó hacer preguntas. En ese instante, comprendió la razón del divorcio.—No estoy de acuerdo.Con los labios temblorosos y la voz ronca, pronunció esas palabras con dificultad.Desde ese día, Daniel se mudó de su casa y no volvió a verla.En la actualidad, tras encargarse del funeral de su padre en soledad, fue atacada por unos maleantes que irrumpieron en la ceremonia. En medio del forcejeo, la empujaron al suelo y perdió a su bebé.Miró su informe médico y sin más opción, sacó su teléfono. Con voz débil, llamó a Daniel, quien apenas contestó la llamada, su tono frío atravesó la línea telefónica.—¿Por fin aceptas el divorcio?"Hemos perdido a nuestro bebé. ¿Podrías venir a firmar la autorización para la cirugía?"Pero esas palabras se quedaron atoradas en su garganta. Guardó silencio por un largo rato, hasta que escuchó el sonido de su respiración al otro lado del teléfono, pesada y cargada de impaciencia.—Sí, acepto.Hubo un breve silencio, pensó que Daniel no se lo esperaba.Después de todo, cada vez que él mencionaba el divorcio, ella solía suplicarle de manera desesperada, aferrándose a la relación, pero esta vez, había aceptado con una facilidad sorprendente.—Nos vemos mañana a las nueve de la mañana, en el registro civil.—¡Daniel, mira! La ecografía del bebé ya está lista. Creo que se parece mucho a ti.Una voz dulce y melosa se filtró a través del teléfono. Fue como si una mano invisible atravesara la línea y le apretara la garganta a Carlota.No pudo soportarlo más. Soltó el teléfono y se inclinó a un lado, vomitando violentamente, por lo que la llamada se cortó de repente.Daniel miró el teléfono sin moverse.¿Por qué aceptó el divorcio de repente? Además, estaba seguro de haber escuchado un ruido extraño justo antes de que se cortara la llamada,.—¿Daniel?La voz de Viviana sonó a su lado, molesta.—¿Qué te pasa? Ni siquiera estás prestando atención.Daniel volvió en sí.—Voy a buscar unos documentos, aceptó el divorcio.Viviana se llenó de alegría, pero al ver la expresión impasible en el rostro de Daniel, no pudo evitar preguntarse por qué no parecía tan contento como debería.La casa número 39 en la Avenida del Sol, era una villa de tres pisos que había sido su hogar matrimonial durante los últimos tres años.Daniel regresó al lugar en el que no había puesto un pie en un mes. Antes, al llegar a casa cada día, siempre había una silueta delicada en la cocina, preparando con esmero, los alimentos para él, ya que sufría de una grave enfermedad estomacal y solía vomitar después de comer, pero desde que Carlota se casó con él, lo había cuidado con dedicación y, para su sorpresa, su estómago había mejorado notablemente.No obstante, la casa estaba oscura y vacía en ese instante.Se dirigió a la habitación donde tantas veces había estado con ella. La cama ya no tenía su pijama doblado como siempre, ni el aroma del incienso que solía impregnar el ambiente y al que ya se había acostumbrado. Apenas había pasado un mes, sin embargo, aquella habitación le resultaba extrañamente ajena. De repente, la puerta a su espalda se abrió con un leve chirrido.Carlota se quedó mirando al hombre alto que tenía enfrente, Daniel vestía su habitual atuendo negro, esa camisa era de la marca que ella solía elegir para él con esmero, y el broche de diamantes en su pecho fue el regalo que le había dado por su cumpleaños.Ya estaba con Viviana, ¿y aún llevaba esas cosas?Pensar en él usando la ropa que ella le compró, mientras se revolcaba con Viviana le revolvió el estómago.—¿Qué haces aquí?Preguntó con una mirada afilada.Carlota había adelgazado mucho, no sabía si era solo su imaginación, pero incluso su rostro parecía más pálido. ¿Estaba así de mal porque él le pidió el divorcio?Su corazón, que había estado algo inquieto, de pronto se sintió inexplicablemente calmado.—Tienes muy mala cara — Dijo él.Carlota soltó una risa fría.—¿Y qué? ¿Ahora te preocupas por mí?—Espero que no mueras antes del divorcio, no quiero quedar como viudo. No sería un buen antecedente para mí.Sus palabras frías, como dagas de hielo, se clavaron en su pecho.Claro, ese era el verdadero Daniel; si un día él llegase a mostrar preocupación por ella, entonces sí que pensaría que lo habían cambiado por otro. Después de casarse, los únicos momentos íntimos que compartieron fueron en la cama. Al menos, estaba claro que su cuerpo le complacía, pero después del placer, él volvía a ignorarla con la misma frialdad de siempre.Antes, ella solía pensar que, si aún la deseaba, tal vez le tenía un poco de cariño en el fondo. Hasta que vio los ojos de Viviana, tan parecidos a los suyos, finalmente entendió por qué él había accedido a casarse de repente, con una mujer que no tenía ni el estatus ni la posición para estar a su lado, también supo por qué, a pesar de todos esos años de matrimonio, nadie más tenía idea de su relación.Así que estaba bien separarse, al menos así pondría fin a ese matrimonio vacío de amor, y al día siguiente, cuando terminara de limpiar los restos que quedaban en su vientre, también se desharía del último rastro de su matrimonio. Así, nunca más tendrían que verse.—No te preocupes, tampoco voy a morirme antes de que nos divorciemos. No quiero que, incluso estando muerta, mi nombre siga llevando el apellido Zelaya, que le corresponde a tu familia. Si voy a morir, al menos me aseguraré de estar bien lejos de ti para no contaminarme de tu mala suerte.Daniel frunció el ceño con fiereza, sus rasgos afilados se ensombrecieron al instante por la ira. Jamás se imaginó que esa mujer se atrevería a desafiarlo de esa manera y peor aún, que tuviera una lengua tan afilada.—Vaya, Carlota, ¿así que esta es tu verdadera cara? Después de tres años fingiendo ser una esposa sumisa y ejemplar… Debe de haber sido muy agotador para ti mantener esa farsa.Carlota dejó escapar una risa descolorida, era verdad, cuánto había sacrificado para convertirse en la Sra. Zelaya; renunció a su carrera, habilidades y ambiciones como recién graduada, para sumergirse en la turbulenta vida de la familia Zelaya, dispuesta a cocinar y cuidar de él.¿Y qué había obtenido a cambio?—¿Apenas te das cuenta? — preguntó con una sonrisa helada, sus ojos oscuros, que siempre habían parecido tan claros y brillantes, ahora solo reflejaban burla e ironía—. Claro, con lo satisfecho y orgulloso que te ves cada vez que bajas de la cama, no me extraña. Mi actuación ha sido digna de un premio de la Academia, ¿verdad?¿Qué demonios significaba eso?El rostro de Daniel se endureció al instante y su expresión se tornó gélida.Por primera vez, en aquellos rasgos cincelados apareció una sombra de enojo puro, y al verlo así, Carlota sintió una satisfacción amarga, teñida de melancolía.—Carlota, te subestimé.—Ya que vamos a divorciarnos, no tiene sentido seguir fingiendo. Asegúrate de tener listo el acuerdo de divorcio, no quiero retrasos ni problemas con el proceso.El hospital insistía en que su esposo fuera quien firmara la autorización, pero si se divorciaba y dejaba de estar casada… quizás ya no sería necesario. Pensó en ello en silencio.—Vaya… ¿Ahora te urge tanto divorciarte? ¿Qué estás tramando?De repente, Daniel sintió que algo no encajaba, la sujetó por el cuello de la blusa y la obligó a mirarlo directamente a los ojos.La fragancia en su cuerpo no era la que ella le había comprado, por lo que Carlota quedó momentáneamente aturdida. Si no era su perfume, ¿acaso era el aroma de Viviana?Con disgusto, intentó apartar su mano.—¿Tramando qué? Estás pensando demasiado. Solo quiero divorciarme cuanto antes para poder buscar a alguien más.¿Quería encontrar a otro tan rápido?Los ojos color ámbar de Daniel se oscurecieron peligrosamente.—¿Es que te urge conseguir a otro o es que ya lo tienes? ¿Estás desesperada por meterte en su cama?Carlota soltó una carcajada.—Vaya, Sr. Zelaya, ¿no me digas que ahora que mencioné acostarme con otro, te intereso de nuevo? Porque, si mal no recuerdo, a ti te gustan las que saltan de una cama a otra… como tu querida Viviana.Ese hombre que ya había embarazado a otra mujer… ¿y aun así se atrevía a cuestionarla?Apenas terminó de hablar, sintió cómo la mano áspera de Daniel se cerraba alrededor de su garganta.—¿Cómo te atreves a ensuciar el nombre de Viviana con esa boca inmunda?La sensación de asfixia la envolvió y por primera vez, Carlota vio la furia en el rostro de Daniel. Aquellos ojos fríos, que siempre habían estado vacíos de emoción, ahora ardían con una ira incontenible.Siempre había escuchado que la Srta. Viviana Quiroga había sido su amor imposible, su amiga de la infancia, y ahora lo entendía con total claridad, ya que todas sus emociones y cada una de sus reacciones, giraban en torno a ella.Carlota solo pudo esbozar una amarga sonrisa. Tal vez, aunque la estrangulara en ese instante, ni siquiera pasaría un atisbo de remordimiento por su muerte.Cerró los ojos en silencio.Capítulo 2—Se requiere la firma de tu esposo para que podamos realizar el procedimiento de aborto.El médico le informó a Carlota Salazar que había perdido a su bebé y debían extraerlo.Mientras tanto, su esposo Daniel Zelaya, estaba acompañando a la mujer que realmente amaba a su control prenatal.Carlota clavó sus uñas con fuerza en la palma de su mano. Sus delgados hombros temblaban de manera imperceptible bajo la ropa, donde el médico no podía ver. En su rostro pálido se dibujó una amarga sonrisa.—¿Puedo firmar yo misma?El médico finalmente levantó la vista y con un tono severo, le advirtió:—Es el reglamento del hospital. ¿Acaso tu esposo se cree el presidente de la nación para no tener tiempo de venir? Si tu marido no sirve para nada, ¿para qué lo quieres?Eso era cierto y Carlota tampoco lo sabía. Llevaba un mes en una guerra fría con él y aun así, seguía aferrándose a la idea de no divorciarse. ¿Para qué?Un mes atrás, la familia Salazar se había declarado en bancarrota. Su padre se quitó la vida saltando desde un edificio y su madre, sumida en la depresión, terminó hospitalizada.Ese mismo día, bajo una lluvia torrencial, Carlota se presentó ante Daniel empapada de pies a cabeza, solo para encontrarlo preparando una comida especial para su mujer, porque embarazada... para Viviana Quiroga, cuyo vientre ya mostraba una leve curvatura.Daniel, quien siempre se había mantenido por encima de todos, criado entre lujos y comodidades, jamás había tocado la cocina. En tres años de matrimonio, ni siquiera le había preparado un simple plato de comida, pero ahora, ahí estaba, cocinando para otra mujer.Miró a Viviana, quien tenía un leve parecido con ella. Su rostro delicado estaba adornado con una dulzura sutil y una feminidad encantadora. A pesar de su embarazo, no mostraba signos de hinchazón y junto a Daniel, parecían la pareja perfecta, como si fueran unos recién casados habitando ese hogar. Mientras tanto, Carlota, aun siendo la esposa legítima, se había convertido en una extraña en su propia casa.Quiso pedirle ayuda para la familia Salazar, aunque después de casarse, Daniel siempre se había mantenido distante con su familia, ahora tenía una razón de peso para buscarlo: estaba embarazada.Durante tres años, él siempre había sido muy meticuloso con sus precauciones, pero aquella vez, en un descuido provocado por el alcohol, ella quedó embarazada y pensó que tal vez, por el bebé, él accedería a ayudar a su familia.—Divorciémonos.Al verla en ese estado tan miserable, Daniel no le preguntó nada. En cambio, por primera vez, fue él quien mencionó el divorcio.Carlota desvió la mirada hacia Viviana, quien permanecía a su lado con una sonrisa tranquila. No necesitó hacer preguntas. En ese instante, comprendió la razón del divorcio.—No estoy de acuerdo.Con los labios temblorosos y la voz ronca, pronunció esas palabras con dificultad.Desde ese día, Daniel se mudó de su casa y no volvió a verla.En la actualidad, tras encargarse del funeral de su padre en soledad, fue atacada por unos maleantes que irrumpieron en la ceremonia. En medio del forcejeo, la empujaron al suelo y perdió a su bebé.Miró su informe médico y sin más opción, sacó su teléfono. Con voz débil, llamó a Daniel, quien apenas contestó la llamada, su tono frío atravesó la línea telefónica.—¿Por fin aceptas el divorcio?"Hemos perdido a nuestro bebé. ¿Podrías venir a firmar la autorización para la cirugía?"Pero esas palabras se quedaron atoradas en su garganta. Guardó silencio por un largo rato, hasta que escuchó el sonido de su respiración al otro lado del teléfono, pesada y cargada de impaciencia.—Sí, acepto.Hubo un breve silencio, pensó que Daniel no se lo esperaba.Después de todo, cada vez que él mencionaba el divorcio, ella solía suplicarle de manera desesperada, aferrándose a la relación, pero esta vez, había aceptado con una facilidad sorprendente.—Nos vemos mañana a las nueve de la mañana, en el registro civil.—¡Daniel, mira! La ecografía del bebé ya está lista. Creo que se parece mucho a ti.Una voz dulce y melosa se filtró a través del teléfono. Fue como si una mano invisible atravesara la línea y le apretara la garganta a Carlota.No pudo soportarlo más. Soltó el teléfono y se inclinó a un lado, vomitando violentamente, por lo que la llamada se cortó de repente.Daniel miró el teléfono sin moverse.¿Por qué aceptó el divorcio de repente? Además, estaba seguro de haber escuchado un ruido extraño justo antes de que se cortara la llamada,.—¿Daniel?La voz de Viviana sonó a su lado, molesta.—¿Qué te pasa? Ni siquiera estás prestando atención.Daniel volvió en sí.—Voy a buscar unos documentos, aceptó el divorcio.Viviana se llenó de alegría, pero al ver la expresión impasible en el rostro de Daniel, no pudo evitar preguntarse por qué no parecía tan contento como debería.La casa número 39 en la Avenida del Sol, era una villa de tres pisos que había sido su hogar matrimonial durante los últimos tres años.Daniel regresó al lugar en el que no había puesto un pie en un mes. Antes, al llegar a casa cada día, siempre había una silueta delicada en la cocina, preparando con esmero, los alimentos para él, ya que sufría de una grave enfermedad estomacal y solía vomitar después de comer, pero desde que Carlota se casó con él, lo había cuidado con dedicación y, para su sorpresa, su estómago había mejorado notablemente.No obstante, la casa estaba oscura y vacía en ese instante.Se dirigió a la habitación donde tantas veces había estado con ella. La cama ya no tenía su pijama doblado como siempre, ni el aroma del incienso que solía impregnar el ambiente y al que ya se había acostumbrado. Apenas había pasado un mes, sin embargo, aquella habitación le resultaba extrañamente ajena. De repente, la puerta a su espalda se abrió con un leve chirrido.Carlota se quedó mirando al hombre alto que tenía enfrente, Daniel vestía su habitual atuendo negro, esa camisa era de la marca que ella solía elegir para él con esmero, y el broche de diamantes en su pecho fue el regalo que le había dado por su cumpleaños.Ya estaba con Viviana, ¿y aún llevaba esas cosas?Pensar en él usando la ropa que ella le compró, mientras se revolcaba con Viviana le revolvió el estómago.—¿Qué haces aquí?Preguntó con una mirada afilada.Carlota había adelgazado mucho, no sabía si era solo su imaginación, pero incluso su rostro parecía más pálido. ¿Estaba así de mal porque él le pidió el divorcio?Su corazón, que había estado algo inquieto, de pronto se sintió inexplicablemente calmado.—Tienes muy mala cara — Dijo él.Carlota soltó una risa fría.—¿Y qué? ¿Ahora te preocupas por mí?—Espero que no mueras antes del divorcio, no quiero quedar como viudo. No sería un buen antecedente para mí.Sus palabras frías, como dagas de hielo, se clavaron en su pecho.Claro, ese era el verdadero Daniel; si un día él llegase a mostrar preocupación por ella, entonces sí que pensaría que lo habían cambiado por otro. Después de casarse, los únicos momentos íntimos que compartieron fueron en la cama. Al menos, estaba claro que su cuerpo le complacía, pero después del placer, él volvía a ignorarla con la misma frialdad de siempre.Antes, ella solía pensar que, si aún la deseaba, tal vez le tenía un poco de cariño en el fondo. Hasta que vio los ojos de Viviana, tan parecidos a los suyos, finalmente entendió por qué él había accedido a casarse de repente, con una mujer que no tenía ni el estatus ni la posición para estar a su lado, también supo por qué, a pesar de todos esos años de matrimonio, nadie más tenía idea de su relación.Así que estaba bien separarse, al menos así pondría fin a ese matrimonio vacío de amor, y al día siguiente, cuando terminara de limpiar los restos que quedaban en su vientre, también se desharía del último rastro de su matrimonio. Así, nunca más tendrían que verse.—No te preocupes, tampoco voy a morirme antes de que nos divorciemos. No quiero que, incluso estando muerta, mi nombre siga llevando el apellido Zelaya, que le corresponde a tu familia. Si voy a morir, al menos me aseguraré de estar bien lejos de ti para no contaminarme de tu mala suerte.Daniel frunció el ceño con fiereza, sus rasgos afilados se ensombrecieron al instante por la ira. Jamás se imaginó que esa mujer se atrevería a desafiarlo de esa manera y peor aún, que tuviera una lengua tan afilada.—Vaya, Carlota, ¿así que esta es tu verdadera cara? Después de tres años fingiendo ser una esposa sumisa y ejemplar… Debe de haber sido muy agotador para ti mantener esa farsa.Carlota dejó escapar una risa descolorida, era verdad, cuánto había sacrificado para convertirse en la Sra. Zelaya; renunció a su carrera, habilidades y ambiciones como recién graduada, para sumergirse en la turbulenta vida de la familia Zelaya, dispuesta a cocinar y cuidar de él.¿Y qué había obtenido a cambio?—¿Apenas te das cuenta? — preguntó con una sonrisa helada, sus ojos oscuros, que siempre habían parecido tan claros y brillantes, ahora solo reflejaban burla e ironía—. Claro, con lo satisfecho y orgulloso que te ves cada vez que bajas de la cama, no me extraña. Mi actuación ha sido digna de un premio de la Academia, ¿verdad?¿Qué demonios significaba eso?El rostro de Daniel se endureció al instante y su expresión se tornó gélida.Por primera vez, en aquellos rasgos cincelados apareció una sombra de enojo puro, y al verlo así, Carlota sintió una satisfacción amarga, teñida de melancolía.—Carlota, te subestimé.—Ya que vamos a divorciarnos, no tiene sentido seguir fingiendo. Asegúrate de tener listo el acuerdo de divorcio, no quiero retrasos ni problemas con el proceso.El hospital insistía en que su esposo fuera quien firmara la autorización, pero si se divorciaba y dejaba de estar casada… quizás ya no sería necesario. Pensó en ello en silencio.—Vaya… ¿Ahora te urge tanto divorciarte? ¿Qué estás tramando?De repente, Daniel sintió que algo no encajaba, la sujetó por el cuello de la blusa y la obligó a mirarlo directamente a los ojos.La fragancia en su cuerpo no era la que ella le había comprado, por lo que Carlota quedó momentáneamente aturdida. Si no era su perfume, ¿acaso era el aroma de Viviana?Con disgusto, intentó apartar su mano.—¿Tramando qué? Estás pensando demasiado. Solo quiero divorciarme cuanto antes para poder buscar a alguien más.¿Quería encontrar a otro tan rápido?Los ojos color ámbar de Daniel se oscurecieron peligrosamente.—¿Es que te urge conseguir a otro o es que ya lo tienes? ¿Estás desesperada por meterte en su cama?Carlota soltó una carcajada.—Vaya, Sr. Zelaya, ¿no me digas que ahora que mencioné acostarme con otro, te intereso de nuevo? Porque, si mal no recuerdo, a ti te gustan las que saltan de una cama a otra… como tu querida Viviana.Ese hombre que ya había embarazado a otra mujer… ¿y aun así se atrevía a cuestionarla?Apenas terminó de hablar, sintió cómo la mano áspera de Daniel se cerraba alrededor de su garganta.—¿Cómo te atreves a ensuciar el nombre de Viviana con esa boca inmunda?La sensación de asfixia la envolvió y por primera vez, Carlota vio la furia en el rostro de Daniel. Aquellos ojos fríos, que siempre habían estado vacíos de emoción, ahora ardían con una ira incontenible.Siempre había escuchado que la Srta. Viviana Quiroga había sido su amor imposible, su amiga de la infancia, y ahora lo entendía con total claridad, ya que todas sus emociones y cada una de sus reacciones, giraban en torno a ella.Carlota solo pudo esbozar una amarga sonrisa. Tal vez, aunque la estrangulara en ese instante, ni siquiera pasaría un atisbo de remordimiento por su muerte.Cerró los ojos en silencio.Capítulo 3—Se requiere la firma de tu esposo para que podamos realizar el procedimiento de aborto.El médico le informó a Carlota Salazar que había perdido a su bebé y debían extraerlo.Mientras tanto, su esposo Daniel Zelaya, estaba acompañando a la mujer que realmente amaba a su control prenatal.Carlota clavó sus uñas con fuerza en la palma de su mano. Sus delgados hombros temblaban de manera imperceptible bajo la ropa, donde el médico no podía ver. En su rostro pálido se dibujó una amarga sonrisa.—¿Puedo firmar yo misma?El médico finalmente levantó la vista y con un tono severo, le advirtió:—Es el reglamento del hospital. ¿Acaso tu esposo se cree el presidente de la nación para no tener tiempo de venir? Si tu marido no sirve para nada, ¿para qué lo quieres?Eso era cierto y Carlota tampoco lo sabía. Llevaba un mes en una guerra fría con él y aun así, seguía aferrándose a la idea de no divorciarse. ¿Para qué?Un mes atrás, la familia Salazar se había declarado en bancarrota. Su padre se quitó la vida saltando desde un edificio y su madre, sumida en la depresión, terminó hospitalizada.Ese mismo día, bajo una lluvia torrencial, Carlota se presentó ante Daniel empapada de pies a cabeza, solo para encontrarlo preparando una comida especial para su mujer, porque embarazada... para Viviana Quiroga, cuyo vientre ya mostraba una leve curvatura.Daniel, quien siempre se había mantenido por encima de todos, criado entre lujos y comodidades, jamás había tocado la cocina. En tres años de matrimonio, ni siquiera le había preparado un simple plato de comida, pero ahora, ahí estaba, cocinando para otra mujer.Miró a Viviana, quien tenía un leve parecido con ella. Su rostro delicado estaba adornado con una dulzura sutil y una feminidad encantadora. A pesar de su embarazo, no mostraba signos de hinchazón y junto a Daniel, parecían la pareja perfecta, como si fueran unos recién casados habitando ese hogar. Mientras tanto, Carlota, aun siendo la esposa legítima, se había convertido en una extraña en su propia casa.Quiso pedirle ayuda para la familia Salazar, aunque después de casarse, Daniel siempre se había mantenido distante con su familia, ahora tenía una razón de peso para buscarlo: estaba embarazada.Durante tres años, él siempre había sido muy meticuloso con sus precauciones, pero aquella vez, en un descuido provocado por el alcohol, ella quedó embarazada y pensó que tal vez, por el bebé, él accedería a ayudar a su familia.—Divorciémonos.Al verla en ese estado tan miserable, Daniel no le preguntó nada. En cambio, por primera vez, fue él quien mencionó el divorcio.Carlota desvió la mirada hacia Viviana, quien permanecía a su lado con una sonrisa tranquila. No necesitó hacer preguntas. En ese instante, comprendió la razón del divorcio.—No estoy de acuerdo.Con los labios temblorosos y la voz ronca, pronunció esas palabras con dificultad.Desde ese día, Daniel se mudó de su casa y no volvió a verla.En la actualidad, tras encargarse del funeral de su padre en soledad, fue atacada por unos maleantes que irrumpieron en la ceremonia. En medio del forcejeo, la empujaron al suelo y perdió a su bebé.Miró su informe médico y sin más opción, sacó su teléfono. Con voz débil, llamó a Daniel, quien apenas contestó la llamada, su tono frío atravesó la línea telefónica.—¿Por fin aceptas el divorcio?"Hemos perdido a nuestro bebé. ¿Podrías venir a firmar la autorización para la cirugía?"Pero esas palabras se quedaron atoradas en su garganta. Guardó silencio por un largo rato, hasta que escuchó el sonido de su respiración al otro lado del teléfono, pesada y cargada de impaciencia.—Sí, acepto.Hubo un breve silencio, pensó que Daniel no se lo esperaba.Después de todo, cada vez que él mencionaba el divorcio, ella solía suplicarle de manera desesperada, aferrándose a la relación, pero esta vez, había aceptado con una facilidad sorprendente.—Nos vemos mañana a las nueve de la mañana, en el registro civil.—¡Daniel, mira! La ecografía del bebé ya está lista. Creo que se parece mucho a ti.Una voz dulce y melosa se filtró a través del teléfono. Fue como si una mano invisible atravesara la línea y le apretara la garganta a Carlota.No pudo soportarlo más. Soltó el teléfono y se inclinó a un lado, vomitando violentamente, por lo que la llamada se cortó de repente.Daniel miró el teléfono sin moverse.¿Por qué aceptó el divorcio de repente? Además, estaba seguro de haber escuchado un ruido extraño justo antes de que se cortara la llamada,.—¿Daniel?La voz de Viviana sonó a su lado, molesta.—¿Qué te pasa? Ni siquiera estás prestando atención.Daniel volvió en sí.—Voy a buscar unos documentos, aceptó el divorcio.Viviana se llenó de alegría, pero al ver la expresión impasible en el rostro de Daniel, no pudo evitar preguntarse por qué no parecía tan contento como debería.La casa número 39 en la Avenida del Sol, era una villa de tres pisos que había sido su hogar matrimonial durante los últimos tres años.Daniel regresó al lugar en el que no había puesto un pie en un mes. Antes, al llegar a casa cada día, siempre había una silueta delicada en la cocina, preparando con esmero, los alimentos para él, ya que sufría de una grave enfermedad estomacal y solía vomitar después de comer, pero desde que Carlota se casó con él, lo había cuidado con dedicación y, para su sorpresa, su estómago había mejorado notablemente.No obstante, la casa estaba oscura y vacía en ese instante.Se dirigió a la habitación donde tantas veces había estado con ella. La cama ya no tenía su pijama doblado como siempre, ni el aroma del incienso que solía impregnar el ambiente y al que ya se había acostumbrado. Apenas había pasado un mes, sin embargo, aquella habitación le resultaba extrañamente ajena. De repente, la puerta a su espalda se abrió con un leve chirrido.Carlota se quedó mirando al hombre alto que tenía enfrente, Daniel vestía su habitual atuendo negro, esa camisa era de la marca que ella solía elegir para él con esmero, y el broche de diamantes en su pecho fue el regalo que le había dado por su cumpleaños.Ya estaba con Viviana, ¿y aún llevaba esas cosas?Pensar en él usando la ropa que ella le compró, mientras se revolcaba con Viviana le revolvió el estómago.—¿Qué haces aquí?Preguntó con una mirada afilada.Carlota había adelgazado mucho, no sabía si era solo su imaginación, pero incluso su rostro parecía más pálido. ¿Estaba así de mal porque él le pidió el divorcio?Su corazón, que había estado algo inquieto, de pronto se sintió inexplicablemente calmado.—Tienes muy mala cara — Dijo él.Carlota soltó una risa fría.—¿Y qué? ¿Ahora te preocupas por mí?—Espero que no mueras antes del divorcio, no quiero quedar como viudo. No sería un buen antecedente para mí.Sus palabras frías, como dagas de hielo, se clavaron en su pecho.Claro, ese era el verdadero Daniel; si un día él llegase a mostrar preocupación por ella, entonces sí que pensaría que lo habían cambiado por otro. Después de casarse, los únicos momentos íntimos que compartieron fueron en la cama. Al menos, estaba claro que su cuerpo le complacía, pero después del placer, él volvía a ignorarla con la misma frialdad de siempre.Antes, ella solía pensar que, si aún la deseaba, tal vez le tenía un poco de cariño en el fondo. Hasta que vio los ojos de Viviana, tan parecidos a los suyos, finalmente entendió por qué él había accedido a casarse de repente, con una mujer que no tenía ni el estatus ni la posición para estar a su lado, también supo por qué, a pesar de todos esos años de matrimonio, nadie más tenía idea de su relación.Así que estaba bien separarse, al menos así pondría fin a ese matrimonio vacío de amor, y al día siguiente, cuando terminara de limpiar los restos que quedaban en su vientre, también se desharía del último rastro de su matrimonio. Así, nunca más tendrían que verse.—No te preocupes, tampoco voy a morirme antes de que nos divorciemos. No quiero que, incluso estando muerta, mi nombre siga llevando el apellido Zelaya, que le corresponde a tu familia. Si voy a morir, al menos me aseguraré de estar bien lejos de ti para no contaminarme de tu mala suerte.Daniel frunció el ceño con fiereza, sus rasgos afilados se ensombrecieron al instante por la ira. Jamás se imaginó que esa mujer se atrevería a desafiarlo de esa manera y peor aún, que tuviera una lengua tan afilada.—Vaya, Carlota, ¿así que esta es tu verdadera cara? Después de tres años fingiendo ser una esposa sumisa y ejemplar… Debe de haber sido muy agotador para ti mantener esa farsa.Carlota dejó escapar una risa descolorida, era verdad, cuánto había sacrificado para convertirse en la Sra. Zelaya; renunció a su carrera, habilidades y ambiciones como recién graduada, para sumergirse en la turbulenta vida de la familia Zelaya, dispuesta a cocinar y cuidar de él.¿Y qué había obtenido a cambio?—¿Apenas te das cuenta? — preguntó con una sonrisa helada, sus ojos oscuros, que siempre habían parecido tan claros y brillantes, ahora solo reflejaban burla e ironía—. Claro, con lo satisfecho y orgulloso que te ves cada vez que bajas de la cama, no me extraña. Mi actuación ha sido digna de un premio de la Academia, ¿verdad?¿Qué demonios significaba eso?El rostro de Daniel se endureció al instante y su expresión se tornó gélida.Por primera vez, en aquellos rasgos cincelados apareció una sombra de enojo puro, y al verlo así, Carlota sintió una satisfacción amarga, teñida de melancolía.—Carlota, te subestimé.—Ya que vamos a divorciarnos, no tiene sentido seguir fingiendo. Asegúrate de tener listo el acuerdo de divorcio, no quiero retrasos ni problemas con el proceso.El hospital insistía en que su esposo fuera quien firmara la autorización, pero si se divorciaba y dejaba de estar casada… quizás ya no sería necesario. Pensó en ello en silencio.—Vaya… ¿Ahora te urge tanto divorciarte? ¿Qué estás tramando?De repente, Daniel sintió que algo no encajaba, la sujetó por el cuello de la blusa y la obligó a mirarlo directamente a los ojos.La fragancia en su cuerpo no era la que ella le había comprado, por lo que Carlota quedó momentáneamente aturdida. Si no era su perfume, ¿acaso era el aroma de Viviana?Con disgusto, intentó apartar su mano.—¿Tramando qué? Estás pensando demasiado. Solo quiero divorciarme cuanto antes para poder buscar a alguien más.¿Quería encontrar a otro tan rápido?Los ojos color ámbar de Daniel se oscurecieron peligrosamente.—¿Es que te urge conseguir a otro o es que ya lo tienes? ¿Estás desesperada por meterte en su cama?Carlota soltó una carcajada.—Vaya, Sr. Zelaya, ¿no me digas que ahora que mencioné acostarme con otro, te intereso de nuevo? Porque, si mal no recuerdo, a ti te gustan las que saltan de una cama a otra… como tu querida Viviana.Ese hombre que ya había embarazado a otra mujer… ¿y aun así se atrevía a cuestionarla?Apenas terminó de hablar, sintió cómo la mano áspera de Daniel se cerraba alrededor de su garganta.—¿Cómo te atreves a ensuciar el nombre de Viviana con esa boca inmunda?La sensación de asfixia la envolvió y por primera vez, Carlota vio la furia en el rostro de Daniel. Aquellos ojos fríos, que siempre habían estado vacíos de emoción, ahora ardían con una ira incontenible.Siempre había escuchado que la Srta. Viviana Quiroga había sido su amor imposible, su amiga de la infancia, y ahora lo entendía con total claridad, ya que todas sus emociones y cada una de sus reacciones, giraban en torno a ella.Carlota solo pudo esbozar una amarga sonrisa. Tal vez, aunque la estrangulara en ese instante, ni siquiera pasaría un atisbo de remordimiento por su muerte.Cerró los ojos en silencio.