Capítulo 1Puerto Azabache, 15 de enero.En la oscura noche de invierno, caía una nieve espesa que cubría el suelo con un manto denso, transformándose en un lodazal sucio bajo el incesante tránsito de transeúntes y vehículos. A un lado del camino, un Audi azul oscuro permanecía aparcado. Aitana Silva, envuelta en un abrigo de plumas blanco como la nieve que caía, sostenía un ramo de rosas recién adquiridas mientras caminaba hacia el vehículo y marcaba el número de Rodrigo Macías. Hoy celebraban su octavo aniversario de bodas. Había concluido sus pendientes temprano, con la intención de invitar a su esposo a una cena íntima, festejando haber superado los siete años complicados y adentrándose en el octavo año de matrimonio.La primera llamada quedó sin respuesta. Insistió dos veces más y, tras una espera prolongada, una voz distante contestó.—¿Qué pasa?La sonrisa en el rostro de Aitana se desvaneció ligeramente, pero aún así le recordó:—Quedamos en cenar fuera hoy, el lugar...—Estoy trabajando, ocupado.Antes de que Aitana pudiera añadir algo más, la comunicación se cortó abruptamente. Con el teléfono apretado en su mano, permaneció inmóvil bajo el viento y la nieve, temblando involuntariamente al sentir el frío y una profunda tristeza que le penetraba hasta el alma. ¿Acaso Rodrigo recordaba la importancia de esta fecha? A pesar de sus constantes promesas, siempre encontraba pretextos para evitarla, sin siquiera dedicar un momento para compartir una cena.El agotamiento la invadió súbitamente. Aitana cerró los ojos un instante, pero con renovada determinación, llamó a su hijo Cristóbal Macías. Para disfrutar de esa inusual cena a solas con su esposo, había pedido a su suegra que cuidara al niño en la residencia familiar. Ahora que sus planes se habían frustrado, debía recoger a su pequeño....En un rincón de un lujoso y extravagante restaurante, una mujer elegante y deslumbrante compartía mesa con un niño de seis o siete años. El pequeño, completamente absorto en una consola de videojuegos nueva, no advirtió la llamada entrante que parpadeaba en la mesa. La mujer observó el nombre "mamá" en la pantalla y, con un ágil movimiento, contestó y silenció el dispositivo, dejándolo boca abajo sobre la superficie.—Cristóbal, ¿te gusta la consola que te compré? —preguntó con una sonrisa calculada.Aitana, en la otra línea, escuchó la voz femenina y quedó momentáneamente perpleja, pero pronto un escalofrío recorrió su cuerpo. Era Guadalupe Calderón. La amiga de infancia y amor platónico de Rodrigo. ¿No se suponía que estudiaba en el extranjero? ¿Por qué había regresado y estaba con su hijo?...Dentro del restaurante.El niño finalmente apartó la vista del aparato, sonriendo ampliamente:—Sí, me encanta. La señorita Guadalupe es lo máximo, gracias.Guadalupe esbozó una sonrisa enigmática y preguntó:—Qué raro, ¿en tu casa no te compran consolas?Con el poderío económico del Grupo Macías, Rodrigo podía adquirir varias compañías de videojuegos sin dificultad, ¿cómo no iba a tener una simple consola?Cristóbal hizo un puchero evidentemente molesto:—No es eso. Mi papá y mis abuelos me dejan jugar lo que quiero, pero mi mamá siempre está encima de mí, diciéndome qué hacer. Es muy molesta, hasta controla cuánto tiempo juego y luego me quita la consola... Usted es la mejor.Guadalupe revolvió el cabello de Cristóbal con estudiada ternura.—No digas eso, tu mamá solo se preocupa de que juegues demasiado y te dañes la vista. Lo hace por tu bien. Si te escuchara hablar así, se pondría triste.—No creo.Cristóbal volvió a concentrarse en la consola, despreocupado.—Mi mamá siempre está contenta. Nunca la vi enojada.Guadalupe emitió una risa suave y contempló pensativa la comida sobre la mesa. Con gesto calculado, tomó un trozo de pollo picante y se lo ofreció al niño, quien estaba tan embelesado con el juego que había olvidado alimentarse.—Cristóbal me contó que tu mamá cocina comida mexicana increíble. A mí también me fascina.El pequeño levantó la mirada de su consola con una sonrisa traviesa dibujada en su rostro infantil.—Sí, mi mamá hace la mejor comida mexicana. Mejor que cualquier restaurante. A papá y a mí nos encanta. Si te gusta, cuando vengas a casa le pido que te prepare algo.Guadalupe, con un destello calculado en su mirada, fingió sorpresa mientras jugueteaba con su cabello.—¿En serio podrías hacer eso por mí?—Claro que sí —respondió Cristóbal sin dudarlo—. Eres la señorita Guadalupe que papá y yo queremos mucho. Obvio puedes venir a nuestra casa cuando quieras.—Entonces Cristóbal quiere mucho a la señorita Guadalupe, ¿verdad?Con delicadeza, deslizó sus dedos por la mejilla tersa del niño mientras le dedicaba una sonrisa cargada de intención.Cristóbal asintió y frotó su mejilla contra los dedos de Guadalupe, buscando su caricia como un gatito hambriento de afecto.—Ojalá mi mamá fuera como tú. Siempre está controlándome y me cansa mucho....El viento azotaba sin piedad mientras la nieve caía en copos gruesos y abundantes.Aitana permanecía inmóvil bajo la tormenta, con las cejas y el cabello cubiertos de blanco, escuchando las palabras que salían de su teléfono como puñales. Sus ojos se inundaron de lágrimas que se negaba a derramar.Por supuesto que sabía cocinar comida mexicana. Lo había aprendido precisamente porque padre e hijo adoraban los platillos picantes. Había invertido innumerables horas de su escaso tiempo libre estudiando con un chef especializado para dominar aquellas recetas. En los días festivos, cuando lograba liberarse de sus obligaciones, cocinaba para ellos con una destreza que nada tenía que envidiar a los restaurantes más exclusivos.Pero las palabras de Cristóbal le comprimían el pecho como una prensa invisible. Ese era el hijo que había cuidado con devoción durante siete años. Siete años de entrega absoluta, de noches en vela y preocupaciones constantes, solo para escuchar que era una molestia y que prefería a la señorita Guadalupe.Quiso terminar la llamada, pero entonces una voz familiar la paralizó por completo. Una voz que conocía mejor que la propia, que alguna vez había considerado cálida. Era Rodrigo.El dolor agudo que atravesó su corazón la dejó entumecida, arrancándole una risa amarga que se cristalizó en el aire helado.¿Este era el trabajo urgente de su esposo? En su octavo aniversario de bodas, él cenaba tranquilamente con su primer amor, su eterna amiga de la infancia, llevando además a su hijo como parte de aquella escena familiar que tanto anhelaba crear con ella.La llamada se cortó abruptamente.Aitana permaneció bajo la nieve, riendo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas heladas. Con un movimiento brusco arrojó al suelo el ramo de rosas que sostenía y lo pisoteó con furia contenida. Los pétalos carmesí se esparcieron sobre el manto blanco como gotas de sangre sobre un lienzo inmaculado.Subió al carro donde la calefacción comenzó a devolver la sensibilidad a su cuerpo congelado. Los recuerdos del pasado se desvanecían como bruma matutina. Siempre supo que Rodrigo se había casado con ella únicamente por aquella noche de caos y la insistente presión de su suegra. No la amaba; la odiaba profundamente. La culpaba por haber destruido su relación con Guadalupe, despreciaba lo que él consideraba su falta de escrúpulos y dignidad.En aquel entonces, Aitana vivía envuelta en una ingenuidad casi infantil, deslumbrada por imposibles. Creía que con paciencia, sumisión y bondad lograría derretir el hielo que separaba sus corazones. ¿Y qué había conseguido? Siete años de un matrimonio vacío, convertido en la venganza silenciosa de un hombre resentido. Incluso su propio hijo comenzaba a rechazarla. Habitaba aquella mansión como un espectro, invisible para quienes supuestamente eran su familia.Después de siete largos años, por fin despertaba del sueño. Nunca podría alcanzar el corazón de Rodrigo. Era momento de terminar.Las luces amarillentas del carro iluminaban su rostro pálido y delicado mientras su nariz recta adquiría un tono cereza por el contraste entre el frío exterior y el calor que comenzaba a envolverla. Con dedos aún entumecidos, envió un mensaje a un abogado amigo de la Universidad Libre de las Américas. Habían acordado reunirse al día siguiente para discutir los trámites del divorcio y la división de bienes.El carro se detuvo frente a una pequeña villa de tres pisos con jardín, ubicada en un exclusivo vecindario. Aitana entregó las llaves al empleado e ingresó a la casa con paso firme, mientras el cálido aire del interior la envolvía, disipando el intenso frío que traía impregnado en la piel. Sin dirigir la mirada a los empleados que la recibieron con reverencias silenciosas, subió directamente al dormitorio para empacar sus pertenencias.El pensamiento de que Rodrigo hubiera retomado contacto con Guadalupe a sus espaldas, incluso involucrando a su hijo en el engaño, provocaba que el estómago de Aitana se contrajera violentamente, desatando una oleada de náuseas que apenas podía controlar. No deseaba permanecer ni un minuto más bajo aquel techo que ya no sentía como suyo.Había demasiadas cosas que empacar; optó por llevarse únicamente su ropa íntima, algunas prendas de invierno y las joyas valiosas que acostumbraba usar, llenando por completo una gran maleta que parecía contener los fragmentos de una vida que se desmoronaba. Al alcanzar la mesita de noche, sus dedos rozaron una tarjeta adicional que yacía olvidada entre papeles insignificantes.Aquella tarjeta estaba vinculada directamente a la cuenta de Rodrigo. Quizás porque consideraba que su matrimonio había sido una imposición familiar, Rodrigo siempre manifestó una actitud estricta y desconfiada, negándose rotundamente a proporcionarle fondos para sus gastos personales. Su hijo disfrutaba de su propia tarjeta con generosos límites, mientras que Aitana, su esposa, apenas contaba con una tarjeta secundaria que la mantenía bajo constante vigilancia económica.Durante su etapa de ceguera emocional, interpretó aquella tarjeta adicional como una demostración de afecto y confianza, pero eventualmente comprendió que representaba lo contrario: un método de control disfrazado de generosidad. Cada transacción generaba una notificación inmediata que llegaba al teléfono de Rodrigo, un recordatorio constante de su dependencia. Sin embargo, Aitana la utilizaba con extrema cautela, y cuando lo hacía, era exclusivamente para adquirir artículos domésticos; la mayoría de las veces prefería emplear su propio salario, preservando así un mínimo de dignidad.Aitana había conseguido su empleo por méritos propios, sin ayuda alguna. Tiempo atrás, anhelando estrechar lazos con Rodrigo, envió su currículum al departamento técnico del Grupo Macías. A pesar de poseer un impresionante doctorado en computación por la Universidad Libre de las Américas, su aplicación fue rechazada sin concederle siquiera una entrevista. Posteriormente descubrió que tal decisión respondía a órdenes expresas de Rodrigo. El Grupo Macías tenía prohibido aceptarla."Si quieres ser la Sra. Macías, entonces quédate en casa como tal, no necesitamos que te metas en los asuntos de la empresa". Las palabras de Rodrigo resonaban ahora con una claridad dolorosa en su memoria.Ahora que recapitulaba, aquellos siete años estaban plagados de momentos desgarradores que había normalizado con el tiempo. ¿Habían compartido alguna vez una relación de pareja auténtica, basada en el respeto mutuo?Aitana ignoró la tarjeta secundaria, recogió únicamente sus joyas más valiosas y, sin ánimos de continuar empacando meticulosamente, introdujo todo en la maleta antes de descender por las escaleras con determinación renovada.Jimena emergió de la cocina al percibir el ruido de las ruedas contra el mármol y, al observar a la señora con la maleta, su rostro se transformó en una máscara de perplejidad.—¿Qué pasa, señora? ¿Va a salir?—Es un viaje de trabajo —respondió Aitana sin ofrecer explicaciones adicionales, evitando la mirada inquisitiva de la empleada.Tras tantos años compartiendo matrimonio y lecho con Rodrigo, Aitana conocía perfectamente su carácter: vengativo, rencoroso y despiadado hasta las últimas consecuencias. Dejando de lado sus tácticas empresariales, incluso antes de casarse, cuando surgían conflictos entre ellos, él podía mantener una frialdad glacial durante siete años consecutivos, sin mostrar la más mínima fisura en su coraza emocional.No revelaría sus intenciones hasta después de consultar con su abogado mañana y desarrollar una estrategia sólida e infalible. El amor se había evaporado completamente, transformando la relación en una mera transacción financiera pendiente de resolución.Había servido fielmente a esa familia durante siete años, soportando desconfianzas y desprecios constantes. Aunque la división de bienes resultara complicada, merecía una compensación justa por el tiempo invertido, ¿no era así?...Al abandonar la villa, Aitana condujo hasta las proximidades de su oficina. Previamente había alquilado un espacioso apartamento completamente amueblado que podía habitar de inmediato, sin intenciones de permanecer mucho tiempo en la misma zona, como si buscara borrar cualquier rastro de su vida anterior.Actualmente desempeñaba funciones en el departamento técnico de un prestigioso banco. En apenas tres años, había ascendido desde técnica ordinaria hasta líder de grupo, aunque no experimentaba verdadera satisfacción profesional con su ocupación. Inicialmente, optó por estudiar computación en la Universidad Libre de las Américas debido a las prometedoras perspectivas económicas que ofrecía la carrera, y en aquella época, necesitaba urgentemente el dinero para subsistir.Un título de licenciatura en computación de aquella institución resultaba suficiente para garantizar estabilidad financiera. Una vez que acumulara recursos suficientes, podría dedicarse a lo que realmente la apasionaba, liberándose de las cadenas de la necesidad. Sin embargo, posteriormente descubrió que Rodrigo mostraba interés en la computación y la inteligencia artificial. Para establecer mayor cercanía y compartir temas de conversación, decidió reprimir su verdadera pasión por el diseño artístico y continuar profundizando sus estudios en computación en la Universidad Libre de las Américas, sacrificando una vez más sus deseos personales por una relación que nunca existió realmente.Capítulo 2Puerto Azabache, 15 de enero.En la oscura noche de invierno, caía una nieve espesa que cubría el suelo con un manto denso, transformándose en un lodazal sucio bajo el incesante tránsito de transeúntes y vehículos. A un lado del camino, un Audi azul oscuro permanecía aparcado. Aitana Silva, envuelta en un abrigo de plumas blanco como la nieve que caía, sostenía un ramo de rosas recién adquiridas mientras caminaba hacia el vehículo y marcaba el número de Rodrigo Macías. Hoy celebraban su octavo aniversario de bodas. Había concluido sus pendientes temprano, con la intención de invitar a su esposo a una cena íntima, festejando haber superado los siete años complicados y adentrándose en el octavo año de matrimonio.La primera llamada quedó sin respuesta. Insistió dos veces más y, tras una espera prolongada, una voz distante contestó.—¿Qué pasa?La sonrisa en el rostro de Aitana se desvaneció ligeramente, pero aún así le recordó:—Quedamos en cenar fuera hoy, el lugar...—Estoy trabajando, ocupado.Antes de que Aitana pudiera añadir algo más, la comunicación se cortó abruptamente. Con el teléfono apretado en su mano, permaneció inmóvil bajo el viento y la nieve, temblando involuntariamente al sentir el frío y una profunda tristeza que le penetraba hasta el alma. ¿Acaso Rodrigo recordaba la importancia de esta fecha? A pesar de sus constantes promesas, siempre encontraba pretextos para evitarla, sin siquiera dedicar un momento para compartir una cena.El agotamiento la invadió súbitamente. Aitana cerró los ojos un instante, pero con renovada determinación, llamó a su hijo Cristóbal Macías. Para disfrutar de esa inusual cena a solas con su esposo, había pedido a su suegra que cuidara al niño en la residencia familiar. Ahora que sus planes se habían frustrado, debía recoger a su pequeño....En un rincón de un lujoso y extravagante restaurante, una mujer elegante y deslumbrante compartía mesa con un niño de seis o siete años. El pequeño, completamente absorto en una consola de videojuegos nueva, no advirtió la llamada entrante que parpadeaba en la mesa. La mujer observó el nombre "mamá" en la pantalla y, con un ágil movimiento, contestó y silenció el dispositivo, dejándolo boca abajo sobre la superficie.—Cristóbal, ¿te gusta la consola que te compré? —preguntó con una sonrisa calculada.Aitana, en la otra línea, escuchó la voz femenina y quedó momentáneamente perpleja, pero pronto un escalofrío recorrió su cuerpo. Era Guadalupe Calderón. La amiga de infancia y amor platónico de Rodrigo. ¿No se suponía que estudiaba en el extranjero? ¿Por qué había regresado y estaba con su hijo?...Dentro del restaurante.El niño finalmente apartó la vista del aparato, sonriendo ampliamente:—Sí, me encanta. La señorita Guadalupe es lo máximo, gracias.Guadalupe esbozó una sonrisa enigmática y preguntó:—Qué raro, ¿en tu casa no te compran consolas?Con el poderío económico del Grupo Macías, Rodrigo podía adquirir varias compañías de videojuegos sin dificultad, ¿cómo no iba a tener una simple consola?Cristóbal hizo un puchero evidentemente molesto:—No es eso. Mi papá y mis abuelos me dejan jugar lo que quiero, pero mi mamá siempre está encima de mí, diciéndome qué hacer. Es muy molesta, hasta controla cuánto tiempo juego y luego me quita la consola... Usted es la mejor.Guadalupe revolvió el cabello de Cristóbal con estudiada ternura.—No digas eso, tu mamá solo se preocupa de que juegues demasiado y te dañes la vista. Lo hace por tu bien. Si te escuchara hablar así, se pondría triste.—No creo.Cristóbal volvió a concentrarse en la consola, despreocupado.—Mi mamá siempre está contenta. Nunca la vi enojada.Guadalupe emitió una risa suave y contempló pensativa la comida sobre la mesa. Con gesto calculado, tomó un trozo de pollo picante y se lo ofreció al niño, quien estaba tan embelesado con el juego que había olvidado alimentarse.—Cristóbal me contó que tu mamá cocina comida mexicana increíble. A mí también me fascina.El pequeño levantó la mirada de su consola con una sonrisa traviesa dibujada en su rostro infantil.—Sí, mi mamá hace la mejor comida mexicana. Mejor que cualquier restaurante. A papá y a mí nos encanta. Si te gusta, cuando vengas a casa le pido que te prepare algo.Guadalupe, con un destello calculado en su mirada, fingió sorpresa mientras jugueteaba con su cabello.—¿En serio podrías hacer eso por mí?—Claro que sí —respondió Cristóbal sin dudarlo—. Eres la señorita Guadalupe que papá y yo queremos mucho. Obvio puedes venir a nuestra casa cuando quieras.—Entonces Cristóbal quiere mucho a la señorita Guadalupe, ¿verdad?Con delicadeza, deslizó sus dedos por la mejilla tersa del niño mientras le dedicaba una sonrisa cargada de intención.Cristóbal asintió y frotó su mejilla contra los dedos de Guadalupe, buscando su caricia como un gatito hambriento de afecto.—Ojalá mi mamá fuera como tú. Siempre está controlándome y me cansa mucho....El viento azotaba sin piedad mientras la nieve caía en copos gruesos y abundantes.Aitana permanecía inmóvil bajo la tormenta, con las cejas y el cabello cubiertos de blanco, escuchando las palabras que salían de su teléfono como puñales. Sus ojos se inundaron de lágrimas que se negaba a derramar.Por supuesto que sabía cocinar comida mexicana. Lo había aprendido precisamente porque padre e hijo adoraban los platillos picantes. Había invertido innumerables horas de su escaso tiempo libre estudiando con un chef especializado para dominar aquellas recetas. En los días festivos, cuando lograba liberarse de sus obligaciones, cocinaba para ellos con una destreza que nada tenía que envidiar a los restaurantes más exclusivos.Pero las palabras de Cristóbal le comprimían el pecho como una prensa invisible. Ese era el hijo que había cuidado con devoción durante siete años. Siete años de entrega absoluta, de noches en vela y preocupaciones constantes, solo para escuchar que era una molestia y que prefería a la señorita Guadalupe.Quiso terminar la llamada, pero entonces una voz familiar la paralizó por completo. Una voz que conocía mejor que la propia, que alguna vez había considerado cálida. Era Rodrigo.El dolor agudo que atravesó su corazón la dejó entumecida, arrancándole una risa amarga que se cristalizó en el aire helado.¿Este era el trabajo urgente de su esposo? En su octavo aniversario de bodas, él cenaba tranquilamente con su primer amor, su eterna amiga de la infancia, llevando además a su hijo como parte de aquella escena familiar que tanto anhelaba crear con ella.La llamada se cortó abruptamente.Aitana permaneció bajo la nieve, riendo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas heladas. Con un movimiento brusco arrojó al suelo el ramo de rosas que sostenía y lo pisoteó con furia contenida. Los pétalos carmesí se esparcieron sobre el manto blanco como gotas de sangre sobre un lienzo inmaculado.Subió al carro donde la calefacción comenzó a devolver la sensibilidad a su cuerpo congelado. Los recuerdos del pasado se desvanecían como bruma matutina. Siempre supo que Rodrigo se había casado con ella únicamente por aquella noche de caos y la insistente presión de su suegra. No la amaba; la odiaba profundamente. La culpaba por haber destruido su relación con Guadalupe, despreciaba lo que él consideraba su falta de escrúpulos y dignidad.En aquel entonces, Aitana vivía envuelta en una ingenuidad casi infantil, deslumbrada por imposibles. Creía que con paciencia, sumisión y bondad lograría derretir el hielo que separaba sus corazones. ¿Y qué había conseguido? Siete años de un matrimonio vacío, convertido en la venganza silenciosa de un hombre resentido. Incluso su propio hijo comenzaba a rechazarla. Habitaba aquella mansión como un espectro, invisible para quienes supuestamente eran su familia.Después de siete largos años, por fin despertaba del sueño. Nunca podría alcanzar el corazón de Rodrigo. Era momento de terminar.Las luces amarillentas del carro iluminaban su rostro pálido y delicado mientras su nariz recta adquiría un tono cereza por el contraste entre el frío exterior y el calor que comenzaba a envolverla. Con dedos aún entumecidos, envió un mensaje a un abogado amigo de la Universidad Libre de las Américas. Habían acordado reunirse al día siguiente para discutir los trámites del divorcio y la división de bienes.El carro se detuvo frente a una pequeña villa de tres pisos con jardín, ubicada en un exclusivo vecindario. Aitana entregó las llaves al empleado e ingresó a la casa con paso firme, mientras el cálido aire del interior la envolvía, disipando el intenso frío que traía impregnado en la piel. Sin dirigir la mirada a los empleados que la recibieron con reverencias silenciosas, subió directamente al dormitorio para empacar sus pertenencias.El pensamiento de que Rodrigo hubiera retomado contacto con Guadalupe a sus espaldas, incluso involucrando a su hijo en el engaño, provocaba que el estómago de Aitana se contrajera violentamente, desatando una oleada de náuseas que apenas podía controlar. No deseaba permanecer ni un minuto más bajo aquel techo que ya no sentía como suyo.Había demasiadas cosas que empacar; optó por llevarse únicamente su ropa íntima, algunas prendas de invierno y las joyas valiosas que acostumbraba usar, llenando por completo una gran maleta que parecía contener los fragmentos de una vida que se desmoronaba. Al alcanzar la mesita de noche, sus dedos rozaron una tarjeta adicional que yacía olvidada entre papeles insignificantes.Aquella tarjeta estaba vinculada directamente a la cuenta de Rodrigo. Quizás porque consideraba que su matrimonio había sido una imposición familiar, Rodrigo siempre manifestó una actitud estricta y desconfiada, negándose rotundamente a proporcionarle fondos para sus gastos personales. Su hijo disfrutaba de su propia tarjeta con generosos límites, mientras que Aitana, su esposa, apenas contaba con una tarjeta secundaria que la mantenía bajo constante vigilancia económica.Durante su etapa de ceguera emocional, interpretó aquella tarjeta adicional como una demostración de afecto y confianza, pero eventualmente comprendió que representaba lo contrario: un método de control disfrazado de generosidad. Cada transacción generaba una notificación inmediata que llegaba al teléfono de Rodrigo, un recordatorio constante de su dependencia. Sin embargo, Aitana la utilizaba con extrema cautela, y cuando lo hacía, era exclusivamente para adquirir artículos domésticos; la mayoría de las veces prefería emplear su propio salario, preservando así un mínimo de dignidad.Aitana había conseguido su empleo por méritos propios, sin ayuda alguna. Tiempo atrás, anhelando estrechar lazos con Rodrigo, envió su currículum al departamento técnico del Grupo Macías. A pesar de poseer un impresionante doctorado en computación por la Universidad Libre de las Américas, su aplicación fue rechazada sin concederle siquiera una entrevista. Posteriormente descubrió que tal decisión respondía a órdenes expresas de Rodrigo. El Grupo Macías tenía prohibido aceptarla."Si quieres ser la Sra. Macías, entonces quédate en casa como tal, no necesitamos que te metas en los asuntos de la empresa". Las palabras de Rodrigo resonaban ahora con una claridad dolorosa en su memoria.Ahora que recapitulaba, aquellos siete años estaban plagados de momentos desgarradores que había normalizado con el tiempo. ¿Habían compartido alguna vez una relación de pareja auténtica, basada en el respeto mutuo?Aitana ignoró la tarjeta secundaria, recogió únicamente sus joyas más valiosas y, sin ánimos de continuar empacando meticulosamente, introdujo todo en la maleta antes de descender por las escaleras con determinación renovada.Jimena emergió de la cocina al percibir el ruido de las ruedas contra el mármol y, al observar a la señora con la maleta, su rostro se transformó en una máscara de perplejidad.—¿Qué pasa, señora? ¿Va a salir?—Es un viaje de trabajo —respondió Aitana sin ofrecer explicaciones adicionales, evitando la mirada inquisitiva de la empleada.Tras tantos años compartiendo matrimonio y lecho con Rodrigo, Aitana conocía perfectamente su carácter: vengativo, rencoroso y despiadado hasta las últimas consecuencias. Dejando de lado sus tácticas empresariales, incluso antes de casarse, cuando surgían conflictos entre ellos, él podía mantener una frialdad glacial durante siete años consecutivos, sin mostrar la más mínima fisura en su coraza emocional.No revelaría sus intenciones hasta después de consultar con su abogado mañana y desarrollar una estrategia sólida e infalible. El amor se había evaporado completamente, transformando la relación en una mera transacción financiera pendiente de resolución.Había servido fielmente a esa familia durante siete años, soportando desconfianzas y desprecios constantes. Aunque la división de bienes resultara complicada, merecía una compensación justa por el tiempo invertido, ¿no era así?...Al abandonar la villa, Aitana condujo hasta las proximidades de su oficina. Previamente había alquilado un espacioso apartamento completamente amueblado que podía habitar de inmediato, sin intenciones de permanecer mucho tiempo en la misma zona, como si buscara borrar cualquier rastro de su vida anterior.Actualmente desempeñaba funciones en el departamento técnico de un prestigioso banco. En apenas tres años, había ascendido desde técnica ordinaria hasta líder de grupo, aunque no experimentaba verdadera satisfacción profesional con su ocupación. Inicialmente, optó por estudiar computación en la Universidad Libre de las Américas debido a las prometedoras perspectivas económicas que ofrecía la carrera, y en aquella época, necesitaba urgentemente el dinero para subsistir.Un título de licenciatura en computación de aquella institución resultaba suficiente para garantizar estabilidad financiera. Una vez que acumulara recursos suficientes, podría dedicarse a lo que realmente la apasionaba, liberándose de las cadenas de la necesidad. Sin embargo, posteriormente descubrió que Rodrigo mostraba interés en la computación y la inteligencia artificial. Para establecer mayor cercanía y compartir temas de conversación, decidió reprimir su verdadera pasión por el diseño artístico y continuar profundizando sus estudios en computación en la Universidad Libre de las Américas, sacrificando una vez más sus deseos personales por una relación que nunca existió realmente.Capítulo 3Puerto Azabache, 15 de enero.En la oscura noche de invierno, caía una nieve espesa que cubría el suelo con un manto denso, transformándose en un lodazal sucio bajo el incesante tránsito de transeúntes y vehículos. A un lado del camino, un Audi azul oscuro permanecía aparcado. Aitana Silva, envuelta en un abrigo de plumas blanco como la nieve que caía, sostenía un ramo de rosas recién adquiridas mientras caminaba hacia el vehículo y marcaba el número de Rodrigo Macías. Hoy celebraban su octavo aniversario de bodas. Había concluido sus pendientes temprano, con la intención de invitar a su esposo a una cena íntima, festejando haber superado los siete años complicados y adentrándose en el octavo año de matrimonio.La primera llamada quedó sin respuesta. Insistió dos veces más y, tras una espera prolongada, una voz distante contestó.—¿Qué pasa?La sonrisa en el rostro de Aitana se desvaneció ligeramente, pero aún así le recordó:—Quedamos en cenar fuera hoy, el lugar...—Estoy trabajando, ocupado.Antes de que Aitana pudiera añadir algo más, la comunicación se cortó abruptamente. Con el teléfono apretado en su mano, permaneció inmóvil bajo el viento y la nieve, temblando involuntariamente al sentir el frío y una profunda tristeza que le penetraba hasta el alma. ¿Acaso Rodrigo recordaba la importancia de esta fecha? A pesar de sus constantes promesas, siempre encontraba pretextos para evitarla, sin siquiera dedicar un momento para compartir una cena.El agotamiento la invadió súbitamente. Aitana cerró los ojos un instante, pero con renovada determinación, llamó a su hijo Cristóbal Macías. Para disfrutar de esa inusual cena a solas con su esposo, había pedido a su suegra que cuidara al niño en la residencia familiar. Ahora que sus planes se habían frustrado, debía recoger a su pequeño....En un rincón de un lujoso y extravagante restaurante, una mujer elegante y deslumbrante compartía mesa con un niño de seis o siete años. El pequeño, completamente absorto en una consola de videojuegos nueva, no advirtió la llamada entrante que parpadeaba en la mesa. La mujer observó el nombre "mamá" en la pantalla y, con un ágil movimiento, contestó y silenció el dispositivo, dejándolo boca abajo sobre la superficie.—Cristóbal, ¿te gusta la consola que te compré? —preguntó con una sonrisa calculada.Aitana, en la otra línea, escuchó la voz femenina y quedó momentáneamente perpleja, pero pronto un escalofrío recorrió su cuerpo. Era Guadalupe Calderón. La amiga de infancia y amor platónico de Rodrigo. ¿No se suponía que estudiaba en el extranjero? ¿Por qué había regresado y estaba con su hijo?...Dentro del restaurante.El niño finalmente apartó la vista del aparato, sonriendo ampliamente:—Sí, me encanta. La señorita Guadalupe es lo máximo, gracias.Guadalupe esbozó una sonrisa enigmática y preguntó:—Qué raro, ¿en tu casa no te compran consolas?Con el poderío económico del Grupo Macías, Rodrigo podía adquirir varias compañías de videojuegos sin dificultad, ¿cómo no iba a tener una simple consola?Cristóbal hizo un puchero evidentemente molesto:—No es eso. Mi papá y mis abuelos me dejan jugar lo que quiero, pero mi mamá siempre está encima de mí, diciéndome qué hacer. Es muy molesta, hasta controla cuánto tiempo juego y luego me quita la consola... Usted es la mejor.Guadalupe revolvió el cabello de Cristóbal con estudiada ternura.—No digas eso, tu mamá solo se preocupa de que juegues demasiado y te dañes la vista. Lo hace por tu bien. Si te escuchara hablar así, se pondría triste.—No creo.Cristóbal volvió a concentrarse en la consola, despreocupado.—Mi mamá siempre está contenta. Nunca la vi enojada.Guadalupe emitió una risa suave y contempló pensativa la comida sobre la mesa. Con gesto calculado, tomó un trozo de pollo picante y se lo ofreció al niño, quien estaba tan embelesado con el juego que había olvidado alimentarse.—Cristóbal me contó que tu mamá cocina comida mexicana increíble. A mí también me fascina.El pequeño levantó la mirada de su consola con una sonrisa traviesa dibujada en su rostro infantil.—Sí, mi mamá hace la mejor comida mexicana. Mejor que cualquier restaurante. A papá y a mí nos encanta. Si te gusta, cuando vengas a casa le pido que te prepare algo.Guadalupe, con un destello calculado en su mirada, fingió sorpresa mientras jugueteaba con su cabello.—¿En serio podrías hacer eso por mí?—Claro que sí —respondió Cristóbal sin dudarlo—. Eres la señorita Guadalupe que papá y yo queremos mucho. Obvio puedes venir a nuestra casa cuando quieras.—Entonces Cristóbal quiere mucho a la señorita Guadalupe, ¿verdad?Con delicadeza, deslizó sus dedos por la mejilla tersa del niño mientras le dedicaba una sonrisa cargada de intención.Cristóbal asintió y frotó su mejilla contra los dedos de Guadalupe, buscando su caricia como un gatito hambriento de afecto.—Ojalá mi mamá fuera como tú. Siempre está controlándome y me cansa mucho....El viento azotaba sin piedad mientras la nieve caía en copos gruesos y abundantes.Aitana permanecía inmóvil bajo la tormenta, con las cejas y el cabello cubiertos de blanco, escuchando las palabras que salían de su teléfono como puñales. Sus ojos se inundaron de lágrimas que se negaba a derramar.Por supuesto que sabía cocinar comida mexicana. Lo había aprendido precisamente porque padre e hijo adoraban los platillos picantes. Había invertido innumerables horas de su escaso tiempo libre estudiando con un chef especializado para dominar aquellas recetas. En los días festivos, cuando lograba liberarse de sus obligaciones, cocinaba para ellos con una destreza que nada tenía que envidiar a los restaurantes más exclusivos.Pero las palabras de Cristóbal le comprimían el pecho como una prensa invisible. Ese era el hijo que había cuidado con devoción durante siete años. Siete años de entrega absoluta, de noches en vela y preocupaciones constantes, solo para escuchar que era una molestia y que prefería a la señorita Guadalupe.Quiso terminar la llamada, pero entonces una voz familiar la paralizó por completo. Una voz que conocía mejor que la propia, que alguna vez había considerado cálida. Era Rodrigo.El dolor agudo que atravesó su corazón la dejó entumecida, arrancándole una risa amarga que se cristalizó en el aire helado.¿Este era el trabajo urgente de su esposo? En su octavo aniversario de bodas, él cenaba tranquilamente con su primer amor, su eterna amiga de la infancia, llevando además a su hijo como parte de aquella escena familiar que tanto anhelaba crear con ella.La llamada se cortó abruptamente.Aitana permaneció bajo la nieve, riendo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas heladas. Con un movimiento brusco arrojó al suelo el ramo de rosas que sostenía y lo pisoteó con furia contenida. Los pétalos carmesí se esparcieron sobre el manto blanco como gotas de sangre sobre un lienzo inmaculado.Subió al carro donde la calefacción comenzó a devolver la sensibilidad a su cuerpo congelado. Los recuerdos del pasado se desvanecían como bruma matutina. Siempre supo que Rodrigo se había casado con ella únicamente por aquella noche de caos y la insistente presión de su suegra. No la amaba; la odiaba profundamente. La culpaba por haber destruido su relación con Guadalupe, despreciaba lo que él consideraba su falta de escrúpulos y dignidad.En aquel entonces, Aitana vivía envuelta en una ingenuidad casi infantil, deslumbrada por imposibles. Creía que con paciencia, sumisión y bondad lograría derretir el hielo que separaba sus corazones. ¿Y qué había conseguido? Siete años de un matrimonio vacío, convertido en la venganza silenciosa de un hombre resentido. Incluso su propio hijo comenzaba a rechazarla. Habitaba aquella mansión como un espectro, invisible para quienes supuestamente eran su familia.Después de siete largos años, por fin despertaba del sueño. Nunca podría alcanzar el corazón de Rodrigo. Era momento de terminar.Las luces amarillentas del carro iluminaban su rostro pálido y delicado mientras su nariz recta adquiría un tono cereza por el contraste entre el frío exterior y el calor que comenzaba a envolverla. Con dedos aún entumecidos, envió un mensaje a un abogado amigo de la Universidad Libre de las Américas. Habían acordado reunirse al día siguiente para discutir los trámites del divorcio y la división de bienes.El carro se detuvo frente a una pequeña villa de tres pisos con jardín, ubicada en un exclusivo vecindario. Aitana entregó las llaves al empleado e ingresó a la casa con paso firme, mientras el cálido aire del interior la envolvía, disipando el intenso frío que traía impregnado en la piel. Sin dirigir la mirada a los empleados que la recibieron con reverencias silenciosas, subió directamente al dormitorio para empacar sus pertenencias.El pensamiento de que Rodrigo hubiera retomado contacto con Guadalupe a sus espaldas, incluso involucrando a su hijo en el engaño, provocaba que el estómago de Aitana se contrajera violentamente, desatando una oleada de náuseas que apenas podía controlar. No deseaba permanecer ni un minuto más bajo aquel techo que ya no sentía como suyo.Había demasiadas cosas que empacar; optó por llevarse únicamente su ropa íntima, algunas prendas de invierno y las joyas valiosas que acostumbraba usar, llenando por completo una gran maleta que parecía contener los fragmentos de una vida que se desmoronaba. Al alcanzar la mesita de noche, sus dedos rozaron una tarjeta adicional que yacía olvidada entre papeles insignificantes.Aquella tarjeta estaba vinculada directamente a la cuenta de Rodrigo. Quizás porque consideraba que su matrimonio había sido una imposición familiar, Rodrigo siempre manifestó una actitud estricta y desconfiada, negándose rotundamente a proporcionarle fondos para sus gastos personales. Su hijo disfrutaba de su propia tarjeta con generosos límites, mientras que Aitana, su esposa, apenas contaba con una tarjeta secundaria que la mantenía bajo constante vigilancia económica.Durante su etapa de ceguera emocional, interpretó aquella tarjeta adicional como una demostración de afecto y confianza, pero eventualmente comprendió que representaba lo contrario: un método de control disfrazado de generosidad. Cada transacción generaba una notificación inmediata que llegaba al teléfono de Rodrigo, un recordatorio constante de su dependencia. Sin embargo, Aitana la utilizaba con extrema cautela, y cuando lo hacía, era exclusivamente para adquirir artículos domésticos; la mayoría de las veces prefería emplear su propio salario, preservando así un mínimo de dignidad.Aitana había conseguido su empleo por méritos propios, sin ayuda alguna. Tiempo atrás, anhelando estrechar lazos con Rodrigo, envió su currículum al departamento técnico del Grupo Macías. A pesar de poseer un impresionante doctorado en computación por la Universidad Libre de las Américas, su aplicación fue rechazada sin concederle siquiera una entrevista. Posteriormente descubrió que tal decisión respondía a órdenes expresas de Rodrigo. El Grupo Macías tenía prohibido aceptarla."Si quieres ser la Sra. Macías, entonces quédate en casa como tal, no necesitamos que te metas en los asuntos de la empresa". Las palabras de Rodrigo resonaban ahora con una claridad dolorosa en su memoria.Ahora que recapitulaba, aquellos siete años estaban plagados de momentos desgarradores que había normalizado con el tiempo. ¿Habían compartido alguna vez una relación de pareja auténtica, basada en el respeto mutuo?Aitana ignoró la tarjeta secundaria, recogió únicamente sus joyas más valiosas y, sin ánimos de continuar empacando meticulosamente, introdujo todo en la maleta antes de descender por las escaleras con determinación renovada.Jimena emergió de la cocina al percibir el ruido de las ruedas contra el mármol y, al observar a la señora con la maleta, su rostro se transformó en una máscara de perplejidad.—¿Qué pasa, señora? ¿Va a salir?—Es un viaje de trabajo —respondió Aitana sin ofrecer explicaciones adicionales, evitando la mirada inquisitiva de la empleada.Tras tantos años compartiendo matrimonio y lecho con Rodrigo, Aitana conocía perfectamente su carácter: vengativo, rencoroso y despiadado hasta las últimas consecuencias. Dejando de lado sus tácticas empresariales, incluso antes de casarse, cuando surgían conflictos entre ellos, él podía mantener una frialdad glacial durante siete años consecutivos, sin mostrar la más mínima fisura en su coraza emocional.No revelaría sus intenciones hasta después de consultar con su abogado mañana y desarrollar una estrategia sólida e infalible. El amor se había evaporado completamente, transformando la relación en una mera transacción financiera pendiente de resolución.Había servido fielmente a esa familia durante siete años, soportando desconfianzas y desprecios constantes. Aunque la división de bienes resultara complicada, merecía una compensación justa por el tiempo invertido, ¿no era así?...Al abandonar la villa, Aitana condujo hasta las proximidades de su oficina. Previamente había alquilado un espacioso apartamento completamente amueblado que podía habitar de inmediato, sin intenciones de permanecer mucho tiempo en la misma zona, como si buscara borrar cualquier rastro de su vida anterior.Actualmente desempeñaba funciones en el departamento técnico de un prestigioso banco. En apenas tres años, había ascendido desde técnica ordinaria hasta líder de grupo, aunque no experimentaba verdadera satisfacción profesional con su ocupación. Inicialmente, optó por estudiar computación en la Universidad Libre de las Américas debido a las prometedoras perspectivas económicas que ofrecía la carrera, y en aquella época, necesitaba urgentemente el dinero para subsistir.Un título de licenciatura en computación de aquella institución resultaba suficiente para garantizar estabilidad financiera. Una vez que acumulara recursos suficientes, podría dedicarse a lo que realmente la apasionaba, liberándose de las cadenas de la necesidad. Sin embargo, posteriormente descubrió que Rodrigo mostraba interés en la computación y la inteligencia artificial. Para establecer mayor cercanía y compartir temas de conversación, decidió reprimir su verdadera pasión por el diseño artístico y continuar profundizando sus estudios en computación en la Universidad Libre de las Américas, sacrificando una vez más sus deseos personales por una relación que nunca existió realmente.