Capítulo 1Catalina Herrera despertó en su oficina con la cabeza dándole vueltas.Se llevó los dedos a la frente, frotando con fuerza el entrecejo. Era un gesto que había aprendido a la mala desde que entró a trabajar a la banca de inversión.En ese mundo, todos peleaban como en una arena de gladiadores. Las mujeres apenas sumaban el veinte por ciento del personal y, como miembro de esa minoría, Catalina tenía que dejarse la vida en el trabajo para no ser pisoteada. Si se descuidaba tantito, la devoraban sin dejarle ni las migas.Alzó la mirada y miró a su alrededor.¿Era su oficina?De pronto, los recuerdos regresaron de golpe. Lo último que recordaba era estar trabajando horas extras en su pequeño departamento rentado, hasta las tres de la mañana. Justo ahí, se había desplomado y muerto repentinamente.¿Entonces por qué ahora estaba en su oficina?En ese momento, alguien tocó la puerta.Entró Víctor, quien en otra vida había sido su subordinado.—Señorita Catalina, aquí está el informe de debida diligencia de Salud y Vitalidad Corp., ¿quiere revisarlo?Catalina sostuvo el folder y se quedó pasmada unos segundos, pero enseguida fingió normalidad, lo abrió y dijo:—Gracias, Víctor, déjalo aquí. Cuando termine de revisarlo, te aviso.Víctor no sospechó nada raro y salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí.En cuanto escuchó que la puerta se cerraba, Catalina perdió toda la calma que había mostrado.Agarró su celular a toda prisa y revisó la fecha.¡2 de septiembre de 2017!¿Había viajado ocho años al pasado?Recordaba perfectamente que Salud y Vitalidad Corp. fue el segundo proyecto que gestionó después de convertirse en vicepresidenta. La Oferta Pública Inicial de la empresa se había concretado a finales de ese año.Además, Víctor había trabajado con ella varios años, incluso ya era vicepresidente y estaban al mismo nivel. Por eso le pareció tan extraño que Víctor le estuviera entregando informes; eso solo podía significar una cosa:Había renacido.El 2017 fue, sin duda, su año más glorioso.Después de graduarse, entró a Finanza Rey y, en apenas tres años, se convirtió en la persona que más rápido ascendió en la firma.Ese mismo año, logró cerrar el complicado caso de Avanzamiento Digital, superó el examen de representante patrocinador y fue ascendida directamente a vicepresidenta, ganando el derecho a firmar contratos.Pero ese también fue su último ascenso.Había conseguido el puesto en junio. Sin embargo, en agosto, sus padres y su hermano menor, que estaban de vacaciones, llegaron a su oficina a armar un escándalo porque ella no les había enviado el dinero de su salario a tiempo.Aun habiendo pasado los años, cada vez que lo recordaba, sentía que se le apretaba el pecho.Sus padres y su hermano llegaron gritando al edificio: que si era una hija desagradecida, que solo causaba pérdidas a la familia. Cuando ella intentó sacarlos de ahí, amenazaron con buscar al jefe para exigirle justicia.Todo el piso se llenó de compañeros chismosos, ansiosos por ver el drama.Los que ya sentían envidia por su ascenso a vicepresidenta, aprovecharon para lanzarle indirectas todo el tiempo.El tipo con el que llevaba un año de relación terminó con ella en privado después de ese día.Al regresar al trabajo al día siguiente, las habladurías la seguían en cada pasillo. Las miradas de sus compañeros se volvieron despectivas, como si de pronto ya no valiera nada.El jefe la llamó a su despacho para “platicar” y le dijo que resolviera sus problemas familiares y que no trajera más problemas a la empresa.Sentía claramente que la actitud de su jefe hacia ella había cambiado.De buscarla y elogiarla, ahora apenas la soportaba. El cambio fue tan rápido como pasar una página de revista.Catalina sabía perfectamente por qué.La veían como alguien fácil de manipular, alguien que no se atrevería a rebelarse.Exactamente igual que muchos jefes que prefieren empleados atados por créditos de casa y auto, con familia que mantener.¿Quién se atrevería a dejar el trabajo con todos esos compromisos?Y para rematar, después de convertirse en vicepresidenta, firmó una cláusula de no competencia: no podía trabajar en el mismo sector durante dos años si renunciaba. ¿Qué opción le quedaba?Aunque ya había pasado un mes desde aquel desastre, la actitud de sus colegas nunca volvió a ser la misma.Los que le reportaban seguían mostrándole respeto, al menos de frente, porque sabían que su futuro dependía de su humor. Pero los que estaban a su nivel, ni se molestaban en disimular el desprecio.Ahora, después de todo lo vivido, Catalina sentía ganas de dejarlo todo.Haber regresado le hizo ver que nada de eso valía la pena.No había nada más importante que su propia vida.Todo lo que sudó y se desveló para ganar dinero, acabó yéndose en mantener a esa familia, ¿para qué?¿Por deber filial?Solo hay hijos agradecidos cuando primero hay padres justos.Con padres así, ¿qué le debía ella? ¿A quién tenía que demostrarle nada?Solo podía renunciar hasta terminar el mes, por lo menos así cobraba el salario completo.En ese momento, Catalina se sentía más que agradecida de haber recuperado su tarjeta de nómina. Recordó que, cuando empezó a trabajar, sus papás le quitaron la tarjeta donde le depositaban el sueldo. Por suerte, alcanzó a ligar su tarjeta con WhatsApp, así no tenía que ir a pedirles dinero cada vez que necesitaba algo.Hubo una vez que le dio apendicitis y terminó en el hospital, necesitaba una cirugía urgente. Usó el dinero de su tarjeta para pagar el hospital, pero sus papás se enteraron. Ni siquiera preguntaron cómo estaba; simplemente le devolvieron la tarjeta y le dijeron que, cada vez que le depositaran el sueldo, tenía que transferirles el dinero a su cuenta.Ellos sabían exactamente cuánto ganaba cada mes, así que no les preocupaba que les fuera a dar menos de lo que esperaban. De esa manera, el dinero que les mandaba estaba seguro, sin riesgo de que ella lo gastara en algo propio.En ese entonces, Catalina volvió a sentir esa punzada en el alma que solo da la decepción. Después de haber visto la muerte tan de cerca, finalmente entendió la verdadera cara de esos “familiares”.Antes de vivir esa experiencia, todavía guardaba un poco de esperanza en su familia. Pero después de volver de la muerte, ya no necesitaba ese tipo de cariño fingido. Lo que tenía que haber entendido desde el principio: una familia así, ni siquiera merece llamarse familia.Ella era originaria de una pequeña ciudad en la provincia ficticia de Ríos de Plata. Sus papás, Violeta y Diego Herrera, siempre soñaron con tener un hijo varón. Después de tenerla a ella y a su hermana menor, Griselda, por fin llegó Benjamín Herrera, el hijo tan esperado.Hasta en los nombres se notaba la diferencia. Catalina se llamaba originalmente Gatita Herrera; su hermana, Griselda Herrera. El hermano, Benjamín, era el consentido, el rey de la casa.Todo era tan evidente que hasta dolía.Ya de adulta, Catalina se cambió el nombre. Pero desde niña fue testigo de cómo sus papás consentían a Benjamín en todo. Si había comida, ropa, cualquier cosa, él era la prioridad. Benjamín pedía y recibía, mientras a ellas solo les quedaba mirar.Y cuando por fin llegaron los nietos, Eduardo e Isabella, los papás de Catalina los trataron como tesoros; la adoración solo creció.Por cuidar a ese hermano, la hermana menor de Catalina, dos años más chica, fue vendida por sus padres a una familia del pueblo vecino que no tenía hijos. Catalina se arrodilló, suplicando que no se la llevaran, pero para sus papás solo importaba el dinero que iban a recibir.El día que se llevaron a Griselda, Catalina corrió llorando detrás del auto, pero sus papás la arrastraron de regreso y, ya en casa, le dieron una golpiza que nunca olvidó.Desde entonces, cada tanto se escapaba para ir al pueblo vecino a ver a su hermana. Con el tiempo, se dio cuenta de que, por lo menos, la familia que había “comprado” a Griselda la trataba bien. Eso le daba algo de consuelo, aunque también sentía un nudo en la garganta porque, al final, su hermana ya era de otra familia.Sus padres no la vendieron a ella solo porque ya estaba más grande, no porque le tuvieran más aprecio. Y esa excusa la usaron después para explotarla aún más.Cada que Catalina intentaba rebelarse, sus papás le recordaban esa historia.—Si no fuera porque te queríamos, la vendida hubieras sido tú, no tu hermana.—Ellos te querían a ti, pero no tuvimos corazón para hacerlo y por eso mandamos a tu hermana.—Eres la primera hija, nunca pensamos en deshacernos de ti.—Deberías entender lo difícil que es para nosotros.—…Catalina, cargando con la culpa, terminó agachando la cabeza y aceptando todo lo que le decían, incluso las peores humillaciones.Con el tiempo, fue entendiendo que todo eso de “te queremos” era solo una mentira para que no se quejara mientras la explotaban.Ni siquiera querían pagarle la escuela.Desde la secundaria, Catalina tuvo que empezar a trabajar para juntar su propia colegiatura. Era menor de edad y casi nadie quería contratarla, pero a veces, algún dueño de tienda buena onda la dejaba lavar platos en la cocina. Si alguien preguntaba, decían que era una sobrina ayudando por las vacaciones.Fue su tío el que, al ver la situación, se ofreció a pagarle la universidad. Sin él, Catalina jamás habría podido terminar una carrera.Catalina dejó escapar un suspiro suave, y arrojó a un rincón de su mente todas esas ideas caóticas. La familia, al final, ya no importaba tanto.Si tenía que ser agradecida con alguien, era con su tío Alejandro y su tía. Sin ellos, ni el bachillerato habría terminado, mucho menos la universidad.En la familia Herrera, fuera de los abuelos, los papás y el hermano menor de Catalina, nadie parecía tener una vida fácil.El abuelo y la abuela tuvieron tres hijos: el mayor, Alejandro Herrera, luego su papá, Diego, y la tía menor, Camila Herrera.Los abuelos siempre arrastraron esa idea antigua de valorar más a los hijos que a las hijas, así que la tía Camila fue la que peor la pasó en casa. Ni siquiera el apoyo del hermano mayor pudo cambiar mucho la situación, porque al final, el que mandaba no era Alejandro.Camila terminó casándose joven, y fue recién entonces que su vida empezó a mejorar poquito a poco.En realidad, al principio del matrimonio tampoco la pasó bien. Los abuelos pidieron una dote altísima y eso dejó a la familia del esposo en aprietos económicos por un buen rato.Alejandro, el tío, no vivía mal antes de todo eso, hasta que su esposa tuvo su primera hija. Eso fue suficiente para que los abuelos empezaran a rechazarla. A partir de ahí, la relación entre ellos se fue enfriando.La esposa del tío dejó su trabajo para cuidar a la niña en casa. No fue sino hasta que la niña entró a la primaria que la dejaron con los abuelos, y la tía volvió a trabajar. Pensaron que ya que era mayorcita, podría contarles si la abuela la trataba mal, y que pasando la mayor parte del tiempo en la escuela, nada grave podía pasarle.Aparte, mientras más crecía la niña, más gastos traía. Todo recaía sobre el tío, así que la tía vio necesario buscar un trabajo y apoyar con los gastos familiares.Nadie imaginó que una simple fiebre alta se llevaría a la prima de Catalina. Cuando se enfermó, los abuelos no le dieron importancia. La cosa se complicó hasta convertirse en neumonía, y cuando por fin la llevaron al hospital, ya era demasiado tarde.La tía no pudo soportar el golpe. Recién embarazada, perdió también a ese bebé. Su salud quedó dañada y nunca más pudo tener hijos. Desde entonces, los tíos se alejaron afectivamente de los abuelos. Fuera del saludo y el regalo de cada año, ya no hubo más contacto.Quizá por eso, como Catalina solo tenía un año menos que la prima fallecida, los tíos la trataron con un cariño especial, como si de alguna forma buscaran sanar un poco de esa herida.Catalina recordaba perfectamente cómo, en varias ocasiones, sus papás quisieron pedirle dinero, y fue el tío Alejandro quien los detuvo.Con la cabeza más despejada, Catalina abrió la app del banco en su celular para revisar el saldo de su cuenta.Después de tres años trabajando, solo tenía ocho mil pesos ahorrados.Y eso que su salario no era bajo. Al principio ganaba poco más de diez mil al mes; el segundo año la ascendieron y pasó a ganar veinte mil; ya este año, como vicepresidenta, le pagaban más de cuarenta mil al mes, sin contar bonos.Eso era solo el sueldo base. Los bonos de la empresa variaban, a veces los daban cada año, a veces cada tres. Por suerte, en su empresa se pagaban cada tres años.En estos tres años, Catalina había trabajado en un montón de proyectos y calculaba que los bonos le darían unos cuarenta o cincuenta mil más.Aunque suena a mucho, en una ciudad como Esmeralda Costera, eso no alcanzaba para nada. Ni siquiera para dar el enganche de un departamento.Consciente de su situación financiera, Catalina sintió cómo se le quitaba el peso de encima. Firmó la auditoría que acababa de revisar y salió a darle los papeles a Víctor.Al pasar junto a una de las mesas, sintió una mirada que la rozaba, apenas perceptible. Bajó la vista y ahí estaba, su exnovio.Ricardo, al notar que Catalina se detenía, bajó la mirada con nerviosismo.Catalina no se inmutó. Dio media vuelta y se fue sin mirar atrás.Ricardo se quedó mirando su espalda, como si no pudiera reaccionar.En la empresa, aunque no había una regla escrita contra las relaciones en la oficina, era algo que todos sabían que se evitaba. Por eso, cuando anduvieron, nadie se enteró, y cuando terminaron, fue igual de silencioso.Él pensó que Catalina estaría devastada. Nunca se imaginó que ella lo tomaría tan tranquilo.Durante este mes, sí se había arrepentido de haber terminado, pero pensando en el lío familiar de Catalina, sentía que la culpa no era tan pesada.Catalina era guapa, de piel clara, sonrisa cálida y natural, con ese aire elegante que atraía miradas. Era de esas mujeres que uno soñaba con llevar al altar.Cuando Catalina aceptó ser su novia, él ni lo podía creer. Él era del montón, de familia sencilla, y ni siquiera en el trabajo tenía su nivel. Pero aun así, ella dijo que sí, y estuvieron juntos todo un año.Sus amigos decían que había tenido una suerte increíble.Ahora que lo pensaba, quizá Catalina lo había elegido porque su familia no pasaba por buen momento.Capítulo 2Catalina Herrera despertó en su oficina con la cabeza dándole vueltas.Se llevó los dedos a la frente, frotando con fuerza el entrecejo. Era un gesto que había aprendido a la mala desde que entró a trabajar a la banca de inversión.En ese mundo, todos peleaban como en una arena de gladiadores. Las mujeres apenas sumaban el veinte por ciento del personal y, como miembro de esa minoría, Catalina tenía que dejarse la vida en el trabajo para no ser pisoteada. Si se descuidaba tantito, la devoraban sin dejarle ni las migas.Alzó la mirada y miró a su alrededor.¿Era su oficina?De pronto, los recuerdos regresaron de golpe. Lo último que recordaba era estar trabajando horas extras en su pequeño departamento rentado, hasta las tres de la mañana. Justo ahí, se había desplomado y muerto repentinamente.¿Entonces por qué ahora estaba en su oficina?En ese momento, alguien tocó la puerta.Entró Víctor, quien en otra vida había sido su subordinado.—Señorita Catalina, aquí está el informe de debida diligencia de Salud y Vitalidad Corp., ¿quiere revisarlo?Catalina sostuvo el folder y se quedó pasmada unos segundos, pero enseguida fingió normalidad, lo abrió y dijo:—Gracias, Víctor, déjalo aquí. Cuando termine de revisarlo, te aviso.Víctor no sospechó nada raro y salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí.En cuanto escuchó que la puerta se cerraba, Catalina perdió toda la calma que había mostrado.Agarró su celular a toda prisa y revisó la fecha.¡2 de septiembre de 2017!¿Había viajado ocho años al pasado?Recordaba perfectamente que Salud y Vitalidad Corp. fue el segundo proyecto que gestionó después de convertirse en vicepresidenta. La Oferta Pública Inicial de la empresa se había concretado a finales de ese año.Además, Víctor había trabajado con ella varios años, incluso ya era vicepresidente y estaban al mismo nivel. Por eso le pareció tan extraño que Víctor le estuviera entregando informes; eso solo podía significar una cosa:Había renacido.El 2017 fue, sin duda, su año más glorioso.Después de graduarse, entró a Finanza Rey y, en apenas tres años, se convirtió en la persona que más rápido ascendió en la firma.Ese mismo año, logró cerrar el complicado caso de Avanzamiento Digital, superó el examen de representante patrocinador y fue ascendida directamente a vicepresidenta, ganando el derecho a firmar contratos.Pero ese también fue su último ascenso.Había conseguido el puesto en junio. Sin embargo, en agosto, sus padres y su hermano menor, que estaban de vacaciones, llegaron a su oficina a armar un escándalo porque ella no les había enviado el dinero de su salario a tiempo.Aun habiendo pasado los años, cada vez que lo recordaba, sentía que se le apretaba el pecho.Sus padres y su hermano llegaron gritando al edificio: que si era una hija desagradecida, que solo causaba pérdidas a la familia. Cuando ella intentó sacarlos de ahí, amenazaron con buscar al jefe para exigirle justicia.Todo el piso se llenó de compañeros chismosos, ansiosos por ver el drama.Los que ya sentían envidia por su ascenso a vicepresidenta, aprovecharon para lanzarle indirectas todo el tiempo.El tipo con el que llevaba un año de relación terminó con ella en privado después de ese día.Al regresar al trabajo al día siguiente, las habladurías la seguían en cada pasillo. Las miradas de sus compañeros se volvieron despectivas, como si de pronto ya no valiera nada.El jefe la llamó a su despacho para “platicar” y le dijo que resolviera sus problemas familiares y que no trajera más problemas a la empresa.Sentía claramente que la actitud de su jefe hacia ella había cambiado.De buscarla y elogiarla, ahora apenas la soportaba. El cambio fue tan rápido como pasar una página de revista.Catalina sabía perfectamente por qué.La veían como alguien fácil de manipular, alguien que no se atrevería a rebelarse.Exactamente igual que muchos jefes que prefieren empleados atados por créditos de casa y auto, con familia que mantener.¿Quién se atrevería a dejar el trabajo con todos esos compromisos?Y para rematar, después de convertirse en vicepresidenta, firmó una cláusula de no competencia: no podía trabajar en el mismo sector durante dos años si renunciaba. ¿Qué opción le quedaba?Aunque ya había pasado un mes desde aquel desastre, la actitud de sus colegas nunca volvió a ser la misma.Los que le reportaban seguían mostrándole respeto, al menos de frente, porque sabían que su futuro dependía de su humor. Pero los que estaban a su nivel, ni se molestaban en disimular el desprecio.Ahora, después de todo lo vivido, Catalina sentía ganas de dejarlo todo.Haber regresado le hizo ver que nada de eso valía la pena.No había nada más importante que su propia vida.Todo lo que sudó y se desveló para ganar dinero, acabó yéndose en mantener a esa familia, ¿para qué?¿Por deber filial?Solo hay hijos agradecidos cuando primero hay padres justos.Con padres así, ¿qué le debía ella? ¿A quién tenía que demostrarle nada?Solo podía renunciar hasta terminar el mes, por lo menos así cobraba el salario completo.En ese momento, Catalina se sentía más que agradecida de haber recuperado su tarjeta de nómina. Recordó que, cuando empezó a trabajar, sus papás le quitaron la tarjeta donde le depositaban el sueldo. Por suerte, alcanzó a ligar su tarjeta con WhatsApp, así no tenía que ir a pedirles dinero cada vez que necesitaba algo.Hubo una vez que le dio apendicitis y terminó en el hospital, necesitaba una cirugía urgente. Usó el dinero de su tarjeta para pagar el hospital, pero sus papás se enteraron. Ni siquiera preguntaron cómo estaba; simplemente le devolvieron la tarjeta y le dijeron que, cada vez que le depositaran el sueldo, tenía que transferirles el dinero a su cuenta.Ellos sabían exactamente cuánto ganaba cada mes, así que no les preocupaba que les fuera a dar menos de lo que esperaban. De esa manera, el dinero que les mandaba estaba seguro, sin riesgo de que ella lo gastara en algo propio.En ese entonces, Catalina volvió a sentir esa punzada en el alma que solo da la decepción. Después de haber visto la muerte tan de cerca, finalmente entendió la verdadera cara de esos “familiares”.Antes de vivir esa experiencia, todavía guardaba un poco de esperanza en su familia. Pero después de volver de la muerte, ya no necesitaba ese tipo de cariño fingido. Lo que tenía que haber entendido desde el principio: una familia así, ni siquiera merece llamarse familia.Ella era originaria de una pequeña ciudad en la provincia ficticia de Ríos de Plata. Sus papás, Violeta y Diego Herrera, siempre soñaron con tener un hijo varón. Después de tenerla a ella y a su hermana menor, Griselda, por fin llegó Benjamín Herrera, el hijo tan esperado.Hasta en los nombres se notaba la diferencia. Catalina se llamaba originalmente Gatita Herrera; su hermana, Griselda Herrera. El hermano, Benjamín, era el consentido, el rey de la casa.Todo era tan evidente que hasta dolía.Ya de adulta, Catalina se cambió el nombre. Pero desde niña fue testigo de cómo sus papás consentían a Benjamín en todo. Si había comida, ropa, cualquier cosa, él era la prioridad. Benjamín pedía y recibía, mientras a ellas solo les quedaba mirar.Y cuando por fin llegaron los nietos, Eduardo e Isabella, los papás de Catalina los trataron como tesoros; la adoración solo creció.Por cuidar a ese hermano, la hermana menor de Catalina, dos años más chica, fue vendida por sus padres a una familia del pueblo vecino que no tenía hijos. Catalina se arrodilló, suplicando que no se la llevaran, pero para sus papás solo importaba el dinero que iban a recibir.El día que se llevaron a Griselda, Catalina corrió llorando detrás del auto, pero sus papás la arrastraron de regreso y, ya en casa, le dieron una golpiza que nunca olvidó.Desde entonces, cada tanto se escapaba para ir al pueblo vecino a ver a su hermana. Con el tiempo, se dio cuenta de que, por lo menos, la familia que había “comprado” a Griselda la trataba bien. Eso le daba algo de consuelo, aunque también sentía un nudo en la garganta porque, al final, su hermana ya era de otra familia.Sus padres no la vendieron a ella solo porque ya estaba más grande, no porque le tuvieran más aprecio. Y esa excusa la usaron después para explotarla aún más.Cada que Catalina intentaba rebelarse, sus papás le recordaban esa historia.—Si no fuera porque te queríamos, la vendida hubieras sido tú, no tu hermana.—Ellos te querían a ti, pero no tuvimos corazón para hacerlo y por eso mandamos a tu hermana.—Eres la primera hija, nunca pensamos en deshacernos de ti.—Deberías entender lo difícil que es para nosotros.—…Catalina, cargando con la culpa, terminó agachando la cabeza y aceptando todo lo que le decían, incluso las peores humillaciones.Con el tiempo, fue entendiendo que todo eso de “te queremos” era solo una mentira para que no se quejara mientras la explotaban.Ni siquiera querían pagarle la escuela.Desde la secundaria, Catalina tuvo que empezar a trabajar para juntar su propia colegiatura. Era menor de edad y casi nadie quería contratarla, pero a veces, algún dueño de tienda buena onda la dejaba lavar platos en la cocina. Si alguien preguntaba, decían que era una sobrina ayudando por las vacaciones.Fue su tío el que, al ver la situación, se ofreció a pagarle la universidad. Sin él, Catalina jamás habría podido terminar una carrera.Catalina dejó escapar un suspiro suave, y arrojó a un rincón de su mente todas esas ideas caóticas. La familia, al final, ya no importaba tanto.Si tenía que ser agradecida con alguien, era con su tío Alejandro y su tía. Sin ellos, ni el bachillerato habría terminado, mucho menos la universidad.En la familia Herrera, fuera de los abuelos, los papás y el hermano menor de Catalina, nadie parecía tener una vida fácil.El abuelo y la abuela tuvieron tres hijos: el mayor, Alejandro Herrera, luego su papá, Diego, y la tía menor, Camila Herrera.Los abuelos siempre arrastraron esa idea antigua de valorar más a los hijos que a las hijas, así que la tía Camila fue la que peor la pasó en casa. Ni siquiera el apoyo del hermano mayor pudo cambiar mucho la situación, porque al final, el que mandaba no era Alejandro.Camila terminó casándose joven, y fue recién entonces que su vida empezó a mejorar poquito a poco.En realidad, al principio del matrimonio tampoco la pasó bien. Los abuelos pidieron una dote altísima y eso dejó a la familia del esposo en aprietos económicos por un buen rato.Alejandro, el tío, no vivía mal antes de todo eso, hasta que su esposa tuvo su primera hija. Eso fue suficiente para que los abuelos empezaran a rechazarla. A partir de ahí, la relación entre ellos se fue enfriando.La esposa del tío dejó su trabajo para cuidar a la niña en casa. No fue sino hasta que la niña entró a la primaria que la dejaron con los abuelos, y la tía volvió a trabajar. Pensaron que ya que era mayorcita, podría contarles si la abuela la trataba mal, y que pasando la mayor parte del tiempo en la escuela, nada grave podía pasarle.Aparte, mientras más crecía la niña, más gastos traía. Todo recaía sobre el tío, así que la tía vio necesario buscar un trabajo y apoyar con los gastos familiares.Nadie imaginó que una simple fiebre alta se llevaría a la prima de Catalina. Cuando se enfermó, los abuelos no le dieron importancia. La cosa se complicó hasta convertirse en neumonía, y cuando por fin la llevaron al hospital, ya era demasiado tarde.La tía no pudo soportar el golpe. Recién embarazada, perdió también a ese bebé. Su salud quedó dañada y nunca más pudo tener hijos. Desde entonces, los tíos se alejaron afectivamente de los abuelos. Fuera del saludo y el regalo de cada año, ya no hubo más contacto.Quizá por eso, como Catalina solo tenía un año menos que la prima fallecida, los tíos la trataron con un cariño especial, como si de alguna forma buscaran sanar un poco de esa herida.Catalina recordaba perfectamente cómo, en varias ocasiones, sus papás quisieron pedirle dinero, y fue el tío Alejandro quien los detuvo.Con la cabeza más despejada, Catalina abrió la app del banco en su celular para revisar el saldo de su cuenta.Después de tres años trabajando, solo tenía ocho mil pesos ahorrados.Y eso que su salario no era bajo. Al principio ganaba poco más de diez mil al mes; el segundo año la ascendieron y pasó a ganar veinte mil; ya este año, como vicepresidenta, le pagaban más de cuarenta mil al mes, sin contar bonos.Eso era solo el sueldo base. Los bonos de la empresa variaban, a veces los daban cada año, a veces cada tres. Por suerte, en su empresa se pagaban cada tres años.En estos tres años, Catalina había trabajado en un montón de proyectos y calculaba que los bonos le darían unos cuarenta o cincuenta mil más.Aunque suena a mucho, en una ciudad como Esmeralda Costera, eso no alcanzaba para nada. Ni siquiera para dar el enganche de un departamento.Consciente de su situación financiera, Catalina sintió cómo se le quitaba el peso de encima. Firmó la auditoría que acababa de revisar y salió a darle los papeles a Víctor.Al pasar junto a una de las mesas, sintió una mirada que la rozaba, apenas perceptible. Bajó la vista y ahí estaba, su exnovio.Ricardo, al notar que Catalina se detenía, bajó la mirada con nerviosismo.Catalina no se inmutó. Dio media vuelta y se fue sin mirar atrás.Ricardo se quedó mirando su espalda, como si no pudiera reaccionar.En la empresa, aunque no había una regla escrita contra las relaciones en la oficina, era algo que todos sabían que se evitaba. Por eso, cuando anduvieron, nadie se enteró, y cuando terminaron, fue igual de silencioso.Él pensó que Catalina estaría devastada. Nunca se imaginó que ella lo tomaría tan tranquilo.Durante este mes, sí se había arrepentido de haber terminado, pero pensando en el lío familiar de Catalina, sentía que la culpa no era tan pesada.Catalina era guapa, de piel clara, sonrisa cálida y natural, con ese aire elegante que atraía miradas. Era de esas mujeres que uno soñaba con llevar al altar.Cuando Catalina aceptó ser su novia, él ni lo podía creer. Él era del montón, de familia sencilla, y ni siquiera en el trabajo tenía su nivel. Pero aun así, ella dijo que sí, y estuvieron juntos todo un año.Sus amigos decían que había tenido una suerte increíble.Ahora que lo pensaba, quizá Catalina lo había elegido porque su familia no pasaba por buen momento.Capítulo 3Catalina Herrera despertó en su oficina con la cabeza dándole vueltas.Se llevó los dedos a la frente, frotando con fuerza el entrecejo. Era un gesto que había aprendido a la mala desde que entró a trabajar a la banca de inversión.En ese mundo, todos peleaban como en una arena de gladiadores. Las mujeres apenas sumaban el veinte por ciento del personal y, como miembro de esa minoría, Catalina tenía que dejarse la vida en el trabajo para no ser pisoteada. Si se descuidaba tantito, la devoraban sin dejarle ni las migas.Alzó la mirada y miró a su alrededor.¿Era su oficina?De pronto, los recuerdos regresaron de golpe. Lo último que recordaba era estar trabajando horas extras en su pequeño departamento rentado, hasta las tres de la mañana. Justo ahí, se había desplomado y muerto repentinamente.¿Entonces por qué ahora estaba en su oficina?En ese momento, alguien tocó la puerta.Entró Víctor, quien en otra vida había sido su subordinado.—Señorita Catalina, aquí está el informe de debida diligencia de Salud y Vitalidad Corp., ¿quiere revisarlo?Catalina sostuvo el folder y se quedó pasmada unos segundos, pero enseguida fingió normalidad, lo abrió y dijo:—Gracias, Víctor, déjalo aquí. Cuando termine de revisarlo, te aviso.Víctor no sospechó nada raro y salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí.En cuanto escuchó que la puerta se cerraba, Catalina perdió toda la calma que había mostrado.Agarró su celular a toda prisa y revisó la fecha.¡2 de septiembre de 2017!¿Había viajado ocho años al pasado?Recordaba perfectamente que Salud y Vitalidad Corp. fue el segundo proyecto que gestionó después de convertirse en vicepresidenta. La Oferta Pública Inicial de la empresa se había concretado a finales de ese año.Además, Víctor había trabajado con ella varios años, incluso ya era vicepresidente y estaban al mismo nivel. Por eso le pareció tan extraño que Víctor le estuviera entregando informes; eso solo podía significar una cosa:Había renacido.El 2017 fue, sin duda, su año más glorioso.Después de graduarse, entró a Finanza Rey y, en apenas tres años, se convirtió en la persona que más rápido ascendió en la firma.Ese mismo año, logró cerrar el complicado caso de Avanzamiento Digital, superó el examen de representante patrocinador y fue ascendida directamente a vicepresidenta, ganando el derecho a firmar contratos.Pero ese también fue su último ascenso.Había conseguido el puesto en junio. Sin embargo, en agosto, sus padres y su hermano menor, que estaban de vacaciones, llegaron a su oficina a armar un escándalo porque ella no les había enviado el dinero de su salario a tiempo.Aun habiendo pasado los años, cada vez que lo recordaba, sentía que se le apretaba el pecho.Sus padres y su hermano llegaron gritando al edificio: que si era una hija desagradecida, que solo causaba pérdidas a la familia. Cuando ella intentó sacarlos de ahí, amenazaron con buscar al jefe para exigirle justicia.Todo el piso se llenó de compañeros chismosos, ansiosos por ver el drama.Los que ya sentían envidia por su ascenso a vicepresidenta, aprovecharon para lanzarle indirectas todo el tiempo.El tipo con el que llevaba un año de relación terminó con ella en privado después de ese día.Al regresar al trabajo al día siguiente, las habladurías la seguían en cada pasillo. Las miradas de sus compañeros se volvieron despectivas, como si de pronto ya no valiera nada.El jefe la llamó a su despacho para “platicar” y le dijo que resolviera sus problemas familiares y que no trajera más problemas a la empresa.Sentía claramente que la actitud de su jefe hacia ella había cambiado.De buscarla y elogiarla, ahora apenas la soportaba. El cambio fue tan rápido como pasar una página de revista.Catalina sabía perfectamente por qué.La veían como alguien fácil de manipular, alguien que no se atrevería a rebelarse.Exactamente igual que muchos jefes que prefieren empleados atados por créditos de casa y auto, con familia que mantener.¿Quién se atrevería a dejar el trabajo con todos esos compromisos?Y para rematar, después de convertirse en vicepresidenta, firmó una cláusula de no competencia: no podía trabajar en el mismo sector durante dos años si renunciaba. ¿Qué opción le quedaba?Aunque ya había pasado un mes desde aquel desastre, la actitud de sus colegas nunca volvió a ser la misma.Los que le reportaban seguían mostrándole respeto, al menos de frente, porque sabían que su futuro dependía de su humor. Pero los que estaban a su nivel, ni se molestaban en disimular el desprecio.Ahora, después de todo lo vivido, Catalina sentía ganas de dejarlo todo.Haber regresado le hizo ver que nada de eso valía la pena.No había nada más importante que su propia vida.Todo lo que sudó y se desveló para ganar dinero, acabó yéndose en mantener a esa familia, ¿para qué?¿Por deber filial?Solo hay hijos agradecidos cuando primero hay padres justos.Con padres así, ¿qué le debía ella? ¿A quién tenía que demostrarle nada?Solo podía renunciar hasta terminar el mes, por lo menos así cobraba el salario completo.En ese momento, Catalina se sentía más que agradecida de haber recuperado su tarjeta de nómina. Recordó que, cuando empezó a trabajar, sus papás le quitaron la tarjeta donde le depositaban el sueldo. Por suerte, alcanzó a ligar su tarjeta con WhatsApp, así no tenía que ir a pedirles dinero cada vez que necesitaba algo.Hubo una vez que le dio apendicitis y terminó en el hospital, necesitaba una cirugía urgente. Usó el dinero de su tarjeta para pagar el hospital, pero sus papás se enteraron. Ni siquiera preguntaron cómo estaba; simplemente le devolvieron la tarjeta y le dijeron que, cada vez que le depositaran el sueldo, tenía que transferirles el dinero a su cuenta.Ellos sabían exactamente cuánto ganaba cada mes, así que no les preocupaba que les fuera a dar menos de lo que esperaban. De esa manera, el dinero que les mandaba estaba seguro, sin riesgo de que ella lo gastara en algo propio.En ese entonces, Catalina volvió a sentir esa punzada en el alma que solo da la decepción. Después de haber visto la muerte tan de cerca, finalmente entendió la verdadera cara de esos “familiares”.Antes de vivir esa experiencia, todavía guardaba un poco de esperanza en su familia. Pero después de volver de la muerte, ya no necesitaba ese tipo de cariño fingido. Lo que tenía que haber entendido desde el principio: una familia así, ni siquiera merece llamarse familia.Ella era originaria de una pequeña ciudad en la provincia ficticia de Ríos de Plata. Sus papás, Violeta y Diego Herrera, siempre soñaron con tener un hijo varón. Después de tenerla a ella y a su hermana menor, Griselda, por fin llegó Benjamín Herrera, el hijo tan esperado.Hasta en los nombres se notaba la diferencia. Catalina se llamaba originalmente Gatita Herrera; su hermana, Griselda Herrera. El hermano, Benjamín, era el consentido, el rey de la casa.Todo era tan evidente que hasta dolía.Ya de adulta, Catalina se cambió el nombre. Pero desde niña fue testigo de cómo sus papás consentían a Benjamín en todo. Si había comida, ropa, cualquier cosa, él era la prioridad. Benjamín pedía y recibía, mientras a ellas solo les quedaba mirar.Y cuando por fin llegaron los nietos, Eduardo e Isabella, los papás de Catalina los trataron como tesoros; la adoración solo creció.Por cuidar a ese hermano, la hermana menor de Catalina, dos años más chica, fue vendida por sus padres a una familia del pueblo vecino que no tenía hijos. Catalina se arrodilló, suplicando que no se la llevaran, pero para sus papás solo importaba el dinero que iban a recibir.El día que se llevaron a Griselda, Catalina corrió llorando detrás del auto, pero sus papás la arrastraron de regreso y, ya en casa, le dieron una golpiza que nunca olvidó.Desde entonces, cada tanto se escapaba para ir al pueblo vecino a ver a su hermana. Con el tiempo, se dio cuenta de que, por lo menos, la familia que había “comprado” a Griselda la trataba bien. Eso le daba algo de consuelo, aunque también sentía un nudo en la garganta porque, al final, su hermana ya era de otra familia.Sus padres no la vendieron a ella solo porque ya estaba más grande, no porque le tuvieran más aprecio. Y esa excusa la usaron después para explotarla aún más.Cada que Catalina intentaba rebelarse, sus papás le recordaban esa historia.—Si no fuera porque te queríamos, la vendida hubieras sido tú, no tu hermana.—Ellos te querían a ti, pero no tuvimos corazón para hacerlo y por eso mandamos a tu hermana.—Eres la primera hija, nunca pensamos en deshacernos de ti.—Deberías entender lo difícil que es para nosotros.—…Catalina, cargando con la culpa, terminó agachando la cabeza y aceptando todo lo que le decían, incluso las peores humillaciones.Con el tiempo, fue entendiendo que todo eso de “te queremos” era solo una mentira para que no se quejara mientras la explotaban.Ni siquiera querían pagarle la escuela.Desde la secundaria, Catalina tuvo que empezar a trabajar para juntar su propia colegiatura. Era menor de edad y casi nadie quería contratarla, pero a veces, algún dueño de tienda buena onda la dejaba lavar platos en la cocina. Si alguien preguntaba, decían que era una sobrina ayudando por las vacaciones.Fue su tío el que, al ver la situación, se ofreció a pagarle la universidad. Sin él, Catalina jamás habría podido terminar una carrera.Catalina dejó escapar un suspiro suave, y arrojó a un rincón de su mente todas esas ideas caóticas. La familia, al final, ya no importaba tanto.Si tenía que ser agradecida con alguien, era con su tío Alejandro y su tía. Sin ellos, ni el bachillerato habría terminado, mucho menos la universidad.En la familia Herrera, fuera de los abuelos, los papás y el hermano menor de Catalina, nadie parecía tener una vida fácil.El abuelo y la abuela tuvieron tres hijos: el mayor, Alejandro Herrera, luego su papá, Diego, y la tía menor, Camila Herrera.Los abuelos siempre arrastraron esa idea antigua de valorar más a los hijos que a las hijas, así que la tía Camila fue la que peor la pasó en casa. Ni siquiera el apoyo del hermano mayor pudo cambiar mucho la situación, porque al final, el que mandaba no era Alejandro.Camila terminó casándose joven, y fue recién entonces que su vida empezó a mejorar poquito a poco.En realidad, al principio del matrimonio tampoco la pasó bien. Los abuelos pidieron una dote altísima y eso dejó a la familia del esposo en aprietos económicos por un buen rato.Alejandro, el tío, no vivía mal antes de todo eso, hasta que su esposa tuvo su primera hija. Eso fue suficiente para que los abuelos empezaran a rechazarla. A partir de ahí, la relación entre ellos se fue enfriando.La esposa del tío dejó su trabajo para cuidar a la niña en casa. No fue sino hasta que la niña entró a la primaria que la dejaron con los abuelos, y la tía volvió a trabajar. Pensaron que ya que era mayorcita, podría contarles si la abuela la trataba mal, y que pasando la mayor parte del tiempo en la escuela, nada grave podía pasarle.Aparte, mientras más crecía la niña, más gastos traía. Todo recaía sobre el tío, así que la tía vio necesario buscar un trabajo y apoyar con los gastos familiares.Nadie imaginó que una simple fiebre alta se llevaría a la prima de Catalina. Cuando se enfermó, los abuelos no le dieron importancia. La cosa se complicó hasta convertirse en neumonía, y cuando por fin la llevaron al hospital, ya era demasiado tarde.La tía no pudo soportar el golpe. Recién embarazada, perdió también a ese bebé. Su salud quedó dañada y nunca más pudo tener hijos. Desde entonces, los tíos se alejaron afectivamente de los abuelos. Fuera del saludo y el regalo de cada año, ya no hubo más contacto.Quizá por eso, como Catalina solo tenía un año menos que la prima fallecida, los tíos la trataron con un cariño especial, como si de alguna forma buscaran sanar un poco de esa herida.Catalina recordaba perfectamente cómo, en varias ocasiones, sus papás quisieron pedirle dinero, y fue el tío Alejandro quien los detuvo.Con la cabeza más despejada, Catalina abrió la app del banco en su celular para revisar el saldo de su cuenta.Después de tres años trabajando, solo tenía ocho mil pesos ahorrados.Y eso que su salario no era bajo. Al principio ganaba poco más de diez mil al mes; el segundo año la ascendieron y pasó a ganar veinte mil; ya este año, como vicepresidenta, le pagaban más de cuarenta mil al mes, sin contar bonos.Eso era solo el sueldo base. Los bonos de la empresa variaban, a veces los daban cada año, a veces cada tres. Por suerte, en su empresa se pagaban cada tres años.En estos tres años, Catalina había trabajado en un montón de proyectos y calculaba que los bonos le darían unos cuarenta o cincuenta mil más.Aunque suena a mucho, en una ciudad como Esmeralda Costera, eso no alcanzaba para nada. Ni siquiera para dar el enganche de un departamento.Consciente de su situación financiera, Catalina sintió cómo se le quitaba el peso de encima. Firmó la auditoría que acababa de revisar y salió a darle los papeles a Víctor.Al pasar junto a una de las mesas, sintió una mirada que la rozaba, apenas perceptible. Bajó la vista y ahí estaba, su exnovio.Ricardo, al notar que Catalina se detenía, bajó la mirada con nerviosismo.Catalina no se inmutó. Dio media vuelta y se fue sin mirar atrás.Ricardo se quedó mirando su espalda, como si no pudiera reaccionar.En la empresa, aunque no había una regla escrita contra las relaciones en la oficina, era algo que todos sabían que se evitaba. Por eso, cuando anduvieron, nadie se enteró, y cuando terminaron, fue igual de silencioso.Él pensó que Catalina estaría devastada. Nunca se imaginó que ella lo tomaría tan tranquilo.Durante este mes, sí se había arrepentido de haber terminado, pero pensando en el lío familiar de Catalina, sentía que la culpa no era tan pesada.Catalina era guapa, de piel clara, sonrisa cálida y natural, con ese aire elegante que atraía miradas. Era de esas mujeres que uno soñaba con llevar al altar.Cuando Catalina aceptó ser su novia, él ni lo podía creer. Él era del montón, de familia sencilla, y ni siquiera en el trabajo tenía su nivel. Pero aun así, ella dijo que sí, y estuvieron juntos todo un año.Sus amigos decían que había tenido una suerte increíble.Ahora que lo pensaba, quizá Catalina lo había elegido porque su familia no pasaba por buen momento.