Capítulo 1Cuando Damián Alcántara llevó a su verdadero amor a la fiesta de cumpleaños, Celeste Lorente entendió que había perdido la apuesta.En un rincón del salón, miró de reojo el mensaje que le había enviado su madre.[Celes, perdiste.][Tres años y Damián nunca se enamoró de ti. Según lo acordado, es momento de que regreses y asumas tu responsabilidad.]Celeste desvió la mirada hacia la pareja que no estaba muy lejos. Damián abrazaba a una chica.Era la primera vez que veía a la verdadera enamorada de Damián.La muchacha tenía un aire inocente. Se veía tranquila, serena, de una dulzura callada.Aunque llevaba puesta ropa barata, no pasaba desapercibida.Ahora entendía el tipo de chica que le gustaba a Damián.Celeste sintió un sabor amargo en la boca.De pronto, recordó una escena de hace cuatro años. Una de esas chicas ricas y escandalosas del grupo había ido a declararse a Damián. Él, con un cigarro en la mano, sacudió la ceniza y, con esa mirada traviesa y despreocupada, soltó:—Perdón, señorita, yo prefiero a las que son tranquilas y normales.En ese entonces, Celeste llevaba dos años enamorada en silencio de Damián.Su madre siempre se opuso. Había problemas entre los negocios de ambas familias y, además, su madre nunca creyó en el amor. Damián, con su fama de mujeriego, no cumplía con ninguno de los requisitos que ella consideraba importantes.Aun así, al escuchar el tipo de chica que le gustaba a Damián, Celeste le propuso una apuesta a su mamá.Si lograba que Damián se enamorara de ella, tendría su permiso para estar juntos. Su madre aceptó.Así que, de la noche a la mañana, Celeste pasó de ser la hija mayor de los Lorente —siempre ausente y reservada—, a convertirse en la chica buena y humilde que todos veían como una más.Desde entonces, siempre estuvo cerca de Damián. Una vez, él bebió de más; sus ojos, medio dormidos, la miraban con cierto interés.—¿Te gusto?—¿Por qué no pruebas estar conmigo?Durante esos tres años a su lado, Celeste gastó todo su amor y valor.Aprendió a cocinar para él, lo cuidó día y noche cuando enfermó. Todos decían que Celeste estaba loca por Damián.Incluso parecía que Damián, finalmente, se había calmado.Él se preocupaba por ella, varias veces le decía entre risas que era su esposa y que la iba a mantener para siempre.Pero Celeste siempre rechazó la idea.Luchó con sus propios sentimientos y decidió que, en su cumpleaños, le confesaría todo sobre la apuesta.Justo en ese momento apareció Alejandra Durán.Algunos notaron el silencio de Celeste y aprovecharon para bromear con doble sentido:—Ale, con tu regreso, alguien se quedó con el corazón hecho pedazos.—Hay quienes apenas lograron acercarse a lo más alto y ahora, con tu regreso, se les acabó el sueño.—Ya cálmense, ¿no?La voz de Alejandra era suave, interrumpió a todos y miró a Celeste, con una mezcla de culpa y sinceridad:—Perdón, señorita Lorente. Hace unos años, Damián y yo nos separamos por ciertas razones. Jamás pensé que él buscaría a alguien más solo para desquitarse. Lo nuestro jamás debió involucrarte. Fue cosa de Damián, que no supo manejarlo. Pero al final, tampoco saliste perdiendo.Hablaba tranquila, sus ojos grandes y claros mostraban honestidad.Como si Celeste, al estar con Damián, se hubiera sacado la lotería.Claro, para una universitaria pobre como ella, estar al lado de Damián, aunque solo fuera como un reemplazo...¿De verdad podía quejarse?Damián, por su parte, la observaba.Hoy, Celeste se veía distinta.Llevaba un vestido rojo sencillo.La imagen de la buena chica quedó atrás, ahora se veía libre, como una rosa en pleno florecimiento, cautivadora y difícil de ignorar.Sentada de manera relajada, transmitía una vibra que nunca había mostrado.Muy diferente a la inocencia de antes.Damián detestaba ese tipo de cambio. Para él, las mujeres debían ser obedientes, tiernas, fáciles de proteger.Frunció el ceño.Un reemplazo siempre sería eso; no podía compararse con Ale.Su voz sonó seca:—Ale regresó. Lo nuestro se acabó. Aquí tienes un millón de pesos, considéralo tu compensación.Así, con un millón, borró de un plumazo tres años de historia.Celeste sintió que la ironía le quemaba por dentro.—Guárdate el dinero. Aparte, en ese aspecto ni funcionas. Yo ya me cansé.Agarró una copa de vino tinto y, sin pensarlo, se la aventó a Damián en la cara.En esos tres años, Damián jamás la tocó. Siempre guardó su fidelidad para su “verdadero amor”.Y Celeste, tonta, esperó durante tres años, creyendo que Damián era un hombre de sentimientos puros.El salón quedó en silencio.Celeste, despreocupada, tomó una servilleta y se limpió las manos. Sus labios dibujaron una sonrisa traviesa.Después se burló sin disimulo:—Este brindis es por los tres años que perdí creyendo en ti.Sin mirar atrás, salió del lugar, dejando al resto de los invitados boquiabiertos, mirando a Damián.Siempre la conocieron como una chica suave, de voz baja y obediente con Damián. Nadie esperaba esto.—¿Celeste se volvió loca? ¡Un millón de pesos no se ganan tan fácil en la vida! ¿A qué está jugando?—Déjenla —gruñó Damián, con tono despectivo—. Mientras no me moleste a mí y a Ale, que haga lo que quiera. Una mujer así, ni yo ni Ale volveríamos a toparnos con alguien igual.¿Acaso no la conocía?Celeste no tenía a nadie, sin familia poderosa, solo una universitaria pobre.Si se alejaba de él, ¿a quién más tenía?Además, después de tres años a su lado, ¿de verdad pensaba que ella tenía carácter propio? Todo era puro teatro.Las palabras de Damián llegaron hasta los oídos de Celeste.Pero ella ni volteó.Antes, cada pelea terminaba con ella pidiendo perdón y cediendo.Pero esta vez, Damián sí se iba a quedar esperando.Porque Celeste estaba decidida a irse.Ahora le tocaba regresar a casa y heredar una fortuna de miles de millones.Celeste no se quedó mucho tiempo en Rosario de los Cantos. En realidad, solo había decidido estudiar ahí por Damián, pero ahora que ya se había graduado y Damián tenía a otra persona, esa ciudad había dejado de tener sentido para ella.Sin pensarlo mucho, compró un boleto de avión esa misma noche y regresó a Puerto Santa María.Cuando bajó del avión, fue Esmeralda Robles quien fue por ella.—¿Esta vez sí te vas a quedar? ¿Ya no te vas a ir?—Ya no me voy.En años anteriores, Celeste casi no pasaba tiempo en Puerto Santa María porque siempre andaba detrás de Damián, y eso hacía que apenas pudiera convivir con Esmeralda. Pero ahora, tras perder la apuesta, tampoco le quedaban motivos para irse.Esmeralda, que se había enterado del asunto entre Celeste y Damián, no pudo evitar suspirar, aunque solo le sonrió y le tomó del brazo.—Ya no hablemos de cosas feas, mejor te invito a celebrar tu regreso.Celeste le sonrió en respuesta y no puso resistencia.Esmeralda la llevó al club más exclusivo de Puerto Santa María, pidió el mejor vino y, sin rodeos, le organizó una fiesta de soltera.Al primer trago, Celeste sintió cómo la amargura que tenía atascada en el pecho se desvanecía poco a poco.—Qué bueno que terminaste con Damián —bromeó Esmeralda—. Antes, por él, te hacías la santita, toda sumisa, hasta dejaste de tomar y de correr en carros, te la vivías en la biblioteca… De verdad, yo ni te reconocía.Celeste, con el tipo de personalidad opuesta a lo que le gustaba a Damián, había sido siempre la chica rebelde de la familia Lorente, reconocida entre las familias más poderosas de Puerto Santa María. Le fascinaba la fiesta, las carreras de carros, montar a caballo, escalar montañas y hasta lanzarse en paracaídas.Apasionada y radiante.Para ella, el amor era casi una broma.Pero, por Damián, dejó casi todo eso atrás y se transformó en la hija obediente, tranquila y discreta.—Creo que estaba medio loca en ese entonces —comentó Celeste con un aire despreocupado, recordando aquellos días.Siempre había sido atractiva, pero antes, al tratar de encajar en un papel que no le quedaba, su belleza parecía desentonar. Ahora, relajada y en su elemento, hasta el camarero que servía las copas se sonrojó al verla.Esmeralda se rio.—Celes, ahora que cortaste con Damián, ¿en serio piensas volver con la familia Lorente y hacerte cargo del negocio?—Perdí la apuesta, ni modo.Celeste le dio un sorbo a su copa, contestando sin darle mucha importancia.La señora Lorente era una mujer de carácter fuerte. Tras la muerte de Gael Durán, la lucha interna en Grupo Lorente se puso dura y ella sostuvo todo el peso sola.Silvia Lorente, la hermana mayor de Celeste, siempre había sido frágil de salud, y Celeste, que amaba la libertad, nunca fue presionada por su mamá para tomar responsabilidades. Le dieron la oportunidad de elegir su propio camino, y fue así que nació la apuesta.Perder no era algo que le costara aceptar.Esmeralda, sin convencerla del todo, solo alzó las cejas.—Pero en la familia Lorente tienen esa regla de que primero hay que casarse antes de tomar el mando, ¿a poco ya te están escogiendo candidato?—No.Celeste conocía bien a su mamá. Aunque era estricta, no era exigente con la pareja que su hija debía escoger. El mayor problema en el pasado había sido la rivalidad entre los Alcántara y los Durán.—Celes, aunque hayas perdido, la señora Lorente jamás te va a obligar a nada. Y si te urge, pues yo te presento a mi primo.El famoso primo de Esmeralda, Félix, era conocido por ser un jefe distante, serio y reservado, pero con un físico que destacaba en cualquier lugar.Celeste, de adolescente, llegó a pensar que era irreal. En esa época, tuvo un enamoramiento secreto, intenso y fugaz, que se esfumó con el tiempo. Desde entonces, solo lo recordaba de lejos, y nunca más lo había visto en persona.Celeste solo tomó el comentario como una broma.Siguió bebiendo, y no fue hasta que el alcohol le hizo efecto que un dejo de tristeza le atravesó el pecho.Ya casi para irse, las dos apenas podían andar derechas.Esmeralda, con una expresión de lo más rara, le soltó:—Mi primo dice que viene por nosotras.Al decirlo, se notaba desconcertada. En realidad, Félix nunca se metía en su vida. Apenas y eran cercanos, y de la nada, él le había mandado un mensaje preguntándole si estaba con Celes y que las iba a recoger.Lo tomó como una muestra de interés repentina, sin querer analizarlo demasiado.Pocos minutos después, un lujoso carro negro se detuvo a la entrada del club.La ventana se bajó y apareció el rostro de un hombre de facciones tan marcadas y piel tan pálida como la porcelana, que bajo la luz de la luna parecía brillar. Tenía una elegancia y distinción que imponían.Era el tipo de hombre que hacía voltear cabezas.—Súbanse.Su voz era grave, con un magnetismo que atrapaba.Félix echó una mirada fugaz a Esmeralda, pero se detuvo en Celeste.Cuando sus miradas se encontraron, a Celeste el corazón le dio un vuelco.Esmeralda siempre había sentido cierto respeto —casi miedo— por su primo; así que, después de subirse al carro, mantuvo la boca cerrada y no pronunció ni una sola palabra.Dentro del carro, la atmósfera se volvió tan silenciosa que hasta el zumbido del aire acondicionado parecía un murmullo incómodo.Celeste, por su parte, tenía la mirada puesta en la pulsera de cuentas que Félix llevaba en la muñeca. Le resultaba extrañamente familiar, pero, entre el mareo del alcohol, su mente era un completo desorden.Aun así, una imagen se coló entre la neblina de su cabeza: la primera vez que había visto a Félix.Habían pasado años, pero ese hombre seguía tan imponente y atractivo como la primera vez.La casa de Esmeralda quedaba cerca.Félix la dejó ahí y, después, se dispuso a llevar a Celeste de regreso a su hotel.En cuanto quedaron solos en el carro, la única compañía era el bajo zumbido del motor.De pronto, la voz de Félix rompió el silencio con total indiferencia:—¿Piensas quedarte en Puerto Santa María?—Sí.Celeste tardó un par de segundos en reaccionar, pero asintió.No era como si existiera confianza entre ambos, así que, tras esa breve pregunta, el ambiente volvió a llenarse de un silencio espeso.El aire acondicionado estaba a todo lo que daba. Celeste, sin darse cuenta, se fue quedando dormida.No supo cuánto tiempo pasó, hasta que la voz grave de Félix la sacó de su sueño.—Celeste, despierta.Abrió los ojos y, de pronto, se encontró con la mirada profunda del hombre.Por un segundo, se sintió perdida en ese cruce de miradas.—…Félix? —murmuró, con una voz perezosa y arrastrada.La puerta del carro se abrió y Félix se inclinó hacia adentro, su cara tan cerca que Celeste podía notar cada detalle.Él bajó la mirada, con sus cejas y ojos marcando una expresión distante, casi intocable.El aroma a cedro fresco que desprendía Félix la envolvió, tan fresco y varonil como lo recordaba de su juventud, cuando su presencia la había dejado marcada para siempre.Celeste alzó los labios en una sonrisa juguetona:—Estás guapísimo —dijo, con voz ronca, arrastrando las palabras.El alcohol la empujó a parpadear, y, de la nada, acercó la mano para rodear el cuello de Félix.—¿Quieres estar conmigo esta noche?El tono arrastrado y coquetón no dejaba lugar a dudas de sus intenciones.Félix pareció quedarse quieto por un segundo. Le apartó suavemente un mechón de cabello, su voz tan tranquila como el agua de un lago:—Estás borracha.Celeste sintió un cosquilleo en la piel, pero no lo soltó.—No —le contestó, insistente.Tenía la mente nublada, pero recordaba los años con Damián, y lo que había significado para la familia Lorente.Siempre fue la rebelde, la que rompía las reglas, pero, por Damián, intentó comportarse y, al final, terminó atrapada por esa familia y una apuesta absurda.Quizá esa noche era su último acto de rebeldía.—Félix, ¿de verdad no quieres?Se acercó aún más, su cabello oscuro y suelto rozando la nariz de Félix, provocando una sensación que se expandía, como un virus imposible de contener.En un suspiro, los labios de Félix se posaron sobre los de ella, y la sujetó de la cintura, respirando tan cerca que sus alientos se mezclaron.—Celeste, no te vayas a arrepentir —susurró, apretando suavemente su lengua entre los dientes, con una mezcla de dulzura y firmeza.El ambiente se volvió denso y cargado, y el calor entre los dos creció rápidamente.Celeste, con las pestañas temblando, se perdió en la mirada de Félix, viendo el reflejo de su propio deseo en esos ojos impenetrables.El hielo de la indiferencia se derritió en medio de una pasión desbordada.Sintió una sed inexplicable y, en vez de alejarse, respondió al beso con más intensidad.El carro se llenó de una energía eléctrica y salvaje.Los suspiros y caricias llenaron el espacio, cada movimiento volviéndose adictivo y peligroso.Llegaron al hotel, donde la pasión siguió desbordándose hasta la cama.Al final, Celeste quedó tendida, el cuerpo entumecido y la mente flotando en una nube de placer....Al despertar, sintió todo el cuerpo adolorido y sin fuerzas.Abrió los ojos lentamente y los recuerdos de la noche anterior volvieron a su mente como una ola repentina, haciéndola tensarse.¿Había dormido con Félix?Pensó en Silvia, y por un momento, la culpa le supo amarga. Eso de “no comer del plato ajeno” cruzó por su mente, y la situación le pareció absurda.Justo cuando seguía dándole vueltas al asunto, el sonido del agua en el baño se detuvo de golpe.—¿Ya despertaste?Celeste levantó la vista y vio a Félix salir del baño, envuelto en una bata, con el cabello mojado y el torso esbelto y marcado por las gotas que le caían hasta la cintura.Sintió el calor subiéndole al rostro.—Perdón, anoche tomé mucho —dijo, casi en automático.Félix la miró, entornando los ojos oscuros, su tono volviéndose más distante.—¿Y eso qué?Celeste recogió su ropa del suelo, notando las marcas en su piel, pero sin apartar la mirada de Félix. Sonrió, sin perder la calma:—Sigo siendo amiga de Esme. Así que, lo de anoche, Félix, ¿no te importa, verdad?El tono era relajado, casi burlón.Pero, a pesar de su pose, sentía la tensión en el aire. Le dio la impresión de que, después de hablar, la expresión de Félix se volvió todavía más cortante.Él encendió un cigarro, la mirada fija en ella, y preguntó de golpe, como si nada le importara:—¿Así eres con todos tus amigos? ¿O sólo con Damián?Capítulo 2Cuando Damián Alcántara llevó a su verdadero amor a la fiesta de cumpleaños, Celeste Lorente entendió que había perdido la apuesta.En un rincón del salón, miró de reojo el mensaje que le había enviado su madre.[Celes, perdiste.][Tres años y Damián nunca se enamoró de ti. Según lo acordado, es momento de que regreses y asumas tu responsabilidad.]Celeste desvió la mirada hacia la pareja que no estaba muy lejos. Damián abrazaba a una chica.Era la primera vez que veía a la verdadera enamorada de Damián.La muchacha tenía un aire inocente. Se veía tranquila, serena, de una dulzura callada.Aunque llevaba puesta ropa barata, no pasaba desapercibida.Ahora entendía el tipo de chica que le gustaba a Damián.Celeste sintió un sabor amargo en la boca.De pronto, recordó una escena de hace cuatro años. Una de esas chicas ricas y escandalosas del grupo había ido a declararse a Damián. Él, con un cigarro en la mano, sacudió la ceniza y, con esa mirada traviesa y despreocupada, soltó:—Perdón, señorita, yo prefiero a las que son tranquilas y normales.En ese entonces, Celeste llevaba dos años enamorada en silencio de Damián.Su madre siempre se opuso. Había problemas entre los negocios de ambas familias y, además, su madre nunca creyó en el amor. Damián, con su fama de mujeriego, no cumplía con ninguno de los requisitos que ella consideraba importantes.Aun así, al escuchar el tipo de chica que le gustaba a Damián, Celeste le propuso una apuesta a su mamá.Si lograba que Damián se enamorara de ella, tendría su permiso para estar juntos. Su madre aceptó.Así que, de la noche a la mañana, Celeste pasó de ser la hija mayor de los Lorente —siempre ausente y reservada—, a convertirse en la chica buena y humilde que todos veían como una más.Desde entonces, siempre estuvo cerca de Damián. Una vez, él bebió de más; sus ojos, medio dormidos, la miraban con cierto interés.—¿Te gusto?—¿Por qué no pruebas estar conmigo?Durante esos tres años a su lado, Celeste gastó todo su amor y valor.Aprendió a cocinar para él, lo cuidó día y noche cuando enfermó. Todos decían que Celeste estaba loca por Damián.Incluso parecía que Damián, finalmente, se había calmado.Él se preocupaba por ella, varias veces le decía entre risas que era su esposa y que la iba a mantener para siempre.Pero Celeste siempre rechazó la idea.Luchó con sus propios sentimientos y decidió que, en su cumpleaños, le confesaría todo sobre la apuesta.Justo en ese momento apareció Alejandra Durán.Algunos notaron el silencio de Celeste y aprovecharon para bromear con doble sentido:—Ale, con tu regreso, alguien se quedó con el corazón hecho pedazos.—Hay quienes apenas lograron acercarse a lo más alto y ahora, con tu regreso, se les acabó el sueño.—Ya cálmense, ¿no?La voz de Alejandra era suave, interrumpió a todos y miró a Celeste, con una mezcla de culpa y sinceridad:—Perdón, señorita Lorente. Hace unos años, Damián y yo nos separamos por ciertas razones. Jamás pensé que él buscaría a alguien más solo para desquitarse. Lo nuestro jamás debió involucrarte. Fue cosa de Damián, que no supo manejarlo. Pero al final, tampoco saliste perdiendo.Hablaba tranquila, sus ojos grandes y claros mostraban honestidad.Como si Celeste, al estar con Damián, se hubiera sacado la lotería.Claro, para una universitaria pobre como ella, estar al lado de Damián, aunque solo fuera como un reemplazo...¿De verdad podía quejarse?Damián, por su parte, la observaba.Hoy, Celeste se veía distinta.Llevaba un vestido rojo sencillo.La imagen de la buena chica quedó atrás, ahora se veía libre, como una rosa en pleno florecimiento, cautivadora y difícil de ignorar.Sentada de manera relajada, transmitía una vibra que nunca había mostrado.Muy diferente a la inocencia de antes.Damián detestaba ese tipo de cambio. Para él, las mujeres debían ser obedientes, tiernas, fáciles de proteger.Frunció el ceño.Un reemplazo siempre sería eso; no podía compararse con Ale.Su voz sonó seca:—Ale regresó. Lo nuestro se acabó. Aquí tienes un millón de pesos, considéralo tu compensación.Así, con un millón, borró de un plumazo tres años de historia.Celeste sintió que la ironía le quemaba por dentro.—Guárdate el dinero. Aparte, en ese aspecto ni funcionas. Yo ya me cansé.Agarró una copa de vino tinto y, sin pensarlo, se la aventó a Damián en la cara.En esos tres años, Damián jamás la tocó. Siempre guardó su fidelidad para su “verdadero amor”.Y Celeste, tonta, esperó durante tres años, creyendo que Damián era un hombre de sentimientos puros.El salón quedó en silencio.Celeste, despreocupada, tomó una servilleta y se limpió las manos. Sus labios dibujaron una sonrisa traviesa.Después se burló sin disimulo:—Este brindis es por los tres años que perdí creyendo en ti.Sin mirar atrás, salió del lugar, dejando al resto de los invitados boquiabiertos, mirando a Damián.Siempre la conocieron como una chica suave, de voz baja y obediente con Damián. Nadie esperaba esto.—¿Celeste se volvió loca? ¡Un millón de pesos no se ganan tan fácil en la vida! ¿A qué está jugando?—Déjenla —gruñó Damián, con tono despectivo—. Mientras no me moleste a mí y a Ale, que haga lo que quiera. Una mujer así, ni yo ni Ale volveríamos a toparnos con alguien igual.¿Acaso no la conocía?Celeste no tenía a nadie, sin familia poderosa, solo una universitaria pobre.Si se alejaba de él, ¿a quién más tenía?Además, después de tres años a su lado, ¿de verdad pensaba que ella tenía carácter propio? Todo era puro teatro.Las palabras de Damián llegaron hasta los oídos de Celeste.Pero ella ni volteó.Antes, cada pelea terminaba con ella pidiendo perdón y cediendo.Pero esta vez, Damián sí se iba a quedar esperando.Porque Celeste estaba decidida a irse.Ahora le tocaba regresar a casa y heredar una fortuna de miles de millones.Celeste no se quedó mucho tiempo en Rosario de los Cantos. En realidad, solo había decidido estudiar ahí por Damián, pero ahora que ya se había graduado y Damián tenía a otra persona, esa ciudad había dejado de tener sentido para ella.Sin pensarlo mucho, compró un boleto de avión esa misma noche y regresó a Puerto Santa María.Cuando bajó del avión, fue Esmeralda Robles quien fue por ella.—¿Esta vez sí te vas a quedar? ¿Ya no te vas a ir?—Ya no me voy.En años anteriores, Celeste casi no pasaba tiempo en Puerto Santa María porque siempre andaba detrás de Damián, y eso hacía que apenas pudiera convivir con Esmeralda. Pero ahora, tras perder la apuesta, tampoco le quedaban motivos para irse.Esmeralda, que se había enterado del asunto entre Celeste y Damián, no pudo evitar suspirar, aunque solo le sonrió y le tomó del brazo.—Ya no hablemos de cosas feas, mejor te invito a celebrar tu regreso.Celeste le sonrió en respuesta y no puso resistencia.Esmeralda la llevó al club más exclusivo de Puerto Santa María, pidió el mejor vino y, sin rodeos, le organizó una fiesta de soltera.Al primer trago, Celeste sintió cómo la amargura que tenía atascada en el pecho se desvanecía poco a poco.—Qué bueno que terminaste con Damián —bromeó Esmeralda—. Antes, por él, te hacías la santita, toda sumisa, hasta dejaste de tomar y de correr en carros, te la vivías en la biblioteca… De verdad, yo ni te reconocía.Celeste, con el tipo de personalidad opuesta a lo que le gustaba a Damián, había sido siempre la chica rebelde de la familia Lorente, reconocida entre las familias más poderosas de Puerto Santa María. Le fascinaba la fiesta, las carreras de carros, montar a caballo, escalar montañas y hasta lanzarse en paracaídas.Apasionada y radiante.Para ella, el amor era casi una broma.Pero, por Damián, dejó casi todo eso atrás y se transformó en la hija obediente, tranquila y discreta.—Creo que estaba medio loca en ese entonces —comentó Celeste con un aire despreocupado, recordando aquellos días.Siempre había sido atractiva, pero antes, al tratar de encajar en un papel que no le quedaba, su belleza parecía desentonar. Ahora, relajada y en su elemento, hasta el camarero que servía las copas se sonrojó al verla.Esmeralda se rio.—Celes, ahora que cortaste con Damián, ¿en serio piensas volver con la familia Lorente y hacerte cargo del negocio?—Perdí la apuesta, ni modo.Celeste le dio un sorbo a su copa, contestando sin darle mucha importancia.La señora Lorente era una mujer de carácter fuerte. Tras la muerte de Gael Durán, la lucha interna en Grupo Lorente se puso dura y ella sostuvo todo el peso sola.Silvia Lorente, la hermana mayor de Celeste, siempre había sido frágil de salud, y Celeste, que amaba la libertad, nunca fue presionada por su mamá para tomar responsabilidades. Le dieron la oportunidad de elegir su propio camino, y fue así que nació la apuesta.Perder no era algo que le costara aceptar.Esmeralda, sin convencerla del todo, solo alzó las cejas.—Pero en la familia Lorente tienen esa regla de que primero hay que casarse antes de tomar el mando, ¿a poco ya te están escogiendo candidato?—No.Celeste conocía bien a su mamá. Aunque era estricta, no era exigente con la pareja que su hija debía escoger. El mayor problema en el pasado había sido la rivalidad entre los Alcántara y los Durán.—Celes, aunque hayas perdido, la señora Lorente jamás te va a obligar a nada. Y si te urge, pues yo te presento a mi primo.El famoso primo de Esmeralda, Félix, era conocido por ser un jefe distante, serio y reservado, pero con un físico que destacaba en cualquier lugar.Celeste, de adolescente, llegó a pensar que era irreal. En esa época, tuvo un enamoramiento secreto, intenso y fugaz, que se esfumó con el tiempo. Desde entonces, solo lo recordaba de lejos, y nunca más lo había visto en persona.Celeste solo tomó el comentario como una broma.Siguió bebiendo, y no fue hasta que el alcohol le hizo efecto que un dejo de tristeza le atravesó el pecho.Ya casi para irse, las dos apenas podían andar derechas.Esmeralda, con una expresión de lo más rara, le soltó:—Mi primo dice que viene por nosotras.Al decirlo, se notaba desconcertada. En realidad, Félix nunca se metía en su vida. Apenas y eran cercanos, y de la nada, él le había mandado un mensaje preguntándole si estaba con Celes y que las iba a recoger.Lo tomó como una muestra de interés repentina, sin querer analizarlo demasiado.Pocos minutos después, un lujoso carro negro se detuvo a la entrada del club.La ventana se bajó y apareció el rostro de un hombre de facciones tan marcadas y piel tan pálida como la porcelana, que bajo la luz de la luna parecía brillar. Tenía una elegancia y distinción que imponían.Era el tipo de hombre que hacía voltear cabezas.—Súbanse.Su voz era grave, con un magnetismo que atrapaba.Félix echó una mirada fugaz a Esmeralda, pero se detuvo en Celeste.Cuando sus miradas se encontraron, a Celeste el corazón le dio un vuelco.Esmeralda siempre había sentido cierto respeto —casi miedo— por su primo; así que, después de subirse al carro, mantuvo la boca cerrada y no pronunció ni una sola palabra.Dentro del carro, la atmósfera se volvió tan silenciosa que hasta el zumbido del aire acondicionado parecía un murmullo incómodo.Celeste, por su parte, tenía la mirada puesta en la pulsera de cuentas que Félix llevaba en la muñeca. Le resultaba extrañamente familiar, pero, entre el mareo del alcohol, su mente era un completo desorden.Aun así, una imagen se coló entre la neblina de su cabeza: la primera vez que había visto a Félix.Habían pasado años, pero ese hombre seguía tan imponente y atractivo como la primera vez.La casa de Esmeralda quedaba cerca.Félix la dejó ahí y, después, se dispuso a llevar a Celeste de regreso a su hotel.En cuanto quedaron solos en el carro, la única compañía era el bajo zumbido del motor.De pronto, la voz de Félix rompió el silencio con total indiferencia:—¿Piensas quedarte en Puerto Santa María?—Sí.Celeste tardó un par de segundos en reaccionar, pero asintió.No era como si existiera confianza entre ambos, así que, tras esa breve pregunta, el ambiente volvió a llenarse de un silencio espeso.El aire acondicionado estaba a todo lo que daba. Celeste, sin darse cuenta, se fue quedando dormida.No supo cuánto tiempo pasó, hasta que la voz grave de Félix la sacó de su sueño.—Celeste, despierta.Abrió los ojos y, de pronto, se encontró con la mirada profunda del hombre.Por un segundo, se sintió perdida en ese cruce de miradas.—…Félix? —murmuró, con una voz perezosa y arrastrada.La puerta del carro se abrió y Félix se inclinó hacia adentro, su cara tan cerca que Celeste podía notar cada detalle.Él bajó la mirada, con sus cejas y ojos marcando una expresión distante, casi intocable.El aroma a cedro fresco que desprendía Félix la envolvió, tan fresco y varonil como lo recordaba de su juventud, cuando su presencia la había dejado marcada para siempre.Celeste alzó los labios en una sonrisa juguetona:—Estás guapísimo —dijo, con voz ronca, arrastrando las palabras.El alcohol la empujó a parpadear, y, de la nada, acercó la mano para rodear el cuello de Félix.—¿Quieres estar conmigo esta noche?El tono arrastrado y coquetón no dejaba lugar a dudas de sus intenciones.Félix pareció quedarse quieto por un segundo. Le apartó suavemente un mechón de cabello, su voz tan tranquila como el agua de un lago:—Estás borracha.Celeste sintió un cosquilleo en la piel, pero no lo soltó.—No —le contestó, insistente.Tenía la mente nublada, pero recordaba los años con Damián, y lo que había significado para la familia Lorente.Siempre fue la rebelde, la que rompía las reglas, pero, por Damián, intentó comportarse y, al final, terminó atrapada por esa familia y una apuesta absurda.Quizá esa noche era su último acto de rebeldía.—Félix, ¿de verdad no quieres?Se acercó aún más, su cabello oscuro y suelto rozando la nariz de Félix, provocando una sensación que se expandía, como un virus imposible de contener.En un suspiro, los labios de Félix se posaron sobre los de ella, y la sujetó de la cintura, respirando tan cerca que sus alientos se mezclaron.—Celeste, no te vayas a arrepentir —susurró, apretando suavemente su lengua entre los dientes, con una mezcla de dulzura y firmeza.El ambiente se volvió denso y cargado, y el calor entre los dos creció rápidamente.Celeste, con las pestañas temblando, se perdió en la mirada de Félix, viendo el reflejo de su propio deseo en esos ojos impenetrables.El hielo de la indiferencia se derritió en medio de una pasión desbordada.Sintió una sed inexplicable y, en vez de alejarse, respondió al beso con más intensidad.El carro se llenó de una energía eléctrica y salvaje.Los suspiros y caricias llenaron el espacio, cada movimiento volviéndose adictivo y peligroso.Llegaron al hotel, donde la pasión siguió desbordándose hasta la cama.Al final, Celeste quedó tendida, el cuerpo entumecido y la mente flotando en una nube de placer....Al despertar, sintió todo el cuerpo adolorido y sin fuerzas.Abrió los ojos lentamente y los recuerdos de la noche anterior volvieron a su mente como una ola repentina, haciéndola tensarse.¿Había dormido con Félix?Pensó en Silvia, y por un momento, la culpa le supo amarga. Eso de “no comer del plato ajeno” cruzó por su mente, y la situación le pareció absurda.Justo cuando seguía dándole vueltas al asunto, el sonido del agua en el baño se detuvo de golpe.—¿Ya despertaste?Celeste levantó la vista y vio a Félix salir del baño, envuelto en una bata, con el cabello mojado y el torso esbelto y marcado por las gotas que le caían hasta la cintura.Sintió el calor subiéndole al rostro.—Perdón, anoche tomé mucho —dijo, casi en automático.Félix la miró, entornando los ojos oscuros, su tono volviéndose más distante.—¿Y eso qué?Celeste recogió su ropa del suelo, notando las marcas en su piel, pero sin apartar la mirada de Félix. Sonrió, sin perder la calma:—Sigo siendo amiga de Esme. Así que, lo de anoche, Félix, ¿no te importa, verdad?El tono era relajado, casi burlón.Pero, a pesar de su pose, sentía la tensión en el aire. Le dio la impresión de que, después de hablar, la expresión de Félix se volvió todavía más cortante.Él encendió un cigarro, la mirada fija en ella, y preguntó de golpe, como si nada le importara:—¿Así eres con todos tus amigos? ¿O sólo con Damián?Capítulo 3Cuando Damián Alcántara llevó a su verdadero amor a la fiesta de cumpleaños, Celeste Lorente entendió que había perdido la apuesta.En un rincón del salón, miró de reojo el mensaje que le había enviado su madre.[Celes, perdiste.][Tres años y Damián nunca se enamoró de ti. Según lo acordado, es momento de que regreses y asumas tu responsabilidad.]Celeste desvió la mirada hacia la pareja que no estaba muy lejos. Damián abrazaba a una chica.Era la primera vez que veía a la verdadera enamorada de Damián.La muchacha tenía un aire inocente. Se veía tranquila, serena, de una dulzura callada.Aunque llevaba puesta ropa barata, no pasaba desapercibida.Ahora entendía el tipo de chica que le gustaba a Damián.Celeste sintió un sabor amargo en la boca.De pronto, recordó una escena de hace cuatro años. Una de esas chicas ricas y escandalosas del grupo había ido a declararse a Damián. Él, con un cigarro en la mano, sacudió la ceniza y, con esa mirada traviesa y despreocupada, soltó:—Perdón, señorita, yo prefiero a las que son tranquilas y normales.En ese entonces, Celeste llevaba dos años enamorada en silencio de Damián.Su madre siempre se opuso. Había problemas entre los negocios de ambas familias y, además, su madre nunca creyó en el amor. Damián, con su fama de mujeriego, no cumplía con ninguno de los requisitos que ella consideraba importantes.Aun así, al escuchar el tipo de chica que le gustaba a Damián, Celeste le propuso una apuesta a su mamá.Si lograba que Damián se enamorara de ella, tendría su permiso para estar juntos. Su madre aceptó.Así que, de la noche a la mañana, Celeste pasó de ser la hija mayor de los Lorente —siempre ausente y reservada—, a convertirse en la chica buena y humilde que todos veían como una más.Desde entonces, siempre estuvo cerca de Damián. Una vez, él bebió de más; sus ojos, medio dormidos, la miraban con cierto interés.—¿Te gusto?—¿Por qué no pruebas estar conmigo?Durante esos tres años a su lado, Celeste gastó todo su amor y valor.Aprendió a cocinar para él, lo cuidó día y noche cuando enfermó. Todos decían que Celeste estaba loca por Damián.Incluso parecía que Damián, finalmente, se había calmado.Él se preocupaba por ella, varias veces le decía entre risas que era su esposa y que la iba a mantener para siempre.Pero Celeste siempre rechazó la idea.Luchó con sus propios sentimientos y decidió que, en su cumpleaños, le confesaría todo sobre la apuesta.Justo en ese momento apareció Alejandra Durán.Algunos notaron el silencio de Celeste y aprovecharon para bromear con doble sentido:—Ale, con tu regreso, alguien se quedó con el corazón hecho pedazos.—Hay quienes apenas lograron acercarse a lo más alto y ahora, con tu regreso, se les acabó el sueño.—Ya cálmense, ¿no?La voz de Alejandra era suave, interrumpió a todos y miró a Celeste, con una mezcla de culpa y sinceridad:—Perdón, señorita Lorente. Hace unos años, Damián y yo nos separamos por ciertas razones. Jamás pensé que él buscaría a alguien más solo para desquitarse. Lo nuestro jamás debió involucrarte. Fue cosa de Damián, que no supo manejarlo. Pero al final, tampoco saliste perdiendo.Hablaba tranquila, sus ojos grandes y claros mostraban honestidad.Como si Celeste, al estar con Damián, se hubiera sacado la lotería.Claro, para una universitaria pobre como ella, estar al lado de Damián, aunque solo fuera como un reemplazo...¿De verdad podía quejarse?Damián, por su parte, la observaba.Hoy, Celeste se veía distinta.Llevaba un vestido rojo sencillo.La imagen de la buena chica quedó atrás, ahora se veía libre, como una rosa en pleno florecimiento, cautivadora y difícil de ignorar.Sentada de manera relajada, transmitía una vibra que nunca había mostrado.Muy diferente a la inocencia de antes.Damián detestaba ese tipo de cambio. Para él, las mujeres debían ser obedientes, tiernas, fáciles de proteger.Frunció el ceño.Un reemplazo siempre sería eso; no podía compararse con Ale.Su voz sonó seca:—Ale regresó. Lo nuestro se acabó. Aquí tienes un millón de pesos, considéralo tu compensación.Así, con un millón, borró de un plumazo tres años de historia.Celeste sintió que la ironía le quemaba por dentro.—Guárdate el dinero. Aparte, en ese aspecto ni funcionas. Yo ya me cansé.Agarró una copa de vino tinto y, sin pensarlo, se la aventó a Damián en la cara.En esos tres años, Damián jamás la tocó. Siempre guardó su fidelidad para su “verdadero amor”.Y Celeste, tonta, esperó durante tres años, creyendo que Damián era un hombre de sentimientos puros.El salón quedó en silencio.Celeste, despreocupada, tomó una servilleta y se limpió las manos. Sus labios dibujaron una sonrisa traviesa.Después se burló sin disimulo:—Este brindis es por los tres años que perdí creyendo en ti.Sin mirar atrás, salió del lugar, dejando al resto de los invitados boquiabiertos, mirando a Damián.Siempre la conocieron como una chica suave, de voz baja y obediente con Damián. Nadie esperaba esto.—¿Celeste se volvió loca? ¡Un millón de pesos no se ganan tan fácil en la vida! ¿A qué está jugando?—Déjenla —gruñó Damián, con tono despectivo—. Mientras no me moleste a mí y a Ale, que haga lo que quiera. Una mujer así, ni yo ni Ale volveríamos a toparnos con alguien igual.¿Acaso no la conocía?Celeste no tenía a nadie, sin familia poderosa, solo una universitaria pobre.Si se alejaba de él, ¿a quién más tenía?Además, después de tres años a su lado, ¿de verdad pensaba que ella tenía carácter propio? Todo era puro teatro.Las palabras de Damián llegaron hasta los oídos de Celeste.Pero ella ni volteó.Antes, cada pelea terminaba con ella pidiendo perdón y cediendo.Pero esta vez, Damián sí se iba a quedar esperando.Porque Celeste estaba decidida a irse.Ahora le tocaba regresar a casa y heredar una fortuna de miles de millones.Celeste no se quedó mucho tiempo en Rosario de los Cantos. En realidad, solo había decidido estudiar ahí por Damián, pero ahora que ya se había graduado y Damián tenía a otra persona, esa ciudad había dejado de tener sentido para ella.Sin pensarlo mucho, compró un boleto de avión esa misma noche y regresó a Puerto Santa María.Cuando bajó del avión, fue Esmeralda Robles quien fue por ella.—¿Esta vez sí te vas a quedar? ¿Ya no te vas a ir?—Ya no me voy.En años anteriores, Celeste casi no pasaba tiempo en Puerto Santa María porque siempre andaba detrás de Damián, y eso hacía que apenas pudiera convivir con Esmeralda. Pero ahora, tras perder la apuesta, tampoco le quedaban motivos para irse.Esmeralda, que se había enterado del asunto entre Celeste y Damián, no pudo evitar suspirar, aunque solo le sonrió y le tomó del brazo.—Ya no hablemos de cosas feas, mejor te invito a celebrar tu regreso.Celeste le sonrió en respuesta y no puso resistencia.Esmeralda la llevó al club más exclusivo de Puerto Santa María, pidió el mejor vino y, sin rodeos, le organizó una fiesta de soltera.Al primer trago, Celeste sintió cómo la amargura que tenía atascada en el pecho se desvanecía poco a poco.—Qué bueno que terminaste con Damián —bromeó Esmeralda—. Antes, por él, te hacías la santita, toda sumisa, hasta dejaste de tomar y de correr en carros, te la vivías en la biblioteca… De verdad, yo ni te reconocía.Celeste, con el tipo de personalidad opuesta a lo que le gustaba a Damián, había sido siempre la chica rebelde de la familia Lorente, reconocida entre las familias más poderosas de Puerto Santa María. Le fascinaba la fiesta, las carreras de carros, montar a caballo, escalar montañas y hasta lanzarse en paracaídas.Apasionada y radiante.Para ella, el amor era casi una broma.Pero, por Damián, dejó casi todo eso atrás y se transformó en la hija obediente, tranquila y discreta.—Creo que estaba medio loca en ese entonces —comentó Celeste con un aire despreocupado, recordando aquellos días.Siempre había sido atractiva, pero antes, al tratar de encajar en un papel que no le quedaba, su belleza parecía desentonar. Ahora, relajada y en su elemento, hasta el camarero que servía las copas se sonrojó al verla.Esmeralda se rio.—Celes, ahora que cortaste con Damián, ¿en serio piensas volver con la familia Lorente y hacerte cargo del negocio?—Perdí la apuesta, ni modo.Celeste le dio un sorbo a su copa, contestando sin darle mucha importancia.La señora Lorente era una mujer de carácter fuerte. Tras la muerte de Gael Durán, la lucha interna en Grupo Lorente se puso dura y ella sostuvo todo el peso sola.Silvia Lorente, la hermana mayor de Celeste, siempre había sido frágil de salud, y Celeste, que amaba la libertad, nunca fue presionada por su mamá para tomar responsabilidades. Le dieron la oportunidad de elegir su propio camino, y fue así que nació la apuesta.Perder no era algo que le costara aceptar.Esmeralda, sin convencerla del todo, solo alzó las cejas.—Pero en la familia Lorente tienen esa regla de que primero hay que casarse antes de tomar el mando, ¿a poco ya te están escogiendo candidato?—No.Celeste conocía bien a su mamá. Aunque era estricta, no era exigente con la pareja que su hija debía escoger. El mayor problema en el pasado había sido la rivalidad entre los Alcántara y los Durán.—Celes, aunque hayas perdido, la señora Lorente jamás te va a obligar a nada. Y si te urge, pues yo te presento a mi primo.El famoso primo de Esmeralda, Félix, era conocido por ser un jefe distante, serio y reservado, pero con un físico que destacaba en cualquier lugar.Celeste, de adolescente, llegó a pensar que era irreal. En esa época, tuvo un enamoramiento secreto, intenso y fugaz, que se esfumó con el tiempo. Desde entonces, solo lo recordaba de lejos, y nunca más lo había visto en persona.Celeste solo tomó el comentario como una broma.Siguió bebiendo, y no fue hasta que el alcohol le hizo efecto que un dejo de tristeza le atravesó el pecho.Ya casi para irse, las dos apenas podían andar derechas.Esmeralda, con una expresión de lo más rara, le soltó:—Mi primo dice que viene por nosotras.Al decirlo, se notaba desconcertada. En realidad, Félix nunca se metía en su vida. Apenas y eran cercanos, y de la nada, él le había mandado un mensaje preguntándole si estaba con Celes y que las iba a recoger.Lo tomó como una muestra de interés repentina, sin querer analizarlo demasiado.Pocos minutos después, un lujoso carro negro se detuvo a la entrada del club.La ventana se bajó y apareció el rostro de un hombre de facciones tan marcadas y piel tan pálida como la porcelana, que bajo la luz de la luna parecía brillar. Tenía una elegancia y distinción que imponían.Era el tipo de hombre que hacía voltear cabezas.—Súbanse.Su voz era grave, con un magnetismo que atrapaba.Félix echó una mirada fugaz a Esmeralda, pero se detuvo en Celeste.Cuando sus miradas se encontraron, a Celeste el corazón le dio un vuelco.Esmeralda siempre había sentido cierto respeto —casi miedo— por su primo; así que, después de subirse al carro, mantuvo la boca cerrada y no pronunció ni una sola palabra.Dentro del carro, la atmósfera se volvió tan silenciosa que hasta el zumbido del aire acondicionado parecía un murmullo incómodo.Celeste, por su parte, tenía la mirada puesta en la pulsera de cuentas que Félix llevaba en la muñeca. Le resultaba extrañamente familiar, pero, entre el mareo del alcohol, su mente era un completo desorden.Aun así, una imagen se coló entre la neblina de su cabeza: la primera vez que había visto a Félix.Habían pasado años, pero ese hombre seguía tan imponente y atractivo como la primera vez.La casa de Esmeralda quedaba cerca.Félix la dejó ahí y, después, se dispuso a llevar a Celeste de regreso a su hotel.En cuanto quedaron solos en el carro, la única compañía era el bajo zumbido del motor.De pronto, la voz de Félix rompió el silencio con total indiferencia:—¿Piensas quedarte en Puerto Santa María?—Sí.Celeste tardó un par de segundos en reaccionar, pero asintió.No era como si existiera confianza entre ambos, así que, tras esa breve pregunta, el ambiente volvió a llenarse de un silencio espeso.El aire acondicionado estaba a todo lo que daba. Celeste, sin darse cuenta, se fue quedando dormida.No supo cuánto tiempo pasó, hasta que la voz grave de Félix la sacó de su sueño.—Celeste, despierta.Abrió los ojos y, de pronto, se encontró con la mirada profunda del hombre.Por un segundo, se sintió perdida en ese cruce de miradas.—…Félix? —murmuró, con una voz perezosa y arrastrada.La puerta del carro se abrió y Félix se inclinó hacia adentro, su cara tan cerca que Celeste podía notar cada detalle.Él bajó la mirada, con sus cejas y ojos marcando una expresión distante, casi intocable.El aroma a cedro fresco que desprendía Félix la envolvió, tan fresco y varonil como lo recordaba de su juventud, cuando su presencia la había dejado marcada para siempre.Celeste alzó los labios en una sonrisa juguetona:—Estás guapísimo —dijo, con voz ronca, arrastrando las palabras.El alcohol la empujó a parpadear, y, de la nada, acercó la mano para rodear el cuello de Félix.—¿Quieres estar conmigo esta noche?El tono arrastrado y coquetón no dejaba lugar a dudas de sus intenciones.Félix pareció quedarse quieto por un segundo. Le apartó suavemente un mechón de cabello, su voz tan tranquila como el agua de un lago:—Estás borracha.Celeste sintió un cosquilleo en la piel, pero no lo soltó.—No —le contestó, insistente.Tenía la mente nublada, pero recordaba los años con Damián, y lo que había significado para la familia Lorente.Siempre fue la rebelde, la que rompía las reglas, pero, por Damián, intentó comportarse y, al final, terminó atrapada por esa familia y una apuesta absurda.Quizá esa noche era su último acto de rebeldía.—Félix, ¿de verdad no quieres?Se acercó aún más, su cabello oscuro y suelto rozando la nariz de Félix, provocando una sensación que se expandía, como un virus imposible de contener.En un suspiro, los labios de Félix se posaron sobre los de ella, y la sujetó de la cintura, respirando tan cerca que sus alientos se mezclaron.—Celeste, no te vayas a arrepentir —susurró, apretando suavemente su lengua entre los dientes, con una mezcla de dulzura y firmeza.El ambiente se volvió denso y cargado, y el calor entre los dos creció rápidamente.Celeste, con las pestañas temblando, se perdió en la mirada de Félix, viendo el reflejo de su propio deseo en esos ojos impenetrables.El hielo de la indiferencia se derritió en medio de una pasión desbordada.Sintió una sed inexplicable y, en vez de alejarse, respondió al beso con más intensidad.El carro se llenó de una energía eléctrica y salvaje.Los suspiros y caricias llenaron el espacio, cada movimiento volviéndose adictivo y peligroso.Llegaron al hotel, donde la pasión siguió desbordándose hasta la cama.Al final, Celeste quedó tendida, el cuerpo entumecido y la mente flotando en una nube de placer....Al despertar, sintió todo el cuerpo adolorido y sin fuerzas.Abrió los ojos lentamente y los recuerdos de la noche anterior volvieron a su mente como una ola repentina, haciéndola tensarse.¿Había dormido con Félix?Pensó en Silvia, y por un momento, la culpa le supo amarga. Eso de “no comer del plato ajeno” cruzó por su mente, y la situación le pareció absurda.Justo cuando seguía dándole vueltas al asunto, el sonido del agua en el baño se detuvo de golpe.—¿Ya despertaste?Celeste levantó la vista y vio a Félix salir del baño, envuelto en una bata, con el cabello mojado y el torso esbelto y marcado por las gotas que le caían hasta la cintura.Sintió el calor subiéndole al rostro.—Perdón, anoche tomé mucho —dijo, casi en automático.Félix la miró, entornando los ojos oscuros, su tono volviéndose más distante.—¿Y eso qué?Celeste recogió su ropa del suelo, notando las marcas en su piel, pero sin apartar la mirada de Félix. Sonrió, sin perder la calma:—Sigo siendo amiga de Esme. Así que, lo de anoche, Félix, ¿no te importa, verdad?El tono era relajado, casi burlón.Pero, a pesar de su pose, sentía la tensión en el aire. Le dio la impresión de que, después de hablar, la expresión de Félix se volvió todavía más cortante.Él encendió un cigarro, la mirada fija en ella, y preguntó de golpe, como si nada le importara:—¿Así eres con todos tus amigos? ¿O sólo con Damián?