Capítulo 1El día en que Rita Lafuente murió en aquel accidente de carro, fue también el día en que Vicente Samper, con gran despliegue, se casó con Guillermina Jiménez.Esa misma jornada, las redes sociales estallaron con dos temas candentes:[¡La alianza entre Entretenimiento Estrella Brillante y Medicina Jiménez! Cuando la princesa se casa con el príncipe, ahí sí es un cuento de hadas de verdad.][¡Tragedia en el Puente de la Luna! Un choque múltiple deja cinco muertos y tres heridos.]Con la mente nublada y los pensamientos dispersos, Rita, a duras penas, logró marcar el número de Vicente.—¿Bueno? —La voz de Vicente sonó lejana, y tan cortante que calaba hasta los huesos.—¿Rita? ¿Por qué no hablas?Rita apenas pudo sostener el celular. Quiso responder, pero el aparato resbaló de su palma y cayó al piso.—¿Estás tirando cosas? —La voz de Vicente, aún más seca y distante, la atravesó como un cuchillo—. Rita, deja de portarte caprichosa. Ya deberías saberlo: hacer berrinche frente a quien no te quiere es perder el tiempo.Al no recibir respuesta, Vicente perdió lo poco que le quedaba de paciencia.De pronto, como si recordara algo, agregó:—Si al menos me llamaras hermano, hoy es mi boda, ¿sabes? Si te atreves a venir y llamas a Guillermina “hermana” delante de todos, tal vez podrías regresar a casa.Y, sin más, colgó.Regresar a casa.Ella ya no podría volver jamás. La familia Samper nunca fue su hogar.El teléfono emitió un pitido cuando la llamada terminó. Para ese momento, Rita ya había sido subida a la ambulancia.Iba tendida sobre una camilla angosta.Siempre les tuvo miedo a las ambulancias.La última vez que estuvo en una, su papá había dado la vida para salvar a Vicente y su hermana. Rita, siendo apenas una niña, presenció cómo su padre exhalaba su último suspiro.Vicente le juró entonces que la protegería por siempre. Pero hoy, él elegía a otra mujer.Rita sabía que sus heridas eran graves. Miraba el techo de la ambulancia, pero de pronto, sus ojos se enfocaron en el rostro del doctor—en el rostro de alguien conocido—.—Eres tú... Dr. Gutiérrez…Cuando la familia Samper la echó a la calle y casi la hicieron caer en una trampa que pudo costarle la salud, fue Dr. Gutiérrez quien le tendió la mano.Nunca imaginó que, estando al borde de la muerte, volvería a ser él quien intentara salvarla.Los recuerdos la agotaban. Rita sentía que el sueño la vencía.Davis Gutiérrez, con los ojos enrojecidos, le hablaba al oído una y otra vez:—Rita, no te duermas.—Rita, aguanta, por favor.En la sala de urgencias, médicos y enfermeros luchaban contra la muerte, como si pelearan con el mismísimo diablo.Mientras tanto, en la fiesta de la boda, Vicente inclinaba la cabeza para besar a su flamante esposa.Un pitido largo.La línea del monitor cardíaco se volvió recta. La vida de Rita se apagó.Pero alguien no estaba dispuesto a rendirse. Sosteniendo el desfibrilador, Dr. Gutiérrez se negaba a dejarla ir, sudando a mares por el esfuerzo.—Dr. Gutiérrez, las heridas son demasiado graves… déjela partir en paz —dijo su asistente, sujetándolo del brazo, sin atreverse a mirarlo a los ojos.El famoso Dr. Gutiérrez, conocido por su destreza y su temple inquebrantable, esa tarde perdía el control como nunca.Parecía increíble.Davis, con sumo cuidado, tomó la mano helada de Rita. Un grito desgarrador y desesperado brotó de su garganta, como el aullido de un animal herido…Todo el personal de la sala guardó silencio, conteniendo el aliento....Hotel Paraíso, suite presidencial.—Riti… —Una mano grande recorría la cintura de Rita, subiendo despacio. El aliento tibio y cargado de alcohol le rozó el cuello, y su cuerpo tembló.Rita abrió los ojos. Al mirar a su alrededor, se quedó pasmada.¿Seguía viva?Aturdida, escuchó de nuevo esa voz grave y tan familiar colándose en su oído:—Riti, te amo.¿Vicente?En cuanto reconoció la voz, Rita comprendió todo.Rita no murió. En vez de eso, despertó de nuevo un año atrás, justo el día en que Vicente y Guillermina Jiménez celebraban su fiesta de compromiso.Recordaba cada detalle de ese día con una claridad que le helaba la sangre...En la fiesta, Rita aceptó una copa de vino tinto que le ofreció su futura cuñada, Guillermina. No sospechó nada extraño, pero a poco de tomarla, el corazón le empezó a latir con fuerza, la cabeza le daba vueltas y sintió que todo giraba. Pensando que sólo necesitaba recostarse, subió hacia una de las habitaciones de huéspedes para descansar.Nunca se imaginó que el vino estaría tan cargado. Apenas entró al ascensor, sus ojos comenzaron a oscurecerse. Al final, fue el personal del evento quien la llevó desmayada hasta la habitación.Cuando Rita recobró el sentido, el mundo se le vino abajo: estaba acostada en los brazos de su hermano adoptivo, Vicente.Y lo peor era que Vicente, borracho y fuera de sí, intentaba aprovecharse de ella a la fuerza.Rita apenas pudo reaccionar para defenderse cuando Guillermina irrumpió en la habitación acompañada de varios invitados, como si llevaran tiempo esperando ese momento, listos para acusarla.No había hecho nada malo, pero igual la tacharon de cualquiera, la peor etiqueta para una mujer en esa familia.Los padres de los Samper no dudaron en echarle toda la culpa a Rita, como si ella hubiera planeado todo desde el principio.Clemente Samper fue más allá: amarró a Rita y la arrastró hasta la habitación de la familia Jiménez, obligándola a arrodillarse ante el señor Jiménez para pedirle perdón.Rita se negó a rendirse, así que la golpearon con un cinturón hasta dejarla inconsciente, tirada en el suelo. Al final, la familia Samper terminó por echarla de la casa, sin mirar atrás.Su hermana de crianza, Luna Samper, fingió compasión y le consiguió un trabajo como asistente de una famosa actriz en el mundo del espectáculo, pero en realidad se había puesto de acuerdo con la actriz para intentar que Rita se contagiara de VIH.Y ese accidente automovilístico al final… tal vez también fue obra de los Samper.En esa familia, todos la empujaron directo al infierno, sin misericordia.Mientras lo recordaba todo, la rabia le brotó desde lo más hondo. Era un odio tan puro y feroz que hizo que el efecto del sedante desapareciera de su cuerpo.Rita apretó los puños y avanzó directo hacia Vicente. Con una voz dulce, tan suave que cualquiera habría caído en la trampa, preguntó:—Oye, hermano, ¿ya te fijaste bien en quién soy?Vicente, aunque tenía la mirada algo perdida por el alcohol, todavía reconocía la figura que tenía frente a él.La chica frente a sus ojos, con apenas un toque de maquillaje, tenía un rostro tan bonito que cabía en la palma de su mano. Sus rasgos finos y llamativos le resultaban demasiado familiares.No podía equivocarse.Vicente, con voz baja y llena de ternura, pronunció el nombre de Rita:—…Riti.Al escuchar ese “Riti”, una sonrisa envenenada se dibujó en el rostro de Rita, teñida de rabia y resentimiento. Contestó con ironía:—¿Me estabas declarando tu amor hace un rato?—¿Que me amas?Vicente tironeó de la corbata, como si no pudiera respirar, y la miró con una intensidad que atravesaba todo. Contestó con la voz ronca:—Riti, desde siempre, la única que he amado eres tú.—¡Perfecto! —replicó Rita, casi riéndose de la situación—. ¡Perfecto!Sin dudarlo, se giró, tomó el secador de cabello que estaba sobre la mesa del vestíbulo y lo descargó una y otra vez contra la cabeza de Vicente.—¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!—Vicente quedó tan aturdido que apenas y podía mantenerse de pie. Al final, se desplomó contra la pared y terminó sentado en el suelo, sin fuerzas.Rita, con movimientos expertos, enrolló el cable del secador alrededor del cuello de Vicente. Tiró del cable, arrastrándolo por el suelo de la habitación.El aire comenzó a faltarle a Vicente. En ese instante, el miedo lo sacudió y la borrachera se le fue de golpe.Desesperado, forcejeaba intentando meter los dedos entre el cable y su cuello, pero no podía hacer nada: el cable estaba tan apretado que cada intento era inútil.Poco a poco, la lucha de Vicente perdió fuerza.Cuando Rita sintió que Vicente apenas podía respirar, se detuvo.Se paró con un pie en el pecho de Vicente, se inclinó y, usando el secador, le dio golpecitos en la frente. Le habló con voz dura, cada palabra como un golpe:—A ver, dime, ¿todavía me amas, hermano?Vicente abrió los ojos poco a poco, sintiendo cómo la confusión se apoderaba de él al ver el cambio radical en la actitud de Rita.¿Dónde había quedado esa Rita cálida y sumisa, la novia de su primer amor que siempre le sonreía y seguía cada una de sus palabras?—Riti, tú...—¡Cállate! ¡Basura! ¡Ya terminamos hace tiempo! ¡Ni creas que puedes seguir llamándome Riti! —Rita le empujó la boquilla del secador directo a la boca de Vicente, sin ningún titubeo.Los ojos de Vicente se abrieron aún más de la impresión.En ese instante, la puerta de la habitación comenzó a ser golpeada con fuerza, y la voz de Guillermina, cargada de furia, retumbó en el pasillo:—¡Rita! ¡Sebastián Jiménez! ¡Abran la puerta, sé perfectamente que están ahí adentro!—¡Descarada! ¡Cómo te atreves a coquetear con mi hermano en plena fiesta de compromiso!Al ver que nadie abría, Guillermina se giró hacia el gerente del hotel y le gritó:—¡Usa la tarjeta! ¡Abre la puerta ya!El gerente, que no se atrevía a contradecir a Guillermina porque el hotel pertenecía a la familia Jiménez, se acercó temblando y pasó la tarjeta por el lector.Guillermina abrió la puerta de golpe y, acompañada de un grupo de jóvenes ansiosos por el espectáculo, irrumpió en la habitación para atrapar a los infieles.Pero al entrar, la escena la dejó sin palabras.El hombre que estaba con Rita no era su medio hermano Sebastián, sino nada menos que su propio prometido, Vicente.—¡Aaaah! —el grito de Guillermina retumbó por todo el piso—. ¡Rita, ¿cómo pudiste estar con Vicente?!Rita, pálida y agotada, se sostenía contra la pared, con una pierna presionando el pecho de Vicente, que seguía en el suelo atónito.El cabello negro de Rita, que antes llevaba recogido con una peineta de jade, ahora caía desordenado alrededor de su rostro, dándole un aire aún más impactante y cautivador.La mirada de Rita, dura como el acero, se clavó en Guillermina. Habló con un tono tan misterioso como peligroso:—Señorita Jiménez, ¿entonces según tú, con quién se supone que debo estar?Guillermina se quedó muda, como si le hubieran arrancado la voz de golpe.Rita la miró fijamente y siguió, sin dejarle tiempo para reaccionar:—¿Así que esto estaba planeado? ¿Te aseguraste de llegar justo a tiempo para atraparme con tu hermano mayor? ¿Querías un escándalo para arruinar la reputación de dos personas a la vez? ¡Qué jugada tan astuta, matando dos pájaros de un tiro!Al terminar, Rita le dedicó una sonrisa de burla y le lanzó otra pregunta venenosa:—Señorita Jiménez, ¿qué se siente ponerte los cuernos a ti misma?Guillermina, que intentaba usar a Rita como chivo expiatorio, ahora se arrepentía al máximo de haber planeado todo.Pero el escándalo ya había explotado, así que necesitaba salvarse como fuera.Se irguió y fingió indignación:—¡Rita, no inventes! ¡Solo subí porque me dijeron que entraste a la habitación de mi hermano y él no estaba abajo! ¡Jamás me imaginé que ibas a atreverte a seducir a mi prometido!—La familia Samper te crió, y así les pagas, metiéndote con el hijo mayor. ¿Así agradeces todo lo que hicieron por ti? ¡Eres una desagradecida!Guillermina sabía perfectamente lo que pasaba entre Rita y Vicente, pero fingía ser la víctima para quedar libre de culpa.Rita, ya harta de tanta hipocresía, decidió terminar con el teatro. Se quitó la peineta de jade del cabello y, sin vacilar, la hundió en su brazo izquierdo.La piel se abrió al instante, el dolor agudo le ayudó a resistir los efectos extraños del medicamento que le habían dado.Rita respiró profundo, apretando la peineta ensangrentada en la mano, y su voz sonó tan decidida que hasta el aire se sintió tenso:—Sospecho que alguien puso algo en mi copa. Exijo un análisis de sangre y quiero que la policía investigue.Esta vez, no pensaba dejar que la manipularan. No cargaría con la fama de ser una cualquiera.Al escucharla hablar de policías y análisis, a Guillermina se le borró el color del rostro.Fue entonces que una figura vestida de azul se abrió paso entre el grupo, acercándose a Guillermina por detrás.—Guillermina.La que llegó era una mujer de curvas marcadas, con un vestido azul de tirantes decorado con diminutos destellos, como si llevara un pedazo de cielo nocturno sobre la piel. Su cabello negro, ondulado en pequeños rizos, caía por su espalda como algas suaves y brillantes.La piel de la recién llegada era tan clara que parecía una perla recién salida del mar.Esa mujer era Luna, la hermana menor de Vicente. Además de ser actriz reconocida, era famosa en la alta sociedad por su imagen de chica buena y solidaria.En su vida pasada, Rita había confiado en esa supuesta “hermana buena”, y por poco arruina su vida para siempre.Luna se acercó con su tono dulce y reconfortante:—Guillermina, tranquila. Todos sabemos lo bien que te llevas con tu hermano, ¿cómo vas a ser tan tonta como para drogar a Rita y terminar involucrando a tu propio prometido? Seguro todo es un malentendido; Rita está alterada y ha sacado conclusiones precipitadas.Con esas palabras, Luna logró calmar a Guillermina, que poco a poco recuperó la compostura.Al ver que Vicente seguía consciente y que la ropa de Rita estaba en su lugar, Guillermina decidió que lo mejor era minimizar el escándalo.—Rita, lo de hoy fue solo un malentendido. Dejémoslo así....Capítulo 2El día en que Rita Lafuente murió en aquel accidente de carro, fue también el día en que Vicente Samper, con gran despliegue, se casó con Guillermina Jiménez.Esa misma jornada, las redes sociales estallaron con dos temas candentes:[¡La alianza entre Entretenimiento Estrella Brillante y Medicina Jiménez! Cuando la princesa se casa con el príncipe, ahí sí es un cuento de hadas de verdad.][¡Tragedia en el Puente de la Luna! Un choque múltiple deja cinco muertos y tres heridos.]Con la mente nublada y los pensamientos dispersos, Rita, a duras penas, logró marcar el número de Vicente.—¿Bueno? —La voz de Vicente sonó lejana, y tan cortante que calaba hasta los huesos.—¿Rita? ¿Por qué no hablas?Rita apenas pudo sostener el celular. Quiso responder, pero el aparato resbaló de su palma y cayó al piso.—¿Estás tirando cosas? —La voz de Vicente, aún más seca y distante, la atravesó como un cuchillo—. Rita, deja de portarte caprichosa. Ya deberías saberlo: hacer berrinche frente a quien no te quiere es perder el tiempo.Al no recibir respuesta, Vicente perdió lo poco que le quedaba de paciencia.De pronto, como si recordara algo, agregó:—Si al menos me llamaras hermano, hoy es mi boda, ¿sabes? Si te atreves a venir y llamas a Guillermina “hermana” delante de todos, tal vez podrías regresar a casa.Y, sin más, colgó.Regresar a casa.Ella ya no podría volver jamás. La familia Samper nunca fue su hogar.El teléfono emitió un pitido cuando la llamada terminó. Para ese momento, Rita ya había sido subida a la ambulancia.Iba tendida sobre una camilla angosta.Siempre les tuvo miedo a las ambulancias.La última vez que estuvo en una, su papá había dado la vida para salvar a Vicente y su hermana. Rita, siendo apenas una niña, presenció cómo su padre exhalaba su último suspiro.Vicente le juró entonces que la protegería por siempre. Pero hoy, él elegía a otra mujer.Rita sabía que sus heridas eran graves. Miraba el techo de la ambulancia, pero de pronto, sus ojos se enfocaron en el rostro del doctor—en el rostro de alguien conocido—.—Eres tú... Dr. Gutiérrez…Cuando la familia Samper la echó a la calle y casi la hicieron caer en una trampa que pudo costarle la salud, fue Dr. Gutiérrez quien le tendió la mano.Nunca imaginó que, estando al borde de la muerte, volvería a ser él quien intentara salvarla.Los recuerdos la agotaban. Rita sentía que el sueño la vencía.Davis Gutiérrez, con los ojos enrojecidos, le hablaba al oído una y otra vez:—Rita, no te duermas.—Rita, aguanta, por favor.En la sala de urgencias, médicos y enfermeros luchaban contra la muerte, como si pelearan con el mismísimo diablo.Mientras tanto, en la fiesta de la boda, Vicente inclinaba la cabeza para besar a su flamante esposa.Un pitido largo.La línea del monitor cardíaco se volvió recta. La vida de Rita se apagó.Pero alguien no estaba dispuesto a rendirse. Sosteniendo el desfibrilador, Dr. Gutiérrez se negaba a dejarla ir, sudando a mares por el esfuerzo.—Dr. Gutiérrez, las heridas son demasiado graves… déjela partir en paz —dijo su asistente, sujetándolo del brazo, sin atreverse a mirarlo a los ojos.El famoso Dr. Gutiérrez, conocido por su destreza y su temple inquebrantable, esa tarde perdía el control como nunca.Parecía increíble.Davis, con sumo cuidado, tomó la mano helada de Rita. Un grito desgarrador y desesperado brotó de su garganta, como el aullido de un animal herido…Todo el personal de la sala guardó silencio, conteniendo el aliento....Hotel Paraíso, suite presidencial.—Riti… —Una mano grande recorría la cintura de Rita, subiendo despacio. El aliento tibio y cargado de alcohol le rozó el cuello, y su cuerpo tembló.Rita abrió los ojos. Al mirar a su alrededor, se quedó pasmada.¿Seguía viva?Aturdida, escuchó de nuevo esa voz grave y tan familiar colándose en su oído:—Riti, te amo.¿Vicente?En cuanto reconoció la voz, Rita comprendió todo.Rita no murió. En vez de eso, despertó de nuevo un año atrás, justo el día en que Vicente y Guillermina Jiménez celebraban su fiesta de compromiso.Recordaba cada detalle de ese día con una claridad que le helaba la sangre...En la fiesta, Rita aceptó una copa de vino tinto que le ofreció su futura cuñada, Guillermina. No sospechó nada extraño, pero a poco de tomarla, el corazón le empezó a latir con fuerza, la cabeza le daba vueltas y sintió que todo giraba. Pensando que sólo necesitaba recostarse, subió hacia una de las habitaciones de huéspedes para descansar.Nunca se imaginó que el vino estaría tan cargado. Apenas entró al ascensor, sus ojos comenzaron a oscurecerse. Al final, fue el personal del evento quien la llevó desmayada hasta la habitación.Cuando Rita recobró el sentido, el mundo se le vino abajo: estaba acostada en los brazos de su hermano adoptivo, Vicente.Y lo peor era que Vicente, borracho y fuera de sí, intentaba aprovecharse de ella a la fuerza.Rita apenas pudo reaccionar para defenderse cuando Guillermina irrumpió en la habitación acompañada de varios invitados, como si llevaran tiempo esperando ese momento, listos para acusarla.No había hecho nada malo, pero igual la tacharon de cualquiera, la peor etiqueta para una mujer en esa familia.Los padres de los Samper no dudaron en echarle toda la culpa a Rita, como si ella hubiera planeado todo desde el principio.Clemente Samper fue más allá: amarró a Rita y la arrastró hasta la habitación de la familia Jiménez, obligándola a arrodillarse ante el señor Jiménez para pedirle perdón.Rita se negó a rendirse, así que la golpearon con un cinturón hasta dejarla inconsciente, tirada en el suelo. Al final, la familia Samper terminó por echarla de la casa, sin mirar atrás.Su hermana de crianza, Luna Samper, fingió compasión y le consiguió un trabajo como asistente de una famosa actriz en el mundo del espectáculo, pero en realidad se había puesto de acuerdo con la actriz para intentar que Rita se contagiara de VIH.Y ese accidente automovilístico al final… tal vez también fue obra de los Samper.En esa familia, todos la empujaron directo al infierno, sin misericordia.Mientras lo recordaba todo, la rabia le brotó desde lo más hondo. Era un odio tan puro y feroz que hizo que el efecto del sedante desapareciera de su cuerpo.Rita apretó los puños y avanzó directo hacia Vicente. Con una voz dulce, tan suave que cualquiera habría caído en la trampa, preguntó:—Oye, hermano, ¿ya te fijaste bien en quién soy?Vicente, aunque tenía la mirada algo perdida por el alcohol, todavía reconocía la figura que tenía frente a él.La chica frente a sus ojos, con apenas un toque de maquillaje, tenía un rostro tan bonito que cabía en la palma de su mano. Sus rasgos finos y llamativos le resultaban demasiado familiares.No podía equivocarse.Vicente, con voz baja y llena de ternura, pronunció el nombre de Rita:—…Riti.Al escuchar ese “Riti”, una sonrisa envenenada se dibujó en el rostro de Rita, teñida de rabia y resentimiento. Contestó con ironía:—¿Me estabas declarando tu amor hace un rato?—¿Que me amas?Vicente tironeó de la corbata, como si no pudiera respirar, y la miró con una intensidad que atravesaba todo. Contestó con la voz ronca:—Riti, desde siempre, la única que he amado eres tú.—¡Perfecto! —replicó Rita, casi riéndose de la situación—. ¡Perfecto!Sin dudarlo, se giró, tomó el secador de cabello que estaba sobre la mesa del vestíbulo y lo descargó una y otra vez contra la cabeza de Vicente.—¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!—Vicente quedó tan aturdido que apenas y podía mantenerse de pie. Al final, se desplomó contra la pared y terminó sentado en el suelo, sin fuerzas.Rita, con movimientos expertos, enrolló el cable del secador alrededor del cuello de Vicente. Tiró del cable, arrastrándolo por el suelo de la habitación.El aire comenzó a faltarle a Vicente. En ese instante, el miedo lo sacudió y la borrachera se le fue de golpe.Desesperado, forcejeaba intentando meter los dedos entre el cable y su cuello, pero no podía hacer nada: el cable estaba tan apretado que cada intento era inútil.Poco a poco, la lucha de Vicente perdió fuerza.Cuando Rita sintió que Vicente apenas podía respirar, se detuvo.Se paró con un pie en el pecho de Vicente, se inclinó y, usando el secador, le dio golpecitos en la frente. Le habló con voz dura, cada palabra como un golpe:—A ver, dime, ¿todavía me amas, hermano?Vicente abrió los ojos poco a poco, sintiendo cómo la confusión se apoderaba de él al ver el cambio radical en la actitud de Rita.¿Dónde había quedado esa Rita cálida y sumisa, la novia de su primer amor que siempre le sonreía y seguía cada una de sus palabras?—Riti, tú...—¡Cállate! ¡Basura! ¡Ya terminamos hace tiempo! ¡Ni creas que puedes seguir llamándome Riti! —Rita le empujó la boquilla del secador directo a la boca de Vicente, sin ningún titubeo.Los ojos de Vicente se abrieron aún más de la impresión.En ese instante, la puerta de la habitación comenzó a ser golpeada con fuerza, y la voz de Guillermina, cargada de furia, retumbó en el pasillo:—¡Rita! ¡Sebastián Jiménez! ¡Abran la puerta, sé perfectamente que están ahí adentro!—¡Descarada! ¡Cómo te atreves a coquetear con mi hermano en plena fiesta de compromiso!Al ver que nadie abría, Guillermina se giró hacia el gerente del hotel y le gritó:—¡Usa la tarjeta! ¡Abre la puerta ya!El gerente, que no se atrevía a contradecir a Guillermina porque el hotel pertenecía a la familia Jiménez, se acercó temblando y pasó la tarjeta por el lector.Guillermina abrió la puerta de golpe y, acompañada de un grupo de jóvenes ansiosos por el espectáculo, irrumpió en la habitación para atrapar a los infieles.Pero al entrar, la escena la dejó sin palabras.El hombre que estaba con Rita no era su medio hermano Sebastián, sino nada menos que su propio prometido, Vicente.—¡Aaaah! —el grito de Guillermina retumbó por todo el piso—. ¡Rita, ¿cómo pudiste estar con Vicente?!Rita, pálida y agotada, se sostenía contra la pared, con una pierna presionando el pecho de Vicente, que seguía en el suelo atónito.El cabello negro de Rita, que antes llevaba recogido con una peineta de jade, ahora caía desordenado alrededor de su rostro, dándole un aire aún más impactante y cautivador.La mirada de Rita, dura como el acero, se clavó en Guillermina. Habló con un tono tan misterioso como peligroso:—Señorita Jiménez, ¿entonces según tú, con quién se supone que debo estar?Guillermina se quedó muda, como si le hubieran arrancado la voz de golpe.Rita la miró fijamente y siguió, sin dejarle tiempo para reaccionar:—¿Así que esto estaba planeado? ¿Te aseguraste de llegar justo a tiempo para atraparme con tu hermano mayor? ¿Querías un escándalo para arruinar la reputación de dos personas a la vez? ¡Qué jugada tan astuta, matando dos pájaros de un tiro!Al terminar, Rita le dedicó una sonrisa de burla y le lanzó otra pregunta venenosa:—Señorita Jiménez, ¿qué se siente ponerte los cuernos a ti misma?Guillermina, que intentaba usar a Rita como chivo expiatorio, ahora se arrepentía al máximo de haber planeado todo.Pero el escándalo ya había explotado, así que necesitaba salvarse como fuera.Se irguió y fingió indignación:—¡Rita, no inventes! ¡Solo subí porque me dijeron que entraste a la habitación de mi hermano y él no estaba abajo! ¡Jamás me imaginé que ibas a atreverte a seducir a mi prometido!—La familia Samper te crió, y así les pagas, metiéndote con el hijo mayor. ¿Así agradeces todo lo que hicieron por ti? ¡Eres una desagradecida!Guillermina sabía perfectamente lo que pasaba entre Rita y Vicente, pero fingía ser la víctima para quedar libre de culpa.Rita, ya harta de tanta hipocresía, decidió terminar con el teatro. Se quitó la peineta de jade del cabello y, sin vacilar, la hundió en su brazo izquierdo.La piel se abrió al instante, el dolor agudo le ayudó a resistir los efectos extraños del medicamento que le habían dado.Rita respiró profundo, apretando la peineta ensangrentada en la mano, y su voz sonó tan decidida que hasta el aire se sintió tenso:—Sospecho que alguien puso algo en mi copa. Exijo un análisis de sangre y quiero que la policía investigue.Esta vez, no pensaba dejar que la manipularan. No cargaría con la fama de ser una cualquiera.Al escucharla hablar de policías y análisis, a Guillermina se le borró el color del rostro.Fue entonces que una figura vestida de azul se abrió paso entre el grupo, acercándose a Guillermina por detrás.—Guillermina.La que llegó era una mujer de curvas marcadas, con un vestido azul de tirantes decorado con diminutos destellos, como si llevara un pedazo de cielo nocturno sobre la piel. Su cabello negro, ondulado en pequeños rizos, caía por su espalda como algas suaves y brillantes.La piel de la recién llegada era tan clara que parecía una perla recién salida del mar.Esa mujer era Luna, la hermana menor de Vicente. Además de ser actriz reconocida, era famosa en la alta sociedad por su imagen de chica buena y solidaria.En su vida pasada, Rita había confiado en esa supuesta “hermana buena”, y por poco arruina su vida para siempre.Luna se acercó con su tono dulce y reconfortante:—Guillermina, tranquila. Todos sabemos lo bien que te llevas con tu hermano, ¿cómo vas a ser tan tonta como para drogar a Rita y terminar involucrando a tu propio prometido? Seguro todo es un malentendido; Rita está alterada y ha sacado conclusiones precipitadas.Con esas palabras, Luna logró calmar a Guillermina, que poco a poco recuperó la compostura.Al ver que Vicente seguía consciente y que la ropa de Rita estaba en su lugar, Guillermina decidió que lo mejor era minimizar el escándalo.—Rita, lo de hoy fue solo un malentendido. Dejémoslo así....Capítulo 3El día en que Rita Lafuente murió en aquel accidente de carro, fue también el día en que Vicente Samper, con gran despliegue, se casó con Guillermina Jiménez.Esa misma jornada, las redes sociales estallaron con dos temas candentes:[¡La alianza entre Entretenimiento Estrella Brillante y Medicina Jiménez! Cuando la princesa se casa con el príncipe, ahí sí es un cuento de hadas de verdad.][¡Tragedia en el Puente de la Luna! Un choque múltiple deja cinco muertos y tres heridos.]Con la mente nublada y los pensamientos dispersos, Rita, a duras penas, logró marcar el número de Vicente.—¿Bueno? —La voz de Vicente sonó lejana, y tan cortante que calaba hasta los huesos.—¿Rita? ¿Por qué no hablas?Rita apenas pudo sostener el celular. Quiso responder, pero el aparato resbaló de su palma y cayó al piso.—¿Estás tirando cosas? —La voz de Vicente, aún más seca y distante, la atravesó como un cuchillo—. Rita, deja de portarte caprichosa. Ya deberías saberlo: hacer berrinche frente a quien no te quiere es perder el tiempo.Al no recibir respuesta, Vicente perdió lo poco que le quedaba de paciencia.De pronto, como si recordara algo, agregó:—Si al menos me llamaras hermano, hoy es mi boda, ¿sabes? Si te atreves a venir y llamas a Guillermina “hermana” delante de todos, tal vez podrías regresar a casa.Y, sin más, colgó.Regresar a casa.Ella ya no podría volver jamás. La familia Samper nunca fue su hogar.El teléfono emitió un pitido cuando la llamada terminó. Para ese momento, Rita ya había sido subida a la ambulancia.Iba tendida sobre una camilla angosta.Siempre les tuvo miedo a las ambulancias.La última vez que estuvo en una, su papá había dado la vida para salvar a Vicente y su hermana. Rita, siendo apenas una niña, presenció cómo su padre exhalaba su último suspiro.Vicente le juró entonces que la protegería por siempre. Pero hoy, él elegía a otra mujer.Rita sabía que sus heridas eran graves. Miraba el techo de la ambulancia, pero de pronto, sus ojos se enfocaron en el rostro del doctor—en el rostro de alguien conocido—.—Eres tú... Dr. Gutiérrez…Cuando la familia Samper la echó a la calle y casi la hicieron caer en una trampa que pudo costarle la salud, fue Dr. Gutiérrez quien le tendió la mano.Nunca imaginó que, estando al borde de la muerte, volvería a ser él quien intentara salvarla.Los recuerdos la agotaban. Rita sentía que el sueño la vencía.Davis Gutiérrez, con los ojos enrojecidos, le hablaba al oído una y otra vez:—Rita, no te duermas.—Rita, aguanta, por favor.En la sala de urgencias, médicos y enfermeros luchaban contra la muerte, como si pelearan con el mismísimo diablo.Mientras tanto, en la fiesta de la boda, Vicente inclinaba la cabeza para besar a su flamante esposa.Un pitido largo.La línea del monitor cardíaco se volvió recta. La vida de Rita se apagó.Pero alguien no estaba dispuesto a rendirse. Sosteniendo el desfibrilador, Dr. Gutiérrez se negaba a dejarla ir, sudando a mares por el esfuerzo.—Dr. Gutiérrez, las heridas son demasiado graves… déjela partir en paz —dijo su asistente, sujetándolo del brazo, sin atreverse a mirarlo a los ojos.El famoso Dr. Gutiérrez, conocido por su destreza y su temple inquebrantable, esa tarde perdía el control como nunca.Parecía increíble.Davis, con sumo cuidado, tomó la mano helada de Rita. Un grito desgarrador y desesperado brotó de su garganta, como el aullido de un animal herido…Todo el personal de la sala guardó silencio, conteniendo el aliento....Hotel Paraíso, suite presidencial.—Riti… —Una mano grande recorría la cintura de Rita, subiendo despacio. El aliento tibio y cargado de alcohol le rozó el cuello, y su cuerpo tembló.Rita abrió los ojos. Al mirar a su alrededor, se quedó pasmada.¿Seguía viva?Aturdida, escuchó de nuevo esa voz grave y tan familiar colándose en su oído:—Riti, te amo.¿Vicente?En cuanto reconoció la voz, Rita comprendió todo.Rita no murió. En vez de eso, despertó de nuevo un año atrás, justo el día en que Vicente y Guillermina Jiménez celebraban su fiesta de compromiso.Recordaba cada detalle de ese día con una claridad que le helaba la sangre...En la fiesta, Rita aceptó una copa de vino tinto que le ofreció su futura cuñada, Guillermina. No sospechó nada extraño, pero a poco de tomarla, el corazón le empezó a latir con fuerza, la cabeza le daba vueltas y sintió que todo giraba. Pensando que sólo necesitaba recostarse, subió hacia una de las habitaciones de huéspedes para descansar.Nunca se imaginó que el vino estaría tan cargado. Apenas entró al ascensor, sus ojos comenzaron a oscurecerse. Al final, fue el personal del evento quien la llevó desmayada hasta la habitación.Cuando Rita recobró el sentido, el mundo se le vino abajo: estaba acostada en los brazos de su hermano adoptivo, Vicente.Y lo peor era que Vicente, borracho y fuera de sí, intentaba aprovecharse de ella a la fuerza.Rita apenas pudo reaccionar para defenderse cuando Guillermina irrumpió en la habitación acompañada de varios invitados, como si llevaran tiempo esperando ese momento, listos para acusarla.No había hecho nada malo, pero igual la tacharon de cualquiera, la peor etiqueta para una mujer en esa familia.Los padres de los Samper no dudaron en echarle toda la culpa a Rita, como si ella hubiera planeado todo desde el principio.Clemente Samper fue más allá: amarró a Rita y la arrastró hasta la habitación de la familia Jiménez, obligándola a arrodillarse ante el señor Jiménez para pedirle perdón.Rita se negó a rendirse, así que la golpearon con un cinturón hasta dejarla inconsciente, tirada en el suelo. Al final, la familia Samper terminó por echarla de la casa, sin mirar atrás.Su hermana de crianza, Luna Samper, fingió compasión y le consiguió un trabajo como asistente de una famosa actriz en el mundo del espectáculo, pero en realidad se había puesto de acuerdo con la actriz para intentar que Rita se contagiara de VIH.Y ese accidente automovilístico al final… tal vez también fue obra de los Samper.En esa familia, todos la empujaron directo al infierno, sin misericordia.Mientras lo recordaba todo, la rabia le brotó desde lo más hondo. Era un odio tan puro y feroz que hizo que el efecto del sedante desapareciera de su cuerpo.Rita apretó los puños y avanzó directo hacia Vicente. Con una voz dulce, tan suave que cualquiera habría caído en la trampa, preguntó:—Oye, hermano, ¿ya te fijaste bien en quién soy?Vicente, aunque tenía la mirada algo perdida por el alcohol, todavía reconocía la figura que tenía frente a él.La chica frente a sus ojos, con apenas un toque de maquillaje, tenía un rostro tan bonito que cabía en la palma de su mano. Sus rasgos finos y llamativos le resultaban demasiado familiares.No podía equivocarse.Vicente, con voz baja y llena de ternura, pronunció el nombre de Rita:—…Riti.Al escuchar ese “Riti”, una sonrisa envenenada se dibujó en el rostro de Rita, teñida de rabia y resentimiento. Contestó con ironía:—¿Me estabas declarando tu amor hace un rato?—¿Que me amas?Vicente tironeó de la corbata, como si no pudiera respirar, y la miró con una intensidad que atravesaba todo. Contestó con la voz ronca:—Riti, desde siempre, la única que he amado eres tú.—¡Perfecto! —replicó Rita, casi riéndose de la situación—. ¡Perfecto!Sin dudarlo, se giró, tomó el secador de cabello que estaba sobre la mesa del vestíbulo y lo descargó una y otra vez contra la cabeza de Vicente.—¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!—Vicente quedó tan aturdido que apenas y podía mantenerse de pie. Al final, se desplomó contra la pared y terminó sentado en el suelo, sin fuerzas.Rita, con movimientos expertos, enrolló el cable del secador alrededor del cuello de Vicente. Tiró del cable, arrastrándolo por el suelo de la habitación.El aire comenzó a faltarle a Vicente. En ese instante, el miedo lo sacudió y la borrachera se le fue de golpe.Desesperado, forcejeaba intentando meter los dedos entre el cable y su cuello, pero no podía hacer nada: el cable estaba tan apretado que cada intento era inútil.Poco a poco, la lucha de Vicente perdió fuerza.Cuando Rita sintió que Vicente apenas podía respirar, se detuvo.Se paró con un pie en el pecho de Vicente, se inclinó y, usando el secador, le dio golpecitos en la frente. Le habló con voz dura, cada palabra como un golpe:—A ver, dime, ¿todavía me amas, hermano?Vicente abrió los ojos poco a poco, sintiendo cómo la confusión se apoderaba de él al ver el cambio radical en la actitud de Rita.¿Dónde había quedado esa Rita cálida y sumisa, la novia de su primer amor que siempre le sonreía y seguía cada una de sus palabras?—Riti, tú...—¡Cállate! ¡Basura! ¡Ya terminamos hace tiempo! ¡Ni creas que puedes seguir llamándome Riti! —Rita le empujó la boquilla del secador directo a la boca de Vicente, sin ningún titubeo.Los ojos de Vicente se abrieron aún más de la impresión.En ese instante, la puerta de la habitación comenzó a ser golpeada con fuerza, y la voz de Guillermina, cargada de furia, retumbó en el pasillo:—¡Rita! ¡Sebastián Jiménez! ¡Abran la puerta, sé perfectamente que están ahí adentro!—¡Descarada! ¡Cómo te atreves a coquetear con mi hermano en plena fiesta de compromiso!Al ver que nadie abría, Guillermina se giró hacia el gerente del hotel y le gritó:—¡Usa la tarjeta! ¡Abre la puerta ya!El gerente, que no se atrevía a contradecir a Guillermina porque el hotel pertenecía a la familia Jiménez, se acercó temblando y pasó la tarjeta por el lector.Guillermina abrió la puerta de golpe y, acompañada de un grupo de jóvenes ansiosos por el espectáculo, irrumpió en la habitación para atrapar a los infieles.Pero al entrar, la escena la dejó sin palabras.El hombre que estaba con Rita no era su medio hermano Sebastián, sino nada menos que su propio prometido, Vicente.—¡Aaaah! —el grito de Guillermina retumbó por todo el piso—. ¡Rita, ¿cómo pudiste estar con Vicente?!Rita, pálida y agotada, se sostenía contra la pared, con una pierna presionando el pecho de Vicente, que seguía en el suelo atónito.El cabello negro de Rita, que antes llevaba recogido con una peineta de jade, ahora caía desordenado alrededor de su rostro, dándole un aire aún más impactante y cautivador.La mirada de Rita, dura como el acero, se clavó en Guillermina. Habló con un tono tan misterioso como peligroso:—Señorita Jiménez, ¿entonces según tú, con quién se supone que debo estar?Guillermina se quedó muda, como si le hubieran arrancado la voz de golpe.Rita la miró fijamente y siguió, sin dejarle tiempo para reaccionar:—¿Así que esto estaba planeado? ¿Te aseguraste de llegar justo a tiempo para atraparme con tu hermano mayor? ¿Querías un escándalo para arruinar la reputación de dos personas a la vez? ¡Qué jugada tan astuta, matando dos pájaros de un tiro!Al terminar, Rita le dedicó una sonrisa de burla y le lanzó otra pregunta venenosa:—Señorita Jiménez, ¿qué se siente ponerte los cuernos a ti misma?Guillermina, que intentaba usar a Rita como chivo expiatorio, ahora se arrepentía al máximo de haber planeado todo.Pero el escándalo ya había explotado, así que necesitaba salvarse como fuera.Se irguió y fingió indignación:—¡Rita, no inventes! ¡Solo subí porque me dijeron que entraste a la habitación de mi hermano y él no estaba abajo! ¡Jamás me imaginé que ibas a atreverte a seducir a mi prometido!—La familia Samper te crió, y así les pagas, metiéndote con el hijo mayor. ¿Así agradeces todo lo que hicieron por ti? ¡Eres una desagradecida!Guillermina sabía perfectamente lo que pasaba entre Rita y Vicente, pero fingía ser la víctima para quedar libre de culpa.Rita, ya harta de tanta hipocresía, decidió terminar con el teatro. Se quitó la peineta de jade del cabello y, sin vacilar, la hundió en su brazo izquierdo.La piel se abrió al instante, el dolor agudo le ayudó a resistir los efectos extraños del medicamento que le habían dado.Rita respiró profundo, apretando la peineta ensangrentada en la mano, y su voz sonó tan decidida que hasta el aire se sintió tenso:—Sospecho que alguien puso algo en mi copa. Exijo un análisis de sangre y quiero que la policía investigue.Esta vez, no pensaba dejar que la manipularan. No cargaría con la fama de ser una cualquiera.Al escucharla hablar de policías y análisis, a Guillermina se le borró el color del rostro.Fue entonces que una figura vestida de azul se abrió paso entre el grupo, acercándose a Guillermina por detrás.—Guillermina.La que llegó era una mujer de curvas marcadas, con un vestido azul de tirantes decorado con diminutos destellos, como si llevara un pedazo de cielo nocturno sobre la piel. Su cabello negro, ondulado en pequeños rizos, caía por su espalda como algas suaves y brillantes.La piel de la recién llegada era tan clara que parecía una perla recién salida del mar.Esa mujer era Luna, la hermana menor de Vicente. Además de ser actriz reconocida, era famosa en la alta sociedad por su imagen de chica buena y solidaria.En su vida pasada, Rita había confiado en esa supuesta “hermana buena”, y por poco arruina su vida para siempre.Luna se acercó con su tono dulce y reconfortante:—Guillermina, tranquila. Todos sabemos lo bien que te llevas con tu hermano, ¿cómo vas a ser tan tonta como para drogar a Rita y terminar involucrando a tu propio prometido? Seguro todo es un malentendido; Rita está alterada y ha sacado conclusiones precipitadas.Con esas palabras, Luna logró calmar a Guillermina, que poco a poco recuperó la compostura.Al ver que Vicente seguía consciente y que la ropa de Rita estaba en su lugar, Guillermina decidió que lo mejor era minimizar el escándalo.—Rita, lo de hoy fue solo un malentendido. Dejémoslo así....