Mi prometido, aún amando a su antiguo amor ahora padeciendo una enfermedad terminal, hizo una solicitud inconcebible: deseaba que yo le cediera la boda que había planeado meticulosamente, e incluso quería que yo fuese la dama de honor. Incrédula, la vi caminando al altar usando el vestido de novia que yo misma habia confeccionado y las joyas que seleccioné con tanto cuidado y aprecio, todo esto al lado del hombre con quien yo tenía planeado casarme. A pesar de que se encontraba al borde de la muerte, aguanté todo esto. Pero que intentara apoderarse de la pulsera que me legó mi difunta madre, ¡eso ya era demasiado! En la subasta, mi despreciable prometido, defendiendo a su exnovia, no dejó de incrementar la puja por la pulsera, hasta llegar a los doscientos millones. Despojada por esos parásitos de su familia, no pude más que ver cómo el recuerdo familiar que tanto valoraba caía en manos de esa pareja despreciable. De repente, una voz elegante y distante irrumpió: "Trescientos millones." Para asombro de todos, resultó ser Hilario Suárez, el heredero de la misteriosa y retraída familia Suárez. El subastador anunció, "La prenda se concede a la señorita Ayala". Recogí mi pulsera y agradecí a Hilario, "Señor Suárez, le aseguro que le devolveré cuánto antes estos trescientos millones." Hilario frunció el ceño y me preguntó en voz baja: "Amanda Ayala, ¿es posible que ya no me recuerdes?"

Capítulo 1Dicen que el matrimonio es la tumba del amor, pero, a fin de cuentas, mejor descansar en paz bajo tierra que terminar tirada y olvidada en el camino.Después de más de dos meses cosiendo con mis propias manos, por fin terminé mi vestido de novia.A la luz de las lámparas, el vestido brillaba: blanco, elegante, con destellos que parecían robarle el aliento a cualquiera. Era tan bonito que hasta dudaba de haberlo hecho yo misma.Durante noches enteras me imaginé ese momento: caminando hacia el altar, envuelta en esa tela, con la mirada fija en el hombre que amo. Hasta en mis sueños no podía evitar reír de la emoción.Desde los diecinueve hasta los veinticinco, seis años. Por fin, mi amor estaba a punto de “descansar en paz”.Pero no contaba con que, al despertar, toda esa felicidad se esfumara, como si solo hubiera sido una ilusión.[Amanda, el señor Galán vino esta mañana al taller y se llevó el vestido de novia, ¿lo va a llevar a casa?] La voz de Josefa, mi asistente, llegó con un dejo de duda.Apenas me estaba despertando. La cabeza me daba vueltas y, al oírla, le pregunté sin entender mucho:—¿Darío Galán se llevó mi vestido de novia?—Sí, ¿no sabías nada?—No, déjame preguntarle.Colgué y, al ir despertando más, no le encontraba sentido a que Darío hubiera ido por el vestido tan temprano.En la casa ya casi no cabía nada de tantos adornos para la boda. Yo había planeado recoger el vestido hasta un día antes de la ceremonia.Intenté llamarle, pero no contestó. Estaba por marcarle otra vez cuando él devolvió la llamada.—¿Bueno, Darío? —pregunté directo—. ¿Te llevaste el vestido de novia?—Sí —respondió, y esas dos letras sonaron con un cansancio y una voz ronca que nunca le había escuchado.Arrugué la frente, preocupada:—¿Te pasa algo? ¿Estás enfermo?Hubo un silencio breve del otro lado. Cuando habló, lo hizo con una calma tan cortante que me descolocó.—Amanda Ayala, nuestra boda… mejor cancelémosla.Sentí que me retumbaban los oídos. Todo en mi cabeza se volvió un caos.—¿Por qué?—A Paola Ayala le detectaron cáncer en fase terminal. Los doctores dicen que, como mucho, le quedan tres meses.El asombro fue creciendo en mi pecho, tan hondo que no me salía ni una palabra.Por unos segundos, llegué a pensar que, por fin, el destino se llevaba a ese desastre de persona.—¿Y eso qué tiene que ver con nuestra boda?—El último deseo de Paola es casarse conmigo, así se iría sin arrepentimientos —soltó Darío, y antes de que pudiera abrir la boca, él siguió hablando—. Sé que te estoy pidiendo algo absurdo, pero ya va a morir, ¿no podrías tenerle compasión?Me quedé con la boca entreabierta, como si acabara de escuchar el peor chiste del mundo. Tardé en reaccionar, y cuando lo hice, lo único que me salió fue una risa seca.—¿Darío, te estás escuchando? ¿Sabes lo que dices?Él no dudó ni un segundo:—Estoy perfectamente consciente. Amanda, quiero casarme con Paola y cumplir su último deseo. Sé que no es justo para ti. Como compensación, estoy dispuesto a traspasarte el cincuenta por ciento de las acciones de la empresa. Piénsalo.Sentí que el cuerpo se me entumecía, como si me hubieran cortado los hilos de marioneta.—¿Y si no acepto?A Darío ya se le notaba el fastidio.—Amanda, ¿de verdad no puedes ser un poco más buena onda? Paola es tu hermana, va a morir. Solo te pide esto antes de irse, ¿y ni así puedes ayudarla?¿Pues qué lógica es esa?No pude evitar el sarcasmo.—Si tanto te importa, ¿por qué no te lanzas con ella después, cuando se muera? Así cumplen el paquete completo.—Tú… —Darío se quedó sin palabras, y tras unos segundos, cambió el tono—. De todas formas, ya me traje el vestido al hospital. Paola tiene casi la misma talla que tú, así que le va a quedar perfecto.Ni siquiera terminó de hablar cuando, en el fondo, escuché otra voz familiar:—¡Darío, Paola ya despertó!—Ya voy —respondió él, ahora con prisa—. Amanda, espero tu respuesta pronto.Y sin esperar que dijera nada más, colgó la llamada.Esa voz que lo llamó era inconfundible: la esposa actual de mi papá, Verónica Ayala. O sea, mi madrastra. La mamá de Paola.¿En qué momento se convirtieron en una familia tan unida y cariñosa? Yo ni siquiera me enteré.Me quedé mirando el celular, sentada en la cama, con el corazón repleto de rabia e impotencia. Qué ironía tan cruel.Hace años, Verónica le arrebató el esposo a mi mamá. Ahora resulta que su hija, Paola, quiere quitarme el mío.De tal palo, tal astilla, pensé con amargura.Hace más de diez años, mis papás se divorciaron. No habían pasado ni tres meses cuando mi papá trajo a Verónica a la casa, haciendo gala de su nueva conquista.Verónica llegó acompañada de un hijo y una hija, mellizos, apenas dos años menores que yo.Después, sin querer, descubrí la verdad: eran hijos biológicos de mi papá. Es decir, mis hermanos por parte de papá, aunque de distinta madre.O sea, mi papá llevaba años engañando a mamá, tenía otra familia, y hasta los hijos le llevaban solo dos años a la hija "legítima".Cuando mi mamá se enteró de todo, explotó de coraje. Decidió volver a pelear en tribunales, exigiendo una segunda repartición de bienes.Mi mamá quería asegurarse de que yo no quedara desprotegida, de que no todo terminara en manos de esa mujer y sus hijos.Pero mi papá resultó ser más cruel de lo que pensé. No solo rechazó la petición de mamá, sino que fue más allá: prácticamente se apoderó de la mayoría de los negocios que mis abuelos maternos levantaron con tanto esfuerzo.Mi abuelo se enfermó de la impresión, quedó al borde de la muerte.En la familia ni siquiera había dinero suficiente para atenderlo. Mamá vendió hasta la última reliquia familiar, hizo de todo para juntar lo necesario y tratar de salvar a mi abuelo, pero ni así pudo retenerlo a su lado.La culpa la devoró. Mamá se sentía responsable por la muerte de mi abuelo, y terminó hundida en una depresión severa. Poco después, le diagnosticaron cáncer de mama, y no tardó en irse también.A mi mamá, en el fondo, la mató la rabia por culpa de mi papá.La muerte de mi abuelo y la de mamá nos destrozaron tanto a mi abuela como a mí. Yo era apenas una niña, pero desde entonces juré en silencio que lo que me correspondía, lo que le pertenecía a mi mamá y a mí, lo recuperaría por las buenas o por las malas. Y lo haría el doble.Durante estos años, a base de mi propio esfuerzo, levanté mi carrera hasta la cima. Ahora, estaba a punto de casarme con Darío, el heredero de la familia Galán, mi amigo de la infancia.Creí que, con el apoyo y el amor de alguien como él, juntos seríamos imparables. Pero nunca imaginé que terminaría perdiéndolo justo antes de la boda, y nada menos que por culpa de la hija de esa mujer.¿Desde cuándo Darío y Paola se volvieron tan cercanos?¿Fue desde la primera vez que Paola se arremangó para donarle sangre a Darío?¿O cuando Paola se metió a la cocina solo para prepararle algo especial?¿O tal vez esa vez, cuando Paola, al cumplir dieciocho, soltó frente a todos: —La persona que más amo en esta vida es Darío. Si no puedo casarme con él, prefiero morirme?Aunque para entonces Darío y yo ya éramos pareja oficial, su declaración valiente hizo que todos la felicitaran por su coraje.Pero dime, Darío, si por eso piensas casarte con ella, ¿entonces todo lo que hice por ti estos años qué significa?Tienes un tipo de sangre raro. Te doné sangre durante cinco años, hasta que tu enfermedad se curó por completo.Eras débil, así que me esmeré cocinando platillos saludables, convertí cada comida en un remedio.Cuando estuviste hospitalizado, ¿cuántas noches pasé velando a tu lado, preocupándome hasta el cansancio?¿Y ahora, solo porque Paola está enferma y le diagnosticaron una enfermedad terminal, me traicionas sin pensarlo dos veces, cancelas la boda y corres a refugiarte en sus brazos?Sentí las lágrimas arremolinarse, pero las obligué a regresar. No pensaba llorar por un tipo así, no valía la pena. Ni por mí misma iba a llorar.Después de todo lo que viví en la familia Ayala, de todos los maltratos y humillaciones, aprendí que las lágrimas solo sirven para que los demás se burlen de ti.Si no te parece justo, pelea. Eso sí es un principio de vida.Le marqué al infeliz y le solté:—Darío, si me entregas toda la compañía, te cedo mi lugar de novia. Si estás de acuerdo, regresa esta noche y firmamos el acuerdo.Pensé que se iba a enojar, que me iba a gritar por estar pidiendo una fortuna, pero para mi sorpresa, solo hizo una breve pausa y dijo:—Está bien, nos vemos en la noche.Hace tres años, los dos fundamos juntos una marca de ropa: Ayala Alta Costura. Ahora el negocio está en pleno apogeo.En ese entonces, Darío puso el dinero y yo me encargué del diseño. Para mí, fue como sacar premio sin poner nada.La empresa vale ya varios cientos de millones de pesos y está lista para entrar a la bolsa. El “dinero” no falta, pero él, con tal de estar con Paola, está dispuesto a regalarme la compañía.Vaya, sí que lo suyo es amor verdadero.Me levanté de la cama y miré todos los adornos de boda amontonados por la casa. Me parecían insoportables, como si cada moño fuera una herida abierta. Quise prenderles fuego y dejar todo en cenizas.Llamé a gente para que vinieran y les ordené que empacaran absolutamente todo lo relacionado con él de la casa.¡Qué suerte la mía! Menos mal que insistí en esperar a la noche de bodas para tener intimidad. Si no, aparte de todo, habría perdido mi dignidad. Eso sí sería asqueroso.Cuando por fin terminaron de limpiar todo, me cambié y me arreglé con esmero. Apenas terminé de maquillarme, escuché el motor de un carro en la entrada.Darío había vuelto.Y no venía solo. Con él llegó mi ex futura suegra, Gloria Galán.No pude evitar sorprenderme.¿Así que tenía miedo de que su hijo saliera perdiendo y por eso vino la mamá a supervisar?—Ya llegaron —dije sentada en el sillón, sin molestarme en levantarme. Saludé a Darío y luego miré de reojo a Gloria—. Veo que también vino la señora.El rostro de Gloria se tensó y trató de sonreír.—¿No habías dicho que ya me ibas a llamar mamá? ¿Por qué ahora otra vez me dices señora?Le sonreí y respondí directo:—Mi mamá murió hace años.El mensaje era claro: ella no estaba a su altura.La cara de Gloria se quedó rígida, como si le hubieran dado una bofetada.Darío también tenía el gesto amargo. Se acercó y dijo:—Amanda, el que te falló fui yo. No descargues tu enojo con mi mamá.—Dicen que si el hijo sale malcriado, la culpa es del papá. ¿Entonces te echo la culpa a tu papá?—¡Amanda! —alzó la voz Darío, claramente perdiendo la paciencia.Le lancé una mirada desdeñosa y no mostré ni una pizca de interés.Gloria le jaló la manga a Darío y murmuró:—Hablen bien, no se peleen.Solo entonces Darío se tranquilizó. Se acomodó el pantalón y se sentó en el sillón individual junto a mí.Sacó un documento, lo empujó hacia mí:—Como pediste, la empresa es toda tuya. Y el compromiso entre nosotros, queda cancelado.Alargué la mano, tomé el contrato y le eché un vistazo.—La empresa es la empresa, pero te llevaste mi vestido de novia. Eso también se paga, ¿no? —levanté la vista y lo miré con indiferencia.Darío frunció el ceño, sorprendido de que yo le estuviera cobrando hasta el último centavo.—¿Cuánto cuesta el vestido? —preguntó.—Precio de amiga: un millón de pesos.Gloria se atragantó del susto.—¡Amanda, eso es un robo!—Señora, mi trabajo tiene un precio en el mundo de la moda. ¿Quiere que su hijo se lo explique? —le lancé una mirada cortante.Los dos, madre e hijo, se quedaron callados.—Al final, pueden no llevárselo —me encogí de hombros, como si no me importara, pero cambié de tono—. Pero ese vestido seguro lo quiere Paola. Así que, por más caro que sea, el señor Galán lo va a pagar.Darío me miró sorprendido, como si no se esperara que le leyera tan fácil la mente.Por supuesto que lo sabía.Desde el primer día que Paola pisó la casa de los Ayala, todo lo que yo quería, aunque fuera basura, ella tenía que quitármelo.Un vestido de novia más, un vestido de novia menos, ¿qué más da si tienen dinero para comprar lo que sea?Pero Darío tenía que llevarse justo el que yo hice con mis propias manos. ¿No era obvio que esa era la voluntad de Paola?Como lo esperaba, Darío dudó un momento y luego asintió:—Está bien, un millón.Gloria lo miró horrorizada.—¿Estás loco? ¿Te quema el dinero o qué?—Mamá, no te metas —Darío la ignoró y luego me miró de nuevo—. Paola está enferma, no puede salir a escoger las joyas para la boda. Dice que ya que tú ya seleccionaste todo, mejor se lo pases todo junto.Capítulo 2Dicen que el matrimonio es la tumba del amor, pero, a fin de cuentas, mejor descansar en paz bajo tierra que terminar tirada y olvidada en el camino.Después de más de dos meses cosiendo con mis propias manos, por fin terminé mi vestido de novia.A la luz de las lámparas, el vestido brillaba: blanco, elegante, con destellos que parecían robarle el aliento a cualquiera. Era tan bonito que hasta dudaba de haberlo hecho yo misma.Durante noches enteras me imaginé ese momento: caminando hacia el altar, envuelta en esa tela, con la mirada fija en el hombre que amo. Hasta en mis sueños no podía evitar reír de la emoción.Desde los diecinueve hasta los veinticinco, seis años. Por fin, mi amor estaba a punto de “descansar en paz”.Pero no contaba con que, al despertar, toda esa felicidad se esfumara, como si solo hubiera sido una ilusión.[Amanda, el señor Galán vino esta mañana al taller y se llevó el vestido de novia, ¿lo va a llevar a casa?] La voz de Josefa, mi asistente, llegó con un dejo de duda.Apenas me estaba despertando. La cabeza me daba vueltas y, al oírla, le pregunté sin entender mucho:—¿Darío Galán se llevó mi vestido de novia?—Sí, ¿no sabías nada?—No, déjame preguntarle.Colgué y, al ir despertando más, no le encontraba sentido a que Darío hubiera ido por el vestido tan temprano.En la casa ya casi no cabía nada de tantos adornos para la boda. Yo había planeado recoger el vestido hasta un día antes de la ceremonia.Intenté llamarle, pero no contestó. Estaba por marcarle otra vez cuando él devolvió la llamada.—¿Bueno, Darío? —pregunté directo—. ¿Te llevaste el vestido de novia?—Sí —respondió, y esas dos letras sonaron con un cansancio y una voz ronca que nunca le había escuchado.Arrugué la frente, preocupada:—¿Te pasa algo? ¿Estás enfermo?Hubo un silencio breve del otro lado. Cuando habló, lo hizo con una calma tan cortante que me descolocó.—Amanda Ayala, nuestra boda… mejor cancelémosla.Sentí que me retumbaban los oídos. Todo en mi cabeza se volvió un caos.—¿Por qué?—A Paola Ayala le detectaron cáncer en fase terminal. Los doctores dicen que, como mucho, le quedan tres meses.El asombro fue creciendo en mi pecho, tan hondo que no me salía ni una palabra.Por unos segundos, llegué a pensar que, por fin, el destino se llevaba a ese desastre de persona.—¿Y eso qué tiene que ver con nuestra boda?—El último deseo de Paola es casarse conmigo, así se iría sin arrepentimientos —soltó Darío, y antes de que pudiera abrir la boca, él siguió hablando—. Sé que te estoy pidiendo algo absurdo, pero ya va a morir, ¿no podrías tenerle compasión?Me quedé con la boca entreabierta, como si acabara de escuchar el peor chiste del mundo. Tardé en reaccionar, y cuando lo hice, lo único que me salió fue una risa seca.—¿Darío, te estás escuchando? ¿Sabes lo que dices?Él no dudó ni un segundo:—Estoy perfectamente consciente. Amanda, quiero casarme con Paola y cumplir su último deseo. Sé que no es justo para ti. Como compensación, estoy dispuesto a traspasarte el cincuenta por ciento de las acciones de la empresa. Piénsalo.Sentí que el cuerpo se me entumecía, como si me hubieran cortado los hilos de marioneta.—¿Y si no acepto?A Darío ya se le notaba el fastidio.—Amanda, ¿de verdad no puedes ser un poco más buena onda? Paola es tu hermana, va a morir. Solo te pide esto antes de irse, ¿y ni así puedes ayudarla?¿Pues qué lógica es esa?No pude evitar el sarcasmo.—Si tanto te importa, ¿por qué no te lanzas con ella después, cuando se muera? Así cumplen el paquete completo.—Tú… —Darío se quedó sin palabras, y tras unos segundos, cambió el tono—. De todas formas, ya me traje el vestido al hospital. Paola tiene casi la misma talla que tú, así que le va a quedar perfecto.Ni siquiera terminó de hablar cuando, en el fondo, escuché otra voz familiar:—¡Darío, Paola ya despertó!—Ya voy —respondió él, ahora con prisa—. Amanda, espero tu respuesta pronto.Y sin esperar que dijera nada más, colgó la llamada.Esa voz que lo llamó era inconfundible: la esposa actual de mi papá, Verónica Ayala. O sea, mi madrastra. La mamá de Paola.¿En qué momento se convirtieron en una familia tan unida y cariñosa? Yo ni siquiera me enteré.Me quedé mirando el celular, sentada en la cama, con el corazón repleto de rabia e impotencia. Qué ironía tan cruel.Hace años, Verónica le arrebató el esposo a mi mamá. Ahora resulta que su hija, Paola, quiere quitarme el mío.De tal palo, tal astilla, pensé con amargura.Hace más de diez años, mis papás se divorciaron. No habían pasado ni tres meses cuando mi papá trajo a Verónica a la casa, haciendo gala de su nueva conquista.Verónica llegó acompañada de un hijo y una hija, mellizos, apenas dos años menores que yo.Después, sin querer, descubrí la verdad: eran hijos biológicos de mi papá. Es decir, mis hermanos por parte de papá, aunque de distinta madre.O sea, mi papá llevaba años engañando a mamá, tenía otra familia, y hasta los hijos le llevaban solo dos años a la hija "legítima".Cuando mi mamá se enteró de todo, explotó de coraje. Decidió volver a pelear en tribunales, exigiendo una segunda repartición de bienes.Mi mamá quería asegurarse de que yo no quedara desprotegida, de que no todo terminara en manos de esa mujer y sus hijos.Pero mi papá resultó ser más cruel de lo que pensé. No solo rechazó la petición de mamá, sino que fue más allá: prácticamente se apoderó de la mayoría de los negocios que mis abuelos maternos levantaron con tanto esfuerzo.Mi abuelo se enfermó de la impresión, quedó al borde de la muerte.En la familia ni siquiera había dinero suficiente para atenderlo. Mamá vendió hasta la última reliquia familiar, hizo de todo para juntar lo necesario y tratar de salvar a mi abuelo, pero ni así pudo retenerlo a su lado.La culpa la devoró. Mamá se sentía responsable por la muerte de mi abuelo, y terminó hundida en una depresión severa. Poco después, le diagnosticaron cáncer de mama, y no tardó en irse también.A mi mamá, en el fondo, la mató la rabia por culpa de mi papá.La muerte de mi abuelo y la de mamá nos destrozaron tanto a mi abuela como a mí. Yo era apenas una niña, pero desde entonces juré en silencio que lo que me correspondía, lo que le pertenecía a mi mamá y a mí, lo recuperaría por las buenas o por las malas. Y lo haría el doble.Durante estos años, a base de mi propio esfuerzo, levanté mi carrera hasta la cima. Ahora, estaba a punto de casarme con Darío, el heredero de la familia Galán, mi amigo de la infancia.Creí que, con el apoyo y el amor de alguien como él, juntos seríamos imparables. Pero nunca imaginé que terminaría perdiéndolo justo antes de la boda, y nada menos que por culpa de la hija de esa mujer.¿Desde cuándo Darío y Paola se volvieron tan cercanos?¿Fue desde la primera vez que Paola se arremangó para donarle sangre a Darío?¿O cuando Paola se metió a la cocina solo para prepararle algo especial?¿O tal vez esa vez, cuando Paola, al cumplir dieciocho, soltó frente a todos: —La persona que más amo en esta vida es Darío. Si no puedo casarme con él, prefiero morirme?Aunque para entonces Darío y yo ya éramos pareja oficial, su declaración valiente hizo que todos la felicitaran por su coraje.Pero dime, Darío, si por eso piensas casarte con ella, ¿entonces todo lo que hice por ti estos años qué significa?Tienes un tipo de sangre raro. Te doné sangre durante cinco años, hasta que tu enfermedad se curó por completo.Eras débil, así que me esmeré cocinando platillos saludables, convertí cada comida en un remedio.Cuando estuviste hospitalizado, ¿cuántas noches pasé velando a tu lado, preocupándome hasta el cansancio?¿Y ahora, solo porque Paola está enferma y le diagnosticaron una enfermedad terminal, me traicionas sin pensarlo dos veces, cancelas la boda y corres a refugiarte en sus brazos?Sentí las lágrimas arremolinarse, pero las obligué a regresar. No pensaba llorar por un tipo así, no valía la pena. Ni por mí misma iba a llorar.Después de todo lo que viví en la familia Ayala, de todos los maltratos y humillaciones, aprendí que las lágrimas solo sirven para que los demás se burlen de ti.Si no te parece justo, pelea. Eso sí es un principio de vida.Le marqué al infeliz y le solté:—Darío, si me entregas toda la compañía, te cedo mi lugar de novia. Si estás de acuerdo, regresa esta noche y firmamos el acuerdo.Pensé que se iba a enojar, que me iba a gritar por estar pidiendo una fortuna, pero para mi sorpresa, solo hizo una breve pausa y dijo:—Está bien, nos vemos en la noche.Hace tres años, los dos fundamos juntos una marca de ropa: Ayala Alta Costura. Ahora el negocio está en pleno apogeo.En ese entonces, Darío puso el dinero y yo me encargué del diseño. Para mí, fue como sacar premio sin poner nada.La empresa vale ya varios cientos de millones de pesos y está lista para entrar a la bolsa. El “dinero” no falta, pero él, con tal de estar con Paola, está dispuesto a regalarme la compañía.Vaya, sí que lo suyo es amor verdadero.Me levanté de la cama y miré todos los adornos de boda amontonados por la casa. Me parecían insoportables, como si cada moño fuera una herida abierta. Quise prenderles fuego y dejar todo en cenizas.Llamé a gente para que vinieran y les ordené que empacaran absolutamente todo lo relacionado con él de la casa.¡Qué suerte la mía! Menos mal que insistí en esperar a la noche de bodas para tener intimidad. Si no, aparte de todo, habría perdido mi dignidad. Eso sí sería asqueroso.Cuando por fin terminaron de limpiar todo, me cambié y me arreglé con esmero. Apenas terminé de maquillarme, escuché el motor de un carro en la entrada.Darío había vuelto.Y no venía solo. Con él llegó mi ex futura suegra, Gloria Galán.No pude evitar sorprenderme.¿Así que tenía miedo de que su hijo saliera perdiendo y por eso vino la mamá a supervisar?—Ya llegaron —dije sentada en el sillón, sin molestarme en levantarme. Saludé a Darío y luego miré de reojo a Gloria—. Veo que también vino la señora.El rostro de Gloria se tensó y trató de sonreír.—¿No habías dicho que ya me ibas a llamar mamá? ¿Por qué ahora otra vez me dices señora?Le sonreí y respondí directo:—Mi mamá murió hace años.El mensaje era claro: ella no estaba a su altura.La cara de Gloria se quedó rígida, como si le hubieran dado una bofetada.Darío también tenía el gesto amargo. Se acercó y dijo:—Amanda, el que te falló fui yo. No descargues tu enojo con mi mamá.—Dicen que si el hijo sale malcriado, la culpa es del papá. ¿Entonces te echo la culpa a tu papá?—¡Amanda! —alzó la voz Darío, claramente perdiendo la paciencia.Le lancé una mirada desdeñosa y no mostré ni una pizca de interés.Gloria le jaló la manga a Darío y murmuró:—Hablen bien, no se peleen.Solo entonces Darío se tranquilizó. Se acomodó el pantalón y se sentó en el sillón individual junto a mí.Sacó un documento, lo empujó hacia mí:—Como pediste, la empresa es toda tuya. Y el compromiso entre nosotros, queda cancelado.Alargué la mano, tomé el contrato y le eché un vistazo.—La empresa es la empresa, pero te llevaste mi vestido de novia. Eso también se paga, ¿no? —levanté la vista y lo miré con indiferencia.Darío frunció el ceño, sorprendido de que yo le estuviera cobrando hasta el último centavo.—¿Cuánto cuesta el vestido? —preguntó.—Precio de amiga: un millón de pesos.Gloria se atragantó del susto.—¡Amanda, eso es un robo!—Señora, mi trabajo tiene un precio en el mundo de la moda. ¿Quiere que su hijo se lo explique? —le lancé una mirada cortante.Los dos, madre e hijo, se quedaron callados.—Al final, pueden no llevárselo —me encogí de hombros, como si no me importara, pero cambié de tono—. Pero ese vestido seguro lo quiere Paola. Así que, por más caro que sea, el señor Galán lo va a pagar.Darío me miró sorprendido, como si no se esperara que le leyera tan fácil la mente.Por supuesto que lo sabía.Desde el primer día que Paola pisó la casa de los Ayala, todo lo que yo quería, aunque fuera basura, ella tenía que quitármelo.Un vestido de novia más, un vestido de novia menos, ¿qué más da si tienen dinero para comprar lo que sea?Pero Darío tenía que llevarse justo el que yo hice con mis propias manos. ¿No era obvio que esa era la voluntad de Paola?Como lo esperaba, Darío dudó un momento y luego asintió:—Está bien, un millón.Gloria lo miró horrorizada.—¿Estás loco? ¿Te quema el dinero o qué?—Mamá, no te metas —Darío la ignoró y luego me miró de nuevo—. Paola está enferma, no puede salir a escoger las joyas para la boda. Dice que ya que tú ya seleccionaste todo, mejor se lo pases todo junto.Capítulo 3Dicen que el matrimonio es la tumba del amor, pero, a fin de cuentas, mejor descansar en paz bajo tierra que terminar tirada y olvidada en el camino.Después de más de dos meses cosiendo con mis propias manos, por fin terminé mi vestido de novia.A la luz de las lámparas, el vestido brillaba: blanco, elegante, con destellos que parecían robarle el aliento a cualquiera. Era tan bonito que hasta dudaba de haberlo hecho yo misma.Durante noches enteras me imaginé ese momento: caminando hacia el altar, envuelta en esa tela, con la mirada fija en el hombre que amo. Hasta en mis sueños no podía evitar reír de la emoción.Desde los diecinueve hasta los veinticinco, seis años. Por fin, mi amor estaba a punto de “descansar en paz”.Pero no contaba con que, al despertar, toda esa felicidad se esfumara, como si solo hubiera sido una ilusión.[Amanda, el señor Galán vino esta mañana al taller y se llevó el vestido de novia, ¿lo va a llevar a casa?] La voz de Josefa, mi asistente, llegó con un dejo de duda.Apenas me estaba despertando. La cabeza me daba vueltas y, al oírla, le pregunté sin entender mucho:—¿Darío Galán se llevó mi vestido de novia?—Sí, ¿no sabías nada?—No, déjame preguntarle.Colgué y, al ir despertando más, no le encontraba sentido a que Darío hubiera ido por el vestido tan temprano.En la casa ya casi no cabía nada de tantos adornos para la boda. Yo había planeado recoger el vestido hasta un día antes de la ceremonia.Intenté llamarle, pero no contestó. Estaba por marcarle otra vez cuando él devolvió la llamada.—¿Bueno, Darío? —pregunté directo—. ¿Te llevaste el vestido de novia?—Sí —respondió, y esas dos letras sonaron con un cansancio y una voz ronca que nunca le había escuchado.Arrugué la frente, preocupada:—¿Te pasa algo? ¿Estás enfermo?Hubo un silencio breve del otro lado. Cuando habló, lo hizo con una calma tan cortante que me descolocó.—Amanda Ayala, nuestra boda… mejor cancelémosla.Sentí que me retumbaban los oídos. Todo en mi cabeza se volvió un caos.—¿Por qué?—A Paola Ayala le detectaron cáncer en fase terminal. Los doctores dicen que, como mucho, le quedan tres meses.El asombro fue creciendo en mi pecho, tan hondo que no me salía ni una palabra.Por unos segundos, llegué a pensar que, por fin, el destino se llevaba a ese desastre de persona.—¿Y eso qué tiene que ver con nuestra boda?—El último deseo de Paola es casarse conmigo, así se iría sin arrepentimientos —soltó Darío, y antes de que pudiera abrir la boca, él siguió hablando—. Sé que te estoy pidiendo algo absurdo, pero ya va a morir, ¿no podrías tenerle compasión?Me quedé con la boca entreabierta, como si acabara de escuchar el peor chiste del mundo. Tardé en reaccionar, y cuando lo hice, lo único que me salió fue una risa seca.—¿Darío, te estás escuchando? ¿Sabes lo que dices?Él no dudó ni un segundo:—Estoy perfectamente consciente. Amanda, quiero casarme con Paola y cumplir su último deseo. Sé que no es justo para ti. Como compensación, estoy dispuesto a traspasarte el cincuenta por ciento de las acciones de la empresa. Piénsalo.Sentí que el cuerpo se me entumecía, como si me hubieran cortado los hilos de marioneta.—¿Y si no acepto?A Darío ya se le notaba el fastidio.—Amanda, ¿de verdad no puedes ser un poco más buena onda? Paola es tu hermana, va a morir. Solo te pide esto antes de irse, ¿y ni así puedes ayudarla?¿Pues qué lógica es esa?No pude evitar el sarcasmo.—Si tanto te importa, ¿por qué no te lanzas con ella después, cuando se muera? Así cumplen el paquete completo.—Tú… —Darío se quedó sin palabras, y tras unos segundos, cambió el tono—. De todas formas, ya me traje el vestido al hospital. Paola tiene casi la misma talla que tú, así que le va a quedar perfecto.Ni siquiera terminó de hablar cuando, en el fondo, escuché otra voz familiar:—¡Darío, Paola ya despertó!—Ya voy —respondió él, ahora con prisa—. Amanda, espero tu respuesta pronto.Y sin esperar que dijera nada más, colgó la llamada.Esa voz que lo llamó era inconfundible: la esposa actual de mi papá, Verónica Ayala. O sea, mi madrastra. La mamá de Paola.¿En qué momento se convirtieron en una familia tan unida y cariñosa? Yo ni siquiera me enteré.Me quedé mirando el celular, sentada en la cama, con el corazón repleto de rabia e impotencia. Qué ironía tan cruel.Hace años, Verónica le arrebató el esposo a mi mamá. Ahora resulta que su hija, Paola, quiere quitarme el mío.De tal palo, tal astilla, pensé con amargura.Hace más de diez años, mis papás se divorciaron. No habían pasado ni tres meses cuando mi papá trajo a Verónica a la casa, haciendo gala de su nueva conquista.Verónica llegó acompañada de un hijo y una hija, mellizos, apenas dos años menores que yo.Después, sin querer, descubrí la verdad: eran hijos biológicos de mi papá. Es decir, mis hermanos por parte de papá, aunque de distinta madre.O sea, mi papá llevaba años engañando a mamá, tenía otra familia, y hasta los hijos le llevaban solo dos años a la hija "legítima".Cuando mi mamá se enteró de todo, explotó de coraje. Decidió volver a pelear en tribunales, exigiendo una segunda repartición de bienes.Mi mamá quería asegurarse de que yo no quedara desprotegida, de que no todo terminara en manos de esa mujer y sus hijos.Pero mi papá resultó ser más cruel de lo que pensé. No solo rechazó la petición de mamá, sino que fue más allá: prácticamente se apoderó de la mayoría de los negocios que mis abuelos maternos levantaron con tanto esfuerzo.Mi abuelo se enfermó de la impresión, quedó al borde de la muerte.En la familia ni siquiera había dinero suficiente para atenderlo. Mamá vendió hasta la última reliquia familiar, hizo de todo para juntar lo necesario y tratar de salvar a mi abuelo, pero ni así pudo retenerlo a su lado.La culpa la devoró. Mamá se sentía responsable por la muerte de mi abuelo, y terminó hundida en una depresión severa. Poco después, le diagnosticaron cáncer de mama, y no tardó en irse también.A mi mamá, en el fondo, la mató la rabia por culpa de mi papá.La muerte de mi abuelo y la de mamá nos destrozaron tanto a mi abuela como a mí. Yo era apenas una niña, pero desde entonces juré en silencio que lo que me correspondía, lo que le pertenecía a mi mamá y a mí, lo recuperaría por las buenas o por las malas. Y lo haría el doble.Durante estos años, a base de mi propio esfuerzo, levanté mi carrera hasta la cima. Ahora, estaba a punto de casarme con Darío, el heredero de la familia Galán, mi amigo de la infancia.Creí que, con el apoyo y el amor de alguien como él, juntos seríamos imparables. Pero nunca imaginé que terminaría perdiéndolo justo antes de la boda, y nada menos que por culpa de la hija de esa mujer.¿Desde cuándo Darío y Paola se volvieron tan cercanos?¿Fue desde la primera vez que Paola se arremangó para donarle sangre a Darío?¿O cuando Paola se metió a la cocina solo para prepararle algo especial?¿O tal vez esa vez, cuando Paola, al cumplir dieciocho, soltó frente a todos: —La persona que más amo en esta vida es Darío. Si no puedo casarme con él, prefiero morirme?Aunque para entonces Darío y yo ya éramos pareja oficial, su declaración valiente hizo que todos la felicitaran por su coraje.Pero dime, Darío, si por eso piensas casarte con ella, ¿entonces todo lo que hice por ti estos años qué significa?Tienes un tipo de sangre raro. Te doné sangre durante cinco años, hasta que tu enfermedad se curó por completo.Eras débil, así que me esmeré cocinando platillos saludables, convertí cada comida en un remedio.Cuando estuviste hospitalizado, ¿cuántas noches pasé velando a tu lado, preocupándome hasta el cansancio?¿Y ahora, solo porque Paola está enferma y le diagnosticaron una enfermedad terminal, me traicionas sin pensarlo dos veces, cancelas la boda y corres a refugiarte en sus brazos?Sentí las lágrimas arremolinarse, pero las obligué a regresar. No pensaba llorar por un tipo así, no valía la pena. Ni por mí misma iba a llorar.Después de todo lo que viví en la familia Ayala, de todos los maltratos y humillaciones, aprendí que las lágrimas solo sirven para que los demás se burlen de ti.Si no te parece justo, pelea. Eso sí es un principio de vida.Le marqué al infeliz y le solté:—Darío, si me entregas toda la compañía, te cedo mi lugar de novia. Si estás de acuerdo, regresa esta noche y firmamos el acuerdo.Pensé que se iba a enojar, que me iba a gritar por estar pidiendo una fortuna, pero para mi sorpresa, solo hizo una breve pausa y dijo:—Está bien, nos vemos en la noche.Hace tres años, los dos fundamos juntos una marca de ropa: Ayala Alta Costura. Ahora el negocio está en pleno apogeo.En ese entonces, Darío puso el dinero y yo me encargué del diseño. Para mí, fue como sacar premio sin poner nada.La empresa vale ya varios cientos de millones de pesos y está lista para entrar a la bolsa. El “dinero” no falta, pero él, con tal de estar con Paola, está dispuesto a regalarme la compañía.Vaya, sí que lo suyo es amor verdadero.Me levanté de la cama y miré todos los adornos de boda amontonados por la casa. Me parecían insoportables, como si cada moño fuera una herida abierta. Quise prenderles fuego y dejar todo en cenizas.Llamé a gente para que vinieran y les ordené que empacaran absolutamente todo lo relacionado con él de la casa.¡Qué suerte la mía! Menos mal que insistí en esperar a la noche de bodas para tener intimidad. Si no, aparte de todo, habría perdido mi dignidad. Eso sí sería asqueroso.Cuando por fin terminaron de limpiar todo, me cambié y me arreglé con esmero. Apenas terminé de maquillarme, escuché el motor de un carro en la entrada.Darío había vuelto.Y no venía solo. Con él llegó mi ex futura suegra, Gloria Galán.No pude evitar sorprenderme.¿Así que tenía miedo de que su hijo saliera perdiendo y por eso vino la mamá a supervisar?—Ya llegaron —dije sentada en el sillón, sin molestarme en levantarme. Saludé a Darío y luego miré de reojo a Gloria—. Veo que también vino la señora.El rostro de Gloria se tensó y trató de sonreír.—¿No habías dicho que ya me ibas a llamar mamá? ¿Por qué ahora otra vez me dices señora?Le sonreí y respondí directo:—Mi mamá murió hace años.El mensaje era claro: ella no estaba a su altura.La cara de Gloria se quedó rígida, como si le hubieran dado una bofetada.Darío también tenía el gesto amargo. Se acercó y dijo:—Amanda, el que te falló fui yo. No descargues tu enojo con mi mamá.—Dicen que si el hijo sale malcriado, la culpa es del papá. ¿Entonces te echo la culpa a tu papá?—¡Amanda! —alzó la voz Darío, claramente perdiendo la paciencia.Le lancé una mirada desdeñosa y no mostré ni una pizca de interés.Gloria le jaló la manga a Darío y murmuró:—Hablen bien, no se peleen.Solo entonces Darío se tranquilizó. Se acomodó el pantalón y se sentó en el sillón individual junto a mí.Sacó un documento, lo empujó hacia mí:—Como pediste, la empresa es toda tuya. Y el compromiso entre nosotros, queda cancelado.Alargué la mano, tomé el contrato y le eché un vistazo.—La empresa es la empresa, pero te llevaste mi vestido de novia. Eso también se paga, ¿no? —levanté la vista y lo miré con indiferencia.Darío frunció el ceño, sorprendido de que yo le estuviera cobrando hasta el último centavo.—¿Cuánto cuesta el vestido? —preguntó.—Precio de amiga: un millón de pesos.Gloria se atragantó del susto.—¡Amanda, eso es un robo!—Señora, mi trabajo tiene un precio en el mundo de la moda. ¿Quiere que su hijo se lo explique? —le lancé una mirada cortante.Los dos, madre e hijo, se quedaron callados.—Al final, pueden no llevárselo —me encogí de hombros, como si no me importara, pero cambié de tono—. Pero ese vestido seguro lo quiere Paola. Así que, por más caro que sea, el señor Galán lo va a pagar.Darío me miró sorprendido, como si no se esperara que le leyera tan fácil la mente.Por supuesto que lo sabía.Desde el primer día que Paola pisó la casa de los Ayala, todo lo que yo quería, aunque fuera basura, ella tenía que quitármelo.Un vestido de novia más, un vestido de novia menos, ¿qué más da si tienen dinero para comprar lo que sea?Pero Darío tenía que llevarse justo el que yo hice con mis propias manos. ¿No era obvio que esa era la voluntad de Paola?Como lo esperaba, Darío dudó un momento y luego asintió:—Está bien, un millón.Gloria lo miró horrorizada.—¿Estás loco? ¿Te quema el dinero o qué?—Mamá, no te metas —Darío la ignoró y luego me miró de nuevo—. Paola está enferma, no puede salir a escoger las joyas para la boda. Dice que ya que tú ya seleccionaste todo, mejor se lo pases todo junto.

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