Maricruz Cárdenas creyó que casarse con Cristino Franco era el mayor privilegio de su vida... hasta que descubrió que su matrimonio fue, desde el principio, una cruel venganza. Tres años de silencio y sumisión culminaron cuando por fin esperaba un hijo, solo para que Cristino ordenara deshacerse de él, negándose a compartir su sangre con ella. Pero el verdadero infierno comenzó cuando la obligó a esterilizarse, arrebatándole para siempre el derecho a ser madre. Con el alma rota, Maricruz decidió divorciarse, pero Cristino se convirtió en su sombra: amenazas, manipulación y obstáculos legales. Cuando renació como asistente de Salvador Aguilar —el nuevo prodigio de los negocios—, la obsesión de su exmarido escaló al delirio. Y para empeorarlo, Carolina Mendoza, su amante, se dedicó a sabotearla con métodos bajos y calculados. En este juego de amor y odio, Maricruz descubrirá la verdad: el rencor de Cristino nació de un malentendido. Pero cuando por fin todo sale a la luz, su corazón ya es incapaz de sentir. ¿Podrá perdonar al hombre que la destruyó? ¿O elegirá el amor sincero de Salvador?

Capítulo 1—Señora, quitarle el bebé fue decisión del señor Cristino.En una lujosa clínica privada, Maricruz Cárdenas yacía en la cama del hospital, el corazón hecho polvo, clavando la mirada en el techo deslucido. Sentía la garganta tan lastimada como si hubiera tragado cien agujas de una sola vez.Durante estos tres años de matrimonio, Maricruz soportó incontables inyecciones, tragó toda clase de medicinas y soportó dolores sin fin sólo para poder tener a ese bebé.—¿Y el bebé de Carolina Mendoza?La pregunta dejó congelado al doctor, quien sostenía las pinzas para detener el sangrado en el aire, como si no supiera qué responder.—El señor Cristino ordenó que a la señorita Carolina le dieran el medicamento importado más caro para proteger su embarazo.—Vaya...Maricruz ya no tuvo fuerzas ni ganas de luchar. Dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas y se colaran hasta lo más hondo de su pecho, un dolor que le retorcía hasta el alma.En ese instante, Maricruz por fin entendió: Cristino Franco sí quería un hijo, pero no uno que naciera de ella.Como esposa legítima, nunca pudo competir con la amante a la que Cristino protegía tanto.—Está bien, ya entendí —susurró, sintiendo que el corazón se le detenía por unos segundos. Con un último esfuerzo, soltó un quejido ahogado, cerró los ojos y se resignó a lo que iba a pasar....A las tres y media de la tarde, Maricruz despertó de la anestesia.No se atrevía a moverse. Con miedo, llevó la mano a su vientre y notó que estaba plano, tan plano que la asustó.De inmediato, sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos. El frío le trepó por la espalda y, entonces, le cayó el veinte: el bebé, de verdad, ya no estaba.—Perdóname, mi amor... Apenas llevabas dos meses conmigo y fui tan inútil que no pude protegerte —murmuró, mientras dos hileras de lágrimas empapaban los mechones de cabello a los lados de su cara.—Chirrido—El ruido la hizo alzar la vista justo para ver a Cristino entrar como si nada, caminando con paso seguro, sin ningún apuro.Su figura era alta y firme, con cejas gruesas y una mirada intensa. Sólo llevaba puesta una gabardina negra, pero en él parecía el uniforme de un rey. Tal vez era por tantos años al mando, pero en sus ojos nunca se asomaba una pizca de alegría.Cristino ni siquiera volteó a verla, a pesar de que Maricruz acababa de perder a su bebé. Fue directo al sillón, se sentó y sacó un cigarro.—¿No te advertí que no intentaras manipularme así? Te lo buscaste tú solita —soltó, sin mirarla.—Yo... Cristino, ¿cómo puedes ser tan cruel? ¿Tan poco te importo que ni siquiera quieres darme un hijo? ¿De verdad eres tan desalmado? —Maricruz apretó los dientes, tragándose el dolor, los ojos enrojecidos por tanto llorar.Cristino exhaló una bocanada de humo y se cruzó de piernas, indiferente.—Puedo tener hijos con cualquier mujer en este mundo, menos contigo, Maricruz.A Maricruz le temblaron los labios, pero no pudo decir nada.Ella era la esposa oficial de Cristino. Aunque él no la amara, ¿cómo podía decirle algo tan cruel?Cristino soltó una risita desdeñosa, la sombra de la molestia cruzándole los ojos.—Cuando Carolina tenga a su hijo, tú te encargarás de criarlo. Ella no tiene el apellido ni la posición, y eso podría afectar al niño.¿Posición? Así que Cristino sí sabía que había tenido un hijo con una amante.—Yo no voy a criar a ese niño, Cristino —contestó Maricruz con voz cortante.Al escuchar la negativa, Cristino aplastó la colilla del cigarro contra el suelo, molesto.—Tú no tienes derecho a decir que no. ¿Ya se te olvidó cómo fue que te casaste conmigo hace tres años?Maricruz apretó los puños hasta que le dolieron los dedos. Los recuerdos de hace tres años le venían a la mente como si hubieran pasado ayer.Durante un viaje de graduación, Maricruz había salvado sin querer a doña María de ahogarse. La señora, eternamente agradecida, se empeñó en presentarle a Cristino.Al principio, Cristino había sido todo atenciones: la cuidaba, la llevaba y recogía en su carro, le daba regalos en cada fecha especial...Con los meses, Maricruz no pudo evitar enamorarse de ese joven exitoso que la trataba como a una reina.Pero apenas se casaron, Cristino cambió por completo. No pasaba las noches en casa, rompía los platos en cualquier discusión y la trataba con una indiferencia tan cortante que le helaba la sangre.—¡Maricruz! Así que, en realidad, cuando mi abuelita cayó al agua, ¡fuiste tú quien la empujó! ¡Eres una mujer falsa y traicionera! Con tal de atrapar a un buen partido, ¡te atreviste a apostar con la vida de mi abuelita!—¡No fui yo, Cristino!A Maricruz la acusaron de la nada, sin saber ni quién la estaba calumniando.Además, su explicación, tan débil y sin fuerza, para Cristino era la prueba de su culpa, solo que no tenía el valor de confesar.A partir de ese momento, Cristino se enfocó únicamente en su propia ira, desatando su venganza contra Maricruz.—Cristino, ya no puedo más —dijo Maricruz, recargada en la cabecera de la cama, sintiendo que el aire le faltaba.Durante tres años, cada vez que se tocaba ese tema, Cristino arrojaba toda la responsabilidad sobre Maricruz sin darle oportunidad de explicar nada.Nunca le dio el más mínimo espacio para defenderse.—Hoy no sales del hospital —replicó Cristino, cruzando las piernas con hastío, y luego le ordenó al doctor Tiburcio—: Prepárate, esta noche le vas a hacer la cirugía para que no pueda tener hijos.Tiburcio se quedó de piedra, revisando el expediente médico—: Señor Cristino, el estado de salud de la señora no es bueno. Si se le hace ese procedimiento, nunca podrá recuperarse.—Eso es justo lo que quiero. Que se le quiten de una vez por todas esas ideas que no debe tener —Cristino alzó la voz, advirtiendo a Maricruz con una seriedad que pesaba como una losa sobre ella.Esa frase fue la gota que derramó el vaso para Maricruz.Jamás pensó que Cristino fuera capaz de llegar tan lejos.Obligarla a renunciar para siempre a ser madre. Negarle ese derecho para castigarla.El corazón de Maricruz latía desbocado. Tuvo que hacer varios intentos de respirar profundo hasta que por fin pudo pronunciar lo que tenía atorado en la garganta.—Cristino, quiero el divorcio.—¿Tú crees que estoy jugando? ¿No sabes cómo está mi abuelita? Si te divorcias, ¿crees que podría soportarlo? Además, cuando te acercaste a mí con tus artimañas, debiste imaginar que un día te llegaría el castigo.Cristino soltó una carcajada desdeñosa y se acercó a Maricruz, casi tocándole la nariz con el dedo, exigiéndole que dejara de decir tonterías.Aparte, Cristino estaba convencido de que Maricruz no sería capaz de sobrevivir sola en el mundo una vez que se separaran.Pero Maricruz ya había perdido toda fe en Cristino. Ni siquiera le salían lágrimas. Su rostro estaba tan sereno como un cuadro colgado en la pared, sin la más mínima emoción.Pasaron tres minutos de silencio antes de que Maricruz hablara:—Para una madre, ¿hay castigo peor que perder a sus hijos?—Maricruz, me parece que haber pasado años sin trabajar te hizo mal. ¿De verdad crees que te voy a dejar tranquila? ¡Jamás te dejaré en paz!—¡Pum!Cristino salió azotando la puerta, y el aire que movió fue como una navaja que partió el alma de Maricruz en dos.—Señora... mejor espere a que se recupere y entonces le hacemos la cirugía. Así, si después quiere tener hijos...—Ya basta. No me llames más señora. Ya decidí divorciarme de Cristino....Esa misma noche, Maricruz dejó el hospital.Varias empleadas la vieron llegar a casa y a propósito se le atravesaron, levantando el polvo con las escobas para ensuciarle los zapatos.—Señora, ¿por qué viene directo hacia donde barro? ¿No ve que estoy limpiando?—¿Ah, sí? —Maricruz, con el coraje a punto de explotar, le quitó la escoba de las manos de un tirón.—¡Paf!La empleada ni siquiera alcanzó a reaccionar cuando Maricruz le soltó una bofetada que la dejó pasmada en el lugar.Antes, Maricruz estaba enamorada de Cristino. Se preocupaba por su imagen frente a él, y como sabía que le gustaban las mujeres tranquilas, siempre escondía su carácter y se aguantaba.Pero eso se acabó. Ahora Maricruz había decidido dejar atrás ese amor y recuperar lo que alguna vez entregó.Ese matrimonio, Maricruz lo iba a terminar por su propia mano.A las dos y media de la madrugada, Maricruz estaba sentada al borde de la enorme cama matrimonial, presionando la palma de su mano contra el vientre, como si intentara retener el calor que ya no existía.El bebé que tanto había esperado, por el que había luchado con todo su ser, había sido arrebatado por las propias manos de su padre.Una lágrima rodó silenciosa por su mejilla. Maricruz aspiró con fuerza, tratando de contener el temblor en su nariz, y con esfuerzo se puso de pie. Se acercó al armario de cristal, lo abrió y observó su interior.Había vestidos de diseñador colgados, joyas acomodadas en bandejas, todos supuestamente regalos de la familia Franco para ella.Pero en el fondo, Maricruz sabía que mientras Cristino no dijera que sí, ni siquiera podía tocar nada de lo que había dentro.Sin pensarlo, Maricruz se dio una bofetada.Le dolía el alma. ¿Qué clase de vida era esta que estaba llevando?Antes, su familia era sencilla, sus padres trabajadores comunes y corrientes, pero jamás permitieron que Maricruz pasara una sola humillación.Cuando se graduó de la universidad, Maricruz consiguió su certificado de maestra. Pensó que tendría un trabajo estable y digno, pero la vida siempre sorprende.Entre su carrera y Cristino, Maricruz eligió a Cristino....[¡Ding dong!]Maricruz desbloqueó su celular. Era un mensaje de Carolina, quien le había mandado una foto de la ecografía: el bebé estaba perfectamente sano.Carolina era la supuesta secretaria de Cristino, pero en realidad era su amante.[Hoy el señor Cristino me acompañó a hacerme el chequeo del embarazo. El bebé está muy bien, y aparte es niño. ¿Tú crees que cuando nazca será como un mini jefe Cristino?]Ja.Maricruz deseaba atravesar la pantalla y darle dos bofetadas a esa desgraciada. Pero también quería golpear su propia cara.Porque Carolina y ella fueron compañeras de cuarto en la universidad. Cuando Carolina se graduó y no encontraba trabajo, supo que Maricruz se había casado con un hombre con dinero, así que fue a pedirle ayuda para que le consiguiera empleo.Así, poco a poco, Carolina entró a la empresa de Cristino.Maricruz respondió con una carita sarcástica, luego le mandó un solo signo de interrogación.Carolina, buscando provocarla, mandó un audio: [¿Y tu bebé? Ay, ya me acordé, ahora debe ser solo un charco de sangre, seguro ya lo tiraron por el baño, ¿no?][Quizá se convierta en un fantasma y venga a buscarte a ti y a Cristino.]Maricruz apretó los dientes, los dedos se le clavaron en la palma formando un puño. Abrió el micrófono y, sin dudarlo, le soltó a Carolina una retahíla de insultos tan intensos que la otra no aguantó y terminó colgando la llamada.Después de quince minutos, Maricruz por fin se calmó.Se abrazó el vientre vacío, observando cómo la luz mortecina se desparramaba por cada rincón del cuarto enorme. Cada vez sentía más claro que eso no era un hogar, sino una jaula que mantenía encerrada a un pájaro herido.Así que Maricruz tomó una decisión: primero saldría de la jaula, luego pensaría en el divorcio.Sin embargo, desde que se convirtió en la señora Franco, sus antiguas amistades se habían ido alejando. Pedirles ayuda ya no era una opción.Pensativa, recordó a Enrique, su amigo de toda la vida.Sin dudar, lo llamó por teléfono.—Enrique, ¿puedes venir por mí ahora? Me voy a divorciar de Cristino.—¿Qué? ¿A las tres de la mañana? ¿Cristino se fue otra vez con su secretaria? Bueno, está bien, llego en veinte minutos. Ve alistando tus cosas.¿Alistar cosas?Maricruz casi se echó a reír de la rabia. En esa casa, salvo un par de cosas para el baño y su cepillo de dientes, no tenía nada propio.Metió a la carrera el cepillo y dos cremas en una bolsa, luego se sentó al borde de la cama a esperar a Enrique.Cinco minutos después, desde el vestíbulo del primer piso se escuchó una voz conocida y cortante, mezclada con el llanto lastimero de una mujer.—Señor Cristino, usted no sabe, hoy la señora nos dijo que no dejamos bien limpio el piso, hasta me pegó con la escoba en la cara... Por favor, señor Cristino, pónganos atención, haga algo por nosotras.Maricruz se asomó desde la barandilla de la escalera. Abajo, vio a Cristino, con la cara tensa y sombría.Cristino tenía el entrecejo fruncido, y toda su presencia hacía que el ambiente se sintiera gélido, como si la temperatura cayera de golpe. Levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Maricruz.—Baja y discúlpate —ordenó Cristino, con voz seca.Capítulo 2—Señora, quitarle el bebé fue decisión del señor Cristino.En una lujosa clínica privada, Maricruz Cárdenas yacía en la cama del hospital, el corazón hecho polvo, clavando la mirada en el techo deslucido. Sentía la garganta tan lastimada como si hubiera tragado cien agujas de una sola vez.Durante estos tres años de matrimonio, Maricruz soportó incontables inyecciones, tragó toda clase de medicinas y soportó dolores sin fin sólo para poder tener a ese bebé.—¿Y el bebé de Carolina Mendoza?La pregunta dejó congelado al doctor, quien sostenía las pinzas para detener el sangrado en el aire, como si no supiera qué responder.—El señor Cristino ordenó que a la señorita Carolina le dieran el medicamento importado más caro para proteger su embarazo.—Vaya...Maricruz ya no tuvo fuerzas ni ganas de luchar. Dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas y se colaran hasta lo más hondo de su pecho, un dolor que le retorcía hasta el alma.En ese instante, Maricruz por fin entendió: Cristino Franco sí quería un hijo, pero no uno que naciera de ella.Como esposa legítima, nunca pudo competir con la amante a la que Cristino protegía tanto.—Está bien, ya entendí —susurró, sintiendo que el corazón se le detenía por unos segundos. Con un último esfuerzo, soltó un quejido ahogado, cerró los ojos y se resignó a lo que iba a pasar....A las tres y media de la tarde, Maricruz despertó de la anestesia.No se atrevía a moverse. Con miedo, llevó la mano a su vientre y notó que estaba plano, tan plano que la asustó.De inmediato, sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos. El frío le trepó por la espalda y, entonces, le cayó el veinte: el bebé, de verdad, ya no estaba.—Perdóname, mi amor... Apenas llevabas dos meses conmigo y fui tan inútil que no pude protegerte —murmuró, mientras dos hileras de lágrimas empapaban los mechones de cabello a los lados de su cara.—Chirrido—El ruido la hizo alzar la vista justo para ver a Cristino entrar como si nada, caminando con paso seguro, sin ningún apuro.Su figura era alta y firme, con cejas gruesas y una mirada intensa. Sólo llevaba puesta una gabardina negra, pero en él parecía el uniforme de un rey. Tal vez era por tantos años al mando, pero en sus ojos nunca se asomaba una pizca de alegría.Cristino ni siquiera volteó a verla, a pesar de que Maricruz acababa de perder a su bebé. Fue directo al sillón, se sentó y sacó un cigarro.—¿No te advertí que no intentaras manipularme así? Te lo buscaste tú solita —soltó, sin mirarla.—Yo... Cristino, ¿cómo puedes ser tan cruel? ¿Tan poco te importo que ni siquiera quieres darme un hijo? ¿De verdad eres tan desalmado? —Maricruz apretó los dientes, tragándose el dolor, los ojos enrojecidos por tanto llorar.Cristino exhaló una bocanada de humo y se cruzó de piernas, indiferente.—Puedo tener hijos con cualquier mujer en este mundo, menos contigo, Maricruz.A Maricruz le temblaron los labios, pero no pudo decir nada.Ella era la esposa oficial de Cristino. Aunque él no la amara, ¿cómo podía decirle algo tan cruel?Cristino soltó una risita desdeñosa, la sombra de la molestia cruzándole los ojos.—Cuando Carolina tenga a su hijo, tú te encargarás de criarlo. Ella no tiene el apellido ni la posición, y eso podría afectar al niño.¿Posición? Así que Cristino sí sabía que había tenido un hijo con una amante.—Yo no voy a criar a ese niño, Cristino —contestó Maricruz con voz cortante.Al escuchar la negativa, Cristino aplastó la colilla del cigarro contra el suelo, molesto.—Tú no tienes derecho a decir que no. ¿Ya se te olvidó cómo fue que te casaste conmigo hace tres años?Maricruz apretó los puños hasta que le dolieron los dedos. Los recuerdos de hace tres años le venían a la mente como si hubieran pasado ayer.Durante un viaje de graduación, Maricruz había salvado sin querer a doña María de ahogarse. La señora, eternamente agradecida, se empeñó en presentarle a Cristino.Al principio, Cristino había sido todo atenciones: la cuidaba, la llevaba y recogía en su carro, le daba regalos en cada fecha especial...Con los meses, Maricruz no pudo evitar enamorarse de ese joven exitoso que la trataba como a una reina.Pero apenas se casaron, Cristino cambió por completo. No pasaba las noches en casa, rompía los platos en cualquier discusión y la trataba con una indiferencia tan cortante que le helaba la sangre.—¡Maricruz! Así que, en realidad, cuando mi abuelita cayó al agua, ¡fuiste tú quien la empujó! ¡Eres una mujer falsa y traicionera! Con tal de atrapar a un buen partido, ¡te atreviste a apostar con la vida de mi abuelita!—¡No fui yo, Cristino!A Maricruz la acusaron de la nada, sin saber ni quién la estaba calumniando.Además, su explicación, tan débil y sin fuerza, para Cristino era la prueba de su culpa, solo que no tenía el valor de confesar.A partir de ese momento, Cristino se enfocó únicamente en su propia ira, desatando su venganza contra Maricruz.—Cristino, ya no puedo más —dijo Maricruz, recargada en la cabecera de la cama, sintiendo que el aire le faltaba.Durante tres años, cada vez que se tocaba ese tema, Cristino arrojaba toda la responsabilidad sobre Maricruz sin darle oportunidad de explicar nada.Nunca le dio el más mínimo espacio para defenderse.—Hoy no sales del hospital —replicó Cristino, cruzando las piernas con hastío, y luego le ordenó al doctor Tiburcio—: Prepárate, esta noche le vas a hacer la cirugía para que no pueda tener hijos.Tiburcio se quedó de piedra, revisando el expediente médico—: Señor Cristino, el estado de salud de la señora no es bueno. Si se le hace ese procedimiento, nunca podrá recuperarse.—Eso es justo lo que quiero. Que se le quiten de una vez por todas esas ideas que no debe tener —Cristino alzó la voz, advirtiendo a Maricruz con una seriedad que pesaba como una losa sobre ella.Esa frase fue la gota que derramó el vaso para Maricruz.Jamás pensó que Cristino fuera capaz de llegar tan lejos.Obligarla a renunciar para siempre a ser madre. Negarle ese derecho para castigarla.El corazón de Maricruz latía desbocado. Tuvo que hacer varios intentos de respirar profundo hasta que por fin pudo pronunciar lo que tenía atorado en la garganta.—Cristino, quiero el divorcio.—¿Tú crees que estoy jugando? ¿No sabes cómo está mi abuelita? Si te divorcias, ¿crees que podría soportarlo? Además, cuando te acercaste a mí con tus artimañas, debiste imaginar que un día te llegaría el castigo.Cristino soltó una carcajada desdeñosa y se acercó a Maricruz, casi tocándole la nariz con el dedo, exigiéndole que dejara de decir tonterías.Aparte, Cristino estaba convencido de que Maricruz no sería capaz de sobrevivir sola en el mundo una vez que se separaran.Pero Maricruz ya había perdido toda fe en Cristino. Ni siquiera le salían lágrimas. Su rostro estaba tan sereno como un cuadro colgado en la pared, sin la más mínima emoción.Pasaron tres minutos de silencio antes de que Maricruz hablara:—Para una madre, ¿hay castigo peor que perder a sus hijos?—Maricruz, me parece que haber pasado años sin trabajar te hizo mal. ¿De verdad crees que te voy a dejar tranquila? ¡Jamás te dejaré en paz!—¡Pum!Cristino salió azotando la puerta, y el aire que movió fue como una navaja que partió el alma de Maricruz en dos.—Señora... mejor espere a que se recupere y entonces le hacemos la cirugía. Así, si después quiere tener hijos...—Ya basta. No me llames más señora. Ya decidí divorciarme de Cristino....Esa misma noche, Maricruz dejó el hospital.Varias empleadas la vieron llegar a casa y a propósito se le atravesaron, levantando el polvo con las escobas para ensuciarle los zapatos.—Señora, ¿por qué viene directo hacia donde barro? ¿No ve que estoy limpiando?—¿Ah, sí? —Maricruz, con el coraje a punto de explotar, le quitó la escoba de las manos de un tirón.—¡Paf!La empleada ni siquiera alcanzó a reaccionar cuando Maricruz le soltó una bofetada que la dejó pasmada en el lugar.Antes, Maricruz estaba enamorada de Cristino. Se preocupaba por su imagen frente a él, y como sabía que le gustaban las mujeres tranquilas, siempre escondía su carácter y se aguantaba.Pero eso se acabó. Ahora Maricruz había decidido dejar atrás ese amor y recuperar lo que alguna vez entregó.Ese matrimonio, Maricruz lo iba a terminar por su propia mano.A las dos y media de la madrugada, Maricruz estaba sentada al borde de la enorme cama matrimonial, presionando la palma de su mano contra el vientre, como si intentara retener el calor que ya no existía.El bebé que tanto había esperado, por el que había luchado con todo su ser, había sido arrebatado por las propias manos de su padre.Una lágrima rodó silenciosa por su mejilla. Maricruz aspiró con fuerza, tratando de contener el temblor en su nariz, y con esfuerzo se puso de pie. Se acercó al armario de cristal, lo abrió y observó su interior.Había vestidos de diseñador colgados, joyas acomodadas en bandejas, todos supuestamente regalos de la familia Franco para ella.Pero en el fondo, Maricruz sabía que mientras Cristino no dijera que sí, ni siquiera podía tocar nada de lo que había dentro.Sin pensarlo, Maricruz se dio una bofetada.Le dolía el alma. ¿Qué clase de vida era esta que estaba llevando?Antes, su familia era sencilla, sus padres trabajadores comunes y corrientes, pero jamás permitieron que Maricruz pasara una sola humillación.Cuando se graduó de la universidad, Maricruz consiguió su certificado de maestra. Pensó que tendría un trabajo estable y digno, pero la vida siempre sorprende.Entre su carrera y Cristino, Maricruz eligió a Cristino....[¡Ding dong!]Maricruz desbloqueó su celular. Era un mensaje de Carolina, quien le había mandado una foto de la ecografía: el bebé estaba perfectamente sano.Carolina era la supuesta secretaria de Cristino, pero en realidad era su amante.[Hoy el señor Cristino me acompañó a hacerme el chequeo del embarazo. El bebé está muy bien, y aparte es niño. ¿Tú crees que cuando nazca será como un mini jefe Cristino?]Ja.Maricruz deseaba atravesar la pantalla y darle dos bofetadas a esa desgraciada. Pero también quería golpear su propia cara.Porque Carolina y ella fueron compañeras de cuarto en la universidad. Cuando Carolina se graduó y no encontraba trabajo, supo que Maricruz se había casado con un hombre con dinero, así que fue a pedirle ayuda para que le consiguiera empleo.Así, poco a poco, Carolina entró a la empresa de Cristino.Maricruz respondió con una carita sarcástica, luego le mandó un solo signo de interrogación.Carolina, buscando provocarla, mandó un audio: [¿Y tu bebé? Ay, ya me acordé, ahora debe ser solo un charco de sangre, seguro ya lo tiraron por el baño, ¿no?][Quizá se convierta en un fantasma y venga a buscarte a ti y a Cristino.]Maricruz apretó los dientes, los dedos se le clavaron en la palma formando un puño. Abrió el micrófono y, sin dudarlo, le soltó a Carolina una retahíla de insultos tan intensos que la otra no aguantó y terminó colgando la llamada.Después de quince minutos, Maricruz por fin se calmó.Se abrazó el vientre vacío, observando cómo la luz mortecina se desparramaba por cada rincón del cuarto enorme. Cada vez sentía más claro que eso no era un hogar, sino una jaula que mantenía encerrada a un pájaro herido.Así que Maricruz tomó una decisión: primero saldría de la jaula, luego pensaría en el divorcio.Sin embargo, desde que se convirtió en la señora Franco, sus antiguas amistades se habían ido alejando. Pedirles ayuda ya no era una opción.Pensativa, recordó a Enrique, su amigo de toda la vida.Sin dudar, lo llamó por teléfono.—Enrique, ¿puedes venir por mí ahora? Me voy a divorciar de Cristino.—¿Qué? ¿A las tres de la mañana? ¿Cristino se fue otra vez con su secretaria? Bueno, está bien, llego en veinte minutos. Ve alistando tus cosas.¿Alistar cosas?Maricruz casi se echó a reír de la rabia. En esa casa, salvo un par de cosas para el baño y su cepillo de dientes, no tenía nada propio.Metió a la carrera el cepillo y dos cremas en una bolsa, luego se sentó al borde de la cama a esperar a Enrique.Cinco minutos después, desde el vestíbulo del primer piso se escuchó una voz conocida y cortante, mezclada con el llanto lastimero de una mujer.—Señor Cristino, usted no sabe, hoy la señora nos dijo que no dejamos bien limpio el piso, hasta me pegó con la escoba en la cara... Por favor, señor Cristino, pónganos atención, haga algo por nosotras.Maricruz se asomó desde la barandilla de la escalera. Abajo, vio a Cristino, con la cara tensa y sombría.Cristino tenía el entrecejo fruncido, y toda su presencia hacía que el ambiente se sintiera gélido, como si la temperatura cayera de golpe. Levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Maricruz.—Baja y discúlpate —ordenó Cristino, con voz seca.Capítulo 3—Señora, quitarle el bebé fue decisión del señor Cristino.En una lujosa clínica privada, Maricruz Cárdenas yacía en la cama del hospital, el corazón hecho polvo, clavando la mirada en el techo deslucido. Sentía la garganta tan lastimada como si hubiera tragado cien agujas de una sola vez.Durante estos tres años de matrimonio, Maricruz soportó incontables inyecciones, tragó toda clase de medicinas y soportó dolores sin fin sólo para poder tener a ese bebé.—¿Y el bebé de Carolina Mendoza?La pregunta dejó congelado al doctor, quien sostenía las pinzas para detener el sangrado en el aire, como si no supiera qué responder.—El señor Cristino ordenó que a la señorita Carolina le dieran el medicamento importado más caro para proteger su embarazo.—Vaya...Maricruz ya no tuvo fuerzas ni ganas de luchar. Dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas y se colaran hasta lo más hondo de su pecho, un dolor que le retorcía hasta el alma.En ese instante, Maricruz por fin entendió: Cristino Franco sí quería un hijo, pero no uno que naciera de ella.Como esposa legítima, nunca pudo competir con la amante a la que Cristino protegía tanto.—Está bien, ya entendí —susurró, sintiendo que el corazón se le detenía por unos segundos. Con un último esfuerzo, soltó un quejido ahogado, cerró los ojos y se resignó a lo que iba a pasar....A las tres y media de la tarde, Maricruz despertó de la anestesia.No se atrevía a moverse. Con miedo, llevó la mano a su vientre y notó que estaba plano, tan plano que la asustó.De inmediato, sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos. El frío le trepó por la espalda y, entonces, le cayó el veinte: el bebé, de verdad, ya no estaba.—Perdóname, mi amor... Apenas llevabas dos meses conmigo y fui tan inútil que no pude protegerte —murmuró, mientras dos hileras de lágrimas empapaban los mechones de cabello a los lados de su cara.—Chirrido—El ruido la hizo alzar la vista justo para ver a Cristino entrar como si nada, caminando con paso seguro, sin ningún apuro.Su figura era alta y firme, con cejas gruesas y una mirada intensa. Sólo llevaba puesta una gabardina negra, pero en él parecía el uniforme de un rey. Tal vez era por tantos años al mando, pero en sus ojos nunca se asomaba una pizca de alegría.Cristino ni siquiera volteó a verla, a pesar de que Maricruz acababa de perder a su bebé. Fue directo al sillón, se sentó y sacó un cigarro.—¿No te advertí que no intentaras manipularme así? Te lo buscaste tú solita —soltó, sin mirarla.—Yo... Cristino, ¿cómo puedes ser tan cruel? ¿Tan poco te importo que ni siquiera quieres darme un hijo? ¿De verdad eres tan desalmado? —Maricruz apretó los dientes, tragándose el dolor, los ojos enrojecidos por tanto llorar.Cristino exhaló una bocanada de humo y se cruzó de piernas, indiferente.—Puedo tener hijos con cualquier mujer en este mundo, menos contigo, Maricruz.A Maricruz le temblaron los labios, pero no pudo decir nada.Ella era la esposa oficial de Cristino. Aunque él no la amara, ¿cómo podía decirle algo tan cruel?Cristino soltó una risita desdeñosa, la sombra de la molestia cruzándole los ojos.—Cuando Carolina tenga a su hijo, tú te encargarás de criarlo. Ella no tiene el apellido ni la posición, y eso podría afectar al niño.¿Posición? Así que Cristino sí sabía que había tenido un hijo con una amante.—Yo no voy a criar a ese niño, Cristino —contestó Maricruz con voz cortante.Al escuchar la negativa, Cristino aplastó la colilla del cigarro contra el suelo, molesto.—Tú no tienes derecho a decir que no. ¿Ya se te olvidó cómo fue que te casaste conmigo hace tres años?Maricruz apretó los puños hasta que le dolieron los dedos. Los recuerdos de hace tres años le venían a la mente como si hubieran pasado ayer.Durante un viaje de graduación, Maricruz había salvado sin querer a doña María de ahogarse. La señora, eternamente agradecida, se empeñó en presentarle a Cristino.Al principio, Cristino había sido todo atenciones: la cuidaba, la llevaba y recogía en su carro, le daba regalos en cada fecha especial...Con los meses, Maricruz no pudo evitar enamorarse de ese joven exitoso que la trataba como a una reina.Pero apenas se casaron, Cristino cambió por completo. No pasaba las noches en casa, rompía los platos en cualquier discusión y la trataba con una indiferencia tan cortante que le helaba la sangre.—¡Maricruz! Así que, en realidad, cuando mi abuelita cayó al agua, ¡fuiste tú quien la empujó! ¡Eres una mujer falsa y traicionera! Con tal de atrapar a un buen partido, ¡te atreviste a apostar con la vida de mi abuelita!—¡No fui yo, Cristino!A Maricruz la acusaron de la nada, sin saber ni quién la estaba calumniando.Además, su explicación, tan débil y sin fuerza, para Cristino era la prueba de su culpa, solo que no tenía el valor de confesar.A partir de ese momento, Cristino se enfocó únicamente en su propia ira, desatando su venganza contra Maricruz.—Cristino, ya no puedo más —dijo Maricruz, recargada en la cabecera de la cama, sintiendo que el aire le faltaba.Durante tres años, cada vez que se tocaba ese tema, Cristino arrojaba toda la responsabilidad sobre Maricruz sin darle oportunidad de explicar nada.Nunca le dio el más mínimo espacio para defenderse.—Hoy no sales del hospital —replicó Cristino, cruzando las piernas con hastío, y luego le ordenó al doctor Tiburcio—: Prepárate, esta noche le vas a hacer la cirugía para que no pueda tener hijos.Tiburcio se quedó de piedra, revisando el expediente médico—: Señor Cristino, el estado de salud de la señora no es bueno. Si se le hace ese procedimiento, nunca podrá recuperarse.—Eso es justo lo que quiero. Que se le quiten de una vez por todas esas ideas que no debe tener —Cristino alzó la voz, advirtiendo a Maricruz con una seriedad que pesaba como una losa sobre ella.Esa frase fue la gota que derramó el vaso para Maricruz.Jamás pensó que Cristino fuera capaz de llegar tan lejos.Obligarla a renunciar para siempre a ser madre. Negarle ese derecho para castigarla.El corazón de Maricruz latía desbocado. Tuvo que hacer varios intentos de respirar profundo hasta que por fin pudo pronunciar lo que tenía atorado en la garganta.—Cristino, quiero el divorcio.—¿Tú crees que estoy jugando? ¿No sabes cómo está mi abuelita? Si te divorcias, ¿crees que podría soportarlo? Además, cuando te acercaste a mí con tus artimañas, debiste imaginar que un día te llegaría el castigo.Cristino soltó una carcajada desdeñosa y se acercó a Maricruz, casi tocándole la nariz con el dedo, exigiéndole que dejara de decir tonterías.Aparte, Cristino estaba convencido de que Maricruz no sería capaz de sobrevivir sola en el mundo una vez que se separaran.Pero Maricruz ya había perdido toda fe en Cristino. Ni siquiera le salían lágrimas. Su rostro estaba tan sereno como un cuadro colgado en la pared, sin la más mínima emoción.Pasaron tres minutos de silencio antes de que Maricruz hablara:—Para una madre, ¿hay castigo peor que perder a sus hijos?—Maricruz, me parece que haber pasado años sin trabajar te hizo mal. ¿De verdad crees que te voy a dejar tranquila? ¡Jamás te dejaré en paz!—¡Pum!Cristino salió azotando la puerta, y el aire que movió fue como una navaja que partió el alma de Maricruz en dos.—Señora... mejor espere a que se recupere y entonces le hacemos la cirugía. Así, si después quiere tener hijos...—Ya basta. No me llames más señora. Ya decidí divorciarme de Cristino....Esa misma noche, Maricruz dejó el hospital.Varias empleadas la vieron llegar a casa y a propósito se le atravesaron, levantando el polvo con las escobas para ensuciarle los zapatos.—Señora, ¿por qué viene directo hacia donde barro? ¿No ve que estoy limpiando?—¿Ah, sí? —Maricruz, con el coraje a punto de explotar, le quitó la escoba de las manos de un tirón.—¡Paf!La empleada ni siquiera alcanzó a reaccionar cuando Maricruz le soltó una bofetada que la dejó pasmada en el lugar.Antes, Maricruz estaba enamorada de Cristino. Se preocupaba por su imagen frente a él, y como sabía que le gustaban las mujeres tranquilas, siempre escondía su carácter y se aguantaba.Pero eso se acabó. Ahora Maricruz había decidido dejar atrás ese amor y recuperar lo que alguna vez entregó.Ese matrimonio, Maricruz lo iba a terminar por su propia mano.A las dos y media de la madrugada, Maricruz estaba sentada al borde de la enorme cama matrimonial, presionando la palma de su mano contra el vientre, como si intentara retener el calor que ya no existía.El bebé que tanto había esperado, por el que había luchado con todo su ser, había sido arrebatado por las propias manos de su padre.Una lágrima rodó silenciosa por su mejilla. Maricruz aspiró con fuerza, tratando de contener el temblor en su nariz, y con esfuerzo se puso de pie. Se acercó al armario de cristal, lo abrió y observó su interior.Había vestidos de diseñador colgados, joyas acomodadas en bandejas, todos supuestamente regalos de la familia Franco para ella.Pero en el fondo, Maricruz sabía que mientras Cristino no dijera que sí, ni siquiera podía tocar nada de lo que había dentro.Sin pensarlo, Maricruz se dio una bofetada.Le dolía el alma. ¿Qué clase de vida era esta que estaba llevando?Antes, su familia era sencilla, sus padres trabajadores comunes y corrientes, pero jamás permitieron que Maricruz pasara una sola humillación.Cuando se graduó de la universidad, Maricruz consiguió su certificado de maestra. Pensó que tendría un trabajo estable y digno, pero la vida siempre sorprende.Entre su carrera y Cristino, Maricruz eligió a Cristino....[¡Ding dong!]Maricruz desbloqueó su celular. Era un mensaje de Carolina, quien le había mandado una foto de la ecografía: el bebé estaba perfectamente sano.Carolina era la supuesta secretaria de Cristino, pero en realidad era su amante.[Hoy el señor Cristino me acompañó a hacerme el chequeo del embarazo. El bebé está muy bien, y aparte es niño. ¿Tú crees que cuando nazca será como un mini jefe Cristino?]Ja.Maricruz deseaba atravesar la pantalla y darle dos bofetadas a esa desgraciada. Pero también quería golpear su propia cara.Porque Carolina y ella fueron compañeras de cuarto en la universidad. Cuando Carolina se graduó y no encontraba trabajo, supo que Maricruz se había casado con un hombre con dinero, así que fue a pedirle ayuda para que le consiguiera empleo.Así, poco a poco, Carolina entró a la empresa de Cristino.Maricruz respondió con una carita sarcástica, luego le mandó un solo signo de interrogación.Carolina, buscando provocarla, mandó un audio: [¿Y tu bebé? Ay, ya me acordé, ahora debe ser solo un charco de sangre, seguro ya lo tiraron por el baño, ¿no?][Quizá se convierta en un fantasma y venga a buscarte a ti y a Cristino.]Maricruz apretó los dientes, los dedos se le clavaron en la palma formando un puño. Abrió el micrófono y, sin dudarlo, le soltó a Carolina una retahíla de insultos tan intensos que la otra no aguantó y terminó colgando la llamada.Después de quince minutos, Maricruz por fin se calmó.Se abrazó el vientre vacío, observando cómo la luz mortecina se desparramaba por cada rincón del cuarto enorme. Cada vez sentía más claro que eso no era un hogar, sino una jaula que mantenía encerrada a un pájaro herido.Así que Maricruz tomó una decisión: primero saldría de la jaula, luego pensaría en el divorcio.Sin embargo, desde que se convirtió en la señora Franco, sus antiguas amistades se habían ido alejando. Pedirles ayuda ya no era una opción.Pensativa, recordó a Enrique, su amigo de toda la vida.Sin dudar, lo llamó por teléfono.—Enrique, ¿puedes venir por mí ahora? Me voy a divorciar de Cristino.—¿Qué? ¿A las tres de la mañana? ¿Cristino se fue otra vez con su secretaria? Bueno, está bien, llego en veinte minutos. Ve alistando tus cosas.¿Alistar cosas?Maricruz casi se echó a reír de la rabia. En esa casa, salvo un par de cosas para el baño y su cepillo de dientes, no tenía nada propio.Metió a la carrera el cepillo y dos cremas en una bolsa, luego se sentó al borde de la cama a esperar a Enrique.Cinco minutos después, desde el vestíbulo del primer piso se escuchó una voz conocida y cortante, mezclada con el llanto lastimero de una mujer.—Señor Cristino, usted no sabe, hoy la señora nos dijo que no dejamos bien limpio el piso, hasta me pegó con la escoba en la cara... Por favor, señor Cristino, pónganos atención, haga algo por nosotras.Maricruz se asomó desde la barandilla de la escalera. Abajo, vio a Cristino, con la cara tensa y sombría.Cristino tenía el entrecejo fruncido, y toda su presencia hacía que el ambiente se sintiera gélido, como si la temperatura cayera de golpe. Levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Maricruz.—Baja y discúlpate —ordenó Cristino, con voz seca.

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