Durante lo que debía ser una celebración de aniversario, Mónica Saavedra descubre la dolorosa verdad sobre su pareja, Jaime Navas, quien prefiere a su hermana Fiorella. Con el corazón roto y sosteniendo un pastel conmemorativo, su mundo parece desmoronarse. En ese momento crucial, aparece Pedro Betancourt, el influyente líder del Grupo Betancourt, con una propuesta que promete cambiarlo todo. El inesperado anuncio de su matrimonio deja a la alta sociedad de Costa Coralina atónita, pensando que Mónica simplemente busca mejorar su posición. Lo que pocos saben es que Pedro y Mónica tienen una conexión secreta del pasado que ella no recuerda. Durante años, Pedro ha guardado en secreto su admiración por ella, esperando pacientemente este momento. Pero, ¿qué ocurrirá cuando Mónica descubra la verdad detrás de su vínculo y los sentimientos que Pedro ha ocultado durante tanto tiempo?

Capítulo 1El club privado más exclusivo de Costa Coralina estaba impregnado del aroma del dinero, un lugar donde el lujo y el derroche convivían sin pudor. Era famoso por ser la cueva donde muchos iban a perderse entre excesos.En ese instante, una mano fina y delgada se posó sobre la manija de una puerta, lista para entrar, cuando de repente una voz conocida se filtró desde el interior.—¿Dices Mónica Saavedra? Yo ya me cansé de ella —Jaime Navas encendió un cigarrillo, exhalando el humo con un aire despreocupado y hasta burlón.Los demás en la sala privada no tardaron en sumarse a la conversación, soltando risas y comentarios.—Eso sí, hasta la mujer más guapa termina aburriendo.—Pero oye, Jaime, ¿de veras la vas a dejar? Ya son tres años juntos, y bien que la perseguiste un buen rato.—Sí, y mira que Mónica está de diez, su figura le da la vuelta a cualquier famosa.—¿Por qué no la dejaría? Prefiero las mujeres dulces y tiernas, como Fiorella. Ella es tan suave, que hasta parece que voy flotando en su ternura. Con Mónica, ya llevamos años de idas y vueltas, y la neta, ya me harté —Jaime soltó una risa burlona, sus ojos, siempre llenos de picardía, ahora brillaban por el alcohol y el cansancio.—¡Vaya! Así que andas con Fiorella Saavedra, ¿no es la hermana de Mónica? Te gustan todas, ¿eh?—Jajaja, Fiorella es tan dulce y se ve tan inocente... Cuando me llama “amigo”, se me derriten las piernas —Jaime se mordió los labios, saboreando cada palabra.—No por nada eres el señor Navas, eres el ejemplo a seguir. Al final, una mujer no es más que un pasatiempo, ¿no?—Pero aun así, ella es......Mientras las risas llenaban la sala, Mónica estaba parada en la puerta, apretando la manija con tanta fuerza que se le marcaban los nudillos. Cada palabra que salía del interior la atravesaba como un puñal.Las frases de Jaime la hirieron hasta el fondo. ¿El mismísimo conejo no muerde cerca de su madriguera y él sí? No podía creer que Jaime, después de todo, ya estuviera con Fiorella.Respiró profundo, dejando que el aire le quemara el pecho, y empujó la puerta con decisión.El bullicio se apagó en un segundo. Todos se quedaron mirando entre sí, la duda pintada en sus caras: ¿habría escuchado Mónica todo lo que acababan de decir?Nelson, el amigo de Jaime, fue el primero en reaccionar y trató de salvar el momento.—¡Mónica, qué bueno que llegaste! Ven, siéntate, vamos a brindar.Mónica lo ignoró por completo. Caminó hasta quedar frente a Jaime y, en un tono tan cortante que congeló el ambiente, dijo:—Jaime, hasta aquí llegamos. Terminamos.Sin darle tiempo a responder, tomó la copa de vino tinto de la mesa y se la lanzó directo a la cara. El líquido corrió por el rostro de Jaime, y Mónica se dio media vuelta para marcharse.Jaime, empapado y furioso, soltó:—Mónica, si sales por esa puerta esta noche, entonces no habrá vuelta atrás entre nosotros.Su seguridad era total. Después de todo, durante estos tres años, él siempre había llevado las riendas de la relación. Había salido con celebridades, chicas universitarias y hasta con empleadas de su empresa, y Mónica siempre había hecho como que no veía nada.Habían terminado y vuelto varias veces, pero siempre era Mónica quien regresaba primero, bajando la cabeza. Jaime estaba convencido de que esta vez no sería diferente.Mónica se detuvo un segundo. Jaime pensó que iba a arrepentirse y esbozó una sonrisa triunfante.Pero ella, sin vacilar, cruzó la puerta.El gesto dejó a Jaime boquiabierto.A un lado, su amigo intentó calmarlo:—Jaime, creo que esta vez sí se enojó en serio. Mejor ve tras ella.—¿Perseguirla? Están locos. Dale un par de horas y vuelve solita, como siempre. ¿O no la conocen? —La forma en que lo dijo era como si Mónica fuera su mascota obediente.Los demás, al escuchar eso, dejaron de insistir. Era cierto: antes de que pasara una hora, Mónica siempre regresaba.Seguro que esta vez no sería distinto....Mónica salió de la sala privada del club y, sin esperarlo, chocó de frente con alguien.Un aroma masculino fuerte y embriagador la envolvió, y sintió cómo el calor le subía por la piel.El hombre llevaba una camisa negra, desabrochada en el cuello, dejando ver una clavícula marcada y provocativa. Su pantalón negro caía perfecto, resaltando una presencia de madurez, elegancia y ese aire inalcanzable que solo tienen los hombres que saben lo que valen.La tenue luz iluminó apenas el perfil del hombre, delineando sus facciones marcadas; su expresión era distante, con una indiferencia que lo hacía lucir inalcanzable y misterioso, como si hubiera jurado no dejarse arrastrar por ningún deseo. Ese aire lo volvía aún más atractivo.El hombre apenas arrugó el entrecejo, listo para marcharse.De pronto, los dedos delgados y pálidos de Mónica se aferraron con fuerza a la manga de su camisa, como si en ese gesto estuviera atrapando la última esperanza de su vida.El corazón de Mónica latía con fuerza. El aroma particular del hombre la hacía sentirse confundida, casi mareada.Recordó la escena que acababa de ocurrir en el privado. Se le cruzó por la mente, casi con desesperación: Si Jaime pudo hacerlo, ¿por qué yo no?—Suéltame —le espetó el hombre, todo en él irradiaba una frialdad impenetrable, como si nada pudiera tocarlo.—No quiero —la voz de Mónica era suave, como el maullido de un gatito, tan dulce y provocadora que podía hacer que cualquiera perdiera la cabeza.El hombre bajó la mirada y la observó, una media sonrisa se dibujó en sus labios.—¿No quieres? ¿Estás consciente de lo que puede pasar después? —su voz tenía un matiz seductor, pero también peligroso, como quien juega con fuego.—¿Te gustaría casarte conmigo? —preguntó Mónica, con los ojos ligeramente enrojecidos, reuniendo todo su valor.En el fondo, Mónica también sentía que estaba perdiendo la razón.Pero ella solo quería encontrar a alguien con quien casarse, no era un capricho ni un arrebato; lo había pensado bien.Su abuelita ya estaba grande y siempre había soñado con verla formar una familia. Antes, ella y Jaime ya hablaban de boda, pero después de lo que pasó, eso era imposible.No quería que su abuelita siguiera preocupada, y menos aún dejarse la puerta abierta para volver atrás.Cualquier hombre era mejor que ese patán de Jaime.El hombre frente a ella no llevaba anillo; probablemente seguía soltero.Tenía que intentarlo, ¿no?Además, ese aroma fresco y agradable del hombre no le disgustaba para nada. Por primera vez en toda la noche, Mónica se sintió completamente lúcida.La voz del hombre sonó cortante, pero al instante siguiente, sus dedos rozaron la mandíbula de ella, levantándole el rostro con suavidad. Lo que vio fue el rostro delicado de Mónica, unos ojos claros y brillantes, llenos de ternura y sensualidad a la vez, tan atractivos que era imposible apartar la vista.¡Era ella!—¿Estás segura? ¿Sabes quién soy? —preguntó el hombre, su tono grave y profundo, con una especie de magnetismo que se sentía casi irreal.Mónica se estremeció y levantó la mirada de golpe.¡Pedro Betancourt!¿Cómo podía ser Pedro?¿Quién era Pedro? Nada menos que el heredero más famoso y enigmático de Costa Coralina. Desde los quince años, causaba temblor en Wall Street con solo mover un dedo; todo el país sabía quién era.Pedro tenía una presencia y una belleza que destacaban. No había chica de la alta sociedad de Costa Coralina que no soñara con casarse con él. Tenía un talento fuera de serie y una reputación de ser despiadado; a quienes lo ofendían, rara vez les iba bien.En resumen, era alguien a quien nadie quería tener como enemigo.Mónica lo miró, notando la severidad en su rostro. Sus pestañas temblaron levemente y sintió ganas de salir corriendo.En realidad, ya lo había visto dos veces antes.La primera vez fue durante una negociación, cuando alguien intentó ponerle trabas y fue Pedro quien la ayudó a salir bien librada.La segunda vez, Jaime la había llevado a una fiesta y ahí descubrió que aquel hombre que la había ayudado era Pedro. Desde el principio, Pedro le pareció alguien con un aire sombrío y distante.Cualquiera con sentido común sabía que era mejor no cruzarse con él.El nerviosismo de Mónica le recorría la espalda como un escalofrío. Empezaba a arrepentirse.¿Y si él la había reconocido?Pero al recordar todo lo que Jaime le había hecho, Mónica se irguió y respondió con firmeza.—Estoy segura.Aunque fuera como lanzarse a un pozo sin fondo, no iba a echarse para atrás.Lo que más quería era que Jaime viera que ella no lo necesitaba para nada.Por si el hombre dudaba, Mónica lo miró de reojo y, una vez más, se armó de valor.—Hablo en serio. No es una broma.—¿Por qué? ¿No tienes novio? ¿O solo quieres que yo sea tu consuelo? —replicó Pedro, recordando que en la última fiesta la había visto acompañada de un tipo.Mónica, al escuchar eso, abrió los ojos de par en par, presa del nerviosismo, y se apresuró a explicar.—No, no, para nada. Jamás pensé algo así. Mira, lo de Jaime y yo ya no tiene remedio, nuestra relación está hecha pedazos. Mi abuelita ya está grande y siempre me ha pedido que me case pronto, así que sólo busco a alguien para casarme.¿Usar a Pedro como el plan B? Ni loca haría algo así.Pedro mantenía una expresión tan tranquila que era imposible adivinar qué pasaba por su mente.—¿Y de veras te atreves a dejar a ese tipo?—¿Un hombre adicto a las infidelidades? No hay nada que extrañar ahí —respondió Mónica con una chispa de desprecio en los ojos.Después de lo que había pasado en el privado, donde la habían puesto en su lugar, ya tenía la mente despejada.Al escuchar esas palabras de Jaime, en ese momento supo que no quedaba nada por salvar.Pedro arqueó una ceja, y en sus ojos oscuros brilló una chispa intensa y fugaz.Entreabrió los ojos, levantó el mentón y, con una voz ronca marcada por la contención, preguntó:—¿Estás segura de esto?Los ojos de Mónica brillaban, llenos de lágrimas contenidas, pero su voz sonó firme:—Estoy más que segura. Pienso deshacerme de la basura de una vez.De pronto, Pedro la atrajo hacia sí, apretándola contra su pecho. Se inclinó hasta su oído, y con el aliento cálido rozándole la oreja, le susurró:—Tú fuiste la que empezó todo esto, así que luego no vengas a arrepentirte.Mónica sentía las mejillas ardiendo y el corazón a punto de salirse del pecho. Tardó un momento en animarse, luego alzó la vista, pestañeando nerviosa, y murmuró:—No me voy a arrepentir.Para entonces, ya había tirado la razón por la ventana.—Perfecto. Mañana mismo vamos a firmar los papeles —Pedro ni siquiera le dejó espacio para dudarlo.Mónica parpadeó, sorprendida:—¿Tan rápido?—¿Pasa algo? ¿Hay algún problema?—Ningún problema. ¿Te importaría llevarme a casa? Necesito recoger mis documentos.En poco tiempo, Pedro la dejó en su casa.Ahora Mónica vivía con su abuelita.Su papá, Simón Saavedra, las había abandonado a ella y a su mamá para irse con la amante, Yolanda Solano.La hija de Yolanda incluso se cambió el nombre a Fiorella.La mamá de Mónica, Pilar Monroy, nunca superó el golpe. Terminó perdiendo la razón y, poco después, murió en un accidente de tráfico.Ese fue el mayor dolor en la vida de Mónica; cada vez que lo recordaba, sentía el alma hecha trizas.Por eso odiaba a Simón. Por su culpa, su mamá acabó así.Jamás lo perdonaría.Fiorella era tres años menor que Mónica. Apenas se había graduado de la universidad y, casualmente, también trabajaba en la empresa de Jaime: Glamour Épico.No hacía mucho, en la fiesta anual de la empresa, Fiorella se robó la noche con un solo de baile. Probablemente ahí fue donde Jaime y ella comenzaron su aventura.Glamour Épico era una joyería que había ido ganando fama en los últimos años, hasta convertirse en una de las estrellas del sector.Quizá por eso Fiorella decidió entrar ahí.Aunque Mónica también trabajaba en Glamour Épico, su área era el diseño.Casi nunca se cruzaba con Jaime en la oficina, y mucho menos se metía en temas de recursos humanos.Por eso, hasta la fiesta de fin de año se enteró de que Fiorella también trabajaba ahí.De todos modos, Mónica no dijo nada. Ahora ya no tenía nada que ver con los Saavedra.Lo que nunca imaginó fue que Jaime terminaría fijándose en alguien tan cercana.Para ganarse el reconocimiento de los Navas, Mónica había tenido que esforzarse el triple, y aun así terminó perdiendo.Siempre tuvo talento para el diseño. Cuando fue el concurso nacional de joyería, ella ganó la medalla de oro.Junto a Jaime fundaron Glamour Épico. Incluso el nombre lo pensaron entre los dos. Ahora, al recordarlo, le parecía una broma cruel.—Llegamos. Ya es tarde, mejor no molesto a tu abuelita. Buscaré otro momento para visitarla —la voz grave y serena de Pedro la sacó de sus pensamientos.Mónica tardó un segundo en reaccionar y, tras asentir, respondió:—De acuerdo.—Descansa. Mañana temprano mando a alguien para que te lleve al registro civil —añadió Pedro.—Está bien —contestó Mónica, obediente.Sólo cuando el carro de Pedro desapareció en la noche, Mónica entró a su casa, sintiendo que todo lo que había pasado era un sueño.Entró de puntitas, pues su abuelita ya dormía.Al encender el celular, notó que tenía muchas llamadas perdidas.Algunas de Jaime y otras de su mejor amiga, Dafne Montes.Las dos se habían conocido en la universidad, fueron compañeras de cuarto y se contaban todo.Dafne era quien más conocía a Mónica.Ahora trabajaba como jefa de ventas en una empresa, toda una guerrera incansable.Capítulo 2El club privado más exclusivo de Costa Coralina estaba impregnado del aroma del dinero, un lugar donde el lujo y el derroche convivían sin pudor. Era famoso por ser la cueva donde muchos iban a perderse entre excesos.En ese instante, una mano fina y delgada se posó sobre la manija de una puerta, lista para entrar, cuando de repente una voz conocida se filtró desde el interior.—¿Dices Mónica Saavedra? Yo ya me cansé de ella —Jaime Navas encendió un cigarrillo, exhalando el humo con un aire despreocupado y hasta burlón.Los demás en la sala privada no tardaron en sumarse a la conversación, soltando risas y comentarios.—Eso sí, hasta la mujer más guapa termina aburriendo.—Pero oye, Jaime, ¿de veras la vas a dejar? Ya son tres años juntos, y bien que la perseguiste un buen rato.—Sí, y mira que Mónica está de diez, su figura le da la vuelta a cualquier famosa.—¿Por qué no la dejaría? Prefiero las mujeres dulces y tiernas, como Fiorella. Ella es tan suave, que hasta parece que voy flotando en su ternura. Con Mónica, ya llevamos años de idas y vueltas, y la neta, ya me harté —Jaime soltó una risa burlona, sus ojos, siempre llenos de picardía, ahora brillaban por el alcohol y el cansancio.—¡Vaya! Así que andas con Fiorella Saavedra, ¿no es la hermana de Mónica? Te gustan todas, ¿eh?—Jajaja, Fiorella es tan dulce y se ve tan inocente... Cuando me llama “amigo”, se me derriten las piernas —Jaime se mordió los labios, saboreando cada palabra.—No por nada eres el señor Navas, eres el ejemplo a seguir. Al final, una mujer no es más que un pasatiempo, ¿no?—Pero aun así, ella es......Mientras las risas llenaban la sala, Mónica estaba parada en la puerta, apretando la manija con tanta fuerza que se le marcaban los nudillos. Cada palabra que salía del interior la atravesaba como un puñal.Las frases de Jaime la hirieron hasta el fondo. ¿El mismísimo conejo no muerde cerca de su madriguera y él sí? No podía creer que Jaime, después de todo, ya estuviera con Fiorella.Respiró profundo, dejando que el aire le quemara el pecho, y empujó la puerta con decisión.El bullicio se apagó en un segundo. Todos se quedaron mirando entre sí, la duda pintada en sus caras: ¿habría escuchado Mónica todo lo que acababan de decir?Nelson, el amigo de Jaime, fue el primero en reaccionar y trató de salvar el momento.—¡Mónica, qué bueno que llegaste! Ven, siéntate, vamos a brindar.Mónica lo ignoró por completo. Caminó hasta quedar frente a Jaime y, en un tono tan cortante que congeló el ambiente, dijo:—Jaime, hasta aquí llegamos. Terminamos.Sin darle tiempo a responder, tomó la copa de vino tinto de la mesa y se la lanzó directo a la cara. El líquido corrió por el rostro de Jaime, y Mónica se dio media vuelta para marcharse.Jaime, empapado y furioso, soltó:—Mónica, si sales por esa puerta esta noche, entonces no habrá vuelta atrás entre nosotros.Su seguridad era total. Después de todo, durante estos tres años, él siempre había llevado las riendas de la relación. Había salido con celebridades, chicas universitarias y hasta con empleadas de su empresa, y Mónica siempre había hecho como que no veía nada.Habían terminado y vuelto varias veces, pero siempre era Mónica quien regresaba primero, bajando la cabeza. Jaime estaba convencido de que esta vez no sería diferente.Mónica se detuvo un segundo. Jaime pensó que iba a arrepentirse y esbozó una sonrisa triunfante.Pero ella, sin vacilar, cruzó la puerta.El gesto dejó a Jaime boquiabierto.A un lado, su amigo intentó calmarlo:—Jaime, creo que esta vez sí se enojó en serio. Mejor ve tras ella.—¿Perseguirla? Están locos. Dale un par de horas y vuelve solita, como siempre. ¿O no la conocen? —La forma en que lo dijo era como si Mónica fuera su mascota obediente.Los demás, al escuchar eso, dejaron de insistir. Era cierto: antes de que pasara una hora, Mónica siempre regresaba.Seguro que esta vez no sería distinto....Mónica salió de la sala privada del club y, sin esperarlo, chocó de frente con alguien.Un aroma masculino fuerte y embriagador la envolvió, y sintió cómo el calor le subía por la piel.El hombre llevaba una camisa negra, desabrochada en el cuello, dejando ver una clavícula marcada y provocativa. Su pantalón negro caía perfecto, resaltando una presencia de madurez, elegancia y ese aire inalcanzable que solo tienen los hombres que saben lo que valen.La tenue luz iluminó apenas el perfil del hombre, delineando sus facciones marcadas; su expresión era distante, con una indiferencia que lo hacía lucir inalcanzable y misterioso, como si hubiera jurado no dejarse arrastrar por ningún deseo. Ese aire lo volvía aún más atractivo.El hombre apenas arrugó el entrecejo, listo para marcharse.De pronto, los dedos delgados y pálidos de Mónica se aferraron con fuerza a la manga de su camisa, como si en ese gesto estuviera atrapando la última esperanza de su vida.El corazón de Mónica latía con fuerza. El aroma particular del hombre la hacía sentirse confundida, casi mareada.Recordó la escena que acababa de ocurrir en el privado. Se le cruzó por la mente, casi con desesperación: Si Jaime pudo hacerlo, ¿por qué yo no?—Suéltame —le espetó el hombre, todo en él irradiaba una frialdad impenetrable, como si nada pudiera tocarlo.—No quiero —la voz de Mónica era suave, como el maullido de un gatito, tan dulce y provocadora que podía hacer que cualquiera perdiera la cabeza.El hombre bajó la mirada y la observó, una media sonrisa se dibujó en sus labios.—¿No quieres? ¿Estás consciente de lo que puede pasar después? —su voz tenía un matiz seductor, pero también peligroso, como quien juega con fuego.—¿Te gustaría casarte conmigo? —preguntó Mónica, con los ojos ligeramente enrojecidos, reuniendo todo su valor.En el fondo, Mónica también sentía que estaba perdiendo la razón.Pero ella solo quería encontrar a alguien con quien casarse, no era un capricho ni un arrebato; lo había pensado bien.Su abuelita ya estaba grande y siempre había soñado con verla formar una familia. Antes, ella y Jaime ya hablaban de boda, pero después de lo que pasó, eso era imposible.No quería que su abuelita siguiera preocupada, y menos aún dejarse la puerta abierta para volver atrás.Cualquier hombre era mejor que ese patán de Jaime.El hombre frente a ella no llevaba anillo; probablemente seguía soltero.Tenía que intentarlo, ¿no?Además, ese aroma fresco y agradable del hombre no le disgustaba para nada. Por primera vez en toda la noche, Mónica se sintió completamente lúcida.La voz del hombre sonó cortante, pero al instante siguiente, sus dedos rozaron la mandíbula de ella, levantándole el rostro con suavidad. Lo que vio fue el rostro delicado de Mónica, unos ojos claros y brillantes, llenos de ternura y sensualidad a la vez, tan atractivos que era imposible apartar la vista.¡Era ella!—¿Estás segura? ¿Sabes quién soy? —preguntó el hombre, su tono grave y profundo, con una especie de magnetismo que se sentía casi irreal.Mónica se estremeció y levantó la mirada de golpe.¡Pedro Betancourt!¿Cómo podía ser Pedro?¿Quién era Pedro? Nada menos que el heredero más famoso y enigmático de Costa Coralina. Desde los quince años, causaba temblor en Wall Street con solo mover un dedo; todo el país sabía quién era.Pedro tenía una presencia y una belleza que destacaban. No había chica de la alta sociedad de Costa Coralina que no soñara con casarse con él. Tenía un talento fuera de serie y una reputación de ser despiadado; a quienes lo ofendían, rara vez les iba bien.En resumen, era alguien a quien nadie quería tener como enemigo.Mónica lo miró, notando la severidad en su rostro. Sus pestañas temblaron levemente y sintió ganas de salir corriendo.En realidad, ya lo había visto dos veces antes.La primera vez fue durante una negociación, cuando alguien intentó ponerle trabas y fue Pedro quien la ayudó a salir bien librada.La segunda vez, Jaime la había llevado a una fiesta y ahí descubrió que aquel hombre que la había ayudado era Pedro. Desde el principio, Pedro le pareció alguien con un aire sombrío y distante.Cualquiera con sentido común sabía que era mejor no cruzarse con él.El nerviosismo de Mónica le recorría la espalda como un escalofrío. Empezaba a arrepentirse.¿Y si él la había reconocido?Pero al recordar todo lo que Jaime le había hecho, Mónica se irguió y respondió con firmeza.—Estoy segura.Aunque fuera como lanzarse a un pozo sin fondo, no iba a echarse para atrás.Lo que más quería era que Jaime viera que ella no lo necesitaba para nada.Por si el hombre dudaba, Mónica lo miró de reojo y, una vez más, se armó de valor.—Hablo en serio. No es una broma.—¿Por qué? ¿No tienes novio? ¿O solo quieres que yo sea tu consuelo? —replicó Pedro, recordando que en la última fiesta la había visto acompañada de un tipo.Mónica, al escuchar eso, abrió los ojos de par en par, presa del nerviosismo, y se apresuró a explicar.—No, no, para nada. Jamás pensé algo así. Mira, lo de Jaime y yo ya no tiene remedio, nuestra relación está hecha pedazos. Mi abuelita ya está grande y siempre me ha pedido que me case pronto, así que sólo busco a alguien para casarme.¿Usar a Pedro como el plan B? Ni loca haría algo así.Pedro mantenía una expresión tan tranquila que era imposible adivinar qué pasaba por su mente.—¿Y de veras te atreves a dejar a ese tipo?—¿Un hombre adicto a las infidelidades? No hay nada que extrañar ahí —respondió Mónica con una chispa de desprecio en los ojos.Después de lo que había pasado en el privado, donde la habían puesto en su lugar, ya tenía la mente despejada.Al escuchar esas palabras de Jaime, en ese momento supo que no quedaba nada por salvar.Pedro arqueó una ceja, y en sus ojos oscuros brilló una chispa intensa y fugaz.Entreabrió los ojos, levantó el mentón y, con una voz ronca marcada por la contención, preguntó:—¿Estás segura de esto?Los ojos de Mónica brillaban, llenos de lágrimas contenidas, pero su voz sonó firme:—Estoy más que segura. Pienso deshacerme de la basura de una vez.De pronto, Pedro la atrajo hacia sí, apretándola contra su pecho. Se inclinó hasta su oído, y con el aliento cálido rozándole la oreja, le susurró:—Tú fuiste la que empezó todo esto, así que luego no vengas a arrepentirte.Mónica sentía las mejillas ardiendo y el corazón a punto de salirse del pecho. Tardó un momento en animarse, luego alzó la vista, pestañeando nerviosa, y murmuró:—No me voy a arrepentir.Para entonces, ya había tirado la razón por la ventana.—Perfecto. Mañana mismo vamos a firmar los papeles —Pedro ni siquiera le dejó espacio para dudarlo.Mónica parpadeó, sorprendida:—¿Tan rápido?—¿Pasa algo? ¿Hay algún problema?—Ningún problema. ¿Te importaría llevarme a casa? Necesito recoger mis documentos.En poco tiempo, Pedro la dejó en su casa.Ahora Mónica vivía con su abuelita.Su papá, Simón Saavedra, las había abandonado a ella y a su mamá para irse con la amante, Yolanda Solano.La hija de Yolanda incluso se cambió el nombre a Fiorella.La mamá de Mónica, Pilar Monroy, nunca superó el golpe. Terminó perdiendo la razón y, poco después, murió en un accidente de tráfico.Ese fue el mayor dolor en la vida de Mónica; cada vez que lo recordaba, sentía el alma hecha trizas.Por eso odiaba a Simón. Por su culpa, su mamá acabó así.Jamás lo perdonaría.Fiorella era tres años menor que Mónica. Apenas se había graduado de la universidad y, casualmente, también trabajaba en la empresa de Jaime: Glamour Épico.No hacía mucho, en la fiesta anual de la empresa, Fiorella se robó la noche con un solo de baile. Probablemente ahí fue donde Jaime y ella comenzaron su aventura.Glamour Épico era una joyería que había ido ganando fama en los últimos años, hasta convertirse en una de las estrellas del sector.Quizá por eso Fiorella decidió entrar ahí.Aunque Mónica también trabajaba en Glamour Épico, su área era el diseño.Casi nunca se cruzaba con Jaime en la oficina, y mucho menos se metía en temas de recursos humanos.Por eso, hasta la fiesta de fin de año se enteró de que Fiorella también trabajaba ahí.De todos modos, Mónica no dijo nada. Ahora ya no tenía nada que ver con los Saavedra.Lo que nunca imaginó fue que Jaime terminaría fijándose en alguien tan cercana.Para ganarse el reconocimiento de los Navas, Mónica había tenido que esforzarse el triple, y aun así terminó perdiendo.Siempre tuvo talento para el diseño. Cuando fue el concurso nacional de joyería, ella ganó la medalla de oro.Junto a Jaime fundaron Glamour Épico. Incluso el nombre lo pensaron entre los dos. Ahora, al recordarlo, le parecía una broma cruel.—Llegamos. Ya es tarde, mejor no molesto a tu abuelita. Buscaré otro momento para visitarla —la voz grave y serena de Pedro la sacó de sus pensamientos.Mónica tardó un segundo en reaccionar y, tras asentir, respondió:—De acuerdo.—Descansa. Mañana temprano mando a alguien para que te lleve al registro civil —añadió Pedro.—Está bien —contestó Mónica, obediente.Sólo cuando el carro de Pedro desapareció en la noche, Mónica entró a su casa, sintiendo que todo lo que había pasado era un sueño.Entró de puntitas, pues su abuelita ya dormía.Al encender el celular, notó que tenía muchas llamadas perdidas.Algunas de Jaime y otras de su mejor amiga, Dafne Montes.Las dos se habían conocido en la universidad, fueron compañeras de cuarto y se contaban todo.Dafne era quien más conocía a Mónica.Ahora trabajaba como jefa de ventas en una empresa, toda una guerrera incansable.Capítulo 3El club privado más exclusivo de Costa Coralina estaba impregnado del aroma del dinero, un lugar donde el lujo y el derroche convivían sin pudor. Era famoso por ser la cueva donde muchos iban a perderse entre excesos.En ese instante, una mano fina y delgada se posó sobre la manija de una puerta, lista para entrar, cuando de repente una voz conocida se filtró desde el interior.—¿Dices Mónica Saavedra? Yo ya me cansé de ella —Jaime Navas encendió un cigarrillo, exhalando el humo con un aire despreocupado y hasta burlón.Los demás en la sala privada no tardaron en sumarse a la conversación, soltando risas y comentarios.—Eso sí, hasta la mujer más guapa termina aburriendo.—Pero oye, Jaime, ¿de veras la vas a dejar? Ya son tres años juntos, y bien que la perseguiste un buen rato.—Sí, y mira que Mónica está de diez, su figura le da la vuelta a cualquier famosa.—¿Por qué no la dejaría? Prefiero las mujeres dulces y tiernas, como Fiorella. Ella es tan suave, que hasta parece que voy flotando en su ternura. Con Mónica, ya llevamos años de idas y vueltas, y la neta, ya me harté —Jaime soltó una risa burlona, sus ojos, siempre llenos de picardía, ahora brillaban por el alcohol y el cansancio.—¡Vaya! Así que andas con Fiorella Saavedra, ¿no es la hermana de Mónica? Te gustan todas, ¿eh?—Jajaja, Fiorella es tan dulce y se ve tan inocente... Cuando me llama “amigo”, se me derriten las piernas —Jaime se mordió los labios, saboreando cada palabra.—No por nada eres el señor Navas, eres el ejemplo a seguir. Al final, una mujer no es más que un pasatiempo, ¿no?—Pero aun así, ella es......Mientras las risas llenaban la sala, Mónica estaba parada en la puerta, apretando la manija con tanta fuerza que se le marcaban los nudillos. Cada palabra que salía del interior la atravesaba como un puñal.Las frases de Jaime la hirieron hasta el fondo. ¿El mismísimo conejo no muerde cerca de su madriguera y él sí? No podía creer que Jaime, después de todo, ya estuviera con Fiorella.Respiró profundo, dejando que el aire le quemara el pecho, y empujó la puerta con decisión.El bullicio se apagó en un segundo. Todos se quedaron mirando entre sí, la duda pintada en sus caras: ¿habría escuchado Mónica todo lo que acababan de decir?Nelson, el amigo de Jaime, fue el primero en reaccionar y trató de salvar el momento.—¡Mónica, qué bueno que llegaste! Ven, siéntate, vamos a brindar.Mónica lo ignoró por completo. Caminó hasta quedar frente a Jaime y, en un tono tan cortante que congeló el ambiente, dijo:—Jaime, hasta aquí llegamos. Terminamos.Sin darle tiempo a responder, tomó la copa de vino tinto de la mesa y se la lanzó directo a la cara. El líquido corrió por el rostro de Jaime, y Mónica se dio media vuelta para marcharse.Jaime, empapado y furioso, soltó:—Mónica, si sales por esa puerta esta noche, entonces no habrá vuelta atrás entre nosotros.Su seguridad era total. Después de todo, durante estos tres años, él siempre había llevado las riendas de la relación. Había salido con celebridades, chicas universitarias y hasta con empleadas de su empresa, y Mónica siempre había hecho como que no veía nada.Habían terminado y vuelto varias veces, pero siempre era Mónica quien regresaba primero, bajando la cabeza. Jaime estaba convencido de que esta vez no sería diferente.Mónica se detuvo un segundo. Jaime pensó que iba a arrepentirse y esbozó una sonrisa triunfante.Pero ella, sin vacilar, cruzó la puerta.El gesto dejó a Jaime boquiabierto.A un lado, su amigo intentó calmarlo:—Jaime, creo que esta vez sí se enojó en serio. Mejor ve tras ella.—¿Perseguirla? Están locos. Dale un par de horas y vuelve solita, como siempre. ¿O no la conocen? —La forma en que lo dijo era como si Mónica fuera su mascota obediente.Los demás, al escuchar eso, dejaron de insistir. Era cierto: antes de que pasara una hora, Mónica siempre regresaba.Seguro que esta vez no sería distinto....Mónica salió de la sala privada del club y, sin esperarlo, chocó de frente con alguien.Un aroma masculino fuerte y embriagador la envolvió, y sintió cómo el calor le subía por la piel.El hombre llevaba una camisa negra, desabrochada en el cuello, dejando ver una clavícula marcada y provocativa. Su pantalón negro caía perfecto, resaltando una presencia de madurez, elegancia y ese aire inalcanzable que solo tienen los hombres que saben lo que valen.La tenue luz iluminó apenas el perfil del hombre, delineando sus facciones marcadas; su expresión era distante, con una indiferencia que lo hacía lucir inalcanzable y misterioso, como si hubiera jurado no dejarse arrastrar por ningún deseo. Ese aire lo volvía aún más atractivo.El hombre apenas arrugó el entrecejo, listo para marcharse.De pronto, los dedos delgados y pálidos de Mónica se aferraron con fuerza a la manga de su camisa, como si en ese gesto estuviera atrapando la última esperanza de su vida.El corazón de Mónica latía con fuerza. El aroma particular del hombre la hacía sentirse confundida, casi mareada.Recordó la escena que acababa de ocurrir en el privado. Se le cruzó por la mente, casi con desesperación: Si Jaime pudo hacerlo, ¿por qué yo no?—Suéltame —le espetó el hombre, todo en él irradiaba una frialdad impenetrable, como si nada pudiera tocarlo.—No quiero —la voz de Mónica era suave, como el maullido de un gatito, tan dulce y provocadora que podía hacer que cualquiera perdiera la cabeza.El hombre bajó la mirada y la observó, una media sonrisa se dibujó en sus labios.—¿No quieres? ¿Estás consciente de lo que puede pasar después? —su voz tenía un matiz seductor, pero también peligroso, como quien juega con fuego.—¿Te gustaría casarte conmigo? —preguntó Mónica, con los ojos ligeramente enrojecidos, reuniendo todo su valor.En el fondo, Mónica también sentía que estaba perdiendo la razón.Pero ella solo quería encontrar a alguien con quien casarse, no era un capricho ni un arrebato; lo había pensado bien.Su abuelita ya estaba grande y siempre había soñado con verla formar una familia. Antes, ella y Jaime ya hablaban de boda, pero después de lo que pasó, eso era imposible.No quería que su abuelita siguiera preocupada, y menos aún dejarse la puerta abierta para volver atrás.Cualquier hombre era mejor que ese patán de Jaime.El hombre frente a ella no llevaba anillo; probablemente seguía soltero.Tenía que intentarlo, ¿no?Además, ese aroma fresco y agradable del hombre no le disgustaba para nada. Por primera vez en toda la noche, Mónica se sintió completamente lúcida.La voz del hombre sonó cortante, pero al instante siguiente, sus dedos rozaron la mandíbula de ella, levantándole el rostro con suavidad. Lo que vio fue el rostro delicado de Mónica, unos ojos claros y brillantes, llenos de ternura y sensualidad a la vez, tan atractivos que era imposible apartar la vista.¡Era ella!—¿Estás segura? ¿Sabes quién soy? —preguntó el hombre, su tono grave y profundo, con una especie de magnetismo que se sentía casi irreal.Mónica se estremeció y levantó la mirada de golpe.¡Pedro Betancourt!¿Cómo podía ser Pedro?¿Quién era Pedro? Nada menos que el heredero más famoso y enigmático de Costa Coralina. Desde los quince años, causaba temblor en Wall Street con solo mover un dedo; todo el país sabía quién era.Pedro tenía una presencia y una belleza que destacaban. No había chica de la alta sociedad de Costa Coralina que no soñara con casarse con él. Tenía un talento fuera de serie y una reputación de ser despiadado; a quienes lo ofendían, rara vez les iba bien.En resumen, era alguien a quien nadie quería tener como enemigo.Mónica lo miró, notando la severidad en su rostro. Sus pestañas temblaron levemente y sintió ganas de salir corriendo.En realidad, ya lo había visto dos veces antes.La primera vez fue durante una negociación, cuando alguien intentó ponerle trabas y fue Pedro quien la ayudó a salir bien librada.La segunda vez, Jaime la había llevado a una fiesta y ahí descubrió que aquel hombre que la había ayudado era Pedro. Desde el principio, Pedro le pareció alguien con un aire sombrío y distante.Cualquiera con sentido común sabía que era mejor no cruzarse con él.El nerviosismo de Mónica le recorría la espalda como un escalofrío. Empezaba a arrepentirse.¿Y si él la había reconocido?Pero al recordar todo lo que Jaime le había hecho, Mónica se irguió y respondió con firmeza.—Estoy segura.Aunque fuera como lanzarse a un pozo sin fondo, no iba a echarse para atrás.Lo que más quería era que Jaime viera que ella no lo necesitaba para nada.Por si el hombre dudaba, Mónica lo miró de reojo y, una vez más, se armó de valor.—Hablo en serio. No es una broma.—¿Por qué? ¿No tienes novio? ¿O solo quieres que yo sea tu consuelo? —replicó Pedro, recordando que en la última fiesta la había visto acompañada de un tipo.Mónica, al escuchar eso, abrió los ojos de par en par, presa del nerviosismo, y se apresuró a explicar.—No, no, para nada. Jamás pensé algo así. Mira, lo de Jaime y yo ya no tiene remedio, nuestra relación está hecha pedazos. Mi abuelita ya está grande y siempre me ha pedido que me case pronto, así que sólo busco a alguien para casarme.¿Usar a Pedro como el plan B? Ni loca haría algo así.Pedro mantenía una expresión tan tranquila que era imposible adivinar qué pasaba por su mente.—¿Y de veras te atreves a dejar a ese tipo?—¿Un hombre adicto a las infidelidades? No hay nada que extrañar ahí —respondió Mónica con una chispa de desprecio en los ojos.Después de lo que había pasado en el privado, donde la habían puesto en su lugar, ya tenía la mente despejada.Al escuchar esas palabras de Jaime, en ese momento supo que no quedaba nada por salvar.Pedro arqueó una ceja, y en sus ojos oscuros brilló una chispa intensa y fugaz.Entreabrió los ojos, levantó el mentón y, con una voz ronca marcada por la contención, preguntó:—¿Estás segura de esto?Los ojos de Mónica brillaban, llenos de lágrimas contenidas, pero su voz sonó firme:—Estoy más que segura. Pienso deshacerme de la basura de una vez.De pronto, Pedro la atrajo hacia sí, apretándola contra su pecho. Se inclinó hasta su oído, y con el aliento cálido rozándole la oreja, le susurró:—Tú fuiste la que empezó todo esto, así que luego no vengas a arrepentirte.Mónica sentía las mejillas ardiendo y el corazón a punto de salirse del pecho. Tardó un momento en animarse, luego alzó la vista, pestañeando nerviosa, y murmuró:—No me voy a arrepentir.Para entonces, ya había tirado la razón por la ventana.—Perfecto. Mañana mismo vamos a firmar los papeles —Pedro ni siquiera le dejó espacio para dudarlo.Mónica parpadeó, sorprendida:—¿Tan rápido?—¿Pasa algo? ¿Hay algún problema?—Ningún problema. ¿Te importaría llevarme a casa? Necesito recoger mis documentos.En poco tiempo, Pedro la dejó en su casa.Ahora Mónica vivía con su abuelita.Su papá, Simón Saavedra, las había abandonado a ella y a su mamá para irse con la amante, Yolanda Solano.La hija de Yolanda incluso se cambió el nombre a Fiorella.La mamá de Mónica, Pilar Monroy, nunca superó el golpe. Terminó perdiendo la razón y, poco después, murió en un accidente de tráfico.Ese fue el mayor dolor en la vida de Mónica; cada vez que lo recordaba, sentía el alma hecha trizas.Por eso odiaba a Simón. Por su culpa, su mamá acabó así.Jamás lo perdonaría.Fiorella era tres años menor que Mónica. Apenas se había graduado de la universidad y, casualmente, también trabajaba en la empresa de Jaime: Glamour Épico.No hacía mucho, en la fiesta anual de la empresa, Fiorella se robó la noche con un solo de baile. Probablemente ahí fue donde Jaime y ella comenzaron su aventura.Glamour Épico era una joyería que había ido ganando fama en los últimos años, hasta convertirse en una de las estrellas del sector.Quizá por eso Fiorella decidió entrar ahí.Aunque Mónica también trabajaba en Glamour Épico, su área era el diseño.Casi nunca se cruzaba con Jaime en la oficina, y mucho menos se metía en temas de recursos humanos.Por eso, hasta la fiesta de fin de año se enteró de que Fiorella también trabajaba ahí.De todos modos, Mónica no dijo nada. Ahora ya no tenía nada que ver con los Saavedra.Lo que nunca imaginó fue que Jaime terminaría fijándose en alguien tan cercana.Para ganarse el reconocimiento de los Navas, Mónica había tenido que esforzarse el triple, y aun así terminó perdiendo.Siempre tuvo talento para el diseño. Cuando fue el concurso nacional de joyería, ella ganó la medalla de oro.Junto a Jaime fundaron Glamour Épico. Incluso el nombre lo pensaron entre los dos. Ahora, al recordarlo, le parecía una broma cruel.—Llegamos. Ya es tarde, mejor no molesto a tu abuelita. Buscaré otro momento para visitarla —la voz grave y serena de Pedro la sacó de sus pensamientos.Mónica tardó un segundo en reaccionar y, tras asentir, respondió:—De acuerdo.—Descansa. Mañana temprano mando a alguien para que te lleve al registro civil —añadió Pedro.—Está bien —contestó Mónica, obediente.Sólo cuando el carro de Pedro desapareció en la noche, Mónica entró a su casa, sintiendo que todo lo que había pasado era un sueño.Entró de puntitas, pues su abuelita ya dormía.Al encender el celular, notó que tenía muchas llamadas perdidas.Algunas de Jaime y otras de su mejor amiga, Dafne Montes.Las dos se habían conocido en la universidad, fueron compañeras de cuarto y se contaban todo.Dafne era quien más conocía a Mónica.Ahora trabajaba como jefa de ventas en una empresa, toda una guerrera incansable.

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