A los diecinueve años de Fabiola Campos, Sebastián Benítez irrumpió en su vida gris como un rayo de luz. Le prometió protegerla, pero cuatro años después, fue él mismo quien la empujó a un abismo aún más profundo. Cuando su amor del pasado regresó, ella se convirtió en un estorbo, hasta su dignidad fue pisoteada. Hasta que apareció Agustín Lucero, un hombre peligroso y fascinante, que con un contrato la sacó del fango. Le ofreció matrimonio, libertad, incluso la oportunidad de huir lejos. Pero Fabiola sabía que detrás de ese trato había secretos. Cuando las heridas del pasado se reabrieron y la obsesión de Sebastián se volvió locura, ella tuvo que elegir entre hundirse o despertar. —Fabiola, no puedes escapar. —No. Esta vez, quemaré hasta el último recuerdo de ti.

Capítulo 1El deseo de un hombre de treinta años era crudo y directo.Fabiola Campos ya ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba él haciéndolo. Todo su cuerpo parecía desarmado, sumergido por una oleada de deseo tan intensa que apenas podía respirar.Sebastián Benítez conocía su cuerpo a la perfección, sabía cada uno de sus puntos sensibles. No había una sola caricia innecesaria, cada movimiento era certero y experimentado.—Desde mañana, no agendes nada en mi semana. Me voy de vacaciones. Reserva dos boletos de avión para Maldivas —dijo Sebastián por fin, de pie junto a la cama, vistiéndose despacio, como si nada lo apresurara.Fabiola apenas pudo mover su cintura adormecida, pero en sus ojos cruzó un destello de alegría.—¿Vas a llevarme de viaje, Sebastián?Sebastián se quedó callado un instante, frunció el entrecejo y la miró.—Voy con Martina Gallegos.La sonrisa de Fabiola se congeló poco a poco. Bajó la cabeza, incómoda.—Está bien, señor Sebastián...Al notar que Fabiola palidecía, Sebastián volvió a hablar.—Fabiola, eres huérfana, todavía muy joven. Yo nunca voy a casarme contigo.Fabiola levantó la mirada. Su sonrisa era amarga.—Nunca esperé que te casaras conmigo... Si la señorita Martina ya regresó divorciada, ¿entonces lo nuestro, eso que siempre ocultamos, ya se puede acabar?El rostro de Sebastián se endureció. Le revolvió el cabello con fastidio, aunque intentó suavizar su tono mientras le dejaba una tarjeta en la mesita de noche.—Pórtate bien. Compra lo que quieras.—Señor Sebastián, no quiero ser tu amante... —Fabiola lo miró desafiante. Ella sabía que Sebastián y Martina terminarían casados tarde o temprano.—No es momento de hablar de eso. Si algún día me caso, lo platicamos. No te pongas caprichosa. Si seguimos o no, tú no decides —replicó Sebastián, ya con tono de molestia. Le lanzó una última mirada y salió del cuarto.Solo cuando la puerta principal se cerró, Fabiola sintió un zumbido en los oídos, como si todo el mundo se hubiera apagado.Era huérfana. Cuando entró a la universidad, por ser bonita atrajo la envidia de Renata Benítez, hija de una familia poderosa. Renata la había golpeado, le dejó un oído sordo, le rompió un dedo del pie y casi la deja ciega con una colilla de cigarro...Alguien grabó todo y lo subió a internet. El escándalo no tardó en explotar.La universidad tuvo que llamar a los padres. Quien fue a dar la cara por Renata fue Sebastián.Sebastián era el hermano de Renata.Quizá por proteger el honor del Grupo Benítez, o tal vez por lástima, Sebastián extendió la mano hacia Fabiola, que en ese momento no tenía ni un pedazo de piel sin herida. La primera frase que le dijo fue: “No te preocupes, ya no dejaré que nadie te lastime”.Fabiola se aferró a esa promesa. Débil, sí, pero era todo lo que tenía.Se enamoró de Sebastián porque, en su época más vulnerable, él llenó todas sus fantasías sobre el afecto y la seguridad que un hombre podía darle.Alguna vez pensó que Sebastián era su salvación. Pero ahora... Sebastián no la amaba, aunque tampoco la dejaba ir....Grupo Benítez.Sebastián tenía que asistir a una junta para delegar responsabilidades. Martina lo esperaba en la oficina.En pocas horas, ambos volarían a Maldivas. Siete días juntos, como una luna de miel adelantada.Fabiola llevó una taza de café hasta Martina, sintiendo el pecho apretado, como si le clavaran un cuchillo.—Señorita Martina, su café.Martina la miró y le sonrió con amabilidad.Martina venía de una familia influyente, era la pareja ideal para Sebastián desde pequeños. Tenía una presencia serena, era elegante, la típica chica de sociedad. Sin decir nada, solo sentada ahí, irradiaba tanta confianza que a Fabiola le lastimaba los ojos.Fabiola sabía que había perdido antes de empezar. Nunca tuvo oportunidad.El príncipe jamás se enamora de la cenicienta. Solo la usa para matar el tiempo.Después de dejar el café, Fabiola casi salió huyendo, sintiéndose derrotada.No tenía confianza en sí misma. Su origen huérfano, la pobreza y las cicatrices físicas la llenaban de inseguridad.—¿Ya supiste que el señor Sebastián y la señorita Martina se van de luna de miel? Dicen que ya formalizaron y cuando regresen lo harán público. Las dos familias ya aprobaron el matrimonio.En la sala de bebidas, las compañeras comentaban el asunto.Fabiola, distraída, se quemó la mano al servir agua caliente. El vaso cayó y se rompió. Tarde se dio cuenta, y corrió a poner la mano bajo el agua fría.Sebastián y Martina se iban a casar.Eso significaba que lo suyo con Sebastián había terminado. También su periodo de prácticas en el Grupo Benítez.—Fabiola, el señor Sebastián te pidió que a las once lo lleves en carro al aeropuerto con la señorita Martina.Una compañera la llamó para que los llevara.Fabiola apenas pudo forzar una sonrisa amarga. Sebastián era cruel.Sabía que Sebastián lo hacía adrede. Tenía chofer, pero prefería que fuera Fabiola quien los llevara, solo para dejarle claro su lugar y que no soñara con imposibles.En el fondo, Sebastián y Renata eran iguales. Los dos la habían lastimado, solo que cada uno a su manera.Renata dañó su cuerpo; Sebastián, su corazón ya de por sí roto.Sacó su celular. Dudó un buen rato antes de marcar un número que tenía bloqueado.—¿Señor Agustín? Usted me dijo que si aceptaba casarme con usted, me ayudaría a ir a estudiar a Italia... ¿Aún vale la oferta? —preguntó Fabiola con la voz temblorosa.Casarse, huir. Quizá esa era su única salida para dejar Costa Esmeralda y alejarse de Sebastián.—¿Estás segura? —la voz grave del otro lado sonó distante—. El trece, a las siete de la noche, en Residencial Zona Diamante. Hablamos de los detalles.Faltaban ocho días para el trece.—Fabiola.— La voz suave de Martina resonó justo cuando Fabiola acababa de colgar el teléfono.Fabiola giró rápido, con el corazón acelerado, y vio a Martina parada en la puerta de la sala de descanso. Martina irradiaba una elegancia y dulzura que imponía, como si su sola sonrisa bastara para poner nerviosa a cualquiera.—¿En qué puedo ayudarla, señorita Martina?—Me acabo de acordar que faltan algunas cositas para el viaje. ¿Te animas a ir por ellas?— Martina sacó una lista escrita a mano y se la entregó a Fabiola.La letra de Martina era igual que ella: delicada y cálida.Fabiola se quedó viendo la lista, y en cuanto leyó la palabra “condones”, sintió como si una aguja le pinchara el pecho.—Te encargo que sea un secreto, ¿vale?— susurró Martina, guiñándole un ojo de manera cómplice.Fabiola asintió, sin saber dónde meterse, y salió casi corriendo de la pequeña cocina donde preparaban bebidas....La primera vez con Sebastián, Fabiola acababa de cumplir diecinueve. Era su cumpleaños, él le regaló flores y un pastel. Fabiola, que había crecido en un orfanato, nunca había probado un pastel de cumpleaños; aquel detalle, tan simple, la conquistó por completo.Se rio con amargura. Sentía que su vida era una burla, una especie de broma cruel.Pensaba que las niñas deberían crecer rodeadas de cariño y abundancia. Si no, cualquier pastelito podía ser suficiente para que un tipo cualquiera te robara el corazón.Durante los cuatro años con Sebastián, Fabiola jamás compró condones. A él no le gustaba usarlos; siempre la hacía tomar pastillas. Pero con Martina, él ni siquiera lo pensaba, jamás permitiría que ella se lastimara tomando esas pastillas. ¡Por supuesto que no! Para Martina, solo lo mejor....Camino al aeropuerto, Fabiola iba callada, absorta en sus pensamientos.—Vamos con prisa, pisa el acelerador— soltó Sebastián, notando su ánimo decaído.—Sí, señor Sebastián— respondió Fabiola, girando a la izquierda apenas el semáforo cambió.El carro de adelante acababa de atravesar el cruce cuando, de pronto, un niño apareció corriendo y se lanzó al asfalto. Fabiola, en un reflejo, giró el volante para esquivarlo y terminó chocando de lleno contra el camellón del centro.—¡Martina!— gritó Sebastián, y la protegió con su cuerpo en el instante en que se sintió el golpe.Por suerte, la velocidad era baja. Solo el lado del conductor quedó destrozado.El aire de la bolsa de seguridad estalló. El asiento deformado dejó a Fabiola atrapada, con la pierna izquierda atorada; el dolor fue tan intenso que casi se desmayó.—Sebastián…— balbuceó, temblando de pánico.—Sácame de aquí…El encierro la aterraba, la hacía perder el control. Recordó aquel día en la universidad cuando Renata la encerró a la fuerza en una caja de madera. Gritó, lloró, golpeó, pero nadie acudió a rescatarla.La sensación de asfixia y opresión la había marcado para siempre. Si no fuera porque la señora de la limpieza la encontró al día siguiente siguiendo un rastro de orina, probablemente habría muerto ahí mismo....—¡Sebastián!— Fabiola, al ver que él se bajaba del carro, entró en pánico. Se olvidó de que Martina estaba allí.—¡No me dejes!—Llama a los rescatistas y a tránsito— ordenó Sebastián, sin soltar a Martina, mientras marcaba por su celular.—Fabiola sigue adentro— comentó Martina, mirándolo con una mezcla de extrañeza y sospecha. Era raro, como asistente, no debía llamarlo por su nombre así.Sebastián apretó a Martina contra su pecho, lanzó una mirada impasible a Fabiola atrapada y revisó la hora en su reloj.—No hay tiempo, el golpe no fue grave. Mejor tomamos un taxi al aeropuerto. Que la rescaten ellos.Martina asintió, miró a Fabiola con una expresión difícil de descifrar y se fue con Sebastián, abandonando la escena sin decir palabra....Fabiola golpeó el vidrio con desesperación. Sebastián no volteó ni una sola vez.Ella comprendió. Sebastián tenía miedo de que Martina sospechara algo.Lo vio alejarse y el llanto la desbordó, incontenible.—¡Sebastián! ¡Sácame de aquí…! Dijiste que nunca me abandonarías…—¡Mentiroso, Sebastián, eres un mentiroso! ¡Juraste que me cuidarías!Fabiola se quebró. Entre el dolor físico y la angustia, la depresión la devoró por completo.Las heridas, que no eran graves, pronto se agravaron por su desesperación. Empezó a rasguñarse y a pegarle al interior del carro, sin poder parar.—¡Déjenme salir… por favor, sáquenme de aquí!— gritaba, golpeando el vidrio, mientras la sombra de aquel encierro en la universidad la arrastraba de nuevo al borde del abismo.No podía pensar con claridad. De pronto, un olor a quemado le llegó desde el motor.—¡Ese carro se está incendiando!—¿No hay nadie adentro? Vi que bajaron todos.La gente en la calle empezó a gritar.Fabiola, aislada, se puso a contar en voz baja.—Uno, dos, tres, cuatro…La noche en que Renata la dejó encerrada, llegó hasta el seis mil setecientos ochenta y ocho…Ahora solo podía preguntarse: ¿a qué número llegaría antes de morir?Tal vez la vida de una como yo está hecha para aguantarlo todo. Fabiola se salvó porque alguien intervino.Cuando despertó, ya era la mañana siguiente.—Fractura en el brazo derecho, leve conmoción, múltiples golpes en los tejidos blandos…El doctor estaba de pie junto a la cama, observando a Fabiola mientras ella abría los ojos.—¿Sientes alguna otra molestia?Fabiola negó con la cabeza. Tomó su celular y le echó un vistazo. Sebastián no le había llamado, ni siquiera un mensaje.Pero, para sorpresa de todos, Sebastián —que nunca publicaba nada en redes— subió una foto. Era una imagen en la playa, el mar azul brillaba bajo el sol, el paisaje parecía sacado de una postal…Por supuesto, la protagonista de la foto era Martina, luciendo un vestido largo de estilo bohemio. Se veía increíble, mucho más que el paisaje.Fabiola se hizo bolita y se tapó la cabeza con la sábana. Lloró.Cuatro años siguiendo a Sebastián, ¿qué era ella para él?Nada.Al salir del hospital, Fabiola volvió a su pequeño departamento rentado. Se tomó una pastilla de ibuprofeno y se quedó dormida.Así era ella, de espíritu fuerte: durmió casi un día entero y al fin volvió a sentirse viva.Después de ponerse algunos parches para el dolor, se fue directo a la oficina. Tenía que terminar la pasantía y cobrar su sueldo.—¿Vieron lo que publicó el señor Sebastián? ¡Qué bárbaro! Nunca sube nada y ahora, por la señorita Martina, hasta rompe su propia regla.—El señor Sebastián sí que es ejemplo de buen tipo, tantos años sin meterse con nadie, aguantando solo por la señorita Martina.Fabiola escuchó los comentarios apenas entró al área de trabajo.Soltó una risita sarcástica y se sentó en su lugar. Sebastián amaba a Martina, eso era cierto.¿Pero ejemplo de buen tipo? Por favor.A ella le parecía un chiste cruel. Para los hombres, no hay conflicto entre el amor y el cuerpo. En el fondo, Sebastián amaba a Martina, pero en la cama, nunca se privó de tenerla a ella.—Señorita, esta es nuestra área de trabajo. El señor Sebastián dijo que no puede…Desde la entrada, se escuchó un alboroto.Fabiola levantó la vista y sintió que la sangre se le helaba.Renata había llegado.—¡Quítate! —Renata entró pisando fuerte, con un traje carísimo y tacones que resonaban como truenos. Avanzó hasta plantarse frente a Fabiola.Fabiola bajó la cabeza y encogió los hombros, intentando pasar desapercibida. La sombra de aquel acoso en la universidad seguía persiguiéndola.—Fabiola, mi hermano regresa hoy al país. Va a casarse con Martina. —Renata susurró al oído de Fabiola, como una serpiente venenosa.Luego soltó una risa cruel.—¿Recuerdas lo que te dije hace cuatro años? Que el día que mi hermano te dejara sería tu sentencia…Fabiola se puso tensa, completamente rígida.Cuatro años y Renata seguía empeñada en hacerle la vida imposible.—¡Paf! —Renata le dio una bofetada a Fabiola delante de todos en la oficina.Fabiola no se defendió ni se atrevió a decir nada.Sí, era cobarde. No tenía cómo enfrentarse a Renata.Por más veces que soñara con desquitarse, la verdad era que, si quería seguir viva, no podía mover un dedo contra ella.Si algún día se hartaba de todo, seguro arrastraría a Renata consigo.Pero por ahora, seguía siendo una cobarde con ganas de vivir…—¿Te acuerdas de este golpe? Aquel año, mi hermano por defenderte me pegó por primera vez y hasta me mandó fuera del país. ¡Nunca me había tocado! —Renata estaba tan furiosa que hasta se rio. Agarró un café de la mesa y se lo vació encima a Fabiola.—Fabiola, ¿de verdad creíste que por andar con mi hermano ibas a ganar? ¿Qué te crees? No eres más que una huérfana, ¿sabes quién es mi hermano? ¿Pensaste que te iba a escoger para casarse?Renata empujó la cabeza de Fabiola, disfrutando cada palabra.—Lárgate del Grupo Benítez, o hago circular tus porquerías en el chat de la empresa.Fabiola mantuvo la cabeza gacha, sin decir nada.¿A qué se refería Renata con esas “porquerías”? ¿A las fotos desnuda que le tomaron cuando la acosaron en el primer año de universidad? ¿O a lo de haberse metido con su hermano?Nadie en la oficina se atrevió a defenderla. Renata era la princesa de la empresa.—Fabiola… ¿por qué te metiste con la princesa de los Benítez? —le susurró una compañera cuando Renata se fue.Fabiola sonrió y limpió su cara con una servilleta.—Fuimos compañeras en la uni. Cosas del pasado…En el baño.Fabiola se escondió en un rincón vacío para arreglarse la ropa.No lloró.En los primeros años de universidad, todavía se lamentaba y lloraba por las injusticias del mundo.¿Ser huérfana era culpa suya?¿Nacer sin contactos ni apoyo era motivo para ser pisoteada?Pero ahora, lo tenía clarísimo: nacer huérfana era pecado, no tener a nadie que te respalde era una condena.Quienes te hacen daño no necesitan razones.—¡Ding!—El celular vibró. Fabiola miró la pantalla. Sebastián le había transferido cincuenta mil pesos por WhatsApp.Después del escándalo de hoy en la empresa, seguro Sebastián se enteró de lo que Renata le hizo.Una bofetada, cincuenta mil pesos.Nada mal.[Le llamé la atención a Renata. Compra lo que quieras.]Sebastián mandó un audio enseguida.[Compra lo que quieras.]—Gracias, señor Sebastián.Fabiola aceptó el dinero. Era el pago por su trabajo, así lo veía.Vio la conversación en el chat y no supo qué esperaba. Tal vez que Sebastián preguntara cómo estaba, si le había pasado algo en el accidente de carro. Pero no, ni una sola palabra.Apagó el celular y fue a recursos humanos a entregar su renuncia. Como era pasante, la salida no fue complicada.Mañana era trece. Esa noche tenía que ir a la Residencial Zona Diamante, a ver al señor Agustín.Si lograba agarrar esa oportunidad, podría dejar para siempre Costa Esmeralda.Escapar de Sebastián.Capítulo 2El deseo de un hombre de treinta años era crudo y directo.Fabiola Campos ya ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba él haciéndolo. Todo su cuerpo parecía desarmado, sumergido por una oleada de deseo tan intensa que apenas podía respirar.Sebastián Benítez conocía su cuerpo a la perfección, sabía cada uno de sus puntos sensibles. No había una sola caricia innecesaria, cada movimiento era certero y experimentado.—Desde mañana, no agendes nada en mi semana. Me voy de vacaciones. Reserva dos boletos de avión para Maldivas —dijo Sebastián por fin, de pie junto a la cama, vistiéndose despacio, como si nada lo apresurara.Fabiola apenas pudo mover su cintura adormecida, pero en sus ojos cruzó un destello de alegría.—¿Vas a llevarme de viaje, Sebastián?Sebastián se quedó callado un instante, frunció el entrecejo y la miró.—Voy con Martina Gallegos.La sonrisa de Fabiola se congeló poco a poco. Bajó la cabeza, incómoda.—Está bien, señor Sebastián...Al notar que Fabiola palidecía, Sebastián volvió a hablar.—Fabiola, eres huérfana, todavía muy joven. Yo nunca voy a casarme contigo.Fabiola levantó la mirada. Su sonrisa era amarga.—Nunca esperé que te casaras conmigo... Si la señorita Martina ya regresó divorciada, ¿entonces lo nuestro, eso que siempre ocultamos, ya se puede acabar?El rostro de Sebastián se endureció. Le revolvió el cabello con fastidio, aunque intentó suavizar su tono mientras le dejaba una tarjeta en la mesita de noche.—Pórtate bien. Compra lo que quieras.—Señor Sebastián, no quiero ser tu amante... —Fabiola lo miró desafiante. Ella sabía que Sebastián y Martina terminarían casados tarde o temprano.—No es momento de hablar de eso. Si algún día me caso, lo platicamos. No te pongas caprichosa. Si seguimos o no, tú no decides —replicó Sebastián, ya con tono de molestia. Le lanzó una última mirada y salió del cuarto.Solo cuando la puerta principal se cerró, Fabiola sintió un zumbido en los oídos, como si todo el mundo se hubiera apagado.Era huérfana. Cuando entró a la universidad, por ser bonita atrajo la envidia de Renata Benítez, hija de una familia poderosa. Renata la había golpeado, le dejó un oído sordo, le rompió un dedo del pie y casi la deja ciega con una colilla de cigarro...Alguien grabó todo y lo subió a internet. El escándalo no tardó en explotar.La universidad tuvo que llamar a los padres. Quien fue a dar la cara por Renata fue Sebastián.Sebastián era el hermano de Renata.Quizá por proteger el honor del Grupo Benítez, o tal vez por lástima, Sebastián extendió la mano hacia Fabiola, que en ese momento no tenía ni un pedazo de piel sin herida. La primera frase que le dijo fue: “No te preocupes, ya no dejaré que nadie te lastime”.Fabiola se aferró a esa promesa. Débil, sí, pero era todo lo que tenía.Se enamoró de Sebastián porque, en su época más vulnerable, él llenó todas sus fantasías sobre el afecto y la seguridad que un hombre podía darle.Alguna vez pensó que Sebastián era su salvación. Pero ahora... Sebastián no la amaba, aunque tampoco la dejaba ir....Grupo Benítez.Sebastián tenía que asistir a una junta para delegar responsabilidades. Martina lo esperaba en la oficina.En pocas horas, ambos volarían a Maldivas. Siete días juntos, como una luna de miel adelantada.Fabiola llevó una taza de café hasta Martina, sintiendo el pecho apretado, como si le clavaran un cuchillo.—Señorita Martina, su café.Martina la miró y le sonrió con amabilidad.Martina venía de una familia influyente, era la pareja ideal para Sebastián desde pequeños. Tenía una presencia serena, era elegante, la típica chica de sociedad. Sin decir nada, solo sentada ahí, irradiaba tanta confianza que a Fabiola le lastimaba los ojos.Fabiola sabía que había perdido antes de empezar. Nunca tuvo oportunidad.El príncipe jamás se enamora de la cenicienta. Solo la usa para matar el tiempo.Después de dejar el café, Fabiola casi salió huyendo, sintiéndose derrotada.No tenía confianza en sí misma. Su origen huérfano, la pobreza y las cicatrices físicas la llenaban de inseguridad.—¿Ya supiste que el señor Sebastián y la señorita Martina se van de luna de miel? Dicen que ya formalizaron y cuando regresen lo harán público. Las dos familias ya aprobaron el matrimonio.En la sala de bebidas, las compañeras comentaban el asunto.Fabiola, distraída, se quemó la mano al servir agua caliente. El vaso cayó y se rompió. Tarde se dio cuenta, y corrió a poner la mano bajo el agua fría.Sebastián y Martina se iban a casar.Eso significaba que lo suyo con Sebastián había terminado. También su periodo de prácticas en el Grupo Benítez.—Fabiola, el señor Sebastián te pidió que a las once lo lleves en carro al aeropuerto con la señorita Martina.Una compañera la llamó para que los llevara.Fabiola apenas pudo forzar una sonrisa amarga. Sebastián era cruel.Sabía que Sebastián lo hacía adrede. Tenía chofer, pero prefería que fuera Fabiola quien los llevara, solo para dejarle claro su lugar y que no soñara con imposibles.En el fondo, Sebastián y Renata eran iguales. Los dos la habían lastimado, solo que cada uno a su manera.Renata dañó su cuerpo; Sebastián, su corazón ya de por sí roto.Sacó su celular. Dudó un buen rato antes de marcar un número que tenía bloqueado.—¿Señor Agustín? Usted me dijo que si aceptaba casarme con usted, me ayudaría a ir a estudiar a Italia... ¿Aún vale la oferta? —preguntó Fabiola con la voz temblorosa.Casarse, huir. Quizá esa era su única salida para dejar Costa Esmeralda y alejarse de Sebastián.—¿Estás segura? —la voz grave del otro lado sonó distante—. El trece, a las siete de la noche, en Residencial Zona Diamante. Hablamos de los detalles.Faltaban ocho días para el trece.—Fabiola.— La voz suave de Martina resonó justo cuando Fabiola acababa de colgar el teléfono.Fabiola giró rápido, con el corazón acelerado, y vio a Martina parada en la puerta de la sala de descanso. Martina irradiaba una elegancia y dulzura que imponía, como si su sola sonrisa bastara para poner nerviosa a cualquiera.—¿En qué puedo ayudarla, señorita Martina?—Me acabo de acordar que faltan algunas cositas para el viaje. ¿Te animas a ir por ellas?— Martina sacó una lista escrita a mano y se la entregó a Fabiola.La letra de Martina era igual que ella: delicada y cálida.Fabiola se quedó viendo la lista, y en cuanto leyó la palabra “condones”, sintió como si una aguja le pinchara el pecho.—Te encargo que sea un secreto, ¿vale?— susurró Martina, guiñándole un ojo de manera cómplice.Fabiola asintió, sin saber dónde meterse, y salió casi corriendo de la pequeña cocina donde preparaban bebidas....La primera vez con Sebastián, Fabiola acababa de cumplir diecinueve. Era su cumpleaños, él le regaló flores y un pastel. Fabiola, que había crecido en un orfanato, nunca había probado un pastel de cumpleaños; aquel detalle, tan simple, la conquistó por completo.Se rio con amargura. Sentía que su vida era una burla, una especie de broma cruel.Pensaba que las niñas deberían crecer rodeadas de cariño y abundancia. Si no, cualquier pastelito podía ser suficiente para que un tipo cualquiera te robara el corazón.Durante los cuatro años con Sebastián, Fabiola jamás compró condones. A él no le gustaba usarlos; siempre la hacía tomar pastillas. Pero con Martina, él ni siquiera lo pensaba, jamás permitiría que ella se lastimara tomando esas pastillas. ¡Por supuesto que no! Para Martina, solo lo mejor....Camino al aeropuerto, Fabiola iba callada, absorta en sus pensamientos.—Vamos con prisa, pisa el acelerador— soltó Sebastián, notando su ánimo decaído.—Sí, señor Sebastián— respondió Fabiola, girando a la izquierda apenas el semáforo cambió.El carro de adelante acababa de atravesar el cruce cuando, de pronto, un niño apareció corriendo y se lanzó al asfalto. Fabiola, en un reflejo, giró el volante para esquivarlo y terminó chocando de lleno contra el camellón del centro.—¡Martina!— gritó Sebastián, y la protegió con su cuerpo en el instante en que se sintió el golpe.Por suerte, la velocidad era baja. Solo el lado del conductor quedó destrozado.El aire de la bolsa de seguridad estalló. El asiento deformado dejó a Fabiola atrapada, con la pierna izquierda atorada; el dolor fue tan intenso que casi se desmayó.—Sebastián…— balbuceó, temblando de pánico.—Sácame de aquí…El encierro la aterraba, la hacía perder el control. Recordó aquel día en la universidad cuando Renata la encerró a la fuerza en una caja de madera. Gritó, lloró, golpeó, pero nadie acudió a rescatarla.La sensación de asfixia y opresión la había marcado para siempre. Si no fuera porque la señora de la limpieza la encontró al día siguiente siguiendo un rastro de orina, probablemente habría muerto ahí mismo....—¡Sebastián!— Fabiola, al ver que él se bajaba del carro, entró en pánico. Se olvidó de que Martina estaba allí.—¡No me dejes!—Llama a los rescatistas y a tránsito— ordenó Sebastián, sin soltar a Martina, mientras marcaba por su celular.—Fabiola sigue adentro— comentó Martina, mirándolo con una mezcla de extrañeza y sospecha. Era raro, como asistente, no debía llamarlo por su nombre así.Sebastián apretó a Martina contra su pecho, lanzó una mirada impasible a Fabiola atrapada y revisó la hora en su reloj.—No hay tiempo, el golpe no fue grave. Mejor tomamos un taxi al aeropuerto. Que la rescaten ellos.Martina asintió, miró a Fabiola con una expresión difícil de descifrar y se fue con Sebastián, abandonando la escena sin decir palabra....Fabiola golpeó el vidrio con desesperación. Sebastián no volteó ni una sola vez.Ella comprendió. Sebastián tenía miedo de que Martina sospechara algo.Lo vio alejarse y el llanto la desbordó, incontenible.—¡Sebastián! ¡Sácame de aquí…! Dijiste que nunca me abandonarías…—¡Mentiroso, Sebastián, eres un mentiroso! ¡Juraste que me cuidarías!Fabiola se quebró. Entre el dolor físico y la angustia, la depresión la devoró por completo.Las heridas, que no eran graves, pronto se agravaron por su desesperación. Empezó a rasguñarse y a pegarle al interior del carro, sin poder parar.—¡Déjenme salir… por favor, sáquenme de aquí!— gritaba, golpeando el vidrio, mientras la sombra de aquel encierro en la universidad la arrastraba de nuevo al borde del abismo.No podía pensar con claridad. De pronto, un olor a quemado le llegó desde el motor.—¡Ese carro se está incendiando!—¿No hay nadie adentro? Vi que bajaron todos.La gente en la calle empezó a gritar.Fabiola, aislada, se puso a contar en voz baja.—Uno, dos, tres, cuatro…La noche en que Renata la dejó encerrada, llegó hasta el seis mil setecientos ochenta y ocho…Ahora solo podía preguntarse: ¿a qué número llegaría antes de morir?Tal vez la vida de una como yo está hecha para aguantarlo todo. Fabiola se salvó porque alguien intervino.Cuando despertó, ya era la mañana siguiente.—Fractura en el brazo derecho, leve conmoción, múltiples golpes en los tejidos blandos…El doctor estaba de pie junto a la cama, observando a Fabiola mientras ella abría los ojos.—¿Sientes alguna otra molestia?Fabiola negó con la cabeza. Tomó su celular y le echó un vistazo. Sebastián no le había llamado, ni siquiera un mensaje.Pero, para sorpresa de todos, Sebastián —que nunca publicaba nada en redes— subió una foto. Era una imagen en la playa, el mar azul brillaba bajo el sol, el paisaje parecía sacado de una postal…Por supuesto, la protagonista de la foto era Martina, luciendo un vestido largo de estilo bohemio. Se veía increíble, mucho más que el paisaje.Fabiola se hizo bolita y se tapó la cabeza con la sábana. Lloró.Cuatro años siguiendo a Sebastián, ¿qué era ella para él?Nada.Al salir del hospital, Fabiola volvió a su pequeño departamento rentado. Se tomó una pastilla de ibuprofeno y se quedó dormida.Así era ella, de espíritu fuerte: durmió casi un día entero y al fin volvió a sentirse viva.Después de ponerse algunos parches para el dolor, se fue directo a la oficina. Tenía que terminar la pasantía y cobrar su sueldo.—¿Vieron lo que publicó el señor Sebastián? ¡Qué bárbaro! Nunca sube nada y ahora, por la señorita Martina, hasta rompe su propia regla.—El señor Sebastián sí que es ejemplo de buen tipo, tantos años sin meterse con nadie, aguantando solo por la señorita Martina.Fabiola escuchó los comentarios apenas entró al área de trabajo.Soltó una risita sarcástica y se sentó en su lugar. Sebastián amaba a Martina, eso era cierto.¿Pero ejemplo de buen tipo? Por favor.A ella le parecía un chiste cruel. Para los hombres, no hay conflicto entre el amor y el cuerpo. En el fondo, Sebastián amaba a Martina, pero en la cama, nunca se privó de tenerla a ella.—Señorita, esta es nuestra área de trabajo. El señor Sebastián dijo que no puede…Desde la entrada, se escuchó un alboroto.Fabiola levantó la vista y sintió que la sangre se le helaba.Renata había llegado.—¡Quítate! —Renata entró pisando fuerte, con un traje carísimo y tacones que resonaban como truenos. Avanzó hasta plantarse frente a Fabiola.Fabiola bajó la cabeza y encogió los hombros, intentando pasar desapercibida. La sombra de aquel acoso en la universidad seguía persiguiéndola.—Fabiola, mi hermano regresa hoy al país. Va a casarse con Martina. —Renata susurró al oído de Fabiola, como una serpiente venenosa.Luego soltó una risa cruel.—¿Recuerdas lo que te dije hace cuatro años? Que el día que mi hermano te dejara sería tu sentencia…Fabiola se puso tensa, completamente rígida.Cuatro años y Renata seguía empeñada en hacerle la vida imposible.—¡Paf! —Renata le dio una bofetada a Fabiola delante de todos en la oficina.Fabiola no se defendió ni se atrevió a decir nada.Sí, era cobarde. No tenía cómo enfrentarse a Renata.Por más veces que soñara con desquitarse, la verdad era que, si quería seguir viva, no podía mover un dedo contra ella.Si algún día se hartaba de todo, seguro arrastraría a Renata consigo.Pero por ahora, seguía siendo una cobarde con ganas de vivir…—¿Te acuerdas de este golpe? Aquel año, mi hermano por defenderte me pegó por primera vez y hasta me mandó fuera del país. ¡Nunca me había tocado! —Renata estaba tan furiosa que hasta se rio. Agarró un café de la mesa y se lo vació encima a Fabiola.—Fabiola, ¿de verdad creíste que por andar con mi hermano ibas a ganar? ¿Qué te crees? No eres más que una huérfana, ¿sabes quién es mi hermano? ¿Pensaste que te iba a escoger para casarse?Renata empujó la cabeza de Fabiola, disfrutando cada palabra.—Lárgate del Grupo Benítez, o hago circular tus porquerías en el chat de la empresa.Fabiola mantuvo la cabeza gacha, sin decir nada.¿A qué se refería Renata con esas “porquerías”? ¿A las fotos desnuda que le tomaron cuando la acosaron en el primer año de universidad? ¿O a lo de haberse metido con su hermano?Nadie en la oficina se atrevió a defenderla. Renata era la princesa de la empresa.—Fabiola… ¿por qué te metiste con la princesa de los Benítez? —le susurró una compañera cuando Renata se fue.Fabiola sonrió y limpió su cara con una servilleta.—Fuimos compañeras en la uni. Cosas del pasado…En el baño.Fabiola se escondió en un rincón vacío para arreglarse la ropa.No lloró.En los primeros años de universidad, todavía se lamentaba y lloraba por las injusticias del mundo.¿Ser huérfana era culpa suya?¿Nacer sin contactos ni apoyo era motivo para ser pisoteada?Pero ahora, lo tenía clarísimo: nacer huérfana era pecado, no tener a nadie que te respalde era una condena.Quienes te hacen daño no necesitan razones.—¡Ding!—El celular vibró. Fabiola miró la pantalla. Sebastián le había transferido cincuenta mil pesos por WhatsApp.Después del escándalo de hoy en la empresa, seguro Sebastián se enteró de lo que Renata le hizo.Una bofetada, cincuenta mil pesos.Nada mal.[Le llamé la atención a Renata. Compra lo que quieras.]Sebastián mandó un audio enseguida.[Compra lo que quieras.]—Gracias, señor Sebastián.Fabiola aceptó el dinero. Era el pago por su trabajo, así lo veía.Vio la conversación en el chat y no supo qué esperaba. Tal vez que Sebastián preguntara cómo estaba, si le había pasado algo en el accidente de carro. Pero no, ni una sola palabra.Apagó el celular y fue a recursos humanos a entregar su renuncia. Como era pasante, la salida no fue complicada.Mañana era trece. Esa noche tenía que ir a la Residencial Zona Diamante, a ver al señor Agustín.Si lograba agarrar esa oportunidad, podría dejar para siempre Costa Esmeralda.Escapar de Sebastián.Capítulo 3El deseo de un hombre de treinta años era crudo y directo.Fabiola Campos ya ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba él haciéndolo. Todo su cuerpo parecía desarmado, sumergido por una oleada de deseo tan intensa que apenas podía respirar.Sebastián Benítez conocía su cuerpo a la perfección, sabía cada uno de sus puntos sensibles. No había una sola caricia innecesaria, cada movimiento era certero y experimentado.—Desde mañana, no agendes nada en mi semana. Me voy de vacaciones. Reserva dos boletos de avión para Maldivas —dijo Sebastián por fin, de pie junto a la cama, vistiéndose despacio, como si nada lo apresurara.Fabiola apenas pudo mover su cintura adormecida, pero en sus ojos cruzó un destello de alegría.—¿Vas a llevarme de viaje, Sebastián?Sebastián se quedó callado un instante, frunció el entrecejo y la miró.—Voy con Martina Gallegos.La sonrisa de Fabiola se congeló poco a poco. Bajó la cabeza, incómoda.—Está bien, señor Sebastián...Al notar que Fabiola palidecía, Sebastián volvió a hablar.—Fabiola, eres huérfana, todavía muy joven. Yo nunca voy a casarme contigo.Fabiola levantó la mirada. Su sonrisa era amarga.—Nunca esperé que te casaras conmigo... Si la señorita Martina ya regresó divorciada, ¿entonces lo nuestro, eso que siempre ocultamos, ya se puede acabar?El rostro de Sebastián se endureció. Le revolvió el cabello con fastidio, aunque intentó suavizar su tono mientras le dejaba una tarjeta en la mesita de noche.—Pórtate bien. Compra lo que quieras.—Señor Sebastián, no quiero ser tu amante... —Fabiola lo miró desafiante. Ella sabía que Sebastián y Martina terminarían casados tarde o temprano.—No es momento de hablar de eso. Si algún día me caso, lo platicamos. No te pongas caprichosa. Si seguimos o no, tú no decides —replicó Sebastián, ya con tono de molestia. Le lanzó una última mirada y salió del cuarto.Solo cuando la puerta principal se cerró, Fabiola sintió un zumbido en los oídos, como si todo el mundo se hubiera apagado.Era huérfana. Cuando entró a la universidad, por ser bonita atrajo la envidia de Renata Benítez, hija de una familia poderosa. Renata la había golpeado, le dejó un oído sordo, le rompió un dedo del pie y casi la deja ciega con una colilla de cigarro...Alguien grabó todo y lo subió a internet. El escándalo no tardó en explotar.La universidad tuvo que llamar a los padres. Quien fue a dar la cara por Renata fue Sebastián.Sebastián era el hermano de Renata.Quizá por proteger el honor del Grupo Benítez, o tal vez por lástima, Sebastián extendió la mano hacia Fabiola, que en ese momento no tenía ni un pedazo de piel sin herida. La primera frase que le dijo fue: “No te preocupes, ya no dejaré que nadie te lastime”.Fabiola se aferró a esa promesa. Débil, sí, pero era todo lo que tenía.Se enamoró de Sebastián porque, en su época más vulnerable, él llenó todas sus fantasías sobre el afecto y la seguridad que un hombre podía darle.Alguna vez pensó que Sebastián era su salvación. Pero ahora... Sebastián no la amaba, aunque tampoco la dejaba ir....Grupo Benítez.Sebastián tenía que asistir a una junta para delegar responsabilidades. Martina lo esperaba en la oficina.En pocas horas, ambos volarían a Maldivas. Siete días juntos, como una luna de miel adelantada.Fabiola llevó una taza de café hasta Martina, sintiendo el pecho apretado, como si le clavaran un cuchillo.—Señorita Martina, su café.Martina la miró y le sonrió con amabilidad.Martina venía de una familia influyente, era la pareja ideal para Sebastián desde pequeños. Tenía una presencia serena, era elegante, la típica chica de sociedad. Sin decir nada, solo sentada ahí, irradiaba tanta confianza que a Fabiola le lastimaba los ojos.Fabiola sabía que había perdido antes de empezar. Nunca tuvo oportunidad.El príncipe jamás se enamora de la cenicienta. Solo la usa para matar el tiempo.Después de dejar el café, Fabiola casi salió huyendo, sintiéndose derrotada.No tenía confianza en sí misma. Su origen huérfano, la pobreza y las cicatrices físicas la llenaban de inseguridad.—¿Ya supiste que el señor Sebastián y la señorita Martina se van de luna de miel? Dicen que ya formalizaron y cuando regresen lo harán público. Las dos familias ya aprobaron el matrimonio.En la sala de bebidas, las compañeras comentaban el asunto.Fabiola, distraída, se quemó la mano al servir agua caliente. El vaso cayó y se rompió. Tarde se dio cuenta, y corrió a poner la mano bajo el agua fría.Sebastián y Martina se iban a casar.Eso significaba que lo suyo con Sebastián había terminado. También su periodo de prácticas en el Grupo Benítez.—Fabiola, el señor Sebastián te pidió que a las once lo lleves en carro al aeropuerto con la señorita Martina.Una compañera la llamó para que los llevara.Fabiola apenas pudo forzar una sonrisa amarga. Sebastián era cruel.Sabía que Sebastián lo hacía adrede. Tenía chofer, pero prefería que fuera Fabiola quien los llevara, solo para dejarle claro su lugar y que no soñara con imposibles.En el fondo, Sebastián y Renata eran iguales. Los dos la habían lastimado, solo que cada uno a su manera.Renata dañó su cuerpo; Sebastián, su corazón ya de por sí roto.Sacó su celular. Dudó un buen rato antes de marcar un número que tenía bloqueado.—¿Señor Agustín? Usted me dijo que si aceptaba casarme con usted, me ayudaría a ir a estudiar a Italia... ¿Aún vale la oferta? —preguntó Fabiola con la voz temblorosa.Casarse, huir. Quizá esa era su única salida para dejar Costa Esmeralda y alejarse de Sebastián.—¿Estás segura? —la voz grave del otro lado sonó distante—. El trece, a las siete de la noche, en Residencial Zona Diamante. Hablamos de los detalles.Faltaban ocho días para el trece.—Fabiola.— La voz suave de Martina resonó justo cuando Fabiola acababa de colgar el teléfono.Fabiola giró rápido, con el corazón acelerado, y vio a Martina parada en la puerta de la sala de descanso. Martina irradiaba una elegancia y dulzura que imponía, como si su sola sonrisa bastara para poner nerviosa a cualquiera.—¿En qué puedo ayudarla, señorita Martina?—Me acabo de acordar que faltan algunas cositas para el viaje. ¿Te animas a ir por ellas?— Martina sacó una lista escrita a mano y se la entregó a Fabiola.La letra de Martina era igual que ella: delicada y cálida.Fabiola se quedó viendo la lista, y en cuanto leyó la palabra “condones”, sintió como si una aguja le pinchara el pecho.—Te encargo que sea un secreto, ¿vale?— susurró Martina, guiñándole un ojo de manera cómplice.Fabiola asintió, sin saber dónde meterse, y salió casi corriendo de la pequeña cocina donde preparaban bebidas....La primera vez con Sebastián, Fabiola acababa de cumplir diecinueve. Era su cumpleaños, él le regaló flores y un pastel. Fabiola, que había crecido en un orfanato, nunca había probado un pastel de cumpleaños; aquel detalle, tan simple, la conquistó por completo.Se rio con amargura. Sentía que su vida era una burla, una especie de broma cruel.Pensaba que las niñas deberían crecer rodeadas de cariño y abundancia. Si no, cualquier pastelito podía ser suficiente para que un tipo cualquiera te robara el corazón.Durante los cuatro años con Sebastián, Fabiola jamás compró condones. A él no le gustaba usarlos; siempre la hacía tomar pastillas. Pero con Martina, él ni siquiera lo pensaba, jamás permitiría que ella se lastimara tomando esas pastillas. ¡Por supuesto que no! Para Martina, solo lo mejor....Camino al aeropuerto, Fabiola iba callada, absorta en sus pensamientos.—Vamos con prisa, pisa el acelerador— soltó Sebastián, notando su ánimo decaído.—Sí, señor Sebastián— respondió Fabiola, girando a la izquierda apenas el semáforo cambió.El carro de adelante acababa de atravesar el cruce cuando, de pronto, un niño apareció corriendo y se lanzó al asfalto. Fabiola, en un reflejo, giró el volante para esquivarlo y terminó chocando de lleno contra el camellón del centro.—¡Martina!— gritó Sebastián, y la protegió con su cuerpo en el instante en que se sintió el golpe.Por suerte, la velocidad era baja. Solo el lado del conductor quedó destrozado.El aire de la bolsa de seguridad estalló. El asiento deformado dejó a Fabiola atrapada, con la pierna izquierda atorada; el dolor fue tan intenso que casi se desmayó.—Sebastián…— balbuceó, temblando de pánico.—Sácame de aquí…El encierro la aterraba, la hacía perder el control. Recordó aquel día en la universidad cuando Renata la encerró a la fuerza en una caja de madera. Gritó, lloró, golpeó, pero nadie acudió a rescatarla.La sensación de asfixia y opresión la había marcado para siempre. Si no fuera porque la señora de la limpieza la encontró al día siguiente siguiendo un rastro de orina, probablemente habría muerto ahí mismo....—¡Sebastián!— Fabiola, al ver que él se bajaba del carro, entró en pánico. Se olvidó de que Martina estaba allí.—¡No me dejes!—Llama a los rescatistas y a tránsito— ordenó Sebastián, sin soltar a Martina, mientras marcaba por su celular.—Fabiola sigue adentro— comentó Martina, mirándolo con una mezcla de extrañeza y sospecha. Era raro, como asistente, no debía llamarlo por su nombre así.Sebastián apretó a Martina contra su pecho, lanzó una mirada impasible a Fabiola atrapada y revisó la hora en su reloj.—No hay tiempo, el golpe no fue grave. Mejor tomamos un taxi al aeropuerto. Que la rescaten ellos.Martina asintió, miró a Fabiola con una expresión difícil de descifrar y se fue con Sebastián, abandonando la escena sin decir palabra....Fabiola golpeó el vidrio con desesperación. Sebastián no volteó ni una sola vez.Ella comprendió. Sebastián tenía miedo de que Martina sospechara algo.Lo vio alejarse y el llanto la desbordó, incontenible.—¡Sebastián! ¡Sácame de aquí…! Dijiste que nunca me abandonarías…—¡Mentiroso, Sebastián, eres un mentiroso! ¡Juraste que me cuidarías!Fabiola se quebró. Entre el dolor físico y la angustia, la depresión la devoró por completo.Las heridas, que no eran graves, pronto se agravaron por su desesperación. Empezó a rasguñarse y a pegarle al interior del carro, sin poder parar.—¡Déjenme salir… por favor, sáquenme de aquí!— gritaba, golpeando el vidrio, mientras la sombra de aquel encierro en la universidad la arrastraba de nuevo al borde del abismo.No podía pensar con claridad. De pronto, un olor a quemado le llegó desde el motor.—¡Ese carro se está incendiando!—¿No hay nadie adentro? Vi que bajaron todos.La gente en la calle empezó a gritar.Fabiola, aislada, se puso a contar en voz baja.—Uno, dos, tres, cuatro…La noche en que Renata la dejó encerrada, llegó hasta el seis mil setecientos ochenta y ocho…Ahora solo podía preguntarse: ¿a qué número llegaría antes de morir?Tal vez la vida de una como yo está hecha para aguantarlo todo. Fabiola se salvó porque alguien intervino.Cuando despertó, ya era la mañana siguiente.—Fractura en el brazo derecho, leve conmoción, múltiples golpes en los tejidos blandos…El doctor estaba de pie junto a la cama, observando a Fabiola mientras ella abría los ojos.—¿Sientes alguna otra molestia?Fabiola negó con la cabeza. Tomó su celular y le echó un vistazo. Sebastián no le había llamado, ni siquiera un mensaje.Pero, para sorpresa de todos, Sebastián —que nunca publicaba nada en redes— subió una foto. Era una imagen en la playa, el mar azul brillaba bajo el sol, el paisaje parecía sacado de una postal…Por supuesto, la protagonista de la foto era Martina, luciendo un vestido largo de estilo bohemio. Se veía increíble, mucho más que el paisaje.Fabiola se hizo bolita y se tapó la cabeza con la sábana. Lloró.Cuatro años siguiendo a Sebastián, ¿qué era ella para él?Nada.Al salir del hospital, Fabiola volvió a su pequeño departamento rentado. Se tomó una pastilla de ibuprofeno y se quedó dormida.Así era ella, de espíritu fuerte: durmió casi un día entero y al fin volvió a sentirse viva.Después de ponerse algunos parches para el dolor, se fue directo a la oficina. Tenía que terminar la pasantía y cobrar su sueldo.—¿Vieron lo que publicó el señor Sebastián? ¡Qué bárbaro! Nunca sube nada y ahora, por la señorita Martina, hasta rompe su propia regla.—El señor Sebastián sí que es ejemplo de buen tipo, tantos años sin meterse con nadie, aguantando solo por la señorita Martina.Fabiola escuchó los comentarios apenas entró al área de trabajo.Soltó una risita sarcástica y se sentó en su lugar. Sebastián amaba a Martina, eso era cierto.¿Pero ejemplo de buen tipo? Por favor.A ella le parecía un chiste cruel. Para los hombres, no hay conflicto entre el amor y el cuerpo. En el fondo, Sebastián amaba a Martina, pero en la cama, nunca se privó de tenerla a ella.—Señorita, esta es nuestra área de trabajo. El señor Sebastián dijo que no puede…Desde la entrada, se escuchó un alboroto.Fabiola levantó la vista y sintió que la sangre se le helaba.Renata había llegado.—¡Quítate! —Renata entró pisando fuerte, con un traje carísimo y tacones que resonaban como truenos. Avanzó hasta plantarse frente a Fabiola.Fabiola bajó la cabeza y encogió los hombros, intentando pasar desapercibida. La sombra de aquel acoso en la universidad seguía persiguiéndola.—Fabiola, mi hermano regresa hoy al país. Va a casarse con Martina. —Renata susurró al oído de Fabiola, como una serpiente venenosa.Luego soltó una risa cruel.—¿Recuerdas lo que te dije hace cuatro años? Que el día que mi hermano te dejara sería tu sentencia…Fabiola se puso tensa, completamente rígida.Cuatro años y Renata seguía empeñada en hacerle la vida imposible.—¡Paf! —Renata le dio una bofetada a Fabiola delante de todos en la oficina.Fabiola no se defendió ni se atrevió a decir nada.Sí, era cobarde. No tenía cómo enfrentarse a Renata.Por más veces que soñara con desquitarse, la verdad era que, si quería seguir viva, no podía mover un dedo contra ella.Si algún día se hartaba de todo, seguro arrastraría a Renata consigo.Pero por ahora, seguía siendo una cobarde con ganas de vivir…—¿Te acuerdas de este golpe? Aquel año, mi hermano por defenderte me pegó por primera vez y hasta me mandó fuera del país. ¡Nunca me había tocado! —Renata estaba tan furiosa que hasta se rio. Agarró un café de la mesa y se lo vació encima a Fabiola.—Fabiola, ¿de verdad creíste que por andar con mi hermano ibas a ganar? ¿Qué te crees? No eres más que una huérfana, ¿sabes quién es mi hermano? ¿Pensaste que te iba a escoger para casarse?Renata empujó la cabeza de Fabiola, disfrutando cada palabra.—Lárgate del Grupo Benítez, o hago circular tus porquerías en el chat de la empresa.Fabiola mantuvo la cabeza gacha, sin decir nada.¿A qué se refería Renata con esas “porquerías”? ¿A las fotos desnuda que le tomaron cuando la acosaron en el primer año de universidad? ¿O a lo de haberse metido con su hermano?Nadie en la oficina se atrevió a defenderla. Renata era la princesa de la empresa.—Fabiola… ¿por qué te metiste con la princesa de los Benítez? —le susurró una compañera cuando Renata se fue.Fabiola sonrió y limpió su cara con una servilleta.—Fuimos compañeras en la uni. Cosas del pasado…En el baño.Fabiola se escondió en un rincón vacío para arreglarse la ropa.No lloró.En los primeros años de universidad, todavía se lamentaba y lloraba por las injusticias del mundo.¿Ser huérfana era culpa suya?¿Nacer sin contactos ni apoyo era motivo para ser pisoteada?Pero ahora, lo tenía clarísimo: nacer huérfana era pecado, no tener a nadie que te respalde era una condena.Quienes te hacen daño no necesitan razones.—¡Ding!—El celular vibró. Fabiola miró la pantalla. Sebastián le había transferido cincuenta mil pesos por WhatsApp.Después del escándalo de hoy en la empresa, seguro Sebastián se enteró de lo que Renata le hizo.Una bofetada, cincuenta mil pesos.Nada mal.[Le llamé la atención a Renata. Compra lo que quieras.]Sebastián mandó un audio enseguida.[Compra lo que quieras.]—Gracias, señor Sebastián.Fabiola aceptó el dinero. Era el pago por su trabajo, así lo veía.Vio la conversación en el chat y no supo qué esperaba. Tal vez que Sebastián preguntara cómo estaba, si le había pasado algo en el accidente de carro. Pero no, ni una sola palabra.Apagó el celular y fue a recursos humanos a entregar su renuncia. Como era pasante, la salida no fue complicada.Mañana era trece. Esa noche tenía que ir a la Residencial Zona Diamante, a ver al señor Agustín.Si lograba agarrar esa oportunidad, podría dejar para siempre Costa Esmeralda.Escapar de Sebastián.

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