Después de dos años de mantener una relación a distancia, Mirella Solano vuelve a casa para encontrarse con una desagradable sorpresa: su novio tiene a otra mujer en casa. Aunque él estaba seguro de que Mirella no reaccionaría de forma inesperada, ella decide enviar las reveladoras fotos de la infidelidad a todos sus contactos, mostrando una determinación muy diferente de su habitual tranquilidad. Llena de rabia, Mirella regresa a su hogar y se entera a través de su mejor amiga de un nuevo y sorprendente plan familiar: quieren casarla con un hombre alto, apuesto y prestigioso, pero que lamentablemente padece una enfermedad terminal. Mirella rápidamente comprende que su madrastra está dispuesta a comprometer su felicidad futura para asegurar la situación económica de la familia. Sin embargo, está lejos de dejarse engañar. Con el corazón todavía dolido por su reciente decepción amorosa, Mirella percibe esta situación como una oportunidad única: la chance de mejorar su vida de manera inmediata, sabiendo que la fortuna de este hombre pronto podría ser suya. Dispuesta a tomar un atajo hacia la prosperidad, Mirella decide aceptar el acuerdo. Pero, ¿qué giros inesperados aguardarán en esta particular transacción?

Capítulo 1Mirella Solano no cabía de felicidad. Por fin, después de dos años de relación a distancia, ese capítulo llegaba a su fin. Su sonrisa iluminaba su cara y hasta el frío de invierno parecía desvanecerse ante la emoción de volver a ver a su novio.Con la maleta en mano, se plantó frente a la puerta de la casa de Kevin Balmoral. Marcó el código de acceso llena de ilusión.Apenas se abrió la puerta, se quedó helada.Allí, en el sofá, dos cuerpos entrelazados. El mundo de Mirella se vino abajo en un instante.Apretó los puños con fuerza. Los de la sala estaban tan metidos en lo suyo que ni cuenta se dieron de su presencia.Tragando el asco, sacó su celular y puso la cámara en modo video.Cuando la pareja cambió de posición, la mujer por fin notó a Mirella. Soltó un grito de espanto.Kevin también se sobresaltó. Rápido, jaló la cobija para cubrirse y trató de tapar a la mujer detrás de él.—Mirella, ¿qué haces aquí? —balbuceó Kevin, nervioso.Con los ojos enrojecidos, Mirella replicó:—Una escena tan “inolvidable” como esta, ¿cómo no grabarla para subirla a Instagram?Al escucharla, a Kevin no le importó que la otra estuviera desnuda; se envolvió torpemente en la cobija y saltó del sofá para tratar de arrebatarle el celular a Mirella.—Un paso más y lo comparto con todos —lo amenazó ella, firme.Kevin creyó que solo estaba bluffeando y siguió avanzando.Mirella, sin titubear, presionó “enviar a todos”.Kevin se quedó pasmado.Jamás pensó que esa mujer, tan comprensiva y dulce, fuera capaz de actuar con tanta determinación.—¡Mirella, estás loca! —le gritó, la ira dibujándose en su frente, como si fuera a explotar de rabia.Mirella levantó el celular, mostrando la pantalla con el 911 marcado.—Ya llamé a la policía.Kevin abrió los ojos, incrédulo.—Tú…Al ver la mirada fría y decidida de Mirella, solo pudo señalarla y mascullar:—¡Perfecto, ya verás!Los ojos de Mirella reflejaban un desprecio absoluto.—Dos años contigo… mejor lo hubiera invertido en un perro. No, ni a un perro le haría esto....Al salir de la casa de Kevin, Mirella fue directo a la de su mejor amiga, Cloe Casillas.Cinco días pasó en casa de Cloe. Y durante esos cinco días, Cloe se dedicó a insultar a Kevin.Esa mañana, al ver a Mirella con la mirada perdida frente al celular, Cloe se acercó y la abrazó.—No te pongas triste, deberías agradecer que viste quién es de verdad.Mirella negó con la cabeza.—Ya no me duele. Solo estoy dudando sobre la propuesta que mi papá me organizó.—¿Qué propuesta?Resulta que el papá de Mirella le había arreglado un compromiso y no dejaba de insistirle para que volviera a platicar.El candidato era de familia adinerada, alto, guapo y el único hijo de la familia.Si Mirella aceptaba casarse, la familia del chico le daría un millón de pesos como dote, y si quedaba embarazada en los próximos dos meses, le darían cien millones como recompensa. Bastaba con tener un hijo para convertirse en la dueña de una fortuna incalculable.Cloe soltó una carcajada y aplaudió con ironía.—Seguro esto es idea de tu madrastra, ¿no? Si fuera tan bueno, ¿por qué no mete a su propia hija? Ese cuento está podrido desde la raíz.—¿Sabes algo más? —preguntó Mirella, sospechando.—Bueno, sí. Pero hay un detalle que no te han contado.—¿Qué detalle?Cloe bajó la voz.—El tipo se llama Ángel Borges. Es guapo, rico y tiene poder. Antes, todas las mujeres de Río Dorado soñaban con casarse con él… y si no, al menos pasar una noche con él.—Ángel Borges… —susurró Mirella, masticando el nombre—. Me suena conocido.Cloe soltó una risita.—Cualquier persona de Río Dorado lo conoce.Y añadió:—El año pasado salió en todos lados que tiene una enfermedad terminal. Le quedan pocos meses de vida. Tenía novia, pero cuando se enteró, se largó del país.—O sea, casarte con él es como casarte con un muerto en vida.Vaya, ahora todo cobraba sentido. Qué historia más triste.Cloe torció la boca.—Eso de “con madrastra también hay padrastro” no es mentira. Tu madrastra quiere verte viuda, nada más.—Cuando él muera, podrías casarte otra vez.Cloe abrió los ojos de par en par.—No manches, ¿de verdad lo estás considerando? Ese tipo debe estar hecho polvo, y encima quiere casarse solo para dejar un heredero antes de irse. Eso está enfermo.Mirella suspiró suavemente.—Pero la oferta es muy jugosa.—…—Además, si muere, me quedo con toda su fortuna —agregó Mirella, con una expresión serena—. Al final, tendría dinero y libertad, algo que muchos envidiarían.Cloe se quedó mirando a Mirella, como si no pudiera creer lo que oía.—¿Tú estás bien de la cabeza? ¿O te pasó algo fuerte?—Te juro que no —contestó Mirella, con el ceño serio—. Ya lo pensé bien, el amor es como los fantasmas: todos hablan de él, pero nadie lo ha visto. Mejor ni lo busco.—Además, ¿no trabajamos tan duro para ganar más plata y conseguir libertad financiera? Ahora que tengo un atajo, ¿por qué no tomarlo?Cloe se quedó callada unos segundos, confundida.—...No sé cómo, pero suena bastante lógico.Mirella soltó una risa corta.—Porque así es la vida, Cloe. Así de simple....Esa noche, Kevin usó el celular de otra persona para llamarle a Mirella y le gritó que era pura fachada y nada útil.Cuando Mirella colgó, Kevin volvió a marcar desde otros números. Ella bloqueó uno tras otro, hasta que terminó apagando el celular.Al día siguiente, al encenderlo, la pantalla se llenó de mensajes.Casi todos eran de Kevin; decía de todo. En el chat grupal, él empezó a insultarla, diciendo que sus pechos eran operados y que tenía pinta de provocadora aunque fingía ser una santa...Cada mensaje era peor que el anterior, grosero y humillante.Mirella respiró hondo, tratando de controlar el coraje que le hervía en la sangre.Sin perder tiempo, marcó el número de Federico Solano y aceptó su propuesta....Padre e hija llegaron juntos a Villa Zenit. No vieron a Ángel; en su lugar los recibieron los padres de él.Cuando supieron que Mirella estaba dispuesta a casarse con Ángel, la emoción les desbordó el rostro.Mirella puso solo una condición: primero debían registrar el matrimonio.Su argumento fue que todo quedara legal.En cuanto a la boda, no la necesitaba.Por el otro lado, nadie se opuso. Más bien, temían que Mirella se echara para atrás en cualquier momento.Así, en cuestión de minutos, Melchor Borges llamó a personal del registro civil y tramitaron todo ahí mismo, en la casa.Fue entonces cuando Mirella por fin vio a Ángel... bueno, más bien, una foto de él.El tipo de la foto, tal como le había dicho Cloe, era atractivo a más no poder. Sus facciones eran impecables, pero lo más llamativo eran sus ojos: profundos, magnéticos, como si pudieran atrapar a cualquiera.Un hombre así, si no fuera porque estaba al borde de la muerte, jamás le habría tocado a ella.Cuando le entregaron el acta de matrimonio, Mirella se detuvo un momento a observar la foto de pareja. Aunque claramente era un montaje, al menos se veía decente.La señora Borges le entregó una tarjeta bancaria. A pesar de que no harían fiesta, le dieron la dote y, además, una buena suma para sus gastos personales.En definitiva, fueron generosos. La cantidad era tan grande que la tarjeta le pesaba en la mano.Ella no se hizo la difícil. Tomó la tarjeta con toda la confianza del mundo.Volvió a mirar el acta de matrimonio y se quedó pensando en el nombre "Ángel". Se preguntó cómo se sentiría ese hombre al saber que sus propios padres lo habían "vendido"....Al salir de Villa Zenit, Mirella iba junto a su papá, que tenía una sonrisa de oreja a oreja.—La familia Borges te trató muy bien, ¿no? —preguntó Federico, con aire nervioso.—¿De verdad piensas seguir fingiendo? —Mirella se detuvo y lo miró de frente—. Si no les convenía, ni te habrías acordado de mí.Federico se puso incómodo, bajó la mirada.—Mirella...Ella levantó la mano, cortando cualquier excusa.Caminó al frente y dijo en voz baja:—Que quede claro: esta es la última vez. De aquí en adelante, no me busques....Cuando Cloe se enteró de que Mirella sí se había casado con Ángel, empezó a dar vueltas en el mismo lugar, como si no pudiera creerlo.Pero ya no había marcha atrás.—Tu papá de verdad no tiene corazón, sabiendo que era un desastre y aun así te aventó. Y tú también, Mirella, ¿por qué aceptaste tan fácil? Si él te llegaba a hacer algo sin acta, podías largarte; pero ahora que ya firmaron, si te quiere hacer la vida imposible, no hay escapatoria.A Cloe se le llenaron los ojos de lágrimas, entre la rabia y la preocupación.Mirella, al ver lo mucho que le importaba su amiga, sintió el pecho más ligero y le sonrió.—Ya tenemos el acta de matrimonio, sí, pero eso no quiere decir que tenga que andarme paseando frente a él.Cloe la miró fijamente.Mirella mostró una sonrisa traviesa; aunque su plan sonaba cruel, era la verdad.—¿No decías que el pobre no llega a febrero? Faltan menos de tres meses. Me escondo, espero a que ya no pueda ni levantarse, y cuando se acabe todo, me aparezco.A Mirella le sonaba perfecto. Pero la vida no siempre deja que uno decida.Unos días después de decir eso, alguien fue a buscarla.—El señor Borges quiere conocer a su esposa.El invierno estaba en su punto más crudo, el viento helaba hasta los huesos.Ni siquiera la calefacción de la camioneta lograba calentarle el ánimo a Mirella, que seguía sintiendo un vacío en el pecho.No podía negar que estaba algo inquieta.Pero luego pensó, con la vida contada, ¿qué más podía pasar? ¿Qué tanto podía hacer ese tipo?Se obligó a tranquilizarse, respiró hondo y le mandó un mensaje a Cloe para pedirle que no se pusiera nerviosa.El carro se detuvo frente al club nocturno más grande de Río Dorado.El chofer abrió la puerta, su gesto parecía respetuoso, pero en su actitud no había ni una pizca de cortesía.Mirella bajó del carro, mientras el hombre que la acompañaba caminaba delante de ella.Atravesaron un pasillo de luces parpadeantes y colores intensos, hasta detenerse frente a la puerta más alejada. Cuando las dos grandes hojas se abrieron, el hombre se hizo a un lado.—Señor Borges, ya llegó.Luego le indicó con la mano que entrara.A esas alturas, Mirella ya no tenía escapatoria.Total, ya estaba ahí. Caminó con paso firme hacia el interior.Detrás de ella, las puertas se cerraron con un click sordo.En ese ambiente cerrado flotaba una tensión densa, pesada, como si el aire se hubiera vuelto más delgado. Podía oír con claridad los latidos de su propio corazón.Observó el lugar y vio, sentado en un sillón de cuero, a un hombre.Estaba recostado, con la pierna cruzada, tan lejos que apenas se le distinguía la cara.En la penumbra, el rojo tenue de un cigarro encendido titilaba, el aroma a tabaco flotaba en el aire, mezclándose con la ansiedad del momento.Mirella respiró hondo y se acercó un poco, hasta que pudo ver bien su cara.No era nada fotogénico.En persona era mucho más atractivo que en fotos; lo único diferente era que su piel se veía más pálida.La camisa negra tenía el cuello abierto, mostrando la garganta y la clavícula, detalles sensuales que resaltaban aún más por ese tono blanco casi enfermizo que le daba un aire delicado y peligroso al mismo tiempo.Pero él se veía animado, nada que ver con alguien a punto de morir.Con una cara así, no era raro que muchas mujeres quisieran tener hijos con él.Solo cuando Mirella se acercó un poco más, notó el acta de matrimonio en sus manos.Claro, era la misma que su mamá le había arrebatado en aquel entonces.Después de todo, si le habían tramitado el acta de matrimonio, era imposible que no se enterara.Pretender esquivarlo había sido ingenuo de su parte.—¿Nunca escuchaste que la gente muere por dinero? —Ángel la miró fijo.Cualquiera que se casara con él en este momento, solo podía tener interés en su fortuna.Mirella sabía que no tenía escapatoria. Además, sus palabras eran una clara advertencia: busca dinero y te puede costar la vida.Ya que estaba en esas, se encogió de hombros y, con una sonrisa traviesa, le contestó coqueta:—¿Y si de verdad lo mío es amor? ¿Si llevo años enamorada de ti y este matrimonio era mi sueño desde hace mucho?Ángel apretó el cigarro entre los dedos.Eso de "llevo años enamorada"… sí había gente así, pero no en circunstancias como estas.Él pudo ver de inmediato la falsedad detrás de la sonrisa y las palabras de Mirella.Apagó el cigarro en el cenicero, juntó los dedos y le hizo una seña para que se acercara.Mirella tragó saliva y avanzó.Ángel descruzó las piernas, se irguió y la sujetó de la muñeca, jalándola de golpe hacia él.Mirella perdió el equilibrio y terminó casi sobre su pecho, hasta que él la empujó y la hizo sentarse a un lado.Sintió su mano firme en la cintura, el contacto la quemaba a través de la tela del abrigo.No le dio oportunidad de reaccionar; con el acta de matrimonio le levantó el mentón, sus ojos oscuros y burlones.—¿Enamorada de mí?El corazón de Mirella se le quería salir del pecho, pero mantuvo la compostura. El borde del acta presionaba incómodo su mentón, pero ella no apartó la mirada.—En Río Dorado, supongo que todas las solteras te suspiran, ¿no?—Ja.Ángel soltó una carcajada seca desde la garganta.—¿No tienes miedo de morir?—Claro que sí.Ángel arqueó una ceja.Mirella soltó, seria:—Al final, todos vamos a morir. Si antes de eso puedo ser pareja de quien me gusta, ya no me quedo con nada pendiente.Ángel solo pensó: "Puras mentiras".La apartó con fuerza, y hasta se sacudió el pantalón con desdén, dejando claro su disgusto.—Divorcio.Mirella, ya de pie, vio el acta de matrimonio tirada a un lado. Contestó, tranquila:—El periodo para pensarlo antes de divorciarse es de un mes.Capítulo 2Mirella Solano no cabía de felicidad. Por fin, después de dos años de relación a distancia, ese capítulo llegaba a su fin. Su sonrisa iluminaba su cara y hasta el frío de invierno parecía desvanecerse ante la emoción de volver a ver a su novio.Con la maleta en mano, se plantó frente a la puerta de la casa de Kevin Balmoral. Marcó el código de acceso llena de ilusión.Apenas se abrió la puerta, se quedó helada.Allí, en el sofá, dos cuerpos entrelazados. El mundo de Mirella se vino abajo en un instante.Apretó los puños con fuerza. Los de la sala estaban tan metidos en lo suyo que ni cuenta se dieron de su presencia.Tragando el asco, sacó su celular y puso la cámara en modo video.Cuando la pareja cambió de posición, la mujer por fin notó a Mirella. Soltó un grito de espanto.Kevin también se sobresaltó. Rápido, jaló la cobija para cubrirse y trató de tapar a la mujer detrás de él.—Mirella, ¿qué haces aquí? —balbuceó Kevin, nervioso.Con los ojos enrojecidos, Mirella replicó:—Una escena tan “inolvidable” como esta, ¿cómo no grabarla para subirla a Instagram?Al escucharla, a Kevin no le importó que la otra estuviera desnuda; se envolvió torpemente en la cobija y saltó del sofá para tratar de arrebatarle el celular a Mirella.—Un paso más y lo comparto con todos —lo amenazó ella, firme.Kevin creyó que solo estaba bluffeando y siguió avanzando.Mirella, sin titubear, presionó “enviar a todos”.Kevin se quedó pasmado.Jamás pensó que esa mujer, tan comprensiva y dulce, fuera capaz de actuar con tanta determinación.—¡Mirella, estás loca! —le gritó, la ira dibujándose en su frente, como si fuera a explotar de rabia.Mirella levantó el celular, mostrando la pantalla con el 911 marcado.—Ya llamé a la policía.Kevin abrió los ojos, incrédulo.—Tú…Al ver la mirada fría y decidida de Mirella, solo pudo señalarla y mascullar:—¡Perfecto, ya verás!Los ojos de Mirella reflejaban un desprecio absoluto.—Dos años contigo… mejor lo hubiera invertido en un perro. No, ni a un perro le haría esto....Al salir de la casa de Kevin, Mirella fue directo a la de su mejor amiga, Cloe Casillas.Cinco días pasó en casa de Cloe. Y durante esos cinco días, Cloe se dedicó a insultar a Kevin.Esa mañana, al ver a Mirella con la mirada perdida frente al celular, Cloe se acercó y la abrazó.—No te pongas triste, deberías agradecer que viste quién es de verdad.Mirella negó con la cabeza.—Ya no me duele. Solo estoy dudando sobre la propuesta que mi papá me organizó.—¿Qué propuesta?Resulta que el papá de Mirella le había arreglado un compromiso y no dejaba de insistirle para que volviera a platicar.El candidato era de familia adinerada, alto, guapo y el único hijo de la familia.Si Mirella aceptaba casarse, la familia del chico le daría un millón de pesos como dote, y si quedaba embarazada en los próximos dos meses, le darían cien millones como recompensa. Bastaba con tener un hijo para convertirse en la dueña de una fortuna incalculable.Cloe soltó una carcajada y aplaudió con ironía.—Seguro esto es idea de tu madrastra, ¿no? Si fuera tan bueno, ¿por qué no mete a su propia hija? Ese cuento está podrido desde la raíz.—¿Sabes algo más? —preguntó Mirella, sospechando.—Bueno, sí. Pero hay un detalle que no te han contado.—¿Qué detalle?Cloe bajó la voz.—El tipo se llama Ángel Borges. Es guapo, rico y tiene poder. Antes, todas las mujeres de Río Dorado soñaban con casarse con él… y si no, al menos pasar una noche con él.—Ángel Borges… —susurró Mirella, masticando el nombre—. Me suena conocido.Cloe soltó una risita.—Cualquier persona de Río Dorado lo conoce.Y añadió:—El año pasado salió en todos lados que tiene una enfermedad terminal. Le quedan pocos meses de vida. Tenía novia, pero cuando se enteró, se largó del país.—O sea, casarte con él es como casarte con un muerto en vida.Vaya, ahora todo cobraba sentido. Qué historia más triste.Cloe torció la boca.—Eso de “con madrastra también hay padrastro” no es mentira. Tu madrastra quiere verte viuda, nada más.—Cuando él muera, podrías casarte otra vez.Cloe abrió los ojos de par en par.—No manches, ¿de verdad lo estás considerando? Ese tipo debe estar hecho polvo, y encima quiere casarse solo para dejar un heredero antes de irse. Eso está enfermo.Mirella suspiró suavemente.—Pero la oferta es muy jugosa.—…—Además, si muere, me quedo con toda su fortuna —agregó Mirella, con una expresión serena—. Al final, tendría dinero y libertad, algo que muchos envidiarían.Cloe se quedó mirando a Mirella, como si no pudiera creer lo que oía.—¿Tú estás bien de la cabeza? ¿O te pasó algo fuerte?—Te juro que no —contestó Mirella, con el ceño serio—. Ya lo pensé bien, el amor es como los fantasmas: todos hablan de él, pero nadie lo ha visto. Mejor ni lo busco.—Además, ¿no trabajamos tan duro para ganar más plata y conseguir libertad financiera? Ahora que tengo un atajo, ¿por qué no tomarlo?Cloe se quedó callada unos segundos, confundida.—...No sé cómo, pero suena bastante lógico.Mirella soltó una risa corta.—Porque así es la vida, Cloe. Así de simple....Esa noche, Kevin usó el celular de otra persona para llamarle a Mirella y le gritó que era pura fachada y nada útil.Cuando Mirella colgó, Kevin volvió a marcar desde otros números. Ella bloqueó uno tras otro, hasta que terminó apagando el celular.Al día siguiente, al encenderlo, la pantalla se llenó de mensajes.Casi todos eran de Kevin; decía de todo. En el chat grupal, él empezó a insultarla, diciendo que sus pechos eran operados y que tenía pinta de provocadora aunque fingía ser una santa...Cada mensaje era peor que el anterior, grosero y humillante.Mirella respiró hondo, tratando de controlar el coraje que le hervía en la sangre.Sin perder tiempo, marcó el número de Federico Solano y aceptó su propuesta....Padre e hija llegaron juntos a Villa Zenit. No vieron a Ángel; en su lugar los recibieron los padres de él.Cuando supieron que Mirella estaba dispuesta a casarse con Ángel, la emoción les desbordó el rostro.Mirella puso solo una condición: primero debían registrar el matrimonio.Su argumento fue que todo quedara legal.En cuanto a la boda, no la necesitaba.Por el otro lado, nadie se opuso. Más bien, temían que Mirella se echara para atrás en cualquier momento.Así, en cuestión de minutos, Melchor Borges llamó a personal del registro civil y tramitaron todo ahí mismo, en la casa.Fue entonces cuando Mirella por fin vio a Ángel... bueno, más bien, una foto de él.El tipo de la foto, tal como le había dicho Cloe, era atractivo a más no poder. Sus facciones eran impecables, pero lo más llamativo eran sus ojos: profundos, magnéticos, como si pudieran atrapar a cualquiera.Un hombre así, si no fuera porque estaba al borde de la muerte, jamás le habría tocado a ella.Cuando le entregaron el acta de matrimonio, Mirella se detuvo un momento a observar la foto de pareja. Aunque claramente era un montaje, al menos se veía decente.La señora Borges le entregó una tarjeta bancaria. A pesar de que no harían fiesta, le dieron la dote y, además, una buena suma para sus gastos personales.En definitiva, fueron generosos. La cantidad era tan grande que la tarjeta le pesaba en la mano.Ella no se hizo la difícil. Tomó la tarjeta con toda la confianza del mundo.Volvió a mirar el acta de matrimonio y se quedó pensando en el nombre "Ángel". Se preguntó cómo se sentiría ese hombre al saber que sus propios padres lo habían "vendido"....Al salir de Villa Zenit, Mirella iba junto a su papá, que tenía una sonrisa de oreja a oreja.—La familia Borges te trató muy bien, ¿no? —preguntó Federico, con aire nervioso.—¿De verdad piensas seguir fingiendo? —Mirella se detuvo y lo miró de frente—. Si no les convenía, ni te habrías acordado de mí.Federico se puso incómodo, bajó la mirada.—Mirella...Ella levantó la mano, cortando cualquier excusa.Caminó al frente y dijo en voz baja:—Que quede claro: esta es la última vez. De aquí en adelante, no me busques....Cuando Cloe se enteró de que Mirella sí se había casado con Ángel, empezó a dar vueltas en el mismo lugar, como si no pudiera creerlo.Pero ya no había marcha atrás.—Tu papá de verdad no tiene corazón, sabiendo que era un desastre y aun así te aventó. Y tú también, Mirella, ¿por qué aceptaste tan fácil? Si él te llegaba a hacer algo sin acta, podías largarte; pero ahora que ya firmaron, si te quiere hacer la vida imposible, no hay escapatoria.A Cloe se le llenaron los ojos de lágrimas, entre la rabia y la preocupación.Mirella, al ver lo mucho que le importaba su amiga, sintió el pecho más ligero y le sonrió.—Ya tenemos el acta de matrimonio, sí, pero eso no quiere decir que tenga que andarme paseando frente a él.Cloe la miró fijamente.Mirella mostró una sonrisa traviesa; aunque su plan sonaba cruel, era la verdad.—¿No decías que el pobre no llega a febrero? Faltan menos de tres meses. Me escondo, espero a que ya no pueda ni levantarse, y cuando se acabe todo, me aparezco.A Mirella le sonaba perfecto. Pero la vida no siempre deja que uno decida.Unos días después de decir eso, alguien fue a buscarla.—El señor Borges quiere conocer a su esposa.El invierno estaba en su punto más crudo, el viento helaba hasta los huesos.Ni siquiera la calefacción de la camioneta lograba calentarle el ánimo a Mirella, que seguía sintiendo un vacío en el pecho.No podía negar que estaba algo inquieta.Pero luego pensó, con la vida contada, ¿qué más podía pasar? ¿Qué tanto podía hacer ese tipo?Se obligó a tranquilizarse, respiró hondo y le mandó un mensaje a Cloe para pedirle que no se pusiera nerviosa.El carro se detuvo frente al club nocturno más grande de Río Dorado.El chofer abrió la puerta, su gesto parecía respetuoso, pero en su actitud no había ni una pizca de cortesía.Mirella bajó del carro, mientras el hombre que la acompañaba caminaba delante de ella.Atravesaron un pasillo de luces parpadeantes y colores intensos, hasta detenerse frente a la puerta más alejada. Cuando las dos grandes hojas se abrieron, el hombre se hizo a un lado.—Señor Borges, ya llegó.Luego le indicó con la mano que entrara.A esas alturas, Mirella ya no tenía escapatoria.Total, ya estaba ahí. Caminó con paso firme hacia el interior.Detrás de ella, las puertas se cerraron con un click sordo.En ese ambiente cerrado flotaba una tensión densa, pesada, como si el aire se hubiera vuelto más delgado. Podía oír con claridad los latidos de su propio corazón.Observó el lugar y vio, sentado en un sillón de cuero, a un hombre.Estaba recostado, con la pierna cruzada, tan lejos que apenas se le distinguía la cara.En la penumbra, el rojo tenue de un cigarro encendido titilaba, el aroma a tabaco flotaba en el aire, mezclándose con la ansiedad del momento.Mirella respiró hondo y se acercó un poco, hasta que pudo ver bien su cara.No era nada fotogénico.En persona era mucho más atractivo que en fotos; lo único diferente era que su piel se veía más pálida.La camisa negra tenía el cuello abierto, mostrando la garganta y la clavícula, detalles sensuales que resaltaban aún más por ese tono blanco casi enfermizo que le daba un aire delicado y peligroso al mismo tiempo.Pero él se veía animado, nada que ver con alguien a punto de morir.Con una cara así, no era raro que muchas mujeres quisieran tener hijos con él.Solo cuando Mirella se acercó un poco más, notó el acta de matrimonio en sus manos.Claro, era la misma que su mamá le había arrebatado en aquel entonces.Después de todo, si le habían tramitado el acta de matrimonio, era imposible que no se enterara.Pretender esquivarlo había sido ingenuo de su parte.—¿Nunca escuchaste que la gente muere por dinero? —Ángel la miró fijo.Cualquiera que se casara con él en este momento, solo podía tener interés en su fortuna.Mirella sabía que no tenía escapatoria. Además, sus palabras eran una clara advertencia: busca dinero y te puede costar la vida.Ya que estaba en esas, se encogió de hombros y, con una sonrisa traviesa, le contestó coqueta:—¿Y si de verdad lo mío es amor? ¿Si llevo años enamorada de ti y este matrimonio era mi sueño desde hace mucho?Ángel apretó el cigarro entre los dedos.Eso de "llevo años enamorada"… sí había gente así, pero no en circunstancias como estas.Él pudo ver de inmediato la falsedad detrás de la sonrisa y las palabras de Mirella.Apagó el cigarro en el cenicero, juntó los dedos y le hizo una seña para que se acercara.Mirella tragó saliva y avanzó.Ángel descruzó las piernas, se irguió y la sujetó de la muñeca, jalándola de golpe hacia él.Mirella perdió el equilibrio y terminó casi sobre su pecho, hasta que él la empujó y la hizo sentarse a un lado.Sintió su mano firme en la cintura, el contacto la quemaba a través de la tela del abrigo.No le dio oportunidad de reaccionar; con el acta de matrimonio le levantó el mentón, sus ojos oscuros y burlones.—¿Enamorada de mí?El corazón de Mirella se le quería salir del pecho, pero mantuvo la compostura. El borde del acta presionaba incómodo su mentón, pero ella no apartó la mirada.—En Río Dorado, supongo que todas las solteras te suspiran, ¿no?—Ja.Ángel soltó una carcajada seca desde la garganta.—¿No tienes miedo de morir?—Claro que sí.Ángel arqueó una ceja.Mirella soltó, seria:—Al final, todos vamos a morir. Si antes de eso puedo ser pareja de quien me gusta, ya no me quedo con nada pendiente.Ángel solo pensó: "Puras mentiras".La apartó con fuerza, y hasta se sacudió el pantalón con desdén, dejando claro su disgusto.—Divorcio.Mirella, ya de pie, vio el acta de matrimonio tirada a un lado. Contestó, tranquila:—El periodo para pensarlo antes de divorciarse es de un mes.Capítulo 3Mirella Solano no cabía de felicidad. Por fin, después de dos años de relación a distancia, ese capítulo llegaba a su fin. Su sonrisa iluminaba su cara y hasta el frío de invierno parecía desvanecerse ante la emoción de volver a ver a su novio.Con la maleta en mano, se plantó frente a la puerta de la casa de Kevin Balmoral. Marcó el código de acceso llena de ilusión.Apenas se abrió la puerta, se quedó helada.Allí, en el sofá, dos cuerpos entrelazados. El mundo de Mirella se vino abajo en un instante.Apretó los puños con fuerza. Los de la sala estaban tan metidos en lo suyo que ni cuenta se dieron de su presencia.Tragando el asco, sacó su celular y puso la cámara en modo video.Cuando la pareja cambió de posición, la mujer por fin notó a Mirella. Soltó un grito de espanto.Kevin también se sobresaltó. Rápido, jaló la cobija para cubrirse y trató de tapar a la mujer detrás de él.—Mirella, ¿qué haces aquí? —balbuceó Kevin, nervioso.Con los ojos enrojecidos, Mirella replicó:—Una escena tan “inolvidable” como esta, ¿cómo no grabarla para subirla a Instagram?Al escucharla, a Kevin no le importó que la otra estuviera desnuda; se envolvió torpemente en la cobija y saltó del sofá para tratar de arrebatarle el celular a Mirella.—Un paso más y lo comparto con todos —lo amenazó ella, firme.Kevin creyó que solo estaba bluffeando y siguió avanzando.Mirella, sin titubear, presionó “enviar a todos”.Kevin se quedó pasmado.Jamás pensó que esa mujer, tan comprensiva y dulce, fuera capaz de actuar con tanta determinación.—¡Mirella, estás loca! —le gritó, la ira dibujándose en su frente, como si fuera a explotar de rabia.Mirella levantó el celular, mostrando la pantalla con el 911 marcado.—Ya llamé a la policía.Kevin abrió los ojos, incrédulo.—Tú…Al ver la mirada fría y decidida de Mirella, solo pudo señalarla y mascullar:—¡Perfecto, ya verás!Los ojos de Mirella reflejaban un desprecio absoluto.—Dos años contigo… mejor lo hubiera invertido en un perro. No, ni a un perro le haría esto....Al salir de la casa de Kevin, Mirella fue directo a la de su mejor amiga, Cloe Casillas.Cinco días pasó en casa de Cloe. Y durante esos cinco días, Cloe se dedicó a insultar a Kevin.Esa mañana, al ver a Mirella con la mirada perdida frente al celular, Cloe se acercó y la abrazó.—No te pongas triste, deberías agradecer que viste quién es de verdad.Mirella negó con la cabeza.—Ya no me duele. Solo estoy dudando sobre la propuesta que mi papá me organizó.—¿Qué propuesta?Resulta que el papá de Mirella le había arreglado un compromiso y no dejaba de insistirle para que volviera a platicar.El candidato era de familia adinerada, alto, guapo y el único hijo de la familia.Si Mirella aceptaba casarse, la familia del chico le daría un millón de pesos como dote, y si quedaba embarazada en los próximos dos meses, le darían cien millones como recompensa. Bastaba con tener un hijo para convertirse en la dueña de una fortuna incalculable.Cloe soltó una carcajada y aplaudió con ironía.—Seguro esto es idea de tu madrastra, ¿no? Si fuera tan bueno, ¿por qué no mete a su propia hija? Ese cuento está podrido desde la raíz.—¿Sabes algo más? —preguntó Mirella, sospechando.—Bueno, sí. Pero hay un detalle que no te han contado.—¿Qué detalle?Cloe bajó la voz.—El tipo se llama Ángel Borges. Es guapo, rico y tiene poder. Antes, todas las mujeres de Río Dorado soñaban con casarse con él… y si no, al menos pasar una noche con él.—Ángel Borges… —susurró Mirella, masticando el nombre—. Me suena conocido.Cloe soltó una risita.—Cualquier persona de Río Dorado lo conoce.Y añadió:—El año pasado salió en todos lados que tiene una enfermedad terminal. Le quedan pocos meses de vida. Tenía novia, pero cuando se enteró, se largó del país.—O sea, casarte con él es como casarte con un muerto en vida.Vaya, ahora todo cobraba sentido. Qué historia más triste.Cloe torció la boca.—Eso de “con madrastra también hay padrastro” no es mentira. Tu madrastra quiere verte viuda, nada más.—Cuando él muera, podrías casarte otra vez.Cloe abrió los ojos de par en par.—No manches, ¿de verdad lo estás considerando? Ese tipo debe estar hecho polvo, y encima quiere casarse solo para dejar un heredero antes de irse. Eso está enfermo.Mirella suspiró suavemente.—Pero la oferta es muy jugosa.—…—Además, si muere, me quedo con toda su fortuna —agregó Mirella, con una expresión serena—. Al final, tendría dinero y libertad, algo que muchos envidiarían.Cloe se quedó mirando a Mirella, como si no pudiera creer lo que oía.—¿Tú estás bien de la cabeza? ¿O te pasó algo fuerte?—Te juro que no —contestó Mirella, con el ceño serio—. Ya lo pensé bien, el amor es como los fantasmas: todos hablan de él, pero nadie lo ha visto. Mejor ni lo busco.—Además, ¿no trabajamos tan duro para ganar más plata y conseguir libertad financiera? Ahora que tengo un atajo, ¿por qué no tomarlo?Cloe se quedó callada unos segundos, confundida.—...No sé cómo, pero suena bastante lógico.Mirella soltó una risa corta.—Porque así es la vida, Cloe. Así de simple....Esa noche, Kevin usó el celular de otra persona para llamarle a Mirella y le gritó que era pura fachada y nada útil.Cuando Mirella colgó, Kevin volvió a marcar desde otros números. Ella bloqueó uno tras otro, hasta que terminó apagando el celular.Al día siguiente, al encenderlo, la pantalla se llenó de mensajes.Casi todos eran de Kevin; decía de todo. En el chat grupal, él empezó a insultarla, diciendo que sus pechos eran operados y que tenía pinta de provocadora aunque fingía ser una santa...Cada mensaje era peor que el anterior, grosero y humillante.Mirella respiró hondo, tratando de controlar el coraje que le hervía en la sangre.Sin perder tiempo, marcó el número de Federico Solano y aceptó su propuesta....Padre e hija llegaron juntos a Villa Zenit. No vieron a Ángel; en su lugar los recibieron los padres de él.Cuando supieron que Mirella estaba dispuesta a casarse con Ángel, la emoción les desbordó el rostro.Mirella puso solo una condición: primero debían registrar el matrimonio.Su argumento fue que todo quedara legal.En cuanto a la boda, no la necesitaba.Por el otro lado, nadie se opuso. Más bien, temían que Mirella se echara para atrás en cualquier momento.Así, en cuestión de minutos, Melchor Borges llamó a personal del registro civil y tramitaron todo ahí mismo, en la casa.Fue entonces cuando Mirella por fin vio a Ángel... bueno, más bien, una foto de él.El tipo de la foto, tal como le había dicho Cloe, era atractivo a más no poder. Sus facciones eran impecables, pero lo más llamativo eran sus ojos: profundos, magnéticos, como si pudieran atrapar a cualquiera.Un hombre así, si no fuera porque estaba al borde de la muerte, jamás le habría tocado a ella.Cuando le entregaron el acta de matrimonio, Mirella se detuvo un momento a observar la foto de pareja. Aunque claramente era un montaje, al menos se veía decente.La señora Borges le entregó una tarjeta bancaria. A pesar de que no harían fiesta, le dieron la dote y, además, una buena suma para sus gastos personales.En definitiva, fueron generosos. La cantidad era tan grande que la tarjeta le pesaba en la mano.Ella no se hizo la difícil. Tomó la tarjeta con toda la confianza del mundo.Volvió a mirar el acta de matrimonio y se quedó pensando en el nombre "Ángel". Se preguntó cómo se sentiría ese hombre al saber que sus propios padres lo habían "vendido"....Al salir de Villa Zenit, Mirella iba junto a su papá, que tenía una sonrisa de oreja a oreja.—La familia Borges te trató muy bien, ¿no? —preguntó Federico, con aire nervioso.—¿De verdad piensas seguir fingiendo? —Mirella se detuvo y lo miró de frente—. Si no les convenía, ni te habrías acordado de mí.Federico se puso incómodo, bajó la mirada.—Mirella...Ella levantó la mano, cortando cualquier excusa.Caminó al frente y dijo en voz baja:—Que quede claro: esta es la última vez. De aquí en adelante, no me busques....Cuando Cloe se enteró de que Mirella sí se había casado con Ángel, empezó a dar vueltas en el mismo lugar, como si no pudiera creerlo.Pero ya no había marcha atrás.—Tu papá de verdad no tiene corazón, sabiendo que era un desastre y aun así te aventó. Y tú también, Mirella, ¿por qué aceptaste tan fácil? Si él te llegaba a hacer algo sin acta, podías largarte; pero ahora que ya firmaron, si te quiere hacer la vida imposible, no hay escapatoria.A Cloe se le llenaron los ojos de lágrimas, entre la rabia y la preocupación.Mirella, al ver lo mucho que le importaba su amiga, sintió el pecho más ligero y le sonrió.—Ya tenemos el acta de matrimonio, sí, pero eso no quiere decir que tenga que andarme paseando frente a él.Cloe la miró fijamente.Mirella mostró una sonrisa traviesa; aunque su plan sonaba cruel, era la verdad.—¿No decías que el pobre no llega a febrero? Faltan menos de tres meses. Me escondo, espero a que ya no pueda ni levantarse, y cuando se acabe todo, me aparezco.A Mirella le sonaba perfecto. Pero la vida no siempre deja que uno decida.Unos días después de decir eso, alguien fue a buscarla.—El señor Borges quiere conocer a su esposa.El invierno estaba en su punto más crudo, el viento helaba hasta los huesos.Ni siquiera la calefacción de la camioneta lograba calentarle el ánimo a Mirella, que seguía sintiendo un vacío en el pecho.No podía negar que estaba algo inquieta.Pero luego pensó, con la vida contada, ¿qué más podía pasar? ¿Qué tanto podía hacer ese tipo?Se obligó a tranquilizarse, respiró hondo y le mandó un mensaje a Cloe para pedirle que no se pusiera nerviosa.El carro se detuvo frente al club nocturno más grande de Río Dorado.El chofer abrió la puerta, su gesto parecía respetuoso, pero en su actitud no había ni una pizca de cortesía.Mirella bajó del carro, mientras el hombre que la acompañaba caminaba delante de ella.Atravesaron un pasillo de luces parpadeantes y colores intensos, hasta detenerse frente a la puerta más alejada. Cuando las dos grandes hojas se abrieron, el hombre se hizo a un lado.—Señor Borges, ya llegó.Luego le indicó con la mano que entrara.A esas alturas, Mirella ya no tenía escapatoria.Total, ya estaba ahí. Caminó con paso firme hacia el interior.Detrás de ella, las puertas se cerraron con un click sordo.En ese ambiente cerrado flotaba una tensión densa, pesada, como si el aire se hubiera vuelto más delgado. Podía oír con claridad los latidos de su propio corazón.Observó el lugar y vio, sentado en un sillón de cuero, a un hombre.Estaba recostado, con la pierna cruzada, tan lejos que apenas se le distinguía la cara.En la penumbra, el rojo tenue de un cigarro encendido titilaba, el aroma a tabaco flotaba en el aire, mezclándose con la ansiedad del momento.Mirella respiró hondo y se acercó un poco, hasta que pudo ver bien su cara.No era nada fotogénico.En persona era mucho más atractivo que en fotos; lo único diferente era que su piel se veía más pálida.La camisa negra tenía el cuello abierto, mostrando la garganta y la clavícula, detalles sensuales que resaltaban aún más por ese tono blanco casi enfermizo que le daba un aire delicado y peligroso al mismo tiempo.Pero él se veía animado, nada que ver con alguien a punto de morir.Con una cara así, no era raro que muchas mujeres quisieran tener hijos con él.Solo cuando Mirella se acercó un poco más, notó el acta de matrimonio en sus manos.Claro, era la misma que su mamá le había arrebatado en aquel entonces.Después de todo, si le habían tramitado el acta de matrimonio, era imposible que no se enterara.Pretender esquivarlo había sido ingenuo de su parte.—¿Nunca escuchaste que la gente muere por dinero? —Ángel la miró fijo.Cualquiera que se casara con él en este momento, solo podía tener interés en su fortuna.Mirella sabía que no tenía escapatoria. Además, sus palabras eran una clara advertencia: busca dinero y te puede costar la vida.Ya que estaba en esas, se encogió de hombros y, con una sonrisa traviesa, le contestó coqueta:—¿Y si de verdad lo mío es amor? ¿Si llevo años enamorada de ti y este matrimonio era mi sueño desde hace mucho?Ángel apretó el cigarro entre los dedos.Eso de "llevo años enamorada"… sí había gente así, pero no en circunstancias como estas.Él pudo ver de inmediato la falsedad detrás de la sonrisa y las palabras de Mirella.Apagó el cigarro en el cenicero, juntó los dedos y le hizo una seña para que se acercara.Mirella tragó saliva y avanzó.Ángel descruzó las piernas, se irguió y la sujetó de la muñeca, jalándola de golpe hacia él.Mirella perdió el equilibrio y terminó casi sobre su pecho, hasta que él la empujó y la hizo sentarse a un lado.Sintió su mano firme en la cintura, el contacto la quemaba a través de la tela del abrigo.No le dio oportunidad de reaccionar; con el acta de matrimonio le levantó el mentón, sus ojos oscuros y burlones.—¿Enamorada de mí?El corazón de Mirella se le quería salir del pecho, pero mantuvo la compostura. El borde del acta presionaba incómodo su mentón, pero ella no apartó la mirada.—En Río Dorado, supongo que todas las solteras te suspiran, ¿no?—Ja.Ángel soltó una carcajada seca desde la garganta.—¿No tienes miedo de morir?—Claro que sí.Ángel arqueó una ceja.Mirella soltó, seria:—Al final, todos vamos a morir. Si antes de eso puedo ser pareja de quien me gusta, ya no me quedo con nada pendiente.Ángel solo pensó: "Puras mentiras".La apartó con fuerza, y hasta se sacudió el pantalón con desdén, dejando claro su disgusto.—Divorcio.Mirella, ya de pie, vio el acta de matrimonio tirada a un lado. Contestó, tranquila:—El periodo para pensarlo antes de divorciarse es de un mes.

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