Capítulo 1Me llamo Marisol Larios, soy una abogada en prácticas a la que nadie le tiene mucha fe, y además, una autora de novelas que nunca despega. Pero ni modo, porque he vuelto a nacer, y esta vez pienso recuperar todo lo que me pertenece.Aunque en este momento, la verdad, lo que URGENTEMENTE necesito es que alguien me eche la mano. Si me depositas quinientos pesos, ¡te prometo que te llevo a la cima junto conmigo!—No, no, espera, me equivoqué… —me corregí a mí misma en voz baja—. La cosa es que ahora me topé con unos tipos de barrio y como quince chavos con cara de pocos amigos me acorralaron en el camino de regreso a la uni. Dicen que soy la hija de un supuesto jefe de la mafia, y que a fuerza me quieren llevar con ellos.Si de casualidad hay por ahí un alma caritativa que me salve de este embrollo, ¡te llevo un frutero de regalo al hospital cuando te vayan a visitar!—Señorita, venga con nosotros, el grupo anda sin cabeza y solo usted puede ser la heredera legítima.El que habló era un chavo de facciones marcadas, tan serio y distante que cualquiera se lo pensaría dos veces antes de meterse con él. Su mirada atravesaba como cuchillo y ni se inmutó.Yo ya tenía ganas de echarme a llorar.—¡De veras se equivocan! ¡No soy ninguna hija de jefe ni nada! Soy una estudiante común y corriente, por favor, déjenme ir —les rogué, con el corazón en la mano.No quería tener nada que ver con esa bola de pandilleros. En mi vida pasada, por lo menos, fui abogada y sé bien cómo terminan los que andan en esos rollos. Toda esa ola de operativos para limpiar la ciudad… cuántos jefes de barrio acabaron a balazos.Y la neta, yo ni soy ninguna heredera de la mafia. Apenas soy una chava que salió del rancho, con una vida que, si te la cuento, hasta da pena ajena.En resumen: un papá apostador, una mamá que se fue y nunca volteó atrás, un hermano más flojo que nada, y yo, que en la prepa hasta fui víctima de bullying.¿Por qué me quemé las pestañas para convertirme en abogada? Pues, si te soy sincera, para poder hacer justicia… bueno, y capaz también para castigar a mi familia un poquito.Ahora que la vida me dio una segunda oportunidad, la verdad no pido mucho: un terrenito para sembrar, una casita bonita, y unos diez mil millones guardados en el banco. Así, tranqui, con eso me doy por bien servida.Pero el tipo ese, el que parecía sacado de una película de acción, sacó de su bolsillo una foto.—Señorita, aunque nunca la habíamos visto, esta foto se la encontramos entre las cosas del jefe. Nos costó un montón, pero por fin la localizamos.Le tomé la foto. A primera vista, la niña que salía ahí sí que se parecía a mí, y hasta simpática se veía. Pero, ¡por favor! ¿Cuántos años tenía la niña de la foto? ¿Siete, ocho como mucho? ¡Si yo ya tengo dieciocho!—¿Y con esa foto ya dicen que soy la heredera? Eso no tiene ni pies ni cabeza. Hay miles de personas parecidas en este mundo, ¿por qué no buscan a otra?—Además, mi credencial dice que me apellido Larios. No me vayan a salir con que el jefe también se apellida Larios.El muchacho serio asintió como si todo estuviera clarísimo.—Exactamente. El jefe también se apellida Larios. Señorita, usted misma admitió que el jefe es su papá, así que venga con nosotros. El grupo no puede quedarse sin usted.¡Ay no, qué burrada! Yo jamás quise decir eso, pero ya la regué. Entre más explicaba, más me enredaba.En mi vida pasada nunca me topé con algo así. ¿Será que este es el bug de haber renacido?Mientras me quebraba la cabeza pensando cómo zafarme de esta bola de maleantes, un muchacho con pinta de justiciero pasó por la Calle de Las Perlas Blancas, y vio cómo me tenían rodeada.¡A plena luz del día y con todos mirando, se atrevían a hostigar a una chava indefensa! ¿Qué clase de mundo es este?Con los ojos llenos de esperanza, vi cómo ese chavo valiente se acercaba, alzaba el dedo y gritaba:—¡Déjenla en paz!—¡Lárgate de aquí!—¡Sí, jefe!Y el justiciero salió corriendo como si hubiera visto al mismísimo diablo.Yo: …Ya, no tenía salida. Estos tipos de plano estaban convencidos de que yo era la hija perdida de algún jefe mafioso.Así que mejor me resigné y le hablé directo al tipo serio:—A ver, si dices que soy hija de tu jefe, ¿eres leal a él? ¿O piensas traicionarlo?El muchacho puso cara seria, como si estuviera jurando algo sagrado.—El jefe me salvó la vida. Le debo todo. Jamás lo traicionaría.—Y los que están conmigo tampoco.Cuando oí eso, se me encendió el foco.—Entonces, ¿si yo ordeno algo también me obedecen a mí?El hombre de aspecto severo asintió con la cabeza.—Ahora que el jefe ya no está, pues claro que seguimos sus órdenes, señorita.—Perfecto —Marisol habló sin rodeos—. Si yo mando, entonces váyanse. Declaro disuelto este grupo....El hombre se quedó en silencio. Ni él ni los demás se movieron; todos se quedaron ahí, como estatuas.—¿No que yo mando? —Marisol frunció el ceño—. ¿Entonces por qué siguen aquí?—Es que... no tenemos a dónde ir —admitió el hombre, algo incómodo.—¿Cómo que no? —preguntó Marisol, confundida.—Desde que el jefe se fue, los líderes de cada área empezaron a pelearse por el mando y el grupo se hizo pedazos... Nosotros vinimos a buscarla porque esperamos que usted pudiera regresar y reunirnos de nuevo —explicó el hombre.Marisol por fin entendió: no eran más que un montón de perros sin dueño.Clarito: habían perdido en la pelea, los habían echado del grupo, y ahora venían a buscarla a ella, la “señorita”, como si fuera su última esperanza.¿Eso quería decir que ni siquiera era una “señorita” poderosa, sino una venida a menos, una que se había quedado sin nada?Con más razón no podía irse con ellos.Si regresaba, quién sabe qué harían con ella los demás que querían el poder. Si la vida fuera como en las películas, seguro la secuestrarían o la atacarían en el camino.—Híjole... —pensó, sintiendo un escalofrío—. Ni loca me regreso con ellos. ¡Antes muerta!Además, se notaba de lejos que estos tipos no iban a moverse tan fácil. Parecían decididos a quedarse.Siendo así...—Miren, yo todavía soy estudiante de último año de prepa. En un mes tengo el examen de ingreso universitario. Este mes es clave para mí, así que les pido que no vengan a molestarme. Si de plano no se quieren ir, pues quédense en el pueblo y busquen dónde quedarse. Cuando pase el examen, hablamos, ¿les parece? —propuso Marisol, buscando una salida intermedia.—¿Tan importante es ir a la escuela? —preguntó un joven gordito, con curiosidad.Marisol le lanzó una mirada.—¿Nunca han escuchado que el conocimiento cambia el destino?—Con estudios puedes hacer lo que sea. Por ejemplo, lo que están haciendo ahorita, legalmente se llama provocar disturbios. Si llamo a la policía, mínimo los meten unos días al calabozo.—¿Y por qué no llama, entonces? ¡Ya sé! Seguro porque sabe que somos gente del jefe, y por eso no quiere denunciarnos. Señorita, usted sí que no puede olvidarse de sus seguidores —dijo el gordito, con los ojos brillando de emoción.—¡Lo que pasa es que no tengo celular! —Marisol se detuvo, recordando algo—. Oigan, ¿traen dinero?Ni el gordito ni los demás sabían qué pretendía Marisol, pero igual empezaron a buscar en sus bolsillos.Al final, entre todos juntaron poco más de mil pesos.Marisol se quedó viendo la pequeña pila de billetes, incrédula.—¿En serio? ¿No que eran gente ruda del barrio? ¿Cómo pueden estar tan pobres?—Es que... pues salimos tan de prisa que se nos olvidó el dinero —balbuceó el gordito, bajando la mirada.En realidad, Marisol quería pedirles que le compraran un celular, así podría hacer sus negocios con más facilidad. Pero viendo lo mal que andaban, mejor se le quitó la idea.—Bah, olvídenlo. Tomen el dinero y compren sus boletos para regresar a sus casas, cada quien por su lado.—¡Señorita!De pronto, el gordito se arrodilló de un solo golpe, apoyando una rodilla en el piso.—Nosotros, los hermanos, juramos seguir al jefe hasta el final. Ahora que él ya no está, solo nos queda seguirla a usted. ¡No nos deje tirados!Los otros, al ver eso, lo imitaron. Todos la miraban con unos ojos llenos de esperanza.Marisol nunca había vivido una escena así. Por dentro, algo se le movió.Sí, la estaban confundiendo con la hija de un gran jefe, pero al ver cómo llegaban hasta este pueblo perdido, tan fieles y leales a alguien que para ella era un perfecto desconocido, no pudo evitar sentirse conmovida.De otro modo, ¿cómo habrían llegado hasta aquí, siguiendo a una desconocida, dispuestos a todo?Un momento después, Marisol suspiró, sin saber ya qué hacer.—Bueno, ya, levántense. No voy a correrlos.—Pero tienen que prometerme algo: durante este mes del examen de ingreso, no quiero que me molesten. Cuando termine, ya veremos qué pasa.Al escuchar lo que dijo Marisol, todos los presentes mostraron una sonrisa de alivio, como si la luz al final del túnel se hubiera encendido.Para ser sinceros, todos ellos habían dejado la escuela hace años para seguir al jefe y meterse en la vida de la calle. Ahora, con el jefe muerto tan de repente y la banda completamente dividida, ninguno tenía idea de qué hacer con sus vidas. Estaban perdidos, con el alma a la deriva.Si no fuera porque encontraron, entre las cosas del jefe, una foto medio arrugada, ni siquiera se habrían enterado de que él tenía una hija. Al fin y al cabo, aunque el jefe tenía fama de mujeriego, jamás mencionó tener hijos.Así que se lanzaron a buscar con esa foto y los pocos datos que tenían, hasta que después de dar vueltas por todos lados, lograron dar con la única persona que encajaba: Marisol, estudiante de último año en Villa del Río Niebla.Aunque la foto tenía como diez años de diferencia, el parecido era indudable; siete u ocho de cada diez rasgos coincidían. Y, para rematar, ella también se apellidaba Larios. Por eso, terminaron convencidos de que Marisol era la hija del jefe, la verdadera hija de la casa.Eso también decía mucho de su lealtad. Aunque la banda se había partido en pedazos, ellos bien pudieron haberse ido con cualquiera de las otras facciones para seguir en la movida, pero no lo hicieron. Para ellos, solo existía un jefe y su lealtad seguía intacta, aunque ahora estaba dirigida a la hija de aquel hombre que los lideró.Marisol observó a todos y, de paso, aprovechó para averiguar quién era quién. El tipo de mirada dura y cara de pocos amigos se llamaba Raúl. El muchacho gordito era Mauricio. Ambos habían pasado dos años en una secundaria técnica, pero nunca terminaron nada y ahora andaban sin rumbo fijo.Después entraron a la Asociación Manos del Futuro, ese grupo fundado por el supuesto "papá" de Marisol, aunque en la vida real ella no tenía nada que ver con ese hombre. Todo fue bien hasta que, hace poco, el jefe murió de forma inesperada y la banda quedó hecha trizas, así que ellos decidieron salirse.—Oigan, su jefe... bueno, mi papá, ¿cómo fue que murió en realidad? —preguntó Marisol, con cierta cautela.—Lo emboscaron, le dieron como cien puñaladas y ahí quedó —contestó Raúl, sin cambiar la expresión.—Pero no te preocupes, Marisol —agregó Mauricio, con cara seria—. El jefe murió con los ojos cerrados, seguro se fue en paz.Marisol se quedó tiesa.¿Cien puñaladas? ¿No habrá quedado hecho pedazos? ¿Y todavía dicen que se fue en paz?Si no fuera porque ahora todo el mundo incinera a los muertos, seguro que el jefe salía de la tumba del puro coraje al escuchar eso.—Bueno, ¿y no dejó nada de herencia? ¿Unos kilos de oro escondidos en algún lugar secreto para que yo lo busque después? —preguntó, medio en serio y medio en broma, pero con la esperanza de que le dijeran que sí.Necesitaba dinero, y rápido. Aunque tenía la ventaja de haber renacido, sin plata no podía mover ni un dedo. ¿Cómo iba a hacer magia sin nada en las manos?Mauricio negó con la cabeza, resignado.—El jefe se murió de repente, ni tiempo le dio de dejar instrucciones o algo.Al escuchar eso, Marisol ni lo pensó: giró en seco y se fue por donde llegó.¿Nada de dinero? ¿Y todavía tuvo que tragarse el orgullo y llamarle "papá" a ese señor?—¡Oye, Marisol! ¿A dónde vas? —preguntó Mauricio, apurado.—¡Al colegio! —soltó ella sin mirar atrás.—Te llevamos en carro, Marisol —gritó Mauricio.Marisol frenó en seco y giró para verlos.—¿Tienen carro?Era fin de semana y justo venía de visitar al abuelo en el campo, con doscientos pesos en el bolsillo para sobrevivir. Del paradero al colegio había todavía varios kilómetros. Caminar le iba a tomar una eternidad, así que si podía subirse al carro de estos tipos, ni lo pensaba.Mauricio volteó de inmediato y le ordenó a otro joven:—¡Órale, ve a traer el carro!En menos de lo que canta un gallo, el muchacho apareció manejando una van viejísima, de esas que seguro ya habían pasado por varias manos y estaban a punto de desarmarse.Mauricio abrió la puerta del copiloto.—Adelante, Marisol. Sube.Marisol estuvo a punto de lanzarles un comentario sarcástico. ¿Desde cuándo una hija de jefe se sube a una carcacha como esa, y encima en el asiento de adelante? Pero, al final, prefirió no hacerse la difícil y subió al carro sin más.Capítulo 2Me llamo Marisol Larios, soy una abogada en prácticas a la que nadie le tiene mucha fe, y además, una autora de novelas que nunca despega. Pero ni modo, porque he vuelto a nacer, y esta vez pienso recuperar todo lo que me pertenece.Aunque en este momento, la verdad, lo que URGENTEMENTE necesito es que alguien me eche la mano. Si me depositas quinientos pesos, ¡te prometo que te llevo a la cima junto conmigo!—No, no, espera, me equivoqué… —me corregí a mí misma en voz baja—. La cosa es que ahora me topé con unos tipos de barrio y como quince chavos con cara de pocos amigos me acorralaron en el camino de regreso a la uni. Dicen que soy la hija de un supuesto jefe de la mafia, y que a fuerza me quieren llevar con ellos.Si de casualidad hay por ahí un alma caritativa que me salve de este embrollo, ¡te llevo un frutero de regalo al hospital cuando te vayan a visitar!—Señorita, venga con nosotros, el grupo anda sin cabeza y solo usted puede ser la heredera legítima.El que habló era un chavo de facciones marcadas, tan serio y distante que cualquiera se lo pensaría dos veces antes de meterse con él. Su mirada atravesaba como cuchillo y ni se inmutó.Yo ya tenía ganas de echarme a llorar.—¡De veras se equivocan! ¡No soy ninguna hija de jefe ni nada! Soy una estudiante común y corriente, por favor, déjenme ir —les rogué, con el corazón en la mano.No quería tener nada que ver con esa bola de pandilleros. En mi vida pasada, por lo menos, fui abogada y sé bien cómo terminan los que andan en esos rollos. Toda esa ola de operativos para limpiar la ciudad… cuántos jefes de barrio acabaron a balazos.Y la neta, yo ni soy ninguna heredera de la mafia. Apenas soy una chava que salió del rancho, con una vida que, si te la cuento, hasta da pena ajena.En resumen: un papá apostador, una mamá que se fue y nunca volteó atrás, un hermano más flojo que nada, y yo, que en la prepa hasta fui víctima de bullying.¿Por qué me quemé las pestañas para convertirme en abogada? Pues, si te soy sincera, para poder hacer justicia… bueno, y capaz también para castigar a mi familia un poquito.Ahora que la vida me dio una segunda oportunidad, la verdad no pido mucho: un terrenito para sembrar, una casita bonita, y unos diez mil millones guardados en el banco. Así, tranqui, con eso me doy por bien servida.Pero el tipo ese, el que parecía sacado de una película de acción, sacó de su bolsillo una foto.—Señorita, aunque nunca la habíamos visto, esta foto se la encontramos entre las cosas del jefe. Nos costó un montón, pero por fin la localizamos.Le tomé la foto. A primera vista, la niña que salía ahí sí que se parecía a mí, y hasta simpática se veía. Pero, ¡por favor! ¿Cuántos años tenía la niña de la foto? ¿Siete, ocho como mucho? ¡Si yo ya tengo dieciocho!—¿Y con esa foto ya dicen que soy la heredera? Eso no tiene ni pies ni cabeza. Hay miles de personas parecidas en este mundo, ¿por qué no buscan a otra?—Además, mi credencial dice que me apellido Larios. No me vayan a salir con que el jefe también se apellida Larios.El muchacho serio asintió como si todo estuviera clarísimo.—Exactamente. El jefe también se apellida Larios. Señorita, usted misma admitió que el jefe es su papá, así que venga con nosotros. El grupo no puede quedarse sin usted.¡Ay no, qué burrada! Yo jamás quise decir eso, pero ya la regué. Entre más explicaba, más me enredaba.En mi vida pasada nunca me topé con algo así. ¿Será que este es el bug de haber renacido?Mientras me quebraba la cabeza pensando cómo zafarme de esta bola de maleantes, un muchacho con pinta de justiciero pasó por la Calle de Las Perlas Blancas, y vio cómo me tenían rodeada.¡A plena luz del día y con todos mirando, se atrevían a hostigar a una chava indefensa! ¿Qué clase de mundo es este?Con los ojos llenos de esperanza, vi cómo ese chavo valiente se acercaba, alzaba el dedo y gritaba:—¡Déjenla en paz!—¡Lárgate de aquí!—¡Sí, jefe!Y el justiciero salió corriendo como si hubiera visto al mismísimo diablo.Yo: …Ya, no tenía salida. Estos tipos de plano estaban convencidos de que yo era la hija perdida de algún jefe mafioso.Así que mejor me resigné y le hablé directo al tipo serio:—A ver, si dices que soy hija de tu jefe, ¿eres leal a él? ¿O piensas traicionarlo?El muchacho puso cara seria, como si estuviera jurando algo sagrado.—El jefe me salvó la vida. Le debo todo. Jamás lo traicionaría.—Y los que están conmigo tampoco.Cuando oí eso, se me encendió el foco.—Entonces, ¿si yo ordeno algo también me obedecen a mí?El hombre de aspecto severo asintió con la cabeza.—Ahora que el jefe ya no está, pues claro que seguimos sus órdenes, señorita.—Perfecto —Marisol habló sin rodeos—. Si yo mando, entonces váyanse. Declaro disuelto este grupo....El hombre se quedó en silencio. Ni él ni los demás se movieron; todos se quedaron ahí, como estatuas.—¿No que yo mando? —Marisol frunció el ceño—. ¿Entonces por qué siguen aquí?—Es que... no tenemos a dónde ir —admitió el hombre, algo incómodo.—¿Cómo que no? —preguntó Marisol, confundida.—Desde que el jefe se fue, los líderes de cada área empezaron a pelearse por el mando y el grupo se hizo pedazos... Nosotros vinimos a buscarla porque esperamos que usted pudiera regresar y reunirnos de nuevo —explicó el hombre.Marisol por fin entendió: no eran más que un montón de perros sin dueño.Clarito: habían perdido en la pelea, los habían echado del grupo, y ahora venían a buscarla a ella, la “señorita”, como si fuera su última esperanza.¿Eso quería decir que ni siquiera era una “señorita” poderosa, sino una venida a menos, una que se había quedado sin nada?Con más razón no podía irse con ellos.Si regresaba, quién sabe qué harían con ella los demás que querían el poder. Si la vida fuera como en las películas, seguro la secuestrarían o la atacarían en el camino.—Híjole... —pensó, sintiendo un escalofrío—. Ni loca me regreso con ellos. ¡Antes muerta!Además, se notaba de lejos que estos tipos no iban a moverse tan fácil. Parecían decididos a quedarse.Siendo así...—Miren, yo todavía soy estudiante de último año de prepa. En un mes tengo el examen de ingreso universitario. Este mes es clave para mí, así que les pido que no vengan a molestarme. Si de plano no se quieren ir, pues quédense en el pueblo y busquen dónde quedarse. Cuando pase el examen, hablamos, ¿les parece? —propuso Marisol, buscando una salida intermedia.—¿Tan importante es ir a la escuela? —preguntó un joven gordito, con curiosidad.Marisol le lanzó una mirada.—¿Nunca han escuchado que el conocimiento cambia el destino?—Con estudios puedes hacer lo que sea. Por ejemplo, lo que están haciendo ahorita, legalmente se llama provocar disturbios. Si llamo a la policía, mínimo los meten unos días al calabozo.—¿Y por qué no llama, entonces? ¡Ya sé! Seguro porque sabe que somos gente del jefe, y por eso no quiere denunciarnos. Señorita, usted sí que no puede olvidarse de sus seguidores —dijo el gordito, con los ojos brillando de emoción.—¡Lo que pasa es que no tengo celular! —Marisol se detuvo, recordando algo—. Oigan, ¿traen dinero?Ni el gordito ni los demás sabían qué pretendía Marisol, pero igual empezaron a buscar en sus bolsillos.Al final, entre todos juntaron poco más de mil pesos.Marisol se quedó viendo la pequeña pila de billetes, incrédula.—¿En serio? ¿No que eran gente ruda del barrio? ¿Cómo pueden estar tan pobres?—Es que... pues salimos tan de prisa que se nos olvidó el dinero —balbuceó el gordito, bajando la mirada.En realidad, Marisol quería pedirles que le compraran un celular, así podría hacer sus negocios con más facilidad. Pero viendo lo mal que andaban, mejor se le quitó la idea.—Bah, olvídenlo. Tomen el dinero y compren sus boletos para regresar a sus casas, cada quien por su lado.—¡Señorita!De pronto, el gordito se arrodilló de un solo golpe, apoyando una rodilla en el piso.—Nosotros, los hermanos, juramos seguir al jefe hasta el final. Ahora que él ya no está, solo nos queda seguirla a usted. ¡No nos deje tirados!Los otros, al ver eso, lo imitaron. Todos la miraban con unos ojos llenos de esperanza.Marisol nunca había vivido una escena así. Por dentro, algo se le movió.Sí, la estaban confundiendo con la hija de un gran jefe, pero al ver cómo llegaban hasta este pueblo perdido, tan fieles y leales a alguien que para ella era un perfecto desconocido, no pudo evitar sentirse conmovida.De otro modo, ¿cómo habrían llegado hasta aquí, siguiendo a una desconocida, dispuestos a todo?Un momento después, Marisol suspiró, sin saber ya qué hacer.—Bueno, ya, levántense. No voy a correrlos.—Pero tienen que prometerme algo: durante este mes del examen de ingreso, no quiero que me molesten. Cuando termine, ya veremos qué pasa.Al escuchar lo que dijo Marisol, todos los presentes mostraron una sonrisa de alivio, como si la luz al final del túnel se hubiera encendido.Para ser sinceros, todos ellos habían dejado la escuela hace años para seguir al jefe y meterse en la vida de la calle. Ahora, con el jefe muerto tan de repente y la banda completamente dividida, ninguno tenía idea de qué hacer con sus vidas. Estaban perdidos, con el alma a la deriva.Si no fuera porque encontraron, entre las cosas del jefe, una foto medio arrugada, ni siquiera se habrían enterado de que él tenía una hija. Al fin y al cabo, aunque el jefe tenía fama de mujeriego, jamás mencionó tener hijos.Así que se lanzaron a buscar con esa foto y los pocos datos que tenían, hasta que después de dar vueltas por todos lados, lograron dar con la única persona que encajaba: Marisol, estudiante de último año en Villa del Río Niebla.Aunque la foto tenía como diez años de diferencia, el parecido era indudable; siete u ocho de cada diez rasgos coincidían. Y, para rematar, ella también se apellidaba Larios. Por eso, terminaron convencidos de que Marisol era la hija del jefe, la verdadera hija de la casa.Eso también decía mucho de su lealtad. Aunque la banda se había partido en pedazos, ellos bien pudieron haberse ido con cualquiera de las otras facciones para seguir en la movida, pero no lo hicieron. Para ellos, solo existía un jefe y su lealtad seguía intacta, aunque ahora estaba dirigida a la hija de aquel hombre que los lideró.Marisol observó a todos y, de paso, aprovechó para averiguar quién era quién. El tipo de mirada dura y cara de pocos amigos se llamaba Raúl. El muchacho gordito era Mauricio. Ambos habían pasado dos años en una secundaria técnica, pero nunca terminaron nada y ahora andaban sin rumbo fijo.Después entraron a la Asociación Manos del Futuro, ese grupo fundado por el supuesto "papá" de Marisol, aunque en la vida real ella no tenía nada que ver con ese hombre. Todo fue bien hasta que, hace poco, el jefe murió de forma inesperada y la banda quedó hecha trizas, así que ellos decidieron salirse.—Oigan, su jefe... bueno, mi papá, ¿cómo fue que murió en realidad? —preguntó Marisol, con cierta cautela.—Lo emboscaron, le dieron como cien puñaladas y ahí quedó —contestó Raúl, sin cambiar la expresión.—Pero no te preocupes, Marisol —agregó Mauricio, con cara seria—. El jefe murió con los ojos cerrados, seguro se fue en paz.Marisol se quedó tiesa.¿Cien puñaladas? ¿No habrá quedado hecho pedazos? ¿Y todavía dicen que se fue en paz?Si no fuera porque ahora todo el mundo incinera a los muertos, seguro que el jefe salía de la tumba del puro coraje al escuchar eso.—Bueno, ¿y no dejó nada de herencia? ¿Unos kilos de oro escondidos en algún lugar secreto para que yo lo busque después? —preguntó, medio en serio y medio en broma, pero con la esperanza de que le dijeran que sí.Necesitaba dinero, y rápido. Aunque tenía la ventaja de haber renacido, sin plata no podía mover ni un dedo. ¿Cómo iba a hacer magia sin nada en las manos?Mauricio negó con la cabeza, resignado.—El jefe se murió de repente, ni tiempo le dio de dejar instrucciones o algo.Al escuchar eso, Marisol ni lo pensó: giró en seco y se fue por donde llegó.¿Nada de dinero? ¿Y todavía tuvo que tragarse el orgullo y llamarle "papá" a ese señor?—¡Oye, Marisol! ¿A dónde vas? —preguntó Mauricio, apurado.—¡Al colegio! —soltó ella sin mirar atrás.—Te llevamos en carro, Marisol —gritó Mauricio.Marisol frenó en seco y giró para verlos.—¿Tienen carro?Era fin de semana y justo venía de visitar al abuelo en el campo, con doscientos pesos en el bolsillo para sobrevivir. Del paradero al colegio había todavía varios kilómetros. Caminar le iba a tomar una eternidad, así que si podía subirse al carro de estos tipos, ni lo pensaba.Mauricio volteó de inmediato y le ordenó a otro joven:—¡Órale, ve a traer el carro!En menos de lo que canta un gallo, el muchacho apareció manejando una van viejísima, de esas que seguro ya habían pasado por varias manos y estaban a punto de desarmarse.Mauricio abrió la puerta del copiloto.—Adelante, Marisol. Sube.Marisol estuvo a punto de lanzarles un comentario sarcástico. ¿Desde cuándo una hija de jefe se sube a una carcacha como esa, y encima en el asiento de adelante? Pero, al final, prefirió no hacerse la difícil y subió al carro sin más.Capítulo 3Me llamo Marisol Larios, soy una abogada en prácticas a la que nadie le tiene mucha fe, y además, una autora de novelas que nunca despega. Pero ni modo, porque he vuelto a nacer, y esta vez pienso recuperar todo lo que me pertenece.Aunque en este momento, la verdad, lo que URGENTEMENTE necesito es que alguien me eche la mano. Si me depositas quinientos pesos, ¡te prometo que te llevo a la cima junto conmigo!—No, no, espera, me equivoqué… —me corregí a mí misma en voz baja—. La cosa es que ahora me topé con unos tipos de barrio y como quince chavos con cara de pocos amigos me acorralaron en el camino de regreso a la uni. Dicen que soy la hija de un supuesto jefe de la mafia, y que a fuerza me quieren llevar con ellos.Si de casualidad hay por ahí un alma caritativa que me salve de este embrollo, ¡te llevo un frutero de regalo al hospital cuando te vayan a visitar!—Señorita, venga con nosotros, el grupo anda sin cabeza y solo usted puede ser la heredera legítima.El que habló era un chavo de facciones marcadas, tan serio y distante que cualquiera se lo pensaría dos veces antes de meterse con él. Su mirada atravesaba como cuchillo y ni se inmutó.Yo ya tenía ganas de echarme a llorar.—¡De veras se equivocan! ¡No soy ninguna hija de jefe ni nada! Soy una estudiante común y corriente, por favor, déjenme ir —les rogué, con el corazón en la mano.No quería tener nada que ver con esa bola de pandilleros. En mi vida pasada, por lo menos, fui abogada y sé bien cómo terminan los que andan en esos rollos. Toda esa ola de operativos para limpiar la ciudad… cuántos jefes de barrio acabaron a balazos.Y la neta, yo ni soy ninguna heredera de la mafia. Apenas soy una chava que salió del rancho, con una vida que, si te la cuento, hasta da pena ajena.En resumen: un papá apostador, una mamá que se fue y nunca volteó atrás, un hermano más flojo que nada, y yo, que en la prepa hasta fui víctima de bullying.¿Por qué me quemé las pestañas para convertirme en abogada? Pues, si te soy sincera, para poder hacer justicia… bueno, y capaz también para castigar a mi familia un poquito.Ahora que la vida me dio una segunda oportunidad, la verdad no pido mucho: un terrenito para sembrar, una casita bonita, y unos diez mil millones guardados en el banco. Así, tranqui, con eso me doy por bien servida.Pero el tipo ese, el que parecía sacado de una película de acción, sacó de su bolsillo una foto.—Señorita, aunque nunca la habíamos visto, esta foto se la encontramos entre las cosas del jefe. Nos costó un montón, pero por fin la localizamos.Le tomé la foto. A primera vista, la niña que salía ahí sí que se parecía a mí, y hasta simpática se veía. Pero, ¡por favor! ¿Cuántos años tenía la niña de la foto? ¿Siete, ocho como mucho? ¡Si yo ya tengo dieciocho!—¿Y con esa foto ya dicen que soy la heredera? Eso no tiene ni pies ni cabeza. Hay miles de personas parecidas en este mundo, ¿por qué no buscan a otra?—Además, mi credencial dice que me apellido Larios. No me vayan a salir con que el jefe también se apellida Larios.El muchacho serio asintió como si todo estuviera clarísimo.—Exactamente. El jefe también se apellida Larios. Señorita, usted misma admitió que el jefe es su papá, así que venga con nosotros. El grupo no puede quedarse sin usted.¡Ay no, qué burrada! Yo jamás quise decir eso, pero ya la regué. Entre más explicaba, más me enredaba.En mi vida pasada nunca me topé con algo así. ¿Será que este es el bug de haber renacido?Mientras me quebraba la cabeza pensando cómo zafarme de esta bola de maleantes, un muchacho con pinta de justiciero pasó por la Calle de Las Perlas Blancas, y vio cómo me tenían rodeada.¡A plena luz del día y con todos mirando, se atrevían a hostigar a una chava indefensa! ¿Qué clase de mundo es este?Con los ojos llenos de esperanza, vi cómo ese chavo valiente se acercaba, alzaba el dedo y gritaba:—¡Déjenla en paz!—¡Lárgate de aquí!—¡Sí, jefe!Y el justiciero salió corriendo como si hubiera visto al mismísimo diablo.Yo: …Ya, no tenía salida. Estos tipos de plano estaban convencidos de que yo era la hija perdida de algún jefe mafioso.Así que mejor me resigné y le hablé directo al tipo serio:—A ver, si dices que soy hija de tu jefe, ¿eres leal a él? ¿O piensas traicionarlo?El muchacho puso cara seria, como si estuviera jurando algo sagrado.—El jefe me salvó la vida. Le debo todo. Jamás lo traicionaría.—Y los que están conmigo tampoco.Cuando oí eso, se me encendió el foco.—Entonces, ¿si yo ordeno algo también me obedecen a mí?El hombre de aspecto severo asintió con la cabeza.—Ahora que el jefe ya no está, pues claro que seguimos sus órdenes, señorita.—Perfecto —Marisol habló sin rodeos—. Si yo mando, entonces váyanse. Declaro disuelto este grupo....El hombre se quedó en silencio. Ni él ni los demás se movieron; todos se quedaron ahí, como estatuas.—¿No que yo mando? —Marisol frunció el ceño—. ¿Entonces por qué siguen aquí?—Es que... no tenemos a dónde ir —admitió el hombre, algo incómodo.—¿Cómo que no? —preguntó Marisol, confundida.—Desde que el jefe se fue, los líderes de cada área empezaron a pelearse por el mando y el grupo se hizo pedazos... Nosotros vinimos a buscarla porque esperamos que usted pudiera regresar y reunirnos de nuevo —explicó el hombre.Marisol por fin entendió: no eran más que un montón de perros sin dueño.Clarito: habían perdido en la pelea, los habían echado del grupo, y ahora venían a buscarla a ella, la “señorita”, como si fuera su última esperanza.¿Eso quería decir que ni siquiera era una “señorita” poderosa, sino una venida a menos, una que se había quedado sin nada?Con más razón no podía irse con ellos.Si regresaba, quién sabe qué harían con ella los demás que querían el poder. Si la vida fuera como en las películas, seguro la secuestrarían o la atacarían en el camino.—Híjole... —pensó, sintiendo un escalofrío—. Ni loca me regreso con ellos. ¡Antes muerta!Además, se notaba de lejos que estos tipos no iban a moverse tan fácil. Parecían decididos a quedarse.Siendo así...—Miren, yo todavía soy estudiante de último año de prepa. En un mes tengo el examen de ingreso universitario. Este mes es clave para mí, así que les pido que no vengan a molestarme. Si de plano no se quieren ir, pues quédense en el pueblo y busquen dónde quedarse. Cuando pase el examen, hablamos, ¿les parece? —propuso Marisol, buscando una salida intermedia.—¿Tan importante es ir a la escuela? —preguntó un joven gordito, con curiosidad.Marisol le lanzó una mirada.—¿Nunca han escuchado que el conocimiento cambia el destino?—Con estudios puedes hacer lo que sea. Por ejemplo, lo que están haciendo ahorita, legalmente se llama provocar disturbios. Si llamo a la policía, mínimo los meten unos días al calabozo.—¿Y por qué no llama, entonces? ¡Ya sé! Seguro porque sabe que somos gente del jefe, y por eso no quiere denunciarnos. Señorita, usted sí que no puede olvidarse de sus seguidores —dijo el gordito, con los ojos brillando de emoción.—¡Lo que pasa es que no tengo celular! —Marisol se detuvo, recordando algo—. Oigan, ¿traen dinero?Ni el gordito ni los demás sabían qué pretendía Marisol, pero igual empezaron a buscar en sus bolsillos.Al final, entre todos juntaron poco más de mil pesos.Marisol se quedó viendo la pequeña pila de billetes, incrédula.—¿En serio? ¿No que eran gente ruda del barrio? ¿Cómo pueden estar tan pobres?—Es que... pues salimos tan de prisa que se nos olvidó el dinero —balbuceó el gordito, bajando la mirada.En realidad, Marisol quería pedirles que le compraran un celular, así podría hacer sus negocios con más facilidad. Pero viendo lo mal que andaban, mejor se le quitó la idea.—Bah, olvídenlo. Tomen el dinero y compren sus boletos para regresar a sus casas, cada quien por su lado.—¡Señorita!De pronto, el gordito se arrodilló de un solo golpe, apoyando una rodilla en el piso.—Nosotros, los hermanos, juramos seguir al jefe hasta el final. Ahora que él ya no está, solo nos queda seguirla a usted. ¡No nos deje tirados!Los otros, al ver eso, lo imitaron. Todos la miraban con unos ojos llenos de esperanza.Marisol nunca había vivido una escena así. Por dentro, algo se le movió.Sí, la estaban confundiendo con la hija de un gran jefe, pero al ver cómo llegaban hasta este pueblo perdido, tan fieles y leales a alguien que para ella era un perfecto desconocido, no pudo evitar sentirse conmovida.De otro modo, ¿cómo habrían llegado hasta aquí, siguiendo a una desconocida, dispuestos a todo?Un momento después, Marisol suspiró, sin saber ya qué hacer.—Bueno, ya, levántense. No voy a correrlos.—Pero tienen que prometerme algo: durante este mes del examen de ingreso, no quiero que me molesten. Cuando termine, ya veremos qué pasa.Al escuchar lo que dijo Marisol, todos los presentes mostraron una sonrisa de alivio, como si la luz al final del túnel se hubiera encendido.Para ser sinceros, todos ellos habían dejado la escuela hace años para seguir al jefe y meterse en la vida de la calle. Ahora, con el jefe muerto tan de repente y la banda completamente dividida, ninguno tenía idea de qué hacer con sus vidas. Estaban perdidos, con el alma a la deriva.Si no fuera porque encontraron, entre las cosas del jefe, una foto medio arrugada, ni siquiera se habrían enterado de que él tenía una hija. Al fin y al cabo, aunque el jefe tenía fama de mujeriego, jamás mencionó tener hijos.Así que se lanzaron a buscar con esa foto y los pocos datos que tenían, hasta que después de dar vueltas por todos lados, lograron dar con la única persona que encajaba: Marisol, estudiante de último año en Villa del Río Niebla.Aunque la foto tenía como diez años de diferencia, el parecido era indudable; siete u ocho de cada diez rasgos coincidían. Y, para rematar, ella también se apellidaba Larios. Por eso, terminaron convencidos de que Marisol era la hija del jefe, la verdadera hija de la casa.Eso también decía mucho de su lealtad. Aunque la banda se había partido en pedazos, ellos bien pudieron haberse ido con cualquiera de las otras facciones para seguir en la movida, pero no lo hicieron. Para ellos, solo existía un jefe y su lealtad seguía intacta, aunque ahora estaba dirigida a la hija de aquel hombre que los lideró.Marisol observó a todos y, de paso, aprovechó para averiguar quién era quién. El tipo de mirada dura y cara de pocos amigos se llamaba Raúl. El muchacho gordito era Mauricio. Ambos habían pasado dos años en una secundaria técnica, pero nunca terminaron nada y ahora andaban sin rumbo fijo.Después entraron a la Asociación Manos del Futuro, ese grupo fundado por el supuesto "papá" de Marisol, aunque en la vida real ella no tenía nada que ver con ese hombre. Todo fue bien hasta que, hace poco, el jefe murió de forma inesperada y la banda quedó hecha trizas, así que ellos decidieron salirse.—Oigan, su jefe... bueno, mi papá, ¿cómo fue que murió en realidad? —preguntó Marisol, con cierta cautela.—Lo emboscaron, le dieron como cien puñaladas y ahí quedó —contestó Raúl, sin cambiar la expresión.—Pero no te preocupes, Marisol —agregó Mauricio, con cara seria—. El jefe murió con los ojos cerrados, seguro se fue en paz.Marisol se quedó tiesa.¿Cien puñaladas? ¿No habrá quedado hecho pedazos? ¿Y todavía dicen que se fue en paz?Si no fuera porque ahora todo el mundo incinera a los muertos, seguro que el jefe salía de la tumba del puro coraje al escuchar eso.—Bueno, ¿y no dejó nada de herencia? ¿Unos kilos de oro escondidos en algún lugar secreto para que yo lo busque después? —preguntó, medio en serio y medio en broma, pero con la esperanza de que le dijeran que sí.Necesitaba dinero, y rápido. Aunque tenía la ventaja de haber renacido, sin plata no podía mover ni un dedo. ¿Cómo iba a hacer magia sin nada en las manos?Mauricio negó con la cabeza, resignado.—El jefe se murió de repente, ni tiempo le dio de dejar instrucciones o algo.Al escuchar eso, Marisol ni lo pensó: giró en seco y se fue por donde llegó.¿Nada de dinero? ¿Y todavía tuvo que tragarse el orgullo y llamarle "papá" a ese señor?—¡Oye, Marisol! ¿A dónde vas? —preguntó Mauricio, apurado.—¡Al colegio! —soltó ella sin mirar atrás.—Te llevamos en carro, Marisol —gritó Mauricio.Marisol frenó en seco y giró para verlos.—¿Tienen carro?Era fin de semana y justo venía de visitar al abuelo en el campo, con doscientos pesos en el bolsillo para sobrevivir. Del paradero al colegio había todavía varios kilómetros. Caminar le iba a tomar una eternidad, así que si podía subirse al carro de estos tipos, ni lo pensaba.Mauricio volteó de inmediato y le ordenó a otro joven:—¡Órale, ve a traer el carro!En menos de lo que canta un gallo, el muchacho apareció manejando una van viejísima, de esas que seguro ya habían pasado por varias manos y estaban a punto de desarmarse.Mauricio abrió la puerta del copiloto.—Adelante, Marisol. Sube.Marisol estuvo a punto de lanzarles un comentario sarcástico. ¿Desde cuándo una hija de jefe se sube a una carcacha como esa, y encima en el asiento de adelante? Pero, al final, prefirió no hacerse la difícil y subió al carro sin más.