En un caluroso verano, Rocío volvía a Las Lomas después de un viaje de trabajo, justo a tiempo para el cumpleaños de su novio. Quería sorprenderlo, así que no le contó que regresaría antes. En el camino, compró un pastel y se imaginaba lo lindo que sería el reencuentro. Pero todo se fue al traste cuando llegó a casa y encontró a su novio en la cama con su mejor amiga. La traición fue un golpe duro. Lejos de sentirse culpables, ambos se burlaron de ella, provocando una furia que Rocío no pudo contener. Sin meditarlo demasiado, soltó un par de bofetadas antes de salir y dar un portazo. Con el ánimo por los suelos, Rocío conducía de regreso, buscando la tranquilidad de su hogar. De repente, casi atropelló a un joven que caminaba distraído por la autopista. Se detuvo de inmediato y salió a disculparse, aunque no entendía qué hacía alguien caminando por un lugar tan raro. En ese preciso momento, una tormenta la sorprendió, obligándolos a refugiarse en su auto. Mientras conversaban, el joven le contó que era un vagabundo que había decidido cortar lazos con su familia. Sin embargo, su pinta y encanto contaban otra historia. Así nació una amistad inesperada entre una mujer dolida y un joven enigmático. El destino los llevó a convertirse en compañeros de vivienda, y las preguntas no tardaron en surgir: ¿podría esta relación convertirse en algo más? Al fin y al cabo, no todos los días te topas con un vagabundo bien vestido en medio de la carretera, y la vida es experta en dar giros inesperados.

Capítulo 1En junio, Las Lomas se volvía un horno. El calor apretaba tanto que, al caer la tarde, el aire olía a lluvia y la ciudad parecía contener la respiración.En medio del tráfico intenso, un carro de color burdeos surcaba las calles. Al volante iba Rocío Benítez, recién llegada de un viaje de trabajo. Manejaba directo a la casa de su novio, Nicolás Olivares, quien no tenía idea de que ella estaba de vuelta.Ese día era el cumpleaños de Nicolás. Rocío sonrió, echando un vistazo al pastel que descansaba en el asiento de copiloto. Pisó el acelerador con más ganas, ilusionada por dar la sorpresa.Llegó a Villas Encanto del Bosque, estacionó el carro y, con el pastel en las manos, se dirigió al edificio. Al subir al elevador, su mente voló imaginando la cara de Nicolás cuando la viera llegar sin avisar.Frente a la puerta, Rocío dejó el pastel en el suelo y rebuscó en su bolso hasta encontrar la llave de la casa. Esa llave, Nicolás se la había dado cuando apenas empezaban a salir. Él le había dicho que esa sería también su casa, que podía ir cuando quisiera.Miró la hora en el reloj de su muñeca. Nicolás ya debía haber salido de trabajar.La cerradura giró con un clic y Rocío abrió la puerta. Apenas puso un pie adentro y se agachó para quitarse los zapatos, algo la hizo frenar: sobre el piso había unos tacones negros de mujer, relucientes, tirados junto a los zapatos de Nicolás, también fuera de lugar.El corazón le dio un vuelco. Esos tacones no eran suyos.Se quitó los zapatos y avanzó con sigilo. Desde el dormitorio, se colaban sonidos inconfundibles que la hicieron detenerse en seco.—Nico, despacio, ¿por qué tanta prisa? ¡Todavía no estoy lista! —la voz de una mujer se colaba, cargada de coquetería.—Ya no aguanto más, mi amor... ven aquí —respondió Nicolás, la voz ronca y ansiosa.—Ay, qué travieso eres......Rocío se quedó petrificada. Los ruidos y gemidos le taladraban la cabeza como agujas. La voz de la mujer le resultaba familiar, pero en ese momento, en medio del enojo y la confusión, no lograba reconocerla.Por un instante, pensó en entrar de golpe y enfrentar la escena. Cuando su pie estuvo a punto de moverse, otra vez la voz femenina retumbó.—Nico, ¿no te da pena lo que estamos haciendo? ¿Y si Rocío se entera?—No exageres, ella está de viaje. No va a volver. Y aunque se enterara, ¿qué importa? Yo ya no siento nada por ella. Paulina Suárez, eres la única que amo —dijo Nicolás con total descaro.¿Paulina? ¿Su mejor amiga? Ahora todo tenía sentido. Por eso la voz le sonaba tan conocida: la mujer que estaba enredada con su novio era su confidente, su compañera de secretos, la única a la que le había contado todo sobre Nicolás.En ese momento, Rocío sintió que el mundo se le venía encima. Todo le parecía una mala broma, una tragicomedia en la que ella era la única que no tenía idea de lo que pasaba.Entre rabia y desilusión, ya no quiso callar más. Caminó hasta la puerta del dormitorio y la empujó con fuerza.Tal como imaginó, la escena que encontró era más asquerosa de lo que había temido.Nicolás y Paulina se congelaron, la sorpresa pintada en sus caras. Fue Nicolás quien, con la voz temblorosa, rompió el silencio.—Rocío, ¿qué haces aquí?Como si la estuviera regañando por llegar sin avisar, como si la culpa fuera suya.Rocío lo miró de arriba abajo, la mirada afilada como navaja, clavándose en el torso desnudo de Nicolás.—Sí, no debí regresar. Pero mira, qué pena, interrumpí tu gran momento.Luego se volteó hacia Paulina, que apenas atinaba a cubrirse con la ropa.—¿Y qué tal, Paulina? ¿Mi novio es divertido?—Rocío, déjame explicarte...Rocío apretó los labios con fuerza, tragándose las lágrimas de rabia.—¿Que me explique qué? ¿Las proezas que logran juntos cuando no estoy?Paulina, mientras se ponía la blusa a toda prisa, levantó la cabeza con una sonrisa venenosa.—Ya que viste todo, mejor te lo digo de una vez. Nico ya no te quiere. Ahora está conmigo.Rocío levantó la vista, sus ojos se clavaron en Nicolás.—Nicolás, ¿es cierto lo que ella dice?Nicolás apenas esbozó una sonrisa torcida y respondió con voz seca:—Sí, ahora la que me importa es Pauli. Ya no siento nada por ti, deja de hacer el ridículo. Mejor suéltame de una vez…Aquellas palabras, como un trueno en pleno cielo despejado, sacudieron la mente de Rocío. No podía creer que el hombre al que había amado durante dos años la llamara ridícula.Resultó que la ingenua era ella, la que más confiaba en esos dos, la verdadera burla era ella misma.Rocío apretó los puños, sintiendo cómo la rabia le hervía por dentro, imposible de contener.—Sí, tienes razón, he sido yo la que se humilló sola. Pero ¿sabes qué? Ya no pienso hacerlo más.Rocío dio varios pasos decididos y, sin dudarlo, levantó la mano y dejó caer una bofetada sonora en el rostro delicado de Paulina.—¡Nico, Rocío me pegó! —Paulina chilló, cubriéndose la mejilla.Después de tantos años de amistad, Rocío jamás la había visto actuar tan melodramática. Así que frente a Nicolás, la muy lista sabía cómo fingirse vulnerable.—¡Ya basta, Rocío! —soltó Nicolás—. Ya te dije que no te amo, deja de hacer tu show, ¿quieres?¿Ella haciendo un show? ¿Así la veía Nicolás ahora?Rocío lanzó una carcajada amarga y le clavó la mirada a Nicolás.—Vaya, sí que te gusta protegerla, te ves todo un campeón.Sin pensarlo, alzó la mano de nuevo. —¡Paf, paf!— Dos cachetadas bien marcadas quedaron en las mejillas de Nicolás, dejando huella roja a ambos lados.—Y escúchame bien, Nicolás, desde ahora, yo tampoco te quiero…En cuanto se dio la vuelta, las lágrimas le brotaron. El corazón se le partió, pero apresuró el paso hacia la puerta, queriendo huir de esa escena asquerosa.—Rocío, mejor déjalo ya, Nicolás ni siquiera quiere mirarte —gritó Paulina desde la habitación mientras ella se marchaba.Rocío salió de prisa, cerró la puerta de un portazo y, sin mirar atrás, tiró las llaves en el bote de basura más cercano. No pensaba volver jamás.Se recargó en la puerta unos segundos, se limpió los ojos enrojecidos.Justo cuando estaba por irse, su celular empezó a sonar.Buscó el teléfono en su bolsa y vio en la pantalla el nombre “mamá”.Respiró hondo, se forzó a sonreír y contestó con una voz apenas firme.—¡Hola, mamá!—¿Qué te pasa, Roci? —preguntó Margarita al otro lado.—Nada grave, creo que me dio gripa, eso es todo. Mamá, ¿para qué me llamaste?—Sólo quería saber si ya regresaste del viaje de trabajo.—Sí, ya estoy de vuelta.—¿Y cuándo vas a traer a Nicolás a casa para que lo conozca? ¡Tu prima, que es dos años menor que tú, ya se va a comprometer este mes! Y tú nada de nada, ni siquiera sé cómo es tu novio.Ahí estaba otra vez. Tenía veintisiete y su mamá volvía a presionar con el tema de la boda. Pero ¿cómo iba a decirle que Nicolás la había engañado con su mejor amiga? ¿Cómo admitirle que la traicionó? No podía ni pronunciarlo.—Mamá, dame chance, Nicolás anda muy ocupado estos días.—¿Pero cómo es posible que siempre esté ocupado? ¿Tan difícil es verlo? —se notaba el enojo en la voz de Margarita—. Roci, te lo advierto, si sigues aplazando tu boda, te vas a quedar sola y no quiero que luego me reclames.El término de “solterona” cada vez la sentía más cerca. Dos años de su vida malgastados en Nicolás, y al final solo quedó el desastre. Ya estaba por cumplir treinta y ni rastro de un novio verdadero.—Mamá, lo voy a llevar a verte, te lo prometo. Tengo que hacer unas cosas, así que te llamo luego.—Pero tú...Margarita intentó decirle algo más, pero Rocío colgó.Era hija única y sus padres siempre habían estado al pendiente de su vida amorosa. Durante los dos años que salió con Nicolás, sus papás nunca dejaron de buscarle pretendientes con ayuda de amigos y familiares, pero ella rechazó a todos. Llegó a jurar que, en esta vida, solo se casaría con Nicolás.Ahora que recordaba ese juramento, no podía evitar reírse de lo absurdo que había sido.Guardó el celular en su bolso y bajó por el elevador.Apenas salió, se topó con que estaba lloviendo.Y no era cualquier llovizna, era un aguacero de esos bravos, de los que parece que hasta el cielo se pone triste contigo.Se resguardó en la entrada del edificio. Ahí se quedó parada un buen rato, perdida en sus pensamientos. Aunque era pleno junio, su vestido ligero no la protegía del viento, y un escalofrío le recorrió los brazos.Se los frotó con fuerza, como si así pudiera espantar el frío y la tristeza.Unos minutos después, la lluvia cesó. Seguramente solo había sido una tormenta pasajera, porque el sol volvió a asomarse como si nada.Rocío fue por su carro, encendió el motor y se dirigió hacia su departamento.Trabajaba como profesora de inglés en un instituto reconocido y su sueldo le alcanzaba bien. Con ayuda de sus papás, había comprado un departamento de dos habitaciones en pleno centro.De repente, entendió de verdad lo que su mamá le había dicho tantas veces: una mujer siempre debe tener un lugar propio, un rincón al que regresar sin depender de nadie.En ese instante, algo dentro de ella cambió. Pensó: ¿para qué andar llorando por un tipo así? Ni lo necesito. Que los patanes se queden con la protagonista secundaria, ellos sí que hacen buena pareja. Yo solo pasaba por aquí.Puso música en el carro y, sin darse cuenta, empezó a tararear con la melodía....En una avenida ancha y reluciente, un lujoso Rolls Royce avanzaba a toda velocidad.En el asiento trasero iba un hombre vestido de negro, con unos lentes oscuros que le daban un aire misterioso. Sus labios, apretados, reflejaban una determinación implacable. Miraba de reojo el paisaje que pasaba por la ventana.El tono de llamada de un celular rompió el silencio.Él no contestó de inmediato. Simón Cuenca, el asistente que manejaba, lo observó por el retrovisor y le recordó:—Señor Ledesma, le están llamando.A regañadientes, el hombre tomó el celular.—Papá, no voy a casarme con Cintia —dijo con voz profunda.Ya intuía el motivo de la llamada.—No acepto un no. Tienes que casarte con Cintia. Tu matrimonio con ella lo arreglamos tu señor Gómez y yo desde hace años. No puedes romper el acuerdo, si lo haces, me quedo como un traidor ante tu señor Gómez.—La boda es en una semana. Si no cumples, olvídate de la familia Ledesma. Para mí, dejas de ser mi hijo.El hombre alzó apenas la mirada, desafiante.—Me da igual. Que se case con quien quiera, pero yo no voy a ser.—¡Eso es digno de un Ledesma! Desde hoy, no tienes nada que ver con la familia Ledesma. Ni un peso más. Te quito el carro y el departamento, no te queda nada.—Como quieras... —contestó el hombre, soltando las palabras con desdén, y colgó.—¡Detén el carro! —ordenó en seco.—Señor Ledesma, estamos en vía rápida, no podemos parar aquí.—Te dije que lo detengas.—¿Se encuentra bien, señor Ledesma?—Este carro es de la familia Ledesma. No lo quiero. Recuérdalo: desde hoy, no tengo nada que ver con ellos.—Pero...Capítulo 2En junio, Las Lomas se volvía un horno. El calor apretaba tanto que, al caer la tarde, el aire olía a lluvia y la ciudad parecía contener la respiración.En medio del tráfico intenso, un carro de color burdeos surcaba las calles. Al volante iba Rocío Benítez, recién llegada de un viaje de trabajo. Manejaba directo a la casa de su novio, Nicolás Olivares, quien no tenía idea de que ella estaba de vuelta.Ese día era el cumpleaños de Nicolás. Rocío sonrió, echando un vistazo al pastel que descansaba en el asiento de copiloto. Pisó el acelerador con más ganas, ilusionada por dar la sorpresa.Llegó a Villas Encanto del Bosque, estacionó el carro y, con el pastel en las manos, se dirigió al edificio. Al subir al elevador, su mente voló imaginando la cara de Nicolás cuando la viera llegar sin avisar.Frente a la puerta, Rocío dejó el pastel en el suelo y rebuscó en su bolso hasta encontrar la llave de la casa. Esa llave, Nicolás se la había dado cuando apenas empezaban a salir. Él le había dicho que esa sería también su casa, que podía ir cuando quisiera.Miró la hora en el reloj de su muñeca. Nicolás ya debía haber salido de trabajar.La cerradura giró con un clic y Rocío abrió la puerta. Apenas puso un pie adentro y se agachó para quitarse los zapatos, algo la hizo frenar: sobre el piso había unos tacones negros de mujer, relucientes, tirados junto a los zapatos de Nicolás, también fuera de lugar.El corazón le dio un vuelco. Esos tacones no eran suyos.Se quitó los zapatos y avanzó con sigilo. Desde el dormitorio, se colaban sonidos inconfundibles que la hicieron detenerse en seco.—Nico, despacio, ¿por qué tanta prisa? ¡Todavía no estoy lista! —la voz de una mujer se colaba, cargada de coquetería.—Ya no aguanto más, mi amor... ven aquí —respondió Nicolás, la voz ronca y ansiosa.—Ay, qué travieso eres......Rocío se quedó petrificada. Los ruidos y gemidos le taladraban la cabeza como agujas. La voz de la mujer le resultaba familiar, pero en ese momento, en medio del enojo y la confusión, no lograba reconocerla.Por un instante, pensó en entrar de golpe y enfrentar la escena. Cuando su pie estuvo a punto de moverse, otra vez la voz femenina retumbó.—Nico, ¿no te da pena lo que estamos haciendo? ¿Y si Rocío se entera?—No exageres, ella está de viaje. No va a volver. Y aunque se enterara, ¿qué importa? Yo ya no siento nada por ella. Paulina Suárez, eres la única que amo —dijo Nicolás con total descaro.¿Paulina? ¿Su mejor amiga? Ahora todo tenía sentido. Por eso la voz le sonaba tan conocida: la mujer que estaba enredada con su novio era su confidente, su compañera de secretos, la única a la que le había contado todo sobre Nicolás.En ese momento, Rocío sintió que el mundo se le venía encima. Todo le parecía una mala broma, una tragicomedia en la que ella era la única que no tenía idea de lo que pasaba.Entre rabia y desilusión, ya no quiso callar más. Caminó hasta la puerta del dormitorio y la empujó con fuerza.Tal como imaginó, la escena que encontró era más asquerosa de lo que había temido.Nicolás y Paulina se congelaron, la sorpresa pintada en sus caras. Fue Nicolás quien, con la voz temblorosa, rompió el silencio.—Rocío, ¿qué haces aquí?Como si la estuviera regañando por llegar sin avisar, como si la culpa fuera suya.Rocío lo miró de arriba abajo, la mirada afilada como navaja, clavándose en el torso desnudo de Nicolás.—Sí, no debí regresar. Pero mira, qué pena, interrumpí tu gran momento.Luego se volteó hacia Paulina, que apenas atinaba a cubrirse con la ropa.—¿Y qué tal, Paulina? ¿Mi novio es divertido?—Rocío, déjame explicarte...Rocío apretó los labios con fuerza, tragándose las lágrimas de rabia.—¿Que me explique qué? ¿Las proezas que logran juntos cuando no estoy?Paulina, mientras se ponía la blusa a toda prisa, levantó la cabeza con una sonrisa venenosa.—Ya que viste todo, mejor te lo digo de una vez. Nico ya no te quiere. Ahora está conmigo.Rocío levantó la vista, sus ojos se clavaron en Nicolás.—Nicolás, ¿es cierto lo que ella dice?Nicolás apenas esbozó una sonrisa torcida y respondió con voz seca:—Sí, ahora la que me importa es Pauli. Ya no siento nada por ti, deja de hacer el ridículo. Mejor suéltame de una vez…Aquellas palabras, como un trueno en pleno cielo despejado, sacudieron la mente de Rocío. No podía creer que el hombre al que había amado durante dos años la llamara ridícula.Resultó que la ingenua era ella, la que más confiaba en esos dos, la verdadera burla era ella misma.Rocío apretó los puños, sintiendo cómo la rabia le hervía por dentro, imposible de contener.—Sí, tienes razón, he sido yo la que se humilló sola. Pero ¿sabes qué? Ya no pienso hacerlo más.Rocío dio varios pasos decididos y, sin dudarlo, levantó la mano y dejó caer una bofetada sonora en el rostro delicado de Paulina.—¡Nico, Rocío me pegó! —Paulina chilló, cubriéndose la mejilla.Después de tantos años de amistad, Rocío jamás la había visto actuar tan melodramática. Así que frente a Nicolás, la muy lista sabía cómo fingirse vulnerable.—¡Ya basta, Rocío! —soltó Nicolás—. Ya te dije que no te amo, deja de hacer tu show, ¿quieres?¿Ella haciendo un show? ¿Así la veía Nicolás ahora?Rocío lanzó una carcajada amarga y le clavó la mirada a Nicolás.—Vaya, sí que te gusta protegerla, te ves todo un campeón.Sin pensarlo, alzó la mano de nuevo. —¡Paf, paf!— Dos cachetadas bien marcadas quedaron en las mejillas de Nicolás, dejando huella roja a ambos lados.—Y escúchame bien, Nicolás, desde ahora, yo tampoco te quiero…En cuanto se dio la vuelta, las lágrimas le brotaron. El corazón se le partió, pero apresuró el paso hacia la puerta, queriendo huir de esa escena asquerosa.—Rocío, mejor déjalo ya, Nicolás ni siquiera quiere mirarte —gritó Paulina desde la habitación mientras ella se marchaba.Rocío salió de prisa, cerró la puerta de un portazo y, sin mirar atrás, tiró las llaves en el bote de basura más cercano. No pensaba volver jamás.Se recargó en la puerta unos segundos, se limpió los ojos enrojecidos.Justo cuando estaba por irse, su celular empezó a sonar.Buscó el teléfono en su bolsa y vio en la pantalla el nombre “mamá”.Respiró hondo, se forzó a sonreír y contestó con una voz apenas firme.—¡Hola, mamá!—¿Qué te pasa, Roci? —preguntó Margarita al otro lado.—Nada grave, creo que me dio gripa, eso es todo. Mamá, ¿para qué me llamaste?—Sólo quería saber si ya regresaste del viaje de trabajo.—Sí, ya estoy de vuelta.—¿Y cuándo vas a traer a Nicolás a casa para que lo conozca? ¡Tu prima, que es dos años menor que tú, ya se va a comprometer este mes! Y tú nada de nada, ni siquiera sé cómo es tu novio.Ahí estaba otra vez. Tenía veintisiete y su mamá volvía a presionar con el tema de la boda. Pero ¿cómo iba a decirle que Nicolás la había engañado con su mejor amiga? ¿Cómo admitirle que la traicionó? No podía ni pronunciarlo.—Mamá, dame chance, Nicolás anda muy ocupado estos días.—¿Pero cómo es posible que siempre esté ocupado? ¿Tan difícil es verlo? —se notaba el enojo en la voz de Margarita—. Roci, te lo advierto, si sigues aplazando tu boda, te vas a quedar sola y no quiero que luego me reclames.El término de “solterona” cada vez la sentía más cerca. Dos años de su vida malgastados en Nicolás, y al final solo quedó el desastre. Ya estaba por cumplir treinta y ni rastro de un novio verdadero.—Mamá, lo voy a llevar a verte, te lo prometo. Tengo que hacer unas cosas, así que te llamo luego.—Pero tú...Margarita intentó decirle algo más, pero Rocío colgó.Era hija única y sus padres siempre habían estado al pendiente de su vida amorosa. Durante los dos años que salió con Nicolás, sus papás nunca dejaron de buscarle pretendientes con ayuda de amigos y familiares, pero ella rechazó a todos. Llegó a jurar que, en esta vida, solo se casaría con Nicolás.Ahora que recordaba ese juramento, no podía evitar reírse de lo absurdo que había sido.Guardó el celular en su bolso y bajó por el elevador.Apenas salió, se topó con que estaba lloviendo.Y no era cualquier llovizna, era un aguacero de esos bravos, de los que parece que hasta el cielo se pone triste contigo.Se resguardó en la entrada del edificio. Ahí se quedó parada un buen rato, perdida en sus pensamientos. Aunque era pleno junio, su vestido ligero no la protegía del viento, y un escalofrío le recorrió los brazos.Se los frotó con fuerza, como si así pudiera espantar el frío y la tristeza.Unos minutos después, la lluvia cesó. Seguramente solo había sido una tormenta pasajera, porque el sol volvió a asomarse como si nada.Rocío fue por su carro, encendió el motor y se dirigió hacia su departamento.Trabajaba como profesora de inglés en un instituto reconocido y su sueldo le alcanzaba bien. Con ayuda de sus papás, había comprado un departamento de dos habitaciones en pleno centro.De repente, entendió de verdad lo que su mamá le había dicho tantas veces: una mujer siempre debe tener un lugar propio, un rincón al que regresar sin depender de nadie.En ese instante, algo dentro de ella cambió. Pensó: ¿para qué andar llorando por un tipo así? Ni lo necesito. Que los patanes se queden con la protagonista secundaria, ellos sí que hacen buena pareja. Yo solo pasaba por aquí.Puso música en el carro y, sin darse cuenta, empezó a tararear con la melodía....En una avenida ancha y reluciente, un lujoso Rolls Royce avanzaba a toda velocidad.En el asiento trasero iba un hombre vestido de negro, con unos lentes oscuros que le daban un aire misterioso. Sus labios, apretados, reflejaban una determinación implacable. Miraba de reojo el paisaje que pasaba por la ventana.El tono de llamada de un celular rompió el silencio.Él no contestó de inmediato. Simón Cuenca, el asistente que manejaba, lo observó por el retrovisor y le recordó:—Señor Ledesma, le están llamando.A regañadientes, el hombre tomó el celular.—Papá, no voy a casarme con Cintia —dijo con voz profunda.Ya intuía el motivo de la llamada.—No acepto un no. Tienes que casarte con Cintia. Tu matrimonio con ella lo arreglamos tu señor Gómez y yo desde hace años. No puedes romper el acuerdo, si lo haces, me quedo como un traidor ante tu señor Gómez.—La boda es en una semana. Si no cumples, olvídate de la familia Ledesma. Para mí, dejas de ser mi hijo.El hombre alzó apenas la mirada, desafiante.—Me da igual. Que se case con quien quiera, pero yo no voy a ser.—¡Eso es digno de un Ledesma! Desde hoy, no tienes nada que ver con la familia Ledesma. Ni un peso más. Te quito el carro y el departamento, no te queda nada.—Como quieras... —contestó el hombre, soltando las palabras con desdén, y colgó.—¡Detén el carro! —ordenó en seco.—Señor Ledesma, estamos en vía rápida, no podemos parar aquí.—Te dije que lo detengas.—¿Se encuentra bien, señor Ledesma?—Este carro es de la familia Ledesma. No lo quiero. Recuérdalo: desde hoy, no tengo nada que ver con ellos.—Pero...Capítulo 3En junio, Las Lomas se volvía un horno. El calor apretaba tanto que, al caer la tarde, el aire olía a lluvia y la ciudad parecía contener la respiración.En medio del tráfico intenso, un carro de color burdeos surcaba las calles. Al volante iba Rocío Benítez, recién llegada de un viaje de trabajo. Manejaba directo a la casa de su novio, Nicolás Olivares, quien no tenía idea de que ella estaba de vuelta.Ese día era el cumpleaños de Nicolás. Rocío sonrió, echando un vistazo al pastel que descansaba en el asiento de copiloto. Pisó el acelerador con más ganas, ilusionada por dar la sorpresa.Llegó a Villas Encanto del Bosque, estacionó el carro y, con el pastel en las manos, se dirigió al edificio. Al subir al elevador, su mente voló imaginando la cara de Nicolás cuando la viera llegar sin avisar.Frente a la puerta, Rocío dejó el pastel en el suelo y rebuscó en su bolso hasta encontrar la llave de la casa. Esa llave, Nicolás se la había dado cuando apenas empezaban a salir. Él le había dicho que esa sería también su casa, que podía ir cuando quisiera.Miró la hora en el reloj de su muñeca. Nicolás ya debía haber salido de trabajar.La cerradura giró con un clic y Rocío abrió la puerta. Apenas puso un pie adentro y se agachó para quitarse los zapatos, algo la hizo frenar: sobre el piso había unos tacones negros de mujer, relucientes, tirados junto a los zapatos de Nicolás, también fuera de lugar.El corazón le dio un vuelco. Esos tacones no eran suyos.Se quitó los zapatos y avanzó con sigilo. Desde el dormitorio, se colaban sonidos inconfundibles que la hicieron detenerse en seco.—Nico, despacio, ¿por qué tanta prisa? ¡Todavía no estoy lista! —la voz de una mujer se colaba, cargada de coquetería.—Ya no aguanto más, mi amor... ven aquí —respondió Nicolás, la voz ronca y ansiosa.—Ay, qué travieso eres......Rocío se quedó petrificada. Los ruidos y gemidos le taladraban la cabeza como agujas. La voz de la mujer le resultaba familiar, pero en ese momento, en medio del enojo y la confusión, no lograba reconocerla.Por un instante, pensó en entrar de golpe y enfrentar la escena. Cuando su pie estuvo a punto de moverse, otra vez la voz femenina retumbó.—Nico, ¿no te da pena lo que estamos haciendo? ¿Y si Rocío se entera?—No exageres, ella está de viaje. No va a volver. Y aunque se enterara, ¿qué importa? Yo ya no siento nada por ella. Paulina Suárez, eres la única que amo —dijo Nicolás con total descaro.¿Paulina? ¿Su mejor amiga? Ahora todo tenía sentido. Por eso la voz le sonaba tan conocida: la mujer que estaba enredada con su novio era su confidente, su compañera de secretos, la única a la que le había contado todo sobre Nicolás.En ese momento, Rocío sintió que el mundo se le venía encima. Todo le parecía una mala broma, una tragicomedia en la que ella era la única que no tenía idea de lo que pasaba.Entre rabia y desilusión, ya no quiso callar más. Caminó hasta la puerta del dormitorio y la empujó con fuerza.Tal como imaginó, la escena que encontró era más asquerosa de lo que había temido.Nicolás y Paulina se congelaron, la sorpresa pintada en sus caras. Fue Nicolás quien, con la voz temblorosa, rompió el silencio.—Rocío, ¿qué haces aquí?Como si la estuviera regañando por llegar sin avisar, como si la culpa fuera suya.Rocío lo miró de arriba abajo, la mirada afilada como navaja, clavándose en el torso desnudo de Nicolás.—Sí, no debí regresar. Pero mira, qué pena, interrumpí tu gran momento.Luego se volteó hacia Paulina, que apenas atinaba a cubrirse con la ropa.—¿Y qué tal, Paulina? ¿Mi novio es divertido?—Rocío, déjame explicarte...Rocío apretó los labios con fuerza, tragándose las lágrimas de rabia.—¿Que me explique qué? ¿Las proezas que logran juntos cuando no estoy?Paulina, mientras se ponía la blusa a toda prisa, levantó la cabeza con una sonrisa venenosa.—Ya que viste todo, mejor te lo digo de una vez. Nico ya no te quiere. Ahora está conmigo.Rocío levantó la vista, sus ojos se clavaron en Nicolás.—Nicolás, ¿es cierto lo que ella dice?Nicolás apenas esbozó una sonrisa torcida y respondió con voz seca:—Sí, ahora la que me importa es Pauli. Ya no siento nada por ti, deja de hacer el ridículo. Mejor suéltame de una vez…Aquellas palabras, como un trueno en pleno cielo despejado, sacudieron la mente de Rocío. No podía creer que el hombre al que había amado durante dos años la llamara ridícula.Resultó que la ingenua era ella, la que más confiaba en esos dos, la verdadera burla era ella misma.Rocío apretó los puños, sintiendo cómo la rabia le hervía por dentro, imposible de contener.—Sí, tienes razón, he sido yo la que se humilló sola. Pero ¿sabes qué? Ya no pienso hacerlo más.Rocío dio varios pasos decididos y, sin dudarlo, levantó la mano y dejó caer una bofetada sonora en el rostro delicado de Paulina.—¡Nico, Rocío me pegó! —Paulina chilló, cubriéndose la mejilla.Después de tantos años de amistad, Rocío jamás la había visto actuar tan melodramática. Así que frente a Nicolás, la muy lista sabía cómo fingirse vulnerable.—¡Ya basta, Rocío! —soltó Nicolás—. Ya te dije que no te amo, deja de hacer tu show, ¿quieres?¿Ella haciendo un show? ¿Así la veía Nicolás ahora?Rocío lanzó una carcajada amarga y le clavó la mirada a Nicolás.—Vaya, sí que te gusta protegerla, te ves todo un campeón.Sin pensarlo, alzó la mano de nuevo. —¡Paf, paf!— Dos cachetadas bien marcadas quedaron en las mejillas de Nicolás, dejando huella roja a ambos lados.—Y escúchame bien, Nicolás, desde ahora, yo tampoco te quiero…En cuanto se dio la vuelta, las lágrimas le brotaron. El corazón se le partió, pero apresuró el paso hacia la puerta, queriendo huir de esa escena asquerosa.—Rocío, mejor déjalo ya, Nicolás ni siquiera quiere mirarte —gritó Paulina desde la habitación mientras ella se marchaba.Rocío salió de prisa, cerró la puerta de un portazo y, sin mirar atrás, tiró las llaves en el bote de basura más cercano. No pensaba volver jamás.Se recargó en la puerta unos segundos, se limpió los ojos enrojecidos.Justo cuando estaba por irse, su celular empezó a sonar.Buscó el teléfono en su bolsa y vio en la pantalla el nombre “mamá”.Respiró hondo, se forzó a sonreír y contestó con una voz apenas firme.—¡Hola, mamá!—¿Qué te pasa, Roci? —preguntó Margarita al otro lado.—Nada grave, creo que me dio gripa, eso es todo. Mamá, ¿para qué me llamaste?—Sólo quería saber si ya regresaste del viaje de trabajo.—Sí, ya estoy de vuelta.—¿Y cuándo vas a traer a Nicolás a casa para que lo conozca? ¡Tu prima, que es dos años menor que tú, ya se va a comprometer este mes! Y tú nada de nada, ni siquiera sé cómo es tu novio.Ahí estaba otra vez. Tenía veintisiete y su mamá volvía a presionar con el tema de la boda. Pero ¿cómo iba a decirle que Nicolás la había engañado con su mejor amiga? ¿Cómo admitirle que la traicionó? No podía ni pronunciarlo.—Mamá, dame chance, Nicolás anda muy ocupado estos días.—¿Pero cómo es posible que siempre esté ocupado? ¿Tan difícil es verlo? —se notaba el enojo en la voz de Margarita—. Roci, te lo advierto, si sigues aplazando tu boda, te vas a quedar sola y no quiero que luego me reclames.El término de “solterona” cada vez la sentía más cerca. Dos años de su vida malgastados en Nicolás, y al final solo quedó el desastre. Ya estaba por cumplir treinta y ni rastro de un novio verdadero.—Mamá, lo voy a llevar a verte, te lo prometo. Tengo que hacer unas cosas, así que te llamo luego.—Pero tú...Margarita intentó decirle algo más, pero Rocío colgó.Era hija única y sus padres siempre habían estado al pendiente de su vida amorosa. Durante los dos años que salió con Nicolás, sus papás nunca dejaron de buscarle pretendientes con ayuda de amigos y familiares, pero ella rechazó a todos. Llegó a jurar que, en esta vida, solo se casaría con Nicolás.Ahora que recordaba ese juramento, no podía evitar reírse de lo absurdo que había sido.Guardó el celular en su bolso y bajó por el elevador.Apenas salió, se topó con que estaba lloviendo.Y no era cualquier llovizna, era un aguacero de esos bravos, de los que parece que hasta el cielo se pone triste contigo.Se resguardó en la entrada del edificio. Ahí se quedó parada un buen rato, perdida en sus pensamientos. Aunque era pleno junio, su vestido ligero no la protegía del viento, y un escalofrío le recorrió los brazos.Se los frotó con fuerza, como si así pudiera espantar el frío y la tristeza.Unos minutos después, la lluvia cesó. Seguramente solo había sido una tormenta pasajera, porque el sol volvió a asomarse como si nada.Rocío fue por su carro, encendió el motor y se dirigió hacia su departamento.Trabajaba como profesora de inglés en un instituto reconocido y su sueldo le alcanzaba bien. Con ayuda de sus papás, había comprado un departamento de dos habitaciones en pleno centro.De repente, entendió de verdad lo que su mamá le había dicho tantas veces: una mujer siempre debe tener un lugar propio, un rincón al que regresar sin depender de nadie.En ese instante, algo dentro de ella cambió. Pensó: ¿para qué andar llorando por un tipo así? Ni lo necesito. Que los patanes se queden con la protagonista secundaria, ellos sí que hacen buena pareja. Yo solo pasaba por aquí.Puso música en el carro y, sin darse cuenta, empezó a tararear con la melodía....En una avenida ancha y reluciente, un lujoso Rolls Royce avanzaba a toda velocidad.En el asiento trasero iba un hombre vestido de negro, con unos lentes oscuros que le daban un aire misterioso. Sus labios, apretados, reflejaban una determinación implacable. Miraba de reojo el paisaje que pasaba por la ventana.El tono de llamada de un celular rompió el silencio.Él no contestó de inmediato. Simón Cuenca, el asistente que manejaba, lo observó por el retrovisor y le recordó:—Señor Ledesma, le están llamando.A regañadientes, el hombre tomó el celular.—Papá, no voy a casarme con Cintia —dijo con voz profunda.Ya intuía el motivo de la llamada.—No acepto un no. Tienes que casarte con Cintia. Tu matrimonio con ella lo arreglamos tu señor Gómez y yo desde hace años. No puedes romper el acuerdo, si lo haces, me quedo como un traidor ante tu señor Gómez.—La boda es en una semana. Si no cumples, olvídate de la familia Ledesma. Para mí, dejas de ser mi hijo.El hombre alzó apenas la mirada, desafiante.—Me da igual. Que se case con quien quiera, pero yo no voy a ser.—¡Eso es digno de un Ledesma! Desde hoy, no tienes nada que ver con la familia Ledesma. Ni un peso más. Te quito el carro y el departamento, no te queda nada.—Como quieras... —contestó el hombre, soltando las palabras con desdén, y colgó.—¡Detén el carro! —ordenó en seco.—Señor Ledesma, estamos en vía rápida, no podemos parar aquí.—Te dije que lo detengas.—¿Se encuentra bien, señor Ledesma?—Este carro es de la familia Ledesma. No lo quiero. Recuérdalo: desde hoy, no tengo nada que ver con ellos.—Pero...

Sigue leyendo