Bianca Roque había sido la diosa fría de la universidad, pero en vísperas de la graduación, cayó en desgracia debido a un escándalo difamatorio. Cuatro años después, regresó al mundo laboral como directora de marketing, pero se reencontró inesperadamente con el hombre que había destrozado su dignidad: Adriano Sáez, el líder del Grupo Sáez. Él seguía siendo arrogante, pero ella ya no era sumisa. Cuando la crisis de proyectos y la presión laboral se sucedieron, Adriano, desde su posición elevada, le ofreció un trato: "Sé mi amante, y te aseguraré un futuro brillante". Bianca se rio con frialdad: "Sr. Adriano, su dinero no me interesa". Pero cuando la verdad se reveló, Adriano descubrió que había cometido un grave error. En su desesperación por recuperarla, ella anunció su compromiso de matrimonio con otro hombre. Adriano finalmente entró en pánico, gastó dinero, bloqueó su camino e intentó recuperarla con fuerza, pero solo consiguió que ella le dijera: "Ya deberías saber que el canario también puede volar".

Capítulo 1En la junta ejecutiva del Proyecto Estrella de Mar, el ambiente estaba cargado de tensión.Sergio Figuero, con un tono burlón, lanzó su comentario al aire:—Vaya, miren nada más… ¿no es la niña de oro de nuestra universidad? Años sin verte, ¿ya te reformaste o qué?Al ver quién hablaba, Bianca Roque sintió cómo el color se le iba del rostro. Sergio era amigo de aquel viejo conocido, el mismo que había marcado su vida.Por culpa de esas palabras, sus antiguos compañeros y los empleados del cliente, Grupo Cristalino, empezaron a mirarla como si de repente fuera otra persona.La sensación de asfixia la envolvió por completo, como si la hubieran despojado de todo y la exhibieran en medio del pueblo. Todo aquello le recordaba, con una precisión cruel, lo que había vivido cuatro años atrás. Bastaron unas cuantas palabras malintencionadas para destruirle la vida.Ella era la responsable de ese proyecto, lo había seguido desde el primer día, pero justo hace un momento la habían obligado a salir del equipo de Estrella de Mar.Intentando mantener la compostura, Bianca preguntó:—Señor Sergio, ¿por qué me están sacando del proyecto Estrella de Mar?Sergio apoyó los codos sobre la mesa de juntas, entrelazando los dedos y levantando una ceja:—Estrella de Mar es el producto estrella de Grupo Cristalino, algo en lo que llevamos trabajando cuatro años. No pienso permitir que nada salga mal en ninguna etapa, ni por error.Bianca sostuvo la mirada, sin agachar la cabeza, y replicó:—¿Acaso mi propuesta tiene algún error?—Tu propuesta no tiene ningún problema, estoy más que satisfecho con el trabajo de la señorita Bianca.Sergio marcó con énfasis la palabra “señorita” y, tras una pausa, añadió:—El problema es la persona a cargo. No confío en alguien que llegó a este puesto tomando atajos.Con sus palabras, Sergio pretendía reconocer su capacidad, pero en realidad estaba insinuando que ella había llegado hasta allí por favores y no por méritos.Ella no se molestó en defenderse. Ya lo había hecho cuatro años antes, sin que sirviera de nada.Bianca esbozó una sonrisa, alzando la barbilla con orgullo:—Me costó cuatro años de desvelos y esfuerzo llegar hasta aquí. Pero basta con un chisme vulgar para echarlo todo a perder. Me encanta el proyecto Estrella de Mar, pero si tú eres el líder, entonces no es para tanto.Apenas terminó su frase, todos los presentes se pusieron de pie. Bianca sintió un escalofrío recorrerle la espalda y giró lentamente.Acababa de entrar un grupo de personas impecablemente vestidos, todos luciendo trajes oscuros. Al centro, estaba ese hombre al que no había visto en cuatro años: Adriano Sáez.Las palabras que le habían destrozado el alma volvieron a sonar en su cabeza:“¿Por qué crees que te daría un millón de pesos? ¿Por tu cuerpo?”“Hubieras dicho desde el principio que te vendías, me ahorrabas el esfuerzo de fingir.”Respiró hondo y se obligó a dejar atrás esos recuerdos.A pesar de que apenas pasaba de los veinte, Adriano ya tenía la presencia de alguien mucho mayor. Había perdido cualquier rastro de juventud. Su traje, perfectamente cortado, resaltaba su figura erguida, como la de un árbol firme. Su poder y magnetismo llenaban el lugar; cada movimiento transmitía autoridad y control absoluto.Todos los presentes se apresuraron a saludarlo, inclinando la cabeza con respeto. Sergio enseguida cedió el asiento principal.Adriano saludó a todos con una ligera inclinación y, aparentando cercanía y sencillez, dijo:—Tomen asiento, no se pongan tan formales.Al principio, la tensión se sentía en el aire, pero al ver a Adriano tan accesible, los demás comenzaron a relajarse. Solo Bianca sabía que esa amabilidad era pura fachada; debajo de esa máscara había alguien que se arrastraba en la oscuridad, un verdadero desgraciado.Marina, la compañera de Bianca, aprovechó la oportunidad y se levantó rápidamente:—Quizá todo esto sea un malentendido. Mientras no se aclare, señor Sergio, yo me encargo personalmente del proyecto Estrella de Mar, ¿le parece bien?Marina fingía mediar, pero en realidad solo buscaba adueñarse del proyecto.Sergio asintió con la cabeza.Al ver la jugada, Bianca supo que ya no había vuelta atrás, así que se dio media vuelta y salió del salón de juntas.Sergio lanzó una mirada a Adriano, luego observó la espalda de Bianca, pensativo....La reunión continuó después de la salida de Bianca.Adriano escuchó unos minutos y luego abandonó la sala sin hacer ruido, encaminándose con paso seguro a la oficina de Sergio.Desde la ventana de piso a techo, miró hacia abajo. La gente iba y venía como si fueran hormigas, incluyendo una figura que le resultaba dolorosamente familiar.Bianca esperaba sola en la acera a que pasara un carro. Empezó a lloviznar; ella levantó su portafolio para cubrirse la cabeza.El agua le mojaba los zapatos y los calcetines, pero no se veía derrotada.Sáez Capital era el inversionista de Grupo Cristalino. Cada cierto tiempo, la gente de Sáez Capital hacía una visita al corporativo. Sergio mandó a la secretaria a traer toda la documentación de Grupo Cristalino.Sergio tomó los papeles y se los entregó a Adriano, tanteando el terreno:—Bianca no tiene ningún problema en cuanto a capacidad, ¿quiere que la haga regresar?Adriano desabrochó el saco antes de sentarse, hojeó los documentos y respondió con calma:—Sáez Capital solo es inversionista, no interviene en las decisiones de Grupo Cristalino.Con solo esa frase, Sergio entendió perfectamente lo que debía hacer a continuación.La secretaria Alejandra entró otra vez a la sala con dos tazas de café recién hecho, y como de costumbre, primero se lo llevó a Sergio.Sergio puso cara de disgusto por la actitud que Alejandra había mostrado ese día en el trabajo, pero antes de decir algo, el café de Alejandra terminó derramándose sobre el saco de Adriano.—¡Ay, discúlpeme! —exclamó Alejandra, completamente alterada, y comenzó a limpiar el saco de Adriano con unas servilletas—. De verdad, perdón, no tuve cuidado…Adriano la ayudó a incorporarse con una sonrisa tranquila.—No te preocupes, cosas así pasan en el trabajo —dijo, sin el menor rastro de enojo.—Señor Adriano, si quiere déjeme su saco, yo se lo llevo a la tintorería. Y si no se le quita la mancha, yo le pago la prenda —alegó Alejandra, con los ojos al borde de las lágrimas.Era inevitable sentir cierta compasión al ver a una mujer tan guapa llorando frente a todos.Adriano tomó una servilleta y le limpió una lágrima del rostro.—No vale la pena que una mujer tan bonita como tú se ponga así por una tontería —soltó, con tono cálido.El gesto iluminó la cara de Alejandra, pero Adriano continuó, implacable:—Ese saco costó trescientos mil pesos. Ya se pondrán de acuerdo para ver cuánto tienes que pagar. Así que deja de llorar.Las lágrimas de Alejandra se detuvieron en seco. Abrió los ojos como platos y, incrédula, preguntó:—¿Perdón? ¿Cuánto dijo que vale?Sergio intervino rápido, tomó a Alejandra del brazo y la hizo salir de la oficina.—Perdón, fue una falla de mi parte como jefe —le dijo a Adriano antes de irse.Adriano se quitó el saco y lo aventó directo al bote de basura.—No pasa nada. Solo no quiero volver a ver a esa persona por aquí. Y asegúrate de que pague lo que debe. Me voy.Y sin más, salió del lugar. Sergio fue tras él de inmediato.—Déjame acompañarte....Mientras tanto, Bianca esperaba a la orilla de la calle cuando recibió la llamada del conductor de la app para cancelar el viaje. El chofer le explicó que le había surgido un imprevisto y le pidió que mejor solicitara otro carro.Bianca bajó la mirada y vio sus zapatos y calcetas empapados.Estaba a punto de levantar una queja contra el conductor, pero de reojo vio a un repartidor de comida sentado en las escaleras, llorando mientras abría una bolsa de comida.Colgó el teléfono y se acercó al chico. Al verla, él se acomodó bajo el techo intentando protegerse de la lluvia y, con voz tímida, le habló:—Esta comida está bien. Nomás que llegué tarde y el cliente ya no la quiso. Son dos platos de cerdo con arroz. No me los puedo acabar solo, ¿quieres uno?Como Bianca no respondió, el chico se mordió el labio pálido y trató de convencerla:—Normalmente cuesta dieciséis pesos cada uno, pero a ti te lo dejo diez pesos más barato.Parecía ser la primera vez que vendía así la comida, se veía apenado y apartó la mano.Bianca se fijó en las heridas sin curar en sus tobillos, y en la moto dañada a un lado, con el retrovisor roto.Solo treinta y dos pesos por esas dos comidas.Su propia vida estaba llena de golpes, pero no soportaba ver la miseria ajena.Sacó el celular, pagó los platos y, usando los cubiertos desechables, se sentó junto a él en las escaleras para compartir la comida mientras la lluvia seguía cayendo.Había trabajado sin parar durante tres años, creyendo que ya tenía una vida decente.Vestía ropa de oficina a medida, convencida de que por fin era una mujer de respeto.Pero al final, ahí estaba de nuevo, en el mismo punto de partida.Parecía que en esa ciudad solo había espacio para ella en los rincones más húmedos y sucios.Tragó el bocado de arroz impregnado en salsa, intentando disimular el amargor en su pecho....Cuando Adriano salió de la empresa en su carro, no apartó la mirada del lado izquierdo del camino.Sergio, sentado a su lado, rompió el silencio de pronto:—Maximiliano, detén el carro.Dejó de lado el tono relajado que siempre usaba y miró hacia la acera:—Esa es Bianca… Ya no es la misma de antes. ¿Será que aquella cachetada de su mamá sí la hizo reaccionar?Adriano siguió la mirada de Sergio y vio a Bianca sentada bajo la lluvia, compartiendo comida con el repartidor.No había más que dos personas comiendo. Solo eso.El techo apenas cubría un metro, y cuando el viento soplaba, el agua de la lluvia se colaba y se le pegaba al cabello largo de Bianca, dándole un aire desaliñado.Adriano apartó la vista y se aflojó la corbata.—Vámonos....Después de comer, Bianca pidió otro carro por la app. Cuando subió, el chofer se quedó mirando su blusa empapada y bromeó:—Hoy sí ando de suerte, me tocan puras chicas guapas.Bianca rodó los ojos y le soltó:—Pues aquí se te acaba la suerte, porque subió la peor de todas.El chofer, incómodo, murmuró para sí:—Vaya, puro carro de lujo hoy.Bianca notó que miraba por el retrovisor y, siguiendo su mirada, vio que un carro lujoso los seguía.Ese mismo carro había estado estacionado cerca cuando ella y el repartidor compartían la comida.Por el parabrisas alcanzó a distinguir a Sergio y Adriano.Había pensado que jamás los volvería a ver, y si llegaba el momento, sería en su mejor momento, no justo cuando estaba tan vulnerable.El rostro de Adriano, apenas visible en la parte trasera del carro, seguía emanando esa fuerza que era imposible ignorar.Tenía esa expresión de quien lo tiene todo en la vida, un aire pesado de hastío.Nació con una fortuna que lo protegía de cualquier dificultad.Alguien así jamás entendería lo que es batallar por sobrevivir. Era incapaz de notar el sufrimiento de quienes luchan cada día desde abajo.Al día siguiente, Bianca fue a trabajar como si nada.Como directora de marketing, sus compañeros no se atrevían a decirle nada de frente, pero no faltaban los que la miraban de reojo o cuchicheaban a sus espaldas mientras recorría el pasillo.Se rumoreaba que Sergio, de Grupo Cristalino, había venido a la empresa para una visita. Bianca ya se había apartado de ese proyecto, así que ni siquiera fue a recibirlo.Estaba sumergida en su trabajo cuando alguien abrió la puerta de su oficina.Era Sergio.Sergio llevaba un traje casual, pero aun así no podía ocultar ese aire de superioridad. La ropa de diseñador que vestía parecía hecha a su medida, resaltando tanto su porte acomodado como su actitud desinteresada. Su cara, de esas que dan puntos extra a cualquier prenda atrevida.En cuanto entró, se dejó caer en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra. Sus ojos, llenos de desprecio, se posaron en la plaquita con el nombre de Bianca sobre el escritorio.—¿Directora de marketing? —leyó en voz alta, con un tono de burla.Luego la miró y soltó, tajante:—Bianca, este puesto... ¿lo conseguiste acostándote con alguien?Bianca apretó con fuerza su muslo, tratando de contenerse. Sabía que si perdía la calma, Sergio lograría exactamente lo que quería.Respiró hondo y, tragándose la rabia, fingió indiferencia:—Me acosté con tu papá para llegar aquí.El rostro de Sergio se transformó por completo, iba a explotar de rabia, pero no se atrevía a hacer nada más.Bianca lo miró fijamente y preguntó, con voz baja:—Yo no te he hecho nada, ¿por qué te ensañas conmigo?Sergio soltó una carcajada:—Porque se me da la gana. Solo vine a advertirte: mantente lejos de Adriano.—Mira nada más —replicó Bianca, sin ocultar el sarcasmo—. Yo creía que el término “vato promedio” era para tipos del montón, pero ya veo que también te queda, Sergio.Pensar que porque una mujer se acerca a ellos ya se sienten irresistibles.Sergio se puso de pie, rojo de coraje:—¿Qué dijiste?Bianca había tocado un nervio. Decir algo de su papá ni lo alteró, pero esto sí.—Siempre lo he dicho, entre Adriano y yo nunca ha habido nada, ni lo habrá.Sergio se cruzó de brazos, retador:—¿Ah, sí? Pues tu compañera Marina dice que, cuando te enteraste de que este proyecto era de Grupo Cristalino, te mataste por conseguirlo.La sonrisa de Bianca se esfumó.La verdad, cuando luchó por ese proyecto, no fue por Sergio: ni sabía que el hijo del dueño era él, ni mucho menos que el verdadero jefe detrás de Grupo Cristalino era Adriano. Si había oportunidad, ella la tomaba, así de simple. Fuera casualidad o no, no quería tener nada que ver con esa gente.Sentía que rebajarse por ellos era lo peor.Sergio, al verla quedarse callada, creyó que la tenía acorralada. Lanzó su ultimátum:—Bianca, vete de Valparaíso Onírico.Bianca levantó la barbilla, desafiante:—Me iré, pero no porque ustedes me corran, sino porque verlos me da asco.Sergio se quedó pasmado. Recordó que Adriano alguna vez le había dicho que nunca podía descifrar a Bianca. Ahora él tampoco.Apenas Sergio se fue, Marina apareció por la puerta.Caminó en círculos por la oficina, con el aire triunfal de quien acaba de ganar una batalla.Bianca y Marina siempre habían sido rivales. Bianca era directora del grupo uno; Marina, del grupo dos. El equipo de Bianca llevaba años siendo el número uno, mientras que el de Marina siempre quedaba en segundo lugar.Pero esta vez, Marina había conseguido el proyecto de Grupo Cristalino. Su grupo por fin superó al de Bianca.Usando un tono de falsa camaradería, Marina preguntó:—Bianca, ¿tú y Sergio se conocían de antes?Quizá la actitud de Sergio la dejó confundida, y ahora Marina quería tantear el terreno.—¿Y a ti qué te importa si lo conozco o no? Todos los documentos del proyecto ya te los entregué. Si no entiendes algo, pues busca un diccionario.Marina ya estaba acostumbrada al estilo directo de Bianca. Pensó que Bianca solo estaba molesta por haber perdido el proyecto.Como no logró sacarle la información que quería, Marina dejó de fingir la sonrisa:—Por cierto, el jefe dijo que, como ahora yo llevo el proyecto de Grupo Cristalino, ya no puedo seguir con el de Sr. Ibáñez. Así que quiere que tú lo tomes.Le pasó la carpeta:—Conozco al Sr. Ibáñez desde hace años. Es un cliente importante, aprovéchalo.Bianca le tomó una foto al mensaje y se la mandó al jefe para confirmar si era cierto que ahora ella debía encargarse de ese cliente. La respuesta fue afirmativa.Si ese cliente fuera tan bueno, Marina jamás lo habría soltado, aunque se partiera en dos.Pero Bianca acababa de perder el proyecto de Grupo Cristalino, así que no iba a rechazar otro más.Acordó la cita con el Sr. Ibáñez.Eligió como punto de encuentro un lugar de bebidas preparadas, pero al llegar junto con su asistente, encontró la mesa repleta de comida y botellas de vino.Volteó hacia el mesero:—¿No pedí solo bebidas preparadas? ¿También ofrecen comida aquí?Además, eran las tres de la tarde: ni hora de comida ni de cena.La sala no tenía buena acústica, así que el Sr. Ibáñez, desde adentro, escuchó la conversación y alzó la voz:—No le preguntes al mesero, pregúntame a mí. Este local de bebidas es mío.Capítulo 2En la junta ejecutiva del Proyecto Estrella de Mar, el ambiente estaba cargado de tensión.Sergio Figuero, con un tono burlón, lanzó su comentario al aire:—Vaya, miren nada más… ¿no es la niña de oro de nuestra universidad? Años sin verte, ¿ya te reformaste o qué?Al ver quién hablaba, Bianca Roque sintió cómo el color se le iba del rostro. Sergio era amigo de aquel viejo conocido, el mismo que había marcado su vida.Por culpa de esas palabras, sus antiguos compañeros y los empleados del cliente, Grupo Cristalino, empezaron a mirarla como si de repente fuera otra persona.La sensación de asfixia la envolvió por completo, como si la hubieran despojado de todo y la exhibieran en medio del pueblo. Todo aquello le recordaba, con una precisión cruel, lo que había vivido cuatro años atrás. Bastaron unas cuantas palabras malintencionadas para destruirle la vida.Ella era la responsable de ese proyecto, lo había seguido desde el primer día, pero justo hace un momento la habían obligado a salir del equipo de Estrella de Mar.Intentando mantener la compostura, Bianca preguntó:—Señor Sergio, ¿por qué me están sacando del proyecto Estrella de Mar?Sergio apoyó los codos sobre la mesa de juntas, entrelazando los dedos y levantando una ceja:—Estrella de Mar es el producto estrella de Grupo Cristalino, algo en lo que llevamos trabajando cuatro años. No pienso permitir que nada salga mal en ninguna etapa, ni por error.Bianca sostuvo la mirada, sin agachar la cabeza, y replicó:—¿Acaso mi propuesta tiene algún error?—Tu propuesta no tiene ningún problema, estoy más que satisfecho con el trabajo de la señorita Bianca.Sergio marcó con énfasis la palabra “señorita” y, tras una pausa, añadió:—El problema es la persona a cargo. No confío en alguien que llegó a este puesto tomando atajos.Con sus palabras, Sergio pretendía reconocer su capacidad, pero en realidad estaba insinuando que ella había llegado hasta allí por favores y no por méritos.Ella no se molestó en defenderse. Ya lo había hecho cuatro años antes, sin que sirviera de nada.Bianca esbozó una sonrisa, alzando la barbilla con orgullo:—Me costó cuatro años de desvelos y esfuerzo llegar hasta aquí. Pero basta con un chisme vulgar para echarlo todo a perder. Me encanta el proyecto Estrella de Mar, pero si tú eres el líder, entonces no es para tanto.Apenas terminó su frase, todos los presentes se pusieron de pie. Bianca sintió un escalofrío recorrerle la espalda y giró lentamente.Acababa de entrar un grupo de personas impecablemente vestidos, todos luciendo trajes oscuros. Al centro, estaba ese hombre al que no había visto en cuatro años: Adriano Sáez.Las palabras que le habían destrozado el alma volvieron a sonar en su cabeza:“¿Por qué crees que te daría un millón de pesos? ¿Por tu cuerpo?”“Hubieras dicho desde el principio que te vendías, me ahorrabas el esfuerzo de fingir.”Respiró hondo y se obligó a dejar atrás esos recuerdos.A pesar de que apenas pasaba de los veinte, Adriano ya tenía la presencia de alguien mucho mayor. Había perdido cualquier rastro de juventud. Su traje, perfectamente cortado, resaltaba su figura erguida, como la de un árbol firme. Su poder y magnetismo llenaban el lugar; cada movimiento transmitía autoridad y control absoluto.Todos los presentes se apresuraron a saludarlo, inclinando la cabeza con respeto. Sergio enseguida cedió el asiento principal.Adriano saludó a todos con una ligera inclinación y, aparentando cercanía y sencillez, dijo:—Tomen asiento, no se pongan tan formales.Al principio, la tensión se sentía en el aire, pero al ver a Adriano tan accesible, los demás comenzaron a relajarse. Solo Bianca sabía que esa amabilidad era pura fachada; debajo de esa máscara había alguien que se arrastraba en la oscuridad, un verdadero desgraciado.Marina, la compañera de Bianca, aprovechó la oportunidad y se levantó rápidamente:—Quizá todo esto sea un malentendido. Mientras no se aclare, señor Sergio, yo me encargo personalmente del proyecto Estrella de Mar, ¿le parece bien?Marina fingía mediar, pero en realidad solo buscaba adueñarse del proyecto.Sergio asintió con la cabeza.Al ver la jugada, Bianca supo que ya no había vuelta atrás, así que se dio media vuelta y salió del salón de juntas.Sergio lanzó una mirada a Adriano, luego observó la espalda de Bianca, pensativo....La reunión continuó después de la salida de Bianca.Adriano escuchó unos minutos y luego abandonó la sala sin hacer ruido, encaminándose con paso seguro a la oficina de Sergio.Desde la ventana de piso a techo, miró hacia abajo. La gente iba y venía como si fueran hormigas, incluyendo una figura que le resultaba dolorosamente familiar.Bianca esperaba sola en la acera a que pasara un carro. Empezó a lloviznar; ella levantó su portafolio para cubrirse la cabeza.El agua le mojaba los zapatos y los calcetines, pero no se veía derrotada.Sáez Capital era el inversionista de Grupo Cristalino. Cada cierto tiempo, la gente de Sáez Capital hacía una visita al corporativo. Sergio mandó a la secretaria a traer toda la documentación de Grupo Cristalino.Sergio tomó los papeles y se los entregó a Adriano, tanteando el terreno:—Bianca no tiene ningún problema en cuanto a capacidad, ¿quiere que la haga regresar?Adriano desabrochó el saco antes de sentarse, hojeó los documentos y respondió con calma:—Sáez Capital solo es inversionista, no interviene en las decisiones de Grupo Cristalino.Con solo esa frase, Sergio entendió perfectamente lo que debía hacer a continuación.La secretaria Alejandra entró otra vez a la sala con dos tazas de café recién hecho, y como de costumbre, primero se lo llevó a Sergio.Sergio puso cara de disgusto por la actitud que Alejandra había mostrado ese día en el trabajo, pero antes de decir algo, el café de Alejandra terminó derramándose sobre el saco de Adriano.—¡Ay, discúlpeme! —exclamó Alejandra, completamente alterada, y comenzó a limpiar el saco de Adriano con unas servilletas—. De verdad, perdón, no tuve cuidado…Adriano la ayudó a incorporarse con una sonrisa tranquila.—No te preocupes, cosas así pasan en el trabajo —dijo, sin el menor rastro de enojo.—Señor Adriano, si quiere déjeme su saco, yo se lo llevo a la tintorería. Y si no se le quita la mancha, yo le pago la prenda —alegó Alejandra, con los ojos al borde de las lágrimas.Era inevitable sentir cierta compasión al ver a una mujer tan guapa llorando frente a todos.Adriano tomó una servilleta y le limpió una lágrima del rostro.—No vale la pena que una mujer tan bonita como tú se ponga así por una tontería —soltó, con tono cálido.El gesto iluminó la cara de Alejandra, pero Adriano continuó, implacable:—Ese saco costó trescientos mil pesos. Ya se pondrán de acuerdo para ver cuánto tienes que pagar. Así que deja de llorar.Las lágrimas de Alejandra se detuvieron en seco. Abrió los ojos como platos y, incrédula, preguntó:—¿Perdón? ¿Cuánto dijo que vale?Sergio intervino rápido, tomó a Alejandra del brazo y la hizo salir de la oficina.—Perdón, fue una falla de mi parte como jefe —le dijo a Adriano antes de irse.Adriano se quitó el saco y lo aventó directo al bote de basura.—No pasa nada. Solo no quiero volver a ver a esa persona por aquí. Y asegúrate de que pague lo que debe. Me voy.Y sin más, salió del lugar. Sergio fue tras él de inmediato.—Déjame acompañarte....Mientras tanto, Bianca esperaba a la orilla de la calle cuando recibió la llamada del conductor de la app para cancelar el viaje. El chofer le explicó que le había surgido un imprevisto y le pidió que mejor solicitara otro carro.Bianca bajó la mirada y vio sus zapatos y calcetas empapados.Estaba a punto de levantar una queja contra el conductor, pero de reojo vio a un repartidor de comida sentado en las escaleras, llorando mientras abría una bolsa de comida.Colgó el teléfono y se acercó al chico. Al verla, él se acomodó bajo el techo intentando protegerse de la lluvia y, con voz tímida, le habló:—Esta comida está bien. Nomás que llegué tarde y el cliente ya no la quiso. Son dos platos de cerdo con arroz. No me los puedo acabar solo, ¿quieres uno?Como Bianca no respondió, el chico se mordió el labio pálido y trató de convencerla:—Normalmente cuesta dieciséis pesos cada uno, pero a ti te lo dejo diez pesos más barato.Parecía ser la primera vez que vendía así la comida, se veía apenado y apartó la mano.Bianca se fijó en las heridas sin curar en sus tobillos, y en la moto dañada a un lado, con el retrovisor roto.Solo treinta y dos pesos por esas dos comidas.Su propia vida estaba llena de golpes, pero no soportaba ver la miseria ajena.Sacó el celular, pagó los platos y, usando los cubiertos desechables, se sentó junto a él en las escaleras para compartir la comida mientras la lluvia seguía cayendo.Había trabajado sin parar durante tres años, creyendo que ya tenía una vida decente.Vestía ropa de oficina a medida, convencida de que por fin era una mujer de respeto.Pero al final, ahí estaba de nuevo, en el mismo punto de partida.Parecía que en esa ciudad solo había espacio para ella en los rincones más húmedos y sucios.Tragó el bocado de arroz impregnado en salsa, intentando disimular el amargor en su pecho....Cuando Adriano salió de la empresa en su carro, no apartó la mirada del lado izquierdo del camino.Sergio, sentado a su lado, rompió el silencio de pronto:—Maximiliano, detén el carro.Dejó de lado el tono relajado que siempre usaba y miró hacia la acera:—Esa es Bianca… Ya no es la misma de antes. ¿Será que aquella cachetada de su mamá sí la hizo reaccionar?Adriano siguió la mirada de Sergio y vio a Bianca sentada bajo la lluvia, compartiendo comida con el repartidor.No había más que dos personas comiendo. Solo eso.El techo apenas cubría un metro, y cuando el viento soplaba, el agua de la lluvia se colaba y se le pegaba al cabello largo de Bianca, dándole un aire desaliñado.Adriano apartó la vista y se aflojó la corbata.—Vámonos....Después de comer, Bianca pidió otro carro por la app. Cuando subió, el chofer se quedó mirando su blusa empapada y bromeó:—Hoy sí ando de suerte, me tocan puras chicas guapas.Bianca rodó los ojos y le soltó:—Pues aquí se te acaba la suerte, porque subió la peor de todas.El chofer, incómodo, murmuró para sí:—Vaya, puro carro de lujo hoy.Bianca notó que miraba por el retrovisor y, siguiendo su mirada, vio que un carro lujoso los seguía.Ese mismo carro había estado estacionado cerca cuando ella y el repartidor compartían la comida.Por el parabrisas alcanzó a distinguir a Sergio y Adriano.Había pensado que jamás los volvería a ver, y si llegaba el momento, sería en su mejor momento, no justo cuando estaba tan vulnerable.El rostro de Adriano, apenas visible en la parte trasera del carro, seguía emanando esa fuerza que era imposible ignorar.Tenía esa expresión de quien lo tiene todo en la vida, un aire pesado de hastío.Nació con una fortuna que lo protegía de cualquier dificultad.Alguien así jamás entendería lo que es batallar por sobrevivir. Era incapaz de notar el sufrimiento de quienes luchan cada día desde abajo.Al día siguiente, Bianca fue a trabajar como si nada.Como directora de marketing, sus compañeros no se atrevían a decirle nada de frente, pero no faltaban los que la miraban de reojo o cuchicheaban a sus espaldas mientras recorría el pasillo.Se rumoreaba que Sergio, de Grupo Cristalino, había venido a la empresa para una visita. Bianca ya se había apartado de ese proyecto, así que ni siquiera fue a recibirlo.Estaba sumergida en su trabajo cuando alguien abrió la puerta de su oficina.Era Sergio.Sergio llevaba un traje casual, pero aun así no podía ocultar ese aire de superioridad. La ropa de diseñador que vestía parecía hecha a su medida, resaltando tanto su porte acomodado como su actitud desinteresada. Su cara, de esas que dan puntos extra a cualquier prenda atrevida.En cuanto entró, se dejó caer en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra. Sus ojos, llenos de desprecio, se posaron en la plaquita con el nombre de Bianca sobre el escritorio.—¿Directora de marketing? —leyó en voz alta, con un tono de burla.Luego la miró y soltó, tajante:—Bianca, este puesto... ¿lo conseguiste acostándote con alguien?Bianca apretó con fuerza su muslo, tratando de contenerse. Sabía que si perdía la calma, Sergio lograría exactamente lo que quería.Respiró hondo y, tragándose la rabia, fingió indiferencia:—Me acosté con tu papá para llegar aquí.El rostro de Sergio se transformó por completo, iba a explotar de rabia, pero no se atrevía a hacer nada más.Bianca lo miró fijamente y preguntó, con voz baja:—Yo no te he hecho nada, ¿por qué te ensañas conmigo?Sergio soltó una carcajada:—Porque se me da la gana. Solo vine a advertirte: mantente lejos de Adriano.—Mira nada más —replicó Bianca, sin ocultar el sarcasmo—. Yo creía que el término “vato promedio” era para tipos del montón, pero ya veo que también te queda, Sergio.Pensar que porque una mujer se acerca a ellos ya se sienten irresistibles.Sergio se puso de pie, rojo de coraje:—¿Qué dijiste?Bianca había tocado un nervio. Decir algo de su papá ni lo alteró, pero esto sí.—Siempre lo he dicho, entre Adriano y yo nunca ha habido nada, ni lo habrá.Sergio se cruzó de brazos, retador:—¿Ah, sí? Pues tu compañera Marina dice que, cuando te enteraste de que este proyecto era de Grupo Cristalino, te mataste por conseguirlo.La sonrisa de Bianca se esfumó.La verdad, cuando luchó por ese proyecto, no fue por Sergio: ni sabía que el hijo del dueño era él, ni mucho menos que el verdadero jefe detrás de Grupo Cristalino era Adriano. Si había oportunidad, ella la tomaba, así de simple. Fuera casualidad o no, no quería tener nada que ver con esa gente.Sentía que rebajarse por ellos era lo peor.Sergio, al verla quedarse callada, creyó que la tenía acorralada. Lanzó su ultimátum:—Bianca, vete de Valparaíso Onírico.Bianca levantó la barbilla, desafiante:—Me iré, pero no porque ustedes me corran, sino porque verlos me da asco.Sergio se quedó pasmado. Recordó que Adriano alguna vez le había dicho que nunca podía descifrar a Bianca. Ahora él tampoco.Apenas Sergio se fue, Marina apareció por la puerta.Caminó en círculos por la oficina, con el aire triunfal de quien acaba de ganar una batalla.Bianca y Marina siempre habían sido rivales. Bianca era directora del grupo uno; Marina, del grupo dos. El equipo de Bianca llevaba años siendo el número uno, mientras que el de Marina siempre quedaba en segundo lugar.Pero esta vez, Marina había conseguido el proyecto de Grupo Cristalino. Su grupo por fin superó al de Bianca.Usando un tono de falsa camaradería, Marina preguntó:—Bianca, ¿tú y Sergio se conocían de antes?Quizá la actitud de Sergio la dejó confundida, y ahora Marina quería tantear el terreno.—¿Y a ti qué te importa si lo conozco o no? Todos los documentos del proyecto ya te los entregué. Si no entiendes algo, pues busca un diccionario.Marina ya estaba acostumbrada al estilo directo de Bianca. Pensó que Bianca solo estaba molesta por haber perdido el proyecto.Como no logró sacarle la información que quería, Marina dejó de fingir la sonrisa:—Por cierto, el jefe dijo que, como ahora yo llevo el proyecto de Grupo Cristalino, ya no puedo seguir con el de Sr. Ibáñez. Así que quiere que tú lo tomes.Le pasó la carpeta:—Conozco al Sr. Ibáñez desde hace años. Es un cliente importante, aprovéchalo.Bianca le tomó una foto al mensaje y se la mandó al jefe para confirmar si era cierto que ahora ella debía encargarse de ese cliente. La respuesta fue afirmativa.Si ese cliente fuera tan bueno, Marina jamás lo habría soltado, aunque se partiera en dos.Pero Bianca acababa de perder el proyecto de Grupo Cristalino, así que no iba a rechazar otro más.Acordó la cita con el Sr. Ibáñez.Eligió como punto de encuentro un lugar de bebidas preparadas, pero al llegar junto con su asistente, encontró la mesa repleta de comida y botellas de vino.Volteó hacia el mesero:—¿No pedí solo bebidas preparadas? ¿También ofrecen comida aquí?Además, eran las tres de la tarde: ni hora de comida ni de cena.La sala no tenía buena acústica, así que el Sr. Ibáñez, desde adentro, escuchó la conversación y alzó la voz:—No le preguntes al mesero, pregúntame a mí. Este local de bebidas es mío.Capítulo 3En la junta ejecutiva del Proyecto Estrella de Mar, el ambiente estaba cargado de tensión.Sergio Figuero, con un tono burlón, lanzó su comentario al aire:—Vaya, miren nada más… ¿no es la niña de oro de nuestra universidad? Años sin verte, ¿ya te reformaste o qué?Al ver quién hablaba, Bianca Roque sintió cómo el color se le iba del rostro. Sergio era amigo de aquel viejo conocido, el mismo que había marcado su vida.Por culpa de esas palabras, sus antiguos compañeros y los empleados del cliente, Grupo Cristalino, empezaron a mirarla como si de repente fuera otra persona.La sensación de asfixia la envolvió por completo, como si la hubieran despojado de todo y la exhibieran en medio del pueblo. Todo aquello le recordaba, con una precisión cruel, lo que había vivido cuatro años atrás. Bastaron unas cuantas palabras malintencionadas para destruirle la vida.Ella era la responsable de ese proyecto, lo había seguido desde el primer día, pero justo hace un momento la habían obligado a salir del equipo de Estrella de Mar.Intentando mantener la compostura, Bianca preguntó:—Señor Sergio, ¿por qué me están sacando del proyecto Estrella de Mar?Sergio apoyó los codos sobre la mesa de juntas, entrelazando los dedos y levantando una ceja:—Estrella de Mar es el producto estrella de Grupo Cristalino, algo en lo que llevamos trabajando cuatro años. No pienso permitir que nada salga mal en ninguna etapa, ni por error.Bianca sostuvo la mirada, sin agachar la cabeza, y replicó:—¿Acaso mi propuesta tiene algún error?—Tu propuesta no tiene ningún problema, estoy más que satisfecho con el trabajo de la señorita Bianca.Sergio marcó con énfasis la palabra “señorita” y, tras una pausa, añadió:—El problema es la persona a cargo. No confío en alguien que llegó a este puesto tomando atajos.Con sus palabras, Sergio pretendía reconocer su capacidad, pero en realidad estaba insinuando que ella había llegado hasta allí por favores y no por méritos.Ella no se molestó en defenderse. Ya lo había hecho cuatro años antes, sin que sirviera de nada.Bianca esbozó una sonrisa, alzando la barbilla con orgullo:—Me costó cuatro años de desvelos y esfuerzo llegar hasta aquí. Pero basta con un chisme vulgar para echarlo todo a perder. Me encanta el proyecto Estrella de Mar, pero si tú eres el líder, entonces no es para tanto.Apenas terminó su frase, todos los presentes se pusieron de pie. Bianca sintió un escalofrío recorrerle la espalda y giró lentamente.Acababa de entrar un grupo de personas impecablemente vestidos, todos luciendo trajes oscuros. Al centro, estaba ese hombre al que no había visto en cuatro años: Adriano Sáez.Las palabras que le habían destrozado el alma volvieron a sonar en su cabeza:“¿Por qué crees que te daría un millón de pesos? ¿Por tu cuerpo?”“Hubieras dicho desde el principio que te vendías, me ahorrabas el esfuerzo de fingir.”Respiró hondo y se obligó a dejar atrás esos recuerdos.A pesar de que apenas pasaba de los veinte, Adriano ya tenía la presencia de alguien mucho mayor. Había perdido cualquier rastro de juventud. Su traje, perfectamente cortado, resaltaba su figura erguida, como la de un árbol firme. Su poder y magnetismo llenaban el lugar; cada movimiento transmitía autoridad y control absoluto.Todos los presentes se apresuraron a saludarlo, inclinando la cabeza con respeto. Sergio enseguida cedió el asiento principal.Adriano saludó a todos con una ligera inclinación y, aparentando cercanía y sencillez, dijo:—Tomen asiento, no se pongan tan formales.Al principio, la tensión se sentía en el aire, pero al ver a Adriano tan accesible, los demás comenzaron a relajarse. Solo Bianca sabía que esa amabilidad era pura fachada; debajo de esa máscara había alguien que se arrastraba en la oscuridad, un verdadero desgraciado.Marina, la compañera de Bianca, aprovechó la oportunidad y se levantó rápidamente:—Quizá todo esto sea un malentendido. Mientras no se aclare, señor Sergio, yo me encargo personalmente del proyecto Estrella de Mar, ¿le parece bien?Marina fingía mediar, pero en realidad solo buscaba adueñarse del proyecto.Sergio asintió con la cabeza.Al ver la jugada, Bianca supo que ya no había vuelta atrás, así que se dio media vuelta y salió del salón de juntas.Sergio lanzó una mirada a Adriano, luego observó la espalda de Bianca, pensativo....La reunión continuó después de la salida de Bianca.Adriano escuchó unos minutos y luego abandonó la sala sin hacer ruido, encaminándose con paso seguro a la oficina de Sergio.Desde la ventana de piso a techo, miró hacia abajo. La gente iba y venía como si fueran hormigas, incluyendo una figura que le resultaba dolorosamente familiar.Bianca esperaba sola en la acera a que pasara un carro. Empezó a lloviznar; ella levantó su portafolio para cubrirse la cabeza.El agua le mojaba los zapatos y los calcetines, pero no se veía derrotada.Sáez Capital era el inversionista de Grupo Cristalino. Cada cierto tiempo, la gente de Sáez Capital hacía una visita al corporativo. Sergio mandó a la secretaria a traer toda la documentación de Grupo Cristalino.Sergio tomó los papeles y se los entregó a Adriano, tanteando el terreno:—Bianca no tiene ningún problema en cuanto a capacidad, ¿quiere que la haga regresar?Adriano desabrochó el saco antes de sentarse, hojeó los documentos y respondió con calma:—Sáez Capital solo es inversionista, no interviene en las decisiones de Grupo Cristalino.Con solo esa frase, Sergio entendió perfectamente lo que debía hacer a continuación.La secretaria Alejandra entró otra vez a la sala con dos tazas de café recién hecho, y como de costumbre, primero se lo llevó a Sergio.Sergio puso cara de disgusto por la actitud que Alejandra había mostrado ese día en el trabajo, pero antes de decir algo, el café de Alejandra terminó derramándose sobre el saco de Adriano.—¡Ay, discúlpeme! —exclamó Alejandra, completamente alterada, y comenzó a limpiar el saco de Adriano con unas servilletas—. De verdad, perdón, no tuve cuidado…Adriano la ayudó a incorporarse con una sonrisa tranquila.—No te preocupes, cosas así pasan en el trabajo —dijo, sin el menor rastro de enojo.—Señor Adriano, si quiere déjeme su saco, yo se lo llevo a la tintorería. Y si no se le quita la mancha, yo le pago la prenda —alegó Alejandra, con los ojos al borde de las lágrimas.Era inevitable sentir cierta compasión al ver a una mujer tan guapa llorando frente a todos.Adriano tomó una servilleta y le limpió una lágrima del rostro.—No vale la pena que una mujer tan bonita como tú se ponga así por una tontería —soltó, con tono cálido.El gesto iluminó la cara de Alejandra, pero Adriano continuó, implacable:—Ese saco costó trescientos mil pesos. Ya se pondrán de acuerdo para ver cuánto tienes que pagar. Así que deja de llorar.Las lágrimas de Alejandra se detuvieron en seco. Abrió los ojos como platos y, incrédula, preguntó:—¿Perdón? ¿Cuánto dijo que vale?Sergio intervino rápido, tomó a Alejandra del brazo y la hizo salir de la oficina.—Perdón, fue una falla de mi parte como jefe —le dijo a Adriano antes de irse.Adriano se quitó el saco y lo aventó directo al bote de basura.—No pasa nada. Solo no quiero volver a ver a esa persona por aquí. Y asegúrate de que pague lo que debe. Me voy.Y sin más, salió del lugar. Sergio fue tras él de inmediato.—Déjame acompañarte....Mientras tanto, Bianca esperaba a la orilla de la calle cuando recibió la llamada del conductor de la app para cancelar el viaje. El chofer le explicó que le había surgido un imprevisto y le pidió que mejor solicitara otro carro.Bianca bajó la mirada y vio sus zapatos y calcetas empapados.Estaba a punto de levantar una queja contra el conductor, pero de reojo vio a un repartidor de comida sentado en las escaleras, llorando mientras abría una bolsa de comida.Colgó el teléfono y se acercó al chico. Al verla, él se acomodó bajo el techo intentando protegerse de la lluvia y, con voz tímida, le habló:—Esta comida está bien. Nomás que llegué tarde y el cliente ya no la quiso. Son dos platos de cerdo con arroz. No me los puedo acabar solo, ¿quieres uno?Como Bianca no respondió, el chico se mordió el labio pálido y trató de convencerla:—Normalmente cuesta dieciséis pesos cada uno, pero a ti te lo dejo diez pesos más barato.Parecía ser la primera vez que vendía así la comida, se veía apenado y apartó la mano.Bianca se fijó en las heridas sin curar en sus tobillos, y en la moto dañada a un lado, con el retrovisor roto.Solo treinta y dos pesos por esas dos comidas.Su propia vida estaba llena de golpes, pero no soportaba ver la miseria ajena.Sacó el celular, pagó los platos y, usando los cubiertos desechables, se sentó junto a él en las escaleras para compartir la comida mientras la lluvia seguía cayendo.Había trabajado sin parar durante tres años, creyendo que ya tenía una vida decente.Vestía ropa de oficina a medida, convencida de que por fin era una mujer de respeto.Pero al final, ahí estaba de nuevo, en el mismo punto de partida.Parecía que en esa ciudad solo había espacio para ella en los rincones más húmedos y sucios.Tragó el bocado de arroz impregnado en salsa, intentando disimular el amargor en su pecho....Cuando Adriano salió de la empresa en su carro, no apartó la mirada del lado izquierdo del camino.Sergio, sentado a su lado, rompió el silencio de pronto:—Maximiliano, detén el carro.Dejó de lado el tono relajado que siempre usaba y miró hacia la acera:—Esa es Bianca… Ya no es la misma de antes. ¿Será que aquella cachetada de su mamá sí la hizo reaccionar?Adriano siguió la mirada de Sergio y vio a Bianca sentada bajo la lluvia, compartiendo comida con el repartidor.No había más que dos personas comiendo. Solo eso.El techo apenas cubría un metro, y cuando el viento soplaba, el agua de la lluvia se colaba y se le pegaba al cabello largo de Bianca, dándole un aire desaliñado.Adriano apartó la vista y se aflojó la corbata.—Vámonos....Después de comer, Bianca pidió otro carro por la app. Cuando subió, el chofer se quedó mirando su blusa empapada y bromeó:—Hoy sí ando de suerte, me tocan puras chicas guapas.Bianca rodó los ojos y le soltó:—Pues aquí se te acaba la suerte, porque subió la peor de todas.El chofer, incómodo, murmuró para sí:—Vaya, puro carro de lujo hoy.Bianca notó que miraba por el retrovisor y, siguiendo su mirada, vio que un carro lujoso los seguía.Ese mismo carro había estado estacionado cerca cuando ella y el repartidor compartían la comida.Por el parabrisas alcanzó a distinguir a Sergio y Adriano.Había pensado que jamás los volvería a ver, y si llegaba el momento, sería en su mejor momento, no justo cuando estaba tan vulnerable.El rostro de Adriano, apenas visible en la parte trasera del carro, seguía emanando esa fuerza que era imposible ignorar.Tenía esa expresión de quien lo tiene todo en la vida, un aire pesado de hastío.Nació con una fortuna que lo protegía de cualquier dificultad.Alguien así jamás entendería lo que es batallar por sobrevivir. Era incapaz de notar el sufrimiento de quienes luchan cada día desde abajo.Al día siguiente, Bianca fue a trabajar como si nada.Como directora de marketing, sus compañeros no se atrevían a decirle nada de frente, pero no faltaban los que la miraban de reojo o cuchicheaban a sus espaldas mientras recorría el pasillo.Se rumoreaba que Sergio, de Grupo Cristalino, había venido a la empresa para una visita. Bianca ya se había apartado de ese proyecto, así que ni siquiera fue a recibirlo.Estaba sumergida en su trabajo cuando alguien abrió la puerta de su oficina.Era Sergio.Sergio llevaba un traje casual, pero aun así no podía ocultar ese aire de superioridad. La ropa de diseñador que vestía parecía hecha a su medida, resaltando tanto su porte acomodado como su actitud desinteresada. Su cara, de esas que dan puntos extra a cualquier prenda atrevida.En cuanto entró, se dejó caer en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra. Sus ojos, llenos de desprecio, se posaron en la plaquita con el nombre de Bianca sobre el escritorio.—¿Directora de marketing? —leyó en voz alta, con un tono de burla.Luego la miró y soltó, tajante:—Bianca, este puesto... ¿lo conseguiste acostándote con alguien?Bianca apretó con fuerza su muslo, tratando de contenerse. Sabía que si perdía la calma, Sergio lograría exactamente lo que quería.Respiró hondo y, tragándose la rabia, fingió indiferencia:—Me acosté con tu papá para llegar aquí.El rostro de Sergio se transformó por completo, iba a explotar de rabia, pero no se atrevía a hacer nada más.Bianca lo miró fijamente y preguntó, con voz baja:—Yo no te he hecho nada, ¿por qué te ensañas conmigo?Sergio soltó una carcajada:—Porque se me da la gana. Solo vine a advertirte: mantente lejos de Adriano.—Mira nada más —replicó Bianca, sin ocultar el sarcasmo—. Yo creía que el término “vato promedio” era para tipos del montón, pero ya veo que también te queda, Sergio.Pensar que porque una mujer se acerca a ellos ya se sienten irresistibles.Sergio se puso de pie, rojo de coraje:—¿Qué dijiste?Bianca había tocado un nervio. Decir algo de su papá ni lo alteró, pero esto sí.—Siempre lo he dicho, entre Adriano y yo nunca ha habido nada, ni lo habrá.Sergio se cruzó de brazos, retador:—¿Ah, sí? Pues tu compañera Marina dice que, cuando te enteraste de que este proyecto era de Grupo Cristalino, te mataste por conseguirlo.La sonrisa de Bianca se esfumó.La verdad, cuando luchó por ese proyecto, no fue por Sergio: ni sabía que el hijo del dueño era él, ni mucho menos que el verdadero jefe detrás de Grupo Cristalino era Adriano. Si había oportunidad, ella la tomaba, así de simple. Fuera casualidad o no, no quería tener nada que ver con esa gente.Sentía que rebajarse por ellos era lo peor.Sergio, al verla quedarse callada, creyó que la tenía acorralada. Lanzó su ultimátum:—Bianca, vete de Valparaíso Onírico.Bianca levantó la barbilla, desafiante:—Me iré, pero no porque ustedes me corran, sino porque verlos me da asco.Sergio se quedó pasmado. Recordó que Adriano alguna vez le había dicho que nunca podía descifrar a Bianca. Ahora él tampoco.Apenas Sergio se fue, Marina apareció por la puerta.Caminó en círculos por la oficina, con el aire triunfal de quien acaba de ganar una batalla.Bianca y Marina siempre habían sido rivales. Bianca era directora del grupo uno; Marina, del grupo dos. El equipo de Bianca llevaba años siendo el número uno, mientras que el de Marina siempre quedaba en segundo lugar.Pero esta vez, Marina había conseguido el proyecto de Grupo Cristalino. Su grupo por fin superó al de Bianca.Usando un tono de falsa camaradería, Marina preguntó:—Bianca, ¿tú y Sergio se conocían de antes?Quizá la actitud de Sergio la dejó confundida, y ahora Marina quería tantear el terreno.—¿Y a ti qué te importa si lo conozco o no? Todos los documentos del proyecto ya te los entregué. Si no entiendes algo, pues busca un diccionario.Marina ya estaba acostumbrada al estilo directo de Bianca. Pensó que Bianca solo estaba molesta por haber perdido el proyecto.Como no logró sacarle la información que quería, Marina dejó de fingir la sonrisa:—Por cierto, el jefe dijo que, como ahora yo llevo el proyecto de Grupo Cristalino, ya no puedo seguir con el de Sr. Ibáñez. Así que quiere que tú lo tomes.Le pasó la carpeta:—Conozco al Sr. Ibáñez desde hace años. Es un cliente importante, aprovéchalo.Bianca le tomó una foto al mensaje y se la mandó al jefe para confirmar si era cierto que ahora ella debía encargarse de ese cliente. La respuesta fue afirmativa.Si ese cliente fuera tan bueno, Marina jamás lo habría soltado, aunque se partiera en dos.Pero Bianca acababa de perder el proyecto de Grupo Cristalino, así que no iba a rechazar otro más.Acordó la cita con el Sr. Ibáñez.Eligió como punto de encuentro un lugar de bebidas preparadas, pero al llegar junto con su asistente, encontró la mesa repleta de comida y botellas de vino.Volteó hacia el mesero:—¿No pedí solo bebidas preparadas? ¿También ofrecen comida aquí?Además, eran las tres de la tarde: ni hora de comida ni de cena.La sala no tenía buena acústica, así que el Sr. Ibáñez, desde adentro, escuchó la conversación y alzó la voz:—No le preguntes al mesero, pregúntame a mí. Este local de bebidas es mío.

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