Todos en el barrio conocen a Franco Herrera, el heredero de la renombrada familia Herrera. Se dice que es un hombre elegante y refinado, casi como un príncipe salido de un cuento de hadas. Sin embargo, es solo Luciana Esquivel quien realmente lo conoce en sus citas secretas. Sí, a Luciana le fascina Franco, aunque es muy consciente de la distancia entre sus mundos. Luciana sabe que no habrá un final feliz y solo desea disfrutar cada instante. Se aventuran en un juego arriesgado, donde se entremezclan la realidad y la locura. Su relación no es de "felices para siempre"; prefieren atesorar cada momento vivido. En el día de su boda, cuando Luciana se viste de blanco para unirse a otro hombre, Franco aparece rodeado de gente, la enfrenta entre la multitud y le susurra: —En la lista de esposos, si no me ves a mí, quiero ver un viudo.

Capítulo 1[Habitación 8606 del Hotel Sol y Luna.]Luciana Esquivel acababa de bajar del avión cuando le mandó este mensaje a Franco Herrera.Para consentirse, había reservado una suite de lujo en un hotel cinco estrellas. Franco era un tipo exigente, con gustos muy particulares.Después de darse un baño y arreglarse, Luciana apenas había terminado cuando Franco llegó.Ella llevaba un camisón lila de tirantes, su cabello oscuro caía sobre los hombros y, con una sonrisa juguetona, enredó los brazos alrededor del cuello de Franco.—Te extrañé muchísimo.Franco, impecable en su atuendo, ni siquiera se movió. Solo bajó la mirada y la observó con esos ojos profundos, sin revelar emoción alguna.A Luciana le fastidiaba esa actitud tan distante de él.Aunque estaban tan cerca, sentía que Franco siempre se mantenía en una especie de pedestal, fuera de su alcance.Inconforme, Luciana mordió sus labios delgados y se pegó aún más a su cuerpo.Por fin, Franco reaccionó. Le dio una palmada, ni fuerte ni suave, en la cadera.—Qué tremenda eres.Luciana lo arrastró hacia el desenfreno, disfrutando cada segundo en que él perdía el control y se dejaba llevar.Dos horas después, Franco se levantó de la cama y comenzó a vestirse.Luciana lo abrazó por detrás.—Ya es muy tarde.Franco soltó sus manos y, sin mirar atrás, se puso los pantalones.—Tengo que volver a la oficina.Ya rayaba el amanecer, ¿quién podría creer que iba a trabajar?Luciana no intentó retenerlo.—¿Dónde nos veremos después?Llevaba dos años y tres meses con Franco. Cuando estudiaba fuera del país, solo se encontraban en el extranjero, pero ahora que había regresado, esperaba algo distinto.Mientras abotonaba la camisa, Franco le soltó:—Ahora que regresaste, compórtate.¿Eso era una despedida?Luciana recordó lo que su mamá le había dicho hace poco: “La familia Herrera está arreglando el matrimonio de Franco. Dicen que ya tienen varias candidatas para que él escoja.”En ese momento, no le prestó atención.Después de todo, en todo Aguamar sabían que Franco seguía enamorado de su exnovia. Incluso había detenido un avión para evitar que ella se marchara.Él solo tenía espacio en su corazón para esa ex.Luciana lo tanteó.—¿Ya sabes con cuál te vas a quedar?Franco ya se había vestido por completo. En cuestión de minutos, recuperó esa actitud distante y elegante.—Con quien me case no es asunto tuyo.Luciana soltó una carcajada suave.Tenía razón, al final, Franco nunca la iba a elegir como esposa.Pero ella no quería terminar así. Justo por eso, sí le importaba mucho.Llevaba tantos años enamorada de Franco que no podía soltarlo tan fácil.Cuando Franco se fue, Luciana recogió sus cosas y volvió a la casa de la familia Herrera.La familia Herrera era la más poderosa de Aguamar.El Grupo Herrera tenía negocios en todo el mundo: finanzas, tecnología, salud y más. Siempre encabezaban la lista de los más ricos del planeta.La mamá de Luciana, Florencia Salgado, se había casado por segunda vez con Adrián Herrera.Franco era hijo del mayor de los Herrera, Emilio Herrera, el nieto mayor y actual líder del Grupo Herrera.A la mañana siguiente, Luciana se levantó temprano y fue al comedor.Todos estaban listos para desayunar cuando Hugo Herrera y Camila Herrera aparecieron.Camila andaba débil y tenía problemas de memoria, así que Franco la ayudaba a caminar.Él lucía el cabello corto, ligeramente despeinado hacia un lado, piel morena, facciones bien definidas, cejas gruesas, ojos profundos y expresivos, nariz recta, labios delgados. Tenía un atractivo que no se le podía reprochar.Luciana se acercó y, haciendo una pequeña reverencia, saludó:—Buenos días, abuelo, abuela, hermano.Hugo apenas le dedicó una mirada.—Ajá, volviste.Luciana sabía que a nadie le importaba si regresaba o no, pero igual contestó con respeto.—Anoche llegué muy tarde, por eso no pasé a saludar.—¿Y ella quién es? —preguntó Camila, confundida, mirando a Franco.—Es la hija de Adrián, Lucianita —aclaró Franco.Camila negó con la cabeza.—La hija de Adrián es Mari.—Ella también lo es —insistió Franco.Camila se mantuvo en sus trece.—Yo solo tengo una nieta, Mari.Luciana fingió que no escuchó y volvió discretamente a su asiento.Mari, cuyo nombre completo era Mariana Herrera, era la hermana de Luciana, aunque de diferentes padres.Llevaban más de diez años en la familia Herrera. A ellas, Florencia y Luciana, las trataban con cortesía.Pero Luciana sabía bien que esa amabilidad era solo por consideración a Adrián. En el fondo, nunca las habían aceptado del todo.Solo Adrián les tenía cariño genuino, pero el destino era cruel con los buenos.Apenas un par de meses antes, a Adrián le habían diagnosticado cáncer de páncreas en etapa avanzada. Le quedaba, como mucho, un año.Luciana deseaba con todas sus fuerzas que Adrián pudiera vivir varios años más.La familia comenzó a desayunar.Hugo le preguntó a Florencia por el estado de Adrián esos días.Florencia contestó con sumo respeto.Al terminar, Hugo solo asintió.Luego, Hugo dirigió la palabra a Franco.—Franco, ¿cómo van las cosas con la hija de la familia Solís?Luciana levantó la mirada. ¿Franco había elegido a la chica Solís?—Abuelo, por ahora todo va bien —respondió Franco, mirando directo al viejo, sin siquiera dirigirle una mirada de reojo a Luciana.Hugo asintió, satisfecho.—Si te parece bien, antes de fin de año arreglamos el compromiso.—Papá —intervino Julieta Herrera, la madre de Franco, con una sonrisa—, apenas queda medio año, ¿no será muy apresurado?—Primero el compromiso, la boda puede esperar —sentenció Hugo, sin dar lugar a discusión—. ¿Qué opinas, Franco?Franco habló con calma, su voz serena como siempre:—Haz lo que el abuelo diga.Luciana, sin mostrar ninguna emoción en el rostro, siguió desayunando como si nada hubiera pasado.Nunca se imaginó que Franco realmente estuviera dispuesto a casarse tan pronto. Después de todo, aún no cumplía ni veintisiete años.Negar que le dolía sería mentirse a sí misma.Diez años. Diez años llevaba enamorada de Franco.Pero era muy consciente de su lugar en esa familia.Franco era el orgullo de los Herrera, ese hijo mayor impecable que todos admiraban, alguien que parecía estar hecho de luz y rectitud. La mujer que se parara a su lado tendría que ser su igual en todo sentido: familia, estatus, posición.Jamás se atrevió a soñar con un “para siempre” junto a Franco. Lo único que deseaba era que él pudiera acompañarla un poquito más en el camino.Su mente regresó, casi sin querer, a dos años atrás, en su último semestre de la universidad.Era seis de abril, el día de su cumpleaños. Un grupo de amigas había decidido celebrarle con una fiesta.Justo esa noche, Franco tenía que viajar por trabajo a la ciudad donde estudiaba.Ella, aprovechando la coincidencia, lo invitó a festejar con ellas.Esa noche, corrió mucho alcohol. Nadie se quedó con sed.Entre risas y copas, Luciana se llenó de valor. Con la excusa de “llevar a Franco al hotel”, terminó sola con él en su habitación. Apenas entraron, ella lo acorraló contra la pared, se puso de puntillas y le robó un beso.Franco le sujetó los hombros, manteniendo la distancia.—¿Qué estás haciendo?Luciana, con los ojos borrosos por el alcohol, le rodeó la cintura con los brazos y lo miró de frente.—Franco... Siempre me has gustado, y no es de ahora, ya van muchos años...Esa noche, entre palabras atropelladas y confesiones que luego no recordaría completas, terminó aferrándose a él. Franco, sin resistirse demasiado, terminó cediendo y se convirtió en suyo.Cuando la pasión alcanzó su punto más alto, Franco le susurró al oído:—Luciana, fuiste tú quien vino a buscarme. No olvides lo que dijiste: que te gusto.A la mañana siguiente, Luciana despertó en los brazos de Franco.Por un instante, al recordar todo lo que había pasado, se sintió perdida, sin saber cómo actuar.En ese momento, Franco abrió los ojos, despacio....El sonido apresurado de unos tacones retumbando en el piso sacó a Luciana de sus recuerdos.Mariana, la consentida de la familia, entró a la casa como si nada. A nadie le importaba si llegaba tarde; todos la trataban como a la princesa del lugar.Apenas puso un pie en el comedor, Camila le hizo señas:—Mari, ven con tu abuelita.Mariana, al ver a Luciana sentada junto a Florencia desayunando, le lanzó una mirada de disgusto, rodando los ojos con descaro.Se sentó junto a Camila, quien de inmediato le sirvió un pedazo de omelette con trufa negra.—Mari, prueba esto, está buenísimo.Mariana dio un bocado y, sin más, anunció:—Hermano, hoy no quiero ir a la oficina. Prefiero acompañar a mi papá al hospital.Franco contestó con tono neutro:—Está bien, ahorita le pido al secretario que te ponga falta justificada.Por dentro, Luciana no pudo evitar una mueca burlona. Todo era por no dejarla ir al hospital. Mariana seguía igual de inmadura que siempre.—Lucianita.Para sorpresa de todos, Ximena, quien casi nunca se dirigía a Luciana y su madre, decidió hablarle esa mañana.—¿Ya encontraste un trabajo que te guste?Luciana levantó la vista y le regaló una sonrisa tranquila.—Todavía no.—Con ese título de universidad de élite, trabajar en cualquier empresa común sería desperdiciar tu talento —dijo Ximena, y enseguida se volvió hacia Franco—. Franco, ¿por qué mejor no la metes al departamento legal del Grupo Herrera? Así, siendo de la familia, uno se queda más tranquilo.No bien terminó de hablar, Mariana saltó, indignada:—¿El departamento legal? Toda esa gente tiene títulos de las mejores universidades y años de experiencia. Ella ni un caso ha manejado, ¿cómo va a entrar al Grupo Herrera?—Eso es para los de afuera. Siendo de la familia, puede aprender mientras trabaja. Además, escuché que hace poco el departamento legal andaba buscando personal —insistió Ximena, sin apartar la vista de Franco.Debajo de la mesa, Florencia le dio una patada a Luciana, como diciéndole: “Aprovecha que Ximena está de tu lado, pídele a Franco que te ayude, sería bueno entrar al Grupo Herrera”.Luciana, sin embargo, se mantuvo firme y no dijo nada.Por primera vez, Franco miró directamente a Luciana.—Ya no hay vacantes. Pero si de verdad quieres estar en el Grupo Herrera, puedo pedirle al secretario que vea si hay algo disponible.—¡No!—No hace falta.Ambas voces, la de Mariana y la de Luciana, se escucharon al mismo tiempo.Luciana sonrió, calmada:—Hermano, no te preocupes. Una amiga acaba de abrir una empresa y anda buscando gente. Me invitó a trabajar con ella.Justo en ese momento, Florencia le dio una patada más fuerte bajo la mesa, tanto que Luciana tuvo que contener una exclamación y hacer como si nada.¿En qué cabeza cabía que ella pudiera entrar al Grupo Herrera?Franco podía decir palabras bonitas, pero en el fondo, no la quería ahí.Y Mariana, sin duda, la tendría de blanco de sus berrinches de la casa a la oficina.Por otro lado, ¿qué ganaba Ximena metiéndola ahí? No era casualidad que quisiera ayudarla.Ximena apenas la miró de reojo, y Luciana pudo ver el toque de burla en sus ojos.Originalmente, Luciana había planeado ir al hospital con Florencia después del desayuno.Pero ahora que Mariana iba a ir, ella prefirió no presentarse.Esperó un poco y, al salir de casa, pidió un viaje compartido....—Hermano, ¿me llevas contigo? —le preguntó a Franco, sonriendo con los ojos brillando de picardía, parada junto al carro.Era pleno julio en Aguamar, el calor apretaba.Luciana, con su estatura de un metro setenta, llevaba un vestido verde menta de escote en V y manga corta. Su cintura era esbelta, su figura elegante y la piel de sus piernas, que asomaban bajo el vestido, lucía tersa y delgada.Sus rasgos eran delicados: una carita pequeña y ovalada, piel clara y suave, labios rojos y definidos, nariz respingada y ojos grandes y expresivos. Bajo la esquina del ojo derecho, una pequeña mancha marrón le daba un aire aún más atractivo y especial.Franco la miró apenas, sin cambiar el gesto.—Súbete.Luciana abrió la puerta trasera y se sentó junto a él.Franco estaba tecleando en su celular, enviando mensajes.Luciana alcanzó a ver que en la pantalla aparecía la foto de una mujer muy guapa. Habían estado intercambiando mensajes ida y vuelta.—¿Señorita Solís? —preguntó Luciana, con voz suave.Franco no respondió.Después de enviar el mensaje, apagó la pantalla del celular y preguntó:—¿A dónde vas?—A buscar trabajo. Cuando lleguemos al centro, con que me dejes ahí está bien.—¿Bufete de Abogados Estrella, quieres ir o no? —preguntó Franco.A Luciana se le iluminaron los ojos.El Bufete de Abogados Estrella era uno de los despachos más prestigiosos entre los mejores. Muchos abogados talentosos darían lo que fuera por entrar y ni así lo conseguían.Justo cuando Luciana estaba a punto de aceptar, el celular de Franco sonó.Contestó la llamada.—Claudia.—Voy camino al trabajo, ¿y tú?—Bien, igual, cuídate....Su voz sonaba suave.Si uno lo pensaba con calma, Franco parecía tratar a todo el mundo con respeto y calma, menos a Luciana. Solo con ella se volvía distante y cortante, como si disfrutara hacerla sentir incómoda.Por un instante, a Luciana no le dieron ganas de aceptar el favor que Franco le estaba haciendo.Tres minutos después, Franco colgó la llamada.—¿Era tu prometida? ¿Por qué no la traes contigo? —preguntó Luciana, con un tono sarcástico y algo venenoso.Franco le contestó en voz baja, con seriedad:—¿Ya se te olvidó lo que te acabo de decir?—No, no se me ha olvidado —Luciana se acercó, bajando la voz para que solo él la escuchara—. Dijiste: “Así me gusta, tranquila, sigue así”.Franco la miró, con una advertencia muda en los ojos.Luciana supo que se había pasado y apretó los labios.Ambos temían que alguien descubriera aquella relación que no debía ver la luz.—¿Cuándo puedo presentarme en el Bufete de Abogados Estrella? —preguntó Luciana, fingiendo seriedad.Aunque le molestaba que Franco la tratara diferente a los demás, no iba a arriesgar su futuro profesional por un simple enojo.—Te van a avisar....Por la tarde, Luciana fue al hospital a ver a Adrián.Había esperado la noticia de Florencia, quien le avisó que Mariana ya se había ido, así que ya podía ir.Cuando entró al cuarto, Adrián dormía. Florencia estaba sentada cerca, en silencio, cuidándolo.Luciana no dijo nada. Madre e hija salieron juntas al cuarto de descanso.Apenas entraron, Florencia se quebró:—La operación de tu señor Herrera no salió bien, el cáncer ya se regó por todo el cuerpo. El doctor dice que quizá le queda solo un año.Luciana sintió un nudo en el pecho.Pero, por más triste que estuviera, la realidad seguía ahí, dura como una piedra, sin moverse ni un centímetro por lo que ella sintiera.—Mamá, lo que dijo el doctor es el peor escenario —intentó animarla Luciana—. El equipo que atiende a señor Herrera es de los mejores, no va a pasar tan rápido.Platicaron como media hora. Al poco rato, Adrián despertó.—Lucianita, volviste —dijo Adrián, débil, apenas y le salía la voz.—Señor Herrera —Luciana se apresuró a acercarse, tomó el vaso de agua de la mesa—, ¿quiere un poco de agua?Se sentó junto a la cama, el vaso en la mano, y Adrián bebió despacio usando un popote.De repente, alguien abrió la puerta de golpe y una voz chillona retumbó en el cuarto:—¡¿Quién te dio permiso de venir?!Luciana no entendía por qué Mariana había vuelto. Se levantó para hacerse a un lado.Pero apenas se puso de pie, Mariana le dio una bofetada. El vaso salió volando de las manos de Luciana y sintió un empujón fuerte en el hombro que casi la tira.—¡Lárgate! ¡No quiero verte cerca de mi papá!—¡Mari! —Adrián solo alcanzó a decir eso antes de que el dolor lo dejara sin aire.—¡Llama al doctor! —gritó Florencia, asustada.Al mismo tiempo, Luciana, que estaba más cerca de la cama, apretó el botón de emergencia.Mariana se quedó parada, pálida como papel, temblando de miedo.Después del caos, la situación de Adrián se estabilizó y volvió a quedarse dormido.Todos suspiraron, aliviados.—Lucianita, vete a casa —dijo Florencia.Luciana obedeció, tomó su bolso y salió.—¡Vete a la casa! —agregó Florencia, mientras Luciana se alejaba.Luciana no respondió, solo cerró la puerta suavemente....Regresó tarde, y antes de llegar a la casa, Mariana la interceptó a unos metros de la entrada.—¡Luciana! —Mariana la miró con desprecio y altanería—. ¡No tienes derecho a volver aquí! ¡Y tampoco puedes ir al hospital a ver a mi papá!Luciana la enfrentó con una sonrisa desafiante.—¿Y qué pasa si de todos modos vuelvo y sigo yendo al hospital a ver a tu papá?Mariana montó en cólera y casi se pone a brincar.Se acercó dos pasos, la agarró del brazo, intentando sacarla de la familia Herrera a la fuerza.Luciana, harta y llena de rabia, le sujetó las manos con fuerza.—Mariana, te lo he dicho muchas veces, hazme lo que quieras, pero no delante de tu papá o de mi mamá.—Si hoy le pasa algo a señor Herrera, la que más va a sufrir eres tú.Mariana trató de soltarse y ambas empezaron a forcejear.De pronto, una luz fuerte las iluminó. Luciana, aprovechando el momento, empujó a Mariana, que dio un par de pasos hacia atrás.Un carro negro se detuvo.Franco bajó con el ceño fruncido.—¿Ahora qué están haciendo?—¡Franco, ella me empujó! —Mariana corrió a él, señalando a Luciana—. ¡Por poco me caigo!—Lo vi todo —Franco contestó con voz suave—. ¿Te lastimaste?—Yo... —Mariana fingió pensarlo—. Me duele el pie.Franco giró la cabeza, clavó la mirada en Luciana y le habló con voz dura:—¡Discúlpate!—Discúlpate tú.Luciana le lanzó una mirada de fastidio, soltó esa frase y jaló su maleta rumbo a la casa sin mirar atrás.Ya estaba acostumbrada a que Franco siempre se pusiera del lado de Mariana, sin importar nada.Mariana miró la espalda de Luciana, asombrada de que se atreviera a contestar así, y luego se enfureció aún más.—¡Franco, ya hasta a ti te responde!—No te metas —Franco ya no la miró—. Mejor cuida a Adrián, yo me encargo de todo lo demás....En su habitación, Luciana le mandó a Franco un sticker con el mensaje: [“Mírate, siempre con tu moral en las nubes juzgando a los demás”].Antes, cada tanto Luciana le mandaba stickers a Franco para dejarle claro lo que pensaba.Casi nunca le contestaba; a veces le soltaba un [“No estés fastidiando”] o [“Te hace falta que te ponga en tu lugar”].Pero esta vez, lo único que recibió fue un enorme signo de exclamación rojo.Luciana: [¿?]¿Franco la había bloqueado?¿Acaso Franco quería ponerle fin a lo suyo?Capítulo 2[Habitación 8606 del Hotel Sol y Luna.]Luciana Esquivel acababa de bajar del avión cuando le mandó este mensaje a Franco Herrera.Para consentirse, había reservado una suite de lujo en un hotel cinco estrellas. Franco era un tipo exigente, con gustos muy particulares.Después de darse un baño y arreglarse, Luciana apenas había terminado cuando Franco llegó.Ella llevaba un camisón lila de tirantes, su cabello oscuro caía sobre los hombros y, con una sonrisa juguetona, enredó los brazos alrededor del cuello de Franco.—Te extrañé muchísimo.Franco, impecable en su atuendo, ni siquiera se movió. Solo bajó la mirada y la observó con esos ojos profundos, sin revelar emoción alguna.A Luciana le fastidiaba esa actitud tan distante de él.Aunque estaban tan cerca, sentía que Franco siempre se mantenía en una especie de pedestal, fuera de su alcance.Inconforme, Luciana mordió sus labios delgados y se pegó aún más a su cuerpo.Por fin, Franco reaccionó. Le dio una palmada, ni fuerte ni suave, en la cadera.—Qué tremenda eres.Luciana lo arrastró hacia el desenfreno, disfrutando cada segundo en que él perdía el control y se dejaba llevar.Dos horas después, Franco se levantó de la cama y comenzó a vestirse.Luciana lo abrazó por detrás.—Ya es muy tarde.Franco soltó sus manos y, sin mirar atrás, se puso los pantalones.—Tengo que volver a la oficina.Ya rayaba el amanecer, ¿quién podría creer que iba a trabajar?Luciana no intentó retenerlo.—¿Dónde nos veremos después?Llevaba dos años y tres meses con Franco. Cuando estudiaba fuera del país, solo se encontraban en el extranjero, pero ahora que había regresado, esperaba algo distinto.Mientras abotonaba la camisa, Franco le soltó:—Ahora que regresaste, compórtate.¿Eso era una despedida?Luciana recordó lo que su mamá le había dicho hace poco: “La familia Herrera está arreglando el matrimonio de Franco. Dicen que ya tienen varias candidatas para que él escoja.”En ese momento, no le prestó atención.Después de todo, en todo Aguamar sabían que Franco seguía enamorado de su exnovia. Incluso había detenido un avión para evitar que ella se marchara.Él solo tenía espacio en su corazón para esa ex.Luciana lo tanteó.—¿Ya sabes con cuál te vas a quedar?Franco ya se había vestido por completo. En cuestión de minutos, recuperó esa actitud distante y elegante.—Con quien me case no es asunto tuyo.Luciana soltó una carcajada suave.Tenía razón, al final, Franco nunca la iba a elegir como esposa.Pero ella no quería terminar así. Justo por eso, sí le importaba mucho.Llevaba tantos años enamorada de Franco que no podía soltarlo tan fácil.Cuando Franco se fue, Luciana recogió sus cosas y volvió a la casa de la familia Herrera.La familia Herrera era la más poderosa de Aguamar.El Grupo Herrera tenía negocios en todo el mundo: finanzas, tecnología, salud y más. Siempre encabezaban la lista de los más ricos del planeta.La mamá de Luciana, Florencia Salgado, se había casado por segunda vez con Adrián Herrera.Franco era hijo del mayor de los Herrera, Emilio Herrera, el nieto mayor y actual líder del Grupo Herrera.A la mañana siguiente, Luciana se levantó temprano y fue al comedor.Todos estaban listos para desayunar cuando Hugo Herrera y Camila Herrera aparecieron.Camila andaba débil y tenía problemas de memoria, así que Franco la ayudaba a caminar.Él lucía el cabello corto, ligeramente despeinado hacia un lado, piel morena, facciones bien definidas, cejas gruesas, ojos profundos y expresivos, nariz recta, labios delgados. Tenía un atractivo que no se le podía reprochar.Luciana se acercó y, haciendo una pequeña reverencia, saludó:—Buenos días, abuelo, abuela, hermano.Hugo apenas le dedicó una mirada.—Ajá, volviste.Luciana sabía que a nadie le importaba si regresaba o no, pero igual contestó con respeto.—Anoche llegué muy tarde, por eso no pasé a saludar.—¿Y ella quién es? —preguntó Camila, confundida, mirando a Franco.—Es la hija de Adrián, Lucianita —aclaró Franco.Camila negó con la cabeza.—La hija de Adrián es Mari.—Ella también lo es —insistió Franco.Camila se mantuvo en sus trece.—Yo solo tengo una nieta, Mari.Luciana fingió que no escuchó y volvió discretamente a su asiento.Mari, cuyo nombre completo era Mariana Herrera, era la hermana de Luciana, aunque de diferentes padres.Llevaban más de diez años en la familia Herrera. A ellas, Florencia y Luciana, las trataban con cortesía.Pero Luciana sabía bien que esa amabilidad era solo por consideración a Adrián. En el fondo, nunca las habían aceptado del todo.Solo Adrián les tenía cariño genuino, pero el destino era cruel con los buenos.Apenas un par de meses antes, a Adrián le habían diagnosticado cáncer de páncreas en etapa avanzada. Le quedaba, como mucho, un año.Luciana deseaba con todas sus fuerzas que Adrián pudiera vivir varios años más.La familia comenzó a desayunar.Hugo le preguntó a Florencia por el estado de Adrián esos días.Florencia contestó con sumo respeto.Al terminar, Hugo solo asintió.Luego, Hugo dirigió la palabra a Franco.—Franco, ¿cómo van las cosas con la hija de la familia Solís?Luciana levantó la mirada. ¿Franco había elegido a la chica Solís?—Abuelo, por ahora todo va bien —respondió Franco, mirando directo al viejo, sin siquiera dirigirle una mirada de reojo a Luciana.Hugo asintió, satisfecho.—Si te parece bien, antes de fin de año arreglamos el compromiso.—Papá —intervino Julieta Herrera, la madre de Franco, con una sonrisa—, apenas queda medio año, ¿no será muy apresurado?—Primero el compromiso, la boda puede esperar —sentenció Hugo, sin dar lugar a discusión—. ¿Qué opinas, Franco?Franco habló con calma, su voz serena como siempre:—Haz lo que el abuelo diga.Luciana, sin mostrar ninguna emoción en el rostro, siguió desayunando como si nada hubiera pasado.Nunca se imaginó que Franco realmente estuviera dispuesto a casarse tan pronto. Después de todo, aún no cumplía ni veintisiete años.Negar que le dolía sería mentirse a sí misma.Diez años. Diez años llevaba enamorada de Franco.Pero era muy consciente de su lugar en esa familia.Franco era el orgullo de los Herrera, ese hijo mayor impecable que todos admiraban, alguien que parecía estar hecho de luz y rectitud. La mujer que se parara a su lado tendría que ser su igual en todo sentido: familia, estatus, posición.Jamás se atrevió a soñar con un “para siempre” junto a Franco. Lo único que deseaba era que él pudiera acompañarla un poquito más en el camino.Su mente regresó, casi sin querer, a dos años atrás, en su último semestre de la universidad.Era seis de abril, el día de su cumpleaños. Un grupo de amigas había decidido celebrarle con una fiesta.Justo esa noche, Franco tenía que viajar por trabajo a la ciudad donde estudiaba.Ella, aprovechando la coincidencia, lo invitó a festejar con ellas.Esa noche, corrió mucho alcohol. Nadie se quedó con sed.Entre risas y copas, Luciana se llenó de valor. Con la excusa de “llevar a Franco al hotel”, terminó sola con él en su habitación. Apenas entraron, ella lo acorraló contra la pared, se puso de puntillas y le robó un beso.Franco le sujetó los hombros, manteniendo la distancia.—¿Qué estás haciendo?Luciana, con los ojos borrosos por el alcohol, le rodeó la cintura con los brazos y lo miró de frente.—Franco... Siempre me has gustado, y no es de ahora, ya van muchos años...Esa noche, entre palabras atropelladas y confesiones que luego no recordaría completas, terminó aferrándose a él. Franco, sin resistirse demasiado, terminó cediendo y se convirtió en suyo.Cuando la pasión alcanzó su punto más alto, Franco le susurró al oído:—Luciana, fuiste tú quien vino a buscarme. No olvides lo que dijiste: que te gusto.A la mañana siguiente, Luciana despertó en los brazos de Franco.Por un instante, al recordar todo lo que había pasado, se sintió perdida, sin saber cómo actuar.En ese momento, Franco abrió los ojos, despacio....El sonido apresurado de unos tacones retumbando en el piso sacó a Luciana de sus recuerdos.Mariana, la consentida de la familia, entró a la casa como si nada. A nadie le importaba si llegaba tarde; todos la trataban como a la princesa del lugar.Apenas puso un pie en el comedor, Camila le hizo señas:—Mari, ven con tu abuelita.Mariana, al ver a Luciana sentada junto a Florencia desayunando, le lanzó una mirada de disgusto, rodando los ojos con descaro.Se sentó junto a Camila, quien de inmediato le sirvió un pedazo de omelette con trufa negra.—Mari, prueba esto, está buenísimo.Mariana dio un bocado y, sin más, anunció:—Hermano, hoy no quiero ir a la oficina. Prefiero acompañar a mi papá al hospital.Franco contestó con tono neutro:—Está bien, ahorita le pido al secretario que te ponga falta justificada.Por dentro, Luciana no pudo evitar una mueca burlona. Todo era por no dejarla ir al hospital. Mariana seguía igual de inmadura que siempre.—Lucianita.Para sorpresa de todos, Ximena, quien casi nunca se dirigía a Luciana y su madre, decidió hablarle esa mañana.—¿Ya encontraste un trabajo que te guste?Luciana levantó la vista y le regaló una sonrisa tranquila.—Todavía no.—Con ese título de universidad de élite, trabajar en cualquier empresa común sería desperdiciar tu talento —dijo Ximena, y enseguida se volvió hacia Franco—. Franco, ¿por qué mejor no la metes al departamento legal del Grupo Herrera? Así, siendo de la familia, uno se queda más tranquilo.No bien terminó de hablar, Mariana saltó, indignada:—¿El departamento legal? Toda esa gente tiene títulos de las mejores universidades y años de experiencia. Ella ni un caso ha manejado, ¿cómo va a entrar al Grupo Herrera?—Eso es para los de afuera. Siendo de la familia, puede aprender mientras trabaja. Además, escuché que hace poco el departamento legal andaba buscando personal —insistió Ximena, sin apartar la vista de Franco.Debajo de la mesa, Florencia le dio una patada a Luciana, como diciéndole: “Aprovecha que Ximena está de tu lado, pídele a Franco que te ayude, sería bueno entrar al Grupo Herrera”.Luciana, sin embargo, se mantuvo firme y no dijo nada.Por primera vez, Franco miró directamente a Luciana.—Ya no hay vacantes. Pero si de verdad quieres estar en el Grupo Herrera, puedo pedirle al secretario que vea si hay algo disponible.—¡No!—No hace falta.Ambas voces, la de Mariana y la de Luciana, se escucharon al mismo tiempo.Luciana sonrió, calmada:—Hermano, no te preocupes. Una amiga acaba de abrir una empresa y anda buscando gente. Me invitó a trabajar con ella.Justo en ese momento, Florencia le dio una patada más fuerte bajo la mesa, tanto que Luciana tuvo que contener una exclamación y hacer como si nada.¿En qué cabeza cabía que ella pudiera entrar al Grupo Herrera?Franco podía decir palabras bonitas, pero en el fondo, no la quería ahí.Y Mariana, sin duda, la tendría de blanco de sus berrinches de la casa a la oficina.Por otro lado, ¿qué ganaba Ximena metiéndola ahí? No era casualidad que quisiera ayudarla.Ximena apenas la miró de reojo, y Luciana pudo ver el toque de burla en sus ojos.Originalmente, Luciana había planeado ir al hospital con Florencia después del desayuno.Pero ahora que Mariana iba a ir, ella prefirió no presentarse.Esperó un poco y, al salir de casa, pidió un viaje compartido....—Hermano, ¿me llevas contigo? —le preguntó a Franco, sonriendo con los ojos brillando de picardía, parada junto al carro.Era pleno julio en Aguamar, el calor apretaba.Luciana, con su estatura de un metro setenta, llevaba un vestido verde menta de escote en V y manga corta. Su cintura era esbelta, su figura elegante y la piel de sus piernas, que asomaban bajo el vestido, lucía tersa y delgada.Sus rasgos eran delicados: una carita pequeña y ovalada, piel clara y suave, labios rojos y definidos, nariz respingada y ojos grandes y expresivos. Bajo la esquina del ojo derecho, una pequeña mancha marrón le daba un aire aún más atractivo y especial.Franco la miró apenas, sin cambiar el gesto.—Súbete.Luciana abrió la puerta trasera y se sentó junto a él.Franco estaba tecleando en su celular, enviando mensajes.Luciana alcanzó a ver que en la pantalla aparecía la foto de una mujer muy guapa. Habían estado intercambiando mensajes ida y vuelta.—¿Señorita Solís? —preguntó Luciana, con voz suave.Franco no respondió.Después de enviar el mensaje, apagó la pantalla del celular y preguntó:—¿A dónde vas?—A buscar trabajo. Cuando lleguemos al centro, con que me dejes ahí está bien.—¿Bufete de Abogados Estrella, quieres ir o no? —preguntó Franco.A Luciana se le iluminaron los ojos.El Bufete de Abogados Estrella era uno de los despachos más prestigiosos entre los mejores. Muchos abogados talentosos darían lo que fuera por entrar y ni así lo conseguían.Justo cuando Luciana estaba a punto de aceptar, el celular de Franco sonó.Contestó la llamada.—Claudia.—Voy camino al trabajo, ¿y tú?—Bien, igual, cuídate....Su voz sonaba suave.Si uno lo pensaba con calma, Franco parecía tratar a todo el mundo con respeto y calma, menos a Luciana. Solo con ella se volvía distante y cortante, como si disfrutara hacerla sentir incómoda.Por un instante, a Luciana no le dieron ganas de aceptar el favor que Franco le estaba haciendo.Tres minutos después, Franco colgó la llamada.—¿Era tu prometida? ¿Por qué no la traes contigo? —preguntó Luciana, con un tono sarcástico y algo venenoso.Franco le contestó en voz baja, con seriedad:—¿Ya se te olvidó lo que te acabo de decir?—No, no se me ha olvidado —Luciana se acercó, bajando la voz para que solo él la escuchara—. Dijiste: “Así me gusta, tranquila, sigue así”.Franco la miró, con una advertencia muda en los ojos.Luciana supo que se había pasado y apretó los labios.Ambos temían que alguien descubriera aquella relación que no debía ver la luz.—¿Cuándo puedo presentarme en el Bufete de Abogados Estrella? —preguntó Luciana, fingiendo seriedad.Aunque le molestaba que Franco la tratara diferente a los demás, no iba a arriesgar su futuro profesional por un simple enojo.—Te van a avisar....Por la tarde, Luciana fue al hospital a ver a Adrián.Había esperado la noticia de Florencia, quien le avisó que Mariana ya se había ido, así que ya podía ir.Cuando entró al cuarto, Adrián dormía. Florencia estaba sentada cerca, en silencio, cuidándolo.Luciana no dijo nada. Madre e hija salieron juntas al cuarto de descanso.Apenas entraron, Florencia se quebró:—La operación de tu señor Herrera no salió bien, el cáncer ya se regó por todo el cuerpo. El doctor dice que quizá le queda solo un año.Luciana sintió un nudo en el pecho.Pero, por más triste que estuviera, la realidad seguía ahí, dura como una piedra, sin moverse ni un centímetro por lo que ella sintiera.—Mamá, lo que dijo el doctor es el peor escenario —intentó animarla Luciana—. El equipo que atiende a señor Herrera es de los mejores, no va a pasar tan rápido.Platicaron como media hora. Al poco rato, Adrián despertó.—Lucianita, volviste —dijo Adrián, débil, apenas y le salía la voz.—Señor Herrera —Luciana se apresuró a acercarse, tomó el vaso de agua de la mesa—, ¿quiere un poco de agua?Se sentó junto a la cama, el vaso en la mano, y Adrián bebió despacio usando un popote.De repente, alguien abrió la puerta de golpe y una voz chillona retumbó en el cuarto:—¡¿Quién te dio permiso de venir?!Luciana no entendía por qué Mariana había vuelto. Se levantó para hacerse a un lado.Pero apenas se puso de pie, Mariana le dio una bofetada. El vaso salió volando de las manos de Luciana y sintió un empujón fuerte en el hombro que casi la tira.—¡Lárgate! ¡No quiero verte cerca de mi papá!—¡Mari! —Adrián solo alcanzó a decir eso antes de que el dolor lo dejara sin aire.—¡Llama al doctor! —gritó Florencia, asustada.Al mismo tiempo, Luciana, que estaba más cerca de la cama, apretó el botón de emergencia.Mariana se quedó parada, pálida como papel, temblando de miedo.Después del caos, la situación de Adrián se estabilizó y volvió a quedarse dormido.Todos suspiraron, aliviados.—Lucianita, vete a casa —dijo Florencia.Luciana obedeció, tomó su bolso y salió.—¡Vete a la casa! —agregó Florencia, mientras Luciana se alejaba.Luciana no respondió, solo cerró la puerta suavemente....Regresó tarde, y antes de llegar a la casa, Mariana la interceptó a unos metros de la entrada.—¡Luciana! —Mariana la miró con desprecio y altanería—. ¡No tienes derecho a volver aquí! ¡Y tampoco puedes ir al hospital a ver a mi papá!Luciana la enfrentó con una sonrisa desafiante.—¿Y qué pasa si de todos modos vuelvo y sigo yendo al hospital a ver a tu papá?Mariana montó en cólera y casi se pone a brincar.Se acercó dos pasos, la agarró del brazo, intentando sacarla de la familia Herrera a la fuerza.Luciana, harta y llena de rabia, le sujetó las manos con fuerza.—Mariana, te lo he dicho muchas veces, hazme lo que quieras, pero no delante de tu papá o de mi mamá.—Si hoy le pasa algo a señor Herrera, la que más va a sufrir eres tú.Mariana trató de soltarse y ambas empezaron a forcejear.De pronto, una luz fuerte las iluminó. Luciana, aprovechando el momento, empujó a Mariana, que dio un par de pasos hacia atrás.Un carro negro se detuvo.Franco bajó con el ceño fruncido.—¿Ahora qué están haciendo?—¡Franco, ella me empujó! —Mariana corrió a él, señalando a Luciana—. ¡Por poco me caigo!—Lo vi todo —Franco contestó con voz suave—. ¿Te lastimaste?—Yo... —Mariana fingió pensarlo—. Me duele el pie.Franco giró la cabeza, clavó la mirada en Luciana y le habló con voz dura:—¡Discúlpate!—Discúlpate tú.Luciana le lanzó una mirada de fastidio, soltó esa frase y jaló su maleta rumbo a la casa sin mirar atrás.Ya estaba acostumbrada a que Franco siempre se pusiera del lado de Mariana, sin importar nada.Mariana miró la espalda de Luciana, asombrada de que se atreviera a contestar así, y luego se enfureció aún más.—¡Franco, ya hasta a ti te responde!—No te metas —Franco ya no la miró—. Mejor cuida a Adrián, yo me encargo de todo lo demás....En su habitación, Luciana le mandó a Franco un sticker con el mensaje: [“Mírate, siempre con tu moral en las nubes juzgando a los demás”].Antes, cada tanto Luciana le mandaba stickers a Franco para dejarle claro lo que pensaba.Casi nunca le contestaba; a veces le soltaba un [“No estés fastidiando”] o [“Te hace falta que te ponga en tu lugar”].Pero esta vez, lo único que recibió fue un enorme signo de exclamación rojo.Luciana: [¿?]¿Franco la había bloqueado?¿Acaso Franco quería ponerle fin a lo suyo?Capítulo 3[Habitación 8606 del Hotel Sol y Luna.]Luciana Esquivel acababa de bajar del avión cuando le mandó este mensaje a Franco Herrera.Para consentirse, había reservado una suite de lujo en un hotel cinco estrellas. Franco era un tipo exigente, con gustos muy particulares.Después de darse un baño y arreglarse, Luciana apenas había terminado cuando Franco llegó.Ella llevaba un camisón lila de tirantes, su cabello oscuro caía sobre los hombros y, con una sonrisa juguetona, enredó los brazos alrededor del cuello de Franco.—Te extrañé muchísimo.Franco, impecable en su atuendo, ni siquiera se movió. Solo bajó la mirada y la observó con esos ojos profundos, sin revelar emoción alguna.A Luciana le fastidiaba esa actitud tan distante de él.Aunque estaban tan cerca, sentía que Franco siempre se mantenía en una especie de pedestal, fuera de su alcance.Inconforme, Luciana mordió sus labios delgados y se pegó aún más a su cuerpo.Por fin, Franco reaccionó. Le dio una palmada, ni fuerte ni suave, en la cadera.—Qué tremenda eres.Luciana lo arrastró hacia el desenfreno, disfrutando cada segundo en que él perdía el control y se dejaba llevar.Dos horas después, Franco se levantó de la cama y comenzó a vestirse.Luciana lo abrazó por detrás.—Ya es muy tarde.Franco soltó sus manos y, sin mirar atrás, se puso los pantalones.—Tengo que volver a la oficina.Ya rayaba el amanecer, ¿quién podría creer que iba a trabajar?Luciana no intentó retenerlo.—¿Dónde nos veremos después?Llevaba dos años y tres meses con Franco. Cuando estudiaba fuera del país, solo se encontraban en el extranjero, pero ahora que había regresado, esperaba algo distinto.Mientras abotonaba la camisa, Franco le soltó:—Ahora que regresaste, compórtate.¿Eso era una despedida?Luciana recordó lo que su mamá le había dicho hace poco: “La familia Herrera está arreglando el matrimonio de Franco. Dicen que ya tienen varias candidatas para que él escoja.”En ese momento, no le prestó atención.Después de todo, en todo Aguamar sabían que Franco seguía enamorado de su exnovia. Incluso había detenido un avión para evitar que ella se marchara.Él solo tenía espacio en su corazón para esa ex.Luciana lo tanteó.—¿Ya sabes con cuál te vas a quedar?Franco ya se había vestido por completo. En cuestión de minutos, recuperó esa actitud distante y elegante.—Con quien me case no es asunto tuyo.Luciana soltó una carcajada suave.Tenía razón, al final, Franco nunca la iba a elegir como esposa.Pero ella no quería terminar así. Justo por eso, sí le importaba mucho.Llevaba tantos años enamorada de Franco que no podía soltarlo tan fácil.Cuando Franco se fue, Luciana recogió sus cosas y volvió a la casa de la familia Herrera.La familia Herrera era la más poderosa de Aguamar.El Grupo Herrera tenía negocios en todo el mundo: finanzas, tecnología, salud y más. Siempre encabezaban la lista de los más ricos del planeta.La mamá de Luciana, Florencia Salgado, se había casado por segunda vez con Adrián Herrera.Franco era hijo del mayor de los Herrera, Emilio Herrera, el nieto mayor y actual líder del Grupo Herrera.A la mañana siguiente, Luciana se levantó temprano y fue al comedor.Todos estaban listos para desayunar cuando Hugo Herrera y Camila Herrera aparecieron.Camila andaba débil y tenía problemas de memoria, así que Franco la ayudaba a caminar.Él lucía el cabello corto, ligeramente despeinado hacia un lado, piel morena, facciones bien definidas, cejas gruesas, ojos profundos y expresivos, nariz recta, labios delgados. Tenía un atractivo que no se le podía reprochar.Luciana se acercó y, haciendo una pequeña reverencia, saludó:—Buenos días, abuelo, abuela, hermano.Hugo apenas le dedicó una mirada.—Ajá, volviste.Luciana sabía que a nadie le importaba si regresaba o no, pero igual contestó con respeto.—Anoche llegué muy tarde, por eso no pasé a saludar.—¿Y ella quién es? —preguntó Camila, confundida, mirando a Franco.—Es la hija de Adrián, Lucianita —aclaró Franco.Camila negó con la cabeza.—La hija de Adrián es Mari.—Ella también lo es —insistió Franco.Camila se mantuvo en sus trece.—Yo solo tengo una nieta, Mari.Luciana fingió que no escuchó y volvió discretamente a su asiento.Mari, cuyo nombre completo era Mariana Herrera, era la hermana de Luciana, aunque de diferentes padres.Llevaban más de diez años en la familia Herrera. A ellas, Florencia y Luciana, las trataban con cortesía.Pero Luciana sabía bien que esa amabilidad era solo por consideración a Adrián. En el fondo, nunca las habían aceptado del todo.Solo Adrián les tenía cariño genuino, pero el destino era cruel con los buenos.Apenas un par de meses antes, a Adrián le habían diagnosticado cáncer de páncreas en etapa avanzada. Le quedaba, como mucho, un año.Luciana deseaba con todas sus fuerzas que Adrián pudiera vivir varios años más.La familia comenzó a desayunar.Hugo le preguntó a Florencia por el estado de Adrián esos días.Florencia contestó con sumo respeto.Al terminar, Hugo solo asintió.Luego, Hugo dirigió la palabra a Franco.—Franco, ¿cómo van las cosas con la hija de la familia Solís?Luciana levantó la mirada. ¿Franco había elegido a la chica Solís?—Abuelo, por ahora todo va bien —respondió Franco, mirando directo al viejo, sin siquiera dirigirle una mirada de reojo a Luciana.Hugo asintió, satisfecho.—Si te parece bien, antes de fin de año arreglamos el compromiso.—Papá —intervino Julieta Herrera, la madre de Franco, con una sonrisa—, apenas queda medio año, ¿no será muy apresurado?—Primero el compromiso, la boda puede esperar —sentenció Hugo, sin dar lugar a discusión—. ¿Qué opinas, Franco?Franco habló con calma, su voz serena como siempre:—Haz lo que el abuelo diga.Luciana, sin mostrar ninguna emoción en el rostro, siguió desayunando como si nada hubiera pasado.Nunca se imaginó que Franco realmente estuviera dispuesto a casarse tan pronto. Después de todo, aún no cumplía ni veintisiete años.Negar que le dolía sería mentirse a sí misma.Diez años. Diez años llevaba enamorada de Franco.Pero era muy consciente de su lugar en esa familia.Franco era el orgullo de los Herrera, ese hijo mayor impecable que todos admiraban, alguien que parecía estar hecho de luz y rectitud. La mujer que se parara a su lado tendría que ser su igual en todo sentido: familia, estatus, posición.Jamás se atrevió a soñar con un “para siempre” junto a Franco. Lo único que deseaba era que él pudiera acompañarla un poquito más en el camino.Su mente regresó, casi sin querer, a dos años atrás, en su último semestre de la universidad.Era seis de abril, el día de su cumpleaños. Un grupo de amigas había decidido celebrarle con una fiesta.Justo esa noche, Franco tenía que viajar por trabajo a la ciudad donde estudiaba.Ella, aprovechando la coincidencia, lo invitó a festejar con ellas.Esa noche, corrió mucho alcohol. Nadie se quedó con sed.Entre risas y copas, Luciana se llenó de valor. Con la excusa de “llevar a Franco al hotel”, terminó sola con él en su habitación. Apenas entraron, ella lo acorraló contra la pared, se puso de puntillas y le robó un beso.Franco le sujetó los hombros, manteniendo la distancia.—¿Qué estás haciendo?Luciana, con los ojos borrosos por el alcohol, le rodeó la cintura con los brazos y lo miró de frente.—Franco... Siempre me has gustado, y no es de ahora, ya van muchos años...Esa noche, entre palabras atropelladas y confesiones que luego no recordaría completas, terminó aferrándose a él. Franco, sin resistirse demasiado, terminó cediendo y se convirtió en suyo.Cuando la pasión alcanzó su punto más alto, Franco le susurró al oído:—Luciana, fuiste tú quien vino a buscarme. No olvides lo que dijiste: que te gusto.A la mañana siguiente, Luciana despertó en los brazos de Franco.Por un instante, al recordar todo lo que había pasado, se sintió perdida, sin saber cómo actuar.En ese momento, Franco abrió los ojos, despacio....El sonido apresurado de unos tacones retumbando en el piso sacó a Luciana de sus recuerdos.Mariana, la consentida de la familia, entró a la casa como si nada. A nadie le importaba si llegaba tarde; todos la trataban como a la princesa del lugar.Apenas puso un pie en el comedor, Camila le hizo señas:—Mari, ven con tu abuelita.Mariana, al ver a Luciana sentada junto a Florencia desayunando, le lanzó una mirada de disgusto, rodando los ojos con descaro.Se sentó junto a Camila, quien de inmediato le sirvió un pedazo de omelette con trufa negra.—Mari, prueba esto, está buenísimo.Mariana dio un bocado y, sin más, anunció:—Hermano, hoy no quiero ir a la oficina. Prefiero acompañar a mi papá al hospital.Franco contestó con tono neutro:—Está bien, ahorita le pido al secretario que te ponga falta justificada.Por dentro, Luciana no pudo evitar una mueca burlona. Todo era por no dejarla ir al hospital. Mariana seguía igual de inmadura que siempre.—Lucianita.Para sorpresa de todos, Ximena, quien casi nunca se dirigía a Luciana y su madre, decidió hablarle esa mañana.—¿Ya encontraste un trabajo que te guste?Luciana levantó la vista y le regaló una sonrisa tranquila.—Todavía no.—Con ese título de universidad de élite, trabajar en cualquier empresa común sería desperdiciar tu talento —dijo Ximena, y enseguida se volvió hacia Franco—. Franco, ¿por qué mejor no la metes al departamento legal del Grupo Herrera? Así, siendo de la familia, uno se queda más tranquilo.No bien terminó de hablar, Mariana saltó, indignada:—¿El departamento legal? Toda esa gente tiene títulos de las mejores universidades y años de experiencia. Ella ni un caso ha manejado, ¿cómo va a entrar al Grupo Herrera?—Eso es para los de afuera. Siendo de la familia, puede aprender mientras trabaja. Además, escuché que hace poco el departamento legal andaba buscando personal —insistió Ximena, sin apartar la vista de Franco.Debajo de la mesa, Florencia le dio una patada a Luciana, como diciéndole: “Aprovecha que Ximena está de tu lado, pídele a Franco que te ayude, sería bueno entrar al Grupo Herrera”.Luciana, sin embargo, se mantuvo firme y no dijo nada.Por primera vez, Franco miró directamente a Luciana.—Ya no hay vacantes. Pero si de verdad quieres estar en el Grupo Herrera, puedo pedirle al secretario que vea si hay algo disponible.—¡No!—No hace falta.Ambas voces, la de Mariana y la de Luciana, se escucharon al mismo tiempo.Luciana sonrió, calmada:—Hermano, no te preocupes. Una amiga acaba de abrir una empresa y anda buscando gente. Me invitó a trabajar con ella.Justo en ese momento, Florencia le dio una patada más fuerte bajo la mesa, tanto que Luciana tuvo que contener una exclamación y hacer como si nada.¿En qué cabeza cabía que ella pudiera entrar al Grupo Herrera?Franco podía decir palabras bonitas, pero en el fondo, no la quería ahí.Y Mariana, sin duda, la tendría de blanco de sus berrinches de la casa a la oficina.Por otro lado, ¿qué ganaba Ximena metiéndola ahí? No era casualidad que quisiera ayudarla.Ximena apenas la miró de reojo, y Luciana pudo ver el toque de burla en sus ojos.Originalmente, Luciana había planeado ir al hospital con Florencia después del desayuno.Pero ahora que Mariana iba a ir, ella prefirió no presentarse.Esperó un poco y, al salir de casa, pidió un viaje compartido....—Hermano, ¿me llevas contigo? —le preguntó a Franco, sonriendo con los ojos brillando de picardía, parada junto al carro.Era pleno julio en Aguamar, el calor apretaba.Luciana, con su estatura de un metro setenta, llevaba un vestido verde menta de escote en V y manga corta. Su cintura era esbelta, su figura elegante y la piel de sus piernas, que asomaban bajo el vestido, lucía tersa y delgada.Sus rasgos eran delicados: una carita pequeña y ovalada, piel clara y suave, labios rojos y definidos, nariz respingada y ojos grandes y expresivos. Bajo la esquina del ojo derecho, una pequeña mancha marrón le daba un aire aún más atractivo y especial.Franco la miró apenas, sin cambiar el gesto.—Súbete.Luciana abrió la puerta trasera y se sentó junto a él.Franco estaba tecleando en su celular, enviando mensajes.Luciana alcanzó a ver que en la pantalla aparecía la foto de una mujer muy guapa. Habían estado intercambiando mensajes ida y vuelta.—¿Señorita Solís? —preguntó Luciana, con voz suave.Franco no respondió.Después de enviar el mensaje, apagó la pantalla del celular y preguntó:—¿A dónde vas?—A buscar trabajo. Cuando lleguemos al centro, con que me dejes ahí está bien.—¿Bufete de Abogados Estrella, quieres ir o no? —preguntó Franco.A Luciana se le iluminaron los ojos.El Bufete de Abogados Estrella era uno de los despachos más prestigiosos entre los mejores. Muchos abogados talentosos darían lo que fuera por entrar y ni así lo conseguían.Justo cuando Luciana estaba a punto de aceptar, el celular de Franco sonó.Contestó la llamada.—Claudia.—Voy camino al trabajo, ¿y tú?—Bien, igual, cuídate....Su voz sonaba suave.Si uno lo pensaba con calma, Franco parecía tratar a todo el mundo con respeto y calma, menos a Luciana. Solo con ella se volvía distante y cortante, como si disfrutara hacerla sentir incómoda.Por un instante, a Luciana no le dieron ganas de aceptar el favor que Franco le estaba haciendo.Tres minutos después, Franco colgó la llamada.—¿Era tu prometida? ¿Por qué no la traes contigo? —preguntó Luciana, con un tono sarcástico y algo venenoso.Franco le contestó en voz baja, con seriedad:—¿Ya se te olvidó lo que te acabo de decir?—No, no se me ha olvidado —Luciana se acercó, bajando la voz para que solo él la escuchara—. Dijiste: “Así me gusta, tranquila, sigue así”.Franco la miró, con una advertencia muda en los ojos.Luciana supo que se había pasado y apretó los labios.Ambos temían que alguien descubriera aquella relación que no debía ver la luz.—¿Cuándo puedo presentarme en el Bufete de Abogados Estrella? —preguntó Luciana, fingiendo seriedad.Aunque le molestaba que Franco la tratara diferente a los demás, no iba a arriesgar su futuro profesional por un simple enojo.—Te van a avisar....Por la tarde, Luciana fue al hospital a ver a Adrián.Había esperado la noticia de Florencia, quien le avisó que Mariana ya se había ido, así que ya podía ir.Cuando entró al cuarto, Adrián dormía. Florencia estaba sentada cerca, en silencio, cuidándolo.Luciana no dijo nada. Madre e hija salieron juntas al cuarto de descanso.Apenas entraron, Florencia se quebró:—La operación de tu señor Herrera no salió bien, el cáncer ya se regó por todo el cuerpo. El doctor dice que quizá le queda solo un año.Luciana sintió un nudo en el pecho.Pero, por más triste que estuviera, la realidad seguía ahí, dura como una piedra, sin moverse ni un centímetro por lo que ella sintiera.—Mamá, lo que dijo el doctor es el peor escenario —intentó animarla Luciana—. El equipo que atiende a señor Herrera es de los mejores, no va a pasar tan rápido.Platicaron como media hora. Al poco rato, Adrián despertó.—Lucianita, volviste —dijo Adrián, débil, apenas y le salía la voz.—Señor Herrera —Luciana se apresuró a acercarse, tomó el vaso de agua de la mesa—, ¿quiere un poco de agua?Se sentó junto a la cama, el vaso en la mano, y Adrián bebió despacio usando un popote.De repente, alguien abrió la puerta de golpe y una voz chillona retumbó en el cuarto:—¡¿Quién te dio permiso de venir?!Luciana no entendía por qué Mariana había vuelto. Se levantó para hacerse a un lado.Pero apenas se puso de pie, Mariana le dio una bofetada. El vaso salió volando de las manos de Luciana y sintió un empujón fuerte en el hombro que casi la tira.—¡Lárgate! ¡No quiero verte cerca de mi papá!—¡Mari! —Adrián solo alcanzó a decir eso antes de que el dolor lo dejara sin aire.—¡Llama al doctor! —gritó Florencia, asustada.Al mismo tiempo, Luciana, que estaba más cerca de la cama, apretó el botón de emergencia.Mariana se quedó parada, pálida como papel, temblando de miedo.Después del caos, la situación de Adrián se estabilizó y volvió a quedarse dormido.Todos suspiraron, aliviados.—Lucianita, vete a casa —dijo Florencia.Luciana obedeció, tomó su bolso y salió.—¡Vete a la casa! —agregó Florencia, mientras Luciana se alejaba.Luciana no respondió, solo cerró la puerta suavemente....Regresó tarde, y antes de llegar a la casa, Mariana la interceptó a unos metros de la entrada.—¡Luciana! —Mariana la miró con desprecio y altanería—. ¡No tienes derecho a volver aquí! ¡Y tampoco puedes ir al hospital a ver a mi papá!Luciana la enfrentó con una sonrisa desafiante.—¿Y qué pasa si de todos modos vuelvo y sigo yendo al hospital a ver a tu papá?Mariana montó en cólera y casi se pone a brincar.Se acercó dos pasos, la agarró del brazo, intentando sacarla de la familia Herrera a la fuerza.Luciana, harta y llena de rabia, le sujetó las manos con fuerza.—Mariana, te lo he dicho muchas veces, hazme lo que quieras, pero no delante de tu papá o de mi mamá.—Si hoy le pasa algo a señor Herrera, la que más va a sufrir eres tú.Mariana trató de soltarse y ambas empezaron a forcejear.De pronto, una luz fuerte las iluminó. Luciana, aprovechando el momento, empujó a Mariana, que dio un par de pasos hacia atrás.Un carro negro se detuvo.Franco bajó con el ceño fruncido.—¿Ahora qué están haciendo?—¡Franco, ella me empujó! —Mariana corrió a él, señalando a Luciana—. ¡Por poco me caigo!—Lo vi todo —Franco contestó con voz suave—. ¿Te lastimaste?—Yo... —Mariana fingió pensarlo—. Me duele el pie.Franco giró la cabeza, clavó la mirada en Luciana y le habló con voz dura:—¡Discúlpate!—Discúlpate tú.Luciana le lanzó una mirada de fastidio, soltó esa frase y jaló su maleta rumbo a la casa sin mirar atrás.Ya estaba acostumbrada a que Franco siempre se pusiera del lado de Mariana, sin importar nada.Mariana miró la espalda de Luciana, asombrada de que se atreviera a contestar así, y luego se enfureció aún más.—¡Franco, ya hasta a ti te responde!—No te metas —Franco ya no la miró—. Mejor cuida a Adrián, yo me encargo de todo lo demás....En su habitación, Luciana le mandó a Franco un sticker con el mensaje: [“Mírate, siempre con tu moral en las nubes juzgando a los demás”].Antes, cada tanto Luciana le mandaba stickers a Franco para dejarle claro lo que pensaba.Casi nunca le contestaba; a veces le soltaba un [“No estés fastidiando”] o [“Te hace falta que te ponga en tu lugar”].Pero esta vez, lo único que recibió fue un enorme signo de exclamación rojo.Luciana: [¿?]¿Franco la había bloqueado?¿Acaso Franco quería ponerle fin a lo suyo?

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