Capítulo 1—Samanta, ¿ya lo pensaste bien? Una vez que entres al proyecto confidencial, no podrás echarte para atrás, vas a tener que cortar toda comunicación con el exterior. ¿De verdad estás segura?Samanta Ferrer se quedó viendo el pastel derretido sobre la mesa, como si su corazón estuviera lleno de pequeñas agujas, punzando sin descanso.Ayer había sido su cumpleaños. Darío Paredes le compró el pastel de vainilla que tanto le gustaba, pero él desapareció toda la noche y no regresó.Samanta no dijo nada durante un buen rato.Del otro lado, la voz suspiró:—Las discusiones de pareja son de lo más normal. Piénsalo bien, Samanta. Si te vas, serán tres años lejos. ¿Crees que tu matrimonio aguante una prueba así? Todavía falta un mes para confirmar la lista. Medítalo y me avisas.La llamada terminó. Samanta miró la foto sobre la mesa.En la imagen, él parecía tan elegante y guapo. Ella, con un aire fresco y vivaz, apoyaba la cabeza en su hombro, sonriendo.Samanta quería a Darío. Lo quería tanto que, aunque sabía que su corazón pertenecía a otra, cuando él le propuso matrimonio, no dudó ni un segundo en aceptar.Pensaba que el corazón de una persona era como un frasco de vidrio: si daba todo de sí, algún día lo llenaría.Pero se le olvidó que un frasco sin fondo jamás se llena.Se frotó los ojos enrojecidos, tratando de calmar el ardor, y se fue al estudio a ordenar los papeles de investigación.Había esperado despierta hasta la madrugada noche anterior. El cansancio la venció rápido y terminó dormida sobre el escritorio.El sonido del celular la despertó.Era el hermano de Darío.—Samanta, Darío se pasó de copas. ¿Podrías venir por él?Samanta movió el brazo entumido. Pensó en decirle al chofer que lo recogiera, pero Darío tenía el estómago delicado y no quería que alguien más lo atendiera mal. Tras unos segundos de silencio, contestó:—Mándame la dirección....En el privado del restaurante estaban los amigos más cercanos de Darío.Melissa Becerra acababa de regresar al país y la fiesta era en su honor.Darío, animado, había tomado bastante. No solo aceptaba los brindis por él, sino que también se encargaba de los de Melissa.Estaba tirado en el sofá, con un leve rubor en las mejillas. Aun así, su atractivo seguía intacto, y ahora tenía un aire relajado que lo hacía ver aún más irresistible.Melissa había ido al baño.En ese rato, alguien empezó a murmurar:—¿Qué onda con Darío? O sea, este fiestón para recibir a Melissa, pero él ya está casado. No está bien, ¿no?—Casado sí, pero los sentimientos son otra cosa. ¿O ya se te olvidó por qué Darío se casó con Samanta…?No terminó la frase. Ramiro Muñoz les lanzó una mirada que cortó el ambiente de un tajo:—¿Ni con tanta comida se callan la boca?Pero ya era tarde. Samanta, que estaba parada justo en la puerta entreabierta, escuchó todo.Tal vez era el clima helado, pero los dedos de Samanta se sintieron rígidos.El primero que la vio se levantó rápido y la saludó con cortesía:—¡Samanta!Después, todos los demás la siguieron, saludándola uno tras otro.Darío no la quería, pero siempre la había tratado con dignidad y respeto. Sus amigos también eran muy amables con ella.El ambiente se volvió incómodamente silencioso por el tema anterior.Samanta avanzó y se acercó al sofá, tocando el brazo de Darío.—Darío, vámonos a casa.Él parpadeó y, al verla, esbozó una pequeña sonrisa.—Viniste.El corazón helado de Samanta se ablandó por un instante al escuchar esas palabras. Le preguntó con suavidad:—¿Puedes levantarte solo?Darío le tomó la mano y, apoyándose en ella, logró incorporarse.Caminaron juntos hacia la salida, justo cuando Melissa, en silla de ruedas, entraba al cuarto.Sus miradas se cruzaron. Samanta vio en sus rostros una semejanza imposible de ignorar, una similitud que le quemaba por dentro.Samanta fue la primera en apartar la mirada.—¿Ya se van a ir? —preguntó Melissa con una sonrisa cálida y natural—. Todo es mi culpa, si Darío no me hubiera ayudado con los tragos no estaría así de borracho... Perdón por darte tanta lata.Samanta apretó los dedos y, tras tomar aire, contestó:—Es mi esposo. No tienes que preocuparte, es mi deber.Melissa cedió el paso con la misma gentileza de antes.—Cuídense en el camino.Darío, medio recargado sobre Samanta, pesaba bastante; él era alto y corpulento, y a Samanta le costaba trabajo sostenerlo.Al pasar junto a la silla de ruedas, Darío estiró la mano y despeinó con cariño a Melissa.—Ya está todo listo con la casa. El chofer te va a llevar, cuando llegues mándame un mensaje.La sonrisa de Melissa se hizo aún más luminosa.—¡Claro!Samanta sintió arder los ojos, pero no apartó a Darío. Lo ayudó a subir al carro.Durante todo el viaje, Samanta no pronunció palabra. Miraba sin ver las luces y las calles que se deslizaban veloces tras la ventanilla.Darío se quedó dormido sobre su hombro. Su respiración era tranquila, y el aroma a cedro mezclado con el leve olor a alcohol le resultó tan familiar que el corazón le dio un vuelco.El conductor los ayudó a bajar y a entrar a la casa.Samanta le quitó la chaqueta, los calcetines y los zapatos a Darío. Cuando se enderezó para ir a buscar una toalla, él le sujetó la mano.De un tirón la atrajo hacia la cama y la abrazó con fuerza.Rozó su mejilla con la nariz, la voz ronca y cargada de ternura por el alcohol.—No te vayas...Darío casi nunca se emborrachaba, ni mostraba ese lado tan vulnerable. En ese momento, no era el hombre reservado y distante de siempre, sino un cachorro gigante aferrado a quien más quería.Samanta, sintiéndose envuelta en esa calidez, no se apartó de él. Pero pronto la invadió una sensación amarga. Volvió a pensar en lo mucho que Darío se desvivía por Melissa: la recepción, el departamento nuevo...Alzó la vista y le estudió el rostro.—Darío... ¿tú me quieres?—Claro.Sin abrir los ojos, él acertó justo a besarle los párpados.Él solía decir que lo que más le gustaba de ella eran sus ojos.Samanta estuvo a punto de preguntar: “¿Me quieres a mí o quieres a Melissa?” Pero antes de que pudiera decirlo, el celular de Darío vibró en su bolsillo.Samanta lo sacó y vio que era Gabriel llamando.Ese nombre le sonaba; últimamente Darío había mencionado que estaban trabajando juntos.Pensando que podría ser algo importante, contestó y acercó el celular al oído de Darío, empujándolo un poco.—Gabriel te está llamando.—Señor Darío —saludó la voz al otro lado.Darío no respondió, molesto porque le habían quitado la comodidad, y la abrazó más fuerte por la cintura, frunciendo el ceño.—Ya, déjate de cosas, Melissa...Como si le vaciaran un balde de agua helada encima, Samanta se quedó paralizada. El dolor la dejó sin aire, como si se hubiera congelado por dentro.Al otro lado, Gabriel captó el mal momento y se rio con picardía antes de colgar.Samanta se apartó de golpe, y por fin las lágrimas que había aguantado todo el día rodaron por sus mejillas.¿Así que su “te quiero” era para Melissa?¿Decía que le gustaban los ojos porque los de ella se parecían a los de Melissa?Sintió como si le revolvieran el corazón con un cuchillo, como si le arrancaran el aire y la dejaran sangrando por dentro.—¿Dónde estás?El abrazo se deshizo. Darío abrió los ojos y, al verla de espaldas junto a la cama, estiró la mano hacia ella.—Ven, duerme conmigo.¡Que duerma tu madre!El dolor se transformó en rabia. Samanta perdió la cabeza y, sin pensarlo, agarró la caja de pañuelos y se la lanzó directo a la cabeza.—¡Ve y abraza a la que de verdad quieres!—¡Yo solo soy tu reemplazo!Aventó la caja con todas sus fuerzas. Cuando volvió a mirar, Darío ya estaba desmayado.Cuando Darío despertó al día siguiente, sentía la cabeza como si le hubieran dado un golpe con un bate. El dolor se extendía por su cráneo y, para colmo, la garganta le ardía.—Samanta.Intentó llamarla, pero su voz salió ronca y descompuesta:—Prepárame un poco de agua con miel, ¿sí?El silencio fue lo único que le respondió.Se frotó las sienes, maldiciendo entre dientes, y se sentó en la cama. En ese momento, escuchó la voz de una señora desde el pasillo:—Señor, la señora salió temprano. ¿Necesita algo?Darío levantó la mirada hacia el espejo del tocador: tenía un moretón en la frente, todavía hinchado.—¿Dijo a dónde iba? —preguntó, su tono áspero.—No, señor. Ni siquiera desayunó.Darío le pidió a la señora que le trajera una bolsa de hielo. Mientras esperaba, se apoyó en el tocador y marcó el número de Samanta. Llamó dos veces seguidas, pero ella no contestó.Samanta había dejado el celular en silencio, boca abajo sobre la mesa.Alzó la mirada hacia la persona que tenía en frente:—Me llamaste tan temprano, Melissa. No creo que sea solo para probar el desayuno de Cumbre del Amanecer, ¿verdad?Melissa no se anduvo con rodeos:—Deberías divorciarte de Darío.La mano de Samanta, que descansaba sobre sus piernas, se tensó de golpe.—¿Y por qué tendría que hacerlo?Melissa sonrió, con una mueca cargada de burla:—Porque la persona que él ama soy yo, no tú. Solo eres un reemplazo. Mientras yo no estaba, Darío te buscó por mientras. Una mujer que no es amada, ¿por qué no se retira y se ahorra la vergüenza?El vaso de leche sobre la mesa estaba tibio, blanco y puro, pero el olor no era nada agradable.Samanta lo empujó lejos de sí:—Aunque yo deje el puesto de Sra. Paredes, tú no vas a ocuparlo. Con esa pierna, ¿crees que la familia Paredes te aceptaría?El rostro de Melissa se endureció al instante.—Tú...—Además, ni siquiera pienso dejar el lugar de Sra. Paredes.Samanta la miró directo a los ojos, sin titubear:—A menos que Darío venga personalmente a pedírmelo.Samanta no tocó el desayuno. Guardó sus cosas y se levantó. Al pasar junto a Melissa, hizo una pausa, se llevó la mano a los labios y bajó la voz:—Te voy a contar un secreto: Darío no funciona. Rápido y flojo, ni para qué te ilusiones. Con tus problemas de movilidad, ni juntos hacen uno. Por el bien de tu vida íntima, piénsatelo dos veces.El color del rostro de Melissa se volvió casi negro de la rabia.Samanta salió del restaurante. Apenas cruzó la puerta, toda su pose de indiferencia se desmoronó.Divorcio...No tenía fuerzas para seguir enfrentando a Melissa porque, en el fondo, sabía que Darío no la quería.Por más amor que uno le ponga, no hay forma de ablandar un corazón que no te corresponde.El clima estaba gélido, como si fuera a nevar. Las hojas secas colgaban de las ramas, cubiertas de escarcha, a punto de caer.Samanta se metió al carro y encendió el aire caliente. Tardó un buen rato en sentir que volvía a la vida.La pantalla del celular parpadeó. Miró de reojo, pero no contestó. Los mensajes siguieron llegando uno tras otro.[Darío: Qué valiente, me dejas solo en la cama y ni siquiera me tapas con la cobija.]El enojo se le atascó en el pecho. Tecleó de regreso:[¿Te quedaste congelado?]Sin esperar respuesta, le soltó otra:[¿Y cómo no te moriste de frío?]Tal vez Darío también estaba molesto, porque ya no respondió.Samanta puso en marcha el carro. Apenas avanzó unos metros, el celular volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje de su papá, Joaquín Ferrer: le avisaba que llegaría en la tarde en tren a Cumbre del Amanecer.Samanta detuvo el carro junto a la banqueta y le llamó de inmediato.—Papá, ¿por qué no me avisó antes? Así le organizaba todo y no andaba a las carreras.La voz de Joaquín sonó tranquila y muy educada:—Un amigo de los viejos tiempos me invitó a pasar unos días. No quería molestarte. Si tienes tiempo, vamos a comer. Si no puedes, no pasa nada.La relación entre Samanta y sus padres adoptivos siempre había sido rara. Cuando la llevaron de la casa hogar, la cuidaron muy bien, pero su trato era siempre distante, como si fuera una invitada temporal y no parte de la familia.Samanta siempre pensó que tal vez no era su hija biológica y por eso sentía esa barrera. Sin embargo, ellos la criaron y esa gratitud nunca se le olvidaría.—Sí puedo, papá. En la tarde lo recojo en la estación.—¿Y Darío? Si no está ocupado, dile que venga también.Al colgar, a Samanta le cayó el veinte de lo que acababa de mandar a Darío. Sintió un poco de arrepentimiento.Ya no podía borrar los mensajes, así que solo le quedó resignarse.Pero la vergüenza dura lo que uno quiera. A veces toca tragársela y seguir.Así que, haciéndose la preocupada, envió otro mensaje:[¿No te dio gripa? Toma algo caliente para el frío.]Capítulo 2—Samanta, ¿ya lo pensaste bien? Una vez que entres al proyecto confidencial, no podrás echarte para atrás, vas a tener que cortar toda comunicación con el exterior. ¿De verdad estás segura?Samanta Ferrer se quedó viendo el pastel derretido sobre la mesa, como si su corazón estuviera lleno de pequeñas agujas, punzando sin descanso.Ayer había sido su cumpleaños. Darío Paredes le compró el pastel de vainilla que tanto le gustaba, pero él desapareció toda la noche y no regresó.Samanta no dijo nada durante un buen rato.Del otro lado, la voz suspiró:—Las discusiones de pareja son de lo más normal. Piénsalo bien, Samanta. Si te vas, serán tres años lejos. ¿Crees que tu matrimonio aguante una prueba así? Todavía falta un mes para confirmar la lista. Medítalo y me avisas.La llamada terminó. Samanta miró la foto sobre la mesa.En la imagen, él parecía tan elegante y guapo. Ella, con un aire fresco y vivaz, apoyaba la cabeza en su hombro, sonriendo.Samanta quería a Darío. Lo quería tanto que, aunque sabía que su corazón pertenecía a otra, cuando él le propuso matrimonio, no dudó ni un segundo en aceptar.Pensaba que el corazón de una persona era como un frasco de vidrio: si daba todo de sí, algún día lo llenaría.Pero se le olvidó que un frasco sin fondo jamás se llena.Se frotó los ojos enrojecidos, tratando de calmar el ardor, y se fue al estudio a ordenar los papeles de investigación.Había esperado despierta hasta la madrugada noche anterior. El cansancio la venció rápido y terminó dormida sobre el escritorio.El sonido del celular la despertó.Era el hermano de Darío.—Samanta, Darío se pasó de copas. ¿Podrías venir por él?Samanta movió el brazo entumido. Pensó en decirle al chofer que lo recogiera, pero Darío tenía el estómago delicado y no quería que alguien más lo atendiera mal. Tras unos segundos de silencio, contestó:—Mándame la dirección....En el privado del restaurante estaban los amigos más cercanos de Darío.Melissa Becerra acababa de regresar al país y la fiesta era en su honor.Darío, animado, había tomado bastante. No solo aceptaba los brindis por él, sino que también se encargaba de los de Melissa.Estaba tirado en el sofá, con un leve rubor en las mejillas. Aun así, su atractivo seguía intacto, y ahora tenía un aire relajado que lo hacía ver aún más irresistible.Melissa había ido al baño.En ese rato, alguien empezó a murmurar:—¿Qué onda con Darío? O sea, este fiestón para recibir a Melissa, pero él ya está casado. No está bien, ¿no?—Casado sí, pero los sentimientos son otra cosa. ¿O ya se te olvidó por qué Darío se casó con Samanta…?No terminó la frase. Ramiro Muñoz les lanzó una mirada que cortó el ambiente de un tajo:—¿Ni con tanta comida se callan la boca?Pero ya era tarde. Samanta, que estaba parada justo en la puerta entreabierta, escuchó todo.Tal vez era el clima helado, pero los dedos de Samanta se sintieron rígidos.El primero que la vio se levantó rápido y la saludó con cortesía:—¡Samanta!Después, todos los demás la siguieron, saludándola uno tras otro.Darío no la quería, pero siempre la había tratado con dignidad y respeto. Sus amigos también eran muy amables con ella.El ambiente se volvió incómodamente silencioso por el tema anterior.Samanta avanzó y se acercó al sofá, tocando el brazo de Darío.—Darío, vámonos a casa.Él parpadeó y, al verla, esbozó una pequeña sonrisa.—Viniste.El corazón helado de Samanta se ablandó por un instante al escuchar esas palabras. Le preguntó con suavidad:—¿Puedes levantarte solo?Darío le tomó la mano y, apoyándose en ella, logró incorporarse.Caminaron juntos hacia la salida, justo cuando Melissa, en silla de ruedas, entraba al cuarto.Sus miradas se cruzaron. Samanta vio en sus rostros una semejanza imposible de ignorar, una similitud que le quemaba por dentro.Samanta fue la primera en apartar la mirada.—¿Ya se van a ir? —preguntó Melissa con una sonrisa cálida y natural—. Todo es mi culpa, si Darío no me hubiera ayudado con los tragos no estaría así de borracho... Perdón por darte tanta lata.Samanta apretó los dedos y, tras tomar aire, contestó:—Es mi esposo. No tienes que preocuparte, es mi deber.Melissa cedió el paso con la misma gentileza de antes.—Cuídense en el camino.Darío, medio recargado sobre Samanta, pesaba bastante; él era alto y corpulento, y a Samanta le costaba trabajo sostenerlo.Al pasar junto a la silla de ruedas, Darío estiró la mano y despeinó con cariño a Melissa.—Ya está todo listo con la casa. El chofer te va a llevar, cuando llegues mándame un mensaje.La sonrisa de Melissa se hizo aún más luminosa.—¡Claro!Samanta sintió arder los ojos, pero no apartó a Darío. Lo ayudó a subir al carro.Durante todo el viaje, Samanta no pronunció palabra. Miraba sin ver las luces y las calles que se deslizaban veloces tras la ventanilla.Darío se quedó dormido sobre su hombro. Su respiración era tranquila, y el aroma a cedro mezclado con el leve olor a alcohol le resultó tan familiar que el corazón le dio un vuelco.El conductor los ayudó a bajar y a entrar a la casa.Samanta le quitó la chaqueta, los calcetines y los zapatos a Darío. Cuando se enderezó para ir a buscar una toalla, él le sujetó la mano.De un tirón la atrajo hacia la cama y la abrazó con fuerza.Rozó su mejilla con la nariz, la voz ronca y cargada de ternura por el alcohol.—No te vayas...Darío casi nunca se emborrachaba, ni mostraba ese lado tan vulnerable. En ese momento, no era el hombre reservado y distante de siempre, sino un cachorro gigante aferrado a quien más quería.Samanta, sintiéndose envuelta en esa calidez, no se apartó de él. Pero pronto la invadió una sensación amarga. Volvió a pensar en lo mucho que Darío se desvivía por Melissa: la recepción, el departamento nuevo...Alzó la vista y le estudió el rostro.—Darío... ¿tú me quieres?—Claro.Sin abrir los ojos, él acertó justo a besarle los párpados.Él solía decir que lo que más le gustaba de ella eran sus ojos.Samanta estuvo a punto de preguntar: “¿Me quieres a mí o quieres a Melissa?” Pero antes de que pudiera decirlo, el celular de Darío vibró en su bolsillo.Samanta lo sacó y vio que era Gabriel llamando.Ese nombre le sonaba; últimamente Darío había mencionado que estaban trabajando juntos.Pensando que podría ser algo importante, contestó y acercó el celular al oído de Darío, empujándolo un poco.—Gabriel te está llamando.—Señor Darío —saludó la voz al otro lado.Darío no respondió, molesto porque le habían quitado la comodidad, y la abrazó más fuerte por la cintura, frunciendo el ceño.—Ya, déjate de cosas, Melissa...Como si le vaciaran un balde de agua helada encima, Samanta se quedó paralizada. El dolor la dejó sin aire, como si se hubiera congelado por dentro.Al otro lado, Gabriel captó el mal momento y se rio con picardía antes de colgar.Samanta se apartó de golpe, y por fin las lágrimas que había aguantado todo el día rodaron por sus mejillas.¿Así que su “te quiero” era para Melissa?¿Decía que le gustaban los ojos porque los de ella se parecían a los de Melissa?Sintió como si le revolvieran el corazón con un cuchillo, como si le arrancaran el aire y la dejaran sangrando por dentro.—¿Dónde estás?El abrazo se deshizo. Darío abrió los ojos y, al verla de espaldas junto a la cama, estiró la mano hacia ella.—Ven, duerme conmigo.¡Que duerma tu madre!El dolor se transformó en rabia. Samanta perdió la cabeza y, sin pensarlo, agarró la caja de pañuelos y se la lanzó directo a la cabeza.—¡Ve y abraza a la que de verdad quieres!—¡Yo solo soy tu reemplazo!Aventó la caja con todas sus fuerzas. Cuando volvió a mirar, Darío ya estaba desmayado.Cuando Darío despertó al día siguiente, sentía la cabeza como si le hubieran dado un golpe con un bate. El dolor se extendía por su cráneo y, para colmo, la garganta le ardía.—Samanta.Intentó llamarla, pero su voz salió ronca y descompuesta:—Prepárame un poco de agua con miel, ¿sí?El silencio fue lo único que le respondió.Se frotó las sienes, maldiciendo entre dientes, y se sentó en la cama. En ese momento, escuchó la voz de una señora desde el pasillo:—Señor, la señora salió temprano. ¿Necesita algo?Darío levantó la mirada hacia el espejo del tocador: tenía un moretón en la frente, todavía hinchado.—¿Dijo a dónde iba? —preguntó, su tono áspero.—No, señor. Ni siquiera desayunó.Darío le pidió a la señora que le trajera una bolsa de hielo. Mientras esperaba, se apoyó en el tocador y marcó el número de Samanta. Llamó dos veces seguidas, pero ella no contestó.Samanta había dejado el celular en silencio, boca abajo sobre la mesa.Alzó la mirada hacia la persona que tenía en frente:—Me llamaste tan temprano, Melissa. No creo que sea solo para probar el desayuno de Cumbre del Amanecer, ¿verdad?Melissa no se anduvo con rodeos:—Deberías divorciarte de Darío.La mano de Samanta, que descansaba sobre sus piernas, se tensó de golpe.—¿Y por qué tendría que hacerlo?Melissa sonrió, con una mueca cargada de burla:—Porque la persona que él ama soy yo, no tú. Solo eres un reemplazo. Mientras yo no estaba, Darío te buscó por mientras. Una mujer que no es amada, ¿por qué no se retira y se ahorra la vergüenza?El vaso de leche sobre la mesa estaba tibio, blanco y puro, pero el olor no era nada agradable.Samanta lo empujó lejos de sí:—Aunque yo deje el puesto de Sra. Paredes, tú no vas a ocuparlo. Con esa pierna, ¿crees que la familia Paredes te aceptaría?El rostro de Melissa se endureció al instante.—Tú...—Además, ni siquiera pienso dejar el lugar de Sra. Paredes.Samanta la miró directo a los ojos, sin titubear:—A menos que Darío venga personalmente a pedírmelo.Samanta no tocó el desayuno. Guardó sus cosas y se levantó. Al pasar junto a Melissa, hizo una pausa, se llevó la mano a los labios y bajó la voz:—Te voy a contar un secreto: Darío no funciona. Rápido y flojo, ni para qué te ilusiones. Con tus problemas de movilidad, ni juntos hacen uno. Por el bien de tu vida íntima, piénsatelo dos veces.El color del rostro de Melissa se volvió casi negro de la rabia.Samanta salió del restaurante. Apenas cruzó la puerta, toda su pose de indiferencia se desmoronó.Divorcio...No tenía fuerzas para seguir enfrentando a Melissa porque, en el fondo, sabía que Darío no la quería.Por más amor que uno le ponga, no hay forma de ablandar un corazón que no te corresponde.El clima estaba gélido, como si fuera a nevar. Las hojas secas colgaban de las ramas, cubiertas de escarcha, a punto de caer.Samanta se metió al carro y encendió el aire caliente. Tardó un buen rato en sentir que volvía a la vida.La pantalla del celular parpadeó. Miró de reojo, pero no contestó. Los mensajes siguieron llegando uno tras otro.[Darío: Qué valiente, me dejas solo en la cama y ni siquiera me tapas con la cobija.]El enojo se le atascó en el pecho. Tecleó de regreso:[¿Te quedaste congelado?]Sin esperar respuesta, le soltó otra:[¿Y cómo no te moriste de frío?]Tal vez Darío también estaba molesto, porque ya no respondió.Samanta puso en marcha el carro. Apenas avanzó unos metros, el celular volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje de su papá, Joaquín Ferrer: le avisaba que llegaría en la tarde en tren a Cumbre del Amanecer.Samanta detuvo el carro junto a la banqueta y le llamó de inmediato.—Papá, ¿por qué no me avisó antes? Así le organizaba todo y no andaba a las carreras.La voz de Joaquín sonó tranquila y muy educada:—Un amigo de los viejos tiempos me invitó a pasar unos días. No quería molestarte. Si tienes tiempo, vamos a comer. Si no puedes, no pasa nada.La relación entre Samanta y sus padres adoptivos siempre había sido rara. Cuando la llevaron de la casa hogar, la cuidaron muy bien, pero su trato era siempre distante, como si fuera una invitada temporal y no parte de la familia.Samanta siempre pensó que tal vez no era su hija biológica y por eso sentía esa barrera. Sin embargo, ellos la criaron y esa gratitud nunca se le olvidaría.—Sí puedo, papá. En la tarde lo recojo en la estación.—¿Y Darío? Si no está ocupado, dile que venga también.Al colgar, a Samanta le cayó el veinte de lo que acababa de mandar a Darío. Sintió un poco de arrepentimiento.Ya no podía borrar los mensajes, así que solo le quedó resignarse.Pero la vergüenza dura lo que uno quiera. A veces toca tragársela y seguir.Así que, haciéndose la preocupada, envió otro mensaje:[¿No te dio gripa? Toma algo caliente para el frío.]Capítulo 3—Samanta, ¿ya lo pensaste bien? Una vez que entres al proyecto confidencial, no podrás echarte para atrás, vas a tener que cortar toda comunicación con el exterior. ¿De verdad estás segura?Samanta Ferrer se quedó viendo el pastel derretido sobre la mesa, como si su corazón estuviera lleno de pequeñas agujas, punzando sin descanso.Ayer había sido su cumpleaños. Darío Paredes le compró el pastel de vainilla que tanto le gustaba, pero él desapareció toda la noche y no regresó.Samanta no dijo nada durante un buen rato.Del otro lado, la voz suspiró:—Las discusiones de pareja son de lo más normal. Piénsalo bien, Samanta. Si te vas, serán tres años lejos. ¿Crees que tu matrimonio aguante una prueba así? Todavía falta un mes para confirmar la lista. Medítalo y me avisas.La llamada terminó. Samanta miró la foto sobre la mesa.En la imagen, él parecía tan elegante y guapo. Ella, con un aire fresco y vivaz, apoyaba la cabeza en su hombro, sonriendo.Samanta quería a Darío. Lo quería tanto que, aunque sabía que su corazón pertenecía a otra, cuando él le propuso matrimonio, no dudó ni un segundo en aceptar.Pensaba que el corazón de una persona era como un frasco de vidrio: si daba todo de sí, algún día lo llenaría.Pero se le olvidó que un frasco sin fondo jamás se llena.Se frotó los ojos enrojecidos, tratando de calmar el ardor, y se fue al estudio a ordenar los papeles de investigación.Había esperado despierta hasta la madrugada noche anterior. El cansancio la venció rápido y terminó dormida sobre el escritorio.El sonido del celular la despertó.Era el hermano de Darío.—Samanta, Darío se pasó de copas. ¿Podrías venir por él?Samanta movió el brazo entumido. Pensó en decirle al chofer que lo recogiera, pero Darío tenía el estómago delicado y no quería que alguien más lo atendiera mal. Tras unos segundos de silencio, contestó:—Mándame la dirección....En el privado del restaurante estaban los amigos más cercanos de Darío.Melissa Becerra acababa de regresar al país y la fiesta era en su honor.Darío, animado, había tomado bastante. No solo aceptaba los brindis por él, sino que también se encargaba de los de Melissa.Estaba tirado en el sofá, con un leve rubor en las mejillas. Aun así, su atractivo seguía intacto, y ahora tenía un aire relajado que lo hacía ver aún más irresistible.Melissa había ido al baño.En ese rato, alguien empezó a murmurar:—¿Qué onda con Darío? O sea, este fiestón para recibir a Melissa, pero él ya está casado. No está bien, ¿no?—Casado sí, pero los sentimientos son otra cosa. ¿O ya se te olvidó por qué Darío se casó con Samanta…?No terminó la frase. Ramiro Muñoz les lanzó una mirada que cortó el ambiente de un tajo:—¿Ni con tanta comida se callan la boca?Pero ya era tarde. Samanta, que estaba parada justo en la puerta entreabierta, escuchó todo.Tal vez era el clima helado, pero los dedos de Samanta se sintieron rígidos.El primero que la vio se levantó rápido y la saludó con cortesía:—¡Samanta!Después, todos los demás la siguieron, saludándola uno tras otro.Darío no la quería, pero siempre la había tratado con dignidad y respeto. Sus amigos también eran muy amables con ella.El ambiente se volvió incómodamente silencioso por el tema anterior.Samanta avanzó y se acercó al sofá, tocando el brazo de Darío.—Darío, vámonos a casa.Él parpadeó y, al verla, esbozó una pequeña sonrisa.—Viniste.El corazón helado de Samanta se ablandó por un instante al escuchar esas palabras. Le preguntó con suavidad:—¿Puedes levantarte solo?Darío le tomó la mano y, apoyándose en ella, logró incorporarse.Caminaron juntos hacia la salida, justo cuando Melissa, en silla de ruedas, entraba al cuarto.Sus miradas se cruzaron. Samanta vio en sus rostros una semejanza imposible de ignorar, una similitud que le quemaba por dentro.Samanta fue la primera en apartar la mirada.—¿Ya se van a ir? —preguntó Melissa con una sonrisa cálida y natural—. Todo es mi culpa, si Darío no me hubiera ayudado con los tragos no estaría así de borracho... Perdón por darte tanta lata.Samanta apretó los dedos y, tras tomar aire, contestó:—Es mi esposo. No tienes que preocuparte, es mi deber.Melissa cedió el paso con la misma gentileza de antes.—Cuídense en el camino.Darío, medio recargado sobre Samanta, pesaba bastante; él era alto y corpulento, y a Samanta le costaba trabajo sostenerlo.Al pasar junto a la silla de ruedas, Darío estiró la mano y despeinó con cariño a Melissa.—Ya está todo listo con la casa. El chofer te va a llevar, cuando llegues mándame un mensaje.La sonrisa de Melissa se hizo aún más luminosa.—¡Claro!Samanta sintió arder los ojos, pero no apartó a Darío. Lo ayudó a subir al carro.Durante todo el viaje, Samanta no pronunció palabra. Miraba sin ver las luces y las calles que se deslizaban veloces tras la ventanilla.Darío se quedó dormido sobre su hombro. Su respiración era tranquila, y el aroma a cedro mezclado con el leve olor a alcohol le resultó tan familiar que el corazón le dio un vuelco.El conductor los ayudó a bajar y a entrar a la casa.Samanta le quitó la chaqueta, los calcetines y los zapatos a Darío. Cuando se enderezó para ir a buscar una toalla, él le sujetó la mano.De un tirón la atrajo hacia la cama y la abrazó con fuerza.Rozó su mejilla con la nariz, la voz ronca y cargada de ternura por el alcohol.—No te vayas...Darío casi nunca se emborrachaba, ni mostraba ese lado tan vulnerable. En ese momento, no era el hombre reservado y distante de siempre, sino un cachorro gigante aferrado a quien más quería.Samanta, sintiéndose envuelta en esa calidez, no se apartó de él. Pero pronto la invadió una sensación amarga. Volvió a pensar en lo mucho que Darío se desvivía por Melissa: la recepción, el departamento nuevo...Alzó la vista y le estudió el rostro.—Darío... ¿tú me quieres?—Claro.Sin abrir los ojos, él acertó justo a besarle los párpados.Él solía decir que lo que más le gustaba de ella eran sus ojos.Samanta estuvo a punto de preguntar: “¿Me quieres a mí o quieres a Melissa?” Pero antes de que pudiera decirlo, el celular de Darío vibró en su bolsillo.Samanta lo sacó y vio que era Gabriel llamando.Ese nombre le sonaba; últimamente Darío había mencionado que estaban trabajando juntos.Pensando que podría ser algo importante, contestó y acercó el celular al oído de Darío, empujándolo un poco.—Gabriel te está llamando.—Señor Darío —saludó la voz al otro lado.Darío no respondió, molesto porque le habían quitado la comodidad, y la abrazó más fuerte por la cintura, frunciendo el ceño.—Ya, déjate de cosas, Melissa...Como si le vaciaran un balde de agua helada encima, Samanta se quedó paralizada. El dolor la dejó sin aire, como si se hubiera congelado por dentro.Al otro lado, Gabriel captó el mal momento y se rio con picardía antes de colgar.Samanta se apartó de golpe, y por fin las lágrimas que había aguantado todo el día rodaron por sus mejillas.¿Así que su “te quiero” era para Melissa?¿Decía que le gustaban los ojos porque los de ella se parecían a los de Melissa?Sintió como si le revolvieran el corazón con un cuchillo, como si le arrancaran el aire y la dejaran sangrando por dentro.—¿Dónde estás?El abrazo se deshizo. Darío abrió los ojos y, al verla de espaldas junto a la cama, estiró la mano hacia ella.—Ven, duerme conmigo.¡Que duerma tu madre!El dolor se transformó en rabia. Samanta perdió la cabeza y, sin pensarlo, agarró la caja de pañuelos y se la lanzó directo a la cabeza.—¡Ve y abraza a la que de verdad quieres!—¡Yo solo soy tu reemplazo!Aventó la caja con todas sus fuerzas. Cuando volvió a mirar, Darío ya estaba desmayado.Cuando Darío despertó al día siguiente, sentía la cabeza como si le hubieran dado un golpe con un bate. El dolor se extendía por su cráneo y, para colmo, la garganta le ardía.—Samanta.Intentó llamarla, pero su voz salió ronca y descompuesta:—Prepárame un poco de agua con miel, ¿sí?El silencio fue lo único que le respondió.Se frotó las sienes, maldiciendo entre dientes, y se sentó en la cama. En ese momento, escuchó la voz de una señora desde el pasillo:—Señor, la señora salió temprano. ¿Necesita algo?Darío levantó la mirada hacia el espejo del tocador: tenía un moretón en la frente, todavía hinchado.—¿Dijo a dónde iba? —preguntó, su tono áspero.—No, señor. Ni siquiera desayunó.Darío le pidió a la señora que le trajera una bolsa de hielo. Mientras esperaba, se apoyó en el tocador y marcó el número de Samanta. Llamó dos veces seguidas, pero ella no contestó.Samanta había dejado el celular en silencio, boca abajo sobre la mesa.Alzó la mirada hacia la persona que tenía en frente:—Me llamaste tan temprano, Melissa. No creo que sea solo para probar el desayuno de Cumbre del Amanecer, ¿verdad?Melissa no se anduvo con rodeos:—Deberías divorciarte de Darío.La mano de Samanta, que descansaba sobre sus piernas, se tensó de golpe.—¿Y por qué tendría que hacerlo?Melissa sonrió, con una mueca cargada de burla:—Porque la persona que él ama soy yo, no tú. Solo eres un reemplazo. Mientras yo no estaba, Darío te buscó por mientras. Una mujer que no es amada, ¿por qué no se retira y se ahorra la vergüenza?El vaso de leche sobre la mesa estaba tibio, blanco y puro, pero el olor no era nada agradable.Samanta lo empujó lejos de sí:—Aunque yo deje el puesto de Sra. Paredes, tú no vas a ocuparlo. Con esa pierna, ¿crees que la familia Paredes te aceptaría?El rostro de Melissa se endureció al instante.—Tú...—Además, ni siquiera pienso dejar el lugar de Sra. Paredes.Samanta la miró directo a los ojos, sin titubear:—A menos que Darío venga personalmente a pedírmelo.Samanta no tocó el desayuno. Guardó sus cosas y se levantó. Al pasar junto a Melissa, hizo una pausa, se llevó la mano a los labios y bajó la voz:—Te voy a contar un secreto: Darío no funciona. Rápido y flojo, ni para qué te ilusiones. Con tus problemas de movilidad, ni juntos hacen uno. Por el bien de tu vida íntima, piénsatelo dos veces.El color del rostro de Melissa se volvió casi negro de la rabia.Samanta salió del restaurante. Apenas cruzó la puerta, toda su pose de indiferencia se desmoronó.Divorcio...No tenía fuerzas para seguir enfrentando a Melissa porque, en el fondo, sabía que Darío no la quería.Por más amor que uno le ponga, no hay forma de ablandar un corazón que no te corresponde.El clima estaba gélido, como si fuera a nevar. Las hojas secas colgaban de las ramas, cubiertas de escarcha, a punto de caer.Samanta se metió al carro y encendió el aire caliente. Tardó un buen rato en sentir que volvía a la vida.La pantalla del celular parpadeó. Miró de reojo, pero no contestó. Los mensajes siguieron llegando uno tras otro.[Darío: Qué valiente, me dejas solo en la cama y ni siquiera me tapas con la cobija.]El enojo se le atascó en el pecho. Tecleó de regreso:[¿Te quedaste congelado?]Sin esperar respuesta, le soltó otra:[¿Y cómo no te moriste de frío?]Tal vez Darío también estaba molesto, porque ya no respondió.Samanta puso en marcha el carro. Apenas avanzó unos metros, el celular volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje de su papá, Joaquín Ferrer: le avisaba que llegaría en la tarde en tren a Cumbre del Amanecer.Samanta detuvo el carro junto a la banqueta y le llamó de inmediato.—Papá, ¿por qué no me avisó antes? Así le organizaba todo y no andaba a las carreras.La voz de Joaquín sonó tranquila y muy educada:—Un amigo de los viejos tiempos me invitó a pasar unos días. No quería molestarte. Si tienes tiempo, vamos a comer. Si no puedes, no pasa nada.La relación entre Samanta y sus padres adoptivos siempre había sido rara. Cuando la llevaron de la casa hogar, la cuidaron muy bien, pero su trato era siempre distante, como si fuera una invitada temporal y no parte de la familia.Samanta siempre pensó que tal vez no era su hija biológica y por eso sentía esa barrera. Sin embargo, ellos la criaron y esa gratitud nunca se le olvidaría.—Sí puedo, papá. En la tarde lo recojo en la estación.—¿Y Darío? Si no está ocupado, dile que venga también.Al colgar, a Samanta le cayó el veinte de lo que acababa de mandar a Darío. Sintió un poco de arrepentimiento.Ya no podía borrar los mensajes, así que solo le quedó resignarse.Pero la vergüenza dura lo que uno quiera. A veces toca tragársela y seguir.Así que, haciéndose la preocupada, envió otro mensaje:[¿No te dio gripa? Toma algo caliente para el frío.]