Flora Aguilar siempre fue la hija perfecta de la prestigiosa familia Aguilar, hasta que su propia hermana la metió en graves problemas, acusándola de un delito que no cometió. Lo más doloroso fue que su familia, en lugar de apoyarla, decidió sacrificarla para proteger a la hermana adoptiva a la que tanto preferían. Pasó cinco años en prisión, enfrentándose a un mundo lleno de dificultades que no merecía. Al salir de la cárcel, Flora ya no era la misma joven ingenua de antaño. La experiencia la hizo fuerte y más determinada que nunca. Había aprendido una dura lección: cuando la familia te falla, es mejor valerse por sí misma. Ahora sus pasos se dirigen hacia la venganza, no como un fin, sino como un medio para encontrar su propio camino hacia la felicidad. De vuelta en la sociedad y con una confianza renovada, Flora está lista para enfrentar a quienes le hicieron daño. Ya no tiene miedo de demostrar quién es realmente, y está decidida a recuperar su lugar y mostrarle al mundo de qué está hecha una verdadera Aguilar. Su historia apenas comienza, y no hay duda de que será inolvidable.

Capítulo 1—¡Prisionera 2203, ya te puedes ir!—Recuerda que tienes medio año de periodo de observación. Si cometes un error, el castigo será doble.Un estruendo resonó —¡Pum!— cuando la puerta gruesa de la cárcel se abrió poco a poco. La luz del sol, sin obstáculos, cayó de lleno sobre el rostro de Flora Aguilar.De manera instintiva, levantó la mano para protegerse, un gesto temeroso que aprendió tras años en prisión.¿Al fin era libre?Cinco años atrás, la falsa hija Lisbeth Aguilar atropelló a alguien y huyó. Poco después de que la verdadera hija, Flora, regresara a casa, la obligaron a cargar con el delito.Su familia le dijo:—Lisbeth siempre ha vivido como reina, jamás ha pasado hambre ni sufrimiento. La vida en la cárcel la destrozaría… son solo cinco años, tú eres fuerte, aguanta y se acabó.—Si aceptas, nos llevamos a tu mamá del pueblo a la ciudad y le damos el mejor tratamiento médico.Y así, Flora terminó tras las rejas.Cinco años encerrada.Nadie fue a visitarla. Ni una sola vez....—¡Flora!A lo lejos, apoyado en un lujoso Rolls Royce, David Aguilar fruncía el ceño con fastidio y le agitó la mano.Flora levantó la mirada y vio a su hermano mayor, a quien no veía desde hacía cinco años.Traje impecable, seguro de sí mismo, su aire juvenil había desaparecido, ahora parecía más adulto, aunque sus facciones guardaban esa rebeldía de siempre.Era la misma mirada con la que la había evaluado la primera vez que volvió a la familia Aguilar, hacía ocho años.—¿Tú eres mi hermana de sangre?—Al lado de Lisbeth, pareces una niña de rancho.Flora tragó saliva, sintiéndose fuera de lugar. Para ganarse su aprobación, se esforzó en aprender a vestirse bien, a tocar varios instrumentos, a estudiar hasta el amanecer si hacía falta, todo por escuchar un elogio suyo.Pero al final, él siempre prefirió a Lisbeth, quien había vivido diez años a su lado como la hija legítima.A Lisbeth le prometió:—Siempre voy a ser tu hermano, te voy a cuidar pase lo que pase.Lo decía con una ternura que a Flora le dolía en el alma.Y cumplió su palabra. Cuando la policía llegó a la casa, los papás le ordenaron a Flora admitir el delito. David, su supuesto hermano protector, solo pensaba en Lisbeth. Cuando los agentes lo interrogaron, él guardó silencio.En ese instante, Flora perdió toda esperanza.No importaba cuánto se esforzara, nunca sería parte de la familia Aguilar.—¿Qué esperas? ¡Súbete al carro!La voz de David la hizo regresar al presente. Flora se acercó, hizo una reverencia profunda.—Perdón, discúlpame por la molestia.Seguía en periodo de observación. Si quería evitar volver a esa celda, tenía que portarse bien.Cuando vio que el hombre se le acercaba, Flora dio un paso atrás, esquivando hábilmente el intento de David de tocarla.David miró su mano en el aire, el enojo le explotó en la cara.—¡Flora! ¿Ahora te crees la gran cosa o qué? ¿Vienes a jugar el papel de la señorita difícil?La actitud distante y la frialdad de Flora le parecieron insoportables.Había cancelado varias juntas internacionales solo para ir por ella, y ahora ella le respondía con esa expresión de piedra. Sintió que estaba perdiendo el tiempo.—No me atrevo.Flora movió los labios, apenas dejando salir la voz.Y era cierto, no se atrevía.Su carácter alegre de antes había desaparecido, borrado por las “lecciones” diarias de sus compañeras de celda.Recordaba cuando la cabecilla de la prisión le jalaba el cabello y le metía la cabeza en el inodoro, obligándola a ladrar como perro.—¡Mira a la pobre niña rica! Abandonada y sin nadie que la quiera. Tú, nacida en el campo, solo sirves para limpiar baños.—Nos pagaron para darte una lección.Lisbeth había atropellado al segundo hijo del Grupo Rivera, y fue la familia Rivera la que envió a esas mujeres para desquitarse con Flora.Al principio, Flora intentó defenderse, pero la golpearon hasta que se rindió.Si se resistía, la castigaban diez veces más. Sus piernas se fracturaron una y otra vez, quedando con secuelas para toda la vida...—Verte con esa cara de amargada me da asco. Ya sabía yo que eres una desagradecida, por más que te eduquen ni así aprendes a comportarte. ¡Cinco años en prisión y sigues sin saber lo que es el respeto! —David estalló, harto de no recibir ni un saludo cálido.Cinco años encerrada, soportando humillaciones, y él lo resumía como si hubiera ido a estudiar.—Tus papás todavía te esperan en casa, apúrate.Él iba delante, sin preocuparse de que Flora apenas podía caminar arrastrando una pierna.Tal vez al notar que Flora iba demasiado lento, la tomó de un jalón por el hombro y la empujó sin miramientos al asiento del copiloto.Cerró la puerta de golpe y subió al carro.—¡Qué problemita!Puso el pie en el acelerador y salieron disparados....La villa de los Aguilar.Apenas Flora entró, escuchó risas y voces alegres desde adentro.Lisbeth estaba acurrucada junto a un hombre.—Eres un travieso, solo sabes bromear conmigo. ¿Quién regala ropa comprando una tienda completa? Ya me duelen los pies de tanto andar.El hombre le masajeaba los pies, con una voz llena de ternura.—Todo es culpa mía. La próxima vez, haré que un diseñador te cree ropa exclusiva, ¿te parece?Fernando Aguilar, con tono orgulloso, levantó la mano.—¿Por qué no mejor compras la marca que te guste y así te mandan todos los modelos nuevos cada temporada?La escena parecía la de una familia perfecta y feliz.—Ejem, ejem...David carraspeó, y solo entonces todos voltearon a mirar. Al ver a Flora, Catalina Díaz —la señora Aguilar— enseguida se levantó y se acercó con entusiasmo.—Flora, bienvenida a casa. Mamá te extrañó muchísimo.Flora se quedó rígida, dejó que la abrazara, pero no le devolvió el gesto.Catalina, sorprendida por la reacción de su hija, preguntó con desconcierto:—Flora, tú...Ni terminó la frase cuando Lisbeth se lanzó hacia ellas.—Hermana, acabas de volver, ¿por qué eres tan distante con mamá? ¿Sabes cuánto sufrió por ti? ¿O acaso sigues resentida con nosotros?Flora ni la miró; su vista se clavó detrás de Lisbeth, directamente en Manuel Gámez.—¿Tú y Lisbeth andan juntos?Hace cinco años, ese mismo hombre le juró amor eterno y prometió protegerla; ahora, su ex prometido estaba con la hermana que la había traicionado.David no soportó escuchar aquello y soltó un gruñido de advertencia.—Flora, cuida tus palabras.Lisbeth, nerviosa, se mordió los labios.—Hermano, no regañes a Flora. Fue mi culpa. Flora, déjame explicarte...Manuel, muy cómodo, se acercó y rodeó con el brazo los hombros de Lisbeth.—Flora, en el fondo siempre quise a Lisbeth. Estuviste fuera mucho tiempo. Nos casamos y no te avisamos, pero espero que no me guardes rencor.¿Y ahora qué debía contestar? Si le reclamaba, ¿acaso se iba a divorciar por eso?Fernando intervino, posando como el hombre justo.—Flora, hay muchos hombres en la vida. Si tu hermana y Manuel se quieren, deberías ser generosa. Total, solo se conocieron tres años, no era tan profundo el lazo.Ocho años atrás, Flora había sido reconocida por la familia Aguilar justo el mismo día que la familia Gámez regresaba de Puerto del Sol y cenaban juntos.Ese día, el señor y la señora Gámez la eligieron como futura nuera.Manuel era atento, educado y parecía el yerno perfecto. Flora se enamoró sin remedio, lo seguía a todas partes y le decía Manu con cariño.Por él, aprendió a cocinar, se metió de lleno en la repostería, incluso ingresó a la escuela de negocios para estar a su altura, soñando con ser la pareja ideal.Manuel, tocado por todo eso, le juró que solo se casaría con ella; si rompía esa promesa, se quedaría solo en la vida.Pero al final... los intereses y las apariencias valían más.—Flora, si te sientes mal, pégame si quieres.Lisbeth apretó los dientes, agarró la mano de Flora y la usó para darse una bofetada.—Paf—El golpe resonó fuerte.Sin pensarlo, David empujó a Flora, tumbándola.—¿Por qué le pegas a Lisbeth? ¡Está embarazada!Flora cayó al suelo.Sintió, o creyó sentir, el chasquido seco del tornillo de metal partiéndose dentro de su pierna.¡El dolor fue insoportable!El sudor le brotó de golpe, empapándola como si le hubieran tirado un balde de agua. Todo su cuerpo temblaba, apenas podía contenerse.David, ignorando por completo su estado, le picoteó la cabeza con el dedo, furioso:—De verdad que ya te pasaste, Flora. Apenas llegas a la casa y ya empiezas con tus dramas. ¿Qué, te aburres de vivir tranquila o qué?Fernando también se metió, señalándola con dureza:—¿Y si al bebé de Lisbeth le pasa algo por tu culpa, vas a poder con esa responsabilidad?Flora los miró a todos, esos parientes que se suponía eran su familia, carne de su carne.Pero si Lisbeth fue la que se lanzó contra ella y usó su mano para golpearse, ¿qué tenía que ver ella en todo esto?El favoritismo puede llegar a tal punto que deja ciegos.¿Y ahora resulta que la vida que tuvo en la cárcel era una existencia tranquila y en paz?Pues si era tan tranquila, ¿por qué no metían a Lisbeth ahí?Solo por no haber crecido con ellos, la tachaban de salvaje sin educación, como si fuera un estorbo. Ni la sangre valía ante los años de convivencia, ¿entonces para qué la trajeron de vuelta?Qué ironía.Catalina intentó calmar las aguas:—Ya, tranquilos, no culpen a Flora. Ella creció en el campo, no tuvo oportunidad de recibir buena educación, es normal que su carácter sea difícil de manejar. Es comprensible.Mientras decía esto, se acercó a Flora para ayudarla a levantarse.—Anda, discúlpate con Lisbeth y ya terminemos con esto.—No hace falta, mamá. Yo entiendo que Flora me tenga resentimiento, igual que a Manu, yo...—Yo no los culpo.La voz de Flora, seca y distante, la interrumpió sin darle chance de terminar.—¿Eh?Lisbeth, llevándose la mano al vientre, se quedó pasmada, sin saber qué decir.Había imaginado mil maneras de reencontrarse con Flora, pero nunca así, tan tranquila, tan fría.—Dije que no los culpo. Y, bueno, que sean muy felices, que tengan muchos hijos.Ya no tenía ganas de seguir peleando por nada. Mucho menos por un hombre que ya no la quería. No pensaba rifarse por alguien así, ni por todo el oro del mundo.David lanzó una advertencia, molesto:—¡Ya estuvo! Aquí todos intentamos hablarte bien, pero con esa actitud tuya, después ni vengas a llorar que te sientes maltratada.—No se preocupe, señor Gámez, entre él y yo no hay nada. Puede casarse con quien quiera.David sintió como si hubiera lanzado un puñetazo al aire. Le hervía la sangre de la impotencia.Catalina percibió que Flora no era la misma de antes.Pensaba que armaría un escándalo, que exigiría justicia, pero no. Al parecer, la prisión sí le había servido para madurar; ahora era mucho más tranquila.—Está bien, sube a cambiarte de ropa y aquí termina el asunto.—Ok.Flora asintió, casi sin expresión, y comenzó a subir las escaleras.Al pasar junto a Manuel, la camisa ancha que llevaba rozó sus dedos. Sintió que tocaba nada, como si estuviera agarrando aire.¡Se había adelgazado tanto!Manuel se quedó clavado en su sitio.En sus ojos se asomó un dolor que no supo esconder, una soledad que lo apretó como si le estrujaran el corazón. Apenas podía respirar.La chica que antes lo seguía por todos lados gritándole "¡Manu!" ya no estaba.Lisbeth, inquieta, se aferró a su brazo.—Manu...Manuel la tranquilizó dándole unas palmadas en el codo, forzando una sonrisa para calmarla....Al cerrar la puerta, Flora se dejó caer, apoyada en la madera.Cinco años de encierro le habían hecho pensar que ya era de acero, insensible, incapaz de llorar o de sufrir.Pero cuando el hombre que amaba se iba con otra, y los que decían ser su familia le daban la espalda, el dolor era demoledor.Aunque, para ser sincera, en ese momento lo que más le dolía era la pierna.Hace tres años, dentro de la cárcel, unos reclusos le rompieron la pierna. El médico de la prisión le puso un tornillo de metal y le advirtió que debía cuidarse mucho.Capítulo 2—¡Prisionera 2203, ya te puedes ir!—Recuerda que tienes medio año de periodo de observación. Si cometes un error, el castigo será doble.Un estruendo resonó —¡Pum!— cuando la puerta gruesa de la cárcel se abrió poco a poco. La luz del sol, sin obstáculos, cayó de lleno sobre el rostro de Flora Aguilar.De manera instintiva, levantó la mano para protegerse, un gesto temeroso que aprendió tras años en prisión.¿Al fin era libre?Cinco años atrás, la falsa hija Lisbeth Aguilar atropelló a alguien y huyó. Poco después de que la verdadera hija, Flora, regresara a casa, la obligaron a cargar con el delito.Su familia le dijo:—Lisbeth siempre ha vivido como reina, jamás ha pasado hambre ni sufrimiento. La vida en la cárcel la destrozaría… son solo cinco años, tú eres fuerte, aguanta y se acabó.—Si aceptas, nos llevamos a tu mamá del pueblo a la ciudad y le damos el mejor tratamiento médico.Y así, Flora terminó tras las rejas.Cinco años encerrada.Nadie fue a visitarla. Ni una sola vez....—¡Flora!A lo lejos, apoyado en un lujoso Rolls Royce, David Aguilar fruncía el ceño con fastidio y le agitó la mano.Flora levantó la mirada y vio a su hermano mayor, a quien no veía desde hacía cinco años.Traje impecable, seguro de sí mismo, su aire juvenil había desaparecido, ahora parecía más adulto, aunque sus facciones guardaban esa rebeldía de siempre.Era la misma mirada con la que la había evaluado la primera vez que volvió a la familia Aguilar, hacía ocho años.—¿Tú eres mi hermana de sangre?—Al lado de Lisbeth, pareces una niña de rancho.Flora tragó saliva, sintiéndose fuera de lugar. Para ganarse su aprobación, se esforzó en aprender a vestirse bien, a tocar varios instrumentos, a estudiar hasta el amanecer si hacía falta, todo por escuchar un elogio suyo.Pero al final, él siempre prefirió a Lisbeth, quien había vivido diez años a su lado como la hija legítima.A Lisbeth le prometió:—Siempre voy a ser tu hermano, te voy a cuidar pase lo que pase.Lo decía con una ternura que a Flora le dolía en el alma.Y cumplió su palabra. Cuando la policía llegó a la casa, los papás le ordenaron a Flora admitir el delito. David, su supuesto hermano protector, solo pensaba en Lisbeth. Cuando los agentes lo interrogaron, él guardó silencio.En ese instante, Flora perdió toda esperanza.No importaba cuánto se esforzara, nunca sería parte de la familia Aguilar.—¿Qué esperas? ¡Súbete al carro!La voz de David la hizo regresar al presente. Flora se acercó, hizo una reverencia profunda.—Perdón, discúlpame por la molestia.Seguía en periodo de observación. Si quería evitar volver a esa celda, tenía que portarse bien.Cuando vio que el hombre se le acercaba, Flora dio un paso atrás, esquivando hábilmente el intento de David de tocarla.David miró su mano en el aire, el enojo le explotó en la cara.—¡Flora! ¿Ahora te crees la gran cosa o qué? ¿Vienes a jugar el papel de la señorita difícil?La actitud distante y la frialdad de Flora le parecieron insoportables.Había cancelado varias juntas internacionales solo para ir por ella, y ahora ella le respondía con esa expresión de piedra. Sintió que estaba perdiendo el tiempo.—No me atrevo.Flora movió los labios, apenas dejando salir la voz.Y era cierto, no se atrevía.Su carácter alegre de antes había desaparecido, borrado por las “lecciones” diarias de sus compañeras de celda.Recordaba cuando la cabecilla de la prisión le jalaba el cabello y le metía la cabeza en el inodoro, obligándola a ladrar como perro.—¡Mira a la pobre niña rica! Abandonada y sin nadie que la quiera. Tú, nacida en el campo, solo sirves para limpiar baños.—Nos pagaron para darte una lección.Lisbeth había atropellado al segundo hijo del Grupo Rivera, y fue la familia Rivera la que envió a esas mujeres para desquitarse con Flora.Al principio, Flora intentó defenderse, pero la golpearon hasta que se rindió.Si se resistía, la castigaban diez veces más. Sus piernas se fracturaron una y otra vez, quedando con secuelas para toda la vida...—Verte con esa cara de amargada me da asco. Ya sabía yo que eres una desagradecida, por más que te eduquen ni así aprendes a comportarte. ¡Cinco años en prisión y sigues sin saber lo que es el respeto! —David estalló, harto de no recibir ni un saludo cálido.Cinco años encerrada, soportando humillaciones, y él lo resumía como si hubiera ido a estudiar.—Tus papás todavía te esperan en casa, apúrate.Él iba delante, sin preocuparse de que Flora apenas podía caminar arrastrando una pierna.Tal vez al notar que Flora iba demasiado lento, la tomó de un jalón por el hombro y la empujó sin miramientos al asiento del copiloto.Cerró la puerta de golpe y subió al carro.—¡Qué problemita!Puso el pie en el acelerador y salieron disparados....La villa de los Aguilar.Apenas Flora entró, escuchó risas y voces alegres desde adentro.Lisbeth estaba acurrucada junto a un hombre.—Eres un travieso, solo sabes bromear conmigo. ¿Quién regala ropa comprando una tienda completa? Ya me duelen los pies de tanto andar.El hombre le masajeaba los pies, con una voz llena de ternura.—Todo es culpa mía. La próxima vez, haré que un diseñador te cree ropa exclusiva, ¿te parece?Fernando Aguilar, con tono orgulloso, levantó la mano.—¿Por qué no mejor compras la marca que te guste y así te mandan todos los modelos nuevos cada temporada?La escena parecía la de una familia perfecta y feliz.—Ejem, ejem...David carraspeó, y solo entonces todos voltearon a mirar. Al ver a Flora, Catalina Díaz —la señora Aguilar— enseguida se levantó y se acercó con entusiasmo.—Flora, bienvenida a casa. Mamá te extrañó muchísimo.Flora se quedó rígida, dejó que la abrazara, pero no le devolvió el gesto.Catalina, sorprendida por la reacción de su hija, preguntó con desconcierto:—Flora, tú...Ni terminó la frase cuando Lisbeth se lanzó hacia ellas.—Hermana, acabas de volver, ¿por qué eres tan distante con mamá? ¿Sabes cuánto sufrió por ti? ¿O acaso sigues resentida con nosotros?Flora ni la miró; su vista se clavó detrás de Lisbeth, directamente en Manuel Gámez.—¿Tú y Lisbeth andan juntos?Hace cinco años, ese mismo hombre le juró amor eterno y prometió protegerla; ahora, su ex prometido estaba con la hermana que la había traicionado.David no soportó escuchar aquello y soltó un gruñido de advertencia.—Flora, cuida tus palabras.Lisbeth, nerviosa, se mordió los labios.—Hermano, no regañes a Flora. Fue mi culpa. Flora, déjame explicarte...Manuel, muy cómodo, se acercó y rodeó con el brazo los hombros de Lisbeth.—Flora, en el fondo siempre quise a Lisbeth. Estuviste fuera mucho tiempo. Nos casamos y no te avisamos, pero espero que no me guardes rencor.¿Y ahora qué debía contestar? Si le reclamaba, ¿acaso se iba a divorciar por eso?Fernando intervino, posando como el hombre justo.—Flora, hay muchos hombres en la vida. Si tu hermana y Manuel se quieren, deberías ser generosa. Total, solo se conocieron tres años, no era tan profundo el lazo.Ocho años atrás, Flora había sido reconocida por la familia Aguilar justo el mismo día que la familia Gámez regresaba de Puerto del Sol y cenaban juntos.Ese día, el señor y la señora Gámez la eligieron como futura nuera.Manuel era atento, educado y parecía el yerno perfecto. Flora se enamoró sin remedio, lo seguía a todas partes y le decía Manu con cariño.Por él, aprendió a cocinar, se metió de lleno en la repostería, incluso ingresó a la escuela de negocios para estar a su altura, soñando con ser la pareja ideal.Manuel, tocado por todo eso, le juró que solo se casaría con ella; si rompía esa promesa, se quedaría solo en la vida.Pero al final... los intereses y las apariencias valían más.—Flora, si te sientes mal, pégame si quieres.Lisbeth apretó los dientes, agarró la mano de Flora y la usó para darse una bofetada.—Paf—El golpe resonó fuerte.Sin pensarlo, David empujó a Flora, tumbándola.—¿Por qué le pegas a Lisbeth? ¡Está embarazada!Flora cayó al suelo.Sintió, o creyó sentir, el chasquido seco del tornillo de metal partiéndose dentro de su pierna.¡El dolor fue insoportable!El sudor le brotó de golpe, empapándola como si le hubieran tirado un balde de agua. Todo su cuerpo temblaba, apenas podía contenerse.David, ignorando por completo su estado, le picoteó la cabeza con el dedo, furioso:—De verdad que ya te pasaste, Flora. Apenas llegas a la casa y ya empiezas con tus dramas. ¿Qué, te aburres de vivir tranquila o qué?Fernando también se metió, señalándola con dureza:—¿Y si al bebé de Lisbeth le pasa algo por tu culpa, vas a poder con esa responsabilidad?Flora los miró a todos, esos parientes que se suponía eran su familia, carne de su carne.Pero si Lisbeth fue la que se lanzó contra ella y usó su mano para golpearse, ¿qué tenía que ver ella en todo esto?El favoritismo puede llegar a tal punto que deja ciegos.¿Y ahora resulta que la vida que tuvo en la cárcel era una existencia tranquila y en paz?Pues si era tan tranquila, ¿por qué no metían a Lisbeth ahí?Solo por no haber crecido con ellos, la tachaban de salvaje sin educación, como si fuera un estorbo. Ni la sangre valía ante los años de convivencia, ¿entonces para qué la trajeron de vuelta?Qué ironía.Catalina intentó calmar las aguas:—Ya, tranquilos, no culpen a Flora. Ella creció en el campo, no tuvo oportunidad de recibir buena educación, es normal que su carácter sea difícil de manejar. Es comprensible.Mientras decía esto, se acercó a Flora para ayudarla a levantarse.—Anda, discúlpate con Lisbeth y ya terminemos con esto.—No hace falta, mamá. Yo entiendo que Flora me tenga resentimiento, igual que a Manu, yo...—Yo no los culpo.La voz de Flora, seca y distante, la interrumpió sin darle chance de terminar.—¿Eh?Lisbeth, llevándose la mano al vientre, se quedó pasmada, sin saber qué decir.Había imaginado mil maneras de reencontrarse con Flora, pero nunca así, tan tranquila, tan fría.—Dije que no los culpo. Y, bueno, que sean muy felices, que tengan muchos hijos.Ya no tenía ganas de seguir peleando por nada. Mucho menos por un hombre que ya no la quería. No pensaba rifarse por alguien así, ni por todo el oro del mundo.David lanzó una advertencia, molesto:—¡Ya estuvo! Aquí todos intentamos hablarte bien, pero con esa actitud tuya, después ni vengas a llorar que te sientes maltratada.—No se preocupe, señor Gámez, entre él y yo no hay nada. Puede casarse con quien quiera.David sintió como si hubiera lanzado un puñetazo al aire. Le hervía la sangre de la impotencia.Catalina percibió que Flora no era la misma de antes.Pensaba que armaría un escándalo, que exigiría justicia, pero no. Al parecer, la prisión sí le había servido para madurar; ahora era mucho más tranquila.—Está bien, sube a cambiarte de ropa y aquí termina el asunto.—Ok.Flora asintió, casi sin expresión, y comenzó a subir las escaleras.Al pasar junto a Manuel, la camisa ancha que llevaba rozó sus dedos. Sintió que tocaba nada, como si estuviera agarrando aire.¡Se había adelgazado tanto!Manuel se quedó clavado en su sitio.En sus ojos se asomó un dolor que no supo esconder, una soledad que lo apretó como si le estrujaran el corazón. Apenas podía respirar.La chica que antes lo seguía por todos lados gritándole "¡Manu!" ya no estaba.Lisbeth, inquieta, se aferró a su brazo.—Manu...Manuel la tranquilizó dándole unas palmadas en el codo, forzando una sonrisa para calmarla....Al cerrar la puerta, Flora se dejó caer, apoyada en la madera.Cinco años de encierro le habían hecho pensar que ya era de acero, insensible, incapaz de llorar o de sufrir.Pero cuando el hombre que amaba se iba con otra, y los que decían ser su familia le daban la espalda, el dolor era demoledor.Aunque, para ser sincera, en ese momento lo que más le dolía era la pierna.Hace tres años, dentro de la cárcel, unos reclusos le rompieron la pierna. El médico de la prisión le puso un tornillo de metal y le advirtió que debía cuidarse mucho.Capítulo 3—¡Prisionera 2203, ya te puedes ir!—Recuerda que tienes medio año de periodo de observación. Si cometes un error, el castigo será doble.Un estruendo resonó —¡Pum!— cuando la puerta gruesa de la cárcel se abrió poco a poco. La luz del sol, sin obstáculos, cayó de lleno sobre el rostro de Flora Aguilar.De manera instintiva, levantó la mano para protegerse, un gesto temeroso que aprendió tras años en prisión.¿Al fin era libre?Cinco años atrás, la falsa hija Lisbeth Aguilar atropelló a alguien y huyó. Poco después de que la verdadera hija, Flora, regresara a casa, la obligaron a cargar con el delito.Su familia le dijo:—Lisbeth siempre ha vivido como reina, jamás ha pasado hambre ni sufrimiento. La vida en la cárcel la destrozaría… son solo cinco años, tú eres fuerte, aguanta y se acabó.—Si aceptas, nos llevamos a tu mamá del pueblo a la ciudad y le damos el mejor tratamiento médico.Y así, Flora terminó tras las rejas.Cinco años encerrada.Nadie fue a visitarla. Ni una sola vez....—¡Flora!A lo lejos, apoyado en un lujoso Rolls Royce, David Aguilar fruncía el ceño con fastidio y le agitó la mano.Flora levantó la mirada y vio a su hermano mayor, a quien no veía desde hacía cinco años.Traje impecable, seguro de sí mismo, su aire juvenil había desaparecido, ahora parecía más adulto, aunque sus facciones guardaban esa rebeldía de siempre.Era la misma mirada con la que la había evaluado la primera vez que volvió a la familia Aguilar, hacía ocho años.—¿Tú eres mi hermana de sangre?—Al lado de Lisbeth, pareces una niña de rancho.Flora tragó saliva, sintiéndose fuera de lugar. Para ganarse su aprobación, se esforzó en aprender a vestirse bien, a tocar varios instrumentos, a estudiar hasta el amanecer si hacía falta, todo por escuchar un elogio suyo.Pero al final, él siempre prefirió a Lisbeth, quien había vivido diez años a su lado como la hija legítima.A Lisbeth le prometió:—Siempre voy a ser tu hermano, te voy a cuidar pase lo que pase.Lo decía con una ternura que a Flora le dolía en el alma.Y cumplió su palabra. Cuando la policía llegó a la casa, los papás le ordenaron a Flora admitir el delito. David, su supuesto hermano protector, solo pensaba en Lisbeth. Cuando los agentes lo interrogaron, él guardó silencio.En ese instante, Flora perdió toda esperanza.No importaba cuánto se esforzara, nunca sería parte de la familia Aguilar.—¿Qué esperas? ¡Súbete al carro!La voz de David la hizo regresar al presente. Flora se acercó, hizo una reverencia profunda.—Perdón, discúlpame por la molestia.Seguía en periodo de observación. Si quería evitar volver a esa celda, tenía que portarse bien.Cuando vio que el hombre se le acercaba, Flora dio un paso atrás, esquivando hábilmente el intento de David de tocarla.David miró su mano en el aire, el enojo le explotó en la cara.—¡Flora! ¿Ahora te crees la gran cosa o qué? ¿Vienes a jugar el papel de la señorita difícil?La actitud distante y la frialdad de Flora le parecieron insoportables.Había cancelado varias juntas internacionales solo para ir por ella, y ahora ella le respondía con esa expresión de piedra. Sintió que estaba perdiendo el tiempo.—No me atrevo.Flora movió los labios, apenas dejando salir la voz.Y era cierto, no se atrevía.Su carácter alegre de antes había desaparecido, borrado por las “lecciones” diarias de sus compañeras de celda.Recordaba cuando la cabecilla de la prisión le jalaba el cabello y le metía la cabeza en el inodoro, obligándola a ladrar como perro.—¡Mira a la pobre niña rica! Abandonada y sin nadie que la quiera. Tú, nacida en el campo, solo sirves para limpiar baños.—Nos pagaron para darte una lección.Lisbeth había atropellado al segundo hijo del Grupo Rivera, y fue la familia Rivera la que envió a esas mujeres para desquitarse con Flora.Al principio, Flora intentó defenderse, pero la golpearon hasta que se rindió.Si se resistía, la castigaban diez veces más. Sus piernas se fracturaron una y otra vez, quedando con secuelas para toda la vida...—Verte con esa cara de amargada me da asco. Ya sabía yo que eres una desagradecida, por más que te eduquen ni así aprendes a comportarte. ¡Cinco años en prisión y sigues sin saber lo que es el respeto! —David estalló, harto de no recibir ni un saludo cálido.Cinco años encerrada, soportando humillaciones, y él lo resumía como si hubiera ido a estudiar.—Tus papás todavía te esperan en casa, apúrate.Él iba delante, sin preocuparse de que Flora apenas podía caminar arrastrando una pierna.Tal vez al notar que Flora iba demasiado lento, la tomó de un jalón por el hombro y la empujó sin miramientos al asiento del copiloto.Cerró la puerta de golpe y subió al carro.—¡Qué problemita!Puso el pie en el acelerador y salieron disparados....La villa de los Aguilar.Apenas Flora entró, escuchó risas y voces alegres desde adentro.Lisbeth estaba acurrucada junto a un hombre.—Eres un travieso, solo sabes bromear conmigo. ¿Quién regala ropa comprando una tienda completa? Ya me duelen los pies de tanto andar.El hombre le masajeaba los pies, con una voz llena de ternura.—Todo es culpa mía. La próxima vez, haré que un diseñador te cree ropa exclusiva, ¿te parece?Fernando Aguilar, con tono orgulloso, levantó la mano.—¿Por qué no mejor compras la marca que te guste y así te mandan todos los modelos nuevos cada temporada?La escena parecía la de una familia perfecta y feliz.—Ejem, ejem...David carraspeó, y solo entonces todos voltearon a mirar. Al ver a Flora, Catalina Díaz —la señora Aguilar— enseguida se levantó y se acercó con entusiasmo.—Flora, bienvenida a casa. Mamá te extrañó muchísimo.Flora se quedó rígida, dejó que la abrazara, pero no le devolvió el gesto.Catalina, sorprendida por la reacción de su hija, preguntó con desconcierto:—Flora, tú...Ni terminó la frase cuando Lisbeth se lanzó hacia ellas.—Hermana, acabas de volver, ¿por qué eres tan distante con mamá? ¿Sabes cuánto sufrió por ti? ¿O acaso sigues resentida con nosotros?Flora ni la miró; su vista se clavó detrás de Lisbeth, directamente en Manuel Gámez.—¿Tú y Lisbeth andan juntos?Hace cinco años, ese mismo hombre le juró amor eterno y prometió protegerla; ahora, su ex prometido estaba con la hermana que la había traicionado.David no soportó escuchar aquello y soltó un gruñido de advertencia.—Flora, cuida tus palabras.Lisbeth, nerviosa, se mordió los labios.—Hermano, no regañes a Flora. Fue mi culpa. Flora, déjame explicarte...Manuel, muy cómodo, se acercó y rodeó con el brazo los hombros de Lisbeth.—Flora, en el fondo siempre quise a Lisbeth. Estuviste fuera mucho tiempo. Nos casamos y no te avisamos, pero espero que no me guardes rencor.¿Y ahora qué debía contestar? Si le reclamaba, ¿acaso se iba a divorciar por eso?Fernando intervino, posando como el hombre justo.—Flora, hay muchos hombres en la vida. Si tu hermana y Manuel se quieren, deberías ser generosa. Total, solo se conocieron tres años, no era tan profundo el lazo.Ocho años atrás, Flora había sido reconocida por la familia Aguilar justo el mismo día que la familia Gámez regresaba de Puerto del Sol y cenaban juntos.Ese día, el señor y la señora Gámez la eligieron como futura nuera.Manuel era atento, educado y parecía el yerno perfecto. Flora se enamoró sin remedio, lo seguía a todas partes y le decía Manu con cariño.Por él, aprendió a cocinar, se metió de lleno en la repostería, incluso ingresó a la escuela de negocios para estar a su altura, soñando con ser la pareja ideal.Manuel, tocado por todo eso, le juró que solo se casaría con ella; si rompía esa promesa, se quedaría solo en la vida.Pero al final... los intereses y las apariencias valían más.—Flora, si te sientes mal, pégame si quieres.Lisbeth apretó los dientes, agarró la mano de Flora y la usó para darse una bofetada.—Paf—El golpe resonó fuerte.Sin pensarlo, David empujó a Flora, tumbándola.—¿Por qué le pegas a Lisbeth? ¡Está embarazada!Flora cayó al suelo.Sintió, o creyó sentir, el chasquido seco del tornillo de metal partiéndose dentro de su pierna.¡El dolor fue insoportable!El sudor le brotó de golpe, empapándola como si le hubieran tirado un balde de agua. Todo su cuerpo temblaba, apenas podía contenerse.David, ignorando por completo su estado, le picoteó la cabeza con el dedo, furioso:—De verdad que ya te pasaste, Flora. Apenas llegas a la casa y ya empiezas con tus dramas. ¿Qué, te aburres de vivir tranquila o qué?Fernando también se metió, señalándola con dureza:—¿Y si al bebé de Lisbeth le pasa algo por tu culpa, vas a poder con esa responsabilidad?Flora los miró a todos, esos parientes que se suponía eran su familia, carne de su carne.Pero si Lisbeth fue la que se lanzó contra ella y usó su mano para golpearse, ¿qué tenía que ver ella en todo esto?El favoritismo puede llegar a tal punto que deja ciegos.¿Y ahora resulta que la vida que tuvo en la cárcel era una existencia tranquila y en paz?Pues si era tan tranquila, ¿por qué no metían a Lisbeth ahí?Solo por no haber crecido con ellos, la tachaban de salvaje sin educación, como si fuera un estorbo. Ni la sangre valía ante los años de convivencia, ¿entonces para qué la trajeron de vuelta?Qué ironía.Catalina intentó calmar las aguas:—Ya, tranquilos, no culpen a Flora. Ella creció en el campo, no tuvo oportunidad de recibir buena educación, es normal que su carácter sea difícil de manejar. Es comprensible.Mientras decía esto, se acercó a Flora para ayudarla a levantarse.—Anda, discúlpate con Lisbeth y ya terminemos con esto.—No hace falta, mamá. Yo entiendo que Flora me tenga resentimiento, igual que a Manu, yo...—Yo no los culpo.La voz de Flora, seca y distante, la interrumpió sin darle chance de terminar.—¿Eh?Lisbeth, llevándose la mano al vientre, se quedó pasmada, sin saber qué decir.Había imaginado mil maneras de reencontrarse con Flora, pero nunca así, tan tranquila, tan fría.—Dije que no los culpo. Y, bueno, que sean muy felices, que tengan muchos hijos.Ya no tenía ganas de seguir peleando por nada. Mucho menos por un hombre que ya no la quería. No pensaba rifarse por alguien así, ni por todo el oro del mundo.David lanzó una advertencia, molesto:—¡Ya estuvo! Aquí todos intentamos hablarte bien, pero con esa actitud tuya, después ni vengas a llorar que te sientes maltratada.—No se preocupe, señor Gámez, entre él y yo no hay nada. Puede casarse con quien quiera.David sintió como si hubiera lanzado un puñetazo al aire. Le hervía la sangre de la impotencia.Catalina percibió que Flora no era la misma de antes.Pensaba que armaría un escándalo, que exigiría justicia, pero no. Al parecer, la prisión sí le había servido para madurar; ahora era mucho más tranquila.—Está bien, sube a cambiarte de ropa y aquí termina el asunto.—Ok.Flora asintió, casi sin expresión, y comenzó a subir las escaleras.Al pasar junto a Manuel, la camisa ancha que llevaba rozó sus dedos. Sintió que tocaba nada, como si estuviera agarrando aire.¡Se había adelgazado tanto!Manuel se quedó clavado en su sitio.En sus ojos se asomó un dolor que no supo esconder, una soledad que lo apretó como si le estrujaran el corazón. Apenas podía respirar.La chica que antes lo seguía por todos lados gritándole "¡Manu!" ya no estaba.Lisbeth, inquieta, se aferró a su brazo.—Manu...Manuel la tranquilizó dándole unas palmadas en el codo, forzando una sonrisa para calmarla....Al cerrar la puerta, Flora se dejó caer, apoyada en la madera.Cinco años de encierro le habían hecho pensar que ya era de acero, insensible, incapaz de llorar o de sufrir.Pero cuando el hombre que amaba se iba con otra, y los que decían ser su familia le daban la espalda, el dolor era demoledor.Aunque, para ser sincera, en ese momento lo que más le dolía era la pierna.Hace tres años, dentro de la cárcel, unos reclusos le rompieron la pierna. El médico de la prisión le puso un tornillo de metal y le advirtió que debía cuidarse mucho.

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