Capítulo 1Livia Herrero estaba sentada frente a su escritorio, repasando una y otra vez la pantalla de su celular. Hoy era día de pago, y en cuanto el dinero cayera en su cuenta, pensaba largarse sin mirar atrás.Esta era su primera chamba, y aunque al principio soñaba con hacer carrera y demostrar de lo que era capaz, pronto descubrió que su jefe era todo un acosador. Se decía entre las empleadas que varias chicas ya habían pasado por lo mismo: el tipo las molestaba, y ninguna aguantaba mucho tiempo antes de renunciar.Desde su primer día, el jefe la había puesto en la mira. Durante los tres meses que llevaba ahí, Livia vivía siempre a la defensiva, como si cada día tuviera que esquivar a un depredador. Cada movimiento del tipo la ponía tensa, y tenía que andar con mil ojos.Apenas hace un rato, el jefe le había pedido que al salir fuera a su oficina. Solo de pensar en lo que había intentado la última vez, se le revolvía el estómago. No tenía ni la mínima intención de volver a quedarse sola con él, así que su plan era claro: en cuanto le pagaran, adiós para siempre.Livia cruzaba los dedos para que el depósito llegara pronto. En cuanto tuviera el dinero en la mano, le tiraría la renuncia en la cara al jefe asqueroso y se iría sin voltear.El celular ya casi se le quedaba sin batería de tanto revisarlo. Finalmente, cuando faltaba solo una hora para terminar la jornada, el teléfono vibró y sonó —¡ding dong!—Livia agarró el celular de inmediato, y al ver la notificación, una sonrisa se dibujó en sus labios.Le habían depositado el sueldo. Era el momento perfecto para largarse.Se colgó la bolsa al hombro, sacó la carta de renuncia que ya tenía lista y la puso sobre el escritorio, antes de salir con paso firme y seguro por la puerta de la oficina.Apenas pisó la calle, no se detuvo: salió corriendo como si la estuvieran persiguiendo. No quería darle ni una oportunidad al jefe de alcanzarla o tratar de detenerla.Mientras corría, no pudo evitar soltar una carcajada. Solo de imaginarse la cara que pondría el jefe cuando leyera su renuncia, casi le daban ganas de volver para verlo. Seguro le temblarían las pocas greñas que aún le quedaban de la rabia.Ahora lo único que quería era buscar a su mejor amiga, Matilde Paredes, y celebrar a lo grande su libertad....En la oficina, ya era la hora de salida, y el jefe todavía esperaba a Livia en su despacho. El tipo llevaba rato impaciente, pensando en la carita inocente de la chica y en su figura. No se podía estar quieto, la ansiedad lo carcomía. Estaba convencido de que tarde o temprano la tendría, usando cualquier método.Abrió el cajón y sacó varios fajos de billetes nuevos, poniéndolos sobre el escritorio. Pensaba que, como Livia acababa de graduarse, debía estar necesitada de dinero, y que con unos cuantos billetes podría convencerla de hacer lo que él quisiera.Al ver que no llegaba, salió de la oficina y fue al área común. Para su sorpresa, no había ni un alma.¡La muy mocosa lo había dejado plantado! Lo había abandonado ahí, solo como un tonto. Mañana pensaba hacerla pagar por eso.Se acercó al escritorio de Livia y vio que, salvo una hoja de papel, no quedaba absolutamente nada. Tomó la hoja y, al leerla, sintió que la sangre le hervía.En la carta estaba escrito, con una letra firme:[Calvo asqueroso, ¡estás despedido! Yo sí me largo. Los mensajes que me mandaste y las grabaciones donde me acosaste ya las mandé a todos en la empresa, incluida tu esposa. Así que mejor ve preparando el rincón de las disculpas en tu casa.]Al leer eso, el jefe no aguantó la rabia y destrozó la carta entre sus manos, haciéndola trizas.Jamás se imaginó que un día lo haría quedar en ridículo una mocosa como ella.Se quedó sin el premio y, además, perdió toda la dignidad.Con el coraje a flor de piel, le soltó un puñetazo al escritorio de Livia.En ese momento, el celular comenzó a sonar estruendosamente. Miró la pantalla y vio que era su esposa.Temblando, contestó la llamada. Apenas escuchó la voz al otro lado, una tormenta de gritos lo sacudió:[—¡Diego, desgraciado! ¡Más te vale que vengas, pero ya mismo!—]Al recibir la llamada de su esposa, el jefe acosador se desinfló en un segundo. Sabía que, al llegar a su casa, le esperaba otra tormenta de problemas, como si lo fueran a arrastrar en medio de una lluvia de reproches y gritos....Livia llegó hasta el edificio donde trabajaba su mejor amiga. No pasó mucho tiempo antes de que Matilde saliera corriendo de la oficina, agitando los brazos con emoción.—Livi, ¡eres increíble! Te aplaudo con las manos y hasta con los pies si hace falta —exclamó Matilde, casi saltando de la emoción.Livia ya le había contado todo a Matilde: su renuncia y el plan para darle una lección al jefe acosador. Matilde estaba tan impresionada que parecía que la admiraba como si fuera una heroína de película.—¡Vamos! Para celebrar que nuestra querida Livi se escapó de las garras del monstruo y le puso un alto al acosador, hoy sí que vamos a festejar en grande —dijo Matilde, tomándola de la mano y jalándola rumbo a la salida.—Matilde, ya recibí mi sueldo. Lo que quieras comer, yo invito hoy —dijo Livia, sonriendo de oreja a oreja.—La vez pasada tú pagaste, ahora me toca a mí. Y no vayas a pelearme la cuenta, ¿eh? Vámonos al mismo lugar de siempre —replicó Matilde, guiñándole un ojo mientras se encaminaban juntas hacia Sabor Latino, su restaurante favorito....Livia y Matilde se conocían desde la universidad. Desde el primer día las asignaron al mismo cuarto, y durante cuatro años compartieron no solo el espacio, sino secretos, risas y hasta llantos. Eran inseparables.Matilde era de la ciudad, mientras que Livia venía de un pueblo lejano. Eso nunca fue un problema entre ellas; al contrario, cada fin de semana Matilde invitaba a Livia a pasar tiempo en su casa.La mamá de Matilde era un ángel de persona. Siempre recibía a Livia con los brazos abiertos y le cocinaba todos sus platillos favoritos. A veces, Livia sentía que la mamá de Matilde la cuidaba incluso más que la suya propia....No tardaron mucho en llegar a Sabor Latino. El lugar tenía ese ambiente familiar que las hacía sentir como en casa. Apenas se sentaron, Livia le pasó la carta a Matilde.—Matilde, en serio, pide lo que quieras. Hoy yo pago —le aseguró Livia, empujándole el menú con insistencia.—Entonces no me ando con rodeos, ¿eh? —respondió Matilde, lanzándole una sonrisa traviesa.Eligieron sus platillos y, cuando la mesera regresó, entregaron la carta. Al poco rato, empezaron a llegar los platillos: brochetas jugosas, tortillas recién hechas y las bebidas bien frías.Entre bocados y brindis, las dos amigas reían y platicaban como si el mundo fuera solo suyo. El bullicio del restaurante las envolvía, pero ninguna prestaba atención a nada más que a su propia felicidad.De repente, el celular de Livia vibró varias veces.—Ding dong, ding dong—Livia lo sacó para revisar los mensajes. Al ver las imágenes, la sonrisa se le borró del rostro como si alguien hubiera apagado la luz de golpe.—¿Livi, qué pasó? —preguntó Matilde de inmediato, notando el cambio en su expresión.Livia se quedó mirando el teléfono, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Le temblaban las manos, como si el frío le hubiera calado hasta los huesos.Sin esperar más, Matilde le arrebató el celular.Apenas vio las fotos, Matilde no pudo contenerse, explotó furiosa:—¡Desgraciado, malnacido! ¿Cómo se atreve a hacerte esto y encima te manda las fotos? ¿Qué le pasa? ¿Acaso está enfermo?—Livi, no te vas a quedar así. Yo misma le llamo y le digo hasta de lo que se va a morir —dijo Matilde, marcando el número de Félix, el novio de Livia, antes de que su amiga pudiera decir algo.Livia había recibido varias fotos enviadas por su novio, Félix Noguera. En las imágenes, un hombre y una mujer estaban acostados en la cama, sin ropa alguna. El hombre era el mismísimo Félix, con quien Livia apenas llevaba tres meses de relación.Lo más cruel era que, junto a las fotos, Félix le escribió por WhatsApp que se había enamorado de otra y que quería terminar con ella.Ese tipo la había buscado durante tres años, jurando que solo amaría a Livia en toda su vida. Pero apenas llevaban tres meses juntos y ya estaba en la cama con otra. Peor aún, tuvo el descaro de enviarle las fotos a Livia como si se tratara de una broma de mal gusto.Matilde apretó el teléfono contra la oreja, pero solo escuchó la grabación de que el número estaba apagado.—¡Maldito, apagó el celular! —espetó Matilde, soltando una palabrota.—Livi, vámonos a buscarlo a su casa. No me voy a quedar tranquila hasta que le dé su merecido a ese desgraciado —dijo Matilde, tronándose los dedos, lista para la pelea.Ver a su novio acostado, completamente desnudo junto a otra mujer en la misma cama, no hizo que Livia sintiera ni una pizca de tristeza o dolor.Félix la había perseguido durante tres años enteros. Durante ese tiempo, Livia lo rechazó una y otra vez, pero Félix nunca se rindió.Hasta que, una noche de hace tres meses, unos tipos la acorralaron en un callejón. Félix, sin importarle el riesgo, se lanzó a defenderla, terminando todo golpeado, pero sin dejar de protegerla ni un segundo.Después de ese día, Livia comenzó a verlo con otros ojos. Félix era atractivo, venía de una buena familia, y le demostraba una dedicación inquebrantable. Pensó que salir con alguien así no era una mala idea, que al menos no salía perdiendo.Así que, en otra de esas confesiones de Félix, Livia aceptó ser su novia.Quién iba a imaginarse que, apenas tres meses después de empezar, Félix terminaría haciendo algo como esto.La verdad, Livia nunca llegó a sentir nada fuerte por Félix. En esos tres meses, ni siquiera le permitió tomarle la mano.Cada vez que él intentaba acercarse un poco más, ella encontraba la excusa perfecta: “todavía no es el momento”. Así, lo mantenía a raya.Ahora que Félix había encontrado a otra, romper era lo más lógico. Y siendo sinceros, tampoco es que Livia estuviera perdiendo algo de valor. Tomó su celular y le mandó un WhatsApp a Félix:[Está bien, terminamos. Mejor no volvamos a hablar.]En cuanto lo envió, lo eliminó de sus contactos, sin pensarlo dos veces.—Vámonos, regresemos —dijo Livia, poniéndose de pie.—¿No piensas ir a buscar a Félix y aclarar esto? —preguntó Matilde, mirándola con incredulidad.—Ya le mandé un WhatsApp terminando todo. No tengo nada más que hablar con él —contestó Livia, tan tranquila como si hablara del clima.—¿Y así nada más lo perdonas, después de lo que te hizo? —Matilde no podía ocultar su enojo.—¿Y qué caso tiene buscarlo? Ya se acostó con otra. Un tipo así no vale la pena, ni modo que pierda mi tiempo en él.—Livi, de verdad que tú sí que ves las cosas como son. Tienes razón, ese tipo no vale ni un peso. Ya vas a ver, te voy a conseguir alguien más guapo y mucho mejor que él.—Ahorita no quiero saber nada del amor. Lo que quiero es encontrar un buen trabajo, y rápido.—El trabajo llegará, y el pan también. Pero hoy, hoy vamos a divertirnos en serio. ¡Vámonos! Tengo el lugar perfecto para ti....Cuando llegaron, Livia por fin entendió a qué se refería Matilde con “el lugar perfecto”: era un bar.Livia siguió a Matilde y, en cuanto entraron, ella pidió dos tragos de fruta con toda la confianza del mundo. Se sentaron y empezaron a beber.Era la primera vez que Livia visitaba un bar. Ese ambiente tan ruidoso no era lo suyo, ni de cerca. Si no fuera porque Matilde la arrastró, jamás se le hubiera pasado por la cabeza entrar a un sitio así.La música retumbaba tan fuerte que sentía los oídos a punto de estallar, y bajo esas luces tenues y parpadeantes, le daba la impresión de que nadie ahí era de fiar.El aire olía a cigarro y alcohol, y no había ni un rincón que le pareciera atractivo.En el otro extremo, en una zona VIP del bar, Orlando Cortés estaba sentado con una actitud completamente ajena al bullicio. Observaba todo con una expresión de desdén, como si aquello fuera lo más aburrido del mundo.Iván Gálvez, mientras tanto, tenía a una mujer de cada lado, se notaba encantado con la situación. Miró a Orlando como si fuera un bicho raro y, sin perder la oportunidad de burlarse, le soltó:—Orlando, esto es un bar, no tu sala de juntas. ¿Por qué tan serio, compa? No hace falta que estés como en una junta de trabajo.Orlando lo fulminó con la mirada, afilada como un cuchillo. Al ver a Iván tan relajado, disfrutando mientras las chicas a su lado le daban uvas en la boca, no pudo evitar sentir una punzada de asco.Orlando era obsesivo con la limpieza; jamás comía algo que hubiera pasado por las manos de otra persona. No entendía cómo Iván podía dejar que esas mujeres, sin saber si siquiera se habían lavado las manos, le dieran de comer como si nada. Y lo peor: él disfrutándolo como si fuera un rey....El ambiente seguía cargado de risas, bromas y música, pero en medio de todo ese caos, había quienes solo contaban los minutos para largarse de ahí.Capítulo 2Livia Herrero estaba sentada frente a su escritorio, repasando una y otra vez la pantalla de su celular. Hoy era día de pago, y en cuanto el dinero cayera en su cuenta, pensaba largarse sin mirar atrás.Esta era su primera chamba, y aunque al principio soñaba con hacer carrera y demostrar de lo que era capaz, pronto descubrió que su jefe era todo un acosador. Se decía entre las empleadas que varias chicas ya habían pasado por lo mismo: el tipo las molestaba, y ninguna aguantaba mucho tiempo antes de renunciar.Desde su primer día, el jefe la había puesto en la mira. Durante los tres meses que llevaba ahí, Livia vivía siempre a la defensiva, como si cada día tuviera que esquivar a un depredador. Cada movimiento del tipo la ponía tensa, y tenía que andar con mil ojos.Apenas hace un rato, el jefe le había pedido que al salir fuera a su oficina. Solo de pensar en lo que había intentado la última vez, se le revolvía el estómago. No tenía ni la mínima intención de volver a quedarse sola con él, así que su plan era claro: en cuanto le pagaran, adiós para siempre.Livia cruzaba los dedos para que el depósito llegara pronto. En cuanto tuviera el dinero en la mano, le tiraría la renuncia en la cara al jefe asqueroso y se iría sin voltear.El celular ya casi se le quedaba sin batería de tanto revisarlo. Finalmente, cuando faltaba solo una hora para terminar la jornada, el teléfono vibró y sonó —¡ding dong!—Livia agarró el celular de inmediato, y al ver la notificación, una sonrisa se dibujó en sus labios.Le habían depositado el sueldo. Era el momento perfecto para largarse.Se colgó la bolsa al hombro, sacó la carta de renuncia que ya tenía lista y la puso sobre el escritorio, antes de salir con paso firme y seguro por la puerta de la oficina.Apenas pisó la calle, no se detuvo: salió corriendo como si la estuvieran persiguiendo. No quería darle ni una oportunidad al jefe de alcanzarla o tratar de detenerla.Mientras corría, no pudo evitar soltar una carcajada. Solo de imaginarse la cara que pondría el jefe cuando leyera su renuncia, casi le daban ganas de volver para verlo. Seguro le temblarían las pocas greñas que aún le quedaban de la rabia.Ahora lo único que quería era buscar a su mejor amiga, Matilde Paredes, y celebrar a lo grande su libertad....En la oficina, ya era la hora de salida, y el jefe todavía esperaba a Livia en su despacho. El tipo llevaba rato impaciente, pensando en la carita inocente de la chica y en su figura. No se podía estar quieto, la ansiedad lo carcomía. Estaba convencido de que tarde o temprano la tendría, usando cualquier método.Abrió el cajón y sacó varios fajos de billetes nuevos, poniéndolos sobre el escritorio. Pensaba que, como Livia acababa de graduarse, debía estar necesitada de dinero, y que con unos cuantos billetes podría convencerla de hacer lo que él quisiera.Al ver que no llegaba, salió de la oficina y fue al área común. Para su sorpresa, no había ni un alma.¡La muy mocosa lo había dejado plantado! Lo había abandonado ahí, solo como un tonto. Mañana pensaba hacerla pagar por eso.Se acercó al escritorio de Livia y vio que, salvo una hoja de papel, no quedaba absolutamente nada. Tomó la hoja y, al leerla, sintió que la sangre le hervía.En la carta estaba escrito, con una letra firme:[Calvo asqueroso, ¡estás despedido! Yo sí me largo. Los mensajes que me mandaste y las grabaciones donde me acosaste ya las mandé a todos en la empresa, incluida tu esposa. Así que mejor ve preparando el rincón de las disculpas en tu casa.]Al leer eso, el jefe no aguantó la rabia y destrozó la carta entre sus manos, haciéndola trizas.Jamás se imaginó que un día lo haría quedar en ridículo una mocosa como ella.Se quedó sin el premio y, además, perdió toda la dignidad.Con el coraje a flor de piel, le soltó un puñetazo al escritorio de Livia.En ese momento, el celular comenzó a sonar estruendosamente. Miró la pantalla y vio que era su esposa.Temblando, contestó la llamada. Apenas escuchó la voz al otro lado, una tormenta de gritos lo sacudió:[—¡Diego, desgraciado! ¡Más te vale que vengas, pero ya mismo!—]Al recibir la llamada de su esposa, el jefe acosador se desinfló en un segundo. Sabía que, al llegar a su casa, le esperaba otra tormenta de problemas, como si lo fueran a arrastrar en medio de una lluvia de reproches y gritos....Livia llegó hasta el edificio donde trabajaba su mejor amiga. No pasó mucho tiempo antes de que Matilde saliera corriendo de la oficina, agitando los brazos con emoción.—Livi, ¡eres increíble! Te aplaudo con las manos y hasta con los pies si hace falta —exclamó Matilde, casi saltando de la emoción.Livia ya le había contado todo a Matilde: su renuncia y el plan para darle una lección al jefe acosador. Matilde estaba tan impresionada que parecía que la admiraba como si fuera una heroína de película.—¡Vamos! Para celebrar que nuestra querida Livi se escapó de las garras del monstruo y le puso un alto al acosador, hoy sí que vamos a festejar en grande —dijo Matilde, tomándola de la mano y jalándola rumbo a la salida.—Matilde, ya recibí mi sueldo. Lo que quieras comer, yo invito hoy —dijo Livia, sonriendo de oreja a oreja.—La vez pasada tú pagaste, ahora me toca a mí. Y no vayas a pelearme la cuenta, ¿eh? Vámonos al mismo lugar de siempre —replicó Matilde, guiñándole un ojo mientras se encaminaban juntas hacia Sabor Latino, su restaurante favorito....Livia y Matilde se conocían desde la universidad. Desde el primer día las asignaron al mismo cuarto, y durante cuatro años compartieron no solo el espacio, sino secretos, risas y hasta llantos. Eran inseparables.Matilde era de la ciudad, mientras que Livia venía de un pueblo lejano. Eso nunca fue un problema entre ellas; al contrario, cada fin de semana Matilde invitaba a Livia a pasar tiempo en su casa.La mamá de Matilde era un ángel de persona. Siempre recibía a Livia con los brazos abiertos y le cocinaba todos sus platillos favoritos. A veces, Livia sentía que la mamá de Matilde la cuidaba incluso más que la suya propia....No tardaron mucho en llegar a Sabor Latino. El lugar tenía ese ambiente familiar que las hacía sentir como en casa. Apenas se sentaron, Livia le pasó la carta a Matilde.—Matilde, en serio, pide lo que quieras. Hoy yo pago —le aseguró Livia, empujándole el menú con insistencia.—Entonces no me ando con rodeos, ¿eh? —respondió Matilde, lanzándole una sonrisa traviesa.Eligieron sus platillos y, cuando la mesera regresó, entregaron la carta. Al poco rato, empezaron a llegar los platillos: brochetas jugosas, tortillas recién hechas y las bebidas bien frías.Entre bocados y brindis, las dos amigas reían y platicaban como si el mundo fuera solo suyo. El bullicio del restaurante las envolvía, pero ninguna prestaba atención a nada más que a su propia felicidad.De repente, el celular de Livia vibró varias veces.—Ding dong, ding dong—Livia lo sacó para revisar los mensajes. Al ver las imágenes, la sonrisa se le borró del rostro como si alguien hubiera apagado la luz de golpe.—¿Livi, qué pasó? —preguntó Matilde de inmediato, notando el cambio en su expresión.Livia se quedó mirando el teléfono, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Le temblaban las manos, como si el frío le hubiera calado hasta los huesos.Sin esperar más, Matilde le arrebató el celular.Apenas vio las fotos, Matilde no pudo contenerse, explotó furiosa:—¡Desgraciado, malnacido! ¿Cómo se atreve a hacerte esto y encima te manda las fotos? ¿Qué le pasa? ¿Acaso está enfermo?—Livi, no te vas a quedar así. Yo misma le llamo y le digo hasta de lo que se va a morir —dijo Matilde, marcando el número de Félix, el novio de Livia, antes de que su amiga pudiera decir algo.Livia había recibido varias fotos enviadas por su novio, Félix Noguera. En las imágenes, un hombre y una mujer estaban acostados en la cama, sin ropa alguna. El hombre era el mismísimo Félix, con quien Livia apenas llevaba tres meses de relación.Lo más cruel era que, junto a las fotos, Félix le escribió por WhatsApp que se había enamorado de otra y que quería terminar con ella.Ese tipo la había buscado durante tres años, jurando que solo amaría a Livia en toda su vida. Pero apenas llevaban tres meses juntos y ya estaba en la cama con otra. Peor aún, tuvo el descaro de enviarle las fotos a Livia como si se tratara de una broma de mal gusto.Matilde apretó el teléfono contra la oreja, pero solo escuchó la grabación de que el número estaba apagado.—¡Maldito, apagó el celular! —espetó Matilde, soltando una palabrota.—Livi, vámonos a buscarlo a su casa. No me voy a quedar tranquila hasta que le dé su merecido a ese desgraciado —dijo Matilde, tronándose los dedos, lista para la pelea.Ver a su novio acostado, completamente desnudo junto a otra mujer en la misma cama, no hizo que Livia sintiera ni una pizca de tristeza o dolor.Félix la había perseguido durante tres años enteros. Durante ese tiempo, Livia lo rechazó una y otra vez, pero Félix nunca se rindió.Hasta que, una noche de hace tres meses, unos tipos la acorralaron en un callejón. Félix, sin importarle el riesgo, se lanzó a defenderla, terminando todo golpeado, pero sin dejar de protegerla ni un segundo.Después de ese día, Livia comenzó a verlo con otros ojos. Félix era atractivo, venía de una buena familia, y le demostraba una dedicación inquebrantable. Pensó que salir con alguien así no era una mala idea, que al menos no salía perdiendo.Así que, en otra de esas confesiones de Félix, Livia aceptó ser su novia.Quién iba a imaginarse que, apenas tres meses después de empezar, Félix terminaría haciendo algo como esto.La verdad, Livia nunca llegó a sentir nada fuerte por Félix. En esos tres meses, ni siquiera le permitió tomarle la mano.Cada vez que él intentaba acercarse un poco más, ella encontraba la excusa perfecta: “todavía no es el momento”. Así, lo mantenía a raya.Ahora que Félix había encontrado a otra, romper era lo más lógico. Y siendo sinceros, tampoco es que Livia estuviera perdiendo algo de valor. Tomó su celular y le mandó un WhatsApp a Félix:[Está bien, terminamos. Mejor no volvamos a hablar.]En cuanto lo envió, lo eliminó de sus contactos, sin pensarlo dos veces.—Vámonos, regresemos —dijo Livia, poniéndose de pie.—¿No piensas ir a buscar a Félix y aclarar esto? —preguntó Matilde, mirándola con incredulidad.—Ya le mandé un WhatsApp terminando todo. No tengo nada más que hablar con él —contestó Livia, tan tranquila como si hablara del clima.—¿Y así nada más lo perdonas, después de lo que te hizo? —Matilde no podía ocultar su enojo.—¿Y qué caso tiene buscarlo? Ya se acostó con otra. Un tipo así no vale la pena, ni modo que pierda mi tiempo en él.—Livi, de verdad que tú sí que ves las cosas como son. Tienes razón, ese tipo no vale ni un peso. Ya vas a ver, te voy a conseguir alguien más guapo y mucho mejor que él.—Ahorita no quiero saber nada del amor. Lo que quiero es encontrar un buen trabajo, y rápido.—El trabajo llegará, y el pan también. Pero hoy, hoy vamos a divertirnos en serio. ¡Vámonos! Tengo el lugar perfecto para ti....Cuando llegaron, Livia por fin entendió a qué se refería Matilde con “el lugar perfecto”: era un bar.Livia siguió a Matilde y, en cuanto entraron, ella pidió dos tragos de fruta con toda la confianza del mundo. Se sentaron y empezaron a beber.Era la primera vez que Livia visitaba un bar. Ese ambiente tan ruidoso no era lo suyo, ni de cerca. Si no fuera porque Matilde la arrastró, jamás se le hubiera pasado por la cabeza entrar a un sitio así.La música retumbaba tan fuerte que sentía los oídos a punto de estallar, y bajo esas luces tenues y parpadeantes, le daba la impresión de que nadie ahí era de fiar.El aire olía a cigarro y alcohol, y no había ni un rincón que le pareciera atractivo.En el otro extremo, en una zona VIP del bar, Orlando Cortés estaba sentado con una actitud completamente ajena al bullicio. Observaba todo con una expresión de desdén, como si aquello fuera lo más aburrido del mundo.Iván Gálvez, mientras tanto, tenía a una mujer de cada lado, se notaba encantado con la situación. Miró a Orlando como si fuera un bicho raro y, sin perder la oportunidad de burlarse, le soltó:—Orlando, esto es un bar, no tu sala de juntas. ¿Por qué tan serio, compa? No hace falta que estés como en una junta de trabajo.Orlando lo fulminó con la mirada, afilada como un cuchillo. Al ver a Iván tan relajado, disfrutando mientras las chicas a su lado le daban uvas en la boca, no pudo evitar sentir una punzada de asco.Orlando era obsesivo con la limpieza; jamás comía algo que hubiera pasado por las manos de otra persona. No entendía cómo Iván podía dejar que esas mujeres, sin saber si siquiera se habían lavado las manos, le dieran de comer como si nada. Y lo peor: él disfrutándolo como si fuera un rey....El ambiente seguía cargado de risas, bromas y música, pero en medio de todo ese caos, había quienes solo contaban los minutos para largarse de ahí.Capítulo 3Livia Herrero estaba sentada frente a su escritorio, repasando una y otra vez la pantalla de su celular. Hoy era día de pago, y en cuanto el dinero cayera en su cuenta, pensaba largarse sin mirar atrás.Esta era su primera chamba, y aunque al principio soñaba con hacer carrera y demostrar de lo que era capaz, pronto descubrió que su jefe era todo un acosador. Se decía entre las empleadas que varias chicas ya habían pasado por lo mismo: el tipo las molestaba, y ninguna aguantaba mucho tiempo antes de renunciar.Desde su primer día, el jefe la había puesto en la mira. Durante los tres meses que llevaba ahí, Livia vivía siempre a la defensiva, como si cada día tuviera que esquivar a un depredador. Cada movimiento del tipo la ponía tensa, y tenía que andar con mil ojos.Apenas hace un rato, el jefe le había pedido que al salir fuera a su oficina. Solo de pensar en lo que había intentado la última vez, se le revolvía el estómago. No tenía ni la mínima intención de volver a quedarse sola con él, así que su plan era claro: en cuanto le pagaran, adiós para siempre.Livia cruzaba los dedos para que el depósito llegara pronto. En cuanto tuviera el dinero en la mano, le tiraría la renuncia en la cara al jefe asqueroso y se iría sin voltear.El celular ya casi se le quedaba sin batería de tanto revisarlo. Finalmente, cuando faltaba solo una hora para terminar la jornada, el teléfono vibró y sonó —¡ding dong!—Livia agarró el celular de inmediato, y al ver la notificación, una sonrisa se dibujó en sus labios.Le habían depositado el sueldo. Era el momento perfecto para largarse.Se colgó la bolsa al hombro, sacó la carta de renuncia que ya tenía lista y la puso sobre el escritorio, antes de salir con paso firme y seguro por la puerta de la oficina.Apenas pisó la calle, no se detuvo: salió corriendo como si la estuvieran persiguiendo. No quería darle ni una oportunidad al jefe de alcanzarla o tratar de detenerla.Mientras corría, no pudo evitar soltar una carcajada. Solo de imaginarse la cara que pondría el jefe cuando leyera su renuncia, casi le daban ganas de volver para verlo. Seguro le temblarían las pocas greñas que aún le quedaban de la rabia.Ahora lo único que quería era buscar a su mejor amiga, Matilde Paredes, y celebrar a lo grande su libertad....En la oficina, ya era la hora de salida, y el jefe todavía esperaba a Livia en su despacho. El tipo llevaba rato impaciente, pensando en la carita inocente de la chica y en su figura. No se podía estar quieto, la ansiedad lo carcomía. Estaba convencido de que tarde o temprano la tendría, usando cualquier método.Abrió el cajón y sacó varios fajos de billetes nuevos, poniéndolos sobre el escritorio. Pensaba que, como Livia acababa de graduarse, debía estar necesitada de dinero, y que con unos cuantos billetes podría convencerla de hacer lo que él quisiera.Al ver que no llegaba, salió de la oficina y fue al área común. Para su sorpresa, no había ni un alma.¡La muy mocosa lo había dejado plantado! Lo había abandonado ahí, solo como un tonto. Mañana pensaba hacerla pagar por eso.Se acercó al escritorio de Livia y vio que, salvo una hoja de papel, no quedaba absolutamente nada. Tomó la hoja y, al leerla, sintió que la sangre le hervía.En la carta estaba escrito, con una letra firme:[Calvo asqueroso, ¡estás despedido! Yo sí me largo. Los mensajes que me mandaste y las grabaciones donde me acosaste ya las mandé a todos en la empresa, incluida tu esposa. Así que mejor ve preparando el rincón de las disculpas en tu casa.]Al leer eso, el jefe no aguantó la rabia y destrozó la carta entre sus manos, haciéndola trizas.Jamás se imaginó que un día lo haría quedar en ridículo una mocosa como ella.Se quedó sin el premio y, además, perdió toda la dignidad.Con el coraje a flor de piel, le soltó un puñetazo al escritorio de Livia.En ese momento, el celular comenzó a sonar estruendosamente. Miró la pantalla y vio que era su esposa.Temblando, contestó la llamada. Apenas escuchó la voz al otro lado, una tormenta de gritos lo sacudió:[—¡Diego, desgraciado! ¡Más te vale que vengas, pero ya mismo!—]Al recibir la llamada de su esposa, el jefe acosador se desinfló en un segundo. Sabía que, al llegar a su casa, le esperaba otra tormenta de problemas, como si lo fueran a arrastrar en medio de una lluvia de reproches y gritos....Livia llegó hasta el edificio donde trabajaba su mejor amiga. No pasó mucho tiempo antes de que Matilde saliera corriendo de la oficina, agitando los brazos con emoción.—Livi, ¡eres increíble! Te aplaudo con las manos y hasta con los pies si hace falta —exclamó Matilde, casi saltando de la emoción.Livia ya le había contado todo a Matilde: su renuncia y el plan para darle una lección al jefe acosador. Matilde estaba tan impresionada que parecía que la admiraba como si fuera una heroína de película.—¡Vamos! Para celebrar que nuestra querida Livi se escapó de las garras del monstruo y le puso un alto al acosador, hoy sí que vamos a festejar en grande —dijo Matilde, tomándola de la mano y jalándola rumbo a la salida.—Matilde, ya recibí mi sueldo. Lo que quieras comer, yo invito hoy —dijo Livia, sonriendo de oreja a oreja.—La vez pasada tú pagaste, ahora me toca a mí. Y no vayas a pelearme la cuenta, ¿eh? Vámonos al mismo lugar de siempre —replicó Matilde, guiñándole un ojo mientras se encaminaban juntas hacia Sabor Latino, su restaurante favorito....Livia y Matilde se conocían desde la universidad. Desde el primer día las asignaron al mismo cuarto, y durante cuatro años compartieron no solo el espacio, sino secretos, risas y hasta llantos. Eran inseparables.Matilde era de la ciudad, mientras que Livia venía de un pueblo lejano. Eso nunca fue un problema entre ellas; al contrario, cada fin de semana Matilde invitaba a Livia a pasar tiempo en su casa.La mamá de Matilde era un ángel de persona. Siempre recibía a Livia con los brazos abiertos y le cocinaba todos sus platillos favoritos. A veces, Livia sentía que la mamá de Matilde la cuidaba incluso más que la suya propia....No tardaron mucho en llegar a Sabor Latino. El lugar tenía ese ambiente familiar que las hacía sentir como en casa. Apenas se sentaron, Livia le pasó la carta a Matilde.—Matilde, en serio, pide lo que quieras. Hoy yo pago —le aseguró Livia, empujándole el menú con insistencia.—Entonces no me ando con rodeos, ¿eh? —respondió Matilde, lanzándole una sonrisa traviesa.Eligieron sus platillos y, cuando la mesera regresó, entregaron la carta. Al poco rato, empezaron a llegar los platillos: brochetas jugosas, tortillas recién hechas y las bebidas bien frías.Entre bocados y brindis, las dos amigas reían y platicaban como si el mundo fuera solo suyo. El bullicio del restaurante las envolvía, pero ninguna prestaba atención a nada más que a su propia felicidad.De repente, el celular de Livia vibró varias veces.—Ding dong, ding dong—Livia lo sacó para revisar los mensajes. Al ver las imágenes, la sonrisa se le borró del rostro como si alguien hubiera apagado la luz de golpe.—¿Livi, qué pasó? —preguntó Matilde de inmediato, notando el cambio en su expresión.Livia se quedó mirando el teléfono, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Le temblaban las manos, como si el frío le hubiera calado hasta los huesos.Sin esperar más, Matilde le arrebató el celular.Apenas vio las fotos, Matilde no pudo contenerse, explotó furiosa:—¡Desgraciado, malnacido! ¿Cómo se atreve a hacerte esto y encima te manda las fotos? ¿Qué le pasa? ¿Acaso está enfermo?—Livi, no te vas a quedar así. Yo misma le llamo y le digo hasta de lo que se va a morir —dijo Matilde, marcando el número de Félix, el novio de Livia, antes de que su amiga pudiera decir algo.Livia había recibido varias fotos enviadas por su novio, Félix Noguera. En las imágenes, un hombre y una mujer estaban acostados en la cama, sin ropa alguna. El hombre era el mismísimo Félix, con quien Livia apenas llevaba tres meses de relación.Lo más cruel era que, junto a las fotos, Félix le escribió por WhatsApp que se había enamorado de otra y que quería terminar con ella.Ese tipo la había buscado durante tres años, jurando que solo amaría a Livia en toda su vida. Pero apenas llevaban tres meses juntos y ya estaba en la cama con otra. Peor aún, tuvo el descaro de enviarle las fotos a Livia como si se tratara de una broma de mal gusto.Matilde apretó el teléfono contra la oreja, pero solo escuchó la grabación de que el número estaba apagado.—¡Maldito, apagó el celular! —espetó Matilde, soltando una palabrota.—Livi, vámonos a buscarlo a su casa. No me voy a quedar tranquila hasta que le dé su merecido a ese desgraciado —dijo Matilde, tronándose los dedos, lista para la pelea.Ver a su novio acostado, completamente desnudo junto a otra mujer en la misma cama, no hizo que Livia sintiera ni una pizca de tristeza o dolor.Félix la había perseguido durante tres años enteros. Durante ese tiempo, Livia lo rechazó una y otra vez, pero Félix nunca se rindió.Hasta que, una noche de hace tres meses, unos tipos la acorralaron en un callejón. Félix, sin importarle el riesgo, se lanzó a defenderla, terminando todo golpeado, pero sin dejar de protegerla ni un segundo.Después de ese día, Livia comenzó a verlo con otros ojos. Félix era atractivo, venía de una buena familia, y le demostraba una dedicación inquebrantable. Pensó que salir con alguien así no era una mala idea, que al menos no salía perdiendo.Así que, en otra de esas confesiones de Félix, Livia aceptó ser su novia.Quién iba a imaginarse que, apenas tres meses después de empezar, Félix terminaría haciendo algo como esto.La verdad, Livia nunca llegó a sentir nada fuerte por Félix. En esos tres meses, ni siquiera le permitió tomarle la mano.Cada vez que él intentaba acercarse un poco más, ella encontraba la excusa perfecta: “todavía no es el momento”. Así, lo mantenía a raya.Ahora que Félix había encontrado a otra, romper era lo más lógico. Y siendo sinceros, tampoco es que Livia estuviera perdiendo algo de valor. Tomó su celular y le mandó un WhatsApp a Félix:[Está bien, terminamos. Mejor no volvamos a hablar.]En cuanto lo envió, lo eliminó de sus contactos, sin pensarlo dos veces.—Vámonos, regresemos —dijo Livia, poniéndose de pie.—¿No piensas ir a buscar a Félix y aclarar esto? —preguntó Matilde, mirándola con incredulidad.—Ya le mandé un WhatsApp terminando todo. No tengo nada más que hablar con él —contestó Livia, tan tranquila como si hablara del clima.—¿Y así nada más lo perdonas, después de lo que te hizo? —Matilde no podía ocultar su enojo.—¿Y qué caso tiene buscarlo? Ya se acostó con otra. Un tipo así no vale la pena, ni modo que pierda mi tiempo en él.—Livi, de verdad que tú sí que ves las cosas como son. Tienes razón, ese tipo no vale ni un peso. Ya vas a ver, te voy a conseguir alguien más guapo y mucho mejor que él.—Ahorita no quiero saber nada del amor. Lo que quiero es encontrar un buen trabajo, y rápido.—El trabajo llegará, y el pan también. Pero hoy, hoy vamos a divertirnos en serio. ¡Vámonos! Tengo el lugar perfecto para ti....Cuando llegaron, Livia por fin entendió a qué se refería Matilde con “el lugar perfecto”: era un bar.Livia siguió a Matilde y, en cuanto entraron, ella pidió dos tragos de fruta con toda la confianza del mundo. Se sentaron y empezaron a beber.Era la primera vez que Livia visitaba un bar. Ese ambiente tan ruidoso no era lo suyo, ni de cerca. Si no fuera porque Matilde la arrastró, jamás se le hubiera pasado por la cabeza entrar a un sitio así.La música retumbaba tan fuerte que sentía los oídos a punto de estallar, y bajo esas luces tenues y parpadeantes, le daba la impresión de que nadie ahí era de fiar.El aire olía a cigarro y alcohol, y no había ni un rincón que le pareciera atractivo.En el otro extremo, en una zona VIP del bar, Orlando Cortés estaba sentado con una actitud completamente ajena al bullicio. Observaba todo con una expresión de desdén, como si aquello fuera lo más aburrido del mundo.Iván Gálvez, mientras tanto, tenía a una mujer de cada lado, se notaba encantado con la situación. Miró a Orlando como si fuera un bicho raro y, sin perder la oportunidad de burlarse, le soltó:—Orlando, esto es un bar, no tu sala de juntas. ¿Por qué tan serio, compa? No hace falta que estés como en una junta de trabajo.Orlando lo fulminó con la mirada, afilada como un cuchillo. Al ver a Iván tan relajado, disfrutando mientras las chicas a su lado le daban uvas en la boca, no pudo evitar sentir una punzada de asco.Orlando era obsesivo con la limpieza; jamás comía algo que hubiera pasado por las manos de otra persona. No entendía cómo Iván podía dejar que esas mujeres, sin saber si siquiera se habían lavado las manos, le dieran de comer como si nada. Y lo peor: él disfrutándolo como si fuera un rey....El ambiente seguía cargado de risas, bromas y música, pero en medio de todo ese caos, había quienes solo contaban los minutos para largarse de ahí.