Tres años de matrimonio, y lo que Noelia Román recibió en su aniversario no fue una sorpresa, sino la fría orden de Carmelo Paz: "Aborta al bebé y divorciémonos". Cinco años después, regresó con sus gemelos, pero una travesura infantil los llevó a reencontrarse con Carmelo. Cuando él descubrió la existencia de los niños, se acercó como padre, reclamando sus derechos, mientras ella, convertida en una feroz protectora, se enfrentaba a él en una batalla por la custodia. La enfermedad crítica de Hugo Paz, las maquinaciones hipócritas de Florencia Olivares, los malentendidos del pasado y un amor nunca extinguido los arrastraron de nuevo a un torbellino de emociones. Ella, antes una esposa sumisa, se había transformado en una guerrera dispuesta a todo por sus hijos. Él, un exmarido frío y distante, ahora descubría, por primera vez, lo que significaba ser padre. En este forcejeo en nombre del amor, ¿cuántos sentimientos ocultos y verdades sin revelar se escondían entre ellos?

Capítulo 1—Te doy mil millones de pesos, pero tienes que interrumpir el embarazo.Noelia Román apenas pudo reaccionar ante la frase. Apretaba con fuerza la hoja del examen de embarazo, luchando por no perder la calma.Se llevó la mano al pecho, sentía como si una piedra enorme le aplastara el corazón, robándole el aire.—¿Qué dijiste? ¿Quieres que me deshaga del bebé?Un zumbido llenó sus oídos, como si todo fuera una mala broma.Noelia alzó la mirada, incrédula, buscando en su rostro alguna señal de que se trataba de una pesadilla.Hoy era el tercer aniversario de su matrimonio. Había preparado todo para darle la noticia de su embarazo, entre nervios y emoción.Jamás imaginó que él le pediría que se deshiciera del bebé.Después de un silencio incómodo, la voz cortante de Carmelo volvió a llenar la habitación.—Florencia regresó. Nuestro matrimonio debe terminar.—Este bebé fue un accidente. No debió llegar. Yo no lo voy a aceptar. Aquí tienes mil millones de pesos, considéralo mi compensación por estos años. Si tienes alguna otra petición, dímelo, mientras no sea una locura, te la concedo.El cuerpo de Noelia tembló. Tardó un buen rato en poder hablar.—¿O sea que... también quieres divorciarte de mí?—Sí.La respuesta de Carmelo fue seca, sin una pizca de emoción.Noelia apretó los puños. Sintió como si le arrancaran el corazón de un tajo, dejándola sin aliento.Todo porque Florencia Olivares había vuelto.Ni siquiera que estuviera embarazada lo hizo dudar. Él quería el divorcio, quería que ella interrumpiera el embarazo.Decía que ese bebé no debió llegar.Carmelo sacó un cigarro de la cajetilla, lo llevó a los labios, pero cambió de idea y lo guardó.Tomó unos papeles del cajón y, con sus dedos largos y firmes, se los entregó a Noelia.—Léelo. Si no tienes objeciones, firma.Como ella no los tomó, Carmelo dejó el documento sobre la mesa.—Voy a programar tu cita en el hospital. Cuando lo hayas decidido, firma. Tengo cosas que hacer, vuelvo a la oficina.Carmelo se levantó.—Carmelo... —La voz de Noelia se quebró, como si le costara respirar.Él volteó, sin mostrar ninguna calidez.—¿Qué pasa?Los ojos de Noelia se llenaron de lágrimas. Lo miró suplicante.—No quiero tu dinero. Acepto el divorcio, pero… ¿puedo quedarme con el bebé?Era lo único que pedía como madre, lo más mínimo. Que la dejaran tener a su hijo, aunque perdiera todo lo demás.Los ojos oscuros de Carmelo se quedaron fijos en ella. Siempre había detestado que alguien desafiara sus órdenes. Noelia lo sabía, pero aun así, se atrevió a preguntar.—No.Su respuesta fue tajante, autoritaria, indiscutible.Sin añadir nada más, Carmelo salió, dejando la casa sumida en un silencio abrumador, con Noelia sola una vez más.Llevaban tres años de matrimonio. Noelia siempre supo que él no la amaba; su unión no había sido por amor.Aun así, se había aferrado a la esperanza, creyendo que algún día lograría tocar el corazón de ese hombre.Durante tres años, vivió pensando cómo ser la mejor esposa.Cada día se levantaba antes que los empleados, se mantenía ocupada desde temprano, cocinando para que él pudiera disfrutar una comida hecha por ella, soñando con recibirlo en un hogar impecable.No importaba la hora, siempre le dejaba la luz encendida, esperándolo para poder dormir en paz.Vivía atrapada en una jaula de oro, con una vida que muchas envidiarían, pero que para ella era una prisión. Día tras día, año tras año, se convirtió en una estatua esperando cariño.Pero eso no le importaba. Noelia se repetía que mientras pudiera estar a su lado, era suficiente.Pensó que podrían seguir así, tranquilos, para siempre.Pero la realidad la abofeteó sin piedad, haciéndola despertar de golpe.Las lágrimas no se detuvieron más. Noelia respiró profundo, se aferró a su blusa sobre el pecho, y un sollozo ahogado escapó de sus labios apretados.Ese día, por fin, lo entendió: si no hay amor, no hay nada.No sabe cuánto tiempo pasó. Al final, tomó los papeles del divorcio sobre la mesa y, con mano firme, firmó cada línea.Ya era hora de ponerle fin.A partir de ese momento, Noelia sería dueña de su propia vida....Carmelo regresó más temprano de lo habitual.Normalmente, la joven que siempre salía a recibirlo no apareció.Ignoró ese pequeño vacío de expectativa.Una empleada recibió su saco y él preguntó, con el ceño fruncido:—¿Dónde está la señora?—Señor, la señora salió hace unas horas.Carmelo fue a la sala. Sobre la mesa había una bebida que ya se había quedado helada, una copia firmada del acuerdo de divorcio y el cheque, intacto.Su mirada se oscureció, un malestar le oprimió el pecho. Aflojó la corbata y subió a la habitación. El cuarto estaba impecable, pero ya no quedaba ni rastro de la mujer. Hasta sus cosas habían desaparecido....Cinco años después.—Hermano, ¿estás seguro de que nuestro papá está en ese edificio? —Mireia sostenía unos binoculares, mirando con ojos curiosos la imponente torre frente a ellos, y preguntó con su vocecita infantil.—Claro que sí, lo vi entrar con mis propios ojos —Samuel contestó sin apartar la vista de su laptop—. He visto su foto en el celular de mamá, y te aseguro que ese es el papá que hizo llorar a mamá.—¿Y tú qué estás haciendo, hermano?—Mireia, ese papá malo hizo sufrir a mamá. ¿Quieres ayudarme a vengarnos por ella?—¿Vengarnos?—Sí, porque ese papá malo anduvo con otra mujer y lastimó mucho a mamá. Hay que darle una lección para que aprenda.La mirada de Samuel Román se llenó de determinación. Sus manos pequeñas y pálidas volaban sobre el teclado con destreza. Apenas pasaron unos minutos cuando, seguro de sí mismo, presionó la tecla enter. De inmediato, todo el edificio de Grupo Paz quedó sumido en la oscuridad total.—¡Bingo! ¡Listo!Mireia miraba a su hermano con admiración, aplaudiendo con todas sus fuerzas.—¡Guau, hermano, eres increíble! ¡Eres el mejor!—Eso no es todo, prepárate para ver algo todavía más increíble —Samuel soltó una risita traviesa—. Apenas es el principio, ya verás....Mientras tanto.En el salón de juntas de Grupo Paz.La reunión llevaba media hora cuando, de pronto, las luces parpadearon antes de apagarse por completo.Grupo Paz tenía su propio sistema de energía, así que un apagón así nunca se había visto. Todos los presentes eran empresarios reconocidos, y el temor de que se tratara de un asalto se apoderó de la sala.Algunos sacaron sus celulares para alumbrar un poco.Sentado en la cabecera, Carmelo levantó la mano con calma y le hizo una seña a Emiliano, que de inmediato se acercó.—Ve a ver qué pasa —ordenó Carmelo. Apenas había terminado de hablar cuando la enorme pantalla de la sala empezó a parpadear. De pronto, apareció un cerdo animado, moviendo el trasero de un lado a otro. En la cabeza del cerdo, en letras enormes, se leía: “Carmelo”.Carmelo arrugó el entrecejo.Justo entonces, un niño caricaturesco apareció montado sobre el cerdo “Carmelo”, con un látigo en la mano, dándole de varazos en el trasero mientras gritaba con voz infantil:—¡Ándale, Carmelo, arre, arre! Carmelo, pórtate bien, si no te vamos a cocinar y comer.Todos quedaron petrificados.Mauricio Paz, sentado a un lado de Carmelo con las piernas cruzadas, se enderezó, abriendo los ojos cada vez más, y no pudo evitar que la comisura de sus labios temblara.El niño animado siguió tirando de las orejas del cerdo, mientras el “Carmelo” animado se agitaba furioso por toda la pantalla. La voz infantil insistía:—¡Arre, Carmelo, arre! Si no obedeces, te vamos a preparar como “Carmelo al vapor”, o “Carmelo a la mantequilla”...¡Esto era el colmo!—Pff… —Mauricio no pudo aguantar y soltó la risa.¿Quién inventó esta locura? ¡Jajajaja!Mauricio estaba a punto de rodar de la risa.El semblante de Carmelo se tensó al máximo, sus ojos oscuros se llenaron de una dureza que cortaba el aire.Abajo, algunos ejecutivos apretaron los dientes y se taparon la boca, hundiendo la cabeza entre los papeles.[Perdón, jefe, me estoy riendo... pero lo intento disimular, se lo juro.]El video terminó.Con un ruido sordo, las luces volvieron de golpe. Todas las expresiones que se habían ocultado en la oscuridad quedaron expuestas sin remedio.Un escalofrío recorrió la sala.—¡Emiliano! —Carmelo giró, justo para ver a Emiliano esforzándose por mantener la seriedad, con los dientes apretados, luchando por no reírse.El rostro de Carmelo parecía a punto de soltar chispas.La sonrisa de Emiliano ni siquiera tuvo tiempo de irse cuando sintió la mirada de Carmelo clavada en él, tan intensa que parecía congelarle la sangre.—¿Te parece gracioso?La amenaza flotó en el aire. Todos se pusieron al borde del asiento, con los nervios de punta.Emiliano negó con la cabeza, temblando.El silencio se apoderó del salón, y bajo la mirada implacable de Carmelo, todo el mundo se quedó inmóvil, como estatuas.Tras un momento, Carmelo bajó la cabeza y revisó unos papeles. Su expresión seguía tan gélida como una tormenta en la montaña.—¿Y ustedes qué esperan? ¿Quieren que los mande a investigar?...Samuel se agarraba la panza, muerto de la risa.Una pequeña lección para ese papá desgraciado, solo para que sepa lo que pasa por hacerle daño a mamá.¡Eso le pasa por pasarse de listo!Pero no era momento de quedarse.—Mireia, vámonos —Samuel guardó su laptop en su mochilita sin perder tiempo.Mireia también puso su binocular de juguete en su bolso.Samuel la tomó de la mano y, saltando de emoción, los dos niños salieron del edificio. Justo al cruzar la puerta, un carro se detuvo frente a ellos, bloqueándoles el paso.Noelia bajó del carro apresurada, con el corazón aún latiendo con fuerza. Apenas había terminado una cirugía y ni tiempo tuvo de respirar, cuando la señora que ayuda en casa le llamó alarmada: los niños habían desaparecido. El susto casi no la dejó reaccionar.—¡Mamá! —Mireia corrió directo hacia Noelia y se lanzó a sus brazos—. Mamá, mamá, Mireia te extrañó un montón.Noelia se agachó y, sin poder evitarlo, abrazó a los dos niños. Al venir, traía el enojo a flor de piel; pensaba que esta vez sí les iba a dar una buena lección a esos dos traviesos por haberse escapado. Pero, en cuanto los vio tan dulces y pegados a ella, el coraje se le esfumó. Solo pudo fingir un poco de severidad en su expresión.—¿Ustedes dos saben el susto que me han dado? Si se van así, ¿cómo creen que me voy a sentir?—Mamá, lo siento, Mireia se portó mal —dijo la niña, haciendo puchero, con una ternura que derretía a cualquiera. Luego, le plantó un besito en la mejilla, dejando a Noelia sin fuerza para enojarse.—Mamá, fue culpa de Samuel, no le eches la culpa a mi hermana, ¿sí? Ya no te enojes, porfi —defendió Samuel, con voz seria.—¿Y me prometen que no van a volver a escaparse? —Noelia ya se había ablandado, pero no podía ceder tan fácil. Si no les ponía límites, la próxima vez seguro hasta se le trepaban al techo.—No, no, ya no —aseguró Mireia, moviendo las manitas y con voz suavecita.—Está bien, entonces díganme: ¿qué andaban haciendo?Mireia miró a Samuel, sus ojitos grandes buscando ayuda. Samuel le hizo una seña rápida, levantando apenas la ceja.—Samuel, Mireia, los niños buenos no dicen mentiras —advirtió Noelia, mirando a ambos con seriedad.Bajo la presión de su hermano y su mamá, la carita de Mireia se arrugó de preocupación. Bajó la cabeza y murmuró:—Mireia no puede decirlo...Noelia suavizó el tono, queriendo entender.—¿Por qué no, mi amor?—Porque Samuel no me deja decirlo —respondió, apretando los labios.Samuel la miró sorprendido.—¿Y por qué Samuel no quiere que cuentes? —Noelia los observó a los dos, con una mezcla de curiosidad y sospecha.—Porque Samuel fue a regañar a papá por ti... —susurró Mireia.Samuel solo suspiró, resignado.Noelia sintió que el alma se le caía a los pies. ¿Cómo se les ocurría ir a buscar a Carmelo?Ella había regresado al país hace apenas una semana, después de años y con los dos niños. Carmelo jamás aceptó que se quedara con ellos, así que por nada del mundo quería que él supiera de su existencia. Su plan era vivir tranquila, sin volver a cruzarse con ese hombre. Pero estos dos, por alguna razón, insistían en meterse con él....Al mismo tiempo, en el edificio de el Grupo Paz, el equipo de seguridad máxima ya había ubicado la posición de quien les había jugado una broma pesada.—Jefe, ya dimos con el responsable —anunció Emiliano, entregándole la ubicación a Carmelo. El mapa señalaba justo la entrada del edificio.Carmelo frunció el ceño, molesto.—A ver, déjame ver —se acercó Mauricio, curioso—. ¡No inventes! Qué valor, hacer esto tan cerca de la oficina. No te preocupes, hermano, yo mismo atrapo a ese loco... —y se interrumpió al ver el rostro de Carmelo.Carmelo solo lo miró, serio. Mauricio sintió que le recorría un escalofrío y, poco a poco, apartó la vista.—...Está bien, ya me callo.Hizo el gesto de ponerse un cierre en la boca y se alejó, obediente.Carmelo regresó la mirada al monitor. Sus ojos se entrecerraron, afilados. ¿Quién era el valiente que se atrevía a provocarlo en sus propias narices?Se levantó con decisión. Esta vez pensaba ver con sus propios ojos quién era el intrépido que había osado desafiarlo.Al ver la escena, Mauricio no pudo evitar ir detrás.—Hermano, yo te acompaño....Noelia entendía que los niños lo habían hecho por ella. No podía ni regañarlos, pero sabía que Samuel había llamado la atención de Carmelo, y conociendo sus recursos, no tardaría en encontrarlos, sobre todo si estaban tan cerca, justo frente a el Grupo Paz.Un presentimiento de peligro se instaló en su pecho.Alzó la vista hacia el edificio y, de pronto, lo vio. Un hombre alto, de andar elegante, avanzaba hacia la puerta. Iba rodeado de gente, irradiando una autoridad que imponía a todos los que lo rodeaban.Carmelo.Cinco años después, Noelia lo reconoció de inmediato, como si nunca hubieran pasado los años.Su corazón se encogió, una alarma interna retumbando en su mente.¡Hay que huir!Aunque sentía un miedo terrible, mantuvo la cabeza fría: subió a los niños al asiento trasero y se sentó al volante.Samuel tenía un aire inconfundible a Carmelo; si se cruzaban, lo descubriría sin duda.Mientras tanto, Carmelo, con su mirada aguda, distinguió una silueta que le resultaba extrañamente familiar. Entrecerró los ojos y apuró el paso.Justo al llegar a la puerta, vio a una mujer entrar apresurada al carro.Esa figura...¿Noelia?Capítulo 2—Te doy mil millones de pesos, pero tienes que interrumpir el embarazo.Noelia Román apenas pudo reaccionar ante la frase. Apretaba con fuerza la hoja del examen de embarazo, luchando por no perder la calma.Se llevó la mano al pecho, sentía como si una piedra enorme le aplastara el corazón, robándole el aire.—¿Qué dijiste? ¿Quieres que me deshaga del bebé?Un zumbido llenó sus oídos, como si todo fuera una mala broma.Noelia alzó la mirada, incrédula, buscando en su rostro alguna señal de que se trataba de una pesadilla.Hoy era el tercer aniversario de su matrimonio. Había preparado todo para darle la noticia de su embarazo, entre nervios y emoción.Jamás imaginó que él le pediría que se deshiciera del bebé.Después de un silencio incómodo, la voz cortante de Carmelo volvió a llenar la habitación.—Florencia regresó. Nuestro matrimonio debe terminar.—Este bebé fue un accidente. No debió llegar. Yo no lo voy a aceptar. Aquí tienes mil millones de pesos, considéralo mi compensación por estos años. Si tienes alguna otra petición, dímelo, mientras no sea una locura, te la concedo.El cuerpo de Noelia tembló. Tardó un buen rato en poder hablar.—¿O sea que... también quieres divorciarte de mí?—Sí.La respuesta de Carmelo fue seca, sin una pizca de emoción.Noelia apretó los puños. Sintió como si le arrancaran el corazón de un tajo, dejándola sin aliento.Todo porque Florencia Olivares había vuelto.Ni siquiera que estuviera embarazada lo hizo dudar. Él quería el divorcio, quería que ella interrumpiera el embarazo.Decía que ese bebé no debió llegar.Carmelo sacó un cigarro de la cajetilla, lo llevó a los labios, pero cambió de idea y lo guardó.Tomó unos papeles del cajón y, con sus dedos largos y firmes, se los entregó a Noelia.—Léelo. Si no tienes objeciones, firma.Como ella no los tomó, Carmelo dejó el documento sobre la mesa.—Voy a programar tu cita en el hospital. Cuando lo hayas decidido, firma. Tengo cosas que hacer, vuelvo a la oficina.Carmelo se levantó.—Carmelo... —La voz de Noelia se quebró, como si le costara respirar.Él volteó, sin mostrar ninguna calidez.—¿Qué pasa?Los ojos de Noelia se llenaron de lágrimas. Lo miró suplicante.—No quiero tu dinero. Acepto el divorcio, pero… ¿puedo quedarme con el bebé?Era lo único que pedía como madre, lo más mínimo. Que la dejaran tener a su hijo, aunque perdiera todo lo demás.Los ojos oscuros de Carmelo se quedaron fijos en ella. Siempre había detestado que alguien desafiara sus órdenes. Noelia lo sabía, pero aun así, se atrevió a preguntar.—No.Su respuesta fue tajante, autoritaria, indiscutible.Sin añadir nada más, Carmelo salió, dejando la casa sumida en un silencio abrumador, con Noelia sola una vez más.Llevaban tres años de matrimonio. Noelia siempre supo que él no la amaba; su unión no había sido por amor.Aun así, se había aferrado a la esperanza, creyendo que algún día lograría tocar el corazón de ese hombre.Durante tres años, vivió pensando cómo ser la mejor esposa.Cada día se levantaba antes que los empleados, se mantenía ocupada desde temprano, cocinando para que él pudiera disfrutar una comida hecha por ella, soñando con recibirlo en un hogar impecable.No importaba la hora, siempre le dejaba la luz encendida, esperándolo para poder dormir en paz.Vivía atrapada en una jaula de oro, con una vida que muchas envidiarían, pero que para ella era una prisión. Día tras día, año tras año, se convirtió en una estatua esperando cariño.Pero eso no le importaba. Noelia se repetía que mientras pudiera estar a su lado, era suficiente.Pensó que podrían seguir así, tranquilos, para siempre.Pero la realidad la abofeteó sin piedad, haciéndola despertar de golpe.Las lágrimas no se detuvieron más. Noelia respiró profundo, se aferró a su blusa sobre el pecho, y un sollozo ahogado escapó de sus labios apretados.Ese día, por fin, lo entendió: si no hay amor, no hay nada.No sabe cuánto tiempo pasó. Al final, tomó los papeles del divorcio sobre la mesa y, con mano firme, firmó cada línea.Ya era hora de ponerle fin.A partir de ese momento, Noelia sería dueña de su propia vida....Carmelo regresó más temprano de lo habitual.Normalmente, la joven que siempre salía a recibirlo no apareció.Ignoró ese pequeño vacío de expectativa.Una empleada recibió su saco y él preguntó, con el ceño fruncido:—¿Dónde está la señora?—Señor, la señora salió hace unas horas.Carmelo fue a la sala. Sobre la mesa había una bebida que ya se había quedado helada, una copia firmada del acuerdo de divorcio y el cheque, intacto.Su mirada se oscureció, un malestar le oprimió el pecho. Aflojó la corbata y subió a la habitación. El cuarto estaba impecable, pero ya no quedaba ni rastro de la mujer. Hasta sus cosas habían desaparecido....Cinco años después.—Hermano, ¿estás seguro de que nuestro papá está en ese edificio? —Mireia sostenía unos binoculares, mirando con ojos curiosos la imponente torre frente a ellos, y preguntó con su vocecita infantil.—Claro que sí, lo vi entrar con mis propios ojos —Samuel contestó sin apartar la vista de su laptop—. He visto su foto en el celular de mamá, y te aseguro que ese es el papá que hizo llorar a mamá.—¿Y tú qué estás haciendo, hermano?—Mireia, ese papá malo hizo sufrir a mamá. ¿Quieres ayudarme a vengarnos por ella?—¿Vengarnos?—Sí, porque ese papá malo anduvo con otra mujer y lastimó mucho a mamá. Hay que darle una lección para que aprenda.La mirada de Samuel Román se llenó de determinación. Sus manos pequeñas y pálidas volaban sobre el teclado con destreza. Apenas pasaron unos minutos cuando, seguro de sí mismo, presionó la tecla enter. De inmediato, todo el edificio de Grupo Paz quedó sumido en la oscuridad total.—¡Bingo! ¡Listo!Mireia miraba a su hermano con admiración, aplaudiendo con todas sus fuerzas.—¡Guau, hermano, eres increíble! ¡Eres el mejor!—Eso no es todo, prepárate para ver algo todavía más increíble —Samuel soltó una risita traviesa—. Apenas es el principio, ya verás....Mientras tanto.En el salón de juntas de Grupo Paz.La reunión llevaba media hora cuando, de pronto, las luces parpadearon antes de apagarse por completo.Grupo Paz tenía su propio sistema de energía, así que un apagón así nunca se había visto. Todos los presentes eran empresarios reconocidos, y el temor de que se tratara de un asalto se apoderó de la sala.Algunos sacaron sus celulares para alumbrar un poco.Sentado en la cabecera, Carmelo levantó la mano con calma y le hizo una seña a Emiliano, que de inmediato se acercó.—Ve a ver qué pasa —ordenó Carmelo. Apenas había terminado de hablar cuando la enorme pantalla de la sala empezó a parpadear. De pronto, apareció un cerdo animado, moviendo el trasero de un lado a otro. En la cabeza del cerdo, en letras enormes, se leía: “Carmelo”.Carmelo arrugó el entrecejo.Justo entonces, un niño caricaturesco apareció montado sobre el cerdo “Carmelo”, con un látigo en la mano, dándole de varazos en el trasero mientras gritaba con voz infantil:—¡Ándale, Carmelo, arre, arre! Carmelo, pórtate bien, si no te vamos a cocinar y comer.Todos quedaron petrificados.Mauricio Paz, sentado a un lado de Carmelo con las piernas cruzadas, se enderezó, abriendo los ojos cada vez más, y no pudo evitar que la comisura de sus labios temblara.El niño animado siguió tirando de las orejas del cerdo, mientras el “Carmelo” animado se agitaba furioso por toda la pantalla. La voz infantil insistía:—¡Arre, Carmelo, arre! Si no obedeces, te vamos a preparar como “Carmelo al vapor”, o “Carmelo a la mantequilla”...¡Esto era el colmo!—Pff… —Mauricio no pudo aguantar y soltó la risa.¿Quién inventó esta locura? ¡Jajajaja!Mauricio estaba a punto de rodar de la risa.El semblante de Carmelo se tensó al máximo, sus ojos oscuros se llenaron de una dureza que cortaba el aire.Abajo, algunos ejecutivos apretaron los dientes y se taparon la boca, hundiendo la cabeza entre los papeles.[Perdón, jefe, me estoy riendo... pero lo intento disimular, se lo juro.]El video terminó.Con un ruido sordo, las luces volvieron de golpe. Todas las expresiones que se habían ocultado en la oscuridad quedaron expuestas sin remedio.Un escalofrío recorrió la sala.—¡Emiliano! —Carmelo giró, justo para ver a Emiliano esforzándose por mantener la seriedad, con los dientes apretados, luchando por no reírse.El rostro de Carmelo parecía a punto de soltar chispas.La sonrisa de Emiliano ni siquiera tuvo tiempo de irse cuando sintió la mirada de Carmelo clavada en él, tan intensa que parecía congelarle la sangre.—¿Te parece gracioso?La amenaza flotó en el aire. Todos se pusieron al borde del asiento, con los nervios de punta.Emiliano negó con la cabeza, temblando.El silencio se apoderó del salón, y bajo la mirada implacable de Carmelo, todo el mundo se quedó inmóvil, como estatuas.Tras un momento, Carmelo bajó la cabeza y revisó unos papeles. Su expresión seguía tan gélida como una tormenta en la montaña.—¿Y ustedes qué esperan? ¿Quieren que los mande a investigar?...Samuel se agarraba la panza, muerto de la risa.Una pequeña lección para ese papá desgraciado, solo para que sepa lo que pasa por hacerle daño a mamá.¡Eso le pasa por pasarse de listo!Pero no era momento de quedarse.—Mireia, vámonos —Samuel guardó su laptop en su mochilita sin perder tiempo.Mireia también puso su binocular de juguete en su bolso.Samuel la tomó de la mano y, saltando de emoción, los dos niños salieron del edificio. Justo al cruzar la puerta, un carro se detuvo frente a ellos, bloqueándoles el paso.Noelia bajó del carro apresurada, con el corazón aún latiendo con fuerza. Apenas había terminado una cirugía y ni tiempo tuvo de respirar, cuando la señora que ayuda en casa le llamó alarmada: los niños habían desaparecido. El susto casi no la dejó reaccionar.—¡Mamá! —Mireia corrió directo hacia Noelia y se lanzó a sus brazos—. Mamá, mamá, Mireia te extrañó un montón.Noelia se agachó y, sin poder evitarlo, abrazó a los dos niños. Al venir, traía el enojo a flor de piel; pensaba que esta vez sí les iba a dar una buena lección a esos dos traviesos por haberse escapado. Pero, en cuanto los vio tan dulces y pegados a ella, el coraje se le esfumó. Solo pudo fingir un poco de severidad en su expresión.—¿Ustedes dos saben el susto que me han dado? Si se van así, ¿cómo creen que me voy a sentir?—Mamá, lo siento, Mireia se portó mal —dijo la niña, haciendo puchero, con una ternura que derretía a cualquiera. Luego, le plantó un besito en la mejilla, dejando a Noelia sin fuerza para enojarse.—Mamá, fue culpa de Samuel, no le eches la culpa a mi hermana, ¿sí? Ya no te enojes, porfi —defendió Samuel, con voz seria.—¿Y me prometen que no van a volver a escaparse? —Noelia ya se había ablandado, pero no podía ceder tan fácil. Si no les ponía límites, la próxima vez seguro hasta se le trepaban al techo.—No, no, ya no —aseguró Mireia, moviendo las manitas y con voz suavecita.—Está bien, entonces díganme: ¿qué andaban haciendo?Mireia miró a Samuel, sus ojitos grandes buscando ayuda. Samuel le hizo una seña rápida, levantando apenas la ceja.—Samuel, Mireia, los niños buenos no dicen mentiras —advirtió Noelia, mirando a ambos con seriedad.Bajo la presión de su hermano y su mamá, la carita de Mireia se arrugó de preocupación. Bajó la cabeza y murmuró:—Mireia no puede decirlo...Noelia suavizó el tono, queriendo entender.—¿Por qué no, mi amor?—Porque Samuel no me deja decirlo —respondió, apretando los labios.Samuel la miró sorprendido.—¿Y por qué Samuel no quiere que cuentes? —Noelia los observó a los dos, con una mezcla de curiosidad y sospecha.—Porque Samuel fue a regañar a papá por ti... —susurró Mireia.Samuel solo suspiró, resignado.Noelia sintió que el alma se le caía a los pies. ¿Cómo se les ocurría ir a buscar a Carmelo?Ella había regresado al país hace apenas una semana, después de años y con los dos niños. Carmelo jamás aceptó que se quedara con ellos, así que por nada del mundo quería que él supiera de su existencia. Su plan era vivir tranquila, sin volver a cruzarse con ese hombre. Pero estos dos, por alguna razón, insistían en meterse con él....Al mismo tiempo, en el edificio de el Grupo Paz, el equipo de seguridad máxima ya había ubicado la posición de quien les había jugado una broma pesada.—Jefe, ya dimos con el responsable —anunció Emiliano, entregándole la ubicación a Carmelo. El mapa señalaba justo la entrada del edificio.Carmelo frunció el ceño, molesto.—A ver, déjame ver —se acercó Mauricio, curioso—. ¡No inventes! Qué valor, hacer esto tan cerca de la oficina. No te preocupes, hermano, yo mismo atrapo a ese loco... —y se interrumpió al ver el rostro de Carmelo.Carmelo solo lo miró, serio. Mauricio sintió que le recorría un escalofrío y, poco a poco, apartó la vista.—...Está bien, ya me callo.Hizo el gesto de ponerse un cierre en la boca y se alejó, obediente.Carmelo regresó la mirada al monitor. Sus ojos se entrecerraron, afilados. ¿Quién era el valiente que se atrevía a provocarlo en sus propias narices?Se levantó con decisión. Esta vez pensaba ver con sus propios ojos quién era el intrépido que había osado desafiarlo.Al ver la escena, Mauricio no pudo evitar ir detrás.—Hermano, yo te acompaño....Noelia entendía que los niños lo habían hecho por ella. No podía ni regañarlos, pero sabía que Samuel había llamado la atención de Carmelo, y conociendo sus recursos, no tardaría en encontrarlos, sobre todo si estaban tan cerca, justo frente a el Grupo Paz.Un presentimiento de peligro se instaló en su pecho.Alzó la vista hacia el edificio y, de pronto, lo vio. Un hombre alto, de andar elegante, avanzaba hacia la puerta. Iba rodeado de gente, irradiando una autoridad que imponía a todos los que lo rodeaban.Carmelo.Cinco años después, Noelia lo reconoció de inmediato, como si nunca hubieran pasado los años.Su corazón se encogió, una alarma interna retumbando en su mente.¡Hay que huir!Aunque sentía un miedo terrible, mantuvo la cabeza fría: subió a los niños al asiento trasero y se sentó al volante.Samuel tenía un aire inconfundible a Carmelo; si se cruzaban, lo descubriría sin duda.Mientras tanto, Carmelo, con su mirada aguda, distinguió una silueta que le resultaba extrañamente familiar. Entrecerró los ojos y apuró el paso.Justo al llegar a la puerta, vio a una mujer entrar apresurada al carro.Esa figura...¿Noelia?Capítulo 3—Te doy mil millones de pesos, pero tienes que interrumpir el embarazo.Noelia Román apenas pudo reaccionar ante la frase. Apretaba con fuerza la hoja del examen de embarazo, luchando por no perder la calma.Se llevó la mano al pecho, sentía como si una piedra enorme le aplastara el corazón, robándole el aire.—¿Qué dijiste? ¿Quieres que me deshaga del bebé?Un zumbido llenó sus oídos, como si todo fuera una mala broma.Noelia alzó la mirada, incrédula, buscando en su rostro alguna señal de que se trataba de una pesadilla.Hoy era el tercer aniversario de su matrimonio. Había preparado todo para darle la noticia de su embarazo, entre nervios y emoción.Jamás imaginó que él le pediría que se deshiciera del bebé.Después de un silencio incómodo, la voz cortante de Carmelo volvió a llenar la habitación.—Florencia regresó. Nuestro matrimonio debe terminar.—Este bebé fue un accidente. No debió llegar. Yo no lo voy a aceptar. Aquí tienes mil millones de pesos, considéralo mi compensación por estos años. Si tienes alguna otra petición, dímelo, mientras no sea una locura, te la concedo.El cuerpo de Noelia tembló. Tardó un buen rato en poder hablar.—¿O sea que... también quieres divorciarte de mí?—Sí.La respuesta de Carmelo fue seca, sin una pizca de emoción.Noelia apretó los puños. Sintió como si le arrancaran el corazón de un tajo, dejándola sin aliento.Todo porque Florencia Olivares había vuelto.Ni siquiera que estuviera embarazada lo hizo dudar. Él quería el divorcio, quería que ella interrumpiera el embarazo.Decía que ese bebé no debió llegar.Carmelo sacó un cigarro de la cajetilla, lo llevó a los labios, pero cambió de idea y lo guardó.Tomó unos papeles del cajón y, con sus dedos largos y firmes, se los entregó a Noelia.—Léelo. Si no tienes objeciones, firma.Como ella no los tomó, Carmelo dejó el documento sobre la mesa.—Voy a programar tu cita en el hospital. Cuando lo hayas decidido, firma. Tengo cosas que hacer, vuelvo a la oficina.Carmelo se levantó.—Carmelo... —La voz de Noelia se quebró, como si le costara respirar.Él volteó, sin mostrar ninguna calidez.—¿Qué pasa?Los ojos de Noelia se llenaron de lágrimas. Lo miró suplicante.—No quiero tu dinero. Acepto el divorcio, pero… ¿puedo quedarme con el bebé?Era lo único que pedía como madre, lo más mínimo. Que la dejaran tener a su hijo, aunque perdiera todo lo demás.Los ojos oscuros de Carmelo se quedaron fijos en ella. Siempre había detestado que alguien desafiara sus órdenes. Noelia lo sabía, pero aun así, se atrevió a preguntar.—No.Su respuesta fue tajante, autoritaria, indiscutible.Sin añadir nada más, Carmelo salió, dejando la casa sumida en un silencio abrumador, con Noelia sola una vez más.Llevaban tres años de matrimonio. Noelia siempre supo que él no la amaba; su unión no había sido por amor.Aun así, se había aferrado a la esperanza, creyendo que algún día lograría tocar el corazón de ese hombre.Durante tres años, vivió pensando cómo ser la mejor esposa.Cada día se levantaba antes que los empleados, se mantenía ocupada desde temprano, cocinando para que él pudiera disfrutar una comida hecha por ella, soñando con recibirlo en un hogar impecable.No importaba la hora, siempre le dejaba la luz encendida, esperándolo para poder dormir en paz.Vivía atrapada en una jaula de oro, con una vida que muchas envidiarían, pero que para ella era una prisión. Día tras día, año tras año, se convirtió en una estatua esperando cariño.Pero eso no le importaba. Noelia se repetía que mientras pudiera estar a su lado, era suficiente.Pensó que podrían seguir así, tranquilos, para siempre.Pero la realidad la abofeteó sin piedad, haciéndola despertar de golpe.Las lágrimas no se detuvieron más. Noelia respiró profundo, se aferró a su blusa sobre el pecho, y un sollozo ahogado escapó de sus labios apretados.Ese día, por fin, lo entendió: si no hay amor, no hay nada.No sabe cuánto tiempo pasó. Al final, tomó los papeles del divorcio sobre la mesa y, con mano firme, firmó cada línea.Ya era hora de ponerle fin.A partir de ese momento, Noelia sería dueña de su propia vida....Carmelo regresó más temprano de lo habitual.Normalmente, la joven que siempre salía a recibirlo no apareció.Ignoró ese pequeño vacío de expectativa.Una empleada recibió su saco y él preguntó, con el ceño fruncido:—¿Dónde está la señora?—Señor, la señora salió hace unas horas.Carmelo fue a la sala. Sobre la mesa había una bebida que ya se había quedado helada, una copia firmada del acuerdo de divorcio y el cheque, intacto.Su mirada se oscureció, un malestar le oprimió el pecho. Aflojó la corbata y subió a la habitación. El cuarto estaba impecable, pero ya no quedaba ni rastro de la mujer. Hasta sus cosas habían desaparecido....Cinco años después.—Hermano, ¿estás seguro de que nuestro papá está en ese edificio? —Mireia sostenía unos binoculares, mirando con ojos curiosos la imponente torre frente a ellos, y preguntó con su vocecita infantil.—Claro que sí, lo vi entrar con mis propios ojos —Samuel contestó sin apartar la vista de su laptop—. He visto su foto en el celular de mamá, y te aseguro que ese es el papá que hizo llorar a mamá.—¿Y tú qué estás haciendo, hermano?—Mireia, ese papá malo hizo sufrir a mamá. ¿Quieres ayudarme a vengarnos por ella?—¿Vengarnos?—Sí, porque ese papá malo anduvo con otra mujer y lastimó mucho a mamá. Hay que darle una lección para que aprenda.La mirada de Samuel Román se llenó de determinación. Sus manos pequeñas y pálidas volaban sobre el teclado con destreza. Apenas pasaron unos minutos cuando, seguro de sí mismo, presionó la tecla enter. De inmediato, todo el edificio de Grupo Paz quedó sumido en la oscuridad total.—¡Bingo! ¡Listo!Mireia miraba a su hermano con admiración, aplaudiendo con todas sus fuerzas.—¡Guau, hermano, eres increíble! ¡Eres el mejor!—Eso no es todo, prepárate para ver algo todavía más increíble —Samuel soltó una risita traviesa—. Apenas es el principio, ya verás....Mientras tanto.En el salón de juntas de Grupo Paz.La reunión llevaba media hora cuando, de pronto, las luces parpadearon antes de apagarse por completo.Grupo Paz tenía su propio sistema de energía, así que un apagón así nunca se había visto. Todos los presentes eran empresarios reconocidos, y el temor de que se tratara de un asalto se apoderó de la sala.Algunos sacaron sus celulares para alumbrar un poco.Sentado en la cabecera, Carmelo levantó la mano con calma y le hizo una seña a Emiliano, que de inmediato se acercó.—Ve a ver qué pasa —ordenó Carmelo. Apenas había terminado de hablar cuando la enorme pantalla de la sala empezó a parpadear. De pronto, apareció un cerdo animado, moviendo el trasero de un lado a otro. En la cabeza del cerdo, en letras enormes, se leía: “Carmelo”.Carmelo arrugó el entrecejo.Justo entonces, un niño caricaturesco apareció montado sobre el cerdo “Carmelo”, con un látigo en la mano, dándole de varazos en el trasero mientras gritaba con voz infantil:—¡Ándale, Carmelo, arre, arre! Carmelo, pórtate bien, si no te vamos a cocinar y comer.Todos quedaron petrificados.Mauricio Paz, sentado a un lado de Carmelo con las piernas cruzadas, se enderezó, abriendo los ojos cada vez más, y no pudo evitar que la comisura de sus labios temblara.El niño animado siguió tirando de las orejas del cerdo, mientras el “Carmelo” animado se agitaba furioso por toda la pantalla. La voz infantil insistía:—¡Arre, Carmelo, arre! Si no obedeces, te vamos a preparar como “Carmelo al vapor”, o “Carmelo a la mantequilla”...¡Esto era el colmo!—Pff… —Mauricio no pudo aguantar y soltó la risa.¿Quién inventó esta locura? ¡Jajajaja!Mauricio estaba a punto de rodar de la risa.El semblante de Carmelo se tensó al máximo, sus ojos oscuros se llenaron de una dureza que cortaba el aire.Abajo, algunos ejecutivos apretaron los dientes y se taparon la boca, hundiendo la cabeza entre los papeles.[Perdón, jefe, me estoy riendo... pero lo intento disimular, se lo juro.]El video terminó.Con un ruido sordo, las luces volvieron de golpe. Todas las expresiones que se habían ocultado en la oscuridad quedaron expuestas sin remedio.Un escalofrío recorrió la sala.—¡Emiliano! —Carmelo giró, justo para ver a Emiliano esforzándose por mantener la seriedad, con los dientes apretados, luchando por no reírse.El rostro de Carmelo parecía a punto de soltar chispas.La sonrisa de Emiliano ni siquiera tuvo tiempo de irse cuando sintió la mirada de Carmelo clavada en él, tan intensa que parecía congelarle la sangre.—¿Te parece gracioso?La amenaza flotó en el aire. Todos se pusieron al borde del asiento, con los nervios de punta.Emiliano negó con la cabeza, temblando.El silencio se apoderó del salón, y bajo la mirada implacable de Carmelo, todo el mundo se quedó inmóvil, como estatuas.Tras un momento, Carmelo bajó la cabeza y revisó unos papeles. Su expresión seguía tan gélida como una tormenta en la montaña.—¿Y ustedes qué esperan? ¿Quieren que los mande a investigar?...Samuel se agarraba la panza, muerto de la risa.Una pequeña lección para ese papá desgraciado, solo para que sepa lo que pasa por hacerle daño a mamá.¡Eso le pasa por pasarse de listo!Pero no era momento de quedarse.—Mireia, vámonos —Samuel guardó su laptop en su mochilita sin perder tiempo.Mireia también puso su binocular de juguete en su bolso.Samuel la tomó de la mano y, saltando de emoción, los dos niños salieron del edificio. Justo al cruzar la puerta, un carro se detuvo frente a ellos, bloqueándoles el paso.Noelia bajó del carro apresurada, con el corazón aún latiendo con fuerza. Apenas había terminado una cirugía y ni tiempo tuvo de respirar, cuando la señora que ayuda en casa le llamó alarmada: los niños habían desaparecido. El susto casi no la dejó reaccionar.—¡Mamá! —Mireia corrió directo hacia Noelia y se lanzó a sus brazos—. Mamá, mamá, Mireia te extrañó un montón.Noelia se agachó y, sin poder evitarlo, abrazó a los dos niños. Al venir, traía el enojo a flor de piel; pensaba que esta vez sí les iba a dar una buena lección a esos dos traviesos por haberse escapado. Pero, en cuanto los vio tan dulces y pegados a ella, el coraje se le esfumó. Solo pudo fingir un poco de severidad en su expresión.—¿Ustedes dos saben el susto que me han dado? Si se van así, ¿cómo creen que me voy a sentir?—Mamá, lo siento, Mireia se portó mal —dijo la niña, haciendo puchero, con una ternura que derretía a cualquiera. Luego, le plantó un besito en la mejilla, dejando a Noelia sin fuerza para enojarse.—Mamá, fue culpa de Samuel, no le eches la culpa a mi hermana, ¿sí? Ya no te enojes, porfi —defendió Samuel, con voz seria.—¿Y me prometen que no van a volver a escaparse? —Noelia ya se había ablandado, pero no podía ceder tan fácil. Si no les ponía límites, la próxima vez seguro hasta se le trepaban al techo.—No, no, ya no —aseguró Mireia, moviendo las manitas y con voz suavecita.—Está bien, entonces díganme: ¿qué andaban haciendo?Mireia miró a Samuel, sus ojitos grandes buscando ayuda. Samuel le hizo una seña rápida, levantando apenas la ceja.—Samuel, Mireia, los niños buenos no dicen mentiras —advirtió Noelia, mirando a ambos con seriedad.Bajo la presión de su hermano y su mamá, la carita de Mireia se arrugó de preocupación. Bajó la cabeza y murmuró:—Mireia no puede decirlo...Noelia suavizó el tono, queriendo entender.—¿Por qué no, mi amor?—Porque Samuel no me deja decirlo —respondió, apretando los labios.Samuel la miró sorprendido.—¿Y por qué Samuel no quiere que cuentes? —Noelia los observó a los dos, con una mezcla de curiosidad y sospecha.—Porque Samuel fue a regañar a papá por ti... —susurró Mireia.Samuel solo suspiró, resignado.Noelia sintió que el alma se le caía a los pies. ¿Cómo se les ocurría ir a buscar a Carmelo?Ella había regresado al país hace apenas una semana, después de años y con los dos niños. Carmelo jamás aceptó que se quedara con ellos, así que por nada del mundo quería que él supiera de su existencia. Su plan era vivir tranquila, sin volver a cruzarse con ese hombre. Pero estos dos, por alguna razón, insistían en meterse con él....Al mismo tiempo, en el edificio de el Grupo Paz, el equipo de seguridad máxima ya había ubicado la posición de quien les había jugado una broma pesada.—Jefe, ya dimos con el responsable —anunció Emiliano, entregándole la ubicación a Carmelo. El mapa señalaba justo la entrada del edificio.Carmelo frunció el ceño, molesto.—A ver, déjame ver —se acercó Mauricio, curioso—. ¡No inventes! Qué valor, hacer esto tan cerca de la oficina. No te preocupes, hermano, yo mismo atrapo a ese loco... —y se interrumpió al ver el rostro de Carmelo.Carmelo solo lo miró, serio. Mauricio sintió que le recorría un escalofrío y, poco a poco, apartó la vista.—...Está bien, ya me callo.Hizo el gesto de ponerse un cierre en la boca y se alejó, obediente.Carmelo regresó la mirada al monitor. Sus ojos se entrecerraron, afilados. ¿Quién era el valiente que se atrevía a provocarlo en sus propias narices?Se levantó con decisión. Esta vez pensaba ver con sus propios ojos quién era el intrépido que había osado desafiarlo.Al ver la escena, Mauricio no pudo evitar ir detrás.—Hermano, yo te acompaño....Noelia entendía que los niños lo habían hecho por ella. No podía ni regañarlos, pero sabía que Samuel había llamado la atención de Carmelo, y conociendo sus recursos, no tardaría en encontrarlos, sobre todo si estaban tan cerca, justo frente a el Grupo Paz.Un presentimiento de peligro se instaló en su pecho.Alzó la vista hacia el edificio y, de pronto, lo vio. Un hombre alto, de andar elegante, avanzaba hacia la puerta. Iba rodeado de gente, irradiando una autoridad que imponía a todos los que lo rodeaban.Carmelo.Cinco años después, Noelia lo reconoció de inmediato, como si nunca hubieran pasado los años.Su corazón se encogió, una alarma interna retumbando en su mente.¡Hay que huir!Aunque sentía un miedo terrible, mantuvo la cabeza fría: subió a los niños al asiento trasero y se sentó al volante.Samuel tenía un aire inconfundible a Carmelo; si se cruzaban, lo descubriría sin duda.Mientras tanto, Carmelo, con su mirada aguda, distinguió una silueta que le resultaba extrañamente familiar. Entrecerró los ojos y apuró el paso.Justo al llegar a la puerta, vio a una mujer entrar apresurada al carro.Esa figura...¿Noelia?

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