"Esto es un millón, ¡aléjate de la compañía de mi hijo!" Ante la humillación de que una dama de alta sociedad le lanzara el dinero, Valeria Obregón tomó la tarjeta con una sonrisa radiante: "¿Cuál es la contraseña?" Como una profesional en su "arte", Valeria captó perfectamente la regla de oro de su trabajo: "hacer lo que se le pague por hacer". ¿Un reemplazo del director ejecutivo por un salario de diez mil por hora? ¡Hecho! ¿Espiar al heredero por un salario mensual de cien mil? ¡Lo haría! En apariencia, ella era todo amor y devoción; pero en realidad, era fría e implacable. Hasta que un día, todos sus benefactores comenzaron a actuar de forma inesperada: el ejecutivo, con la mano en su cuello, le preguntó "¿A quién amas realmente?"; el señor, con los ojos rojos, la retuvo diciendo "No renuncies"; y el cliente actor... se quitó la máscara. Regla número uno del mundo laboral: ser un "adorador" era solo un trabajo; si te implicabas emocionalmente, entonces estabas perdida.

Capítulo 1—Esto es un millón, ¡aléjate de la empresa de mi hijo!La mujer elegante y distinguida empujó una tarjeta bancaria hacia Valeria Obregón.Valeria reaccionó más rápido de lo que pensó; en un parpadeo, ya tenía la tarjeta en la mano.No pudo evitar que la alegría se le desbordara por los ojos.¡Un millón de pesos! Si me tardo un segundo más, sería faltarle el respeto a ese dinero, pensó.La señora, vestida con ropa fina y actitud de “yo todo lo puedo”, frunció el ceño.—¿No tienes nada que preguntarme?Valeria levantó la vista y le sonrió.—Claro que sí.La mujer se acomodó en su asiento como quien se rebaja a tratar con alguien menos importante.—Solo puedes preguntar una cosa.—¿Cuál es la clave de la tarjeta?La señora se quedó callada, con la mirada perdida por unos segundos.A Valeria nunca le interesó meterse en los asuntos personales de sus clientes.Siempre había sido profesional: si no debía preguntar algo, no lo hacía.A la señora Luna se le partió la expresión, como si no pudiera creer lo que escuchaba.—¿No te da ni tantita curiosidad saber por qué de repente quiero terminar nuestro trato?Ese trato había empezado hacía más de un año.Valeria, apenas una pasante en la oficina de Grupo Permanente, fue abordada de repente por la señora Luna, que se le acercó con aire de importancia.—Sé que necesitas dinero. Yo te doy diez mil pesos al mes. Solo quiero que vigiles a César, que me informes de todo lo que haga en la empresa.César Luna, el heredero mayor de los Luna, había regresado de vivir en el extranjero.Su papá, el señor Luna, lo puso a trabajar en la empresa familiar para que aprendiera.Aun así, la señora Luna no confiaba ni tantito.Le preocupaba que su hijo, solo en la empresa, fuera víctima de los empleados viejos o se metiera en problemas que no supiera resolver.Pero el señor Luna estaba decidido a que el muchacho aprendiera por sí solo.Le prohibió a la señora Luna meterse demasiado. Le dijo que, como máximo, podía ir a verlo dos veces al mes.Hasta le advirtió que, si César no daba el ancho, entonces mejor que no heredara nada.Había otros que también querían la herencia, especialmente algunos hijos fuera del matrimonio.En familias con dinero, tener hijos fuera del matrimonio era lo más común.Por supuesto, la señora Luna jamás aceptaría que la herencia pasara a manos ajenas.Pero tampoco podía enfrentarse abiertamente a su esposo.Valeria, con su pasado sencillo, posición conveniente y necesidad urgente de dinero, llamó la atención de la señora Luna.En ese momento, Valeria no dudó: firmó el contrato, aceptando el trato de inmediato.Claro, para evitar que fuera demasiado obvio que vigilaba a César, tenía que disimular.Si el señor Luna llegaba a descubrir algo, sería un problemón, así que había que mantener las apariencias.La señora Luna quedó conforme, pero igual le advirtió:—Solo cumple con tu trabajo. No se te ocurra enamorarte de mi hijo. Ustedes no están en el mismo nivel, es imposible.Valeria le juró, casi dándose un golpe en el pecho, que eso jamás iba a pasar.Pero la señora Luna no le creyó mucho. Después de todo, su hijo era guapo y tenía dinero.¡Cualquier muchacha se le iba a derretir!Apenas cumplió veinte años y ya había muchachas de otras familias poderosas pidiendo casarse con él.Aun así, tampoco le preocupaba tanto: si Valeria no servía, podría encontrar a otra, seguro habría muchas dispuestas.Pero, para sorpresa de todos, Valeria hizo un trabajo impecable.Desde con quién se reunía César, hasta cuántas veces iba al baño y cuánto tardaba, todo lo anotaba y se lo entregaba a la señora Luna en tablas organizadas.Y con la ayuda de Valeria, César de a poco dejó de salir con mujeres y se concentró en la empresa.Así pasó más de un año.Ahora, viendo el brillo de curiosidad que le regalaba Valeria, la señora Luna sintió un poco de satisfacción.Aunque el trato ya se había terminado, quería dejar una buena impresión.Nunca se sabe cuándo alguien puede recomendarte con otro cliente, pensó Valeria.En este oficio, la fama también cuenta.Valeria guardó la tarjeta en la parte oculta de su bolso y fingió estar interesadísima.—¿Y por qué termina nuestro trato tan de repente?La señora Luna, viéndola así, se sintió mejor y levantó la cabeza con aires de superioridad.—Mi hijo ha demostrado mucho estos meses. Mi esposo decidió entregarle el mando real de la empresa.—Además, va a comprometerse. La familia de la novia seguro investigará su pasado sentimental y tu presencia podría manchar su reputación. Así que, por favor, vete cuanto antes.—Ese millón es para que no digas nada de nuestro trato. No quiero verte de nuevo, ni que cuentes esto a nadie.El término “manchar” sonó pesado, pero a Valeria no le importó nada.Agarró su bolso y se levantó con una sonrisa.—¡Perfecto! El lunes mismo entrego mi renuncia. Apenas termine mi trabajo, me voy.¡Por fin! Ya no tendría que ver la cara de ese presumido.Valeria iba feliz.Ahora tendría mucho tiempo libre. Tal vez conseguiría otro trabajo. Si no, se enfocaría en su tesis de graduación.Salió de la cafetería dando saltitos.La señora Luna se frotó las sienes, murmurando para sí:—¿De verdad mi hijo no le llama la atención ni un poco?En ese momento, la figura de Valeria, que ya había salido, regresó corriendo.La señora Luna apenas esbozó una sonrisa.¿Se habrá arrepentido?Pero Valeria, con cara de angustia, preguntó:—Señora Luna, ¡no me dijo la clave de la tarjeta!La señora Luna puso cara de: (。ì _ í。)Ahora sí, Valeria se fue de verdad, no sin antes llevarse tres porciones de pastel....Ya con el dinero en su cuenta, Valeria regresó corriendo a su departamento para arreglarse.Esa noche tenía que acompañar al temido Agustín Piñeiro a una fiesta.Así es, como de novela.Agustín, el típico jefe poderoso, tenía un amor imposible en el extranjero.Parecía que no sabía tomar un avión, porque nunca iba a buscarla.En vez de eso, buscó una “sustituta” en el país.Obvio, eso le venía perfecto a Valeria.Ella era la elegida para el papel.Ya maquillada y lista, revisó su celular.El jefe ya le había avisado, hace diez minutos, que estaba abajo.¡Chin! ¿Por qué hoy vino él mismo a buscarla?Con lo impaciente que era, seguro ya estaba enojado.Apenas salió del edificio, vio el lujoso carro negro estacionado.La ventana estaba a medias, no se veía quién iba dentro.Solo se veía una mano perfectamente cuidada, descansando en el marco, sosteniendo un cigarro que se encendía y apagaba con el viento.El reloj de dos millones de pesos hacía que la mano se viera aún más atractiva.Abrió la puerta del otro lado y, con una mirada apenada, dijo:—Perdón, señor Agustín, ¿lo hice esperar mucho?El hombre llevaba puesto un traje negro impecable. Tenía una figura erguida y su cara resultaba tan atractiva que parecía sacada de una portada de revista.Sin embargo, su expresión era tan dura que daba la impresión de que, si se acercaba más, hasta se podría manchar de tinta.Valeria se encogió un poco, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.En ese instante, comprendió perfectamente por qué en las novelas siempre decían que, cuando el jefe estaba de malas, hasta el aire parecía más frío y pesado.—¿No creen que el aire acondicionado está demasiado fuerte? —preguntó Nicolás, el chofer, desde adelante.Ah, así que el aire acondicionado estaba en lo más bajo.Valeria, sin perder tiempo, subió al carro, ni siquiera le prestó atención a que Agustín ni la mirara.Agustín hizo un gesto con la mano, indicándole a Nicolás que el aire estaba bien.Tantos años trabajando en el oficio de complacer clientes, habían vuelto a Valeria muy hábil para percibir el ánimo de los demás.Y hoy, viendo la cara de Agustín, era obvio que el jefe tenía un humor de perros.Acomodándose en el asiento, le preguntó con voz suave:—Señor Agustín, ¿anda de mal humor hoy?Agustín, con sus dedos largos y delgados, sacudió la ceniza de su cigarro. De pronto, extendió su mano izquierda hacia ella y le apretó el cuello con fuerza.—¿Tú quién te crees? ¿Por qué te importa cómo me siento?El rostro de Valeria se puso rojo de inmediato por la falta de aire; en sus ojos se mezclaban el susto y el desamparo.Fue entonces cuando vio que Agustín levantaba la mano en la que sostenía el cigarro.De golpe, los ojos de Valeria reflejaron un destello de dureza. Sujetó la muñeca de él con fuerza.—¡Señor Agustín, no lo haga!¡Maldito! ¿A poco quería quemarla con el cigarro?Una cosa era dejarse llevar por el típico juego del jefe dominante, total, le estaban pagando diez mil pesos la hora.Además, ni siquiera le estaba apretando fuerte, solo lo hacía por fingir.Pero si pretendía quemarla con el cigarro, ahí sí ya no.En el contrato había dejado bien claro que no se permitía ningún tipo de agresión física.Si rompían el contrato, ella tenía derecho a irse antes de tiempo.Y exigir que le pagaran cien veces más.Si el asunto era grave, hasta podía ir con la policía, ¡pero el dinero lo quería sí o sí!Al final, Valeria era una chica sola, rodeada de puros hombres grandes la mayor parte del tiempo.Así que tenía que cuidarse.Antes de trabajar con cualquier cliente, evaluaba los riesgos con seriedad; incluso lo dejaba escrito en el contrato.Y solo aceptaba a los clientes top, de los que no daban problemas.Hasta ahora había atendido a cinco y ninguno la había puesto en peligro.Eso sí, en sus servicios jamás se comprometía el cuerpo, solo la compañía y el apoyo emocional.Pero hoy, el jefe sí que estaba cruzando la línea.Por mucho que fueran los cien veces más de compensación, no le interesaba.Porque mientras siguiera viva, podía seguir trabajando.A menos que fuera inevitable, nunca hacía quedar mal a un cliente durante el servicio.Por eso, en vez de enfrentarse a Agustín de golpe, primero intentó frenarlo.Si no podía, pues ni modo, le tocaba darle un buen golpe.Después de todo, en este trabajo una tenía que saber defenderse, así que algo de pelea sí había aprendido.Agustín volteó a verla, la mano pequeña de Valeria rodeando su muñeca, y arrugó la frente.¡Vaya descuido!¡Como si una abuelita destrozara todo el estacionamiento!Aprovechando la oportunidad, Valeria se lanzó sobre él.De un giro ágil, le presionó la muñeca contra la ventana del carro y le hizo cosquillas en la palma.Agustín sintió la sensación y aflojó los dedos.En ese momento, un policía de tránsito se acercó.—Tirar colillas en la calle, multa de cincuenta pesos.El policía miró la escena de Valeria encima de Agustín y agregó:—Paguen la multa y luego siguen con lo suyo.Valeria: …Agustín: …Nicolás bajó a pagar la multa.Valeria se apresuró a apartarse de Agustín.Agustín se acomodó el traje, que había quedado un poco desordenado. Tomó aire para calmarse y preguntó, con tono cortante:—¿Qué clase de persona crees que soy?Ahí fue cuando Valeria entendió que lo había malinterpretado. Solo quería apagar la colilla en el cenicero del carro.Resulta que el jefe tenía más educación de lo que parecía.Enseguida intentó arreglar la situación, abriendo los ojos grandes y poniendo cara de niña buena:—No es que no quiera que me queme, señor Agustín… Es que si me deja una marca en la cara, ya no podría seguir acompañándolo, y eso me dolería más que si me matara.Mientras hablaba, tomó la mano de Agustín y la puso de nuevo en su cuello.—Señor Agustín, siga si quiere.¡Lo que sea por amor!Agustín retiró su mano con indiferencia, pero no pudo evitar frotarse la palma, aún sintiendo la cosquilla.—¡Lárgate!Valeria se hizo bolita en el asiento trasero del Maybach, lo más lejos posible de Agustín.Por fuera parecía muy afectada, pero por dentro estaba encantada.Esta situación era la mejor: no tenía que decir nada, ni hacer nada, solo cobrar.¡Puro dinero fácil!Nicolás, al volante, miró por el retrovisor y vio a Valeria hecha un ovillo en el asiento trasero, tan pequeña que hasta le dio un poco de lástima.Pero él también era solo un empleado, así que ni modo de decir algo.Nada fácil la vida para quienes se ganan la vida así.El carro avanzó tranquilo por la avenida, hasta detenerse frente a un hotel de cinco estrellas.Antes de bajar, Agustín dijo con su tono distante:—Hoy hay una cena para recibir a una amiga que acaba de regresar al país.Valeria lo entendió al instante: la verdadera amada del jefe volvía.Pero la que el jefe amaba de verdad aún no regresaba.Con razón andaba tan de malas.¿Y ahora qué debía hacer?Pues mostrarle a esa amiga lo “feliz” que era la pareja de Agustín, por si acaso la chismosa le contaba a la verdadera amada.Quizás, con suerte, se enojaba y volvía al país.Pero esto no era una novela, aquí el jefe nunca se iba a enamorar de su sustituta. Lo más seguro era que volviera con su verdadero amor.Y si no, igual le daba lo mismo.Ella estaba ahí para hacer su trabajo y, cuando se acabara el contrato, adiós.Siempre profesional, se enfocaba en cumplir la meta del cliente.—Entendido, señor Agustín, pero solo me queda una hora y media.Le estaba recordando que no se pasara del tiempo.Tenía otro cliente más tarde; le tocaba jugar a los juegos de retos.Agustín la miró de reojo.—Hora y media basta. No pienso tenerte cerca más de eso. No te hagas ilusiones, solo eres una sustituta.Valeria: …¡Como quieras!Mientras no le quitara el tiempo ni el dinero, todo bien....En ese momento, un carro deportivo rojo se estacionó en el parqueo.Bajó un joven de cabello azul.Se sacudió el cabello con fastidio.—¡Qué fastidio! Solo me quedo un rato y me largo. ¿Qué tontería de matrimonio arreglado es esta? ¡Como si yo necesitara casarme por conveniencia!—¡Guau! ¡Qué bonita es! ¡De verdad se parece un montón a Florencia!—¿De qué sirve ser bonita? Al final no es más que una copia. Cuando regrese la señorita Florencia, la van a botar como si nada.—Yo creo que se operó la cara para parecerse a Florencia. ¡Qué mujer tan calculadora!Valeria siempre había tenido un tipo de belleza imponente, de esas mujeres que se roban todas las miradas. Pero gracias a su talento con el maquillaje, era capaz de transformarse en una chica de apariencia frágil, como una florecita que se dobla con el viento.Había conocido a Agustín medio año atrás, mientras trabajaba como mesera en una fiesta elegante. Aquella noche, Agustín estaba tan pasado de copas que la agarró de la mano y empezó a llamarla:—¡Florencia! ¡Florencia!—Si vuelves, te doy lo que quieras, Florencia, lo que tú digas…Valeria estuvo a punto de gritarle que soltara su mano de cerdo. Pero antes de abrir la boca, uno de los amigos de Agustín sacó varios billetes rojos —eran unos cuantos miles de pesos— y se los lanzó a Valeria.—Hazle el favor de tranquilizarlo —le pidió—. No tienes que hacer nada más.Para Valeria, aquello fue como si le hubiera caído dinero del cielo.Normalmente no era buena para consolar a nadie. Pero viendo el montón de billetes, se le activó el don de la palabra.En vez de insultarlo, sonrió y le susurró al oído:—Florencia está aquí, Florencia nunca se va a ir de tu lado.Soltó cualquier cosa que se le ocurrió y, para su sorpresa, Agustín se relajó y terminó quedándose dormido en su hombro como si nada.Después, le entregó a Agustín a sus amigos y, antes de irse, les mostró su mejor sonrisa, anotando su número en una servilleta.—Para la próxima, si necesitan el mismo servicio, llámenme. ¡Soy profesional en esto! Y si me llaman seguido, les hago descuento.Al día siguiente, recibió una llamada del mismísimo Agustín. Le propuso que fuera su “sustituta”, que lo acompañara a comer o a hacer ejercicio —pero ejercicio de verdad: correr, jugar golf, esas cosas sanas.El pago: diez mil pesos por hora.¿Cómo iba a rechazar algo así? Valeria firmó ese mismo día el contrato de “enamorada temporal”.Si ella no lo quería de verdad, al menos como sustituta tenía que actuar como una novia devota.Hasta buscó fotos de la verdadera Florencia en internet. Y sí, tenían cierto parecido, pero no era suficiente. Con el dinero que le pagaban, se esmeró en el maquillaje y en nada se parecía a esa chica tímida del principio: ahora era casi una copia perfecta.La primera vez que fue a ver a Agustín, él casi se la creyó. Por poco le dice “¡Florencia Espejo, eres tú!”No era raro que la gente hablara de ella. Nadie conocía el acuerdo secreto que tenía con Agustín. Hasta ahora, nunca la había llevado a un evento tan concurrido. Siempre iban a su casa, cuando él quería descansar.Por cierto, el chef que tenía Agustín era un genio. Cocinaba delicioso. Pero Valeria sabía que la verdadera Florencia era una mujer elegante, así que cuando comía con Agustín, apenas probaba bocado y después, antes de irse, pasaba a la cocina para llevarse la comida y darse un festín en privado.Para los invitados a la fiesta, Valeria no era más que una oportunista que quería ascender a base de su cara bonita.A ella no le importaban esos comentarios. Si le pagaban bien por hacer el papel de la sufrida, pues ni modo, aguantaba lo que viniera. Además, esas críticas no tenían ni pizca de creatividad comparadas con las que había escuchado antes.Esa noche, Valeria vestía un vestido blanco, el cabello largo y liso caía sobre sus hombros y su mano delgada se aferraba al brazo de Agustín. Observaba las luces, la música, el lujo de la fiesta, y en sus ojos apareció una expresión vulnerable, como si estuviera perdida en medio de la selva.Al escuchar los cuchicheos, se aferró aún más al brazo de Agustín, como una conejita asustada atrapada en territorio peligroso.Agustín la miró de reojo y, sin saber por qué, sintió unas ganas enormes de protegerla. Valeria apenas tenía veintitrés años y ni siquiera se había graduado de la universidad. ¿Cuándo la habían puesto en evidencia ante tanta gente?Agustín le dio unas palmadas suaves en la mano, y con voz dura, les espetó a las chismosas:—¿Ya acabaron de hablar?Él sí que imponía. Cuando se enojaba, a más de una se le quitaban las ganas de seguir molestando.Las chicas se dispersaron de inmediato.Valeria levantó la cara y, con los ojos llenos de cariño, lo miró:—¡Señor Agustín, gracias!Agustín la miró fijamente, arrugando la frente.¿Por qué esa mirada tan apasionada? ¿No se suponía que ella no era actriz? ¿De dónde salía tanto talento?—Eres mía, no voy a dejar que te molesten —le dijo Agustín, acariciándole la nariz.Valeria giró la cabeza, fingiendo ternura y un poco de timidez, pero por dentro ya lo estaba maldiciendo.¡Qué tipo tan molesto!, pensó. ¿Para qué me tocas la nariz? Ahora voy a tener que arreglarme el maquillaje, y este maquillaje me costó una fortuna. Con ese simple gesto, ya perdí un peso.Y encima, ¡qué actuación tan forzada! Ni cómo ayudarlo.—¡Agustín! ¿Qué estás haciendo? —una voz de mujer, molesta, retumbó en el salón.Valeria, que tenía ojos de halcón, ya había notado desde antes que esa mujer los observaba.Y seguramente Agustín también lo hizo todo para que esa mujer los viera. ¡Qué actuación tan forzada!Capítulo 2—Esto es un millón, ¡aléjate de la empresa de mi hijo!La mujer elegante y distinguida empujó una tarjeta bancaria hacia Valeria Obregón.Valeria reaccionó más rápido de lo que pensó; en un parpadeo, ya tenía la tarjeta en la mano.No pudo evitar que la alegría se le desbordara por los ojos.¡Un millón de pesos! Si me tardo un segundo más, sería faltarle el respeto a ese dinero, pensó.La señora, vestida con ropa fina y actitud de “yo todo lo puedo”, frunció el ceño.—¿No tienes nada que preguntarme?Valeria levantó la vista y le sonrió.—Claro que sí.La mujer se acomodó en su asiento como quien se rebaja a tratar con alguien menos importante.—Solo puedes preguntar una cosa.—¿Cuál es la clave de la tarjeta?La señora se quedó callada, con la mirada perdida por unos segundos.A Valeria nunca le interesó meterse en los asuntos personales de sus clientes.Siempre había sido profesional: si no debía preguntar algo, no lo hacía.A la señora Luna se le partió la expresión, como si no pudiera creer lo que escuchaba.—¿No te da ni tantita curiosidad saber por qué de repente quiero terminar nuestro trato?Ese trato había empezado hacía más de un año.Valeria, apenas una pasante en la oficina de Grupo Permanente, fue abordada de repente por la señora Luna, que se le acercó con aire de importancia.—Sé que necesitas dinero. Yo te doy diez mil pesos al mes. Solo quiero que vigiles a César, que me informes de todo lo que haga en la empresa.César Luna, el heredero mayor de los Luna, había regresado de vivir en el extranjero.Su papá, el señor Luna, lo puso a trabajar en la empresa familiar para que aprendiera.Aun así, la señora Luna no confiaba ni tantito.Le preocupaba que su hijo, solo en la empresa, fuera víctima de los empleados viejos o se metiera en problemas que no supiera resolver.Pero el señor Luna estaba decidido a que el muchacho aprendiera por sí solo.Le prohibió a la señora Luna meterse demasiado. Le dijo que, como máximo, podía ir a verlo dos veces al mes.Hasta le advirtió que, si César no daba el ancho, entonces mejor que no heredara nada.Había otros que también querían la herencia, especialmente algunos hijos fuera del matrimonio.En familias con dinero, tener hijos fuera del matrimonio era lo más común.Por supuesto, la señora Luna jamás aceptaría que la herencia pasara a manos ajenas.Pero tampoco podía enfrentarse abiertamente a su esposo.Valeria, con su pasado sencillo, posición conveniente y necesidad urgente de dinero, llamó la atención de la señora Luna.En ese momento, Valeria no dudó: firmó el contrato, aceptando el trato de inmediato.Claro, para evitar que fuera demasiado obvio que vigilaba a César, tenía que disimular.Si el señor Luna llegaba a descubrir algo, sería un problemón, así que había que mantener las apariencias.La señora Luna quedó conforme, pero igual le advirtió:—Solo cumple con tu trabajo. No se te ocurra enamorarte de mi hijo. Ustedes no están en el mismo nivel, es imposible.Valeria le juró, casi dándose un golpe en el pecho, que eso jamás iba a pasar.Pero la señora Luna no le creyó mucho. Después de todo, su hijo era guapo y tenía dinero.¡Cualquier muchacha se le iba a derretir!Apenas cumplió veinte años y ya había muchachas de otras familias poderosas pidiendo casarse con él.Aun así, tampoco le preocupaba tanto: si Valeria no servía, podría encontrar a otra, seguro habría muchas dispuestas.Pero, para sorpresa de todos, Valeria hizo un trabajo impecable.Desde con quién se reunía César, hasta cuántas veces iba al baño y cuánto tardaba, todo lo anotaba y se lo entregaba a la señora Luna en tablas organizadas.Y con la ayuda de Valeria, César de a poco dejó de salir con mujeres y se concentró en la empresa.Así pasó más de un año.Ahora, viendo el brillo de curiosidad que le regalaba Valeria, la señora Luna sintió un poco de satisfacción.Aunque el trato ya se había terminado, quería dejar una buena impresión.Nunca se sabe cuándo alguien puede recomendarte con otro cliente, pensó Valeria.En este oficio, la fama también cuenta.Valeria guardó la tarjeta en la parte oculta de su bolso y fingió estar interesadísima.—¿Y por qué termina nuestro trato tan de repente?La señora Luna, viéndola así, se sintió mejor y levantó la cabeza con aires de superioridad.—Mi hijo ha demostrado mucho estos meses. Mi esposo decidió entregarle el mando real de la empresa.—Además, va a comprometerse. La familia de la novia seguro investigará su pasado sentimental y tu presencia podría manchar su reputación. Así que, por favor, vete cuanto antes.—Ese millón es para que no digas nada de nuestro trato. No quiero verte de nuevo, ni que cuentes esto a nadie.El término “manchar” sonó pesado, pero a Valeria no le importó nada.Agarró su bolso y se levantó con una sonrisa.—¡Perfecto! El lunes mismo entrego mi renuncia. Apenas termine mi trabajo, me voy.¡Por fin! Ya no tendría que ver la cara de ese presumido.Valeria iba feliz.Ahora tendría mucho tiempo libre. Tal vez conseguiría otro trabajo. Si no, se enfocaría en su tesis de graduación.Salió de la cafetería dando saltitos.La señora Luna se frotó las sienes, murmurando para sí:—¿De verdad mi hijo no le llama la atención ni un poco?En ese momento, la figura de Valeria, que ya había salido, regresó corriendo.La señora Luna apenas esbozó una sonrisa.¿Se habrá arrepentido?Pero Valeria, con cara de angustia, preguntó:—Señora Luna, ¡no me dijo la clave de la tarjeta!La señora Luna puso cara de: (。ì _ í。)Ahora sí, Valeria se fue de verdad, no sin antes llevarse tres porciones de pastel....Ya con el dinero en su cuenta, Valeria regresó corriendo a su departamento para arreglarse.Esa noche tenía que acompañar al temido Agustín Piñeiro a una fiesta.Así es, como de novela.Agustín, el típico jefe poderoso, tenía un amor imposible en el extranjero.Parecía que no sabía tomar un avión, porque nunca iba a buscarla.En vez de eso, buscó una “sustituta” en el país.Obvio, eso le venía perfecto a Valeria.Ella era la elegida para el papel.Ya maquillada y lista, revisó su celular.El jefe ya le había avisado, hace diez minutos, que estaba abajo.¡Chin! ¿Por qué hoy vino él mismo a buscarla?Con lo impaciente que era, seguro ya estaba enojado.Apenas salió del edificio, vio el lujoso carro negro estacionado.La ventana estaba a medias, no se veía quién iba dentro.Solo se veía una mano perfectamente cuidada, descansando en el marco, sosteniendo un cigarro que se encendía y apagaba con el viento.El reloj de dos millones de pesos hacía que la mano se viera aún más atractiva.Abrió la puerta del otro lado y, con una mirada apenada, dijo:—Perdón, señor Agustín, ¿lo hice esperar mucho?El hombre llevaba puesto un traje negro impecable. Tenía una figura erguida y su cara resultaba tan atractiva que parecía sacada de una portada de revista.Sin embargo, su expresión era tan dura que daba la impresión de que, si se acercaba más, hasta se podría manchar de tinta.Valeria se encogió un poco, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.En ese instante, comprendió perfectamente por qué en las novelas siempre decían que, cuando el jefe estaba de malas, hasta el aire parecía más frío y pesado.—¿No creen que el aire acondicionado está demasiado fuerte? —preguntó Nicolás, el chofer, desde adelante.Ah, así que el aire acondicionado estaba en lo más bajo.Valeria, sin perder tiempo, subió al carro, ni siquiera le prestó atención a que Agustín ni la mirara.Agustín hizo un gesto con la mano, indicándole a Nicolás que el aire estaba bien.Tantos años trabajando en el oficio de complacer clientes, habían vuelto a Valeria muy hábil para percibir el ánimo de los demás.Y hoy, viendo la cara de Agustín, era obvio que el jefe tenía un humor de perros.Acomodándose en el asiento, le preguntó con voz suave:—Señor Agustín, ¿anda de mal humor hoy?Agustín, con sus dedos largos y delgados, sacudió la ceniza de su cigarro. De pronto, extendió su mano izquierda hacia ella y le apretó el cuello con fuerza.—¿Tú quién te crees? ¿Por qué te importa cómo me siento?El rostro de Valeria se puso rojo de inmediato por la falta de aire; en sus ojos se mezclaban el susto y el desamparo.Fue entonces cuando vio que Agustín levantaba la mano en la que sostenía el cigarro.De golpe, los ojos de Valeria reflejaron un destello de dureza. Sujetó la muñeca de él con fuerza.—¡Señor Agustín, no lo haga!¡Maldito! ¿A poco quería quemarla con el cigarro?Una cosa era dejarse llevar por el típico juego del jefe dominante, total, le estaban pagando diez mil pesos la hora.Además, ni siquiera le estaba apretando fuerte, solo lo hacía por fingir.Pero si pretendía quemarla con el cigarro, ahí sí ya no.En el contrato había dejado bien claro que no se permitía ningún tipo de agresión física.Si rompían el contrato, ella tenía derecho a irse antes de tiempo.Y exigir que le pagaran cien veces más.Si el asunto era grave, hasta podía ir con la policía, ¡pero el dinero lo quería sí o sí!Al final, Valeria era una chica sola, rodeada de puros hombres grandes la mayor parte del tiempo.Así que tenía que cuidarse.Antes de trabajar con cualquier cliente, evaluaba los riesgos con seriedad; incluso lo dejaba escrito en el contrato.Y solo aceptaba a los clientes top, de los que no daban problemas.Hasta ahora había atendido a cinco y ninguno la había puesto en peligro.Eso sí, en sus servicios jamás se comprometía el cuerpo, solo la compañía y el apoyo emocional.Pero hoy, el jefe sí que estaba cruzando la línea.Por mucho que fueran los cien veces más de compensación, no le interesaba.Porque mientras siguiera viva, podía seguir trabajando.A menos que fuera inevitable, nunca hacía quedar mal a un cliente durante el servicio.Por eso, en vez de enfrentarse a Agustín de golpe, primero intentó frenarlo.Si no podía, pues ni modo, le tocaba darle un buen golpe.Después de todo, en este trabajo una tenía que saber defenderse, así que algo de pelea sí había aprendido.Agustín volteó a verla, la mano pequeña de Valeria rodeando su muñeca, y arrugó la frente.¡Vaya descuido!¡Como si una abuelita destrozara todo el estacionamiento!Aprovechando la oportunidad, Valeria se lanzó sobre él.De un giro ágil, le presionó la muñeca contra la ventana del carro y le hizo cosquillas en la palma.Agustín sintió la sensación y aflojó los dedos.En ese momento, un policía de tránsito se acercó.—Tirar colillas en la calle, multa de cincuenta pesos.El policía miró la escena de Valeria encima de Agustín y agregó:—Paguen la multa y luego siguen con lo suyo.Valeria: …Agustín: …Nicolás bajó a pagar la multa.Valeria se apresuró a apartarse de Agustín.Agustín se acomodó el traje, que había quedado un poco desordenado. Tomó aire para calmarse y preguntó, con tono cortante:—¿Qué clase de persona crees que soy?Ahí fue cuando Valeria entendió que lo había malinterpretado. Solo quería apagar la colilla en el cenicero del carro.Resulta que el jefe tenía más educación de lo que parecía.Enseguida intentó arreglar la situación, abriendo los ojos grandes y poniendo cara de niña buena:—No es que no quiera que me queme, señor Agustín… Es que si me deja una marca en la cara, ya no podría seguir acompañándolo, y eso me dolería más que si me matara.Mientras hablaba, tomó la mano de Agustín y la puso de nuevo en su cuello.—Señor Agustín, siga si quiere.¡Lo que sea por amor!Agustín retiró su mano con indiferencia, pero no pudo evitar frotarse la palma, aún sintiendo la cosquilla.—¡Lárgate!Valeria se hizo bolita en el asiento trasero del Maybach, lo más lejos posible de Agustín.Por fuera parecía muy afectada, pero por dentro estaba encantada.Esta situación era la mejor: no tenía que decir nada, ni hacer nada, solo cobrar.¡Puro dinero fácil!Nicolás, al volante, miró por el retrovisor y vio a Valeria hecha un ovillo en el asiento trasero, tan pequeña que hasta le dio un poco de lástima.Pero él también era solo un empleado, así que ni modo de decir algo.Nada fácil la vida para quienes se ganan la vida así.El carro avanzó tranquilo por la avenida, hasta detenerse frente a un hotel de cinco estrellas.Antes de bajar, Agustín dijo con su tono distante:—Hoy hay una cena para recibir a una amiga que acaba de regresar al país.Valeria lo entendió al instante: la verdadera amada del jefe volvía.Pero la que el jefe amaba de verdad aún no regresaba.Con razón andaba tan de malas.¿Y ahora qué debía hacer?Pues mostrarle a esa amiga lo “feliz” que era la pareja de Agustín, por si acaso la chismosa le contaba a la verdadera amada.Quizás, con suerte, se enojaba y volvía al país.Pero esto no era una novela, aquí el jefe nunca se iba a enamorar de su sustituta. Lo más seguro era que volviera con su verdadero amor.Y si no, igual le daba lo mismo.Ella estaba ahí para hacer su trabajo y, cuando se acabara el contrato, adiós.Siempre profesional, se enfocaba en cumplir la meta del cliente.—Entendido, señor Agustín, pero solo me queda una hora y media.Le estaba recordando que no se pasara del tiempo.Tenía otro cliente más tarde; le tocaba jugar a los juegos de retos.Agustín la miró de reojo.—Hora y media basta. No pienso tenerte cerca más de eso. No te hagas ilusiones, solo eres una sustituta.Valeria: …¡Como quieras!Mientras no le quitara el tiempo ni el dinero, todo bien....En ese momento, un carro deportivo rojo se estacionó en el parqueo.Bajó un joven de cabello azul.Se sacudió el cabello con fastidio.—¡Qué fastidio! Solo me quedo un rato y me largo. ¿Qué tontería de matrimonio arreglado es esta? ¡Como si yo necesitara casarme por conveniencia!—¡Guau! ¡Qué bonita es! ¡De verdad se parece un montón a Florencia!—¿De qué sirve ser bonita? Al final no es más que una copia. Cuando regrese la señorita Florencia, la van a botar como si nada.—Yo creo que se operó la cara para parecerse a Florencia. ¡Qué mujer tan calculadora!Valeria siempre había tenido un tipo de belleza imponente, de esas mujeres que se roban todas las miradas. Pero gracias a su talento con el maquillaje, era capaz de transformarse en una chica de apariencia frágil, como una florecita que se dobla con el viento.Había conocido a Agustín medio año atrás, mientras trabajaba como mesera en una fiesta elegante. Aquella noche, Agustín estaba tan pasado de copas que la agarró de la mano y empezó a llamarla:—¡Florencia! ¡Florencia!—Si vuelves, te doy lo que quieras, Florencia, lo que tú digas…Valeria estuvo a punto de gritarle que soltara su mano de cerdo. Pero antes de abrir la boca, uno de los amigos de Agustín sacó varios billetes rojos —eran unos cuantos miles de pesos— y se los lanzó a Valeria.—Hazle el favor de tranquilizarlo —le pidió—. No tienes que hacer nada más.Para Valeria, aquello fue como si le hubiera caído dinero del cielo.Normalmente no era buena para consolar a nadie. Pero viendo el montón de billetes, se le activó el don de la palabra.En vez de insultarlo, sonrió y le susurró al oído:—Florencia está aquí, Florencia nunca se va a ir de tu lado.Soltó cualquier cosa que se le ocurrió y, para su sorpresa, Agustín se relajó y terminó quedándose dormido en su hombro como si nada.Después, le entregó a Agustín a sus amigos y, antes de irse, les mostró su mejor sonrisa, anotando su número en una servilleta.—Para la próxima, si necesitan el mismo servicio, llámenme. ¡Soy profesional en esto! Y si me llaman seguido, les hago descuento.Al día siguiente, recibió una llamada del mismísimo Agustín. Le propuso que fuera su “sustituta”, que lo acompañara a comer o a hacer ejercicio —pero ejercicio de verdad: correr, jugar golf, esas cosas sanas.El pago: diez mil pesos por hora.¿Cómo iba a rechazar algo así? Valeria firmó ese mismo día el contrato de “enamorada temporal”.Si ella no lo quería de verdad, al menos como sustituta tenía que actuar como una novia devota.Hasta buscó fotos de la verdadera Florencia en internet. Y sí, tenían cierto parecido, pero no era suficiente. Con el dinero que le pagaban, se esmeró en el maquillaje y en nada se parecía a esa chica tímida del principio: ahora era casi una copia perfecta.La primera vez que fue a ver a Agustín, él casi se la creyó. Por poco le dice “¡Florencia Espejo, eres tú!”No era raro que la gente hablara de ella. Nadie conocía el acuerdo secreto que tenía con Agustín. Hasta ahora, nunca la había llevado a un evento tan concurrido. Siempre iban a su casa, cuando él quería descansar.Por cierto, el chef que tenía Agustín era un genio. Cocinaba delicioso. Pero Valeria sabía que la verdadera Florencia era una mujer elegante, así que cuando comía con Agustín, apenas probaba bocado y después, antes de irse, pasaba a la cocina para llevarse la comida y darse un festín en privado.Para los invitados a la fiesta, Valeria no era más que una oportunista que quería ascender a base de su cara bonita.A ella no le importaban esos comentarios. Si le pagaban bien por hacer el papel de la sufrida, pues ni modo, aguantaba lo que viniera. Además, esas críticas no tenían ni pizca de creatividad comparadas con las que había escuchado antes.Esa noche, Valeria vestía un vestido blanco, el cabello largo y liso caía sobre sus hombros y su mano delgada se aferraba al brazo de Agustín. Observaba las luces, la música, el lujo de la fiesta, y en sus ojos apareció una expresión vulnerable, como si estuviera perdida en medio de la selva.Al escuchar los cuchicheos, se aferró aún más al brazo de Agustín, como una conejita asustada atrapada en territorio peligroso.Agustín la miró de reojo y, sin saber por qué, sintió unas ganas enormes de protegerla. Valeria apenas tenía veintitrés años y ni siquiera se había graduado de la universidad. ¿Cuándo la habían puesto en evidencia ante tanta gente?Agustín le dio unas palmadas suaves en la mano, y con voz dura, les espetó a las chismosas:—¿Ya acabaron de hablar?Él sí que imponía. Cuando se enojaba, a más de una se le quitaban las ganas de seguir molestando.Las chicas se dispersaron de inmediato.Valeria levantó la cara y, con los ojos llenos de cariño, lo miró:—¡Señor Agustín, gracias!Agustín la miró fijamente, arrugando la frente.¿Por qué esa mirada tan apasionada? ¿No se suponía que ella no era actriz? ¿De dónde salía tanto talento?—Eres mía, no voy a dejar que te molesten —le dijo Agustín, acariciándole la nariz.Valeria giró la cabeza, fingiendo ternura y un poco de timidez, pero por dentro ya lo estaba maldiciendo.¡Qué tipo tan molesto!, pensó. ¿Para qué me tocas la nariz? Ahora voy a tener que arreglarme el maquillaje, y este maquillaje me costó una fortuna. Con ese simple gesto, ya perdí un peso.Y encima, ¡qué actuación tan forzada! Ni cómo ayudarlo.—¡Agustín! ¿Qué estás haciendo? —una voz de mujer, molesta, retumbó en el salón.Valeria, que tenía ojos de halcón, ya había notado desde antes que esa mujer los observaba.Y seguramente Agustín también lo hizo todo para que esa mujer los viera. ¡Qué actuación tan forzada!Capítulo 3—Esto es un millón, ¡aléjate de la empresa de mi hijo!La mujer elegante y distinguida empujó una tarjeta bancaria hacia Valeria Obregón.Valeria reaccionó más rápido de lo que pensó; en un parpadeo, ya tenía la tarjeta en la mano.No pudo evitar que la alegría se le desbordara por los ojos.¡Un millón de pesos! Si me tardo un segundo más, sería faltarle el respeto a ese dinero, pensó.La señora, vestida con ropa fina y actitud de “yo todo lo puedo”, frunció el ceño.—¿No tienes nada que preguntarme?Valeria levantó la vista y le sonrió.—Claro que sí.La mujer se acomodó en su asiento como quien se rebaja a tratar con alguien menos importante.—Solo puedes preguntar una cosa.—¿Cuál es la clave de la tarjeta?La señora se quedó callada, con la mirada perdida por unos segundos.A Valeria nunca le interesó meterse en los asuntos personales de sus clientes.Siempre había sido profesional: si no debía preguntar algo, no lo hacía.A la señora Luna se le partió la expresión, como si no pudiera creer lo que escuchaba.—¿No te da ni tantita curiosidad saber por qué de repente quiero terminar nuestro trato?Ese trato había empezado hacía más de un año.Valeria, apenas una pasante en la oficina de Grupo Permanente, fue abordada de repente por la señora Luna, que se le acercó con aire de importancia.—Sé que necesitas dinero. Yo te doy diez mil pesos al mes. Solo quiero que vigiles a César, que me informes de todo lo que haga en la empresa.César Luna, el heredero mayor de los Luna, había regresado de vivir en el extranjero.Su papá, el señor Luna, lo puso a trabajar en la empresa familiar para que aprendiera.Aun así, la señora Luna no confiaba ni tantito.Le preocupaba que su hijo, solo en la empresa, fuera víctima de los empleados viejos o se metiera en problemas que no supiera resolver.Pero el señor Luna estaba decidido a que el muchacho aprendiera por sí solo.Le prohibió a la señora Luna meterse demasiado. Le dijo que, como máximo, podía ir a verlo dos veces al mes.Hasta le advirtió que, si César no daba el ancho, entonces mejor que no heredara nada.Había otros que también querían la herencia, especialmente algunos hijos fuera del matrimonio.En familias con dinero, tener hijos fuera del matrimonio era lo más común.Por supuesto, la señora Luna jamás aceptaría que la herencia pasara a manos ajenas.Pero tampoco podía enfrentarse abiertamente a su esposo.Valeria, con su pasado sencillo, posición conveniente y necesidad urgente de dinero, llamó la atención de la señora Luna.En ese momento, Valeria no dudó: firmó el contrato, aceptando el trato de inmediato.Claro, para evitar que fuera demasiado obvio que vigilaba a César, tenía que disimular.Si el señor Luna llegaba a descubrir algo, sería un problemón, así que había que mantener las apariencias.La señora Luna quedó conforme, pero igual le advirtió:—Solo cumple con tu trabajo. No se te ocurra enamorarte de mi hijo. Ustedes no están en el mismo nivel, es imposible.Valeria le juró, casi dándose un golpe en el pecho, que eso jamás iba a pasar.Pero la señora Luna no le creyó mucho. Después de todo, su hijo era guapo y tenía dinero.¡Cualquier muchacha se le iba a derretir!Apenas cumplió veinte años y ya había muchachas de otras familias poderosas pidiendo casarse con él.Aun así, tampoco le preocupaba tanto: si Valeria no servía, podría encontrar a otra, seguro habría muchas dispuestas.Pero, para sorpresa de todos, Valeria hizo un trabajo impecable.Desde con quién se reunía César, hasta cuántas veces iba al baño y cuánto tardaba, todo lo anotaba y se lo entregaba a la señora Luna en tablas organizadas.Y con la ayuda de Valeria, César de a poco dejó de salir con mujeres y se concentró en la empresa.Así pasó más de un año.Ahora, viendo el brillo de curiosidad que le regalaba Valeria, la señora Luna sintió un poco de satisfacción.Aunque el trato ya se había terminado, quería dejar una buena impresión.Nunca se sabe cuándo alguien puede recomendarte con otro cliente, pensó Valeria.En este oficio, la fama también cuenta.Valeria guardó la tarjeta en la parte oculta de su bolso y fingió estar interesadísima.—¿Y por qué termina nuestro trato tan de repente?La señora Luna, viéndola así, se sintió mejor y levantó la cabeza con aires de superioridad.—Mi hijo ha demostrado mucho estos meses. Mi esposo decidió entregarle el mando real de la empresa.—Además, va a comprometerse. La familia de la novia seguro investigará su pasado sentimental y tu presencia podría manchar su reputación. Así que, por favor, vete cuanto antes.—Ese millón es para que no digas nada de nuestro trato. No quiero verte de nuevo, ni que cuentes esto a nadie.El término “manchar” sonó pesado, pero a Valeria no le importó nada.Agarró su bolso y se levantó con una sonrisa.—¡Perfecto! El lunes mismo entrego mi renuncia. Apenas termine mi trabajo, me voy.¡Por fin! Ya no tendría que ver la cara de ese presumido.Valeria iba feliz.Ahora tendría mucho tiempo libre. Tal vez conseguiría otro trabajo. Si no, se enfocaría en su tesis de graduación.Salió de la cafetería dando saltitos.La señora Luna se frotó las sienes, murmurando para sí:—¿De verdad mi hijo no le llama la atención ni un poco?En ese momento, la figura de Valeria, que ya había salido, regresó corriendo.La señora Luna apenas esbozó una sonrisa.¿Se habrá arrepentido?Pero Valeria, con cara de angustia, preguntó:—Señora Luna, ¡no me dijo la clave de la tarjeta!La señora Luna puso cara de: (。ì _ í。)Ahora sí, Valeria se fue de verdad, no sin antes llevarse tres porciones de pastel....Ya con el dinero en su cuenta, Valeria regresó corriendo a su departamento para arreglarse.Esa noche tenía que acompañar al temido Agustín Piñeiro a una fiesta.Así es, como de novela.Agustín, el típico jefe poderoso, tenía un amor imposible en el extranjero.Parecía que no sabía tomar un avión, porque nunca iba a buscarla.En vez de eso, buscó una “sustituta” en el país.Obvio, eso le venía perfecto a Valeria.Ella era la elegida para el papel.Ya maquillada y lista, revisó su celular.El jefe ya le había avisado, hace diez minutos, que estaba abajo.¡Chin! ¿Por qué hoy vino él mismo a buscarla?Con lo impaciente que era, seguro ya estaba enojado.Apenas salió del edificio, vio el lujoso carro negro estacionado.La ventana estaba a medias, no se veía quién iba dentro.Solo se veía una mano perfectamente cuidada, descansando en el marco, sosteniendo un cigarro que se encendía y apagaba con el viento.El reloj de dos millones de pesos hacía que la mano se viera aún más atractiva.Abrió la puerta del otro lado y, con una mirada apenada, dijo:—Perdón, señor Agustín, ¿lo hice esperar mucho?El hombre llevaba puesto un traje negro impecable. Tenía una figura erguida y su cara resultaba tan atractiva que parecía sacada de una portada de revista.Sin embargo, su expresión era tan dura que daba la impresión de que, si se acercaba más, hasta se podría manchar de tinta.Valeria se encogió un poco, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.En ese instante, comprendió perfectamente por qué en las novelas siempre decían que, cuando el jefe estaba de malas, hasta el aire parecía más frío y pesado.—¿No creen que el aire acondicionado está demasiado fuerte? —preguntó Nicolás, el chofer, desde adelante.Ah, así que el aire acondicionado estaba en lo más bajo.Valeria, sin perder tiempo, subió al carro, ni siquiera le prestó atención a que Agustín ni la mirara.Agustín hizo un gesto con la mano, indicándole a Nicolás que el aire estaba bien.Tantos años trabajando en el oficio de complacer clientes, habían vuelto a Valeria muy hábil para percibir el ánimo de los demás.Y hoy, viendo la cara de Agustín, era obvio que el jefe tenía un humor de perros.Acomodándose en el asiento, le preguntó con voz suave:—Señor Agustín, ¿anda de mal humor hoy?Agustín, con sus dedos largos y delgados, sacudió la ceniza de su cigarro. De pronto, extendió su mano izquierda hacia ella y le apretó el cuello con fuerza.—¿Tú quién te crees? ¿Por qué te importa cómo me siento?El rostro de Valeria se puso rojo de inmediato por la falta de aire; en sus ojos se mezclaban el susto y el desamparo.Fue entonces cuando vio que Agustín levantaba la mano en la que sostenía el cigarro.De golpe, los ojos de Valeria reflejaron un destello de dureza. Sujetó la muñeca de él con fuerza.—¡Señor Agustín, no lo haga!¡Maldito! ¿A poco quería quemarla con el cigarro?Una cosa era dejarse llevar por el típico juego del jefe dominante, total, le estaban pagando diez mil pesos la hora.Además, ni siquiera le estaba apretando fuerte, solo lo hacía por fingir.Pero si pretendía quemarla con el cigarro, ahí sí ya no.En el contrato había dejado bien claro que no se permitía ningún tipo de agresión física.Si rompían el contrato, ella tenía derecho a irse antes de tiempo.Y exigir que le pagaran cien veces más.Si el asunto era grave, hasta podía ir con la policía, ¡pero el dinero lo quería sí o sí!Al final, Valeria era una chica sola, rodeada de puros hombres grandes la mayor parte del tiempo.Así que tenía que cuidarse.Antes de trabajar con cualquier cliente, evaluaba los riesgos con seriedad; incluso lo dejaba escrito en el contrato.Y solo aceptaba a los clientes top, de los que no daban problemas.Hasta ahora había atendido a cinco y ninguno la había puesto en peligro.Eso sí, en sus servicios jamás se comprometía el cuerpo, solo la compañía y el apoyo emocional.Pero hoy, el jefe sí que estaba cruzando la línea.Por mucho que fueran los cien veces más de compensación, no le interesaba.Porque mientras siguiera viva, podía seguir trabajando.A menos que fuera inevitable, nunca hacía quedar mal a un cliente durante el servicio.Por eso, en vez de enfrentarse a Agustín de golpe, primero intentó frenarlo.Si no podía, pues ni modo, le tocaba darle un buen golpe.Después de todo, en este trabajo una tenía que saber defenderse, así que algo de pelea sí había aprendido.Agustín volteó a verla, la mano pequeña de Valeria rodeando su muñeca, y arrugó la frente.¡Vaya descuido!¡Como si una abuelita destrozara todo el estacionamiento!Aprovechando la oportunidad, Valeria se lanzó sobre él.De un giro ágil, le presionó la muñeca contra la ventana del carro y le hizo cosquillas en la palma.Agustín sintió la sensación y aflojó los dedos.En ese momento, un policía de tránsito se acercó.—Tirar colillas en la calle, multa de cincuenta pesos.El policía miró la escena de Valeria encima de Agustín y agregó:—Paguen la multa y luego siguen con lo suyo.Valeria: …Agustín: …Nicolás bajó a pagar la multa.Valeria se apresuró a apartarse de Agustín.Agustín se acomodó el traje, que había quedado un poco desordenado. Tomó aire para calmarse y preguntó, con tono cortante:—¿Qué clase de persona crees que soy?Ahí fue cuando Valeria entendió que lo había malinterpretado. Solo quería apagar la colilla en el cenicero del carro.Resulta que el jefe tenía más educación de lo que parecía.Enseguida intentó arreglar la situación, abriendo los ojos grandes y poniendo cara de niña buena:—No es que no quiera que me queme, señor Agustín… Es que si me deja una marca en la cara, ya no podría seguir acompañándolo, y eso me dolería más que si me matara.Mientras hablaba, tomó la mano de Agustín y la puso de nuevo en su cuello.—Señor Agustín, siga si quiere.¡Lo que sea por amor!Agustín retiró su mano con indiferencia, pero no pudo evitar frotarse la palma, aún sintiendo la cosquilla.—¡Lárgate!Valeria se hizo bolita en el asiento trasero del Maybach, lo más lejos posible de Agustín.Por fuera parecía muy afectada, pero por dentro estaba encantada.Esta situación era la mejor: no tenía que decir nada, ni hacer nada, solo cobrar.¡Puro dinero fácil!Nicolás, al volante, miró por el retrovisor y vio a Valeria hecha un ovillo en el asiento trasero, tan pequeña que hasta le dio un poco de lástima.Pero él también era solo un empleado, así que ni modo de decir algo.Nada fácil la vida para quienes se ganan la vida así.El carro avanzó tranquilo por la avenida, hasta detenerse frente a un hotel de cinco estrellas.Antes de bajar, Agustín dijo con su tono distante:—Hoy hay una cena para recibir a una amiga que acaba de regresar al país.Valeria lo entendió al instante: la verdadera amada del jefe volvía.Pero la que el jefe amaba de verdad aún no regresaba.Con razón andaba tan de malas.¿Y ahora qué debía hacer?Pues mostrarle a esa amiga lo “feliz” que era la pareja de Agustín, por si acaso la chismosa le contaba a la verdadera amada.Quizás, con suerte, se enojaba y volvía al país.Pero esto no era una novela, aquí el jefe nunca se iba a enamorar de su sustituta. Lo más seguro era que volviera con su verdadero amor.Y si no, igual le daba lo mismo.Ella estaba ahí para hacer su trabajo y, cuando se acabara el contrato, adiós.Siempre profesional, se enfocaba en cumplir la meta del cliente.—Entendido, señor Agustín, pero solo me queda una hora y media.Le estaba recordando que no se pasara del tiempo.Tenía otro cliente más tarde; le tocaba jugar a los juegos de retos.Agustín la miró de reojo.—Hora y media basta. No pienso tenerte cerca más de eso. No te hagas ilusiones, solo eres una sustituta.Valeria: …¡Como quieras!Mientras no le quitara el tiempo ni el dinero, todo bien....En ese momento, un carro deportivo rojo se estacionó en el parqueo.Bajó un joven de cabello azul.Se sacudió el cabello con fastidio.—¡Qué fastidio! Solo me quedo un rato y me largo. ¿Qué tontería de matrimonio arreglado es esta? ¡Como si yo necesitara casarme por conveniencia!—¡Guau! ¡Qué bonita es! ¡De verdad se parece un montón a Florencia!—¿De qué sirve ser bonita? Al final no es más que una copia. Cuando regrese la señorita Florencia, la van a botar como si nada.—Yo creo que se operó la cara para parecerse a Florencia. ¡Qué mujer tan calculadora!Valeria siempre había tenido un tipo de belleza imponente, de esas mujeres que se roban todas las miradas. Pero gracias a su talento con el maquillaje, era capaz de transformarse en una chica de apariencia frágil, como una florecita que se dobla con el viento.Había conocido a Agustín medio año atrás, mientras trabajaba como mesera en una fiesta elegante. Aquella noche, Agustín estaba tan pasado de copas que la agarró de la mano y empezó a llamarla:—¡Florencia! ¡Florencia!—Si vuelves, te doy lo que quieras, Florencia, lo que tú digas…Valeria estuvo a punto de gritarle que soltara su mano de cerdo. Pero antes de abrir la boca, uno de los amigos de Agustín sacó varios billetes rojos —eran unos cuantos miles de pesos— y se los lanzó a Valeria.—Hazle el favor de tranquilizarlo —le pidió—. No tienes que hacer nada más.Para Valeria, aquello fue como si le hubiera caído dinero del cielo.Normalmente no era buena para consolar a nadie. Pero viendo el montón de billetes, se le activó el don de la palabra.En vez de insultarlo, sonrió y le susurró al oído:—Florencia está aquí, Florencia nunca se va a ir de tu lado.Soltó cualquier cosa que se le ocurrió y, para su sorpresa, Agustín se relajó y terminó quedándose dormido en su hombro como si nada.Después, le entregó a Agustín a sus amigos y, antes de irse, les mostró su mejor sonrisa, anotando su número en una servilleta.—Para la próxima, si necesitan el mismo servicio, llámenme. ¡Soy profesional en esto! Y si me llaman seguido, les hago descuento.Al día siguiente, recibió una llamada del mismísimo Agustín. Le propuso que fuera su “sustituta”, que lo acompañara a comer o a hacer ejercicio —pero ejercicio de verdad: correr, jugar golf, esas cosas sanas.El pago: diez mil pesos por hora.¿Cómo iba a rechazar algo así? Valeria firmó ese mismo día el contrato de “enamorada temporal”.Si ella no lo quería de verdad, al menos como sustituta tenía que actuar como una novia devota.Hasta buscó fotos de la verdadera Florencia en internet. Y sí, tenían cierto parecido, pero no era suficiente. Con el dinero que le pagaban, se esmeró en el maquillaje y en nada se parecía a esa chica tímida del principio: ahora era casi una copia perfecta.La primera vez que fue a ver a Agustín, él casi se la creyó. Por poco le dice “¡Florencia Espejo, eres tú!”No era raro que la gente hablara de ella. Nadie conocía el acuerdo secreto que tenía con Agustín. Hasta ahora, nunca la había llevado a un evento tan concurrido. Siempre iban a su casa, cuando él quería descansar.Por cierto, el chef que tenía Agustín era un genio. Cocinaba delicioso. Pero Valeria sabía que la verdadera Florencia era una mujer elegante, así que cuando comía con Agustín, apenas probaba bocado y después, antes de irse, pasaba a la cocina para llevarse la comida y darse un festín en privado.Para los invitados a la fiesta, Valeria no era más que una oportunista que quería ascender a base de su cara bonita.A ella no le importaban esos comentarios. Si le pagaban bien por hacer el papel de la sufrida, pues ni modo, aguantaba lo que viniera. Además, esas críticas no tenían ni pizca de creatividad comparadas con las que había escuchado antes.Esa noche, Valeria vestía un vestido blanco, el cabello largo y liso caía sobre sus hombros y su mano delgada se aferraba al brazo de Agustín. Observaba las luces, la música, el lujo de la fiesta, y en sus ojos apareció una expresión vulnerable, como si estuviera perdida en medio de la selva.Al escuchar los cuchicheos, se aferró aún más al brazo de Agustín, como una conejita asustada atrapada en territorio peligroso.Agustín la miró de reojo y, sin saber por qué, sintió unas ganas enormes de protegerla. Valeria apenas tenía veintitrés años y ni siquiera se había graduado de la universidad. ¿Cuándo la habían puesto en evidencia ante tanta gente?Agustín le dio unas palmadas suaves en la mano, y con voz dura, les espetó a las chismosas:—¿Ya acabaron de hablar?Él sí que imponía. Cuando se enojaba, a más de una se le quitaban las ganas de seguir molestando.Las chicas se dispersaron de inmediato.Valeria levantó la cara y, con los ojos llenos de cariño, lo miró:—¡Señor Agustín, gracias!Agustín la miró fijamente, arrugando la frente.¿Por qué esa mirada tan apasionada? ¿No se suponía que ella no era actriz? ¿De dónde salía tanto talento?—Eres mía, no voy a dejar que te molesten —le dijo Agustín, acariciándole la nariz.Valeria giró la cabeza, fingiendo ternura y un poco de timidez, pero por dentro ya lo estaba maldiciendo.¡Qué tipo tan molesto!, pensó. ¿Para qué me tocas la nariz? Ahora voy a tener que arreglarme el maquillaje, y este maquillaje me costó una fortuna. Con ese simple gesto, ya perdí un peso.Y encima, ¡qué actuación tan forzada! Ni cómo ayudarlo.—¡Agustín! ¿Qué estás haciendo? —una voz de mujer, molesta, retumbó en el salón.Valeria, que tenía ojos de halcón, ya había notado desde antes que esa mujer los observaba.Y seguramente Agustín también lo hizo todo para que esa mujer los viera. ¡Qué actuación tan forzada!

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