Melina Tovar llevaba siete años con Mariano Cordero, pero al final, no pudo competir con la emoción y la novedad que otras personas le ofrecían. Se consideraba una experta en relaciones, ayudando a otros a mantener viva la chispa en su relación y matrimonio, pero no logró ganar de nuevo el amor de Mariano. Cuando finalmente entendió la situación, decidió cancelar el compromiso. Con una mirada helada, Mariano le aseguró: "Melina, lo lamentarás". En el pueblo, todos esperaban verla caer, pero el hombre a su lado simplemente la abrazó por la cintura, apoyando su mentón en su hombro, y con un susurro cálido dijo: “¿Sabes cuál es la mejor manera de vengarte de un ex? Meli, cásate conmigo y sé su tía”. Más tarde, Mariano recuperó los recuerdos de los tiempos en los que más amaba a Melina, pero para entonces, ella ya era su tía. Con los ojos enrojecidos, en medio de una noche lluviosa, se arrodilló y le suplicó que lo mirara una vez más, "Meli, te lo ruego… ámame otra vez".

Capítulo 1Estuve siete años con Mariano Cordero cuando, al fin, fui yo quien propuso romper el compromiso.Mandé el mensaje y pasaron dos horas eternas antes de recibir respuesta.Mariano contestó:[Podemos cancelar el compromiso, pero quiero hablarlo en persona.]Sin dudar, le envié mi ubicación.La cafetería tenía el aire acondicionado a todo lo que daba. Afuera, el sol ya se estaba ocultando, y poco a poco el cielo fue cubriéndose de sombras.Me veía pálida reflejada en la ventana. Si cerraba los ojos, la única imagen que me venía a la cabeza era la de Mariano y Estefanía Ferreira abrazados, tan cerca que parecía que todo lo demás desaparecía.Él era mi prometido.Y ella... la hija biológica que mis papás adoptivos acaban de recuperar, después de tantos años.¿Y yo? Yo estaba sola, con ese dolor de cada mes retorciéndome el vientre, y tuve que ir al hospital a que me pusieran suero, sin nadie que me acompañara.Nunca imaginé que en ese hospital, justo ese día, me tocaría ver la escena: Mariano sosteniendo a Estefanía entre sus brazos, como si el mundo no existiera.¿Quién era Mariano?El heredero de la familia más poderosa de Solara, presidente del Grupo Cordero. Un tipo que valía cada segundo de su tiempo, tan ocupado que para verlo tenía que agendar con días de anticipación. Y aun así, ese hombre, el mismo que me decía que no podía verme por trabajo, hoy dejó todo para acompañar a otra al hospital.Lo peor es que apenas hoy en la mañana, yo le había preguntado con todo el cuidado del mundo si podría verme en la tarde.Su respuesta, cortante como siempre:[No puedo, tengo trabajo.]Ahora me quedaba claro que tiempo sí tenía, solo que no era para mí. Era para Melina, la que ya no era suficiente.Me reí para mis adentros, sintiendo ese sabor amargo que no podía disimular ni aunque lo intentara.El tiempo, cuando se trata de esperar, se vuelve un enemigo lento y cruel.Me apreté el abdomen, intentando disimular el dolor, y comencé a revisar mi red social para distraerme.Cuando pasé por la publicación de mi mamá adoptiva, se me tensó la expresión y los dedos se me encogieron por reflejo.Hace tres minutos, Elisa había subido una foto con tres emojis de pulgar arriba.Con las manos temblando, abrí la imagen.Ahí estaba Estefanía, echada en la cama del hospital, pálida. A su lado derecho, un hombre inclinado sobre ella, tan cerca que no había espacio ni para el aire.Solo se veía la espalda del tipo, pero después de siete años, yo reconocería a Mariano hasta en la penumbra.Seguía en el hospital, acompañando a Estefanía.Sentí que el corazón se me estrujaba y dolía tanto que apenas podía respirar.Afuera, la noche ya había caído por completo.En la cafetería, la gente se iba yendo poco a poco, pero yo seguía ahí, en automático, mandándole mensajes a Mariano. Todos leídos, ninguno respondido.Por inercia, empecé a revisar la conversación hacia atrás, buscando no sé qué. No recuerdo en qué momento sus respuestas se volvieron tan secas, tan indiferentes, hasta que la conversación era solo yo, hablando sola.¿De verdad hay gente tan ocupada que no puede mirar el celular ni un segundo en todo el día?No lo sé.Lo que sí sé es que ese Mariano que antes me respondía hasta cuando estaba en la regadera, ese ya no existía.Cinco minutos antes de que cerraran la cafetería, por fin apareció.La silueta de Mariano llenó la entrada. Alto, hombros anchos y cintura delgada. Llevaba la camisa desabrochada en el cuello, dejando ver la línea de sus clavículas. Su mirada, profunda, y debajo de los ojos se notaba el cansancio.Se sentó frente a mí.—¿Por qué quieres romper el compromiso?—¿Por qué llegaste tan tarde?Hablamos al mismo tiempo.Mariano se quedó callado un segundo, luego se frotó el entrecejo, agotado.—He estado muy ocupado en el trabajo, tuve que quedarme más tiempo —dijo con la voz completamente tranquila, sin inmutarse.Si no lo hubiera visto en el hospital con Estefanía, hasta le habría creído.Una risa seca se me escapó.Dicen que tengo una belleza serena, rasgos delicados, sin pizca de agresividad. Pero hoy, sentía que mi cuerpo entero estaba lleno de púas.Mariano me miró como si no me reconociera.Reprimiendo la molestia que le brotaba por dentro, dijo:—Meli, en estos días he estado saturado. Cuando termine todo, hablamos bien de lo nuestro, ¿sí?Llevábamos siete años juntos. Todos nuestros amigos ya estaban casados, con hijos, pero nosotros seguíamos estancados en la misma promesa de siempre.No era que él no quisiera dar el siguiente paso.El problema era que cada vez que lo pensaba, solo veía una rutina interminable, una vida llena de monotonía. Y entonces, se ahogaba.Siete años… la chispa se había apagado hacía mucho.—¿Ocupado? ¿Ocupado en el hospital, muy acaramelado con Estefanía?Sin pensar, Melina aventó el celular justo frente a Mariano.La foto que Elisa había mandado no dejaba lugar a dudas: era una bofetada directa para Mariano.El gesto del hombre cambió en un instante, como si una nube oscura le cruzara la mirada.—¡Melina! Ya te lo repetí un montón de veces, entre ella y yo solo hay amistad. ¿Puedes dejar de imaginar cosas donde no las hay?Antes, Mariano la miraba con ternura infinita, jamás se atrevía a hablarle con ese tono tan cortante.Pero ahora...Melina torció los labios, dibujando una sonrisa burlona.—Si de veras fueran solo amigos, ¿por qué me mentiste diciendo que estabas trabajando horas extras?Ya había perdido la cuenta de cuántas veces Mariano le había mentido.¿Cada excusa que le daba era porque estaba con Estefanía? ¿Cuántas veces había preferido su compañía?Tal vez sí. Pero a estas alturas, eso ya no importaba.—Sé que no te cae bien ella. No quería que te hicieras ideas equivocadas.Ahí estaba. Mariano sabía perfectamente lo que pasaba.Él sabía que a Melina no le agradaba Estefanía, pero aun así insistía en mantener esa amistad dudosa, incluso a costa de decirle mentiras.Qué ironía.Melina parpadeó varias veces, luchando para no dejar escapar las lágrimas.—Mariano, dime la verdad, siempre he tenido curiosidad: ¿por qué decidiste ayudarla económicamente aquel año?Estefanía había ido a la misma universidad que ellos.En ese entonces, ella era solo una estudiante con pocos recursos, sin conexión alguna con Mariano. Pero después de su intercambio, Mariano anunció que la familia Cordero la apoyaría con una beca.Años después, al graduarse, Estefanía fue reclamada por la familia Ferreira.Y Melina, que antes era la envidia de todos, terminó convertida en la “impostora” de la historia.Las burlas y miradas no le dieron tregua.Mariano evitó responder de lleno.Siguió repitiendo que entre él y Estefanía solo había amistad.Ni él mismo podía explicar lo que sentía por Estefanía. Lo único seguro era que Estefanía le provocaba algo distinto a lo que sentía por Melina.¿Renunciar a Estefanía? Solo de pensarlo se le apretaba el pecho.A Melina todo le sabía amargo.—Mariano, ya en serio, hay que cancelar el compromiso.El tema volvió al inicio. Un silencio pesado llenó el aire.Mariano la miraba con el ceño fruncido, apretando los puños con fuerza.Después de unos segundos, soltó entre dientes:—Melina, ya basta de dramas. Todo tiene un límite.Melina negó con la cabeza.—Estoy hablando en serio.Al principio, su decisión tambaleaba, pero la llegada de Mariano solo la hizo más firme.Ella había conocido el amor de Mariano en su mejor momento; ahora, su indiferencia era imposible de ocultar.Ya no podía seguir engañándose.—La familia Ferreira no va a soltar fácilmente a la familia Cordero —le advirtió él, con un dejo de amenaza.O sea, que cancelar el compromiso no era opción.Melina respondió sin titubear:—Yo no soy Ferreira. Además, desde hace tiempo quieren que terminemos.Antes, el cariño que sentía por Mariano le daba fuerzas para soportar la presión de la familia Ferreira. Pero ahora, ya no le quedaba energía para luchar.Si Mariano la hubiera amado, se habrían casado al salir de la universidad, no la habría hecho esperar hasta los veinticinco para seguir con las manos vacías.—Melina, te lo pregunto una última vez: ¿de veras quieres romper el compromiso?El tono de Mariano era tan seco como una puerta cerrándose en la cara. Sus ojos destilaban enojo.Sin decir palabra, Melina bajó la vista y se quitó el anillo del dedo anular.Ese anillo, que Mariano había mandado a hacer con un diseñador famoso especialmente para el compromiso, tenía las iniciales de ambos grabadas en el interior.Verla hacer eso de manera tan decidida le revolvió el estómago a Mariano, llenándolo de una ansiedad repentina.Antes de que pudiera reaccionar, Melina arrojó el anillo en la taza de café que ya estaba frío.—¡Melina! —exclamó Mariano, al borde de perder el control.Ella lo miró directo a los ojos, con una calma cortante.—Hasta aquí llegamos.No hubo marcha atrás. El silencio retumbó como un portazo en la cafetería, mientras la historia de ambos se desmoronaba frente a ellos.Las cinco palabras se mezclaron con el sonido de la lluvia que golpeaba con fuerza.El ánimo de Mariano se desplomó en un abrir y cerrar de ojos, cayendo hasta lo más hondo.Observó la espalda de Melina alejarse, tan decidida, tan distante. Apretó los dientes, dejando escapar una risa llena de rencor.—Perfecto, Melina. No te preocupes, pero no te arrepientas después —masculló entre dientes.Melina apenas titubeó un instante, pero siguió su camino sin volver la cabeza.Afuera, la lluvia se desbordaba, azotando la ciudad con una furia brutal.Ella presionó una mano sobre su vientre, mientras con la otra intentaba pedir un carro desde su celular.Pasó media hora y aún seguía esperando que alguien aceptara el viaje.Melina frunció el ceño, cambió de aplicación y subió la tarifa a doscientos pesos. Solo así, por fin, un conductor aceptó la solicitud.En el quinto minuto de espera, le entró una llamada de Elisa.—¿Acaso acabas de ver a Mariano?La voz al otro lado sonó acusadora desde el primer segundo.Melina bajó la mirada, la boca torcida en una mueca de desdén. Se agachó y se frotó el estómago, sintiendo el malestar en cada fibra.—¿Y a ti qué te importa con quién me veo?Desde que Estefanía había regresado a la familia Ferreira, Melina se había mudado a vivir sola. La única razón por la que aún mantenía comunicación con los Ferreira era porque insistían en que anulara el compromiso con Mariano.Siempre había sido una intrusa para ellos, la extraña que ocupaba el lugar de la hija perdida. Ahora que la verdadera “hija” había regresado, Melina debía apartarse sin rechistar.Lo del cambio de boda era un asunto que la familia Ferreira y la familia Cordero podían arreglar entre ellos, sin importarles en lo más mínimo la opinión de Melina.Pero Néstor Cordero, terco como él solo, se había encaprichado con que Melina fuera su nuera. Así que el problema tenía que resolverse de raíz.—¡Melina! ¿Qué clase de actitud es esa? Después de todo, la familia Ferreira te mantuvo por más de veinte años. Si no fuera por ti, ¿crees que Estefanía habría sufrido tanto afuera?La voz de Elisa era cortante, chillona, como si cada palabra quisiera clavarse en la piel de Melina.Melina dejó escapar una carcajada amarga.—¿Y según tú, cómo se supone que una bebé hizo el cambiazo?Elisa era experta en manipular con palabras, siempre jugando con la culpa ajena.Escuchar lo mismo tantas veces casi había convencido a Melina de que todo era culpa suya.Pero, a fin de cuentas, ella también había sido una víctima.Y, siendo honestos, la familia Ferreira jamás la trató bien.—¡Melina! No lo olvides: le debes la vida a Estefanía. Apúrate a romper el compromiso con Mariano. No te aferres a lo que no te corresponde.El carro por fin llegó.Melina subió al asiento trasero, mientras se acercaba el teléfono a la oreja una última vez.—Ya tiré la basura donde corresponde, que Estefanía vaya a recogerla si quiere. Y no hace falta que me des las gracias.Sin darle tiempo a responder, colgó y bloqueó el número de Elisa. Así, sin más.La lluvia seguía martillando contra las ventanas del carro, y la ciudad se veía borrosa, envuelta en una niebla gris.Melina se dejó caer contra el respaldo, pálida y agotada.Todo lo que había pasado ese día era suficiente para aplastar a cualquiera.Era tan absurdo que hasta parecía una pesadilla.Todos, absolutamente todos, estaban seguros de que ella y Mariano acabarían casándose. Incluso ella misma lo había creído alguna vez.Pero el corazón de la gente podía cambiar en un segundo.El de Mariano ya no le pertenecía.Melina cerró los ojos, conteniendo las emociones hasta que llegó a su departamento. Para ese entonces, había logrado recobrar cierta calma.Al entrar, lo primero que hizo fue tomar una pastilla para el dolor.Luego, comenzó a limpiar cualquier rastro de Mariano en ese lugar.Él casi nunca se quedaba a dormir ahí. Las pocas veces que lo había hecho, había sido porque Melina lo había presionado de una forma u otra.Abrió el armario y sacó una chaqueta de hombre. Sin pensarlo mucho, la metió en una bolsa de basura. Pero algo cayó del bolsillo al suelo.Había dos cosas: un condón y un pendiente de perlas de mujer.Aquel pendiente lo había visto antes. En la oreja de Estefanía.—Puaj.Melina salió corriendo al baño, se sostuvo del lavamanos y se inclinó, luchando contra las náuseas.Los ojos le ardían, la boca amarga, el estómago revuelto.Sentía una repulsión tan grande que quería arrancarse la piel.Pensó que, después de siete años, al menos podrían terminar de una manera digna. Pero todo había sido una ilusión suya.Esa noche, Melina tiró todo lo que tuviera relación con Mariano.Hasta pidió comida a domicilio y limpió el departamento de arriba a abajo, desinfectando cada rincón, hasta que al fin pudo respirar un poco mejor....Capítulo 2Estuve siete años con Mariano Cordero cuando, al fin, fui yo quien propuso romper el compromiso.Mandé el mensaje y pasaron dos horas eternas antes de recibir respuesta.Mariano contestó:[Podemos cancelar el compromiso, pero quiero hablarlo en persona.]Sin dudar, le envié mi ubicación.La cafetería tenía el aire acondicionado a todo lo que daba. Afuera, el sol ya se estaba ocultando, y poco a poco el cielo fue cubriéndose de sombras.Me veía pálida reflejada en la ventana. Si cerraba los ojos, la única imagen que me venía a la cabeza era la de Mariano y Estefanía Ferreira abrazados, tan cerca que parecía que todo lo demás desaparecía.Él era mi prometido.Y ella... la hija biológica que mis papás adoptivos acaban de recuperar, después de tantos años.¿Y yo? Yo estaba sola, con ese dolor de cada mes retorciéndome el vientre, y tuve que ir al hospital a que me pusieran suero, sin nadie que me acompañara.Nunca imaginé que en ese hospital, justo ese día, me tocaría ver la escena: Mariano sosteniendo a Estefanía entre sus brazos, como si el mundo no existiera.¿Quién era Mariano?El heredero de la familia más poderosa de Solara, presidente del Grupo Cordero. Un tipo que valía cada segundo de su tiempo, tan ocupado que para verlo tenía que agendar con días de anticipación. Y aun así, ese hombre, el mismo que me decía que no podía verme por trabajo, hoy dejó todo para acompañar a otra al hospital.Lo peor es que apenas hoy en la mañana, yo le había preguntado con todo el cuidado del mundo si podría verme en la tarde.Su respuesta, cortante como siempre:[No puedo, tengo trabajo.]Ahora me quedaba claro que tiempo sí tenía, solo que no era para mí. Era para Melina, la que ya no era suficiente.Me reí para mis adentros, sintiendo ese sabor amargo que no podía disimular ni aunque lo intentara.El tiempo, cuando se trata de esperar, se vuelve un enemigo lento y cruel.Me apreté el abdomen, intentando disimular el dolor, y comencé a revisar mi red social para distraerme.Cuando pasé por la publicación de mi mamá adoptiva, se me tensó la expresión y los dedos se me encogieron por reflejo.Hace tres minutos, Elisa había subido una foto con tres emojis de pulgar arriba.Con las manos temblando, abrí la imagen.Ahí estaba Estefanía, echada en la cama del hospital, pálida. A su lado derecho, un hombre inclinado sobre ella, tan cerca que no había espacio ni para el aire.Solo se veía la espalda del tipo, pero después de siete años, yo reconocería a Mariano hasta en la penumbra.Seguía en el hospital, acompañando a Estefanía.Sentí que el corazón se me estrujaba y dolía tanto que apenas podía respirar.Afuera, la noche ya había caído por completo.En la cafetería, la gente se iba yendo poco a poco, pero yo seguía ahí, en automático, mandándole mensajes a Mariano. Todos leídos, ninguno respondido.Por inercia, empecé a revisar la conversación hacia atrás, buscando no sé qué. No recuerdo en qué momento sus respuestas se volvieron tan secas, tan indiferentes, hasta que la conversación era solo yo, hablando sola.¿De verdad hay gente tan ocupada que no puede mirar el celular ni un segundo en todo el día?No lo sé.Lo que sí sé es que ese Mariano que antes me respondía hasta cuando estaba en la regadera, ese ya no existía.Cinco minutos antes de que cerraran la cafetería, por fin apareció.La silueta de Mariano llenó la entrada. Alto, hombros anchos y cintura delgada. Llevaba la camisa desabrochada en el cuello, dejando ver la línea de sus clavículas. Su mirada, profunda, y debajo de los ojos se notaba el cansancio.Se sentó frente a mí.—¿Por qué quieres romper el compromiso?—¿Por qué llegaste tan tarde?Hablamos al mismo tiempo.Mariano se quedó callado un segundo, luego se frotó el entrecejo, agotado.—He estado muy ocupado en el trabajo, tuve que quedarme más tiempo —dijo con la voz completamente tranquila, sin inmutarse.Si no lo hubiera visto en el hospital con Estefanía, hasta le habría creído.Una risa seca se me escapó.Dicen que tengo una belleza serena, rasgos delicados, sin pizca de agresividad. Pero hoy, sentía que mi cuerpo entero estaba lleno de púas.Mariano me miró como si no me reconociera.Reprimiendo la molestia que le brotaba por dentro, dijo:—Meli, en estos días he estado saturado. Cuando termine todo, hablamos bien de lo nuestro, ¿sí?Llevábamos siete años juntos. Todos nuestros amigos ya estaban casados, con hijos, pero nosotros seguíamos estancados en la misma promesa de siempre.No era que él no quisiera dar el siguiente paso.El problema era que cada vez que lo pensaba, solo veía una rutina interminable, una vida llena de monotonía. Y entonces, se ahogaba.Siete años… la chispa se había apagado hacía mucho.—¿Ocupado? ¿Ocupado en el hospital, muy acaramelado con Estefanía?Sin pensar, Melina aventó el celular justo frente a Mariano.La foto que Elisa había mandado no dejaba lugar a dudas: era una bofetada directa para Mariano.El gesto del hombre cambió en un instante, como si una nube oscura le cruzara la mirada.—¡Melina! Ya te lo repetí un montón de veces, entre ella y yo solo hay amistad. ¿Puedes dejar de imaginar cosas donde no las hay?Antes, Mariano la miraba con ternura infinita, jamás se atrevía a hablarle con ese tono tan cortante.Pero ahora...Melina torció los labios, dibujando una sonrisa burlona.—Si de veras fueran solo amigos, ¿por qué me mentiste diciendo que estabas trabajando horas extras?Ya había perdido la cuenta de cuántas veces Mariano le había mentido.¿Cada excusa que le daba era porque estaba con Estefanía? ¿Cuántas veces había preferido su compañía?Tal vez sí. Pero a estas alturas, eso ya no importaba.—Sé que no te cae bien ella. No quería que te hicieras ideas equivocadas.Ahí estaba. Mariano sabía perfectamente lo que pasaba.Él sabía que a Melina no le agradaba Estefanía, pero aun así insistía en mantener esa amistad dudosa, incluso a costa de decirle mentiras.Qué ironía.Melina parpadeó varias veces, luchando para no dejar escapar las lágrimas.—Mariano, dime la verdad, siempre he tenido curiosidad: ¿por qué decidiste ayudarla económicamente aquel año?Estefanía había ido a la misma universidad que ellos.En ese entonces, ella era solo una estudiante con pocos recursos, sin conexión alguna con Mariano. Pero después de su intercambio, Mariano anunció que la familia Cordero la apoyaría con una beca.Años después, al graduarse, Estefanía fue reclamada por la familia Ferreira.Y Melina, que antes era la envidia de todos, terminó convertida en la “impostora” de la historia.Las burlas y miradas no le dieron tregua.Mariano evitó responder de lleno.Siguió repitiendo que entre él y Estefanía solo había amistad.Ni él mismo podía explicar lo que sentía por Estefanía. Lo único seguro era que Estefanía le provocaba algo distinto a lo que sentía por Melina.¿Renunciar a Estefanía? Solo de pensarlo se le apretaba el pecho.A Melina todo le sabía amargo.—Mariano, ya en serio, hay que cancelar el compromiso.El tema volvió al inicio. Un silencio pesado llenó el aire.Mariano la miraba con el ceño fruncido, apretando los puños con fuerza.Después de unos segundos, soltó entre dientes:—Melina, ya basta de dramas. Todo tiene un límite.Melina negó con la cabeza.—Estoy hablando en serio.Al principio, su decisión tambaleaba, pero la llegada de Mariano solo la hizo más firme.Ella había conocido el amor de Mariano en su mejor momento; ahora, su indiferencia era imposible de ocultar.Ya no podía seguir engañándose.—La familia Ferreira no va a soltar fácilmente a la familia Cordero —le advirtió él, con un dejo de amenaza.O sea, que cancelar el compromiso no era opción.Melina respondió sin titubear:—Yo no soy Ferreira. Además, desde hace tiempo quieren que terminemos.Antes, el cariño que sentía por Mariano le daba fuerzas para soportar la presión de la familia Ferreira. Pero ahora, ya no le quedaba energía para luchar.Si Mariano la hubiera amado, se habrían casado al salir de la universidad, no la habría hecho esperar hasta los veinticinco para seguir con las manos vacías.—Melina, te lo pregunto una última vez: ¿de veras quieres romper el compromiso?El tono de Mariano era tan seco como una puerta cerrándose en la cara. Sus ojos destilaban enojo.Sin decir palabra, Melina bajó la vista y se quitó el anillo del dedo anular.Ese anillo, que Mariano había mandado a hacer con un diseñador famoso especialmente para el compromiso, tenía las iniciales de ambos grabadas en el interior.Verla hacer eso de manera tan decidida le revolvió el estómago a Mariano, llenándolo de una ansiedad repentina.Antes de que pudiera reaccionar, Melina arrojó el anillo en la taza de café que ya estaba frío.—¡Melina! —exclamó Mariano, al borde de perder el control.Ella lo miró directo a los ojos, con una calma cortante.—Hasta aquí llegamos.No hubo marcha atrás. El silencio retumbó como un portazo en la cafetería, mientras la historia de ambos se desmoronaba frente a ellos.Las cinco palabras se mezclaron con el sonido de la lluvia que golpeaba con fuerza.El ánimo de Mariano se desplomó en un abrir y cerrar de ojos, cayendo hasta lo más hondo.Observó la espalda de Melina alejarse, tan decidida, tan distante. Apretó los dientes, dejando escapar una risa llena de rencor.—Perfecto, Melina. No te preocupes, pero no te arrepientas después —masculló entre dientes.Melina apenas titubeó un instante, pero siguió su camino sin volver la cabeza.Afuera, la lluvia se desbordaba, azotando la ciudad con una furia brutal.Ella presionó una mano sobre su vientre, mientras con la otra intentaba pedir un carro desde su celular.Pasó media hora y aún seguía esperando que alguien aceptara el viaje.Melina frunció el ceño, cambió de aplicación y subió la tarifa a doscientos pesos. Solo así, por fin, un conductor aceptó la solicitud.En el quinto minuto de espera, le entró una llamada de Elisa.—¿Acaso acabas de ver a Mariano?La voz al otro lado sonó acusadora desde el primer segundo.Melina bajó la mirada, la boca torcida en una mueca de desdén. Se agachó y se frotó el estómago, sintiendo el malestar en cada fibra.—¿Y a ti qué te importa con quién me veo?Desde que Estefanía había regresado a la familia Ferreira, Melina se había mudado a vivir sola. La única razón por la que aún mantenía comunicación con los Ferreira era porque insistían en que anulara el compromiso con Mariano.Siempre había sido una intrusa para ellos, la extraña que ocupaba el lugar de la hija perdida. Ahora que la verdadera “hija” había regresado, Melina debía apartarse sin rechistar.Lo del cambio de boda era un asunto que la familia Ferreira y la familia Cordero podían arreglar entre ellos, sin importarles en lo más mínimo la opinión de Melina.Pero Néstor Cordero, terco como él solo, se había encaprichado con que Melina fuera su nuera. Así que el problema tenía que resolverse de raíz.—¡Melina! ¿Qué clase de actitud es esa? Después de todo, la familia Ferreira te mantuvo por más de veinte años. Si no fuera por ti, ¿crees que Estefanía habría sufrido tanto afuera?La voz de Elisa era cortante, chillona, como si cada palabra quisiera clavarse en la piel de Melina.Melina dejó escapar una carcajada amarga.—¿Y según tú, cómo se supone que una bebé hizo el cambiazo?Elisa era experta en manipular con palabras, siempre jugando con la culpa ajena.Escuchar lo mismo tantas veces casi había convencido a Melina de que todo era culpa suya.Pero, a fin de cuentas, ella también había sido una víctima.Y, siendo honestos, la familia Ferreira jamás la trató bien.—¡Melina! No lo olvides: le debes la vida a Estefanía. Apúrate a romper el compromiso con Mariano. No te aferres a lo que no te corresponde.El carro por fin llegó.Melina subió al asiento trasero, mientras se acercaba el teléfono a la oreja una última vez.—Ya tiré la basura donde corresponde, que Estefanía vaya a recogerla si quiere. Y no hace falta que me des las gracias.Sin darle tiempo a responder, colgó y bloqueó el número de Elisa. Así, sin más.La lluvia seguía martillando contra las ventanas del carro, y la ciudad se veía borrosa, envuelta en una niebla gris.Melina se dejó caer contra el respaldo, pálida y agotada.Todo lo que había pasado ese día era suficiente para aplastar a cualquiera.Era tan absurdo que hasta parecía una pesadilla.Todos, absolutamente todos, estaban seguros de que ella y Mariano acabarían casándose. Incluso ella misma lo había creído alguna vez.Pero el corazón de la gente podía cambiar en un segundo.El de Mariano ya no le pertenecía.Melina cerró los ojos, conteniendo las emociones hasta que llegó a su departamento. Para ese entonces, había logrado recobrar cierta calma.Al entrar, lo primero que hizo fue tomar una pastilla para el dolor.Luego, comenzó a limpiar cualquier rastro de Mariano en ese lugar.Él casi nunca se quedaba a dormir ahí. Las pocas veces que lo había hecho, había sido porque Melina lo había presionado de una forma u otra.Abrió el armario y sacó una chaqueta de hombre. Sin pensarlo mucho, la metió en una bolsa de basura. Pero algo cayó del bolsillo al suelo.Había dos cosas: un condón y un pendiente de perlas de mujer.Aquel pendiente lo había visto antes. En la oreja de Estefanía.—Puaj.Melina salió corriendo al baño, se sostuvo del lavamanos y se inclinó, luchando contra las náuseas.Los ojos le ardían, la boca amarga, el estómago revuelto.Sentía una repulsión tan grande que quería arrancarse la piel.Pensó que, después de siete años, al menos podrían terminar de una manera digna. Pero todo había sido una ilusión suya.Esa noche, Melina tiró todo lo que tuviera relación con Mariano.Hasta pidió comida a domicilio y limpió el departamento de arriba a abajo, desinfectando cada rincón, hasta que al fin pudo respirar un poco mejor....Capítulo 3Estuve siete años con Mariano Cordero cuando, al fin, fui yo quien propuso romper el compromiso.Mandé el mensaje y pasaron dos horas eternas antes de recibir respuesta.Mariano contestó:[Podemos cancelar el compromiso, pero quiero hablarlo en persona.]Sin dudar, le envié mi ubicación.La cafetería tenía el aire acondicionado a todo lo que daba. Afuera, el sol ya se estaba ocultando, y poco a poco el cielo fue cubriéndose de sombras.Me veía pálida reflejada en la ventana. Si cerraba los ojos, la única imagen que me venía a la cabeza era la de Mariano y Estefanía Ferreira abrazados, tan cerca que parecía que todo lo demás desaparecía.Él era mi prometido.Y ella... la hija biológica que mis papás adoptivos acaban de recuperar, después de tantos años.¿Y yo? Yo estaba sola, con ese dolor de cada mes retorciéndome el vientre, y tuve que ir al hospital a que me pusieran suero, sin nadie que me acompañara.Nunca imaginé que en ese hospital, justo ese día, me tocaría ver la escena: Mariano sosteniendo a Estefanía entre sus brazos, como si el mundo no existiera.¿Quién era Mariano?El heredero de la familia más poderosa de Solara, presidente del Grupo Cordero. Un tipo que valía cada segundo de su tiempo, tan ocupado que para verlo tenía que agendar con días de anticipación. Y aun así, ese hombre, el mismo que me decía que no podía verme por trabajo, hoy dejó todo para acompañar a otra al hospital.Lo peor es que apenas hoy en la mañana, yo le había preguntado con todo el cuidado del mundo si podría verme en la tarde.Su respuesta, cortante como siempre:[No puedo, tengo trabajo.]Ahora me quedaba claro que tiempo sí tenía, solo que no era para mí. Era para Melina, la que ya no era suficiente.Me reí para mis adentros, sintiendo ese sabor amargo que no podía disimular ni aunque lo intentara.El tiempo, cuando se trata de esperar, se vuelve un enemigo lento y cruel.Me apreté el abdomen, intentando disimular el dolor, y comencé a revisar mi red social para distraerme.Cuando pasé por la publicación de mi mamá adoptiva, se me tensó la expresión y los dedos se me encogieron por reflejo.Hace tres minutos, Elisa había subido una foto con tres emojis de pulgar arriba.Con las manos temblando, abrí la imagen.Ahí estaba Estefanía, echada en la cama del hospital, pálida. A su lado derecho, un hombre inclinado sobre ella, tan cerca que no había espacio ni para el aire.Solo se veía la espalda del tipo, pero después de siete años, yo reconocería a Mariano hasta en la penumbra.Seguía en el hospital, acompañando a Estefanía.Sentí que el corazón se me estrujaba y dolía tanto que apenas podía respirar.Afuera, la noche ya había caído por completo.En la cafetería, la gente se iba yendo poco a poco, pero yo seguía ahí, en automático, mandándole mensajes a Mariano. Todos leídos, ninguno respondido.Por inercia, empecé a revisar la conversación hacia atrás, buscando no sé qué. No recuerdo en qué momento sus respuestas se volvieron tan secas, tan indiferentes, hasta que la conversación era solo yo, hablando sola.¿De verdad hay gente tan ocupada que no puede mirar el celular ni un segundo en todo el día?No lo sé.Lo que sí sé es que ese Mariano que antes me respondía hasta cuando estaba en la regadera, ese ya no existía.Cinco minutos antes de que cerraran la cafetería, por fin apareció.La silueta de Mariano llenó la entrada. Alto, hombros anchos y cintura delgada. Llevaba la camisa desabrochada en el cuello, dejando ver la línea de sus clavículas. Su mirada, profunda, y debajo de los ojos se notaba el cansancio.Se sentó frente a mí.—¿Por qué quieres romper el compromiso?—¿Por qué llegaste tan tarde?Hablamos al mismo tiempo.Mariano se quedó callado un segundo, luego se frotó el entrecejo, agotado.—He estado muy ocupado en el trabajo, tuve que quedarme más tiempo —dijo con la voz completamente tranquila, sin inmutarse.Si no lo hubiera visto en el hospital con Estefanía, hasta le habría creído.Una risa seca se me escapó.Dicen que tengo una belleza serena, rasgos delicados, sin pizca de agresividad. Pero hoy, sentía que mi cuerpo entero estaba lleno de púas.Mariano me miró como si no me reconociera.Reprimiendo la molestia que le brotaba por dentro, dijo:—Meli, en estos días he estado saturado. Cuando termine todo, hablamos bien de lo nuestro, ¿sí?Llevábamos siete años juntos. Todos nuestros amigos ya estaban casados, con hijos, pero nosotros seguíamos estancados en la misma promesa de siempre.No era que él no quisiera dar el siguiente paso.El problema era que cada vez que lo pensaba, solo veía una rutina interminable, una vida llena de monotonía. Y entonces, se ahogaba.Siete años… la chispa se había apagado hacía mucho.—¿Ocupado? ¿Ocupado en el hospital, muy acaramelado con Estefanía?Sin pensar, Melina aventó el celular justo frente a Mariano.La foto que Elisa había mandado no dejaba lugar a dudas: era una bofetada directa para Mariano.El gesto del hombre cambió en un instante, como si una nube oscura le cruzara la mirada.—¡Melina! Ya te lo repetí un montón de veces, entre ella y yo solo hay amistad. ¿Puedes dejar de imaginar cosas donde no las hay?Antes, Mariano la miraba con ternura infinita, jamás se atrevía a hablarle con ese tono tan cortante.Pero ahora...Melina torció los labios, dibujando una sonrisa burlona.—Si de veras fueran solo amigos, ¿por qué me mentiste diciendo que estabas trabajando horas extras?Ya había perdido la cuenta de cuántas veces Mariano le había mentido.¿Cada excusa que le daba era porque estaba con Estefanía? ¿Cuántas veces había preferido su compañía?Tal vez sí. Pero a estas alturas, eso ya no importaba.—Sé que no te cae bien ella. No quería que te hicieras ideas equivocadas.Ahí estaba. Mariano sabía perfectamente lo que pasaba.Él sabía que a Melina no le agradaba Estefanía, pero aun así insistía en mantener esa amistad dudosa, incluso a costa de decirle mentiras.Qué ironía.Melina parpadeó varias veces, luchando para no dejar escapar las lágrimas.—Mariano, dime la verdad, siempre he tenido curiosidad: ¿por qué decidiste ayudarla económicamente aquel año?Estefanía había ido a la misma universidad que ellos.En ese entonces, ella era solo una estudiante con pocos recursos, sin conexión alguna con Mariano. Pero después de su intercambio, Mariano anunció que la familia Cordero la apoyaría con una beca.Años después, al graduarse, Estefanía fue reclamada por la familia Ferreira.Y Melina, que antes era la envidia de todos, terminó convertida en la “impostora” de la historia.Las burlas y miradas no le dieron tregua.Mariano evitó responder de lleno.Siguió repitiendo que entre él y Estefanía solo había amistad.Ni él mismo podía explicar lo que sentía por Estefanía. Lo único seguro era que Estefanía le provocaba algo distinto a lo que sentía por Melina.¿Renunciar a Estefanía? Solo de pensarlo se le apretaba el pecho.A Melina todo le sabía amargo.—Mariano, ya en serio, hay que cancelar el compromiso.El tema volvió al inicio. Un silencio pesado llenó el aire.Mariano la miraba con el ceño fruncido, apretando los puños con fuerza.Después de unos segundos, soltó entre dientes:—Melina, ya basta de dramas. Todo tiene un límite.Melina negó con la cabeza.—Estoy hablando en serio.Al principio, su decisión tambaleaba, pero la llegada de Mariano solo la hizo más firme.Ella había conocido el amor de Mariano en su mejor momento; ahora, su indiferencia era imposible de ocultar.Ya no podía seguir engañándose.—La familia Ferreira no va a soltar fácilmente a la familia Cordero —le advirtió él, con un dejo de amenaza.O sea, que cancelar el compromiso no era opción.Melina respondió sin titubear:—Yo no soy Ferreira. Además, desde hace tiempo quieren que terminemos.Antes, el cariño que sentía por Mariano le daba fuerzas para soportar la presión de la familia Ferreira. Pero ahora, ya no le quedaba energía para luchar.Si Mariano la hubiera amado, se habrían casado al salir de la universidad, no la habría hecho esperar hasta los veinticinco para seguir con las manos vacías.—Melina, te lo pregunto una última vez: ¿de veras quieres romper el compromiso?El tono de Mariano era tan seco como una puerta cerrándose en la cara. Sus ojos destilaban enojo.Sin decir palabra, Melina bajó la vista y se quitó el anillo del dedo anular.Ese anillo, que Mariano había mandado a hacer con un diseñador famoso especialmente para el compromiso, tenía las iniciales de ambos grabadas en el interior.Verla hacer eso de manera tan decidida le revolvió el estómago a Mariano, llenándolo de una ansiedad repentina.Antes de que pudiera reaccionar, Melina arrojó el anillo en la taza de café que ya estaba frío.—¡Melina! —exclamó Mariano, al borde de perder el control.Ella lo miró directo a los ojos, con una calma cortante.—Hasta aquí llegamos.No hubo marcha atrás. El silencio retumbó como un portazo en la cafetería, mientras la historia de ambos se desmoronaba frente a ellos.Las cinco palabras se mezclaron con el sonido de la lluvia que golpeaba con fuerza.El ánimo de Mariano se desplomó en un abrir y cerrar de ojos, cayendo hasta lo más hondo.Observó la espalda de Melina alejarse, tan decidida, tan distante. Apretó los dientes, dejando escapar una risa llena de rencor.—Perfecto, Melina. No te preocupes, pero no te arrepientas después —masculló entre dientes.Melina apenas titubeó un instante, pero siguió su camino sin volver la cabeza.Afuera, la lluvia se desbordaba, azotando la ciudad con una furia brutal.Ella presionó una mano sobre su vientre, mientras con la otra intentaba pedir un carro desde su celular.Pasó media hora y aún seguía esperando que alguien aceptara el viaje.Melina frunció el ceño, cambió de aplicación y subió la tarifa a doscientos pesos. Solo así, por fin, un conductor aceptó la solicitud.En el quinto minuto de espera, le entró una llamada de Elisa.—¿Acaso acabas de ver a Mariano?La voz al otro lado sonó acusadora desde el primer segundo.Melina bajó la mirada, la boca torcida en una mueca de desdén. Se agachó y se frotó el estómago, sintiendo el malestar en cada fibra.—¿Y a ti qué te importa con quién me veo?Desde que Estefanía había regresado a la familia Ferreira, Melina se había mudado a vivir sola. La única razón por la que aún mantenía comunicación con los Ferreira era porque insistían en que anulara el compromiso con Mariano.Siempre había sido una intrusa para ellos, la extraña que ocupaba el lugar de la hija perdida. Ahora que la verdadera “hija” había regresado, Melina debía apartarse sin rechistar.Lo del cambio de boda era un asunto que la familia Ferreira y la familia Cordero podían arreglar entre ellos, sin importarles en lo más mínimo la opinión de Melina.Pero Néstor Cordero, terco como él solo, se había encaprichado con que Melina fuera su nuera. Así que el problema tenía que resolverse de raíz.—¡Melina! ¿Qué clase de actitud es esa? Después de todo, la familia Ferreira te mantuvo por más de veinte años. Si no fuera por ti, ¿crees que Estefanía habría sufrido tanto afuera?La voz de Elisa era cortante, chillona, como si cada palabra quisiera clavarse en la piel de Melina.Melina dejó escapar una carcajada amarga.—¿Y según tú, cómo se supone que una bebé hizo el cambiazo?Elisa era experta en manipular con palabras, siempre jugando con la culpa ajena.Escuchar lo mismo tantas veces casi había convencido a Melina de que todo era culpa suya.Pero, a fin de cuentas, ella también había sido una víctima.Y, siendo honestos, la familia Ferreira jamás la trató bien.—¡Melina! No lo olvides: le debes la vida a Estefanía. Apúrate a romper el compromiso con Mariano. No te aferres a lo que no te corresponde.El carro por fin llegó.Melina subió al asiento trasero, mientras se acercaba el teléfono a la oreja una última vez.—Ya tiré la basura donde corresponde, que Estefanía vaya a recogerla si quiere. Y no hace falta que me des las gracias.Sin darle tiempo a responder, colgó y bloqueó el número de Elisa. Así, sin más.La lluvia seguía martillando contra las ventanas del carro, y la ciudad se veía borrosa, envuelta en una niebla gris.Melina se dejó caer contra el respaldo, pálida y agotada.Todo lo que había pasado ese día era suficiente para aplastar a cualquiera.Era tan absurdo que hasta parecía una pesadilla.Todos, absolutamente todos, estaban seguros de que ella y Mariano acabarían casándose. Incluso ella misma lo había creído alguna vez.Pero el corazón de la gente podía cambiar en un segundo.El de Mariano ya no le pertenecía.Melina cerró los ojos, conteniendo las emociones hasta que llegó a su departamento. Para ese entonces, había logrado recobrar cierta calma.Al entrar, lo primero que hizo fue tomar una pastilla para el dolor.Luego, comenzó a limpiar cualquier rastro de Mariano en ese lugar.Él casi nunca se quedaba a dormir ahí. Las pocas veces que lo había hecho, había sido porque Melina lo había presionado de una forma u otra.Abrió el armario y sacó una chaqueta de hombre. Sin pensarlo mucho, la metió en una bolsa de basura. Pero algo cayó del bolsillo al suelo.Había dos cosas: un condón y un pendiente de perlas de mujer.Aquel pendiente lo había visto antes. En la oreja de Estefanía.—Puaj.Melina salió corriendo al baño, se sostuvo del lavamanos y se inclinó, luchando contra las náuseas.Los ojos le ardían, la boca amarga, el estómago revuelto.Sentía una repulsión tan grande que quería arrancarse la piel.Pensó que, después de siete años, al menos podrían terminar de una manera digna. Pero todo había sido una ilusión suya.Esa noche, Melina tiró todo lo que tuviera relación con Mariano.Hasta pidió comida a domicilio y limpió el departamento de arriba a abajo, desinfectando cada rincón, hasta que al fin pudo respirar un poco mejor....

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