Capítulo 1En el Hospital General de San Juan.Alicia Santos sacó la toalla del lavabo, la exprimió con cuidado y, todavía humeante, la sostuvo mientras se incorporaba con una mano sobre su vientre. Se acercó a la cama y empezó a limpiar con delicadeza el cuerpo de su esposo, Félix Pastor.Ya llevaba un mes haciendo esto. Un mes desde que Félix sufrió un accidente de carro y terminó gravemente herido, casi al borde de la muerte. Cuando le dieron la noticia, Alicia sintió que la mente se le quedó en blanco. Solo podía percibir una punzada amarga en el pecho, como si el corazón se le arrugara.Sin saber ni cómo, salió corriendo hacia el hospital. Lo primero que vio fue la ropa de Félix, empapada en sangre. Él ya había sido llevado de urgencia a la sala de cuidados intensivos. Escuchó entre murmullos que la situación era crítica: tenía fracturas por todo el cuerpo, pero lo peor era el golpe en la cabeza. Cuando lo trajeron, apenas y respiraba.Alicia sintió que le ardían los ojos. Todavía no lograba asimilar nada, cuando el personal médico se le acercó para confirmar su identidad. Al saber que era la esposa de Félix, le pusieron enfrente el aviso de estado crítico. Las letras grandes la hicieron estremecerse, le cortaron la respiración.Apretó los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre, pero no se atrevió a perder tiempo. Tomó la pluma, aunque la mano le temblaba tanto que apenas lograba escribir. Sostuvo la muñeca con la otra mano y, como pudo, escribió su nombre, con letras torcidas y temblorosas. Aun así, lo único que le importaba era devolverle el papel al médico. Entre sollozos, suplicó:—Por favor… sálvenlo.Los doctores y enfermeros estaban acostumbrados a enfrentar la muerte, pero jamás les dejaba de doler ver el sufrimiento de las familias. No podían prometer nada, solo hacer su mayor esfuerzo.Cuando el equipo médico se fue deprisa, Alicia simplemente se dejó caer en una de las sillas frente al quirófano. No tenía fuerzas para levantarse. Sujetó sus manos temblorosas y, sin apartar la vista de la puerta, se quedó ahí, como petrificada.En ese instante, la mente se le llenó de recuerdos de Félix: los dos corriendo juntos bajo la lluvia para llegar a casa, las bromas y juegos cuando estaban solos, las veces que creaban figuras extrañas con arcilla cuando salían juntos… Imágenes que la hacían sentir una mezcla de nostalgia y dolor tan profundo que apenas podía contener las lágrimas.No se permitió llorar. Temía que, en un momento así, las lágrimas fueran de mala suerte. No era supersticiosa, pero tampoco estaba dispuesta a tentar al destino con la vida de Félix. Recién entonces entendió lo mucho que le dolía solo imaginar perderlo.Desde que se conocieron, se enamoraron y luego se casaron, Alicia siempre sintió que su vida junto a Félix era sencilla, tranquila y feliz. No había pasado nada extraordinario, pero ambos habían aprendido a ser parte uno del otro, como una costumbre cálida que nunca pensó que podría perder.Ahora, sentada frente a la puerta de la sala de operaciones, sintió una angustia tan grande que le helaba el alma. No podía imaginarse un mundo sin él.Poco después, los padres de Félix llegaron corriendo, visiblemente alterados. Alicia los escuchó llegar y, con los ojos aún enrojecidos, se volvió para verlos. La mamá de Félix tenía la cara tan pálida como el papel y las lágrimas se le escapaban sin control.—¿Qué dijeron los doctores? ¿Cómo pudo pasar esto…? —la mamá de Félix se aferró a Alicia, tratando de mantener la calma, aunque la voz le temblaba de dolor.—Mamá… —Alicia intentó tranquilizarla, pero apenas abrió la boca, se le atoró la voz. No pudo decir nada más. Sentía un nudo en la garganta, como si se estuviera ahogando.También ella tenía miedo. Miedo de que el doctor saliera y les dijera lo peor. Miedo de esa punzada que le atravesaba el pecho una y otra vez.—¡Dime algo! Félix siempre estaba contigo, ¿por qué le pasó esto a él? ¡¿Por qué tú estás bien y él no?! —la madre de Félix, sin obtener respuesta, se desbordó, sujetando a Alicia con desesperación.Alicia levantó la mirada y se topó con los ojos llenos de rabia y angustia de su suegra. Entendió que el miedo y la preocupación la hacían hablar así.—Mamá, Félix tuvo un accidente de camino a casa. Aún están investigando las causas. Yo también acabo de llegar. El doctor… el doctor dijo que tiene varias fracturas y lo más grave fue el golpe en la cabeza. Hace unos minutos firmé el aviso de estado crítico.Las palabras fueron como una bomba en la mente de los padres de Félix. La mamá solo pudo negar con la cabeza, llorando tan fuerte que estuvo a punto de desplomarse. Alicia la sostuvo como pudo, compartiendo la desesperación y el dolor.La mamá de Félix apartó violentamente la mano de Alicia. La miró con un odio que quemaba e, incapaz de contenerse, le escupió las palabras entre dientes, llena de desprecio:—¡Desde que mi hijo está contigo no ha pasado nada bueno!La mamá de Félix nunca había querido a Alicia. Por lo general, se mostraba distante, pero rara vez llegaba al extremo de humillarla de esa manera. Alicia, con la mano temblando y la palma herida por la presión de sus propias uñas, apenas pudo contener el llanto. Sus ojos enrojecidos delataban la mezcla de rabia y tristeza que la ahogaba. Tragando saliva, le replicó, con la voz quebrada:—Nadie quiere que le pase esto a Félix. No solo es tu hijo… también es mi esposo y el padre de mi bebé.Al escucharla, la señora frunció el ceño y desvió la vista hacia el vientre de Alicia, incapaz de ocultar su rechazo. Nunca le había gustado esa muchacha, y por extensión tampoco sentía aprecio por el niño que estaba por nacer. Desde el principio, no se resignaba a que Félix y Alicia estuvieran juntos.Al ver que la situación amenazaba con salirse aún más de control, Luis Pastor, que hasta ese momento se había mantenido callado, intervino con firmeza:—Ya basta. Dejen de pelear, esto es un hospital. No es el lugar para armar escándalos.La sola mención del hospital hizo que los ojos de la mamá de Félix se llenaran de lágrimas otra vez. Miró hacia la sala de operaciones, sintiendo que el corazón se le desgarraba. Al final, se dejó caer en una de las sillas junto a la puerta y, sujetándose la cabeza con ambas manos, se cubrió el rostro y rompió en llanto, vencida por la angustia.Alicia se quedó de pie, con la mirada fija en la puerta del quirófano, los ojos húmedos. Ella nunca había sido creyente, pero en ese instante deseó con todas sus fuerzas que existiera un Dios, alguien capaz de escuchar sus ruegos y salvar a Félix....De pronto, la luz de la sala de operaciones se apagó. El doctor salió, cansado, con el rostro marcado por horas de trabajo y tensión. Alicia y los padres de Félix corrieron a su encuentro, apenas respirando. El médico, agotado pero esperanzado, informó:—La operación fue un éxito. No hay peligro de muerte, pero sufrió daño en los nervios del cerebro. Aún no sabemos cuándo va a despertar, hay que seguir observándolo.Apenas escuchó eso, la mamá de Félix se echó a llorar sin poder contenerse. Era lo mejor que podían esperar: Félix seguía vivo, y eso ya era un milagro.Alicia se limpió las lágrimas de los ojos. Agradeció una y otra vez, inclinando la cabeza en señal de gratitud. Sentía una mezcla de alivio y debilidad, como si el peso de todo el sufrimiento le hubiese drenado la fuerza del cuerpo. Hasta las manos le temblaban, incapaces de cerrar el puño.El papá de Félix, por fin, dejó de fruncir el ceño. Dio las gracias al doctor varias veces, dejando de lado todo orgullo y títulos; en ese momento, solo era un papá agradecido porque su hijo había regresado de la puerta de la muerte.El médico, con la voz teñida de cierta emoción, comentó:—No me lo agradezcan. Félix tuvo muchas ganas de vivir. En esa situación, todos pensábamos que no la iba a contar, pero él resistió. Quizá aún tiene algo muy importante que lo ata a este mundo.En un hospital, uno se acostumbra a ver despedidas a diario. El doctor no se detuvo en sentimentalismos. Solo les explicó las precauciones que debían seguir en la recuperación....Félix permaneció inconsciente durante un mes entero.Alicia no se apartó de su lado en ningún momento. Le platicaba todos los días, esperando que algún día abriera los ojos. Incluso llegó a pensar que, si era necesario, ella se quedaría a su lado así para siempre.Después de asearlo, Alicia volvía a sentarse a su lado, tomaba la mano de Félix, apoyaba la cara sobre su dorso y, mirándolo con ternura, le contaba todo lo que había pasado esos días.—Félix, cuando me pasaron el aviso de emergencia, tuve que firmar. Escribí las palabras más feas de mi vida, tan chuecas que seguro te burlarías de mí. Capaz que hasta las enmarcabas para reírte después. Así que despierta, anda, ven a verlas tú mismo.Podía imaginar la sonrisa traviesa de Félix, pero en la cama él seguía inmóvil, ajeno a todo. Alicia sintió que se le apretaba el pecho y, en voz baja, se acercó a su oído:—Félix, ¿no eras tú el que moría de ganas por conocer al bebé? Ya falta poco para que nazca, ¿no te lo vas a perder, verdad?Ya tenía seis meses de embarazo. Antes del accidente, Félix había estado ilusionadísimo, preparando sorpresas y regalos para recibir a su hijo.Cada gesto, cada palabra de Félix, pasaba una y otra vez por la mente de Alicia. Solo entonces entendió cuánto había atesorado esos recuerdos. Su vida juntos, todo lo que habían compartido, tenía más valor del que jamás imaginó.En su memoria resonaban las promesas de Félix, aquellas palabras que le repetía con cariño:—Siempre voy a estar contigo. Cada vez que me necesites, aquí voy a estar.Alicia apretó con fuerza la mano de Félix, pegándose a él, buscando sentir su calor, aferrándose a la certeza de que seguía vivo. Con la voz quebrada y llena de angustia, le suplicó al hombre dormido:—Félix, por favor, despierta… ¿sí?Día tras día, Alicia aguardaba a que Félix abriera los ojos. Primero fue una esperanza de veinticuatro horas, luego una semana, después un mes… Poco a poco, la ansiedad fue ganando terreno. El miedo la devoraba: temía que Félix jamás volviera, que su voz se convirtiera en un eco perdido.Con un temblor en la voz, pero forzando una sonrisa, Alicia intentó fingir fortaleza ante Félix:—Cuando nazca el bebé, si tú no estás a mi lado, capaz sí me da miedo…Siempre le había aterrorizado la idea de dar a luz. Desde pequeña, imaginaba el nacimiento como un dolor inimaginable, algo imposible de soportar. Pero tras años de matrimonio con Félix, su miedo fue cediendo, reemplazado por una curiosidad tierna: ¿cómo sería ese pequeño que se pareciera a ambos?Era por Félix que se atrevía a soñar con una familia, con ver crecer a alguien que fuera testigo de su amor. Sin embargo, verlo postrado en esa cama, inconsciente, la hacía sentirse sola ante la llegada del bebé. Los viejos temores regresaban, creciendo como la sombra de una tormenta.A decir verdad, lo que más la entristecía era pensar que Félix se perdería el nacimiento de su hijo. Sabía cuánto lo esperaba, cuánto lo deseaba. Si no estaba presente, seguramente se arrepentiría toda la vida.Alicia recordaba cada tontería que él le había dicho, como aquella vez que jugaba con la cámara, empeñado en grabar el primer encuentro con su hijo. Ese Félix tierno y torpe, tan distinto al hombre seguro de sí mismo. Cada uno de esos recuerdos, ahora, le apretaba el pecho. Tomó aire, obligándose a tragar el nudo amargo en su garganta.Pero las lágrimas no obedecieron; se escaparon, resbalando hasta caer en la mano de Félix.Cuando volvió a levantar la mirada, se topó con los ojos entreabiertos de Félix.Por un instante, Alicia se quedó petrificada, su mente en blanco. Luego, una oleada de alegría la sacudió; la incredulidad la hacía temblar, la mandíbula le vibraba de emoción."Siempre voy a estar contigo cuando me necesites", recordaba Alicia esa promesa, el brillo sincero en los ojos de Félix al decírselo.La alegría de sobrevivir juntos, la gratitud por lo que creía perdido, el miedo convertido en alivio… Todo la golpeó al ver esos ojos abiertos. Apretó la mano de Félix, llorando sin reservas, llamándolo casi en un grito ahogado:—¡Félix…!No se atrevía a tocarlo más, temerosa de que fuera solo un sueño. De pronto, reaccionó y presionó el timbre para llamar a la enfermera. Al girar de nuevo, vio a Félix con los ojos abiertos. En ese instante, Alicia cayó vencida en la silla, exhausta.El sudor frío le recorría la espalda. Su mente, por fin liberada de la tensión, amplificó el miedo y la preocupación hasta que ya no pudo contener las lágrimas.Con la emoción desbordada, seguía temblando, sin soltar la mano de Félix.Solo logró pronunciar su nombre, tragándose todas las palabras que tenía guardadas, permitiendo que las lágrimas cayeran una tras otra sobre la mano de él. Todo lo que quería decirle se atoraba en su pecho; la única manera de calmarse era sintiendo el calor de su piel, sabiendo que estaba ahí.Pensó en ir a la iglesia a dar gracias, aunque ni siquiera sabía a qué santo debía agradecer. En silencio, repitió mil veces su gratitud.Todavía no terminaba de asimilar la alegría, cuando sintió que Félix trataba de apartar la mano. Esa reacción la dejó petrificada.Con las lágrimas aún en las mejillas, Alicia levantó la vista y se encontró con la mirada débil, pero decidida, de Félix. Sentía la presión en su palma, la fuerza con la que él intentaba soltar su mano. Alicia captó con claridad el movimiento; Félix quería apartarse de ella.Félix, con los labios resecos, intentó hablar, pero apenas logró articular unas palabras. Alicia, nublada por la sorpresa y la preocupación, se inclinó para escuchar mejor, pero Félix arrugó el entrecejo, girando la cabeza para evitarla.Alicia lo notó, pero el miedo a que él sintiera dolor era más fuerte. Se acercó aún más, intentando captar cada sílaba.Cuando estuvo cerca, Félix le susurró al oído con el poco aliento que le quedaba:—¿Dónde está Nina Ruiz…?Solo unas palabras, pero en la mente de Alicia explotaron como un trueno. Se le heló la sangre, olvidó cómo respirar, todo su cuerpo se tensó con una sensación eléctrica y desagradable.Bajó la mirada, encontrándose con los ojos de Félix. No había vacilación en ellos, solo una urgencia desesperada por obtener una respuesta. Pero al mirar a Alicia, era como si viera a una completa extraña.Al pronunciar ese nombre, el sudor perló la frente de Félix, y las venas de su cuello se marcaron. Parecía estar soportando dolor solo para poder preguntar… por otra persona.Todo el cansancio de los días de vigilia junto a Félix no se comparaba a la punzada que sentía en ese instante. Era como si una mano invisible le apretara el corazón, dejándola incapaz de pronunciar palabra alguna.Capítulo 2En el Hospital General de San Juan.Alicia Santos sacó la toalla del lavabo, la exprimió con cuidado y, todavía humeante, la sostuvo mientras se incorporaba con una mano sobre su vientre. Se acercó a la cama y empezó a limpiar con delicadeza el cuerpo de su esposo, Félix Pastor.Ya llevaba un mes haciendo esto. Un mes desde que Félix sufrió un accidente de carro y terminó gravemente herido, casi al borde de la muerte. Cuando le dieron la noticia, Alicia sintió que la mente se le quedó en blanco. Solo podía percibir una punzada amarga en el pecho, como si el corazón se le arrugara.Sin saber ni cómo, salió corriendo hacia el hospital. Lo primero que vio fue la ropa de Félix, empapada en sangre. Él ya había sido llevado de urgencia a la sala de cuidados intensivos. Escuchó entre murmullos que la situación era crítica: tenía fracturas por todo el cuerpo, pero lo peor era el golpe en la cabeza. Cuando lo trajeron, apenas y respiraba.Alicia sintió que le ardían los ojos. Todavía no lograba asimilar nada, cuando el personal médico se le acercó para confirmar su identidad. Al saber que era la esposa de Félix, le pusieron enfrente el aviso de estado crítico. Las letras grandes la hicieron estremecerse, le cortaron la respiración.Apretó los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre, pero no se atrevió a perder tiempo. Tomó la pluma, aunque la mano le temblaba tanto que apenas lograba escribir. Sostuvo la muñeca con la otra mano y, como pudo, escribió su nombre, con letras torcidas y temblorosas. Aun así, lo único que le importaba era devolverle el papel al médico. Entre sollozos, suplicó:—Por favor… sálvenlo.Los doctores y enfermeros estaban acostumbrados a enfrentar la muerte, pero jamás les dejaba de doler ver el sufrimiento de las familias. No podían prometer nada, solo hacer su mayor esfuerzo.Cuando el equipo médico se fue deprisa, Alicia simplemente se dejó caer en una de las sillas frente al quirófano. No tenía fuerzas para levantarse. Sujetó sus manos temblorosas y, sin apartar la vista de la puerta, se quedó ahí, como petrificada.En ese instante, la mente se le llenó de recuerdos de Félix: los dos corriendo juntos bajo la lluvia para llegar a casa, las bromas y juegos cuando estaban solos, las veces que creaban figuras extrañas con arcilla cuando salían juntos… Imágenes que la hacían sentir una mezcla de nostalgia y dolor tan profundo que apenas podía contener las lágrimas.No se permitió llorar. Temía que, en un momento así, las lágrimas fueran de mala suerte. No era supersticiosa, pero tampoco estaba dispuesta a tentar al destino con la vida de Félix. Recién entonces entendió lo mucho que le dolía solo imaginar perderlo.Desde que se conocieron, se enamoraron y luego se casaron, Alicia siempre sintió que su vida junto a Félix era sencilla, tranquila y feliz. No había pasado nada extraordinario, pero ambos habían aprendido a ser parte uno del otro, como una costumbre cálida que nunca pensó que podría perder.Ahora, sentada frente a la puerta de la sala de operaciones, sintió una angustia tan grande que le helaba el alma. No podía imaginarse un mundo sin él.Poco después, los padres de Félix llegaron corriendo, visiblemente alterados. Alicia los escuchó llegar y, con los ojos aún enrojecidos, se volvió para verlos. La mamá de Félix tenía la cara tan pálida como el papel y las lágrimas se le escapaban sin control.—¿Qué dijeron los doctores? ¿Cómo pudo pasar esto…? —la mamá de Félix se aferró a Alicia, tratando de mantener la calma, aunque la voz le temblaba de dolor.—Mamá… —Alicia intentó tranquilizarla, pero apenas abrió la boca, se le atoró la voz. No pudo decir nada más. Sentía un nudo en la garganta, como si se estuviera ahogando.También ella tenía miedo. Miedo de que el doctor saliera y les dijera lo peor. Miedo de esa punzada que le atravesaba el pecho una y otra vez.—¡Dime algo! Félix siempre estaba contigo, ¿por qué le pasó esto a él? ¡¿Por qué tú estás bien y él no?! —la madre de Félix, sin obtener respuesta, se desbordó, sujetando a Alicia con desesperación.Alicia levantó la mirada y se topó con los ojos llenos de rabia y angustia de su suegra. Entendió que el miedo y la preocupación la hacían hablar así.—Mamá, Félix tuvo un accidente de camino a casa. Aún están investigando las causas. Yo también acabo de llegar. El doctor… el doctor dijo que tiene varias fracturas y lo más grave fue el golpe en la cabeza. Hace unos minutos firmé el aviso de estado crítico.Las palabras fueron como una bomba en la mente de los padres de Félix. La mamá solo pudo negar con la cabeza, llorando tan fuerte que estuvo a punto de desplomarse. Alicia la sostuvo como pudo, compartiendo la desesperación y el dolor.La mamá de Félix apartó violentamente la mano de Alicia. La miró con un odio que quemaba e, incapaz de contenerse, le escupió las palabras entre dientes, llena de desprecio:—¡Desde que mi hijo está contigo no ha pasado nada bueno!La mamá de Félix nunca había querido a Alicia. Por lo general, se mostraba distante, pero rara vez llegaba al extremo de humillarla de esa manera. Alicia, con la mano temblando y la palma herida por la presión de sus propias uñas, apenas pudo contener el llanto. Sus ojos enrojecidos delataban la mezcla de rabia y tristeza que la ahogaba. Tragando saliva, le replicó, con la voz quebrada:—Nadie quiere que le pase esto a Félix. No solo es tu hijo… también es mi esposo y el padre de mi bebé.Al escucharla, la señora frunció el ceño y desvió la vista hacia el vientre de Alicia, incapaz de ocultar su rechazo. Nunca le había gustado esa muchacha, y por extensión tampoco sentía aprecio por el niño que estaba por nacer. Desde el principio, no se resignaba a que Félix y Alicia estuvieran juntos.Al ver que la situación amenazaba con salirse aún más de control, Luis Pastor, que hasta ese momento se había mantenido callado, intervino con firmeza:—Ya basta. Dejen de pelear, esto es un hospital. No es el lugar para armar escándalos.La sola mención del hospital hizo que los ojos de la mamá de Félix se llenaran de lágrimas otra vez. Miró hacia la sala de operaciones, sintiendo que el corazón se le desgarraba. Al final, se dejó caer en una de las sillas junto a la puerta y, sujetándose la cabeza con ambas manos, se cubrió el rostro y rompió en llanto, vencida por la angustia.Alicia se quedó de pie, con la mirada fija en la puerta del quirófano, los ojos húmedos. Ella nunca había sido creyente, pero en ese instante deseó con todas sus fuerzas que existiera un Dios, alguien capaz de escuchar sus ruegos y salvar a Félix....De pronto, la luz de la sala de operaciones se apagó. El doctor salió, cansado, con el rostro marcado por horas de trabajo y tensión. Alicia y los padres de Félix corrieron a su encuentro, apenas respirando. El médico, agotado pero esperanzado, informó:—La operación fue un éxito. No hay peligro de muerte, pero sufrió daño en los nervios del cerebro. Aún no sabemos cuándo va a despertar, hay que seguir observándolo.Apenas escuchó eso, la mamá de Félix se echó a llorar sin poder contenerse. Era lo mejor que podían esperar: Félix seguía vivo, y eso ya era un milagro.Alicia se limpió las lágrimas de los ojos. Agradeció una y otra vez, inclinando la cabeza en señal de gratitud. Sentía una mezcla de alivio y debilidad, como si el peso de todo el sufrimiento le hubiese drenado la fuerza del cuerpo. Hasta las manos le temblaban, incapaces de cerrar el puño.El papá de Félix, por fin, dejó de fruncir el ceño. Dio las gracias al doctor varias veces, dejando de lado todo orgullo y títulos; en ese momento, solo era un papá agradecido porque su hijo había regresado de la puerta de la muerte.El médico, con la voz teñida de cierta emoción, comentó:—No me lo agradezcan. Félix tuvo muchas ganas de vivir. En esa situación, todos pensábamos que no la iba a contar, pero él resistió. Quizá aún tiene algo muy importante que lo ata a este mundo.En un hospital, uno se acostumbra a ver despedidas a diario. El doctor no se detuvo en sentimentalismos. Solo les explicó las precauciones que debían seguir en la recuperación....Félix permaneció inconsciente durante un mes entero.Alicia no se apartó de su lado en ningún momento. Le platicaba todos los días, esperando que algún día abriera los ojos. Incluso llegó a pensar que, si era necesario, ella se quedaría a su lado así para siempre.Después de asearlo, Alicia volvía a sentarse a su lado, tomaba la mano de Félix, apoyaba la cara sobre su dorso y, mirándolo con ternura, le contaba todo lo que había pasado esos días.—Félix, cuando me pasaron el aviso de emergencia, tuve que firmar. Escribí las palabras más feas de mi vida, tan chuecas que seguro te burlarías de mí. Capaz que hasta las enmarcabas para reírte después. Así que despierta, anda, ven a verlas tú mismo.Podía imaginar la sonrisa traviesa de Félix, pero en la cama él seguía inmóvil, ajeno a todo. Alicia sintió que se le apretaba el pecho y, en voz baja, se acercó a su oído:—Félix, ¿no eras tú el que moría de ganas por conocer al bebé? Ya falta poco para que nazca, ¿no te lo vas a perder, verdad?Ya tenía seis meses de embarazo. Antes del accidente, Félix había estado ilusionadísimo, preparando sorpresas y regalos para recibir a su hijo.Cada gesto, cada palabra de Félix, pasaba una y otra vez por la mente de Alicia. Solo entonces entendió cuánto había atesorado esos recuerdos. Su vida juntos, todo lo que habían compartido, tenía más valor del que jamás imaginó.En su memoria resonaban las promesas de Félix, aquellas palabras que le repetía con cariño:—Siempre voy a estar contigo. Cada vez que me necesites, aquí voy a estar.Alicia apretó con fuerza la mano de Félix, pegándose a él, buscando sentir su calor, aferrándose a la certeza de que seguía vivo. Con la voz quebrada y llena de angustia, le suplicó al hombre dormido:—Félix, por favor, despierta… ¿sí?Día tras día, Alicia aguardaba a que Félix abriera los ojos. Primero fue una esperanza de veinticuatro horas, luego una semana, después un mes… Poco a poco, la ansiedad fue ganando terreno. El miedo la devoraba: temía que Félix jamás volviera, que su voz se convirtiera en un eco perdido.Con un temblor en la voz, pero forzando una sonrisa, Alicia intentó fingir fortaleza ante Félix:—Cuando nazca el bebé, si tú no estás a mi lado, capaz sí me da miedo…Siempre le había aterrorizado la idea de dar a luz. Desde pequeña, imaginaba el nacimiento como un dolor inimaginable, algo imposible de soportar. Pero tras años de matrimonio con Félix, su miedo fue cediendo, reemplazado por una curiosidad tierna: ¿cómo sería ese pequeño que se pareciera a ambos?Era por Félix que se atrevía a soñar con una familia, con ver crecer a alguien que fuera testigo de su amor. Sin embargo, verlo postrado en esa cama, inconsciente, la hacía sentirse sola ante la llegada del bebé. Los viejos temores regresaban, creciendo como la sombra de una tormenta.A decir verdad, lo que más la entristecía era pensar que Félix se perdería el nacimiento de su hijo. Sabía cuánto lo esperaba, cuánto lo deseaba. Si no estaba presente, seguramente se arrepentiría toda la vida.Alicia recordaba cada tontería que él le había dicho, como aquella vez que jugaba con la cámara, empeñado en grabar el primer encuentro con su hijo. Ese Félix tierno y torpe, tan distinto al hombre seguro de sí mismo. Cada uno de esos recuerdos, ahora, le apretaba el pecho. Tomó aire, obligándose a tragar el nudo amargo en su garganta.Pero las lágrimas no obedecieron; se escaparon, resbalando hasta caer en la mano de Félix.Cuando volvió a levantar la mirada, se topó con los ojos entreabiertos de Félix.Por un instante, Alicia se quedó petrificada, su mente en blanco. Luego, una oleada de alegría la sacudió; la incredulidad la hacía temblar, la mandíbula le vibraba de emoción."Siempre voy a estar contigo cuando me necesites", recordaba Alicia esa promesa, el brillo sincero en los ojos de Félix al decírselo.La alegría de sobrevivir juntos, la gratitud por lo que creía perdido, el miedo convertido en alivio… Todo la golpeó al ver esos ojos abiertos. Apretó la mano de Félix, llorando sin reservas, llamándolo casi en un grito ahogado:—¡Félix…!No se atrevía a tocarlo más, temerosa de que fuera solo un sueño. De pronto, reaccionó y presionó el timbre para llamar a la enfermera. Al girar de nuevo, vio a Félix con los ojos abiertos. En ese instante, Alicia cayó vencida en la silla, exhausta.El sudor frío le recorría la espalda. Su mente, por fin liberada de la tensión, amplificó el miedo y la preocupación hasta que ya no pudo contener las lágrimas.Con la emoción desbordada, seguía temblando, sin soltar la mano de Félix.Solo logró pronunciar su nombre, tragándose todas las palabras que tenía guardadas, permitiendo que las lágrimas cayeran una tras otra sobre la mano de él. Todo lo que quería decirle se atoraba en su pecho; la única manera de calmarse era sintiendo el calor de su piel, sabiendo que estaba ahí.Pensó en ir a la iglesia a dar gracias, aunque ni siquiera sabía a qué santo debía agradecer. En silencio, repitió mil veces su gratitud.Todavía no terminaba de asimilar la alegría, cuando sintió que Félix trataba de apartar la mano. Esa reacción la dejó petrificada.Con las lágrimas aún en las mejillas, Alicia levantó la vista y se encontró con la mirada débil, pero decidida, de Félix. Sentía la presión en su palma, la fuerza con la que él intentaba soltar su mano. Alicia captó con claridad el movimiento; Félix quería apartarse de ella.Félix, con los labios resecos, intentó hablar, pero apenas logró articular unas palabras. Alicia, nublada por la sorpresa y la preocupación, se inclinó para escuchar mejor, pero Félix arrugó el entrecejo, girando la cabeza para evitarla.Alicia lo notó, pero el miedo a que él sintiera dolor era más fuerte. Se acercó aún más, intentando captar cada sílaba.Cuando estuvo cerca, Félix le susurró al oído con el poco aliento que le quedaba:—¿Dónde está Nina Ruiz…?Solo unas palabras, pero en la mente de Alicia explotaron como un trueno. Se le heló la sangre, olvidó cómo respirar, todo su cuerpo se tensó con una sensación eléctrica y desagradable.Bajó la mirada, encontrándose con los ojos de Félix. No había vacilación en ellos, solo una urgencia desesperada por obtener una respuesta. Pero al mirar a Alicia, era como si viera a una completa extraña.Al pronunciar ese nombre, el sudor perló la frente de Félix, y las venas de su cuello se marcaron. Parecía estar soportando dolor solo para poder preguntar… por otra persona.Todo el cansancio de los días de vigilia junto a Félix no se comparaba a la punzada que sentía en ese instante. Era como si una mano invisible le apretara el corazón, dejándola incapaz de pronunciar palabra alguna.Capítulo 3En el Hospital General de San Juan.Alicia Santos sacó la toalla del lavabo, la exprimió con cuidado y, todavía humeante, la sostuvo mientras se incorporaba con una mano sobre su vientre. Se acercó a la cama y empezó a limpiar con delicadeza el cuerpo de su esposo, Félix Pastor.Ya llevaba un mes haciendo esto. Un mes desde que Félix sufrió un accidente de carro y terminó gravemente herido, casi al borde de la muerte. Cuando le dieron la noticia, Alicia sintió que la mente se le quedó en blanco. Solo podía percibir una punzada amarga en el pecho, como si el corazón se le arrugara.Sin saber ni cómo, salió corriendo hacia el hospital. Lo primero que vio fue la ropa de Félix, empapada en sangre. Él ya había sido llevado de urgencia a la sala de cuidados intensivos. Escuchó entre murmullos que la situación era crítica: tenía fracturas por todo el cuerpo, pero lo peor era el golpe en la cabeza. Cuando lo trajeron, apenas y respiraba.Alicia sintió que le ardían los ojos. Todavía no lograba asimilar nada, cuando el personal médico se le acercó para confirmar su identidad. Al saber que era la esposa de Félix, le pusieron enfrente el aviso de estado crítico. Las letras grandes la hicieron estremecerse, le cortaron la respiración.Apretó los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre, pero no se atrevió a perder tiempo. Tomó la pluma, aunque la mano le temblaba tanto que apenas lograba escribir. Sostuvo la muñeca con la otra mano y, como pudo, escribió su nombre, con letras torcidas y temblorosas. Aun así, lo único que le importaba era devolverle el papel al médico. Entre sollozos, suplicó:—Por favor… sálvenlo.Los doctores y enfermeros estaban acostumbrados a enfrentar la muerte, pero jamás les dejaba de doler ver el sufrimiento de las familias. No podían prometer nada, solo hacer su mayor esfuerzo.Cuando el equipo médico se fue deprisa, Alicia simplemente se dejó caer en una de las sillas frente al quirófano. No tenía fuerzas para levantarse. Sujetó sus manos temblorosas y, sin apartar la vista de la puerta, se quedó ahí, como petrificada.En ese instante, la mente se le llenó de recuerdos de Félix: los dos corriendo juntos bajo la lluvia para llegar a casa, las bromas y juegos cuando estaban solos, las veces que creaban figuras extrañas con arcilla cuando salían juntos… Imágenes que la hacían sentir una mezcla de nostalgia y dolor tan profundo que apenas podía contener las lágrimas.No se permitió llorar. Temía que, en un momento así, las lágrimas fueran de mala suerte. No era supersticiosa, pero tampoco estaba dispuesta a tentar al destino con la vida de Félix. Recién entonces entendió lo mucho que le dolía solo imaginar perderlo.Desde que se conocieron, se enamoraron y luego se casaron, Alicia siempre sintió que su vida junto a Félix era sencilla, tranquila y feliz. No había pasado nada extraordinario, pero ambos habían aprendido a ser parte uno del otro, como una costumbre cálida que nunca pensó que podría perder.Ahora, sentada frente a la puerta de la sala de operaciones, sintió una angustia tan grande que le helaba el alma. No podía imaginarse un mundo sin él.Poco después, los padres de Félix llegaron corriendo, visiblemente alterados. Alicia los escuchó llegar y, con los ojos aún enrojecidos, se volvió para verlos. La mamá de Félix tenía la cara tan pálida como el papel y las lágrimas se le escapaban sin control.—¿Qué dijeron los doctores? ¿Cómo pudo pasar esto…? —la mamá de Félix se aferró a Alicia, tratando de mantener la calma, aunque la voz le temblaba de dolor.—Mamá… —Alicia intentó tranquilizarla, pero apenas abrió la boca, se le atoró la voz. No pudo decir nada más. Sentía un nudo en la garganta, como si se estuviera ahogando.También ella tenía miedo. Miedo de que el doctor saliera y les dijera lo peor. Miedo de esa punzada que le atravesaba el pecho una y otra vez.—¡Dime algo! Félix siempre estaba contigo, ¿por qué le pasó esto a él? ¡¿Por qué tú estás bien y él no?! —la madre de Félix, sin obtener respuesta, se desbordó, sujetando a Alicia con desesperación.Alicia levantó la mirada y se topó con los ojos llenos de rabia y angustia de su suegra. Entendió que el miedo y la preocupación la hacían hablar así.—Mamá, Félix tuvo un accidente de camino a casa. Aún están investigando las causas. Yo también acabo de llegar. El doctor… el doctor dijo que tiene varias fracturas y lo más grave fue el golpe en la cabeza. Hace unos minutos firmé el aviso de estado crítico.Las palabras fueron como una bomba en la mente de los padres de Félix. La mamá solo pudo negar con la cabeza, llorando tan fuerte que estuvo a punto de desplomarse. Alicia la sostuvo como pudo, compartiendo la desesperación y el dolor.La mamá de Félix apartó violentamente la mano de Alicia. La miró con un odio que quemaba e, incapaz de contenerse, le escupió las palabras entre dientes, llena de desprecio:—¡Desde que mi hijo está contigo no ha pasado nada bueno!La mamá de Félix nunca había querido a Alicia. Por lo general, se mostraba distante, pero rara vez llegaba al extremo de humillarla de esa manera. Alicia, con la mano temblando y la palma herida por la presión de sus propias uñas, apenas pudo contener el llanto. Sus ojos enrojecidos delataban la mezcla de rabia y tristeza que la ahogaba. Tragando saliva, le replicó, con la voz quebrada:—Nadie quiere que le pase esto a Félix. No solo es tu hijo… también es mi esposo y el padre de mi bebé.Al escucharla, la señora frunció el ceño y desvió la vista hacia el vientre de Alicia, incapaz de ocultar su rechazo. Nunca le había gustado esa muchacha, y por extensión tampoco sentía aprecio por el niño que estaba por nacer. Desde el principio, no se resignaba a que Félix y Alicia estuvieran juntos.Al ver que la situación amenazaba con salirse aún más de control, Luis Pastor, que hasta ese momento se había mantenido callado, intervino con firmeza:—Ya basta. Dejen de pelear, esto es un hospital. No es el lugar para armar escándalos.La sola mención del hospital hizo que los ojos de la mamá de Félix se llenaran de lágrimas otra vez. Miró hacia la sala de operaciones, sintiendo que el corazón se le desgarraba. Al final, se dejó caer en una de las sillas junto a la puerta y, sujetándose la cabeza con ambas manos, se cubrió el rostro y rompió en llanto, vencida por la angustia.Alicia se quedó de pie, con la mirada fija en la puerta del quirófano, los ojos húmedos. Ella nunca había sido creyente, pero en ese instante deseó con todas sus fuerzas que existiera un Dios, alguien capaz de escuchar sus ruegos y salvar a Félix....De pronto, la luz de la sala de operaciones se apagó. El doctor salió, cansado, con el rostro marcado por horas de trabajo y tensión. Alicia y los padres de Félix corrieron a su encuentro, apenas respirando. El médico, agotado pero esperanzado, informó:—La operación fue un éxito. No hay peligro de muerte, pero sufrió daño en los nervios del cerebro. Aún no sabemos cuándo va a despertar, hay que seguir observándolo.Apenas escuchó eso, la mamá de Félix se echó a llorar sin poder contenerse. Era lo mejor que podían esperar: Félix seguía vivo, y eso ya era un milagro.Alicia se limpió las lágrimas de los ojos. Agradeció una y otra vez, inclinando la cabeza en señal de gratitud. Sentía una mezcla de alivio y debilidad, como si el peso de todo el sufrimiento le hubiese drenado la fuerza del cuerpo. Hasta las manos le temblaban, incapaces de cerrar el puño.El papá de Félix, por fin, dejó de fruncir el ceño. Dio las gracias al doctor varias veces, dejando de lado todo orgullo y títulos; en ese momento, solo era un papá agradecido porque su hijo había regresado de la puerta de la muerte.El médico, con la voz teñida de cierta emoción, comentó:—No me lo agradezcan. Félix tuvo muchas ganas de vivir. En esa situación, todos pensábamos que no la iba a contar, pero él resistió. Quizá aún tiene algo muy importante que lo ata a este mundo.En un hospital, uno se acostumbra a ver despedidas a diario. El doctor no se detuvo en sentimentalismos. Solo les explicó las precauciones que debían seguir en la recuperación....Félix permaneció inconsciente durante un mes entero.Alicia no se apartó de su lado en ningún momento. Le platicaba todos los días, esperando que algún día abriera los ojos. Incluso llegó a pensar que, si era necesario, ella se quedaría a su lado así para siempre.Después de asearlo, Alicia volvía a sentarse a su lado, tomaba la mano de Félix, apoyaba la cara sobre su dorso y, mirándolo con ternura, le contaba todo lo que había pasado esos días.—Félix, cuando me pasaron el aviso de emergencia, tuve que firmar. Escribí las palabras más feas de mi vida, tan chuecas que seguro te burlarías de mí. Capaz que hasta las enmarcabas para reírte después. Así que despierta, anda, ven a verlas tú mismo.Podía imaginar la sonrisa traviesa de Félix, pero en la cama él seguía inmóvil, ajeno a todo. Alicia sintió que se le apretaba el pecho y, en voz baja, se acercó a su oído:—Félix, ¿no eras tú el que moría de ganas por conocer al bebé? Ya falta poco para que nazca, ¿no te lo vas a perder, verdad?Ya tenía seis meses de embarazo. Antes del accidente, Félix había estado ilusionadísimo, preparando sorpresas y regalos para recibir a su hijo.Cada gesto, cada palabra de Félix, pasaba una y otra vez por la mente de Alicia. Solo entonces entendió cuánto había atesorado esos recuerdos. Su vida juntos, todo lo que habían compartido, tenía más valor del que jamás imaginó.En su memoria resonaban las promesas de Félix, aquellas palabras que le repetía con cariño:—Siempre voy a estar contigo. Cada vez que me necesites, aquí voy a estar.Alicia apretó con fuerza la mano de Félix, pegándose a él, buscando sentir su calor, aferrándose a la certeza de que seguía vivo. Con la voz quebrada y llena de angustia, le suplicó al hombre dormido:—Félix, por favor, despierta… ¿sí?Día tras día, Alicia aguardaba a que Félix abriera los ojos. Primero fue una esperanza de veinticuatro horas, luego una semana, después un mes… Poco a poco, la ansiedad fue ganando terreno. El miedo la devoraba: temía que Félix jamás volviera, que su voz se convirtiera en un eco perdido.Con un temblor en la voz, pero forzando una sonrisa, Alicia intentó fingir fortaleza ante Félix:—Cuando nazca el bebé, si tú no estás a mi lado, capaz sí me da miedo…Siempre le había aterrorizado la idea de dar a luz. Desde pequeña, imaginaba el nacimiento como un dolor inimaginable, algo imposible de soportar. Pero tras años de matrimonio con Félix, su miedo fue cediendo, reemplazado por una curiosidad tierna: ¿cómo sería ese pequeño que se pareciera a ambos?Era por Félix que se atrevía a soñar con una familia, con ver crecer a alguien que fuera testigo de su amor. Sin embargo, verlo postrado en esa cama, inconsciente, la hacía sentirse sola ante la llegada del bebé. Los viejos temores regresaban, creciendo como la sombra de una tormenta.A decir verdad, lo que más la entristecía era pensar que Félix se perdería el nacimiento de su hijo. Sabía cuánto lo esperaba, cuánto lo deseaba. Si no estaba presente, seguramente se arrepentiría toda la vida.Alicia recordaba cada tontería que él le había dicho, como aquella vez que jugaba con la cámara, empeñado en grabar el primer encuentro con su hijo. Ese Félix tierno y torpe, tan distinto al hombre seguro de sí mismo. Cada uno de esos recuerdos, ahora, le apretaba el pecho. Tomó aire, obligándose a tragar el nudo amargo en su garganta.Pero las lágrimas no obedecieron; se escaparon, resbalando hasta caer en la mano de Félix.Cuando volvió a levantar la mirada, se topó con los ojos entreabiertos de Félix.Por un instante, Alicia se quedó petrificada, su mente en blanco. Luego, una oleada de alegría la sacudió; la incredulidad la hacía temblar, la mandíbula le vibraba de emoción."Siempre voy a estar contigo cuando me necesites", recordaba Alicia esa promesa, el brillo sincero en los ojos de Félix al decírselo.La alegría de sobrevivir juntos, la gratitud por lo que creía perdido, el miedo convertido en alivio… Todo la golpeó al ver esos ojos abiertos. Apretó la mano de Félix, llorando sin reservas, llamándolo casi en un grito ahogado:—¡Félix…!No se atrevía a tocarlo más, temerosa de que fuera solo un sueño. De pronto, reaccionó y presionó el timbre para llamar a la enfermera. Al girar de nuevo, vio a Félix con los ojos abiertos. En ese instante, Alicia cayó vencida en la silla, exhausta.El sudor frío le recorría la espalda. Su mente, por fin liberada de la tensión, amplificó el miedo y la preocupación hasta que ya no pudo contener las lágrimas.Con la emoción desbordada, seguía temblando, sin soltar la mano de Félix.Solo logró pronunciar su nombre, tragándose todas las palabras que tenía guardadas, permitiendo que las lágrimas cayeran una tras otra sobre la mano de él. Todo lo que quería decirle se atoraba en su pecho; la única manera de calmarse era sintiendo el calor de su piel, sabiendo que estaba ahí.Pensó en ir a la iglesia a dar gracias, aunque ni siquiera sabía a qué santo debía agradecer. En silencio, repitió mil veces su gratitud.Todavía no terminaba de asimilar la alegría, cuando sintió que Félix trataba de apartar la mano. Esa reacción la dejó petrificada.Con las lágrimas aún en las mejillas, Alicia levantó la vista y se encontró con la mirada débil, pero decidida, de Félix. Sentía la presión en su palma, la fuerza con la que él intentaba soltar su mano. Alicia captó con claridad el movimiento; Félix quería apartarse de ella.Félix, con los labios resecos, intentó hablar, pero apenas logró articular unas palabras. Alicia, nublada por la sorpresa y la preocupación, se inclinó para escuchar mejor, pero Félix arrugó el entrecejo, girando la cabeza para evitarla.Alicia lo notó, pero el miedo a que él sintiera dolor era más fuerte. Se acercó aún más, intentando captar cada sílaba.Cuando estuvo cerca, Félix le susurró al oído con el poco aliento que le quedaba:—¿Dónde está Nina Ruiz…?Solo unas palabras, pero en la mente de Alicia explotaron como un trueno. Se le heló la sangre, olvidó cómo respirar, todo su cuerpo se tensó con una sensación eléctrica y desagradable.Bajó la mirada, encontrándose con los ojos de Félix. No había vacilación en ellos, solo una urgencia desesperada por obtener una respuesta. Pero al mirar a Alicia, era como si viera a una completa extraña.Al pronunciar ese nombre, el sudor perló la frente de Félix, y las venas de su cuello se marcaron. Parecía estar soportando dolor solo para poder preguntar… por otra persona.Todo el cansancio de los días de vigilia junto a Félix no se comparaba a la punzada que sentía en ese instante. Era como si una mano invisible le apretara el corazón, dejándola incapaz de pronunciar palabra alguna.