En cuestión de pocos años, Valerio, un genio de las matemáticas, logró construir un imperio empresarial que se erige con fuerza en Río Alto. Sin embargo, una pregunta lo persigue incansablemente: ¿se habrá arrepentido Cloe de haberlo dejado por una jugosa oferta económica? El destino los reúne nuevamente tras un largo periodo, y la sola presencia de Cloe es suficiente para desarmar la sólida fachada de Valerio. Aunque dirige una próspera empresa, su fortaleza interior se desmorona ante ella. La situación se torna crítica cuando, en un arrebato de desesperación, Cloe decide atentar contra su propia vida frente a Valerio. En ese instante, el control que siempre había caracterizado a Valerio desaparece, dejando al descubierto una vulnerabilidad que solo él conoce: la existencia sin Cloe carece de sentido para él...

Capítulo 1Río Alto ya estaba cubriéndose de nieve.Era la primera vez que nevaba en los últimos tres años.Cloe Rivas llevaba el rostro al natural, sin una gota de maquillaje, enfundada en un abrigo de lana marrón y una bufanda de cuadros color crema, envuelta de pies a cabeza, más que nadie.Su jefe, Germán Quiroga, soltó un suspiro y le habló con voz cargada de experiencia:—Cloe, cada vez que acompañas a un cliente, te cubres así. ¿Cómo esperas cerrar negocios?Cloe guardó silencio. No discutía, pero tampoco daba su aprobación.Germán dejó el comentario ahí. Después de trabajar tanto tiempo con ella, sabía perfectamente que Cloe era de esas personas que se guardan todo para sí.Al principio, no le gustaba trabajar con chicas, pero Cloe tenía una habilidad profesional impecable y sus resultados eran inmejorables, así que terminó aceptándola.Eso sí, la muchacha no sabía moverse en el ambiente. Cada vez que había una reunión, llegaba tapada hasta el cuello.Y para colmo, tenía una resistencia al alcohol impresionante.Los clientes, al verla tan atractiva, siempre querían emborracharla, pero Cloe nunca se tambaleaba. Aguantaba más que él mismo.¡Parecía un barril de tequila!Cloe tenía la piel tan suave y clara que parecía de porcelana, aunque a veces su palidez daba la impresión de fragilidad, como de esas protagonistas de novelas que siempre andan enfermas.Pero sus ojos… esos ojos eran profundos, con un brillo especial que atrapaba a cualquiera, y le daban un aire vulnerable que derrumbaba defensas.De pronto, la puerta se abrió de golpe. El mesero entró y, al ver a Cloe, su mirada pasó por ella como si fuera aire, indiferente, casi cortante.Un hombre entró con paso tranquilo y sin prisa, dirigiéndose directo a la cabecera de la gran mesa redonda.¡El nuevo cliente era Valerio Monterroza!Cloe hizo todo lo posible por mantenerse serena, pero la comisura de sus labios tembló apenas un instante. Luchó por no mirarlo, por recuperar la calma.Como si ese encuentro fuera lo más normal del mundo…Pero el pecho le dolía, como si algo le apretara el corazón, y sentía que el aire se le escapaba.Conteniendo ese malestar, sin que se reflejara en su cara, se puso de pie y salió en silencio para pedir al mesero que trajera los platillos.En cuanto la comida llegó, la mesa se llenó de voces aduladoras.—El presidente Monterroza sí que es joven y talentoso. Seguro otra vez será nombrado el mejor empresario joven de Río Alto.—El nuevo producto de Techtonic Partners, todos en mi empresa ya lo compraron. ¡Increíble!—Hoy en día, todo el mundo quiere un pedazo del pastel en inteligencia artificial, pero nadie tiene el talento del presidente Monterroza.Los ojos de Valerio destilaban una luz distante, tan oscuros que parecían tragarse todo a su alrededor.Apretaba los labios, su expresión indescifrable, con ese aire de autoridad que imponía respeto y hasta miedo.Pero aunque Valerio no decía nada, nadie se atrevía a dejar de elogiarlo.Cloe regresó acompañando al mesero con los platillos y, apenas se sentó, escuchó la voz cortante de Valerio.—¿Esta señorita trabaja en su empresa?Germán, nervioso, le echó una mirada a Cloe. El jefe parecía molesto, ¿qué había hecho Cloe para meter la pata? ¡Vaya lío!Se levantó rápido y contestó con respeto:—Sí, así es.Valerio sostenía la copa de vino con una mano, los dedos largos y bien definidos, como si fueran la envidia de cualquier amante de las manos.Sin apartar la mirada del cristal, su voz transmitía una presión inexplicable, ligera pero contundente.—¿Así es como ofrecen su servicio en la empresa?Sin perder tiempo, Germán empujó a Cloe y le guiñó el ojo.—¡Sirve una copa al presidente Monterroza!Cloe se acercó despacio, y Valerio, al mirarla, recordó de inmediato a la joven de coleta alta y sonrisa radiante que alguna vez conoció.La Cloe de sus recuerdos y la que tenía delante, tan distante, se mezclaban en su mente.Una sombra de frialdad y lejanía pasó por los ojos de Valerio, observando en silencio cómo Cloe, humilde, servía el vino.En el instante en que ella se inclinó, lo escuchó soltar una risa burlona, casi inaudible, que la lastimó como una espina.Valerio, desinteresado, volteó hacia el gerente general, Luciano Cruz, levantando la ceja con un gesto y señalando el lugar de Cloe.—La señorita Rivas ha trabajado bastante sirviendo vino, ¿por qué no tomas tú ese lugar?Luciano sentía la cabeza como si le retumbaran mil tambores, sin entender a qué se refería Valerio, pero aun así se levantó de inmediato y caminó hacia allá.Al ver esto, Germán captó algo: ¡Cloe conocía al presidente Monterroza!Pero Cloe no se sentó, en cambio siguió sirviéndole vino a la gente a su alrededor.Valerio frunció el ceño, su molestia notoria:—¿Qué es esto? ¿Te traje a hablar de negocios o para servir vino?Los empleados de Techtonic Partners se miraron unos a otros, incómodos.El presidente Monterroza, tal como decían los rumores, era impredecible y de carácter cambiante.En ese momento, todos optaron por servirse su propio vino, nadie se atrevía a pedirle a Cloe que lo hiciera por ellos.Sin importar quién brindara o intentara ganarse su favor, Valerio se mantenía con una actitud dura y distante.Germán empezó a impacientarse. Si seguían así, ese trato seguro se les iba a ir de las manos.[Germán: Haz un brindis al presidente Monterroza.]Cloe miró a Germán, alzó la vista y lanzó una mirada a Valerio. En sus ojos solo había frialdad y distancia, como si le importara poco lo que sucediera a su alrededor.—Presidente Monterroza, le dedico este brindis.Se tomó la copa de un solo trago y la volteó para mostrar que no había dejado ni una gota.Valerio la miró con rostro impasible, no respondió, y Cloe simplemente volvió a sentarse.Germán se quedó boquiabierto. ¿Quién brinda así? Cualquiera que no supiera lo que pasaba pensaría que estaban compitiendo a ver quién aguantaba más.Antes de que pudiera decir algo, Valerio soltó con voz despectiva:—Señorita Rivas, ¿no tiene muchas ganas de colaborar, verdad?—De todos los que estamos aquí, solo me brindas a mí.Habló despacio, mirándola directo a los ojos, y luego apartó la mirada.Esos ojos... siempre habían tenido el poder de enredar a cualquiera. Ahora, él tenía bien claro dónde terminaría todo esto.Valerio volvió a hablar, con tono pausado pero cargado de ironía:—¿Eso significa que, para Techtonic Partners, solo yo importo, que todo depende de mí? ¿Así de autoritario soy?La forma en que lo dijo tenía un matiz desafiante, hasta burlón.Parecía disfrutar verla incómoda; esa era su manera de vengarse.—Hoy no puedo tomar mucho —dijo Cloe, bajando la cabeza.—¿Entonces sí puedes tomar? —replicó Valerio, con una ceja levantada, los ojos entrecerrados. Cloe, sin mostrar emoción alguna, respondió sin titubear.Por dentro le dolía el pecho, cada respiro le pesaba, y la presión en su muñeca era tal que la piel se le había puesto morada.Aun así, él la seguía odiando: por romper el compromiso, por dejarlo atrás.Cada uno de sus gestos parecía preguntarle: “¿Te arrepientes?”¿Te arrepientes de estar tan deshecha ahora, de intentar quedar bien conmigo?¿Te arrepientes de haberme dejado por esos dos millones de pesos de dote?Pero Cloe solo tenía una respuesta: no se arrepentía.Al ver lo lejos que había llegado Valerio, entendió que la vida de él no debía tener lugar para ella.—Está bien.Sin oponerse, Cloe se puso de pie y fue ofreciendo un brindis, uno tras otro, a cada persona en la mesa.Valerio la observaba apretando los dientes, hasta que no aguantó más y lanzó un grito ahogado:—¡Regresa a tu lugar!Los que acababan de recibir el brindis se sobresaltaron, con la copa en la mano como si les quemara.—Señorita Rivas, por favor siéntese —le pidieron, incómodos.Nadie entendía. Si el presidente Monterroza estaba tan al pendiente de ella, ¿por qué la hacía pasar por todo eso?Cloe volvió a sentarse, el rostro pálido pero las mejillas encendidas, los ojos llenos de una neblina que atrapaba a cualquiera.¿A quién quería impresionar con esa pose de mujer frágil y misteriosa?Durante el resto de la comida, Valerio no dirigió una sola palabra más, ni siquiera la miró al marcharse, dejándolo todo atrás sin vacilar.Germán vio cómo Valerio se alejaba, suspiró hondo, y al volver la mirada a Cloe, su coraje estalló.—¡Cloe! ¿Por qué tuviste que meterte con el presidente Monterroza?—¡Ve de inmediato a disculparte!—Si este trato se pierde, olvídate de seguir en Red Impacto.Cloe se quedó en silencio, aguantando los regaños de su jefe mientras los demás compañeros la miraban de reojo, sin intervenir.Nadie sentía simpatía por ella; la veían como una figura seductora que solo fingía ser reservada.Todos sabían que Cloe nunca aceptaba invitaciones a reuniones privadas, que no se acercaba a nadie.Y claro, todos murmuraban: seguro escondía algo, por eso nunca se atrevía a ser amiga de nadie.Todos se habían marchado poco a poco. Cloe seguía parada en la banqueta, tratando de conseguir un carro de sitio. El viento cortaba, las calles estaban cubiertas de nieve y, como ya era tarde, tardó más de media hora en poder subirse a uno.A lo lejos, un Rolls-Royce bajó la ventana apenas unos centímetros. Valerio observó cómo el taxi donde iba Cloe se perdía en la oscuridad de la noche.—Presidente Monterroza, ¿quiere que la sigamos?Valerio no había despegado los ojos de la señorita desde que dejó el lugar. El chofer, nervioso, lo miraba de reojo por el retrovisor, sin atreverse a decir más.—Vamos a Villa Liana Dorada.—Perfecto.Valerio casi nunca regresaba a la casa de los Monterroza. Lo suyo era quedarse en Villa Liana Dorada, una zona residencial exclusiva que él mismo había desarrollado.El lugar tenía tanta seguridad que decían, en broma, que ni una mosca podría colarse sin ser detectada....—Señorita, ya llegamos.El chofer la llamó un par de veces antes de que Cloe reaccionara y, tambaleándose, bajara del carro.—¿Quiere que le ayude en algo?—No, gracias.A Cloe le costaba respirar; apenas podía sostenerse. Se obligó a registrar su llegada y se dirigió de inmediato a la sala de urgencias.Al verla, la enfermera se le acercó con resignación y algo de gracia.—¡¿Otra vez tú por aquí?!—Te dije ayer que no podías tomar, ¿ya se te olvidó?—Ustedes los jóvenes no saben cuidar su salud, de veras.—Mira nada más, si sigues así, en unos años vas a tener la presión y el colesterol por los cielos, ¿luego qué vas a hacer?—¿Cómo puede una muchacha tomar así de fuerte?Cloe se derrumbó en la silla, recostándose con la mirada perdida y la mente nublada.En la estación de enfermería, Regina Valdés preparaba medicamentos mientras platicaba con una compañera.—Ya llegó la pequeña borrachita otra vez.—¿Otra vez vino?—Sí, y ni creas, tiene mucha fuerza de voluntad. Siempre llega sola, pero me da miedo que un día no lo logre y le pase algo grave.—¿Cómo puede descuidarse así?—Quién sabe.—¿A qué se dedicará? Nadie puede estar tomando así por trabajo, ¿no? Seguro esa empresa es una explotadora.—Ya sabes, cosas de patrones.En ese momento, Cloe sintió el pinchazo de la aguja. El cuerpo se le congeló.Mientras dormía, soñó que estaba junto a Valerio en el momento de intercambiar votos matrimoniales. Sus ojos, llenos de ternura, la envolvían y la hacían perder el sentido de la realidad.—Cloe, ya no aguanto las ganas de que seas mi esposa.La voz de Valerio temblaba de tanta emoción que casi se le escapaban las lágrimas.—Cloe, ¿te casarías conmigo? ¿Prometes estar conmigo en la pobreza y en la riqueza, sin abandonarme jamás, hasta que seamos viejitos?La sonrisa de Cloe era luminosa y sincera.—Sí, acepto.—Valerio, ¿te he dicho que te amo?Valerio la miraba con un amor tan profundo, tan honesto, que parecía un adolescente enamorado.—Yo también te amo.Estaban a punto de besarse cuando Cloe despertó. La aguja ya no estaba. Afuera apenas clareaba.A decir verdad, hubiera preferido tener una pesadilla. Si el sueño hubiera sido feo, al despertar no la invadiría ese vacío tan helado, como si su alma cayera en un pozo sin fondo.Cloe se dirigió al baño, sacó una toallita húmeda de su bolso y se lavó la cara con agua fría.En el espejo, su cara pálida parecía la de un fantasma. Sacó el rubor y el labial, los únicos dos cosméticos que siempre llevaba encima. Al aplicárselos, su aspecto mejoró bastante.Pidió un carro para ir a la oficina y, de camino, casi se quedó dormida sobre el asiento. Siempre era igual: sentía que nunca estaba despierta del todo, como si la vida se le escapara de las manos.—Paloma, buenos días.—Paloma.Ya en su escritorio, Cloe sacó el celular. Tenía un mensaje de WhatsApp de su excompañera, Noelia Monterroza.[¡Manita, ayúdame, por favor!]Noelia era de esas personas alegres y chispeantes. Cuando estaban en la universidad, había sido su asistente en el consejo estudiantil.[De verdad ya no aguanto en esta empresa. ¿Crees que pueda cambiarme a la tuya?]Cloe le envió un enlace.[Deja tu currículum, el viernes hay entrevistas. Yo también voy a estar ahí.]Capítulo 2Río Alto ya estaba cubriéndose de nieve.Era la primera vez que nevaba en los últimos tres años.Cloe Rivas llevaba el rostro al natural, sin una gota de maquillaje, enfundada en un abrigo de lana marrón y una bufanda de cuadros color crema, envuelta de pies a cabeza, más que nadie.Su jefe, Germán Quiroga, soltó un suspiro y le habló con voz cargada de experiencia:—Cloe, cada vez que acompañas a un cliente, te cubres así. ¿Cómo esperas cerrar negocios?Cloe guardó silencio. No discutía, pero tampoco daba su aprobación.Germán dejó el comentario ahí. Después de trabajar tanto tiempo con ella, sabía perfectamente que Cloe era de esas personas que se guardan todo para sí.Al principio, no le gustaba trabajar con chicas, pero Cloe tenía una habilidad profesional impecable y sus resultados eran inmejorables, así que terminó aceptándola.Eso sí, la muchacha no sabía moverse en el ambiente. Cada vez que había una reunión, llegaba tapada hasta el cuello.Y para colmo, tenía una resistencia al alcohol impresionante.Los clientes, al verla tan atractiva, siempre querían emborracharla, pero Cloe nunca se tambaleaba. Aguantaba más que él mismo.¡Parecía un barril de tequila!Cloe tenía la piel tan suave y clara que parecía de porcelana, aunque a veces su palidez daba la impresión de fragilidad, como de esas protagonistas de novelas que siempre andan enfermas.Pero sus ojos… esos ojos eran profundos, con un brillo especial que atrapaba a cualquiera, y le daban un aire vulnerable que derrumbaba defensas.De pronto, la puerta se abrió de golpe. El mesero entró y, al ver a Cloe, su mirada pasó por ella como si fuera aire, indiferente, casi cortante.Un hombre entró con paso tranquilo y sin prisa, dirigiéndose directo a la cabecera de la gran mesa redonda.¡El nuevo cliente era Valerio Monterroza!Cloe hizo todo lo posible por mantenerse serena, pero la comisura de sus labios tembló apenas un instante. Luchó por no mirarlo, por recuperar la calma.Como si ese encuentro fuera lo más normal del mundo…Pero el pecho le dolía, como si algo le apretara el corazón, y sentía que el aire se le escapaba.Conteniendo ese malestar, sin que se reflejara en su cara, se puso de pie y salió en silencio para pedir al mesero que trajera los platillos.En cuanto la comida llegó, la mesa se llenó de voces aduladoras.—El presidente Monterroza sí que es joven y talentoso. Seguro otra vez será nombrado el mejor empresario joven de Río Alto.—El nuevo producto de Techtonic Partners, todos en mi empresa ya lo compraron. ¡Increíble!—Hoy en día, todo el mundo quiere un pedazo del pastel en inteligencia artificial, pero nadie tiene el talento del presidente Monterroza.Los ojos de Valerio destilaban una luz distante, tan oscuros que parecían tragarse todo a su alrededor.Apretaba los labios, su expresión indescifrable, con ese aire de autoridad que imponía respeto y hasta miedo.Pero aunque Valerio no decía nada, nadie se atrevía a dejar de elogiarlo.Cloe regresó acompañando al mesero con los platillos y, apenas se sentó, escuchó la voz cortante de Valerio.—¿Esta señorita trabaja en su empresa?Germán, nervioso, le echó una mirada a Cloe. El jefe parecía molesto, ¿qué había hecho Cloe para meter la pata? ¡Vaya lío!Se levantó rápido y contestó con respeto:—Sí, así es.Valerio sostenía la copa de vino con una mano, los dedos largos y bien definidos, como si fueran la envidia de cualquier amante de las manos.Sin apartar la mirada del cristal, su voz transmitía una presión inexplicable, ligera pero contundente.—¿Así es como ofrecen su servicio en la empresa?Sin perder tiempo, Germán empujó a Cloe y le guiñó el ojo.—¡Sirve una copa al presidente Monterroza!Cloe se acercó despacio, y Valerio, al mirarla, recordó de inmediato a la joven de coleta alta y sonrisa radiante que alguna vez conoció.La Cloe de sus recuerdos y la que tenía delante, tan distante, se mezclaban en su mente.Una sombra de frialdad y lejanía pasó por los ojos de Valerio, observando en silencio cómo Cloe, humilde, servía el vino.En el instante en que ella se inclinó, lo escuchó soltar una risa burlona, casi inaudible, que la lastimó como una espina.Valerio, desinteresado, volteó hacia el gerente general, Luciano Cruz, levantando la ceja con un gesto y señalando el lugar de Cloe.—La señorita Rivas ha trabajado bastante sirviendo vino, ¿por qué no tomas tú ese lugar?Luciano sentía la cabeza como si le retumbaran mil tambores, sin entender a qué se refería Valerio, pero aun así se levantó de inmediato y caminó hacia allá.Al ver esto, Germán captó algo: ¡Cloe conocía al presidente Monterroza!Pero Cloe no se sentó, en cambio siguió sirviéndole vino a la gente a su alrededor.Valerio frunció el ceño, su molestia notoria:—¿Qué es esto? ¿Te traje a hablar de negocios o para servir vino?Los empleados de Techtonic Partners se miraron unos a otros, incómodos.El presidente Monterroza, tal como decían los rumores, era impredecible y de carácter cambiante.En ese momento, todos optaron por servirse su propio vino, nadie se atrevía a pedirle a Cloe que lo hiciera por ellos.Sin importar quién brindara o intentara ganarse su favor, Valerio se mantenía con una actitud dura y distante.Germán empezó a impacientarse. Si seguían así, ese trato seguro se les iba a ir de las manos.[Germán: Haz un brindis al presidente Monterroza.]Cloe miró a Germán, alzó la vista y lanzó una mirada a Valerio. En sus ojos solo había frialdad y distancia, como si le importara poco lo que sucediera a su alrededor.—Presidente Monterroza, le dedico este brindis.Se tomó la copa de un solo trago y la volteó para mostrar que no había dejado ni una gota.Valerio la miró con rostro impasible, no respondió, y Cloe simplemente volvió a sentarse.Germán se quedó boquiabierto. ¿Quién brinda así? Cualquiera que no supiera lo que pasaba pensaría que estaban compitiendo a ver quién aguantaba más.Antes de que pudiera decir algo, Valerio soltó con voz despectiva:—Señorita Rivas, ¿no tiene muchas ganas de colaborar, verdad?—De todos los que estamos aquí, solo me brindas a mí.Habló despacio, mirándola directo a los ojos, y luego apartó la mirada.Esos ojos... siempre habían tenido el poder de enredar a cualquiera. Ahora, él tenía bien claro dónde terminaría todo esto.Valerio volvió a hablar, con tono pausado pero cargado de ironía:—¿Eso significa que, para Techtonic Partners, solo yo importo, que todo depende de mí? ¿Así de autoritario soy?La forma en que lo dijo tenía un matiz desafiante, hasta burlón.Parecía disfrutar verla incómoda; esa era su manera de vengarse.—Hoy no puedo tomar mucho —dijo Cloe, bajando la cabeza.—¿Entonces sí puedes tomar? —replicó Valerio, con una ceja levantada, los ojos entrecerrados. Cloe, sin mostrar emoción alguna, respondió sin titubear.Por dentro le dolía el pecho, cada respiro le pesaba, y la presión en su muñeca era tal que la piel se le había puesto morada.Aun así, él la seguía odiando: por romper el compromiso, por dejarlo atrás.Cada uno de sus gestos parecía preguntarle: “¿Te arrepientes?”¿Te arrepientes de estar tan deshecha ahora, de intentar quedar bien conmigo?¿Te arrepientes de haberme dejado por esos dos millones de pesos de dote?Pero Cloe solo tenía una respuesta: no se arrepentía.Al ver lo lejos que había llegado Valerio, entendió que la vida de él no debía tener lugar para ella.—Está bien.Sin oponerse, Cloe se puso de pie y fue ofreciendo un brindis, uno tras otro, a cada persona en la mesa.Valerio la observaba apretando los dientes, hasta que no aguantó más y lanzó un grito ahogado:—¡Regresa a tu lugar!Los que acababan de recibir el brindis se sobresaltaron, con la copa en la mano como si les quemara.—Señorita Rivas, por favor siéntese —le pidieron, incómodos.Nadie entendía. Si el presidente Monterroza estaba tan al pendiente de ella, ¿por qué la hacía pasar por todo eso?Cloe volvió a sentarse, el rostro pálido pero las mejillas encendidas, los ojos llenos de una neblina que atrapaba a cualquiera.¿A quién quería impresionar con esa pose de mujer frágil y misteriosa?Durante el resto de la comida, Valerio no dirigió una sola palabra más, ni siquiera la miró al marcharse, dejándolo todo atrás sin vacilar.Germán vio cómo Valerio se alejaba, suspiró hondo, y al volver la mirada a Cloe, su coraje estalló.—¡Cloe! ¿Por qué tuviste que meterte con el presidente Monterroza?—¡Ve de inmediato a disculparte!—Si este trato se pierde, olvídate de seguir en Red Impacto.Cloe se quedó en silencio, aguantando los regaños de su jefe mientras los demás compañeros la miraban de reojo, sin intervenir.Nadie sentía simpatía por ella; la veían como una figura seductora que solo fingía ser reservada.Todos sabían que Cloe nunca aceptaba invitaciones a reuniones privadas, que no se acercaba a nadie.Y claro, todos murmuraban: seguro escondía algo, por eso nunca se atrevía a ser amiga de nadie.Todos se habían marchado poco a poco. Cloe seguía parada en la banqueta, tratando de conseguir un carro de sitio. El viento cortaba, las calles estaban cubiertas de nieve y, como ya era tarde, tardó más de media hora en poder subirse a uno.A lo lejos, un Rolls-Royce bajó la ventana apenas unos centímetros. Valerio observó cómo el taxi donde iba Cloe se perdía en la oscuridad de la noche.—Presidente Monterroza, ¿quiere que la sigamos?Valerio no había despegado los ojos de la señorita desde que dejó el lugar. El chofer, nervioso, lo miraba de reojo por el retrovisor, sin atreverse a decir más.—Vamos a Villa Liana Dorada.—Perfecto.Valerio casi nunca regresaba a la casa de los Monterroza. Lo suyo era quedarse en Villa Liana Dorada, una zona residencial exclusiva que él mismo había desarrollado.El lugar tenía tanta seguridad que decían, en broma, que ni una mosca podría colarse sin ser detectada....—Señorita, ya llegamos.El chofer la llamó un par de veces antes de que Cloe reaccionara y, tambaleándose, bajara del carro.—¿Quiere que le ayude en algo?—No, gracias.A Cloe le costaba respirar; apenas podía sostenerse. Se obligó a registrar su llegada y se dirigió de inmediato a la sala de urgencias.Al verla, la enfermera se le acercó con resignación y algo de gracia.—¡¿Otra vez tú por aquí?!—Te dije ayer que no podías tomar, ¿ya se te olvidó?—Ustedes los jóvenes no saben cuidar su salud, de veras.—Mira nada más, si sigues así, en unos años vas a tener la presión y el colesterol por los cielos, ¿luego qué vas a hacer?—¿Cómo puede una muchacha tomar así de fuerte?Cloe se derrumbó en la silla, recostándose con la mirada perdida y la mente nublada.En la estación de enfermería, Regina Valdés preparaba medicamentos mientras platicaba con una compañera.—Ya llegó la pequeña borrachita otra vez.—¿Otra vez vino?—Sí, y ni creas, tiene mucha fuerza de voluntad. Siempre llega sola, pero me da miedo que un día no lo logre y le pase algo grave.—¿Cómo puede descuidarse así?—Quién sabe.—¿A qué se dedicará? Nadie puede estar tomando así por trabajo, ¿no? Seguro esa empresa es una explotadora.—Ya sabes, cosas de patrones.En ese momento, Cloe sintió el pinchazo de la aguja. El cuerpo se le congeló.Mientras dormía, soñó que estaba junto a Valerio en el momento de intercambiar votos matrimoniales. Sus ojos, llenos de ternura, la envolvían y la hacían perder el sentido de la realidad.—Cloe, ya no aguanto las ganas de que seas mi esposa.La voz de Valerio temblaba de tanta emoción que casi se le escapaban las lágrimas.—Cloe, ¿te casarías conmigo? ¿Prometes estar conmigo en la pobreza y en la riqueza, sin abandonarme jamás, hasta que seamos viejitos?La sonrisa de Cloe era luminosa y sincera.—Sí, acepto.—Valerio, ¿te he dicho que te amo?Valerio la miraba con un amor tan profundo, tan honesto, que parecía un adolescente enamorado.—Yo también te amo.Estaban a punto de besarse cuando Cloe despertó. La aguja ya no estaba. Afuera apenas clareaba.A decir verdad, hubiera preferido tener una pesadilla. Si el sueño hubiera sido feo, al despertar no la invadiría ese vacío tan helado, como si su alma cayera en un pozo sin fondo.Cloe se dirigió al baño, sacó una toallita húmeda de su bolso y se lavó la cara con agua fría.En el espejo, su cara pálida parecía la de un fantasma. Sacó el rubor y el labial, los únicos dos cosméticos que siempre llevaba encima. Al aplicárselos, su aspecto mejoró bastante.Pidió un carro para ir a la oficina y, de camino, casi se quedó dormida sobre el asiento. Siempre era igual: sentía que nunca estaba despierta del todo, como si la vida se le escapara de las manos.—Paloma, buenos días.—Paloma.Ya en su escritorio, Cloe sacó el celular. Tenía un mensaje de WhatsApp de su excompañera, Noelia Monterroza.[¡Manita, ayúdame, por favor!]Noelia era de esas personas alegres y chispeantes. Cuando estaban en la universidad, había sido su asistente en el consejo estudiantil.[De verdad ya no aguanto en esta empresa. ¿Crees que pueda cambiarme a la tuya?]Cloe le envió un enlace.[Deja tu currículum, el viernes hay entrevistas. Yo también voy a estar ahí.]Capítulo 3Río Alto ya estaba cubriéndose de nieve.Era la primera vez que nevaba en los últimos tres años.Cloe Rivas llevaba el rostro al natural, sin una gota de maquillaje, enfundada en un abrigo de lana marrón y una bufanda de cuadros color crema, envuelta de pies a cabeza, más que nadie.Su jefe, Germán Quiroga, soltó un suspiro y le habló con voz cargada de experiencia:—Cloe, cada vez que acompañas a un cliente, te cubres así. ¿Cómo esperas cerrar negocios?Cloe guardó silencio. No discutía, pero tampoco daba su aprobación.Germán dejó el comentario ahí. Después de trabajar tanto tiempo con ella, sabía perfectamente que Cloe era de esas personas que se guardan todo para sí.Al principio, no le gustaba trabajar con chicas, pero Cloe tenía una habilidad profesional impecable y sus resultados eran inmejorables, así que terminó aceptándola.Eso sí, la muchacha no sabía moverse en el ambiente. Cada vez que había una reunión, llegaba tapada hasta el cuello.Y para colmo, tenía una resistencia al alcohol impresionante.Los clientes, al verla tan atractiva, siempre querían emborracharla, pero Cloe nunca se tambaleaba. Aguantaba más que él mismo.¡Parecía un barril de tequila!Cloe tenía la piel tan suave y clara que parecía de porcelana, aunque a veces su palidez daba la impresión de fragilidad, como de esas protagonistas de novelas que siempre andan enfermas.Pero sus ojos… esos ojos eran profundos, con un brillo especial que atrapaba a cualquiera, y le daban un aire vulnerable que derrumbaba defensas.De pronto, la puerta se abrió de golpe. El mesero entró y, al ver a Cloe, su mirada pasó por ella como si fuera aire, indiferente, casi cortante.Un hombre entró con paso tranquilo y sin prisa, dirigiéndose directo a la cabecera de la gran mesa redonda.¡El nuevo cliente era Valerio Monterroza!Cloe hizo todo lo posible por mantenerse serena, pero la comisura de sus labios tembló apenas un instante. Luchó por no mirarlo, por recuperar la calma.Como si ese encuentro fuera lo más normal del mundo…Pero el pecho le dolía, como si algo le apretara el corazón, y sentía que el aire se le escapaba.Conteniendo ese malestar, sin que se reflejara en su cara, se puso de pie y salió en silencio para pedir al mesero que trajera los platillos.En cuanto la comida llegó, la mesa se llenó de voces aduladoras.—El presidente Monterroza sí que es joven y talentoso. Seguro otra vez será nombrado el mejor empresario joven de Río Alto.—El nuevo producto de Techtonic Partners, todos en mi empresa ya lo compraron. ¡Increíble!—Hoy en día, todo el mundo quiere un pedazo del pastel en inteligencia artificial, pero nadie tiene el talento del presidente Monterroza.Los ojos de Valerio destilaban una luz distante, tan oscuros que parecían tragarse todo a su alrededor.Apretaba los labios, su expresión indescifrable, con ese aire de autoridad que imponía respeto y hasta miedo.Pero aunque Valerio no decía nada, nadie se atrevía a dejar de elogiarlo.Cloe regresó acompañando al mesero con los platillos y, apenas se sentó, escuchó la voz cortante de Valerio.—¿Esta señorita trabaja en su empresa?Germán, nervioso, le echó una mirada a Cloe. El jefe parecía molesto, ¿qué había hecho Cloe para meter la pata? ¡Vaya lío!Se levantó rápido y contestó con respeto:—Sí, así es.Valerio sostenía la copa de vino con una mano, los dedos largos y bien definidos, como si fueran la envidia de cualquier amante de las manos.Sin apartar la mirada del cristal, su voz transmitía una presión inexplicable, ligera pero contundente.—¿Así es como ofrecen su servicio en la empresa?Sin perder tiempo, Germán empujó a Cloe y le guiñó el ojo.—¡Sirve una copa al presidente Monterroza!Cloe se acercó despacio, y Valerio, al mirarla, recordó de inmediato a la joven de coleta alta y sonrisa radiante que alguna vez conoció.La Cloe de sus recuerdos y la que tenía delante, tan distante, se mezclaban en su mente.Una sombra de frialdad y lejanía pasó por los ojos de Valerio, observando en silencio cómo Cloe, humilde, servía el vino.En el instante en que ella se inclinó, lo escuchó soltar una risa burlona, casi inaudible, que la lastimó como una espina.Valerio, desinteresado, volteó hacia el gerente general, Luciano Cruz, levantando la ceja con un gesto y señalando el lugar de Cloe.—La señorita Rivas ha trabajado bastante sirviendo vino, ¿por qué no tomas tú ese lugar?Luciano sentía la cabeza como si le retumbaran mil tambores, sin entender a qué se refería Valerio, pero aun así se levantó de inmediato y caminó hacia allá.Al ver esto, Germán captó algo: ¡Cloe conocía al presidente Monterroza!Pero Cloe no se sentó, en cambio siguió sirviéndole vino a la gente a su alrededor.Valerio frunció el ceño, su molestia notoria:—¿Qué es esto? ¿Te traje a hablar de negocios o para servir vino?Los empleados de Techtonic Partners se miraron unos a otros, incómodos.El presidente Monterroza, tal como decían los rumores, era impredecible y de carácter cambiante.En ese momento, todos optaron por servirse su propio vino, nadie se atrevía a pedirle a Cloe que lo hiciera por ellos.Sin importar quién brindara o intentara ganarse su favor, Valerio se mantenía con una actitud dura y distante.Germán empezó a impacientarse. Si seguían así, ese trato seguro se les iba a ir de las manos.[Germán: Haz un brindis al presidente Monterroza.]Cloe miró a Germán, alzó la vista y lanzó una mirada a Valerio. En sus ojos solo había frialdad y distancia, como si le importara poco lo que sucediera a su alrededor.—Presidente Monterroza, le dedico este brindis.Se tomó la copa de un solo trago y la volteó para mostrar que no había dejado ni una gota.Valerio la miró con rostro impasible, no respondió, y Cloe simplemente volvió a sentarse.Germán se quedó boquiabierto. ¿Quién brinda así? Cualquiera que no supiera lo que pasaba pensaría que estaban compitiendo a ver quién aguantaba más.Antes de que pudiera decir algo, Valerio soltó con voz despectiva:—Señorita Rivas, ¿no tiene muchas ganas de colaborar, verdad?—De todos los que estamos aquí, solo me brindas a mí.Habló despacio, mirándola directo a los ojos, y luego apartó la mirada.Esos ojos... siempre habían tenido el poder de enredar a cualquiera. Ahora, él tenía bien claro dónde terminaría todo esto.Valerio volvió a hablar, con tono pausado pero cargado de ironía:—¿Eso significa que, para Techtonic Partners, solo yo importo, que todo depende de mí? ¿Así de autoritario soy?La forma en que lo dijo tenía un matiz desafiante, hasta burlón.Parecía disfrutar verla incómoda; esa era su manera de vengarse.—Hoy no puedo tomar mucho —dijo Cloe, bajando la cabeza.—¿Entonces sí puedes tomar? —replicó Valerio, con una ceja levantada, los ojos entrecerrados. Cloe, sin mostrar emoción alguna, respondió sin titubear.Por dentro le dolía el pecho, cada respiro le pesaba, y la presión en su muñeca era tal que la piel se le había puesto morada.Aun así, él la seguía odiando: por romper el compromiso, por dejarlo atrás.Cada uno de sus gestos parecía preguntarle: “¿Te arrepientes?”¿Te arrepientes de estar tan deshecha ahora, de intentar quedar bien conmigo?¿Te arrepientes de haberme dejado por esos dos millones de pesos de dote?Pero Cloe solo tenía una respuesta: no se arrepentía.Al ver lo lejos que había llegado Valerio, entendió que la vida de él no debía tener lugar para ella.—Está bien.Sin oponerse, Cloe se puso de pie y fue ofreciendo un brindis, uno tras otro, a cada persona en la mesa.Valerio la observaba apretando los dientes, hasta que no aguantó más y lanzó un grito ahogado:—¡Regresa a tu lugar!Los que acababan de recibir el brindis se sobresaltaron, con la copa en la mano como si les quemara.—Señorita Rivas, por favor siéntese —le pidieron, incómodos.Nadie entendía. Si el presidente Monterroza estaba tan al pendiente de ella, ¿por qué la hacía pasar por todo eso?Cloe volvió a sentarse, el rostro pálido pero las mejillas encendidas, los ojos llenos de una neblina que atrapaba a cualquiera.¿A quién quería impresionar con esa pose de mujer frágil y misteriosa?Durante el resto de la comida, Valerio no dirigió una sola palabra más, ni siquiera la miró al marcharse, dejándolo todo atrás sin vacilar.Germán vio cómo Valerio se alejaba, suspiró hondo, y al volver la mirada a Cloe, su coraje estalló.—¡Cloe! ¿Por qué tuviste que meterte con el presidente Monterroza?—¡Ve de inmediato a disculparte!—Si este trato se pierde, olvídate de seguir en Red Impacto.Cloe se quedó en silencio, aguantando los regaños de su jefe mientras los demás compañeros la miraban de reojo, sin intervenir.Nadie sentía simpatía por ella; la veían como una figura seductora que solo fingía ser reservada.Todos sabían que Cloe nunca aceptaba invitaciones a reuniones privadas, que no se acercaba a nadie.Y claro, todos murmuraban: seguro escondía algo, por eso nunca se atrevía a ser amiga de nadie.Todos se habían marchado poco a poco. Cloe seguía parada en la banqueta, tratando de conseguir un carro de sitio. El viento cortaba, las calles estaban cubiertas de nieve y, como ya era tarde, tardó más de media hora en poder subirse a uno.A lo lejos, un Rolls-Royce bajó la ventana apenas unos centímetros. Valerio observó cómo el taxi donde iba Cloe se perdía en la oscuridad de la noche.—Presidente Monterroza, ¿quiere que la sigamos?Valerio no había despegado los ojos de la señorita desde que dejó el lugar. El chofer, nervioso, lo miraba de reojo por el retrovisor, sin atreverse a decir más.—Vamos a Villa Liana Dorada.—Perfecto.Valerio casi nunca regresaba a la casa de los Monterroza. Lo suyo era quedarse en Villa Liana Dorada, una zona residencial exclusiva que él mismo había desarrollado.El lugar tenía tanta seguridad que decían, en broma, que ni una mosca podría colarse sin ser detectada....—Señorita, ya llegamos.El chofer la llamó un par de veces antes de que Cloe reaccionara y, tambaleándose, bajara del carro.—¿Quiere que le ayude en algo?—No, gracias.A Cloe le costaba respirar; apenas podía sostenerse. Se obligó a registrar su llegada y se dirigió de inmediato a la sala de urgencias.Al verla, la enfermera se le acercó con resignación y algo de gracia.—¡¿Otra vez tú por aquí?!—Te dije ayer que no podías tomar, ¿ya se te olvidó?—Ustedes los jóvenes no saben cuidar su salud, de veras.—Mira nada más, si sigues así, en unos años vas a tener la presión y el colesterol por los cielos, ¿luego qué vas a hacer?—¿Cómo puede una muchacha tomar así de fuerte?Cloe se derrumbó en la silla, recostándose con la mirada perdida y la mente nublada.En la estación de enfermería, Regina Valdés preparaba medicamentos mientras platicaba con una compañera.—Ya llegó la pequeña borrachita otra vez.—¿Otra vez vino?—Sí, y ni creas, tiene mucha fuerza de voluntad. Siempre llega sola, pero me da miedo que un día no lo logre y le pase algo grave.—¿Cómo puede descuidarse así?—Quién sabe.—¿A qué se dedicará? Nadie puede estar tomando así por trabajo, ¿no? Seguro esa empresa es una explotadora.—Ya sabes, cosas de patrones.En ese momento, Cloe sintió el pinchazo de la aguja. El cuerpo se le congeló.Mientras dormía, soñó que estaba junto a Valerio en el momento de intercambiar votos matrimoniales. Sus ojos, llenos de ternura, la envolvían y la hacían perder el sentido de la realidad.—Cloe, ya no aguanto las ganas de que seas mi esposa.La voz de Valerio temblaba de tanta emoción que casi se le escapaban las lágrimas.—Cloe, ¿te casarías conmigo? ¿Prometes estar conmigo en la pobreza y en la riqueza, sin abandonarme jamás, hasta que seamos viejitos?La sonrisa de Cloe era luminosa y sincera.—Sí, acepto.—Valerio, ¿te he dicho que te amo?Valerio la miraba con un amor tan profundo, tan honesto, que parecía un adolescente enamorado.—Yo también te amo.Estaban a punto de besarse cuando Cloe despertó. La aguja ya no estaba. Afuera apenas clareaba.A decir verdad, hubiera preferido tener una pesadilla. Si el sueño hubiera sido feo, al despertar no la invadiría ese vacío tan helado, como si su alma cayera en un pozo sin fondo.Cloe se dirigió al baño, sacó una toallita húmeda de su bolso y se lavó la cara con agua fría.En el espejo, su cara pálida parecía la de un fantasma. Sacó el rubor y el labial, los únicos dos cosméticos que siempre llevaba encima. Al aplicárselos, su aspecto mejoró bastante.Pidió un carro para ir a la oficina y, de camino, casi se quedó dormida sobre el asiento. Siempre era igual: sentía que nunca estaba despierta del todo, como si la vida se le escapara de las manos.—Paloma, buenos días.—Paloma.Ya en su escritorio, Cloe sacó el celular. Tenía un mensaje de WhatsApp de su excompañera, Noelia Monterroza.[¡Manita, ayúdame, por favor!]Noelia era de esas personas alegres y chispeantes. Cuando estaban en la universidad, había sido su asistente en el consejo estudiantil.[De verdad ya no aguanto en esta empresa. ¿Crees que pueda cambiarme a la tuya?]Cloe le envió un enlace.[Deja tu currículum, el viernes hay entrevistas. Yo también voy a estar ahí.]

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