Rosa Ortiz es una joven universitaria de belleza cautivadora, cuya vida se construye entre las penumbras de un destino adverso. Trabaja como mesera en un club nocturno, un entorno que constantemente pone a prueba su dignidad y valores, mientras que en casa no encuentra el apoyo y amor que tanto necesita. La precariedad económica de su familia se agrava con la enfermedad de su hermano menor, quien requiere costosos tratamientos médicos. Rosa, bajo el peso aplastante de estas responsabilidades, ha considerado rendirse más de una vez. No obstante, el profundo amor por su hermano la impulsa a resistir. Una noche, su mundo se tambalea cuando le exigen convertirse en una chica de compañía, una petición que desafía sus convicciones más arraigadas como mujer. Rosa, atrapada entre el desespero y el deber, se refugia en el baño del club, respirando profundo mientras evalúa su situación. Finalmente, decide tragarse el orgullo para salvar a su hermano, aunque eso signifique sacrificar su propia integridad. Sin embargo, el destino, en un giro inesperado, decide sonreírle. Rosa conoce a Álvaro Córdoba, heredero de una acaudalada y reconocida familia. Álvaro le ofrece una oportunidad que podría cambiar su vida: trabajar como empleada en su casa, con la promesa de que, al cumplir sus condiciones, Rosa podrá reunir el dinero necesario para la cura de su hermano. Frente a esta nueva situación, Rosa se enfrenta a una encrucijada. ¿Será este trabajo una nueva cárcel en su vida, o acaso será la llave hacia un futuro lleno de esperanza? Solo ella tiene el poder de decidir cuál será el rumbo que tomará su destino.

Capítulo 1—Hmm...—¿Puedes apagar la luz?—No.—Bueno...En la suite más lujosa del último piso de un hotel cinco estrellas, el ambiente estaba cargado de una intimidad sofocante....Una hora antes, Álvaro Córdoba había llevado a Rosa Ortiz al hotel.—Ve a bañarte.La voz de Álvaro sonó seca, autoritaria, como una orden que no admitía réplica.Rosa, sin atreverse a protestar, obedeció y desapareció en el baño. Pronto, el sonido del agua llenó la habitación.Álvaro bajó la mirada a su traje hecho a la medida, ahora manchado, y con desdén se lo quitó para arrojarlo sobre el sofá.Tomando una copa, se acercó al ventanal y contempló la ciudad de Santa María del Puerto desde las alturas. Dos años ausente, pensó, y la ciudad se veía cada vez más vibrante, más llena de vida.Rosa salió del baño, envuelta aún en el vapor, y vio a Álvaro de espaldas, observando la ciudad. Juntó valor, se acercó y rodeó su cintura con los brazos, aferrándose a él.Su cuerpo temblaba ligeramente, pero a estas alturas, Rosa sabía que ya no tenía marcha atrás.Álvaro sintió la tensión en ese cuerpo frágil. Giró lentamente y la miró de frente, encontrándose con los ojos húmedos y profundos de la chica.Sin maquillaje, el rostro de Rosa lucía aún más inocente y pálido, despertando de inmediato el deseo en Álvaro.—Hazme feliz.La petición salió de su boca con un tono impasible.Rosa se quedó quieta, las mejillas encendidas por la vergüenza.Intentando imitar lo que había visto en la televisión, enroscó sus manos delicadas alrededor del cuello de Álvaro y, de puntitas, rozó sus labios apenas con un beso.—¿Eso es todo? —preguntó él, insatisfecho.Y antes de que pudiera reaccionar, Rosa sintió cómo la cama la recibía de espaldas.El beso de Álvaro cayó sobre ella, intenso, avasallador...Nunca había besado a alguien antes. Rosa no sabía qué hacer, así que simplemente dejó que él la guiara, respondiendo de manera instintiva.Bajo la luz brillante, los hombros marcados de Álvaro se veían inmensos frente a ella, y era la primera vez que observaba tan de cerca el cuerpo de un hombre.Avergonzada, Rosa cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo todo su cuerpo ardía.*La noche anterior, en el club nocturno El Conde.En un reservado del segundo piso, un grupo de jóvenes adinerados brindaba entre risas y bromas.Uno de ellos alzó su copa y la golpeó suavemente.—Bueno, señores, hoy celebramos que el señor Córdoba volvió al país. ¡Un brindis por él!El ambiente se animó de inmediato. Varios muchachos de familias influyentes se acercaron a Álvaro para ofrecerle un trago.Sebastián Torregrosa, el segundo hijo de la familia Torregrosa, llegó con su vaso en mano y preguntó con curiosidad:—Oye, señor Córdoba, dicen que estos dos años te la pasaste en la Antártida. ¿Y qué tal? ¿Allá hay osos polares o no?...Álvaro lo miró con ironía.—¿Tú usas la cabeza solo para parecer más alto o de verdad piensas?—¿Ahora qué? ¿Dije algo raro? —reviró Sebastián.—A ver, genio, déjanos platicar a solas, que tengo algo que decirle al señor Córdoba.Víctor Menéndez apartó a Sebastián de una patada y se acomodó junto a Álvaro.—Dime, Córdoba, ¿cómo estuvo la vida en la Antártida? Me contaron que en esa expedición ni una mujer había, ¿a poco no te volviste loco de las ganas?Víctor lanzó una carcajada, mirándolo con picardía.—¿Crees que soy de esos? —Álvaro bebió sin expresión alguna.—¡Ah, claro, claro! La joya inalcanzable de Santa María del Puerto, ¿verdad? Ninguna chica te parece suficiente… Oye, ¿no será que no te gustan las mujeres?—...Al ver la cara de Álvaro, Víctor se apresuró a bromear:—¡Ya, ya, relájate! Era pura broma. Pero hablando en serio, hoy sí te tengo un regalo. No digas que tu bro no piensa en ti.Álvaro no mostró interés, contestando con voz plana:—¿Qué regalo?En ese instante, la puerta del reservado se abrió y entró el gerente del club acompañado de una chica vestida de forma provocativa.Víctor levantó las cejas y, señalando a la joven, le dijo a Álvaro:—Justo a tiempo, bro. Ella es mi regalo para ti.Álvaro siguió la dirección de su dedo y vio a una joven de rostro dulce y maquillaje impecable.Llevaba un atuendo atrevido que no iba para nada con su aire inocente. Tenía la cabeza agachada y los ojos hinchados, como si acabara de llorar.El gerente la llevó hasta Víctor.—Señor Menéndez, aquí está la persona que pidió.Al terminar de hablar, empujó a la chica hacia Víctor y ella casi se cae al no lograr mantener el equilibrio.—Mira, Córdoba, ¿qué te parece? ¿Te gusta? Le pedí al gerente Juan Díaz que me la guardara tres meses. Está intacta, bonita y sin estrenar. Esta noche es toda tuya —dijo Víctor, con una sonrisa lasciva.—Chicas tan lindas como esta ya casi no se ven. A mí me tocó una hace poco, pero la verdad no era nada del otro mundo. Hasta apagué la luz para animarme —agregó Sebastián, riendo desde un rincón.Álvaro levantó la mirada y la posó sobre la joven, con una chispa burlona en los ojos.Sí, definitivamente se veía inocente. Pero tenía un aire distraído.—No me interesa. Quédate tú con ella —Álvaro respondió de manera cortante.Álvaro era maniático de la limpieza; jamás pondría un dedo sobre una mujer de ese tipo, y menos en un lugar así. Además, ahora hasta el himen se podía falsificar. Esas chicas de los antros eran capaces de cualquier cosa para sacar más dinero.—¿En serio, Córdoba? ¿Tan pura y ni así te interesa? —Víctor lo miró sin entender nada.—No me interesa.Álvaro respondió con un tono seco, se levantó y se dirigió al baño, sin mirar atrás.—Pues si tú no la quieres, yo sí —soltó Víctor, estirando el brazo para jalar a la muchacha, que terminó enredada entre sus brazos.La chica se asustó tanto que su cuerpo empezó a temblar, incapaz de ocultar el miedo.—No temas, nena, esta noche quédate conmigo. Te prometo que no te va a faltar nada —dijo Víctor con una sonrisa lasciva, apretándole la cintura y acercando su boca apestosa a alcohol para besarla.Pero la joven gritó de repente, lo empujó con todas sus fuerzas y, al borde del llanto, exclamó:—¡No me toques!En ese instante, salió corriendo del lugar....Rosa salió disparada del privado, corrió hasta el baño y, apenas cerró la puerta, ya no pudo contener la humillación que le quemaba por dentro. Lloró en silencio, tragándose las ganas de gritar. Pensó que podría soportarlo, que podría hacerlo, pero se había sobreestimado. Su vergüenza era más fuerte.Apretó los dientes, los sollozos le salían ahogados y ni siquiera se atrevía a llorar en voz alta.Trabajando como mesera, ya había visto escenas parecidas, pero siempre podía hacerse la que no miraba. Ahora que le había tocado a ella, entendió el peso real de esa presión.Por más que intentó convencerse a sí misma, era incapaz de dejar que un desconocido la manoseara como si nada. Ni siquiera había tenido novio, ¿cómo iba a soportar semejante cosa...?Rosa, agotada, se escondió en un cubículo y trató de calmar sus emociones. Por dentro, no tenía idea de qué haría ahora.De pronto, su celular vibró en la bolsa. Era una llamada de su mamá.—¿Bueno, mamá...? —La voz de Rosa todavía sonaba ronca, marcada por el llanto reciente.—¡Mocosa inútil! ¿Ya conseguiste el dinero o no? ¿No dijiste que ibas a conseguirlo? ¡Tu hermano se desmayó otra vez hoy! ¡Muévete, haz lo que sea para traer el dinero! Ay, de veras, ¿para qué demonios te pago la universidad? ¡Solo eres una carga! Si tu hermano se muere, tampoco te la vas a acabar conmigo —la regañó la voz de Ángela Carrillo, sin una pizca de compasión.Raúl Duarte, el hermano menor de Rosa, tenía el corazón cada vez más dañado. El hospital les había dado dos opciones: la primera, dejar un anticipo de ciento cincuenta mil pesos y esperar un donante, aunque la operación final saldría en cerca de quinientos mil pesos. La segunda, optar de inmediato por un trasplante de corazón artificial, con un costo total de un millón.Rosa sabía bien que un millón era imposible de conseguir. Solo tenía la esperanza de juntar los ciento cincuenta mil para el anticipo de Raúl. Por eso estaba esa noche en el reservado de los juniors, desesperada por ganar dinero.Las palabras de su madre le dolieron como puñaladas. Rosa sentía cómo se le helaba la sangre, la mano que sostenía el celular no paraba de temblar. Pensó que, al menos, su mamá preguntaría cómo estaba, pero ni eso. Lo único que le interesaba era el dinero.Desde que a Raúl le detectaron la enfermedad cardíaca hace dos años, el corazón de Ángela se inclinó por completo hacia él. La familia siempre había preferido a los hombres, pero la enfermedad de Raúl no era culpa suya. ¿Por qué ahora todo el resentimiento caía sobre ella?Ella trataba de juntar cada peso posible. Aunque todavía estudiaba, tenía que salir todos los días a buscar trabajos de medio tiempo para comprar las medicinas de su hermano.Su padrastro, Joaquín Duarte, se la pasaba de fiesta, gastando en mujeres y apuestas. Ni siquiera se preocupaba por su propio hijo, que estaba al borde de la muerte. Parecía haber nacido sin corazón.Ya habían pedido prestado a todos los familiares y amigos posibles. Ahora que Raúl estaba peor, nadie más quería ayudarles. El poco dinero que Ángela ganaba limpiando casas se lo gastaba Joaquín apenas llegaba a sus manos.Pero Rosa no podía dejar de salvar a Raúl, porque él era su ángel.Cuando eran niños, Ángela siempre favorecía a Raúl; todo lo bueno solo se lo compraba a su hijo, y Raúl siempre terminaba compartiendo la mitad con Rosa a escondidas. Él nunca entendió por qué, siendo ambos hijos de Ángela, ella los trataba tan diferente.Joaquín, cuando se emborrachaba, solía golpear y gritarle a Rosa. En esos momentos, Raúl se armaba de valor y salía a proteger a su hermana, como si fuera un pequeño héroe.Más de una vez, Raúl le había dicho a Rosa, con toda la seriedad del mundo, que cuando creciera la iba a proteger mejor. Pero ahora, ese pequeño héroe había sido derrotado por una enfermedad del corazón…Pensando en esto, Rosa colgó el teléfono. Se sonó la nariz, se limpió las lágrimas y decidió regresar al salón privado para explicarle todo al cliente.Esa noche, estaba dispuesta a acompañarlo. No sabía si él todavía le daría esa oportunidad…Rosa se recompuso y salió del baño. Apenas puso un pie fuera, terminó chocando de frente con un hombre. Entre lágrimas y mocos, acabó manchando la camisa del tipo.Inmediatamente, Rosa bajó la cabeza y se apresuró a disculparse.—Disculpe, señor, de verdad, perdón…El hombre bajó la mirada, notando cómo su costoso traje había quedado manchado, y luego observó a la chica frente a él.En sus labios apareció una sonrisa cargada de diversión.¿No era esta la “sorpresa de bienvenida” que Víctor le había preparado hace un rato?Álvaro no pudo evitar fijarse en la chica con más detalle.Sus ojos seguían hinchados de tanto llorar, el cabello desordenado caía sobre su frente, y el maquillaje, que antes estaba impecable, ahora se veía corrido por las lágrimas, dándole una apariencia más inocente y dulce.En la sala privada, Álvaro no había alcanzado a distinguir bien su cara. Ahora, bajo la luz brillante, le resultó extrañamente atractiva.—¿Te hicieron llorar? —preguntó el hombre, con un tono distante.Rosa levantó la cabeza sorprendida y se dio cuenta de que había chocado justo con el hombre que antes la había rechazado. Sintió cómo el rubor le subía hasta las orejas.En la sala, había estado tan nerviosa que ni siquiera se había fijado bien en él. Ahora, bajo la luz, por fin pudo verlo con claridad.Tenía una cara muy atractiva; cejas marcadas, ojos oscuros y profundos capaces de dejarte sin aliento, labios perfectamente delineados con un toque rebelde, y su piel clara resaltaba con ese porte impecable, dándole un aire de elegancia y misterio.Rosa apretó con fuerza la orilla de su camisa, sin saber qué hacer.—No, no es eso… Es que yo… me asusté mucho… —musitó, con voz suave y un poco ronca.Álvaro esbozó una sonrisa de burla.—Vaya, sí que eres miedosa para ponerte así por tan poco.Al notar que ella no lloraba por culpa de sus amigos, Álvaro perdió el interés y siguió su camino de regreso al salón.Rosa lo miró alejarse y, de pronto, se animó a correr tras él. Lo alcanzó y lo tomó de la manga.Álvaro se volteó sorprendido, encontrando a la chica con una expresión todavía más vulnerable que antes, aferrada a su camisa como si fuera lo único que la mantenía en pie.—¿Qué quieres? —dijo con un tono seco.Rosa sintió que el corazón le latía con fuerza. No sabía si estaba tomando la decisión correcta, pero aun así, intentó calmarse y armarse de valor frente a la abrumadora presencia de ese hombre. Tomó aire, se sonrojó aún más y balbuceó:—¿Me… quieres? Es que… yo nunca he estado con nadie…Capítulo 2—Hmm...—¿Puedes apagar la luz?—No.—Bueno...En la suite más lujosa del último piso de un hotel cinco estrellas, el ambiente estaba cargado de una intimidad sofocante....Una hora antes, Álvaro Córdoba había llevado a Rosa Ortiz al hotel.—Ve a bañarte.La voz de Álvaro sonó seca, autoritaria, como una orden que no admitía réplica.Rosa, sin atreverse a protestar, obedeció y desapareció en el baño. Pronto, el sonido del agua llenó la habitación.Álvaro bajó la mirada a su traje hecho a la medida, ahora manchado, y con desdén se lo quitó para arrojarlo sobre el sofá.Tomando una copa, se acercó al ventanal y contempló la ciudad de Santa María del Puerto desde las alturas. Dos años ausente, pensó, y la ciudad se veía cada vez más vibrante, más llena de vida.Rosa salió del baño, envuelta aún en el vapor, y vio a Álvaro de espaldas, observando la ciudad. Juntó valor, se acercó y rodeó su cintura con los brazos, aferrándose a él.Su cuerpo temblaba ligeramente, pero a estas alturas, Rosa sabía que ya no tenía marcha atrás.Álvaro sintió la tensión en ese cuerpo frágil. Giró lentamente y la miró de frente, encontrándose con los ojos húmedos y profundos de la chica.Sin maquillaje, el rostro de Rosa lucía aún más inocente y pálido, despertando de inmediato el deseo en Álvaro.—Hazme feliz.La petición salió de su boca con un tono impasible.Rosa se quedó quieta, las mejillas encendidas por la vergüenza.Intentando imitar lo que había visto en la televisión, enroscó sus manos delicadas alrededor del cuello de Álvaro y, de puntitas, rozó sus labios apenas con un beso.—¿Eso es todo? —preguntó él, insatisfecho.Y antes de que pudiera reaccionar, Rosa sintió cómo la cama la recibía de espaldas.El beso de Álvaro cayó sobre ella, intenso, avasallador...Nunca había besado a alguien antes. Rosa no sabía qué hacer, así que simplemente dejó que él la guiara, respondiendo de manera instintiva.Bajo la luz brillante, los hombros marcados de Álvaro se veían inmensos frente a ella, y era la primera vez que observaba tan de cerca el cuerpo de un hombre.Avergonzada, Rosa cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo todo su cuerpo ardía.*La noche anterior, en el club nocturno El Conde.En un reservado del segundo piso, un grupo de jóvenes adinerados brindaba entre risas y bromas.Uno de ellos alzó su copa y la golpeó suavemente.—Bueno, señores, hoy celebramos que el señor Córdoba volvió al país. ¡Un brindis por él!El ambiente se animó de inmediato. Varios muchachos de familias influyentes se acercaron a Álvaro para ofrecerle un trago.Sebastián Torregrosa, el segundo hijo de la familia Torregrosa, llegó con su vaso en mano y preguntó con curiosidad:—Oye, señor Córdoba, dicen que estos dos años te la pasaste en la Antártida. ¿Y qué tal? ¿Allá hay osos polares o no?...Álvaro lo miró con ironía.—¿Tú usas la cabeza solo para parecer más alto o de verdad piensas?—¿Ahora qué? ¿Dije algo raro? —reviró Sebastián.—A ver, genio, déjanos platicar a solas, que tengo algo que decirle al señor Córdoba.Víctor Menéndez apartó a Sebastián de una patada y se acomodó junto a Álvaro.—Dime, Córdoba, ¿cómo estuvo la vida en la Antártida? Me contaron que en esa expedición ni una mujer había, ¿a poco no te volviste loco de las ganas?Víctor lanzó una carcajada, mirándolo con picardía.—¿Crees que soy de esos? —Álvaro bebió sin expresión alguna.—¡Ah, claro, claro! La joya inalcanzable de Santa María del Puerto, ¿verdad? Ninguna chica te parece suficiente… Oye, ¿no será que no te gustan las mujeres?—...Al ver la cara de Álvaro, Víctor se apresuró a bromear:—¡Ya, ya, relájate! Era pura broma. Pero hablando en serio, hoy sí te tengo un regalo. No digas que tu bro no piensa en ti.Álvaro no mostró interés, contestando con voz plana:—¿Qué regalo?En ese instante, la puerta del reservado se abrió y entró el gerente del club acompañado de una chica vestida de forma provocativa.Víctor levantó las cejas y, señalando a la joven, le dijo a Álvaro:—Justo a tiempo, bro. Ella es mi regalo para ti.Álvaro siguió la dirección de su dedo y vio a una joven de rostro dulce y maquillaje impecable.Llevaba un atuendo atrevido que no iba para nada con su aire inocente. Tenía la cabeza agachada y los ojos hinchados, como si acabara de llorar.El gerente la llevó hasta Víctor.—Señor Menéndez, aquí está la persona que pidió.Al terminar de hablar, empujó a la chica hacia Víctor y ella casi se cae al no lograr mantener el equilibrio.—Mira, Córdoba, ¿qué te parece? ¿Te gusta? Le pedí al gerente Juan Díaz que me la guardara tres meses. Está intacta, bonita y sin estrenar. Esta noche es toda tuya —dijo Víctor, con una sonrisa lasciva.—Chicas tan lindas como esta ya casi no se ven. A mí me tocó una hace poco, pero la verdad no era nada del otro mundo. Hasta apagué la luz para animarme —agregó Sebastián, riendo desde un rincón.Álvaro levantó la mirada y la posó sobre la joven, con una chispa burlona en los ojos.Sí, definitivamente se veía inocente. Pero tenía un aire distraído.—No me interesa. Quédate tú con ella —Álvaro respondió de manera cortante.Álvaro era maniático de la limpieza; jamás pondría un dedo sobre una mujer de ese tipo, y menos en un lugar así. Además, ahora hasta el himen se podía falsificar. Esas chicas de los antros eran capaces de cualquier cosa para sacar más dinero.—¿En serio, Córdoba? ¿Tan pura y ni así te interesa? —Víctor lo miró sin entender nada.—No me interesa.Álvaro respondió con un tono seco, se levantó y se dirigió al baño, sin mirar atrás.—Pues si tú no la quieres, yo sí —soltó Víctor, estirando el brazo para jalar a la muchacha, que terminó enredada entre sus brazos.La chica se asustó tanto que su cuerpo empezó a temblar, incapaz de ocultar el miedo.—No temas, nena, esta noche quédate conmigo. Te prometo que no te va a faltar nada —dijo Víctor con una sonrisa lasciva, apretándole la cintura y acercando su boca apestosa a alcohol para besarla.Pero la joven gritó de repente, lo empujó con todas sus fuerzas y, al borde del llanto, exclamó:—¡No me toques!En ese instante, salió corriendo del lugar....Rosa salió disparada del privado, corrió hasta el baño y, apenas cerró la puerta, ya no pudo contener la humillación que le quemaba por dentro. Lloró en silencio, tragándose las ganas de gritar. Pensó que podría soportarlo, que podría hacerlo, pero se había sobreestimado. Su vergüenza era más fuerte.Apretó los dientes, los sollozos le salían ahogados y ni siquiera se atrevía a llorar en voz alta.Trabajando como mesera, ya había visto escenas parecidas, pero siempre podía hacerse la que no miraba. Ahora que le había tocado a ella, entendió el peso real de esa presión.Por más que intentó convencerse a sí misma, era incapaz de dejar que un desconocido la manoseara como si nada. Ni siquiera había tenido novio, ¿cómo iba a soportar semejante cosa...?Rosa, agotada, se escondió en un cubículo y trató de calmar sus emociones. Por dentro, no tenía idea de qué haría ahora.De pronto, su celular vibró en la bolsa. Era una llamada de su mamá.—¿Bueno, mamá...? —La voz de Rosa todavía sonaba ronca, marcada por el llanto reciente.—¡Mocosa inútil! ¿Ya conseguiste el dinero o no? ¿No dijiste que ibas a conseguirlo? ¡Tu hermano se desmayó otra vez hoy! ¡Muévete, haz lo que sea para traer el dinero! Ay, de veras, ¿para qué demonios te pago la universidad? ¡Solo eres una carga! Si tu hermano se muere, tampoco te la vas a acabar conmigo —la regañó la voz de Ángela Carrillo, sin una pizca de compasión.Raúl Duarte, el hermano menor de Rosa, tenía el corazón cada vez más dañado. El hospital les había dado dos opciones: la primera, dejar un anticipo de ciento cincuenta mil pesos y esperar un donante, aunque la operación final saldría en cerca de quinientos mil pesos. La segunda, optar de inmediato por un trasplante de corazón artificial, con un costo total de un millón.Rosa sabía bien que un millón era imposible de conseguir. Solo tenía la esperanza de juntar los ciento cincuenta mil para el anticipo de Raúl. Por eso estaba esa noche en el reservado de los juniors, desesperada por ganar dinero.Las palabras de su madre le dolieron como puñaladas. Rosa sentía cómo se le helaba la sangre, la mano que sostenía el celular no paraba de temblar. Pensó que, al menos, su mamá preguntaría cómo estaba, pero ni eso. Lo único que le interesaba era el dinero.Desde que a Raúl le detectaron la enfermedad cardíaca hace dos años, el corazón de Ángela se inclinó por completo hacia él. La familia siempre había preferido a los hombres, pero la enfermedad de Raúl no era culpa suya. ¿Por qué ahora todo el resentimiento caía sobre ella?Ella trataba de juntar cada peso posible. Aunque todavía estudiaba, tenía que salir todos los días a buscar trabajos de medio tiempo para comprar las medicinas de su hermano.Su padrastro, Joaquín Duarte, se la pasaba de fiesta, gastando en mujeres y apuestas. Ni siquiera se preocupaba por su propio hijo, que estaba al borde de la muerte. Parecía haber nacido sin corazón.Ya habían pedido prestado a todos los familiares y amigos posibles. Ahora que Raúl estaba peor, nadie más quería ayudarles. El poco dinero que Ángela ganaba limpiando casas se lo gastaba Joaquín apenas llegaba a sus manos.Pero Rosa no podía dejar de salvar a Raúl, porque él era su ángel.Cuando eran niños, Ángela siempre favorecía a Raúl; todo lo bueno solo se lo compraba a su hijo, y Raúl siempre terminaba compartiendo la mitad con Rosa a escondidas. Él nunca entendió por qué, siendo ambos hijos de Ángela, ella los trataba tan diferente.Joaquín, cuando se emborrachaba, solía golpear y gritarle a Rosa. En esos momentos, Raúl se armaba de valor y salía a proteger a su hermana, como si fuera un pequeño héroe.Más de una vez, Raúl le había dicho a Rosa, con toda la seriedad del mundo, que cuando creciera la iba a proteger mejor. Pero ahora, ese pequeño héroe había sido derrotado por una enfermedad del corazón…Pensando en esto, Rosa colgó el teléfono. Se sonó la nariz, se limpió las lágrimas y decidió regresar al salón privado para explicarle todo al cliente.Esa noche, estaba dispuesta a acompañarlo. No sabía si él todavía le daría esa oportunidad…Rosa se recompuso y salió del baño. Apenas puso un pie fuera, terminó chocando de frente con un hombre. Entre lágrimas y mocos, acabó manchando la camisa del tipo.Inmediatamente, Rosa bajó la cabeza y se apresuró a disculparse.—Disculpe, señor, de verdad, perdón…El hombre bajó la mirada, notando cómo su costoso traje había quedado manchado, y luego observó a la chica frente a él.En sus labios apareció una sonrisa cargada de diversión.¿No era esta la “sorpresa de bienvenida” que Víctor le había preparado hace un rato?Álvaro no pudo evitar fijarse en la chica con más detalle.Sus ojos seguían hinchados de tanto llorar, el cabello desordenado caía sobre su frente, y el maquillaje, que antes estaba impecable, ahora se veía corrido por las lágrimas, dándole una apariencia más inocente y dulce.En la sala privada, Álvaro no había alcanzado a distinguir bien su cara. Ahora, bajo la luz brillante, le resultó extrañamente atractiva.—¿Te hicieron llorar? —preguntó el hombre, con un tono distante.Rosa levantó la cabeza sorprendida y se dio cuenta de que había chocado justo con el hombre que antes la había rechazado. Sintió cómo el rubor le subía hasta las orejas.En la sala, había estado tan nerviosa que ni siquiera se había fijado bien en él. Ahora, bajo la luz, por fin pudo verlo con claridad.Tenía una cara muy atractiva; cejas marcadas, ojos oscuros y profundos capaces de dejarte sin aliento, labios perfectamente delineados con un toque rebelde, y su piel clara resaltaba con ese porte impecable, dándole un aire de elegancia y misterio.Rosa apretó con fuerza la orilla de su camisa, sin saber qué hacer.—No, no es eso… Es que yo… me asusté mucho… —musitó, con voz suave y un poco ronca.Álvaro esbozó una sonrisa de burla.—Vaya, sí que eres miedosa para ponerte así por tan poco.Al notar que ella no lloraba por culpa de sus amigos, Álvaro perdió el interés y siguió su camino de regreso al salón.Rosa lo miró alejarse y, de pronto, se animó a correr tras él. Lo alcanzó y lo tomó de la manga.Álvaro se volteó sorprendido, encontrando a la chica con una expresión todavía más vulnerable que antes, aferrada a su camisa como si fuera lo único que la mantenía en pie.—¿Qué quieres? —dijo con un tono seco.Rosa sintió que el corazón le latía con fuerza. No sabía si estaba tomando la decisión correcta, pero aun así, intentó calmarse y armarse de valor frente a la abrumadora presencia de ese hombre. Tomó aire, se sonrojó aún más y balbuceó:—¿Me… quieres? Es que… yo nunca he estado con nadie…Capítulo 3—Hmm...—¿Puedes apagar la luz?—No.—Bueno...En la suite más lujosa del último piso de un hotel cinco estrellas, el ambiente estaba cargado de una intimidad sofocante....Una hora antes, Álvaro Córdoba había llevado a Rosa Ortiz al hotel.—Ve a bañarte.La voz de Álvaro sonó seca, autoritaria, como una orden que no admitía réplica.Rosa, sin atreverse a protestar, obedeció y desapareció en el baño. Pronto, el sonido del agua llenó la habitación.Álvaro bajó la mirada a su traje hecho a la medida, ahora manchado, y con desdén se lo quitó para arrojarlo sobre el sofá.Tomando una copa, se acercó al ventanal y contempló la ciudad de Santa María del Puerto desde las alturas. Dos años ausente, pensó, y la ciudad se veía cada vez más vibrante, más llena de vida.Rosa salió del baño, envuelta aún en el vapor, y vio a Álvaro de espaldas, observando la ciudad. Juntó valor, se acercó y rodeó su cintura con los brazos, aferrándose a él.Su cuerpo temblaba ligeramente, pero a estas alturas, Rosa sabía que ya no tenía marcha atrás.Álvaro sintió la tensión en ese cuerpo frágil. Giró lentamente y la miró de frente, encontrándose con los ojos húmedos y profundos de la chica.Sin maquillaje, el rostro de Rosa lucía aún más inocente y pálido, despertando de inmediato el deseo en Álvaro.—Hazme feliz.La petición salió de su boca con un tono impasible.Rosa se quedó quieta, las mejillas encendidas por la vergüenza.Intentando imitar lo que había visto en la televisión, enroscó sus manos delicadas alrededor del cuello de Álvaro y, de puntitas, rozó sus labios apenas con un beso.—¿Eso es todo? —preguntó él, insatisfecho.Y antes de que pudiera reaccionar, Rosa sintió cómo la cama la recibía de espaldas.El beso de Álvaro cayó sobre ella, intenso, avasallador...Nunca había besado a alguien antes. Rosa no sabía qué hacer, así que simplemente dejó que él la guiara, respondiendo de manera instintiva.Bajo la luz brillante, los hombros marcados de Álvaro se veían inmensos frente a ella, y era la primera vez que observaba tan de cerca el cuerpo de un hombre.Avergonzada, Rosa cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo todo su cuerpo ardía.*La noche anterior, en el club nocturno El Conde.En un reservado del segundo piso, un grupo de jóvenes adinerados brindaba entre risas y bromas.Uno de ellos alzó su copa y la golpeó suavemente.—Bueno, señores, hoy celebramos que el señor Córdoba volvió al país. ¡Un brindis por él!El ambiente se animó de inmediato. Varios muchachos de familias influyentes se acercaron a Álvaro para ofrecerle un trago.Sebastián Torregrosa, el segundo hijo de la familia Torregrosa, llegó con su vaso en mano y preguntó con curiosidad:—Oye, señor Córdoba, dicen que estos dos años te la pasaste en la Antártida. ¿Y qué tal? ¿Allá hay osos polares o no?...Álvaro lo miró con ironía.—¿Tú usas la cabeza solo para parecer más alto o de verdad piensas?—¿Ahora qué? ¿Dije algo raro? —reviró Sebastián.—A ver, genio, déjanos platicar a solas, que tengo algo que decirle al señor Córdoba.Víctor Menéndez apartó a Sebastián de una patada y se acomodó junto a Álvaro.—Dime, Córdoba, ¿cómo estuvo la vida en la Antártida? Me contaron que en esa expedición ni una mujer había, ¿a poco no te volviste loco de las ganas?Víctor lanzó una carcajada, mirándolo con picardía.—¿Crees que soy de esos? —Álvaro bebió sin expresión alguna.—¡Ah, claro, claro! La joya inalcanzable de Santa María del Puerto, ¿verdad? Ninguna chica te parece suficiente… Oye, ¿no será que no te gustan las mujeres?—...Al ver la cara de Álvaro, Víctor se apresuró a bromear:—¡Ya, ya, relájate! Era pura broma. Pero hablando en serio, hoy sí te tengo un regalo. No digas que tu bro no piensa en ti.Álvaro no mostró interés, contestando con voz plana:—¿Qué regalo?En ese instante, la puerta del reservado se abrió y entró el gerente del club acompañado de una chica vestida de forma provocativa.Víctor levantó las cejas y, señalando a la joven, le dijo a Álvaro:—Justo a tiempo, bro. Ella es mi regalo para ti.Álvaro siguió la dirección de su dedo y vio a una joven de rostro dulce y maquillaje impecable.Llevaba un atuendo atrevido que no iba para nada con su aire inocente. Tenía la cabeza agachada y los ojos hinchados, como si acabara de llorar.El gerente la llevó hasta Víctor.—Señor Menéndez, aquí está la persona que pidió.Al terminar de hablar, empujó a la chica hacia Víctor y ella casi se cae al no lograr mantener el equilibrio.—Mira, Córdoba, ¿qué te parece? ¿Te gusta? Le pedí al gerente Juan Díaz que me la guardara tres meses. Está intacta, bonita y sin estrenar. Esta noche es toda tuya —dijo Víctor, con una sonrisa lasciva.—Chicas tan lindas como esta ya casi no se ven. A mí me tocó una hace poco, pero la verdad no era nada del otro mundo. Hasta apagué la luz para animarme —agregó Sebastián, riendo desde un rincón.Álvaro levantó la mirada y la posó sobre la joven, con una chispa burlona en los ojos.Sí, definitivamente se veía inocente. Pero tenía un aire distraído.—No me interesa. Quédate tú con ella —Álvaro respondió de manera cortante.Álvaro era maniático de la limpieza; jamás pondría un dedo sobre una mujer de ese tipo, y menos en un lugar así. Además, ahora hasta el himen se podía falsificar. Esas chicas de los antros eran capaces de cualquier cosa para sacar más dinero.—¿En serio, Córdoba? ¿Tan pura y ni así te interesa? —Víctor lo miró sin entender nada.—No me interesa.Álvaro respondió con un tono seco, se levantó y se dirigió al baño, sin mirar atrás.—Pues si tú no la quieres, yo sí —soltó Víctor, estirando el brazo para jalar a la muchacha, que terminó enredada entre sus brazos.La chica se asustó tanto que su cuerpo empezó a temblar, incapaz de ocultar el miedo.—No temas, nena, esta noche quédate conmigo. Te prometo que no te va a faltar nada —dijo Víctor con una sonrisa lasciva, apretándole la cintura y acercando su boca apestosa a alcohol para besarla.Pero la joven gritó de repente, lo empujó con todas sus fuerzas y, al borde del llanto, exclamó:—¡No me toques!En ese instante, salió corriendo del lugar....Rosa salió disparada del privado, corrió hasta el baño y, apenas cerró la puerta, ya no pudo contener la humillación que le quemaba por dentro. Lloró en silencio, tragándose las ganas de gritar. Pensó que podría soportarlo, que podría hacerlo, pero se había sobreestimado. Su vergüenza era más fuerte.Apretó los dientes, los sollozos le salían ahogados y ni siquiera se atrevía a llorar en voz alta.Trabajando como mesera, ya había visto escenas parecidas, pero siempre podía hacerse la que no miraba. Ahora que le había tocado a ella, entendió el peso real de esa presión.Por más que intentó convencerse a sí misma, era incapaz de dejar que un desconocido la manoseara como si nada. Ni siquiera había tenido novio, ¿cómo iba a soportar semejante cosa...?Rosa, agotada, se escondió en un cubículo y trató de calmar sus emociones. Por dentro, no tenía idea de qué haría ahora.De pronto, su celular vibró en la bolsa. Era una llamada de su mamá.—¿Bueno, mamá...? —La voz de Rosa todavía sonaba ronca, marcada por el llanto reciente.—¡Mocosa inútil! ¿Ya conseguiste el dinero o no? ¿No dijiste que ibas a conseguirlo? ¡Tu hermano se desmayó otra vez hoy! ¡Muévete, haz lo que sea para traer el dinero! Ay, de veras, ¿para qué demonios te pago la universidad? ¡Solo eres una carga! Si tu hermano se muere, tampoco te la vas a acabar conmigo —la regañó la voz de Ángela Carrillo, sin una pizca de compasión.Raúl Duarte, el hermano menor de Rosa, tenía el corazón cada vez más dañado. El hospital les había dado dos opciones: la primera, dejar un anticipo de ciento cincuenta mil pesos y esperar un donante, aunque la operación final saldría en cerca de quinientos mil pesos. La segunda, optar de inmediato por un trasplante de corazón artificial, con un costo total de un millón.Rosa sabía bien que un millón era imposible de conseguir. Solo tenía la esperanza de juntar los ciento cincuenta mil para el anticipo de Raúl. Por eso estaba esa noche en el reservado de los juniors, desesperada por ganar dinero.Las palabras de su madre le dolieron como puñaladas. Rosa sentía cómo se le helaba la sangre, la mano que sostenía el celular no paraba de temblar. Pensó que, al menos, su mamá preguntaría cómo estaba, pero ni eso. Lo único que le interesaba era el dinero.Desde que a Raúl le detectaron la enfermedad cardíaca hace dos años, el corazón de Ángela se inclinó por completo hacia él. La familia siempre había preferido a los hombres, pero la enfermedad de Raúl no era culpa suya. ¿Por qué ahora todo el resentimiento caía sobre ella?Ella trataba de juntar cada peso posible. Aunque todavía estudiaba, tenía que salir todos los días a buscar trabajos de medio tiempo para comprar las medicinas de su hermano.Su padrastro, Joaquín Duarte, se la pasaba de fiesta, gastando en mujeres y apuestas. Ni siquiera se preocupaba por su propio hijo, que estaba al borde de la muerte. Parecía haber nacido sin corazón.Ya habían pedido prestado a todos los familiares y amigos posibles. Ahora que Raúl estaba peor, nadie más quería ayudarles. El poco dinero que Ángela ganaba limpiando casas se lo gastaba Joaquín apenas llegaba a sus manos.Pero Rosa no podía dejar de salvar a Raúl, porque él era su ángel.Cuando eran niños, Ángela siempre favorecía a Raúl; todo lo bueno solo se lo compraba a su hijo, y Raúl siempre terminaba compartiendo la mitad con Rosa a escondidas. Él nunca entendió por qué, siendo ambos hijos de Ángela, ella los trataba tan diferente.Joaquín, cuando se emborrachaba, solía golpear y gritarle a Rosa. En esos momentos, Raúl se armaba de valor y salía a proteger a su hermana, como si fuera un pequeño héroe.Más de una vez, Raúl le había dicho a Rosa, con toda la seriedad del mundo, que cuando creciera la iba a proteger mejor. Pero ahora, ese pequeño héroe había sido derrotado por una enfermedad del corazón…Pensando en esto, Rosa colgó el teléfono. Se sonó la nariz, se limpió las lágrimas y decidió regresar al salón privado para explicarle todo al cliente.Esa noche, estaba dispuesta a acompañarlo. No sabía si él todavía le daría esa oportunidad…Rosa se recompuso y salió del baño. Apenas puso un pie fuera, terminó chocando de frente con un hombre. Entre lágrimas y mocos, acabó manchando la camisa del tipo.Inmediatamente, Rosa bajó la cabeza y se apresuró a disculparse.—Disculpe, señor, de verdad, perdón…El hombre bajó la mirada, notando cómo su costoso traje había quedado manchado, y luego observó a la chica frente a él.En sus labios apareció una sonrisa cargada de diversión.¿No era esta la “sorpresa de bienvenida” que Víctor le había preparado hace un rato?Álvaro no pudo evitar fijarse en la chica con más detalle.Sus ojos seguían hinchados de tanto llorar, el cabello desordenado caía sobre su frente, y el maquillaje, que antes estaba impecable, ahora se veía corrido por las lágrimas, dándole una apariencia más inocente y dulce.En la sala privada, Álvaro no había alcanzado a distinguir bien su cara. Ahora, bajo la luz brillante, le resultó extrañamente atractiva.—¿Te hicieron llorar? —preguntó el hombre, con un tono distante.Rosa levantó la cabeza sorprendida y se dio cuenta de que había chocado justo con el hombre que antes la había rechazado. Sintió cómo el rubor le subía hasta las orejas.En la sala, había estado tan nerviosa que ni siquiera se había fijado bien en él. Ahora, bajo la luz, por fin pudo verlo con claridad.Tenía una cara muy atractiva; cejas marcadas, ojos oscuros y profundos capaces de dejarte sin aliento, labios perfectamente delineados con un toque rebelde, y su piel clara resaltaba con ese porte impecable, dándole un aire de elegancia y misterio.Rosa apretó con fuerza la orilla de su camisa, sin saber qué hacer.—No, no es eso… Es que yo… me asusté mucho… —musitó, con voz suave y un poco ronca.Álvaro esbozó una sonrisa de burla.—Vaya, sí que eres miedosa para ponerte así por tan poco.Al notar que ella no lloraba por culpa de sus amigos, Álvaro perdió el interés y siguió su camino de regreso al salón.Rosa lo miró alejarse y, de pronto, se animó a correr tras él. Lo alcanzó y lo tomó de la manga.Álvaro se volteó sorprendido, encontrando a la chica con una expresión todavía más vulnerable que antes, aferrada a su camisa como si fuera lo único que la mantenía en pie.—¿Qué quieres? —dijo con un tono seco.Rosa sintió que el corazón le latía con fuerza. No sabía si estaba tomando la decisión correcta, pero aun así, intentó calmarse y armarse de valor frente a la abrumadora presencia de ese hombre. Tomó aire, se sonrojó aún más y balbuceó:—¿Me… quieres? Es que… yo nunca he estado con nadie…

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