Capítulo 1Suite presidencial 919.La cama enorme, suave y cómoda, se sentía como un refugio del mundo. En la habitación flotaba un aroma denso, cargado de intenciones que no se podían nombrar.Fabiola Serrano se acurrucaba, tímida, bajo las sábanas. Solo sentía, junto a ella, el calor de otro cuerpo. Buscó instintivamente la cercanía del hombre a su lado, y enseguida, detrás de ella, la pasión volvió a estallar.Fue una noche de enredos sin fin.Ahora, cada músculo le dolía, como si la hubieran lanzado unas cuantas veces sobre el hombro. Sus labios ardían, resentidos, como si los hubieran desgarrado. Hasta moverse le resultaba una hazaña.Había tomado varias copas de licor fuerte la noche anterior y la cabeza todavía le daba vueltas. Entrecerró los ojos, murmurando con voz ronca:—Ahora… ahora ya soy tuya, tienes que hacerte responsable de mí para siempre, ¿eh?El hombre, a su lado, soltó una risa entre dientes, seca, sin darle respuesta.Fabiola, fastidiada, se dio la vuelta. A través de la penumbra, sus ojos nublados intentaron enfocar…Apenas pudo distinguir el rostro del hombre.Sintió su mano cálida recorriendo su mejilla. Fabiola cerró los ojos, murmurando en voz baja:—Emiliano… ¿por qué no me contestas?De pronto, el aroma a cedro la envolvió, helado y profundo. Cuando él retiró la mano de su rostro, Fabiola frunció el ceño y lo sujetó con fuerza.—Emiliano, no te vayas… dime algo…¡De pronto, la habitación se llenó de luz!Dos ojos negros, tan intensos que parecían atravesarla, aparecieron frente a ella. El susto le despejó la mente de golpe.El hombre estaba ahí, con el torso desnudo, recostado de lado, el codo apoyado en la almohada. Su pecho era firme, su cuerpo sin rastro de grasa. Toda su postura desprendía un aire salvaje, como si disfrutara del juego.—¡Ah! Tú… ¿quién eres?Fabiola se quedó paralizada, abrazando la sábana con todas sus fuerzas, retrocediendo hasta donde pudo para poner distancia entre ellos.—Señorita, ¿ahora sí quiere hacerse la que no recuerda nada después de beber? ¿O no quiere asumir las consecuencias? —El hombre la miró con una sonrisa torcida, llena de picardía.Sus facciones parecían talladas a mano, profundas y marcadas. Aquellos ojos oscuros tenían una mirada tan profunda como el mar, y sus cejas, gruesas y rectas, parecían montañas.—¿Quién eres? Si no hablas, voy a llamar a la policía, ¡esto es abuso! —Fabiola sujetó la sábana con fuerza, sin atreverse a moverse, aterrada de quedar expuesta, y aún más de que él hiciera algo.—Señorita, ¡qué graciosa! Anoche fuiste tú la que se me lanzó encima. Yo soy un tipo normal, ¿cómo se suponía que iba a resistirme? Si llamas a la policía, el que sale perdiendo soy yo. ¡Hasta debería pedirte que me pagues los daños! —El hombre se inclinó hacia ella, su aliento tibio le rozó la oreja.¿Pagarte los daños? ¡Qué descaro!¿Que ella fue la que se le echó encima? Seguramente lo confundió con Emiliano Pastén.Rápido, Fabiola le puso una mano enfrente, tartamudeando, furiosa:—¿Qué… qué quieres de mí?—Eso depende de ti —contestó él, apartando la mirada y destapándose.Fabiola, con los ojos inyectados de rabia, gritó:—¡Tú fuiste el que se metió a mi cuarto! ¡Tú fuiste el que…—Señorita, ¿de verdad cree que esto es una habitación común? Esta es mi suite, la 919.Anoche, Victoria Fernández también le dijo que el cuarto era el 919. ¿Había escuchado mal por estar borracha?El hombre se levantó sin prisa, completamente desnudo, y caminó hacia el baño con paso firme, como si no le importara en lo más mínimo la presencia de una desconocida.¿Y ahora qué hacía? Todo era culpa suya por haberle hecho caso a su amiga Victoria, quien le insistió en que tomara para animarse a dar ese paso.¿Quién rayos era ese tipo?Listo, su primera vez había sido con un desconocido. ¿Emiliano todavía querría estar con ella después de esto?Fabiola comenzó a rascarse la cabeza, desesperada, negando con fuerza, mientras las lágrimas le rodaban por el rostro.Pasaron unos minutos. Fabiola se esforzó por tranquilizarse, se limpió las lágrimas y, aprovechando que él estaba en el baño, se incorporó despacio para recoger la ropa tirada por toda la habitación. Su blusa, que había costado doscientos pesos y que estrenaba esa noche, no había sobrevivido: solo quedaban dos mangas intactas.Eso la hizo sentir aún peor.En la mente de Fabiola, de pronto le vino a la memoria cómo, la noche anterior, se había lanzado sobre aquel hombre, rodeándole la cintura y pasando los brazos por su cuello para plantarle un beso ardiente...También le llegaron flashes de cómo él la había sujetado y desgarrado la ropa. De inmediato, una oleada de rubor le subió al rostro.Por más que intentara disimular, seguía siendo una chava inexperta, sin saber bien a bien cómo manejar lo que acababa de pasar.Tomó del suelo una camisa de hombre que, aunque le quedaba algo holgada, al menos le cubría. Se vistió rápido, agarró su celular y, tras sacar los tres billetes de cien pesos que tenía guardados en la funda, los dejó sobre la mesa. No quería que ese tipo la buscara después para reclamarle nada.Sin mirar atrás, salió huyendo del cuarto con una prisa desesperada, sin importarle nada más....El hombre salió del baño justo después. Sus ojos se posaron en la mancha roja sobre las sábanas blancas, y una sonrisa ladeada se le dibujó con descaro.Pero al girar, notó los tres billetes rojos en la mesa. ¿Así que lo habían tratado como si fuera un gigoló?Y ni siquiera uno caro, apenas esos trescientos pesos. El gesto se le endureció; el buen humor se le esfumó de golpe....Fabiola bajó las escaleras con pasos diminutos, casi arrastrando los pies. Al llegar a la calle, buscó una farmacia y, sin pensarlo, compró y tomó una pastilla de emergencia.Todavía sentía un dolor punzante, y la incertidumbre la carcomía. No sabía si ese tipo podría tener alguna enfermedad, y el miedo se apoderaba de ella.Tenía que hacerse un chequeo.Detuvo un taxi y pidió que la llevaran directo al Hospital Galaxia....Victoria, su mejor amiga, contestó la llamada con la voz baja y ansiosa:—Fabi, ¿qué pasó? ¿Por qué huiste así? Anoche te marqué y no contestabas. Emiliano se la pasó buscándote toda la noche.—Me equivoqué de cuarto... Me pasé con el alcohol y la regué feo. Siento que mi vida se acabó... —respondió Fabiola entre sollozos, la voz quebrada.Al escucharla tan decaída, Victoria sonrió con malicia.—Yo te dije que era el cuarto 616. ¿A cuál entraste tú?—¿616? Yo pensé que era el 91... Mejor ya no hablemos de eso, ya me fui del hotel.—¿Dónde estás ahorita? ¿Quieres que vaya por ti? —preguntó Victoria, fingiendo preocupación, pero en realidad muriéndose de curiosidad por saber con qué desconocido había estado Fabiola la noche anterior.—Estoy en el Hospital Galaxia. Si quieres, ven y hablamos —dijo Fabiola, sumida en culpa y angustia....Mientras tanto, en el cuarto 616, Victoria pasaba la noche enredada con Emiliano, el novio de Fabiola.La noche anterior, Victoria había sido la que le propuso a Fabiola que, aprovechando el cumpleaños de Emiliano, le diera su primera vez como regalo. La animó a tomar de más y, ya que estaba pasada de copas, le dijo el número de cuarto como si nada: 919.Sabía que las tarjetas de los cuartos 616 y 919 se parecían mucho, y apostó a que ese cuarto estaría ocupado; si no, tampoco le importaba. Lo importante era asegurarse de que nadie interrumpiera su noche con Emiliano.Los tres habían salido de la misma universidad. Victoria y Fabiola estudiaron diseño visual, y ambas se enamoraron de Emiliano, que era dos años mayor. Al final, Emiliano eligió a Fabiola....Hospital GalaxiaLa ginecóloga se dirigió a Fabiola con voz fuerte y sin filtro:—Estas muchachitas de ahora, no se miden nada. Se te hizo una pequeña herida, pero con un poco de pomada todo va a estar bien. Hasta que sane, trata de no pasarte con tu novio y, cuando ya estés bien, tengan más cuidado, ¿me oyes?Volvió a suspirar, entre resignada y burlona:—Con lo bonita que eres, ¿cómo que tu novio no sabe tratarte mejor?Fabiola no sabía si la doctora ya estaba acostumbrada a estas cosas o si nada más la estaba regañando por puro chisme.En el consultorio, solo una cortina azul separaba las tres camillas, así que la voz de la doctora resonaba por todo el espacio. Fabiola deseó que la tierra se la tragara. Jamás pensó que su primera visita al ginecólogo sería por algo así, y encima la exhibían a gritos.Salió de ahí cabizbaja y se sentó en una silla del pasillo a esperar los resultados....—Fabi, ¿cómo te fue? —preguntó Victoria al llegar al hospital.—Estoy esperando los resultados —respondió Fabiola, sin fuerzas, mirando al suelo.Victoria, por dentro, se relamía de gusto. Era obvio que Fabiola había perdido la virginidad la noche anterior y ya no era la misma de antes.—Tranquila, no va a pasar nada —dijo Victoria mientras le daba unas palmadas en el hombro y le preguntaba—: ¿Sabes quién era ese tipo?Fabiola, tapándose la cara con ambas manos, trataba de recordar. Ese hombre tenía la piel tan clara que parecía que nunca había trabajado bajo el sol, como si fuera alguien criado entre lujos, protegido de todo.—No lo sé, capaz que era un gigoló o algo así…Victoria no pudo evitar soltar una carcajada.—¡¿En serio tu primera vez se la diste a un gigoló?! Ja, ja, ja, ese tipo sí que tuvo suerte.Para Fabiola, era solo una broma entre amigas.Pero en el fondo, Victoria la miraba con un dejo de burla.—Ya no te rías. Antes me dijiste que cuando una hace esto por primera vez, se vuelve adicta y luego se quiere colgar, que después ya no quiere volver a intentarlo.Y además, ¡fue con un gigoló! Fabiola sentía que quería morirse.Encima, la ropa nueva que había comprado se arruinó, perdió dinero y todavía tuvo que gastar más en el doctor. Por dentro, Fabiola le echaba todas las maldiciones posibles a ese desgraciado.Lo peor era que no tenía idea de cómo iba a mirar a Emiliano a la cara.Con los ojos llenos de lágrimas, Fabiola miró suplicante a su amiga.—Vicky, tienes que ayudarme a guardar este secreto. Si Emiliano se entera, seguro que me deja.Después de tantos años de amistad, Fabiola confiaba en ella. Victoria había sido testigo de la montaña rusa entre Fabiola y Emiliano desde la universidad: peleas, reconciliaciones, idas y vueltas… Siempre que discutían, Victoria era la que intervenía, calmaba a ambos y los ayudaba a salir adelante....Al caer la noche, en la piscina de la casa principal.Un hombre nadaba con fuerza, cortando el agua con los brazos. Se movía con destreza, sumergiéndose y girando bajo el agua, hasta que, de pronto, se dejó hundir por completo en el fondo.Al final, remató con una brazada perfecta de estilo libre y salió del agua. Al llegar al borde, el agua goteaba por su cuerpo marcado.Hugo, el asistente, tomó la toalla que estaba sobre una silla y se la ofreció.Él la puso sobre sus hombros y, sin más, se recostó en una de las sillas junto a la piscina, relajándose bajo la brisa nocturna…Sebastián Figueroa. El heredero del Grupo Galaxia, nieto mayor de la familia Figueroa, treinta años y el empresario más joven en la lista de millonarios de Terranova.—Señor Figueroa, aquí está la información de la chica —anunció Hugo, entregándole unos documentos sobre la joven que había pasado la noche con él.Hugo explicó con voz seria:—Se llama Fabiola. Tiene veintitrés años. Se graduó de la Academia de Artes de Terranova, especializándose en diseño. Actualmente trabaja en la Empresa Clara, apenas lleva dos meses y es asistente en el área de atención al cliente.Había postulado para diseñadora, pero los jefes, al verla tan guapa, decidieron ponerla en atención a clientes para tratar con los clientes importantes.—Revisamos las cámaras. Anoche, Emiliano celebraba su cumpleaños en uno de los salones del segundo piso. Ella es su novia de la universidad. Parece que tomó de más y, confundida, entró por error a su habitación.¿Emiliano?Ahora entendía por qué la noche anterior ella había estado llamando ese nombre.¿La novia de su sobrino?Sebastián se pasó los dedos por los labios, recordando el sabor de la noche anterior.—¿Cuánto tiempo llevan juntos?Hugo, con una mirada de curiosidad, respondió:—Según lo que averigüé, llevan casi dos años. Pero… el señor Pastén no es precisamente fiel. Anoche, otra mujer entró a la habitación 616, que él había reservado, y se fueron juntos en la mañana.Sebastián soltó una risa irónica.—¡Esto sí que está bueno!Dos años de novios y, justo en su cumpleaños, la novia termina en la cama de su tío. Vaya historia.Sebastián hojeó los papeles, pensativo.—¿Quién fue el que me puso algo en la bebida?Hugo, con cautela, continuó:—Fue el señor Palacios… pero, en realidad, la copa era para él mismo. Usted la tomó por error.Sebastián frunció el ceño y soltó un suspiro de disgusto.Recordó la noche anterior, la fiesta con los amigos, el ambiente animado… Seguramente, entre el relajo, tomó la copa equivocada.Ese Hernán Palacios, siempre metido en problemas. Ya ni sabe divertirse sin ayudarse con esas cosas. Algún día iba a acabar mal.Por culpa de ese tipo, Sebastián terminó usado como gigoló, perdiendo la reputación que había mantenido intacta durante treinta años.Hugo dudó un momento antes de agregar:—Y… hay otra cosa…Sebastián lo miró con una dureza que helaba la sangre.—Habla.Hugo, esquivando la mirada de su jefe, se apresuró:—La señorita Serrano, después de salir del hotel, fue a comprar medicinas y luego pasó por el Hospital Galaxia para hacerse… pruebas de enfermedades contagiosas.Por lo menos pensó en cuidarse sola, así que Sebastián no tendría que encargarse de nada.Capítulo 2Suite presidencial 919.La cama enorme, suave y cómoda, se sentía como un refugio del mundo. En la habitación flotaba un aroma denso, cargado de intenciones que no se podían nombrar.Fabiola Serrano se acurrucaba, tímida, bajo las sábanas. Solo sentía, junto a ella, el calor de otro cuerpo. Buscó instintivamente la cercanía del hombre a su lado, y enseguida, detrás de ella, la pasión volvió a estallar.Fue una noche de enredos sin fin.Ahora, cada músculo le dolía, como si la hubieran lanzado unas cuantas veces sobre el hombro. Sus labios ardían, resentidos, como si los hubieran desgarrado. Hasta moverse le resultaba una hazaña.Había tomado varias copas de licor fuerte la noche anterior y la cabeza todavía le daba vueltas. Entrecerró los ojos, murmurando con voz ronca:—Ahora… ahora ya soy tuya, tienes que hacerte responsable de mí para siempre, ¿eh?El hombre, a su lado, soltó una risa entre dientes, seca, sin darle respuesta.Fabiola, fastidiada, se dio la vuelta. A través de la penumbra, sus ojos nublados intentaron enfocar…Apenas pudo distinguir el rostro del hombre.Sintió su mano cálida recorriendo su mejilla. Fabiola cerró los ojos, murmurando en voz baja:—Emiliano… ¿por qué no me contestas?De pronto, el aroma a cedro la envolvió, helado y profundo. Cuando él retiró la mano de su rostro, Fabiola frunció el ceño y lo sujetó con fuerza.—Emiliano, no te vayas… dime algo…¡De pronto, la habitación se llenó de luz!Dos ojos negros, tan intensos que parecían atravesarla, aparecieron frente a ella. El susto le despejó la mente de golpe.El hombre estaba ahí, con el torso desnudo, recostado de lado, el codo apoyado en la almohada. Su pecho era firme, su cuerpo sin rastro de grasa. Toda su postura desprendía un aire salvaje, como si disfrutara del juego.—¡Ah! Tú… ¿quién eres?Fabiola se quedó paralizada, abrazando la sábana con todas sus fuerzas, retrocediendo hasta donde pudo para poner distancia entre ellos.—Señorita, ¿ahora sí quiere hacerse la que no recuerda nada después de beber? ¿O no quiere asumir las consecuencias? —El hombre la miró con una sonrisa torcida, llena de picardía.Sus facciones parecían talladas a mano, profundas y marcadas. Aquellos ojos oscuros tenían una mirada tan profunda como el mar, y sus cejas, gruesas y rectas, parecían montañas.—¿Quién eres? Si no hablas, voy a llamar a la policía, ¡esto es abuso! —Fabiola sujetó la sábana con fuerza, sin atreverse a moverse, aterrada de quedar expuesta, y aún más de que él hiciera algo.—Señorita, ¡qué graciosa! Anoche fuiste tú la que se me lanzó encima. Yo soy un tipo normal, ¿cómo se suponía que iba a resistirme? Si llamas a la policía, el que sale perdiendo soy yo. ¡Hasta debería pedirte que me pagues los daños! —El hombre se inclinó hacia ella, su aliento tibio le rozó la oreja.¿Pagarte los daños? ¡Qué descaro!¿Que ella fue la que se le echó encima? Seguramente lo confundió con Emiliano Pastén.Rápido, Fabiola le puso una mano enfrente, tartamudeando, furiosa:—¿Qué… qué quieres de mí?—Eso depende de ti —contestó él, apartando la mirada y destapándose.Fabiola, con los ojos inyectados de rabia, gritó:—¡Tú fuiste el que se metió a mi cuarto! ¡Tú fuiste el que…—Señorita, ¿de verdad cree que esto es una habitación común? Esta es mi suite, la 919.Anoche, Victoria Fernández también le dijo que el cuarto era el 919. ¿Había escuchado mal por estar borracha?El hombre se levantó sin prisa, completamente desnudo, y caminó hacia el baño con paso firme, como si no le importara en lo más mínimo la presencia de una desconocida.¿Y ahora qué hacía? Todo era culpa suya por haberle hecho caso a su amiga Victoria, quien le insistió en que tomara para animarse a dar ese paso.¿Quién rayos era ese tipo?Listo, su primera vez había sido con un desconocido. ¿Emiliano todavía querría estar con ella después de esto?Fabiola comenzó a rascarse la cabeza, desesperada, negando con fuerza, mientras las lágrimas le rodaban por el rostro.Pasaron unos minutos. Fabiola se esforzó por tranquilizarse, se limpió las lágrimas y, aprovechando que él estaba en el baño, se incorporó despacio para recoger la ropa tirada por toda la habitación. Su blusa, que había costado doscientos pesos y que estrenaba esa noche, no había sobrevivido: solo quedaban dos mangas intactas.Eso la hizo sentir aún peor.En la mente de Fabiola, de pronto le vino a la memoria cómo, la noche anterior, se había lanzado sobre aquel hombre, rodeándole la cintura y pasando los brazos por su cuello para plantarle un beso ardiente...También le llegaron flashes de cómo él la había sujetado y desgarrado la ropa. De inmediato, una oleada de rubor le subió al rostro.Por más que intentara disimular, seguía siendo una chava inexperta, sin saber bien a bien cómo manejar lo que acababa de pasar.Tomó del suelo una camisa de hombre que, aunque le quedaba algo holgada, al menos le cubría. Se vistió rápido, agarró su celular y, tras sacar los tres billetes de cien pesos que tenía guardados en la funda, los dejó sobre la mesa. No quería que ese tipo la buscara después para reclamarle nada.Sin mirar atrás, salió huyendo del cuarto con una prisa desesperada, sin importarle nada más....El hombre salió del baño justo después. Sus ojos se posaron en la mancha roja sobre las sábanas blancas, y una sonrisa ladeada se le dibujó con descaro.Pero al girar, notó los tres billetes rojos en la mesa. ¿Así que lo habían tratado como si fuera un gigoló?Y ni siquiera uno caro, apenas esos trescientos pesos. El gesto se le endureció; el buen humor se le esfumó de golpe....Fabiola bajó las escaleras con pasos diminutos, casi arrastrando los pies. Al llegar a la calle, buscó una farmacia y, sin pensarlo, compró y tomó una pastilla de emergencia.Todavía sentía un dolor punzante, y la incertidumbre la carcomía. No sabía si ese tipo podría tener alguna enfermedad, y el miedo se apoderaba de ella.Tenía que hacerse un chequeo.Detuvo un taxi y pidió que la llevaran directo al Hospital Galaxia....Victoria, su mejor amiga, contestó la llamada con la voz baja y ansiosa:—Fabi, ¿qué pasó? ¿Por qué huiste así? Anoche te marqué y no contestabas. Emiliano se la pasó buscándote toda la noche.—Me equivoqué de cuarto... Me pasé con el alcohol y la regué feo. Siento que mi vida se acabó... —respondió Fabiola entre sollozos, la voz quebrada.Al escucharla tan decaída, Victoria sonrió con malicia.—Yo te dije que era el cuarto 616. ¿A cuál entraste tú?—¿616? Yo pensé que era el 91... Mejor ya no hablemos de eso, ya me fui del hotel.—¿Dónde estás ahorita? ¿Quieres que vaya por ti? —preguntó Victoria, fingiendo preocupación, pero en realidad muriéndose de curiosidad por saber con qué desconocido había estado Fabiola la noche anterior.—Estoy en el Hospital Galaxia. Si quieres, ven y hablamos —dijo Fabiola, sumida en culpa y angustia....Mientras tanto, en el cuarto 616, Victoria pasaba la noche enredada con Emiliano, el novio de Fabiola.La noche anterior, Victoria había sido la que le propuso a Fabiola que, aprovechando el cumpleaños de Emiliano, le diera su primera vez como regalo. La animó a tomar de más y, ya que estaba pasada de copas, le dijo el número de cuarto como si nada: 919.Sabía que las tarjetas de los cuartos 616 y 919 se parecían mucho, y apostó a que ese cuarto estaría ocupado; si no, tampoco le importaba. Lo importante era asegurarse de que nadie interrumpiera su noche con Emiliano.Los tres habían salido de la misma universidad. Victoria y Fabiola estudiaron diseño visual, y ambas se enamoraron de Emiliano, que era dos años mayor. Al final, Emiliano eligió a Fabiola....Hospital GalaxiaLa ginecóloga se dirigió a Fabiola con voz fuerte y sin filtro:—Estas muchachitas de ahora, no se miden nada. Se te hizo una pequeña herida, pero con un poco de pomada todo va a estar bien. Hasta que sane, trata de no pasarte con tu novio y, cuando ya estés bien, tengan más cuidado, ¿me oyes?Volvió a suspirar, entre resignada y burlona:—Con lo bonita que eres, ¿cómo que tu novio no sabe tratarte mejor?Fabiola no sabía si la doctora ya estaba acostumbrada a estas cosas o si nada más la estaba regañando por puro chisme.En el consultorio, solo una cortina azul separaba las tres camillas, así que la voz de la doctora resonaba por todo el espacio. Fabiola deseó que la tierra se la tragara. Jamás pensó que su primera visita al ginecólogo sería por algo así, y encima la exhibían a gritos.Salió de ahí cabizbaja y se sentó en una silla del pasillo a esperar los resultados....—Fabi, ¿cómo te fue? —preguntó Victoria al llegar al hospital.—Estoy esperando los resultados —respondió Fabiola, sin fuerzas, mirando al suelo.Victoria, por dentro, se relamía de gusto. Era obvio que Fabiola había perdido la virginidad la noche anterior y ya no era la misma de antes.—Tranquila, no va a pasar nada —dijo Victoria mientras le daba unas palmadas en el hombro y le preguntaba—: ¿Sabes quién era ese tipo?Fabiola, tapándose la cara con ambas manos, trataba de recordar. Ese hombre tenía la piel tan clara que parecía que nunca había trabajado bajo el sol, como si fuera alguien criado entre lujos, protegido de todo.—No lo sé, capaz que era un gigoló o algo así…Victoria no pudo evitar soltar una carcajada.—¡¿En serio tu primera vez se la diste a un gigoló?! Ja, ja, ja, ese tipo sí que tuvo suerte.Para Fabiola, era solo una broma entre amigas.Pero en el fondo, Victoria la miraba con un dejo de burla.—Ya no te rías. Antes me dijiste que cuando una hace esto por primera vez, se vuelve adicta y luego se quiere colgar, que después ya no quiere volver a intentarlo.Y además, ¡fue con un gigoló! Fabiola sentía que quería morirse.Encima, la ropa nueva que había comprado se arruinó, perdió dinero y todavía tuvo que gastar más en el doctor. Por dentro, Fabiola le echaba todas las maldiciones posibles a ese desgraciado.Lo peor era que no tenía idea de cómo iba a mirar a Emiliano a la cara.Con los ojos llenos de lágrimas, Fabiola miró suplicante a su amiga.—Vicky, tienes que ayudarme a guardar este secreto. Si Emiliano se entera, seguro que me deja.Después de tantos años de amistad, Fabiola confiaba en ella. Victoria había sido testigo de la montaña rusa entre Fabiola y Emiliano desde la universidad: peleas, reconciliaciones, idas y vueltas… Siempre que discutían, Victoria era la que intervenía, calmaba a ambos y los ayudaba a salir adelante....Al caer la noche, en la piscina de la casa principal.Un hombre nadaba con fuerza, cortando el agua con los brazos. Se movía con destreza, sumergiéndose y girando bajo el agua, hasta que, de pronto, se dejó hundir por completo en el fondo.Al final, remató con una brazada perfecta de estilo libre y salió del agua. Al llegar al borde, el agua goteaba por su cuerpo marcado.Hugo, el asistente, tomó la toalla que estaba sobre una silla y se la ofreció.Él la puso sobre sus hombros y, sin más, se recostó en una de las sillas junto a la piscina, relajándose bajo la brisa nocturna…Sebastián Figueroa. El heredero del Grupo Galaxia, nieto mayor de la familia Figueroa, treinta años y el empresario más joven en la lista de millonarios de Terranova.—Señor Figueroa, aquí está la información de la chica —anunció Hugo, entregándole unos documentos sobre la joven que había pasado la noche con él.Hugo explicó con voz seria:—Se llama Fabiola. Tiene veintitrés años. Se graduó de la Academia de Artes de Terranova, especializándose en diseño. Actualmente trabaja en la Empresa Clara, apenas lleva dos meses y es asistente en el área de atención al cliente.Había postulado para diseñadora, pero los jefes, al verla tan guapa, decidieron ponerla en atención a clientes para tratar con los clientes importantes.—Revisamos las cámaras. Anoche, Emiliano celebraba su cumpleaños en uno de los salones del segundo piso. Ella es su novia de la universidad. Parece que tomó de más y, confundida, entró por error a su habitación.¿Emiliano?Ahora entendía por qué la noche anterior ella había estado llamando ese nombre.¿La novia de su sobrino?Sebastián se pasó los dedos por los labios, recordando el sabor de la noche anterior.—¿Cuánto tiempo llevan juntos?Hugo, con una mirada de curiosidad, respondió:—Según lo que averigüé, llevan casi dos años. Pero… el señor Pastén no es precisamente fiel. Anoche, otra mujer entró a la habitación 616, que él había reservado, y se fueron juntos en la mañana.Sebastián soltó una risa irónica.—¡Esto sí que está bueno!Dos años de novios y, justo en su cumpleaños, la novia termina en la cama de su tío. Vaya historia.Sebastián hojeó los papeles, pensativo.—¿Quién fue el que me puso algo en la bebida?Hugo, con cautela, continuó:—Fue el señor Palacios… pero, en realidad, la copa era para él mismo. Usted la tomó por error.Sebastián frunció el ceño y soltó un suspiro de disgusto.Recordó la noche anterior, la fiesta con los amigos, el ambiente animado… Seguramente, entre el relajo, tomó la copa equivocada.Ese Hernán Palacios, siempre metido en problemas. Ya ni sabe divertirse sin ayudarse con esas cosas. Algún día iba a acabar mal.Por culpa de ese tipo, Sebastián terminó usado como gigoló, perdiendo la reputación que había mantenido intacta durante treinta años.Hugo dudó un momento antes de agregar:—Y… hay otra cosa…Sebastián lo miró con una dureza que helaba la sangre.—Habla.Hugo, esquivando la mirada de su jefe, se apresuró:—La señorita Serrano, después de salir del hotel, fue a comprar medicinas y luego pasó por el Hospital Galaxia para hacerse… pruebas de enfermedades contagiosas.Por lo menos pensó en cuidarse sola, así que Sebastián no tendría que encargarse de nada.Capítulo 3Suite presidencial 919.La cama enorme, suave y cómoda, se sentía como un refugio del mundo. En la habitación flotaba un aroma denso, cargado de intenciones que no se podían nombrar.Fabiola Serrano se acurrucaba, tímida, bajo las sábanas. Solo sentía, junto a ella, el calor de otro cuerpo. Buscó instintivamente la cercanía del hombre a su lado, y enseguida, detrás de ella, la pasión volvió a estallar.Fue una noche de enredos sin fin.Ahora, cada músculo le dolía, como si la hubieran lanzado unas cuantas veces sobre el hombro. Sus labios ardían, resentidos, como si los hubieran desgarrado. Hasta moverse le resultaba una hazaña.Había tomado varias copas de licor fuerte la noche anterior y la cabeza todavía le daba vueltas. Entrecerró los ojos, murmurando con voz ronca:—Ahora… ahora ya soy tuya, tienes que hacerte responsable de mí para siempre, ¿eh?El hombre, a su lado, soltó una risa entre dientes, seca, sin darle respuesta.Fabiola, fastidiada, se dio la vuelta. A través de la penumbra, sus ojos nublados intentaron enfocar…Apenas pudo distinguir el rostro del hombre.Sintió su mano cálida recorriendo su mejilla. Fabiola cerró los ojos, murmurando en voz baja:—Emiliano… ¿por qué no me contestas?De pronto, el aroma a cedro la envolvió, helado y profundo. Cuando él retiró la mano de su rostro, Fabiola frunció el ceño y lo sujetó con fuerza.—Emiliano, no te vayas… dime algo…¡De pronto, la habitación se llenó de luz!Dos ojos negros, tan intensos que parecían atravesarla, aparecieron frente a ella. El susto le despejó la mente de golpe.El hombre estaba ahí, con el torso desnudo, recostado de lado, el codo apoyado en la almohada. Su pecho era firme, su cuerpo sin rastro de grasa. Toda su postura desprendía un aire salvaje, como si disfrutara del juego.—¡Ah! Tú… ¿quién eres?Fabiola se quedó paralizada, abrazando la sábana con todas sus fuerzas, retrocediendo hasta donde pudo para poner distancia entre ellos.—Señorita, ¿ahora sí quiere hacerse la que no recuerda nada después de beber? ¿O no quiere asumir las consecuencias? —El hombre la miró con una sonrisa torcida, llena de picardía.Sus facciones parecían talladas a mano, profundas y marcadas. Aquellos ojos oscuros tenían una mirada tan profunda como el mar, y sus cejas, gruesas y rectas, parecían montañas.—¿Quién eres? Si no hablas, voy a llamar a la policía, ¡esto es abuso! —Fabiola sujetó la sábana con fuerza, sin atreverse a moverse, aterrada de quedar expuesta, y aún más de que él hiciera algo.—Señorita, ¡qué graciosa! Anoche fuiste tú la que se me lanzó encima. Yo soy un tipo normal, ¿cómo se suponía que iba a resistirme? Si llamas a la policía, el que sale perdiendo soy yo. ¡Hasta debería pedirte que me pagues los daños! —El hombre se inclinó hacia ella, su aliento tibio le rozó la oreja.¿Pagarte los daños? ¡Qué descaro!¿Que ella fue la que se le echó encima? Seguramente lo confundió con Emiliano Pastén.Rápido, Fabiola le puso una mano enfrente, tartamudeando, furiosa:—¿Qué… qué quieres de mí?—Eso depende de ti —contestó él, apartando la mirada y destapándose.Fabiola, con los ojos inyectados de rabia, gritó:—¡Tú fuiste el que se metió a mi cuarto! ¡Tú fuiste el que…—Señorita, ¿de verdad cree que esto es una habitación común? Esta es mi suite, la 919.Anoche, Victoria Fernández también le dijo que el cuarto era el 919. ¿Había escuchado mal por estar borracha?El hombre se levantó sin prisa, completamente desnudo, y caminó hacia el baño con paso firme, como si no le importara en lo más mínimo la presencia de una desconocida.¿Y ahora qué hacía? Todo era culpa suya por haberle hecho caso a su amiga Victoria, quien le insistió en que tomara para animarse a dar ese paso.¿Quién rayos era ese tipo?Listo, su primera vez había sido con un desconocido. ¿Emiliano todavía querría estar con ella después de esto?Fabiola comenzó a rascarse la cabeza, desesperada, negando con fuerza, mientras las lágrimas le rodaban por el rostro.Pasaron unos minutos. Fabiola se esforzó por tranquilizarse, se limpió las lágrimas y, aprovechando que él estaba en el baño, se incorporó despacio para recoger la ropa tirada por toda la habitación. Su blusa, que había costado doscientos pesos y que estrenaba esa noche, no había sobrevivido: solo quedaban dos mangas intactas.Eso la hizo sentir aún peor.En la mente de Fabiola, de pronto le vino a la memoria cómo, la noche anterior, se había lanzado sobre aquel hombre, rodeándole la cintura y pasando los brazos por su cuello para plantarle un beso ardiente...También le llegaron flashes de cómo él la había sujetado y desgarrado la ropa. De inmediato, una oleada de rubor le subió al rostro.Por más que intentara disimular, seguía siendo una chava inexperta, sin saber bien a bien cómo manejar lo que acababa de pasar.Tomó del suelo una camisa de hombre que, aunque le quedaba algo holgada, al menos le cubría. Se vistió rápido, agarró su celular y, tras sacar los tres billetes de cien pesos que tenía guardados en la funda, los dejó sobre la mesa. No quería que ese tipo la buscara después para reclamarle nada.Sin mirar atrás, salió huyendo del cuarto con una prisa desesperada, sin importarle nada más....El hombre salió del baño justo después. Sus ojos se posaron en la mancha roja sobre las sábanas blancas, y una sonrisa ladeada se le dibujó con descaro.Pero al girar, notó los tres billetes rojos en la mesa. ¿Así que lo habían tratado como si fuera un gigoló?Y ni siquiera uno caro, apenas esos trescientos pesos. El gesto se le endureció; el buen humor se le esfumó de golpe....Fabiola bajó las escaleras con pasos diminutos, casi arrastrando los pies. Al llegar a la calle, buscó una farmacia y, sin pensarlo, compró y tomó una pastilla de emergencia.Todavía sentía un dolor punzante, y la incertidumbre la carcomía. No sabía si ese tipo podría tener alguna enfermedad, y el miedo se apoderaba de ella.Tenía que hacerse un chequeo.Detuvo un taxi y pidió que la llevaran directo al Hospital Galaxia....Victoria, su mejor amiga, contestó la llamada con la voz baja y ansiosa:—Fabi, ¿qué pasó? ¿Por qué huiste así? Anoche te marqué y no contestabas. Emiliano se la pasó buscándote toda la noche.—Me equivoqué de cuarto... Me pasé con el alcohol y la regué feo. Siento que mi vida se acabó... —respondió Fabiola entre sollozos, la voz quebrada.Al escucharla tan decaída, Victoria sonrió con malicia.—Yo te dije que era el cuarto 616. ¿A cuál entraste tú?—¿616? Yo pensé que era el 91... Mejor ya no hablemos de eso, ya me fui del hotel.—¿Dónde estás ahorita? ¿Quieres que vaya por ti? —preguntó Victoria, fingiendo preocupación, pero en realidad muriéndose de curiosidad por saber con qué desconocido había estado Fabiola la noche anterior.—Estoy en el Hospital Galaxia. Si quieres, ven y hablamos —dijo Fabiola, sumida en culpa y angustia....Mientras tanto, en el cuarto 616, Victoria pasaba la noche enredada con Emiliano, el novio de Fabiola.La noche anterior, Victoria había sido la que le propuso a Fabiola que, aprovechando el cumpleaños de Emiliano, le diera su primera vez como regalo. La animó a tomar de más y, ya que estaba pasada de copas, le dijo el número de cuarto como si nada: 919.Sabía que las tarjetas de los cuartos 616 y 919 se parecían mucho, y apostó a que ese cuarto estaría ocupado; si no, tampoco le importaba. Lo importante era asegurarse de que nadie interrumpiera su noche con Emiliano.Los tres habían salido de la misma universidad. Victoria y Fabiola estudiaron diseño visual, y ambas se enamoraron de Emiliano, que era dos años mayor. Al final, Emiliano eligió a Fabiola....Hospital GalaxiaLa ginecóloga se dirigió a Fabiola con voz fuerte y sin filtro:—Estas muchachitas de ahora, no se miden nada. Se te hizo una pequeña herida, pero con un poco de pomada todo va a estar bien. Hasta que sane, trata de no pasarte con tu novio y, cuando ya estés bien, tengan más cuidado, ¿me oyes?Volvió a suspirar, entre resignada y burlona:—Con lo bonita que eres, ¿cómo que tu novio no sabe tratarte mejor?Fabiola no sabía si la doctora ya estaba acostumbrada a estas cosas o si nada más la estaba regañando por puro chisme.En el consultorio, solo una cortina azul separaba las tres camillas, así que la voz de la doctora resonaba por todo el espacio. Fabiola deseó que la tierra se la tragara. Jamás pensó que su primera visita al ginecólogo sería por algo así, y encima la exhibían a gritos.Salió de ahí cabizbaja y se sentó en una silla del pasillo a esperar los resultados....—Fabi, ¿cómo te fue? —preguntó Victoria al llegar al hospital.—Estoy esperando los resultados —respondió Fabiola, sin fuerzas, mirando al suelo.Victoria, por dentro, se relamía de gusto. Era obvio que Fabiola había perdido la virginidad la noche anterior y ya no era la misma de antes.—Tranquila, no va a pasar nada —dijo Victoria mientras le daba unas palmadas en el hombro y le preguntaba—: ¿Sabes quién era ese tipo?Fabiola, tapándose la cara con ambas manos, trataba de recordar. Ese hombre tenía la piel tan clara que parecía que nunca había trabajado bajo el sol, como si fuera alguien criado entre lujos, protegido de todo.—No lo sé, capaz que era un gigoló o algo así…Victoria no pudo evitar soltar una carcajada.—¡¿En serio tu primera vez se la diste a un gigoló?! Ja, ja, ja, ese tipo sí que tuvo suerte.Para Fabiola, era solo una broma entre amigas.Pero en el fondo, Victoria la miraba con un dejo de burla.—Ya no te rías. Antes me dijiste que cuando una hace esto por primera vez, se vuelve adicta y luego se quiere colgar, que después ya no quiere volver a intentarlo.Y además, ¡fue con un gigoló! Fabiola sentía que quería morirse.Encima, la ropa nueva que había comprado se arruinó, perdió dinero y todavía tuvo que gastar más en el doctor. Por dentro, Fabiola le echaba todas las maldiciones posibles a ese desgraciado.Lo peor era que no tenía idea de cómo iba a mirar a Emiliano a la cara.Con los ojos llenos de lágrimas, Fabiola miró suplicante a su amiga.—Vicky, tienes que ayudarme a guardar este secreto. Si Emiliano se entera, seguro que me deja.Después de tantos años de amistad, Fabiola confiaba en ella. Victoria había sido testigo de la montaña rusa entre Fabiola y Emiliano desde la universidad: peleas, reconciliaciones, idas y vueltas… Siempre que discutían, Victoria era la que intervenía, calmaba a ambos y los ayudaba a salir adelante....Al caer la noche, en la piscina de la casa principal.Un hombre nadaba con fuerza, cortando el agua con los brazos. Se movía con destreza, sumergiéndose y girando bajo el agua, hasta que, de pronto, se dejó hundir por completo en el fondo.Al final, remató con una brazada perfecta de estilo libre y salió del agua. Al llegar al borde, el agua goteaba por su cuerpo marcado.Hugo, el asistente, tomó la toalla que estaba sobre una silla y se la ofreció.Él la puso sobre sus hombros y, sin más, se recostó en una de las sillas junto a la piscina, relajándose bajo la brisa nocturna…Sebastián Figueroa. El heredero del Grupo Galaxia, nieto mayor de la familia Figueroa, treinta años y el empresario más joven en la lista de millonarios de Terranova.—Señor Figueroa, aquí está la información de la chica —anunció Hugo, entregándole unos documentos sobre la joven que había pasado la noche con él.Hugo explicó con voz seria:—Se llama Fabiola. Tiene veintitrés años. Se graduó de la Academia de Artes de Terranova, especializándose en diseño. Actualmente trabaja en la Empresa Clara, apenas lleva dos meses y es asistente en el área de atención al cliente.Había postulado para diseñadora, pero los jefes, al verla tan guapa, decidieron ponerla en atención a clientes para tratar con los clientes importantes.—Revisamos las cámaras. Anoche, Emiliano celebraba su cumpleaños en uno de los salones del segundo piso. Ella es su novia de la universidad. Parece que tomó de más y, confundida, entró por error a su habitación.¿Emiliano?Ahora entendía por qué la noche anterior ella había estado llamando ese nombre.¿La novia de su sobrino?Sebastián se pasó los dedos por los labios, recordando el sabor de la noche anterior.—¿Cuánto tiempo llevan juntos?Hugo, con una mirada de curiosidad, respondió:—Según lo que averigüé, llevan casi dos años. Pero… el señor Pastén no es precisamente fiel. Anoche, otra mujer entró a la habitación 616, que él había reservado, y se fueron juntos en la mañana.Sebastián soltó una risa irónica.—¡Esto sí que está bueno!Dos años de novios y, justo en su cumpleaños, la novia termina en la cama de su tío. Vaya historia.Sebastián hojeó los papeles, pensativo.—¿Quién fue el que me puso algo en la bebida?Hugo, con cautela, continuó:—Fue el señor Palacios… pero, en realidad, la copa era para él mismo. Usted la tomó por error.Sebastián frunció el ceño y soltó un suspiro de disgusto.Recordó la noche anterior, la fiesta con los amigos, el ambiente animado… Seguramente, entre el relajo, tomó la copa equivocada.Ese Hernán Palacios, siempre metido en problemas. Ya ni sabe divertirse sin ayudarse con esas cosas. Algún día iba a acabar mal.Por culpa de ese tipo, Sebastián terminó usado como gigoló, perdiendo la reputación que había mantenido intacta durante treinta años.Hugo dudó un momento antes de agregar:—Y… hay otra cosa…Sebastián lo miró con una dureza que helaba la sangre.—Habla.Hugo, esquivando la mirada de su jefe, se apresuró:—La señorita Serrano, después de salir del hotel, fue a comprar medicinas y luego pasó por el Hospital Galaxia para hacerse… pruebas de enfermedades contagiosas.Por lo menos pensó en cuidarse sola, así que Sebastián no tendría que encargarse de nada.