Capítulo 1Delfina Roldán fue secuestrada.Al abrir los ojos, sintió un dolor punzante en la palma de su mano derecha. Una bota llena de lodo la aplastaba con fuerza.Media hora antes, mientras regresaba manejando a casa, los frenos de su carro fallaron y terminó estrellándose en la carretera.Todavía aturdida por el golpe, un grupo de desconocidos la sacó a la fuerza del carro y la llevó a un sitio de construcción abandonado.—¿Quiénes son ustedes? ¡Por lo menos déjenme saber por qué me van a matar!En ese momento, alguien la sujetaba tan fuerte que ni siquiera podía levantar la cabeza. Hablaba temblorosa, el miedo le apretaba la garganta.Un hombre se inclinó hacia ella. Llevaba puesta una gorra, pero Delfina alcanzó a ver sus ojos bajo la visera, oscuros y llenos de amenaza.El tipo recogió una barra de acero oxidada del suelo.—Dra. Delfina, nosotros no matamos ni quemamos nada. Solo nos pagaron por tu mano derecha. Nada personal, para que te quede claro.Delfina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Era cirujana, y si le destruían la mano, su carrera terminaría ahí mismo.—No está mal, tienes buena pinta... pero qué lástima, porque de aquí en adelante vas a quedar inútil —murmuró el hombre, apretándole la mejilla con sus dedos ásperos.Delfina fijó la vista en la barra de acero, brillante y amenazante bajo la luz. Si ese golpe caía sobre su mano, su vida se volvería un infierno. No podía dejar que todo terminara así, sin razón ni sentido.—¿Cuánto quieren? Mi… mi exnovio tiene dinero. Él es Jonás, Jonás Parra. Déjenme llamarlo, lo que pidan él se los puede pagar.—¿La familia Parra? —El secuestrador se quedó pensando, como si no creyera que esa muchacha temblorosa tuviera a alguien así de su lado. Finalmente apartó el pie de su mano y se sentó en una silla cercana, haciendo una señal para que los otros dos la soltaran.Por fin, Delfina pudo incorporarse, temblando de pies a cabeza.El hombre sacó su celular y le indicó que dictara el número.—Ciento treinta y tres… tres dos siete… no, espera, es tres cinco siete…—No te hagas la lista —gruñó el hombre, perdiendo la paciencia.—Es que… ya ni me acuerdo, hace tanto que terminamos… —balbuceó, fingiendo nerviosismo mientras seguía diciendo cifras despacio—: Ciento treinta y tres, tres cinco siete…El hombre bajó la cabeza para marcar. En ese instante, Delfina agarró un ladrillo del suelo y, usando hasta la última gota de fuerza, se lo estrelló en la cabeza.Escuchó cómo el tipo maldecía y los otros dos corrieron a ver cómo estaba.Su mano se quedó entumida por el golpe, pero la mente se le despejó como pocas veces en su vida. Aprovechó para salir corriendo sin mirar atrás.Sabía que solo tenía una oportunidad. Si lograba escapar, tal vez se salvaría.—¡¿Qué esperan?! ¡Atrápenla, no dejen que se largue!...La lluvia empapó a Delfina de pies a cabeza.No tenía idea de adónde ir; solo corría directo hacia donde veía luz en la oscuridad. El suelo del terreno estaba lleno de piedras, pero no le importó, siguió corriendo con todas sus fuerzas.De pronto, pudo distinguir claramente el origen de aquella luz: un carro, estacionado en medio del aguacero, con los faros encendidos y un aire de lujo que desentonaba por completo con el abandono de la zona.Delfina ni siquiera pudo preguntarse qué hacía un carro así en un lugar tan desolado. El esfuerzo por respirar le raspaba la garganta y el pecho le ardía como si se le fuera a romper.Estaba cada vez más cerca de la salvación… solo faltaban unos cuantos pasos.De repente, tropezó con una piedra y cayó de lleno al suelo.A sus espaldas, los pasos de los secuestradores resonaban cada vez más cerca. Miró hacia atrás y vio sus siluetas acercándose, con el corazón latiéndole tan fuerte que casi podía oírlo.Fijó la mirada en el carro frente a ella, aferrándose a esa última esperanza…Fue entonces cuando el carro por fin se movió. Se abrieron las puertas del conductor y el copiloto, y dos figuras bajaron al mismo tiempo.Delfina, temblando, les gritó:—¡Ayúdenme, por favor!El hombre que salió del copiloto ni siquiera se dignó a mirarla. Abrió un paraguas y luego la puerta trasera del carro.Lo primero que Delfina vio fueron unos zapatos de charol impecables. Gotitas de agua salpicaron el cuero reluciente, manchándolos con barro.Alzó la vista, entre la lluvia, y sus ojos se toparon con un rostro desconocido pero extrañamente familiar.Era el verdadero heredero de la familia Parra: Jonás Parra.Solo lo había visto una vez, cuando era novia de Hugo Parra, el hijo ilegítimo de la familia.Los secuestradores estaban a punto de alcanzarla. Sin pensarlo, Delfina se arrastró y se aferró al pantalón de Jonás.—Por favor… ayúdame…Jonás, todavía bajo el paraguas que sostenía su guardaespaldas, se limitó a apartarla con la punta del zapato.—¿Y por qué habría de hacerlo?Su voz sonaba tan distante que rayaba en la crueldad. Aun así, para Delfina, él era su única esperanza.Ella apretó los dientes.—Sr. Jonás, si me salva… haré lo que usted me pida.Él apenas soltó una risita, como si se burlara de sus palabras.Jonás se agachó, sosteniéndose con elegancia, y levantó su barbilla con un dedo, examinando su cara con desdén y un brillo burlón en la mirada.Delfina, sin esperarlo, se encontró perdida en aquellos ojos tan intensos, en los que se mezclaba el desprecio y un interés frío.—Entonces debes saber que yo no soy como Hugo. Yo no tengo ese lado suave.La voz de Delfina tembló.—Solo… solo quiero salir de aquí, como sea.Ya en ese punto, ¿qué más daba?Jonás le dio una palmada en la mejilla y se incorporó, entrecerrando los ojos hacia los tres hombres que ya estaban a solo unos pasos, sin mostrar el menor temor.—Benjamín, ¿puedes con estos tres o no?Le hablaba a su guardaespaldas con la misma tranquilidad con la que uno pregunta por el clima.—Claro.El hombre, callado y serio, le entregó el paraguas al chofer, se frotó las manos y sin titubear se lanzó bajo la lluvia.Delfina estaba sentada en el asiento trasero del carro, envuelta en una toalla. Aunque el aire acondicionado estaba encendido, no podía dejar de temblar. Sentía el frío calándose hasta los huesos, como si el susto y la humedad se hubieran apoderado de su cuerpo.Al poco rato, el sonido de las sirenas de una patrulla rompió el silencio. Por fin, ese episodio tan absurdo y aterrador llegaba a su fin. Estaba a salvo.El espacio trasero del Bentley era amplio, pero la presencia del hombre a su lado se sentía abrumadora. No importaba cuánto intentara apartar la vista, el aura de Jonás lo llenaba todo.Al principio, Jonás ni siquiera la miró. Su atención estaba fija en un rincón discreto fuera de la ventana. Observó la placa de un carro estacionado, y en sus ojos asomó una ligera sonrisa, apenas perceptible.—Arranca —ordenó, su voz serena y controlada.El chofer obedeció y el carro se alejó de esa zona plagada de problemas.Jonás por fin giró hacia ella.—¿Sabes con quién te metiste?—Creo que sí.—¿Quién? —preguntó, con un dejo de interés genuino en la mirada.—La prometida de Hugo.—Nada mal —reconoció Jonás, asintiendo.Delfina repasó mentalmente los sucesos recientes. En su departamento de alquiler, había oído golpes extraños en la puerta por las noches. En el hospital donde trabajaba, familiares de pacientes la buscaban para discutir sin motivo alguno. Hasta mensajes de amenaza había recibido. Todo parecía señal de advertencia.Y pensar que su carro acababa de salir del taller. ¿Cómo podía fallar el freno así de pronto?No tenía enemigos, al menos no de los que pudiera recordar. Si acaso, lo único que había hecho era convertirse en una molestia para quienes querían sacarla de la ciudad.Delfina bajó la mirada, intentando ocultar la tristeza que la invadía. No dijo nada.Había conocido a Hugo desde niños. Cuando eran pequeños, él le prometió que algún día se casaría con ella. Ella, ingenuamente, creyó que estarían juntos para siempre. Pero las cosas cambiaron. Hugo cambió....Durante el trayecto, Delfina no preguntó a dónde iban. No hacía falta. Jonás no era de esos que ayudan por pura bondad. Siempre pedía algo a cambio.Finalmente llegaron al destino.Villas del Cielo y Agua. La colonia más exclusiva de la ciudad, donde solo vivía la gente que había nacido con todo. Se decía que si no nacías en una de esas casas, jamás tendrías una propia. Y ahora, Delfina estaba ahí, en un mundo que no le pertenecía.Se bañó en el cuarto de baño. Cuando salió, lo primero que vio fue a Jonás, medio recostado en el sofá.Su cabello aún goteaba. Llevaba puesta una camisa blanca, demasiado grande para su cuerpo, que le quedaba a la altura de los muslos. No era difícil imaginar que había batas en ese lugar, pero él solo le había dejado esa camisa. Lo había hecho a propósito.—Ven acá —ordenó Jonás, sin levantar la voz.Delfina obedeció y se acercó.Jonás llevaba puesta solo una camisa blanca, con tres botones desabrochados y las mangas arremangadas. Estaba recostado de forma despreocupada, pero su mirada sobre ella era tan fija que la hacía sentir expuesta. La luz del cuarto iluminaba su rostro, permitiéndole a Delfina ver cada detalle.Tenía la frente prominente, ojos alargados y profundos, y la curva de sus párpados le daba un aire de autoridad. Sin necesidad de entrecerrar los ojos, su mirada bastaba para intimidar.Jonás habló de nuevo.—Quítatela.Delfina se quedó mirando esos ojos intensos. Parecía que no podía aceptar esa orden, pero solo titubeó un momento. Luego, se quitó la camisa, la única prenda que tenía.Estaba completamente desnuda frente a él. El calor de la vergüenza la hacía arder por dentro. Sentía la piel ardiendo bajo su mirada.Su piel, muy clara, resaltaba aún más bajo la luz. El cabello mojado le caía sobre los hombros. Tenía algunos moretones en las piernas, lo que la hacía ver aún más frágil, casi indefensa.Jonás se levantó del sofá y caminó alrededor de ella. Le puso una mano en el cuello, como si la examinara.Era imposible negar que era una mujer hermosa.—¿Por qué Hugo no te quiso? —preguntó Jonás, apretando suavemente su cuello.Delfina sentía que la piel le quemaba donde él la tocaba. Respondió en voz baja:—Solo soy una persona común. Él es el hijo ilegítimo de la familia Parra. Es normal que busque una oportunidad para subir de nivel.Jonás se inclinó, sus labios rozando la mejilla de Delfina. Su voz sonó profunda, casi como una caricia.—¿Ya te acostaste con él?—No.Sintió la risa de Jonás junto a su oído. Entonces él habló, despacio, con tono burlón:—Si él no te quiere, yo sí. Total, yo no necesito usar a una mujer para conseguir lo que quiero.Jonás decía que no era nada tierno, y la verdad, tenía toda la razón.A Delfina casi se le escapaban las lágrimas del dolor, pero cuando recordó la angustia de la noche anterior y la sensación de haber sobrevivido, sintió que, en comparación, eso no era nada.La luz seguía encendida. Esos ojos tan profundos de Jonás parecían arder, fijos en su cara una y otra vez, como si no se cansara de mirarla.Tal vez era porque su mirada tenía algo tan suave, tan distinto, que por un instante Delfina pensó que, a través de ella, él estaba viendo a otra persona.Porque en lo que hacía, no había ni una pizca de dulzura.Ella lo miró también, estudiando de cerca los rasgos de ese hombre. Aunque Jonás y Hugo compartían padre, eran hermanos, no se parecían en absoluto.Él notó que Delfina se quedaba ida, y con esos dedos largos sostuvo su barbilla, hablando con voz grave:—¿En qué andas pensando?—En que no te pareces a Hugo —contestó Delfina, diciendo lo primero que le vino a la mente.Al escucharla, Jonás guardó silencio unos segundos. Una mueca dura, casi de burla, se dibujó en sus labios.—¿Quieres problemas o qué?Los hombres tienen ese instinto tan marcado de querer ser los únicos. Y ella, justo en una situación como esa, mencionando a otro, era como pisarle el terreno. No era cuestión de cariño, era puro orgullo.Y Delfina pagó el precio.Uno bastante alto....El reloj biológico de Delfina la despertó apenas amaneció, eran las seis cincuenta de la mañana.Al abrir los ojos, lo primero que sintió fue el cuerpo adolorido. Por unos segundos, su mente quedó en blanco, preguntándose cómo había terminado en ese lugar tan desconocido.Pero poco a poco, los recuerdos caóticos de la noche anterior comenzaron a encajar y todo volvió a su memoria.Uno: había sido secuestrada. No tenía claro quién estaba detrás, pero seguro tenía que ver con su exnovio.Dos: alguien la salvó. Bueno, en realidad, ella le pidió a alguien que la salvara, justo el hermano de su exnovio, aunque solo compartían padre.De repente, un brazo rodeó su cintura y la sacó de sus pensamientos. El cuerpo de Jonás, más cálido que el suyo, hizo que los recuerdos de la noche se agolparan en su cabeza.Delfina despertó por completo.—¿Ya tan temprano despierta? —preguntó Jonás, su voz grave y un poco ronca, típica de la mañana.A la luz tenue del amanecer, Delfina pudo ver de cerca la cara de Jonás. Él ni siquiera había abierto los ojos, apenas fruncía el ceño, como si le molestara que lo hubieran despertado.—Tengo que ir a trabajar...Era jueves, día laboral, y ella ni siquiera había pedido permiso.Por un momento, el silencio se hizo pesado.Después de esa pausa incómoda, escuchó cómo Jonás soltaba una risa baja, con un tono tan burlón y despectivo que le quedó marcado en la memoria....A las siete y cuarto, Delfina ya había terminado de desayunar.De pronto, —¡plaf!—, unas llaves de carro cayeron sobre la mesa frente a ella.Delfina levantó la mirada, confundida.Jonás, todavía en pijama negra, se apoyaba con desgano en la mesa, mirándola desde arriba con ese aire de quien tiene el control de todo.—Escoge uno para irte a trabajar.Su carro había sido remolcado la noche anterior, así que ahora, viendo las llaves frente a ella, no supo cuál tomar.Ninguno era económico.Jonás la observó unos segundos más, con una voz despreocupada:—Ayer casi te matan, te secuestraron, ¿y en tu casa nadie te anda buscando?—Las cosas en mi casa son un lío, a nadie le importa lo que me pase.Capítulo 2Delfina Roldán fue secuestrada.Al abrir los ojos, sintió un dolor punzante en la palma de su mano derecha. Una bota llena de lodo la aplastaba con fuerza.Media hora antes, mientras regresaba manejando a casa, los frenos de su carro fallaron y terminó estrellándose en la carretera.Todavía aturdida por el golpe, un grupo de desconocidos la sacó a la fuerza del carro y la llevó a un sitio de construcción abandonado.—¿Quiénes son ustedes? ¡Por lo menos déjenme saber por qué me van a matar!En ese momento, alguien la sujetaba tan fuerte que ni siquiera podía levantar la cabeza. Hablaba temblorosa, el miedo le apretaba la garganta.Un hombre se inclinó hacia ella. Llevaba puesta una gorra, pero Delfina alcanzó a ver sus ojos bajo la visera, oscuros y llenos de amenaza.El tipo recogió una barra de acero oxidada del suelo.—Dra. Delfina, nosotros no matamos ni quemamos nada. Solo nos pagaron por tu mano derecha. Nada personal, para que te quede claro.Delfina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Era cirujana, y si le destruían la mano, su carrera terminaría ahí mismo.—No está mal, tienes buena pinta... pero qué lástima, porque de aquí en adelante vas a quedar inútil —murmuró el hombre, apretándole la mejilla con sus dedos ásperos.Delfina fijó la vista en la barra de acero, brillante y amenazante bajo la luz. Si ese golpe caía sobre su mano, su vida se volvería un infierno. No podía dejar que todo terminara así, sin razón ni sentido.—¿Cuánto quieren? Mi… mi exnovio tiene dinero. Él es Jonás, Jonás Parra. Déjenme llamarlo, lo que pidan él se los puede pagar.—¿La familia Parra? —El secuestrador se quedó pensando, como si no creyera que esa muchacha temblorosa tuviera a alguien así de su lado. Finalmente apartó el pie de su mano y se sentó en una silla cercana, haciendo una señal para que los otros dos la soltaran.Por fin, Delfina pudo incorporarse, temblando de pies a cabeza.El hombre sacó su celular y le indicó que dictara el número.—Ciento treinta y tres… tres dos siete… no, espera, es tres cinco siete…—No te hagas la lista —gruñó el hombre, perdiendo la paciencia.—Es que… ya ni me acuerdo, hace tanto que terminamos… —balbuceó, fingiendo nerviosismo mientras seguía diciendo cifras despacio—: Ciento treinta y tres, tres cinco siete…El hombre bajó la cabeza para marcar. En ese instante, Delfina agarró un ladrillo del suelo y, usando hasta la última gota de fuerza, se lo estrelló en la cabeza.Escuchó cómo el tipo maldecía y los otros dos corrieron a ver cómo estaba.Su mano se quedó entumida por el golpe, pero la mente se le despejó como pocas veces en su vida. Aprovechó para salir corriendo sin mirar atrás.Sabía que solo tenía una oportunidad. Si lograba escapar, tal vez se salvaría.—¡¿Qué esperan?! ¡Atrápenla, no dejen que se largue!...La lluvia empapó a Delfina de pies a cabeza.No tenía idea de adónde ir; solo corría directo hacia donde veía luz en la oscuridad. El suelo del terreno estaba lleno de piedras, pero no le importó, siguió corriendo con todas sus fuerzas.De pronto, pudo distinguir claramente el origen de aquella luz: un carro, estacionado en medio del aguacero, con los faros encendidos y un aire de lujo que desentonaba por completo con el abandono de la zona.Delfina ni siquiera pudo preguntarse qué hacía un carro así en un lugar tan desolado. El esfuerzo por respirar le raspaba la garganta y el pecho le ardía como si se le fuera a romper.Estaba cada vez más cerca de la salvación… solo faltaban unos cuantos pasos.De repente, tropezó con una piedra y cayó de lleno al suelo.A sus espaldas, los pasos de los secuestradores resonaban cada vez más cerca. Miró hacia atrás y vio sus siluetas acercándose, con el corazón latiéndole tan fuerte que casi podía oírlo.Fijó la mirada en el carro frente a ella, aferrándose a esa última esperanza…Fue entonces cuando el carro por fin se movió. Se abrieron las puertas del conductor y el copiloto, y dos figuras bajaron al mismo tiempo.Delfina, temblando, les gritó:—¡Ayúdenme, por favor!El hombre que salió del copiloto ni siquiera se dignó a mirarla. Abrió un paraguas y luego la puerta trasera del carro.Lo primero que Delfina vio fueron unos zapatos de charol impecables. Gotitas de agua salpicaron el cuero reluciente, manchándolos con barro.Alzó la vista, entre la lluvia, y sus ojos se toparon con un rostro desconocido pero extrañamente familiar.Era el verdadero heredero de la familia Parra: Jonás Parra.Solo lo había visto una vez, cuando era novia de Hugo Parra, el hijo ilegítimo de la familia.Los secuestradores estaban a punto de alcanzarla. Sin pensarlo, Delfina se arrastró y se aferró al pantalón de Jonás.—Por favor… ayúdame…Jonás, todavía bajo el paraguas que sostenía su guardaespaldas, se limitó a apartarla con la punta del zapato.—¿Y por qué habría de hacerlo?Su voz sonaba tan distante que rayaba en la crueldad. Aun así, para Delfina, él era su única esperanza.Ella apretó los dientes.—Sr. Jonás, si me salva… haré lo que usted me pida.Él apenas soltó una risita, como si se burlara de sus palabras.Jonás se agachó, sosteniéndose con elegancia, y levantó su barbilla con un dedo, examinando su cara con desdén y un brillo burlón en la mirada.Delfina, sin esperarlo, se encontró perdida en aquellos ojos tan intensos, en los que se mezclaba el desprecio y un interés frío.—Entonces debes saber que yo no soy como Hugo. Yo no tengo ese lado suave.La voz de Delfina tembló.—Solo… solo quiero salir de aquí, como sea.Ya en ese punto, ¿qué más daba?Jonás le dio una palmada en la mejilla y se incorporó, entrecerrando los ojos hacia los tres hombres que ya estaban a solo unos pasos, sin mostrar el menor temor.—Benjamín, ¿puedes con estos tres o no?Le hablaba a su guardaespaldas con la misma tranquilidad con la que uno pregunta por el clima.—Claro.El hombre, callado y serio, le entregó el paraguas al chofer, se frotó las manos y sin titubear se lanzó bajo la lluvia.Delfina estaba sentada en el asiento trasero del carro, envuelta en una toalla. Aunque el aire acondicionado estaba encendido, no podía dejar de temblar. Sentía el frío calándose hasta los huesos, como si el susto y la humedad se hubieran apoderado de su cuerpo.Al poco rato, el sonido de las sirenas de una patrulla rompió el silencio. Por fin, ese episodio tan absurdo y aterrador llegaba a su fin. Estaba a salvo.El espacio trasero del Bentley era amplio, pero la presencia del hombre a su lado se sentía abrumadora. No importaba cuánto intentara apartar la vista, el aura de Jonás lo llenaba todo.Al principio, Jonás ni siquiera la miró. Su atención estaba fija en un rincón discreto fuera de la ventana. Observó la placa de un carro estacionado, y en sus ojos asomó una ligera sonrisa, apenas perceptible.—Arranca —ordenó, su voz serena y controlada.El chofer obedeció y el carro se alejó de esa zona plagada de problemas.Jonás por fin giró hacia ella.—¿Sabes con quién te metiste?—Creo que sí.—¿Quién? —preguntó, con un dejo de interés genuino en la mirada.—La prometida de Hugo.—Nada mal —reconoció Jonás, asintiendo.Delfina repasó mentalmente los sucesos recientes. En su departamento de alquiler, había oído golpes extraños en la puerta por las noches. En el hospital donde trabajaba, familiares de pacientes la buscaban para discutir sin motivo alguno. Hasta mensajes de amenaza había recibido. Todo parecía señal de advertencia.Y pensar que su carro acababa de salir del taller. ¿Cómo podía fallar el freno así de pronto?No tenía enemigos, al menos no de los que pudiera recordar. Si acaso, lo único que había hecho era convertirse en una molestia para quienes querían sacarla de la ciudad.Delfina bajó la mirada, intentando ocultar la tristeza que la invadía. No dijo nada.Había conocido a Hugo desde niños. Cuando eran pequeños, él le prometió que algún día se casaría con ella. Ella, ingenuamente, creyó que estarían juntos para siempre. Pero las cosas cambiaron. Hugo cambió....Durante el trayecto, Delfina no preguntó a dónde iban. No hacía falta. Jonás no era de esos que ayudan por pura bondad. Siempre pedía algo a cambio.Finalmente llegaron al destino.Villas del Cielo y Agua. La colonia más exclusiva de la ciudad, donde solo vivía la gente que había nacido con todo. Se decía que si no nacías en una de esas casas, jamás tendrías una propia. Y ahora, Delfina estaba ahí, en un mundo que no le pertenecía.Se bañó en el cuarto de baño. Cuando salió, lo primero que vio fue a Jonás, medio recostado en el sofá.Su cabello aún goteaba. Llevaba puesta una camisa blanca, demasiado grande para su cuerpo, que le quedaba a la altura de los muslos. No era difícil imaginar que había batas en ese lugar, pero él solo le había dejado esa camisa. Lo había hecho a propósito.—Ven acá —ordenó Jonás, sin levantar la voz.Delfina obedeció y se acercó.Jonás llevaba puesta solo una camisa blanca, con tres botones desabrochados y las mangas arremangadas. Estaba recostado de forma despreocupada, pero su mirada sobre ella era tan fija que la hacía sentir expuesta. La luz del cuarto iluminaba su rostro, permitiéndole a Delfina ver cada detalle.Tenía la frente prominente, ojos alargados y profundos, y la curva de sus párpados le daba un aire de autoridad. Sin necesidad de entrecerrar los ojos, su mirada bastaba para intimidar.Jonás habló de nuevo.—Quítatela.Delfina se quedó mirando esos ojos intensos. Parecía que no podía aceptar esa orden, pero solo titubeó un momento. Luego, se quitó la camisa, la única prenda que tenía.Estaba completamente desnuda frente a él. El calor de la vergüenza la hacía arder por dentro. Sentía la piel ardiendo bajo su mirada.Su piel, muy clara, resaltaba aún más bajo la luz. El cabello mojado le caía sobre los hombros. Tenía algunos moretones en las piernas, lo que la hacía ver aún más frágil, casi indefensa.Jonás se levantó del sofá y caminó alrededor de ella. Le puso una mano en el cuello, como si la examinara.Era imposible negar que era una mujer hermosa.—¿Por qué Hugo no te quiso? —preguntó Jonás, apretando suavemente su cuello.Delfina sentía que la piel le quemaba donde él la tocaba. Respondió en voz baja:—Solo soy una persona común. Él es el hijo ilegítimo de la familia Parra. Es normal que busque una oportunidad para subir de nivel.Jonás se inclinó, sus labios rozando la mejilla de Delfina. Su voz sonó profunda, casi como una caricia.—¿Ya te acostaste con él?—No.Sintió la risa de Jonás junto a su oído. Entonces él habló, despacio, con tono burlón:—Si él no te quiere, yo sí. Total, yo no necesito usar a una mujer para conseguir lo que quiero.Jonás decía que no era nada tierno, y la verdad, tenía toda la razón.A Delfina casi se le escapaban las lágrimas del dolor, pero cuando recordó la angustia de la noche anterior y la sensación de haber sobrevivido, sintió que, en comparación, eso no era nada.La luz seguía encendida. Esos ojos tan profundos de Jonás parecían arder, fijos en su cara una y otra vez, como si no se cansara de mirarla.Tal vez era porque su mirada tenía algo tan suave, tan distinto, que por un instante Delfina pensó que, a través de ella, él estaba viendo a otra persona.Porque en lo que hacía, no había ni una pizca de dulzura.Ella lo miró también, estudiando de cerca los rasgos de ese hombre. Aunque Jonás y Hugo compartían padre, eran hermanos, no se parecían en absoluto.Él notó que Delfina se quedaba ida, y con esos dedos largos sostuvo su barbilla, hablando con voz grave:—¿En qué andas pensando?—En que no te pareces a Hugo —contestó Delfina, diciendo lo primero que le vino a la mente.Al escucharla, Jonás guardó silencio unos segundos. Una mueca dura, casi de burla, se dibujó en sus labios.—¿Quieres problemas o qué?Los hombres tienen ese instinto tan marcado de querer ser los únicos. Y ella, justo en una situación como esa, mencionando a otro, era como pisarle el terreno. No era cuestión de cariño, era puro orgullo.Y Delfina pagó el precio.Uno bastante alto....El reloj biológico de Delfina la despertó apenas amaneció, eran las seis cincuenta de la mañana.Al abrir los ojos, lo primero que sintió fue el cuerpo adolorido. Por unos segundos, su mente quedó en blanco, preguntándose cómo había terminado en ese lugar tan desconocido.Pero poco a poco, los recuerdos caóticos de la noche anterior comenzaron a encajar y todo volvió a su memoria.Uno: había sido secuestrada. No tenía claro quién estaba detrás, pero seguro tenía que ver con su exnovio.Dos: alguien la salvó. Bueno, en realidad, ella le pidió a alguien que la salvara, justo el hermano de su exnovio, aunque solo compartían padre.De repente, un brazo rodeó su cintura y la sacó de sus pensamientos. El cuerpo de Jonás, más cálido que el suyo, hizo que los recuerdos de la noche se agolparan en su cabeza.Delfina despertó por completo.—¿Ya tan temprano despierta? —preguntó Jonás, su voz grave y un poco ronca, típica de la mañana.A la luz tenue del amanecer, Delfina pudo ver de cerca la cara de Jonás. Él ni siquiera había abierto los ojos, apenas fruncía el ceño, como si le molestara que lo hubieran despertado.—Tengo que ir a trabajar...Era jueves, día laboral, y ella ni siquiera había pedido permiso.Por un momento, el silencio se hizo pesado.Después de esa pausa incómoda, escuchó cómo Jonás soltaba una risa baja, con un tono tan burlón y despectivo que le quedó marcado en la memoria....A las siete y cuarto, Delfina ya había terminado de desayunar.De pronto, —¡plaf!—, unas llaves de carro cayeron sobre la mesa frente a ella.Delfina levantó la mirada, confundida.Jonás, todavía en pijama negra, se apoyaba con desgano en la mesa, mirándola desde arriba con ese aire de quien tiene el control de todo.—Escoge uno para irte a trabajar.Su carro había sido remolcado la noche anterior, así que ahora, viendo las llaves frente a ella, no supo cuál tomar.Ninguno era económico.Jonás la observó unos segundos más, con una voz despreocupada:—Ayer casi te matan, te secuestraron, ¿y en tu casa nadie te anda buscando?—Las cosas en mi casa son un lío, a nadie le importa lo que me pase.Capítulo 3Delfina Roldán fue secuestrada.Al abrir los ojos, sintió un dolor punzante en la palma de su mano derecha. Una bota llena de lodo la aplastaba con fuerza.Media hora antes, mientras regresaba manejando a casa, los frenos de su carro fallaron y terminó estrellándose en la carretera.Todavía aturdida por el golpe, un grupo de desconocidos la sacó a la fuerza del carro y la llevó a un sitio de construcción abandonado.—¿Quiénes son ustedes? ¡Por lo menos déjenme saber por qué me van a matar!En ese momento, alguien la sujetaba tan fuerte que ni siquiera podía levantar la cabeza. Hablaba temblorosa, el miedo le apretaba la garganta.Un hombre se inclinó hacia ella. Llevaba puesta una gorra, pero Delfina alcanzó a ver sus ojos bajo la visera, oscuros y llenos de amenaza.El tipo recogió una barra de acero oxidada del suelo.—Dra. Delfina, nosotros no matamos ni quemamos nada. Solo nos pagaron por tu mano derecha. Nada personal, para que te quede claro.Delfina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Era cirujana, y si le destruían la mano, su carrera terminaría ahí mismo.—No está mal, tienes buena pinta... pero qué lástima, porque de aquí en adelante vas a quedar inútil —murmuró el hombre, apretándole la mejilla con sus dedos ásperos.Delfina fijó la vista en la barra de acero, brillante y amenazante bajo la luz. Si ese golpe caía sobre su mano, su vida se volvería un infierno. No podía dejar que todo terminara así, sin razón ni sentido.—¿Cuánto quieren? Mi… mi exnovio tiene dinero. Él es Jonás, Jonás Parra. Déjenme llamarlo, lo que pidan él se los puede pagar.—¿La familia Parra? —El secuestrador se quedó pensando, como si no creyera que esa muchacha temblorosa tuviera a alguien así de su lado. Finalmente apartó el pie de su mano y se sentó en una silla cercana, haciendo una señal para que los otros dos la soltaran.Por fin, Delfina pudo incorporarse, temblando de pies a cabeza.El hombre sacó su celular y le indicó que dictara el número.—Ciento treinta y tres… tres dos siete… no, espera, es tres cinco siete…—No te hagas la lista —gruñó el hombre, perdiendo la paciencia.—Es que… ya ni me acuerdo, hace tanto que terminamos… —balbuceó, fingiendo nerviosismo mientras seguía diciendo cifras despacio—: Ciento treinta y tres, tres cinco siete…El hombre bajó la cabeza para marcar. En ese instante, Delfina agarró un ladrillo del suelo y, usando hasta la última gota de fuerza, se lo estrelló en la cabeza.Escuchó cómo el tipo maldecía y los otros dos corrieron a ver cómo estaba.Su mano se quedó entumida por el golpe, pero la mente se le despejó como pocas veces en su vida. Aprovechó para salir corriendo sin mirar atrás.Sabía que solo tenía una oportunidad. Si lograba escapar, tal vez se salvaría.—¡¿Qué esperan?! ¡Atrápenla, no dejen que se largue!...La lluvia empapó a Delfina de pies a cabeza.No tenía idea de adónde ir; solo corría directo hacia donde veía luz en la oscuridad. El suelo del terreno estaba lleno de piedras, pero no le importó, siguió corriendo con todas sus fuerzas.De pronto, pudo distinguir claramente el origen de aquella luz: un carro, estacionado en medio del aguacero, con los faros encendidos y un aire de lujo que desentonaba por completo con el abandono de la zona.Delfina ni siquiera pudo preguntarse qué hacía un carro así en un lugar tan desolado. El esfuerzo por respirar le raspaba la garganta y el pecho le ardía como si se le fuera a romper.Estaba cada vez más cerca de la salvación… solo faltaban unos cuantos pasos.De repente, tropezó con una piedra y cayó de lleno al suelo.A sus espaldas, los pasos de los secuestradores resonaban cada vez más cerca. Miró hacia atrás y vio sus siluetas acercándose, con el corazón latiéndole tan fuerte que casi podía oírlo.Fijó la mirada en el carro frente a ella, aferrándose a esa última esperanza…Fue entonces cuando el carro por fin se movió. Se abrieron las puertas del conductor y el copiloto, y dos figuras bajaron al mismo tiempo.Delfina, temblando, les gritó:—¡Ayúdenme, por favor!El hombre que salió del copiloto ni siquiera se dignó a mirarla. Abrió un paraguas y luego la puerta trasera del carro.Lo primero que Delfina vio fueron unos zapatos de charol impecables. Gotitas de agua salpicaron el cuero reluciente, manchándolos con barro.Alzó la vista, entre la lluvia, y sus ojos se toparon con un rostro desconocido pero extrañamente familiar.Era el verdadero heredero de la familia Parra: Jonás Parra.Solo lo había visto una vez, cuando era novia de Hugo Parra, el hijo ilegítimo de la familia.Los secuestradores estaban a punto de alcanzarla. Sin pensarlo, Delfina se arrastró y se aferró al pantalón de Jonás.—Por favor… ayúdame…Jonás, todavía bajo el paraguas que sostenía su guardaespaldas, se limitó a apartarla con la punta del zapato.—¿Y por qué habría de hacerlo?Su voz sonaba tan distante que rayaba en la crueldad. Aun así, para Delfina, él era su única esperanza.Ella apretó los dientes.—Sr. Jonás, si me salva… haré lo que usted me pida.Él apenas soltó una risita, como si se burlara de sus palabras.Jonás se agachó, sosteniéndose con elegancia, y levantó su barbilla con un dedo, examinando su cara con desdén y un brillo burlón en la mirada.Delfina, sin esperarlo, se encontró perdida en aquellos ojos tan intensos, en los que se mezclaba el desprecio y un interés frío.—Entonces debes saber que yo no soy como Hugo. Yo no tengo ese lado suave.La voz de Delfina tembló.—Solo… solo quiero salir de aquí, como sea.Ya en ese punto, ¿qué más daba?Jonás le dio una palmada en la mejilla y se incorporó, entrecerrando los ojos hacia los tres hombres que ya estaban a solo unos pasos, sin mostrar el menor temor.—Benjamín, ¿puedes con estos tres o no?Le hablaba a su guardaespaldas con la misma tranquilidad con la que uno pregunta por el clima.—Claro.El hombre, callado y serio, le entregó el paraguas al chofer, se frotó las manos y sin titubear se lanzó bajo la lluvia.Delfina estaba sentada en el asiento trasero del carro, envuelta en una toalla. Aunque el aire acondicionado estaba encendido, no podía dejar de temblar. Sentía el frío calándose hasta los huesos, como si el susto y la humedad se hubieran apoderado de su cuerpo.Al poco rato, el sonido de las sirenas de una patrulla rompió el silencio. Por fin, ese episodio tan absurdo y aterrador llegaba a su fin. Estaba a salvo.El espacio trasero del Bentley era amplio, pero la presencia del hombre a su lado se sentía abrumadora. No importaba cuánto intentara apartar la vista, el aura de Jonás lo llenaba todo.Al principio, Jonás ni siquiera la miró. Su atención estaba fija en un rincón discreto fuera de la ventana. Observó la placa de un carro estacionado, y en sus ojos asomó una ligera sonrisa, apenas perceptible.—Arranca —ordenó, su voz serena y controlada.El chofer obedeció y el carro se alejó de esa zona plagada de problemas.Jonás por fin giró hacia ella.—¿Sabes con quién te metiste?—Creo que sí.—¿Quién? —preguntó, con un dejo de interés genuino en la mirada.—La prometida de Hugo.—Nada mal —reconoció Jonás, asintiendo.Delfina repasó mentalmente los sucesos recientes. En su departamento de alquiler, había oído golpes extraños en la puerta por las noches. En el hospital donde trabajaba, familiares de pacientes la buscaban para discutir sin motivo alguno. Hasta mensajes de amenaza había recibido. Todo parecía señal de advertencia.Y pensar que su carro acababa de salir del taller. ¿Cómo podía fallar el freno así de pronto?No tenía enemigos, al menos no de los que pudiera recordar. Si acaso, lo único que había hecho era convertirse en una molestia para quienes querían sacarla de la ciudad.Delfina bajó la mirada, intentando ocultar la tristeza que la invadía. No dijo nada.Había conocido a Hugo desde niños. Cuando eran pequeños, él le prometió que algún día se casaría con ella. Ella, ingenuamente, creyó que estarían juntos para siempre. Pero las cosas cambiaron. Hugo cambió....Durante el trayecto, Delfina no preguntó a dónde iban. No hacía falta. Jonás no era de esos que ayudan por pura bondad. Siempre pedía algo a cambio.Finalmente llegaron al destino.Villas del Cielo y Agua. La colonia más exclusiva de la ciudad, donde solo vivía la gente que había nacido con todo. Se decía que si no nacías en una de esas casas, jamás tendrías una propia. Y ahora, Delfina estaba ahí, en un mundo que no le pertenecía.Se bañó en el cuarto de baño. Cuando salió, lo primero que vio fue a Jonás, medio recostado en el sofá.Su cabello aún goteaba. Llevaba puesta una camisa blanca, demasiado grande para su cuerpo, que le quedaba a la altura de los muslos. No era difícil imaginar que había batas en ese lugar, pero él solo le había dejado esa camisa. Lo había hecho a propósito.—Ven acá —ordenó Jonás, sin levantar la voz.Delfina obedeció y se acercó.Jonás llevaba puesta solo una camisa blanca, con tres botones desabrochados y las mangas arremangadas. Estaba recostado de forma despreocupada, pero su mirada sobre ella era tan fija que la hacía sentir expuesta. La luz del cuarto iluminaba su rostro, permitiéndole a Delfina ver cada detalle.Tenía la frente prominente, ojos alargados y profundos, y la curva de sus párpados le daba un aire de autoridad. Sin necesidad de entrecerrar los ojos, su mirada bastaba para intimidar.Jonás habló de nuevo.—Quítatela.Delfina se quedó mirando esos ojos intensos. Parecía que no podía aceptar esa orden, pero solo titubeó un momento. Luego, se quitó la camisa, la única prenda que tenía.Estaba completamente desnuda frente a él. El calor de la vergüenza la hacía arder por dentro. Sentía la piel ardiendo bajo su mirada.Su piel, muy clara, resaltaba aún más bajo la luz. El cabello mojado le caía sobre los hombros. Tenía algunos moretones en las piernas, lo que la hacía ver aún más frágil, casi indefensa.Jonás se levantó del sofá y caminó alrededor de ella. Le puso una mano en el cuello, como si la examinara.Era imposible negar que era una mujer hermosa.—¿Por qué Hugo no te quiso? —preguntó Jonás, apretando suavemente su cuello.Delfina sentía que la piel le quemaba donde él la tocaba. Respondió en voz baja:—Solo soy una persona común. Él es el hijo ilegítimo de la familia Parra. Es normal que busque una oportunidad para subir de nivel.Jonás se inclinó, sus labios rozando la mejilla de Delfina. Su voz sonó profunda, casi como una caricia.—¿Ya te acostaste con él?—No.Sintió la risa de Jonás junto a su oído. Entonces él habló, despacio, con tono burlón:—Si él no te quiere, yo sí. Total, yo no necesito usar a una mujer para conseguir lo que quiero.Jonás decía que no era nada tierno, y la verdad, tenía toda la razón.A Delfina casi se le escapaban las lágrimas del dolor, pero cuando recordó la angustia de la noche anterior y la sensación de haber sobrevivido, sintió que, en comparación, eso no era nada.La luz seguía encendida. Esos ojos tan profundos de Jonás parecían arder, fijos en su cara una y otra vez, como si no se cansara de mirarla.Tal vez era porque su mirada tenía algo tan suave, tan distinto, que por un instante Delfina pensó que, a través de ella, él estaba viendo a otra persona.Porque en lo que hacía, no había ni una pizca de dulzura.Ella lo miró también, estudiando de cerca los rasgos de ese hombre. Aunque Jonás y Hugo compartían padre, eran hermanos, no se parecían en absoluto.Él notó que Delfina se quedaba ida, y con esos dedos largos sostuvo su barbilla, hablando con voz grave:—¿En qué andas pensando?—En que no te pareces a Hugo —contestó Delfina, diciendo lo primero que le vino a la mente.Al escucharla, Jonás guardó silencio unos segundos. Una mueca dura, casi de burla, se dibujó en sus labios.—¿Quieres problemas o qué?Los hombres tienen ese instinto tan marcado de querer ser los únicos. Y ella, justo en una situación como esa, mencionando a otro, era como pisarle el terreno. No era cuestión de cariño, era puro orgullo.Y Delfina pagó el precio.Uno bastante alto....El reloj biológico de Delfina la despertó apenas amaneció, eran las seis cincuenta de la mañana.Al abrir los ojos, lo primero que sintió fue el cuerpo adolorido. Por unos segundos, su mente quedó en blanco, preguntándose cómo había terminado en ese lugar tan desconocido.Pero poco a poco, los recuerdos caóticos de la noche anterior comenzaron a encajar y todo volvió a su memoria.Uno: había sido secuestrada. No tenía claro quién estaba detrás, pero seguro tenía que ver con su exnovio.Dos: alguien la salvó. Bueno, en realidad, ella le pidió a alguien que la salvara, justo el hermano de su exnovio, aunque solo compartían padre.De repente, un brazo rodeó su cintura y la sacó de sus pensamientos. El cuerpo de Jonás, más cálido que el suyo, hizo que los recuerdos de la noche se agolparan en su cabeza.Delfina despertó por completo.—¿Ya tan temprano despierta? —preguntó Jonás, su voz grave y un poco ronca, típica de la mañana.A la luz tenue del amanecer, Delfina pudo ver de cerca la cara de Jonás. Él ni siquiera había abierto los ojos, apenas fruncía el ceño, como si le molestara que lo hubieran despertado.—Tengo que ir a trabajar...Era jueves, día laboral, y ella ni siquiera había pedido permiso.Por un momento, el silencio se hizo pesado.Después de esa pausa incómoda, escuchó cómo Jonás soltaba una risa baja, con un tono tan burlón y despectivo que le quedó marcado en la memoria....A las siete y cuarto, Delfina ya había terminado de desayunar.De pronto, —¡plaf!—, unas llaves de carro cayeron sobre la mesa frente a ella.Delfina levantó la mirada, confundida.Jonás, todavía en pijama negra, se apoyaba con desgano en la mesa, mirándola desde arriba con ese aire de quien tiene el control de todo.—Escoge uno para irte a trabajar.Su carro había sido remolcado la noche anterior, así que ahora, viendo las llaves frente a ella, no supo cuál tomar.Ninguno era económico.Jonás la observó unos segundos más, con una voz despreocupada:—Ayer casi te matan, te secuestraron, ¿y en tu casa nadie te anda buscando?—Las cosas en mi casa son un lío, a nadie le importa lo que me pase.