Capítulo 1El matrimonio de Katia y Federico había permanecido oculto durante tres años, y en todo ese tiempo, su relación se reducía a cumplir con las obligaciones de pareja, nada más.Ese día era cinco del mes, según el calendario lunar. Como de costumbre, Federico Herrera pidió al mayordomo que llevara a Katia Gil hasta la famosa Jardín de Orquídea.Katia siempre había sentido fascinación por ese lugar, un espacio repleto de lirios blancos. El aroma impregnaba el aire, envolviéndola en un ambiente tan etéreo que parecía sacado de un sueño.Pero esta vez era distinto. El plazo de tres años había llegado a su fin. No solo asistía a esa última cita, sino que había tomado una decisión: ese día, tenía que divorciarse de él.Al entrar en la habitación, se topó con Federico saliendo del baño.Él traía el torso desnudo, con hombros anchos y cintura estrecha, la espalda formando un perfecto triángulo invertido. Cada músculo se marcaba bajo su piel y la toalla que llevaba en la cintura caía de forma descuidada. Las gotas de agua recorrían su torso, deslizándose por los abdominales bien definidos y perdiéndose en el borde de la toalla, invitando a la imaginación.Su cara parecía esculpida por el mismísimo destino.En ese instante, sus labios permanecían apretados, con un leve rubor por el baño, pero sin un atisbo de calidez. Era una expresión tan distante que desalentaba cualquier intento de acercamiento.De pronto, Federico la tomó en brazos y caminó directo hacia la cama.—¡Ay! —exclamó Katia, rodeándolo con los brazos por puro reflejo.Federico no pronunció palabra. Bajó la cabeza y la besó, mientras sus manos buscaban deshacerse del elegante vestido que ella llevaba.El aroma a tabaco, mezclado con un leve toque de alcohol, la mareaba un poco. Así era él, intenso y brusco, sobre todo después de no verse por tanto tiempo.La besó con fuerza, como si quisiera devorarla entera.El ambiente en la habitación se volvió cada vez más cálido.El aire se impregnó de una energía cargada de deseo.Esa noche, Katia y Federico volvieron a fundirse en uno solo…El cinco y el veinticinco de cada mes eran los días pactados para que Katia y Federico compartieran la cama. Cuando llegaba la fecha, el mayordomo la recogía y la llevaba a Jardín de Orquídea. Sin embargo, nunca vivían juntos.Ya era momento. Tenía el acuerdo de divorcio en su bolso, y lo único que le quedaba claro era que ese era el destino de su matrimonio.Su vida con él solo había durado esos tres años prestados....A mitad de la noche, Katia despertó por el hambre.Federico ya no estaba. Incluso la cama había perdido su calor.Con el cuerpo adolorido, se obligó a levantarse y, tras ponerse una bata, bajó las escaleras.El mayordomo la recibió apenas la vio.—Señora, ya despertó. Seguramente tiene hambre. Antes de irse, el señor pidió que le prepararan avena con chía.—Gracias.Katia se sentó y empezó a comer despacio, sin apuro.De manera distraída, revisó su celular. De pronto, varias tendencias en redes sociales aparecieron en la pantalla.[#Sr. Federico organiza una fiesta de cumpleaños millonaria para la hija de los Portillo][#Buenas noticias: Federico y Orquídea Portillo, historia de amor en República Unida de San Cristóbal]Sus pupilas se dilataron. El impacto de leer esos encabezados la dejó helada.Una oleada de mareo la sacudió.Orquídea.Así que ese era el verdadero amor de Federico.Ahora lo entendía: todo ese Jardín de Orquídea, ese paraíso de lirios blancos que tanto le gustaba, había sido creado para otra. Su corazón llevaba el nombre de Orquídea, no el de ella.Sintió los ojos empañarse. En la foto, el hombre de sonrisa radiante y porte imponente era su esposo, Federico.Él abrazaba a una mujer hermosa, con una alegría que ella nunca había visto en él.Siempre pensó que Federico era incapaz de sonreír.Ahora lo sabía: simplemente no le gustaba sonreírle a ella.El collar en forma de lirio rojo que Orquídea llevaba al cuello le atravesó el alma como una espina.A Katia le dolía mirar ese collar. Era el mismo que había deseado durante tanto tiempo…Dejó la cuchara sobre la mesa y subió a cambiarse de ropa.Al pasar junto a la cama vacía, una sensación de vacío la invadió.Ese hombre no tenía fondo. Por la tarde la había tenido entre sus brazos y por la noche ya estaba en República Unida de San Cristóbal, organizando una fiesta para su musa.Diez minutos después, Katia bajó de nuevo y le pidió al mayordomo que la llevara de regreso a su casa.No pensaba volver más a ese lugar.Ya en casa, sacó del bolso el acuerdo de divorcio y lo revisó.Llevaba un mes con ese documento guardado, lista para dárselo a Federico. Pero al final, él se había marchado antes....Al día siguiente, el timbre del celular la despertó.Débora Salgado, su mejor amiga, la había llamado más de veinte veces. ¿Qué habría pasado para que la buscara con tanta insistencia?Katia devolvió la llamada de inmediato.—¡Por fin contestas! Pensé que te habías rendido con la vida, me asustaste muchísimo —la voz de Débora sonó tan angustiada que Katia no pudo evitar llevarse la mano a la frente, resignada.—Tranquila, amiga. Yo amo la vida, ni de loca me haría daño.Después de dormir, sentía que el dolor en el pecho se había disipado un poco.—No te muevas, en cuanto pueda vuelo para verte.Débora hablaba con urgencia.—Te espero.Colgó. A Katia le quedó un hueco en el pecho. Se quedó mirando el techo, recordando todos los años junto a Federico.Cuando él saltó de grado en la secundaria, ella lo siguió. Cuando él se fue al extranjero, ella también se fue. Él estudió medicina y, sin dudarlo, ella eligió lo mismo… Incluso cuando él cayó al mar, ella se lanzó después...Pero él seguía sin recordarla.Hace tres años, Federico tuvo un accidente de carro que lo dejó ciego. Poco después, le llegó la noticia de que su primer amor se había marchado al extranjero.Y entonces, ella apareció.En aquel entonces, cuando la señora Sara León agonizaba, utilizó sus conexiones para que Katia se casara con la familia Herrera.Al principio, Federico la rechazó por completo. Más tarde, por culpa de una trampa del señor Gonzalo, terminaron siendo pareja de verdad. Desde entonces, la presión por tener un hijo no paró ni un solo día, y por eso Federico aceptó tener una vida de pareja estrictamente programada: dos encuentros al mes, ni uno más.Katia recordaba que fue hasta el segundo año de casados cuando Federico recuperó la vista. La primera vez que la miró, todo su cuerpo transmitía una distancia helada y en su cara solo había desprecio.Ella pensó que podría derretir ese hielo con su propio calor.Pero ahora entendía: la chispa que él necesitaba nunca estuvo en ella.El teléfono sonó otra vez, sacándola de sus pensamientos.Katia contestó y, tras escuchar dos frases, la llamada se cortó.La persona que la buscaba era la señora Dolores, quien le pidió que regresara de inmediato a la mansión.Un mal presentimiento se instaló en su pecho, pero no tuvo tiempo de analizarlo. Se levantó a toda prisa.A las cuatro de la tarde, Katia ya estaba de vuelta en la mansión Herrera.La familia Herrera era la más poderosa de Salvadera de los Santos. Su fortuna y prestigio eran legendarios, y el señor Gonzalo tenía dos hijos y dos hijas. Federico, por ser el nieto mayor de la primera esposa, siempre fue el favorito.Cuando Katia entró al gran salón, la señora Dolores se levantó de inmediato.Le lanzó una mirada fulminante.—¿Fuiste tú la que fue a quejarse con papá? No te imaginas, siempre tan callada y ahora sales con tus intrigas.Katia soportó la hostilidad de su suegra. Con voz tranquila, respondió:—Señora Dolores, no sé de qué habla.—Federico está en el estudio, castigado —soltó Dolores, y con solo una mirada, le indicó al mayordomo que subiera a Katia.Apenas se acercaban al estudio, ya se oían los gritos.—¡Eres un malagradecido! ¿Todavía te atreves a contestarme? ¿Quieres matarme de un coraje?El señor Gonzalo estaba tan furioso que casi se le salía el corazón por la boca.—Abuelo, lo forzado nunca sale bien. ¿No me prometió que si Katia no quedaba embarazada en tres años, me dejaría divorciarme y buscar a alguien más?—¿Así que quieres divorciarte, mocoso? Por ahora siguen casados, y no te permito que sigas con esos chismes con esa tal Orquí. Vas a sacar un comunicado y aclarar todo.—Lo que digan en internet no lo puedo controlar, ¿para qué pelear con la gente de la red, abuelo?—¡Te voy a dar una buena!Desde dentro se oían golpes y ruidos.Katia respiró hondo, se acomodó el cabello y, armándose de valor, tocó la puerta.La puerta se abrió. Gonzalo Herrera la miró, sorprendido.—¡Kati, viniste!—Abuelo, no se altere, cuide su salud —dijo Katia, tomando el brazo del anciano y dedicándole una sonrisa suave.—¿Y tú qué esperas? ¡Pídele disculpas a Kati! —ordenó Gonzalo, sin miramientos, a Federico.Federico apretó los labios, la mirada cargada de desprecio. Había planeado soltar la noticia justo al cumplirse los tres años, seguro de que esa mujer entendería por fin su lugar.—Abuelo, quiero platicar con Federico a solas —dijo Katia.Gonzalo captó la indirecta y salió del estudio.Katia miró a Federico y le dijo, sin titubear:—Federico, divorciémonos. No pienso ser un obstáculo para ti.Federico abrió los ojos con sorpresa, como si estuviera frente a algo que no podía comprender.Él esperaba que ella regresara gritando, o que al menos buscara el apoyo del abuelo. Pero nunca imaginó que diría la palabra “divorcio” con tanta ligereza.¿De verdad estaba dispuesta a dejar el puesto de señora Herrera por iniciativa propia?Katia añadió con calma:—Podemos empezar con los trámites. Cuando tú quieras, se lo cuentas al abuelo.Federico guardó silencio unos segundos antes de responder:—¿Qué quieres a cambio?—Nada. Separémonos en buenos términos. Aquí tengo el acuerdo de divorcio que redacté —respondió, sacando el documento de su bolsa y colocándolo sobre la mesa.Federico soltó una risita burlona y la miró con frialdad.—Si ya entendiste, no te voy a dejar sin nada. Mañana en la mañana, ven a la oficina para firmar. Nuestro abogado se encargará del acuerdo.El mensaje era claro: el acuerdo lo dictaría él, no ella.—Está bien, ahí estaré —contestó Katia, sin mostrar emoción, antes de salir del estudio.Para ella, separarse en paz era lo único digno que podía darle a ese matrimonio.Katia se quedó a cenar en la mansión Herrera. Al despedirse, abrazó al señor Gonzalo y se preparó para irse en su carro.De pronto, empezó a llover. La llovizna caía suave, como si el cielo llorara con ella.Apenas había caminado unos pasos, cuando un dolor agudo le atravesó el vientre y sintió cómo la sangre caliente le corría por las piernas.Katia se sobresaltó, ¿por qué justo ahora le venía el periodo?Sin perder tiempo, salió corriendo a su carro y lo condujo montaña arriba. El sudor le corría por la frente. No podía más, el dolor le doblaba el cuerpo.Tuvo que frenar. Se detuvo a un lado del camino y, con manos temblorosas, sacó el celular y marcó el número de Débora.—Débora, ¿ya regresaste? ¿Puedes venir… por mí, por favor?—¿Dónde estás, Kati? ¿Qué pasó?—Estoy en el camino de la Finca Herrera, por la subida…A lo lejos, el ulular de una ambulancia rompió la paz de la noche. Por suerte, Débora tuvo el tino de llamar por ayuda.Cuando Katia llegó al hospital, el reloj ya marcaba la una de la madrugada.Después de una serie de revisiones, la noticia cayó como un golpe: Katia había perdido al bebé. Tenía seis semanas de embarazo y ni siquiera lo sabía.Tendida en la cama del hospital, una lágrima silenciosa rodó por la mejilla de Katia.Pobre criatura, ni siquiera tuvo la oportunidad de ver el mundo.Débora explotó, los ojos le brillaban de rabia y soltó una sarta de insultos.—¡Maldito desgraciado! ¿No sabía que estabas embarazada? ¿Por qué te hace ir al Jardín de Orquídeas y te trata así, como si no le importaras?Katia nunca había sido regular, así que ni sospechaba que estaba embarazada.Haciendo memoria, ese bebé debió concebirse el mes anterior, justo cuando no la mandaron al Jardín de Orquídeas sino al Estado Libre de Orizaba.En esa ocasión, él estaba allá por trabajo y la llevó consigo. Katia lo acompañó los tres días enteros antes de regresar a casa.En ese entonces, él le advirtió que ya había agotado la “cuota” del mes.Aun así, este mes la mandó buscar de nuevo.En ese momento, una doctora entró tocando la puerta, con un expediente en la mano.—Fuiste demasiado descuidada —dijo con seriedad—. Sabías que estabas embarazada, ¿por qué tomaste pastillas anticonceptivas? Este bebé se pudo haber salvado.¿Anticonceptivas?Tanto Katia como Débora se quedaron paralizadas.Katia y Federico jamás usaban nada. ¿Cómo era posible que le aparecieran restos de anticonceptivos en el cuerpo?A Débora se le encendieron los ojos con furia.—¡Ese maldito, por quedar bien con la Orquídea esa, te estuvo dando anticonceptivos a escondidas! Si no quería tener hijos, ¿por qué no te lo dijo de frente? ¿Por qué hacerte esto?El pecho de Katia se apretó, la angustia la invadía como una ola.¿De verdad había sido Federico?Cada vez que terminaban, él le pedía al personal que le prepararan un tazón de avena con chía o sopa de pollo. ¿Habrían puesto ahí la medicina?Y el mes pasado, cuando estuvieron en Orizaba, no tuvo oportunidad de darle nada. Por eso este mes insistió en verla, para seguir dándole la medicina.La fuerza la abandonó por completo, como si le hubieran arrancado el alma.—Espérame tantito, yo voy a ir directo con los Herrera. Que me paguen por lo que le hicieron a tu bebé.Débora temblaba de coraje, agarró el celular y se encaminó a la puerta.—Débora —susurró Katia, con la voz hecha pedazos—, no vayas.—¡Kati! —Débora se volteó con el alma en un hilo—. ¡Ese hombre mató a tu hijo! ¿Vas a dejarlo así?Katia cerró los ojos, respiró hondo y, al abrirlos, solo quedaba el brillo de la rabia y la decisión.—Ya decidimos divorciarnos. No quiero volver a saber nada de él.Pausó, miró a Débora muy seria.—Pero lo que pasó con mi bebé, lo voy a investigar. Y al que esté detrás de esto, no lo voy a perdonar. ¡A nadie!La intensidad de su mirada hizo que Débora sintiera escalofríos. Así era la verdadera Katia: parecía frágil, pero por dentro era más firme que nadie.Débora dejó el celular sobre la mesita y le apretó la mano a Katia.—Cuenta conmigo. Esto no se queda así. Quien haya sido, va a pagar muy caro....A medianoche, un trueno despertó a Katia. Dio vueltas en la cama, sin poder dormir.Abrió los ojos y se quedó mirando la luz tenue de la lámpara. Sus pensamientos vagaban lejos, muy lejos.Capítulo 2El matrimonio de Katia y Federico había permanecido oculto durante tres años, y en todo ese tiempo, su relación se reducía a cumplir con las obligaciones de pareja, nada más.Ese día era cinco del mes, según el calendario lunar. Como de costumbre, Federico Herrera pidió al mayordomo que llevara a Katia Gil hasta la famosa Jardín de Orquídea.Katia siempre había sentido fascinación por ese lugar, un espacio repleto de lirios blancos. El aroma impregnaba el aire, envolviéndola en un ambiente tan etéreo que parecía sacado de un sueño.Pero esta vez era distinto. El plazo de tres años había llegado a su fin. No solo asistía a esa última cita, sino que había tomado una decisión: ese día, tenía que divorciarse de él.Al entrar en la habitación, se topó con Federico saliendo del baño.Él traía el torso desnudo, con hombros anchos y cintura estrecha, la espalda formando un perfecto triángulo invertido. Cada músculo se marcaba bajo su piel y la toalla que llevaba en la cintura caía de forma descuidada. Las gotas de agua recorrían su torso, deslizándose por los abdominales bien definidos y perdiéndose en el borde de la toalla, invitando a la imaginación.Su cara parecía esculpida por el mismísimo destino.En ese instante, sus labios permanecían apretados, con un leve rubor por el baño, pero sin un atisbo de calidez. Era una expresión tan distante que desalentaba cualquier intento de acercamiento.De pronto, Federico la tomó en brazos y caminó directo hacia la cama.—¡Ay! —exclamó Katia, rodeándolo con los brazos por puro reflejo.Federico no pronunció palabra. Bajó la cabeza y la besó, mientras sus manos buscaban deshacerse del elegante vestido que ella llevaba.El aroma a tabaco, mezclado con un leve toque de alcohol, la mareaba un poco. Así era él, intenso y brusco, sobre todo después de no verse por tanto tiempo.La besó con fuerza, como si quisiera devorarla entera.El ambiente en la habitación se volvió cada vez más cálido.El aire se impregnó de una energía cargada de deseo.Esa noche, Katia y Federico volvieron a fundirse en uno solo…El cinco y el veinticinco de cada mes eran los días pactados para que Katia y Federico compartieran la cama. Cuando llegaba la fecha, el mayordomo la recogía y la llevaba a Jardín de Orquídea. Sin embargo, nunca vivían juntos.Ya era momento. Tenía el acuerdo de divorcio en su bolso, y lo único que le quedaba claro era que ese era el destino de su matrimonio.Su vida con él solo había durado esos tres años prestados....A mitad de la noche, Katia despertó por el hambre.Federico ya no estaba. Incluso la cama había perdido su calor.Con el cuerpo adolorido, se obligó a levantarse y, tras ponerse una bata, bajó las escaleras.El mayordomo la recibió apenas la vio.—Señora, ya despertó. Seguramente tiene hambre. Antes de irse, el señor pidió que le prepararan avena con chía.—Gracias.Katia se sentó y empezó a comer despacio, sin apuro.De manera distraída, revisó su celular. De pronto, varias tendencias en redes sociales aparecieron en la pantalla.[#Sr. Federico organiza una fiesta de cumpleaños millonaria para la hija de los Portillo][#Buenas noticias: Federico y Orquídea Portillo, historia de amor en República Unida de San Cristóbal]Sus pupilas se dilataron. El impacto de leer esos encabezados la dejó helada.Una oleada de mareo la sacudió.Orquídea.Así que ese era el verdadero amor de Federico.Ahora lo entendía: todo ese Jardín de Orquídea, ese paraíso de lirios blancos que tanto le gustaba, había sido creado para otra. Su corazón llevaba el nombre de Orquídea, no el de ella.Sintió los ojos empañarse. En la foto, el hombre de sonrisa radiante y porte imponente era su esposo, Federico.Él abrazaba a una mujer hermosa, con una alegría que ella nunca había visto en él.Siempre pensó que Federico era incapaz de sonreír.Ahora lo sabía: simplemente no le gustaba sonreírle a ella.El collar en forma de lirio rojo que Orquídea llevaba al cuello le atravesó el alma como una espina.A Katia le dolía mirar ese collar. Era el mismo que había deseado durante tanto tiempo…Dejó la cuchara sobre la mesa y subió a cambiarse de ropa.Al pasar junto a la cama vacía, una sensación de vacío la invadió.Ese hombre no tenía fondo. Por la tarde la había tenido entre sus brazos y por la noche ya estaba en República Unida de San Cristóbal, organizando una fiesta para su musa.Diez minutos después, Katia bajó de nuevo y le pidió al mayordomo que la llevara de regreso a su casa.No pensaba volver más a ese lugar.Ya en casa, sacó del bolso el acuerdo de divorcio y lo revisó.Llevaba un mes con ese documento guardado, lista para dárselo a Federico. Pero al final, él se había marchado antes....Al día siguiente, el timbre del celular la despertó.Débora Salgado, su mejor amiga, la había llamado más de veinte veces. ¿Qué habría pasado para que la buscara con tanta insistencia?Katia devolvió la llamada de inmediato.—¡Por fin contestas! Pensé que te habías rendido con la vida, me asustaste muchísimo —la voz de Débora sonó tan angustiada que Katia no pudo evitar llevarse la mano a la frente, resignada.—Tranquila, amiga. Yo amo la vida, ni de loca me haría daño.Después de dormir, sentía que el dolor en el pecho se había disipado un poco.—No te muevas, en cuanto pueda vuelo para verte.Débora hablaba con urgencia.—Te espero.Colgó. A Katia le quedó un hueco en el pecho. Se quedó mirando el techo, recordando todos los años junto a Federico.Cuando él saltó de grado en la secundaria, ella lo siguió. Cuando él se fue al extranjero, ella también se fue. Él estudió medicina y, sin dudarlo, ella eligió lo mismo… Incluso cuando él cayó al mar, ella se lanzó después...Pero él seguía sin recordarla.Hace tres años, Federico tuvo un accidente de carro que lo dejó ciego. Poco después, le llegó la noticia de que su primer amor se había marchado al extranjero.Y entonces, ella apareció.En aquel entonces, cuando la señora Sara León agonizaba, utilizó sus conexiones para que Katia se casara con la familia Herrera.Al principio, Federico la rechazó por completo. Más tarde, por culpa de una trampa del señor Gonzalo, terminaron siendo pareja de verdad. Desde entonces, la presión por tener un hijo no paró ni un solo día, y por eso Federico aceptó tener una vida de pareja estrictamente programada: dos encuentros al mes, ni uno más.Katia recordaba que fue hasta el segundo año de casados cuando Federico recuperó la vista. La primera vez que la miró, todo su cuerpo transmitía una distancia helada y en su cara solo había desprecio.Ella pensó que podría derretir ese hielo con su propio calor.Pero ahora entendía: la chispa que él necesitaba nunca estuvo en ella.El teléfono sonó otra vez, sacándola de sus pensamientos.Katia contestó y, tras escuchar dos frases, la llamada se cortó.La persona que la buscaba era la señora Dolores, quien le pidió que regresara de inmediato a la mansión.Un mal presentimiento se instaló en su pecho, pero no tuvo tiempo de analizarlo. Se levantó a toda prisa.A las cuatro de la tarde, Katia ya estaba de vuelta en la mansión Herrera.La familia Herrera era la más poderosa de Salvadera de los Santos. Su fortuna y prestigio eran legendarios, y el señor Gonzalo tenía dos hijos y dos hijas. Federico, por ser el nieto mayor de la primera esposa, siempre fue el favorito.Cuando Katia entró al gran salón, la señora Dolores se levantó de inmediato.Le lanzó una mirada fulminante.—¿Fuiste tú la que fue a quejarse con papá? No te imaginas, siempre tan callada y ahora sales con tus intrigas.Katia soportó la hostilidad de su suegra. Con voz tranquila, respondió:—Señora Dolores, no sé de qué habla.—Federico está en el estudio, castigado —soltó Dolores, y con solo una mirada, le indicó al mayordomo que subiera a Katia.Apenas se acercaban al estudio, ya se oían los gritos.—¡Eres un malagradecido! ¿Todavía te atreves a contestarme? ¿Quieres matarme de un coraje?El señor Gonzalo estaba tan furioso que casi se le salía el corazón por la boca.—Abuelo, lo forzado nunca sale bien. ¿No me prometió que si Katia no quedaba embarazada en tres años, me dejaría divorciarme y buscar a alguien más?—¿Así que quieres divorciarte, mocoso? Por ahora siguen casados, y no te permito que sigas con esos chismes con esa tal Orquí. Vas a sacar un comunicado y aclarar todo.—Lo que digan en internet no lo puedo controlar, ¿para qué pelear con la gente de la red, abuelo?—¡Te voy a dar una buena!Desde dentro se oían golpes y ruidos.Katia respiró hondo, se acomodó el cabello y, armándose de valor, tocó la puerta.La puerta se abrió. Gonzalo Herrera la miró, sorprendido.—¡Kati, viniste!—Abuelo, no se altere, cuide su salud —dijo Katia, tomando el brazo del anciano y dedicándole una sonrisa suave.—¿Y tú qué esperas? ¡Pídele disculpas a Kati! —ordenó Gonzalo, sin miramientos, a Federico.Federico apretó los labios, la mirada cargada de desprecio. Había planeado soltar la noticia justo al cumplirse los tres años, seguro de que esa mujer entendería por fin su lugar.—Abuelo, quiero platicar con Federico a solas —dijo Katia.Gonzalo captó la indirecta y salió del estudio.Katia miró a Federico y le dijo, sin titubear:—Federico, divorciémonos. No pienso ser un obstáculo para ti.Federico abrió los ojos con sorpresa, como si estuviera frente a algo que no podía comprender.Él esperaba que ella regresara gritando, o que al menos buscara el apoyo del abuelo. Pero nunca imaginó que diría la palabra “divorcio” con tanta ligereza.¿De verdad estaba dispuesta a dejar el puesto de señora Herrera por iniciativa propia?Katia añadió con calma:—Podemos empezar con los trámites. Cuando tú quieras, se lo cuentas al abuelo.Federico guardó silencio unos segundos antes de responder:—¿Qué quieres a cambio?—Nada. Separémonos en buenos términos. Aquí tengo el acuerdo de divorcio que redacté —respondió, sacando el documento de su bolsa y colocándolo sobre la mesa.Federico soltó una risita burlona y la miró con frialdad.—Si ya entendiste, no te voy a dejar sin nada. Mañana en la mañana, ven a la oficina para firmar. Nuestro abogado se encargará del acuerdo.El mensaje era claro: el acuerdo lo dictaría él, no ella.—Está bien, ahí estaré —contestó Katia, sin mostrar emoción, antes de salir del estudio.Para ella, separarse en paz era lo único digno que podía darle a ese matrimonio.Katia se quedó a cenar en la mansión Herrera. Al despedirse, abrazó al señor Gonzalo y se preparó para irse en su carro.De pronto, empezó a llover. La llovizna caía suave, como si el cielo llorara con ella.Apenas había caminado unos pasos, cuando un dolor agudo le atravesó el vientre y sintió cómo la sangre caliente le corría por las piernas.Katia se sobresaltó, ¿por qué justo ahora le venía el periodo?Sin perder tiempo, salió corriendo a su carro y lo condujo montaña arriba. El sudor le corría por la frente. No podía más, el dolor le doblaba el cuerpo.Tuvo que frenar. Se detuvo a un lado del camino y, con manos temblorosas, sacó el celular y marcó el número de Débora.—Débora, ¿ya regresaste? ¿Puedes venir… por mí, por favor?—¿Dónde estás, Kati? ¿Qué pasó?—Estoy en el camino de la Finca Herrera, por la subida…A lo lejos, el ulular de una ambulancia rompió la paz de la noche. Por suerte, Débora tuvo el tino de llamar por ayuda.Cuando Katia llegó al hospital, el reloj ya marcaba la una de la madrugada.Después de una serie de revisiones, la noticia cayó como un golpe: Katia había perdido al bebé. Tenía seis semanas de embarazo y ni siquiera lo sabía.Tendida en la cama del hospital, una lágrima silenciosa rodó por la mejilla de Katia.Pobre criatura, ni siquiera tuvo la oportunidad de ver el mundo.Débora explotó, los ojos le brillaban de rabia y soltó una sarta de insultos.—¡Maldito desgraciado! ¿No sabía que estabas embarazada? ¿Por qué te hace ir al Jardín de Orquídeas y te trata así, como si no le importaras?Katia nunca había sido regular, así que ni sospechaba que estaba embarazada.Haciendo memoria, ese bebé debió concebirse el mes anterior, justo cuando no la mandaron al Jardín de Orquídeas sino al Estado Libre de Orizaba.En esa ocasión, él estaba allá por trabajo y la llevó consigo. Katia lo acompañó los tres días enteros antes de regresar a casa.En ese entonces, él le advirtió que ya había agotado la “cuota” del mes.Aun así, este mes la mandó buscar de nuevo.En ese momento, una doctora entró tocando la puerta, con un expediente en la mano.—Fuiste demasiado descuidada —dijo con seriedad—. Sabías que estabas embarazada, ¿por qué tomaste pastillas anticonceptivas? Este bebé se pudo haber salvado.¿Anticonceptivas?Tanto Katia como Débora se quedaron paralizadas.Katia y Federico jamás usaban nada. ¿Cómo era posible que le aparecieran restos de anticonceptivos en el cuerpo?A Débora se le encendieron los ojos con furia.—¡Ese maldito, por quedar bien con la Orquídea esa, te estuvo dando anticonceptivos a escondidas! Si no quería tener hijos, ¿por qué no te lo dijo de frente? ¿Por qué hacerte esto?El pecho de Katia se apretó, la angustia la invadía como una ola.¿De verdad había sido Federico?Cada vez que terminaban, él le pedía al personal que le prepararan un tazón de avena con chía o sopa de pollo. ¿Habrían puesto ahí la medicina?Y el mes pasado, cuando estuvieron en Orizaba, no tuvo oportunidad de darle nada. Por eso este mes insistió en verla, para seguir dándole la medicina.La fuerza la abandonó por completo, como si le hubieran arrancado el alma.—Espérame tantito, yo voy a ir directo con los Herrera. Que me paguen por lo que le hicieron a tu bebé.Débora temblaba de coraje, agarró el celular y se encaminó a la puerta.—Débora —susurró Katia, con la voz hecha pedazos—, no vayas.—¡Kati! —Débora se volteó con el alma en un hilo—. ¡Ese hombre mató a tu hijo! ¿Vas a dejarlo así?Katia cerró los ojos, respiró hondo y, al abrirlos, solo quedaba el brillo de la rabia y la decisión.—Ya decidimos divorciarnos. No quiero volver a saber nada de él.Pausó, miró a Débora muy seria.—Pero lo que pasó con mi bebé, lo voy a investigar. Y al que esté detrás de esto, no lo voy a perdonar. ¡A nadie!La intensidad de su mirada hizo que Débora sintiera escalofríos. Así era la verdadera Katia: parecía frágil, pero por dentro era más firme que nadie.Débora dejó el celular sobre la mesita y le apretó la mano a Katia.—Cuenta conmigo. Esto no se queda así. Quien haya sido, va a pagar muy caro....A medianoche, un trueno despertó a Katia. Dio vueltas en la cama, sin poder dormir.Abrió los ojos y se quedó mirando la luz tenue de la lámpara. Sus pensamientos vagaban lejos, muy lejos.Capítulo 3El matrimonio de Katia y Federico había permanecido oculto durante tres años, y en todo ese tiempo, su relación se reducía a cumplir con las obligaciones de pareja, nada más.Ese día era cinco del mes, según el calendario lunar. Como de costumbre, Federico Herrera pidió al mayordomo que llevara a Katia Gil hasta la famosa Jardín de Orquídea.Katia siempre había sentido fascinación por ese lugar, un espacio repleto de lirios blancos. El aroma impregnaba el aire, envolviéndola en un ambiente tan etéreo que parecía sacado de un sueño.Pero esta vez era distinto. El plazo de tres años había llegado a su fin. No solo asistía a esa última cita, sino que había tomado una decisión: ese día, tenía que divorciarse de él.Al entrar en la habitación, se topó con Federico saliendo del baño.Él traía el torso desnudo, con hombros anchos y cintura estrecha, la espalda formando un perfecto triángulo invertido. Cada músculo se marcaba bajo su piel y la toalla que llevaba en la cintura caía de forma descuidada. Las gotas de agua recorrían su torso, deslizándose por los abdominales bien definidos y perdiéndose en el borde de la toalla, invitando a la imaginación.Su cara parecía esculpida por el mismísimo destino.En ese instante, sus labios permanecían apretados, con un leve rubor por el baño, pero sin un atisbo de calidez. Era una expresión tan distante que desalentaba cualquier intento de acercamiento.De pronto, Federico la tomó en brazos y caminó directo hacia la cama.—¡Ay! —exclamó Katia, rodeándolo con los brazos por puro reflejo.Federico no pronunció palabra. Bajó la cabeza y la besó, mientras sus manos buscaban deshacerse del elegante vestido que ella llevaba.El aroma a tabaco, mezclado con un leve toque de alcohol, la mareaba un poco. Así era él, intenso y brusco, sobre todo después de no verse por tanto tiempo.La besó con fuerza, como si quisiera devorarla entera.El ambiente en la habitación se volvió cada vez más cálido.El aire se impregnó de una energía cargada de deseo.Esa noche, Katia y Federico volvieron a fundirse en uno solo…El cinco y el veinticinco de cada mes eran los días pactados para que Katia y Federico compartieran la cama. Cuando llegaba la fecha, el mayordomo la recogía y la llevaba a Jardín de Orquídea. Sin embargo, nunca vivían juntos.Ya era momento. Tenía el acuerdo de divorcio en su bolso, y lo único que le quedaba claro era que ese era el destino de su matrimonio.Su vida con él solo había durado esos tres años prestados....A mitad de la noche, Katia despertó por el hambre.Federico ya no estaba. Incluso la cama había perdido su calor.Con el cuerpo adolorido, se obligó a levantarse y, tras ponerse una bata, bajó las escaleras.El mayordomo la recibió apenas la vio.—Señora, ya despertó. Seguramente tiene hambre. Antes de irse, el señor pidió que le prepararan avena con chía.—Gracias.Katia se sentó y empezó a comer despacio, sin apuro.De manera distraída, revisó su celular. De pronto, varias tendencias en redes sociales aparecieron en la pantalla.[#Sr. Federico organiza una fiesta de cumpleaños millonaria para la hija de los Portillo][#Buenas noticias: Federico y Orquídea Portillo, historia de amor en República Unida de San Cristóbal]Sus pupilas se dilataron. El impacto de leer esos encabezados la dejó helada.Una oleada de mareo la sacudió.Orquídea.Así que ese era el verdadero amor de Federico.Ahora lo entendía: todo ese Jardín de Orquídea, ese paraíso de lirios blancos que tanto le gustaba, había sido creado para otra. Su corazón llevaba el nombre de Orquídea, no el de ella.Sintió los ojos empañarse. En la foto, el hombre de sonrisa radiante y porte imponente era su esposo, Federico.Él abrazaba a una mujer hermosa, con una alegría que ella nunca había visto en él.Siempre pensó que Federico era incapaz de sonreír.Ahora lo sabía: simplemente no le gustaba sonreírle a ella.El collar en forma de lirio rojo que Orquídea llevaba al cuello le atravesó el alma como una espina.A Katia le dolía mirar ese collar. Era el mismo que había deseado durante tanto tiempo…Dejó la cuchara sobre la mesa y subió a cambiarse de ropa.Al pasar junto a la cama vacía, una sensación de vacío la invadió.Ese hombre no tenía fondo. Por la tarde la había tenido entre sus brazos y por la noche ya estaba en República Unida de San Cristóbal, organizando una fiesta para su musa.Diez minutos después, Katia bajó de nuevo y le pidió al mayordomo que la llevara de regreso a su casa.No pensaba volver más a ese lugar.Ya en casa, sacó del bolso el acuerdo de divorcio y lo revisó.Llevaba un mes con ese documento guardado, lista para dárselo a Federico. Pero al final, él se había marchado antes....Al día siguiente, el timbre del celular la despertó.Débora Salgado, su mejor amiga, la había llamado más de veinte veces. ¿Qué habría pasado para que la buscara con tanta insistencia?Katia devolvió la llamada de inmediato.—¡Por fin contestas! Pensé que te habías rendido con la vida, me asustaste muchísimo —la voz de Débora sonó tan angustiada que Katia no pudo evitar llevarse la mano a la frente, resignada.—Tranquila, amiga. Yo amo la vida, ni de loca me haría daño.Después de dormir, sentía que el dolor en el pecho se había disipado un poco.—No te muevas, en cuanto pueda vuelo para verte.Débora hablaba con urgencia.—Te espero.Colgó. A Katia le quedó un hueco en el pecho. Se quedó mirando el techo, recordando todos los años junto a Federico.Cuando él saltó de grado en la secundaria, ella lo siguió. Cuando él se fue al extranjero, ella también se fue. Él estudió medicina y, sin dudarlo, ella eligió lo mismo… Incluso cuando él cayó al mar, ella se lanzó después...Pero él seguía sin recordarla.Hace tres años, Federico tuvo un accidente de carro que lo dejó ciego. Poco después, le llegó la noticia de que su primer amor se había marchado al extranjero.Y entonces, ella apareció.En aquel entonces, cuando la señora Sara León agonizaba, utilizó sus conexiones para que Katia se casara con la familia Herrera.Al principio, Federico la rechazó por completo. Más tarde, por culpa de una trampa del señor Gonzalo, terminaron siendo pareja de verdad. Desde entonces, la presión por tener un hijo no paró ni un solo día, y por eso Federico aceptó tener una vida de pareja estrictamente programada: dos encuentros al mes, ni uno más.Katia recordaba que fue hasta el segundo año de casados cuando Federico recuperó la vista. La primera vez que la miró, todo su cuerpo transmitía una distancia helada y en su cara solo había desprecio.Ella pensó que podría derretir ese hielo con su propio calor.Pero ahora entendía: la chispa que él necesitaba nunca estuvo en ella.El teléfono sonó otra vez, sacándola de sus pensamientos.Katia contestó y, tras escuchar dos frases, la llamada se cortó.La persona que la buscaba era la señora Dolores, quien le pidió que regresara de inmediato a la mansión.Un mal presentimiento se instaló en su pecho, pero no tuvo tiempo de analizarlo. Se levantó a toda prisa.A las cuatro de la tarde, Katia ya estaba de vuelta en la mansión Herrera.La familia Herrera era la más poderosa de Salvadera de los Santos. Su fortuna y prestigio eran legendarios, y el señor Gonzalo tenía dos hijos y dos hijas. Federico, por ser el nieto mayor de la primera esposa, siempre fue el favorito.Cuando Katia entró al gran salón, la señora Dolores se levantó de inmediato.Le lanzó una mirada fulminante.—¿Fuiste tú la que fue a quejarse con papá? No te imaginas, siempre tan callada y ahora sales con tus intrigas.Katia soportó la hostilidad de su suegra. Con voz tranquila, respondió:—Señora Dolores, no sé de qué habla.—Federico está en el estudio, castigado —soltó Dolores, y con solo una mirada, le indicó al mayordomo que subiera a Katia.Apenas se acercaban al estudio, ya se oían los gritos.—¡Eres un malagradecido! ¿Todavía te atreves a contestarme? ¿Quieres matarme de un coraje?El señor Gonzalo estaba tan furioso que casi se le salía el corazón por la boca.—Abuelo, lo forzado nunca sale bien. ¿No me prometió que si Katia no quedaba embarazada en tres años, me dejaría divorciarme y buscar a alguien más?—¿Así que quieres divorciarte, mocoso? Por ahora siguen casados, y no te permito que sigas con esos chismes con esa tal Orquí. Vas a sacar un comunicado y aclarar todo.—Lo que digan en internet no lo puedo controlar, ¿para qué pelear con la gente de la red, abuelo?—¡Te voy a dar una buena!Desde dentro se oían golpes y ruidos.Katia respiró hondo, se acomodó el cabello y, armándose de valor, tocó la puerta.La puerta se abrió. Gonzalo Herrera la miró, sorprendido.—¡Kati, viniste!—Abuelo, no se altere, cuide su salud —dijo Katia, tomando el brazo del anciano y dedicándole una sonrisa suave.—¿Y tú qué esperas? ¡Pídele disculpas a Kati! —ordenó Gonzalo, sin miramientos, a Federico.Federico apretó los labios, la mirada cargada de desprecio. Había planeado soltar la noticia justo al cumplirse los tres años, seguro de que esa mujer entendería por fin su lugar.—Abuelo, quiero platicar con Federico a solas —dijo Katia.Gonzalo captó la indirecta y salió del estudio.Katia miró a Federico y le dijo, sin titubear:—Federico, divorciémonos. No pienso ser un obstáculo para ti.Federico abrió los ojos con sorpresa, como si estuviera frente a algo que no podía comprender.Él esperaba que ella regresara gritando, o que al menos buscara el apoyo del abuelo. Pero nunca imaginó que diría la palabra “divorcio” con tanta ligereza.¿De verdad estaba dispuesta a dejar el puesto de señora Herrera por iniciativa propia?Katia añadió con calma:—Podemos empezar con los trámites. Cuando tú quieras, se lo cuentas al abuelo.Federico guardó silencio unos segundos antes de responder:—¿Qué quieres a cambio?—Nada. Separémonos en buenos términos. Aquí tengo el acuerdo de divorcio que redacté —respondió, sacando el documento de su bolsa y colocándolo sobre la mesa.Federico soltó una risita burlona y la miró con frialdad.—Si ya entendiste, no te voy a dejar sin nada. Mañana en la mañana, ven a la oficina para firmar. Nuestro abogado se encargará del acuerdo.El mensaje era claro: el acuerdo lo dictaría él, no ella.—Está bien, ahí estaré —contestó Katia, sin mostrar emoción, antes de salir del estudio.Para ella, separarse en paz era lo único digno que podía darle a ese matrimonio.Katia se quedó a cenar en la mansión Herrera. Al despedirse, abrazó al señor Gonzalo y se preparó para irse en su carro.De pronto, empezó a llover. La llovizna caía suave, como si el cielo llorara con ella.Apenas había caminado unos pasos, cuando un dolor agudo le atravesó el vientre y sintió cómo la sangre caliente le corría por las piernas.Katia se sobresaltó, ¿por qué justo ahora le venía el periodo?Sin perder tiempo, salió corriendo a su carro y lo condujo montaña arriba. El sudor le corría por la frente. No podía más, el dolor le doblaba el cuerpo.Tuvo que frenar. Se detuvo a un lado del camino y, con manos temblorosas, sacó el celular y marcó el número de Débora.—Débora, ¿ya regresaste? ¿Puedes venir… por mí, por favor?—¿Dónde estás, Kati? ¿Qué pasó?—Estoy en el camino de la Finca Herrera, por la subida…A lo lejos, el ulular de una ambulancia rompió la paz de la noche. Por suerte, Débora tuvo el tino de llamar por ayuda.Cuando Katia llegó al hospital, el reloj ya marcaba la una de la madrugada.Después de una serie de revisiones, la noticia cayó como un golpe: Katia había perdido al bebé. Tenía seis semanas de embarazo y ni siquiera lo sabía.Tendida en la cama del hospital, una lágrima silenciosa rodó por la mejilla de Katia.Pobre criatura, ni siquiera tuvo la oportunidad de ver el mundo.Débora explotó, los ojos le brillaban de rabia y soltó una sarta de insultos.—¡Maldito desgraciado! ¿No sabía que estabas embarazada? ¿Por qué te hace ir al Jardín de Orquídeas y te trata así, como si no le importaras?Katia nunca había sido regular, así que ni sospechaba que estaba embarazada.Haciendo memoria, ese bebé debió concebirse el mes anterior, justo cuando no la mandaron al Jardín de Orquídeas sino al Estado Libre de Orizaba.En esa ocasión, él estaba allá por trabajo y la llevó consigo. Katia lo acompañó los tres días enteros antes de regresar a casa.En ese entonces, él le advirtió que ya había agotado la “cuota” del mes.Aun así, este mes la mandó buscar de nuevo.En ese momento, una doctora entró tocando la puerta, con un expediente en la mano.—Fuiste demasiado descuidada —dijo con seriedad—. Sabías que estabas embarazada, ¿por qué tomaste pastillas anticonceptivas? Este bebé se pudo haber salvado.¿Anticonceptivas?Tanto Katia como Débora se quedaron paralizadas.Katia y Federico jamás usaban nada. ¿Cómo era posible que le aparecieran restos de anticonceptivos en el cuerpo?A Débora se le encendieron los ojos con furia.—¡Ese maldito, por quedar bien con la Orquídea esa, te estuvo dando anticonceptivos a escondidas! Si no quería tener hijos, ¿por qué no te lo dijo de frente? ¿Por qué hacerte esto?El pecho de Katia se apretó, la angustia la invadía como una ola.¿De verdad había sido Federico?Cada vez que terminaban, él le pedía al personal que le prepararan un tazón de avena con chía o sopa de pollo. ¿Habrían puesto ahí la medicina?Y el mes pasado, cuando estuvieron en Orizaba, no tuvo oportunidad de darle nada. Por eso este mes insistió en verla, para seguir dándole la medicina.La fuerza la abandonó por completo, como si le hubieran arrancado el alma.—Espérame tantito, yo voy a ir directo con los Herrera. Que me paguen por lo que le hicieron a tu bebé.Débora temblaba de coraje, agarró el celular y se encaminó a la puerta.—Débora —susurró Katia, con la voz hecha pedazos—, no vayas.—¡Kati! —Débora se volteó con el alma en un hilo—. ¡Ese hombre mató a tu hijo! ¿Vas a dejarlo así?Katia cerró los ojos, respiró hondo y, al abrirlos, solo quedaba el brillo de la rabia y la decisión.—Ya decidimos divorciarnos. No quiero volver a saber nada de él.Pausó, miró a Débora muy seria.—Pero lo que pasó con mi bebé, lo voy a investigar. Y al que esté detrás de esto, no lo voy a perdonar. ¡A nadie!La intensidad de su mirada hizo que Débora sintiera escalofríos. Así era la verdadera Katia: parecía frágil, pero por dentro era más firme que nadie.Débora dejó el celular sobre la mesita y le apretó la mano a Katia.—Cuenta conmigo. Esto no se queda así. Quien haya sido, va a pagar muy caro....A medianoche, un trueno despertó a Katia. Dio vueltas en la cama, sin poder dormir.Abrió los ojos y se quedó mirando la luz tenue de la lámpara. Sus pensamientos vagaban lejos, muy lejos.