Durante seis años de matrimonio, Begoña Salinas creyó ser la mujer más feliz del mundo... hasta que vio con sus propios ojos la traición de Mariano Guzmán, su marido, con la tutora de su hijo. Diez años de amor se hicieron añicos al descubrir que incluso su propio hijo prefería a la otra mujer. Lo más cruel era que su suegra había orquestado todo, y su mejor amiga también la había traicionado. Cuando la verdad salió a la luz, Begoña decidió fingir su muerte y desaparecer sin dejar rastro. Pero Mariano enloqueció, buscándola por toda la ciudad, rogando de rodillas su perdón. Begoña solo soltó una risa fría: 'Tu amor me da asco.' Esta vez, no quería al marido. No quería al hijo. Solo quería verlos sufrir.

Capítulo 1Seis años de casada, y Begoña Salinas por fin descubrió que todo el amor de su esposo no era más que una farsa.¿Cómo era posible que alguien pudiera fingir tan bien?Él siempre decía que la amaba, que la adoraba más que a nadie, pero ¿eso se podía llamar amor?Ya no podía seguir. Tenía que irse.—Jefe, necesito que me reincorpore de inmediato.—Bego, si desapareces de repente, seguro Mariano Guzmán se vuelve loco —la voz del hombre al otro lado de la línea sonaba tranquila, con un ligero dejo de asombro. Sabía que llevaban seis años de matrimonio, un hijo y una vida aparentemente perfecta.Mariano, su esposo, parecía amarla con locura y siempre la trataba como una reina.—Ya no importa lo que él sienta —Begoña apretó el celular con tanta fuerza que le temblaron los dedos.—De acuerdo. Perderte fue el mayor error de la organización. Dame máximo un mes y arreglaremos todo. Cuando llegue el momento, “Begoña” desaparecerá, y “Clave” volverá a casa.—Gracias, jefe.Begoña guardó el celular.En la pantalla de la computadora, las cámaras de vigilancia mostraban a un hombre y una mujer enredados por toda la casa.Las imágenes le quemaban los ojos.Jamás imaginó que el hombre con quien compartió diez años, desde la secundaria hasta el altar, pudiera traicionarla así.Con la niñera de su hijo.En el estudio, decenas de condones de colores diferentes cubrían el suelo; algunos aún aplastaban su acta de matrimonio dentro de la caja fuerte.Desde que nació Agustín, su hijo, Begoña quedó débil y no había logrado embarazarse de nuevo, por más que lo intentaron.No habían vuelto a usar condones desde entonces.Pero ahí estaba Mariano, abriendo uno tras otro en cada rincón de la casa, como si nada le fuera suficiente.¿Cómo se atrevía?De pronto, un mensaje emergente apareció en la pantalla.El WhatsApp de Mariano estaba sincronizado con la computadora.[Agustín dice que de ahora en adelante te va a llamar mamá, y a mí, “mamita”. ¿Y tú, amorcito?]En la esquina inferior derecha, una respuesta llegó de inmediato: [Esposa.]Begoña se quedó viendo esas seis letras, y se dejó caer en la silla de la oficina, apretando el pecho para tratar de calmar el dolor que la atravesaba.Apretó los puños tan fuerte que las uñas se le enterraron, y la sangre le manchó la palma.Pero el dolor físico no se comparaba con lo que sentía en el alma.Se obligó a no perder la cabeza y leyó uno a uno los miles de mensajes entre Mariano y Rosario, cada uno más descarado que el anterior.¡Todo había empezado después de que nació Agustín Guzmán!¡Cinco años de engaño!Y aun así, Mariano nunca dejó que se notara.Las fotos de boda que una vez creía llenas de amor ahora parecían más crueles que ese montón de condones tirados por el suelo.Pensó en su pequeño Agustín.Ese día era el “Día de Padres e Hijos” en el kinder, y solo de pensar que Agustín estaba con Rosario Ibáñez, llamándola “mamita”, el corazón se le hacía trizas.¡Ese era su hijo!Agarró las llaves del carro y bajó corriendo, pero al llegar a la planta baja escuchó los murmullos de las empleadas.—Ay, Dios, ¿y esto? ¿Por qué estaba entre la ropa de la señora?—Unos trapos llenos de hoyos, ¿eso también es ropa?—Shhh, son de “ella” —susurró una de las empleadas.—Tíralos a su cuarto, ya.—Esa mujercita, ni vergüenza le da meterse con el esposo ajeno…Begoña vio cómo las empleadas abrían la puerta de la recámara de Rosario, en la planta baja, y aventaban una lencería provocativa, riéndose por lo bajo.—¿Señora? ¿Señora?Las empleadas, al verla parada en la sala, fingieron estar ocupadas y salieron apuradas, como si nada hubiera pasado.Al final, parece que la única engañada en toda la casa era ella.Begoña, con el alma hecha pedazos, llegó al kinder y vio a Rosario jugando con Agustín.—Mamá, ¿y el pay de mango?Agustín la miró con reproche al ver que no traía nada en las manos.—Lo olvidé, Agustín.—Entonces ve a comprarlo ya, —Agustín hizo un berrinche—. La señorita Rosario me lo prometió desde hace días.—No te preocupes, Agustín. Si quiero, yo misma puedo comprarlo —Rosario intervino, con una sonrisa comprensiva.Begoña pensó en lo ingenua que había sido. Antes, cuando veía que Rosario cuidaba tan bien de Agustín, incluso llegaba a premiarla de vez en cuando...Agustín miró a Rosario con una sonrisa aduladora.—Señorita Rosario, ¿no decías que esa tienda tiene la mejor comida? Que es famosa en las redes y que hay que hacer fila tres horas para comprar, ¿no?—Si tienes que acompañarme, ¿cómo vas a irte tres horas? Mejor dejo que mi mamá vaya por nosotros.—¿Cómo se te ocurre mandar a Begoña a comprar eso?—A mi mamá le encanta hacer cosas por mí. Si no la dejo, hasta se pone de malas.Agustín soltó esas palabras con ese aire de que ya sabía cómo manipular el orgullo de Rosario.Al escuchar a su hijo, Begoña sintió una punzada en el pecho. Sus ojos se volvieron duros como el hielo.En ese momento, la maestra del kínder se acercó:—Ahora toca el juego de tres piernas, un niño y uno de sus papás van juntos.Begoña deseaba estar al lado de Agustín.—Agustín, deja que tu mamá juegue contigo.—No hace falta —respondió Agustín mientras tomaba la cuerda y sin siquiera mirarla, empezó a amarrarse la pierna junto a la de Rosario—. La señorita Rosario es mejor para este juego.—Agustín, yo soy tu mamá —insistió Begoña, sin rendirse, y lo tomó de la mano.Pero Agustín apartó su mano de un tirón, y soltó en tono agudo:—¡Mamá, eres bien fastidiosa! ¿No puedes dejarme que otra persona sea mi mamá por un rato?La herida de Begoña se abrió como nunca antes.—¿Qué dijiste?Había arriesgado la vida para traer a Agustín al mundo. Lo había cuidado personalmente, día y noche, viendo cómo crecía. Y ahora, por solo tres meses que Rosario lo atendió, su hijo ya prefería a otra.Rosario intervino con una sonrisa burlona:—Begoña, ¿no decías que harías cualquier cosa por Agustín? Además, ¿quién no querría tener una mamá gimnasta? Soy más joven, tengo más energía, y claro, más guapa.—Con la señorita Rosario seguro ganamos —añadió Agustín.Chocaron las palmas, celebrando su alianza.Rosario tomó de la mano a Agustín, y le lanzó a Begoña una mirada desafiante, como diciendo “a ver si puedes contra esto”.A Begoña el coraje le recorría todo el cuerpo. Temblaba de rabia.—¿Quién te crees para hablarle así a mi esposa?La voz de Mariano sonó tajante y vibraba de indignación. Caminó hasta Begoña y la rodeó por la cintura con el brazo, protegiéndola.—Tú solo eres la tutora de Agustín —le espetó a Rosario—. La próxima vez que le faltes al respeto a mi esposa, te largas de la familia Guzmán.—¡Discúlpate ahora mismo con mi esposa!Rosario bajó la cabeza al instante. Se le notaba el temblor en los hombros, fingiendo estar asustada.—Perdón, Begoña. No volverá a pasar.Begoña veía esa farsa entre los dos, como si hubieran ensayado para burlarse de ella.Por dentro, solo le quedaba un vacío helado.En ese momento, lo único que deseaba era llevarse a su hijo y huir de ahí.Pero Agustín, fuera de sí, les gritó:—¡Papá! ¿Por qué regañas a la señorita Rosario? Ella tiene razón, ¡mamá sí está vieja y no entiende nada!Defendía a Rosario como si fuera la única persona importante, despreciando a su madre sin piedad.Begoña apenas podía hablar, temblando de dolor.—¿La quieres tanto? ¿Prefieres que ella sea tu mamá?Agustín la miró con unos ojos llenos de hielo y contestó, sin dudar:—¡Sí!Esas palabras fueron la gota que derramó el vaso.Agarró la mano de Rosario y corrió con ella hasta el inicio de la carrera.Begoña solo pudo ver cómo su hijo se abrazaba a Rosario, riendo y hablando llenos de alegría, como si fueran familia de verdad.Su corazón se rompió en pedazos.—Tranquila, amor, el niño está pequeño, poco a poco lo entenderá —le susurró Mariano al oído, tratando de consolarla—. No te hagas daño. Voy a hablar con mi mamá para que se vaya.Esa mirada dulce de Mariano, esas palabras que antes la hacían sentir querida, ahora le parecían veneno.El dolor la ahogaba.Si tanto el padre como el hijo ya habían elegido a Rosario, entonces ella no necesitaba a ninguno de los dos.No tenía nada que la atara. Begoña empujó a Mariano y salió del kínder sin mirar atrás.A más tardar en un mes, desaparecería.Después, el mundo sería lo suficientemente grande para ella.Nunca más habría espacio para ellos en su vida.Begoña salió del jardín de niños. El mayordomo, al notar que ella lucía decaída, le propuso:—Señora, ¿a dónde piensa ir? Si quiere, la llevo en el carro.¿A dónde podía ir?Hace mucho que estaba sola en el mundo, sin familia ni gente cercana. El único lugar al que podía ir, era ese.—No hace falta.El mayordomo la vio alejarse, con una sensación extraña, como si algo no encajara.En ese momento, sonó su celular.Del otro lado, la voz de la empleada doméstica sonaba temblorosa y asustada:—¡Señora, la señora descubrió el secreto del señor!La empleada se había asustado al ver el estudio hecho un desastre.El mayordomo fue de inmediato a contarle la noticia a la abuela....Begoña conducía su Panamera, acelerando por la autopista, dejando atrás el bullicio de la ciudad y adentrándose en las montañas.Mientras tanto, en la sala de descanso de la presidencia del Grupo Guzmán.Mariano y Rosario seguían enredados entre las sábanas. El celular de la mesita de noche empezó a sonar.Mariano lo tomó y revisó la alerta: en la pantalla, un punto rojo se alejaba cada vez más.—¿Amor, Agustín ya casi termina su clase de box, verdad? —Rosario lo abrazó por la espalda, su voz dulce y tentadora.Mariano apartó a Rosario, sin dejar de mirar el punto rojo que se alejaba del centro. Al escuchar ese “amor”, sintió un malestar indescriptible, como si algo muy valioso se le escapara.—No vuelvas a llamarme así.Su voz sonó seca, tajante.Nadie tenía derecho a llamarlo así, salvo su Bego.Se había dejado llevar por el momento. No volvería a cometer ese error.Se subió el pantalón de vestir y salió sin mirar atrás.Al quedarse sola, la sonrisa complaciente de Rosario se desvaneció de golpe. De un manotazo, aventó al bote de basura la foto de Mariano y Begoña que estaba sobre la mesa de noche.Era más joven y atractiva que Begoña, y en la intimidad complacía más a Mariano. Incluso Agustín empezaba a preferirla.¿Entonces por qué Mariano seguía tan pendiente de Begoña?Seguramente era por costumbre, por esos años juntos. Pero si había que quitar del camino a Begoña, Rosario lo haría con sus propias manos....En el cementerio de las afueras, la lluvia caía, constante y fría.Begoña llevaba un rato de pie frente a la tumba. Había prometido a su madre que sería feliz toda la vida, pero ya no podía cumplir esa promesa.Con la voz rota, murmuró:—Mamá, lo siento. Decidí divorciarme de Mariano. La custodia de Agustín se la dejaré a él.—Quiero llevarte conmigo, no quiero que sigas aquí sola.—¿Y a dónde quieres llevar a mamá?De pronto, alguien cubrió su cabeza con un paraguas, protegiéndola de la lluvia. Una voz suave y familiar la envolvió.Al voltear, Begoña encontró los ojos claros y definidos de Mariano reflejados en los suyos, llenos de sorpresa.—¿Cómo supiste que estaba aquí? —frunció el ceño, preguntando con cautela. Al parecer, él no había escuchado la frase anterior.—Eso es porque estamos conectados —respondió Mariano, con una sonrisa que pretendía ser cómplice.Mariano la abrazó con fuerza, apretándola más y más contra su pecho.—Amor, te fuiste de la ciudad de repente. Me preocupaste muchísimo.El calor de su cuerpo intentaba derretir el hielo que se había formado en el corazón de Begoña, pero ya nada podía devolverle el calor.Percibió en él el aroma de perfume de margaritas.Era el que usaba Rosario.—¿Y qué te preocupa tanto?—¿Acaso hiciste algo que no me puedas contar y tienes miedo de que lo descubra y me aleje de ti?Begoña lo observó con detenimiento, buscando alguna señal en su cara.El rostro de Mariano se volvió serio. Levantó tres dedos al cielo y juró:—Amor, te lo juro aquí, frente a la tumba de tu mamá: nunca te he traicionado, ni lo he hecho antes, ni ahora, ni lo haré jamás. Si llego a fallarte, que me parta un rayo.Apenas terminó de hablar, el cielo retumbó con un trueno que hizo que hasta Mariano se estremeciera.Hasta el mismísimo cielo parecía querer desenmascarar su mentira.Begoña pensó en todos esos años en los que él la había engañado a sus espaldas, mientras aún le susurraba palabras de amor.Sus grandes ojos almendrados destilaban una tristeza gélida.—No hace falta que te parta un rayo… sería un desperdicio para el cielo.Capítulo 2Seis años de casada, y Begoña Salinas por fin descubrió que todo el amor de su esposo no era más que una farsa.¿Cómo era posible que alguien pudiera fingir tan bien?Él siempre decía que la amaba, que la adoraba más que a nadie, pero ¿eso se podía llamar amor?Ya no podía seguir. Tenía que irse.—Jefe, necesito que me reincorpore de inmediato.—Bego, si desapareces de repente, seguro Mariano Guzmán se vuelve loco —la voz del hombre al otro lado de la línea sonaba tranquila, con un ligero dejo de asombro. Sabía que llevaban seis años de matrimonio, un hijo y una vida aparentemente perfecta.Mariano, su esposo, parecía amarla con locura y siempre la trataba como una reina.—Ya no importa lo que él sienta —Begoña apretó el celular con tanta fuerza que le temblaron los dedos.—De acuerdo. Perderte fue el mayor error de la organización. Dame máximo un mes y arreglaremos todo. Cuando llegue el momento, “Begoña” desaparecerá, y “Clave” volverá a casa.—Gracias, jefe.Begoña guardó el celular.En la pantalla de la computadora, las cámaras de vigilancia mostraban a un hombre y una mujer enredados por toda la casa.Las imágenes le quemaban los ojos.Jamás imaginó que el hombre con quien compartió diez años, desde la secundaria hasta el altar, pudiera traicionarla así.Con la niñera de su hijo.En el estudio, decenas de condones de colores diferentes cubrían el suelo; algunos aún aplastaban su acta de matrimonio dentro de la caja fuerte.Desde que nació Agustín, su hijo, Begoña quedó débil y no había logrado embarazarse de nuevo, por más que lo intentaron.No habían vuelto a usar condones desde entonces.Pero ahí estaba Mariano, abriendo uno tras otro en cada rincón de la casa, como si nada le fuera suficiente.¿Cómo se atrevía?De pronto, un mensaje emergente apareció en la pantalla.El WhatsApp de Mariano estaba sincronizado con la computadora.[Agustín dice que de ahora en adelante te va a llamar mamá, y a mí, “mamita”. ¿Y tú, amorcito?]En la esquina inferior derecha, una respuesta llegó de inmediato: [Esposa.]Begoña se quedó viendo esas seis letras, y se dejó caer en la silla de la oficina, apretando el pecho para tratar de calmar el dolor que la atravesaba.Apretó los puños tan fuerte que las uñas se le enterraron, y la sangre le manchó la palma.Pero el dolor físico no se comparaba con lo que sentía en el alma.Se obligó a no perder la cabeza y leyó uno a uno los miles de mensajes entre Mariano y Rosario, cada uno más descarado que el anterior.¡Todo había empezado después de que nació Agustín Guzmán!¡Cinco años de engaño!Y aun así, Mariano nunca dejó que se notara.Las fotos de boda que una vez creía llenas de amor ahora parecían más crueles que ese montón de condones tirados por el suelo.Pensó en su pequeño Agustín.Ese día era el “Día de Padres e Hijos” en el kinder, y solo de pensar que Agustín estaba con Rosario Ibáñez, llamándola “mamita”, el corazón se le hacía trizas.¡Ese era su hijo!Agarró las llaves del carro y bajó corriendo, pero al llegar a la planta baja escuchó los murmullos de las empleadas.—Ay, Dios, ¿y esto? ¿Por qué estaba entre la ropa de la señora?—Unos trapos llenos de hoyos, ¿eso también es ropa?—Shhh, son de “ella” —susurró una de las empleadas.—Tíralos a su cuarto, ya.—Esa mujercita, ni vergüenza le da meterse con el esposo ajeno…Begoña vio cómo las empleadas abrían la puerta de la recámara de Rosario, en la planta baja, y aventaban una lencería provocativa, riéndose por lo bajo.—¿Señora? ¿Señora?Las empleadas, al verla parada en la sala, fingieron estar ocupadas y salieron apuradas, como si nada hubiera pasado.Al final, parece que la única engañada en toda la casa era ella.Begoña, con el alma hecha pedazos, llegó al kinder y vio a Rosario jugando con Agustín.—Mamá, ¿y el pay de mango?Agustín la miró con reproche al ver que no traía nada en las manos.—Lo olvidé, Agustín.—Entonces ve a comprarlo ya, —Agustín hizo un berrinche—. La señorita Rosario me lo prometió desde hace días.—No te preocupes, Agustín. Si quiero, yo misma puedo comprarlo —Rosario intervino, con una sonrisa comprensiva.Begoña pensó en lo ingenua que había sido. Antes, cuando veía que Rosario cuidaba tan bien de Agustín, incluso llegaba a premiarla de vez en cuando...Agustín miró a Rosario con una sonrisa aduladora.—Señorita Rosario, ¿no decías que esa tienda tiene la mejor comida? Que es famosa en las redes y que hay que hacer fila tres horas para comprar, ¿no?—Si tienes que acompañarme, ¿cómo vas a irte tres horas? Mejor dejo que mi mamá vaya por nosotros.—¿Cómo se te ocurre mandar a Begoña a comprar eso?—A mi mamá le encanta hacer cosas por mí. Si no la dejo, hasta se pone de malas.Agustín soltó esas palabras con ese aire de que ya sabía cómo manipular el orgullo de Rosario.Al escuchar a su hijo, Begoña sintió una punzada en el pecho. Sus ojos se volvieron duros como el hielo.En ese momento, la maestra del kínder se acercó:—Ahora toca el juego de tres piernas, un niño y uno de sus papás van juntos.Begoña deseaba estar al lado de Agustín.—Agustín, deja que tu mamá juegue contigo.—No hace falta —respondió Agustín mientras tomaba la cuerda y sin siquiera mirarla, empezó a amarrarse la pierna junto a la de Rosario—. La señorita Rosario es mejor para este juego.—Agustín, yo soy tu mamá —insistió Begoña, sin rendirse, y lo tomó de la mano.Pero Agustín apartó su mano de un tirón, y soltó en tono agudo:—¡Mamá, eres bien fastidiosa! ¿No puedes dejarme que otra persona sea mi mamá por un rato?La herida de Begoña se abrió como nunca antes.—¿Qué dijiste?Había arriesgado la vida para traer a Agustín al mundo. Lo había cuidado personalmente, día y noche, viendo cómo crecía. Y ahora, por solo tres meses que Rosario lo atendió, su hijo ya prefería a otra.Rosario intervino con una sonrisa burlona:—Begoña, ¿no decías que harías cualquier cosa por Agustín? Además, ¿quién no querría tener una mamá gimnasta? Soy más joven, tengo más energía, y claro, más guapa.—Con la señorita Rosario seguro ganamos —añadió Agustín.Chocaron las palmas, celebrando su alianza.Rosario tomó de la mano a Agustín, y le lanzó a Begoña una mirada desafiante, como diciendo “a ver si puedes contra esto”.A Begoña el coraje le recorría todo el cuerpo. Temblaba de rabia.—¿Quién te crees para hablarle así a mi esposa?La voz de Mariano sonó tajante y vibraba de indignación. Caminó hasta Begoña y la rodeó por la cintura con el brazo, protegiéndola.—Tú solo eres la tutora de Agustín —le espetó a Rosario—. La próxima vez que le faltes al respeto a mi esposa, te largas de la familia Guzmán.—¡Discúlpate ahora mismo con mi esposa!Rosario bajó la cabeza al instante. Se le notaba el temblor en los hombros, fingiendo estar asustada.—Perdón, Begoña. No volverá a pasar.Begoña veía esa farsa entre los dos, como si hubieran ensayado para burlarse de ella.Por dentro, solo le quedaba un vacío helado.En ese momento, lo único que deseaba era llevarse a su hijo y huir de ahí.Pero Agustín, fuera de sí, les gritó:—¡Papá! ¿Por qué regañas a la señorita Rosario? Ella tiene razón, ¡mamá sí está vieja y no entiende nada!Defendía a Rosario como si fuera la única persona importante, despreciando a su madre sin piedad.Begoña apenas podía hablar, temblando de dolor.—¿La quieres tanto? ¿Prefieres que ella sea tu mamá?Agustín la miró con unos ojos llenos de hielo y contestó, sin dudar:—¡Sí!Esas palabras fueron la gota que derramó el vaso.Agarró la mano de Rosario y corrió con ella hasta el inicio de la carrera.Begoña solo pudo ver cómo su hijo se abrazaba a Rosario, riendo y hablando llenos de alegría, como si fueran familia de verdad.Su corazón se rompió en pedazos.—Tranquila, amor, el niño está pequeño, poco a poco lo entenderá —le susurró Mariano al oído, tratando de consolarla—. No te hagas daño. Voy a hablar con mi mamá para que se vaya.Esa mirada dulce de Mariano, esas palabras que antes la hacían sentir querida, ahora le parecían veneno.El dolor la ahogaba.Si tanto el padre como el hijo ya habían elegido a Rosario, entonces ella no necesitaba a ninguno de los dos.No tenía nada que la atara. Begoña empujó a Mariano y salió del kínder sin mirar atrás.A más tardar en un mes, desaparecería.Después, el mundo sería lo suficientemente grande para ella.Nunca más habría espacio para ellos en su vida.Begoña salió del jardín de niños. El mayordomo, al notar que ella lucía decaída, le propuso:—Señora, ¿a dónde piensa ir? Si quiere, la llevo en el carro.¿A dónde podía ir?Hace mucho que estaba sola en el mundo, sin familia ni gente cercana. El único lugar al que podía ir, era ese.—No hace falta.El mayordomo la vio alejarse, con una sensación extraña, como si algo no encajara.En ese momento, sonó su celular.Del otro lado, la voz de la empleada doméstica sonaba temblorosa y asustada:—¡Señora, la señora descubrió el secreto del señor!La empleada se había asustado al ver el estudio hecho un desastre.El mayordomo fue de inmediato a contarle la noticia a la abuela....Begoña conducía su Panamera, acelerando por la autopista, dejando atrás el bullicio de la ciudad y adentrándose en las montañas.Mientras tanto, en la sala de descanso de la presidencia del Grupo Guzmán.Mariano y Rosario seguían enredados entre las sábanas. El celular de la mesita de noche empezó a sonar.Mariano lo tomó y revisó la alerta: en la pantalla, un punto rojo se alejaba cada vez más.—¿Amor, Agustín ya casi termina su clase de box, verdad? —Rosario lo abrazó por la espalda, su voz dulce y tentadora.Mariano apartó a Rosario, sin dejar de mirar el punto rojo que se alejaba del centro. Al escuchar ese “amor”, sintió un malestar indescriptible, como si algo muy valioso se le escapara.—No vuelvas a llamarme así.Su voz sonó seca, tajante.Nadie tenía derecho a llamarlo así, salvo su Bego.Se había dejado llevar por el momento. No volvería a cometer ese error.Se subió el pantalón de vestir y salió sin mirar atrás.Al quedarse sola, la sonrisa complaciente de Rosario se desvaneció de golpe. De un manotazo, aventó al bote de basura la foto de Mariano y Begoña que estaba sobre la mesa de noche.Era más joven y atractiva que Begoña, y en la intimidad complacía más a Mariano. Incluso Agustín empezaba a preferirla.¿Entonces por qué Mariano seguía tan pendiente de Begoña?Seguramente era por costumbre, por esos años juntos. Pero si había que quitar del camino a Begoña, Rosario lo haría con sus propias manos....En el cementerio de las afueras, la lluvia caía, constante y fría.Begoña llevaba un rato de pie frente a la tumba. Había prometido a su madre que sería feliz toda la vida, pero ya no podía cumplir esa promesa.Con la voz rota, murmuró:—Mamá, lo siento. Decidí divorciarme de Mariano. La custodia de Agustín se la dejaré a él.—Quiero llevarte conmigo, no quiero que sigas aquí sola.—¿Y a dónde quieres llevar a mamá?De pronto, alguien cubrió su cabeza con un paraguas, protegiéndola de la lluvia. Una voz suave y familiar la envolvió.Al voltear, Begoña encontró los ojos claros y definidos de Mariano reflejados en los suyos, llenos de sorpresa.—¿Cómo supiste que estaba aquí? —frunció el ceño, preguntando con cautela. Al parecer, él no había escuchado la frase anterior.—Eso es porque estamos conectados —respondió Mariano, con una sonrisa que pretendía ser cómplice.Mariano la abrazó con fuerza, apretándola más y más contra su pecho.—Amor, te fuiste de la ciudad de repente. Me preocupaste muchísimo.El calor de su cuerpo intentaba derretir el hielo que se había formado en el corazón de Begoña, pero ya nada podía devolverle el calor.Percibió en él el aroma de perfume de margaritas.Era el que usaba Rosario.—¿Y qué te preocupa tanto?—¿Acaso hiciste algo que no me puedas contar y tienes miedo de que lo descubra y me aleje de ti?Begoña lo observó con detenimiento, buscando alguna señal en su cara.El rostro de Mariano se volvió serio. Levantó tres dedos al cielo y juró:—Amor, te lo juro aquí, frente a la tumba de tu mamá: nunca te he traicionado, ni lo he hecho antes, ni ahora, ni lo haré jamás. Si llego a fallarte, que me parta un rayo.Apenas terminó de hablar, el cielo retumbó con un trueno que hizo que hasta Mariano se estremeciera.Hasta el mismísimo cielo parecía querer desenmascarar su mentira.Begoña pensó en todos esos años en los que él la había engañado a sus espaldas, mientras aún le susurraba palabras de amor.Sus grandes ojos almendrados destilaban una tristeza gélida.—No hace falta que te parta un rayo… sería un desperdicio para el cielo.Capítulo 3Seis años de casada, y Begoña Salinas por fin descubrió que todo el amor de su esposo no era más que una farsa.¿Cómo era posible que alguien pudiera fingir tan bien?Él siempre decía que la amaba, que la adoraba más que a nadie, pero ¿eso se podía llamar amor?Ya no podía seguir. Tenía que irse.—Jefe, necesito que me reincorpore de inmediato.—Bego, si desapareces de repente, seguro Mariano Guzmán se vuelve loco —la voz del hombre al otro lado de la línea sonaba tranquila, con un ligero dejo de asombro. Sabía que llevaban seis años de matrimonio, un hijo y una vida aparentemente perfecta.Mariano, su esposo, parecía amarla con locura y siempre la trataba como una reina.—Ya no importa lo que él sienta —Begoña apretó el celular con tanta fuerza que le temblaron los dedos.—De acuerdo. Perderte fue el mayor error de la organización. Dame máximo un mes y arreglaremos todo. Cuando llegue el momento, “Begoña” desaparecerá, y “Clave” volverá a casa.—Gracias, jefe.Begoña guardó el celular.En la pantalla de la computadora, las cámaras de vigilancia mostraban a un hombre y una mujer enredados por toda la casa.Las imágenes le quemaban los ojos.Jamás imaginó que el hombre con quien compartió diez años, desde la secundaria hasta el altar, pudiera traicionarla así.Con la niñera de su hijo.En el estudio, decenas de condones de colores diferentes cubrían el suelo; algunos aún aplastaban su acta de matrimonio dentro de la caja fuerte.Desde que nació Agustín, su hijo, Begoña quedó débil y no había logrado embarazarse de nuevo, por más que lo intentaron.No habían vuelto a usar condones desde entonces.Pero ahí estaba Mariano, abriendo uno tras otro en cada rincón de la casa, como si nada le fuera suficiente.¿Cómo se atrevía?De pronto, un mensaje emergente apareció en la pantalla.El WhatsApp de Mariano estaba sincronizado con la computadora.[Agustín dice que de ahora en adelante te va a llamar mamá, y a mí, “mamita”. ¿Y tú, amorcito?]En la esquina inferior derecha, una respuesta llegó de inmediato: [Esposa.]Begoña se quedó viendo esas seis letras, y se dejó caer en la silla de la oficina, apretando el pecho para tratar de calmar el dolor que la atravesaba.Apretó los puños tan fuerte que las uñas se le enterraron, y la sangre le manchó la palma.Pero el dolor físico no se comparaba con lo que sentía en el alma.Se obligó a no perder la cabeza y leyó uno a uno los miles de mensajes entre Mariano y Rosario, cada uno más descarado que el anterior.¡Todo había empezado después de que nació Agustín Guzmán!¡Cinco años de engaño!Y aun así, Mariano nunca dejó que se notara.Las fotos de boda que una vez creía llenas de amor ahora parecían más crueles que ese montón de condones tirados por el suelo.Pensó en su pequeño Agustín.Ese día era el “Día de Padres e Hijos” en el kinder, y solo de pensar que Agustín estaba con Rosario Ibáñez, llamándola “mamita”, el corazón se le hacía trizas.¡Ese era su hijo!Agarró las llaves del carro y bajó corriendo, pero al llegar a la planta baja escuchó los murmullos de las empleadas.—Ay, Dios, ¿y esto? ¿Por qué estaba entre la ropa de la señora?—Unos trapos llenos de hoyos, ¿eso también es ropa?—Shhh, son de “ella” —susurró una de las empleadas.—Tíralos a su cuarto, ya.—Esa mujercita, ni vergüenza le da meterse con el esposo ajeno…Begoña vio cómo las empleadas abrían la puerta de la recámara de Rosario, en la planta baja, y aventaban una lencería provocativa, riéndose por lo bajo.—¿Señora? ¿Señora?Las empleadas, al verla parada en la sala, fingieron estar ocupadas y salieron apuradas, como si nada hubiera pasado.Al final, parece que la única engañada en toda la casa era ella.Begoña, con el alma hecha pedazos, llegó al kinder y vio a Rosario jugando con Agustín.—Mamá, ¿y el pay de mango?Agustín la miró con reproche al ver que no traía nada en las manos.—Lo olvidé, Agustín.—Entonces ve a comprarlo ya, —Agustín hizo un berrinche—. La señorita Rosario me lo prometió desde hace días.—No te preocupes, Agustín. Si quiero, yo misma puedo comprarlo —Rosario intervino, con una sonrisa comprensiva.Begoña pensó en lo ingenua que había sido. Antes, cuando veía que Rosario cuidaba tan bien de Agustín, incluso llegaba a premiarla de vez en cuando...Agustín miró a Rosario con una sonrisa aduladora.—Señorita Rosario, ¿no decías que esa tienda tiene la mejor comida? Que es famosa en las redes y que hay que hacer fila tres horas para comprar, ¿no?—Si tienes que acompañarme, ¿cómo vas a irte tres horas? Mejor dejo que mi mamá vaya por nosotros.—¿Cómo se te ocurre mandar a Begoña a comprar eso?—A mi mamá le encanta hacer cosas por mí. Si no la dejo, hasta se pone de malas.Agustín soltó esas palabras con ese aire de que ya sabía cómo manipular el orgullo de Rosario.Al escuchar a su hijo, Begoña sintió una punzada en el pecho. Sus ojos se volvieron duros como el hielo.En ese momento, la maestra del kínder se acercó:—Ahora toca el juego de tres piernas, un niño y uno de sus papás van juntos.Begoña deseaba estar al lado de Agustín.—Agustín, deja que tu mamá juegue contigo.—No hace falta —respondió Agustín mientras tomaba la cuerda y sin siquiera mirarla, empezó a amarrarse la pierna junto a la de Rosario—. La señorita Rosario es mejor para este juego.—Agustín, yo soy tu mamá —insistió Begoña, sin rendirse, y lo tomó de la mano.Pero Agustín apartó su mano de un tirón, y soltó en tono agudo:—¡Mamá, eres bien fastidiosa! ¿No puedes dejarme que otra persona sea mi mamá por un rato?La herida de Begoña se abrió como nunca antes.—¿Qué dijiste?Había arriesgado la vida para traer a Agustín al mundo. Lo había cuidado personalmente, día y noche, viendo cómo crecía. Y ahora, por solo tres meses que Rosario lo atendió, su hijo ya prefería a otra.Rosario intervino con una sonrisa burlona:—Begoña, ¿no decías que harías cualquier cosa por Agustín? Además, ¿quién no querría tener una mamá gimnasta? Soy más joven, tengo más energía, y claro, más guapa.—Con la señorita Rosario seguro ganamos —añadió Agustín.Chocaron las palmas, celebrando su alianza.Rosario tomó de la mano a Agustín, y le lanzó a Begoña una mirada desafiante, como diciendo “a ver si puedes contra esto”.A Begoña el coraje le recorría todo el cuerpo. Temblaba de rabia.—¿Quién te crees para hablarle así a mi esposa?La voz de Mariano sonó tajante y vibraba de indignación. Caminó hasta Begoña y la rodeó por la cintura con el brazo, protegiéndola.—Tú solo eres la tutora de Agustín —le espetó a Rosario—. La próxima vez que le faltes al respeto a mi esposa, te largas de la familia Guzmán.—¡Discúlpate ahora mismo con mi esposa!Rosario bajó la cabeza al instante. Se le notaba el temblor en los hombros, fingiendo estar asustada.—Perdón, Begoña. No volverá a pasar.Begoña veía esa farsa entre los dos, como si hubieran ensayado para burlarse de ella.Por dentro, solo le quedaba un vacío helado.En ese momento, lo único que deseaba era llevarse a su hijo y huir de ahí.Pero Agustín, fuera de sí, les gritó:—¡Papá! ¿Por qué regañas a la señorita Rosario? Ella tiene razón, ¡mamá sí está vieja y no entiende nada!Defendía a Rosario como si fuera la única persona importante, despreciando a su madre sin piedad.Begoña apenas podía hablar, temblando de dolor.—¿La quieres tanto? ¿Prefieres que ella sea tu mamá?Agustín la miró con unos ojos llenos de hielo y contestó, sin dudar:—¡Sí!Esas palabras fueron la gota que derramó el vaso.Agarró la mano de Rosario y corrió con ella hasta el inicio de la carrera.Begoña solo pudo ver cómo su hijo se abrazaba a Rosario, riendo y hablando llenos de alegría, como si fueran familia de verdad.Su corazón se rompió en pedazos.—Tranquila, amor, el niño está pequeño, poco a poco lo entenderá —le susurró Mariano al oído, tratando de consolarla—. No te hagas daño. Voy a hablar con mi mamá para que se vaya.Esa mirada dulce de Mariano, esas palabras que antes la hacían sentir querida, ahora le parecían veneno.El dolor la ahogaba.Si tanto el padre como el hijo ya habían elegido a Rosario, entonces ella no necesitaba a ninguno de los dos.No tenía nada que la atara. Begoña empujó a Mariano y salió del kínder sin mirar atrás.A más tardar en un mes, desaparecería.Después, el mundo sería lo suficientemente grande para ella.Nunca más habría espacio para ellos en su vida.Begoña salió del jardín de niños. El mayordomo, al notar que ella lucía decaída, le propuso:—Señora, ¿a dónde piensa ir? Si quiere, la llevo en el carro.¿A dónde podía ir?Hace mucho que estaba sola en el mundo, sin familia ni gente cercana. El único lugar al que podía ir, era ese.—No hace falta.El mayordomo la vio alejarse, con una sensación extraña, como si algo no encajara.En ese momento, sonó su celular.Del otro lado, la voz de la empleada doméstica sonaba temblorosa y asustada:—¡Señora, la señora descubrió el secreto del señor!La empleada se había asustado al ver el estudio hecho un desastre.El mayordomo fue de inmediato a contarle la noticia a la abuela....Begoña conducía su Panamera, acelerando por la autopista, dejando atrás el bullicio de la ciudad y adentrándose en las montañas.Mientras tanto, en la sala de descanso de la presidencia del Grupo Guzmán.Mariano y Rosario seguían enredados entre las sábanas. El celular de la mesita de noche empezó a sonar.Mariano lo tomó y revisó la alerta: en la pantalla, un punto rojo se alejaba cada vez más.—¿Amor, Agustín ya casi termina su clase de box, verdad? —Rosario lo abrazó por la espalda, su voz dulce y tentadora.Mariano apartó a Rosario, sin dejar de mirar el punto rojo que se alejaba del centro. Al escuchar ese “amor”, sintió un malestar indescriptible, como si algo muy valioso se le escapara.—No vuelvas a llamarme así.Su voz sonó seca, tajante.Nadie tenía derecho a llamarlo así, salvo su Bego.Se había dejado llevar por el momento. No volvería a cometer ese error.Se subió el pantalón de vestir y salió sin mirar atrás.Al quedarse sola, la sonrisa complaciente de Rosario se desvaneció de golpe. De un manotazo, aventó al bote de basura la foto de Mariano y Begoña que estaba sobre la mesa de noche.Era más joven y atractiva que Begoña, y en la intimidad complacía más a Mariano. Incluso Agustín empezaba a preferirla.¿Entonces por qué Mariano seguía tan pendiente de Begoña?Seguramente era por costumbre, por esos años juntos. Pero si había que quitar del camino a Begoña, Rosario lo haría con sus propias manos....En el cementerio de las afueras, la lluvia caía, constante y fría.Begoña llevaba un rato de pie frente a la tumba. Había prometido a su madre que sería feliz toda la vida, pero ya no podía cumplir esa promesa.Con la voz rota, murmuró:—Mamá, lo siento. Decidí divorciarme de Mariano. La custodia de Agustín se la dejaré a él.—Quiero llevarte conmigo, no quiero que sigas aquí sola.—¿Y a dónde quieres llevar a mamá?De pronto, alguien cubrió su cabeza con un paraguas, protegiéndola de la lluvia. Una voz suave y familiar la envolvió.Al voltear, Begoña encontró los ojos claros y definidos de Mariano reflejados en los suyos, llenos de sorpresa.—¿Cómo supiste que estaba aquí? —frunció el ceño, preguntando con cautela. Al parecer, él no había escuchado la frase anterior.—Eso es porque estamos conectados —respondió Mariano, con una sonrisa que pretendía ser cómplice.Mariano la abrazó con fuerza, apretándola más y más contra su pecho.—Amor, te fuiste de la ciudad de repente. Me preocupaste muchísimo.El calor de su cuerpo intentaba derretir el hielo que se había formado en el corazón de Begoña, pero ya nada podía devolverle el calor.Percibió en él el aroma de perfume de margaritas.Era el que usaba Rosario.—¿Y qué te preocupa tanto?—¿Acaso hiciste algo que no me puedas contar y tienes miedo de que lo descubra y me aleje de ti?Begoña lo observó con detenimiento, buscando alguna señal en su cara.El rostro de Mariano se volvió serio. Levantó tres dedos al cielo y juró:—Amor, te lo juro aquí, frente a la tumba de tu mamá: nunca te he traicionado, ni lo he hecho antes, ni ahora, ni lo haré jamás. Si llego a fallarte, que me parta un rayo.Apenas terminó de hablar, el cielo retumbó con un trueno que hizo que hasta Mariano se estremeciera.Hasta el mismísimo cielo parecía querer desenmascarar su mentira.Begoña pensó en todos esos años en los que él la había engañado a sus espaldas, mientras aún le susurraba palabras de amor.Sus grandes ojos almendrados destilaban una tristeza gélida.—No hace falta que te parta un rayo… sería un desperdicio para el cielo.

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