Después de siete años de matrimonio, Bruno Ortega se hizo distante, mientras Petrona Lozano intentaba todo, con la esperanza de ganar el corazón de su esposo. Sin saber que Bruno ya tenía una hija con su amor del pasado, ella se aferraba con uñas y dientes a su matrimonio, lo que la llevó a terminar con una discapacidad de por vida, y tuvo que usar una prótesis para caminar. Una vez perdida toda esperanza, logró un divorcio que le devolvió la vida. Tras separarse, y con su hijo de cinco años que había mantenido en secreto, se lanzó de lleno al trabajo, viviendo la vida a lo grande. Más tarde, cuando varios hombres de negocios la pretendían, vio cómo Bruno, su exmarido, intentaba volver con ella. Petrona, con una sonrisa irónica, decía: “Con los ex, ni a la esquina”. Pero Bruno, arrodillado con devoción, besó la base de la prótesis de su exesposa y dijo: “Ahora me llamo Kuno Ortega, tu ex cuñado. ¿Te casarías conmigo?”

Capítulo 1Bruno Ortega llevaba cinco años viviendo en el extranjero, y durante ese mismo tiempo, Petrona Lozano llevaba cinco años siéndole infiel.En las tendencias de las redes, los hashtags #promiscua, #malvada, la seguían a donde fuera. Esos eran los títulos que la perseguían, como si fueran parte de su sombra.Pero aun con la reputación hecha trizas, esa noche Petrona no dudó en ir al Oasis de Noche para celebrar el cumpleaños de su amante.El destino, sin embargo, tenía otros planes. Apenas salió del ascensor, se topó de frente con su hermano, Octavio Lozano.El hermano que más la había consentido de niña, pero que ahora la despreciaba con cada fibra de su ser.¿La razón? Todo Clarosol conocía el chisme: hacía cinco años, Petrona, la falsa hija de la familia Lozano, le había “robado” el prometido a la verdadera heredera, Estefanía Lozano. Ese prometido era Bruno.Dicen que por culpa de Petrona, Estefanía intentó quitarse la vida más de una vez. La última ocasión, Estefanía quiso saltar de un edificio, y corrió el rumor de que Petrona incluso la ayudó a lanzarse…Esa herida quedó abierta para todos.La familia Lozano, que ya no la soportaba, ahora la odiaba todavía más.Por eso, aunque Octavio estuviera a punto de perder el control y golpearla, Petrona no se sorprendió en lo más mínimo.Después de todo, comparado con lo que su esposo Bruno le había hecho —él sí quería verla muerta—, los insultos de Octavio eran casi como caricias.—Petrona, que andes de arrimada manteniendo a un tipo joven, vaya y pasa, pero por tu culpa Estefi y Bruno no pueden tener paz ni en el extranjero. ¿De verdad quieres arruinarles la vida?—No te da vergüenza seguir aferrada a Bruno y no querer el divorcio, ¿o sí?Así era su hermano: cada vez que la veía, no perdía oportunidad de soltarle toda la basura que llevaba dentro, solo para forzar el divorcio.Petrona ya estaba harta de escucharlo. Ni siquiera se molestó en responderle.Rodó los ojos, fastidiada, y siguió su camino.Pero Octavio no la iba a dejar ir tan fácil. De repente, la empujó con fuerza.Aunque Petrona ya esperaba algo así y trató de prepararse, no pudo evitar perder el equilibrio. Tropezó y se estrelló contra el marco dorado de la puerta.El pastel que llevaba en las manos terminó hecho migajas en el suelo.Se abrió una herida en la frente, y la sangre comenzó a brotarle por toda la cara, cubriéndole media mejilla. Quedó hecha un desastre, con un aspecto aterrador.Incluso Octavio se sorprendió. No esperaba que cayera tan fácil con un solo empujón.Mientras él intentaba entender qué sucedía, la voz de Petrona sonó, despreocupada y filosa:—Hermano, tanto me criticas por no tener dignidad, pero dime, ¿quién es más descarado: la amante que se mete en el matrimonio de otros, o el esposo que se va al extranjero con la amante y deja a su esposa tirada?Estaba claro que esas palabras iban directo para Estefanía y Bruno.Octavio, furioso, levantó la mano para abofetearla, pero Petrona giró la cabeza y miró hacia el fondo del pasillo, donde un hombre observaba la escena sin intervenir:—Bruno, ¿tú qué opinas?Sin esperar respuesta, Petrona sacó una aguja fina de su estuche de acupuntura y, con precisión, la clavó en el cuello de Octavio.Al instante, Octavio se desplomó en el suelo.Ya sin nadie que le estorbara, Petrona pudo ver claramente al hombre que no veía desde hacía cinco años: su esposo.A contraluz, Bruno Ortega parecía una figura de otro mundo. Alto, imponente, elegante hasta en la postura. Tenía esa presencia de quien se sabe por encima de todos los demás.Al ver caer a Octavio, Bruno finalmente avanzó con paso firme, la mirada fija en Petrona. Cada paso que daba parecía retumbarle en el pecho, como si le pisara el corazón con sus zapatos caros.Le dolía hasta respirar.Por más que cerrara los puños hasta romperse la piel, no podía evitar que el corazón, adormecido durante tanto tiempo, volviera a sentir dolor.Porque, al final, él era el hombre al que había amado con la vida entera.¿Cómo no iba a sentir absolutamente nada?Pero desde que Bruno la encerró en el hospital psiquiátrico y se largó con Estefanía y su hijo a otro país, lo único que le quedaba era el dolor.Cinco años llevándose el título de la peor villana de internet.Él, en cambio, seguía como el rey en la cima, poderoso, inalcanzable, con ese aire de nobleza que lo hacía parecer aún más distante.El traje negro de tela fina le resaltaba el cuerpo de modelo; era imposible no admirar la perfección de sus proporciones.Desbordaba una fuerza magnética brutal.Y, sin embargo, su rostro (tan serio, tan marcado por líneas perfectas) transmitía una especie de pureza difícil de explicar.Los rasgos, profundos y duros, hablaban de alguien que no se dejaba doblar por nada.Incluso el pequeño lunar sobre el puente de su nariz parecía puesto ahí por Dios, dándole cierto aire salvaje y peligroso.Especialmente esos ojos, tan parecidos a las estrellas gélidas de una noche de invierno, tan cortantes y distantes que helaban hasta el alma.Pero cuando él se acercó, Petrona no pudo evitar notar la marca de mordida en su cuello.Quién sabe qué clase de encuentro salvaje había vivido, para que incluso él, obsesivo de la limpieza y el orden, llegara con la ropa tan desarreglada.¡Hasta el cinturón lo traía chueco!A pesar de la repulsión que le causaba la escena, Petrona se obligó a darle un abrazo.—Amor, ¿por qué no me avisaste que volvías? ¿Querías darme una sorpresa?Apenas terminó de decirlo, el asco la invadió aún más.Cinco años llevaban casados y él nunca le había prestado atención.Ni una llamada, ni un mensaje de WhatsApp. Nada.¿Ahora iba a avisarle que regresaba? ¡Por supuesto que no!Hasta el propio Bruno frunció el ceño ante semejante falsedad.Cuando Petrona intentó acercarse, él la apartó de inmediato.El rechazo era evidente, tan claro como el día.Primero ordenó que llevaran a Octavio adentro del privado. Solo después se dignó a mirarla directamente.La miró con tal desprecio, como si estuviera frente a un monstruo imperdonable.—Le pegaste a tu hermano con todo, Petrona. En estos cinco años, de verdad que no has mostrado ni una pizca de arrepentimiento.Petrona sintió una furia impotente ardiendo en su interior.Él había visto todo: cómo la insultaron, cómo la empujaron.Aun así, la culpa era de ella.Estaba ensangrentada, y a Bruno ni le importó.Siempre igual de indiferente, tan predecible como el paso del tiempo.Claro, para Bruno ella era solo una loca más, una doña Ortega que había pasado por el psiquiátrico y había perdido el juicio hacía tiempo.De pronto, bajo la mirada incrédula de Bruno, Petrona le arrancó la corbata.Era la que Estefanía le había regalado.Todo el mundo sabía que Estefanía era el tema prohibido para Bruno.Cualquier cosa que tuviera que ver con ella, ni tocarla.Y ahí estaba Petrona, usando la corbata para detener la sangre de su herida.Básicamente estaba cavando su propia tumba.Antes, aunque Bruno se llevara a Estefanía a su casa, Petrona ni siquiera se atrevía a decir una palabra.Solo le quedaba huir de casa o consolarse sola.Y después, volver a rogarle, a tratarlo con atenciones.Bruno se lo había dicho en la cara:—Petrona, ni los perros se arrastran como tú.Pero ella, llevándolo al extremo, respondía:—Bruno, mientras no te divorcies de mí, puedo ser tu perrito toda la vida.Mira nada más. Lo suyo por Bruno ya rozaba la locura.Un amor tan enfermo, tan obsesivo, que la había consumido por dentro.Y aunque se rebajara a lo más bajo, aunque hiciera hasta lo imposible por sostener ese matrimonio que ya hacía agua por todos lados…Solo había recibido desdén y traición.Al recordar todo eso, Petrona no sabía si reír o llorar de lo absurdo y patético que resultaba.Viendo que la cara de Bruno ya se nublaba de molestia, ella señaló la herida en su frente, de la que aún salía sangre, y dijo con una tranquilidad escalofriante:—Si no dejo de sangrar, me voy a morir.Bruno la miró como si acabara de escuchar un mal chiste, con una mueca de desprecio:—Le debes la vida a la familia Lozano. Este rasguño es lo mínimo que deberías aguantar.Petrona no pudo evitar reírse de la rabia.La carcajada le apretó el pecho y la hizo sentir ganas de llorar.Hasta lágrimas se le escaparon.Dejó caer la corbata al piso.Alzando la mirada, le sonrió con peligro y un brillo desafiante:—¿Estefanía no está viva y coleando?Apenas terminó la frase, Bruno la tomó del cuello.El cuerpo frágil de Petrona casi se levantó del suelo.La espalda golpeó la pared.El dolor le hizo morderse la lengua.La sangre se mezcló en su boca, escurriendo por la comisura y manchando el puño de Bruno, que palpitaba de la tensión.Cuando ya no podía respirar, la voz de Bruno, cálida pero cargada de resentimiento, retumbó a su lado:—Deberías agradecer que Estefanía sigue viva. Si no…—¿Me vas a romper otra pierna? —Petrona lo interrumpió, sonriendo.Como si le hubieran tocado una fibra demasiado sensible, Bruno se quedó pasmado un instante y la soltó.Petrona ya no pudo mantenerse en pie y cayó sentada al suelo.Cuando se dio cuenta de que su esposo miraba fijamente sus piernas, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero aun así sonrió y levantó la falda.—¿Te parecen bonitas mis piernas?Sobre todo la izquierda.Eran largas, con proporciones perfectas.Parecían esculpidas con sumo esmero, como una obra de arte.De un blanco casi irreal.Sin embargo, esas piernas que para cualquiera serían atractivas y seductoras, para Bruno resultaban insoportables.Ni siquiera quiso mirarlas de nuevo, pero se agachó y recogió del suelo la corbata empapada en sangre.La apretó con fuerza en la mano.Pasaron unos segundos antes de que Bruno ladeó la cabeza y soltó una carcajada despectiva.—¿No que no se había roto?A Petrona se le atoró la voz en la garganta.—Mi pierna...—No solo tu pierna, ni tu vida entera alcanza para pagarle el daño que le hiciste a Estefanía....Al escuchar esas palabras, Petrona tragó las ganas de replicar.Se bajó la falda en silencio.Se sintió una tonta por siquiera haber esperado algo de él, aunque fuera solo por un segundo.—Señor Ortega.En ese momento, Gael, el asistente de Bruno, se acercó.Al notar que Petrona también estaba ahí, bajó el tono de voz.—Estefanía ya despertó.Al escuchar el nombre de Estefanía, el rostro de Bruno, tan duro e impasible hasta entonces, se suavizó de inmediato.—Lleva a Octavio al hospital.Tras dar esa orden, Bruno lanzó una mirada rápida a Petrona, que intentaba reincorporarse pero volvió a caer al piso.—¿Todavía no terminas tu show?—La que de verdad no volverá a caminar es Estefanía. Su pierna sí quedó destrozada para siempre.—Todo esto, Petrona, es culpa tuya.Al verla cabizbaja y en silencio, una oleada de coraje le recorrió el cuerpo.—Todavía eres la señora Ortega, así que compórtate y deja de hacer el ridículo en público. ¡Lárgate a casa!Sin mirar atrás, se fue.Petrona se quedó ahí, acariciando su pierna izquierda, y soltó una risa amarga.Si tan solo se hubiera dignado a mirarla bien, habría notado que esa pierna era... una prótesis.Justo eso la había hecho caer antes, se le había aflojado la prótesis y por eso no podía pararse.Al levantar la mirada, vio justo a tiempo cómo Bruno se alejaba por el pasillo, cargando en brazos a una mujer.¿Quién más podía ser, si no Estefanía?Ahora entendía por qué Bruno tenía el cuello lleno de marcas de besos.Con razón, Estefanía también había regresado al país.Perfecto.Ahora sí estaban todos reunidos.Petrona soltó una risa sarcástica y le dio un par de golpecitos a la puerta de al lado.—Ya estuvo bueno el espectáculo, ¿no piensas salir? Si sigues escondido, tu patrocinador va a terminar muerto.Apenas terminó de hablar, un joven alto y esbelto salió del cuarto.Era su supuesto amante, Domingo Méndez.Vestía una camisa blanca y pantalones negros.Su cara de niño bueno engañaba; tenía la piel clara, los rasgos finos y unos ojos tan limpios como la nieve, pero en realidad era tres años menor que ella, con ese aire de adolescente que no se le quitaba.Su presencia transmitía frescura.Pero en cuanto habló, se notó ese toque de irreverencia que siempre le acompañaba.—Petrona, sabes que tienes problemas de coagulación, si te lastimas no dejas de sangrar... ¿y aun así te pones a discutir con él?Aunque la regañaba, Domingo no podía ocultar su preocupación; la levantó y la llevó cargando al privado.Al tomarle el pulso, el gesto se le endureció de golpe.—Si ya no quieres vivir, dilo de una vez... total, si hasta el cementerio ya lo tienes pagado.El color había desaparecido por completo del rostro de Petrona, pero aun así forzó una sonrisa.—No te enojes, te voy a pagar más...No terminó la frase. La cabeza le pesaba cada vez más, y la conciencia se le iba apagando.De nuevo, ese recuerdo la arrastró a hace cinco años, la noche que escapó del hospital psiquiátrico.Escuchó la voz de Bruno al teléfono, dando una orden tajante:—Si vuelve a huir, rómpanle la pierna.Y su pierna... sí, acabaron por quebrársela.Permaneció inconsciente mucho tiempo.Cuando despertó, tenía la pierna izquierda vendada.Estaba en un bote pesquero.Iban a venderla al extranjero.Quizá para tráfico de órganos, quizá para estafas.Para seguir viva, cuando el barco cruzó la frontera, se arrojó al río.Solo gracias al abrigo que llevaba consiguió llegar flotando hasta la orilla de un pueblo en la frontera.Ahí, un médico del centro de salud, Domingo, la rescató.Sobrevivió.Pero perdió la pierna izquierda...Ese sueño parecía no tener fin....Cuando Petrona recuperó algo de conciencia, ya estaba tirada en una cama del Hospital de Clarosol.Capítulo 2Bruno Ortega llevaba cinco años viviendo en el extranjero, y durante ese mismo tiempo, Petrona Lozano llevaba cinco años siéndole infiel.En las tendencias de las redes, los hashtags #promiscua, #malvada, la seguían a donde fuera. Esos eran los títulos que la perseguían, como si fueran parte de su sombra.Pero aun con la reputación hecha trizas, esa noche Petrona no dudó en ir al Oasis de Noche para celebrar el cumpleaños de su amante.El destino, sin embargo, tenía otros planes. Apenas salió del ascensor, se topó de frente con su hermano, Octavio Lozano.El hermano que más la había consentido de niña, pero que ahora la despreciaba con cada fibra de su ser.¿La razón? Todo Clarosol conocía el chisme: hacía cinco años, Petrona, la falsa hija de la familia Lozano, le había “robado” el prometido a la verdadera heredera, Estefanía Lozano. Ese prometido era Bruno.Dicen que por culpa de Petrona, Estefanía intentó quitarse la vida más de una vez. La última ocasión, Estefanía quiso saltar de un edificio, y corrió el rumor de que Petrona incluso la ayudó a lanzarse…Esa herida quedó abierta para todos.La familia Lozano, que ya no la soportaba, ahora la odiaba todavía más.Por eso, aunque Octavio estuviera a punto de perder el control y golpearla, Petrona no se sorprendió en lo más mínimo.Después de todo, comparado con lo que su esposo Bruno le había hecho —él sí quería verla muerta—, los insultos de Octavio eran casi como caricias.—Petrona, que andes de arrimada manteniendo a un tipo joven, vaya y pasa, pero por tu culpa Estefi y Bruno no pueden tener paz ni en el extranjero. ¿De verdad quieres arruinarles la vida?—No te da vergüenza seguir aferrada a Bruno y no querer el divorcio, ¿o sí?Así era su hermano: cada vez que la veía, no perdía oportunidad de soltarle toda la basura que llevaba dentro, solo para forzar el divorcio.Petrona ya estaba harta de escucharlo. Ni siquiera se molestó en responderle.Rodó los ojos, fastidiada, y siguió su camino.Pero Octavio no la iba a dejar ir tan fácil. De repente, la empujó con fuerza.Aunque Petrona ya esperaba algo así y trató de prepararse, no pudo evitar perder el equilibrio. Tropezó y se estrelló contra el marco dorado de la puerta.El pastel que llevaba en las manos terminó hecho migajas en el suelo.Se abrió una herida en la frente, y la sangre comenzó a brotarle por toda la cara, cubriéndole media mejilla. Quedó hecha un desastre, con un aspecto aterrador.Incluso Octavio se sorprendió. No esperaba que cayera tan fácil con un solo empujón.Mientras él intentaba entender qué sucedía, la voz de Petrona sonó, despreocupada y filosa:—Hermano, tanto me criticas por no tener dignidad, pero dime, ¿quién es más descarado: la amante que se mete en el matrimonio de otros, o el esposo que se va al extranjero con la amante y deja a su esposa tirada?Estaba claro que esas palabras iban directo para Estefanía y Bruno.Octavio, furioso, levantó la mano para abofetearla, pero Petrona giró la cabeza y miró hacia el fondo del pasillo, donde un hombre observaba la escena sin intervenir:—Bruno, ¿tú qué opinas?Sin esperar respuesta, Petrona sacó una aguja fina de su estuche de acupuntura y, con precisión, la clavó en el cuello de Octavio.Al instante, Octavio se desplomó en el suelo.Ya sin nadie que le estorbara, Petrona pudo ver claramente al hombre que no veía desde hacía cinco años: su esposo.A contraluz, Bruno Ortega parecía una figura de otro mundo. Alto, imponente, elegante hasta en la postura. Tenía esa presencia de quien se sabe por encima de todos los demás.Al ver caer a Octavio, Bruno finalmente avanzó con paso firme, la mirada fija en Petrona. Cada paso que daba parecía retumbarle en el pecho, como si le pisara el corazón con sus zapatos caros.Le dolía hasta respirar.Por más que cerrara los puños hasta romperse la piel, no podía evitar que el corazón, adormecido durante tanto tiempo, volviera a sentir dolor.Porque, al final, él era el hombre al que había amado con la vida entera.¿Cómo no iba a sentir absolutamente nada?Pero desde que Bruno la encerró en el hospital psiquiátrico y se largó con Estefanía y su hijo a otro país, lo único que le quedaba era el dolor.Cinco años llevándose el título de la peor villana de internet.Él, en cambio, seguía como el rey en la cima, poderoso, inalcanzable, con ese aire de nobleza que lo hacía parecer aún más distante.El traje negro de tela fina le resaltaba el cuerpo de modelo; era imposible no admirar la perfección de sus proporciones.Desbordaba una fuerza magnética brutal.Y, sin embargo, su rostro (tan serio, tan marcado por líneas perfectas) transmitía una especie de pureza difícil de explicar.Los rasgos, profundos y duros, hablaban de alguien que no se dejaba doblar por nada.Incluso el pequeño lunar sobre el puente de su nariz parecía puesto ahí por Dios, dándole cierto aire salvaje y peligroso.Especialmente esos ojos, tan parecidos a las estrellas gélidas de una noche de invierno, tan cortantes y distantes que helaban hasta el alma.Pero cuando él se acercó, Petrona no pudo evitar notar la marca de mordida en su cuello.Quién sabe qué clase de encuentro salvaje había vivido, para que incluso él, obsesivo de la limpieza y el orden, llegara con la ropa tan desarreglada.¡Hasta el cinturón lo traía chueco!A pesar de la repulsión que le causaba la escena, Petrona se obligó a darle un abrazo.—Amor, ¿por qué no me avisaste que volvías? ¿Querías darme una sorpresa?Apenas terminó de decirlo, el asco la invadió aún más.Cinco años llevaban casados y él nunca le había prestado atención.Ni una llamada, ni un mensaje de WhatsApp. Nada.¿Ahora iba a avisarle que regresaba? ¡Por supuesto que no!Hasta el propio Bruno frunció el ceño ante semejante falsedad.Cuando Petrona intentó acercarse, él la apartó de inmediato.El rechazo era evidente, tan claro como el día.Primero ordenó que llevaran a Octavio adentro del privado. Solo después se dignó a mirarla directamente.La miró con tal desprecio, como si estuviera frente a un monstruo imperdonable.—Le pegaste a tu hermano con todo, Petrona. En estos cinco años, de verdad que no has mostrado ni una pizca de arrepentimiento.Petrona sintió una furia impotente ardiendo en su interior.Él había visto todo: cómo la insultaron, cómo la empujaron.Aun así, la culpa era de ella.Estaba ensangrentada, y a Bruno ni le importó.Siempre igual de indiferente, tan predecible como el paso del tiempo.Claro, para Bruno ella era solo una loca más, una doña Ortega que había pasado por el psiquiátrico y había perdido el juicio hacía tiempo.De pronto, bajo la mirada incrédula de Bruno, Petrona le arrancó la corbata.Era la que Estefanía le había regalado.Todo el mundo sabía que Estefanía era el tema prohibido para Bruno.Cualquier cosa que tuviera que ver con ella, ni tocarla.Y ahí estaba Petrona, usando la corbata para detener la sangre de su herida.Básicamente estaba cavando su propia tumba.Antes, aunque Bruno se llevara a Estefanía a su casa, Petrona ni siquiera se atrevía a decir una palabra.Solo le quedaba huir de casa o consolarse sola.Y después, volver a rogarle, a tratarlo con atenciones.Bruno se lo había dicho en la cara:—Petrona, ni los perros se arrastran como tú.Pero ella, llevándolo al extremo, respondía:—Bruno, mientras no te divorcies de mí, puedo ser tu perrito toda la vida.Mira nada más. Lo suyo por Bruno ya rozaba la locura.Un amor tan enfermo, tan obsesivo, que la había consumido por dentro.Y aunque se rebajara a lo más bajo, aunque hiciera hasta lo imposible por sostener ese matrimonio que ya hacía agua por todos lados…Solo había recibido desdén y traición.Al recordar todo eso, Petrona no sabía si reír o llorar de lo absurdo y patético que resultaba.Viendo que la cara de Bruno ya se nublaba de molestia, ella señaló la herida en su frente, de la que aún salía sangre, y dijo con una tranquilidad escalofriante:—Si no dejo de sangrar, me voy a morir.Bruno la miró como si acabara de escuchar un mal chiste, con una mueca de desprecio:—Le debes la vida a la familia Lozano. Este rasguño es lo mínimo que deberías aguantar.Petrona no pudo evitar reírse de la rabia.La carcajada le apretó el pecho y la hizo sentir ganas de llorar.Hasta lágrimas se le escaparon.Dejó caer la corbata al piso.Alzando la mirada, le sonrió con peligro y un brillo desafiante:—¿Estefanía no está viva y coleando?Apenas terminó la frase, Bruno la tomó del cuello.El cuerpo frágil de Petrona casi se levantó del suelo.La espalda golpeó la pared.El dolor le hizo morderse la lengua.La sangre se mezcló en su boca, escurriendo por la comisura y manchando el puño de Bruno, que palpitaba de la tensión.Cuando ya no podía respirar, la voz de Bruno, cálida pero cargada de resentimiento, retumbó a su lado:—Deberías agradecer que Estefanía sigue viva. Si no…—¿Me vas a romper otra pierna? —Petrona lo interrumpió, sonriendo.Como si le hubieran tocado una fibra demasiado sensible, Bruno se quedó pasmado un instante y la soltó.Petrona ya no pudo mantenerse en pie y cayó sentada al suelo.Cuando se dio cuenta de que su esposo miraba fijamente sus piernas, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero aun así sonrió y levantó la falda.—¿Te parecen bonitas mis piernas?Sobre todo la izquierda.Eran largas, con proporciones perfectas.Parecían esculpidas con sumo esmero, como una obra de arte.De un blanco casi irreal.Sin embargo, esas piernas que para cualquiera serían atractivas y seductoras, para Bruno resultaban insoportables.Ni siquiera quiso mirarlas de nuevo, pero se agachó y recogió del suelo la corbata empapada en sangre.La apretó con fuerza en la mano.Pasaron unos segundos antes de que Bruno ladeó la cabeza y soltó una carcajada despectiva.—¿No que no se había roto?A Petrona se le atoró la voz en la garganta.—Mi pierna...—No solo tu pierna, ni tu vida entera alcanza para pagarle el daño que le hiciste a Estefanía....Al escuchar esas palabras, Petrona tragó las ganas de replicar.Se bajó la falda en silencio.Se sintió una tonta por siquiera haber esperado algo de él, aunque fuera solo por un segundo.—Señor Ortega.En ese momento, Gael, el asistente de Bruno, se acercó.Al notar que Petrona también estaba ahí, bajó el tono de voz.—Estefanía ya despertó.Al escuchar el nombre de Estefanía, el rostro de Bruno, tan duro e impasible hasta entonces, se suavizó de inmediato.—Lleva a Octavio al hospital.Tras dar esa orden, Bruno lanzó una mirada rápida a Petrona, que intentaba reincorporarse pero volvió a caer al piso.—¿Todavía no terminas tu show?—La que de verdad no volverá a caminar es Estefanía. Su pierna sí quedó destrozada para siempre.—Todo esto, Petrona, es culpa tuya.Al verla cabizbaja y en silencio, una oleada de coraje le recorrió el cuerpo.—Todavía eres la señora Ortega, así que compórtate y deja de hacer el ridículo en público. ¡Lárgate a casa!Sin mirar atrás, se fue.Petrona se quedó ahí, acariciando su pierna izquierda, y soltó una risa amarga.Si tan solo se hubiera dignado a mirarla bien, habría notado que esa pierna era... una prótesis.Justo eso la había hecho caer antes, se le había aflojado la prótesis y por eso no podía pararse.Al levantar la mirada, vio justo a tiempo cómo Bruno se alejaba por el pasillo, cargando en brazos a una mujer.¿Quién más podía ser, si no Estefanía?Ahora entendía por qué Bruno tenía el cuello lleno de marcas de besos.Con razón, Estefanía también había regresado al país.Perfecto.Ahora sí estaban todos reunidos.Petrona soltó una risa sarcástica y le dio un par de golpecitos a la puerta de al lado.—Ya estuvo bueno el espectáculo, ¿no piensas salir? Si sigues escondido, tu patrocinador va a terminar muerto.Apenas terminó de hablar, un joven alto y esbelto salió del cuarto.Era su supuesto amante, Domingo Méndez.Vestía una camisa blanca y pantalones negros.Su cara de niño bueno engañaba; tenía la piel clara, los rasgos finos y unos ojos tan limpios como la nieve, pero en realidad era tres años menor que ella, con ese aire de adolescente que no se le quitaba.Su presencia transmitía frescura.Pero en cuanto habló, se notó ese toque de irreverencia que siempre le acompañaba.—Petrona, sabes que tienes problemas de coagulación, si te lastimas no dejas de sangrar... ¿y aun así te pones a discutir con él?Aunque la regañaba, Domingo no podía ocultar su preocupación; la levantó y la llevó cargando al privado.Al tomarle el pulso, el gesto se le endureció de golpe.—Si ya no quieres vivir, dilo de una vez... total, si hasta el cementerio ya lo tienes pagado.El color había desaparecido por completo del rostro de Petrona, pero aun así forzó una sonrisa.—No te enojes, te voy a pagar más...No terminó la frase. La cabeza le pesaba cada vez más, y la conciencia se le iba apagando.De nuevo, ese recuerdo la arrastró a hace cinco años, la noche que escapó del hospital psiquiátrico.Escuchó la voz de Bruno al teléfono, dando una orden tajante:—Si vuelve a huir, rómpanle la pierna.Y su pierna... sí, acabaron por quebrársela.Permaneció inconsciente mucho tiempo.Cuando despertó, tenía la pierna izquierda vendada.Estaba en un bote pesquero.Iban a venderla al extranjero.Quizá para tráfico de órganos, quizá para estafas.Para seguir viva, cuando el barco cruzó la frontera, se arrojó al río.Solo gracias al abrigo que llevaba consiguió llegar flotando hasta la orilla de un pueblo en la frontera.Ahí, un médico del centro de salud, Domingo, la rescató.Sobrevivió.Pero perdió la pierna izquierda...Ese sueño parecía no tener fin....Cuando Petrona recuperó algo de conciencia, ya estaba tirada en una cama del Hospital de Clarosol.Capítulo 3Bruno Ortega llevaba cinco años viviendo en el extranjero, y durante ese mismo tiempo, Petrona Lozano llevaba cinco años siéndole infiel.En las tendencias de las redes, los hashtags #promiscua, #malvada, la seguían a donde fuera. Esos eran los títulos que la perseguían, como si fueran parte de su sombra.Pero aun con la reputación hecha trizas, esa noche Petrona no dudó en ir al Oasis de Noche para celebrar el cumpleaños de su amante.El destino, sin embargo, tenía otros planes. Apenas salió del ascensor, se topó de frente con su hermano, Octavio Lozano.El hermano que más la había consentido de niña, pero que ahora la despreciaba con cada fibra de su ser.¿La razón? Todo Clarosol conocía el chisme: hacía cinco años, Petrona, la falsa hija de la familia Lozano, le había “robado” el prometido a la verdadera heredera, Estefanía Lozano. Ese prometido era Bruno.Dicen que por culpa de Petrona, Estefanía intentó quitarse la vida más de una vez. La última ocasión, Estefanía quiso saltar de un edificio, y corrió el rumor de que Petrona incluso la ayudó a lanzarse…Esa herida quedó abierta para todos.La familia Lozano, que ya no la soportaba, ahora la odiaba todavía más.Por eso, aunque Octavio estuviera a punto de perder el control y golpearla, Petrona no se sorprendió en lo más mínimo.Después de todo, comparado con lo que su esposo Bruno le había hecho —él sí quería verla muerta—, los insultos de Octavio eran casi como caricias.—Petrona, que andes de arrimada manteniendo a un tipo joven, vaya y pasa, pero por tu culpa Estefi y Bruno no pueden tener paz ni en el extranjero. ¿De verdad quieres arruinarles la vida?—No te da vergüenza seguir aferrada a Bruno y no querer el divorcio, ¿o sí?Así era su hermano: cada vez que la veía, no perdía oportunidad de soltarle toda la basura que llevaba dentro, solo para forzar el divorcio.Petrona ya estaba harta de escucharlo. Ni siquiera se molestó en responderle.Rodó los ojos, fastidiada, y siguió su camino.Pero Octavio no la iba a dejar ir tan fácil. De repente, la empujó con fuerza.Aunque Petrona ya esperaba algo así y trató de prepararse, no pudo evitar perder el equilibrio. Tropezó y se estrelló contra el marco dorado de la puerta.El pastel que llevaba en las manos terminó hecho migajas en el suelo.Se abrió una herida en la frente, y la sangre comenzó a brotarle por toda la cara, cubriéndole media mejilla. Quedó hecha un desastre, con un aspecto aterrador.Incluso Octavio se sorprendió. No esperaba que cayera tan fácil con un solo empujón.Mientras él intentaba entender qué sucedía, la voz de Petrona sonó, despreocupada y filosa:—Hermano, tanto me criticas por no tener dignidad, pero dime, ¿quién es más descarado: la amante que se mete en el matrimonio de otros, o el esposo que se va al extranjero con la amante y deja a su esposa tirada?Estaba claro que esas palabras iban directo para Estefanía y Bruno.Octavio, furioso, levantó la mano para abofetearla, pero Petrona giró la cabeza y miró hacia el fondo del pasillo, donde un hombre observaba la escena sin intervenir:—Bruno, ¿tú qué opinas?Sin esperar respuesta, Petrona sacó una aguja fina de su estuche de acupuntura y, con precisión, la clavó en el cuello de Octavio.Al instante, Octavio se desplomó en el suelo.Ya sin nadie que le estorbara, Petrona pudo ver claramente al hombre que no veía desde hacía cinco años: su esposo.A contraluz, Bruno Ortega parecía una figura de otro mundo. Alto, imponente, elegante hasta en la postura. Tenía esa presencia de quien se sabe por encima de todos los demás.Al ver caer a Octavio, Bruno finalmente avanzó con paso firme, la mirada fija en Petrona. Cada paso que daba parecía retumbarle en el pecho, como si le pisara el corazón con sus zapatos caros.Le dolía hasta respirar.Por más que cerrara los puños hasta romperse la piel, no podía evitar que el corazón, adormecido durante tanto tiempo, volviera a sentir dolor.Porque, al final, él era el hombre al que había amado con la vida entera.¿Cómo no iba a sentir absolutamente nada?Pero desde que Bruno la encerró en el hospital psiquiátrico y se largó con Estefanía y su hijo a otro país, lo único que le quedaba era el dolor.Cinco años llevándose el título de la peor villana de internet.Él, en cambio, seguía como el rey en la cima, poderoso, inalcanzable, con ese aire de nobleza que lo hacía parecer aún más distante.El traje negro de tela fina le resaltaba el cuerpo de modelo; era imposible no admirar la perfección de sus proporciones.Desbordaba una fuerza magnética brutal.Y, sin embargo, su rostro (tan serio, tan marcado por líneas perfectas) transmitía una especie de pureza difícil de explicar.Los rasgos, profundos y duros, hablaban de alguien que no se dejaba doblar por nada.Incluso el pequeño lunar sobre el puente de su nariz parecía puesto ahí por Dios, dándole cierto aire salvaje y peligroso.Especialmente esos ojos, tan parecidos a las estrellas gélidas de una noche de invierno, tan cortantes y distantes que helaban hasta el alma.Pero cuando él se acercó, Petrona no pudo evitar notar la marca de mordida en su cuello.Quién sabe qué clase de encuentro salvaje había vivido, para que incluso él, obsesivo de la limpieza y el orden, llegara con la ropa tan desarreglada.¡Hasta el cinturón lo traía chueco!A pesar de la repulsión que le causaba la escena, Petrona se obligó a darle un abrazo.—Amor, ¿por qué no me avisaste que volvías? ¿Querías darme una sorpresa?Apenas terminó de decirlo, el asco la invadió aún más.Cinco años llevaban casados y él nunca le había prestado atención.Ni una llamada, ni un mensaje de WhatsApp. Nada.¿Ahora iba a avisarle que regresaba? ¡Por supuesto que no!Hasta el propio Bruno frunció el ceño ante semejante falsedad.Cuando Petrona intentó acercarse, él la apartó de inmediato.El rechazo era evidente, tan claro como el día.Primero ordenó que llevaran a Octavio adentro del privado. Solo después se dignó a mirarla directamente.La miró con tal desprecio, como si estuviera frente a un monstruo imperdonable.—Le pegaste a tu hermano con todo, Petrona. En estos cinco años, de verdad que no has mostrado ni una pizca de arrepentimiento.Petrona sintió una furia impotente ardiendo en su interior.Él había visto todo: cómo la insultaron, cómo la empujaron.Aun así, la culpa era de ella.Estaba ensangrentada, y a Bruno ni le importó.Siempre igual de indiferente, tan predecible como el paso del tiempo.Claro, para Bruno ella era solo una loca más, una doña Ortega que había pasado por el psiquiátrico y había perdido el juicio hacía tiempo.De pronto, bajo la mirada incrédula de Bruno, Petrona le arrancó la corbata.Era la que Estefanía le había regalado.Todo el mundo sabía que Estefanía era el tema prohibido para Bruno.Cualquier cosa que tuviera que ver con ella, ni tocarla.Y ahí estaba Petrona, usando la corbata para detener la sangre de su herida.Básicamente estaba cavando su propia tumba.Antes, aunque Bruno se llevara a Estefanía a su casa, Petrona ni siquiera se atrevía a decir una palabra.Solo le quedaba huir de casa o consolarse sola.Y después, volver a rogarle, a tratarlo con atenciones.Bruno se lo había dicho en la cara:—Petrona, ni los perros se arrastran como tú.Pero ella, llevándolo al extremo, respondía:—Bruno, mientras no te divorcies de mí, puedo ser tu perrito toda la vida.Mira nada más. Lo suyo por Bruno ya rozaba la locura.Un amor tan enfermo, tan obsesivo, que la había consumido por dentro.Y aunque se rebajara a lo más bajo, aunque hiciera hasta lo imposible por sostener ese matrimonio que ya hacía agua por todos lados…Solo había recibido desdén y traición.Al recordar todo eso, Petrona no sabía si reír o llorar de lo absurdo y patético que resultaba.Viendo que la cara de Bruno ya se nublaba de molestia, ella señaló la herida en su frente, de la que aún salía sangre, y dijo con una tranquilidad escalofriante:—Si no dejo de sangrar, me voy a morir.Bruno la miró como si acabara de escuchar un mal chiste, con una mueca de desprecio:—Le debes la vida a la familia Lozano. Este rasguño es lo mínimo que deberías aguantar.Petrona no pudo evitar reírse de la rabia.La carcajada le apretó el pecho y la hizo sentir ganas de llorar.Hasta lágrimas se le escaparon.Dejó caer la corbata al piso.Alzando la mirada, le sonrió con peligro y un brillo desafiante:—¿Estefanía no está viva y coleando?Apenas terminó la frase, Bruno la tomó del cuello.El cuerpo frágil de Petrona casi se levantó del suelo.La espalda golpeó la pared.El dolor le hizo morderse la lengua.La sangre se mezcló en su boca, escurriendo por la comisura y manchando el puño de Bruno, que palpitaba de la tensión.Cuando ya no podía respirar, la voz de Bruno, cálida pero cargada de resentimiento, retumbó a su lado:—Deberías agradecer que Estefanía sigue viva. Si no…—¿Me vas a romper otra pierna? —Petrona lo interrumpió, sonriendo.Como si le hubieran tocado una fibra demasiado sensible, Bruno se quedó pasmado un instante y la soltó.Petrona ya no pudo mantenerse en pie y cayó sentada al suelo.Cuando se dio cuenta de que su esposo miraba fijamente sus piernas, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero aun así sonrió y levantó la falda.—¿Te parecen bonitas mis piernas?Sobre todo la izquierda.Eran largas, con proporciones perfectas.Parecían esculpidas con sumo esmero, como una obra de arte.De un blanco casi irreal.Sin embargo, esas piernas que para cualquiera serían atractivas y seductoras, para Bruno resultaban insoportables.Ni siquiera quiso mirarlas de nuevo, pero se agachó y recogió del suelo la corbata empapada en sangre.La apretó con fuerza en la mano.Pasaron unos segundos antes de que Bruno ladeó la cabeza y soltó una carcajada despectiva.—¿No que no se había roto?A Petrona se le atoró la voz en la garganta.—Mi pierna...—No solo tu pierna, ni tu vida entera alcanza para pagarle el daño que le hiciste a Estefanía....Al escuchar esas palabras, Petrona tragó las ganas de replicar.Se bajó la falda en silencio.Se sintió una tonta por siquiera haber esperado algo de él, aunque fuera solo por un segundo.—Señor Ortega.En ese momento, Gael, el asistente de Bruno, se acercó.Al notar que Petrona también estaba ahí, bajó el tono de voz.—Estefanía ya despertó.Al escuchar el nombre de Estefanía, el rostro de Bruno, tan duro e impasible hasta entonces, se suavizó de inmediato.—Lleva a Octavio al hospital.Tras dar esa orden, Bruno lanzó una mirada rápida a Petrona, que intentaba reincorporarse pero volvió a caer al piso.—¿Todavía no terminas tu show?—La que de verdad no volverá a caminar es Estefanía. Su pierna sí quedó destrozada para siempre.—Todo esto, Petrona, es culpa tuya.Al verla cabizbaja y en silencio, una oleada de coraje le recorrió el cuerpo.—Todavía eres la señora Ortega, así que compórtate y deja de hacer el ridículo en público. ¡Lárgate a casa!Sin mirar atrás, se fue.Petrona se quedó ahí, acariciando su pierna izquierda, y soltó una risa amarga.Si tan solo se hubiera dignado a mirarla bien, habría notado que esa pierna era... una prótesis.Justo eso la había hecho caer antes, se le había aflojado la prótesis y por eso no podía pararse.Al levantar la mirada, vio justo a tiempo cómo Bruno se alejaba por el pasillo, cargando en brazos a una mujer.¿Quién más podía ser, si no Estefanía?Ahora entendía por qué Bruno tenía el cuello lleno de marcas de besos.Con razón, Estefanía también había regresado al país.Perfecto.Ahora sí estaban todos reunidos.Petrona soltó una risa sarcástica y le dio un par de golpecitos a la puerta de al lado.—Ya estuvo bueno el espectáculo, ¿no piensas salir? Si sigues escondido, tu patrocinador va a terminar muerto.Apenas terminó de hablar, un joven alto y esbelto salió del cuarto.Era su supuesto amante, Domingo Méndez.Vestía una camisa blanca y pantalones negros.Su cara de niño bueno engañaba; tenía la piel clara, los rasgos finos y unos ojos tan limpios como la nieve, pero en realidad era tres años menor que ella, con ese aire de adolescente que no se le quitaba.Su presencia transmitía frescura.Pero en cuanto habló, se notó ese toque de irreverencia que siempre le acompañaba.—Petrona, sabes que tienes problemas de coagulación, si te lastimas no dejas de sangrar... ¿y aun así te pones a discutir con él?Aunque la regañaba, Domingo no podía ocultar su preocupación; la levantó y la llevó cargando al privado.Al tomarle el pulso, el gesto se le endureció de golpe.—Si ya no quieres vivir, dilo de una vez... total, si hasta el cementerio ya lo tienes pagado.El color había desaparecido por completo del rostro de Petrona, pero aun así forzó una sonrisa.—No te enojes, te voy a pagar más...No terminó la frase. La cabeza le pesaba cada vez más, y la conciencia se le iba apagando.De nuevo, ese recuerdo la arrastró a hace cinco años, la noche que escapó del hospital psiquiátrico.Escuchó la voz de Bruno al teléfono, dando una orden tajante:—Si vuelve a huir, rómpanle la pierna.Y su pierna... sí, acabaron por quebrársela.Permaneció inconsciente mucho tiempo.Cuando despertó, tenía la pierna izquierda vendada.Estaba en un bote pesquero.Iban a venderla al extranjero.Quizá para tráfico de órganos, quizá para estafas.Para seguir viva, cuando el barco cruzó la frontera, se arrojó al río.Solo gracias al abrigo que llevaba consiguió llegar flotando hasta la orilla de un pueblo en la frontera.Ahí, un médico del centro de salud, Domingo, la rescató.Sobrevivió.Pero perdió la pierna izquierda...Ese sueño parecía no tener fin....Cuando Petrona recuperó algo de conciencia, ya estaba tirada en una cama del Hospital de Clarosol.

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