Capítulo 1Ocho de la noche en la gran ciudad de Monteclaro. Un relámpago partió en dos la oscuridad del cielo, mientras la lluvia caía a cántaros, empapando todo a su paso.Estrella Olivares yacía encogida sobre el pavimento helado, mientras charcos de sangre fresca se deslizaban bajo su cuerpo, arrastrados por el torrente de agua.Sus dedos, ya pálidos y arrugados por el frío y la lluvia, temblaban al sostener el celular. Desbloqueó la pantalla y, con manos temblorosas, fue marcando uno a uno los nombres de su lista de contactos, esperando que alguien contestara.Pero bajo la tempestad, solo la voz robótica respondía una y otra vez:[Lo sentimos, el número que usted marcó no está disponible en este momento.]Por fin, la pantalla del celular se apagó por completo, quedando inerte bajo la lluvia. Por más que lo intentó, no logró encenderlo de nuevo....A las nueve en punto.Hospital General Monteclaro.El eco de pasos apresurados de los doctores rompía el silencio de la noche.—La paciente tuvo un aborto. ¿Ya avisaron a sus familiares? —preguntó un médico, con voz llena de urgencia.—Sí, doctora, ya se les avisó, pero... —la enfermera dudó, bajando la mirada.—¿Pero qué? —la interrumpió el médico, impaciente.—La familia dijo que están en una fiesta de cumpleaños, que no tienen tiempo......Once y media de la noche.Estrella miraba el techo blanco como el papel, junto a la bolsa de suero que goteaba lentamente.Escuchó la puerta de la habitación abrirse, seguida de una voz cansada y familiar:—Estrella.Hacía una hora había salido del quirófano. Bajo la mirada compasiva de la enfermera, le habían prestado un celular para mandarle un mensaje a Raimundo Valenzuela, su esposo, pidiéndole que, si tenía tiempo, fuera a pagar los gastos del hospital.Y fue hasta ese momento que su esposo por fin apareció.Raimundo llevaba puesta una camisa blanca, su figura impecable como siempre, aunque en sus ojos se notaba el cansancio.Ella desvió la mirada, sintiendo cómo la humedad se le acumulaba en los ojos.—¿Te sientes mal en algún lado? —preguntó Raimundo, sentándose a su lado, con esa expresión distante que nunca cambiaba.Tal vez él solo vino porque recibió el mensaje, sin tener idea de lo que ella acababa de vivir.Estrella sintió un dolor agudo en el pecho. Si no hubiera presenciado cómo Raimundo podía ser dulce y atento con otras personas, si no hubiera estado a punto de morir sola bajo la lluvia, quizás todavía creería que él era así de indiferente por naturaleza.El olor a alcohol en su aliento le revolvió el estómago.—Mi celular ya no sirve, ¿puedes pagar los gastos del hospital por mí? —la voz de Estrella sonó áspera, agotada.No tenía fuerzas para hablar de otra cosa; ya habría tiempo para platicar cuando lograra sobreponerse a tanto dolor.Raimundo percibió ese deje de repulsión en la voz de su esposa.Levantó apenas una ceja y explicó, sin molestarse en disimular su cansancio:—Hoy es el cumpleaños de Selena, tú lo sabes.Estrella mantuvo la vista en el techo. Por supuesto que sabía que era el cumpleaños de Selena Olivares. Sabía, además, que le habían organizado una fiesta espectacular.Su familia y su esposo habían pasado casi toda la noche celebrando.Por eso, cuando más los necesitó, ninguno respondió.—Sí, lo sé —respondió Estrella con voz tranquila, sin mostrar emoción.Pero Raimundo frunció el ceño, molesto:—Te invitaron a la fiesta de Selena y no quisiste ir. Y ahora, ¿qué ganas con armar un drama?¿Drama?La palabra la atravesó como un cuchillo.Él no tenía idea.No sabía que la habían secuestrado. Tampoco sabía que había perdido al bebé.El resentimiento en su pecho se volvió una bola de fuego.—¿Entonces, Raimundo, según tú me hospitalicé por capricho?El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con cuchillo. Los ojos de Raimundo oscurecieron, profundos e impenetrables.Estrella leyó en ellos la respuesta que él no se atrevía a decir en voz alta.Sintió el pecho vacío; una media sonrisa irónica se dibujó en sus labios.Tres años de matrimonio, y así era como él la veía.Raimundo, tal vez temiendo que la discusión se saliera de control, se levantó con rapidez.—Iré a pagar los gastos. Descansa. La doctora Durán ya viene en camino.La doctora Durán era ginecóloga y, desde que Estrella quedó embarazada, siempre estuvo a cargo de su salud.—Raimundo, ¿sabes…? —Estrella estuvo a punto de decirle lo del bebé.En ese momento, la puerta se abrió y una voz dulce la interrumpió.—Hermana.Selena entró al cuarto. Llevaba un vestido largo color rosa, el cabello negro recogido y una corona de diamantes brillando sobre su cabeza. Su belleza irradiaba una calidez tranquila, con un aire de ternura que la hacía ver como una princesa de cuento.—¿Estás bien, hermana? —preguntó mientras se acercaba, preocupada.Las palabras de Estrella se quedaron atoradas en su garganta. Al ver a Selena, no pudo evitar recordar la cantidad de veces que llamó y nadie contestó, las noches de lluvia helada donde sintió que la vida se le escapaba. Un resentimiento feroz, imposible de controlar, le quemó por dentro.—Todavía no me muero, si eso te preocupa —soltó con una voz seca y distante.Los ojos de Selena se llenaron de lágrimas y su mirada solo transmitía culpa.—Perdóname. No debí invitar a Raimundo a la fiesta de cumpleaños.Estrella cerró los ojos. Le dolía el cuerpo y sentía el corazón tan cansado como si le hubieran arrancado el alma.—Selena, esto no es tu culpa —intervino Raimundo, frunciendo el ceño. El tono con el que habló Estrella le molestó a tal grado que no pudo evitar tensarse.Él estaba convencido de que Estrella solo hacía un drama innecesario. Siempre había sido así con la familia Olivares, y aún más desde que Selena regresó. El último mes, desde la vuelta de Selena, las peleas entre las dos hermanas se habían vuelto frecuentes.Selena, tímida, intentó explicarse:—Hermana, el bebé es importante. No te pongas triste, te prometo que de ahora en adelante voy a mantener distancia con Raimundo.—Así que sí sabías que estaba embarazada —replicó Estrella, y en su rostro apareció una mueca cargada de burla.Durante el mes que Selena llevaba de regreso, no había dejado de buscar pretextos para llevarse a su esposo, una y otra vez.Selena apretó los labios, los ojos se le llenaron aún más de lágrimas, y la tristeza se le notaba en cada gesto.—Selena, ¿puedes salir un momento? Quiero platicar con ella a solas —Raimundo la tranquilizó y la animó a salir.Selena dudó un instante, pero terminó por asentir.—Por favor, no discutan. Recuerda que mi hermana está embarazada —susurró antes de irse, lanzando miradas preocupadas desde la puerta.Estrella alzó la mirada hacia su esposo; sus ojos estaban llenos de una tristeza helada.Postrada en la cama de hospital, sentía el desprecio en la mirada de Raimundo. Él solo veía en ella a una mujer celosa, incapaz de comprenderlo. Y al final, necesitaba que otra mujer lo convenciera de no pelear con su propia esposa.Raimundo, que siempre mostraba dulzura con Selena, se transformó de golpe en alguien distante.—Estrella, nuestros problemas son entre tú y yo. No metas a Selena. Ella no te ha hecho nada malo.El tono protector en su voz fue como gasolina sobre el fuego en el interior de Estrella.Habían sido pareja durante tres años. Empezaron por un acuerdo, pero con el tiempo ella se entregó por completo a esa relación. Pensó que Raimundo también lo había hecho. Pero desde que Selena regresó, entendió que en esos tres años, él nunca le dio ni una pizca de amor verdadero.Toda la ternura que tenía, solo era para Selena.Durante tres años, Estrella ingenuamente creyó que, si aguantaba, al final podría ganarse su lugar. Pero la vida, cruel y directa, le mostró que nunca pudo calentar ese corazón.—Raimundo, quiero el divorcio —le dijo, mirando el suero que colgaba sobre su cabeza. Su voz sonó apenas como un suspiro, pero en cada palabra se notaba una convicción inquebrantable.En realidad, desde el regreso de Selena, la idea del divorcio había rondado su mente. Pero siempre le costaba dejar atrás esa ilusión, esa esperanza tonta.Raimundo, como si algo hubiera cambiado dentro de él, suavizó su expresión.—Sé que las embarazadas suelen estar sensibles, y que uno se puede hacer muchas ideas. Pero Estrella, Selena es tu hermana. Entre ella y yo nunca ha pasado nada malo.Estrella giró la cabeza y, mientras una lágrima le rodaba por la mejilla, apoyó la mano sobre su vientre.—Ya no hay bebé —susurró.Raimundo, el bebé se perdió.Raimundo no alcanzó a escuchar los quejidos dolorosos de Estrella. Se limitó a inclinarse con ternura y a acomodarle la sábana a su esposa.—Descansa bien, luego regreso a verte.No tenía energías para discutir con su mujer cuando empezaba a imaginar cosas....—¡Estrella, otra vez molestando a Selena! —La voz dura retumbó junto al golpe de la puerta del cuarto, que chocó contra la pared—. El ruido fue tan estridente que todos se sobresaltaron.Un hombre alto y delgado cruzó el umbral con pasos pesados. Su rostro, que guardaba un enorme parecido con Estrella, estaba torcido por la rabia. Cuando sus ojos se posaron en la cara pálida de Estrella, se quedó mudo un segundo, pero enseguida la agresividad volvió con más fuerza.—Sabías que hoy es el cumpleaños de Selena y aun así armaste este escándalo en plena madrugada. ¿Qué quieres lograr? —Pablo Olivares la fulminó con la mirada desde la orilla de la cama—. ¿Te da gusto poner de cabeza a toda la familia?Para él, era obvio que Estrella fingía estar enferma solo para arruinarle la fiesta a Selena.Estrella apretó los puños bajo la sábana. Estaba tirada en una cama de hospital, con el cuerpo hecho pedazos por el dolor, pero su querido hermano solo se dedicaba a reclamarle por enfermarse, como si hubiera elegido venir a la clínica para fastidiar.Por dentro, sentía que el alma se le partía en mil pedazos.—¿O sea que enfermarse se puede agendar para otro día? —soltó con voz áspera, cada palabra impregnada de ironía.La expresión de Pablo se volvió aún más desdeñosa.—Está bien, no voy a discutir contigo que estés enferma. Pero explícame: Selena fue a verte con la mejor intención, ¿por qué la hiciste llorar?Apenas hacía unos minutos, él mismo había visto a Selena limpiándose las lágrimas en el pasillo.No necesitaba averiguar más: seguro que Estrella la había hecho sentir mal. Siempre era igual, cada frase que salía de su boca era venenosa, como si todos a su alrededor le debieran algo.Estrella desvió la vista hacia la puerta, donde Selena asomaba con los ojos rojos y el rostro humedecido.—Hermano, no es culpa de Estrella. Yo… solo se me metió algo en el ojo —murmuró con voz dulce y temblorosa.Esa clase de justificación solo echó más leña al fuego.Como era de esperarse, Pablo frunció el ceño con impaciencia.—Estrella, deja de hacerte la víctima. La familia Olivares no te debe nada, y Selena menos aún.—Hermano, por favor, ya no sigas —intervino Selena, tirando del brazo de Pablo—. De verdad, la culpa fue mía. Sabía que Estrella estaba embarazada y aun así le pedí a Rai que me acompañara en mi cumpleaños. Por eso acabó en el hospital.Mientras hablaba, las lágrimas brotaban de nuevo, gruesas y pesadas, rodando por sus mejillas.Estrella se aferró al borde de la sábana, tragándose toda su furia. No quería discutir, porque al final la única que saldría dañada sería ella.Pero Pablo no pensaba soltarla tan fácil.—¿Ahora resulta que solo porque está embarazada hay que tratarla como si fuera de cristal?—Ya basta —intervino Raimundo con el ceño fruncido, aunque en el fondo también pensaba que Estrella exageraba, consideraba que Pablo estaba cruzando la línea.Pablo, sin embargo, seguía desquitándose, lanzando palabras como cuchillos.—Hoy finges estar enferma, mañana quién sabe con qué va a salir para manipularnos usando al niño como escudo.—Con una madre tan problemática, el que de verdad da lástima es el bebé que lleva adentro.Si la desconfianza de Raimundo había sido como una puñalada en el pecho de Estrella, lo de Pablo fue una lluvia de flechas. Sintió que se le quebraba el alma.Temblando de rabia, Estrella agarró la almohada y se la lanzó con todas sus fuerzas.—¡Lárgate! —gritó, con la voz rota por el dolor y la desesperación.Las lágrimas le corrían sin control, empañándole la vista. Jamás había esperado que Pablo fuera un buen hermano, pero tampoco merecía escuchar semejantes palabras.Pablo le quitó la almohada de un manotazo, perdiendo la cabeza.—¿Acaso estoy mintiendo? El niño ni ha nacido y ya lo usas de excusa para tus dramas. ¿No te da miedo que de tanto fingir, de verdad le pase algo malo?Aquello ya era veneno puro.—¡Basta! —Raimundo lo miró con seriedad, lanzándole una mirada que congeló el ambiente.Capítulo 2Ocho de la noche en la gran ciudad de Monteclaro. Un relámpago partió en dos la oscuridad del cielo, mientras la lluvia caía a cántaros, empapando todo a su paso.Estrella Olivares yacía encogida sobre el pavimento helado, mientras charcos de sangre fresca se deslizaban bajo su cuerpo, arrastrados por el torrente de agua.Sus dedos, ya pálidos y arrugados por el frío y la lluvia, temblaban al sostener el celular. Desbloqueó la pantalla y, con manos temblorosas, fue marcando uno a uno los nombres de su lista de contactos, esperando que alguien contestara.Pero bajo la tempestad, solo la voz robótica respondía una y otra vez:[Lo sentimos, el número que usted marcó no está disponible en este momento.]Por fin, la pantalla del celular se apagó por completo, quedando inerte bajo la lluvia. Por más que lo intentó, no logró encenderlo de nuevo....A las nueve en punto.Hospital General Monteclaro.El eco de pasos apresurados de los doctores rompía el silencio de la noche.—La paciente tuvo un aborto. ¿Ya avisaron a sus familiares? —preguntó un médico, con voz llena de urgencia.—Sí, doctora, ya se les avisó, pero... —la enfermera dudó, bajando la mirada.—¿Pero qué? —la interrumpió el médico, impaciente.—La familia dijo que están en una fiesta de cumpleaños, que no tienen tiempo......Once y media de la noche.Estrella miraba el techo blanco como el papel, junto a la bolsa de suero que goteaba lentamente.Escuchó la puerta de la habitación abrirse, seguida de una voz cansada y familiar:—Estrella.Hacía una hora había salido del quirófano. Bajo la mirada compasiva de la enfermera, le habían prestado un celular para mandarle un mensaje a Raimundo Valenzuela, su esposo, pidiéndole que, si tenía tiempo, fuera a pagar los gastos del hospital.Y fue hasta ese momento que su esposo por fin apareció.Raimundo llevaba puesta una camisa blanca, su figura impecable como siempre, aunque en sus ojos se notaba el cansancio.Ella desvió la mirada, sintiendo cómo la humedad se le acumulaba en los ojos.—¿Te sientes mal en algún lado? —preguntó Raimundo, sentándose a su lado, con esa expresión distante que nunca cambiaba.Tal vez él solo vino porque recibió el mensaje, sin tener idea de lo que ella acababa de vivir.Estrella sintió un dolor agudo en el pecho. Si no hubiera presenciado cómo Raimundo podía ser dulce y atento con otras personas, si no hubiera estado a punto de morir sola bajo la lluvia, quizás todavía creería que él era así de indiferente por naturaleza.El olor a alcohol en su aliento le revolvió el estómago.—Mi celular ya no sirve, ¿puedes pagar los gastos del hospital por mí? —la voz de Estrella sonó áspera, agotada.No tenía fuerzas para hablar de otra cosa; ya habría tiempo para platicar cuando lograra sobreponerse a tanto dolor.Raimundo percibió ese deje de repulsión en la voz de su esposa.Levantó apenas una ceja y explicó, sin molestarse en disimular su cansancio:—Hoy es el cumpleaños de Selena, tú lo sabes.Estrella mantuvo la vista en el techo. Por supuesto que sabía que era el cumpleaños de Selena Olivares. Sabía, además, que le habían organizado una fiesta espectacular.Su familia y su esposo habían pasado casi toda la noche celebrando.Por eso, cuando más los necesitó, ninguno respondió.—Sí, lo sé —respondió Estrella con voz tranquila, sin mostrar emoción.Pero Raimundo frunció el ceño, molesto:—Te invitaron a la fiesta de Selena y no quisiste ir. Y ahora, ¿qué ganas con armar un drama?¿Drama?La palabra la atravesó como un cuchillo.Él no tenía idea.No sabía que la habían secuestrado. Tampoco sabía que había perdido al bebé.El resentimiento en su pecho se volvió una bola de fuego.—¿Entonces, Raimundo, según tú me hospitalicé por capricho?El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con cuchillo. Los ojos de Raimundo oscurecieron, profundos e impenetrables.Estrella leyó en ellos la respuesta que él no se atrevía a decir en voz alta.Sintió el pecho vacío; una media sonrisa irónica se dibujó en sus labios.Tres años de matrimonio, y así era como él la veía.Raimundo, tal vez temiendo que la discusión se saliera de control, se levantó con rapidez.—Iré a pagar los gastos. Descansa. La doctora Durán ya viene en camino.La doctora Durán era ginecóloga y, desde que Estrella quedó embarazada, siempre estuvo a cargo de su salud.—Raimundo, ¿sabes…? —Estrella estuvo a punto de decirle lo del bebé.En ese momento, la puerta se abrió y una voz dulce la interrumpió.—Hermana.Selena entró al cuarto. Llevaba un vestido largo color rosa, el cabello negro recogido y una corona de diamantes brillando sobre su cabeza. Su belleza irradiaba una calidez tranquila, con un aire de ternura que la hacía ver como una princesa de cuento.—¿Estás bien, hermana? —preguntó mientras se acercaba, preocupada.Las palabras de Estrella se quedaron atoradas en su garganta. Al ver a Selena, no pudo evitar recordar la cantidad de veces que llamó y nadie contestó, las noches de lluvia helada donde sintió que la vida se le escapaba. Un resentimiento feroz, imposible de controlar, le quemó por dentro.—Todavía no me muero, si eso te preocupa —soltó con una voz seca y distante.Los ojos de Selena se llenaron de lágrimas y su mirada solo transmitía culpa.—Perdóname. No debí invitar a Raimundo a la fiesta de cumpleaños.Estrella cerró los ojos. Le dolía el cuerpo y sentía el corazón tan cansado como si le hubieran arrancado el alma.—Selena, esto no es tu culpa —intervino Raimundo, frunciendo el ceño. El tono con el que habló Estrella le molestó a tal grado que no pudo evitar tensarse.Él estaba convencido de que Estrella solo hacía un drama innecesario. Siempre había sido así con la familia Olivares, y aún más desde que Selena regresó. El último mes, desde la vuelta de Selena, las peleas entre las dos hermanas se habían vuelto frecuentes.Selena, tímida, intentó explicarse:—Hermana, el bebé es importante. No te pongas triste, te prometo que de ahora en adelante voy a mantener distancia con Raimundo.—Así que sí sabías que estaba embarazada —replicó Estrella, y en su rostro apareció una mueca cargada de burla.Durante el mes que Selena llevaba de regreso, no había dejado de buscar pretextos para llevarse a su esposo, una y otra vez.Selena apretó los labios, los ojos se le llenaron aún más de lágrimas, y la tristeza se le notaba en cada gesto.—Selena, ¿puedes salir un momento? Quiero platicar con ella a solas —Raimundo la tranquilizó y la animó a salir.Selena dudó un instante, pero terminó por asentir.—Por favor, no discutan. Recuerda que mi hermana está embarazada —susurró antes de irse, lanzando miradas preocupadas desde la puerta.Estrella alzó la mirada hacia su esposo; sus ojos estaban llenos de una tristeza helada.Postrada en la cama de hospital, sentía el desprecio en la mirada de Raimundo. Él solo veía en ella a una mujer celosa, incapaz de comprenderlo. Y al final, necesitaba que otra mujer lo convenciera de no pelear con su propia esposa.Raimundo, que siempre mostraba dulzura con Selena, se transformó de golpe en alguien distante.—Estrella, nuestros problemas son entre tú y yo. No metas a Selena. Ella no te ha hecho nada malo.El tono protector en su voz fue como gasolina sobre el fuego en el interior de Estrella.Habían sido pareja durante tres años. Empezaron por un acuerdo, pero con el tiempo ella se entregó por completo a esa relación. Pensó que Raimundo también lo había hecho. Pero desde que Selena regresó, entendió que en esos tres años, él nunca le dio ni una pizca de amor verdadero.Toda la ternura que tenía, solo era para Selena.Durante tres años, Estrella ingenuamente creyó que, si aguantaba, al final podría ganarse su lugar. Pero la vida, cruel y directa, le mostró que nunca pudo calentar ese corazón.—Raimundo, quiero el divorcio —le dijo, mirando el suero que colgaba sobre su cabeza. Su voz sonó apenas como un suspiro, pero en cada palabra se notaba una convicción inquebrantable.En realidad, desde el regreso de Selena, la idea del divorcio había rondado su mente. Pero siempre le costaba dejar atrás esa ilusión, esa esperanza tonta.Raimundo, como si algo hubiera cambiado dentro de él, suavizó su expresión.—Sé que las embarazadas suelen estar sensibles, y que uno se puede hacer muchas ideas. Pero Estrella, Selena es tu hermana. Entre ella y yo nunca ha pasado nada malo.Estrella giró la cabeza y, mientras una lágrima le rodaba por la mejilla, apoyó la mano sobre su vientre.—Ya no hay bebé —susurró.Raimundo, el bebé se perdió.Raimundo no alcanzó a escuchar los quejidos dolorosos de Estrella. Se limitó a inclinarse con ternura y a acomodarle la sábana a su esposa.—Descansa bien, luego regreso a verte.No tenía energías para discutir con su mujer cuando empezaba a imaginar cosas....—¡Estrella, otra vez molestando a Selena! —La voz dura retumbó junto al golpe de la puerta del cuarto, que chocó contra la pared—. El ruido fue tan estridente que todos se sobresaltaron.Un hombre alto y delgado cruzó el umbral con pasos pesados. Su rostro, que guardaba un enorme parecido con Estrella, estaba torcido por la rabia. Cuando sus ojos se posaron en la cara pálida de Estrella, se quedó mudo un segundo, pero enseguida la agresividad volvió con más fuerza.—Sabías que hoy es el cumpleaños de Selena y aun así armaste este escándalo en plena madrugada. ¿Qué quieres lograr? —Pablo Olivares la fulminó con la mirada desde la orilla de la cama—. ¿Te da gusto poner de cabeza a toda la familia?Para él, era obvio que Estrella fingía estar enferma solo para arruinarle la fiesta a Selena.Estrella apretó los puños bajo la sábana. Estaba tirada en una cama de hospital, con el cuerpo hecho pedazos por el dolor, pero su querido hermano solo se dedicaba a reclamarle por enfermarse, como si hubiera elegido venir a la clínica para fastidiar.Por dentro, sentía que el alma se le partía en mil pedazos.—¿O sea que enfermarse se puede agendar para otro día? —soltó con voz áspera, cada palabra impregnada de ironía.La expresión de Pablo se volvió aún más desdeñosa.—Está bien, no voy a discutir contigo que estés enferma. Pero explícame: Selena fue a verte con la mejor intención, ¿por qué la hiciste llorar?Apenas hacía unos minutos, él mismo había visto a Selena limpiándose las lágrimas en el pasillo.No necesitaba averiguar más: seguro que Estrella la había hecho sentir mal. Siempre era igual, cada frase que salía de su boca era venenosa, como si todos a su alrededor le debieran algo.Estrella desvió la vista hacia la puerta, donde Selena asomaba con los ojos rojos y el rostro humedecido.—Hermano, no es culpa de Estrella. Yo… solo se me metió algo en el ojo —murmuró con voz dulce y temblorosa.Esa clase de justificación solo echó más leña al fuego.Como era de esperarse, Pablo frunció el ceño con impaciencia.—Estrella, deja de hacerte la víctima. La familia Olivares no te debe nada, y Selena menos aún.—Hermano, por favor, ya no sigas —intervino Selena, tirando del brazo de Pablo—. De verdad, la culpa fue mía. Sabía que Estrella estaba embarazada y aun así le pedí a Rai que me acompañara en mi cumpleaños. Por eso acabó en el hospital.Mientras hablaba, las lágrimas brotaban de nuevo, gruesas y pesadas, rodando por sus mejillas.Estrella se aferró al borde de la sábana, tragándose toda su furia. No quería discutir, porque al final la única que saldría dañada sería ella.Pero Pablo no pensaba soltarla tan fácil.—¿Ahora resulta que solo porque está embarazada hay que tratarla como si fuera de cristal?—Ya basta —intervino Raimundo con el ceño fruncido, aunque en el fondo también pensaba que Estrella exageraba, consideraba que Pablo estaba cruzando la línea.Pablo, sin embargo, seguía desquitándose, lanzando palabras como cuchillos.—Hoy finges estar enferma, mañana quién sabe con qué va a salir para manipularnos usando al niño como escudo.—Con una madre tan problemática, el que de verdad da lástima es el bebé que lleva adentro.Si la desconfianza de Raimundo había sido como una puñalada en el pecho de Estrella, lo de Pablo fue una lluvia de flechas. Sintió que se le quebraba el alma.Temblando de rabia, Estrella agarró la almohada y se la lanzó con todas sus fuerzas.—¡Lárgate! —gritó, con la voz rota por el dolor y la desesperación.Las lágrimas le corrían sin control, empañándole la vista. Jamás había esperado que Pablo fuera un buen hermano, pero tampoco merecía escuchar semejantes palabras.Pablo le quitó la almohada de un manotazo, perdiendo la cabeza.—¿Acaso estoy mintiendo? El niño ni ha nacido y ya lo usas de excusa para tus dramas. ¿No te da miedo que de tanto fingir, de verdad le pase algo malo?Aquello ya era veneno puro.—¡Basta! —Raimundo lo miró con seriedad, lanzándole una mirada que congeló el ambiente.Capítulo 3Ocho de la noche en la gran ciudad de Monteclaro. Un relámpago partió en dos la oscuridad del cielo, mientras la lluvia caía a cántaros, empapando todo a su paso.Estrella Olivares yacía encogida sobre el pavimento helado, mientras charcos de sangre fresca se deslizaban bajo su cuerpo, arrastrados por el torrente de agua.Sus dedos, ya pálidos y arrugados por el frío y la lluvia, temblaban al sostener el celular. Desbloqueó la pantalla y, con manos temblorosas, fue marcando uno a uno los nombres de su lista de contactos, esperando que alguien contestara.Pero bajo la tempestad, solo la voz robótica respondía una y otra vez:[Lo sentimos, el número que usted marcó no está disponible en este momento.]Por fin, la pantalla del celular se apagó por completo, quedando inerte bajo la lluvia. Por más que lo intentó, no logró encenderlo de nuevo....A las nueve en punto.Hospital General Monteclaro.El eco de pasos apresurados de los doctores rompía el silencio de la noche.—La paciente tuvo un aborto. ¿Ya avisaron a sus familiares? —preguntó un médico, con voz llena de urgencia.—Sí, doctora, ya se les avisó, pero... —la enfermera dudó, bajando la mirada.—¿Pero qué? —la interrumpió el médico, impaciente.—La familia dijo que están en una fiesta de cumpleaños, que no tienen tiempo......Once y media de la noche.Estrella miraba el techo blanco como el papel, junto a la bolsa de suero que goteaba lentamente.Escuchó la puerta de la habitación abrirse, seguida de una voz cansada y familiar:—Estrella.Hacía una hora había salido del quirófano. Bajo la mirada compasiva de la enfermera, le habían prestado un celular para mandarle un mensaje a Raimundo Valenzuela, su esposo, pidiéndole que, si tenía tiempo, fuera a pagar los gastos del hospital.Y fue hasta ese momento que su esposo por fin apareció.Raimundo llevaba puesta una camisa blanca, su figura impecable como siempre, aunque en sus ojos se notaba el cansancio.Ella desvió la mirada, sintiendo cómo la humedad se le acumulaba en los ojos.—¿Te sientes mal en algún lado? —preguntó Raimundo, sentándose a su lado, con esa expresión distante que nunca cambiaba.Tal vez él solo vino porque recibió el mensaje, sin tener idea de lo que ella acababa de vivir.Estrella sintió un dolor agudo en el pecho. Si no hubiera presenciado cómo Raimundo podía ser dulce y atento con otras personas, si no hubiera estado a punto de morir sola bajo la lluvia, quizás todavía creería que él era así de indiferente por naturaleza.El olor a alcohol en su aliento le revolvió el estómago.—Mi celular ya no sirve, ¿puedes pagar los gastos del hospital por mí? —la voz de Estrella sonó áspera, agotada.No tenía fuerzas para hablar de otra cosa; ya habría tiempo para platicar cuando lograra sobreponerse a tanto dolor.Raimundo percibió ese deje de repulsión en la voz de su esposa.Levantó apenas una ceja y explicó, sin molestarse en disimular su cansancio:—Hoy es el cumpleaños de Selena, tú lo sabes.Estrella mantuvo la vista en el techo. Por supuesto que sabía que era el cumpleaños de Selena Olivares. Sabía, además, que le habían organizado una fiesta espectacular.Su familia y su esposo habían pasado casi toda la noche celebrando.Por eso, cuando más los necesitó, ninguno respondió.—Sí, lo sé —respondió Estrella con voz tranquila, sin mostrar emoción.Pero Raimundo frunció el ceño, molesto:—Te invitaron a la fiesta de Selena y no quisiste ir. Y ahora, ¿qué ganas con armar un drama?¿Drama?La palabra la atravesó como un cuchillo.Él no tenía idea.No sabía que la habían secuestrado. Tampoco sabía que había perdido al bebé.El resentimiento en su pecho se volvió una bola de fuego.—¿Entonces, Raimundo, según tú me hospitalicé por capricho?El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con cuchillo. Los ojos de Raimundo oscurecieron, profundos e impenetrables.Estrella leyó en ellos la respuesta que él no se atrevía a decir en voz alta.Sintió el pecho vacío; una media sonrisa irónica se dibujó en sus labios.Tres años de matrimonio, y así era como él la veía.Raimundo, tal vez temiendo que la discusión se saliera de control, se levantó con rapidez.—Iré a pagar los gastos. Descansa. La doctora Durán ya viene en camino.La doctora Durán era ginecóloga y, desde que Estrella quedó embarazada, siempre estuvo a cargo de su salud.—Raimundo, ¿sabes…? —Estrella estuvo a punto de decirle lo del bebé.En ese momento, la puerta se abrió y una voz dulce la interrumpió.—Hermana.Selena entró al cuarto. Llevaba un vestido largo color rosa, el cabello negro recogido y una corona de diamantes brillando sobre su cabeza. Su belleza irradiaba una calidez tranquila, con un aire de ternura que la hacía ver como una princesa de cuento.—¿Estás bien, hermana? —preguntó mientras se acercaba, preocupada.Las palabras de Estrella se quedaron atoradas en su garganta. Al ver a Selena, no pudo evitar recordar la cantidad de veces que llamó y nadie contestó, las noches de lluvia helada donde sintió que la vida se le escapaba. Un resentimiento feroz, imposible de controlar, le quemó por dentro.—Todavía no me muero, si eso te preocupa —soltó con una voz seca y distante.Los ojos de Selena se llenaron de lágrimas y su mirada solo transmitía culpa.—Perdóname. No debí invitar a Raimundo a la fiesta de cumpleaños.Estrella cerró los ojos. Le dolía el cuerpo y sentía el corazón tan cansado como si le hubieran arrancado el alma.—Selena, esto no es tu culpa —intervino Raimundo, frunciendo el ceño. El tono con el que habló Estrella le molestó a tal grado que no pudo evitar tensarse.Él estaba convencido de que Estrella solo hacía un drama innecesario. Siempre había sido así con la familia Olivares, y aún más desde que Selena regresó. El último mes, desde la vuelta de Selena, las peleas entre las dos hermanas se habían vuelto frecuentes.Selena, tímida, intentó explicarse:—Hermana, el bebé es importante. No te pongas triste, te prometo que de ahora en adelante voy a mantener distancia con Raimundo.—Así que sí sabías que estaba embarazada —replicó Estrella, y en su rostro apareció una mueca cargada de burla.Durante el mes que Selena llevaba de regreso, no había dejado de buscar pretextos para llevarse a su esposo, una y otra vez.Selena apretó los labios, los ojos se le llenaron aún más de lágrimas, y la tristeza se le notaba en cada gesto.—Selena, ¿puedes salir un momento? Quiero platicar con ella a solas —Raimundo la tranquilizó y la animó a salir.Selena dudó un instante, pero terminó por asentir.—Por favor, no discutan. Recuerda que mi hermana está embarazada —susurró antes de irse, lanzando miradas preocupadas desde la puerta.Estrella alzó la mirada hacia su esposo; sus ojos estaban llenos de una tristeza helada.Postrada en la cama de hospital, sentía el desprecio en la mirada de Raimundo. Él solo veía en ella a una mujer celosa, incapaz de comprenderlo. Y al final, necesitaba que otra mujer lo convenciera de no pelear con su propia esposa.Raimundo, que siempre mostraba dulzura con Selena, se transformó de golpe en alguien distante.—Estrella, nuestros problemas son entre tú y yo. No metas a Selena. Ella no te ha hecho nada malo.El tono protector en su voz fue como gasolina sobre el fuego en el interior de Estrella.Habían sido pareja durante tres años. Empezaron por un acuerdo, pero con el tiempo ella se entregó por completo a esa relación. Pensó que Raimundo también lo había hecho. Pero desde que Selena regresó, entendió que en esos tres años, él nunca le dio ni una pizca de amor verdadero.Toda la ternura que tenía, solo era para Selena.Durante tres años, Estrella ingenuamente creyó que, si aguantaba, al final podría ganarse su lugar. Pero la vida, cruel y directa, le mostró que nunca pudo calentar ese corazón.—Raimundo, quiero el divorcio —le dijo, mirando el suero que colgaba sobre su cabeza. Su voz sonó apenas como un suspiro, pero en cada palabra se notaba una convicción inquebrantable.En realidad, desde el regreso de Selena, la idea del divorcio había rondado su mente. Pero siempre le costaba dejar atrás esa ilusión, esa esperanza tonta.Raimundo, como si algo hubiera cambiado dentro de él, suavizó su expresión.—Sé que las embarazadas suelen estar sensibles, y que uno se puede hacer muchas ideas. Pero Estrella, Selena es tu hermana. Entre ella y yo nunca ha pasado nada malo.Estrella giró la cabeza y, mientras una lágrima le rodaba por la mejilla, apoyó la mano sobre su vientre.—Ya no hay bebé —susurró.Raimundo, el bebé se perdió.Raimundo no alcanzó a escuchar los quejidos dolorosos de Estrella. Se limitó a inclinarse con ternura y a acomodarle la sábana a su esposa.—Descansa bien, luego regreso a verte.No tenía energías para discutir con su mujer cuando empezaba a imaginar cosas....—¡Estrella, otra vez molestando a Selena! —La voz dura retumbó junto al golpe de la puerta del cuarto, que chocó contra la pared—. El ruido fue tan estridente que todos se sobresaltaron.Un hombre alto y delgado cruzó el umbral con pasos pesados. Su rostro, que guardaba un enorme parecido con Estrella, estaba torcido por la rabia. Cuando sus ojos se posaron en la cara pálida de Estrella, se quedó mudo un segundo, pero enseguida la agresividad volvió con más fuerza.—Sabías que hoy es el cumpleaños de Selena y aun así armaste este escándalo en plena madrugada. ¿Qué quieres lograr? —Pablo Olivares la fulminó con la mirada desde la orilla de la cama—. ¿Te da gusto poner de cabeza a toda la familia?Para él, era obvio que Estrella fingía estar enferma solo para arruinarle la fiesta a Selena.Estrella apretó los puños bajo la sábana. Estaba tirada en una cama de hospital, con el cuerpo hecho pedazos por el dolor, pero su querido hermano solo se dedicaba a reclamarle por enfermarse, como si hubiera elegido venir a la clínica para fastidiar.Por dentro, sentía que el alma se le partía en mil pedazos.—¿O sea que enfermarse se puede agendar para otro día? —soltó con voz áspera, cada palabra impregnada de ironía.La expresión de Pablo se volvió aún más desdeñosa.—Está bien, no voy a discutir contigo que estés enferma. Pero explícame: Selena fue a verte con la mejor intención, ¿por qué la hiciste llorar?Apenas hacía unos minutos, él mismo había visto a Selena limpiándose las lágrimas en el pasillo.No necesitaba averiguar más: seguro que Estrella la había hecho sentir mal. Siempre era igual, cada frase que salía de su boca era venenosa, como si todos a su alrededor le debieran algo.Estrella desvió la vista hacia la puerta, donde Selena asomaba con los ojos rojos y el rostro humedecido.—Hermano, no es culpa de Estrella. Yo… solo se me metió algo en el ojo —murmuró con voz dulce y temblorosa.Esa clase de justificación solo echó más leña al fuego.Como era de esperarse, Pablo frunció el ceño con impaciencia.—Estrella, deja de hacerte la víctima. La familia Olivares no te debe nada, y Selena menos aún.—Hermano, por favor, ya no sigas —intervino Selena, tirando del brazo de Pablo—. De verdad, la culpa fue mía. Sabía que Estrella estaba embarazada y aun así le pedí a Rai que me acompañara en mi cumpleaños. Por eso acabó en el hospital.Mientras hablaba, las lágrimas brotaban de nuevo, gruesas y pesadas, rodando por sus mejillas.Estrella se aferró al borde de la sábana, tragándose toda su furia. No quería discutir, porque al final la única que saldría dañada sería ella.Pero Pablo no pensaba soltarla tan fácil.—¿Ahora resulta que solo porque está embarazada hay que tratarla como si fuera de cristal?—Ya basta —intervino Raimundo con el ceño fruncido, aunque en el fondo también pensaba que Estrella exageraba, consideraba que Pablo estaba cruzando la línea.Pablo, sin embargo, seguía desquitándose, lanzando palabras como cuchillos.—Hoy finges estar enferma, mañana quién sabe con qué va a salir para manipularnos usando al niño como escudo.—Con una madre tan problemática, el que de verdad da lástima es el bebé que lleva adentro.Si la desconfianza de Raimundo había sido como una puñalada en el pecho de Estrella, lo de Pablo fue una lluvia de flechas. Sintió que se le quebraba el alma.Temblando de rabia, Estrella agarró la almohada y se la lanzó con todas sus fuerzas.—¡Lárgate! —gritó, con la voz rota por el dolor y la desesperación.Las lágrimas le corrían sin control, empañándole la vista. Jamás había esperado que Pablo fuera un buen hermano, pero tampoco merecía escuchar semejantes palabras.Pablo le quitó la almohada de un manotazo, perdiendo la cabeza.—¿Acaso estoy mintiendo? El niño ni ha nacido y ya lo usas de excusa para tus dramas. ¿No te da miedo que de tanto fingir, de verdad le pase algo malo?Aquello ya era veneno puro.—¡Basta! —Raimundo lo miró con seriedad, lanzándole una mirada que congeló el ambiente.