Cintia Sandoval es una mujer marcada por una infancia robada y una lucha solitaria por recuperar lo que le pertenece. Nacida en el seno de una prominente familia, su destino fue alterado por la pérfida amante de su padre, quien maquinó suplantar su identidad a favor de su propia hija. Mientras la impostora disfrutaba de una vida de opulencia y un matrimonio idílico con un importante heredero, Cintia dedicaba sus días a cuidar a una madre adoptiva que la trataba con crueldad. La vida, lejos de ofrecerle consuelo, la sometió a pruebas aún más dolorosas, cuando fue vendida junto a su madre biológica a tierras lejanas. En lugar de apoyo, recibió del hombre que debía protegerla, burla y desdén. Cansada de la injusticia que la rodeaba, decidió tomar las riendas de su destino. Con una determinación férrea, juró despojar a los usurpadores de todo aquello que le habían arrebatado. Su venganza no conocía límites: recuperaría su lugar, expondría la infamia de la amante de su padre, y llevaría a este a enfrentar la justicia. Desprovista de recursos materiales, Cintia descubrió que su inteligencia y encanto eran sus armas más poderosas. En su camino hacia la justicia, transformó su dolor en una estrategia, utilizando el amor como señuelo para atraer a aquellos hombres de la alta sociedad que en otro tiempo la despreciaron, convirtiéndolos en instrumentos de su propósito. Así, mediante su astucia y determinación, forjó su camino hacia la redención y el equilibrio que tanto anhelaba.

Capítulo 1Frente al auditorio principal de la universidad, una multitud de graduados vestía sus togas, todos sonriendo mientras se agrupaban para tomarse fotos. El ambiente estaba cargado de alegría, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.Un birrete aterrizó a los pies de Cintia Sandoval. El joven que vino a recogerlo se sonrojó en cuanto vio su cara.—Oye, ¿de qué carrera eres? ¿Me pasas tu WhatsApp?En ese momento, otra voz irrumpió en la escena:—Ella ya tiene novio.El chico, incómodo, se alejó murmurando. Entonces, una voz suave de mujer se hizo escuchar:—Ya terminemos esto.—¿Ahora qué te pasa? Ya te dije que la empresa anda a mil por hora. Además, te he marcado y ni siquiera contestas —replicó él, con aire cansado.—Simplemente no somos compatibles.—¿En qué no? Yo tengo mejor formación que tú, y al casarnos, tú te encargas de la casa y de mi mamá, no tendrías que preocuparte por nada más. Sí, ya sé que tu familia no tiene mucho, pero eso no me importa.Mientras hablaba, el tipo miró a Cintia, y al ver su expresión, se le fue apagando el enojo. Su voz se volvió más suave, casi suplicante.—Cintia, perdón si he estado muy metido en el trabajo y te he descuidado, pero nadie podría estar mejor a mi lado que tú.Cintia se acomodó un mechón detrás de la oreja, y con una calma que desarmaba, le reviró:—¿Y qué hay de Rocío?—...¿Qué te dijo ella? ¡Es ella la que no me deja en paz!Cintia solo sonrió, sin molestarse en responder. Lo observó luchando por explicar su versión, disfrutando su incomodidad.—Solo viajé con ella dos veces, y fue para que su papá ayudara a la empresa a contactar inversionistas, ¡te lo juro!A ella no le interesaba pelear por amor. No tenía sentido. Su objetivo era otro.Quería el dinero.Cintia volteó el rostro, los ojos rojos, dejando que algunas lágrimas resbalaran, pero enseguida las limpió con una obstinación evidente.—Todo lo que dijiste es cierto. Estos años, para pagar el tratamiento de mi mamá, en mi casa ya...No terminó la frase, dejando el mensaje en el aire. Luego agregó:—No te preocupes, todo el dinero que has gastado en mí estos años, te lo voy a devolver poco a poco. Mejor terminamos bien, ¿va? No le voy a contar a nadie lo de Rocío, imagínate el escándalo para tu empresa...Él frunció el ceño, herido, y al mismo tiempo con cierto miedo. Murmuró algo incomprensible y sacó el celular, tecleando con rapidez.—Cintia, ya no sigas con esto.Cintia sintió la vibración de su celular en la mano. Bajó la cabeza, ocultando los ojos con la palma, fingiendo que no podía controlar el llanto cuando en realidad espiaba la pantalla.[Depósito por 400,000 pesos recibido en la cuenta terminación 8216, saldo actual: 1,300,000.47 pesos. {Banco Unión}]El tipo intentó abrazarla para consolarla, pero Cintia lo empujó con fuerza.—¡Dame chance de tranquilizarme! —gritó con voz quebrada, y salió corriendo, fingiendo llanto.Mientras huía, bloqueó al tipo en todas las redes, eliminó a los contactos en común y se aseguró de que no pudiera molestarla nunca más.Ya con el dinero en la cuenta, ni un minuto más de actuación....Al llegar a la entrada de la universidad, Rocío la saludó agitando el brazo desde lejos.—¡Cintia, vente a la foto! Oye, ¿por qué no traes toga?Cintia se detuvo y sonrió.—Ya me tomé fotos en la facultad.Rocío la miró sin entender.—En tu escuela todos andan diciendo que no alcanzaron toga, ¿de dónde sacaste la tuya?Cintia se quedó pensativa un instante y luego contestó con una sonrisa:—La pedí en línea desde antes.Rocío no sospechó nada.—Chin, si hubiera sabido te la pedía prestada.Después, Rocío la jaló para tomarse una foto frente a la entrada de la Universidad Central de las Américas. Al terminar, Rocío la miró con complicidad.—¿A poco sí cortaste con ese tipo?—Sí —afirmó Cintia, con una sonrisa serena.Rocío suspiró aliviada, le dio unas palabras de aliento y luego cambió de tema.—Hombres hay muchos, pero un buen trabajo es lo que importa. Yo ya tengo mi lugar para hacer prácticas en Grupo Carmona, ¿quieres que te recomiende?Grupo Carmona tenía un valor de mercado de más de doscientos mil millones de dólares, con un montón de filiales y una torre exclusiva en la zona más cara de Balmaceda, donde solo entraba la crema y nata.Rocío estaba orgullosísima; no cualquiera conseguía esa oferta.La sonrisa de Cintia se hizo más amplia.—No hace falta, ya estoy trabajando desde hace dos meses.—¿Qué? —Rocío abrió los ojos como platos y preguntó, curiosa—: ¿Y en dónde?—También estoy en Grupo Carmona.Rocío se quedó pasmada, la sonrisa se le congeló en los labios. Quería preguntar algo más, pero Cintia se adelantó:—Ya me voy a la universidad, luego platicamos, ¿sí? Hay que seguir en contacto.Cintia caminó hasta la entrada de la Universidad San Antonio, deteniéndose a observar a los chicos y chicas que reían y posaban para las fotos de graduación. Ella, sola, se mantuvo al margen, contemplando la escena por un rato.El pasado, presente y futuro de Cintia no tenían nada que ver con esos jóvenes llenos de promesas. En realidad, ni siquiera era estudiante de la Universidad San Antonio.Solo había pagado para que alguien le hiciera una credencial falsa de esa universidad.De hecho, tenía credenciales de casi todas las universidades importantes de Balmaceda, porque así le resultaba más sencillo suplantar a otros en los exámenes.Fue durante uno de esos trabajos que conoció a Rocío. Aprovechó la oportunidad para hacerse su amiga y, gracias a ella, se coló en varias actividades de la Universidad Central de las Américas. Así fue como empezó a conocer a medio mundo.En la Universidad Central de las Américas abundaban los jóvenes con talento y dinero. Cintia había investigado a fondo y puso la mira en su exnovio, uno de los chicos con mejor posición económica.Sin la información privilegiada y los recursos que él le proporcionó, jamás habría podido saldar la enorme deuda que su madre había dejado por enfermedad en apenas tres años.Pero ahora ya no lo necesitaba, así que a Cintia le vino de maravilla que Rocío estuviera interesada en él, pues así ella podía zafarse sin problemas.—¿El número termina en 6867?La voz la sacó de sus pensamientos. Cintia asintió y recibió un sobre de manos de un repartidor.Al abrirlo, encontró los certificados de estudios y el título universitario de la Universidad San Antonio.Tras verificar que todo estuviera en orden, transfirió una cantidad de dinero a un avatar negro en WhatsApp, y después borró la conversación.Con los papeles en la mano, tomó un carro de aplicación rumbo a una zona residencial apartada del centro.Decirle a Rocío que trabajaba en Grupo Carmona no era del todo mentira.Hasta ese momento, Cintia llevaba dos meses como empleada doméstica, viviendo en casa de la madre del presidente Carmona.Dos meses atrás, Cintia había arreglado para que la anterior cuidadora de la señora ganara un sorteo, lo que permitió que ella y su familia viajaran gratis al extranjero. Luego, Cintia consiguió por medio de una recomendación ocupar su lugar, todo cuidadosamente planeado.Ese día era su último turno, solo iba por sus cosas.El mayordomo avisó a los guardias que la dejaran pasar. Cuando entró, la anciana estaba en el huerto, eligiendo sandías. Al verla, la señora sonrió ampliamente.—¡Cindy, volviste! Hace calor, ven, vamos a comer sandía.—Abuelita, deje, yo la ayudo a entrar.La señora vestía una camiseta sencilla de veinte pesos y una gorra para el sol, de lo más simple. Nadie imaginaría que era millonaria.Mientras la anciana se cambiaba de ropa, Cintia fue a la cocina a preparar la sandía.En un instante, la fruta se transformó en tres platillos distintos: bolitas de sandía, ensalada de cáscara de sandía y sopa fría de sandía con frijol verde.El lugar quedó impecable y hasta guardó las semillas para plantarlas después.La anciana, encantada, no escatimó en halagos.Cintia, con una mano sobre la falda, se arrodilló ligeramente a un lado de la señora, mostrando una sonrisa dulce y serena.—La sandía es muy fresca, me preocupé de que le hiciera daño al estómago, así que la combiné pensando en lo que recomienda el doctor.La anciana, feliz con los mimos, de pronto se puso nostálgica al recordar que ese era el último día de Cintia en casa. Tras pensarlo un momento, dijo:—Cindy, ¿por qué no te conviertes en mi hija adoptiva?El mayordomo, entre divertido y desconcertado, no supo si reír o llorar.—¿Cómo se le ocurre? La señorita Sandoval es menor que el joven Carmona por tres años. ¿Cómo espera que él le diga tía? No va a querer.La anciana resopló, de mal humor.—No te metas, hoy puedo presumir de ser la mayor, ¿no?...Felipe Carmona estaba en plena reunión cuando vio en la pantalla del celular la palabra 'Abuelita'.Inmediatamente levantó la mano para pausar la junta. No se atrevía a ignorar la llamada.—Nada más te aviso: tienes una tía nueva.La anciana lo soltó sin rodeos, sin ningún tipo de introducción.Felipe sonrió, su voz sonó relajada y un poco burlona.—¿Ah, sí? ¿De dónde salió la tía? ¿La trajiste de la tumba de algún tío? Si es así, luego me la presentas.La abuela le soltó a Felipe:—Chamaco, cuando hables, muestra respeto. Tu tía sigue viva, pero tu abuela, o sea yo, quién sabe, quizá en unos años ya esté bajo tierra. Ya lo pensé bien, los días que me queden los voy a disfrutar como quiera. Nadie me va a venir a decir cómo vivirlos.Felipe se rio con picardía, se tocó la ceja y replicó:—¿A poco usted tan moderna y hasta tiene hija fuera del matrimonio? ¿Ya lo saben mi papá y mi tío?—¿Y para qué les voy a andar diciendo? Ni que les importara, si nunca se acuerdan de preguntar cómo estoy.Antes de que Felipe pudiera contestar, la abuela le colgó el teléfono al jefe de la familia sin pensarlo dos veces.Cintia, que estaba ahí al lado, escuchaba atenta, bajando la mirada para ocultar sus pensamientos mientras sonreía con dulzura.Según los papeles, la abuela tenía una segunda hija que falleció a una edad parecida a la de Cintia. Aprovechando ese detalle, en apenas dos meses, Cintia se había ganado el corazón de la señora.En ese momento, Cintia levantó la cara con una sonrisa bien portada y dijo:—Abuelita, con eso va a preocupar a los demás. Van a pensar que aquí se metió una desconocida. Aunque ya no vaya a trabajar más en esta casa, tiene mi WhatsApp. Si quiere platicar, puede llamarme cuando quiera.De repente, la abuela se le humedecieron los ojos, la acarició la cabeza y le dijo con voz cariñosa:—Ellos tienen su propia vida, nunca se preocupan por mí. Pero tú me caes bien, me gustaría que siempre estuvieras cerca de mí.—Además, ni creas que tengo tantos familiares. Solo tengo tres hijos. El mayor casi nunca viene a verme, el menor solo me manda dinero para cumplir, yo ya ni espero nada de ellos.—Solo el hijo del menor se acuerda de mí. Se llama Pipe, un día de estos te lo voy a presentar.—Ese muchacho es medio desubicado, pero buena gente. Si algún día te hace enojar, vienes y me cuentas.El mayordomo, viendo cómo le contaba todo eso, se quedó con ganas de decir algo, pero mejor se mordió la lengua.Cintia, sin perder la compostura, notó la reacción del mayordomo y prefirió dar un paso atrás con humildad:—Abuelita, si se siente sola, puedo venir a visitarla cada semana. Pero esto de hacernos familia no es cualquier cosa, yo soy de una familia sencilla, no me atrevo a soñar tan alto.—Tranquila, niña, yo sé lo que hago —aseguró la abuela, con una sonrisa comprensiva.Cintia fingió estar apenada, regresó a la habitación de las empleadas a recoger sus cosas, y antes de irse, pidió una carta de recomendación. La abuela, todavía preocupada, le preguntó:—¿Quieres que llame directo a la familia Galindo?La familia Galindo era su nuevo destino, el lugar donde llevaba tiempo planeando trabajar.Cintia sonrió y respondió que no hacía falta. Se despidió de la abuela y salió de la casa.Cuando el mayordomo y los demás se quedaron solos, por fin habló:—Aunque la señorita Sandoval tiene buen porte y parece buena persona, apenas la conocemos de dos meses. No sabemos mucho de ella, ¿y si…?La abuela lo miró con seriedad y le contestó:—Pues si no sabes, investígalo. Pero yo veo que Cindy es una muchacha sincera, limpia, no creo que haya problemas. Además, dice que trabaja de niñera solo por su mamá. Estar tres años cuidando a su madre en la cama, eso habla de su carácter. ¿Crees que alguien así podría ser mala persona?El mayordomo asintió y agregó:—Hace rato llamó el joven, dice que quiere venir a verla.La abuela se alegró en el fondo, pero soltó con su típico humor:—Ese nieto sí que no tiene remedio....Dentro del carro.Felipe, de repente, estornudó.En ese momento, un carro que venía en sentido contrario pasó despacio junto al suyo.Casualmente, al mirar por la ventana, su vista se detuvo en una imagen sorprendente.Cintia iba en el asiento trasero de ese carro, con la ventana abierta de par en par. El viento jugaba con su cabello, que rozaba su mejilla clara. Sus ojos, tan puros y llenos de desconcierto, miraban hacia afuera, perdida en sus pensamientos.El chofer le preguntó dos veces, pero nadie contestó desde el asiento de atrás.—Jefe, ¿está cansado?Felipe dibujó una media sonrisa y respondió:—Nada de eso, creo que acabo de enamorarme a primera vista.El chofer se sorprendió, pero pronto volvió a la normalidad. Al fin y al cabo, el jefe siempre estaba rodeado de mujeres, cambiándolas como quien cambia de camisa; a veces ni él mismo recordaba sus nombres.Capítulo 2Frente al auditorio principal de la universidad, una multitud de graduados vestía sus togas, todos sonriendo mientras se agrupaban para tomarse fotos. El ambiente estaba cargado de alegría, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.Un birrete aterrizó a los pies de Cintia Sandoval. El joven que vino a recogerlo se sonrojó en cuanto vio su cara.—Oye, ¿de qué carrera eres? ¿Me pasas tu WhatsApp?En ese momento, otra voz irrumpió en la escena:—Ella ya tiene novio.El chico, incómodo, se alejó murmurando. Entonces, una voz suave de mujer se hizo escuchar:—Ya terminemos esto.—¿Ahora qué te pasa? Ya te dije que la empresa anda a mil por hora. Además, te he marcado y ni siquiera contestas —replicó él, con aire cansado.—Simplemente no somos compatibles.—¿En qué no? Yo tengo mejor formación que tú, y al casarnos, tú te encargas de la casa y de mi mamá, no tendrías que preocuparte por nada más. Sí, ya sé que tu familia no tiene mucho, pero eso no me importa.Mientras hablaba, el tipo miró a Cintia, y al ver su expresión, se le fue apagando el enojo. Su voz se volvió más suave, casi suplicante.—Cintia, perdón si he estado muy metido en el trabajo y te he descuidado, pero nadie podría estar mejor a mi lado que tú.Cintia se acomodó un mechón detrás de la oreja, y con una calma que desarmaba, le reviró:—¿Y qué hay de Rocío?—...¿Qué te dijo ella? ¡Es ella la que no me deja en paz!Cintia solo sonrió, sin molestarse en responder. Lo observó luchando por explicar su versión, disfrutando su incomodidad.—Solo viajé con ella dos veces, y fue para que su papá ayudara a la empresa a contactar inversionistas, ¡te lo juro!A ella no le interesaba pelear por amor. No tenía sentido. Su objetivo era otro.Quería el dinero.Cintia volteó el rostro, los ojos rojos, dejando que algunas lágrimas resbalaran, pero enseguida las limpió con una obstinación evidente.—Todo lo que dijiste es cierto. Estos años, para pagar el tratamiento de mi mamá, en mi casa ya...No terminó la frase, dejando el mensaje en el aire. Luego agregó:—No te preocupes, todo el dinero que has gastado en mí estos años, te lo voy a devolver poco a poco. Mejor terminamos bien, ¿va? No le voy a contar a nadie lo de Rocío, imagínate el escándalo para tu empresa...Él frunció el ceño, herido, y al mismo tiempo con cierto miedo. Murmuró algo incomprensible y sacó el celular, tecleando con rapidez.—Cintia, ya no sigas con esto.Cintia sintió la vibración de su celular en la mano. Bajó la cabeza, ocultando los ojos con la palma, fingiendo que no podía controlar el llanto cuando en realidad espiaba la pantalla.[Depósito por 400,000 pesos recibido en la cuenta terminación 8216, saldo actual: 1,300,000.47 pesos. {Banco Unión}]El tipo intentó abrazarla para consolarla, pero Cintia lo empujó con fuerza.—¡Dame chance de tranquilizarme! —gritó con voz quebrada, y salió corriendo, fingiendo llanto.Mientras huía, bloqueó al tipo en todas las redes, eliminó a los contactos en común y se aseguró de que no pudiera molestarla nunca más.Ya con el dinero en la cuenta, ni un minuto más de actuación....Al llegar a la entrada de la universidad, Rocío la saludó agitando el brazo desde lejos.—¡Cintia, vente a la foto! Oye, ¿por qué no traes toga?Cintia se detuvo y sonrió.—Ya me tomé fotos en la facultad.Rocío la miró sin entender.—En tu escuela todos andan diciendo que no alcanzaron toga, ¿de dónde sacaste la tuya?Cintia se quedó pensativa un instante y luego contestó con una sonrisa:—La pedí en línea desde antes.Rocío no sospechó nada.—Chin, si hubiera sabido te la pedía prestada.Después, Rocío la jaló para tomarse una foto frente a la entrada de la Universidad Central de las Américas. Al terminar, Rocío la miró con complicidad.—¿A poco sí cortaste con ese tipo?—Sí —afirmó Cintia, con una sonrisa serena.Rocío suspiró aliviada, le dio unas palabras de aliento y luego cambió de tema.—Hombres hay muchos, pero un buen trabajo es lo que importa. Yo ya tengo mi lugar para hacer prácticas en Grupo Carmona, ¿quieres que te recomiende?Grupo Carmona tenía un valor de mercado de más de doscientos mil millones de dólares, con un montón de filiales y una torre exclusiva en la zona más cara de Balmaceda, donde solo entraba la crema y nata.Rocío estaba orgullosísima; no cualquiera conseguía esa oferta.La sonrisa de Cintia se hizo más amplia.—No hace falta, ya estoy trabajando desde hace dos meses.—¿Qué? —Rocío abrió los ojos como platos y preguntó, curiosa—: ¿Y en dónde?—También estoy en Grupo Carmona.Rocío se quedó pasmada, la sonrisa se le congeló en los labios. Quería preguntar algo más, pero Cintia se adelantó:—Ya me voy a la universidad, luego platicamos, ¿sí? Hay que seguir en contacto.Cintia caminó hasta la entrada de la Universidad San Antonio, deteniéndose a observar a los chicos y chicas que reían y posaban para las fotos de graduación. Ella, sola, se mantuvo al margen, contemplando la escena por un rato.El pasado, presente y futuro de Cintia no tenían nada que ver con esos jóvenes llenos de promesas. En realidad, ni siquiera era estudiante de la Universidad San Antonio.Solo había pagado para que alguien le hiciera una credencial falsa de esa universidad.De hecho, tenía credenciales de casi todas las universidades importantes de Balmaceda, porque así le resultaba más sencillo suplantar a otros en los exámenes.Fue durante uno de esos trabajos que conoció a Rocío. Aprovechó la oportunidad para hacerse su amiga y, gracias a ella, se coló en varias actividades de la Universidad Central de las Américas. Así fue como empezó a conocer a medio mundo.En la Universidad Central de las Américas abundaban los jóvenes con talento y dinero. Cintia había investigado a fondo y puso la mira en su exnovio, uno de los chicos con mejor posición económica.Sin la información privilegiada y los recursos que él le proporcionó, jamás habría podido saldar la enorme deuda que su madre había dejado por enfermedad en apenas tres años.Pero ahora ya no lo necesitaba, así que a Cintia le vino de maravilla que Rocío estuviera interesada en él, pues así ella podía zafarse sin problemas.—¿El número termina en 6867?La voz la sacó de sus pensamientos. Cintia asintió y recibió un sobre de manos de un repartidor.Al abrirlo, encontró los certificados de estudios y el título universitario de la Universidad San Antonio.Tras verificar que todo estuviera en orden, transfirió una cantidad de dinero a un avatar negro en WhatsApp, y después borró la conversación.Con los papeles en la mano, tomó un carro de aplicación rumbo a una zona residencial apartada del centro.Decirle a Rocío que trabajaba en Grupo Carmona no era del todo mentira.Hasta ese momento, Cintia llevaba dos meses como empleada doméstica, viviendo en casa de la madre del presidente Carmona.Dos meses atrás, Cintia había arreglado para que la anterior cuidadora de la señora ganara un sorteo, lo que permitió que ella y su familia viajaran gratis al extranjero. Luego, Cintia consiguió por medio de una recomendación ocupar su lugar, todo cuidadosamente planeado.Ese día era su último turno, solo iba por sus cosas.El mayordomo avisó a los guardias que la dejaran pasar. Cuando entró, la anciana estaba en el huerto, eligiendo sandías. Al verla, la señora sonrió ampliamente.—¡Cindy, volviste! Hace calor, ven, vamos a comer sandía.—Abuelita, deje, yo la ayudo a entrar.La señora vestía una camiseta sencilla de veinte pesos y una gorra para el sol, de lo más simple. Nadie imaginaría que era millonaria.Mientras la anciana se cambiaba de ropa, Cintia fue a la cocina a preparar la sandía.En un instante, la fruta se transformó en tres platillos distintos: bolitas de sandía, ensalada de cáscara de sandía y sopa fría de sandía con frijol verde.El lugar quedó impecable y hasta guardó las semillas para plantarlas después.La anciana, encantada, no escatimó en halagos.Cintia, con una mano sobre la falda, se arrodilló ligeramente a un lado de la señora, mostrando una sonrisa dulce y serena.—La sandía es muy fresca, me preocupé de que le hiciera daño al estómago, así que la combiné pensando en lo que recomienda el doctor.La anciana, feliz con los mimos, de pronto se puso nostálgica al recordar que ese era el último día de Cintia en casa. Tras pensarlo un momento, dijo:—Cindy, ¿por qué no te conviertes en mi hija adoptiva?El mayordomo, entre divertido y desconcertado, no supo si reír o llorar.—¿Cómo se le ocurre? La señorita Sandoval es menor que el joven Carmona por tres años. ¿Cómo espera que él le diga tía? No va a querer.La anciana resopló, de mal humor.—No te metas, hoy puedo presumir de ser la mayor, ¿no?...Felipe Carmona estaba en plena reunión cuando vio en la pantalla del celular la palabra 'Abuelita'.Inmediatamente levantó la mano para pausar la junta. No se atrevía a ignorar la llamada.—Nada más te aviso: tienes una tía nueva.La anciana lo soltó sin rodeos, sin ningún tipo de introducción.Felipe sonrió, su voz sonó relajada y un poco burlona.—¿Ah, sí? ¿De dónde salió la tía? ¿La trajiste de la tumba de algún tío? Si es así, luego me la presentas.La abuela le soltó a Felipe:—Chamaco, cuando hables, muestra respeto. Tu tía sigue viva, pero tu abuela, o sea yo, quién sabe, quizá en unos años ya esté bajo tierra. Ya lo pensé bien, los días que me queden los voy a disfrutar como quiera. Nadie me va a venir a decir cómo vivirlos.Felipe se rio con picardía, se tocó la ceja y replicó:—¿A poco usted tan moderna y hasta tiene hija fuera del matrimonio? ¿Ya lo saben mi papá y mi tío?—¿Y para qué les voy a andar diciendo? Ni que les importara, si nunca se acuerdan de preguntar cómo estoy.Antes de que Felipe pudiera contestar, la abuela le colgó el teléfono al jefe de la familia sin pensarlo dos veces.Cintia, que estaba ahí al lado, escuchaba atenta, bajando la mirada para ocultar sus pensamientos mientras sonreía con dulzura.Según los papeles, la abuela tenía una segunda hija que falleció a una edad parecida a la de Cintia. Aprovechando ese detalle, en apenas dos meses, Cintia se había ganado el corazón de la señora.En ese momento, Cintia levantó la cara con una sonrisa bien portada y dijo:—Abuelita, con eso va a preocupar a los demás. Van a pensar que aquí se metió una desconocida. Aunque ya no vaya a trabajar más en esta casa, tiene mi WhatsApp. Si quiere platicar, puede llamarme cuando quiera.De repente, la abuela se le humedecieron los ojos, la acarició la cabeza y le dijo con voz cariñosa:—Ellos tienen su propia vida, nunca se preocupan por mí. Pero tú me caes bien, me gustaría que siempre estuvieras cerca de mí.—Además, ni creas que tengo tantos familiares. Solo tengo tres hijos. El mayor casi nunca viene a verme, el menor solo me manda dinero para cumplir, yo ya ni espero nada de ellos.—Solo el hijo del menor se acuerda de mí. Se llama Pipe, un día de estos te lo voy a presentar.—Ese muchacho es medio desubicado, pero buena gente. Si algún día te hace enojar, vienes y me cuentas.El mayordomo, viendo cómo le contaba todo eso, se quedó con ganas de decir algo, pero mejor se mordió la lengua.Cintia, sin perder la compostura, notó la reacción del mayordomo y prefirió dar un paso atrás con humildad:—Abuelita, si se siente sola, puedo venir a visitarla cada semana. Pero esto de hacernos familia no es cualquier cosa, yo soy de una familia sencilla, no me atrevo a soñar tan alto.—Tranquila, niña, yo sé lo que hago —aseguró la abuela, con una sonrisa comprensiva.Cintia fingió estar apenada, regresó a la habitación de las empleadas a recoger sus cosas, y antes de irse, pidió una carta de recomendación. La abuela, todavía preocupada, le preguntó:—¿Quieres que llame directo a la familia Galindo?La familia Galindo era su nuevo destino, el lugar donde llevaba tiempo planeando trabajar.Cintia sonrió y respondió que no hacía falta. Se despidió de la abuela y salió de la casa.Cuando el mayordomo y los demás se quedaron solos, por fin habló:—Aunque la señorita Sandoval tiene buen porte y parece buena persona, apenas la conocemos de dos meses. No sabemos mucho de ella, ¿y si…?La abuela lo miró con seriedad y le contestó:—Pues si no sabes, investígalo. Pero yo veo que Cindy es una muchacha sincera, limpia, no creo que haya problemas. Además, dice que trabaja de niñera solo por su mamá. Estar tres años cuidando a su madre en la cama, eso habla de su carácter. ¿Crees que alguien así podría ser mala persona?El mayordomo asintió y agregó:—Hace rato llamó el joven, dice que quiere venir a verla.La abuela se alegró en el fondo, pero soltó con su típico humor:—Ese nieto sí que no tiene remedio....Dentro del carro.Felipe, de repente, estornudó.En ese momento, un carro que venía en sentido contrario pasó despacio junto al suyo.Casualmente, al mirar por la ventana, su vista se detuvo en una imagen sorprendente.Cintia iba en el asiento trasero de ese carro, con la ventana abierta de par en par. El viento jugaba con su cabello, que rozaba su mejilla clara. Sus ojos, tan puros y llenos de desconcierto, miraban hacia afuera, perdida en sus pensamientos.El chofer le preguntó dos veces, pero nadie contestó desde el asiento de atrás.—Jefe, ¿está cansado?Felipe dibujó una media sonrisa y respondió:—Nada de eso, creo que acabo de enamorarme a primera vista.El chofer se sorprendió, pero pronto volvió a la normalidad. Al fin y al cabo, el jefe siempre estaba rodeado de mujeres, cambiándolas como quien cambia de camisa; a veces ni él mismo recordaba sus nombres.Capítulo 3Frente al auditorio principal de la universidad, una multitud de graduados vestía sus togas, todos sonriendo mientras se agrupaban para tomarse fotos. El ambiente estaba cargado de alegría, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.Un birrete aterrizó a los pies de Cintia Sandoval. El joven que vino a recogerlo se sonrojó en cuanto vio su cara.—Oye, ¿de qué carrera eres? ¿Me pasas tu WhatsApp?En ese momento, otra voz irrumpió en la escena:—Ella ya tiene novio.El chico, incómodo, se alejó murmurando. Entonces, una voz suave de mujer se hizo escuchar:—Ya terminemos esto.—¿Ahora qué te pasa? Ya te dije que la empresa anda a mil por hora. Además, te he marcado y ni siquiera contestas —replicó él, con aire cansado.—Simplemente no somos compatibles.—¿En qué no? Yo tengo mejor formación que tú, y al casarnos, tú te encargas de la casa y de mi mamá, no tendrías que preocuparte por nada más. Sí, ya sé que tu familia no tiene mucho, pero eso no me importa.Mientras hablaba, el tipo miró a Cintia, y al ver su expresión, se le fue apagando el enojo. Su voz se volvió más suave, casi suplicante.—Cintia, perdón si he estado muy metido en el trabajo y te he descuidado, pero nadie podría estar mejor a mi lado que tú.Cintia se acomodó un mechón detrás de la oreja, y con una calma que desarmaba, le reviró:—¿Y qué hay de Rocío?—...¿Qué te dijo ella? ¡Es ella la que no me deja en paz!Cintia solo sonrió, sin molestarse en responder. Lo observó luchando por explicar su versión, disfrutando su incomodidad.—Solo viajé con ella dos veces, y fue para que su papá ayudara a la empresa a contactar inversionistas, ¡te lo juro!A ella no le interesaba pelear por amor. No tenía sentido. Su objetivo era otro.Quería el dinero.Cintia volteó el rostro, los ojos rojos, dejando que algunas lágrimas resbalaran, pero enseguida las limpió con una obstinación evidente.—Todo lo que dijiste es cierto. Estos años, para pagar el tratamiento de mi mamá, en mi casa ya...No terminó la frase, dejando el mensaje en el aire. Luego agregó:—No te preocupes, todo el dinero que has gastado en mí estos años, te lo voy a devolver poco a poco. Mejor terminamos bien, ¿va? No le voy a contar a nadie lo de Rocío, imagínate el escándalo para tu empresa...Él frunció el ceño, herido, y al mismo tiempo con cierto miedo. Murmuró algo incomprensible y sacó el celular, tecleando con rapidez.—Cintia, ya no sigas con esto.Cintia sintió la vibración de su celular en la mano. Bajó la cabeza, ocultando los ojos con la palma, fingiendo que no podía controlar el llanto cuando en realidad espiaba la pantalla.[Depósito por 400,000 pesos recibido en la cuenta terminación 8216, saldo actual: 1,300,000.47 pesos. {Banco Unión}]El tipo intentó abrazarla para consolarla, pero Cintia lo empujó con fuerza.—¡Dame chance de tranquilizarme! —gritó con voz quebrada, y salió corriendo, fingiendo llanto.Mientras huía, bloqueó al tipo en todas las redes, eliminó a los contactos en común y se aseguró de que no pudiera molestarla nunca más.Ya con el dinero en la cuenta, ni un minuto más de actuación....Al llegar a la entrada de la universidad, Rocío la saludó agitando el brazo desde lejos.—¡Cintia, vente a la foto! Oye, ¿por qué no traes toga?Cintia se detuvo y sonrió.—Ya me tomé fotos en la facultad.Rocío la miró sin entender.—En tu escuela todos andan diciendo que no alcanzaron toga, ¿de dónde sacaste la tuya?Cintia se quedó pensativa un instante y luego contestó con una sonrisa:—La pedí en línea desde antes.Rocío no sospechó nada.—Chin, si hubiera sabido te la pedía prestada.Después, Rocío la jaló para tomarse una foto frente a la entrada de la Universidad Central de las Américas. Al terminar, Rocío la miró con complicidad.—¿A poco sí cortaste con ese tipo?—Sí —afirmó Cintia, con una sonrisa serena.Rocío suspiró aliviada, le dio unas palabras de aliento y luego cambió de tema.—Hombres hay muchos, pero un buen trabajo es lo que importa. Yo ya tengo mi lugar para hacer prácticas en Grupo Carmona, ¿quieres que te recomiende?Grupo Carmona tenía un valor de mercado de más de doscientos mil millones de dólares, con un montón de filiales y una torre exclusiva en la zona más cara de Balmaceda, donde solo entraba la crema y nata.Rocío estaba orgullosísima; no cualquiera conseguía esa oferta.La sonrisa de Cintia se hizo más amplia.—No hace falta, ya estoy trabajando desde hace dos meses.—¿Qué? —Rocío abrió los ojos como platos y preguntó, curiosa—: ¿Y en dónde?—También estoy en Grupo Carmona.Rocío se quedó pasmada, la sonrisa se le congeló en los labios. Quería preguntar algo más, pero Cintia se adelantó:—Ya me voy a la universidad, luego platicamos, ¿sí? Hay que seguir en contacto.Cintia caminó hasta la entrada de la Universidad San Antonio, deteniéndose a observar a los chicos y chicas que reían y posaban para las fotos de graduación. Ella, sola, se mantuvo al margen, contemplando la escena por un rato.El pasado, presente y futuro de Cintia no tenían nada que ver con esos jóvenes llenos de promesas. En realidad, ni siquiera era estudiante de la Universidad San Antonio.Solo había pagado para que alguien le hiciera una credencial falsa de esa universidad.De hecho, tenía credenciales de casi todas las universidades importantes de Balmaceda, porque así le resultaba más sencillo suplantar a otros en los exámenes.Fue durante uno de esos trabajos que conoció a Rocío. Aprovechó la oportunidad para hacerse su amiga y, gracias a ella, se coló en varias actividades de la Universidad Central de las Américas. Así fue como empezó a conocer a medio mundo.En la Universidad Central de las Américas abundaban los jóvenes con talento y dinero. Cintia había investigado a fondo y puso la mira en su exnovio, uno de los chicos con mejor posición económica.Sin la información privilegiada y los recursos que él le proporcionó, jamás habría podido saldar la enorme deuda que su madre había dejado por enfermedad en apenas tres años.Pero ahora ya no lo necesitaba, así que a Cintia le vino de maravilla que Rocío estuviera interesada en él, pues así ella podía zafarse sin problemas.—¿El número termina en 6867?La voz la sacó de sus pensamientos. Cintia asintió y recibió un sobre de manos de un repartidor.Al abrirlo, encontró los certificados de estudios y el título universitario de la Universidad San Antonio.Tras verificar que todo estuviera en orden, transfirió una cantidad de dinero a un avatar negro en WhatsApp, y después borró la conversación.Con los papeles en la mano, tomó un carro de aplicación rumbo a una zona residencial apartada del centro.Decirle a Rocío que trabajaba en Grupo Carmona no era del todo mentira.Hasta ese momento, Cintia llevaba dos meses como empleada doméstica, viviendo en casa de la madre del presidente Carmona.Dos meses atrás, Cintia había arreglado para que la anterior cuidadora de la señora ganara un sorteo, lo que permitió que ella y su familia viajaran gratis al extranjero. Luego, Cintia consiguió por medio de una recomendación ocupar su lugar, todo cuidadosamente planeado.Ese día era su último turno, solo iba por sus cosas.El mayordomo avisó a los guardias que la dejaran pasar. Cuando entró, la anciana estaba en el huerto, eligiendo sandías. Al verla, la señora sonrió ampliamente.—¡Cindy, volviste! Hace calor, ven, vamos a comer sandía.—Abuelita, deje, yo la ayudo a entrar.La señora vestía una camiseta sencilla de veinte pesos y una gorra para el sol, de lo más simple. Nadie imaginaría que era millonaria.Mientras la anciana se cambiaba de ropa, Cintia fue a la cocina a preparar la sandía.En un instante, la fruta se transformó en tres platillos distintos: bolitas de sandía, ensalada de cáscara de sandía y sopa fría de sandía con frijol verde.El lugar quedó impecable y hasta guardó las semillas para plantarlas después.La anciana, encantada, no escatimó en halagos.Cintia, con una mano sobre la falda, se arrodilló ligeramente a un lado de la señora, mostrando una sonrisa dulce y serena.—La sandía es muy fresca, me preocupé de que le hiciera daño al estómago, así que la combiné pensando en lo que recomienda el doctor.La anciana, feliz con los mimos, de pronto se puso nostálgica al recordar que ese era el último día de Cintia en casa. Tras pensarlo un momento, dijo:—Cindy, ¿por qué no te conviertes en mi hija adoptiva?El mayordomo, entre divertido y desconcertado, no supo si reír o llorar.—¿Cómo se le ocurre? La señorita Sandoval es menor que el joven Carmona por tres años. ¿Cómo espera que él le diga tía? No va a querer.La anciana resopló, de mal humor.—No te metas, hoy puedo presumir de ser la mayor, ¿no?...Felipe Carmona estaba en plena reunión cuando vio en la pantalla del celular la palabra 'Abuelita'.Inmediatamente levantó la mano para pausar la junta. No se atrevía a ignorar la llamada.—Nada más te aviso: tienes una tía nueva.La anciana lo soltó sin rodeos, sin ningún tipo de introducción.Felipe sonrió, su voz sonó relajada y un poco burlona.—¿Ah, sí? ¿De dónde salió la tía? ¿La trajiste de la tumba de algún tío? Si es así, luego me la presentas.La abuela le soltó a Felipe:—Chamaco, cuando hables, muestra respeto. Tu tía sigue viva, pero tu abuela, o sea yo, quién sabe, quizá en unos años ya esté bajo tierra. Ya lo pensé bien, los días que me queden los voy a disfrutar como quiera. Nadie me va a venir a decir cómo vivirlos.Felipe se rio con picardía, se tocó la ceja y replicó:—¿A poco usted tan moderna y hasta tiene hija fuera del matrimonio? ¿Ya lo saben mi papá y mi tío?—¿Y para qué les voy a andar diciendo? Ni que les importara, si nunca se acuerdan de preguntar cómo estoy.Antes de que Felipe pudiera contestar, la abuela le colgó el teléfono al jefe de la familia sin pensarlo dos veces.Cintia, que estaba ahí al lado, escuchaba atenta, bajando la mirada para ocultar sus pensamientos mientras sonreía con dulzura.Según los papeles, la abuela tenía una segunda hija que falleció a una edad parecida a la de Cintia. Aprovechando ese detalle, en apenas dos meses, Cintia se había ganado el corazón de la señora.En ese momento, Cintia levantó la cara con una sonrisa bien portada y dijo:—Abuelita, con eso va a preocupar a los demás. Van a pensar que aquí se metió una desconocida. Aunque ya no vaya a trabajar más en esta casa, tiene mi WhatsApp. Si quiere platicar, puede llamarme cuando quiera.De repente, la abuela se le humedecieron los ojos, la acarició la cabeza y le dijo con voz cariñosa:—Ellos tienen su propia vida, nunca se preocupan por mí. Pero tú me caes bien, me gustaría que siempre estuvieras cerca de mí.—Además, ni creas que tengo tantos familiares. Solo tengo tres hijos. El mayor casi nunca viene a verme, el menor solo me manda dinero para cumplir, yo ya ni espero nada de ellos.—Solo el hijo del menor se acuerda de mí. Se llama Pipe, un día de estos te lo voy a presentar.—Ese muchacho es medio desubicado, pero buena gente. Si algún día te hace enojar, vienes y me cuentas.El mayordomo, viendo cómo le contaba todo eso, se quedó con ganas de decir algo, pero mejor se mordió la lengua.Cintia, sin perder la compostura, notó la reacción del mayordomo y prefirió dar un paso atrás con humildad:—Abuelita, si se siente sola, puedo venir a visitarla cada semana. Pero esto de hacernos familia no es cualquier cosa, yo soy de una familia sencilla, no me atrevo a soñar tan alto.—Tranquila, niña, yo sé lo que hago —aseguró la abuela, con una sonrisa comprensiva.Cintia fingió estar apenada, regresó a la habitación de las empleadas a recoger sus cosas, y antes de irse, pidió una carta de recomendación. La abuela, todavía preocupada, le preguntó:—¿Quieres que llame directo a la familia Galindo?La familia Galindo era su nuevo destino, el lugar donde llevaba tiempo planeando trabajar.Cintia sonrió y respondió que no hacía falta. Se despidió de la abuela y salió de la casa.Cuando el mayordomo y los demás se quedaron solos, por fin habló:—Aunque la señorita Sandoval tiene buen porte y parece buena persona, apenas la conocemos de dos meses. No sabemos mucho de ella, ¿y si…?La abuela lo miró con seriedad y le contestó:—Pues si no sabes, investígalo. Pero yo veo que Cindy es una muchacha sincera, limpia, no creo que haya problemas. Además, dice que trabaja de niñera solo por su mamá. Estar tres años cuidando a su madre en la cama, eso habla de su carácter. ¿Crees que alguien así podría ser mala persona?El mayordomo asintió y agregó:—Hace rato llamó el joven, dice que quiere venir a verla.La abuela se alegró en el fondo, pero soltó con su típico humor:—Ese nieto sí que no tiene remedio....Dentro del carro.Felipe, de repente, estornudó.En ese momento, un carro que venía en sentido contrario pasó despacio junto al suyo.Casualmente, al mirar por la ventana, su vista se detuvo en una imagen sorprendente.Cintia iba en el asiento trasero de ese carro, con la ventana abierta de par en par. El viento jugaba con su cabello, que rozaba su mejilla clara. Sus ojos, tan puros y llenos de desconcierto, miraban hacia afuera, perdida en sus pensamientos.El chofer le preguntó dos veces, pero nadie contestó desde el asiento de atrás.—Jefe, ¿está cansado?Felipe dibujó una media sonrisa y respondió:—Nada de eso, creo que acabo de enamorarme a primera vista.El chofer se sorprendió, pero pronto volvió a la normalidad. Al fin y al cabo, el jefe siempre estaba rodeado de mujeres, cambiándolas como quien cambia de camisa; a veces ni él mismo recordaba sus nombres.

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