Capítulo 1Cinthia Prieto llegó al Valle de Oro Verde jadeando, con el corazón golpeando en el pecho. La reunión ya había comenzado hacía rato.En la entrada, el guardia la miró sorprendido, como si no esperara verla ahí.—Señorita Cinthia, ¿qué hace usted aquí? Ya todos cenaron…Era la fiesta de cumpleaños de su esposo y, aun así, ni siquiera la habían invitado. Había tanta gente del círculo social ahí dentro, pero nadie tuvo la decencia de avisarle.Cinthia le regaló una sonrisa cortés al portero y se dispuso a empujar la puerta de la casa. Sin embargo, las voces provenientes del interior la detuvieron en seco.—Salomé, ¿qué regalo le diste? Hernán no le quita el ojo a tu bolsa de regalo, lleva como media hora esperando.—¿Yo? ¿De veras?—Todavía no, pero si sigues mirándola así, le vas a hacer dos hoyos. Qué raro tenerte de vuelta, Salomé. La neta, Hernán, ya deberías divorciarte de Cinthia, si no todos van a seguir incómodos.—Sí, acuérdate de cómo se metió en tu cama dándote cosas raras, y si no fuera porque te dio lástima y pensaste en su reputación, ni la hubieras hecho tu esposa. Ya habría terminado hundida en la vergüenza, y con justa razón.El hombre sentado en el centro, Hernán Campos, llevaba un traje oscuro impecable, la camisa abierta en el cuello, mostrando dos botones sueltos. Sus facciones eran marcadas, con esos ojos intensos y boca delgada; su presencia recordaba a una mariposa venenosa, tan bella como distante, con una arrogancia que se sentía hasta en la forma en que mantenía la mirada elevada.—No hay prisa —dijo, con voz pausada.—Hernán, ya van tres años y sigues sin apurarte. ¿Ya se te olvidó que por su culpa la hermana de Salomé quedó como vegetal? Si no fuera por tu abuela que la defendió, ya la hubiéramos hecho pagar.Hernán giraba un encendedor entre los dedos largos y elegantes, distraído, hasta que captó con el rabillo del ojo una sombra en la puerta.Fue entonces que todos notaron la presencia de Cinthia. Nadie supo en qué momento había llegado y se había quedado parada ahí, escuchando todo.Alguien susurró:—¿Quién le avisó?Nadie respondió. Quedó claro que Cinthia había llegado sin invitación.Cinthia bajó la mirada. Su imagen era tranquila, con una belleza serena y discreta: rostro delicado, suéter claro de lana, el cabello recogido detrás de la oreja. Nadie pensaría, al verla, que fuera capaz de algo vergonzoso. Pero, al final, lo había hecho.Sostenía en las manos un regalo destinado a Hernán. Al mirarlo sentado en el centro, sintió cómo el pecho se le apretaba, como si un alambre le rodeara el corazón. El dolor era tan agudo que hasta los dedos se le tensaron.Avanzó hacia él, dispuesta a entregarle el regalo que había preparado con tanto esmero. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera acercarse, él arrugó el entrecejo y, sin molestarse en disimular, soltó:—¿Quién te dijo que podías venir?A su alrededor, estallaron carcajadas que la atravesaron como cuchillos, desmoronando el poco orgullo que le quedaba.Salomé Méndez, sentada cerca, rodó los ojos hacia Hernán con un gesto de reproche y, enseguida, jaló a Cinthia para hacerla sentar.—Oye, por lo menos es tu esposa. Vino a darte un regalo porque es lo que corresponde. Cinthia, siéntate, no le hagas caso a Hernán, ya sabes cómo se pone.Cinthia apretó los labios, sin decir nada. Era su esposa, pero tenía que ser la ex de Hernán quien la defendiera. Nadie ahí la quería. Sin embargo, ella había ido porque, cuando tenían dieciocho, Hernán le prometió que celebrarían juntos su cumpleaños número veintiocho.Sin pensarlo mucho, apartó a Salomé y se sentó justo al lado de Hernán.Salomé se quedó helada un segundo, la incomodidad pintada en la cara. Pero pronto recuperó la compostura y preguntó:—¿Y tú, Cinthia? ¿Qué le regalaste a Hernán?Uno de los presentes, siempre metiche, le quitó el regalo de las manos y lo abrió. Era una bufanda, sin etiqueta, claramente hecha a mano.Salomé no tardó en lanzar otro comentario:—¡Ay, mira nada más! Hasta en eso pensamos igual. Yo también le regalé una bufanda tejida.Ambas bufandas quedaron expuestas sobre la mesa, idénticas en estilo y esmero. Nadie pudo decidir cuál era la más bonita.De repente, alguien, sin querer, empujó la mesa. Una botella de vino destapada se volcó y el líquido corrió directo hacia las dos bufandas.Hernán tomó una de las bufandas, mientras la otra estaba empapada y apestaba a alcohol.La que eligió era la de Salomé.Cinthia, al ver su propia bufanda —esa que había tejido durante dos meses— empapada en licor, sintió cómo el color desaparecía de su cara. El corazón se le encogió y le zumbaban los oídos.Salomé suspiró y, tratando de reconfortarla, le tomó del brazo.—Cinthia, no te enojes. Esta bufanda todavía se puede salvar, solo hay que lavarla bien cuando lleguemos a casa.Cinthia no le respondió. Se quedó mirando fijamente a Hernán.Él mantenía la mirada baja, las pestañas proyectándole sombra en los ojos, ocultando cualquier emoción.El ambiente se volvió incómodo, como si Cinthia hubiera arruinado una fiesta a la que no la habían invitado. Los demás empezaron a levantarse y a decir que ya se iban.Ella permaneció sentada, sin moverse. Observó la bufanda abandonada sobre la mesa, sintiéndose igual de desechada.Uno a uno, todos se fueron retirando. Cuando vio que Hernán también se disponía a irse, Cinthia le habló en voz baja:—Hernán, feliz cumpleaños.Él ni siquiera pareció escucharla. A su alrededor, todos eran amigos cercanos; Hernán había sido encontrado por la familia Campos cuando tenía veintiún años. Ya entonces se había hecho de un nombre en los negocios, levantándose desde cero. Cinthia lo había acompañado desde que ella tenía diecinueve.En siete años, aquel joven prometedor se había convertido en una de las figuras más poderosas del círculo empresarial. Pero el amor entre ellos se había desvanecido hacía mucho.Los días de lucha y anonimato parecían pertenecer a otra vida, lejanos e irreconocibles.Hernán pidió a alguien que llevara a Salomé a casa.Antes de irse, Salomé le dio un ligero toque en el hombro.—Hablen bien, no sigan peleándose, ¿sí?Alguien soltó una risa sarcástica.—Salomé, tienes una paciencia de oro, de verdad.—No es paciencia. Solo que, en su momento, Cinthia tampoco sabía lo que hacía. Seguro no lo hizo con mala intención.—¿No lo hizo con mala intención? Por favor… Arruinó la vida de otros y todavía tuvo la cara dura de quitarte tu lugar. ¿Cómo se atreve a volver a aparecer?Esa voz sonaba asqueada y se fue apagando poco a poco.Cinthia seguía sentada, completamente paralizada, como si algo le hubiera helado la sangre. Hasta los labios se le veían más pálidos.Se levantó, tomó su bufanda empapada y miró a Hernán.—Hernán.Lo llamó con suavidad, casi como una niña obediente.Hernán ya tenía el saco colgando del brazo. Al oírla, aflojó el nudo de la corbata con un gesto impaciente; no la miró, pero en su expresión se notaba el fastidio.—¿Ahora qué quieres decir?Cinthia forzó una sonrisa, los labios dibujando una curva hermosa aunque vacía.—Vamos a divorciarnos, Hernán.Por un instante, él dejó ver sorpresa en su mirada. Luego, sus facciones se endurecieron, la voz se volvió áspera.—¿Y ahora con qué jueguito sales? Al principio me drogaste para que te tocara, y ahora te crees muy digna y quieres el divorcio. Cinthia, ¿no te cansas?—Perdona por haberte hecho perder tres años, pero esta vez hablo en serio.La burla en los ojos de Hernán se fue apagando poco a poco. De pronto, la jaló con fuerza y le apretó la cara con los dedos, haciéndola fruncir el gesto de dolor. Solo así pareció aliviarse un poco su malestar.—¿Ahora dices que te hice perder el tiempo? ¿Dónde andabas hace tres años, eh? Mira, Cinthia, si lo que quieres es divorciarte, que te quede claro: no voy a darte ni un peso.—No te preocupes, me voy sin llevarme nada.Sus ojos lucían limpios, la voz tan serena y suave que parecía flotar en el aire, como si nada la tocara.Después de que la familia Campos encontró a Hernán, Cinthia fue reconocida como hija adoptiva por los padres de la familia. Todos supieron que lo hicieron así porque no querían que el recién recuperado señor Hernán se casara con una mujer de origen humilde. Prefirieron darle a Cinthia un título de hija adoptiva para acallar rumores.Hernán la miró de frente, el gesto tan distante que parecía una máscara. Tragó saliva con dificultad y se dio la vuelta.—Está bien, te vas sin nada. Pero luego no vengas a arrepentirte.Afuera, nadie supo en qué momento empezó a llover. La casa estaba en lo alto de una colina, a las afueras de la ciudad, y pedir un carro ahí era complicado.Los demás ya se habían ido en sus propios carros. Cinthia había llegado en taxi, así que ahora, siendo la última en quedarse atrás, se resguardó bajo el techo del porche, observando cómo la lluvia caía sin pausa.De pronto, un lujoso carro negro emergió entre la cortina de agua y se detuvo frente a ella. El vidrio de la ventana se bajó y apareció el rostro de Julián Olivares, el asistente de Hernán.—Señora, súbase, por favor.Cinthia permaneció inmóvil, de pie bajo la lluvia, mirando a través de la abertura de la ventana. Era evidente que sabía que alguien más estaba dentro.No dijo ni una palabra, y entonces la voz de Hernán sonó desde el asiento trasero.—Arranca. Déjala ahí, a ver si así se le despeja la cabeza.Julián, incómodo, evitó mirarla de nuevo y arrancó el carro, perdiéndose en la lluvia.Cinthia observó cómo el carro se alejaba. Parpadeó. La lluvia le salpicó el rostro, y cada gota calaba hasta los huesos, tan helada que la hizo temblar.Cuando Hernán tenía dieciocho años, solía soñar con celebrar su cumpleaños número veintiocho a su lado. Ahora, con veintiocho cumplidos, lo único que sentía por ella era desprecio.En estos tres años, él no la había tocado ni una sola vez, apenas si regresaba a la casa.Entre la gente del círculo social, todos decían que Cinthia era la más desafortunada de las que se habían casado con magnates. Tenía una jaula dorada, sí, pero nada más.Para ellos, Cinthia era la villana que mandó a Josefa Méndez al hospital y le robó el prometido a Salomé; una mujer digna de ser condenada.Pero nadie parecía recordar que, de los doce a los diecinueve años, ella lo acompañó en sus peores momentos, desde que no tenía nada hasta empezar a brillar.Todos decían que la familia Campos le había dado el título de hija adoptiva y que, aun así, no era suficiente para ella. Que pretendía atar a Hernán de por vida con siete años de compañía.Casi sin darse cuenta, habían pasado otros siete años. Si sumaba todo, ya llevaba catorce años junto a Hernán.Bajó la mirada, revisó su celular buscando un conductor, pero nadie aceptaba el viaje.Cuando por fin logró volver a Bahía Altamira, ya eran las dos de la mañana. La falda estaba empapada, pegada a sus tobillos, y el aire de otoño la hacía temblar tanto que los labios le palidecieron.Dentro de la casa todavía había luz. Al entrar, mientras se cambiaba los zapatos en el recibidor, vio a Hernán sentado en el sofá, revisando papeles de trabajo.La estructura del rostro de Hernán siempre había sido impecable. No importaba cuánto tiempo lo mirara alguien, seguía siendo igual de impactante, capaz de hacerte perder el sentido.Sentado ahí, parecía tan inalcanzable como una montaña nevada.Cinthia, desde luego, no pensó ni por un momento que la estuviera esperando. Hace tres años, ya habían roto toda cordialidad; ella, antes tan luminosa, ahora apenas si se reconocía en el espejo, viendo a una desconocida.Sin hacer ruido, terminó de cambiarse los zapatos. Lanzó la bufanda mojada al cesto de basura y subió las escaleras.En el dormitorio principal, sus cosas seguían ahí, todo limpio y con un aire acogedor. Pero como Hernán apenas iba a casa, todos se burlaban de que ella llevaba años viviendo como viuda.Tomó una pequeña maleta y metió solo algunas prendas que usaba más seguido. En cuanto a la fila interminable de bolsas y joyas de lujo, nunca las había tocado.Hernán siempre decía que ella no era digna.A sus ojos, Cinthia era una interesada, alguien que solo veía el dinero. Tener esas cosas de lujo frente a ella, sin poder usarlas, era su manera de castigarla.Con la maleta en la mano, bajó las escaleras y dejó el acuerdo de divorcio, firmado, sobre la mesa.—Hernán, ya firmé.Durante estos tres años, cada vez que se veían, terminaban discutiendo. Bueno, en realidad era ella quien reclamaba, gritaba por su indiferencia, como si estuviera desesperada por llamar su atención, mientras él solo la miraba desde lejos, con esa actitud distante, como si nada de lo que hiciera ella pudiera conmoverlo.Hernán apartó la vista de la computadora y la fijó en la maleta. Sintió un ardor en la garganta, como si le hubieran echado ácido, quemándole desde la boca hasta el estómago.Dejó escapar una risa seca, cortante, cargada de burla, como una daga que buscaba destrozarla.Capítulo 2Cinthia Prieto llegó al Valle de Oro Verde jadeando, con el corazón golpeando en el pecho. La reunión ya había comenzado hacía rato.En la entrada, el guardia la miró sorprendido, como si no esperara verla ahí.—Señorita Cinthia, ¿qué hace usted aquí? Ya todos cenaron…Era la fiesta de cumpleaños de su esposo y, aun así, ni siquiera la habían invitado. Había tanta gente del círculo social ahí dentro, pero nadie tuvo la decencia de avisarle.Cinthia le regaló una sonrisa cortés al portero y se dispuso a empujar la puerta de la casa. Sin embargo, las voces provenientes del interior la detuvieron en seco.—Salomé, ¿qué regalo le diste? Hernán no le quita el ojo a tu bolsa de regalo, lleva como media hora esperando.—¿Yo? ¿De veras?—Todavía no, pero si sigues mirándola así, le vas a hacer dos hoyos. Qué raro tenerte de vuelta, Salomé. La neta, Hernán, ya deberías divorciarte de Cinthia, si no todos van a seguir incómodos.—Sí, acuérdate de cómo se metió en tu cama dándote cosas raras, y si no fuera porque te dio lástima y pensaste en su reputación, ni la hubieras hecho tu esposa. Ya habría terminado hundida en la vergüenza, y con justa razón.El hombre sentado en el centro, Hernán Campos, llevaba un traje oscuro impecable, la camisa abierta en el cuello, mostrando dos botones sueltos. Sus facciones eran marcadas, con esos ojos intensos y boca delgada; su presencia recordaba a una mariposa venenosa, tan bella como distante, con una arrogancia que se sentía hasta en la forma en que mantenía la mirada elevada.—No hay prisa —dijo, con voz pausada.—Hernán, ya van tres años y sigues sin apurarte. ¿Ya se te olvidó que por su culpa la hermana de Salomé quedó como vegetal? Si no fuera por tu abuela que la defendió, ya la hubiéramos hecho pagar.Hernán giraba un encendedor entre los dedos largos y elegantes, distraído, hasta que captó con el rabillo del ojo una sombra en la puerta.Fue entonces que todos notaron la presencia de Cinthia. Nadie supo en qué momento había llegado y se había quedado parada ahí, escuchando todo.Alguien susurró:—¿Quién le avisó?Nadie respondió. Quedó claro que Cinthia había llegado sin invitación.Cinthia bajó la mirada. Su imagen era tranquila, con una belleza serena y discreta: rostro delicado, suéter claro de lana, el cabello recogido detrás de la oreja. Nadie pensaría, al verla, que fuera capaz de algo vergonzoso. Pero, al final, lo había hecho.Sostenía en las manos un regalo destinado a Hernán. Al mirarlo sentado en el centro, sintió cómo el pecho se le apretaba, como si un alambre le rodeara el corazón. El dolor era tan agudo que hasta los dedos se le tensaron.Avanzó hacia él, dispuesta a entregarle el regalo que había preparado con tanto esmero. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera acercarse, él arrugó el entrecejo y, sin molestarse en disimular, soltó:—¿Quién te dijo que podías venir?A su alrededor, estallaron carcajadas que la atravesaron como cuchillos, desmoronando el poco orgullo que le quedaba.Salomé Méndez, sentada cerca, rodó los ojos hacia Hernán con un gesto de reproche y, enseguida, jaló a Cinthia para hacerla sentar.—Oye, por lo menos es tu esposa. Vino a darte un regalo porque es lo que corresponde. Cinthia, siéntate, no le hagas caso a Hernán, ya sabes cómo se pone.Cinthia apretó los labios, sin decir nada. Era su esposa, pero tenía que ser la ex de Hernán quien la defendiera. Nadie ahí la quería. Sin embargo, ella había ido porque, cuando tenían dieciocho, Hernán le prometió que celebrarían juntos su cumpleaños número veintiocho.Sin pensarlo mucho, apartó a Salomé y se sentó justo al lado de Hernán.Salomé se quedó helada un segundo, la incomodidad pintada en la cara. Pero pronto recuperó la compostura y preguntó:—¿Y tú, Cinthia? ¿Qué le regalaste a Hernán?Uno de los presentes, siempre metiche, le quitó el regalo de las manos y lo abrió. Era una bufanda, sin etiqueta, claramente hecha a mano.Salomé no tardó en lanzar otro comentario:—¡Ay, mira nada más! Hasta en eso pensamos igual. Yo también le regalé una bufanda tejida.Ambas bufandas quedaron expuestas sobre la mesa, idénticas en estilo y esmero. Nadie pudo decidir cuál era la más bonita.De repente, alguien, sin querer, empujó la mesa. Una botella de vino destapada se volcó y el líquido corrió directo hacia las dos bufandas.Hernán tomó una de las bufandas, mientras la otra estaba empapada y apestaba a alcohol.La que eligió era la de Salomé.Cinthia, al ver su propia bufanda —esa que había tejido durante dos meses— empapada en licor, sintió cómo el color desaparecía de su cara. El corazón se le encogió y le zumbaban los oídos.Salomé suspiró y, tratando de reconfortarla, le tomó del brazo.—Cinthia, no te enojes. Esta bufanda todavía se puede salvar, solo hay que lavarla bien cuando lleguemos a casa.Cinthia no le respondió. Se quedó mirando fijamente a Hernán.Él mantenía la mirada baja, las pestañas proyectándole sombra en los ojos, ocultando cualquier emoción.El ambiente se volvió incómodo, como si Cinthia hubiera arruinado una fiesta a la que no la habían invitado. Los demás empezaron a levantarse y a decir que ya se iban.Ella permaneció sentada, sin moverse. Observó la bufanda abandonada sobre la mesa, sintiéndose igual de desechada.Uno a uno, todos se fueron retirando. Cuando vio que Hernán también se disponía a irse, Cinthia le habló en voz baja:—Hernán, feliz cumpleaños.Él ni siquiera pareció escucharla. A su alrededor, todos eran amigos cercanos; Hernán había sido encontrado por la familia Campos cuando tenía veintiún años. Ya entonces se había hecho de un nombre en los negocios, levantándose desde cero. Cinthia lo había acompañado desde que ella tenía diecinueve.En siete años, aquel joven prometedor se había convertido en una de las figuras más poderosas del círculo empresarial. Pero el amor entre ellos se había desvanecido hacía mucho.Los días de lucha y anonimato parecían pertenecer a otra vida, lejanos e irreconocibles.Hernán pidió a alguien que llevara a Salomé a casa.Antes de irse, Salomé le dio un ligero toque en el hombro.—Hablen bien, no sigan peleándose, ¿sí?Alguien soltó una risa sarcástica.—Salomé, tienes una paciencia de oro, de verdad.—No es paciencia. Solo que, en su momento, Cinthia tampoco sabía lo que hacía. Seguro no lo hizo con mala intención.—¿No lo hizo con mala intención? Por favor… Arruinó la vida de otros y todavía tuvo la cara dura de quitarte tu lugar. ¿Cómo se atreve a volver a aparecer?Esa voz sonaba asqueada y se fue apagando poco a poco.Cinthia seguía sentada, completamente paralizada, como si algo le hubiera helado la sangre. Hasta los labios se le veían más pálidos.Se levantó, tomó su bufanda empapada y miró a Hernán.—Hernán.Lo llamó con suavidad, casi como una niña obediente.Hernán ya tenía el saco colgando del brazo. Al oírla, aflojó el nudo de la corbata con un gesto impaciente; no la miró, pero en su expresión se notaba el fastidio.—¿Ahora qué quieres decir?Cinthia forzó una sonrisa, los labios dibujando una curva hermosa aunque vacía.—Vamos a divorciarnos, Hernán.Por un instante, él dejó ver sorpresa en su mirada. Luego, sus facciones se endurecieron, la voz se volvió áspera.—¿Y ahora con qué jueguito sales? Al principio me drogaste para que te tocara, y ahora te crees muy digna y quieres el divorcio. Cinthia, ¿no te cansas?—Perdona por haberte hecho perder tres años, pero esta vez hablo en serio.La burla en los ojos de Hernán se fue apagando poco a poco. De pronto, la jaló con fuerza y le apretó la cara con los dedos, haciéndola fruncir el gesto de dolor. Solo así pareció aliviarse un poco su malestar.—¿Ahora dices que te hice perder el tiempo? ¿Dónde andabas hace tres años, eh? Mira, Cinthia, si lo que quieres es divorciarte, que te quede claro: no voy a darte ni un peso.—No te preocupes, me voy sin llevarme nada.Sus ojos lucían limpios, la voz tan serena y suave que parecía flotar en el aire, como si nada la tocara.Después de que la familia Campos encontró a Hernán, Cinthia fue reconocida como hija adoptiva por los padres de la familia. Todos supieron que lo hicieron así porque no querían que el recién recuperado señor Hernán se casara con una mujer de origen humilde. Prefirieron darle a Cinthia un título de hija adoptiva para acallar rumores.Hernán la miró de frente, el gesto tan distante que parecía una máscara. Tragó saliva con dificultad y se dio la vuelta.—Está bien, te vas sin nada. Pero luego no vengas a arrepentirte.Afuera, nadie supo en qué momento empezó a llover. La casa estaba en lo alto de una colina, a las afueras de la ciudad, y pedir un carro ahí era complicado.Los demás ya se habían ido en sus propios carros. Cinthia había llegado en taxi, así que ahora, siendo la última en quedarse atrás, se resguardó bajo el techo del porche, observando cómo la lluvia caía sin pausa.De pronto, un lujoso carro negro emergió entre la cortina de agua y se detuvo frente a ella. El vidrio de la ventana se bajó y apareció el rostro de Julián Olivares, el asistente de Hernán.—Señora, súbase, por favor.Cinthia permaneció inmóvil, de pie bajo la lluvia, mirando a través de la abertura de la ventana. Era evidente que sabía que alguien más estaba dentro.No dijo ni una palabra, y entonces la voz de Hernán sonó desde el asiento trasero.—Arranca. Déjala ahí, a ver si así se le despeja la cabeza.Julián, incómodo, evitó mirarla de nuevo y arrancó el carro, perdiéndose en la lluvia.Cinthia observó cómo el carro se alejaba. Parpadeó. La lluvia le salpicó el rostro, y cada gota calaba hasta los huesos, tan helada que la hizo temblar.Cuando Hernán tenía dieciocho años, solía soñar con celebrar su cumpleaños número veintiocho a su lado. Ahora, con veintiocho cumplidos, lo único que sentía por ella era desprecio.En estos tres años, él no la había tocado ni una sola vez, apenas si regresaba a la casa.Entre la gente del círculo social, todos decían que Cinthia era la más desafortunada de las que se habían casado con magnates. Tenía una jaula dorada, sí, pero nada más.Para ellos, Cinthia era la villana que mandó a Josefa Méndez al hospital y le robó el prometido a Salomé; una mujer digna de ser condenada.Pero nadie parecía recordar que, de los doce a los diecinueve años, ella lo acompañó en sus peores momentos, desde que no tenía nada hasta empezar a brillar.Todos decían que la familia Campos le había dado el título de hija adoptiva y que, aun así, no era suficiente para ella. Que pretendía atar a Hernán de por vida con siete años de compañía.Casi sin darse cuenta, habían pasado otros siete años. Si sumaba todo, ya llevaba catorce años junto a Hernán.Bajó la mirada, revisó su celular buscando un conductor, pero nadie aceptaba el viaje.Cuando por fin logró volver a Bahía Altamira, ya eran las dos de la mañana. La falda estaba empapada, pegada a sus tobillos, y el aire de otoño la hacía temblar tanto que los labios le palidecieron.Dentro de la casa todavía había luz. Al entrar, mientras se cambiaba los zapatos en el recibidor, vio a Hernán sentado en el sofá, revisando papeles de trabajo.La estructura del rostro de Hernán siempre había sido impecable. No importaba cuánto tiempo lo mirara alguien, seguía siendo igual de impactante, capaz de hacerte perder el sentido.Sentado ahí, parecía tan inalcanzable como una montaña nevada.Cinthia, desde luego, no pensó ni por un momento que la estuviera esperando. Hace tres años, ya habían roto toda cordialidad; ella, antes tan luminosa, ahora apenas si se reconocía en el espejo, viendo a una desconocida.Sin hacer ruido, terminó de cambiarse los zapatos. Lanzó la bufanda mojada al cesto de basura y subió las escaleras.En el dormitorio principal, sus cosas seguían ahí, todo limpio y con un aire acogedor. Pero como Hernán apenas iba a casa, todos se burlaban de que ella llevaba años viviendo como viuda.Tomó una pequeña maleta y metió solo algunas prendas que usaba más seguido. En cuanto a la fila interminable de bolsas y joyas de lujo, nunca las había tocado.Hernán siempre decía que ella no era digna.A sus ojos, Cinthia era una interesada, alguien que solo veía el dinero. Tener esas cosas de lujo frente a ella, sin poder usarlas, era su manera de castigarla.Con la maleta en la mano, bajó las escaleras y dejó el acuerdo de divorcio, firmado, sobre la mesa.—Hernán, ya firmé.Durante estos tres años, cada vez que se veían, terminaban discutiendo. Bueno, en realidad era ella quien reclamaba, gritaba por su indiferencia, como si estuviera desesperada por llamar su atención, mientras él solo la miraba desde lejos, con esa actitud distante, como si nada de lo que hiciera ella pudiera conmoverlo.Hernán apartó la vista de la computadora y la fijó en la maleta. Sintió un ardor en la garganta, como si le hubieran echado ácido, quemándole desde la boca hasta el estómago.Dejó escapar una risa seca, cortante, cargada de burla, como una daga que buscaba destrozarla.Capítulo 3Cinthia Prieto llegó al Valle de Oro Verde jadeando, con el corazón golpeando en el pecho. La reunión ya había comenzado hacía rato.En la entrada, el guardia la miró sorprendido, como si no esperara verla ahí.—Señorita Cinthia, ¿qué hace usted aquí? Ya todos cenaron…Era la fiesta de cumpleaños de su esposo y, aun así, ni siquiera la habían invitado. Había tanta gente del círculo social ahí dentro, pero nadie tuvo la decencia de avisarle.Cinthia le regaló una sonrisa cortés al portero y se dispuso a empujar la puerta de la casa. Sin embargo, las voces provenientes del interior la detuvieron en seco.—Salomé, ¿qué regalo le diste? Hernán no le quita el ojo a tu bolsa de regalo, lleva como media hora esperando.—¿Yo? ¿De veras?—Todavía no, pero si sigues mirándola así, le vas a hacer dos hoyos. Qué raro tenerte de vuelta, Salomé. La neta, Hernán, ya deberías divorciarte de Cinthia, si no todos van a seguir incómodos.—Sí, acuérdate de cómo se metió en tu cama dándote cosas raras, y si no fuera porque te dio lástima y pensaste en su reputación, ni la hubieras hecho tu esposa. Ya habría terminado hundida en la vergüenza, y con justa razón.El hombre sentado en el centro, Hernán Campos, llevaba un traje oscuro impecable, la camisa abierta en el cuello, mostrando dos botones sueltos. Sus facciones eran marcadas, con esos ojos intensos y boca delgada; su presencia recordaba a una mariposa venenosa, tan bella como distante, con una arrogancia que se sentía hasta en la forma en que mantenía la mirada elevada.—No hay prisa —dijo, con voz pausada.—Hernán, ya van tres años y sigues sin apurarte. ¿Ya se te olvidó que por su culpa la hermana de Salomé quedó como vegetal? Si no fuera por tu abuela que la defendió, ya la hubiéramos hecho pagar.Hernán giraba un encendedor entre los dedos largos y elegantes, distraído, hasta que captó con el rabillo del ojo una sombra en la puerta.Fue entonces que todos notaron la presencia de Cinthia. Nadie supo en qué momento había llegado y se había quedado parada ahí, escuchando todo.Alguien susurró:—¿Quién le avisó?Nadie respondió. Quedó claro que Cinthia había llegado sin invitación.Cinthia bajó la mirada. Su imagen era tranquila, con una belleza serena y discreta: rostro delicado, suéter claro de lana, el cabello recogido detrás de la oreja. Nadie pensaría, al verla, que fuera capaz de algo vergonzoso. Pero, al final, lo había hecho.Sostenía en las manos un regalo destinado a Hernán. Al mirarlo sentado en el centro, sintió cómo el pecho se le apretaba, como si un alambre le rodeara el corazón. El dolor era tan agudo que hasta los dedos se le tensaron.Avanzó hacia él, dispuesta a entregarle el regalo que había preparado con tanto esmero. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera acercarse, él arrugó el entrecejo y, sin molestarse en disimular, soltó:—¿Quién te dijo que podías venir?A su alrededor, estallaron carcajadas que la atravesaron como cuchillos, desmoronando el poco orgullo que le quedaba.Salomé Méndez, sentada cerca, rodó los ojos hacia Hernán con un gesto de reproche y, enseguida, jaló a Cinthia para hacerla sentar.—Oye, por lo menos es tu esposa. Vino a darte un regalo porque es lo que corresponde. Cinthia, siéntate, no le hagas caso a Hernán, ya sabes cómo se pone.Cinthia apretó los labios, sin decir nada. Era su esposa, pero tenía que ser la ex de Hernán quien la defendiera. Nadie ahí la quería. Sin embargo, ella había ido porque, cuando tenían dieciocho, Hernán le prometió que celebrarían juntos su cumpleaños número veintiocho.Sin pensarlo mucho, apartó a Salomé y se sentó justo al lado de Hernán.Salomé se quedó helada un segundo, la incomodidad pintada en la cara. Pero pronto recuperó la compostura y preguntó:—¿Y tú, Cinthia? ¿Qué le regalaste a Hernán?Uno de los presentes, siempre metiche, le quitó el regalo de las manos y lo abrió. Era una bufanda, sin etiqueta, claramente hecha a mano.Salomé no tardó en lanzar otro comentario:—¡Ay, mira nada más! Hasta en eso pensamos igual. Yo también le regalé una bufanda tejida.Ambas bufandas quedaron expuestas sobre la mesa, idénticas en estilo y esmero. Nadie pudo decidir cuál era la más bonita.De repente, alguien, sin querer, empujó la mesa. Una botella de vino destapada se volcó y el líquido corrió directo hacia las dos bufandas.Hernán tomó una de las bufandas, mientras la otra estaba empapada y apestaba a alcohol.La que eligió era la de Salomé.Cinthia, al ver su propia bufanda —esa que había tejido durante dos meses— empapada en licor, sintió cómo el color desaparecía de su cara. El corazón se le encogió y le zumbaban los oídos.Salomé suspiró y, tratando de reconfortarla, le tomó del brazo.—Cinthia, no te enojes. Esta bufanda todavía se puede salvar, solo hay que lavarla bien cuando lleguemos a casa.Cinthia no le respondió. Se quedó mirando fijamente a Hernán.Él mantenía la mirada baja, las pestañas proyectándole sombra en los ojos, ocultando cualquier emoción.El ambiente se volvió incómodo, como si Cinthia hubiera arruinado una fiesta a la que no la habían invitado. Los demás empezaron a levantarse y a decir que ya se iban.Ella permaneció sentada, sin moverse. Observó la bufanda abandonada sobre la mesa, sintiéndose igual de desechada.Uno a uno, todos se fueron retirando. Cuando vio que Hernán también se disponía a irse, Cinthia le habló en voz baja:—Hernán, feliz cumpleaños.Él ni siquiera pareció escucharla. A su alrededor, todos eran amigos cercanos; Hernán había sido encontrado por la familia Campos cuando tenía veintiún años. Ya entonces se había hecho de un nombre en los negocios, levantándose desde cero. Cinthia lo había acompañado desde que ella tenía diecinueve.En siete años, aquel joven prometedor se había convertido en una de las figuras más poderosas del círculo empresarial. Pero el amor entre ellos se había desvanecido hacía mucho.Los días de lucha y anonimato parecían pertenecer a otra vida, lejanos e irreconocibles.Hernán pidió a alguien que llevara a Salomé a casa.Antes de irse, Salomé le dio un ligero toque en el hombro.—Hablen bien, no sigan peleándose, ¿sí?Alguien soltó una risa sarcástica.—Salomé, tienes una paciencia de oro, de verdad.—No es paciencia. Solo que, en su momento, Cinthia tampoco sabía lo que hacía. Seguro no lo hizo con mala intención.—¿No lo hizo con mala intención? Por favor… Arruinó la vida de otros y todavía tuvo la cara dura de quitarte tu lugar. ¿Cómo se atreve a volver a aparecer?Esa voz sonaba asqueada y se fue apagando poco a poco.Cinthia seguía sentada, completamente paralizada, como si algo le hubiera helado la sangre. Hasta los labios se le veían más pálidos.Se levantó, tomó su bufanda empapada y miró a Hernán.—Hernán.Lo llamó con suavidad, casi como una niña obediente.Hernán ya tenía el saco colgando del brazo. Al oírla, aflojó el nudo de la corbata con un gesto impaciente; no la miró, pero en su expresión se notaba el fastidio.—¿Ahora qué quieres decir?Cinthia forzó una sonrisa, los labios dibujando una curva hermosa aunque vacía.—Vamos a divorciarnos, Hernán.Por un instante, él dejó ver sorpresa en su mirada. Luego, sus facciones se endurecieron, la voz se volvió áspera.—¿Y ahora con qué jueguito sales? Al principio me drogaste para que te tocara, y ahora te crees muy digna y quieres el divorcio. Cinthia, ¿no te cansas?—Perdona por haberte hecho perder tres años, pero esta vez hablo en serio.La burla en los ojos de Hernán se fue apagando poco a poco. De pronto, la jaló con fuerza y le apretó la cara con los dedos, haciéndola fruncir el gesto de dolor. Solo así pareció aliviarse un poco su malestar.—¿Ahora dices que te hice perder el tiempo? ¿Dónde andabas hace tres años, eh? Mira, Cinthia, si lo que quieres es divorciarte, que te quede claro: no voy a darte ni un peso.—No te preocupes, me voy sin llevarme nada.Sus ojos lucían limpios, la voz tan serena y suave que parecía flotar en el aire, como si nada la tocara.Después de que la familia Campos encontró a Hernán, Cinthia fue reconocida como hija adoptiva por los padres de la familia. Todos supieron que lo hicieron así porque no querían que el recién recuperado señor Hernán se casara con una mujer de origen humilde. Prefirieron darle a Cinthia un título de hija adoptiva para acallar rumores.Hernán la miró de frente, el gesto tan distante que parecía una máscara. Tragó saliva con dificultad y se dio la vuelta.—Está bien, te vas sin nada. Pero luego no vengas a arrepentirte.Afuera, nadie supo en qué momento empezó a llover. La casa estaba en lo alto de una colina, a las afueras de la ciudad, y pedir un carro ahí era complicado.Los demás ya se habían ido en sus propios carros. Cinthia había llegado en taxi, así que ahora, siendo la última en quedarse atrás, se resguardó bajo el techo del porche, observando cómo la lluvia caía sin pausa.De pronto, un lujoso carro negro emergió entre la cortina de agua y se detuvo frente a ella. El vidrio de la ventana se bajó y apareció el rostro de Julián Olivares, el asistente de Hernán.—Señora, súbase, por favor.Cinthia permaneció inmóvil, de pie bajo la lluvia, mirando a través de la abertura de la ventana. Era evidente que sabía que alguien más estaba dentro.No dijo ni una palabra, y entonces la voz de Hernán sonó desde el asiento trasero.—Arranca. Déjala ahí, a ver si así se le despeja la cabeza.Julián, incómodo, evitó mirarla de nuevo y arrancó el carro, perdiéndose en la lluvia.Cinthia observó cómo el carro se alejaba. Parpadeó. La lluvia le salpicó el rostro, y cada gota calaba hasta los huesos, tan helada que la hizo temblar.Cuando Hernán tenía dieciocho años, solía soñar con celebrar su cumpleaños número veintiocho a su lado. Ahora, con veintiocho cumplidos, lo único que sentía por ella era desprecio.En estos tres años, él no la había tocado ni una sola vez, apenas si regresaba a la casa.Entre la gente del círculo social, todos decían que Cinthia era la más desafortunada de las que se habían casado con magnates. Tenía una jaula dorada, sí, pero nada más.Para ellos, Cinthia era la villana que mandó a Josefa Méndez al hospital y le robó el prometido a Salomé; una mujer digna de ser condenada.Pero nadie parecía recordar que, de los doce a los diecinueve años, ella lo acompañó en sus peores momentos, desde que no tenía nada hasta empezar a brillar.Todos decían que la familia Campos le había dado el título de hija adoptiva y que, aun así, no era suficiente para ella. Que pretendía atar a Hernán de por vida con siete años de compañía.Casi sin darse cuenta, habían pasado otros siete años. Si sumaba todo, ya llevaba catorce años junto a Hernán.Bajó la mirada, revisó su celular buscando un conductor, pero nadie aceptaba el viaje.Cuando por fin logró volver a Bahía Altamira, ya eran las dos de la mañana. La falda estaba empapada, pegada a sus tobillos, y el aire de otoño la hacía temblar tanto que los labios le palidecieron.Dentro de la casa todavía había luz. Al entrar, mientras se cambiaba los zapatos en el recibidor, vio a Hernán sentado en el sofá, revisando papeles de trabajo.La estructura del rostro de Hernán siempre había sido impecable. No importaba cuánto tiempo lo mirara alguien, seguía siendo igual de impactante, capaz de hacerte perder el sentido.Sentado ahí, parecía tan inalcanzable como una montaña nevada.Cinthia, desde luego, no pensó ni por un momento que la estuviera esperando. Hace tres años, ya habían roto toda cordialidad; ella, antes tan luminosa, ahora apenas si se reconocía en el espejo, viendo a una desconocida.Sin hacer ruido, terminó de cambiarse los zapatos. Lanzó la bufanda mojada al cesto de basura y subió las escaleras.En el dormitorio principal, sus cosas seguían ahí, todo limpio y con un aire acogedor. Pero como Hernán apenas iba a casa, todos se burlaban de que ella llevaba años viviendo como viuda.Tomó una pequeña maleta y metió solo algunas prendas que usaba más seguido. En cuanto a la fila interminable de bolsas y joyas de lujo, nunca las había tocado.Hernán siempre decía que ella no era digna.A sus ojos, Cinthia era una interesada, alguien que solo veía el dinero. Tener esas cosas de lujo frente a ella, sin poder usarlas, era su manera de castigarla.Con la maleta en la mano, bajó las escaleras y dejó el acuerdo de divorcio, firmado, sobre la mesa.—Hernán, ya firmé.Durante estos tres años, cada vez que se veían, terminaban discutiendo. Bueno, en realidad era ella quien reclamaba, gritaba por su indiferencia, como si estuviera desesperada por llamar su atención, mientras él solo la miraba desde lejos, con esa actitud distante, como si nada de lo que hiciera ella pudiera conmoverlo.Hernán apartó la vista de la computadora y la fijó en la maleta. Sintió un ardor en la garganta, como si le hubieran echado ácido, quemándole desde la boca hasta el estómago.Dejó escapar una risa seca, cortante, cargada de burla, como una daga que buscaba destrozarla.