Desde que tenía dieciséis años, Florencia Villar ha admirado profundamente a Salvador Fuentes. Un matrimonio concertado por sus familias la llevó a dejar sus propios sueños e ilusiones para convertirse en la esposa de Salvador. Siempre creyó que podría ganarse el amor de Salvador, pero al regresar sola de un chequeo de embarazo y descubrir que él estaba cuidando en su casa a la persona que realmente amaba, Florencia finalmente comprendió que no podía ganar un corazón que nunca fue suyo. Sin dudarlo, dejó los papeles del divorcio sobre la mesa y retomó su carrera. Tiempo después, cuando triunfó en un prestigioso concurso internacional de piano, ese hombre frío y orgulloso se arrodilló ante ella, en medio de la multitud, rogándole que regresara a su vida.

Capítulo 1La lluvia de verano siempre caía de golpe, inesperada y traicionera.Florencia Villar entró empapada, con la ropa pegada al cuerpo, el cabello chorreando y las manos frías, justo cuando vio a su esposo, Salvador Fuentes, cubriendo con una manta a la mujer acurrucada en el sofá.Dentro de su bolso, la hoja del examen de embarazo pesaba como una piedra. Era un frío que calaba hasta los huesos, como si el papel pudiera atravesar la tela y colarse en cada rincón de su cuerpo.Florencia se quedó de pie en el umbral, inmóvil, incapaz de dar un paso al frente.El viento fresco se colaba por la puerta abierta, desparramando el olor a tierra mojada en la casa. Solo entonces Salvador se dignó a mirarla. Sus labios apenas se movieron, pero sus palabras cortaron como cuchillo:—Cierra la puerta.Florencia vio cómo Salvador acomodó de nuevo la manta, asegurándose de cubrir todavía mejor a la mujer en el sofá.El viento, ahora mezclado con la llovizna, golpeaba la espalda de Florencia, que ya estaba empapada. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.Pero ese frío no era nada comparado con el que sentía en el corazón.Florencia miró al hombre frente a ella, incapaz de disimular el temblor en las manos.El carro se le había descompuesto en el camino. Le marcó a Salvador una y otra vez, sin que él contestara ni una sola vez.Al final, tuvo que buscar una grúa, mojarse hasta los huesos y regresar a casa, solo para encontrarse con la imagen de su esposo atendiendo a su hermana con una dedicación que a ella jamás le había mostrado.Ni siquiera cuando la puerta se quedó abierta y entró el viento helado, Salvador pensó en ella. Solo pensaba en que Martina Villar podía resfriarse. Como si Florencia fuera invisible, como si no existiera.El silencio se alargó. Salvador se puso de pie y pasó junto a Florencia, sin mirarla, hasta que el portazo retumbó en la casa y, por fin, se detuvo a su lado.El aroma tenue de su loción la envolvió. Salvador preguntó, con voz rígida:—¿Por qué llegaste tan mojada? Emilia, lleva a mi esposa a cambiarse de ropa.Florencia respiró hondo y soltó, con la voz raspándole la garganta:—¿No cree el señor Fuentes que me debe una explicación? ¿Acaso ya no le basta con tener a otra afuera, que ahora la trae a la casa?Solo al decirlo notó lo mucho que le costaba hablar, la tos en la garganta, la cabeza doliéndole a rabiar.Aun así, no apartó los ojos de Salvador.Ocho años amando a este hombre, y ahora solo quedaba la duda quemándola por dentro.Él la miró también, los labios curvándose apenas:—Vienes con mucho coraje, ¿te fue mal allá afuera?Su tono era desganado, casi burlón. Alzó la mano y apartó un mechón de cabello húmedo del rostro de Florencia, acomodándolo detrás de su oreja.—Martina es tu hermana. Solo vino a quedarse unos días. ¿Qué explicación quieres escuchar?Claro, Martina era su hermana. Si no fuera porque el abuelo había dejado escrito en el testamento que la esposa de Salvador debía ser ella, esa boda habría sido de Martina.En el fondo, Florencia lo sabía: la intrusa siempre había sido ella. ¿Qué derecho tenía de reclamar?Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Todo esto se sentía tan absurdo.Había pasado un año desde que se casó con Salvador. Un año en el que su matrimonio parecía una mala broma.El corazón de Salvador siempre estaba con Martina. Bastaba una llamada de su hermana y él desaparecía, sin importar el lugar ni el momento. Ni siquiera en la intimidad podía quedarse con ella por completo.Y Florencia, siempre, quedaba a un lado. Como si fuera el payaso de su propia historia, condenada a ser la que sobra, la que nunca cuenta.Antes podía engañarse, hacer como que no veía nada. Pero ahora, con Martina instalada en la casa, si seguía fingiendo, sería peor que estar ciega o sorda.Apartó la mano de Salvador de su mejilla y dijo, sin temblor en la voz:—Salvador, vamos a divorciarnos. Yo se lo explico al abuelo y tú…—¿Divorciarnos? —los ojos de Salvador se endurecieron—. Solo porque hoy llovió mucho y Martina se emborrachó en una fiesta y la traje a la casa… ¿por esto quieres divorciarte?Apenas ahora se dignaba a explicar algo.Florencia ya no quiso escuchar más.Sintió que la situación era una burla.Así que sí, él sabía que llovía fuerte. Que había tormenta. Pero aun así, tuvo tiempo para cuidar de Martina cuando regresó, y ni una sola palabra para preguntar por la esposa que se había quedado sola bajo la lluvia.Sin decir nada más, Florencia lo esquivó y se fue directo a la habitación....Aún resonaban en sus oídos las palabras del médico.—Felicidades, señora Villar, tiene un mes de embarazo. El bebé está muy sano.Cuando Florencia escuchó esa frase por primera vez, se sintió feliz. Ahora, todo le parecía una cruel ironía.La prueba de embarazo seguía en su bolso, pero sentía que ya no tenía sentido sacarla.Se dio una ducha rápida y se secó el cabello. Afuera, la casa seguía envuelta en un silencio sepulcral.Salvador seguramente seguía abajo, cuidando de Martina.A Florencia ya ni le importaba.Mañana mismo buscaría a alguien para que preparara los papeles del divorcio.Ya había tenido suficiente con el título de señora Fuentes....Florencia fue despertada por el sonido de la puerta abriéndose.Medio adormilada, vio a Salvador entrar con una taza de leche en la mano.Miró la hora: siete y media. A esa hora él siempre ya estaba en la empresa.—Ya que despertaste, tómate la leche. Tenemos que platicar —dijo Salvador, sentándose en el borde de la cama. Dejó la leche en la mesita de noche, su voz serena, pero con una firmeza que no admitía discusión.Florencia ni miró la leche. Y sobre esa plática, sí, ya era hora.—En un ratito bajo, espérame abajo —respondió Florencia.Salvador miró su reloj de pulsera y le recordó:—No olvides la leche. Emilia la calentó hace rato, tiene poca azúcar, como te gusta.Florencia sintió el sarcasmo ardiendo por dentro.No entendía cómo una persona podía ser tan contradictoria como Salvador.No le importaba verla empapada bajo la lluvia, pero sí se acordaba de su costumbre de beber leche caliente con poca azúcar cada mañana.Quizás antes, ese detalle la habría hecho sentir especial. Ahora...Tomó la taza y la vació directo en el inodoro....Cuando Florencia bajó, Salvador estaba sentado solo en la mesa del comedor; Martina ya se había ido.Él hablaba por teléfono. Florencia no alcanzaba a escuchar lo que le decían, pero sí notó cómo fruncía el entrecejo. Al poco rato, contestó:—Ya voy para allá.—¿Tienes algo que hacer hoy? —preguntó Florencia.—Martina chocó con otro carro. En un rato...—¿Chocó? Hay policías, está la aseguradora… ¿de verdad necesitas ir tú a arreglarlo? —interrumpió Florencia, con tono cortante.Ya no quería perder más tiempo. Solo deseaba cerrar de una vez el tema del divorcio y dejar atrás ese matrimonio.—De todos modos iré a la empresa, me queda de camino —respondió Salvador.Miró a Florencia y añadió:—Sobre lo de ayer...—Si tiene algo urgente, señor Fuentes, vaya a trabajar. Yo me encargo de que le preparen el acuerdo de divorcio. No quiero nada del patrimonio de la familia Fuentes, solo la casa de Villa Los Álamos —dijo Florencia, sin rodeos.Esa casa la había recuperado de la familia Villar después de casarse; legalmente era patrimonio común, pero para ella era lo único que le quedaba de su madre. No iba a dejarla.Cuando llegó a la familia Fuentes, Florencia no tenía absolutamente nada. Su padre, sin embargo, exigió una dote de quinientos millones de pesos. Desde el principio, el matrimonio fue un trato donde la familia Villar salió ganando. Ahora, al divorciarse, Florencia no pensaba dividir ni pedir más dinero.—Florencia, sobre el divorcio... —empezó Salvador, pero el timbre de su celular lo interrumpió.Florencia alcanzó a ver el nombre en la pantalla: “Martina”. El brillo de esas letras le dolió en los ojos.—La esposa favorita ya te está llamando. Mejor atiende tus asuntos, señor Fuentes —le soltó Florencia, con una media sonrisa amarga.—¡Florencia! No tienes por qué ser tan dura. Yo con Martina...La pantalla del celular se apagó y volvió a encenderse; otra llamada entraba.Salvador, visiblemente molesto, tomó el teléfono y se levantó.—Cuando regrese, seguimos hablando.Florencia no tenía cabeza para esperar el regreso de Salvador.Después de desayunar a toda prisa, contactó a Edna Lozano, acordaron una hora y fue directo al Bufete de Abogados Estrella.Edna ya la esperaba. Apenas se sentaron en el sofá de la sala de reuniones, Edna la miró con preocupación.—¿Ya lo pensaste bien? ¿De verdad quieres divorciarte? ¿Y Salvador qué dice de esto? Cuando se casaron...—Ayúdame a redactar el acuerdo de divorcio, por favor. No quiero nada de la herencia de los Fuentes. Así será mucho más fácil que acepte el divorcio —interrumpió Florencia, con una calma que no sentía.En el fondo, sabía que su matrimonio con Salvador había sido cosa de sus familias, un trato hablado entre los mayores. No importaba cuántos años lo hubiera querido en secreto, eso nunca sería suficiente para sostener el lazo entre ambos.Debería haberlo comprendido desde hace tiempo.Edna la miró boquiabierta.—Flor, ¿de verdad estás pensando bien las cosas? Si insistes en divorciarte, como tu amiga te apoyo, pero salir sin nada, ¿no crees que es demasiado?¿No será que ese desgraciado de Salvador quiere meter a la otra a la casa y te está presionando?¿No le da vergüenza?¡Si quien anda de escándalo en la calle es él! ¿Con qué cara te exige que salgas con las manos vacías?Te lo digo en serio, tú deberías plantar cara. Al final, el título de señora Fuentes es legítimo. Si él quiere traer a otra, que se aguante.—No es por él —respondió Florencia, bajando la voz—. Soy yo quien quiere esto, Ednita. Estoy embarazada. No quiero que mi bebé nazca en un ambiente así.El esmero y la atención que Salvador le daba a Martina lo había visto de sobra. No necesitaba más pruebas.No pensaba permitir que su hijo creciera viendo a un padre en escándalos, una madre incapaz de defenderse y una tercera persona metiéndose en su vida.Eso ya lo había vivido dieciséis años. Sabía lo doloroso que era. No podía condenar a su pequeño a repetir su historia.Mejor así, sin Salvador como papá, ella podía cuidar a su bebé.—¿Qué dijiste? —la voz de Edna subió de tono, incrédula—. De veras estás loca, Flor. Tu abuelo siempre quiso un nieto mayor. Ahora que estás esperando, es la mejor carta que tienes. Hazme caso, olvídate del divorcio, ve directo con tu abuelo y pídele que saque a Martina del Grupo Fuentes. ¿No ves que así ganas más que con cualquier acuerdo?Mientras hablaba, Edna le apretaba el brazo con fuerza.Todos en ese círculo sabían que Joel Fuentes era famoso por presionar a su familia para que tuvieran hijos. La abuelita de Florencia había escuchado mil veces cómo Joel preguntaba por remedios para la fertilidad en las partidas de cartas.Ahora Florencia llevaba en el vientre al futuro heredero de los Fuentes; con eso, ¿cómo podía pensar en el divorcio?—¿Y qué va a cambiar sacando a Martina del camino?Él no me quiere. ¿Cuánto tiempo puedo retenerlo con un hijo?Ednita, ya lo tengo claro. Esta vez sí quiero divorciarme —afirmó Florencia, con una determinación que no permitía dudas.Sabía demasiado bien que los sentimientos no se pueden forzar. Durante todo un año como señora Fuentes, Salvador apenas regresó a casa.¿Y si corrían a Martina? ¿Qué ganaba? ¿Forzar a Salvador a quedarse a su lado, fingiendo una familia? Para el bebé, tener padres así sería una desgracia.Edna no terminaba de aceptar la decisión de Florencia. Discutieron largo rato, cada una defendiendo su postura, pero ninguna cedió. El tiempo se les fue y, sin darse cuenta, ya era hora de la comida.En la planta baja del Bufete de Abogados Estrella, había un pequeño restaurante de comida casera bastante recomendable. Florencia, sin nada urgente que hacer esa tarde, decidió quedarse a comer con Edna.Capítulo 2La lluvia de verano siempre caía de golpe, inesperada y traicionera.Florencia Villar entró empapada, con la ropa pegada al cuerpo, el cabello chorreando y las manos frías, justo cuando vio a su esposo, Salvador Fuentes, cubriendo con una manta a la mujer acurrucada en el sofá.Dentro de su bolso, la hoja del examen de embarazo pesaba como una piedra. Era un frío que calaba hasta los huesos, como si el papel pudiera atravesar la tela y colarse en cada rincón de su cuerpo.Florencia se quedó de pie en el umbral, inmóvil, incapaz de dar un paso al frente.El viento fresco se colaba por la puerta abierta, desparramando el olor a tierra mojada en la casa. Solo entonces Salvador se dignó a mirarla. Sus labios apenas se movieron, pero sus palabras cortaron como cuchillo:—Cierra la puerta.Florencia vio cómo Salvador acomodó de nuevo la manta, asegurándose de cubrir todavía mejor a la mujer en el sofá.El viento, ahora mezclado con la llovizna, golpeaba la espalda de Florencia, que ya estaba empapada. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.Pero ese frío no era nada comparado con el que sentía en el corazón.Florencia miró al hombre frente a ella, incapaz de disimular el temblor en las manos.El carro se le había descompuesto en el camino. Le marcó a Salvador una y otra vez, sin que él contestara ni una sola vez.Al final, tuvo que buscar una grúa, mojarse hasta los huesos y regresar a casa, solo para encontrarse con la imagen de su esposo atendiendo a su hermana con una dedicación que a ella jamás le había mostrado.Ni siquiera cuando la puerta se quedó abierta y entró el viento helado, Salvador pensó en ella. Solo pensaba en que Martina Villar podía resfriarse. Como si Florencia fuera invisible, como si no existiera.El silencio se alargó. Salvador se puso de pie y pasó junto a Florencia, sin mirarla, hasta que el portazo retumbó en la casa y, por fin, se detuvo a su lado.El aroma tenue de su loción la envolvió. Salvador preguntó, con voz rígida:—¿Por qué llegaste tan mojada? Emilia, lleva a mi esposa a cambiarse de ropa.Florencia respiró hondo y soltó, con la voz raspándole la garganta:—¿No cree el señor Fuentes que me debe una explicación? ¿Acaso ya no le basta con tener a otra afuera, que ahora la trae a la casa?Solo al decirlo notó lo mucho que le costaba hablar, la tos en la garganta, la cabeza doliéndole a rabiar.Aun así, no apartó los ojos de Salvador.Ocho años amando a este hombre, y ahora solo quedaba la duda quemándola por dentro.Él la miró también, los labios curvándose apenas:—Vienes con mucho coraje, ¿te fue mal allá afuera?Su tono era desganado, casi burlón. Alzó la mano y apartó un mechón de cabello húmedo del rostro de Florencia, acomodándolo detrás de su oreja.—Martina es tu hermana. Solo vino a quedarse unos días. ¿Qué explicación quieres escuchar?Claro, Martina era su hermana. Si no fuera porque el abuelo había dejado escrito en el testamento que la esposa de Salvador debía ser ella, esa boda habría sido de Martina.En el fondo, Florencia lo sabía: la intrusa siempre había sido ella. ¿Qué derecho tenía de reclamar?Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Todo esto se sentía tan absurdo.Había pasado un año desde que se casó con Salvador. Un año en el que su matrimonio parecía una mala broma.El corazón de Salvador siempre estaba con Martina. Bastaba una llamada de su hermana y él desaparecía, sin importar el lugar ni el momento. Ni siquiera en la intimidad podía quedarse con ella por completo.Y Florencia, siempre, quedaba a un lado. Como si fuera el payaso de su propia historia, condenada a ser la que sobra, la que nunca cuenta.Antes podía engañarse, hacer como que no veía nada. Pero ahora, con Martina instalada en la casa, si seguía fingiendo, sería peor que estar ciega o sorda.Apartó la mano de Salvador de su mejilla y dijo, sin temblor en la voz:—Salvador, vamos a divorciarnos. Yo se lo explico al abuelo y tú…—¿Divorciarnos? —los ojos de Salvador se endurecieron—. Solo porque hoy llovió mucho y Martina se emborrachó en una fiesta y la traje a la casa… ¿por esto quieres divorciarte?Apenas ahora se dignaba a explicar algo.Florencia ya no quiso escuchar más.Sintió que la situación era una burla.Así que sí, él sabía que llovía fuerte. Que había tormenta. Pero aun así, tuvo tiempo para cuidar de Martina cuando regresó, y ni una sola palabra para preguntar por la esposa que se había quedado sola bajo la lluvia.Sin decir nada más, Florencia lo esquivó y se fue directo a la habitación....Aún resonaban en sus oídos las palabras del médico.—Felicidades, señora Villar, tiene un mes de embarazo. El bebé está muy sano.Cuando Florencia escuchó esa frase por primera vez, se sintió feliz. Ahora, todo le parecía una cruel ironía.La prueba de embarazo seguía en su bolso, pero sentía que ya no tenía sentido sacarla.Se dio una ducha rápida y se secó el cabello. Afuera, la casa seguía envuelta en un silencio sepulcral.Salvador seguramente seguía abajo, cuidando de Martina.A Florencia ya ni le importaba.Mañana mismo buscaría a alguien para que preparara los papeles del divorcio.Ya había tenido suficiente con el título de señora Fuentes....Florencia fue despertada por el sonido de la puerta abriéndose.Medio adormilada, vio a Salvador entrar con una taza de leche en la mano.Miró la hora: siete y media. A esa hora él siempre ya estaba en la empresa.—Ya que despertaste, tómate la leche. Tenemos que platicar —dijo Salvador, sentándose en el borde de la cama. Dejó la leche en la mesita de noche, su voz serena, pero con una firmeza que no admitía discusión.Florencia ni miró la leche. Y sobre esa plática, sí, ya era hora.—En un ratito bajo, espérame abajo —respondió Florencia.Salvador miró su reloj de pulsera y le recordó:—No olvides la leche. Emilia la calentó hace rato, tiene poca azúcar, como te gusta.Florencia sintió el sarcasmo ardiendo por dentro.No entendía cómo una persona podía ser tan contradictoria como Salvador.No le importaba verla empapada bajo la lluvia, pero sí se acordaba de su costumbre de beber leche caliente con poca azúcar cada mañana.Quizás antes, ese detalle la habría hecho sentir especial. Ahora...Tomó la taza y la vació directo en el inodoro....Cuando Florencia bajó, Salvador estaba sentado solo en la mesa del comedor; Martina ya se había ido.Él hablaba por teléfono. Florencia no alcanzaba a escuchar lo que le decían, pero sí notó cómo fruncía el entrecejo. Al poco rato, contestó:—Ya voy para allá.—¿Tienes algo que hacer hoy? —preguntó Florencia.—Martina chocó con otro carro. En un rato...—¿Chocó? Hay policías, está la aseguradora… ¿de verdad necesitas ir tú a arreglarlo? —interrumpió Florencia, con tono cortante.Ya no quería perder más tiempo. Solo deseaba cerrar de una vez el tema del divorcio y dejar atrás ese matrimonio.—De todos modos iré a la empresa, me queda de camino —respondió Salvador.Miró a Florencia y añadió:—Sobre lo de ayer...—Si tiene algo urgente, señor Fuentes, vaya a trabajar. Yo me encargo de que le preparen el acuerdo de divorcio. No quiero nada del patrimonio de la familia Fuentes, solo la casa de Villa Los Álamos —dijo Florencia, sin rodeos.Esa casa la había recuperado de la familia Villar después de casarse; legalmente era patrimonio común, pero para ella era lo único que le quedaba de su madre. No iba a dejarla.Cuando llegó a la familia Fuentes, Florencia no tenía absolutamente nada. Su padre, sin embargo, exigió una dote de quinientos millones de pesos. Desde el principio, el matrimonio fue un trato donde la familia Villar salió ganando. Ahora, al divorciarse, Florencia no pensaba dividir ni pedir más dinero.—Florencia, sobre el divorcio... —empezó Salvador, pero el timbre de su celular lo interrumpió.Florencia alcanzó a ver el nombre en la pantalla: “Martina”. El brillo de esas letras le dolió en los ojos.—La esposa favorita ya te está llamando. Mejor atiende tus asuntos, señor Fuentes —le soltó Florencia, con una media sonrisa amarga.—¡Florencia! No tienes por qué ser tan dura. Yo con Martina...La pantalla del celular se apagó y volvió a encenderse; otra llamada entraba.Salvador, visiblemente molesto, tomó el teléfono y se levantó.—Cuando regrese, seguimos hablando.Florencia no tenía cabeza para esperar el regreso de Salvador.Después de desayunar a toda prisa, contactó a Edna Lozano, acordaron una hora y fue directo al Bufete de Abogados Estrella.Edna ya la esperaba. Apenas se sentaron en el sofá de la sala de reuniones, Edna la miró con preocupación.—¿Ya lo pensaste bien? ¿De verdad quieres divorciarte? ¿Y Salvador qué dice de esto? Cuando se casaron...—Ayúdame a redactar el acuerdo de divorcio, por favor. No quiero nada de la herencia de los Fuentes. Así será mucho más fácil que acepte el divorcio —interrumpió Florencia, con una calma que no sentía.En el fondo, sabía que su matrimonio con Salvador había sido cosa de sus familias, un trato hablado entre los mayores. No importaba cuántos años lo hubiera querido en secreto, eso nunca sería suficiente para sostener el lazo entre ambos.Debería haberlo comprendido desde hace tiempo.Edna la miró boquiabierta.—Flor, ¿de verdad estás pensando bien las cosas? Si insistes en divorciarte, como tu amiga te apoyo, pero salir sin nada, ¿no crees que es demasiado?¿No será que ese desgraciado de Salvador quiere meter a la otra a la casa y te está presionando?¿No le da vergüenza?¡Si quien anda de escándalo en la calle es él! ¿Con qué cara te exige que salgas con las manos vacías?Te lo digo en serio, tú deberías plantar cara. Al final, el título de señora Fuentes es legítimo. Si él quiere traer a otra, que se aguante.—No es por él —respondió Florencia, bajando la voz—. Soy yo quien quiere esto, Ednita. Estoy embarazada. No quiero que mi bebé nazca en un ambiente así.El esmero y la atención que Salvador le daba a Martina lo había visto de sobra. No necesitaba más pruebas.No pensaba permitir que su hijo creciera viendo a un padre en escándalos, una madre incapaz de defenderse y una tercera persona metiéndose en su vida.Eso ya lo había vivido dieciséis años. Sabía lo doloroso que era. No podía condenar a su pequeño a repetir su historia.Mejor así, sin Salvador como papá, ella podía cuidar a su bebé.—¿Qué dijiste? —la voz de Edna subió de tono, incrédula—. De veras estás loca, Flor. Tu abuelo siempre quiso un nieto mayor. Ahora que estás esperando, es la mejor carta que tienes. Hazme caso, olvídate del divorcio, ve directo con tu abuelo y pídele que saque a Martina del Grupo Fuentes. ¿No ves que así ganas más que con cualquier acuerdo?Mientras hablaba, Edna le apretaba el brazo con fuerza.Todos en ese círculo sabían que Joel Fuentes era famoso por presionar a su familia para que tuvieran hijos. La abuelita de Florencia había escuchado mil veces cómo Joel preguntaba por remedios para la fertilidad en las partidas de cartas.Ahora Florencia llevaba en el vientre al futuro heredero de los Fuentes; con eso, ¿cómo podía pensar en el divorcio?—¿Y qué va a cambiar sacando a Martina del camino?Él no me quiere. ¿Cuánto tiempo puedo retenerlo con un hijo?Ednita, ya lo tengo claro. Esta vez sí quiero divorciarme —afirmó Florencia, con una determinación que no permitía dudas.Sabía demasiado bien que los sentimientos no se pueden forzar. Durante todo un año como señora Fuentes, Salvador apenas regresó a casa.¿Y si corrían a Martina? ¿Qué ganaba? ¿Forzar a Salvador a quedarse a su lado, fingiendo una familia? Para el bebé, tener padres así sería una desgracia.Edna no terminaba de aceptar la decisión de Florencia. Discutieron largo rato, cada una defendiendo su postura, pero ninguna cedió. El tiempo se les fue y, sin darse cuenta, ya era hora de la comida.En la planta baja del Bufete de Abogados Estrella, había un pequeño restaurante de comida casera bastante recomendable. Florencia, sin nada urgente que hacer esa tarde, decidió quedarse a comer con Edna.Capítulo 3La lluvia de verano siempre caía de golpe, inesperada y traicionera.Florencia Villar entró empapada, con la ropa pegada al cuerpo, el cabello chorreando y las manos frías, justo cuando vio a su esposo, Salvador Fuentes, cubriendo con una manta a la mujer acurrucada en el sofá.Dentro de su bolso, la hoja del examen de embarazo pesaba como una piedra. Era un frío que calaba hasta los huesos, como si el papel pudiera atravesar la tela y colarse en cada rincón de su cuerpo.Florencia se quedó de pie en el umbral, inmóvil, incapaz de dar un paso al frente.El viento fresco se colaba por la puerta abierta, desparramando el olor a tierra mojada en la casa. Solo entonces Salvador se dignó a mirarla. Sus labios apenas se movieron, pero sus palabras cortaron como cuchillo:—Cierra la puerta.Florencia vio cómo Salvador acomodó de nuevo la manta, asegurándose de cubrir todavía mejor a la mujer en el sofá.El viento, ahora mezclado con la llovizna, golpeaba la espalda de Florencia, que ya estaba empapada. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.Pero ese frío no era nada comparado con el que sentía en el corazón.Florencia miró al hombre frente a ella, incapaz de disimular el temblor en las manos.El carro se le había descompuesto en el camino. Le marcó a Salvador una y otra vez, sin que él contestara ni una sola vez.Al final, tuvo que buscar una grúa, mojarse hasta los huesos y regresar a casa, solo para encontrarse con la imagen de su esposo atendiendo a su hermana con una dedicación que a ella jamás le había mostrado.Ni siquiera cuando la puerta se quedó abierta y entró el viento helado, Salvador pensó en ella. Solo pensaba en que Martina Villar podía resfriarse. Como si Florencia fuera invisible, como si no existiera.El silencio se alargó. Salvador se puso de pie y pasó junto a Florencia, sin mirarla, hasta que el portazo retumbó en la casa y, por fin, se detuvo a su lado.El aroma tenue de su loción la envolvió. Salvador preguntó, con voz rígida:—¿Por qué llegaste tan mojada? Emilia, lleva a mi esposa a cambiarse de ropa.Florencia respiró hondo y soltó, con la voz raspándole la garganta:—¿No cree el señor Fuentes que me debe una explicación? ¿Acaso ya no le basta con tener a otra afuera, que ahora la trae a la casa?Solo al decirlo notó lo mucho que le costaba hablar, la tos en la garganta, la cabeza doliéndole a rabiar.Aun así, no apartó los ojos de Salvador.Ocho años amando a este hombre, y ahora solo quedaba la duda quemándola por dentro.Él la miró también, los labios curvándose apenas:—Vienes con mucho coraje, ¿te fue mal allá afuera?Su tono era desganado, casi burlón. Alzó la mano y apartó un mechón de cabello húmedo del rostro de Florencia, acomodándolo detrás de su oreja.—Martina es tu hermana. Solo vino a quedarse unos días. ¿Qué explicación quieres escuchar?Claro, Martina era su hermana. Si no fuera porque el abuelo había dejado escrito en el testamento que la esposa de Salvador debía ser ella, esa boda habría sido de Martina.En el fondo, Florencia lo sabía: la intrusa siempre había sido ella. ¿Qué derecho tenía de reclamar?Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Todo esto se sentía tan absurdo.Había pasado un año desde que se casó con Salvador. Un año en el que su matrimonio parecía una mala broma.El corazón de Salvador siempre estaba con Martina. Bastaba una llamada de su hermana y él desaparecía, sin importar el lugar ni el momento. Ni siquiera en la intimidad podía quedarse con ella por completo.Y Florencia, siempre, quedaba a un lado. Como si fuera el payaso de su propia historia, condenada a ser la que sobra, la que nunca cuenta.Antes podía engañarse, hacer como que no veía nada. Pero ahora, con Martina instalada en la casa, si seguía fingiendo, sería peor que estar ciega o sorda.Apartó la mano de Salvador de su mejilla y dijo, sin temblor en la voz:—Salvador, vamos a divorciarnos. Yo se lo explico al abuelo y tú…—¿Divorciarnos? —los ojos de Salvador se endurecieron—. Solo porque hoy llovió mucho y Martina se emborrachó en una fiesta y la traje a la casa… ¿por esto quieres divorciarte?Apenas ahora se dignaba a explicar algo.Florencia ya no quiso escuchar más.Sintió que la situación era una burla.Así que sí, él sabía que llovía fuerte. Que había tormenta. Pero aun así, tuvo tiempo para cuidar de Martina cuando regresó, y ni una sola palabra para preguntar por la esposa que se había quedado sola bajo la lluvia.Sin decir nada más, Florencia lo esquivó y se fue directo a la habitación....Aún resonaban en sus oídos las palabras del médico.—Felicidades, señora Villar, tiene un mes de embarazo. El bebé está muy sano.Cuando Florencia escuchó esa frase por primera vez, se sintió feliz. Ahora, todo le parecía una cruel ironía.La prueba de embarazo seguía en su bolso, pero sentía que ya no tenía sentido sacarla.Se dio una ducha rápida y se secó el cabello. Afuera, la casa seguía envuelta en un silencio sepulcral.Salvador seguramente seguía abajo, cuidando de Martina.A Florencia ya ni le importaba.Mañana mismo buscaría a alguien para que preparara los papeles del divorcio.Ya había tenido suficiente con el título de señora Fuentes....Florencia fue despertada por el sonido de la puerta abriéndose.Medio adormilada, vio a Salvador entrar con una taza de leche en la mano.Miró la hora: siete y media. A esa hora él siempre ya estaba en la empresa.—Ya que despertaste, tómate la leche. Tenemos que platicar —dijo Salvador, sentándose en el borde de la cama. Dejó la leche en la mesita de noche, su voz serena, pero con una firmeza que no admitía discusión.Florencia ni miró la leche. Y sobre esa plática, sí, ya era hora.—En un ratito bajo, espérame abajo —respondió Florencia.Salvador miró su reloj de pulsera y le recordó:—No olvides la leche. Emilia la calentó hace rato, tiene poca azúcar, como te gusta.Florencia sintió el sarcasmo ardiendo por dentro.No entendía cómo una persona podía ser tan contradictoria como Salvador.No le importaba verla empapada bajo la lluvia, pero sí se acordaba de su costumbre de beber leche caliente con poca azúcar cada mañana.Quizás antes, ese detalle la habría hecho sentir especial. Ahora...Tomó la taza y la vació directo en el inodoro....Cuando Florencia bajó, Salvador estaba sentado solo en la mesa del comedor; Martina ya se había ido.Él hablaba por teléfono. Florencia no alcanzaba a escuchar lo que le decían, pero sí notó cómo fruncía el entrecejo. Al poco rato, contestó:—Ya voy para allá.—¿Tienes algo que hacer hoy? —preguntó Florencia.—Martina chocó con otro carro. En un rato...—¿Chocó? Hay policías, está la aseguradora… ¿de verdad necesitas ir tú a arreglarlo? —interrumpió Florencia, con tono cortante.Ya no quería perder más tiempo. Solo deseaba cerrar de una vez el tema del divorcio y dejar atrás ese matrimonio.—De todos modos iré a la empresa, me queda de camino —respondió Salvador.Miró a Florencia y añadió:—Sobre lo de ayer...—Si tiene algo urgente, señor Fuentes, vaya a trabajar. Yo me encargo de que le preparen el acuerdo de divorcio. No quiero nada del patrimonio de la familia Fuentes, solo la casa de Villa Los Álamos —dijo Florencia, sin rodeos.Esa casa la había recuperado de la familia Villar después de casarse; legalmente era patrimonio común, pero para ella era lo único que le quedaba de su madre. No iba a dejarla.Cuando llegó a la familia Fuentes, Florencia no tenía absolutamente nada. Su padre, sin embargo, exigió una dote de quinientos millones de pesos. Desde el principio, el matrimonio fue un trato donde la familia Villar salió ganando. Ahora, al divorciarse, Florencia no pensaba dividir ni pedir más dinero.—Florencia, sobre el divorcio... —empezó Salvador, pero el timbre de su celular lo interrumpió.Florencia alcanzó a ver el nombre en la pantalla: “Martina”. El brillo de esas letras le dolió en los ojos.—La esposa favorita ya te está llamando. Mejor atiende tus asuntos, señor Fuentes —le soltó Florencia, con una media sonrisa amarga.—¡Florencia! No tienes por qué ser tan dura. Yo con Martina...La pantalla del celular se apagó y volvió a encenderse; otra llamada entraba.Salvador, visiblemente molesto, tomó el teléfono y se levantó.—Cuando regrese, seguimos hablando.Florencia no tenía cabeza para esperar el regreso de Salvador.Después de desayunar a toda prisa, contactó a Edna Lozano, acordaron una hora y fue directo al Bufete de Abogados Estrella.Edna ya la esperaba. Apenas se sentaron en el sofá de la sala de reuniones, Edna la miró con preocupación.—¿Ya lo pensaste bien? ¿De verdad quieres divorciarte? ¿Y Salvador qué dice de esto? Cuando se casaron...—Ayúdame a redactar el acuerdo de divorcio, por favor. No quiero nada de la herencia de los Fuentes. Así será mucho más fácil que acepte el divorcio —interrumpió Florencia, con una calma que no sentía.En el fondo, sabía que su matrimonio con Salvador había sido cosa de sus familias, un trato hablado entre los mayores. No importaba cuántos años lo hubiera querido en secreto, eso nunca sería suficiente para sostener el lazo entre ambos.Debería haberlo comprendido desde hace tiempo.Edna la miró boquiabierta.—Flor, ¿de verdad estás pensando bien las cosas? Si insistes en divorciarte, como tu amiga te apoyo, pero salir sin nada, ¿no crees que es demasiado?¿No será que ese desgraciado de Salvador quiere meter a la otra a la casa y te está presionando?¿No le da vergüenza?¡Si quien anda de escándalo en la calle es él! ¿Con qué cara te exige que salgas con las manos vacías?Te lo digo en serio, tú deberías plantar cara. Al final, el título de señora Fuentes es legítimo. Si él quiere traer a otra, que se aguante.—No es por él —respondió Florencia, bajando la voz—. Soy yo quien quiere esto, Ednita. Estoy embarazada. No quiero que mi bebé nazca en un ambiente así.El esmero y la atención que Salvador le daba a Martina lo había visto de sobra. No necesitaba más pruebas.No pensaba permitir que su hijo creciera viendo a un padre en escándalos, una madre incapaz de defenderse y una tercera persona metiéndose en su vida.Eso ya lo había vivido dieciséis años. Sabía lo doloroso que era. No podía condenar a su pequeño a repetir su historia.Mejor así, sin Salvador como papá, ella podía cuidar a su bebé.—¿Qué dijiste? —la voz de Edna subió de tono, incrédula—. De veras estás loca, Flor. Tu abuelo siempre quiso un nieto mayor. Ahora que estás esperando, es la mejor carta que tienes. Hazme caso, olvídate del divorcio, ve directo con tu abuelo y pídele que saque a Martina del Grupo Fuentes. ¿No ves que así ganas más que con cualquier acuerdo?Mientras hablaba, Edna le apretaba el brazo con fuerza.Todos en ese círculo sabían que Joel Fuentes era famoso por presionar a su familia para que tuvieran hijos. La abuelita de Florencia había escuchado mil veces cómo Joel preguntaba por remedios para la fertilidad en las partidas de cartas.Ahora Florencia llevaba en el vientre al futuro heredero de los Fuentes; con eso, ¿cómo podía pensar en el divorcio?—¿Y qué va a cambiar sacando a Martina del camino?Él no me quiere. ¿Cuánto tiempo puedo retenerlo con un hijo?Ednita, ya lo tengo claro. Esta vez sí quiero divorciarme —afirmó Florencia, con una determinación que no permitía dudas.Sabía demasiado bien que los sentimientos no se pueden forzar. Durante todo un año como señora Fuentes, Salvador apenas regresó a casa.¿Y si corrían a Martina? ¿Qué ganaba? ¿Forzar a Salvador a quedarse a su lado, fingiendo una familia? Para el bebé, tener padres así sería una desgracia.Edna no terminaba de aceptar la decisión de Florencia. Discutieron largo rato, cada una defendiendo su postura, pero ninguna cedió. El tiempo se les fue y, sin darse cuenta, ya era hora de la comida.En la planta baja del Bufete de Abogados Estrella, había un pequeño restaurante de comida casera bastante recomendable. Florencia, sin nada urgente que hacer esa tarde, decidió quedarse a comer con Edna.

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