Melisa Orozco creció abandonada en un club nocturno, hasta que, inesperadamente, la acaudalada familia Orozco la reconoció. Creía que por fin tendría un hogar, pero su madre biológica la despreció, la falsa heredera la traicionó, e incluso su propio hermano la miró con desdén. Sin embargo, ya no era la indefensa de antes: era la poderosa dueña tras bambalinas del consorcio internacional MO, amiga íntima de diseñadores de élite y médicos prodigiosos, ¡y hasta su exnovio era Fabricio Pacheco, un influyente magnate de Monarca Nova! Frente a las conspiraciones y humillaciones, solo soltó una risa fría: —¿La familia Orozco? No son más que un juguete entre mis dedos. Duelo de herederas, venganza implacable y secretos al descubierto… ¡La rosa salvaje que conquistó a la alta sociedad!

Capítulo 1Real FortiaEn un pequeño patio de un barrio humilde, el chirrido de los pájaros se mezclaba con el bullicio lejano de la ciudad. En la entrada, un lujoso carro negro relucía bajo el sol, contrastando con la sencillez del lugar.Dentro del carro, un hombre enfundado en un traje hecho a la medida revisaba su costoso reloj con el ceño arrugado. Sus ojos, llenos de impaciencia, recorrían la esfera antes de soltar un suspiro pesado. Sin esperar más, empujó la puerta y salió, su andar seguro resonando en el pavimento.En el interior del patio, Melisa Orozco, vestida con ropa sencilla y gastada, trabajaba la tierra con una pala vieja. Sus manos, acostumbradas al esfuerzo, removían una parcela donde crecían unas plantas extrañas, ajenas al entorno.Bruno Orozco apretó la mandíbula mientras avanzaba con pasos largos y decididos. El enojo se marcaba en su cara.—¿Se puede saber qué estás haciendo? —lanzó Bruno, la voz cargada de molestia.Melisa levantó la mirada un instante, apenas dedicándole atención.—Trabajando la tierra. ¿Algún problema?—Te he estado esperando afuera durante dos horas, ¿y tú aquí perdiendo el tiempo con estas tonterías? —Bruno, ya de por sí con un semblante duro, parecía aún más severo—. Deberías tener claro que eres parte de la familia Orozco.Melisa siguió con su labor, sin apresurarse, su tono tranquilo.—¿Y eso qué?—¿Y eso qué? —Bruno soltó una risa incrédula, casi burlona—. Este tipo de cosas no van con tu posición. No lo vuelvas a hacer. Además, vine a buscarte dejando de lado un proyecto de varios millones de pesos. No me hagas perder el tiempo.Por fin, Melisa se detuvo. Lo miró con firmeza, sin decir palabra.—Melisa, escúchame bien. La familia Orozco no es como el antro donde creciste. Todas esas mañas que aprendiste con Giselle, mejor guárdatelas. No te creas mucho solo porque eres mi hermana. Sí, compartimos sangre, pero no tengo ninguna obligación de reconocerte.La voz de Bruno era la de alguien dando órdenes a un empleado, sin pizca de afecto, como si la idea de haber encontrado a su hermana le resultara hasta ridícula.La familia había criado durante diecinueve años a una hermana que no era de sangre. Y ahora, la joven que había crecido en el ambiente de un bar resultó ser la verdadera hija de los Orozco.El escándalo sacudió a toda la familia. Nadie podía aceptar que la hermana de sangre había sido criada por una trabajadora de un antro. Para colmo, los informes decían que Melisa ni siquiera terminó la prepa; la expulsaron y nadie sabía exactamente por qué, pero estaba claro que no había hecho nada bueno.Y ese patio, por culpa de la mujer que la crio, siempre estaba lleno de hombres y desconocidos. Bruno prefería no imaginar si Melisa había terminado en manos de alguno de ellos...Cada vez que lo pensaba, le hervía la sangre. ¿Cómo era posible que tuviera que dejar un proyecto millonario para llevarse a esa hermana llena de manchas a casa?—Tienes diez minutos, o no respondo.Melisa soltó la pala y, sin dudarlo, le propinó una patada que lo mandó directo a la calle.—¡Lárgate!Bruno jamás en su vida pensó que lo sacarían a patadas. Y menos alguien que siempre había menospreciado.Con la rabia a flor de piel, le ordenó a su guardaespaldas:—¡Tira la puerta!El guardaespaldas no lo dudó y empezó a golpear la puerta de hierro con todas sus fuerzas, haciendo un escándalo.Melisa frunció el entrecejo, ya cansada de la situación. Estiró brazos y piernas, lista para enfrentar el problema, hasta que una voz surgió detrás de ella.—Ábreles, no vaya a ser que molesten a las demás.Melisa giró. En los escalones del patio, una mujer de vestido rojo fumaba tranquila. El humo se deslizaba de sus labios, difuminándose en el aire pesado.Melisa le echó una mirada de reojo, pero no dijo nada. Caminó hasta la puerta y la abrió.Bruno entró furioso.—¿No que muy valiente? ¿No que podías sacarme cuando quisieras? Me gustaría ver que seas igual de dura para decir que no quieres volver con la familia Orozco.Melisa lo miró de arriba abajo. A pesar de la ropa de lujo, sólo veía a un hombre rabioso y fuera de control.—No tengo ningún interés especial en regresar con los Orozco. Pero, dime, ¿te atreves a regresar sin mí?—Tú... —Bruno se quedó sin palabras.La verdad es que no se atrevía. Su abuelita había jurado que, si no llevaba a Melisa de vuelta, haría un escándalo. Y él no estaba dispuesto a enfrentar ese problema.Melisa lo miró con calma.—Si vas a buscarme, al menos hazlo con algo de respeto. Ya debes saber suficiente de mí para entender que tengo mal carácter. Así que mejor deja esa pose de maestro...Melisa avanzó un paso y quedó frente a frente con Bruno; sus ojos, afilados como navajas, se clavaron en él.—Si te atreves a tocar lo que más me importa, sin importar si te apellidas Orozco o lo que sea, aquí va a correr sangre. ¿Sí te quedó claro?El tono de Melisa era desafiante, con ese aire de chica rebelde que no se deja intimidar por nadie.El semblante de Bruno se endureció aún más.De todo lo que había dicho Melisa en los pocos minutos que llevaban conversando, esas palabras eran las más largas... y también resultaron ser una amenaza directa para él.Estuvo a punto de explotar, pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca, Melisa se giró y volvió a ocuparse de la tierra que tenía entre manos.La furia de Bruno quedó atorada en su interior, como si algo le apretara el pecho, impidiéndole dejar salir ese enojo. Se sentía frustrado, atrapado en su propio coraje....Dos horas después, cuando la paciencia de Bruno ya estaba por los suelos, Melisa finalmente dejó de trabajar. Caminó despacio hacia la casa.Al poco rato, salió cargando una maleta. Ahora llevaba puesto un conjunto ajustado de cuero negro, el cabello largo suelto sobre la espalda, y su figura resaltaba con esa mezcla entre belleza y fuerza que imponía respeto.Bruno se quedó pasmado al verla.Ese atuendo...Lo recordaba perfectamente. Era el último diseño de la maestra Carolina, hecho exclusivamente en dos piezas: una para venta y otra para regalo.Florencia Orozco había querido ese conjunto y hasta le pidió a él que se lo consiguiera, pero no tuvo éxito.Jamás habría imaginado que sería Melisa quien lo llevaría puesto.Por un momento, pensó que tal vez era una imitación, pero él mismo había visto cómo la maestra Carolina firmaba sus creaciones, siempre con una pequeña "L" en el cuello, casi imperceptible. Bruno, con su buena vista, la detectó de inmediato.La ropa de Melisa era auténtica.¿Cómo podía una chica criada por una trabajadora de un club nocturno permitirse algo así? Las piezas de la maestra Carolina no bajaban del millón.¿Cómo demonios Melisa podía vestir algo tan caro?Melisa, alzando la vista, notó el asombro en los ojos de Bruno, pero simplemente retiró la mirada y siguió su camino hacia la salida.Al pasar junto a Giselle, se detuvo. Vio el suelo lleno de colillas de cigarro, frunció el ceño y le quitó el cigarro de la mano para aplastarlo con el pie.—Deberías dejar de fumar tanto, te hace daño —dijo sin mirarla.La mano de Giselle quedó suspendida en el aire, sin decir palabra.—Cuida mis plantas medicinales, valen bastante.Giselle soltó una risa burlona.—¿Quién querría esa porquería? Ya vete a disfrutar la vida, pero si te vas, ni se te ocurra regresar.Melisa solo respondió mientras se alejaba:—No olvides tomarte el medicamento.Y siguió su camino, sin mirar atrás....Bruno abrió la puerta del carro, pero antes de que pudiera decir algo, Melisa empujó la maleta hacia él.—Esto va en tu carro.Sin más, cruzó la calle hacia una motocicleta de lujo estacionada frente a la casa y se puso el casco.Bruno, perdiendo la compostura, le gritó:—¡Melisa, qué te pasa! ¿Por qué no te bajas de ahí? ¿Tienes idea de cuánto cuesta esa moto? ¿Y si la descompones quién va a pagarla?Desde que llegó, había visto esa moto lujosa, y pensó que seguro pertenecía a alguien importante que andaba de paso por ese pueblo tan olvidado.Jamás imaginó que Melisa se atrevería a tocarla, y mucho menos a llevársela.Melisa le lanzó una mirada de reojo, encendió la motocicleta y, ante la mirada perpleja de Bruno, arrancó y desapareció en la distancia.Bruno se quedó paralizado en el lugar.Siempre había sido alguien que mantenía la compostura pase lo que pase, pero ahora por dentro sentía un torbellino.Esa moto era de las mejores del mundo, la única en el país, y costaba cinco millones. Y pensar que el carro que él manejaba apenas valía dos millones. ¿Cómo era posible que Melisa, criada por una mujer de un club nocturno, tuviera una moto de cinco millones? ¿Acaso esas mujeres ganaban tanto dinero?Bruno permaneció ahí, completamente desconcertado, hasta que Melisa desapareció de su vista. Solo entonces se subió a su carro y se marchó....Cuando los carros de Melisa y Bruno desaparecieron por completo del pueblo, Giselle se puso de pie, sacudió el polvo de su ropa y marcó un número en su teléfono.—Salimos mañana temprano.Cuando Melisa y Bruno llegaron, el cielo ya comenzaba a oscurecer.Bruno miró de reojo a Melisa, quien se había quitado el casco y lo colgó sin cuidado en la parte delantera de su moto, sacudiendo su melena con esa soltura tan suya. Él, que venía manejando un carro, ni siquiera podía comprender cómo habían llegado al mismo tiempo si ella había venido en motocicleta.La verdad era que, aunque su carro era bastante bueno, la moto de Melisa era de las más potentes. Pero lo que Bruno no sabía, es que más allá de la máquina, era la destreza de Melisa lo que marcaba la diferencia. Porque alguien sin habilidad, aunque conduzca el mejor carro, nunca podrá ir más rápido que quien sabe lo que hace.La familia Orozco la esperaba en la sala, todos sentados en un silencio extraño, casi tenso.Apenas Melisa cruzó el umbral, una voz poco amigable la recibió.—¿Tú eres Melisa?Alzó la mirada y se encontró con una mujer de unos cuarenta años, luciendo un vestido carísimo. Cada movimiento destilaba elegancia y autoridad.Era su madre, Isidora Becerra, reconocida profesora dedicada a la investigación de la inteligencia humana. Y también la persona que la había abandonado.Para todos en la familia Orozco, Melisa era la hija que había sido “entregada por error” al nacer, llevándola a crecer lejos de su verdadera familia. Pero nadie sabía la verdad: fue Isidora quien, incapaz de aceptar que su hija no había pasado la prueba de inteligencia, decidió dejarla en una montaña de la que, según decían, nadie regresaba.Solo porque Melisa, de niña, no alcanzó un puntaje alto, su madre —la experta en inteligencia— no pudo soportarlo. Así que, cuando encontró a otra niña con un IQ de ciento cincuenta y un parecido físico asombroso, la llevó a casa en lugar de su hija biológica. Melisa fue abandonada y Florencia ocupó su lugar en la familia Orozco.Melisa reprimió los recuerdos y miró a la mujer frente a ella sin mostrar ninguna emoción.¿Qué haría Isidora si supiera que, en realidad, el día del examen la máquina falló? Que, tiempo después, Giselle le hizo una nueva prueba y arrojó un resultado de 228. ¿Se arrepentiría Isidora de lo que hizo?Melisa, por primera vez en años, sintió un atisbo de expectativa.—¿Qué pasa? ¿No sabes hablar? ¿O eres muda? —Isidora frunció el ceño, y el desdén en su mirada hacia Melisa casi podía tocarse.Después de todo, nadie conocía el secreto mejor que Isidora. Fue ella misma quien llevó a Melisa a esa montaña, absolutamente convencida de que no sobreviviría. Por eso, cuando regresó con Florencia —la niña de alto IQ que se parecía tanto a Melisa— y se la presentó a la familia, nadie dudó.Llevaron a Florencia al extranjero por cuatro años y, al regresar, el tiempo había cambiado sus rasgos. Así, nadie notó que la verdadera Melisa había sido sustituida.Solo cuando la mentira de Florencia salió a la luz y se descubrió que no era hija biológica, Isidora se inventó una excusa: dijo que había habido un error en el hospital al nacer. Jamás imaginó que su suegra insistiría en buscar a Melisa.Y la verdad es que Isidora no sentía ni una pizca de culpa. Si pudiera volver atrás, haría exactamente lo mismo. No pensaba permitir que una hija “defectuosa” formara parte de su familia.Además, estaba convencida de que Melisa no recordaría nada de lo que pasó. Después de todo, apenas tenía seis años en ese entonces.—¿Así que sí eres muda? Qué desperdicio. En esta familia, todos los Orozco son unos genios, y justo vienes a salir tú, que ni hablar puedes. Seguro tampoco eres tan lista como los demás.—¿Y de qué sirve que sea lista? Escuché que la crio una mujer que trabajaba en un club nocturno, seguro que si tiene algo de cerebro, lo usa para hacer cosas de ese ambiente, no para nada bueno.—No entiendo por qué la abuela insiste en traerla de regreso. Florencia, aunque no sea de sangre, es excelente. No solo fue la más popular de la escuela, también quedó entre los mejores veinte del estado en el examen de ingreso universitario y ahora estudia en la Universidad Monarca Nova. Además, ha destacado en varios campos. ¿Qué puede hacer Melisa? Solo nos va a traer vergüenza.Las críticas llenaban la sala como enjambres de abejas. Melisa los observó uno a uno, grabando sus caras y nombres en la memoria. Siempre tuvo buena memoria y reconocía a cada uno de los presentes.Isidora, mientras tanto, escuchaba los comentarios con un gesto incómodo. Sus hijos siempre habían sido el orgullo de los Orozco, y hasta los hijos de sus cuñadas estaban bajo su supervisión, todos con buenos resultados. Solo Melisa era la excepción, la “vergüenza” que la familia se veía obligada a recibir de vuelta.Capítulo 2Real FortiaEn un pequeño patio de un barrio humilde, el chirrido de los pájaros se mezclaba con el bullicio lejano de la ciudad. En la entrada, un lujoso carro negro relucía bajo el sol, contrastando con la sencillez del lugar.Dentro del carro, un hombre enfundado en un traje hecho a la medida revisaba su costoso reloj con el ceño arrugado. Sus ojos, llenos de impaciencia, recorrían la esfera antes de soltar un suspiro pesado. Sin esperar más, empujó la puerta y salió, su andar seguro resonando en el pavimento.En el interior del patio, Melisa Orozco, vestida con ropa sencilla y gastada, trabajaba la tierra con una pala vieja. Sus manos, acostumbradas al esfuerzo, removían una parcela donde crecían unas plantas extrañas, ajenas al entorno.Bruno Orozco apretó la mandíbula mientras avanzaba con pasos largos y decididos. El enojo se marcaba en su cara.—¿Se puede saber qué estás haciendo? —lanzó Bruno, la voz cargada de molestia.Melisa levantó la mirada un instante, apenas dedicándole atención.—Trabajando la tierra. ¿Algún problema?—Te he estado esperando afuera durante dos horas, ¿y tú aquí perdiendo el tiempo con estas tonterías? —Bruno, ya de por sí con un semblante duro, parecía aún más severo—. Deberías tener claro que eres parte de la familia Orozco.Melisa siguió con su labor, sin apresurarse, su tono tranquilo.—¿Y eso qué?—¿Y eso qué? —Bruno soltó una risa incrédula, casi burlona—. Este tipo de cosas no van con tu posición. No lo vuelvas a hacer. Además, vine a buscarte dejando de lado un proyecto de varios millones de pesos. No me hagas perder el tiempo.Por fin, Melisa se detuvo. Lo miró con firmeza, sin decir palabra.—Melisa, escúchame bien. La familia Orozco no es como el antro donde creciste. Todas esas mañas que aprendiste con Giselle, mejor guárdatelas. No te creas mucho solo porque eres mi hermana. Sí, compartimos sangre, pero no tengo ninguna obligación de reconocerte.La voz de Bruno era la de alguien dando órdenes a un empleado, sin pizca de afecto, como si la idea de haber encontrado a su hermana le resultara hasta ridícula.La familia había criado durante diecinueve años a una hermana que no era de sangre. Y ahora, la joven que había crecido en el ambiente de un bar resultó ser la verdadera hija de los Orozco.El escándalo sacudió a toda la familia. Nadie podía aceptar que la hermana de sangre había sido criada por una trabajadora de un antro. Para colmo, los informes decían que Melisa ni siquiera terminó la prepa; la expulsaron y nadie sabía exactamente por qué, pero estaba claro que no había hecho nada bueno.Y ese patio, por culpa de la mujer que la crio, siempre estaba lleno de hombres y desconocidos. Bruno prefería no imaginar si Melisa había terminado en manos de alguno de ellos...Cada vez que lo pensaba, le hervía la sangre. ¿Cómo era posible que tuviera que dejar un proyecto millonario para llevarse a esa hermana llena de manchas a casa?—Tienes diez minutos, o no respondo.Melisa soltó la pala y, sin dudarlo, le propinó una patada que lo mandó directo a la calle.—¡Lárgate!Bruno jamás en su vida pensó que lo sacarían a patadas. Y menos alguien que siempre había menospreciado.Con la rabia a flor de piel, le ordenó a su guardaespaldas:—¡Tira la puerta!El guardaespaldas no lo dudó y empezó a golpear la puerta de hierro con todas sus fuerzas, haciendo un escándalo.Melisa frunció el entrecejo, ya cansada de la situación. Estiró brazos y piernas, lista para enfrentar el problema, hasta que una voz surgió detrás de ella.—Ábreles, no vaya a ser que molesten a las demás.Melisa giró. En los escalones del patio, una mujer de vestido rojo fumaba tranquila. El humo se deslizaba de sus labios, difuminándose en el aire pesado.Melisa le echó una mirada de reojo, pero no dijo nada. Caminó hasta la puerta y la abrió.Bruno entró furioso.—¿No que muy valiente? ¿No que podías sacarme cuando quisieras? Me gustaría ver que seas igual de dura para decir que no quieres volver con la familia Orozco.Melisa lo miró de arriba abajo. A pesar de la ropa de lujo, sólo veía a un hombre rabioso y fuera de control.—No tengo ningún interés especial en regresar con los Orozco. Pero, dime, ¿te atreves a regresar sin mí?—Tú... —Bruno se quedó sin palabras.La verdad es que no se atrevía. Su abuelita había jurado que, si no llevaba a Melisa de vuelta, haría un escándalo. Y él no estaba dispuesto a enfrentar ese problema.Melisa lo miró con calma.—Si vas a buscarme, al menos hazlo con algo de respeto. Ya debes saber suficiente de mí para entender que tengo mal carácter. Así que mejor deja esa pose de maestro...Melisa avanzó un paso y quedó frente a frente con Bruno; sus ojos, afilados como navajas, se clavaron en él.—Si te atreves a tocar lo que más me importa, sin importar si te apellidas Orozco o lo que sea, aquí va a correr sangre. ¿Sí te quedó claro?El tono de Melisa era desafiante, con ese aire de chica rebelde que no se deja intimidar por nadie.El semblante de Bruno se endureció aún más.De todo lo que había dicho Melisa en los pocos minutos que llevaban conversando, esas palabras eran las más largas... y también resultaron ser una amenaza directa para él.Estuvo a punto de explotar, pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca, Melisa se giró y volvió a ocuparse de la tierra que tenía entre manos.La furia de Bruno quedó atorada en su interior, como si algo le apretara el pecho, impidiéndole dejar salir ese enojo. Se sentía frustrado, atrapado en su propio coraje....Dos horas después, cuando la paciencia de Bruno ya estaba por los suelos, Melisa finalmente dejó de trabajar. Caminó despacio hacia la casa.Al poco rato, salió cargando una maleta. Ahora llevaba puesto un conjunto ajustado de cuero negro, el cabello largo suelto sobre la espalda, y su figura resaltaba con esa mezcla entre belleza y fuerza que imponía respeto.Bruno se quedó pasmado al verla.Ese atuendo...Lo recordaba perfectamente. Era el último diseño de la maestra Carolina, hecho exclusivamente en dos piezas: una para venta y otra para regalo.Florencia Orozco había querido ese conjunto y hasta le pidió a él que se lo consiguiera, pero no tuvo éxito.Jamás habría imaginado que sería Melisa quien lo llevaría puesto.Por un momento, pensó que tal vez era una imitación, pero él mismo había visto cómo la maestra Carolina firmaba sus creaciones, siempre con una pequeña "L" en el cuello, casi imperceptible. Bruno, con su buena vista, la detectó de inmediato.La ropa de Melisa era auténtica.¿Cómo podía una chica criada por una trabajadora de un club nocturno permitirse algo así? Las piezas de la maestra Carolina no bajaban del millón.¿Cómo demonios Melisa podía vestir algo tan caro?Melisa, alzando la vista, notó el asombro en los ojos de Bruno, pero simplemente retiró la mirada y siguió su camino hacia la salida.Al pasar junto a Giselle, se detuvo. Vio el suelo lleno de colillas de cigarro, frunció el ceño y le quitó el cigarro de la mano para aplastarlo con el pie.—Deberías dejar de fumar tanto, te hace daño —dijo sin mirarla.La mano de Giselle quedó suspendida en el aire, sin decir palabra.—Cuida mis plantas medicinales, valen bastante.Giselle soltó una risa burlona.—¿Quién querría esa porquería? Ya vete a disfrutar la vida, pero si te vas, ni se te ocurra regresar.Melisa solo respondió mientras se alejaba:—No olvides tomarte el medicamento.Y siguió su camino, sin mirar atrás....Bruno abrió la puerta del carro, pero antes de que pudiera decir algo, Melisa empujó la maleta hacia él.—Esto va en tu carro.Sin más, cruzó la calle hacia una motocicleta de lujo estacionada frente a la casa y se puso el casco.Bruno, perdiendo la compostura, le gritó:—¡Melisa, qué te pasa! ¿Por qué no te bajas de ahí? ¿Tienes idea de cuánto cuesta esa moto? ¿Y si la descompones quién va a pagarla?Desde que llegó, había visto esa moto lujosa, y pensó que seguro pertenecía a alguien importante que andaba de paso por ese pueblo tan olvidado.Jamás imaginó que Melisa se atrevería a tocarla, y mucho menos a llevársela.Melisa le lanzó una mirada de reojo, encendió la motocicleta y, ante la mirada perpleja de Bruno, arrancó y desapareció en la distancia.Bruno se quedó paralizado en el lugar.Siempre había sido alguien que mantenía la compostura pase lo que pase, pero ahora por dentro sentía un torbellino.Esa moto era de las mejores del mundo, la única en el país, y costaba cinco millones. Y pensar que el carro que él manejaba apenas valía dos millones. ¿Cómo era posible que Melisa, criada por una mujer de un club nocturno, tuviera una moto de cinco millones? ¿Acaso esas mujeres ganaban tanto dinero?Bruno permaneció ahí, completamente desconcertado, hasta que Melisa desapareció de su vista. Solo entonces se subió a su carro y se marchó....Cuando los carros de Melisa y Bruno desaparecieron por completo del pueblo, Giselle se puso de pie, sacudió el polvo de su ropa y marcó un número en su teléfono.—Salimos mañana temprano.Cuando Melisa y Bruno llegaron, el cielo ya comenzaba a oscurecer.Bruno miró de reojo a Melisa, quien se había quitado el casco y lo colgó sin cuidado en la parte delantera de su moto, sacudiendo su melena con esa soltura tan suya. Él, que venía manejando un carro, ni siquiera podía comprender cómo habían llegado al mismo tiempo si ella había venido en motocicleta.La verdad era que, aunque su carro era bastante bueno, la moto de Melisa era de las más potentes. Pero lo que Bruno no sabía, es que más allá de la máquina, era la destreza de Melisa lo que marcaba la diferencia. Porque alguien sin habilidad, aunque conduzca el mejor carro, nunca podrá ir más rápido que quien sabe lo que hace.La familia Orozco la esperaba en la sala, todos sentados en un silencio extraño, casi tenso.Apenas Melisa cruzó el umbral, una voz poco amigable la recibió.—¿Tú eres Melisa?Alzó la mirada y se encontró con una mujer de unos cuarenta años, luciendo un vestido carísimo. Cada movimiento destilaba elegancia y autoridad.Era su madre, Isidora Becerra, reconocida profesora dedicada a la investigación de la inteligencia humana. Y también la persona que la había abandonado.Para todos en la familia Orozco, Melisa era la hija que había sido “entregada por error” al nacer, llevándola a crecer lejos de su verdadera familia. Pero nadie sabía la verdad: fue Isidora quien, incapaz de aceptar que su hija no había pasado la prueba de inteligencia, decidió dejarla en una montaña de la que, según decían, nadie regresaba.Solo porque Melisa, de niña, no alcanzó un puntaje alto, su madre —la experta en inteligencia— no pudo soportarlo. Así que, cuando encontró a otra niña con un IQ de ciento cincuenta y un parecido físico asombroso, la llevó a casa en lugar de su hija biológica. Melisa fue abandonada y Florencia ocupó su lugar en la familia Orozco.Melisa reprimió los recuerdos y miró a la mujer frente a ella sin mostrar ninguna emoción.¿Qué haría Isidora si supiera que, en realidad, el día del examen la máquina falló? Que, tiempo después, Giselle le hizo una nueva prueba y arrojó un resultado de 228. ¿Se arrepentiría Isidora de lo que hizo?Melisa, por primera vez en años, sintió un atisbo de expectativa.—¿Qué pasa? ¿No sabes hablar? ¿O eres muda? —Isidora frunció el ceño, y el desdén en su mirada hacia Melisa casi podía tocarse.Después de todo, nadie conocía el secreto mejor que Isidora. Fue ella misma quien llevó a Melisa a esa montaña, absolutamente convencida de que no sobreviviría. Por eso, cuando regresó con Florencia —la niña de alto IQ que se parecía tanto a Melisa— y se la presentó a la familia, nadie dudó.Llevaron a Florencia al extranjero por cuatro años y, al regresar, el tiempo había cambiado sus rasgos. Así, nadie notó que la verdadera Melisa había sido sustituida.Solo cuando la mentira de Florencia salió a la luz y se descubrió que no era hija biológica, Isidora se inventó una excusa: dijo que había habido un error en el hospital al nacer. Jamás imaginó que su suegra insistiría en buscar a Melisa.Y la verdad es que Isidora no sentía ni una pizca de culpa. Si pudiera volver atrás, haría exactamente lo mismo. No pensaba permitir que una hija “defectuosa” formara parte de su familia.Además, estaba convencida de que Melisa no recordaría nada de lo que pasó. Después de todo, apenas tenía seis años en ese entonces.—¿Así que sí eres muda? Qué desperdicio. En esta familia, todos los Orozco son unos genios, y justo vienes a salir tú, que ni hablar puedes. Seguro tampoco eres tan lista como los demás.—¿Y de qué sirve que sea lista? Escuché que la crio una mujer que trabajaba en un club nocturno, seguro que si tiene algo de cerebro, lo usa para hacer cosas de ese ambiente, no para nada bueno.—No entiendo por qué la abuela insiste en traerla de regreso. Florencia, aunque no sea de sangre, es excelente. No solo fue la más popular de la escuela, también quedó entre los mejores veinte del estado en el examen de ingreso universitario y ahora estudia en la Universidad Monarca Nova. Además, ha destacado en varios campos. ¿Qué puede hacer Melisa? Solo nos va a traer vergüenza.Las críticas llenaban la sala como enjambres de abejas. Melisa los observó uno a uno, grabando sus caras y nombres en la memoria. Siempre tuvo buena memoria y reconocía a cada uno de los presentes.Isidora, mientras tanto, escuchaba los comentarios con un gesto incómodo. Sus hijos siempre habían sido el orgullo de los Orozco, y hasta los hijos de sus cuñadas estaban bajo su supervisión, todos con buenos resultados. Solo Melisa era la excepción, la “vergüenza” que la familia se veía obligada a recibir de vuelta.Capítulo 3Real FortiaEn un pequeño patio de un barrio humilde, el chirrido de los pájaros se mezclaba con el bullicio lejano de la ciudad. En la entrada, un lujoso carro negro relucía bajo el sol, contrastando con la sencillez del lugar.Dentro del carro, un hombre enfundado en un traje hecho a la medida revisaba su costoso reloj con el ceño arrugado. Sus ojos, llenos de impaciencia, recorrían la esfera antes de soltar un suspiro pesado. Sin esperar más, empujó la puerta y salió, su andar seguro resonando en el pavimento.En el interior del patio, Melisa Orozco, vestida con ropa sencilla y gastada, trabajaba la tierra con una pala vieja. Sus manos, acostumbradas al esfuerzo, removían una parcela donde crecían unas plantas extrañas, ajenas al entorno.Bruno Orozco apretó la mandíbula mientras avanzaba con pasos largos y decididos. El enojo se marcaba en su cara.—¿Se puede saber qué estás haciendo? —lanzó Bruno, la voz cargada de molestia.Melisa levantó la mirada un instante, apenas dedicándole atención.—Trabajando la tierra. ¿Algún problema?—Te he estado esperando afuera durante dos horas, ¿y tú aquí perdiendo el tiempo con estas tonterías? —Bruno, ya de por sí con un semblante duro, parecía aún más severo—. Deberías tener claro que eres parte de la familia Orozco.Melisa siguió con su labor, sin apresurarse, su tono tranquilo.—¿Y eso qué?—¿Y eso qué? —Bruno soltó una risa incrédula, casi burlona—. Este tipo de cosas no van con tu posición. No lo vuelvas a hacer. Además, vine a buscarte dejando de lado un proyecto de varios millones de pesos. No me hagas perder el tiempo.Por fin, Melisa se detuvo. Lo miró con firmeza, sin decir palabra.—Melisa, escúchame bien. La familia Orozco no es como el antro donde creciste. Todas esas mañas que aprendiste con Giselle, mejor guárdatelas. No te creas mucho solo porque eres mi hermana. Sí, compartimos sangre, pero no tengo ninguna obligación de reconocerte.La voz de Bruno era la de alguien dando órdenes a un empleado, sin pizca de afecto, como si la idea de haber encontrado a su hermana le resultara hasta ridícula.La familia había criado durante diecinueve años a una hermana que no era de sangre. Y ahora, la joven que había crecido en el ambiente de un bar resultó ser la verdadera hija de los Orozco.El escándalo sacudió a toda la familia. Nadie podía aceptar que la hermana de sangre había sido criada por una trabajadora de un antro. Para colmo, los informes decían que Melisa ni siquiera terminó la prepa; la expulsaron y nadie sabía exactamente por qué, pero estaba claro que no había hecho nada bueno.Y ese patio, por culpa de la mujer que la crio, siempre estaba lleno de hombres y desconocidos. Bruno prefería no imaginar si Melisa había terminado en manos de alguno de ellos...Cada vez que lo pensaba, le hervía la sangre. ¿Cómo era posible que tuviera que dejar un proyecto millonario para llevarse a esa hermana llena de manchas a casa?—Tienes diez minutos, o no respondo.Melisa soltó la pala y, sin dudarlo, le propinó una patada que lo mandó directo a la calle.—¡Lárgate!Bruno jamás en su vida pensó que lo sacarían a patadas. Y menos alguien que siempre había menospreciado.Con la rabia a flor de piel, le ordenó a su guardaespaldas:—¡Tira la puerta!El guardaespaldas no lo dudó y empezó a golpear la puerta de hierro con todas sus fuerzas, haciendo un escándalo.Melisa frunció el entrecejo, ya cansada de la situación. Estiró brazos y piernas, lista para enfrentar el problema, hasta que una voz surgió detrás de ella.—Ábreles, no vaya a ser que molesten a las demás.Melisa giró. En los escalones del patio, una mujer de vestido rojo fumaba tranquila. El humo se deslizaba de sus labios, difuminándose en el aire pesado.Melisa le echó una mirada de reojo, pero no dijo nada. Caminó hasta la puerta y la abrió.Bruno entró furioso.—¿No que muy valiente? ¿No que podías sacarme cuando quisieras? Me gustaría ver que seas igual de dura para decir que no quieres volver con la familia Orozco.Melisa lo miró de arriba abajo. A pesar de la ropa de lujo, sólo veía a un hombre rabioso y fuera de control.—No tengo ningún interés especial en regresar con los Orozco. Pero, dime, ¿te atreves a regresar sin mí?—Tú... —Bruno se quedó sin palabras.La verdad es que no se atrevía. Su abuelita había jurado que, si no llevaba a Melisa de vuelta, haría un escándalo. Y él no estaba dispuesto a enfrentar ese problema.Melisa lo miró con calma.—Si vas a buscarme, al menos hazlo con algo de respeto. Ya debes saber suficiente de mí para entender que tengo mal carácter. Así que mejor deja esa pose de maestro...Melisa avanzó un paso y quedó frente a frente con Bruno; sus ojos, afilados como navajas, se clavaron en él.—Si te atreves a tocar lo que más me importa, sin importar si te apellidas Orozco o lo que sea, aquí va a correr sangre. ¿Sí te quedó claro?El tono de Melisa era desafiante, con ese aire de chica rebelde que no se deja intimidar por nadie.El semblante de Bruno se endureció aún más.De todo lo que había dicho Melisa en los pocos minutos que llevaban conversando, esas palabras eran las más largas... y también resultaron ser una amenaza directa para él.Estuvo a punto de explotar, pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca, Melisa se giró y volvió a ocuparse de la tierra que tenía entre manos.La furia de Bruno quedó atorada en su interior, como si algo le apretara el pecho, impidiéndole dejar salir ese enojo. Se sentía frustrado, atrapado en su propio coraje....Dos horas después, cuando la paciencia de Bruno ya estaba por los suelos, Melisa finalmente dejó de trabajar. Caminó despacio hacia la casa.Al poco rato, salió cargando una maleta. Ahora llevaba puesto un conjunto ajustado de cuero negro, el cabello largo suelto sobre la espalda, y su figura resaltaba con esa mezcla entre belleza y fuerza que imponía respeto.Bruno se quedó pasmado al verla.Ese atuendo...Lo recordaba perfectamente. Era el último diseño de la maestra Carolina, hecho exclusivamente en dos piezas: una para venta y otra para regalo.Florencia Orozco había querido ese conjunto y hasta le pidió a él que se lo consiguiera, pero no tuvo éxito.Jamás habría imaginado que sería Melisa quien lo llevaría puesto.Por un momento, pensó que tal vez era una imitación, pero él mismo había visto cómo la maestra Carolina firmaba sus creaciones, siempre con una pequeña "L" en el cuello, casi imperceptible. Bruno, con su buena vista, la detectó de inmediato.La ropa de Melisa era auténtica.¿Cómo podía una chica criada por una trabajadora de un club nocturno permitirse algo así? Las piezas de la maestra Carolina no bajaban del millón.¿Cómo demonios Melisa podía vestir algo tan caro?Melisa, alzando la vista, notó el asombro en los ojos de Bruno, pero simplemente retiró la mirada y siguió su camino hacia la salida.Al pasar junto a Giselle, se detuvo. Vio el suelo lleno de colillas de cigarro, frunció el ceño y le quitó el cigarro de la mano para aplastarlo con el pie.—Deberías dejar de fumar tanto, te hace daño —dijo sin mirarla.La mano de Giselle quedó suspendida en el aire, sin decir palabra.—Cuida mis plantas medicinales, valen bastante.Giselle soltó una risa burlona.—¿Quién querría esa porquería? Ya vete a disfrutar la vida, pero si te vas, ni se te ocurra regresar.Melisa solo respondió mientras se alejaba:—No olvides tomarte el medicamento.Y siguió su camino, sin mirar atrás....Bruno abrió la puerta del carro, pero antes de que pudiera decir algo, Melisa empujó la maleta hacia él.—Esto va en tu carro.Sin más, cruzó la calle hacia una motocicleta de lujo estacionada frente a la casa y se puso el casco.Bruno, perdiendo la compostura, le gritó:—¡Melisa, qué te pasa! ¿Por qué no te bajas de ahí? ¿Tienes idea de cuánto cuesta esa moto? ¿Y si la descompones quién va a pagarla?Desde que llegó, había visto esa moto lujosa, y pensó que seguro pertenecía a alguien importante que andaba de paso por ese pueblo tan olvidado.Jamás imaginó que Melisa se atrevería a tocarla, y mucho menos a llevársela.Melisa le lanzó una mirada de reojo, encendió la motocicleta y, ante la mirada perpleja de Bruno, arrancó y desapareció en la distancia.Bruno se quedó paralizado en el lugar.Siempre había sido alguien que mantenía la compostura pase lo que pase, pero ahora por dentro sentía un torbellino.Esa moto era de las mejores del mundo, la única en el país, y costaba cinco millones. Y pensar que el carro que él manejaba apenas valía dos millones. ¿Cómo era posible que Melisa, criada por una mujer de un club nocturno, tuviera una moto de cinco millones? ¿Acaso esas mujeres ganaban tanto dinero?Bruno permaneció ahí, completamente desconcertado, hasta que Melisa desapareció de su vista. Solo entonces se subió a su carro y se marchó....Cuando los carros de Melisa y Bruno desaparecieron por completo del pueblo, Giselle se puso de pie, sacudió el polvo de su ropa y marcó un número en su teléfono.—Salimos mañana temprano.Cuando Melisa y Bruno llegaron, el cielo ya comenzaba a oscurecer.Bruno miró de reojo a Melisa, quien se había quitado el casco y lo colgó sin cuidado en la parte delantera de su moto, sacudiendo su melena con esa soltura tan suya. Él, que venía manejando un carro, ni siquiera podía comprender cómo habían llegado al mismo tiempo si ella había venido en motocicleta.La verdad era que, aunque su carro era bastante bueno, la moto de Melisa era de las más potentes. Pero lo que Bruno no sabía, es que más allá de la máquina, era la destreza de Melisa lo que marcaba la diferencia. Porque alguien sin habilidad, aunque conduzca el mejor carro, nunca podrá ir más rápido que quien sabe lo que hace.La familia Orozco la esperaba en la sala, todos sentados en un silencio extraño, casi tenso.Apenas Melisa cruzó el umbral, una voz poco amigable la recibió.—¿Tú eres Melisa?Alzó la mirada y se encontró con una mujer de unos cuarenta años, luciendo un vestido carísimo. Cada movimiento destilaba elegancia y autoridad.Era su madre, Isidora Becerra, reconocida profesora dedicada a la investigación de la inteligencia humana. Y también la persona que la había abandonado.Para todos en la familia Orozco, Melisa era la hija que había sido “entregada por error” al nacer, llevándola a crecer lejos de su verdadera familia. Pero nadie sabía la verdad: fue Isidora quien, incapaz de aceptar que su hija no había pasado la prueba de inteligencia, decidió dejarla en una montaña de la que, según decían, nadie regresaba.Solo porque Melisa, de niña, no alcanzó un puntaje alto, su madre —la experta en inteligencia— no pudo soportarlo. Así que, cuando encontró a otra niña con un IQ de ciento cincuenta y un parecido físico asombroso, la llevó a casa en lugar de su hija biológica. Melisa fue abandonada y Florencia ocupó su lugar en la familia Orozco.Melisa reprimió los recuerdos y miró a la mujer frente a ella sin mostrar ninguna emoción.¿Qué haría Isidora si supiera que, en realidad, el día del examen la máquina falló? Que, tiempo después, Giselle le hizo una nueva prueba y arrojó un resultado de 228. ¿Se arrepentiría Isidora de lo que hizo?Melisa, por primera vez en años, sintió un atisbo de expectativa.—¿Qué pasa? ¿No sabes hablar? ¿O eres muda? —Isidora frunció el ceño, y el desdén en su mirada hacia Melisa casi podía tocarse.Después de todo, nadie conocía el secreto mejor que Isidora. Fue ella misma quien llevó a Melisa a esa montaña, absolutamente convencida de que no sobreviviría. Por eso, cuando regresó con Florencia —la niña de alto IQ que se parecía tanto a Melisa— y se la presentó a la familia, nadie dudó.Llevaron a Florencia al extranjero por cuatro años y, al regresar, el tiempo había cambiado sus rasgos. Así, nadie notó que la verdadera Melisa había sido sustituida.Solo cuando la mentira de Florencia salió a la luz y se descubrió que no era hija biológica, Isidora se inventó una excusa: dijo que había habido un error en el hospital al nacer. Jamás imaginó que su suegra insistiría en buscar a Melisa.Y la verdad es que Isidora no sentía ni una pizca de culpa. Si pudiera volver atrás, haría exactamente lo mismo. No pensaba permitir que una hija “defectuosa” formara parte de su familia.Además, estaba convencida de que Melisa no recordaría nada de lo que pasó. Después de todo, apenas tenía seis años en ese entonces.—¿Así que sí eres muda? Qué desperdicio. En esta familia, todos los Orozco son unos genios, y justo vienes a salir tú, que ni hablar puedes. Seguro tampoco eres tan lista como los demás.—¿Y de qué sirve que sea lista? Escuché que la crio una mujer que trabajaba en un club nocturno, seguro que si tiene algo de cerebro, lo usa para hacer cosas de ese ambiente, no para nada bueno.—No entiendo por qué la abuela insiste en traerla de regreso. Florencia, aunque no sea de sangre, es excelente. No solo fue la más popular de la escuela, también quedó entre los mejores veinte del estado en el examen de ingreso universitario y ahora estudia en la Universidad Monarca Nova. Además, ha destacado en varios campos. ¿Qué puede hacer Melisa? Solo nos va a traer vergüenza.Las críticas llenaban la sala como enjambres de abejas. Melisa los observó uno a uno, grabando sus caras y nombres en la memoria. Siempre tuvo buena memoria y reconocía a cada uno de los presentes.Isidora, mientras tanto, escuchaba los comentarios con un gesto incómodo. Sus hijos siempre habían sido el orgullo de los Orozco, y hasta los hijos de sus cuñadas estaban bajo su supervisión, todos con buenos resultados. Solo Melisa era la excepción, la “vergüenza” que la familia se veía obligada a recibir de vuelta.

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