Tras su muerte, Violeta Bernal regresa al mundo de los vivos convertida en un espectro, solo para encontrarse con una escena insólita: Romeo Olivera, el calculador y temido heredero del imperio más influyente de Puerto San Miguel, está frente a su tumba. Con fama de ser frío y despiadado, nadie habría anticipado que él profanaría su sepultura, llevándola junto a él para acompañarlo día y noche en la intimidad de su alcoba. Sin embargo, el asombro no termina ahí. Violeta despierta de nuevo en su propio pasado, en el punto donde los eventos que culminaron en su asesinato comenzaron a tejerse. Con cada día que pasa, los hilos de una sordidez oculta se comienzan a desenredar y revelar verdades inquietantes. La conducta de Romeo, que al principio parecía incomprensible, ahora aparece cargada de motivos que exigen ser revelados. En esta segunda oportunidad que el destino le otorga, Violeta se enfrenta a decisiones que podrían cambiar el curso de su existencia. Con el misterio y la redención como aliados, emprenderá un viaje lleno de incertidumbres, en el que cada paso podría acercarla a entender el papel de Romeo y desentrañar las sombras que conspiran contra su vida.

Capítulo 1Violeta Bernal había muerto.Su alma vagaba por el cementerio, incapaz de aceptar que, siendo la hija consentida de la familia Bernal, terminara así: todo por obsesionarse con un tipo rico y desgraciado, perdiendo la vida de la peor manera posible y arrastrando a su familia a la ruina. ¡Qué ironía, qué rabia, qué risa daba su propio destino!Justo cuando su espíritu estaba a punto de desvanecerse, una figura extraña y oscura apareció de la nada ante sus ojos.A la entrada del cementerio, junto a una densa hilera de arbustos verdes, había un lujoso carro estacionado. Un hombre de porte elegante y mirada imponente bajó del vehículo, sosteniendo en brazos un enorme ramo de rosas rojas, tan fuera de lugar en ese sitio.Normalmente la gente llevaba margaritas blancas o lirios cuando visitaba tumbas, como símbolo de respeto. ¿Pero rosas rojas? Esas eran para declarar amor.Cuando el hombre se acercó un poco más, Violeta por fin pudo ver bien sus facciones.Tenía un rostro de una belleza tan impecable que parecía esculpido por los ángeles: cejas firmes como montañas lejanas, ojos alargados y profundos que relucían bajo las pestañas temblorosas, y una nariz perfecta. Los labios, apenas apretados, dibujaban una curva elegante hasta la mandíbula, formando una cara tan perfecta que provocaba envidia hasta en el mismísimo Dios.El alma de Violeta se quedó helada. ¿No era ese Romeo Olivera, el heredero más poderoso y respetado de la familia Olivera, la familia más rica de Puerto San Miguel?¿Qué hacía él ahí? ¿Por qué estaba parado precisamente frente a la tumba de Violeta Bernal?Violeta lo miró, confundida, mientras él se arrodillaba con una rodilla frente a la lápida y colocaba las rosas rojas justo sobre su nombre. Sus ojos, profundos, se clavaron en la foto en blanco y negro grabada en la lápida. Las pestañas le temblaban sin control, y una sonrisa extraña se dibujó en su boca.¿Qué significaba esa sonrisa?¿Estaba feliz de que ella hubiera muerto?Pero entonces su sonrisa se fue descomponiendo poco a poco, hasta convertirse en una carcajada amarga y desgarradora. Su voz se mezcló con un susurro que parecía venir del fondo mismo del infierno, tan doloroso que ponía la piel de gallina.¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué parecía reír, pero al mismo tiempo, sufrir como si lo estuvieran destrozando por dentro?De repente, Romeo escupió un chorro de sangre sobre la lápida, manchando con rojo vivo el nombre de "Violeta" tallado en la piedra.—Jorge Morales, ¿ya llegaron todos?—Sí, presidente Olivera, todos ya están aquí…La mirada de Jorge estaba llena de pesar mientras veía acercarse por el camino del cementerio una excavadora, una grúa y un camión de carga, todos adornados con flores negras. Incluso los conductores llevaban trajes oscuros y sobrios.—¡Oigan, ¿qué van a hacer?!—¡Oye, Olivera! ¡Tú y yo nunca tuvimos problemas! ¡¿Qué demonios pretendes hacer?!—¡Estás loco! ¡Desgraciado! ¡Aléjate de mi tumba!Violeta intentó arrancar al hombre de rodillas frente a su tumba, pero por más que luchaba y gritaba, sus manos fantasmales lo atravesaban sin lograr nada.Pronto, el sonido de las máquinas encendiéndose llenó el aire.Con los “ojos de fantasma” bien abiertos, Violeta observaba impotente cómo comenzaban a excavar su tumba. En cuestión de minutos, desenterraron su ataúd y lo pusieron sobre el césped.En el instante en que Romeo vio el ataúd, su autocontrol se rompió de golpe. Se levantó tan rápido que casi se cae, pero se tambaleó hasta llegar junto a él.—Violeta, Violeta…Su voz temblaba, y con los dedos inseguros acarició el ataúd cubierto de tierra. Sin dudarlo, se quitó el saco y comenzó a limpiar, uno a uno, los restos de barro y polvo con absoluto cuidado.—Presidente Olivera, por favor, cálmese. La señorita Bernal… ella ya se fue.Jorge, incapaz de ver tanta pena, habló en voz baja.—¡Lárgate!Romeo gruñó, con los ojos enrojecidos por la rabia. Sus manos temblaban mientras acariciaba el ataúd como si fuera lo más valioso del mundo.—¡Violeta no está muerta! ¡No está muerta! ¡Sigue viva, sigue viva!—¡Me la voy a llevar! ¡Me la voy a llevar de aquí!Al poco tiempo, el ataúd fue subido al camión. El alma de Violeta, furiosa y sin poder hacer nada, se sintió arrastrada de golpe de regreso al interior del ataúd, y así terminó siendo llevada a la mansión de Romeo.Al regresar a la mansión, Violeta abrió los ojos de par en par, horrorizada. Romeo sacó su cadáver del ataúd y lo colocó, con sumo cuidado, dentro de un ataúd de cristal carísimo.Para colmo, el ataúd de cristal estaba justo al lado de la cama de Romeo, en su propia recámara.¡No podía ser! ¿Acaso este tipo había estado obsesionado con ella en vida y, como no pudo tenerla, ahora quería tenerla a la fuerza después de muerta? ¡¿Qué clase de locura era esa?!¡Dios mío! ¿Qué había hecho ella para merecer semejante tragedia? No solo había muerto de una forma horrible, sino que ahora, ni muerta podía descansar en paz.Romeo era el heredero de la familia Olivera, la más poderosa de Puerto San Miguel, con una fortuna de miles de millones. En solo tres años, había llevado a la Fundación Refugio Contigo y a la familia Olivera a la lista de los tres más ricos del mundo. Pero su carácter era sombrío y despiadado; la gente le temía por sus métodos.Pero, en realidad, Violeta apenas había tenido trato con él. Lo único que recordaba era que, cuando eran niños, lo defendió una vez de unos bullies y, por hacerse la valiente, terminó con la pierna lastimada.Si no fuera porque en la muerte la memoria se le aclaró tanto, ni siquiera habría recordado ese detalle.Decían que él la había pasado muy mal de niño y que, con el tiempo, se hizo cada vez más temido. Alguna vez oyó rumores de que salía con la famosa actriz Alicia Bernal, pero eso no tenía nada que ver con ella.¡Vaya ingrato! ¡Encima ella fue su salvadora y él la trataba así!En la habitación, junto al ataúd de cristal, Romeo sostenía un ramo de rosas rojas y la miraba con una obsesión perturbadora. En sus labios se dibujaba una sonrisa torcida, casi enfermiza.—Violeta, espérame. Cuando termine de mandar al infierno a todos los que te lastimaron, iré contigo. ¿Te parece?Violeta.No camines tan rápido en el camino al más allá… no quiero perderte jamás.Romeo siempre regresaba a casa muy tarde.Pero en cuanto llegaba, se encerraba en su cuarto y se quedaba mirando fijamente a Violeta, quien yacía dentro del féretro de cristal. A veces, se podía pasar ahí toda la noche.Violeta pensaba que, si todavía estuviera viva, ya se habría muerto del susto.Y es que Romeo de verdad tenía algo perturbador; en más de una ocasión, se metió él mismo al ataúd, abrazándola como si fueran pareja, y se quedaba dormido junto a ella. Violeta, ya siendo fantasma, no se atrevía ni a cerrar los ojos, aterrada de que al tipo se le fuera la cabeza y tratara de hacerle algo todavía más raro.Pasaron algunos días. Una noche, en medio de una oscuridad que parecía tragarse todo, la llevaron al mar. El viento helado casi le arrancaba el alma. En la cubierta del barco, dos personas estaban de rodillas, atadas de pies y manos, llenos de moretones y heridas por todo el cuerpo.Al ver bien quién era, Violeta sintió que hasta el alma le temblaba.Ese hombre era Nicolás Silva, su prometido de toda la vida, el mismo con quien creció y a quien amó durante tantos años.Pero al final, Nicolás no solo provocó la muerte de sus dos hermanos, también orilló a su madre al suicidio, le robó a su padre el Grupo Bernal, la empresa que había construido con tanto esfuerzo… Y cuando Violeta descubrió que él tenía una amante misteriosa, intentó cancelar el compromiso. Nicolás entonces planeó el accidente de carro que terminó con su vida.Pero la mujer que estaba junto a él… ¿No era Alicia, la famosa actriz?¿Qué hacía ella en ese lugar?—¡Ay… Romeo! ¡Romeo, por favor, déjame ir! ¡Te lo suplico, no me hagas daño!Alicia, con el rostro y el cuerpo cubiertos de golpes, las manos amarradas detrás de la espalda y la cara llena de terror, suplicaba:—¡Romeo! Tienes que creerme, yo… yo no tengo nada que ver con Nicolás. ¡Te juro que solo te amo a ti!—Él es el que nunca me deja en paz, yo… yo solo me vi con él porque ya no supe cómo quitármelo de encima. ¡Romeo, te lo juro que desde el principio hasta ahora, solo te he amado a ti! ¡Por favor, créeme!Alicia chillaba y trataba de alejarse lo más posible de Nicolás, como si temiera que acercarse siquiera un poco más fuera a desatar la furia de ese demonio encarnado.Cerca de la baranda, bajo la luz de la lámpara, un hombre manipulaba una pulsera que claramente había quitado de la mano de Violeta. Su sombra se proyectaba larga y siniestra sobre la cubierta.—Ja.Soltó una risa burlona.—Alicia, si no fueras la hermana de ella, ¿crees que te habría dejado acercarte a mí siquiera?Lo dijo con un tono tan sarcástico que esas palabras le pegaron a Alicia como una bofetada.—Pensé que sabrías conformarte, que dejarías de buscarle problemas. Pensé… que si la dejaba estar con la persona que quería, sería la mejor muestra de respeto para ella.La voz de Romeo resonaba entrecortada, entre tristeza y rabia, y Violeta sintió una sacudida que atravesó su ser.¿Qué estaba diciendo? ¿Bernal? ¿Alicia es su hermana?Violeta recordaba bien que su padre alguna vez le confesó, con lágrimas en los ojos, que había tenido una hija fuera del matrimonio, pero le juró que todo había sido un error, que amaba a su madre y que nunca volvería a pasar algo así. Violeta nunca le dijo nada a su madre para no arruinar la imagen que tenía de su papá.Tampoco le interesaba saber quién era esa otra hija. Mientras cada quien viviera su vida, ¿qué importaba saberlo o no?—Pero lo que nunca debiste hacer fue meterte con Nicolás y provocar la muerte de ella…La voz de Romeo se volvió tan escalofriante que a todos se les congeló la sangre. De pronto, tomó el cuchillo que uno de sus hombres le tendió y, ante los gritos de horror de Alicia, le cortó la cara, ambas muñecas y las piernas.—Échenla al mar, que le sirva de alimento a los tiburones.El alarido de Alicia rompió el silencio del océano.Violeta, espantada, se cubrió los ojos. Ni de muerta hubiera estado preparada para ver algo así. Por más que no le quedaba claro todo el asunto de la hermana, como mujer, esa escena le pareció brutal.En esa zona del mar sí había tiburones, y con la cantidad de sangre que Alicia estaba perdiendo, era cuestión de minutos para que aparecieran.En efecto, poco después un tiburón enorme, con la boca llena de dientes afilados, se abalanzó sobre Alicia y la partió en dos.Violeta sintió que el susto la iba a hacer desaparecer de este mundo de fantasmas.—¡Ay, Diosito! ¡Esto sí es para morirse otra vez!Mientras tanto, Nicolás ya se había desmayado, y en el pantalón tenía una gran mancha húmeda que dejaba poco a la imaginación.—Violeta, todos los que ayudaron a Nicolás a hacerle daño a ti y a la familia Bernal, ya los arreglé. Solo falta él.—Quiero que lo veas. Quiero que veas cómo muere.Romeo sonrió con locura, la mirada encendida de una determinación casi demencial, girando la punta del cuchillo en su mano mientras avanzaba hacia Nicolás.—Nicolás, la mujer que yo valoré tanto que ni siquiera me atrevía a rozar… ¿Cómo te atreviste a tratarla así? ¿Cómo te atreviste…?Nicolás despertó del dolor, miró su propio estado lamentable, y volvió a desmayarse. Pero lo despertaron de nuevo, hasta que le ataron las manos y lo colgaron sobre el mar.El viento sacudía su cuerpo, que oscilaba de un lado a otro, y la sangre goteaba al agua, atrayendo a los tiburones una vez más…Violeta se quedó paralizada. Ella, al menos, tuvo un cuerpo entero cuando cayó al mar. Pero esos dos, después de tanto sufrimiento, acabaron de la forma más atroz.¿Qué clase de amor era ese que Romeo sentía por ella?—Violeta, ya están muertos… todos los que te lastimaron ya se fueron. Pero no te preocupes, no voy a dejar que sigan haciéndote daño… Yo… voy a ir a acompañarte.El viento levantó el cabello de Romeo. Sus ojos, cansados pero profundos, estaban fijos en Violeta. Con una devoción casi enfermiza, acarició su mejilla helada y, con una sonrisa desquiciada, la besó en los labios pálidos.En ese momento, Romeo sacó una pistola del bolsillo de su chaqueta, la apuntó a su sien…—¡No, no quiero! —Violeta sintió que podía levantarse de la tumba de la pura impresión.No, ¡ella no quería que él muriera!—¿Violeta? ¡Violeta! Por fin despertaste, tu madre ya casi se nos va del susto.—Violeta, tú no sabes nadar, ¿podrías, por favor, mantenerte lejos del agua de ahora en adelante? Si vuelve a pasarte algo, ¿cómo crees que tu hermano va a sobrevivir el resto de su vida?—Ay, niña, tu hermano mayor te lo suplica, ¿puedes mantenerte lejos de ese tal Nicolás? Siempre que te juntas con él, terminas en problemas.Violeta se quedó inmóvil, como si la hubieran petrificado. Miró la escena frente a ella, y los regaños y la preocupación que llenaban el ambiente eran las voces que había escuchado toda su vida, tan familiares como su propia respiración.Su hermano mayor y su hermano menor eran gemelos. Desde pequeños se la pasaron peleando, pero desde que ella nació, los dos se pusieron de acuerdo como nunca y la cuidaban como si fuera un tesoro.¿Qué estaba pasando?¿No se suponía que ella ya había muerto? ¿Por qué podía ver a su hermano mayor y a su hermano menor, a sus papás, y encima todos lucían más jóvenes, como si hubieran retrocedido varios años?¿No había sido que su hermano mayor terminó en prisión por culpa de Nicolás, que su hermano menor tuvo un accidente buscando a Violeta y que su mamá, incapaz de soportar tantas desgracias, terminó perdiendo la vida?—¿Violeta? ¿Violeta? Oye, Carlos, ¿no será que nuestra hermana se golpeó la cabeza y ahora se quedó ida?Al verla tan pasmada, Dante Bernal se levantó de golpe, la tensión marcándose en su cara, que normalmente inspiraba confianza y ahora solo mostraba preocupación.—Hazte a un lado, no digas tonterías. La que está mal eres tú. Nuestra Violeta siempre ha sido la más lista, la más aplicada, la más despierta. ¿O ya se te olvidó que nunca le has ganado en ningún examen? —Carlos Bernal, como siempre, defendió a su hermana y le dio un manotazo suave a la cabeza de Dante, lanzando una mirada de cachorro enfurruñado.En un rincón, el señor Bernal, entre preocupado y sintiéndose culpable, palmeó el hombro de su esposa. Miró a Violeta con el corazón apretado y soltó un suspiro.—Violeta, mi niña, pase lo que pase, tu madre y yo vamos a buscar la mejor solución. Tienes que confiar en nosotros, todo va a estar bien.Apenas oyó eso, la señora Bernal no pudo contener las lágrimas y empezó a llorar de puro sentimiento.Solo entonces Violeta logró salir de su asombro. Se pellizcó la pierna con fuerza, sintiendo el dolor recorrerle la piel.¡Dios mío!No era un sueño. Había regresado de verdad.¡Y había vuelto al día de su cumpleaños número diecinueve! El destino, o quien fuera, le estaba regalando otra oportunidad para cambiarlo todo.Todo seguía intacto. Todo estaba bien aún.Esa idea la hizo temblar. La emoción la ahogó, los ojos se le llenaron de lágrimas y, sin pensarlo, se lanzó a abrazar al hermano que tenía más cerca: Dante.—¡Hermano, te extrañé tanto!Había regresado. De verdad, había regresado.Nicolás, esta vez voy a asegurarme de que pagues por todo. Te voy a mandar directo al infierno con mis propias manos.Y Alicia, esa que siempre fingió ser intachable, ¿cuántas cosas asquerosas hiciste a mis espaldas con Nicolás la otra vida? Esta vez, te lo voy a cobrar todo, hasta el último centavo.Y Romeo…Al recordar la última vez que él la abrazó, el instante en que se apuntó a la cabeza con el arma, la desesperación de aquel momento volvió a apretarle el pecho.Esta vez, lo iba a cuidar. Iba a hacer todo lo posible para que no volviera a terminar así. No lo iba a dejar solo nunca más.Carlos, al ver a su hermana tan emocionada, no pudo evitar que se le escapara una sonrisita. Le revolvió el cabello con cariño y le habló con voz suave.—Yo también te extrañé, Violeta. Pero, oye, soy tu hermano menor. La próxima vez que te equivoques, me vas a romper el corazón, ¿eh?Capítulo 2Violeta Bernal había muerto.Su alma vagaba por el cementerio, incapaz de aceptar que, siendo la hija consentida de la familia Bernal, terminara así: todo por obsesionarse con un tipo rico y desgraciado, perdiendo la vida de la peor manera posible y arrastrando a su familia a la ruina. ¡Qué ironía, qué rabia, qué risa daba su propio destino!Justo cuando su espíritu estaba a punto de desvanecerse, una figura extraña y oscura apareció de la nada ante sus ojos.A la entrada del cementerio, junto a una densa hilera de arbustos verdes, había un lujoso carro estacionado. Un hombre de porte elegante y mirada imponente bajó del vehículo, sosteniendo en brazos un enorme ramo de rosas rojas, tan fuera de lugar en ese sitio.Normalmente la gente llevaba margaritas blancas o lirios cuando visitaba tumbas, como símbolo de respeto. ¿Pero rosas rojas? Esas eran para declarar amor.Cuando el hombre se acercó un poco más, Violeta por fin pudo ver bien sus facciones.Tenía un rostro de una belleza tan impecable que parecía esculpido por los ángeles: cejas firmes como montañas lejanas, ojos alargados y profundos que relucían bajo las pestañas temblorosas, y una nariz perfecta. Los labios, apenas apretados, dibujaban una curva elegante hasta la mandíbula, formando una cara tan perfecta que provocaba envidia hasta en el mismísimo Dios.El alma de Violeta se quedó helada. ¿No era ese Romeo Olivera, el heredero más poderoso y respetado de la familia Olivera, la familia más rica de Puerto San Miguel?¿Qué hacía él ahí? ¿Por qué estaba parado precisamente frente a la tumba de Violeta Bernal?Violeta lo miró, confundida, mientras él se arrodillaba con una rodilla frente a la lápida y colocaba las rosas rojas justo sobre su nombre. Sus ojos, profundos, se clavaron en la foto en blanco y negro grabada en la lápida. Las pestañas le temblaban sin control, y una sonrisa extraña se dibujó en su boca.¿Qué significaba esa sonrisa?¿Estaba feliz de que ella hubiera muerto?Pero entonces su sonrisa se fue descomponiendo poco a poco, hasta convertirse en una carcajada amarga y desgarradora. Su voz se mezcló con un susurro que parecía venir del fondo mismo del infierno, tan doloroso que ponía la piel de gallina.¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué parecía reír, pero al mismo tiempo, sufrir como si lo estuvieran destrozando por dentro?De repente, Romeo escupió un chorro de sangre sobre la lápida, manchando con rojo vivo el nombre de "Violeta" tallado en la piedra.—Jorge Morales, ¿ya llegaron todos?—Sí, presidente Olivera, todos ya están aquí…La mirada de Jorge estaba llena de pesar mientras veía acercarse por el camino del cementerio una excavadora, una grúa y un camión de carga, todos adornados con flores negras. Incluso los conductores llevaban trajes oscuros y sobrios.—¡Oigan, ¿qué van a hacer?!—¡Oye, Olivera! ¡Tú y yo nunca tuvimos problemas! ¡¿Qué demonios pretendes hacer?!—¡Estás loco! ¡Desgraciado! ¡Aléjate de mi tumba!Violeta intentó arrancar al hombre de rodillas frente a su tumba, pero por más que luchaba y gritaba, sus manos fantasmales lo atravesaban sin lograr nada.Pronto, el sonido de las máquinas encendiéndose llenó el aire.Con los “ojos de fantasma” bien abiertos, Violeta observaba impotente cómo comenzaban a excavar su tumba. En cuestión de minutos, desenterraron su ataúd y lo pusieron sobre el césped.En el instante en que Romeo vio el ataúd, su autocontrol se rompió de golpe. Se levantó tan rápido que casi se cae, pero se tambaleó hasta llegar junto a él.—Violeta, Violeta…Su voz temblaba, y con los dedos inseguros acarició el ataúd cubierto de tierra. Sin dudarlo, se quitó el saco y comenzó a limpiar, uno a uno, los restos de barro y polvo con absoluto cuidado.—Presidente Olivera, por favor, cálmese. La señorita Bernal… ella ya se fue.Jorge, incapaz de ver tanta pena, habló en voz baja.—¡Lárgate!Romeo gruñó, con los ojos enrojecidos por la rabia. Sus manos temblaban mientras acariciaba el ataúd como si fuera lo más valioso del mundo.—¡Violeta no está muerta! ¡No está muerta! ¡Sigue viva, sigue viva!—¡Me la voy a llevar! ¡Me la voy a llevar de aquí!Al poco tiempo, el ataúd fue subido al camión. El alma de Violeta, furiosa y sin poder hacer nada, se sintió arrastrada de golpe de regreso al interior del ataúd, y así terminó siendo llevada a la mansión de Romeo.Al regresar a la mansión, Violeta abrió los ojos de par en par, horrorizada. Romeo sacó su cadáver del ataúd y lo colocó, con sumo cuidado, dentro de un ataúd de cristal carísimo.Para colmo, el ataúd de cristal estaba justo al lado de la cama de Romeo, en su propia recámara.¡No podía ser! ¿Acaso este tipo había estado obsesionado con ella en vida y, como no pudo tenerla, ahora quería tenerla a la fuerza después de muerta? ¡¿Qué clase de locura era esa?!¡Dios mío! ¿Qué había hecho ella para merecer semejante tragedia? No solo había muerto de una forma horrible, sino que ahora, ni muerta podía descansar en paz.Romeo era el heredero de la familia Olivera, la más poderosa de Puerto San Miguel, con una fortuna de miles de millones. En solo tres años, había llevado a la Fundación Refugio Contigo y a la familia Olivera a la lista de los tres más ricos del mundo. Pero su carácter era sombrío y despiadado; la gente le temía por sus métodos.Pero, en realidad, Violeta apenas había tenido trato con él. Lo único que recordaba era que, cuando eran niños, lo defendió una vez de unos bullies y, por hacerse la valiente, terminó con la pierna lastimada.Si no fuera porque en la muerte la memoria se le aclaró tanto, ni siquiera habría recordado ese detalle.Decían que él la había pasado muy mal de niño y que, con el tiempo, se hizo cada vez más temido. Alguna vez oyó rumores de que salía con la famosa actriz Alicia Bernal, pero eso no tenía nada que ver con ella.¡Vaya ingrato! ¡Encima ella fue su salvadora y él la trataba así!En la habitación, junto al ataúd de cristal, Romeo sostenía un ramo de rosas rojas y la miraba con una obsesión perturbadora. En sus labios se dibujaba una sonrisa torcida, casi enfermiza.—Violeta, espérame. Cuando termine de mandar al infierno a todos los que te lastimaron, iré contigo. ¿Te parece?Violeta.No camines tan rápido en el camino al más allá… no quiero perderte jamás.Romeo siempre regresaba a casa muy tarde.Pero en cuanto llegaba, se encerraba en su cuarto y se quedaba mirando fijamente a Violeta, quien yacía dentro del féretro de cristal. A veces, se podía pasar ahí toda la noche.Violeta pensaba que, si todavía estuviera viva, ya se habría muerto del susto.Y es que Romeo de verdad tenía algo perturbador; en más de una ocasión, se metió él mismo al ataúd, abrazándola como si fueran pareja, y se quedaba dormido junto a ella. Violeta, ya siendo fantasma, no se atrevía ni a cerrar los ojos, aterrada de que al tipo se le fuera la cabeza y tratara de hacerle algo todavía más raro.Pasaron algunos días. Una noche, en medio de una oscuridad que parecía tragarse todo, la llevaron al mar. El viento helado casi le arrancaba el alma. En la cubierta del barco, dos personas estaban de rodillas, atadas de pies y manos, llenos de moretones y heridas por todo el cuerpo.Al ver bien quién era, Violeta sintió que hasta el alma le temblaba.Ese hombre era Nicolás Silva, su prometido de toda la vida, el mismo con quien creció y a quien amó durante tantos años.Pero al final, Nicolás no solo provocó la muerte de sus dos hermanos, también orilló a su madre al suicidio, le robó a su padre el Grupo Bernal, la empresa que había construido con tanto esfuerzo… Y cuando Violeta descubrió que él tenía una amante misteriosa, intentó cancelar el compromiso. Nicolás entonces planeó el accidente de carro que terminó con su vida.Pero la mujer que estaba junto a él… ¿No era Alicia, la famosa actriz?¿Qué hacía ella en ese lugar?—¡Ay… Romeo! ¡Romeo, por favor, déjame ir! ¡Te lo suplico, no me hagas daño!Alicia, con el rostro y el cuerpo cubiertos de golpes, las manos amarradas detrás de la espalda y la cara llena de terror, suplicaba:—¡Romeo! Tienes que creerme, yo… yo no tengo nada que ver con Nicolás. ¡Te juro que solo te amo a ti!—Él es el que nunca me deja en paz, yo… yo solo me vi con él porque ya no supe cómo quitármelo de encima. ¡Romeo, te lo juro que desde el principio hasta ahora, solo te he amado a ti! ¡Por favor, créeme!Alicia chillaba y trataba de alejarse lo más posible de Nicolás, como si temiera que acercarse siquiera un poco más fuera a desatar la furia de ese demonio encarnado.Cerca de la baranda, bajo la luz de la lámpara, un hombre manipulaba una pulsera que claramente había quitado de la mano de Violeta. Su sombra se proyectaba larga y siniestra sobre la cubierta.—Ja.Soltó una risa burlona.—Alicia, si no fueras la hermana de ella, ¿crees que te habría dejado acercarte a mí siquiera?Lo dijo con un tono tan sarcástico que esas palabras le pegaron a Alicia como una bofetada.—Pensé que sabrías conformarte, que dejarías de buscarle problemas. Pensé… que si la dejaba estar con la persona que quería, sería la mejor muestra de respeto para ella.La voz de Romeo resonaba entrecortada, entre tristeza y rabia, y Violeta sintió una sacudida que atravesó su ser.¿Qué estaba diciendo? ¿Bernal? ¿Alicia es su hermana?Violeta recordaba bien que su padre alguna vez le confesó, con lágrimas en los ojos, que había tenido una hija fuera del matrimonio, pero le juró que todo había sido un error, que amaba a su madre y que nunca volvería a pasar algo así. Violeta nunca le dijo nada a su madre para no arruinar la imagen que tenía de su papá.Tampoco le interesaba saber quién era esa otra hija. Mientras cada quien viviera su vida, ¿qué importaba saberlo o no?—Pero lo que nunca debiste hacer fue meterte con Nicolás y provocar la muerte de ella…La voz de Romeo se volvió tan escalofriante que a todos se les congeló la sangre. De pronto, tomó el cuchillo que uno de sus hombres le tendió y, ante los gritos de horror de Alicia, le cortó la cara, ambas muñecas y las piernas.—Échenla al mar, que le sirva de alimento a los tiburones.El alarido de Alicia rompió el silencio del océano.Violeta, espantada, se cubrió los ojos. Ni de muerta hubiera estado preparada para ver algo así. Por más que no le quedaba claro todo el asunto de la hermana, como mujer, esa escena le pareció brutal.En esa zona del mar sí había tiburones, y con la cantidad de sangre que Alicia estaba perdiendo, era cuestión de minutos para que aparecieran.En efecto, poco después un tiburón enorme, con la boca llena de dientes afilados, se abalanzó sobre Alicia y la partió en dos.Violeta sintió que el susto la iba a hacer desaparecer de este mundo de fantasmas.—¡Ay, Diosito! ¡Esto sí es para morirse otra vez!Mientras tanto, Nicolás ya se había desmayado, y en el pantalón tenía una gran mancha húmeda que dejaba poco a la imaginación.—Violeta, todos los que ayudaron a Nicolás a hacerle daño a ti y a la familia Bernal, ya los arreglé. Solo falta él.—Quiero que lo veas. Quiero que veas cómo muere.Romeo sonrió con locura, la mirada encendida de una determinación casi demencial, girando la punta del cuchillo en su mano mientras avanzaba hacia Nicolás.—Nicolás, la mujer que yo valoré tanto que ni siquiera me atrevía a rozar… ¿Cómo te atreviste a tratarla así? ¿Cómo te atreviste…?Nicolás despertó del dolor, miró su propio estado lamentable, y volvió a desmayarse. Pero lo despertaron de nuevo, hasta que le ataron las manos y lo colgaron sobre el mar.El viento sacudía su cuerpo, que oscilaba de un lado a otro, y la sangre goteaba al agua, atrayendo a los tiburones una vez más…Violeta se quedó paralizada. Ella, al menos, tuvo un cuerpo entero cuando cayó al mar. Pero esos dos, después de tanto sufrimiento, acabaron de la forma más atroz.¿Qué clase de amor era ese que Romeo sentía por ella?—Violeta, ya están muertos… todos los que te lastimaron ya se fueron. Pero no te preocupes, no voy a dejar que sigan haciéndote daño… Yo… voy a ir a acompañarte.El viento levantó el cabello de Romeo. Sus ojos, cansados pero profundos, estaban fijos en Violeta. Con una devoción casi enfermiza, acarició su mejilla helada y, con una sonrisa desquiciada, la besó en los labios pálidos.En ese momento, Romeo sacó una pistola del bolsillo de su chaqueta, la apuntó a su sien…—¡No, no quiero! —Violeta sintió que podía levantarse de la tumba de la pura impresión.No, ¡ella no quería que él muriera!—¿Violeta? ¡Violeta! Por fin despertaste, tu madre ya casi se nos va del susto.—Violeta, tú no sabes nadar, ¿podrías, por favor, mantenerte lejos del agua de ahora en adelante? Si vuelve a pasarte algo, ¿cómo crees que tu hermano va a sobrevivir el resto de su vida?—Ay, niña, tu hermano mayor te lo suplica, ¿puedes mantenerte lejos de ese tal Nicolás? Siempre que te juntas con él, terminas en problemas.Violeta se quedó inmóvil, como si la hubieran petrificado. Miró la escena frente a ella, y los regaños y la preocupación que llenaban el ambiente eran las voces que había escuchado toda su vida, tan familiares como su propia respiración.Su hermano mayor y su hermano menor eran gemelos. Desde pequeños se la pasaron peleando, pero desde que ella nació, los dos se pusieron de acuerdo como nunca y la cuidaban como si fuera un tesoro.¿Qué estaba pasando?¿No se suponía que ella ya había muerto? ¿Por qué podía ver a su hermano mayor y a su hermano menor, a sus papás, y encima todos lucían más jóvenes, como si hubieran retrocedido varios años?¿No había sido que su hermano mayor terminó en prisión por culpa de Nicolás, que su hermano menor tuvo un accidente buscando a Violeta y que su mamá, incapaz de soportar tantas desgracias, terminó perdiendo la vida?—¿Violeta? ¿Violeta? Oye, Carlos, ¿no será que nuestra hermana se golpeó la cabeza y ahora se quedó ida?Al verla tan pasmada, Dante Bernal se levantó de golpe, la tensión marcándose en su cara, que normalmente inspiraba confianza y ahora solo mostraba preocupación.—Hazte a un lado, no digas tonterías. La que está mal eres tú. Nuestra Violeta siempre ha sido la más lista, la más aplicada, la más despierta. ¿O ya se te olvidó que nunca le has ganado en ningún examen? —Carlos Bernal, como siempre, defendió a su hermana y le dio un manotazo suave a la cabeza de Dante, lanzando una mirada de cachorro enfurruñado.En un rincón, el señor Bernal, entre preocupado y sintiéndose culpable, palmeó el hombro de su esposa. Miró a Violeta con el corazón apretado y soltó un suspiro.—Violeta, mi niña, pase lo que pase, tu madre y yo vamos a buscar la mejor solución. Tienes que confiar en nosotros, todo va a estar bien.Apenas oyó eso, la señora Bernal no pudo contener las lágrimas y empezó a llorar de puro sentimiento.Solo entonces Violeta logró salir de su asombro. Se pellizcó la pierna con fuerza, sintiendo el dolor recorrerle la piel.¡Dios mío!No era un sueño. Había regresado de verdad.¡Y había vuelto al día de su cumpleaños número diecinueve! El destino, o quien fuera, le estaba regalando otra oportunidad para cambiarlo todo.Todo seguía intacto. Todo estaba bien aún.Esa idea la hizo temblar. La emoción la ahogó, los ojos se le llenaron de lágrimas y, sin pensarlo, se lanzó a abrazar al hermano que tenía más cerca: Dante.—¡Hermano, te extrañé tanto!Había regresado. De verdad, había regresado.Nicolás, esta vez voy a asegurarme de que pagues por todo. Te voy a mandar directo al infierno con mis propias manos.Y Alicia, esa que siempre fingió ser intachable, ¿cuántas cosas asquerosas hiciste a mis espaldas con Nicolás la otra vida? Esta vez, te lo voy a cobrar todo, hasta el último centavo.Y Romeo…Al recordar la última vez que él la abrazó, el instante en que se apuntó a la cabeza con el arma, la desesperación de aquel momento volvió a apretarle el pecho.Esta vez, lo iba a cuidar. Iba a hacer todo lo posible para que no volviera a terminar así. No lo iba a dejar solo nunca más.Carlos, al ver a su hermana tan emocionada, no pudo evitar que se le escapara una sonrisita. Le revolvió el cabello con cariño y le habló con voz suave.—Yo también te extrañé, Violeta. Pero, oye, soy tu hermano menor. La próxima vez que te equivoques, me vas a romper el corazón, ¿eh?Capítulo 3Violeta Bernal había muerto.Su alma vagaba por el cementerio, incapaz de aceptar que, siendo la hija consentida de la familia Bernal, terminara así: todo por obsesionarse con un tipo rico y desgraciado, perdiendo la vida de la peor manera posible y arrastrando a su familia a la ruina. ¡Qué ironía, qué rabia, qué risa daba su propio destino!Justo cuando su espíritu estaba a punto de desvanecerse, una figura extraña y oscura apareció de la nada ante sus ojos.A la entrada del cementerio, junto a una densa hilera de arbustos verdes, había un lujoso carro estacionado. Un hombre de porte elegante y mirada imponente bajó del vehículo, sosteniendo en brazos un enorme ramo de rosas rojas, tan fuera de lugar en ese sitio.Normalmente la gente llevaba margaritas blancas o lirios cuando visitaba tumbas, como símbolo de respeto. ¿Pero rosas rojas? Esas eran para declarar amor.Cuando el hombre se acercó un poco más, Violeta por fin pudo ver bien sus facciones.Tenía un rostro de una belleza tan impecable que parecía esculpido por los ángeles: cejas firmes como montañas lejanas, ojos alargados y profundos que relucían bajo las pestañas temblorosas, y una nariz perfecta. Los labios, apenas apretados, dibujaban una curva elegante hasta la mandíbula, formando una cara tan perfecta que provocaba envidia hasta en el mismísimo Dios.El alma de Violeta se quedó helada. ¿No era ese Romeo Olivera, el heredero más poderoso y respetado de la familia Olivera, la familia más rica de Puerto San Miguel?¿Qué hacía él ahí? ¿Por qué estaba parado precisamente frente a la tumba de Violeta Bernal?Violeta lo miró, confundida, mientras él se arrodillaba con una rodilla frente a la lápida y colocaba las rosas rojas justo sobre su nombre. Sus ojos, profundos, se clavaron en la foto en blanco y negro grabada en la lápida. Las pestañas le temblaban sin control, y una sonrisa extraña se dibujó en su boca.¿Qué significaba esa sonrisa?¿Estaba feliz de que ella hubiera muerto?Pero entonces su sonrisa se fue descomponiendo poco a poco, hasta convertirse en una carcajada amarga y desgarradora. Su voz se mezcló con un susurro que parecía venir del fondo mismo del infierno, tan doloroso que ponía la piel de gallina.¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué parecía reír, pero al mismo tiempo, sufrir como si lo estuvieran destrozando por dentro?De repente, Romeo escupió un chorro de sangre sobre la lápida, manchando con rojo vivo el nombre de "Violeta" tallado en la piedra.—Jorge Morales, ¿ya llegaron todos?—Sí, presidente Olivera, todos ya están aquí…La mirada de Jorge estaba llena de pesar mientras veía acercarse por el camino del cementerio una excavadora, una grúa y un camión de carga, todos adornados con flores negras. Incluso los conductores llevaban trajes oscuros y sobrios.—¡Oigan, ¿qué van a hacer?!—¡Oye, Olivera! ¡Tú y yo nunca tuvimos problemas! ¡¿Qué demonios pretendes hacer?!—¡Estás loco! ¡Desgraciado! ¡Aléjate de mi tumba!Violeta intentó arrancar al hombre de rodillas frente a su tumba, pero por más que luchaba y gritaba, sus manos fantasmales lo atravesaban sin lograr nada.Pronto, el sonido de las máquinas encendiéndose llenó el aire.Con los “ojos de fantasma” bien abiertos, Violeta observaba impotente cómo comenzaban a excavar su tumba. En cuestión de minutos, desenterraron su ataúd y lo pusieron sobre el césped.En el instante en que Romeo vio el ataúd, su autocontrol se rompió de golpe. Se levantó tan rápido que casi se cae, pero se tambaleó hasta llegar junto a él.—Violeta, Violeta…Su voz temblaba, y con los dedos inseguros acarició el ataúd cubierto de tierra. Sin dudarlo, se quitó el saco y comenzó a limpiar, uno a uno, los restos de barro y polvo con absoluto cuidado.—Presidente Olivera, por favor, cálmese. La señorita Bernal… ella ya se fue.Jorge, incapaz de ver tanta pena, habló en voz baja.—¡Lárgate!Romeo gruñó, con los ojos enrojecidos por la rabia. Sus manos temblaban mientras acariciaba el ataúd como si fuera lo más valioso del mundo.—¡Violeta no está muerta! ¡No está muerta! ¡Sigue viva, sigue viva!—¡Me la voy a llevar! ¡Me la voy a llevar de aquí!Al poco tiempo, el ataúd fue subido al camión. El alma de Violeta, furiosa y sin poder hacer nada, se sintió arrastrada de golpe de regreso al interior del ataúd, y así terminó siendo llevada a la mansión de Romeo.Al regresar a la mansión, Violeta abrió los ojos de par en par, horrorizada. Romeo sacó su cadáver del ataúd y lo colocó, con sumo cuidado, dentro de un ataúd de cristal carísimo.Para colmo, el ataúd de cristal estaba justo al lado de la cama de Romeo, en su propia recámara.¡No podía ser! ¿Acaso este tipo había estado obsesionado con ella en vida y, como no pudo tenerla, ahora quería tenerla a la fuerza después de muerta? ¡¿Qué clase de locura era esa?!¡Dios mío! ¿Qué había hecho ella para merecer semejante tragedia? No solo había muerto de una forma horrible, sino que ahora, ni muerta podía descansar en paz.Romeo era el heredero de la familia Olivera, la más poderosa de Puerto San Miguel, con una fortuna de miles de millones. En solo tres años, había llevado a la Fundación Refugio Contigo y a la familia Olivera a la lista de los tres más ricos del mundo. Pero su carácter era sombrío y despiadado; la gente le temía por sus métodos.Pero, en realidad, Violeta apenas había tenido trato con él. Lo único que recordaba era que, cuando eran niños, lo defendió una vez de unos bullies y, por hacerse la valiente, terminó con la pierna lastimada.Si no fuera porque en la muerte la memoria se le aclaró tanto, ni siquiera habría recordado ese detalle.Decían que él la había pasado muy mal de niño y que, con el tiempo, se hizo cada vez más temido. Alguna vez oyó rumores de que salía con la famosa actriz Alicia Bernal, pero eso no tenía nada que ver con ella.¡Vaya ingrato! ¡Encima ella fue su salvadora y él la trataba así!En la habitación, junto al ataúd de cristal, Romeo sostenía un ramo de rosas rojas y la miraba con una obsesión perturbadora. En sus labios se dibujaba una sonrisa torcida, casi enfermiza.—Violeta, espérame. Cuando termine de mandar al infierno a todos los que te lastimaron, iré contigo. ¿Te parece?Violeta.No camines tan rápido en el camino al más allá… no quiero perderte jamás.Romeo siempre regresaba a casa muy tarde.Pero en cuanto llegaba, se encerraba en su cuarto y se quedaba mirando fijamente a Violeta, quien yacía dentro del féretro de cristal. A veces, se podía pasar ahí toda la noche.Violeta pensaba que, si todavía estuviera viva, ya se habría muerto del susto.Y es que Romeo de verdad tenía algo perturbador; en más de una ocasión, se metió él mismo al ataúd, abrazándola como si fueran pareja, y se quedaba dormido junto a ella. Violeta, ya siendo fantasma, no se atrevía ni a cerrar los ojos, aterrada de que al tipo se le fuera la cabeza y tratara de hacerle algo todavía más raro.Pasaron algunos días. Una noche, en medio de una oscuridad que parecía tragarse todo, la llevaron al mar. El viento helado casi le arrancaba el alma. En la cubierta del barco, dos personas estaban de rodillas, atadas de pies y manos, llenos de moretones y heridas por todo el cuerpo.Al ver bien quién era, Violeta sintió que hasta el alma le temblaba.Ese hombre era Nicolás Silva, su prometido de toda la vida, el mismo con quien creció y a quien amó durante tantos años.Pero al final, Nicolás no solo provocó la muerte de sus dos hermanos, también orilló a su madre al suicidio, le robó a su padre el Grupo Bernal, la empresa que había construido con tanto esfuerzo… Y cuando Violeta descubrió que él tenía una amante misteriosa, intentó cancelar el compromiso. Nicolás entonces planeó el accidente de carro que terminó con su vida.Pero la mujer que estaba junto a él… ¿No era Alicia, la famosa actriz?¿Qué hacía ella en ese lugar?—¡Ay… Romeo! ¡Romeo, por favor, déjame ir! ¡Te lo suplico, no me hagas daño!Alicia, con el rostro y el cuerpo cubiertos de golpes, las manos amarradas detrás de la espalda y la cara llena de terror, suplicaba:—¡Romeo! Tienes que creerme, yo… yo no tengo nada que ver con Nicolás. ¡Te juro que solo te amo a ti!—Él es el que nunca me deja en paz, yo… yo solo me vi con él porque ya no supe cómo quitármelo de encima. ¡Romeo, te lo juro que desde el principio hasta ahora, solo te he amado a ti! ¡Por favor, créeme!Alicia chillaba y trataba de alejarse lo más posible de Nicolás, como si temiera que acercarse siquiera un poco más fuera a desatar la furia de ese demonio encarnado.Cerca de la baranda, bajo la luz de la lámpara, un hombre manipulaba una pulsera que claramente había quitado de la mano de Violeta. Su sombra se proyectaba larga y siniestra sobre la cubierta.—Ja.Soltó una risa burlona.—Alicia, si no fueras la hermana de ella, ¿crees que te habría dejado acercarte a mí siquiera?Lo dijo con un tono tan sarcástico que esas palabras le pegaron a Alicia como una bofetada.—Pensé que sabrías conformarte, que dejarías de buscarle problemas. Pensé… que si la dejaba estar con la persona que quería, sería la mejor muestra de respeto para ella.La voz de Romeo resonaba entrecortada, entre tristeza y rabia, y Violeta sintió una sacudida que atravesó su ser.¿Qué estaba diciendo? ¿Bernal? ¿Alicia es su hermana?Violeta recordaba bien que su padre alguna vez le confesó, con lágrimas en los ojos, que había tenido una hija fuera del matrimonio, pero le juró que todo había sido un error, que amaba a su madre y que nunca volvería a pasar algo así. Violeta nunca le dijo nada a su madre para no arruinar la imagen que tenía de su papá.Tampoco le interesaba saber quién era esa otra hija. Mientras cada quien viviera su vida, ¿qué importaba saberlo o no?—Pero lo que nunca debiste hacer fue meterte con Nicolás y provocar la muerte de ella…La voz de Romeo se volvió tan escalofriante que a todos se les congeló la sangre. De pronto, tomó el cuchillo que uno de sus hombres le tendió y, ante los gritos de horror de Alicia, le cortó la cara, ambas muñecas y las piernas.—Échenla al mar, que le sirva de alimento a los tiburones.El alarido de Alicia rompió el silencio del océano.Violeta, espantada, se cubrió los ojos. Ni de muerta hubiera estado preparada para ver algo así. Por más que no le quedaba claro todo el asunto de la hermana, como mujer, esa escena le pareció brutal.En esa zona del mar sí había tiburones, y con la cantidad de sangre que Alicia estaba perdiendo, era cuestión de minutos para que aparecieran.En efecto, poco después un tiburón enorme, con la boca llena de dientes afilados, se abalanzó sobre Alicia y la partió en dos.Violeta sintió que el susto la iba a hacer desaparecer de este mundo de fantasmas.—¡Ay, Diosito! ¡Esto sí es para morirse otra vez!Mientras tanto, Nicolás ya se había desmayado, y en el pantalón tenía una gran mancha húmeda que dejaba poco a la imaginación.—Violeta, todos los que ayudaron a Nicolás a hacerle daño a ti y a la familia Bernal, ya los arreglé. Solo falta él.—Quiero que lo veas. Quiero que veas cómo muere.Romeo sonrió con locura, la mirada encendida de una determinación casi demencial, girando la punta del cuchillo en su mano mientras avanzaba hacia Nicolás.—Nicolás, la mujer que yo valoré tanto que ni siquiera me atrevía a rozar… ¿Cómo te atreviste a tratarla así? ¿Cómo te atreviste…?Nicolás despertó del dolor, miró su propio estado lamentable, y volvió a desmayarse. Pero lo despertaron de nuevo, hasta que le ataron las manos y lo colgaron sobre el mar.El viento sacudía su cuerpo, que oscilaba de un lado a otro, y la sangre goteaba al agua, atrayendo a los tiburones una vez más…Violeta se quedó paralizada. Ella, al menos, tuvo un cuerpo entero cuando cayó al mar. Pero esos dos, después de tanto sufrimiento, acabaron de la forma más atroz.¿Qué clase de amor era ese que Romeo sentía por ella?—Violeta, ya están muertos… todos los que te lastimaron ya se fueron. Pero no te preocupes, no voy a dejar que sigan haciéndote daño… Yo… voy a ir a acompañarte.El viento levantó el cabello de Romeo. Sus ojos, cansados pero profundos, estaban fijos en Violeta. Con una devoción casi enfermiza, acarició su mejilla helada y, con una sonrisa desquiciada, la besó en los labios pálidos.En ese momento, Romeo sacó una pistola del bolsillo de su chaqueta, la apuntó a su sien…—¡No, no quiero! —Violeta sintió que podía levantarse de la tumba de la pura impresión.No, ¡ella no quería que él muriera!—¿Violeta? ¡Violeta! Por fin despertaste, tu madre ya casi se nos va del susto.—Violeta, tú no sabes nadar, ¿podrías, por favor, mantenerte lejos del agua de ahora en adelante? Si vuelve a pasarte algo, ¿cómo crees que tu hermano va a sobrevivir el resto de su vida?—Ay, niña, tu hermano mayor te lo suplica, ¿puedes mantenerte lejos de ese tal Nicolás? Siempre que te juntas con él, terminas en problemas.Violeta se quedó inmóvil, como si la hubieran petrificado. Miró la escena frente a ella, y los regaños y la preocupación que llenaban el ambiente eran las voces que había escuchado toda su vida, tan familiares como su propia respiración.Su hermano mayor y su hermano menor eran gemelos. Desde pequeños se la pasaron peleando, pero desde que ella nació, los dos se pusieron de acuerdo como nunca y la cuidaban como si fuera un tesoro.¿Qué estaba pasando?¿No se suponía que ella ya había muerto? ¿Por qué podía ver a su hermano mayor y a su hermano menor, a sus papás, y encima todos lucían más jóvenes, como si hubieran retrocedido varios años?¿No había sido que su hermano mayor terminó en prisión por culpa de Nicolás, que su hermano menor tuvo un accidente buscando a Violeta y que su mamá, incapaz de soportar tantas desgracias, terminó perdiendo la vida?—¿Violeta? ¿Violeta? Oye, Carlos, ¿no será que nuestra hermana se golpeó la cabeza y ahora se quedó ida?Al verla tan pasmada, Dante Bernal se levantó de golpe, la tensión marcándose en su cara, que normalmente inspiraba confianza y ahora solo mostraba preocupación.—Hazte a un lado, no digas tonterías. La que está mal eres tú. Nuestra Violeta siempre ha sido la más lista, la más aplicada, la más despierta. ¿O ya se te olvidó que nunca le has ganado en ningún examen? —Carlos Bernal, como siempre, defendió a su hermana y le dio un manotazo suave a la cabeza de Dante, lanzando una mirada de cachorro enfurruñado.En un rincón, el señor Bernal, entre preocupado y sintiéndose culpable, palmeó el hombro de su esposa. Miró a Violeta con el corazón apretado y soltó un suspiro.—Violeta, mi niña, pase lo que pase, tu madre y yo vamos a buscar la mejor solución. Tienes que confiar en nosotros, todo va a estar bien.Apenas oyó eso, la señora Bernal no pudo contener las lágrimas y empezó a llorar de puro sentimiento.Solo entonces Violeta logró salir de su asombro. Se pellizcó la pierna con fuerza, sintiendo el dolor recorrerle la piel.¡Dios mío!No era un sueño. Había regresado de verdad.¡Y había vuelto al día de su cumpleaños número diecinueve! El destino, o quien fuera, le estaba regalando otra oportunidad para cambiarlo todo.Todo seguía intacto. Todo estaba bien aún.Esa idea la hizo temblar. La emoción la ahogó, los ojos se le llenaron de lágrimas y, sin pensarlo, se lanzó a abrazar al hermano que tenía más cerca: Dante.—¡Hermano, te extrañé tanto!Había regresado. De verdad, había regresado.Nicolás, esta vez voy a asegurarme de que pagues por todo. Te voy a mandar directo al infierno con mis propias manos.Y Alicia, esa que siempre fingió ser intachable, ¿cuántas cosas asquerosas hiciste a mis espaldas con Nicolás la otra vida? Esta vez, te lo voy a cobrar todo, hasta el último centavo.Y Romeo…Al recordar la última vez que él la abrazó, el instante en que se apuntó a la cabeza con el arma, la desesperación de aquel momento volvió a apretarle el pecho.Esta vez, lo iba a cuidar. Iba a hacer todo lo posible para que no volviera a terminar así. No lo iba a dejar solo nunca más.Carlos, al ver a su hermana tan emocionada, no pudo evitar que se le escapara una sonrisita. Le revolvió el cabello con cariño y le habló con voz suave.—Yo también te extrañé, Violeta. Pero, oye, soy tu hermano menor. La próxima vez que te equivoques, me vas a romper el corazón, ¿eh?

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