En el bullicioso corazón de una ciudad latinoamericana, Celina Flores decidió cambiar su vida por completo. Tres meses antes del divorcio, presentó una solicitud de traslado en su trabajo a una nueva ciudad; un mes después, envió los papeles de divorcio a Emilio Arce. En los últimos tres días antes de marcharse, empacó sus pertenencias y dejó atrás el hogar que compartieron durante seis años. Todo se desmoronó para ella cuando Emilio apareció con su nueva pareja y el hijo de ella, pidiendo al niño que le llamara "papá". En ese instante, Celina comprendió con dolor que siempre había sido ella quien quedaba en segundo plano. Así que decidió cerrar esa etapa de su vida y permitir que Emilio continuara su camino con su nuevo amor. Sin embargo, al desaparecer Celina de su vida, Emilio empezó a darse cuenta de lo que realmente había perdido. Mientras otro hombre comenzaba a formar parte del entorno de Celina, Emilio, con el corazón hecho pedazos y el alma expuesta, eventualmente se dirigió a la prensa, rogando como un personaje sacado de una telenovela: "No fui infiel ni tengo hijos secretos. Solo tengo una esposa que ya no me quiere. Se llama Celina y la extraño muchísimo."

Capítulo 1—Celi, ¿ya lo pensaste bien? ¿De verdad quieres irte al Hospital de Solsepia?Bastián sostenía el informe de traslado de Celina Flores, mirándola sorprendido.Celina bajó un poco la mirada, sus pestañas temblaron apenas y en sus labios apareció una sonrisa amarga.—Ya lo pensé bien.Al ver la determinación en su voz, Bastián soltó un suspiro resignado y finalmente firmó el reporte.Celina salió del despacho del director. Al pasar por el pasillo, se topó de frente con Emilio Arce y Abril Rojas, que venían caminando juntos. Entre ellos iba de la mano un niño pequeño vestido con bata de hospital.Celina se detuvo, petrificada.La imagen que tenía enfrente parecía la de una familia perfecta. Abril llevaba al niño de la mano y caminaba junto a Emilio. El niño, con la otra mano, se aferraba a Emilio mientras sonreía feliz.Aquel cuadro le pinchó el alma.Toda la paciencia y ternura que Emilio tenía para Abril y su hijo era algo que Celina nunca había recibido de él.Ella lo sabía. Emilio la despreciaba.Abril había sido el primer amor de Emilio. Celina, por su parte, se había casado con él gracias a un acuerdo con Renata Arce, suegra de Abril. Solo después de la boda supo que Emilio y Abril habían terminado.Para Emilio, Celina siempre fue esa mujer que aprovechó la situación para quedarse con él, una treta más de alguien ambicioso.Pero Emilio nunca supo la verdad.Celina conoció a Emilio mucho antes que Abril. Él simplemente ya no lo recordaba...Celina creyó que, al casarse, él volvería a recordarla. Que podría derretir esa coraza helada que Emilio tenía por corazón.Pero se equivocó.Él la odiaba.¿Cómo podría amarla?Si no, después de seis años de matrimonio, no seguiría diciendo que está soltero ni actuando como si no la conociera....—Celina —llamó Abril, notando su presencia.Emilio frunció el ceño y la miró fijamente, como si temiera que fuera a decir algo sobre su relación.Aquel gesto tan distante le dolió a Celina, pero enseguida se recompuso.—Abril, señor Arce.Hace poco Emilio había invertido en el Hospital General del Norte, así que ahora era socio. Pero Celina sabía bien que no lo había hecho por ella, sino por Abril.Cuando Abril regresó al país, Emilio se encargó de conseguirle el puesto de jefa de cirugía. Todo el hospital sabía que Abril tenía el respaldo de Emilio. Y aunque últimamente circulaban rumores de que Emilio era su pareja, él jamás salió a aclarar nada.Abril, con toda naturalidad, se aferró al brazo de Emilio.—Celina, qué formal eres. Aquí en el hospital tú eres mi jefa. Acabo de entrar y todavía tengo mucho que aprender de ti.Antes de que Celina pudiera responder, el niño se abrazó a Emilio.—¡Papá, ya me cansé! ¿Me cargas tantito?El rostro de Celina se transformó de golpe.¿Papá?Abril fingió molestia.—¡Santi! ¿Por qué dices eso? —volteó a ver a Emilio con una sonrisa apenada—. Perdón, Emilio. Ya sabes que es un niño.Emilio apenas miró a Celina. No se veía molesto. Sin decir nada, levantó a Santiago Rojas y lo sostuvo en brazos.—No pasa nada.—¡Me cae bien Emilio! —Santi se aferró a su cuello, haciendo pucheros—. ¡Ojalá Emilio fuera mi papá!—Tú sí que eres tremendo —le dijo Abril, tocándole la cabeza.Celina apretó el puño con fuerza.Jamás había visto a Emilio tan cálido, tan atento.Mejor así.Total, nunca logró acercarse a su corazón.Y quizá eso era lo mejor.Conteniendo el dolor, Celina los dejó atrás y entró sola al elevador....Nadie en el hospital sabía que Celina había pedido el traslado. Ni siquiera se lo contó a Emilio, porque no tenía sentido.De todos modos, a él ni le importaba.Ese día, Celina manejó hasta la antigua casa de la familia Arce. Se paró frente al portón y tocó el timbre.No pasó mucho antes de que Carla, la empleada, abriera la puerta.—¿Ya regresó, señora?—¿Está la abuela?—Sí, pase, por favor. —Carla la miró con respeto y la condujo al interior.Renata era la matriarca indiscutible de los Arce desde la muerte del abuelo. Todos los asuntos importantes de la familia pasaban por sus manos.Renata era originaria del sur, de una familia poderosa. Desde joven había sido una mujer de carácter fuerte. Hasta su suegra le tenía respeto.Carla la llevó a una habitación tranquila. Renata estaba sentada en un tapete, pasando un rosario entre los dedos.—Señora, la señora Celina vino a verla.Renata abrió los ojos despacio y volteó.—Pasa, siéntate aquí.Carla salió, dejando a Celina a solas con Renata. Celina se arrodilló a su lado e inclinó la cabeza, orando en silencio.Renata era devota y solía ir a misa durante semanas enteras.—Abuela... quiero divorciarme de Emilio.Renata se quedó en silencio un momento, enfrentando la mirada de Celina.—Cuando hiciste aquel trato conmigo, no fue eso lo que dijiste. ¿Qué pasa, ya te arrepentiste?Sí. Se había arrepentido.Celina bajó la mirada, tratando de contener el nudo en la garganta.—Perdón por haberle fallado.Renata cerró los ojos con fuerza y suspiró.—Ya está, si quieres divorciarte, adelante. Te di la oportunidad. No lograste que Emilio se enamorara de ti, así que la familia Arce ya no te debe nada.El pecho de Celina se apretó, pero forzó una media sonrisa.—Gracias....Cuando volvió a Villa de la Paz, el destino quiso que justo en la planta baja se encontrara con Abril y su hijo... y con Emilio.Ambas habían llegado en el mismo carro de Emilio.Celina se quedó pasmada.Abril la miró, sorprendida.—¿Celina? ¿También vives aquí en Villa de la Paz?Celina, sin pensarlo, buscó la mirada de Emilio. Él, sin embargo, ni siquiera reaccionó. Su actitud, tan tranquila, le dolía más que cualquier otra cosa.Villa de la Paz era un fraccionamiento de lujo dentro del segundo anillo de Clarosol, propiedad del Grupo Arce. Ese departamento se lo había dado Emilio como “compensación” en su momento. Como estaba cerca del hospital, ella aceptó.Jamás imaginó que Emilio pondría también a Abril y a su hijo en el mismo lugar.No cabe duda que ni las apariencias guarda...—Sí, qué coincidencia —logró decir Celina, controlando su voz y sus emociones. Estaba a punto de seguir de largo cuando Abril la detuvo.—Celina, escuché que te casaste. ¿Por qué nunca hemos visto a tu esposo?Celina se quedó helada. ¿Esposo?Su mirada se deslizó hasta Emilio. Él tenía un aire sombrío en los ojos.Celina pensó, amarga, que así de fuerte era su miedo a que Abril supiera lo de ellos.Respondió con frialdad:—No tengo esposo.En los ojos de Emilio pasó una sombra.—¿No tienes esposo? Pero según el registro del hospital, decía que estabas casada —insistió Abril, todavía con una sonrisa.Casada... Sí, en la ficha del hospital Celina había puesto “casada”, pero nadie jamás había visto a su supuesto marido.Celina se burló de sí misma.—Eso lo puse solo por poner. No tengo esposo.¿No tiene esposo?Emilio entrecerró los ojos, con una mirada peligrosa.Ahora que ya había renunciado y decidido irse, ocultar o no el matrimonio ya no le importaba.Sin mirar atrás, Celina entró directo al edificio....Al caer la noche, Celina recogió todas sus cosas y las metió en dos maletas grandes, dejándolas listas en el vestidor.Se quedó mirando el marco de la única foto de su boda: ella, vestida de novia, abrazada de Emilio, con una sonrisa luminosa, mientras él mantenía su expresión habitual, completamente opuesta a la suya.En aquel entonces, ella pensaba que él simplemente no era de los que sonríen.Aunque era la única foto juntos, Celina la había atesorado como si fuera oro.Ahora, al verla, todo le resultaba una ironía.No era que Emilio no supiera sonreír. Simplemente, esa sonrisa nunca estuvo destinada para ella.Tomó el portarretratos, lo miró por última vez y lo arrojó a una caja de cartón, junto con otros objetos que estaba dejando atrás.Al salir de la habitación, escuchó ruidos en la sala.Sabía que Emilio había regresado.Se acercó, y lo vio colgando su saco en el perchero de la entrada, cambiándose los zapatos.Celina respiró hondo y le habló:—¿No tienes nada que decir sobre lo de hoy?Se refería a que también había instalado a Abril y a su hijo en Villa de la Paz.Emilio se soltó la corbata, su mirada era tan cortante como el filo de un cuchillo.—¿Decir qué?—Villa de la Paz está cerca del hospital. ¿Tú sí puedes vivir aquí y ellos no?Él colgó la corbata en el brazo, viéndola de frente.—Celina, ya obtuviste lo que querías. No empieces a pelear por todo.Las palabras de Emilio le cayeron como un balde de agua helada.¿Está diciendo que ella es la que busca pleito?Claro, en su cabeza, Celina ya tenía el título de señora Arce. ¿Para qué meterse en líos con Abril y su hijo? ¿No es eso buscar problemas?Emilio ya iba rumbo a su cuarto, pero ella lo detuvo con voz firme:—Tenemos que hablar.Él se detuvo, girándose con fastidio. Su mirada era tan indiferente que dolía.—¿Ahora qué quieres?—Vamos a divorciarnos.Celina se quitó el anillo de matrimonio, lo apretó en la mano y le dijo con voz baja:—Te dejo en libertad.Emilio no parecía haber esperado que ella mencionara el divorcio. Su expresión se volvió aún más sombría.—No voy a aceptar el divorcio.Celina se quedó de piedra.¿No quería divorciarse…? ¿Podría ser que…?El hombre continuó con voz baja.—Mi abuela tampoco estaría de acuerdo.Después de decir eso, el sonido de la puerta cerrándose resonó en el departamento.Celina permaneció mucho rato parada en el mismo lugar, con el corazón apretado, como si estuviera envuelto en algodón húmedo. Lo que acababa de pensar hace un momento le parecía hasta ridículo.¿De verdad él no quería divorciarse por ella?La verdad, solo era porque le temía a la reacción de Renata.Qué lástima que él no sabía… Renata ya había dado su consentimiento.Esa noche, los dos se separaron con un mal sabor de boca. Cada quien durmió en habitaciones distintas. Al día siguiente, apenas la señora que ayudaba en la casa entró a trabajar, Emilio ya había desaparecido sin dejar rastro.Celina desayunó sola, tratando de actuar como si todo estuviera bien. La señora salió de limpiar los cuartos y de repente preguntó:—Señora, ¿por qué de pronto hay tantas cosas menos en la casa?Celina se quedó helada.Hasta la señora se había dado cuenta de que faltaban muchas cosas.Él ni siquiera le había preguntado.Eso lo decía todo: le daba igual.Ella forzó una sonrisa.—Eran cosas viejas, las tiré. No tenían importancia.La señora no insistió más....Al mediodía, Celina recibió una llamada del director del hospital: había una cirugía de alto riesgo. El paciente estaba en estado grave, y el único médico especialista en neurocirugía estaba fuera de la ciudad. Solo ella podía hacerse cargo.Celina llegó corriendo al hospital, se puso el uniforme y entró al quirófano. Todos los médicos de guardia estaban ahí, incluyendo a Abril.El ambiente en el quirófano era denso, saturado del olor a sangre.Mientras los otros médicos inspeccionaban la herida del paciente, Abril ni siquiera se atrevía a acercarse. Se la pasaba conteniendo las náuseas y con ganas de vomitar.—Celina, qué bueno que llegaste —dijo el anestesiólogo acercándose—. El paciente cayó de una obra en construcción. Lo acaban de traer, está inconsciente.Celina se acercó y al ver el estado del paciente, se le escapó un suspiro ahogado.Tenía una varilla de acero de veinte centímetros atravesándole la cabeza, justo por el ojo. A pesar de eso, el paciente seguía con signos vitales. ¡Toda una proeza!Abril, haciendo esfuerzos por no vomitar, preguntó con voz temblorosa:—Celina, ¿de verdad puedes operar? Si te equivocas en lo más mínimo, el paciente se nos va.—Si tú no puedes, ¿entonces quién?Las palabras de Celina hicieron que el rostro de Abril se pusiera tenso.Celina se puso los guantes y le ordenó al equipo:—Vamos a abrir el cráneo para bajar la presión y limpiar los coágulos.El anestesiólogo y los asistentes ya estaban listos.Abril dudó, mordiéndose los labios.—¿Quieres que me quede a ayudar?—Que salgan todos los que no sean indispensables —replicó Celina, sin dudarlo un segundo—. Viendo cómo estabas hace un momento, sería mejor que no te quedes.—Pero yo…—Abril, la situación es crítica. Mejor ve a tranquilizar a los familiares.Nadie en el Hospital General del Norte se atrevía a tomar esa cirugía. Un error y la carrera de cualquiera podía acabarse en un instante.Además, el comportamiento de Abril desde que entró había sido claro para todos.Si no fuera por sus conexiones, ya le habrían dicho unas cuantas cosas.Resignada, Abril apretó los puños y salió....Celina confirmó que el tallo cerebral no estaba dañado y que no había vasos sanguíneos importantes comprometidos. Junto al equipo, tardaron cinco horas en quitar la varilla. Luego realizaron la reconstrucción de la base del cráneo.No terminaron hasta la tarde. Cuando vieron que los signos vitales del paciente se estabilizaron, todos respiraron aliviados.Apenas terminó la cirugía, los otros médicos salieron corriendo a informar a los familiares.Celina fue directo a la oficina del director.Al enterarse del éxito de la operación, Bastián se emocionó.—Celi, esta vez nos salvaste.—No fui solo yo, el equipo colaboró muy bien y el paciente tuvo suerte. Si la varilla hubiera dañado otra zona, ni un milagro lo salvaba.Bastián asintió, luego trató de convencerla otra vez.—¿De verdad no quieres reconsiderar lo de cambiarte de hospital?Él conocía el talento de Celina. Era la cirujana principal más joven y, además, mujer. Eso en el gremio médico era admirable.Solsepia era apenas una ciudad pequeña y el hospital no podía competir con los beneficios de Clarosol. Que Celina renunciara para irse a Hospital de Solsepia era una verdadera lástima.Celina negó con una sonrisa.—Ya tomé mi decisión. Pero si alguna vez necesita algo, si tengo tiempo vendré a ayudar.Al escucharla, Bastián no insistió más....Al salir de la oficina, Celina vio a Emilio acercándose con paso largo y decidido.Ella se detuvo, a punto de hablar.Él la pasó de largo y solo murmuró:—Celina, necesito hablar contigo.Ambos caminaron hasta el balcón. Ella, recién salida de una cirugía tan pesada, estaba agotada y se le notaba en la cara.—¿Qué pasa…?—¿Por qué te fuiste en contra de Abril en el quirófano?Capítulo 2—Celi, ¿ya lo pensaste bien? ¿De verdad quieres irte al Hospital de Solsepia?Bastián sostenía el informe de traslado de Celina Flores, mirándola sorprendido.Celina bajó un poco la mirada, sus pestañas temblaron apenas y en sus labios apareció una sonrisa amarga.—Ya lo pensé bien.Al ver la determinación en su voz, Bastián soltó un suspiro resignado y finalmente firmó el reporte.Celina salió del despacho del director. Al pasar por el pasillo, se topó de frente con Emilio Arce y Abril Rojas, que venían caminando juntos. Entre ellos iba de la mano un niño pequeño vestido con bata de hospital.Celina se detuvo, petrificada.La imagen que tenía enfrente parecía la de una familia perfecta. Abril llevaba al niño de la mano y caminaba junto a Emilio. El niño, con la otra mano, se aferraba a Emilio mientras sonreía feliz.Aquel cuadro le pinchó el alma.Toda la paciencia y ternura que Emilio tenía para Abril y su hijo era algo que Celina nunca había recibido de él.Ella lo sabía. Emilio la despreciaba.Abril había sido el primer amor de Emilio. Celina, por su parte, se había casado con él gracias a un acuerdo con Renata Arce, suegra de Abril. Solo después de la boda supo que Emilio y Abril habían terminado.Para Emilio, Celina siempre fue esa mujer que aprovechó la situación para quedarse con él, una treta más de alguien ambicioso.Pero Emilio nunca supo la verdad.Celina conoció a Emilio mucho antes que Abril. Él simplemente ya no lo recordaba...Celina creyó que, al casarse, él volvería a recordarla. Que podría derretir esa coraza helada que Emilio tenía por corazón.Pero se equivocó.Él la odiaba.¿Cómo podría amarla?Si no, después de seis años de matrimonio, no seguiría diciendo que está soltero ni actuando como si no la conociera....—Celina —llamó Abril, notando su presencia.Emilio frunció el ceño y la miró fijamente, como si temiera que fuera a decir algo sobre su relación.Aquel gesto tan distante le dolió a Celina, pero enseguida se recompuso.—Abril, señor Arce.Hace poco Emilio había invertido en el Hospital General del Norte, así que ahora era socio. Pero Celina sabía bien que no lo había hecho por ella, sino por Abril.Cuando Abril regresó al país, Emilio se encargó de conseguirle el puesto de jefa de cirugía. Todo el hospital sabía que Abril tenía el respaldo de Emilio. Y aunque últimamente circulaban rumores de que Emilio era su pareja, él jamás salió a aclarar nada.Abril, con toda naturalidad, se aferró al brazo de Emilio.—Celina, qué formal eres. Aquí en el hospital tú eres mi jefa. Acabo de entrar y todavía tengo mucho que aprender de ti.Antes de que Celina pudiera responder, el niño se abrazó a Emilio.—¡Papá, ya me cansé! ¿Me cargas tantito?El rostro de Celina se transformó de golpe.¿Papá?Abril fingió molestia.—¡Santi! ¿Por qué dices eso? —volteó a ver a Emilio con una sonrisa apenada—. Perdón, Emilio. Ya sabes que es un niño.Emilio apenas miró a Celina. No se veía molesto. Sin decir nada, levantó a Santiago Rojas y lo sostuvo en brazos.—No pasa nada.—¡Me cae bien Emilio! —Santi se aferró a su cuello, haciendo pucheros—. ¡Ojalá Emilio fuera mi papá!—Tú sí que eres tremendo —le dijo Abril, tocándole la cabeza.Celina apretó el puño con fuerza.Jamás había visto a Emilio tan cálido, tan atento.Mejor así.Total, nunca logró acercarse a su corazón.Y quizá eso era lo mejor.Conteniendo el dolor, Celina los dejó atrás y entró sola al elevador....Nadie en el hospital sabía que Celina había pedido el traslado. Ni siquiera se lo contó a Emilio, porque no tenía sentido.De todos modos, a él ni le importaba.Ese día, Celina manejó hasta la antigua casa de la familia Arce. Se paró frente al portón y tocó el timbre.No pasó mucho antes de que Carla, la empleada, abriera la puerta.—¿Ya regresó, señora?—¿Está la abuela?—Sí, pase, por favor. —Carla la miró con respeto y la condujo al interior.Renata era la matriarca indiscutible de los Arce desde la muerte del abuelo. Todos los asuntos importantes de la familia pasaban por sus manos.Renata era originaria del sur, de una familia poderosa. Desde joven había sido una mujer de carácter fuerte. Hasta su suegra le tenía respeto.Carla la llevó a una habitación tranquila. Renata estaba sentada en un tapete, pasando un rosario entre los dedos.—Señora, la señora Celina vino a verla.Renata abrió los ojos despacio y volteó.—Pasa, siéntate aquí.Carla salió, dejando a Celina a solas con Renata. Celina se arrodilló a su lado e inclinó la cabeza, orando en silencio.Renata era devota y solía ir a misa durante semanas enteras.—Abuela... quiero divorciarme de Emilio.Renata se quedó en silencio un momento, enfrentando la mirada de Celina.—Cuando hiciste aquel trato conmigo, no fue eso lo que dijiste. ¿Qué pasa, ya te arrepentiste?Sí. Se había arrepentido.Celina bajó la mirada, tratando de contener el nudo en la garganta.—Perdón por haberle fallado.Renata cerró los ojos con fuerza y suspiró.—Ya está, si quieres divorciarte, adelante. Te di la oportunidad. No lograste que Emilio se enamorara de ti, así que la familia Arce ya no te debe nada.El pecho de Celina se apretó, pero forzó una media sonrisa.—Gracias....Cuando volvió a Villa de la Paz, el destino quiso que justo en la planta baja se encontrara con Abril y su hijo... y con Emilio.Ambas habían llegado en el mismo carro de Emilio.Celina se quedó pasmada.Abril la miró, sorprendida.—¿Celina? ¿También vives aquí en Villa de la Paz?Celina, sin pensarlo, buscó la mirada de Emilio. Él, sin embargo, ni siquiera reaccionó. Su actitud, tan tranquila, le dolía más que cualquier otra cosa.Villa de la Paz era un fraccionamiento de lujo dentro del segundo anillo de Clarosol, propiedad del Grupo Arce. Ese departamento se lo había dado Emilio como “compensación” en su momento. Como estaba cerca del hospital, ella aceptó.Jamás imaginó que Emilio pondría también a Abril y a su hijo en el mismo lugar.No cabe duda que ni las apariencias guarda...—Sí, qué coincidencia —logró decir Celina, controlando su voz y sus emociones. Estaba a punto de seguir de largo cuando Abril la detuvo.—Celina, escuché que te casaste. ¿Por qué nunca hemos visto a tu esposo?Celina se quedó helada. ¿Esposo?Su mirada se deslizó hasta Emilio. Él tenía un aire sombrío en los ojos.Celina pensó, amarga, que así de fuerte era su miedo a que Abril supiera lo de ellos.Respondió con frialdad:—No tengo esposo.En los ojos de Emilio pasó una sombra.—¿No tienes esposo? Pero según el registro del hospital, decía que estabas casada —insistió Abril, todavía con una sonrisa.Casada... Sí, en la ficha del hospital Celina había puesto “casada”, pero nadie jamás había visto a su supuesto marido.Celina se burló de sí misma.—Eso lo puse solo por poner. No tengo esposo.¿No tiene esposo?Emilio entrecerró los ojos, con una mirada peligrosa.Ahora que ya había renunciado y decidido irse, ocultar o no el matrimonio ya no le importaba.Sin mirar atrás, Celina entró directo al edificio....Al caer la noche, Celina recogió todas sus cosas y las metió en dos maletas grandes, dejándolas listas en el vestidor.Se quedó mirando el marco de la única foto de su boda: ella, vestida de novia, abrazada de Emilio, con una sonrisa luminosa, mientras él mantenía su expresión habitual, completamente opuesta a la suya.En aquel entonces, ella pensaba que él simplemente no era de los que sonríen.Aunque era la única foto juntos, Celina la había atesorado como si fuera oro.Ahora, al verla, todo le resultaba una ironía.No era que Emilio no supiera sonreír. Simplemente, esa sonrisa nunca estuvo destinada para ella.Tomó el portarretratos, lo miró por última vez y lo arrojó a una caja de cartón, junto con otros objetos que estaba dejando atrás.Al salir de la habitación, escuchó ruidos en la sala.Sabía que Emilio había regresado.Se acercó, y lo vio colgando su saco en el perchero de la entrada, cambiándose los zapatos.Celina respiró hondo y le habló:—¿No tienes nada que decir sobre lo de hoy?Se refería a que también había instalado a Abril y a su hijo en Villa de la Paz.Emilio se soltó la corbata, su mirada era tan cortante como el filo de un cuchillo.—¿Decir qué?—Villa de la Paz está cerca del hospital. ¿Tú sí puedes vivir aquí y ellos no?Él colgó la corbata en el brazo, viéndola de frente.—Celina, ya obtuviste lo que querías. No empieces a pelear por todo.Las palabras de Emilio le cayeron como un balde de agua helada.¿Está diciendo que ella es la que busca pleito?Claro, en su cabeza, Celina ya tenía el título de señora Arce. ¿Para qué meterse en líos con Abril y su hijo? ¿No es eso buscar problemas?Emilio ya iba rumbo a su cuarto, pero ella lo detuvo con voz firme:—Tenemos que hablar.Él se detuvo, girándose con fastidio. Su mirada era tan indiferente que dolía.—¿Ahora qué quieres?—Vamos a divorciarnos.Celina se quitó el anillo de matrimonio, lo apretó en la mano y le dijo con voz baja:—Te dejo en libertad.Emilio no parecía haber esperado que ella mencionara el divorcio. Su expresión se volvió aún más sombría.—No voy a aceptar el divorcio.Celina se quedó de piedra.¿No quería divorciarse…? ¿Podría ser que…?El hombre continuó con voz baja.—Mi abuela tampoco estaría de acuerdo.Después de decir eso, el sonido de la puerta cerrándose resonó en el departamento.Celina permaneció mucho rato parada en el mismo lugar, con el corazón apretado, como si estuviera envuelto en algodón húmedo. Lo que acababa de pensar hace un momento le parecía hasta ridículo.¿De verdad él no quería divorciarse por ella?La verdad, solo era porque le temía a la reacción de Renata.Qué lástima que él no sabía… Renata ya había dado su consentimiento.Esa noche, los dos se separaron con un mal sabor de boca. Cada quien durmió en habitaciones distintas. Al día siguiente, apenas la señora que ayudaba en la casa entró a trabajar, Emilio ya había desaparecido sin dejar rastro.Celina desayunó sola, tratando de actuar como si todo estuviera bien. La señora salió de limpiar los cuartos y de repente preguntó:—Señora, ¿por qué de pronto hay tantas cosas menos en la casa?Celina se quedó helada.Hasta la señora se había dado cuenta de que faltaban muchas cosas.Él ni siquiera le había preguntado.Eso lo decía todo: le daba igual.Ella forzó una sonrisa.—Eran cosas viejas, las tiré. No tenían importancia.La señora no insistió más....Al mediodía, Celina recibió una llamada del director del hospital: había una cirugía de alto riesgo. El paciente estaba en estado grave, y el único médico especialista en neurocirugía estaba fuera de la ciudad. Solo ella podía hacerse cargo.Celina llegó corriendo al hospital, se puso el uniforme y entró al quirófano. Todos los médicos de guardia estaban ahí, incluyendo a Abril.El ambiente en el quirófano era denso, saturado del olor a sangre.Mientras los otros médicos inspeccionaban la herida del paciente, Abril ni siquiera se atrevía a acercarse. Se la pasaba conteniendo las náuseas y con ganas de vomitar.—Celina, qué bueno que llegaste —dijo el anestesiólogo acercándose—. El paciente cayó de una obra en construcción. Lo acaban de traer, está inconsciente.Celina se acercó y al ver el estado del paciente, se le escapó un suspiro ahogado.Tenía una varilla de acero de veinte centímetros atravesándole la cabeza, justo por el ojo. A pesar de eso, el paciente seguía con signos vitales. ¡Toda una proeza!Abril, haciendo esfuerzos por no vomitar, preguntó con voz temblorosa:—Celina, ¿de verdad puedes operar? Si te equivocas en lo más mínimo, el paciente se nos va.—Si tú no puedes, ¿entonces quién?Las palabras de Celina hicieron que el rostro de Abril se pusiera tenso.Celina se puso los guantes y le ordenó al equipo:—Vamos a abrir el cráneo para bajar la presión y limpiar los coágulos.El anestesiólogo y los asistentes ya estaban listos.Abril dudó, mordiéndose los labios.—¿Quieres que me quede a ayudar?—Que salgan todos los que no sean indispensables —replicó Celina, sin dudarlo un segundo—. Viendo cómo estabas hace un momento, sería mejor que no te quedes.—Pero yo…—Abril, la situación es crítica. Mejor ve a tranquilizar a los familiares.Nadie en el Hospital General del Norte se atrevía a tomar esa cirugía. Un error y la carrera de cualquiera podía acabarse en un instante.Además, el comportamiento de Abril desde que entró había sido claro para todos.Si no fuera por sus conexiones, ya le habrían dicho unas cuantas cosas.Resignada, Abril apretó los puños y salió....Celina confirmó que el tallo cerebral no estaba dañado y que no había vasos sanguíneos importantes comprometidos. Junto al equipo, tardaron cinco horas en quitar la varilla. Luego realizaron la reconstrucción de la base del cráneo.No terminaron hasta la tarde. Cuando vieron que los signos vitales del paciente se estabilizaron, todos respiraron aliviados.Apenas terminó la cirugía, los otros médicos salieron corriendo a informar a los familiares.Celina fue directo a la oficina del director.Al enterarse del éxito de la operación, Bastián se emocionó.—Celi, esta vez nos salvaste.—No fui solo yo, el equipo colaboró muy bien y el paciente tuvo suerte. Si la varilla hubiera dañado otra zona, ni un milagro lo salvaba.Bastián asintió, luego trató de convencerla otra vez.—¿De verdad no quieres reconsiderar lo de cambiarte de hospital?Él conocía el talento de Celina. Era la cirujana principal más joven y, además, mujer. Eso en el gremio médico era admirable.Solsepia era apenas una ciudad pequeña y el hospital no podía competir con los beneficios de Clarosol. Que Celina renunciara para irse a Hospital de Solsepia era una verdadera lástima.Celina negó con una sonrisa.—Ya tomé mi decisión. Pero si alguna vez necesita algo, si tengo tiempo vendré a ayudar.Al escucharla, Bastián no insistió más....Al salir de la oficina, Celina vio a Emilio acercándose con paso largo y decidido.Ella se detuvo, a punto de hablar.Él la pasó de largo y solo murmuró:—Celina, necesito hablar contigo.Ambos caminaron hasta el balcón. Ella, recién salida de una cirugía tan pesada, estaba agotada y se le notaba en la cara.—¿Qué pasa…?—¿Por qué te fuiste en contra de Abril en el quirófano?Capítulo 3—Celi, ¿ya lo pensaste bien? ¿De verdad quieres irte al Hospital de Solsepia?Bastián sostenía el informe de traslado de Celina Flores, mirándola sorprendido.Celina bajó un poco la mirada, sus pestañas temblaron apenas y en sus labios apareció una sonrisa amarga.—Ya lo pensé bien.Al ver la determinación en su voz, Bastián soltó un suspiro resignado y finalmente firmó el reporte.Celina salió del despacho del director. Al pasar por el pasillo, se topó de frente con Emilio Arce y Abril Rojas, que venían caminando juntos. Entre ellos iba de la mano un niño pequeño vestido con bata de hospital.Celina se detuvo, petrificada.La imagen que tenía enfrente parecía la de una familia perfecta. Abril llevaba al niño de la mano y caminaba junto a Emilio. El niño, con la otra mano, se aferraba a Emilio mientras sonreía feliz.Aquel cuadro le pinchó el alma.Toda la paciencia y ternura que Emilio tenía para Abril y su hijo era algo que Celina nunca había recibido de él.Ella lo sabía. Emilio la despreciaba.Abril había sido el primer amor de Emilio. Celina, por su parte, se había casado con él gracias a un acuerdo con Renata Arce, suegra de Abril. Solo después de la boda supo que Emilio y Abril habían terminado.Para Emilio, Celina siempre fue esa mujer que aprovechó la situación para quedarse con él, una treta más de alguien ambicioso.Pero Emilio nunca supo la verdad.Celina conoció a Emilio mucho antes que Abril. Él simplemente ya no lo recordaba...Celina creyó que, al casarse, él volvería a recordarla. Que podría derretir esa coraza helada que Emilio tenía por corazón.Pero se equivocó.Él la odiaba.¿Cómo podría amarla?Si no, después de seis años de matrimonio, no seguiría diciendo que está soltero ni actuando como si no la conociera....—Celina —llamó Abril, notando su presencia.Emilio frunció el ceño y la miró fijamente, como si temiera que fuera a decir algo sobre su relación.Aquel gesto tan distante le dolió a Celina, pero enseguida se recompuso.—Abril, señor Arce.Hace poco Emilio había invertido en el Hospital General del Norte, así que ahora era socio. Pero Celina sabía bien que no lo había hecho por ella, sino por Abril.Cuando Abril regresó al país, Emilio se encargó de conseguirle el puesto de jefa de cirugía. Todo el hospital sabía que Abril tenía el respaldo de Emilio. Y aunque últimamente circulaban rumores de que Emilio era su pareja, él jamás salió a aclarar nada.Abril, con toda naturalidad, se aferró al brazo de Emilio.—Celina, qué formal eres. Aquí en el hospital tú eres mi jefa. Acabo de entrar y todavía tengo mucho que aprender de ti.Antes de que Celina pudiera responder, el niño se abrazó a Emilio.—¡Papá, ya me cansé! ¿Me cargas tantito?El rostro de Celina se transformó de golpe.¿Papá?Abril fingió molestia.—¡Santi! ¿Por qué dices eso? —volteó a ver a Emilio con una sonrisa apenada—. Perdón, Emilio. Ya sabes que es un niño.Emilio apenas miró a Celina. No se veía molesto. Sin decir nada, levantó a Santiago Rojas y lo sostuvo en brazos.—No pasa nada.—¡Me cae bien Emilio! —Santi se aferró a su cuello, haciendo pucheros—. ¡Ojalá Emilio fuera mi papá!—Tú sí que eres tremendo —le dijo Abril, tocándole la cabeza.Celina apretó el puño con fuerza.Jamás había visto a Emilio tan cálido, tan atento.Mejor así.Total, nunca logró acercarse a su corazón.Y quizá eso era lo mejor.Conteniendo el dolor, Celina los dejó atrás y entró sola al elevador....Nadie en el hospital sabía que Celina había pedido el traslado. Ni siquiera se lo contó a Emilio, porque no tenía sentido.De todos modos, a él ni le importaba.Ese día, Celina manejó hasta la antigua casa de la familia Arce. Se paró frente al portón y tocó el timbre.No pasó mucho antes de que Carla, la empleada, abriera la puerta.—¿Ya regresó, señora?—¿Está la abuela?—Sí, pase, por favor. —Carla la miró con respeto y la condujo al interior.Renata era la matriarca indiscutible de los Arce desde la muerte del abuelo. Todos los asuntos importantes de la familia pasaban por sus manos.Renata era originaria del sur, de una familia poderosa. Desde joven había sido una mujer de carácter fuerte. Hasta su suegra le tenía respeto.Carla la llevó a una habitación tranquila. Renata estaba sentada en un tapete, pasando un rosario entre los dedos.—Señora, la señora Celina vino a verla.Renata abrió los ojos despacio y volteó.—Pasa, siéntate aquí.Carla salió, dejando a Celina a solas con Renata. Celina se arrodilló a su lado e inclinó la cabeza, orando en silencio.Renata era devota y solía ir a misa durante semanas enteras.—Abuela... quiero divorciarme de Emilio.Renata se quedó en silencio un momento, enfrentando la mirada de Celina.—Cuando hiciste aquel trato conmigo, no fue eso lo que dijiste. ¿Qué pasa, ya te arrepentiste?Sí. Se había arrepentido.Celina bajó la mirada, tratando de contener el nudo en la garganta.—Perdón por haberle fallado.Renata cerró los ojos con fuerza y suspiró.—Ya está, si quieres divorciarte, adelante. Te di la oportunidad. No lograste que Emilio se enamorara de ti, así que la familia Arce ya no te debe nada.El pecho de Celina se apretó, pero forzó una media sonrisa.—Gracias....Cuando volvió a Villa de la Paz, el destino quiso que justo en la planta baja se encontrara con Abril y su hijo... y con Emilio.Ambas habían llegado en el mismo carro de Emilio.Celina se quedó pasmada.Abril la miró, sorprendida.—¿Celina? ¿También vives aquí en Villa de la Paz?Celina, sin pensarlo, buscó la mirada de Emilio. Él, sin embargo, ni siquiera reaccionó. Su actitud, tan tranquila, le dolía más que cualquier otra cosa.Villa de la Paz era un fraccionamiento de lujo dentro del segundo anillo de Clarosol, propiedad del Grupo Arce. Ese departamento se lo había dado Emilio como “compensación” en su momento. Como estaba cerca del hospital, ella aceptó.Jamás imaginó que Emilio pondría también a Abril y a su hijo en el mismo lugar.No cabe duda que ni las apariencias guarda...—Sí, qué coincidencia —logró decir Celina, controlando su voz y sus emociones. Estaba a punto de seguir de largo cuando Abril la detuvo.—Celina, escuché que te casaste. ¿Por qué nunca hemos visto a tu esposo?Celina se quedó helada. ¿Esposo?Su mirada se deslizó hasta Emilio. Él tenía un aire sombrío en los ojos.Celina pensó, amarga, que así de fuerte era su miedo a que Abril supiera lo de ellos.Respondió con frialdad:—No tengo esposo.En los ojos de Emilio pasó una sombra.—¿No tienes esposo? Pero según el registro del hospital, decía que estabas casada —insistió Abril, todavía con una sonrisa.Casada... Sí, en la ficha del hospital Celina había puesto “casada”, pero nadie jamás había visto a su supuesto marido.Celina se burló de sí misma.—Eso lo puse solo por poner. No tengo esposo.¿No tiene esposo?Emilio entrecerró los ojos, con una mirada peligrosa.Ahora que ya había renunciado y decidido irse, ocultar o no el matrimonio ya no le importaba.Sin mirar atrás, Celina entró directo al edificio....Al caer la noche, Celina recogió todas sus cosas y las metió en dos maletas grandes, dejándolas listas en el vestidor.Se quedó mirando el marco de la única foto de su boda: ella, vestida de novia, abrazada de Emilio, con una sonrisa luminosa, mientras él mantenía su expresión habitual, completamente opuesta a la suya.En aquel entonces, ella pensaba que él simplemente no era de los que sonríen.Aunque era la única foto juntos, Celina la había atesorado como si fuera oro.Ahora, al verla, todo le resultaba una ironía.No era que Emilio no supiera sonreír. Simplemente, esa sonrisa nunca estuvo destinada para ella.Tomó el portarretratos, lo miró por última vez y lo arrojó a una caja de cartón, junto con otros objetos que estaba dejando atrás.Al salir de la habitación, escuchó ruidos en la sala.Sabía que Emilio había regresado.Se acercó, y lo vio colgando su saco en el perchero de la entrada, cambiándose los zapatos.Celina respiró hondo y le habló:—¿No tienes nada que decir sobre lo de hoy?Se refería a que también había instalado a Abril y a su hijo en Villa de la Paz.Emilio se soltó la corbata, su mirada era tan cortante como el filo de un cuchillo.—¿Decir qué?—Villa de la Paz está cerca del hospital. ¿Tú sí puedes vivir aquí y ellos no?Él colgó la corbata en el brazo, viéndola de frente.—Celina, ya obtuviste lo que querías. No empieces a pelear por todo.Las palabras de Emilio le cayeron como un balde de agua helada.¿Está diciendo que ella es la que busca pleito?Claro, en su cabeza, Celina ya tenía el título de señora Arce. ¿Para qué meterse en líos con Abril y su hijo? ¿No es eso buscar problemas?Emilio ya iba rumbo a su cuarto, pero ella lo detuvo con voz firme:—Tenemos que hablar.Él se detuvo, girándose con fastidio. Su mirada era tan indiferente que dolía.—¿Ahora qué quieres?—Vamos a divorciarnos.Celina se quitó el anillo de matrimonio, lo apretó en la mano y le dijo con voz baja:—Te dejo en libertad.Emilio no parecía haber esperado que ella mencionara el divorcio. Su expresión se volvió aún más sombría.—No voy a aceptar el divorcio.Celina se quedó de piedra.¿No quería divorciarse…? ¿Podría ser que…?El hombre continuó con voz baja.—Mi abuela tampoco estaría de acuerdo.Después de decir eso, el sonido de la puerta cerrándose resonó en el departamento.Celina permaneció mucho rato parada en el mismo lugar, con el corazón apretado, como si estuviera envuelto en algodón húmedo. Lo que acababa de pensar hace un momento le parecía hasta ridículo.¿De verdad él no quería divorciarse por ella?La verdad, solo era porque le temía a la reacción de Renata.Qué lástima que él no sabía… Renata ya había dado su consentimiento.Esa noche, los dos se separaron con un mal sabor de boca. Cada quien durmió en habitaciones distintas. Al día siguiente, apenas la señora que ayudaba en la casa entró a trabajar, Emilio ya había desaparecido sin dejar rastro.Celina desayunó sola, tratando de actuar como si todo estuviera bien. La señora salió de limpiar los cuartos y de repente preguntó:—Señora, ¿por qué de pronto hay tantas cosas menos en la casa?Celina se quedó helada.Hasta la señora se había dado cuenta de que faltaban muchas cosas.Él ni siquiera le había preguntado.Eso lo decía todo: le daba igual.Ella forzó una sonrisa.—Eran cosas viejas, las tiré. No tenían importancia.La señora no insistió más....Al mediodía, Celina recibió una llamada del director del hospital: había una cirugía de alto riesgo. El paciente estaba en estado grave, y el único médico especialista en neurocirugía estaba fuera de la ciudad. Solo ella podía hacerse cargo.Celina llegó corriendo al hospital, se puso el uniforme y entró al quirófano. Todos los médicos de guardia estaban ahí, incluyendo a Abril.El ambiente en el quirófano era denso, saturado del olor a sangre.Mientras los otros médicos inspeccionaban la herida del paciente, Abril ni siquiera se atrevía a acercarse. Se la pasaba conteniendo las náuseas y con ganas de vomitar.—Celina, qué bueno que llegaste —dijo el anestesiólogo acercándose—. El paciente cayó de una obra en construcción. Lo acaban de traer, está inconsciente.Celina se acercó y al ver el estado del paciente, se le escapó un suspiro ahogado.Tenía una varilla de acero de veinte centímetros atravesándole la cabeza, justo por el ojo. A pesar de eso, el paciente seguía con signos vitales. ¡Toda una proeza!Abril, haciendo esfuerzos por no vomitar, preguntó con voz temblorosa:—Celina, ¿de verdad puedes operar? Si te equivocas en lo más mínimo, el paciente se nos va.—Si tú no puedes, ¿entonces quién?Las palabras de Celina hicieron que el rostro de Abril se pusiera tenso.Celina se puso los guantes y le ordenó al equipo:—Vamos a abrir el cráneo para bajar la presión y limpiar los coágulos.El anestesiólogo y los asistentes ya estaban listos.Abril dudó, mordiéndose los labios.—¿Quieres que me quede a ayudar?—Que salgan todos los que no sean indispensables —replicó Celina, sin dudarlo un segundo—. Viendo cómo estabas hace un momento, sería mejor que no te quedes.—Pero yo…—Abril, la situación es crítica. Mejor ve a tranquilizar a los familiares.Nadie en el Hospital General del Norte se atrevía a tomar esa cirugía. Un error y la carrera de cualquiera podía acabarse en un instante.Además, el comportamiento de Abril desde que entró había sido claro para todos.Si no fuera por sus conexiones, ya le habrían dicho unas cuantas cosas.Resignada, Abril apretó los puños y salió....Celina confirmó que el tallo cerebral no estaba dañado y que no había vasos sanguíneos importantes comprometidos. Junto al equipo, tardaron cinco horas en quitar la varilla. Luego realizaron la reconstrucción de la base del cráneo.No terminaron hasta la tarde. Cuando vieron que los signos vitales del paciente se estabilizaron, todos respiraron aliviados.Apenas terminó la cirugía, los otros médicos salieron corriendo a informar a los familiares.Celina fue directo a la oficina del director.Al enterarse del éxito de la operación, Bastián se emocionó.—Celi, esta vez nos salvaste.—No fui solo yo, el equipo colaboró muy bien y el paciente tuvo suerte. Si la varilla hubiera dañado otra zona, ni un milagro lo salvaba.Bastián asintió, luego trató de convencerla otra vez.—¿De verdad no quieres reconsiderar lo de cambiarte de hospital?Él conocía el talento de Celina. Era la cirujana principal más joven y, además, mujer. Eso en el gremio médico era admirable.Solsepia era apenas una ciudad pequeña y el hospital no podía competir con los beneficios de Clarosol. Que Celina renunciara para irse a Hospital de Solsepia era una verdadera lástima.Celina negó con una sonrisa.—Ya tomé mi decisión. Pero si alguna vez necesita algo, si tengo tiempo vendré a ayudar.Al escucharla, Bastián no insistió más....Al salir de la oficina, Celina vio a Emilio acercándose con paso largo y decidido.Ella se detuvo, a punto de hablar.Él la pasó de largo y solo murmuró:—Celina, necesito hablar contigo.Ambos caminaron hasta el balcón. Ella, recién salida de una cirugía tan pesada, estaba agotada y se le notaba en la cara.—¿Qué pasa…?—¿Por qué te fuiste en contra de Abril en el quirófano?

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