Candela Salinas renunció a su carrera por amor, dispuesta a ser la esposa y madre abnegada de Fidel Arroyo, pero solo recibió indiferencia y traición. Un aborto espontáneo y una llamada que jamás fue contestada destrozaron sus ilusiones. Tras el divorcio, retomó su carrera como subastadora y renació bajo los focos, mientras Fidel la acosaba sin tregua. Cuando ella descubrió que su nueva amante era en realidad una antigua llama, los secretos y maquinaciones de la alta sociedad salieron a la luz. En este juego de poder matrimonial… ¿quién terminó ganando?

Capítulo 1Candela Salinas pasó una semana internada en el hospital.El día que salió, alcanzó a escuchar las conversaciones de las enfermeras en el área de trabajo.Decían que se había sometido sola a un procedimiento de interrupción del embarazo, que llevaba días ingresada y ni un solo familiar había ido a visitarla. Les daba lástima.Algunas incluso murmuraban que probablemente era la amante de alguien importante, que la esposa oficial la había descubierto y entonces no le quedó más remedio que ir al hospital a deshacerse del bebé, recibiendo dinero para callar....Candela apretó los puños sin darse cuenta y bajó la mirada hacia su vientre.El doctor había dicho que su recuperación iba bien, pero entonces, ¿por qué sentía todavía esa punzada desgarradora, como si la herida siguiera abierta por dentro?Se puso los lentes oscuros para esconder las ojeras y dejó el hospital.Al volver a Residencias Monarca, Candela subió directo a la habitación del segundo piso.Todo estaba igual que cuando se fue; eso solo significaba que Fidel Arroyo no había regresado.Ya no tenía fuerzas para preocuparse por dónde andaba Fidel ni con qué mujer se había quedado.Estaba agotada.Se tomó unas pastillas de melatonina y, por fin, pudo dormir en paz.Pero en sueños volvió a revivir la pesadilla de hace una semana: la sangre manchando las sábanas y ese teléfono que jamás contestaba...—¡Mi bebé!Despertó sobresaltada, temblando, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Reconoció la habitación y se quedó mirando al techo, sin moverse.El dolor, ese que parecía romperle el alma, arrancaba desde el vientre y se expandía por todo su ser.Justo entonces, alguien tocó la puerta. Antes de que Candela pudiera decir algo, la puerta ya se había abierto.—Señora, el señor llamó para avisar que hoy sí va a venir a cenar. Debería levantarse y comenzar a preparar la comida.Candela parpadeó para despejarse las lágrimas y respondió con la voz ronca:—No me siento bien. Que la cocina se encargue, ¿sí?Se dio la vuelta en la cama, dándole la espalda a la empleada.Pero la mujer no se rindió; al contrario, se acercó a la cama.—¿Cómo va a ser eso? La señorita adora lo que usted cocina. El señor casi nunca viene a casa; por fin regresa y usted debería aprovechar para conquistar a padre e hija de una vez.Mientras hablaba, Paloma intentó levantarla de la cama.Candela frunció el ceño y apartó la mano de la empleada.—Te estoy diciendo que no me siento bien.Señaló la puerta:—Sal de aquí.Paloma no esperaba que Candela reaccionara así. Se retiró de mala gana, murmurando por lo bajo:—¿Y por qué me grita a mí? Si cuando el señor regrese, bien que va y se le pega como si nada.Candela escuchó todo lo que la empleada dijo. Y sí, Paloma tenía razón: siempre que Fidel volvía, ella se desvivía atendiendo todos sus caprichos, organizando hasta el más mínimo detalle, solo para que él la notara.Pero Fidel jamás la miraba como ella quería.Este matrimonio era solo un trato. La familia Arroyo necesitaba una esposa de buena familia, Fidel requería una mujer atractiva a su lado y Dayana Arroyo buscaba una mamá que la cuidara...Candela se hizo bolita en la cama, abrazando ese vientre vacío que, hasta hace poco, había contenido toda su esperanza.Pero hoy, solo quería permitirle a su dolor salir, solo quería ser una madre que había perdido a su hijo...Las pastillas empezaron a hacer efecto y se hundió otra vez en un sueño profundo....Cuando despertó, escuchó un ruido cerca de la cama.Fidel estaba encima de ella. Sus besos, intensos y posesivos, no le daban respiro. En unos segundos, le quitó la bata de baño.Siempre era igual: Fidel nunca preguntaba si Candela quería o no.—No... no me toques...Candela empujó su pecho, intentando apartarlo.Fidel, creyendo que era un juego de seducción, la sujetó de las muñecas y las levantó sobre su cabeza. Se abalanzó sobre sus labios, insistente.La posición en la que la tenía era humillante. Candela apartó la cara, evitando ese beso.Por un instante, una sombra de molestia cruzó los ojos de Fidel. Al notar que Candela no estaba fingiendo, se le fue el interés.Él no era el tipo de hombre que forzaba a una mujer.Se apartó de la cama, tomó la bata que estaba a un lado y se la amarró en la cintura de manera descuidada. Luego, se sentó en un banco bajo junto a la ventana y encendió un cigarro.La ropa que llevaba Candela ya no tenía forma. Se incorporó con dificultad, se acomodó como pudo y habló con voz queda.—Fidel, quiero el divorcio.El hombre exhaló una bocanada de humo azul, y esa cara tan fuera de lo común se tensó con una expresión distante.—¿Divorcio?Lo dijo como si acabara de escuchar un chiste. Soltó una risa burlona.—Sin el título de “Sra. Arroyo”, ¿qué crees que podrías hacer?Fidel recorrió a Candela con una mirada despectiva, chasqueando el dedo para dejar caer la ceniza en la suave alfombra.—Solo llevé a la niña de viaje al extranjero, ¿por qué tanto drama?La empleada dijo que no estuviste en casa toda la semana y apenas hoy regresaste. ¿Ahora quieres amenazarme con irte de la casa otra vez?Candela pensó, con una amargura que le apretaba el pecho:¿De verdad era necesario llevar también a la secretaria para un viaje con tu hija?Antes, seguro que Candela habría sacado las publicaciones de esa mujer y se las habría restregado a Fidel, exigiéndole una explicación.Pero ahora, ya no le importaba.—Esta semana estuve en el hospital. No me sentía bien.Candela lo dijo con calma.Se preparaba para contarle a Fidel lo que había pasado con su embarazo, pero en ese momento la puerta de la habitación se abrió.—¿Ya te despertaste? ¡Quiero que me hagas galletas!Una niña pequeña, con pijama rosa y descalza, entró corriendo.Candela se inclinó, la miró con una ternura infinita.—Daya, la señora tiene que hablar con tu papá. ¿Te parece si mañana hacemos galletas juntas?—¡No, no! ¡Quiero que sea ahora!Dayana siempre había sido una niña consentida, así que no estaba dispuesta a salir obedientemente.Candela intentó convencerla otra vez, pero entonces el hombre intervino.—Lo que tengas que decir, lo hablamos mañana. Todo el camino vino pidiendo galletas, mejor acompáñala a la cocina.Antes, Candela seguro bajaba rápido a preparar galletas con Dayana. Pero acababa de salir del hospital, seguía débil y no tenía fuerzas para atender a una niña de cinco años.—No me siento bien. Además, quiero hablar sobre lo de nuestro hijo.El gesto de Fidel cambió de inmediato.Molesto, apagó el cigarro en el cenicero, y la miró con unos ojos oscuros como un pozo sin fondo; por fuera parecían en calma, pero por dentro hervían.—Ya te dije, no pienso tener más hijos.Solo encárgate de Daya.No te hagas ilusiones con nada más.Sacó una tarjeta del portafolio y la aventó sobre la mesa.—Toma esto y deja de hacer escándalo.Fidel salió de la habitación.Dayana, tan perceptiva como solo los niños pueden ser, retrocedió un paso, tomando cierta distancia de Candela.—¡Otra vez hiciste enojar a papá!¡A ver cómo te las arreglas ahora!La niña le puso una cara de burla, igual de orgullosa y distante que su padre, y salió dando saltitos del cuarto.Por fin, la habitación quedó en silencio.El viento helado se colaba por la ventana, y aquella recámara lujosa se sentía como una nevera, sin rastro de calor.Candela miró por la ventana; en la oscuridad total de la noche, solo se veían a lo lejos algunas luces parpadeando.Sacó de su bolso una invitación: pronto se celebraría una gran subasta en Ciudad Solsticio, y la organización quería que ella fuera la subastadora principal.No había aceptado de inmediato porque era un evento muy grande, y Fidel seguro estaría presente.Él nunca le permitía trabajar.Antes, Candela lo puso por encima de todo, renunció a la carrera que tanto le enorgullecía por ese hombre.Ahora…Candela recordó lo que Fidel había dicho: que sin el título de Sra. Arroyo, ella no era nada.Si así era, entonces ese título no le interesaba más.La mujer que debería estar reposando y cuidándose tras el parto, no solo no tuvo el descanso necesario, sino que además pasó toda la noche expuesta a la brisa helada. No tardó mucho para que Candela terminara con fiebre alta.Medio dormida, sumida en un sopor espeso, fue sacudida por el insistente golpeteo en la puerta.Forzó los párpados para abrir los ojos; sentía la cabeza tan pesada que parecía tener cemento en el cráneo. Todo le retumbaba y dolía por dentro.Volteó y vio la cama del lado intacta, sin una arruga en las sábanas. Sabía que Fidel no había vuelto a dormir esa noche.Ya ni le afectaba.En ese momento, la puerta se abrió de golpe.—Este es el cuarto de mi papá.Dayana entró con Mireia detrás. Ninguna parecía darse cuenta de lo irrespetuoso que era invadir así el espacio ajeno.—¿Qué hacen en mi habitación? —preguntó Candela, apenas logrando articular las palabras. Su garganta ardía, como si la hubiera rasgado con cuchillas, y la voz le salía ronca y apagada.Mireia respondió, fingiendo cortesía.—Sra. Arroyo, el Sr. Fidel me pidió que viniera a buscar su ropa para hoy.Llamaba a Candela "Sra. Arroyo", pero en su cara no había ni una pizca de respeto.Candela, sin dejarse provocar, contestó con indiferencia:—Su ropa está en el vestidor.A Mireia le sorprendió esa reacción. Antes, Candela habría preguntado dónde estaba Fidel la noche anterior, por qué enviaba a Mireia en su lugar, y ni de broma la habría dejado entrar al vestidor de Fidel.Algo había cambiado.Pero eso le venía bien a Mireia. Tener la oportunidad de encargarse de la ropa de Fidel, manejar cosas tan personales, le resultaba dulce y satisfactorio.Sin más, Mireia se metió al vestidor. De ahí empezó a escucharse el murmullo de la ropa moviéndose.Candela la ignoró y tampoco le prestó atención a Dayana. Se levantó y fue directo al pequeño bar para tomar agua.Dayana nunca había sentido el desdén de Candela de esa manera. La niña se acercó, queriendo tomarle el brazo.Justo en ese momento, Candela iba a tomar su medicina. El jalón repentino hizo que el vaso de agua caliente se volcara, bañándole el brazo.La piel clara de Candela se tiñó de rojo de inmediato.La mano de Dayana también se enrojeció un poco.La niña soltó un llanto agudo.—¡Ay! —gritó.Mireia, al oír el alboroto, salió del vestidor.—¿Qué pasó aquí?Candela ya había tomado la pomada para quemaduras y se preparaba para aplicársela a la niña.—Tranquila, Daya, solo fue un poquito. Mira, con el medicamento se te va a quitar.Pero Mireia se apresuró, arrebató a Dayana y la abrazó fuerte, como si la protegiera de un peligro real. Miró a Candela con rabia.—¡Mírala cómo llora! ¡Cómo que no es nada!Yo sé perfectamente lo que pasó, seguro lo hiciste a propósito para lastimar a Daya. Quieres usar a la niña para obligar al Sr. Fidel a regresar a casa. ¡Eres muy mala, Candela!Candela se quedó con la pomada en la mano, suspendida en el aire. Su brazo, enrojecido, ya mostraba varias ampollas. Le dolía como si le enterraran agujas.Miró a Dayana, esperando alguna palabra, una explicación. Pero la niña solo la miró de reojo y se refugió en el abrazo de Mireia.Decir que no le dolía sería mentir.Después de todo, había criado a esa niña cinco años.Candela bajó la mirada y dejó la pomada sobre la mesa.—Si piensan eso de mí, entonces llévatela.Se dio la vuelta.El ardor en el brazo no se comparaba con el dolor que sentía en el pecho.Mireia le gritó mientras Candela salía.—¡Hoy mismo le voy a contar todo al Sr. Fidel! ¡Para que vea quién eres en realidad!Candela ni siquiera se detuvo. Solo lanzó una frase al aire:—Haz lo que quieras.Dayana, acurrucada en los brazos de Mireia, vio cómo Candela se alejaba y una sensación amarga le llenó el pecho.No era que no quisiera explicar lo que había pasado. Solo estaba molesta porque Candela no había pasado la noche anterior con ella horneando galletas.La niña miró su mano: el enrojecimiento ya casi no le dolía, pero recordaba muy bien que el brazo de Candela estaba cubierto de ampollas.Capítulo 2Candela Salinas pasó una semana internada en el hospital.El día que salió, alcanzó a escuchar las conversaciones de las enfermeras en el área de trabajo.Decían que se había sometido sola a un procedimiento de interrupción del embarazo, que llevaba días ingresada y ni un solo familiar había ido a visitarla. Les daba lástima.Algunas incluso murmuraban que probablemente era la amante de alguien importante, que la esposa oficial la había descubierto y entonces no le quedó más remedio que ir al hospital a deshacerse del bebé, recibiendo dinero para callar....Candela apretó los puños sin darse cuenta y bajó la mirada hacia su vientre.El doctor había dicho que su recuperación iba bien, pero entonces, ¿por qué sentía todavía esa punzada desgarradora, como si la herida siguiera abierta por dentro?Se puso los lentes oscuros para esconder las ojeras y dejó el hospital.Al volver a Residencias Monarca, Candela subió directo a la habitación del segundo piso.Todo estaba igual que cuando se fue; eso solo significaba que Fidel Arroyo no había regresado.Ya no tenía fuerzas para preocuparse por dónde andaba Fidel ni con qué mujer se había quedado.Estaba agotada.Se tomó unas pastillas de melatonina y, por fin, pudo dormir en paz.Pero en sueños volvió a revivir la pesadilla de hace una semana: la sangre manchando las sábanas y ese teléfono que jamás contestaba...—¡Mi bebé!Despertó sobresaltada, temblando, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Reconoció la habitación y se quedó mirando al techo, sin moverse.El dolor, ese que parecía romperle el alma, arrancaba desde el vientre y se expandía por todo su ser.Justo entonces, alguien tocó la puerta. Antes de que Candela pudiera decir algo, la puerta ya se había abierto.—Señora, el señor llamó para avisar que hoy sí va a venir a cenar. Debería levantarse y comenzar a preparar la comida.Candela parpadeó para despejarse las lágrimas y respondió con la voz ronca:—No me siento bien. Que la cocina se encargue, ¿sí?Se dio la vuelta en la cama, dándole la espalda a la empleada.Pero la mujer no se rindió; al contrario, se acercó a la cama.—¿Cómo va a ser eso? La señorita adora lo que usted cocina. El señor casi nunca viene a casa; por fin regresa y usted debería aprovechar para conquistar a padre e hija de una vez.Mientras hablaba, Paloma intentó levantarla de la cama.Candela frunció el ceño y apartó la mano de la empleada.—Te estoy diciendo que no me siento bien.Señaló la puerta:—Sal de aquí.Paloma no esperaba que Candela reaccionara así. Se retiró de mala gana, murmurando por lo bajo:—¿Y por qué me grita a mí? Si cuando el señor regrese, bien que va y se le pega como si nada.Candela escuchó todo lo que la empleada dijo. Y sí, Paloma tenía razón: siempre que Fidel volvía, ella se desvivía atendiendo todos sus caprichos, organizando hasta el más mínimo detalle, solo para que él la notara.Pero Fidel jamás la miraba como ella quería.Este matrimonio era solo un trato. La familia Arroyo necesitaba una esposa de buena familia, Fidel requería una mujer atractiva a su lado y Dayana Arroyo buscaba una mamá que la cuidara...Candela se hizo bolita en la cama, abrazando ese vientre vacío que, hasta hace poco, había contenido toda su esperanza.Pero hoy, solo quería permitirle a su dolor salir, solo quería ser una madre que había perdido a su hijo...Las pastillas empezaron a hacer efecto y se hundió otra vez en un sueño profundo....Cuando despertó, escuchó un ruido cerca de la cama.Fidel estaba encima de ella. Sus besos, intensos y posesivos, no le daban respiro. En unos segundos, le quitó la bata de baño.Siempre era igual: Fidel nunca preguntaba si Candela quería o no.—No... no me toques...Candela empujó su pecho, intentando apartarlo.Fidel, creyendo que era un juego de seducción, la sujetó de las muñecas y las levantó sobre su cabeza. Se abalanzó sobre sus labios, insistente.La posición en la que la tenía era humillante. Candela apartó la cara, evitando ese beso.Por un instante, una sombra de molestia cruzó los ojos de Fidel. Al notar que Candela no estaba fingiendo, se le fue el interés.Él no era el tipo de hombre que forzaba a una mujer.Se apartó de la cama, tomó la bata que estaba a un lado y se la amarró en la cintura de manera descuidada. Luego, se sentó en un banco bajo junto a la ventana y encendió un cigarro.La ropa que llevaba Candela ya no tenía forma. Se incorporó con dificultad, se acomodó como pudo y habló con voz queda.—Fidel, quiero el divorcio.El hombre exhaló una bocanada de humo azul, y esa cara tan fuera de lo común se tensó con una expresión distante.—¿Divorcio?Lo dijo como si acabara de escuchar un chiste. Soltó una risa burlona.—Sin el título de “Sra. Arroyo”, ¿qué crees que podrías hacer?Fidel recorrió a Candela con una mirada despectiva, chasqueando el dedo para dejar caer la ceniza en la suave alfombra.—Solo llevé a la niña de viaje al extranjero, ¿por qué tanto drama?La empleada dijo que no estuviste en casa toda la semana y apenas hoy regresaste. ¿Ahora quieres amenazarme con irte de la casa otra vez?Candela pensó, con una amargura que le apretaba el pecho:¿De verdad era necesario llevar también a la secretaria para un viaje con tu hija?Antes, seguro que Candela habría sacado las publicaciones de esa mujer y se las habría restregado a Fidel, exigiéndole una explicación.Pero ahora, ya no le importaba.—Esta semana estuve en el hospital. No me sentía bien.Candela lo dijo con calma.Se preparaba para contarle a Fidel lo que había pasado con su embarazo, pero en ese momento la puerta de la habitación se abrió.—¿Ya te despertaste? ¡Quiero que me hagas galletas!Una niña pequeña, con pijama rosa y descalza, entró corriendo.Candela se inclinó, la miró con una ternura infinita.—Daya, la señora tiene que hablar con tu papá. ¿Te parece si mañana hacemos galletas juntas?—¡No, no! ¡Quiero que sea ahora!Dayana siempre había sido una niña consentida, así que no estaba dispuesta a salir obedientemente.Candela intentó convencerla otra vez, pero entonces el hombre intervino.—Lo que tengas que decir, lo hablamos mañana. Todo el camino vino pidiendo galletas, mejor acompáñala a la cocina.Antes, Candela seguro bajaba rápido a preparar galletas con Dayana. Pero acababa de salir del hospital, seguía débil y no tenía fuerzas para atender a una niña de cinco años.—No me siento bien. Además, quiero hablar sobre lo de nuestro hijo.El gesto de Fidel cambió de inmediato.Molesto, apagó el cigarro en el cenicero, y la miró con unos ojos oscuros como un pozo sin fondo; por fuera parecían en calma, pero por dentro hervían.—Ya te dije, no pienso tener más hijos.Solo encárgate de Daya.No te hagas ilusiones con nada más.Sacó una tarjeta del portafolio y la aventó sobre la mesa.—Toma esto y deja de hacer escándalo.Fidel salió de la habitación.Dayana, tan perceptiva como solo los niños pueden ser, retrocedió un paso, tomando cierta distancia de Candela.—¡Otra vez hiciste enojar a papá!¡A ver cómo te las arreglas ahora!La niña le puso una cara de burla, igual de orgullosa y distante que su padre, y salió dando saltitos del cuarto.Por fin, la habitación quedó en silencio.El viento helado se colaba por la ventana, y aquella recámara lujosa se sentía como una nevera, sin rastro de calor.Candela miró por la ventana; en la oscuridad total de la noche, solo se veían a lo lejos algunas luces parpadeando.Sacó de su bolso una invitación: pronto se celebraría una gran subasta en Ciudad Solsticio, y la organización quería que ella fuera la subastadora principal.No había aceptado de inmediato porque era un evento muy grande, y Fidel seguro estaría presente.Él nunca le permitía trabajar.Antes, Candela lo puso por encima de todo, renunció a la carrera que tanto le enorgullecía por ese hombre.Ahora…Candela recordó lo que Fidel había dicho: que sin el título de Sra. Arroyo, ella no era nada.Si así era, entonces ese título no le interesaba más.La mujer que debería estar reposando y cuidándose tras el parto, no solo no tuvo el descanso necesario, sino que además pasó toda la noche expuesta a la brisa helada. No tardó mucho para que Candela terminara con fiebre alta.Medio dormida, sumida en un sopor espeso, fue sacudida por el insistente golpeteo en la puerta.Forzó los párpados para abrir los ojos; sentía la cabeza tan pesada que parecía tener cemento en el cráneo. Todo le retumbaba y dolía por dentro.Volteó y vio la cama del lado intacta, sin una arruga en las sábanas. Sabía que Fidel no había vuelto a dormir esa noche.Ya ni le afectaba.En ese momento, la puerta se abrió de golpe.—Este es el cuarto de mi papá.Dayana entró con Mireia detrás. Ninguna parecía darse cuenta de lo irrespetuoso que era invadir así el espacio ajeno.—¿Qué hacen en mi habitación? —preguntó Candela, apenas logrando articular las palabras. Su garganta ardía, como si la hubiera rasgado con cuchillas, y la voz le salía ronca y apagada.Mireia respondió, fingiendo cortesía.—Sra. Arroyo, el Sr. Fidel me pidió que viniera a buscar su ropa para hoy.Llamaba a Candela "Sra. Arroyo", pero en su cara no había ni una pizca de respeto.Candela, sin dejarse provocar, contestó con indiferencia:—Su ropa está en el vestidor.A Mireia le sorprendió esa reacción. Antes, Candela habría preguntado dónde estaba Fidel la noche anterior, por qué enviaba a Mireia en su lugar, y ni de broma la habría dejado entrar al vestidor de Fidel.Algo había cambiado.Pero eso le venía bien a Mireia. Tener la oportunidad de encargarse de la ropa de Fidel, manejar cosas tan personales, le resultaba dulce y satisfactorio.Sin más, Mireia se metió al vestidor. De ahí empezó a escucharse el murmullo de la ropa moviéndose.Candela la ignoró y tampoco le prestó atención a Dayana. Se levantó y fue directo al pequeño bar para tomar agua.Dayana nunca había sentido el desdén de Candela de esa manera. La niña se acercó, queriendo tomarle el brazo.Justo en ese momento, Candela iba a tomar su medicina. El jalón repentino hizo que el vaso de agua caliente se volcara, bañándole el brazo.La piel clara de Candela se tiñó de rojo de inmediato.La mano de Dayana también se enrojeció un poco.La niña soltó un llanto agudo.—¡Ay! —gritó.Mireia, al oír el alboroto, salió del vestidor.—¿Qué pasó aquí?Candela ya había tomado la pomada para quemaduras y se preparaba para aplicársela a la niña.—Tranquila, Daya, solo fue un poquito. Mira, con el medicamento se te va a quitar.Pero Mireia se apresuró, arrebató a Dayana y la abrazó fuerte, como si la protegiera de un peligro real. Miró a Candela con rabia.—¡Mírala cómo llora! ¡Cómo que no es nada!Yo sé perfectamente lo que pasó, seguro lo hiciste a propósito para lastimar a Daya. Quieres usar a la niña para obligar al Sr. Fidel a regresar a casa. ¡Eres muy mala, Candela!Candela se quedó con la pomada en la mano, suspendida en el aire. Su brazo, enrojecido, ya mostraba varias ampollas. Le dolía como si le enterraran agujas.Miró a Dayana, esperando alguna palabra, una explicación. Pero la niña solo la miró de reojo y se refugió en el abrazo de Mireia.Decir que no le dolía sería mentir.Después de todo, había criado a esa niña cinco años.Candela bajó la mirada y dejó la pomada sobre la mesa.—Si piensan eso de mí, entonces llévatela.Se dio la vuelta.El ardor en el brazo no se comparaba con el dolor que sentía en el pecho.Mireia le gritó mientras Candela salía.—¡Hoy mismo le voy a contar todo al Sr. Fidel! ¡Para que vea quién eres en realidad!Candela ni siquiera se detuvo. Solo lanzó una frase al aire:—Haz lo que quieras.Dayana, acurrucada en los brazos de Mireia, vio cómo Candela se alejaba y una sensación amarga le llenó el pecho.No era que no quisiera explicar lo que había pasado. Solo estaba molesta porque Candela no había pasado la noche anterior con ella horneando galletas.La niña miró su mano: el enrojecimiento ya casi no le dolía, pero recordaba muy bien que el brazo de Candela estaba cubierto de ampollas.Capítulo 3Candela Salinas pasó una semana internada en el hospital.El día que salió, alcanzó a escuchar las conversaciones de las enfermeras en el área de trabajo.Decían que se había sometido sola a un procedimiento de interrupción del embarazo, que llevaba días ingresada y ni un solo familiar había ido a visitarla. Les daba lástima.Algunas incluso murmuraban que probablemente era la amante de alguien importante, que la esposa oficial la había descubierto y entonces no le quedó más remedio que ir al hospital a deshacerse del bebé, recibiendo dinero para callar....Candela apretó los puños sin darse cuenta y bajó la mirada hacia su vientre.El doctor había dicho que su recuperación iba bien, pero entonces, ¿por qué sentía todavía esa punzada desgarradora, como si la herida siguiera abierta por dentro?Se puso los lentes oscuros para esconder las ojeras y dejó el hospital.Al volver a Residencias Monarca, Candela subió directo a la habitación del segundo piso.Todo estaba igual que cuando se fue; eso solo significaba que Fidel Arroyo no había regresado.Ya no tenía fuerzas para preocuparse por dónde andaba Fidel ni con qué mujer se había quedado.Estaba agotada.Se tomó unas pastillas de melatonina y, por fin, pudo dormir en paz.Pero en sueños volvió a revivir la pesadilla de hace una semana: la sangre manchando las sábanas y ese teléfono que jamás contestaba...—¡Mi bebé!Despertó sobresaltada, temblando, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Reconoció la habitación y se quedó mirando al techo, sin moverse.El dolor, ese que parecía romperle el alma, arrancaba desde el vientre y se expandía por todo su ser.Justo entonces, alguien tocó la puerta. Antes de que Candela pudiera decir algo, la puerta ya se había abierto.—Señora, el señor llamó para avisar que hoy sí va a venir a cenar. Debería levantarse y comenzar a preparar la comida.Candela parpadeó para despejarse las lágrimas y respondió con la voz ronca:—No me siento bien. Que la cocina se encargue, ¿sí?Se dio la vuelta en la cama, dándole la espalda a la empleada.Pero la mujer no se rindió; al contrario, se acercó a la cama.—¿Cómo va a ser eso? La señorita adora lo que usted cocina. El señor casi nunca viene a casa; por fin regresa y usted debería aprovechar para conquistar a padre e hija de una vez.Mientras hablaba, Paloma intentó levantarla de la cama.Candela frunció el ceño y apartó la mano de la empleada.—Te estoy diciendo que no me siento bien.Señaló la puerta:—Sal de aquí.Paloma no esperaba que Candela reaccionara así. Se retiró de mala gana, murmurando por lo bajo:—¿Y por qué me grita a mí? Si cuando el señor regrese, bien que va y se le pega como si nada.Candela escuchó todo lo que la empleada dijo. Y sí, Paloma tenía razón: siempre que Fidel volvía, ella se desvivía atendiendo todos sus caprichos, organizando hasta el más mínimo detalle, solo para que él la notara.Pero Fidel jamás la miraba como ella quería.Este matrimonio era solo un trato. La familia Arroyo necesitaba una esposa de buena familia, Fidel requería una mujer atractiva a su lado y Dayana Arroyo buscaba una mamá que la cuidara...Candela se hizo bolita en la cama, abrazando ese vientre vacío que, hasta hace poco, había contenido toda su esperanza.Pero hoy, solo quería permitirle a su dolor salir, solo quería ser una madre que había perdido a su hijo...Las pastillas empezaron a hacer efecto y se hundió otra vez en un sueño profundo....Cuando despertó, escuchó un ruido cerca de la cama.Fidel estaba encima de ella. Sus besos, intensos y posesivos, no le daban respiro. En unos segundos, le quitó la bata de baño.Siempre era igual: Fidel nunca preguntaba si Candela quería o no.—No... no me toques...Candela empujó su pecho, intentando apartarlo.Fidel, creyendo que era un juego de seducción, la sujetó de las muñecas y las levantó sobre su cabeza. Se abalanzó sobre sus labios, insistente.La posición en la que la tenía era humillante. Candela apartó la cara, evitando ese beso.Por un instante, una sombra de molestia cruzó los ojos de Fidel. Al notar que Candela no estaba fingiendo, se le fue el interés.Él no era el tipo de hombre que forzaba a una mujer.Se apartó de la cama, tomó la bata que estaba a un lado y se la amarró en la cintura de manera descuidada. Luego, se sentó en un banco bajo junto a la ventana y encendió un cigarro.La ropa que llevaba Candela ya no tenía forma. Se incorporó con dificultad, se acomodó como pudo y habló con voz queda.—Fidel, quiero el divorcio.El hombre exhaló una bocanada de humo azul, y esa cara tan fuera de lo común se tensó con una expresión distante.—¿Divorcio?Lo dijo como si acabara de escuchar un chiste. Soltó una risa burlona.—Sin el título de “Sra. Arroyo”, ¿qué crees que podrías hacer?Fidel recorrió a Candela con una mirada despectiva, chasqueando el dedo para dejar caer la ceniza en la suave alfombra.—Solo llevé a la niña de viaje al extranjero, ¿por qué tanto drama?La empleada dijo que no estuviste en casa toda la semana y apenas hoy regresaste. ¿Ahora quieres amenazarme con irte de la casa otra vez?Candela pensó, con una amargura que le apretaba el pecho:¿De verdad era necesario llevar también a la secretaria para un viaje con tu hija?Antes, seguro que Candela habría sacado las publicaciones de esa mujer y se las habría restregado a Fidel, exigiéndole una explicación.Pero ahora, ya no le importaba.—Esta semana estuve en el hospital. No me sentía bien.Candela lo dijo con calma.Se preparaba para contarle a Fidel lo que había pasado con su embarazo, pero en ese momento la puerta de la habitación se abrió.—¿Ya te despertaste? ¡Quiero que me hagas galletas!Una niña pequeña, con pijama rosa y descalza, entró corriendo.Candela se inclinó, la miró con una ternura infinita.—Daya, la señora tiene que hablar con tu papá. ¿Te parece si mañana hacemos galletas juntas?—¡No, no! ¡Quiero que sea ahora!Dayana siempre había sido una niña consentida, así que no estaba dispuesta a salir obedientemente.Candela intentó convencerla otra vez, pero entonces el hombre intervino.—Lo que tengas que decir, lo hablamos mañana. Todo el camino vino pidiendo galletas, mejor acompáñala a la cocina.Antes, Candela seguro bajaba rápido a preparar galletas con Dayana. Pero acababa de salir del hospital, seguía débil y no tenía fuerzas para atender a una niña de cinco años.—No me siento bien. Además, quiero hablar sobre lo de nuestro hijo.El gesto de Fidel cambió de inmediato.Molesto, apagó el cigarro en el cenicero, y la miró con unos ojos oscuros como un pozo sin fondo; por fuera parecían en calma, pero por dentro hervían.—Ya te dije, no pienso tener más hijos.Solo encárgate de Daya.No te hagas ilusiones con nada más.Sacó una tarjeta del portafolio y la aventó sobre la mesa.—Toma esto y deja de hacer escándalo.Fidel salió de la habitación.Dayana, tan perceptiva como solo los niños pueden ser, retrocedió un paso, tomando cierta distancia de Candela.—¡Otra vez hiciste enojar a papá!¡A ver cómo te las arreglas ahora!La niña le puso una cara de burla, igual de orgullosa y distante que su padre, y salió dando saltitos del cuarto.Por fin, la habitación quedó en silencio.El viento helado se colaba por la ventana, y aquella recámara lujosa se sentía como una nevera, sin rastro de calor.Candela miró por la ventana; en la oscuridad total de la noche, solo se veían a lo lejos algunas luces parpadeando.Sacó de su bolso una invitación: pronto se celebraría una gran subasta en Ciudad Solsticio, y la organización quería que ella fuera la subastadora principal.No había aceptado de inmediato porque era un evento muy grande, y Fidel seguro estaría presente.Él nunca le permitía trabajar.Antes, Candela lo puso por encima de todo, renunció a la carrera que tanto le enorgullecía por ese hombre.Ahora…Candela recordó lo que Fidel había dicho: que sin el título de Sra. Arroyo, ella no era nada.Si así era, entonces ese título no le interesaba más.La mujer que debería estar reposando y cuidándose tras el parto, no solo no tuvo el descanso necesario, sino que además pasó toda la noche expuesta a la brisa helada. No tardó mucho para que Candela terminara con fiebre alta.Medio dormida, sumida en un sopor espeso, fue sacudida por el insistente golpeteo en la puerta.Forzó los párpados para abrir los ojos; sentía la cabeza tan pesada que parecía tener cemento en el cráneo. Todo le retumbaba y dolía por dentro.Volteó y vio la cama del lado intacta, sin una arruga en las sábanas. Sabía que Fidel no había vuelto a dormir esa noche.Ya ni le afectaba.En ese momento, la puerta se abrió de golpe.—Este es el cuarto de mi papá.Dayana entró con Mireia detrás. Ninguna parecía darse cuenta de lo irrespetuoso que era invadir así el espacio ajeno.—¿Qué hacen en mi habitación? —preguntó Candela, apenas logrando articular las palabras. Su garganta ardía, como si la hubiera rasgado con cuchillas, y la voz le salía ronca y apagada.Mireia respondió, fingiendo cortesía.—Sra. Arroyo, el Sr. Fidel me pidió que viniera a buscar su ropa para hoy.Llamaba a Candela "Sra. Arroyo", pero en su cara no había ni una pizca de respeto.Candela, sin dejarse provocar, contestó con indiferencia:—Su ropa está en el vestidor.A Mireia le sorprendió esa reacción. Antes, Candela habría preguntado dónde estaba Fidel la noche anterior, por qué enviaba a Mireia en su lugar, y ni de broma la habría dejado entrar al vestidor de Fidel.Algo había cambiado.Pero eso le venía bien a Mireia. Tener la oportunidad de encargarse de la ropa de Fidel, manejar cosas tan personales, le resultaba dulce y satisfactorio.Sin más, Mireia se metió al vestidor. De ahí empezó a escucharse el murmullo de la ropa moviéndose.Candela la ignoró y tampoco le prestó atención a Dayana. Se levantó y fue directo al pequeño bar para tomar agua.Dayana nunca había sentido el desdén de Candela de esa manera. La niña se acercó, queriendo tomarle el brazo.Justo en ese momento, Candela iba a tomar su medicina. El jalón repentino hizo que el vaso de agua caliente se volcara, bañándole el brazo.La piel clara de Candela se tiñó de rojo de inmediato.La mano de Dayana también se enrojeció un poco.La niña soltó un llanto agudo.—¡Ay! —gritó.Mireia, al oír el alboroto, salió del vestidor.—¿Qué pasó aquí?Candela ya había tomado la pomada para quemaduras y se preparaba para aplicársela a la niña.—Tranquila, Daya, solo fue un poquito. Mira, con el medicamento se te va a quitar.Pero Mireia se apresuró, arrebató a Dayana y la abrazó fuerte, como si la protegiera de un peligro real. Miró a Candela con rabia.—¡Mírala cómo llora! ¡Cómo que no es nada!Yo sé perfectamente lo que pasó, seguro lo hiciste a propósito para lastimar a Daya. Quieres usar a la niña para obligar al Sr. Fidel a regresar a casa. ¡Eres muy mala, Candela!Candela se quedó con la pomada en la mano, suspendida en el aire. Su brazo, enrojecido, ya mostraba varias ampollas. Le dolía como si le enterraran agujas.Miró a Dayana, esperando alguna palabra, una explicación. Pero la niña solo la miró de reojo y se refugió en el abrazo de Mireia.Decir que no le dolía sería mentir.Después de todo, había criado a esa niña cinco años.Candela bajó la mirada y dejó la pomada sobre la mesa.—Si piensan eso de mí, entonces llévatela.Se dio la vuelta.El ardor en el brazo no se comparaba con el dolor que sentía en el pecho.Mireia le gritó mientras Candela salía.—¡Hoy mismo le voy a contar todo al Sr. Fidel! ¡Para que vea quién eres en realidad!Candela ni siquiera se detuvo. Solo lanzó una frase al aire:—Haz lo que quieras.Dayana, acurrucada en los brazos de Mireia, vio cómo Candela se alejaba y una sensación amarga le llenó el pecho.No era que no quisiera explicar lo que había pasado. Solo estaba molesta porque Candela no había pasado la noche anterior con ella horneando galletas.La niña miró su mano: el enrojecimiento ya casi no le dolía, pero recordaba muy bien que el brazo de Candela estaba cubierto de ampollas.

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