En las alturas deslumbrantes de la sociedad, el amor se entreteje con hilos de drama y complejidad. Selena, una escritora común y corriente, se perdió en la profundidad de la mirada gentil de Isaac la primera vez que se encontraron en el elevador. Aunque Selena vive una vida sencilla, Isaac es un poderoso CEO, venerado por muchos y jamás falto de admiradoras. Aun así, entre esta disparidad de mundos, la chispa del romance encendió entre ellos. Pero en la élite, el amor se enfrenta a pruebas inquebrantables bajo la sombra de intereses egoístas. Fue durante una llamada casual cuando Selena descubrió que Isaac había decidido unir su vida a otra mujer por motivos de negocios, manteniéndolo como secreto para ella. Durante los tres años en los que Isaac quedó ciego tras un accidente, Selena fue su fiel compañera. Al enfrentar la amarga realidad, Selena comprende que había sido un simple peón en un juego calculado, sin conocer nunca el sabor de un amor auténtico. Resuelta a dejar atrás esta ilusión quebradiza, su nombre aparece en la lista de un vuelo que acaba en el mar. Pero justo cuando Isaac se consume en su pesar, Selena resurge con una identidad renovada, dispuesta a conquistar el mundo que alguna vez buscó silenciarla…

Capítulo 1El verano bochornoso acababa de despedirse y, sin embargo, el frescor del otoño todavía no se sentía.Las farolas iluminaban una carretera solitaria en medio del bosque, donde el silencio solo era roto por el canto suave de los ruiseñores, posados en las ramas. La luna derramaba su luz sobre los árboles, proyectando sombras irregulares sobre el suelo.En ese momento, un lujoso Rolls-Royce estaba estacionado al borde del camino. El motor zumbaba, cortando la quietud de la noche. Poco después, el sonido de apagarse el carro devolvió la calma al ambiente.Dentro del carro, el aire se podía cortar con cuchillo.Selena, enfundada en un vestido de fiesta rojo, permanecía atrapada en los brazos de Isaac. El beso de él era profundo, casi asfixiante. La apretó con más fuerza, pegándola aún más a su cuerpo. Las piernas de Selena reposaban sobre el pantalón azul oscuro y pulcro de Isaac, y el calor entre ambos se podía sentir sin esfuerzo.Los labios de Isaac rozaron la oreja de Selena, mordiéndole el lóbulo con una risa suave y baja.Selena lo miraba con los ojos llenos de amor y, sin dudarlo, rodeó su cuello con los brazos.En ese preciso instante, el celular de Isaac comenzó a sonar de manera estridente.Isaac se detuvo de golpe, con el ceño marcado por molestia.Echó una mirada al nombre en la pantalla: Felipe Espinosa. Deslizó el dedo y contestó.—Isaac, ¿te volviste loco...? —La voz masculina del otro lado se escuchaba fuerte.Isaac arrugó el entrecejo y respondió en un francés impecable:—Habla en francés.Felipe guardó silencio unos segundos, comprendiendo la indirecta.—¿De verdad te reconciliaste con Isabel Ríos? ¿Esto es en serio? No entiendo tu lógica, señor. Cuando perdiste la vista, esa mujer te abandonó en tu peor momento, y ahora vienes a decirme que volviste con ella. ¿De plano perdiste la cabeza?Selena, aunque no era su idioma nativo, había aprendido francés y pudo entender la conversación. Se acercó un poco más a Isaac, intrigada por ese secreto que no podía decirse en español. Sin embargo, una oleada de decepción la invadió, una sensación tan conocida, tan parecida al desaliento que ya había sentido antes.Isaac no notó el cambio en Selena.Hablando al teléfono, soltó en tono seco:—Voy a casarme con la familia Ríos…—¿Casarte? ¿Y Selena? ¿Qué lugar ocupa ella en todo esto?—¿Ya olvidaste quién estuvo a tu lado esos tres años en los que no podías ver? ¿Quién renunció a su trabajo para ayudarte a recuperarte? Selena fue tu ángel de la guarda durante tres años. Ella rezaba todas las noches para que recuperaras la vista. ¿Eso ya no cuenta?—¿Ahora me sales con que quieres volver con Isabel Ríos? O estás mal de la cabeza, o el mundo entero está de cabeza.Isaac contestó con voz impasible:—No importa, ella no va a saberlo. No voy a dejar que lo descubra. Y si algún día se entera, ¿qué más da? Selena me ama tanto que sería capaz de entregarme hasta el último pedazo de su corazón. Nunca me dejaría. Así que mejor no te metas, yo sé lo que hago.Felipe alzó la voz:—¿Eso crees? ¿Eso es lo que piensas de Selena? ¿Después de todo lo que hizo por ti, la vas a dejar así de feo? ¿Qué, eres un adolescente atolondrado? Yo pensé que eras más sensato, pero mira, resultaste igual que todos: un tonto más.Isaac perdió la paciencia y le gritó:—¡Cállate! No eres nadie para juzgarme, Felipe. Lo único que tienes que hacer es frenar los rumores sobre mi boda con Isabel. Ni una palabra más, ¿me oíste?—Espero que sepas lo que estás haciendo, señor Méndez —Felipe respondió cortante.Sin esperar más, Isaac colgó y dejó el celular sobre el asiento, sin cuidado.Bajó la mirada y volvió a fijar los ojos en Selena.Ella temblaba, apenas podía controlar el temblor que la recorría.Las palabras de la llamada no paraban de retumbarle en la cabeza: Isabel Ríos ha vuelto.El vértigo la golpeó. Se mordió el labio tan fuerte que sintió el sabor metálico de la sangre, obligándose a contener las lágrimas.Si no supiera francés, no habría entendido nada de esa llamada; tampoco estaría sufriendo así. Pero el destino quiso que entendiera, y así, de forma brutal, se enteró de que el hombre al que amaba estaba a punto de traicionarla.Mientras Selena seguía sumida en esa tormenta de emociones, Isaac se acomodó la corbata con elegancia y la miró desde arriba.Sus ojos, que minutos antes la miraban con deseo, ahora lucían distantes, casi irreconocibles.—¿Qué te pasa? —preguntó, acariciando su cabello—. ¿Por qué esa cara?—Nada, solo estoy cansada —forzó una sonrisa—. Ya casi es otoño y el clima anda loco. No dormí bien anoche.Isaac frunció el ceño.—No seas tonta, la salud es lo más importante.Llegaron al edificio de Selena. Isaac insistió en acompañarla hasta arriba, pero ella lo detuvo amablemente.—No te preocupes, Isaac. Solo necesito descansar. Ya es muy tarde, vete a dormir tú también.Dijo esto tratando de sonar tranquila, aunque por dentro se moría de tristeza. Aun así, le dio un beso suave en la mejilla.Isaac la miró unos segundos, luego la besó en la comisura de los labios. Ese beso, tierno y lleno de nostalgia, era igual a tantos otros de antes.—Entonces, buenas noches.—Buenas noches —respondió Selena, fingiendo una sonrisa que no llegaba a sus ojos.El clic de la cerradura resonó en el apartamento. Selena entró, encendió la luz, dejó caer la bolsa y se dejó caer en el sofá.Todo era tan absurdo.Recordó la primera vez que vio a Isaac, hace siete años: un encuentro casual en el elevador, una mirada bastó para que su corazón no volviera a estar en paz.Siete años. Había amado a ese hombre durante siete años.De admirarlo a la distancia, pasó a formar parte de su vida después del accidente de hace cinco años.Pensó que era el destino, que estaban hechos para estar juntos siempre.Resulta que esos siete años de amor no habían sido más que una ilusión de Selena, un sueño que solo ella alimentaba.Una sola llamada bastó para arrancar de raíz todas las mentiras.Isaac había recuperado el control y ahora era visto como una leyenda inalcanzable por todos, mientras Selena seguía creyendo que era la princesa esperando a que el príncipe la llevara a su castillo, como en el cuento de Cenicienta.Qué idea tan ingenua. Como mujer, en ese instante solo podía sentirse tonta....A la mañana siguiente, Isaac apareció puntualmente frente al edificio donde vivía Selena.Un Rolls-Royce negro descansaba en silencio junto a la acera, y él se apoyaba con naturalidad al costado del carro, luciendo completamente relajado.Tenía la mano derecha en la bolsa del pantalón y, con la izquierda, golpeaba el vidrio del carro con un ritmo pausado. Su postura parecía casual, pero no podía ocultar ese aire de elegancia que traía desde la cuna.Ese día, Isaac había elegido un traje gris oscuro hecho a la medida, resaltando a la perfección sus hombros anchos y la cintura estrecha.La luz del sol dibujaba su perfil, marcando con claridad la firmeza de su quijada y el puente recto de su nariz.Era el mismo rostro que Selena había amado durante siete años, pero esa mañana lo sentía como si lo viera por primera vez: familiar y ajeno al mismo tiempo.—Buenos días, amor —saludó ella, fingiendo serenidad.—¿Dormiste bien anoche?—Sí —respondió Selena, forzando una leve sonrisa.Isaac no notó nada extraño. Actuó con la cortesía de siempre y le abrió la puerta del carro—: Quiero llevarte a un lugar.Selena tampoco hizo ningún gesto de rechazo. Caminó con la gracia de una dama hasta colocarse a su lado. El aroma de su loción la envolvió, fresco y embriagador. Al verlo sonreír con esa calidez, ella supo, en el fondo, que esas sonrisas pronto dejarían de pertenecerle; ahora serían para Isabel.El Rolls-Royce se alejó del bullicio del centro, tomando caminos curvos entre los árboles, donde la luz y las sombras jugaban sobre el asfalto.Después de media hora, el carro entró en una carretera privada, flanqueada por hileras de álamos perfectamente alineados.A lo lejos, una construcción blanca empezó a dibujarse entre los árboles.—Ya llegamos.El carro se detuvo despacio y, solo entonces, Selena pudo ver con claridad la casa frente a ella: una mansión europea de al menos mil metros cuadrados, pintada en tonos marfil. Tres pisos, con alas que se extendían a ambos lados formando una curva elegante.—Selena, esta casa es mi regalo para ti.—¿Te gusta? Aquí está tu nuevo hogar.—Vamos, quiero enseñarte por dentro.Isaac tomó su mano. El calor de su palma se coló entre los dedos de Selena.El pórtico estaba cubierto de rosas, sus flores favoritas, y el jardín exhibía esculturas que alguna vez ella había elogiado en revistas, casi sin pensarlo.Cada detalle parecía hecho especialmente para ella: los libros en el estudio, la cocina decorada con el estilo que le gustaba, los colores suaves en el dormitorio, todo mostraba dedicación y cariño.El dormitorio principal, en el segundo piso, era amplio y lleno de luz. Sobre la cama, las sábanas azul claro hacían juego con su gusto.Entró al vestidor y vio que ahí colgaban prendas de todas sus marcas favoritas, todas de su talla, ni un milímetro de error.Isaac la conocía mejor que nadie: sus gustos, sus rutinas, incluso sus manías más insignificantes.Él la esperaba de pie en medio del dormitorio, mirándola con intensidad.—Selena, tengo algo para ti.Sacó del interior de su saco un pequeño estuche de terciopelo verde oscuro y se acercó despacio.Sus ojos la miraban con una mezcla de ternura y determinación.Selena contuvo la respiración. Había soñado tantas veces con ese momento.Un anillo de compromiso. Una promesa de siempre. Un futuro juntos.Isaac abrió el estuche. Pero dentro no había ningún anillo, sino un par de aretes de esmeralda, brillando con un resplandor misterioso.—¿Te gustan? Los traje de París —preguntó él, con voz suave.Selena se quedó paralizada.No era un anillo. No era una propuesta de matrimonio.El verde, ese color tan peculiar, en la antigua nobleza simbolizaba placer, deseo y pasión, pero también la facilidad con que algo podía ser desechado.Al pensarlo, Selena sintió que eso describía justo lo que estaban viviendo.—Están preciosos —consiguió decir, fingiendo una sonrisa.Isaac se puso de pie, sacó los aretes del estuche y se los colocó a Selena con delicadeza.—Perfectos —se apartó un poco, mirándola como si admirara una obra de arte.Selena giró hacia el espejo. La mujer que la miraba desde allí tenía la piel pálida, y solo el brillo de las esmeraldas resaltaba a un costado de su rostro.—De verdad están lindos. Gracias.Isaac la abrazó por la espalda, apoyó la quijada en su hombro y la miró a los ojos a través del espejo.—No tienes que darme las gracias. Te mereces lo mejor, siempre.—Isaac —Selena susurró, sin apartar la vista del reflejo—, llevamos mucho tiempo juntos. ¿Alguna vez has pensado en nuestro futuro?Él soltó una risa suave cerca de su oído—: ¿No es esto nuestro futuro? Ya tienes una casa; lo que quieras, yo te lo voy a dar.Selena se giró para enfrentarlo—: ¿Y si te dijera que lo que quiero es casarme contigo?Por un segundo, los ojos de Isaac dejaron ver una sombra de duda, pero enseguida volvió a su actitud de siempre.Tomó el rostro de Selena entre sus manos y la besó, rozando apenas sus labios.—Todavía es muy pronto para hablar de eso, ¿no crees? Somos jóvenes, tenemos todo por delante. Algún día, vamos a tener todo lo que sueñas.En ese instante, Selena comprendió. Tal vez, ese “algún día” que ella tanto esperaba… jamás llegaría.En la noche, durante la fiesta de celebración del proyecto del Grupo Méndez.La recepción se llevaba a cabo en el Hotel Bellavista, propiedad del Grupo Méndez. Bajo las luces resplandecientes, el salón estaba lleno de gente moviéndose de un lado a otro, creando una atmósfera vibrante.Isaac llegó acompañado de Selena, y apenas cruzaron la entrada, el bullicio del lugar se apagó de golpe.Isaac lucía impecable, su figura erguida y el traje perfectamente ajustado, lo hacían ver aún más distinguido y distante.Selena llevaba un vestido de gala, ajustado en tono rojo oscuro, que resaltaba su silueta. Había recogido su cabello con esmero, dejando caer algunos mechones ondulados que enmarcaban su rostro; su piel parecía aún más luminosa bajo aquellas luces.De todos lados les llovían miradas, algunas llenas de admiración, otras teñidas de envidia.Mientras Isaac la guiaba entre la multitud, la gente, sin pensarlo dos veces, se abría para dejarles el paso libre.Unos cuantos miembros de la junta directiva se acercaron primero, con sonrisas amplias aunque con el cuerpo inclinado en señal de respeto.—Presidente Méndez, una vez más usted fue quien movió los hilos de este proyecto. En el medio no se habla de otra cosa, dicen que con esta jugada el Grupo Méndez le lleva cinco años de ventaja a la competencia.El hombre apenas terminó de hablar y ya se retiraba con cierta incomodidad, dejando espacio para que otros se acercaran de inmediato, ansiosos por hacerse notar ante Isaac.—Señor Méndez, nos enteramos que incluso los de arriba lo felicitaron personalmente. ¡Ese reconocimiento no lo tiene nadie más en nuestro círculo! —exclamó otro.—Presidente Méndez, escuché que el proyecto en Asia-Pacífico dejó con la boca abierta a los viejos del consejo —intervino el heredero de otro grupo empresarial, alzando su copa de champán, con una actitud demasiado entusiasta—. Usted en una sola jugada generó tres mil millones de pesos en ganancias. Deje algo para los demás, ¿no cree?Isaac mantenía una media sonrisa en los labios, aunque sus ojos permanecían impasibles. Movía la copa de champán en su mano, sin responder pero tampoco dejando a nadie en mal momento.Ya estaba acostumbrado a esos discursos llenos de adulaciones; tras escucharlos tantas veces, se le habían vuelto ruido de fondo, entraban por un oído y salían por el otro.Entre el ir y venir de copas y saludos, el murmullo de voces bajó de volumen, como si todos sintieran la llegada de algo inesperado.Selena notó que el brazo de Isaac se tensaba levemente. Instintivamente, siguió la dirección de su mirada y vio a una mujer de figura esbelta avanzando con paso lento hacia la entrada.Isabel Ríos.La mujer que había marcado un antes y un después en la vida de Isaac seguía igual de deslumbrante que siempre.Isabel recorrió el salón con la mirada, buscando entre la multitud. En el momento en que localizó a Isaac, sus ojos brillaron intensamente.Las miradas de todos los presentes se centraron en ella, mientras los murmullos se multiplicaban.Varios viejos conocidos rodearon a Isabel, saludándola con entusiasmo. De vez en cuando se escuchaba su risa clara y contagiosa.Sin que nadie se diera cuenta, Felipe ya estaba a su lado. Parecían reencontrarse después de mucho tiempo. Pronto, Isaac también fue invitado a unirse a la conversación.Selena fue presentada a Isabel con cortesía. Isabel asintió y le dedicó una sonrisa cortés, pero con cierta distancia.—¿Te acuerdas de la lancha de nuestro viejo amigo Florentino? —Felipe agitó su copa de vino con una sonrisa pícara—. Aquella fiesta loca estuvo a nada de llevarnos a todos directito a la comisaría.Isabel sonrió de lado, dejando ver un destello nostálgico en su mirada.—Por suerte Isaac consiguió un equipo de abogados en tiempo récord y nos sacaron del lío.—¿Equipo de abogados? —Isaac intervino, quitándole importancia—. Solo llamé al hijo menor de la familia Valencia.—Ah, claro, ese bribón —Felipe soltó una carcajada—. Cuando su papá se enteró de que usó el apellido de la familia para sacarnos, no lo dejó entrar a la casa en un mes.Isabel apoyó la mejilla en su mano y miró a Isaac.—¿No te castigaron también a ti? Me contaron que el señor Íñigo, de tan furioso, rompió toda la colección de porcelana que compró en la subasta.—Por cierto, ¿todavía tienes nuestra lancha? —Isabel se giró hacia Isaac, curiosa.Isaac asintió con calma.—La remodelé hace dos años.—¿La blanca? —Felipe abrió los ojos sorprendido—. Pensé que ya la habías vendido.—¿Por qué la habría vendido? —Isabel negó con la cabeza, sonriendo—. Esa fue la primera apuesta que ganamos Isaac y yo, cuando estuvimos de viaje en Mónaco.Capítulo 2El verano bochornoso acababa de despedirse y, sin embargo, el frescor del otoño todavía no se sentía.Las farolas iluminaban una carretera solitaria en medio del bosque, donde el silencio solo era roto por el canto suave de los ruiseñores, posados en las ramas. La luna derramaba su luz sobre los árboles, proyectando sombras irregulares sobre el suelo.En ese momento, un lujoso Rolls-Royce estaba estacionado al borde del camino. El motor zumbaba, cortando la quietud de la noche. Poco después, el sonido de apagarse el carro devolvió la calma al ambiente.Dentro del carro, el aire se podía cortar con cuchillo.Selena, enfundada en un vestido de fiesta rojo, permanecía atrapada en los brazos de Isaac. El beso de él era profundo, casi asfixiante. La apretó con más fuerza, pegándola aún más a su cuerpo. Las piernas de Selena reposaban sobre el pantalón azul oscuro y pulcro de Isaac, y el calor entre ambos se podía sentir sin esfuerzo.Los labios de Isaac rozaron la oreja de Selena, mordiéndole el lóbulo con una risa suave y baja.Selena lo miraba con los ojos llenos de amor y, sin dudarlo, rodeó su cuello con los brazos.En ese preciso instante, el celular de Isaac comenzó a sonar de manera estridente.Isaac se detuvo de golpe, con el ceño marcado por molestia.Echó una mirada al nombre en la pantalla: Felipe Espinosa. Deslizó el dedo y contestó.—Isaac, ¿te volviste loco...? —La voz masculina del otro lado se escuchaba fuerte.Isaac arrugó el entrecejo y respondió en un francés impecable:—Habla en francés.Felipe guardó silencio unos segundos, comprendiendo la indirecta.—¿De verdad te reconciliaste con Isabel Ríos? ¿Esto es en serio? No entiendo tu lógica, señor. Cuando perdiste la vista, esa mujer te abandonó en tu peor momento, y ahora vienes a decirme que volviste con ella. ¿De plano perdiste la cabeza?Selena, aunque no era su idioma nativo, había aprendido francés y pudo entender la conversación. Se acercó un poco más a Isaac, intrigada por ese secreto que no podía decirse en español. Sin embargo, una oleada de decepción la invadió, una sensación tan conocida, tan parecida al desaliento que ya había sentido antes.Isaac no notó el cambio en Selena.Hablando al teléfono, soltó en tono seco:—Voy a casarme con la familia Ríos…—¿Casarte? ¿Y Selena? ¿Qué lugar ocupa ella en todo esto?—¿Ya olvidaste quién estuvo a tu lado esos tres años en los que no podías ver? ¿Quién renunció a su trabajo para ayudarte a recuperarte? Selena fue tu ángel de la guarda durante tres años. Ella rezaba todas las noches para que recuperaras la vista. ¿Eso ya no cuenta?—¿Ahora me sales con que quieres volver con Isabel Ríos? O estás mal de la cabeza, o el mundo entero está de cabeza.Isaac contestó con voz impasible:—No importa, ella no va a saberlo. No voy a dejar que lo descubra. Y si algún día se entera, ¿qué más da? Selena me ama tanto que sería capaz de entregarme hasta el último pedazo de su corazón. Nunca me dejaría. Así que mejor no te metas, yo sé lo que hago.Felipe alzó la voz:—¿Eso crees? ¿Eso es lo que piensas de Selena? ¿Después de todo lo que hizo por ti, la vas a dejar así de feo? ¿Qué, eres un adolescente atolondrado? Yo pensé que eras más sensato, pero mira, resultaste igual que todos: un tonto más.Isaac perdió la paciencia y le gritó:—¡Cállate! No eres nadie para juzgarme, Felipe. Lo único que tienes que hacer es frenar los rumores sobre mi boda con Isabel. Ni una palabra más, ¿me oíste?—Espero que sepas lo que estás haciendo, señor Méndez —Felipe respondió cortante.Sin esperar más, Isaac colgó y dejó el celular sobre el asiento, sin cuidado.Bajó la mirada y volvió a fijar los ojos en Selena.Ella temblaba, apenas podía controlar el temblor que la recorría.Las palabras de la llamada no paraban de retumbarle en la cabeza: Isabel Ríos ha vuelto.El vértigo la golpeó. Se mordió el labio tan fuerte que sintió el sabor metálico de la sangre, obligándose a contener las lágrimas.Si no supiera francés, no habría entendido nada de esa llamada; tampoco estaría sufriendo así. Pero el destino quiso que entendiera, y así, de forma brutal, se enteró de que el hombre al que amaba estaba a punto de traicionarla.Mientras Selena seguía sumida en esa tormenta de emociones, Isaac se acomodó la corbata con elegancia y la miró desde arriba.Sus ojos, que minutos antes la miraban con deseo, ahora lucían distantes, casi irreconocibles.—¿Qué te pasa? —preguntó, acariciando su cabello—. ¿Por qué esa cara?—Nada, solo estoy cansada —forzó una sonrisa—. Ya casi es otoño y el clima anda loco. No dormí bien anoche.Isaac frunció el ceño.—No seas tonta, la salud es lo más importante.Llegaron al edificio de Selena. Isaac insistió en acompañarla hasta arriba, pero ella lo detuvo amablemente.—No te preocupes, Isaac. Solo necesito descansar. Ya es muy tarde, vete a dormir tú también.Dijo esto tratando de sonar tranquila, aunque por dentro se moría de tristeza. Aun así, le dio un beso suave en la mejilla.Isaac la miró unos segundos, luego la besó en la comisura de los labios. Ese beso, tierno y lleno de nostalgia, era igual a tantos otros de antes.—Entonces, buenas noches.—Buenas noches —respondió Selena, fingiendo una sonrisa que no llegaba a sus ojos.El clic de la cerradura resonó en el apartamento. Selena entró, encendió la luz, dejó caer la bolsa y se dejó caer en el sofá.Todo era tan absurdo.Recordó la primera vez que vio a Isaac, hace siete años: un encuentro casual en el elevador, una mirada bastó para que su corazón no volviera a estar en paz.Siete años. Había amado a ese hombre durante siete años.De admirarlo a la distancia, pasó a formar parte de su vida después del accidente de hace cinco años.Pensó que era el destino, que estaban hechos para estar juntos siempre.Resulta que esos siete años de amor no habían sido más que una ilusión de Selena, un sueño que solo ella alimentaba.Una sola llamada bastó para arrancar de raíz todas las mentiras.Isaac había recuperado el control y ahora era visto como una leyenda inalcanzable por todos, mientras Selena seguía creyendo que era la princesa esperando a que el príncipe la llevara a su castillo, como en el cuento de Cenicienta.Qué idea tan ingenua. Como mujer, en ese instante solo podía sentirse tonta....A la mañana siguiente, Isaac apareció puntualmente frente al edificio donde vivía Selena.Un Rolls-Royce negro descansaba en silencio junto a la acera, y él se apoyaba con naturalidad al costado del carro, luciendo completamente relajado.Tenía la mano derecha en la bolsa del pantalón y, con la izquierda, golpeaba el vidrio del carro con un ritmo pausado. Su postura parecía casual, pero no podía ocultar ese aire de elegancia que traía desde la cuna.Ese día, Isaac había elegido un traje gris oscuro hecho a la medida, resaltando a la perfección sus hombros anchos y la cintura estrecha.La luz del sol dibujaba su perfil, marcando con claridad la firmeza de su quijada y el puente recto de su nariz.Era el mismo rostro que Selena había amado durante siete años, pero esa mañana lo sentía como si lo viera por primera vez: familiar y ajeno al mismo tiempo.—Buenos días, amor —saludó ella, fingiendo serenidad.—¿Dormiste bien anoche?—Sí —respondió Selena, forzando una leve sonrisa.Isaac no notó nada extraño. Actuó con la cortesía de siempre y le abrió la puerta del carro—: Quiero llevarte a un lugar.Selena tampoco hizo ningún gesto de rechazo. Caminó con la gracia de una dama hasta colocarse a su lado. El aroma de su loción la envolvió, fresco y embriagador. Al verlo sonreír con esa calidez, ella supo, en el fondo, que esas sonrisas pronto dejarían de pertenecerle; ahora serían para Isabel.El Rolls-Royce se alejó del bullicio del centro, tomando caminos curvos entre los árboles, donde la luz y las sombras jugaban sobre el asfalto.Después de media hora, el carro entró en una carretera privada, flanqueada por hileras de álamos perfectamente alineados.A lo lejos, una construcción blanca empezó a dibujarse entre los árboles.—Ya llegamos.El carro se detuvo despacio y, solo entonces, Selena pudo ver con claridad la casa frente a ella: una mansión europea de al menos mil metros cuadrados, pintada en tonos marfil. Tres pisos, con alas que se extendían a ambos lados formando una curva elegante.—Selena, esta casa es mi regalo para ti.—¿Te gusta? Aquí está tu nuevo hogar.—Vamos, quiero enseñarte por dentro.Isaac tomó su mano. El calor de su palma se coló entre los dedos de Selena.El pórtico estaba cubierto de rosas, sus flores favoritas, y el jardín exhibía esculturas que alguna vez ella había elogiado en revistas, casi sin pensarlo.Cada detalle parecía hecho especialmente para ella: los libros en el estudio, la cocina decorada con el estilo que le gustaba, los colores suaves en el dormitorio, todo mostraba dedicación y cariño.El dormitorio principal, en el segundo piso, era amplio y lleno de luz. Sobre la cama, las sábanas azul claro hacían juego con su gusto.Entró al vestidor y vio que ahí colgaban prendas de todas sus marcas favoritas, todas de su talla, ni un milímetro de error.Isaac la conocía mejor que nadie: sus gustos, sus rutinas, incluso sus manías más insignificantes.Él la esperaba de pie en medio del dormitorio, mirándola con intensidad.—Selena, tengo algo para ti.Sacó del interior de su saco un pequeño estuche de terciopelo verde oscuro y se acercó despacio.Sus ojos la miraban con una mezcla de ternura y determinación.Selena contuvo la respiración. Había soñado tantas veces con ese momento.Un anillo de compromiso. Una promesa de siempre. Un futuro juntos.Isaac abrió el estuche. Pero dentro no había ningún anillo, sino un par de aretes de esmeralda, brillando con un resplandor misterioso.—¿Te gustan? Los traje de París —preguntó él, con voz suave.Selena se quedó paralizada.No era un anillo. No era una propuesta de matrimonio.El verde, ese color tan peculiar, en la antigua nobleza simbolizaba placer, deseo y pasión, pero también la facilidad con que algo podía ser desechado.Al pensarlo, Selena sintió que eso describía justo lo que estaban viviendo.—Están preciosos —consiguió decir, fingiendo una sonrisa.Isaac se puso de pie, sacó los aretes del estuche y se los colocó a Selena con delicadeza.—Perfectos —se apartó un poco, mirándola como si admirara una obra de arte.Selena giró hacia el espejo. La mujer que la miraba desde allí tenía la piel pálida, y solo el brillo de las esmeraldas resaltaba a un costado de su rostro.—De verdad están lindos. Gracias.Isaac la abrazó por la espalda, apoyó la quijada en su hombro y la miró a los ojos a través del espejo.—No tienes que darme las gracias. Te mereces lo mejor, siempre.—Isaac —Selena susurró, sin apartar la vista del reflejo—, llevamos mucho tiempo juntos. ¿Alguna vez has pensado en nuestro futuro?Él soltó una risa suave cerca de su oído—: ¿No es esto nuestro futuro? Ya tienes una casa; lo que quieras, yo te lo voy a dar.Selena se giró para enfrentarlo—: ¿Y si te dijera que lo que quiero es casarme contigo?Por un segundo, los ojos de Isaac dejaron ver una sombra de duda, pero enseguida volvió a su actitud de siempre.Tomó el rostro de Selena entre sus manos y la besó, rozando apenas sus labios.—Todavía es muy pronto para hablar de eso, ¿no crees? Somos jóvenes, tenemos todo por delante. Algún día, vamos a tener todo lo que sueñas.En ese instante, Selena comprendió. Tal vez, ese “algún día” que ella tanto esperaba… jamás llegaría.En la noche, durante la fiesta de celebración del proyecto del Grupo Méndez.La recepción se llevaba a cabo en el Hotel Bellavista, propiedad del Grupo Méndez. Bajo las luces resplandecientes, el salón estaba lleno de gente moviéndose de un lado a otro, creando una atmósfera vibrante.Isaac llegó acompañado de Selena, y apenas cruzaron la entrada, el bullicio del lugar se apagó de golpe.Isaac lucía impecable, su figura erguida y el traje perfectamente ajustado, lo hacían ver aún más distinguido y distante.Selena llevaba un vestido de gala, ajustado en tono rojo oscuro, que resaltaba su silueta. Había recogido su cabello con esmero, dejando caer algunos mechones ondulados que enmarcaban su rostro; su piel parecía aún más luminosa bajo aquellas luces.De todos lados les llovían miradas, algunas llenas de admiración, otras teñidas de envidia.Mientras Isaac la guiaba entre la multitud, la gente, sin pensarlo dos veces, se abría para dejarles el paso libre.Unos cuantos miembros de la junta directiva se acercaron primero, con sonrisas amplias aunque con el cuerpo inclinado en señal de respeto.—Presidente Méndez, una vez más usted fue quien movió los hilos de este proyecto. En el medio no se habla de otra cosa, dicen que con esta jugada el Grupo Méndez le lleva cinco años de ventaja a la competencia.El hombre apenas terminó de hablar y ya se retiraba con cierta incomodidad, dejando espacio para que otros se acercaran de inmediato, ansiosos por hacerse notar ante Isaac.—Señor Méndez, nos enteramos que incluso los de arriba lo felicitaron personalmente. ¡Ese reconocimiento no lo tiene nadie más en nuestro círculo! —exclamó otro.—Presidente Méndez, escuché que el proyecto en Asia-Pacífico dejó con la boca abierta a los viejos del consejo —intervino el heredero de otro grupo empresarial, alzando su copa de champán, con una actitud demasiado entusiasta—. Usted en una sola jugada generó tres mil millones de pesos en ganancias. Deje algo para los demás, ¿no cree?Isaac mantenía una media sonrisa en los labios, aunque sus ojos permanecían impasibles. Movía la copa de champán en su mano, sin responder pero tampoco dejando a nadie en mal momento.Ya estaba acostumbrado a esos discursos llenos de adulaciones; tras escucharlos tantas veces, se le habían vuelto ruido de fondo, entraban por un oído y salían por el otro.Entre el ir y venir de copas y saludos, el murmullo de voces bajó de volumen, como si todos sintieran la llegada de algo inesperado.Selena notó que el brazo de Isaac se tensaba levemente. Instintivamente, siguió la dirección de su mirada y vio a una mujer de figura esbelta avanzando con paso lento hacia la entrada.Isabel Ríos.La mujer que había marcado un antes y un después en la vida de Isaac seguía igual de deslumbrante que siempre.Isabel recorrió el salón con la mirada, buscando entre la multitud. En el momento en que localizó a Isaac, sus ojos brillaron intensamente.Las miradas de todos los presentes se centraron en ella, mientras los murmullos se multiplicaban.Varios viejos conocidos rodearon a Isabel, saludándola con entusiasmo. De vez en cuando se escuchaba su risa clara y contagiosa.Sin que nadie se diera cuenta, Felipe ya estaba a su lado. Parecían reencontrarse después de mucho tiempo. Pronto, Isaac también fue invitado a unirse a la conversación.Selena fue presentada a Isabel con cortesía. Isabel asintió y le dedicó una sonrisa cortés, pero con cierta distancia.—¿Te acuerdas de la lancha de nuestro viejo amigo Florentino? —Felipe agitó su copa de vino con una sonrisa pícara—. Aquella fiesta loca estuvo a nada de llevarnos a todos directito a la comisaría.Isabel sonrió de lado, dejando ver un destello nostálgico en su mirada.—Por suerte Isaac consiguió un equipo de abogados en tiempo récord y nos sacaron del lío.—¿Equipo de abogados? —Isaac intervino, quitándole importancia—. Solo llamé al hijo menor de la familia Valencia.—Ah, claro, ese bribón —Felipe soltó una carcajada—. Cuando su papá se enteró de que usó el apellido de la familia para sacarnos, no lo dejó entrar a la casa en un mes.Isabel apoyó la mejilla en su mano y miró a Isaac.—¿No te castigaron también a ti? Me contaron que el señor Íñigo, de tan furioso, rompió toda la colección de porcelana que compró en la subasta.—Por cierto, ¿todavía tienes nuestra lancha? —Isabel se giró hacia Isaac, curiosa.Isaac asintió con calma.—La remodelé hace dos años.—¿La blanca? —Felipe abrió los ojos sorprendido—. Pensé que ya la habías vendido.—¿Por qué la habría vendido? —Isabel negó con la cabeza, sonriendo—. Esa fue la primera apuesta que ganamos Isaac y yo, cuando estuvimos de viaje en Mónaco.Capítulo 3El verano bochornoso acababa de despedirse y, sin embargo, el frescor del otoño todavía no se sentía.Las farolas iluminaban una carretera solitaria en medio del bosque, donde el silencio solo era roto por el canto suave de los ruiseñores, posados en las ramas. La luna derramaba su luz sobre los árboles, proyectando sombras irregulares sobre el suelo.En ese momento, un lujoso Rolls-Royce estaba estacionado al borde del camino. El motor zumbaba, cortando la quietud de la noche. Poco después, el sonido de apagarse el carro devolvió la calma al ambiente.Dentro del carro, el aire se podía cortar con cuchillo.Selena, enfundada en un vestido de fiesta rojo, permanecía atrapada en los brazos de Isaac. El beso de él era profundo, casi asfixiante. La apretó con más fuerza, pegándola aún más a su cuerpo. Las piernas de Selena reposaban sobre el pantalón azul oscuro y pulcro de Isaac, y el calor entre ambos se podía sentir sin esfuerzo.Los labios de Isaac rozaron la oreja de Selena, mordiéndole el lóbulo con una risa suave y baja.Selena lo miraba con los ojos llenos de amor y, sin dudarlo, rodeó su cuello con los brazos.En ese preciso instante, el celular de Isaac comenzó a sonar de manera estridente.Isaac se detuvo de golpe, con el ceño marcado por molestia.Echó una mirada al nombre en la pantalla: Felipe Espinosa. Deslizó el dedo y contestó.—Isaac, ¿te volviste loco...? —La voz masculina del otro lado se escuchaba fuerte.Isaac arrugó el entrecejo y respondió en un francés impecable:—Habla en francés.Felipe guardó silencio unos segundos, comprendiendo la indirecta.—¿De verdad te reconciliaste con Isabel Ríos? ¿Esto es en serio? No entiendo tu lógica, señor. Cuando perdiste la vista, esa mujer te abandonó en tu peor momento, y ahora vienes a decirme que volviste con ella. ¿De plano perdiste la cabeza?Selena, aunque no era su idioma nativo, había aprendido francés y pudo entender la conversación. Se acercó un poco más a Isaac, intrigada por ese secreto que no podía decirse en español. Sin embargo, una oleada de decepción la invadió, una sensación tan conocida, tan parecida al desaliento que ya había sentido antes.Isaac no notó el cambio en Selena.Hablando al teléfono, soltó en tono seco:—Voy a casarme con la familia Ríos…—¿Casarte? ¿Y Selena? ¿Qué lugar ocupa ella en todo esto?—¿Ya olvidaste quién estuvo a tu lado esos tres años en los que no podías ver? ¿Quién renunció a su trabajo para ayudarte a recuperarte? Selena fue tu ángel de la guarda durante tres años. Ella rezaba todas las noches para que recuperaras la vista. ¿Eso ya no cuenta?—¿Ahora me sales con que quieres volver con Isabel Ríos? O estás mal de la cabeza, o el mundo entero está de cabeza.Isaac contestó con voz impasible:—No importa, ella no va a saberlo. No voy a dejar que lo descubra. Y si algún día se entera, ¿qué más da? Selena me ama tanto que sería capaz de entregarme hasta el último pedazo de su corazón. Nunca me dejaría. Así que mejor no te metas, yo sé lo que hago.Felipe alzó la voz:—¿Eso crees? ¿Eso es lo que piensas de Selena? ¿Después de todo lo que hizo por ti, la vas a dejar así de feo? ¿Qué, eres un adolescente atolondrado? Yo pensé que eras más sensato, pero mira, resultaste igual que todos: un tonto más.Isaac perdió la paciencia y le gritó:—¡Cállate! No eres nadie para juzgarme, Felipe. Lo único que tienes que hacer es frenar los rumores sobre mi boda con Isabel. Ni una palabra más, ¿me oíste?—Espero que sepas lo que estás haciendo, señor Méndez —Felipe respondió cortante.Sin esperar más, Isaac colgó y dejó el celular sobre el asiento, sin cuidado.Bajó la mirada y volvió a fijar los ojos en Selena.Ella temblaba, apenas podía controlar el temblor que la recorría.Las palabras de la llamada no paraban de retumbarle en la cabeza: Isabel Ríos ha vuelto.El vértigo la golpeó. Se mordió el labio tan fuerte que sintió el sabor metálico de la sangre, obligándose a contener las lágrimas.Si no supiera francés, no habría entendido nada de esa llamada; tampoco estaría sufriendo así. Pero el destino quiso que entendiera, y así, de forma brutal, se enteró de que el hombre al que amaba estaba a punto de traicionarla.Mientras Selena seguía sumida en esa tormenta de emociones, Isaac se acomodó la corbata con elegancia y la miró desde arriba.Sus ojos, que minutos antes la miraban con deseo, ahora lucían distantes, casi irreconocibles.—¿Qué te pasa? —preguntó, acariciando su cabello—. ¿Por qué esa cara?—Nada, solo estoy cansada —forzó una sonrisa—. Ya casi es otoño y el clima anda loco. No dormí bien anoche.Isaac frunció el ceño.—No seas tonta, la salud es lo más importante.Llegaron al edificio de Selena. Isaac insistió en acompañarla hasta arriba, pero ella lo detuvo amablemente.—No te preocupes, Isaac. Solo necesito descansar. Ya es muy tarde, vete a dormir tú también.Dijo esto tratando de sonar tranquila, aunque por dentro se moría de tristeza. Aun así, le dio un beso suave en la mejilla.Isaac la miró unos segundos, luego la besó en la comisura de los labios. Ese beso, tierno y lleno de nostalgia, era igual a tantos otros de antes.—Entonces, buenas noches.—Buenas noches —respondió Selena, fingiendo una sonrisa que no llegaba a sus ojos.El clic de la cerradura resonó en el apartamento. Selena entró, encendió la luz, dejó caer la bolsa y se dejó caer en el sofá.Todo era tan absurdo.Recordó la primera vez que vio a Isaac, hace siete años: un encuentro casual en el elevador, una mirada bastó para que su corazón no volviera a estar en paz.Siete años. Había amado a ese hombre durante siete años.De admirarlo a la distancia, pasó a formar parte de su vida después del accidente de hace cinco años.Pensó que era el destino, que estaban hechos para estar juntos siempre.Resulta que esos siete años de amor no habían sido más que una ilusión de Selena, un sueño que solo ella alimentaba.Una sola llamada bastó para arrancar de raíz todas las mentiras.Isaac había recuperado el control y ahora era visto como una leyenda inalcanzable por todos, mientras Selena seguía creyendo que era la princesa esperando a que el príncipe la llevara a su castillo, como en el cuento de Cenicienta.Qué idea tan ingenua. Como mujer, en ese instante solo podía sentirse tonta....A la mañana siguiente, Isaac apareció puntualmente frente al edificio donde vivía Selena.Un Rolls-Royce negro descansaba en silencio junto a la acera, y él se apoyaba con naturalidad al costado del carro, luciendo completamente relajado.Tenía la mano derecha en la bolsa del pantalón y, con la izquierda, golpeaba el vidrio del carro con un ritmo pausado. Su postura parecía casual, pero no podía ocultar ese aire de elegancia que traía desde la cuna.Ese día, Isaac había elegido un traje gris oscuro hecho a la medida, resaltando a la perfección sus hombros anchos y la cintura estrecha.La luz del sol dibujaba su perfil, marcando con claridad la firmeza de su quijada y el puente recto de su nariz.Era el mismo rostro que Selena había amado durante siete años, pero esa mañana lo sentía como si lo viera por primera vez: familiar y ajeno al mismo tiempo.—Buenos días, amor —saludó ella, fingiendo serenidad.—¿Dormiste bien anoche?—Sí —respondió Selena, forzando una leve sonrisa.Isaac no notó nada extraño. Actuó con la cortesía de siempre y le abrió la puerta del carro—: Quiero llevarte a un lugar.Selena tampoco hizo ningún gesto de rechazo. Caminó con la gracia de una dama hasta colocarse a su lado. El aroma de su loción la envolvió, fresco y embriagador. Al verlo sonreír con esa calidez, ella supo, en el fondo, que esas sonrisas pronto dejarían de pertenecerle; ahora serían para Isabel.El Rolls-Royce se alejó del bullicio del centro, tomando caminos curvos entre los árboles, donde la luz y las sombras jugaban sobre el asfalto.Después de media hora, el carro entró en una carretera privada, flanqueada por hileras de álamos perfectamente alineados.A lo lejos, una construcción blanca empezó a dibujarse entre los árboles.—Ya llegamos.El carro se detuvo despacio y, solo entonces, Selena pudo ver con claridad la casa frente a ella: una mansión europea de al menos mil metros cuadrados, pintada en tonos marfil. Tres pisos, con alas que se extendían a ambos lados formando una curva elegante.—Selena, esta casa es mi regalo para ti.—¿Te gusta? Aquí está tu nuevo hogar.—Vamos, quiero enseñarte por dentro.Isaac tomó su mano. El calor de su palma se coló entre los dedos de Selena.El pórtico estaba cubierto de rosas, sus flores favoritas, y el jardín exhibía esculturas que alguna vez ella había elogiado en revistas, casi sin pensarlo.Cada detalle parecía hecho especialmente para ella: los libros en el estudio, la cocina decorada con el estilo que le gustaba, los colores suaves en el dormitorio, todo mostraba dedicación y cariño.El dormitorio principal, en el segundo piso, era amplio y lleno de luz. Sobre la cama, las sábanas azul claro hacían juego con su gusto.Entró al vestidor y vio que ahí colgaban prendas de todas sus marcas favoritas, todas de su talla, ni un milímetro de error.Isaac la conocía mejor que nadie: sus gustos, sus rutinas, incluso sus manías más insignificantes.Él la esperaba de pie en medio del dormitorio, mirándola con intensidad.—Selena, tengo algo para ti.Sacó del interior de su saco un pequeño estuche de terciopelo verde oscuro y se acercó despacio.Sus ojos la miraban con una mezcla de ternura y determinación.Selena contuvo la respiración. Había soñado tantas veces con ese momento.Un anillo de compromiso. Una promesa de siempre. Un futuro juntos.Isaac abrió el estuche. Pero dentro no había ningún anillo, sino un par de aretes de esmeralda, brillando con un resplandor misterioso.—¿Te gustan? Los traje de París —preguntó él, con voz suave.Selena se quedó paralizada.No era un anillo. No era una propuesta de matrimonio.El verde, ese color tan peculiar, en la antigua nobleza simbolizaba placer, deseo y pasión, pero también la facilidad con que algo podía ser desechado.Al pensarlo, Selena sintió que eso describía justo lo que estaban viviendo.—Están preciosos —consiguió decir, fingiendo una sonrisa.Isaac se puso de pie, sacó los aretes del estuche y se los colocó a Selena con delicadeza.—Perfectos —se apartó un poco, mirándola como si admirara una obra de arte.Selena giró hacia el espejo. La mujer que la miraba desde allí tenía la piel pálida, y solo el brillo de las esmeraldas resaltaba a un costado de su rostro.—De verdad están lindos. Gracias.Isaac la abrazó por la espalda, apoyó la quijada en su hombro y la miró a los ojos a través del espejo.—No tienes que darme las gracias. Te mereces lo mejor, siempre.—Isaac —Selena susurró, sin apartar la vista del reflejo—, llevamos mucho tiempo juntos. ¿Alguna vez has pensado en nuestro futuro?Él soltó una risa suave cerca de su oído—: ¿No es esto nuestro futuro? Ya tienes una casa; lo que quieras, yo te lo voy a dar.Selena se giró para enfrentarlo—: ¿Y si te dijera que lo que quiero es casarme contigo?Por un segundo, los ojos de Isaac dejaron ver una sombra de duda, pero enseguida volvió a su actitud de siempre.Tomó el rostro de Selena entre sus manos y la besó, rozando apenas sus labios.—Todavía es muy pronto para hablar de eso, ¿no crees? Somos jóvenes, tenemos todo por delante. Algún día, vamos a tener todo lo que sueñas.En ese instante, Selena comprendió. Tal vez, ese “algún día” que ella tanto esperaba… jamás llegaría.En la noche, durante la fiesta de celebración del proyecto del Grupo Méndez.La recepción se llevaba a cabo en el Hotel Bellavista, propiedad del Grupo Méndez. Bajo las luces resplandecientes, el salón estaba lleno de gente moviéndose de un lado a otro, creando una atmósfera vibrante.Isaac llegó acompañado de Selena, y apenas cruzaron la entrada, el bullicio del lugar se apagó de golpe.Isaac lucía impecable, su figura erguida y el traje perfectamente ajustado, lo hacían ver aún más distinguido y distante.Selena llevaba un vestido de gala, ajustado en tono rojo oscuro, que resaltaba su silueta. Había recogido su cabello con esmero, dejando caer algunos mechones ondulados que enmarcaban su rostro; su piel parecía aún más luminosa bajo aquellas luces.De todos lados les llovían miradas, algunas llenas de admiración, otras teñidas de envidia.Mientras Isaac la guiaba entre la multitud, la gente, sin pensarlo dos veces, se abría para dejarles el paso libre.Unos cuantos miembros de la junta directiva se acercaron primero, con sonrisas amplias aunque con el cuerpo inclinado en señal de respeto.—Presidente Méndez, una vez más usted fue quien movió los hilos de este proyecto. En el medio no se habla de otra cosa, dicen que con esta jugada el Grupo Méndez le lleva cinco años de ventaja a la competencia.El hombre apenas terminó de hablar y ya se retiraba con cierta incomodidad, dejando espacio para que otros se acercaran de inmediato, ansiosos por hacerse notar ante Isaac.—Señor Méndez, nos enteramos que incluso los de arriba lo felicitaron personalmente. ¡Ese reconocimiento no lo tiene nadie más en nuestro círculo! —exclamó otro.—Presidente Méndez, escuché que el proyecto en Asia-Pacífico dejó con la boca abierta a los viejos del consejo —intervino el heredero de otro grupo empresarial, alzando su copa de champán, con una actitud demasiado entusiasta—. Usted en una sola jugada generó tres mil millones de pesos en ganancias. Deje algo para los demás, ¿no cree?Isaac mantenía una media sonrisa en los labios, aunque sus ojos permanecían impasibles. Movía la copa de champán en su mano, sin responder pero tampoco dejando a nadie en mal momento.Ya estaba acostumbrado a esos discursos llenos de adulaciones; tras escucharlos tantas veces, se le habían vuelto ruido de fondo, entraban por un oído y salían por el otro.Entre el ir y venir de copas y saludos, el murmullo de voces bajó de volumen, como si todos sintieran la llegada de algo inesperado.Selena notó que el brazo de Isaac se tensaba levemente. Instintivamente, siguió la dirección de su mirada y vio a una mujer de figura esbelta avanzando con paso lento hacia la entrada.Isabel Ríos.La mujer que había marcado un antes y un después en la vida de Isaac seguía igual de deslumbrante que siempre.Isabel recorrió el salón con la mirada, buscando entre la multitud. En el momento en que localizó a Isaac, sus ojos brillaron intensamente.Las miradas de todos los presentes se centraron en ella, mientras los murmullos se multiplicaban.Varios viejos conocidos rodearon a Isabel, saludándola con entusiasmo. De vez en cuando se escuchaba su risa clara y contagiosa.Sin que nadie se diera cuenta, Felipe ya estaba a su lado. Parecían reencontrarse después de mucho tiempo. Pronto, Isaac también fue invitado a unirse a la conversación.Selena fue presentada a Isabel con cortesía. Isabel asintió y le dedicó una sonrisa cortés, pero con cierta distancia.—¿Te acuerdas de la lancha de nuestro viejo amigo Florentino? —Felipe agitó su copa de vino con una sonrisa pícara—. Aquella fiesta loca estuvo a nada de llevarnos a todos directito a la comisaría.Isabel sonrió de lado, dejando ver un destello nostálgico en su mirada.—Por suerte Isaac consiguió un equipo de abogados en tiempo récord y nos sacaron del lío.—¿Equipo de abogados? —Isaac intervino, quitándole importancia—. Solo llamé al hijo menor de la familia Valencia.—Ah, claro, ese bribón —Felipe soltó una carcajada—. Cuando su papá se enteró de que usó el apellido de la familia para sacarnos, no lo dejó entrar a la casa en un mes.Isabel apoyó la mejilla en su mano y miró a Isaac.—¿No te castigaron también a ti? Me contaron que el señor Íñigo, de tan furioso, rompió toda la colección de porcelana que compró en la subasta.—Por cierto, ¿todavía tienes nuestra lancha? —Isabel se giró hacia Isaac, curiosa.Isaac asintió con calma.—La remodelé hace dos años.—¿La blanca? —Felipe abrió los ojos sorprendido—. Pensé que ya la habías vendido.—¿Por qué la habría vendido? —Isabel negó con la cabeza, sonriendo—. Esa fue la primera apuesta que ganamos Isaac y yo, cuando estuvimos de viaje en Mónaco.

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