Celina Bustos y Octavio Garza fueron amigos de la infancia durante veinte años, pero tras un incidente, su matrimonio se desgastó. Octavio se hundió en el fanatismo religioso, volviéndose frío y distante, incluso llevó a su amante, Angélica Farías, y a su hija ilegítima a vivir con ellos. Celina aguantó en silencio mientras recolectaba pruebas para el divorcio, pero sufrió constantes humillaciones. Cuando descubrió las mentiras y la traición de Octavio, decidió cortar por lo sano. Sin embargo, cuando presentó la demanda de divorcio, aquel marido ascético rompió sus propias reglas y comenzó a perseguirla sin tregua… En este juego de poder matrimonial, ¿quién terminó siendo el verdadero ganador?

Capítulo 1Esta noche tocaba mi cita mensual con Octavio Garza. Nuestra única noche de intimidad en el mes.Sin querer, dejé escapar un pequeño suspiro.Pero en la mirada cortante de Octavio ya no quedaba ni rastro de deseo.—Celina Bustos, rompiste las reglas.Se apartó rápido, se puso la bata y se fue directo al baño.Me quedé sola, tendida en la cama, cerrando los ojos con la vergüenza y el coraje atascados en el pecho.Todo había cambiado desde hace tres años, desde que perdimos a nuestro primer hijo.En ese entonces, Octavio construyó un altar en la casa, con la excusa de hacer misa por el niño. Desde entonces, siempre había incienso encendido y ofrendas, y él no dejaba de rezar.Decía que, como personas creyentes, debíamos evitar el exceso. Según él, la vida de pareja solo podía darse una vez al mes.Y no solo eso. Tampoco podía hacer ningún ruido cuando estábamos juntos, para no “ofender los oídos de Dios”.Yo tenía apenas veinticinco años, con toda una vida y deseos por delante, pero no me quedaba más que aceptar lo que él dictaba....A media noche, Octavio salió de la casa.No pasó mucho tiempo antes de que sonara mi celular. Era mi mejor amiga.La voz de Mónica Silva sonaba llena de urgencia:—¡Celina, métete ya a las tendencias! ¿O soy yo, o el que sale con Angélica Farías en las fotos se parece un montón a Octavio?Entré a la tendencia y sentí como si me hubieran pegado en la cabeza. Un zumbido sordo me nubló todo.[¡Bombazo! La actriz Angélica podría tener un patrocinador secreto. ¡La identidad del patrocinador está por revelarse!]Solo se veía una silueta de espaldas, algo borrosa, pero yo reconocería a mi marido aunque fuera en la oscuridad.Esa mano derecha que nunca soltaba el rosario, ahora la tenía rodeando la cintura de Angélica mientras entraban juntos a un hotel.Justo en ese momento, llegaron dos correos anónimos a mi celular.Decenas de fotos en alta definición aparecieron ante mis ojos.La primera: Octavio, de rodillas, abrazando a una niña pequeña vestida con un vestido esponjado, mientras la niña lo rodeaba del cuello y lo besaba en la mejilla.La segunda: Angélica le acomodaba el saco, quitándole algo del hombro, y él, en vez de apartarla como solía hacer conmigo, dejaba que ella lo tocara y hasta le sonreía de lado, con una expresión que nunca me mostró a mí....Vi foto tras foto, hasta que ya no me quedó duda. Estos tres años de indiferencia no tenían que ver con su fe.Tenía que ver con su traición.Sentí las uñas clavándose en la palma de mi mano. Respiré profundo una y otra vez, obligándome a mantener la calma mientras abría el segundo correo.Solo era una línea de texto:[Sra. Garza, ¿prefiere que esto se haga público o pagar un millón para quedárselo todo?][Un millón. Lo compro.]Respondí enseguida. Usé todo el dinero que quedaba en mi cuenta para comprar esas pruebas, las mismas que podían destruir por completo a mi marido y su amante.Lo irónico era que ese dinero había sido el regalo de bodas que Octavio me dio al casarnos.Ahora, lo usaba para comprar la evidencia de su traición.No podía dejar de mirar a la niña de las fotos.Si nuestra hija no hubiera muerto, tendría la misma edad que esa niña.Pero yo ni siquiera pude verla; solo me entregaron una cajita con un poco de ceniza.En ese tiempo yo estaba destrozada, y él solo me dijo, con la ligereza de quien no siente nada:—Ya vendrán más hijos.Ahora sé que no, que nunca habría más.Después de veinte años juntos, después de tantas promesas y un anillo entregado con juramentos, todo acabó siendo pura espuma.Cuando terminé de comprar las fotos, marqué a Mónica:—¿Conoces algún abogado? Quiero divorciarme.Si un hombre se ensucia, es mejor dejarlo ir.Mónica investigó y me devolvió la llamada.El abogado redactó un acuerdo de divorcio, pero como no sabíamos qué bienes tenía Octavio, no era posible definir el reparto de las propiedades.Le dije:—Envíame el acuerdo. Lo de los bienes lo arreglo después con él.Después de todo, esas fotos me costaron solo un millón, pero la reputación del presidente de Grupo Garza vale mucho más.Mientras esas pruebas estuvieran en mis manos, ¿qué tan difícil podía ser negociar el reparto?Imprimí el acuerdo y lo puse en la mesa. Luego marqué el número de Octavio.A los pocos segundos, contestaron.—¿Srta. Celina? ¿Se le ofrece algo? Octavio está con la niña.La voz dulce de Angélica sonaba cortés, pero cada palabra era como una aguja en mi oído.Así que ella sí sabía de mi existencia.Por un momento pensé que tal vez Octavio la había engañado, fingiendo estar soltero.Pero no, resulta que ella sí sabía todo, y aun así seguía ahí.No tenía sentido pelear con alguien así. Contesté con sequedad:—Pásame a Octavio.—Perdón, la niña no lo deja ni tantito. Si necesita algo, dígame y yo le aviso.Seguía con ese tono amable, como si nada pasara.En ese momento, la voz de la niña también se escuchó por el teléfono:—Papá, ¿mañana cuando despierte, todavía vas a estar aquí? Siempre desapareces sin avisar.Escuché a Octavio responderle con ternura:—Claro que sí, te lo prometo.Sentí que el pecho se me apretaba. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que usó ese tono conmigo?—¿Srta. Celina? ¿Algo más? Si no, vamos a descansar.Cada frase de Angélica, aunque sonaba cortés, me atravesaba como cuchilla.Le respondí:—Sí hay algo. Dile que regrese. Quiero que firme el acuerdo de divorcio.Del otro lado de la línea no se escuchó nada más. No sé si estaba demasiado sorprendida o si la emoción no la dejaba articular palabra.Al final del día, solo si yo me divorciaba, ella podría ocupar mi lugar.Colgué el teléfono y me quedé sentada frente a la mesa, esperando en silencio el regreso de Octavio.Sin embargo, pasé toda la noche despierta y no fue a él a quien vi llegar, sino a su asistente, Gabriela.Desde el momento en que Gabriela cruzó la puerta, su hostilidad hacia mí fue evidente.Había trabajado junto a Octavio como su asistente durante tres años, y siempre pude sentir que sus sentimientos por él no eran solo de trabajo.Al verme ahí, con la cara marcada por el cansancio después de no dormir en toda la noche, pareció disfrutarlo. Con un aire arrogante, soltó:—El señor Octavio te mantuvo casi cuatro años. Ahora, la señorita Angélica está a punto de convertirse en la señora Garza. Me imagino que no la estás pasando nada bien, ¿verdad?¿Que me mantuvo?¡Vaya!La verdad es que mi matrimonio secreto con Octavio lo habíamos guardado con mucho recelo.Hace cuatro años, todos los adultos de la familia Garza se opusieron ferozmente a que alguien “sin apellido” como yo se casara con Octavio.Al final, cedí y acepté casarme sin boda, solo con el registro. Nadie, excepto los más cercanos, supo de nuestro matrimonio.Recuerdo cómo, en ese entonces, Octavio me miraba con un cariño que parecía infinito, acariciando mi cabello y diciéndome que lamentaba que tuviera que pasar por eso. Me prometió, muy seguro, que cuando heredara el Grupo Garza, me daría una boda inolvidable.Pero la verdad es que Octavio consiguió esa herencia hace ya tiempo… y la boda nunca llegó.Ahora, hasta su asistente sigue creyendo que solo fui su “canario enjaulado”.Gabriela, muy segura de sí misma, volvió a hablar:—El señor Octavio me pidió que investigara, y justo descubrí que el rumor de la señorita Angélica salió de tu empresa. Eres la editora principal del área de espectáculos, no puedes fingir que no lo sabías.¿Así que ahora buscaban cualquier pretexto para culparme?Él me engañó y jamás me dio una explicación, pero fue el primero en acusarme de algo.Sin inmutarme, respondí:—No fui yo.Gabriela soltó una risita desdeñosa.—Las pruebas están ahí. Mejor admítelo y termina bien con el señor Octavio. No querrás que te saquen como a un perro, ¿o sí?Apenas terminó de hablar, me puse de pie de golpe y le solté una bofetada.Gabriela se quedó helada, tapándose la cara, mirándome como si no pudiera creerlo.Tiré el “acuerdo de divorcio” justo frente a ella y me giré.—Tú no tienes derecho a meterte en lo que pase entre Octavio y yo. ¡Lárgate!Cuando vio el documento, sus ojos casi se salieron de las órbitas.—¿Entonces sí estabas casada con Octavio?Pero al recordar que su jefe ya estaba con Angélica, solo pudo apretar los dientes y forzar una mueca de desprecio.—El señor Octavio me dio carta abierta para esto. Si no admites que fuiste tú quien filtró la información, entonces tendrás que ir a la capilla, arrodillarte y reflexionar. Cuando entiendas tus errores, te puedes levantar. Al fin y al cabo, la señorita Angélica sigue llorando por tu culpa.Por poco me rio de pura rabia.¿Me engañó y todavía quiere que me encierre a “reflexionar”?—Si no quieres ir, está bien —añadió con malicia—. Pero no se te olvide que el equipo de soporte cardíaco y pulmonar que tu madre necesita lo desarrolló el Grupo Garza. Sale al mercado en un mes. Ahora mismo, Octavio puede ordenar que lo desconecten. Así que tu mamá… puede irse despidiendo de la vida.Octavio era aún más cruel de lo que imaginé.Sabía perfectamente que mi mamá era lo único que me quedaba en este mundo.Al final, cedí. Doblé las rodillas y me arrodillé en ese piso helado.El aroma a incienso en la capilla llenaba el aire, igual que el perfume de Octavio, envolviéndome y recordándome, como una sombra, que no importa cuán sola me sintiera, su presencia seguía pesando sobre mí.Nunca en mi vida había estado tan clara como ahora: quiero divorciarme de Octavio.Camila, la señora que nos ayuda en casa, se apresuró a interceder por mí:—Gabriela, no puede dejar que la señora se quede así… ¡Sus rodillas están muy mal! De verdad, no puede seguir así.Hace tres años, después de que nuestro bebé falleció, Octavio apenas me consoló con unas cuantas frases secas y distantes. Siguió viajando por todo el mundo, según él, por trabajo.Pero lo que él no sabe es que, en esas noches interminables, yo me arrodillaba frente al altar, rogándole a Dios que me devolviera a mi hijo.Cuando se suponía que debía estar en reposo, yo pasaba los días arrodillada en el altar, preparando bebidas sin ganas de comer, sin querer saber nada del mundo. Por eso, mi salud nunca se recuperó del todo.Aquellos días fueron tan lluviosos, y terminé diagnosticada con artritis reumatoide.Incluso el doctor se sorprendió de que alguien joven pudiera tener esa enfermedad.Me explicó que no tiene cura: en días de lluvia solo se puede controlar el dolor con medicamentos.Todo esto, hasta Camila lo sabe. Pero Octavio, ni por enterado.Camila vio que Gabriela no cedía y ya no pudo aguantar más. Se volvió hacia mí y me dijo:—¡Voy a llamar al señor ahora mismo!Apreté los dientes, tragándome el dolor punzante de las rodillas.—Camila, no te atrevas a llamarle a Octavio.Antes, no le conté nada de esto porque no quería que sufriera conmigo.Pero ahora, ya no hace falta.Porque Octavio, en el fondo, nunca sufriría por mí.Camila, terca, no me hizo caso y marcó de todos modos.Pero, como siempre, no contestó Octavio, sino la vocecita de una niña:[¿Quién habla? ¡Mi papá está comprando ropa con mi mamá!]Solté una sonrisa amarga.No sé en qué momento Octavio cambió la clave de su celular y prácticamente me prohibió tocarlo.Yo pensaba que era por privacidad, que necesitaba su espacio.Pero resulta que su amante y su hija pueden agarrar su celular cuando quieran. La única que tiene prohibido tocarlo soy yo.Camila se quedó helada, revisó el número con rapidez, pero no se había equivocado.En cuanto vio mi expresión, lo comprendió todo. Colgó de inmediato.Apenas pude dibujar una mueca en los labios.No fue hasta que mis rodillas empezaron a sangrar que Gabriela, con una carcajada cortante, se dio la vuelta y se marchó.Antes de irse, me lanzó una última amenaza:—Ya que has admitido tu error, no le diré nada al señor Octavio.Cuando se fueron, Camila corrió a ayudarme y me llevó hasta la habitación.A cada paso, el dolor me hacía soltar un quejido.Camila, sin poder contenerse, me defendió con voz temblorosa:—¡El señor se pasó! Usted aquí, de rodillas, horas enteras, y él allá, acompañando a otra mujer de compras… Y esa niña…Le costaba decirlo, y terminó guardando silencio, con la preocupación empañándole la mirada.Sonreí con tristeza.—Camila, ¿puedes traerme el botiquín, por favor?No había pasado mucho cuando escuché unos pasos familiares en la entrada.Octavio había regresado.La plática entre él y Camila llegó hasta mis oídos.—¿Para qué necesitas el botiquín? —preguntó él.—La señora estuvo de rodillas toda la noche en el altar. Ya tiene las rodillas hechas trizas.—¿Tan delicada va a salir ahora?Era evidente que Octavio desconfiaba, como si pensara que Camila y yo estábamos exagerando para dar lástima.Camila, armándose de valor, le contestó:—Gabriela se pasó de lista, quitó los cojines. La señora estuvo horas de rodillas directamente sobre el piso.El tono de Octavio se volvió aún más seco.—¿Y quién le dijo que hiciera eso?Capítulo 2Esta noche tocaba mi cita mensual con Octavio Garza. Nuestra única noche de intimidad en el mes.Sin querer, dejé escapar un pequeño suspiro.Pero en la mirada cortante de Octavio ya no quedaba ni rastro de deseo.—Celina Bustos, rompiste las reglas.Se apartó rápido, se puso la bata y se fue directo al baño.Me quedé sola, tendida en la cama, cerrando los ojos con la vergüenza y el coraje atascados en el pecho.Todo había cambiado desde hace tres años, desde que perdimos a nuestro primer hijo.En ese entonces, Octavio construyó un altar en la casa, con la excusa de hacer misa por el niño. Desde entonces, siempre había incienso encendido y ofrendas, y él no dejaba de rezar.Decía que, como personas creyentes, debíamos evitar el exceso. Según él, la vida de pareja solo podía darse una vez al mes.Y no solo eso. Tampoco podía hacer ningún ruido cuando estábamos juntos, para no “ofender los oídos de Dios”.Yo tenía apenas veinticinco años, con toda una vida y deseos por delante, pero no me quedaba más que aceptar lo que él dictaba....A media noche, Octavio salió de la casa.No pasó mucho tiempo antes de que sonara mi celular. Era mi mejor amiga.La voz de Mónica Silva sonaba llena de urgencia:—¡Celina, métete ya a las tendencias! ¿O soy yo, o el que sale con Angélica Farías en las fotos se parece un montón a Octavio?Entré a la tendencia y sentí como si me hubieran pegado en la cabeza. Un zumbido sordo me nubló todo.[¡Bombazo! La actriz Angélica podría tener un patrocinador secreto. ¡La identidad del patrocinador está por revelarse!]Solo se veía una silueta de espaldas, algo borrosa, pero yo reconocería a mi marido aunque fuera en la oscuridad.Esa mano derecha que nunca soltaba el rosario, ahora la tenía rodeando la cintura de Angélica mientras entraban juntos a un hotel.Justo en ese momento, llegaron dos correos anónimos a mi celular.Decenas de fotos en alta definición aparecieron ante mis ojos.La primera: Octavio, de rodillas, abrazando a una niña pequeña vestida con un vestido esponjado, mientras la niña lo rodeaba del cuello y lo besaba en la mejilla.La segunda: Angélica le acomodaba el saco, quitándole algo del hombro, y él, en vez de apartarla como solía hacer conmigo, dejaba que ella lo tocara y hasta le sonreía de lado, con una expresión que nunca me mostró a mí....Vi foto tras foto, hasta que ya no me quedó duda. Estos tres años de indiferencia no tenían que ver con su fe.Tenía que ver con su traición.Sentí las uñas clavándose en la palma de mi mano. Respiré profundo una y otra vez, obligándome a mantener la calma mientras abría el segundo correo.Solo era una línea de texto:[Sra. Garza, ¿prefiere que esto se haga público o pagar un millón para quedárselo todo?][Un millón. Lo compro.]Respondí enseguida. Usé todo el dinero que quedaba en mi cuenta para comprar esas pruebas, las mismas que podían destruir por completo a mi marido y su amante.Lo irónico era que ese dinero había sido el regalo de bodas que Octavio me dio al casarnos.Ahora, lo usaba para comprar la evidencia de su traición.No podía dejar de mirar a la niña de las fotos.Si nuestra hija no hubiera muerto, tendría la misma edad que esa niña.Pero yo ni siquiera pude verla; solo me entregaron una cajita con un poco de ceniza.En ese tiempo yo estaba destrozada, y él solo me dijo, con la ligereza de quien no siente nada:—Ya vendrán más hijos.Ahora sé que no, que nunca habría más.Después de veinte años juntos, después de tantas promesas y un anillo entregado con juramentos, todo acabó siendo pura espuma.Cuando terminé de comprar las fotos, marqué a Mónica:—¿Conoces algún abogado? Quiero divorciarme.Si un hombre se ensucia, es mejor dejarlo ir.Mónica investigó y me devolvió la llamada.El abogado redactó un acuerdo de divorcio, pero como no sabíamos qué bienes tenía Octavio, no era posible definir el reparto de las propiedades.Le dije:—Envíame el acuerdo. Lo de los bienes lo arreglo después con él.Después de todo, esas fotos me costaron solo un millón, pero la reputación del presidente de Grupo Garza vale mucho más.Mientras esas pruebas estuvieran en mis manos, ¿qué tan difícil podía ser negociar el reparto?Imprimí el acuerdo y lo puse en la mesa. Luego marqué el número de Octavio.A los pocos segundos, contestaron.—¿Srta. Celina? ¿Se le ofrece algo? Octavio está con la niña.La voz dulce de Angélica sonaba cortés, pero cada palabra era como una aguja en mi oído.Así que ella sí sabía de mi existencia.Por un momento pensé que tal vez Octavio la había engañado, fingiendo estar soltero.Pero no, resulta que ella sí sabía todo, y aun así seguía ahí.No tenía sentido pelear con alguien así. Contesté con sequedad:—Pásame a Octavio.—Perdón, la niña no lo deja ni tantito. Si necesita algo, dígame y yo le aviso.Seguía con ese tono amable, como si nada pasara.En ese momento, la voz de la niña también se escuchó por el teléfono:—Papá, ¿mañana cuando despierte, todavía vas a estar aquí? Siempre desapareces sin avisar.Escuché a Octavio responderle con ternura:—Claro que sí, te lo prometo.Sentí que el pecho se me apretaba. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que usó ese tono conmigo?—¿Srta. Celina? ¿Algo más? Si no, vamos a descansar.Cada frase de Angélica, aunque sonaba cortés, me atravesaba como cuchilla.Le respondí:—Sí hay algo. Dile que regrese. Quiero que firme el acuerdo de divorcio.Del otro lado de la línea no se escuchó nada más. No sé si estaba demasiado sorprendida o si la emoción no la dejaba articular palabra.Al final del día, solo si yo me divorciaba, ella podría ocupar mi lugar.Colgué el teléfono y me quedé sentada frente a la mesa, esperando en silencio el regreso de Octavio.Sin embargo, pasé toda la noche despierta y no fue a él a quien vi llegar, sino a su asistente, Gabriela.Desde el momento en que Gabriela cruzó la puerta, su hostilidad hacia mí fue evidente.Había trabajado junto a Octavio como su asistente durante tres años, y siempre pude sentir que sus sentimientos por él no eran solo de trabajo.Al verme ahí, con la cara marcada por el cansancio después de no dormir en toda la noche, pareció disfrutarlo. Con un aire arrogante, soltó:—El señor Octavio te mantuvo casi cuatro años. Ahora, la señorita Angélica está a punto de convertirse en la señora Garza. Me imagino que no la estás pasando nada bien, ¿verdad?¿Que me mantuvo?¡Vaya!La verdad es que mi matrimonio secreto con Octavio lo habíamos guardado con mucho recelo.Hace cuatro años, todos los adultos de la familia Garza se opusieron ferozmente a que alguien “sin apellido” como yo se casara con Octavio.Al final, cedí y acepté casarme sin boda, solo con el registro. Nadie, excepto los más cercanos, supo de nuestro matrimonio.Recuerdo cómo, en ese entonces, Octavio me miraba con un cariño que parecía infinito, acariciando mi cabello y diciéndome que lamentaba que tuviera que pasar por eso. Me prometió, muy seguro, que cuando heredara el Grupo Garza, me daría una boda inolvidable.Pero la verdad es que Octavio consiguió esa herencia hace ya tiempo… y la boda nunca llegó.Ahora, hasta su asistente sigue creyendo que solo fui su “canario enjaulado”.Gabriela, muy segura de sí misma, volvió a hablar:—El señor Octavio me pidió que investigara, y justo descubrí que el rumor de la señorita Angélica salió de tu empresa. Eres la editora principal del área de espectáculos, no puedes fingir que no lo sabías.¿Así que ahora buscaban cualquier pretexto para culparme?Él me engañó y jamás me dio una explicación, pero fue el primero en acusarme de algo.Sin inmutarme, respondí:—No fui yo.Gabriela soltó una risita desdeñosa.—Las pruebas están ahí. Mejor admítelo y termina bien con el señor Octavio. No querrás que te saquen como a un perro, ¿o sí?Apenas terminó de hablar, me puse de pie de golpe y le solté una bofetada.Gabriela se quedó helada, tapándose la cara, mirándome como si no pudiera creerlo.Tiré el “acuerdo de divorcio” justo frente a ella y me giré.—Tú no tienes derecho a meterte en lo que pase entre Octavio y yo. ¡Lárgate!Cuando vio el documento, sus ojos casi se salieron de las órbitas.—¿Entonces sí estabas casada con Octavio?Pero al recordar que su jefe ya estaba con Angélica, solo pudo apretar los dientes y forzar una mueca de desprecio.—El señor Octavio me dio carta abierta para esto. Si no admites que fuiste tú quien filtró la información, entonces tendrás que ir a la capilla, arrodillarte y reflexionar. Cuando entiendas tus errores, te puedes levantar. Al fin y al cabo, la señorita Angélica sigue llorando por tu culpa.Por poco me rio de pura rabia.¿Me engañó y todavía quiere que me encierre a “reflexionar”?—Si no quieres ir, está bien —añadió con malicia—. Pero no se te olvide que el equipo de soporte cardíaco y pulmonar que tu madre necesita lo desarrolló el Grupo Garza. Sale al mercado en un mes. Ahora mismo, Octavio puede ordenar que lo desconecten. Así que tu mamá… puede irse despidiendo de la vida.Octavio era aún más cruel de lo que imaginé.Sabía perfectamente que mi mamá era lo único que me quedaba en este mundo.Al final, cedí. Doblé las rodillas y me arrodillé en ese piso helado.El aroma a incienso en la capilla llenaba el aire, igual que el perfume de Octavio, envolviéndome y recordándome, como una sombra, que no importa cuán sola me sintiera, su presencia seguía pesando sobre mí.Nunca en mi vida había estado tan clara como ahora: quiero divorciarme de Octavio.Camila, la señora que nos ayuda en casa, se apresuró a interceder por mí:—Gabriela, no puede dejar que la señora se quede así… ¡Sus rodillas están muy mal! De verdad, no puede seguir así.Hace tres años, después de que nuestro bebé falleció, Octavio apenas me consoló con unas cuantas frases secas y distantes. Siguió viajando por todo el mundo, según él, por trabajo.Pero lo que él no sabe es que, en esas noches interminables, yo me arrodillaba frente al altar, rogándole a Dios que me devolviera a mi hijo.Cuando se suponía que debía estar en reposo, yo pasaba los días arrodillada en el altar, preparando bebidas sin ganas de comer, sin querer saber nada del mundo. Por eso, mi salud nunca se recuperó del todo.Aquellos días fueron tan lluviosos, y terminé diagnosticada con artritis reumatoide.Incluso el doctor se sorprendió de que alguien joven pudiera tener esa enfermedad.Me explicó que no tiene cura: en días de lluvia solo se puede controlar el dolor con medicamentos.Todo esto, hasta Camila lo sabe. Pero Octavio, ni por enterado.Camila vio que Gabriela no cedía y ya no pudo aguantar más. Se volvió hacia mí y me dijo:—¡Voy a llamar al señor ahora mismo!Apreté los dientes, tragándome el dolor punzante de las rodillas.—Camila, no te atrevas a llamarle a Octavio.Antes, no le conté nada de esto porque no quería que sufriera conmigo.Pero ahora, ya no hace falta.Porque Octavio, en el fondo, nunca sufriría por mí.Camila, terca, no me hizo caso y marcó de todos modos.Pero, como siempre, no contestó Octavio, sino la vocecita de una niña:[¿Quién habla? ¡Mi papá está comprando ropa con mi mamá!]Solté una sonrisa amarga.No sé en qué momento Octavio cambió la clave de su celular y prácticamente me prohibió tocarlo.Yo pensaba que era por privacidad, que necesitaba su espacio.Pero resulta que su amante y su hija pueden agarrar su celular cuando quieran. La única que tiene prohibido tocarlo soy yo.Camila se quedó helada, revisó el número con rapidez, pero no se había equivocado.En cuanto vio mi expresión, lo comprendió todo. Colgó de inmediato.Apenas pude dibujar una mueca en los labios.No fue hasta que mis rodillas empezaron a sangrar que Gabriela, con una carcajada cortante, se dio la vuelta y se marchó.Antes de irse, me lanzó una última amenaza:—Ya que has admitido tu error, no le diré nada al señor Octavio.Cuando se fueron, Camila corrió a ayudarme y me llevó hasta la habitación.A cada paso, el dolor me hacía soltar un quejido.Camila, sin poder contenerse, me defendió con voz temblorosa:—¡El señor se pasó! Usted aquí, de rodillas, horas enteras, y él allá, acompañando a otra mujer de compras… Y esa niña…Le costaba decirlo, y terminó guardando silencio, con la preocupación empañándole la mirada.Sonreí con tristeza.—Camila, ¿puedes traerme el botiquín, por favor?No había pasado mucho cuando escuché unos pasos familiares en la entrada.Octavio había regresado.La plática entre él y Camila llegó hasta mis oídos.—¿Para qué necesitas el botiquín? —preguntó él.—La señora estuvo de rodillas toda la noche en el altar. Ya tiene las rodillas hechas trizas.—¿Tan delicada va a salir ahora?Era evidente que Octavio desconfiaba, como si pensara que Camila y yo estábamos exagerando para dar lástima.Camila, armándose de valor, le contestó:—Gabriela se pasó de lista, quitó los cojines. La señora estuvo horas de rodillas directamente sobre el piso.El tono de Octavio se volvió aún más seco.—¿Y quién le dijo que hiciera eso?Capítulo 3Esta noche tocaba mi cita mensual con Octavio Garza. Nuestra única noche de intimidad en el mes.Sin querer, dejé escapar un pequeño suspiro.Pero en la mirada cortante de Octavio ya no quedaba ni rastro de deseo.—Celina Bustos, rompiste las reglas.Se apartó rápido, se puso la bata y se fue directo al baño.Me quedé sola, tendida en la cama, cerrando los ojos con la vergüenza y el coraje atascados en el pecho.Todo había cambiado desde hace tres años, desde que perdimos a nuestro primer hijo.En ese entonces, Octavio construyó un altar en la casa, con la excusa de hacer misa por el niño. Desde entonces, siempre había incienso encendido y ofrendas, y él no dejaba de rezar.Decía que, como personas creyentes, debíamos evitar el exceso. Según él, la vida de pareja solo podía darse una vez al mes.Y no solo eso. Tampoco podía hacer ningún ruido cuando estábamos juntos, para no “ofender los oídos de Dios”.Yo tenía apenas veinticinco años, con toda una vida y deseos por delante, pero no me quedaba más que aceptar lo que él dictaba....A media noche, Octavio salió de la casa.No pasó mucho tiempo antes de que sonara mi celular. Era mi mejor amiga.La voz de Mónica Silva sonaba llena de urgencia:—¡Celina, métete ya a las tendencias! ¿O soy yo, o el que sale con Angélica Farías en las fotos se parece un montón a Octavio?Entré a la tendencia y sentí como si me hubieran pegado en la cabeza. Un zumbido sordo me nubló todo.[¡Bombazo! La actriz Angélica podría tener un patrocinador secreto. ¡La identidad del patrocinador está por revelarse!]Solo se veía una silueta de espaldas, algo borrosa, pero yo reconocería a mi marido aunque fuera en la oscuridad.Esa mano derecha que nunca soltaba el rosario, ahora la tenía rodeando la cintura de Angélica mientras entraban juntos a un hotel.Justo en ese momento, llegaron dos correos anónimos a mi celular.Decenas de fotos en alta definición aparecieron ante mis ojos.La primera: Octavio, de rodillas, abrazando a una niña pequeña vestida con un vestido esponjado, mientras la niña lo rodeaba del cuello y lo besaba en la mejilla.La segunda: Angélica le acomodaba el saco, quitándole algo del hombro, y él, en vez de apartarla como solía hacer conmigo, dejaba que ella lo tocara y hasta le sonreía de lado, con una expresión que nunca me mostró a mí....Vi foto tras foto, hasta que ya no me quedó duda. Estos tres años de indiferencia no tenían que ver con su fe.Tenía que ver con su traición.Sentí las uñas clavándose en la palma de mi mano. Respiré profundo una y otra vez, obligándome a mantener la calma mientras abría el segundo correo.Solo era una línea de texto:[Sra. Garza, ¿prefiere que esto se haga público o pagar un millón para quedárselo todo?][Un millón. Lo compro.]Respondí enseguida. Usé todo el dinero que quedaba en mi cuenta para comprar esas pruebas, las mismas que podían destruir por completo a mi marido y su amante.Lo irónico era que ese dinero había sido el regalo de bodas que Octavio me dio al casarnos.Ahora, lo usaba para comprar la evidencia de su traición.No podía dejar de mirar a la niña de las fotos.Si nuestra hija no hubiera muerto, tendría la misma edad que esa niña.Pero yo ni siquiera pude verla; solo me entregaron una cajita con un poco de ceniza.En ese tiempo yo estaba destrozada, y él solo me dijo, con la ligereza de quien no siente nada:—Ya vendrán más hijos.Ahora sé que no, que nunca habría más.Después de veinte años juntos, después de tantas promesas y un anillo entregado con juramentos, todo acabó siendo pura espuma.Cuando terminé de comprar las fotos, marqué a Mónica:—¿Conoces algún abogado? Quiero divorciarme.Si un hombre se ensucia, es mejor dejarlo ir.Mónica investigó y me devolvió la llamada.El abogado redactó un acuerdo de divorcio, pero como no sabíamos qué bienes tenía Octavio, no era posible definir el reparto de las propiedades.Le dije:—Envíame el acuerdo. Lo de los bienes lo arreglo después con él.Después de todo, esas fotos me costaron solo un millón, pero la reputación del presidente de Grupo Garza vale mucho más.Mientras esas pruebas estuvieran en mis manos, ¿qué tan difícil podía ser negociar el reparto?Imprimí el acuerdo y lo puse en la mesa. Luego marqué el número de Octavio.A los pocos segundos, contestaron.—¿Srta. Celina? ¿Se le ofrece algo? Octavio está con la niña.La voz dulce de Angélica sonaba cortés, pero cada palabra era como una aguja en mi oído.Así que ella sí sabía de mi existencia.Por un momento pensé que tal vez Octavio la había engañado, fingiendo estar soltero.Pero no, resulta que ella sí sabía todo, y aun así seguía ahí.No tenía sentido pelear con alguien así. Contesté con sequedad:—Pásame a Octavio.—Perdón, la niña no lo deja ni tantito. Si necesita algo, dígame y yo le aviso.Seguía con ese tono amable, como si nada pasara.En ese momento, la voz de la niña también se escuchó por el teléfono:—Papá, ¿mañana cuando despierte, todavía vas a estar aquí? Siempre desapareces sin avisar.Escuché a Octavio responderle con ternura:—Claro que sí, te lo prometo.Sentí que el pecho se me apretaba. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que usó ese tono conmigo?—¿Srta. Celina? ¿Algo más? Si no, vamos a descansar.Cada frase de Angélica, aunque sonaba cortés, me atravesaba como cuchilla.Le respondí:—Sí hay algo. Dile que regrese. Quiero que firme el acuerdo de divorcio.Del otro lado de la línea no se escuchó nada más. No sé si estaba demasiado sorprendida o si la emoción no la dejaba articular palabra.Al final del día, solo si yo me divorciaba, ella podría ocupar mi lugar.Colgué el teléfono y me quedé sentada frente a la mesa, esperando en silencio el regreso de Octavio.Sin embargo, pasé toda la noche despierta y no fue a él a quien vi llegar, sino a su asistente, Gabriela.Desde el momento en que Gabriela cruzó la puerta, su hostilidad hacia mí fue evidente.Había trabajado junto a Octavio como su asistente durante tres años, y siempre pude sentir que sus sentimientos por él no eran solo de trabajo.Al verme ahí, con la cara marcada por el cansancio después de no dormir en toda la noche, pareció disfrutarlo. Con un aire arrogante, soltó:—El señor Octavio te mantuvo casi cuatro años. Ahora, la señorita Angélica está a punto de convertirse en la señora Garza. Me imagino que no la estás pasando nada bien, ¿verdad?¿Que me mantuvo?¡Vaya!La verdad es que mi matrimonio secreto con Octavio lo habíamos guardado con mucho recelo.Hace cuatro años, todos los adultos de la familia Garza se opusieron ferozmente a que alguien “sin apellido” como yo se casara con Octavio.Al final, cedí y acepté casarme sin boda, solo con el registro. Nadie, excepto los más cercanos, supo de nuestro matrimonio.Recuerdo cómo, en ese entonces, Octavio me miraba con un cariño que parecía infinito, acariciando mi cabello y diciéndome que lamentaba que tuviera que pasar por eso. Me prometió, muy seguro, que cuando heredara el Grupo Garza, me daría una boda inolvidable.Pero la verdad es que Octavio consiguió esa herencia hace ya tiempo… y la boda nunca llegó.Ahora, hasta su asistente sigue creyendo que solo fui su “canario enjaulado”.Gabriela, muy segura de sí misma, volvió a hablar:—El señor Octavio me pidió que investigara, y justo descubrí que el rumor de la señorita Angélica salió de tu empresa. Eres la editora principal del área de espectáculos, no puedes fingir que no lo sabías.¿Así que ahora buscaban cualquier pretexto para culparme?Él me engañó y jamás me dio una explicación, pero fue el primero en acusarme de algo.Sin inmutarme, respondí:—No fui yo.Gabriela soltó una risita desdeñosa.—Las pruebas están ahí. Mejor admítelo y termina bien con el señor Octavio. No querrás que te saquen como a un perro, ¿o sí?Apenas terminó de hablar, me puse de pie de golpe y le solté una bofetada.Gabriela se quedó helada, tapándose la cara, mirándome como si no pudiera creerlo.Tiré el “acuerdo de divorcio” justo frente a ella y me giré.—Tú no tienes derecho a meterte en lo que pase entre Octavio y yo. ¡Lárgate!Cuando vio el documento, sus ojos casi se salieron de las órbitas.—¿Entonces sí estabas casada con Octavio?Pero al recordar que su jefe ya estaba con Angélica, solo pudo apretar los dientes y forzar una mueca de desprecio.—El señor Octavio me dio carta abierta para esto. Si no admites que fuiste tú quien filtró la información, entonces tendrás que ir a la capilla, arrodillarte y reflexionar. Cuando entiendas tus errores, te puedes levantar. Al fin y al cabo, la señorita Angélica sigue llorando por tu culpa.Por poco me rio de pura rabia.¿Me engañó y todavía quiere que me encierre a “reflexionar”?—Si no quieres ir, está bien —añadió con malicia—. Pero no se te olvide que el equipo de soporte cardíaco y pulmonar que tu madre necesita lo desarrolló el Grupo Garza. Sale al mercado en un mes. Ahora mismo, Octavio puede ordenar que lo desconecten. Así que tu mamá… puede irse despidiendo de la vida.Octavio era aún más cruel de lo que imaginé.Sabía perfectamente que mi mamá era lo único que me quedaba en este mundo.Al final, cedí. Doblé las rodillas y me arrodillé en ese piso helado.El aroma a incienso en la capilla llenaba el aire, igual que el perfume de Octavio, envolviéndome y recordándome, como una sombra, que no importa cuán sola me sintiera, su presencia seguía pesando sobre mí.Nunca en mi vida había estado tan clara como ahora: quiero divorciarme de Octavio.Camila, la señora que nos ayuda en casa, se apresuró a interceder por mí:—Gabriela, no puede dejar que la señora se quede así… ¡Sus rodillas están muy mal! De verdad, no puede seguir así.Hace tres años, después de que nuestro bebé falleció, Octavio apenas me consoló con unas cuantas frases secas y distantes. Siguió viajando por todo el mundo, según él, por trabajo.Pero lo que él no sabe es que, en esas noches interminables, yo me arrodillaba frente al altar, rogándole a Dios que me devolviera a mi hijo.Cuando se suponía que debía estar en reposo, yo pasaba los días arrodillada en el altar, preparando bebidas sin ganas de comer, sin querer saber nada del mundo. Por eso, mi salud nunca se recuperó del todo.Aquellos días fueron tan lluviosos, y terminé diagnosticada con artritis reumatoide.Incluso el doctor se sorprendió de que alguien joven pudiera tener esa enfermedad.Me explicó que no tiene cura: en días de lluvia solo se puede controlar el dolor con medicamentos.Todo esto, hasta Camila lo sabe. Pero Octavio, ni por enterado.Camila vio que Gabriela no cedía y ya no pudo aguantar más. Se volvió hacia mí y me dijo:—¡Voy a llamar al señor ahora mismo!Apreté los dientes, tragándome el dolor punzante de las rodillas.—Camila, no te atrevas a llamarle a Octavio.Antes, no le conté nada de esto porque no quería que sufriera conmigo.Pero ahora, ya no hace falta.Porque Octavio, en el fondo, nunca sufriría por mí.Camila, terca, no me hizo caso y marcó de todos modos.Pero, como siempre, no contestó Octavio, sino la vocecita de una niña:[¿Quién habla? ¡Mi papá está comprando ropa con mi mamá!]Solté una sonrisa amarga.No sé en qué momento Octavio cambió la clave de su celular y prácticamente me prohibió tocarlo.Yo pensaba que era por privacidad, que necesitaba su espacio.Pero resulta que su amante y su hija pueden agarrar su celular cuando quieran. La única que tiene prohibido tocarlo soy yo.Camila se quedó helada, revisó el número con rapidez, pero no se había equivocado.En cuanto vio mi expresión, lo comprendió todo. Colgó de inmediato.Apenas pude dibujar una mueca en los labios.No fue hasta que mis rodillas empezaron a sangrar que Gabriela, con una carcajada cortante, se dio la vuelta y se marchó.Antes de irse, me lanzó una última amenaza:—Ya que has admitido tu error, no le diré nada al señor Octavio.Cuando se fueron, Camila corrió a ayudarme y me llevó hasta la habitación.A cada paso, el dolor me hacía soltar un quejido.Camila, sin poder contenerse, me defendió con voz temblorosa:—¡El señor se pasó! Usted aquí, de rodillas, horas enteras, y él allá, acompañando a otra mujer de compras… Y esa niña…Le costaba decirlo, y terminó guardando silencio, con la preocupación empañándole la mirada.Sonreí con tristeza.—Camila, ¿puedes traerme el botiquín, por favor?No había pasado mucho cuando escuché unos pasos familiares en la entrada.Octavio había regresado.La plática entre él y Camila llegó hasta mis oídos.—¿Para qué necesitas el botiquín? —preguntó él.—La señora estuvo de rodillas toda la noche en el altar. Ya tiene las rodillas hechas trizas.—¿Tan delicada va a salir ahora?Era evidente que Octavio desconfiaba, como si pensara que Camila y yo estábamos exagerando para dar lástima.Camila, armándose de valor, le contestó:—Gabriela se pasó de lista, quitó los cojines. La señora estuvo horas de rodillas directamente sobre el piso.El tono de Octavio se volvió aún más seco.—¿Y quién le dijo que hiciera eso?

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