Capítulo 1—Tu esposo ya va a tener novia nueva.Silvana Oliva apenas había salido del laboratorio tras terminar una serie de experimentos cruciales cuando recibió el mensaje de su amiga Alma Gómez.Era la octava prueba de la noche. El laboratorio estaba tan vacío que hasta el eco de sus pasos parecía ser lo único vivo ahí. Silvana era la última en quedar, revisando y anotando resultados, cuando se quitó la bata y vio que la pantalla del celular se encendía.De inmediato apareció una foto.Junto con la imagen, Alma adjuntó su clásico comentario lleno de indignación.—La Cisnecito del grupo de danza. Ese Tadeo Delgado, la neta se la está pasando de lo mejor... ¿Cuántas lleva ya?“Cisnecito” era el apodo de la mujer en la foto.Una estudiante del área de artes escénicas en la Universidad Arbolada, famosa entre todos como la Cisnecito del ballet: Vanina Crespo.La nueva conquista de Tadeo.En la imagen, Vanina lucía un tutú blanco impecable, mirando de reojo al hombre a su lado y sonriendo con una dulzura que desarmaba.Silvana escribió de vuelta mientras dejaba de lado sus hojas de registro.—Diecisiete.El número diecisiete.La número diecisiete en la lista de romances que le atribuían a Tadeo.Así como era conocido por su talento brutal en los negocios y su estilo de mando sin titubeos, igual de célebres eran los rumores sobre la vida amorosa del heredero de la familia Delgado.Todo el mundo sabía que Tadeo tenía debilidad por las mujeres de cintura fina y belleza serena.Y justo la Cisnecito, con esa cara tranquila y suave, cuerpo esbelto y delicado, era la definición de su tipo.Alma nunca aprobó el comportamiento de Tadeo. Casi tronaba de coraje al escribir:—¿Y tú solo te quedas mirando? Esta Vanina no es cualquier cosa, es la hermana de Martina Varela.La hermana de Martina.Silvana fijó la mirada en el hombre de la foto.Entre luces y sombras, Tadeo se apoyaba con desinterés en la esquina, esos ojos negros y profundos levantándose apenas, la mirada juguetona destellando antes de perderse en la penumbra.Atractivo y distinguido.No era por nada que, dejando de lado su fortuna y cerebro prodigioso, bastaba con esa cara para que cualquiera cayera rendida.Y, sin embargo, nadie sabía que, en secreto, Silvana y Tadeo llevaban seis años de matrimonio oculto, siempre actuando como simples conocidos.Bueno, no siempre fue así.Hubo tiempos mejores, pero desde aquel incidente, todo cambió entre ellos.Por un momento, Silvana se quedó pensando.Sabía mejor que nadie lo que Martina representaba para Tadeo.Alma siguió escribiendo, como si pudiera leerle la mente:[Silvana, tú solo piensas en tus experimentos y materiales. El día que esa Cisnecito se meta a tu casa ni cuenta te vas a dar. No te preocupes, yo te aviso. Pero eso sí, después me invitas a comer.]Silvana terminó de organizar los últimos datos y, sonriendo, respondió:—Ya te debía una comida. Terminando el experimento, te invito.Colgó, recopiló los registros y entonces notó que la noche se había hecho densa y profunda.El desarrollo de ese nuevo material en el laboratorio iba a contrarreloj; los jefes exigían resultados y justo ahora estaban cerca de un gran descubrimiento. Silvana no había parado en todo el día, ni siquiera se había dado tiempo para comer. El cansancio y el hambre la golpearon de pronto.Guardó todo y salió del laboratorio, pidiendo un carro para regresar a Villa Oasis Verde.Villa Oasis Verde era la casa que Tadeo había comprado para el matrimonio.Quedaba cerca del laboratorio, ideal para Silvana, que prefería la tranquilidad. Por eso, pasaba la mayor parte de su tiempo ahí.Tadeo casi no iba.Pero hoy era distinto.Hoy era su aniversario.Un día así, Tadeo casi nunca faltaba.Silvana nunca fue experta en detalles románticos, y mucho menos con Tadeo.No había preparado ningún regalo, pero, pensándolo bien, cocinó una mesa llena de platillos caseros.Pero el reloj marcaba casi las doce y Tadeo no aparecía.Al final, Silvana decidió llamar.Quien contestó fue el secretario de Tadeo, con ese tono educado y distante:—Señora, el señor sigue en la fiesta de celebración. Si necesita algo...—Perdón por interrumpir.Silvana colgó el teléfono y, casi de inmediato, abrió la sección de espectáculos. Los titulares la abrumaron, todos girando en torno a Tadeo y “Cisnecito”.La noticia más reciente era una publicación de la propia Cisnecito en Twitter: [“Ser amada se siente como tener siempre a alguien que te respalde.”]La imagen adjunta mostraba una escena de fiesta: copas que chocaban, luces que encandilaban, todos los inversionistas y el director sentados alrededor de la mesa.Eso de “inversionistas” era solo para quedar bien, porque la mayoría eran amigos de Tadeo.En medio de todos, Tadeo aceptaba el vaso que le ofrecía una mujer. Lo miró de forma despreocupada, sus ojos paseando con aire perezoso por quienes lo rodeaban.Aun así, en su actitud había una declaración silenciosa de territorio.Silvana cerró Twitter en silencio. Tiró la comida que no pudo terminar, se fue al cuarto a lavarse la cara y los dientes, y luego intentó concentrarse revisando unos documentos.Pero tenía el ánimo revuelto.Por más que intentó enfocarse, las palabras no le entraban en la cabeza....Mientras tanto, en un club privado.Tadeo había tomado unas copas. Se aflojó la corbata y recorrió la sala con la mirada, sin poner verdadero interés en nada.En ese momento, su secretario entró y le habló con tacto:—Señor, hace un momento su esposa llamó por teléfono.—Ya me enteré —respondió Tadeo, con ese tono despreocupado que siempre usaba.Samuel, que observaba todo, levantó las cejas y le soltó:—¿Así que Silvana te está esperando?—Ni lo sueñes —alguien más intervino, con un deje de sorna—. Yo nunca he visto a una mujer menos apegada que Silvana. Se la pasa metida en el laboratorio y jamás le importa lo que Tadeo haga.En realidad, eso tenía sus ventajas.Pero casarse con una científica... pues la verdad, era algo seco.Todos sabían que ese matrimonio no era más que una relación de conveniencia. Un acuerdo entre adultos que jugaban a ser pareja.Muchos decían “Silvana” de palabra, pero en el fondo la menospreciaban.Después de todo, pensaban, una mujer debía girar alrededor de su familia.¿Y si solo tenía la cabeza llena de datos y experimentos? ¿Qué sentido tenía eso?Demian Navarro aprovechó la ocasión y, sonriendo, agregó:—Por cierto, escuché que el último material que Silvana inventó es de lo más seguro y avanzado. Tadeo, luego preséntame con ella, ¿no?Vanina, sentada junto a Tadeo, se había quedado callada un buen rato, hasta que soltó una sonrisa:—¿Entonces Tadeo prefiere a ese tipo de mujeres? Suena a que es lista y capaz, ¿no?Tadeo tomó la copa de Vanina y la cambió por un refresco, su anillo de bodas brillando bajo la luz mientras curvaba los labios, relajado.—No, tú así estás perfecta.Mientras hacía ese gesto, la camisa blanca se le desabrochó un poco, revelando un aire misterioso y una mirada profunda cargada de picardía. Su voz, suave y envolvente, le rozó el oído a Vanina.La atracción era imposible de disimular.El corazón de Vanina se le fue a mil.—Vanina, no te lo tomes tan en serio —se metió Samuel, riendo—. Pero en algo tienes razón. La esposa de Tadeo es brillante, hasta la llaman la estrella científica del siglo veintiuno en el campo aeroespacial. ¿A poco no está cañón?Vanina abrió los ojos, sorprendida.—Eso sí que impresiona.No esperaba que ese “lista y capaz” fuera literal.Pensó: ¿Y para qué competir con los hombres en eso?, ¿por qué no competir con las mujeres?—Amiga, ni se te ocurra seguir sus pasos. Créeme, Tadeo odia a los nerds. Su esposa pasa más tiempo con tubos de ensayo que con él...Todos seguían echando relajo, pero el semblante de Tadeo cambió. Empezó a sentirse incómodo, el ambiente le pareció insípido y perdió el interés de seguir ahí.Sin hacer escándalo, agarró su saco y se levantó, su tono calmado pero cortante:—Ya me voy, quédense ustedes.La sala se quedó en silencio por un momento.¿Tadeo se había molestado?Samuel, que sabía bien lo que pasaba, le lanzó una mirada dura al bromista de antes:—¿Era necesario que te pusieras a hablar de su esposa y su relación? Sabes bien que, aunque Tadeo no sea el más cariñoso, jamás ha hablado mal de ella.Cuando Tadeo llegó a casa, Silvana ya había dejado el libro a un lado y descansaba.Su sueño siempre fue ligero; cualquier ruido la hacía dormir mal.La luz tenue de la lámpara se encendió de pronto. Silvana, sobresaltada, abrió los ojos con la mirada aún nublada por el sueño.El hombre estaba de pie, aflojándose la corbata, luciendo una camisa que delineaba su figura impecable.Después de tantos días sin ver a Tadeo, Silvana lo sentía casi como un extraño.—¿Vas a dormir aquí esta noche?—Si no me falla la memoria, esta es la casa que compré para nuestro matrimonio —contestó Tadeo, con un tono apagado, entre distante y desinteresado.Ya era muy tarde. El cerebro de Silvana parecía funcionar a cámara lenta; sus palabras la dejaron callada, sin saber qué más decir.Tadeo ni la miró, solo dio media vuelta y se metió al baño.Un rato después, salió de la ducha. Su mirada se posó en Silvana, que seguía en la cama.Silvana nunca fue de dormir de forma tranquila. La fina tela de su camisón, resbalando un poco, dejaba al descubierto su piel casi translúcida, suave, como porcelana. Una pequeña mancha rojiza en la clavícula resaltaba de manera especial.El aire fresco, con un aroma que venía de Tadeo, la envolvió por detrás. Ese perfume suyo tenía algo que la mareaba, entre familiar y adictivo.—¿Se puede?Su voz, relajada y seductora, le susurró al oído. Sin esperar respuesta, Tadeo tomó la iniciativa.Aunque en la vida diaria parecían dos completos desconocidos, en la cama se entendían a la perfección.Para Silvana, esos momentos eran un raro alivio.Pero, mientras todo sucedía, no pudo evitar notar las marcas en el cuello de Tadeo. Eso la hizo fruncir el ceño.Le molestaba mucho la idea de compartir. Si había rastros de otra, simplemente no podía seguir.Apartó la mano de Tadeo con suavidad.—Me vino el periodo, no puedo.Tadeo no insistió. Se apartó con frialdad, dándose vuelta hacia el otro lado de la cama.Silvana no tenía razones para mentir, y menos en algo así.Él apagó la luz.La cama crujió cuando Tadeo se acomodó en su lado. El aire fresco que traía consigo la hacía sentir incómoda y, por alguna razón, le costó volver a dormirse.—Tadeo, esta noche...—¿De verdad quieres hablar ahora?La voz de Tadeo en la oscuridad sonó cortante, con una pizca de fastidio.Silvana se quedó callada, recordando la última vez que discutieron. Sus dedos rozaron de manera inconsciente la cicatriz tenue en su abdomen. Al final, prefirió guardar silencio.No supo cuánto tiempo pasó hasta que el sueño terminó por vencerla....Al día siguiente, Silvana despertó tarde.Para su sorpresa, Tadeo no se había ido temprano. Estaba en la sala, de pie frente a la ventana, participando en una videollamada de trabajo.La luz de la mañana le marcaba los rasgos, dándole un aire entre elegante y distante. Apoyado en el sofá, su expresión era despreocupada y ausente. De vez en cuando, interrumpía para dar órdenes tras escuchar el reporte en la pantalla.Silvana lo observó unos segundos, luego fue a la cocina para prepararse el desayuno.No comía mucho por las mañanas; apenas cortó un par de rebanadas de pan y las acompañó con un vaso de leche.Tadeo echó un vistazo a la mesa y su expresión se endureció.—¿Y el mío?Silvana no entendía su problema. Siempre fue quisquilloso, y con un desayuno tan sencillo, ni siquiera habría puesto un pie en la cocina antes.—En la cocina hay más. Si tienes hambre, sírvete tú.No iba a estar consintiéndolo.Tadeo fue a la cocina, frunciendo el ceño.—¿Dónde está el café?—Solo hay leche.Silvana era alérgica al café, nunca tomaba. Y tampoco esperaba que Tadeo lo recordara.Sin embargo, él no hizo ningún drama. Tomó un poco de pan y se sentó en la mesa.Le dio una mordida, su cara seguía impasible.—¿Solo esto desayunas?—No soy tan delicada.A veces trabajaba hasta tarde y en la mañana iba siempre con prisas. Lo último en lo que pensaba era en darse un banquete.Tadeo soltó, entre indiferencia y cansancio:—La profesora Oliva sí que le pone ganas.Silvana ni se molestó en responderle a sus comentarios venenosos.Ya iban a la mitad del desayuno cuando la secretaria de Tadeo llegó con varios documentos. Parecía apurada, buscando que él firmara rápido.Antes de que se fuera, Tadeo habló con voz seca:—El brazalete de jade que compramos el mes pasado, mándaselo a la señorita Crespo.Capítulo 2—Tu esposo ya va a tener novia nueva.Silvana Oliva apenas había salido del laboratorio tras terminar una serie de experimentos cruciales cuando recibió el mensaje de su amiga Alma Gómez.Era la octava prueba de la noche. El laboratorio estaba tan vacío que hasta el eco de sus pasos parecía ser lo único vivo ahí. Silvana era la última en quedar, revisando y anotando resultados, cuando se quitó la bata y vio que la pantalla del celular se encendía.De inmediato apareció una foto.Junto con la imagen, Alma adjuntó su clásico comentario lleno de indignación.—La Cisnecito del grupo de danza. Ese Tadeo Delgado, la neta se la está pasando de lo mejor... ¿Cuántas lleva ya?“Cisnecito” era el apodo de la mujer en la foto.Una estudiante del área de artes escénicas en la Universidad Arbolada, famosa entre todos como la Cisnecito del ballet: Vanina Crespo.La nueva conquista de Tadeo.En la imagen, Vanina lucía un tutú blanco impecable, mirando de reojo al hombre a su lado y sonriendo con una dulzura que desarmaba.Silvana escribió de vuelta mientras dejaba de lado sus hojas de registro.—Diecisiete.El número diecisiete.La número diecisiete en la lista de romances que le atribuían a Tadeo.Así como era conocido por su talento brutal en los negocios y su estilo de mando sin titubeos, igual de célebres eran los rumores sobre la vida amorosa del heredero de la familia Delgado.Todo el mundo sabía que Tadeo tenía debilidad por las mujeres de cintura fina y belleza serena.Y justo la Cisnecito, con esa cara tranquila y suave, cuerpo esbelto y delicado, era la definición de su tipo.Alma nunca aprobó el comportamiento de Tadeo. Casi tronaba de coraje al escribir:—¿Y tú solo te quedas mirando? Esta Vanina no es cualquier cosa, es la hermana de Martina Varela.La hermana de Martina.Silvana fijó la mirada en el hombre de la foto.Entre luces y sombras, Tadeo se apoyaba con desinterés en la esquina, esos ojos negros y profundos levantándose apenas, la mirada juguetona destellando antes de perderse en la penumbra.Atractivo y distinguido.No era por nada que, dejando de lado su fortuna y cerebro prodigioso, bastaba con esa cara para que cualquiera cayera rendida.Y, sin embargo, nadie sabía que, en secreto, Silvana y Tadeo llevaban seis años de matrimonio oculto, siempre actuando como simples conocidos.Bueno, no siempre fue así.Hubo tiempos mejores, pero desde aquel incidente, todo cambió entre ellos.Por un momento, Silvana se quedó pensando.Sabía mejor que nadie lo que Martina representaba para Tadeo.Alma siguió escribiendo, como si pudiera leerle la mente:[Silvana, tú solo piensas en tus experimentos y materiales. El día que esa Cisnecito se meta a tu casa ni cuenta te vas a dar. No te preocupes, yo te aviso. Pero eso sí, después me invitas a comer.]Silvana terminó de organizar los últimos datos y, sonriendo, respondió:—Ya te debía una comida. Terminando el experimento, te invito.Colgó, recopiló los registros y entonces notó que la noche se había hecho densa y profunda.El desarrollo de ese nuevo material en el laboratorio iba a contrarreloj; los jefes exigían resultados y justo ahora estaban cerca de un gran descubrimiento. Silvana no había parado en todo el día, ni siquiera se había dado tiempo para comer. El cansancio y el hambre la golpearon de pronto.Guardó todo y salió del laboratorio, pidiendo un carro para regresar a Villa Oasis Verde.Villa Oasis Verde era la casa que Tadeo había comprado para el matrimonio.Quedaba cerca del laboratorio, ideal para Silvana, que prefería la tranquilidad. Por eso, pasaba la mayor parte de su tiempo ahí.Tadeo casi no iba.Pero hoy era distinto.Hoy era su aniversario.Un día así, Tadeo casi nunca faltaba.Silvana nunca fue experta en detalles románticos, y mucho menos con Tadeo.No había preparado ningún regalo, pero, pensándolo bien, cocinó una mesa llena de platillos caseros.Pero el reloj marcaba casi las doce y Tadeo no aparecía.Al final, Silvana decidió llamar.Quien contestó fue el secretario de Tadeo, con ese tono educado y distante:—Señora, el señor sigue en la fiesta de celebración. Si necesita algo...—Perdón por interrumpir.Silvana colgó el teléfono y, casi de inmediato, abrió la sección de espectáculos. Los titulares la abrumaron, todos girando en torno a Tadeo y “Cisnecito”.La noticia más reciente era una publicación de la propia Cisnecito en Twitter: [“Ser amada se siente como tener siempre a alguien que te respalde.”]La imagen adjunta mostraba una escena de fiesta: copas que chocaban, luces que encandilaban, todos los inversionistas y el director sentados alrededor de la mesa.Eso de “inversionistas” era solo para quedar bien, porque la mayoría eran amigos de Tadeo.En medio de todos, Tadeo aceptaba el vaso que le ofrecía una mujer. Lo miró de forma despreocupada, sus ojos paseando con aire perezoso por quienes lo rodeaban.Aun así, en su actitud había una declaración silenciosa de territorio.Silvana cerró Twitter en silencio. Tiró la comida que no pudo terminar, se fue al cuarto a lavarse la cara y los dientes, y luego intentó concentrarse revisando unos documentos.Pero tenía el ánimo revuelto.Por más que intentó enfocarse, las palabras no le entraban en la cabeza....Mientras tanto, en un club privado.Tadeo había tomado unas copas. Se aflojó la corbata y recorrió la sala con la mirada, sin poner verdadero interés en nada.En ese momento, su secretario entró y le habló con tacto:—Señor, hace un momento su esposa llamó por teléfono.—Ya me enteré —respondió Tadeo, con ese tono despreocupado que siempre usaba.Samuel, que observaba todo, levantó las cejas y le soltó:—¿Así que Silvana te está esperando?—Ni lo sueñes —alguien más intervino, con un deje de sorna—. Yo nunca he visto a una mujer menos apegada que Silvana. Se la pasa metida en el laboratorio y jamás le importa lo que Tadeo haga.En realidad, eso tenía sus ventajas.Pero casarse con una científica... pues la verdad, era algo seco.Todos sabían que ese matrimonio no era más que una relación de conveniencia. Un acuerdo entre adultos que jugaban a ser pareja.Muchos decían “Silvana” de palabra, pero en el fondo la menospreciaban.Después de todo, pensaban, una mujer debía girar alrededor de su familia.¿Y si solo tenía la cabeza llena de datos y experimentos? ¿Qué sentido tenía eso?Demian Navarro aprovechó la ocasión y, sonriendo, agregó:—Por cierto, escuché que el último material que Silvana inventó es de lo más seguro y avanzado. Tadeo, luego preséntame con ella, ¿no?Vanina, sentada junto a Tadeo, se había quedado callada un buen rato, hasta que soltó una sonrisa:—¿Entonces Tadeo prefiere a ese tipo de mujeres? Suena a que es lista y capaz, ¿no?Tadeo tomó la copa de Vanina y la cambió por un refresco, su anillo de bodas brillando bajo la luz mientras curvaba los labios, relajado.—No, tú así estás perfecta.Mientras hacía ese gesto, la camisa blanca se le desabrochó un poco, revelando un aire misterioso y una mirada profunda cargada de picardía. Su voz, suave y envolvente, le rozó el oído a Vanina.La atracción era imposible de disimular.El corazón de Vanina se le fue a mil.—Vanina, no te lo tomes tan en serio —se metió Samuel, riendo—. Pero en algo tienes razón. La esposa de Tadeo es brillante, hasta la llaman la estrella científica del siglo veintiuno en el campo aeroespacial. ¿A poco no está cañón?Vanina abrió los ojos, sorprendida.—Eso sí que impresiona.No esperaba que ese “lista y capaz” fuera literal.Pensó: ¿Y para qué competir con los hombres en eso?, ¿por qué no competir con las mujeres?—Amiga, ni se te ocurra seguir sus pasos. Créeme, Tadeo odia a los nerds. Su esposa pasa más tiempo con tubos de ensayo que con él...Todos seguían echando relajo, pero el semblante de Tadeo cambió. Empezó a sentirse incómodo, el ambiente le pareció insípido y perdió el interés de seguir ahí.Sin hacer escándalo, agarró su saco y se levantó, su tono calmado pero cortante:—Ya me voy, quédense ustedes.La sala se quedó en silencio por un momento.¿Tadeo se había molestado?Samuel, que sabía bien lo que pasaba, le lanzó una mirada dura al bromista de antes:—¿Era necesario que te pusieras a hablar de su esposa y su relación? Sabes bien que, aunque Tadeo no sea el más cariñoso, jamás ha hablado mal de ella.Cuando Tadeo llegó a casa, Silvana ya había dejado el libro a un lado y descansaba.Su sueño siempre fue ligero; cualquier ruido la hacía dormir mal.La luz tenue de la lámpara se encendió de pronto. Silvana, sobresaltada, abrió los ojos con la mirada aún nublada por el sueño.El hombre estaba de pie, aflojándose la corbata, luciendo una camisa que delineaba su figura impecable.Después de tantos días sin ver a Tadeo, Silvana lo sentía casi como un extraño.—¿Vas a dormir aquí esta noche?—Si no me falla la memoria, esta es la casa que compré para nuestro matrimonio —contestó Tadeo, con un tono apagado, entre distante y desinteresado.Ya era muy tarde. El cerebro de Silvana parecía funcionar a cámara lenta; sus palabras la dejaron callada, sin saber qué más decir.Tadeo ni la miró, solo dio media vuelta y se metió al baño.Un rato después, salió de la ducha. Su mirada se posó en Silvana, que seguía en la cama.Silvana nunca fue de dormir de forma tranquila. La fina tela de su camisón, resbalando un poco, dejaba al descubierto su piel casi translúcida, suave, como porcelana. Una pequeña mancha rojiza en la clavícula resaltaba de manera especial.El aire fresco, con un aroma que venía de Tadeo, la envolvió por detrás. Ese perfume suyo tenía algo que la mareaba, entre familiar y adictivo.—¿Se puede?Su voz, relajada y seductora, le susurró al oído. Sin esperar respuesta, Tadeo tomó la iniciativa.Aunque en la vida diaria parecían dos completos desconocidos, en la cama se entendían a la perfección.Para Silvana, esos momentos eran un raro alivio.Pero, mientras todo sucedía, no pudo evitar notar las marcas en el cuello de Tadeo. Eso la hizo fruncir el ceño.Le molestaba mucho la idea de compartir. Si había rastros de otra, simplemente no podía seguir.Apartó la mano de Tadeo con suavidad.—Me vino el periodo, no puedo.Tadeo no insistió. Se apartó con frialdad, dándose vuelta hacia el otro lado de la cama.Silvana no tenía razones para mentir, y menos en algo así.Él apagó la luz.La cama crujió cuando Tadeo se acomodó en su lado. El aire fresco que traía consigo la hacía sentir incómoda y, por alguna razón, le costó volver a dormirse.—Tadeo, esta noche...—¿De verdad quieres hablar ahora?La voz de Tadeo en la oscuridad sonó cortante, con una pizca de fastidio.Silvana se quedó callada, recordando la última vez que discutieron. Sus dedos rozaron de manera inconsciente la cicatriz tenue en su abdomen. Al final, prefirió guardar silencio.No supo cuánto tiempo pasó hasta que el sueño terminó por vencerla....Al día siguiente, Silvana despertó tarde.Para su sorpresa, Tadeo no se había ido temprano. Estaba en la sala, de pie frente a la ventana, participando en una videollamada de trabajo.La luz de la mañana le marcaba los rasgos, dándole un aire entre elegante y distante. Apoyado en el sofá, su expresión era despreocupada y ausente. De vez en cuando, interrumpía para dar órdenes tras escuchar el reporte en la pantalla.Silvana lo observó unos segundos, luego fue a la cocina para prepararse el desayuno.No comía mucho por las mañanas; apenas cortó un par de rebanadas de pan y las acompañó con un vaso de leche.Tadeo echó un vistazo a la mesa y su expresión se endureció.—¿Y el mío?Silvana no entendía su problema. Siempre fue quisquilloso, y con un desayuno tan sencillo, ni siquiera habría puesto un pie en la cocina antes.—En la cocina hay más. Si tienes hambre, sírvete tú.No iba a estar consintiéndolo.Tadeo fue a la cocina, frunciendo el ceño.—¿Dónde está el café?—Solo hay leche.Silvana era alérgica al café, nunca tomaba. Y tampoco esperaba que Tadeo lo recordara.Sin embargo, él no hizo ningún drama. Tomó un poco de pan y se sentó en la mesa.Le dio una mordida, su cara seguía impasible.—¿Solo esto desayunas?—No soy tan delicada.A veces trabajaba hasta tarde y en la mañana iba siempre con prisas. Lo último en lo que pensaba era en darse un banquete.Tadeo soltó, entre indiferencia y cansancio:—La profesora Oliva sí que le pone ganas.Silvana ni se molestó en responderle a sus comentarios venenosos.Ya iban a la mitad del desayuno cuando la secretaria de Tadeo llegó con varios documentos. Parecía apurada, buscando que él firmara rápido.Antes de que se fuera, Tadeo habló con voz seca:—El brazalete de jade que compramos el mes pasado, mándaselo a la señorita Crespo.Capítulo 3—Tu esposo ya va a tener novia nueva.Silvana Oliva apenas había salido del laboratorio tras terminar una serie de experimentos cruciales cuando recibió el mensaje de su amiga Alma Gómez.Era la octava prueba de la noche. El laboratorio estaba tan vacío que hasta el eco de sus pasos parecía ser lo único vivo ahí. Silvana era la última en quedar, revisando y anotando resultados, cuando se quitó la bata y vio que la pantalla del celular se encendía.De inmediato apareció una foto.Junto con la imagen, Alma adjuntó su clásico comentario lleno de indignación.—La Cisnecito del grupo de danza. Ese Tadeo Delgado, la neta se la está pasando de lo mejor... ¿Cuántas lleva ya?“Cisnecito” era el apodo de la mujer en la foto.Una estudiante del área de artes escénicas en la Universidad Arbolada, famosa entre todos como la Cisnecito del ballet: Vanina Crespo.La nueva conquista de Tadeo.En la imagen, Vanina lucía un tutú blanco impecable, mirando de reojo al hombre a su lado y sonriendo con una dulzura que desarmaba.Silvana escribió de vuelta mientras dejaba de lado sus hojas de registro.—Diecisiete.El número diecisiete.La número diecisiete en la lista de romances que le atribuían a Tadeo.Así como era conocido por su talento brutal en los negocios y su estilo de mando sin titubeos, igual de célebres eran los rumores sobre la vida amorosa del heredero de la familia Delgado.Todo el mundo sabía que Tadeo tenía debilidad por las mujeres de cintura fina y belleza serena.Y justo la Cisnecito, con esa cara tranquila y suave, cuerpo esbelto y delicado, era la definición de su tipo.Alma nunca aprobó el comportamiento de Tadeo. Casi tronaba de coraje al escribir:—¿Y tú solo te quedas mirando? Esta Vanina no es cualquier cosa, es la hermana de Martina Varela.La hermana de Martina.Silvana fijó la mirada en el hombre de la foto.Entre luces y sombras, Tadeo se apoyaba con desinterés en la esquina, esos ojos negros y profundos levantándose apenas, la mirada juguetona destellando antes de perderse en la penumbra.Atractivo y distinguido.No era por nada que, dejando de lado su fortuna y cerebro prodigioso, bastaba con esa cara para que cualquiera cayera rendida.Y, sin embargo, nadie sabía que, en secreto, Silvana y Tadeo llevaban seis años de matrimonio oculto, siempre actuando como simples conocidos.Bueno, no siempre fue así.Hubo tiempos mejores, pero desde aquel incidente, todo cambió entre ellos.Por un momento, Silvana se quedó pensando.Sabía mejor que nadie lo que Martina representaba para Tadeo.Alma siguió escribiendo, como si pudiera leerle la mente:[Silvana, tú solo piensas en tus experimentos y materiales. El día que esa Cisnecito se meta a tu casa ni cuenta te vas a dar. No te preocupes, yo te aviso. Pero eso sí, después me invitas a comer.]Silvana terminó de organizar los últimos datos y, sonriendo, respondió:—Ya te debía una comida. Terminando el experimento, te invito.Colgó, recopiló los registros y entonces notó que la noche se había hecho densa y profunda.El desarrollo de ese nuevo material en el laboratorio iba a contrarreloj; los jefes exigían resultados y justo ahora estaban cerca de un gran descubrimiento. Silvana no había parado en todo el día, ni siquiera se había dado tiempo para comer. El cansancio y el hambre la golpearon de pronto.Guardó todo y salió del laboratorio, pidiendo un carro para regresar a Villa Oasis Verde.Villa Oasis Verde era la casa que Tadeo había comprado para el matrimonio.Quedaba cerca del laboratorio, ideal para Silvana, que prefería la tranquilidad. Por eso, pasaba la mayor parte de su tiempo ahí.Tadeo casi no iba.Pero hoy era distinto.Hoy era su aniversario.Un día así, Tadeo casi nunca faltaba.Silvana nunca fue experta en detalles románticos, y mucho menos con Tadeo.No había preparado ningún regalo, pero, pensándolo bien, cocinó una mesa llena de platillos caseros.Pero el reloj marcaba casi las doce y Tadeo no aparecía.Al final, Silvana decidió llamar.Quien contestó fue el secretario de Tadeo, con ese tono educado y distante:—Señora, el señor sigue en la fiesta de celebración. Si necesita algo...—Perdón por interrumpir.Silvana colgó el teléfono y, casi de inmediato, abrió la sección de espectáculos. Los titulares la abrumaron, todos girando en torno a Tadeo y “Cisnecito”.La noticia más reciente era una publicación de la propia Cisnecito en Twitter: [“Ser amada se siente como tener siempre a alguien que te respalde.”]La imagen adjunta mostraba una escena de fiesta: copas que chocaban, luces que encandilaban, todos los inversionistas y el director sentados alrededor de la mesa.Eso de “inversionistas” era solo para quedar bien, porque la mayoría eran amigos de Tadeo.En medio de todos, Tadeo aceptaba el vaso que le ofrecía una mujer. Lo miró de forma despreocupada, sus ojos paseando con aire perezoso por quienes lo rodeaban.Aun así, en su actitud había una declaración silenciosa de territorio.Silvana cerró Twitter en silencio. Tiró la comida que no pudo terminar, se fue al cuarto a lavarse la cara y los dientes, y luego intentó concentrarse revisando unos documentos.Pero tenía el ánimo revuelto.Por más que intentó enfocarse, las palabras no le entraban en la cabeza....Mientras tanto, en un club privado.Tadeo había tomado unas copas. Se aflojó la corbata y recorrió la sala con la mirada, sin poner verdadero interés en nada.En ese momento, su secretario entró y le habló con tacto:—Señor, hace un momento su esposa llamó por teléfono.—Ya me enteré —respondió Tadeo, con ese tono despreocupado que siempre usaba.Samuel, que observaba todo, levantó las cejas y le soltó:—¿Así que Silvana te está esperando?—Ni lo sueñes —alguien más intervino, con un deje de sorna—. Yo nunca he visto a una mujer menos apegada que Silvana. Se la pasa metida en el laboratorio y jamás le importa lo que Tadeo haga.En realidad, eso tenía sus ventajas.Pero casarse con una científica... pues la verdad, era algo seco.Todos sabían que ese matrimonio no era más que una relación de conveniencia. Un acuerdo entre adultos que jugaban a ser pareja.Muchos decían “Silvana” de palabra, pero en el fondo la menospreciaban.Después de todo, pensaban, una mujer debía girar alrededor de su familia.¿Y si solo tenía la cabeza llena de datos y experimentos? ¿Qué sentido tenía eso?Demian Navarro aprovechó la ocasión y, sonriendo, agregó:—Por cierto, escuché que el último material que Silvana inventó es de lo más seguro y avanzado. Tadeo, luego preséntame con ella, ¿no?Vanina, sentada junto a Tadeo, se había quedado callada un buen rato, hasta que soltó una sonrisa:—¿Entonces Tadeo prefiere a ese tipo de mujeres? Suena a que es lista y capaz, ¿no?Tadeo tomó la copa de Vanina y la cambió por un refresco, su anillo de bodas brillando bajo la luz mientras curvaba los labios, relajado.—No, tú así estás perfecta.Mientras hacía ese gesto, la camisa blanca se le desabrochó un poco, revelando un aire misterioso y una mirada profunda cargada de picardía. Su voz, suave y envolvente, le rozó el oído a Vanina.La atracción era imposible de disimular.El corazón de Vanina se le fue a mil.—Vanina, no te lo tomes tan en serio —se metió Samuel, riendo—. Pero en algo tienes razón. La esposa de Tadeo es brillante, hasta la llaman la estrella científica del siglo veintiuno en el campo aeroespacial. ¿A poco no está cañón?Vanina abrió los ojos, sorprendida.—Eso sí que impresiona.No esperaba que ese “lista y capaz” fuera literal.Pensó: ¿Y para qué competir con los hombres en eso?, ¿por qué no competir con las mujeres?—Amiga, ni se te ocurra seguir sus pasos. Créeme, Tadeo odia a los nerds. Su esposa pasa más tiempo con tubos de ensayo que con él...Todos seguían echando relajo, pero el semblante de Tadeo cambió. Empezó a sentirse incómodo, el ambiente le pareció insípido y perdió el interés de seguir ahí.Sin hacer escándalo, agarró su saco y se levantó, su tono calmado pero cortante:—Ya me voy, quédense ustedes.La sala se quedó en silencio por un momento.¿Tadeo se había molestado?Samuel, que sabía bien lo que pasaba, le lanzó una mirada dura al bromista de antes:—¿Era necesario que te pusieras a hablar de su esposa y su relación? Sabes bien que, aunque Tadeo no sea el más cariñoso, jamás ha hablado mal de ella.Cuando Tadeo llegó a casa, Silvana ya había dejado el libro a un lado y descansaba.Su sueño siempre fue ligero; cualquier ruido la hacía dormir mal.La luz tenue de la lámpara se encendió de pronto. Silvana, sobresaltada, abrió los ojos con la mirada aún nublada por el sueño.El hombre estaba de pie, aflojándose la corbata, luciendo una camisa que delineaba su figura impecable.Después de tantos días sin ver a Tadeo, Silvana lo sentía casi como un extraño.—¿Vas a dormir aquí esta noche?—Si no me falla la memoria, esta es la casa que compré para nuestro matrimonio —contestó Tadeo, con un tono apagado, entre distante y desinteresado.Ya era muy tarde. El cerebro de Silvana parecía funcionar a cámara lenta; sus palabras la dejaron callada, sin saber qué más decir.Tadeo ni la miró, solo dio media vuelta y se metió al baño.Un rato después, salió de la ducha. Su mirada se posó en Silvana, que seguía en la cama.Silvana nunca fue de dormir de forma tranquila. La fina tela de su camisón, resbalando un poco, dejaba al descubierto su piel casi translúcida, suave, como porcelana. Una pequeña mancha rojiza en la clavícula resaltaba de manera especial.El aire fresco, con un aroma que venía de Tadeo, la envolvió por detrás. Ese perfume suyo tenía algo que la mareaba, entre familiar y adictivo.—¿Se puede?Su voz, relajada y seductora, le susurró al oído. Sin esperar respuesta, Tadeo tomó la iniciativa.Aunque en la vida diaria parecían dos completos desconocidos, en la cama se entendían a la perfección.Para Silvana, esos momentos eran un raro alivio.Pero, mientras todo sucedía, no pudo evitar notar las marcas en el cuello de Tadeo. Eso la hizo fruncir el ceño.Le molestaba mucho la idea de compartir. Si había rastros de otra, simplemente no podía seguir.Apartó la mano de Tadeo con suavidad.—Me vino el periodo, no puedo.Tadeo no insistió. Se apartó con frialdad, dándose vuelta hacia el otro lado de la cama.Silvana no tenía razones para mentir, y menos en algo así.Él apagó la luz.La cama crujió cuando Tadeo se acomodó en su lado. El aire fresco que traía consigo la hacía sentir incómoda y, por alguna razón, le costó volver a dormirse.—Tadeo, esta noche...—¿De verdad quieres hablar ahora?La voz de Tadeo en la oscuridad sonó cortante, con una pizca de fastidio.Silvana se quedó callada, recordando la última vez que discutieron. Sus dedos rozaron de manera inconsciente la cicatriz tenue en su abdomen. Al final, prefirió guardar silencio.No supo cuánto tiempo pasó hasta que el sueño terminó por vencerla....Al día siguiente, Silvana despertó tarde.Para su sorpresa, Tadeo no se había ido temprano. Estaba en la sala, de pie frente a la ventana, participando en una videollamada de trabajo.La luz de la mañana le marcaba los rasgos, dándole un aire entre elegante y distante. Apoyado en el sofá, su expresión era despreocupada y ausente. De vez en cuando, interrumpía para dar órdenes tras escuchar el reporte en la pantalla.Silvana lo observó unos segundos, luego fue a la cocina para prepararse el desayuno.No comía mucho por las mañanas; apenas cortó un par de rebanadas de pan y las acompañó con un vaso de leche.Tadeo echó un vistazo a la mesa y su expresión se endureció.—¿Y el mío?Silvana no entendía su problema. Siempre fue quisquilloso, y con un desayuno tan sencillo, ni siquiera habría puesto un pie en la cocina antes.—En la cocina hay más. Si tienes hambre, sírvete tú.No iba a estar consintiéndolo.Tadeo fue a la cocina, frunciendo el ceño.—¿Dónde está el café?—Solo hay leche.Silvana era alérgica al café, nunca tomaba. Y tampoco esperaba que Tadeo lo recordara.Sin embargo, él no hizo ningún drama. Tomó un poco de pan y se sentó en la mesa.Le dio una mordida, su cara seguía impasible.—¿Solo esto desayunas?—No soy tan delicada.A veces trabajaba hasta tarde y en la mañana iba siempre con prisas. Lo último en lo que pensaba era en darse un banquete.Tadeo soltó, entre indiferencia y cansancio:—La profesora Oliva sí que le pone ganas.Silvana ni se molestó en responderle a sus comentarios venenosos.Ya iban a la mitad del desayuno cuando la secretaria de Tadeo llegó con varios documentos. Parecía apurada, buscando que él firmara rápido.Antes de que se fuera, Tadeo habló con voz seca:—El brazalete de jade que compramos el mes pasado, mándaselo a la señorita Crespo.