Capítulo 1En plena madrugada, la temperatura dentro del cuarto seguía subiendo al compás de las respiraciones entrelazadas de ambos, el aroma a sudor impregnaba el ambiente, y de vez en cuando, los sonidos de placer de un hombre y una mujer rompían el silencio de la noche.—¿Te gusta? ¿Así se siente mejor? —El hombre acercó aún más su rostro al oído de la mujer, susurrando con una voz ronca y lánguida—. ¿Y si lo hago… así?—¡Ah! —Isabella abrió los ojos de golpe, con el corazón desbocado, como si se le hubiera caído del pecho en picada.Cuando por fin recobró el sentido, entendió que todo había sido un sueño…Aunque, vaya sueño tan “húmedo”.La forma en que aquel hombre la había embestido en el sueño la dejó jadeando incluso al despertar, la boca seca y el corazón a punto de salirse.Tardó un buen rato en serenarse. Tocó el lado vacío de la cama.Frío. Vacío.Ese esposo suyo, el supuesto, no había regresado a casa.Isabella se acomodó el cabello largo y húmedo de sudor hacia atrás, soltando un suspiro y levantándose para servirse un vaso de agua.Apenas caminó unos pasos, sintió una incomodidad en el cuerpo que le resultó molesta. Fastidiada, sacó ropa limpia del clóset y se metió al baño para cambiarse.Las mujeres también tienen necesidades, igual que los hombres.Y más ella, que desde que se casó, la vida conyugal había sido intensa y muy frecuente.Antes, rara vez dormía antes de las tres o cuatro de la mañana. Pero desde aquel incidente, su esposo irresponsable aceptó un trabajo fuera del país y, en casi un año, no había vuelto a casa.Con razón soñaba esas cosas.Al terminar de cambiarse, Isabella pensó en lavar su ropa y colgarla, pero en ese momento, el celular sobre el buró comenzó a sonar, rompiendo la tranquilidad de la madrugada.Ser llamada en la noche para operar era cosa de todos los días, siendo cirujana, así que al principio no le dio mucha importancia. Pero al contestar, la voz del otro lado resultó desconocida.—¿Hablo con Isabella Rivera?—Sí, soy yo. ¿Quién llama?—Buenas noches, soy del departamento de policía de Paseo del Cedro. ¿Maximiliano Solano es su esposo? Esta noche se embriagó en un bar y se peleó con alguien. Le pedimos que venga a la estación para ayudarnos a resolver el asunto.Isabella se quedó pasmada. ¿Maximiliano había regresado al país?No solo había vuelto, sino que apenas llegó ya andaba metido en problemas y acabó en la estación de policía.No se esperaba eso. Tardó un instante en responder:—Está bien, voy para allá.Se vistió para salir, tomó las llaves del carro y salió de la casa.Paseo del Cedro era la calle más famosa de Puerto San Martín para la vida nocturna, repleta de luces de neón y música que se sentía cercana y lejana al mismo tiempo. Quedaba lejos de la casa en las afueras de la ciudad, así que cuando Isabella llegó, ya eran las cuatro de la madrugada.En esa zona abundaban los bares y los accidentes, y justo antes del amanecer, la estación de policía seguía llena de gente.Isabella empujó la puerta de vidrio de la estación y, de inmediato, vio a Maximiliano sentado en una silla de hierro blanca.Incluso en medio del caos y el bullicio, él seguía siendo el centro de las miradas.Parecía estar en un mundo aparte, con un espacio vacío a su alrededor, como si nadie se atreviera a acercarse.Después de un año sin verlo, Isabella no pudo evitar recorrerlo con la mirada de pies a cabeza. No había cambiado nada.Camisa blanca, pantalón de vestir negro, sin corbata ni saco. La tela de calidad seguía impecable, el corte a la medida resaltaba su estatura de más de un metro ochenta.Sentado con las piernas separadas, los primeros dos botones de la camisa desabrochados dejaban ver la línea marcada de la garganta y parte de la clavícula. Una barba de tres días, perfectamente cuidada, le daba un aire maduro y atractivo. Por la postura, el pantalón se arrugaba en las piernas, y los calcetines negros cubrían sus tobillos. Todo en él transmitía una mezcla de desgano y sensualidad.Tenía la cabeza ligeramente baja, tal vez por el alcohol, y los ojos enrojecidos en las comisuras. Si de por sí ya era atractivo, ahora tenía un magnetismo peligroso, difícil de ignorar.Esa clase de belleza irresistible, Isabella solo la había visto en él durante los momentos más intensos en la cama, cuando se entregaba por completo.Ahora, así, expuesto a la vista de todos, no era de extrañar que cada persona que entraba o salía de la estación se detuviera un instante para mirarlo.Sin embargo, tener la oportunidad de ver a alguien como Maximiliano, una joya entre los mortales, ya era ganancia.Era el heredero de una familia poderosa, con talento, atractivo, influencia y poder.En todo Puerto San Martín, nadie se atrevía a meterse con él. Por lo regular, era como la luna colgada en lo alto del cielo: inalcanzable, siempre distante, jamás se mezclaba con los simples mortales. ¿Qué le habría pasado hoy para terminar detenido en este lugar?Quizá por sentir la mirada de Isabella, el hombre levantó la cabeza despacio. Sus ojos, ligeramente desenfocados, daban la impresión de no saber si la reconocía. Aun así, esa mirada suya, siempre tan profunda y envolvente, seguía siendo la misma de siempre.Isabella no fue directo hacia él. Primero se acercó al mostrador de la policía y se identificó:—Hola, soy Isabella. Me llamaron hace un momento para que viniera.Un joven uniformado salió a recibirla. Por el uniforme, Isabella dedujo que era un auxiliar de policía. Seguramente era nuevo en la zona, por eso ni idea de quién era el hijo mayor de la familia Solano.—¿Tú eres la esposa de Maximiliano, verdad? Mira, tu esposo se metió en una pelea en el bar. Si quieres ver los detalles, checa el video de las cámaras.El policía le mostró la grabación. La cámara estaba justo encima de Maximiliano, casi enfocándolo de lleno.A pesar de todo, Maximiliano parecía bastante sobrio. Su atractivo era tan impactante que hasta bajo la luz mortecina y traicionera del bar, su perfil resaltaba. En su expresión se notaba esa actitud de quien va por la vida sin tomarse nada en serio.Con una mano en el bolsillo y el celular en la otra, Maximiliano parecía distraído, sin prestar mucha atención a lo que pasaba a su alrededor. De pronto, una mujer de figura escultural se le acercó y lo abrazó por la cintura.Isabella se quedó paralizada, sin poder creer lo que veía.La mujer se puso de puntitas y le susurró algo al oído. Maximiliano, lejos de apartarla, reaccionó con una sonrisa pícara. Llevaba puestos unos lentes con montura dorada, dándole ese aire de intelectual travieso que sabía cómo meterse en problemas.Isabella apretó con fuerza las llaves del carro, sintiendo cómo la punta le lastimaba la palma.El video siguió. Maximiliano se topó con un grupo de jóvenes que acababan de salir del elevador. Algo discutieron, pero el audio estaba lleno de interferencias y no se entendía bien. Solo se veía cómo él se quitaba los lentes con calma y los guardaba en el bolsillo.De repente, todo cambió. El ambiente se volvió tenso y, en cuestión de segundos, empezaron a pelear.Isabella conocía de sobra las habilidades de Maximiliano. En la familia Solano, desde pequeños contrataban a los mejores entrenadores para enseñarles defensa personal. Lo de él no era simple fuerza bruta, sino técnica pulida. Bastaron un par de movimientos para dejar a los otros en el suelo.Los guardias del bar llegaron corriendo para separar a los involucrados y llamaron a la policía. En minutos, el caos ya estaba bajo control.Todo había quedado registrado, sin lugar a dudas.Pero lo que a Isabella no se le borraba de la mente era la imagen de esa mujer abrazando a Maximiliano.Volteó a verlo, medio perdido, y luego miró al grupo de jóvenes que habían recibido la peor parte. Entre ellos, había un par de chicas que, al enterarse de que ella era la esposa del tipo que había armado el escándalo, la miraban con una mezcla de lástima y curiosidad.Tener que ir a sacar al marido de la delegación, después de un escándalo en el bar y encima sospechar de una infidelidad... Era tan absurdo que hasta daba risa.—Señorita, nosotros ni la debíamos ni la temíamos —dijo una de las chicas, alzando la voz—. Mi amiga solo me estaba bromeando, diciendo que hace días tenía pancita y hoy ya no, que si no sería que me embaracé y luego lo perdí sin contarle a nadie. Él quizá pensó que hablábamos de la mujer que estaba con él, y por eso se armó todo esto.Cuando Isabella escuchó la frase “perder un embarazo en secreto”, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Instintivamente, se llevó la mano al vientre.Por fin entendía por qué el Maximiliano que todos veían como un caballero refinado y de buen carácter, podía terminar comportándose como un simple matón en un bar.—¿Ya lo vio bien? ¿Entendió cómo está la cosa? Este asunto...Isabella interrumpió al policía:—Perdón, ¿en este caso, Maximiliano cometió lesiones intencionales?El policía dudó un momento antes de responder:—Si lo ponemos en términos estrictos, fue una pelea, porque el otro también se lanzó.Isabella siguió preguntando:—¿Y no sería alteración del orden público?—...Para que sea alteración del orden público, debe haber intención de provocar. Pero aquí todo fue por un malentendido, y los dos habían tomado, andaban medio acelerados. Normalmente no lo tratamos como alteración del orden.Isabella, incansable, insistió:—¿Y qué tal adulterio en matrimonio, y en público, abrazando y besándose con otra mujer? ¿Eso no es una falta contra la moral pública? ¿No deberían al menos detenerlo unos días? ¿Cinco? ¿Diez?—¿Qué?Hasta ese momento, incluidos los policías, todos cayeron en cuenta: Isabella no había ido a sacar a Maximiliano, sino que buscaba a toda costa algún motivo para que la policía lo dejara encerrado.Varias personas no pudieron evitar que se les escapara una media sonrisa. Vaya pareja más peculiar.Maximiliano, por su parte, se acomodó de manera más relajada, recargándose hacia atrás. El movimiento lo hizo ver aún más alto y apuesto.Con voz ronca y una indiferencia que pesaba más que cualquier amenaza, la llamó despacio:—Isabella.No necesitó decir más.Al final, Isabella, pensando en las acciones del Grupo Solano y en que los Solano siempre la habían tratado bien, aceptó a regañadientes mediar por Maximiliano. Llegó a un acuerdo con el otro involucrado, pagó treinta mil pesos y pudo sacar a Maximiliano....De regreso a casa, ninguno dijo una sola palabra.Al llegar, Isabella se tardó un poco en estacionar el carro y cuando entró, Maximiliano ya se había llevado la ropa al baño. Ella no tuvo más remedio que irse al cuarto de visitas, lavarse la cara y volver a ponerse la pijama.Al acostarse, Isabella sentía que el cansancio le aplastaba los huesos.Esa noche, por fin no le había tocado ninguna cirugía de emergencia, y pensaba dormir tranquila, pero por culpa de esa tontería perdió dos horas y, si se descuidaba, en nada tendría que irse a trabajar otra vez.Cerró los ojos y, apenas comenzaba a quedarse dormida, sintió que alguien levantaba su falda; la mano de un hombre se coló entre sus piernas.De inmediato juntó las piernas y abrió los ojos de golpe.Maximiliano, con una bata de baño mal puesta que dejaba ver su pecho y abdomen bajo la luz, estaba sentado a un lado de la cama. La piel clara resplandecía, los músculos definidos saltaban a la vista.Al verla despierta, no se detuvo. Su mirada era inmutable, el gesto, descarado y salvaje.Isabella solo podía interpretar aquella conducta como una burla.Lo sujetó con fuerza, rechazándolo:—¡Maximiliano! ¡Estás loco!En los ojos rasgados y oscuros de Maximiliano, donde a veces parecía reflejar ternura, se asomaba ahora un dejo de desprecio y burla.—Vi lo del baño. Llevo meses sin venir a casa. ¿Te urgía? ¿Te gustó más sola o conmigo?Isabella se quedó pasmada un segundo antes de entender: él había visto la ropa interior que, por salir corriendo, no alcanzó a lavar y secar.Sintió cierta incomodidad, pero no aflojó la presión sobre su pecho.Maximiliano no era de los que obligaban las cosas. Su posición social lo hacía sentirse por encima de todo, así que en cuanto Isabella lo rechazó, él solo se encogió de hombros, como decepcionado, y la soltó.Agarró una toallita húmeda y se limpió los dedos. Isabella apretó la mandíbula, y Maximiliano, con una sonrisa apenas marcada, parecía ya sin interés.Isabella no quiso verlo más. Al girar apresurada, notó de reojo que él aún llevaba la argolla de matrimonio: sencilla, de platino.Ella pensaba que ya la habría tirado.Por su parte, la mano de Isabella estaba vacía; su anillo se había perdido hacía mucho.Maximiliano tiró la toallita, se acomodó la bata y se metió en la cama. De pronto quedaron a poca distancia; el aroma tenue de madera que él usaba invadió la nariz de Isabella. En poco tiempo, él ya dormía profundamente.Isabella, en cambio, no pudo volver a pegar el ojo.Un año después, su esposo legal dormía a su lado, y ella prefería que nunca hubiera regresado.Al final, se levantó de la cama y se fue a dormir al cuarto de visitas.Por dentro, solo pudo pensar que ese matrimonio que llevaba dos años era, para acabar pronto, un completo desperdicio.Capítulo 2En plena madrugada, la temperatura dentro del cuarto seguía subiendo al compás de las respiraciones entrelazadas de ambos, el aroma a sudor impregnaba el ambiente, y de vez en cuando, los sonidos de placer de un hombre y una mujer rompían el silencio de la noche.—¿Te gusta? ¿Así se siente mejor? —El hombre acercó aún más su rostro al oído de la mujer, susurrando con una voz ronca y lánguida—. ¿Y si lo hago… así?—¡Ah! —Isabella abrió los ojos de golpe, con el corazón desbocado, como si se le hubiera caído del pecho en picada.Cuando por fin recobró el sentido, entendió que todo había sido un sueño…Aunque, vaya sueño tan “húmedo”.La forma en que aquel hombre la había embestido en el sueño la dejó jadeando incluso al despertar, la boca seca y el corazón a punto de salirse.Tardó un buen rato en serenarse. Tocó el lado vacío de la cama.Frío. Vacío.Ese esposo suyo, el supuesto, no había regresado a casa.Isabella se acomodó el cabello largo y húmedo de sudor hacia atrás, soltando un suspiro y levantándose para servirse un vaso de agua.Apenas caminó unos pasos, sintió una incomodidad en el cuerpo que le resultó molesta. Fastidiada, sacó ropa limpia del clóset y se metió al baño para cambiarse.Las mujeres también tienen necesidades, igual que los hombres.Y más ella, que desde que se casó, la vida conyugal había sido intensa y muy frecuente.Antes, rara vez dormía antes de las tres o cuatro de la mañana. Pero desde aquel incidente, su esposo irresponsable aceptó un trabajo fuera del país y, en casi un año, no había vuelto a casa.Con razón soñaba esas cosas.Al terminar de cambiarse, Isabella pensó en lavar su ropa y colgarla, pero en ese momento, el celular sobre el buró comenzó a sonar, rompiendo la tranquilidad de la madrugada.Ser llamada en la noche para operar era cosa de todos los días, siendo cirujana, así que al principio no le dio mucha importancia. Pero al contestar, la voz del otro lado resultó desconocida.—¿Hablo con Isabella Rivera?—Sí, soy yo. ¿Quién llama?—Buenas noches, soy del departamento de policía de Paseo del Cedro. ¿Maximiliano Solano es su esposo? Esta noche se embriagó en un bar y se peleó con alguien. Le pedimos que venga a la estación para ayudarnos a resolver el asunto.Isabella se quedó pasmada. ¿Maximiliano había regresado al país?No solo había vuelto, sino que apenas llegó ya andaba metido en problemas y acabó en la estación de policía.No se esperaba eso. Tardó un instante en responder:—Está bien, voy para allá.Se vistió para salir, tomó las llaves del carro y salió de la casa.Paseo del Cedro era la calle más famosa de Puerto San Martín para la vida nocturna, repleta de luces de neón y música que se sentía cercana y lejana al mismo tiempo. Quedaba lejos de la casa en las afueras de la ciudad, así que cuando Isabella llegó, ya eran las cuatro de la madrugada.En esa zona abundaban los bares y los accidentes, y justo antes del amanecer, la estación de policía seguía llena de gente.Isabella empujó la puerta de vidrio de la estación y, de inmediato, vio a Maximiliano sentado en una silla de hierro blanca.Incluso en medio del caos y el bullicio, él seguía siendo el centro de las miradas.Parecía estar en un mundo aparte, con un espacio vacío a su alrededor, como si nadie se atreviera a acercarse.Después de un año sin verlo, Isabella no pudo evitar recorrerlo con la mirada de pies a cabeza. No había cambiado nada.Camisa blanca, pantalón de vestir negro, sin corbata ni saco. La tela de calidad seguía impecable, el corte a la medida resaltaba su estatura de más de un metro ochenta.Sentado con las piernas separadas, los primeros dos botones de la camisa desabrochados dejaban ver la línea marcada de la garganta y parte de la clavícula. Una barba de tres días, perfectamente cuidada, le daba un aire maduro y atractivo. Por la postura, el pantalón se arrugaba en las piernas, y los calcetines negros cubrían sus tobillos. Todo en él transmitía una mezcla de desgano y sensualidad.Tenía la cabeza ligeramente baja, tal vez por el alcohol, y los ojos enrojecidos en las comisuras. Si de por sí ya era atractivo, ahora tenía un magnetismo peligroso, difícil de ignorar.Esa clase de belleza irresistible, Isabella solo la había visto en él durante los momentos más intensos en la cama, cuando se entregaba por completo.Ahora, así, expuesto a la vista de todos, no era de extrañar que cada persona que entraba o salía de la estación se detuviera un instante para mirarlo.Sin embargo, tener la oportunidad de ver a alguien como Maximiliano, una joya entre los mortales, ya era ganancia.Era el heredero de una familia poderosa, con talento, atractivo, influencia y poder.En todo Puerto San Martín, nadie se atrevía a meterse con él. Por lo regular, era como la luna colgada en lo alto del cielo: inalcanzable, siempre distante, jamás se mezclaba con los simples mortales. ¿Qué le habría pasado hoy para terminar detenido en este lugar?Quizá por sentir la mirada de Isabella, el hombre levantó la cabeza despacio. Sus ojos, ligeramente desenfocados, daban la impresión de no saber si la reconocía. Aun así, esa mirada suya, siempre tan profunda y envolvente, seguía siendo la misma de siempre.Isabella no fue directo hacia él. Primero se acercó al mostrador de la policía y se identificó:—Hola, soy Isabella. Me llamaron hace un momento para que viniera.Un joven uniformado salió a recibirla. Por el uniforme, Isabella dedujo que era un auxiliar de policía. Seguramente era nuevo en la zona, por eso ni idea de quién era el hijo mayor de la familia Solano.—¿Tú eres la esposa de Maximiliano, verdad? Mira, tu esposo se metió en una pelea en el bar. Si quieres ver los detalles, checa el video de las cámaras.El policía le mostró la grabación. La cámara estaba justo encima de Maximiliano, casi enfocándolo de lleno.A pesar de todo, Maximiliano parecía bastante sobrio. Su atractivo era tan impactante que hasta bajo la luz mortecina y traicionera del bar, su perfil resaltaba. En su expresión se notaba esa actitud de quien va por la vida sin tomarse nada en serio.Con una mano en el bolsillo y el celular en la otra, Maximiliano parecía distraído, sin prestar mucha atención a lo que pasaba a su alrededor. De pronto, una mujer de figura escultural se le acercó y lo abrazó por la cintura.Isabella se quedó paralizada, sin poder creer lo que veía.La mujer se puso de puntitas y le susurró algo al oído. Maximiliano, lejos de apartarla, reaccionó con una sonrisa pícara. Llevaba puestos unos lentes con montura dorada, dándole ese aire de intelectual travieso que sabía cómo meterse en problemas.Isabella apretó con fuerza las llaves del carro, sintiendo cómo la punta le lastimaba la palma.El video siguió. Maximiliano se topó con un grupo de jóvenes que acababan de salir del elevador. Algo discutieron, pero el audio estaba lleno de interferencias y no se entendía bien. Solo se veía cómo él se quitaba los lentes con calma y los guardaba en el bolsillo.De repente, todo cambió. El ambiente se volvió tenso y, en cuestión de segundos, empezaron a pelear.Isabella conocía de sobra las habilidades de Maximiliano. En la familia Solano, desde pequeños contrataban a los mejores entrenadores para enseñarles defensa personal. Lo de él no era simple fuerza bruta, sino técnica pulida. Bastaron un par de movimientos para dejar a los otros en el suelo.Los guardias del bar llegaron corriendo para separar a los involucrados y llamaron a la policía. En minutos, el caos ya estaba bajo control.Todo había quedado registrado, sin lugar a dudas.Pero lo que a Isabella no se le borraba de la mente era la imagen de esa mujer abrazando a Maximiliano.Volteó a verlo, medio perdido, y luego miró al grupo de jóvenes que habían recibido la peor parte. Entre ellos, había un par de chicas que, al enterarse de que ella era la esposa del tipo que había armado el escándalo, la miraban con una mezcla de lástima y curiosidad.Tener que ir a sacar al marido de la delegación, después de un escándalo en el bar y encima sospechar de una infidelidad... Era tan absurdo que hasta daba risa.—Señorita, nosotros ni la debíamos ni la temíamos —dijo una de las chicas, alzando la voz—. Mi amiga solo me estaba bromeando, diciendo que hace días tenía pancita y hoy ya no, que si no sería que me embaracé y luego lo perdí sin contarle a nadie. Él quizá pensó que hablábamos de la mujer que estaba con él, y por eso se armó todo esto.Cuando Isabella escuchó la frase “perder un embarazo en secreto”, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Instintivamente, se llevó la mano al vientre.Por fin entendía por qué el Maximiliano que todos veían como un caballero refinado y de buen carácter, podía terminar comportándose como un simple matón en un bar.—¿Ya lo vio bien? ¿Entendió cómo está la cosa? Este asunto...Isabella interrumpió al policía:—Perdón, ¿en este caso, Maximiliano cometió lesiones intencionales?El policía dudó un momento antes de responder:—Si lo ponemos en términos estrictos, fue una pelea, porque el otro también se lanzó.Isabella siguió preguntando:—¿Y no sería alteración del orden público?—...Para que sea alteración del orden público, debe haber intención de provocar. Pero aquí todo fue por un malentendido, y los dos habían tomado, andaban medio acelerados. Normalmente no lo tratamos como alteración del orden.Isabella, incansable, insistió:—¿Y qué tal adulterio en matrimonio, y en público, abrazando y besándose con otra mujer? ¿Eso no es una falta contra la moral pública? ¿No deberían al menos detenerlo unos días? ¿Cinco? ¿Diez?—¿Qué?Hasta ese momento, incluidos los policías, todos cayeron en cuenta: Isabella no había ido a sacar a Maximiliano, sino que buscaba a toda costa algún motivo para que la policía lo dejara encerrado.Varias personas no pudieron evitar que se les escapara una media sonrisa. Vaya pareja más peculiar.Maximiliano, por su parte, se acomodó de manera más relajada, recargándose hacia atrás. El movimiento lo hizo ver aún más alto y apuesto.Con voz ronca y una indiferencia que pesaba más que cualquier amenaza, la llamó despacio:—Isabella.No necesitó decir más.Al final, Isabella, pensando en las acciones del Grupo Solano y en que los Solano siempre la habían tratado bien, aceptó a regañadientes mediar por Maximiliano. Llegó a un acuerdo con el otro involucrado, pagó treinta mil pesos y pudo sacar a Maximiliano....De regreso a casa, ninguno dijo una sola palabra.Al llegar, Isabella se tardó un poco en estacionar el carro y cuando entró, Maximiliano ya se había llevado la ropa al baño. Ella no tuvo más remedio que irse al cuarto de visitas, lavarse la cara y volver a ponerse la pijama.Al acostarse, Isabella sentía que el cansancio le aplastaba los huesos.Esa noche, por fin no le había tocado ninguna cirugía de emergencia, y pensaba dormir tranquila, pero por culpa de esa tontería perdió dos horas y, si se descuidaba, en nada tendría que irse a trabajar otra vez.Cerró los ojos y, apenas comenzaba a quedarse dormida, sintió que alguien levantaba su falda; la mano de un hombre se coló entre sus piernas.De inmediato juntó las piernas y abrió los ojos de golpe.Maximiliano, con una bata de baño mal puesta que dejaba ver su pecho y abdomen bajo la luz, estaba sentado a un lado de la cama. La piel clara resplandecía, los músculos definidos saltaban a la vista.Al verla despierta, no se detuvo. Su mirada era inmutable, el gesto, descarado y salvaje.Isabella solo podía interpretar aquella conducta como una burla.Lo sujetó con fuerza, rechazándolo:—¡Maximiliano! ¡Estás loco!En los ojos rasgados y oscuros de Maximiliano, donde a veces parecía reflejar ternura, se asomaba ahora un dejo de desprecio y burla.—Vi lo del baño. Llevo meses sin venir a casa. ¿Te urgía? ¿Te gustó más sola o conmigo?Isabella se quedó pasmada un segundo antes de entender: él había visto la ropa interior que, por salir corriendo, no alcanzó a lavar y secar.Sintió cierta incomodidad, pero no aflojó la presión sobre su pecho.Maximiliano no era de los que obligaban las cosas. Su posición social lo hacía sentirse por encima de todo, así que en cuanto Isabella lo rechazó, él solo se encogió de hombros, como decepcionado, y la soltó.Agarró una toallita húmeda y se limpió los dedos. Isabella apretó la mandíbula, y Maximiliano, con una sonrisa apenas marcada, parecía ya sin interés.Isabella no quiso verlo más. Al girar apresurada, notó de reojo que él aún llevaba la argolla de matrimonio: sencilla, de platino.Ella pensaba que ya la habría tirado.Por su parte, la mano de Isabella estaba vacía; su anillo se había perdido hacía mucho.Maximiliano tiró la toallita, se acomodó la bata y se metió en la cama. De pronto quedaron a poca distancia; el aroma tenue de madera que él usaba invadió la nariz de Isabella. En poco tiempo, él ya dormía profundamente.Isabella, en cambio, no pudo volver a pegar el ojo.Un año después, su esposo legal dormía a su lado, y ella prefería que nunca hubiera regresado.Al final, se levantó de la cama y se fue a dormir al cuarto de visitas.Por dentro, solo pudo pensar que ese matrimonio que llevaba dos años era, para acabar pronto, un completo desperdicio.Capítulo 3En plena madrugada, la temperatura dentro del cuarto seguía subiendo al compás de las respiraciones entrelazadas de ambos, el aroma a sudor impregnaba el ambiente, y de vez en cuando, los sonidos de placer de un hombre y una mujer rompían el silencio de la noche.—¿Te gusta? ¿Así se siente mejor? —El hombre acercó aún más su rostro al oído de la mujer, susurrando con una voz ronca y lánguida—. ¿Y si lo hago… así?—¡Ah! —Isabella abrió los ojos de golpe, con el corazón desbocado, como si se le hubiera caído del pecho en picada.Cuando por fin recobró el sentido, entendió que todo había sido un sueño…Aunque, vaya sueño tan “húmedo”.La forma en que aquel hombre la había embestido en el sueño la dejó jadeando incluso al despertar, la boca seca y el corazón a punto de salirse.Tardó un buen rato en serenarse. Tocó el lado vacío de la cama.Frío. Vacío.Ese esposo suyo, el supuesto, no había regresado a casa.Isabella se acomodó el cabello largo y húmedo de sudor hacia atrás, soltando un suspiro y levantándose para servirse un vaso de agua.Apenas caminó unos pasos, sintió una incomodidad en el cuerpo que le resultó molesta. Fastidiada, sacó ropa limpia del clóset y se metió al baño para cambiarse.Las mujeres también tienen necesidades, igual que los hombres.Y más ella, que desde que se casó, la vida conyugal había sido intensa y muy frecuente.Antes, rara vez dormía antes de las tres o cuatro de la mañana. Pero desde aquel incidente, su esposo irresponsable aceptó un trabajo fuera del país y, en casi un año, no había vuelto a casa.Con razón soñaba esas cosas.Al terminar de cambiarse, Isabella pensó en lavar su ropa y colgarla, pero en ese momento, el celular sobre el buró comenzó a sonar, rompiendo la tranquilidad de la madrugada.Ser llamada en la noche para operar era cosa de todos los días, siendo cirujana, así que al principio no le dio mucha importancia. Pero al contestar, la voz del otro lado resultó desconocida.—¿Hablo con Isabella Rivera?—Sí, soy yo. ¿Quién llama?—Buenas noches, soy del departamento de policía de Paseo del Cedro. ¿Maximiliano Solano es su esposo? Esta noche se embriagó en un bar y se peleó con alguien. Le pedimos que venga a la estación para ayudarnos a resolver el asunto.Isabella se quedó pasmada. ¿Maximiliano había regresado al país?No solo había vuelto, sino que apenas llegó ya andaba metido en problemas y acabó en la estación de policía.No se esperaba eso. Tardó un instante en responder:—Está bien, voy para allá.Se vistió para salir, tomó las llaves del carro y salió de la casa.Paseo del Cedro era la calle más famosa de Puerto San Martín para la vida nocturna, repleta de luces de neón y música que se sentía cercana y lejana al mismo tiempo. Quedaba lejos de la casa en las afueras de la ciudad, así que cuando Isabella llegó, ya eran las cuatro de la madrugada.En esa zona abundaban los bares y los accidentes, y justo antes del amanecer, la estación de policía seguía llena de gente.Isabella empujó la puerta de vidrio de la estación y, de inmediato, vio a Maximiliano sentado en una silla de hierro blanca.Incluso en medio del caos y el bullicio, él seguía siendo el centro de las miradas.Parecía estar en un mundo aparte, con un espacio vacío a su alrededor, como si nadie se atreviera a acercarse.Después de un año sin verlo, Isabella no pudo evitar recorrerlo con la mirada de pies a cabeza. No había cambiado nada.Camisa blanca, pantalón de vestir negro, sin corbata ni saco. La tela de calidad seguía impecable, el corte a la medida resaltaba su estatura de más de un metro ochenta.Sentado con las piernas separadas, los primeros dos botones de la camisa desabrochados dejaban ver la línea marcada de la garganta y parte de la clavícula. Una barba de tres días, perfectamente cuidada, le daba un aire maduro y atractivo. Por la postura, el pantalón se arrugaba en las piernas, y los calcetines negros cubrían sus tobillos. Todo en él transmitía una mezcla de desgano y sensualidad.Tenía la cabeza ligeramente baja, tal vez por el alcohol, y los ojos enrojecidos en las comisuras. Si de por sí ya era atractivo, ahora tenía un magnetismo peligroso, difícil de ignorar.Esa clase de belleza irresistible, Isabella solo la había visto en él durante los momentos más intensos en la cama, cuando se entregaba por completo.Ahora, así, expuesto a la vista de todos, no era de extrañar que cada persona que entraba o salía de la estación se detuviera un instante para mirarlo.Sin embargo, tener la oportunidad de ver a alguien como Maximiliano, una joya entre los mortales, ya era ganancia.Era el heredero de una familia poderosa, con talento, atractivo, influencia y poder.En todo Puerto San Martín, nadie se atrevía a meterse con él. Por lo regular, era como la luna colgada en lo alto del cielo: inalcanzable, siempre distante, jamás se mezclaba con los simples mortales. ¿Qué le habría pasado hoy para terminar detenido en este lugar?Quizá por sentir la mirada de Isabella, el hombre levantó la cabeza despacio. Sus ojos, ligeramente desenfocados, daban la impresión de no saber si la reconocía. Aun así, esa mirada suya, siempre tan profunda y envolvente, seguía siendo la misma de siempre.Isabella no fue directo hacia él. Primero se acercó al mostrador de la policía y se identificó:—Hola, soy Isabella. Me llamaron hace un momento para que viniera.Un joven uniformado salió a recibirla. Por el uniforme, Isabella dedujo que era un auxiliar de policía. Seguramente era nuevo en la zona, por eso ni idea de quién era el hijo mayor de la familia Solano.—¿Tú eres la esposa de Maximiliano, verdad? Mira, tu esposo se metió en una pelea en el bar. Si quieres ver los detalles, checa el video de las cámaras.El policía le mostró la grabación. La cámara estaba justo encima de Maximiliano, casi enfocándolo de lleno.A pesar de todo, Maximiliano parecía bastante sobrio. Su atractivo era tan impactante que hasta bajo la luz mortecina y traicionera del bar, su perfil resaltaba. En su expresión se notaba esa actitud de quien va por la vida sin tomarse nada en serio.Con una mano en el bolsillo y el celular en la otra, Maximiliano parecía distraído, sin prestar mucha atención a lo que pasaba a su alrededor. De pronto, una mujer de figura escultural se le acercó y lo abrazó por la cintura.Isabella se quedó paralizada, sin poder creer lo que veía.La mujer se puso de puntitas y le susurró algo al oído. Maximiliano, lejos de apartarla, reaccionó con una sonrisa pícara. Llevaba puestos unos lentes con montura dorada, dándole ese aire de intelectual travieso que sabía cómo meterse en problemas.Isabella apretó con fuerza las llaves del carro, sintiendo cómo la punta le lastimaba la palma.El video siguió. Maximiliano se topó con un grupo de jóvenes que acababan de salir del elevador. Algo discutieron, pero el audio estaba lleno de interferencias y no se entendía bien. Solo se veía cómo él se quitaba los lentes con calma y los guardaba en el bolsillo.De repente, todo cambió. El ambiente se volvió tenso y, en cuestión de segundos, empezaron a pelear.Isabella conocía de sobra las habilidades de Maximiliano. En la familia Solano, desde pequeños contrataban a los mejores entrenadores para enseñarles defensa personal. Lo de él no era simple fuerza bruta, sino técnica pulida. Bastaron un par de movimientos para dejar a los otros en el suelo.Los guardias del bar llegaron corriendo para separar a los involucrados y llamaron a la policía. En minutos, el caos ya estaba bajo control.Todo había quedado registrado, sin lugar a dudas.Pero lo que a Isabella no se le borraba de la mente era la imagen de esa mujer abrazando a Maximiliano.Volteó a verlo, medio perdido, y luego miró al grupo de jóvenes que habían recibido la peor parte. Entre ellos, había un par de chicas que, al enterarse de que ella era la esposa del tipo que había armado el escándalo, la miraban con una mezcla de lástima y curiosidad.Tener que ir a sacar al marido de la delegación, después de un escándalo en el bar y encima sospechar de una infidelidad... Era tan absurdo que hasta daba risa.—Señorita, nosotros ni la debíamos ni la temíamos —dijo una de las chicas, alzando la voz—. Mi amiga solo me estaba bromeando, diciendo que hace días tenía pancita y hoy ya no, que si no sería que me embaracé y luego lo perdí sin contarle a nadie. Él quizá pensó que hablábamos de la mujer que estaba con él, y por eso se armó todo esto.Cuando Isabella escuchó la frase “perder un embarazo en secreto”, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Instintivamente, se llevó la mano al vientre.Por fin entendía por qué el Maximiliano que todos veían como un caballero refinado y de buen carácter, podía terminar comportándose como un simple matón en un bar.—¿Ya lo vio bien? ¿Entendió cómo está la cosa? Este asunto...Isabella interrumpió al policía:—Perdón, ¿en este caso, Maximiliano cometió lesiones intencionales?El policía dudó un momento antes de responder:—Si lo ponemos en términos estrictos, fue una pelea, porque el otro también se lanzó.Isabella siguió preguntando:—¿Y no sería alteración del orden público?—...Para que sea alteración del orden público, debe haber intención de provocar. Pero aquí todo fue por un malentendido, y los dos habían tomado, andaban medio acelerados. Normalmente no lo tratamos como alteración del orden.Isabella, incansable, insistió:—¿Y qué tal adulterio en matrimonio, y en público, abrazando y besándose con otra mujer? ¿Eso no es una falta contra la moral pública? ¿No deberían al menos detenerlo unos días? ¿Cinco? ¿Diez?—¿Qué?Hasta ese momento, incluidos los policías, todos cayeron en cuenta: Isabella no había ido a sacar a Maximiliano, sino que buscaba a toda costa algún motivo para que la policía lo dejara encerrado.Varias personas no pudieron evitar que se les escapara una media sonrisa. Vaya pareja más peculiar.Maximiliano, por su parte, se acomodó de manera más relajada, recargándose hacia atrás. El movimiento lo hizo ver aún más alto y apuesto.Con voz ronca y una indiferencia que pesaba más que cualquier amenaza, la llamó despacio:—Isabella.No necesitó decir más.Al final, Isabella, pensando en las acciones del Grupo Solano y en que los Solano siempre la habían tratado bien, aceptó a regañadientes mediar por Maximiliano. Llegó a un acuerdo con el otro involucrado, pagó treinta mil pesos y pudo sacar a Maximiliano....De regreso a casa, ninguno dijo una sola palabra.Al llegar, Isabella se tardó un poco en estacionar el carro y cuando entró, Maximiliano ya se había llevado la ropa al baño. Ella no tuvo más remedio que irse al cuarto de visitas, lavarse la cara y volver a ponerse la pijama.Al acostarse, Isabella sentía que el cansancio le aplastaba los huesos.Esa noche, por fin no le había tocado ninguna cirugía de emergencia, y pensaba dormir tranquila, pero por culpa de esa tontería perdió dos horas y, si se descuidaba, en nada tendría que irse a trabajar otra vez.Cerró los ojos y, apenas comenzaba a quedarse dormida, sintió que alguien levantaba su falda; la mano de un hombre se coló entre sus piernas.De inmediato juntó las piernas y abrió los ojos de golpe.Maximiliano, con una bata de baño mal puesta que dejaba ver su pecho y abdomen bajo la luz, estaba sentado a un lado de la cama. La piel clara resplandecía, los músculos definidos saltaban a la vista.Al verla despierta, no se detuvo. Su mirada era inmutable, el gesto, descarado y salvaje.Isabella solo podía interpretar aquella conducta como una burla.Lo sujetó con fuerza, rechazándolo:—¡Maximiliano! ¡Estás loco!En los ojos rasgados y oscuros de Maximiliano, donde a veces parecía reflejar ternura, se asomaba ahora un dejo de desprecio y burla.—Vi lo del baño. Llevo meses sin venir a casa. ¿Te urgía? ¿Te gustó más sola o conmigo?Isabella se quedó pasmada un segundo antes de entender: él había visto la ropa interior que, por salir corriendo, no alcanzó a lavar y secar.Sintió cierta incomodidad, pero no aflojó la presión sobre su pecho.Maximiliano no era de los que obligaban las cosas. Su posición social lo hacía sentirse por encima de todo, así que en cuanto Isabella lo rechazó, él solo se encogió de hombros, como decepcionado, y la soltó.Agarró una toallita húmeda y se limpió los dedos. Isabella apretó la mandíbula, y Maximiliano, con una sonrisa apenas marcada, parecía ya sin interés.Isabella no quiso verlo más. Al girar apresurada, notó de reojo que él aún llevaba la argolla de matrimonio: sencilla, de platino.Ella pensaba que ya la habría tirado.Por su parte, la mano de Isabella estaba vacía; su anillo se había perdido hacía mucho.Maximiliano tiró la toallita, se acomodó la bata y se metió en la cama. De pronto quedaron a poca distancia; el aroma tenue de madera que él usaba invadió la nariz de Isabella. En poco tiempo, él ya dormía profundamente.Isabella, en cambio, no pudo volver a pegar el ojo.Un año después, su esposo legal dormía a su lado, y ella prefería que nunca hubiera regresado.Al final, se levantó de la cama y se fue a dormir al cuarto de visitas.Por dentro, solo pudo pensar que ese matrimonio que llevaba dos años era, para acabar pronto, un completo desperdicio.