Capítulo 1—Joha, ahora todos los medios tienen a Ariel en tendencias, los periodistas ya bloquearon por completo la entrada del hotel. Esta vez te tocó la parte difícil.Diez de la noche.Frente al escritorio, Johana Herrera sostenía el celular pegado a la oreja, apoyando la cabeza en la mano, exhausta. Guardó silencio un buen rato.Llevaba tres años casada y los escándalos y supuestas novias de Ariel Paredes brotaban como si fueran maleza después de la lluvia, una tras otra, sin fin.Las pocas veces que lo veía, siempre era para ayudarlo a limpiar el desastre de alguna travesura.Johana no respondió de inmediato. Del otro lado, Adela Escobar le habló con voz grave, llena de intenciones:—Joha, esta vez no solo está en juego la reputación de la empresa y las acciones, también está el tema de Maite Carrasco. Ella regresó y no es como las demás. Tienes que cuidar tu matrimonio con Ariel.¿Maite regresó?Johana frunció el entrecejo, sintiéndose agotada.Se quedó callada unos segundos más y, por fin, contestó en voz baja:—Sí, mamá, ya entendí. Voy para allá.Terminó la llamada, se quedó mirando el celular unos minutos, como si quisiera tirarlo lejos, y solo entonces se levantó por las llaves del carro....Media hora después.Johana entró por la puerta trasera del hotel. Apenas subió, Saúl y Selene ya la esperaban.Selene llevaba una bolsa de una marca de ropa carísima. Se acercó y le entregó el paquete:—Señorita Johana, aquí está la ropa.El vestido era igualito al que Maite usaría esa noche, todo planeado para la farsa junto a Ariel.Saúl tocó la puerta de la suite:—Señor Ariel, la señora Paredes ya llegó.—Pasen.Ariel contestó desde dentro, con ese tono despreocupado y seguro que siempre tenía.Saúl le abrió la puerta a Johana justo cuando Ariel salía del baño, usando una bata gris que apenas le cubría el pecho y el abdomen marcado. Se estaba secando el cabello con una toalla, y el aire despreocupado le salía natural.Al ver a Johana, Ariel ni se inmutó. Nada de nervios ni vergüenza por la situación.En tres años, ambos ya se habían acostumbrado.Ariel se agachó para tomar un cigarro y el encendedor de la mesa, lo encendió y le dio una calada tranquila, soltando el humo con parsimonia. Sin voltear del todo, la saludó como si nada:—Ya llegaste.—Sí. —Johana asintió, con un tono formal—. Voy a cambiarme.Tomó la bolsa que Selene le pasó y se fue rumbo a la habitación.En la puerta se topó con Maite, que salía mientras acomodaba su cabello detrás de la oreja.Johana se quedó congelada.Maite… de verdad había vuelto.Maite también se sorprendió un segundo, pero en seguida recuperó la compostura y le sonrió:—Joha, ya llegaste.Luego, como si fuera una hermana mayor, le dio unas palmaditas suaves en la cabeza:—Gracias por todo, Joha.Johana sostuvo la ropa con fuerza y, a duras penas, respondió:—No es nada, Maite.No sabía que Maite había sido el primer amor de Ariel. No sabía que Ariel seguía sintiendo algo por ella.De haberlo sabido, cuando don Enrique le preguntó si quería casarse con Ariel, jamás habría dicho que sí. No lo habría forzado a casarse por presión familiar.Y ahora, no estaría pasando esta vergüenza.Ariel, por su parte, siempre había sido rápido y eficiente, sin dejar cabos sueltos. Desde que él tomó las riendas de Grupo Nueva Miramar, la empresa solo subía como la espuma.Hasta los tíos y viejos de la familia le tenían respeto.Pero, en su vida personal, era un desastre.Quizá detestaba tanto ese matrimonio que usaba cada oportunidad para humillarla y vengarse del abuelo.Maite retiró la mano y pasó a su lado. Johana no pudo evitar voltear a mirarla.Ariel, al verla salir, le alcanzó una chaqueta y le habló con suavidad:—Póntela, no te vayas a enfermar.—Ay, Ariel, te preocupas demasiado por mí. —Maite le sonrió como si el mundo fuera de ella.Johana los miró, con sentimientos encontrados.Él la había salvado de un incendio, la había cuidado tanto... ¿Cómo habían terminado así?Se quedó mirando un rato. Finalmente, entró en silencio a la habitación con la ropa en brazos.Al salir, ya con el mismo vestido blanco que Maite, la otra ya se había ido.Saúl y Selene también habían desaparecido.Pero afuera, los golpes en la puerta retumbaban como truenos.—Señor Ariel, ¿es cierto que se va a divorciar?—Señor Ariel, ¿usted y la señorita Maite están juntos?Si alguien hubiera tomado fotos de Ariel y Maite en ese instante, las acciones de Grupo Nueva Miramar se desplomarían al día siguiente.Ariel cruzó las piernas, arrojó el celular a un lado y, sin prisa, se levantó en bata para abrir la puerta.—Señor Ariel, ¿después del divorcio la señorita Johana seguirá en Grupo Nueva Miramar? ¿A cuánto ascenderá su parte de la herencia?—Señor Ariel, todos quieren saber sobre la negociación de divorcio con la señorita Johana. ¿Le van a dar acciones?Johana se rio bajito junto a la puerta. Los medios ya daban por hecho su divorcio, qué previsores.Respiró hondo y caminó con elegancia hasta pararse detrás de Ariel.Deslizó sus brazos finos alrededor de su cintura y apoyó la barbilla en su hombro. En voz dulce, preguntó:—Amor, ¿qué pasa?El abrazo suave y el llamado “amor” hicieron que Ariel la mirara de reojo.—¿Señorita Johana?—¿Señorita Johana?—No es Maite, es la señora Johana.Los fotógrafos disparaban sin parar, pero todos pusieron cara de decepción. Juraban que tendrían un escándalo, y otra vez era lo mismo: Johana y Ariel, juntos.Johana no soltó la cintura de Ariel. Él se giró hacia los reporteros, aún con ese aire despreocupado:—¿De verdad necesitan que aclare algo?—Perdón, señor Ariel, señora Johana. Disculpen la molestia.—Perdón, señor Ariel. No queríamos interrumpirlos.Después de unas disculpas rápidas y forzadas, todos empezaron a irse uno tras otro.Cuando la puerta de la habitación se cerró, Ariel se dio la vuelta. Johana, nerviosa, apartó de inmediato la mano que tenía sobre él y se apresuró a explicar:—Solo estaba lidiando con los reporteros.Su tono sonaba distante y formal, como si marcara una línea invisible entre ambos.Ariel no respondió. Caminó hacia el perchero, dándole la espalda a Johana, y se quitó la bata de dormir con naturalidad.Tenía los hombros anchos, la cintura estrecha y la piel clara, casi pálida.Gracias a años de ejercicio, no le sobraba ni un gramo de grasa; cada músculo parecía tallado a mano.Johana sintió que la cara le ardía y bajó la mirada enseguida, sin atreverse a seguir mirando. Murmuró con voz baja:—Voy de regreso a la oficina.Ariel la miró por encima del hombro, pero cuando se dio cuenta, Johana ya había abierto la puerta y salido.Frente a la puerta, Ariel se quedó mirando un largo rato, como si esperara que ella regresara.Después... siguió vistiéndose, como si nada hubiera pasado....De regreso, Johana tenía ambas manos aferradas al volante del carro. Se sentía agotada, como si llevara una piedra atascada en el pecho.Hacía un mes, durante un chequeo médico, el doctor le había dicho que tenía un pequeño nódulo y le recomendó mantenerse tranquila y hacerse revisiones periódicas.Eso nunca le había pasado antes de casarse.De reojo, miró el asiento del copiloto, donde descansaban los papeles del divorcio. Sintió una ola de impotencia.Hace un rato los había llevado al hotel... pero terminó regresándolos a casa.Durante tres años, había pensado miles de veces en divorciarse, pero cada vez que recordaba a Ariel cargándola y sacándola del incendio, se le aflojaba la determinación.Le daba miedo que, si le entregaba esos papeles y Ariel aceptaba de inmediato, entonces ya no habría vuelta atrás. Así que esos documentos llevaban mucho tiempo a su lado, como un recordatorio silencioso de sus dudas....Después de que el escándalo se calmó, todo volvió a la rutina de siempre.Nada cambió.Una mañana, al pasar frente a la sala de juntas chica, Johana escuchó que estaban en plena reunión.—¿Otra vez a rehacer las cuentas? Sr. Ariel, ya las revisé seis veces.—Es que Johana tiene mucha suerte. Nomás se casó y ya subió como la espuma, ni necesita hacer proyectos, solo poner su firma con los clientes y ya.—¿Te da envidia? Pues así es esto, no tenemos sus habilidades para caerles bien a todos ni esa paciencia suya. ¿Vieron lo que salió en las redes el otro día? Otra vez fue ella quien limpiaba el desastre de Ariel.Dos chicas se reían, y luego un chico intervino:—Sr. Ariel, dicen que cuando Johana llegó al hotel esa noche, tú y Maite estaban ocupados en “lo suyo”. ¿A poco Johana no lloró?Ariel escuchaba todo con una sonrisa y preguntó:—¿Y de dónde sacaron ese chisme? Está bueno, ¿eh?En realidad, esa noche solo había salido a cenar con Maite, y el mesero les había tirado jugo encima, así que subieron a cambiarse. Nada más. Pero Ariel no lo aclaró. Le daba igual lo que dijeran, y todavía menos si Johana se molestaba o no.—Sr. Ariel, tú y Johana no tienen nada que ver. Ya mejor divorciate y dale oportunidad a otras.Afuera de la sala, Johana lo escuchaba todo. Observaba a Ariel, que sonreía como si todo fuera un simple juego, hablando de su propia supuesta infidelidad como si no le importara.El proyecto en el que él estaba trabajando ahora era un asunto estatal, a cargo de un grupo de conocidos influyentes. Ariel nunca la dejaba involucrarse en esas cosas.Desde que se casaron, Ariel no la dejaba entrar a su vida personal ni a sus redes sociales. De hecho, su relación era más distante que antes de casarse.En ese momento, Raúl Durán, con su actitud despreocupada, recargado en la silla, miró a Ariel y dijo:—Ariel, ni caso les hagas. En la empresa Johana te resuelve todo, en la casa también. Tú puedes salir de fiesta y ni te reclama, hasta te cubre las espaldas. ¿Qué otra mujer aguantaría eso?—Si esto fuera hace doscientos años, Johana merecería una estatua por tanta dedicación. ¿Y tú todavía no la valoras? ¿Qué más quieres?Alguien más saltó, sin aguantarse:—Ay, por favor, eso de hacerse de la vista gorda cualquiera lo hace. Sr. Ariel, yo sí te podría cuidar mejor que Johana. Si te divorcias, yo me apunto; mi dote es mucho más grande que la de ella.—Estela, a ti ni te toca; todavía está Maite en la fila.Ariel, desde la cabecera, se rio:—Estela, dile a tu abuelo que vaya preparando el dote.La reunión seguía entre bromas y carcajadas. Johana, sin decir palabra, se dio la vuelta y regresó a su oficina.Sabía que no tenía nada especial.Su mamá había sido maestra y falleció cuando Johana tenía ocho años. Su papá fue policía y murió en acto de servicio hace unos años. Su abuelo, aunque había estado en el ejército, solo fue chofer del abuelo de Ariel, nada de altos cargos.Por eso, Johana conocía a Ariel desde niña.Tras casarse, el abuelo de Ariel la puso en la empresa como subdirectora, supuestamente para ayudar a Ariel.Pero en realidad, solo la pusieron ahí para vigilarlo. Aunque, al final, ni eso logró.Sacó los papeles del divorcio del cajón y se quedó mirándolos mucho rato.En el fondo, siempre supo que no debía engañarse más. Siempre supo que Ariel ya no era alguien por quien valía la pena esperar.De pronto, sintió que no tenía ganas de aferrarse.No quería seguir siendo el obstáculo que le impidiera buscar su felicidad.Así que, después de que Ariel terminó la reunión, fue a buscarlo.Justo cuando llegó a la puerta de su oficina, Ariel salía.Al verla, se sorprendió un poco:—¿Necesitas algo?—Tengo unos documentos que necesitas firmar —contestó Johana.Ariel volvió a su escritorio y tomó la pluma sin pensarlo mucho.Ella le pasó varios papeles de trabajo para firmar. Cuando terminó, le entregó dos copias del acuerdo de divorcio y, con voz serena, dijo:—Cuando tengas tiempo, avísame y vamos a terminar con esto.Ariel, con la pluma suspendida en el aire, se quedó mirando a Johana en silencio.Ariel la miró fijamente durante un buen rato, con una media sonrisa en el rostro, antes de soltar:—Así que, ¿cuando quieres casarte, te casas; y cuando quieres divorciarte, te divorcias? Vaya, Johana, sí que haces siempre lo que te da la gana.Johana mantuvo el brazo extendido, ofreciéndole el acuerdo de divorcio.—Lo he pensado mucho —dijo con calma—. Siento que, en verdad, no somos compatibles. Además, en ese entonces no sabía nada de tu relación con Maite. Yo tampoco…No terminó la frase porque Ariel la interrumpió:—Johana, sí, Maite regresó, pero tampoco exageres. Eso de hacerte la difícil conmigo no te va a funcionar, ¿eh?Desde siempre, Johana había sentido la presión de la familia Paredes, de cómo la habían embaucado con promesas para que terminara casada con Ariel, solo porque su abuelo lo había querido así.¿Divorciarse? Si alguien no quería divorciarse aquí, esa era Johana.¿Hacerte la difícil? ¿De dónde sacaba Ariel esas cosas? Por más que intentara explicarse, él solo veía lo que quería ver.Su opinión sobre ella parecía imposible de cambiar. Y en el fondo, Johana jamás había sabido que él estaba enamorado de Maite, ni que la tenía en tan baja estima.Apretó el documento con fuerza, los nudillos se le pusieron blancos, pero aun así mantuvo la compostura.—Ariel, si quieres saber si es verdad que solo estoy fingiendo o si de verdad quiero esto, firma el acuerdo. Vamos al registro civil y lo compruebas tú mismo.Johana se aferraba a la idea de demostrar que no estaba jugando. Ariel la observó unos segundos más, inexpresivo, y terminó diciendo:—Está bien, acepto divorciarme.Le lanzó otra pregunta, cortante:—Pero dime, ¿ya le avisaste a tu abuelo? ¿Ya tienes tus papeles? ¿Mi papá está de acuerdo?—Si de verdad quieres divorciarte, primero arregla todo con ellos. Cuando lo tengas resuelto, hablamos tú y yo. Si no, no me hagas perder el tiempo.Ariel la despachó así, sin más, como si fuera cualquier trámite. Johana se quedó sin palabras.Tenía razón. Divorciarse de Ariel no era tan sencillo. Un matrimonio no era solo cosa de dos personas, sino de dos familias enteras.Ella se quedó pálida, sin poder decir nada. Ariel se levantó con toda tranquilidad, igual de indiferente que siempre:—Si no es en serio, mejor dedícate a ser la subdirectora Johana y la señora Paredes, ¿sí?Johana sostuvo el documento en el aire. Quiso decir algo, pero se mordió la lengua varias veces.Al final, solo pudo admitir:—No lo pensé bien. Hablaré con mi familia lo antes posible.Ariel ni la miró. Salió del escritorio, abrió la puerta y, con las manos en los bolsillos, se fue.¿Johana, divorciarse? Solo si el sol salía por el oeste. Todavía recordaba lo feliz que había estado el día que se casaron. Eso, Ariel nunca lo había olvidado.Cuando la puerta se cerró, Johana se llevó la mano a la frente y exhaló un suspiro largo y profundo....De regreso a la oficina, Johana le platicó todo a Marisela Paredes.Marisela era la hermana menor de Ariel y también trabajaba en la empresa. Tenía la misma edad que Johana, y desde chicas habían sido muy unidas.Por esos días, Marisela estaba de viaje por trabajo. Además de ellos dos, tenían un hermano mayor, Néstor Paredes, que servía en el ejército.Por teléfono, Marisela escuchó todo el relato de Johana y levantó la voz, entre risas:—¡Ay, por fin, mijita! ¡Ya era hora de que entraras en razón!—Tú tranquila, sabes que yo te apoyo. Lo primero que tienes que hacer es ir a ver a tu abuelo y pedirle tus papeles. Si él está de acuerdo, ya tienes la mitad del camino hecho. Por el lado de los Paredes, yo me encargo.—Gracias, Marisela.—Conmigo ni te molestes en agradecer.Si Ariel no fuera tan necio, ella jamás haría algo así, ayudar a su cuñada a divorciarse.Con el apoyo de Marisela, Johana se sintió mucho más segura.Esa tarde, cuando terminó la jornada, se fue directo a casa.La mansión Herrera era una pequeña villa en una antigua calle del centro. Tenía dos pisos, había sido remodelada varias veces, conservando el encanto de lo antiguo con un toque moderno.Todo el callejón estaba en silencio.Las rosas rojas trepaban por el muro del jardín. Johana estacionó el carro junto a la acera, tomó la caja de dulces que le encantaban a su abuelo y entró.—Señorita, qué bueno que ya llegó.—Hola, Carina.Saludó a la empleada y fue directo a buscar a su abuelo.Mientras otras chicas de su edad desbordaban juventud y colores, Johana mantenía un estilo sobrio, con el cabello recogido y una expresión seria. Sonreía poco.Era la subdirectora Johana, la señora Paredes de los Herrera. Tenía que cuidar su imagen.Se sentó con el abuelo, le hizo compañía mientras admiraba las flores y le jugaba al pájaro.Solo hasta que terminaron de cenar y estaban en plena partida de ajedrez, el abuelo habló:—Has estado arrugando la frente toda la noche. Ándale, dime, ¿qué favor difícil me vas a pedir?Johana, con una ficha en la mano, levantó la vista hacia él.Después de una pausa, se armó de valor:—Abuelo, ya no quiero seguir con Ariel. Quiero divorciarme.No era una decisión tomada a la ligera, sino el resultado de muchas noches de reflexión.El abuelo de Johana escuchó en silencio, frunció el ceño y se quedó callado, sumido en sus pensamientos.Capítulo 2—Joha, ahora todos los medios tienen a Ariel en tendencias, los periodistas ya bloquearon por completo la entrada del hotel. Esta vez te tocó la parte difícil.Diez de la noche.Frente al escritorio, Johana Herrera sostenía el celular pegado a la oreja, apoyando la cabeza en la mano, exhausta. Guardó silencio un buen rato.Llevaba tres años casada y los escándalos y supuestas novias de Ariel Paredes brotaban como si fueran maleza después de la lluvia, una tras otra, sin fin.Las pocas veces que lo veía, siempre era para ayudarlo a limpiar el desastre de alguna travesura.Johana no respondió de inmediato. Del otro lado, Adela Escobar le habló con voz grave, llena de intenciones:—Joha, esta vez no solo está en juego la reputación de la empresa y las acciones, también está el tema de Maite Carrasco. Ella regresó y no es como las demás. Tienes que cuidar tu matrimonio con Ariel.¿Maite regresó?Johana frunció el entrecejo, sintiéndose agotada.Se quedó callada unos segundos más y, por fin, contestó en voz baja:—Sí, mamá, ya entendí. Voy para allá.Terminó la llamada, se quedó mirando el celular unos minutos, como si quisiera tirarlo lejos, y solo entonces se levantó por las llaves del carro....Media hora después.Johana entró por la puerta trasera del hotel. Apenas subió, Saúl y Selene ya la esperaban.Selene llevaba una bolsa de una marca de ropa carísima. Se acercó y le entregó el paquete:—Señorita Johana, aquí está la ropa.El vestido era igualito al que Maite usaría esa noche, todo planeado para la farsa junto a Ariel.Saúl tocó la puerta de la suite:—Señor Ariel, la señora Paredes ya llegó.—Pasen.Ariel contestó desde dentro, con ese tono despreocupado y seguro que siempre tenía.Saúl le abrió la puerta a Johana justo cuando Ariel salía del baño, usando una bata gris que apenas le cubría el pecho y el abdomen marcado. Se estaba secando el cabello con una toalla, y el aire despreocupado le salía natural.Al ver a Johana, Ariel ni se inmutó. Nada de nervios ni vergüenza por la situación.En tres años, ambos ya se habían acostumbrado.Ariel se agachó para tomar un cigarro y el encendedor de la mesa, lo encendió y le dio una calada tranquila, soltando el humo con parsimonia. Sin voltear del todo, la saludó como si nada:—Ya llegaste.—Sí. —Johana asintió, con un tono formal—. Voy a cambiarme.Tomó la bolsa que Selene le pasó y se fue rumbo a la habitación.En la puerta se topó con Maite, que salía mientras acomodaba su cabello detrás de la oreja.Johana se quedó congelada.Maite… de verdad había vuelto.Maite también se sorprendió un segundo, pero en seguida recuperó la compostura y le sonrió:—Joha, ya llegaste.Luego, como si fuera una hermana mayor, le dio unas palmaditas suaves en la cabeza:—Gracias por todo, Joha.Johana sostuvo la ropa con fuerza y, a duras penas, respondió:—No es nada, Maite.No sabía que Maite había sido el primer amor de Ariel. No sabía que Ariel seguía sintiendo algo por ella.De haberlo sabido, cuando don Enrique le preguntó si quería casarse con Ariel, jamás habría dicho que sí. No lo habría forzado a casarse por presión familiar.Y ahora, no estaría pasando esta vergüenza.Ariel, por su parte, siempre había sido rápido y eficiente, sin dejar cabos sueltos. Desde que él tomó las riendas de Grupo Nueva Miramar, la empresa solo subía como la espuma.Hasta los tíos y viejos de la familia le tenían respeto.Pero, en su vida personal, era un desastre.Quizá detestaba tanto ese matrimonio que usaba cada oportunidad para humillarla y vengarse del abuelo.Maite retiró la mano y pasó a su lado. Johana no pudo evitar voltear a mirarla.Ariel, al verla salir, le alcanzó una chaqueta y le habló con suavidad:—Póntela, no te vayas a enfermar.—Ay, Ariel, te preocupas demasiado por mí. —Maite le sonrió como si el mundo fuera de ella.Johana los miró, con sentimientos encontrados.Él la había salvado de un incendio, la había cuidado tanto... ¿Cómo habían terminado así?Se quedó mirando un rato. Finalmente, entró en silencio a la habitación con la ropa en brazos.Al salir, ya con el mismo vestido blanco que Maite, la otra ya se había ido.Saúl y Selene también habían desaparecido.Pero afuera, los golpes en la puerta retumbaban como truenos.—Señor Ariel, ¿es cierto que se va a divorciar?—Señor Ariel, ¿usted y la señorita Maite están juntos?Si alguien hubiera tomado fotos de Ariel y Maite en ese instante, las acciones de Grupo Nueva Miramar se desplomarían al día siguiente.Ariel cruzó las piernas, arrojó el celular a un lado y, sin prisa, se levantó en bata para abrir la puerta.—Señor Ariel, ¿después del divorcio la señorita Johana seguirá en Grupo Nueva Miramar? ¿A cuánto ascenderá su parte de la herencia?—Señor Ariel, todos quieren saber sobre la negociación de divorcio con la señorita Johana. ¿Le van a dar acciones?Johana se rio bajito junto a la puerta. Los medios ya daban por hecho su divorcio, qué previsores.Respiró hondo y caminó con elegancia hasta pararse detrás de Ariel.Deslizó sus brazos finos alrededor de su cintura y apoyó la barbilla en su hombro. En voz dulce, preguntó:—Amor, ¿qué pasa?El abrazo suave y el llamado “amor” hicieron que Ariel la mirara de reojo.—¿Señorita Johana?—¿Señorita Johana?—No es Maite, es la señora Johana.Los fotógrafos disparaban sin parar, pero todos pusieron cara de decepción. Juraban que tendrían un escándalo, y otra vez era lo mismo: Johana y Ariel, juntos.Johana no soltó la cintura de Ariel. Él se giró hacia los reporteros, aún con ese aire despreocupado:—¿De verdad necesitan que aclare algo?—Perdón, señor Ariel, señora Johana. Disculpen la molestia.—Perdón, señor Ariel. No queríamos interrumpirlos.Después de unas disculpas rápidas y forzadas, todos empezaron a irse uno tras otro.Cuando la puerta de la habitación se cerró, Ariel se dio la vuelta. Johana, nerviosa, apartó de inmediato la mano que tenía sobre él y se apresuró a explicar:—Solo estaba lidiando con los reporteros.Su tono sonaba distante y formal, como si marcara una línea invisible entre ambos.Ariel no respondió. Caminó hacia el perchero, dándole la espalda a Johana, y se quitó la bata de dormir con naturalidad.Tenía los hombros anchos, la cintura estrecha y la piel clara, casi pálida.Gracias a años de ejercicio, no le sobraba ni un gramo de grasa; cada músculo parecía tallado a mano.Johana sintió que la cara le ardía y bajó la mirada enseguida, sin atreverse a seguir mirando. Murmuró con voz baja:—Voy de regreso a la oficina.Ariel la miró por encima del hombro, pero cuando se dio cuenta, Johana ya había abierto la puerta y salido.Frente a la puerta, Ariel se quedó mirando un largo rato, como si esperara que ella regresara.Después... siguió vistiéndose, como si nada hubiera pasado....De regreso, Johana tenía ambas manos aferradas al volante del carro. Se sentía agotada, como si llevara una piedra atascada en el pecho.Hacía un mes, durante un chequeo médico, el doctor le había dicho que tenía un pequeño nódulo y le recomendó mantenerse tranquila y hacerse revisiones periódicas.Eso nunca le había pasado antes de casarse.De reojo, miró el asiento del copiloto, donde descansaban los papeles del divorcio. Sintió una ola de impotencia.Hace un rato los había llevado al hotel... pero terminó regresándolos a casa.Durante tres años, había pensado miles de veces en divorciarse, pero cada vez que recordaba a Ariel cargándola y sacándola del incendio, se le aflojaba la determinación.Le daba miedo que, si le entregaba esos papeles y Ariel aceptaba de inmediato, entonces ya no habría vuelta atrás. Así que esos documentos llevaban mucho tiempo a su lado, como un recordatorio silencioso de sus dudas....Después de que el escándalo se calmó, todo volvió a la rutina de siempre.Nada cambió.Una mañana, al pasar frente a la sala de juntas chica, Johana escuchó que estaban en plena reunión.—¿Otra vez a rehacer las cuentas? Sr. Ariel, ya las revisé seis veces.—Es que Johana tiene mucha suerte. Nomás se casó y ya subió como la espuma, ni necesita hacer proyectos, solo poner su firma con los clientes y ya.—¿Te da envidia? Pues así es esto, no tenemos sus habilidades para caerles bien a todos ni esa paciencia suya. ¿Vieron lo que salió en las redes el otro día? Otra vez fue ella quien limpiaba el desastre de Ariel.Dos chicas se reían, y luego un chico intervino:—Sr. Ariel, dicen que cuando Johana llegó al hotel esa noche, tú y Maite estaban ocupados en “lo suyo”. ¿A poco Johana no lloró?Ariel escuchaba todo con una sonrisa y preguntó:—¿Y de dónde sacaron ese chisme? Está bueno, ¿eh?En realidad, esa noche solo había salido a cenar con Maite, y el mesero les había tirado jugo encima, así que subieron a cambiarse. Nada más. Pero Ariel no lo aclaró. Le daba igual lo que dijeran, y todavía menos si Johana se molestaba o no.—Sr. Ariel, tú y Johana no tienen nada que ver. Ya mejor divorciate y dale oportunidad a otras.Afuera de la sala, Johana lo escuchaba todo. Observaba a Ariel, que sonreía como si todo fuera un simple juego, hablando de su propia supuesta infidelidad como si no le importara.El proyecto en el que él estaba trabajando ahora era un asunto estatal, a cargo de un grupo de conocidos influyentes. Ariel nunca la dejaba involucrarse en esas cosas.Desde que se casaron, Ariel no la dejaba entrar a su vida personal ni a sus redes sociales. De hecho, su relación era más distante que antes de casarse.En ese momento, Raúl Durán, con su actitud despreocupada, recargado en la silla, miró a Ariel y dijo:—Ariel, ni caso les hagas. En la empresa Johana te resuelve todo, en la casa también. Tú puedes salir de fiesta y ni te reclama, hasta te cubre las espaldas. ¿Qué otra mujer aguantaría eso?—Si esto fuera hace doscientos años, Johana merecería una estatua por tanta dedicación. ¿Y tú todavía no la valoras? ¿Qué más quieres?Alguien más saltó, sin aguantarse:—Ay, por favor, eso de hacerse de la vista gorda cualquiera lo hace. Sr. Ariel, yo sí te podría cuidar mejor que Johana. Si te divorcias, yo me apunto; mi dote es mucho más grande que la de ella.—Estela, a ti ni te toca; todavía está Maite en la fila.Ariel, desde la cabecera, se rio:—Estela, dile a tu abuelo que vaya preparando el dote.La reunión seguía entre bromas y carcajadas. Johana, sin decir palabra, se dio la vuelta y regresó a su oficina.Sabía que no tenía nada especial.Su mamá había sido maestra y falleció cuando Johana tenía ocho años. Su papá fue policía y murió en acto de servicio hace unos años. Su abuelo, aunque había estado en el ejército, solo fue chofer del abuelo de Ariel, nada de altos cargos.Por eso, Johana conocía a Ariel desde niña.Tras casarse, el abuelo de Ariel la puso en la empresa como subdirectora, supuestamente para ayudar a Ariel.Pero en realidad, solo la pusieron ahí para vigilarlo. Aunque, al final, ni eso logró.Sacó los papeles del divorcio del cajón y se quedó mirándolos mucho rato.En el fondo, siempre supo que no debía engañarse más. Siempre supo que Ariel ya no era alguien por quien valía la pena esperar.De pronto, sintió que no tenía ganas de aferrarse.No quería seguir siendo el obstáculo que le impidiera buscar su felicidad.Así que, después de que Ariel terminó la reunión, fue a buscarlo.Justo cuando llegó a la puerta de su oficina, Ariel salía.Al verla, se sorprendió un poco:—¿Necesitas algo?—Tengo unos documentos que necesitas firmar —contestó Johana.Ariel volvió a su escritorio y tomó la pluma sin pensarlo mucho.Ella le pasó varios papeles de trabajo para firmar. Cuando terminó, le entregó dos copias del acuerdo de divorcio y, con voz serena, dijo:—Cuando tengas tiempo, avísame y vamos a terminar con esto.Ariel, con la pluma suspendida en el aire, se quedó mirando a Johana en silencio.Ariel la miró fijamente durante un buen rato, con una media sonrisa en el rostro, antes de soltar:—Así que, ¿cuando quieres casarte, te casas; y cuando quieres divorciarte, te divorcias? Vaya, Johana, sí que haces siempre lo que te da la gana.Johana mantuvo el brazo extendido, ofreciéndole el acuerdo de divorcio.—Lo he pensado mucho —dijo con calma—. Siento que, en verdad, no somos compatibles. Además, en ese entonces no sabía nada de tu relación con Maite. Yo tampoco…No terminó la frase porque Ariel la interrumpió:—Johana, sí, Maite regresó, pero tampoco exageres. Eso de hacerte la difícil conmigo no te va a funcionar, ¿eh?Desde siempre, Johana había sentido la presión de la familia Paredes, de cómo la habían embaucado con promesas para que terminara casada con Ariel, solo porque su abuelo lo había querido así.¿Divorciarse? Si alguien no quería divorciarse aquí, esa era Johana.¿Hacerte la difícil? ¿De dónde sacaba Ariel esas cosas? Por más que intentara explicarse, él solo veía lo que quería ver.Su opinión sobre ella parecía imposible de cambiar. Y en el fondo, Johana jamás había sabido que él estaba enamorado de Maite, ni que la tenía en tan baja estima.Apretó el documento con fuerza, los nudillos se le pusieron blancos, pero aun así mantuvo la compostura.—Ariel, si quieres saber si es verdad que solo estoy fingiendo o si de verdad quiero esto, firma el acuerdo. Vamos al registro civil y lo compruebas tú mismo.Johana se aferraba a la idea de demostrar que no estaba jugando. Ariel la observó unos segundos más, inexpresivo, y terminó diciendo:—Está bien, acepto divorciarme.Le lanzó otra pregunta, cortante:—Pero dime, ¿ya le avisaste a tu abuelo? ¿Ya tienes tus papeles? ¿Mi papá está de acuerdo?—Si de verdad quieres divorciarte, primero arregla todo con ellos. Cuando lo tengas resuelto, hablamos tú y yo. Si no, no me hagas perder el tiempo.Ariel la despachó así, sin más, como si fuera cualquier trámite. Johana se quedó sin palabras.Tenía razón. Divorciarse de Ariel no era tan sencillo. Un matrimonio no era solo cosa de dos personas, sino de dos familias enteras.Ella se quedó pálida, sin poder decir nada. Ariel se levantó con toda tranquilidad, igual de indiferente que siempre:—Si no es en serio, mejor dedícate a ser la subdirectora Johana y la señora Paredes, ¿sí?Johana sostuvo el documento en el aire. Quiso decir algo, pero se mordió la lengua varias veces.Al final, solo pudo admitir:—No lo pensé bien. Hablaré con mi familia lo antes posible.Ariel ni la miró. Salió del escritorio, abrió la puerta y, con las manos en los bolsillos, se fue.¿Johana, divorciarse? Solo si el sol salía por el oeste. Todavía recordaba lo feliz que había estado el día que se casaron. Eso, Ariel nunca lo había olvidado.Cuando la puerta se cerró, Johana se llevó la mano a la frente y exhaló un suspiro largo y profundo....De regreso a la oficina, Johana le platicó todo a Marisela Paredes.Marisela era la hermana menor de Ariel y también trabajaba en la empresa. Tenía la misma edad que Johana, y desde chicas habían sido muy unidas.Por esos días, Marisela estaba de viaje por trabajo. Además de ellos dos, tenían un hermano mayor, Néstor Paredes, que servía en el ejército.Por teléfono, Marisela escuchó todo el relato de Johana y levantó la voz, entre risas:—¡Ay, por fin, mijita! ¡Ya era hora de que entraras en razón!—Tú tranquila, sabes que yo te apoyo. Lo primero que tienes que hacer es ir a ver a tu abuelo y pedirle tus papeles. Si él está de acuerdo, ya tienes la mitad del camino hecho. Por el lado de los Paredes, yo me encargo.—Gracias, Marisela.—Conmigo ni te molestes en agradecer.Si Ariel no fuera tan necio, ella jamás haría algo así, ayudar a su cuñada a divorciarse.Con el apoyo de Marisela, Johana se sintió mucho más segura.Esa tarde, cuando terminó la jornada, se fue directo a casa.La mansión Herrera era una pequeña villa en una antigua calle del centro. Tenía dos pisos, había sido remodelada varias veces, conservando el encanto de lo antiguo con un toque moderno.Todo el callejón estaba en silencio.Las rosas rojas trepaban por el muro del jardín. Johana estacionó el carro junto a la acera, tomó la caja de dulces que le encantaban a su abuelo y entró.—Señorita, qué bueno que ya llegó.—Hola, Carina.Saludó a la empleada y fue directo a buscar a su abuelo.Mientras otras chicas de su edad desbordaban juventud y colores, Johana mantenía un estilo sobrio, con el cabello recogido y una expresión seria. Sonreía poco.Era la subdirectora Johana, la señora Paredes de los Herrera. Tenía que cuidar su imagen.Se sentó con el abuelo, le hizo compañía mientras admiraba las flores y le jugaba al pájaro.Solo hasta que terminaron de cenar y estaban en plena partida de ajedrez, el abuelo habló:—Has estado arrugando la frente toda la noche. Ándale, dime, ¿qué favor difícil me vas a pedir?Johana, con una ficha en la mano, levantó la vista hacia él.Después de una pausa, se armó de valor:—Abuelo, ya no quiero seguir con Ariel. Quiero divorciarme.No era una decisión tomada a la ligera, sino el resultado de muchas noches de reflexión.El abuelo de Johana escuchó en silencio, frunció el ceño y se quedó callado, sumido en sus pensamientos.Capítulo 3—Joha, ahora todos los medios tienen a Ariel en tendencias, los periodistas ya bloquearon por completo la entrada del hotel. Esta vez te tocó la parte difícil.Diez de la noche.Frente al escritorio, Johana Herrera sostenía el celular pegado a la oreja, apoyando la cabeza en la mano, exhausta. Guardó silencio un buen rato.Llevaba tres años casada y los escándalos y supuestas novias de Ariel Paredes brotaban como si fueran maleza después de la lluvia, una tras otra, sin fin.Las pocas veces que lo veía, siempre era para ayudarlo a limpiar el desastre de alguna travesura.Johana no respondió de inmediato. Del otro lado, Adela Escobar le habló con voz grave, llena de intenciones:—Joha, esta vez no solo está en juego la reputación de la empresa y las acciones, también está el tema de Maite Carrasco. Ella regresó y no es como las demás. Tienes que cuidar tu matrimonio con Ariel.¿Maite regresó?Johana frunció el entrecejo, sintiéndose agotada.Se quedó callada unos segundos más y, por fin, contestó en voz baja:—Sí, mamá, ya entendí. Voy para allá.Terminó la llamada, se quedó mirando el celular unos minutos, como si quisiera tirarlo lejos, y solo entonces se levantó por las llaves del carro....Media hora después.Johana entró por la puerta trasera del hotel. Apenas subió, Saúl y Selene ya la esperaban.Selene llevaba una bolsa de una marca de ropa carísima. Se acercó y le entregó el paquete:—Señorita Johana, aquí está la ropa.El vestido era igualito al que Maite usaría esa noche, todo planeado para la farsa junto a Ariel.Saúl tocó la puerta de la suite:—Señor Ariel, la señora Paredes ya llegó.—Pasen.Ariel contestó desde dentro, con ese tono despreocupado y seguro que siempre tenía.Saúl le abrió la puerta a Johana justo cuando Ariel salía del baño, usando una bata gris que apenas le cubría el pecho y el abdomen marcado. Se estaba secando el cabello con una toalla, y el aire despreocupado le salía natural.Al ver a Johana, Ariel ni se inmutó. Nada de nervios ni vergüenza por la situación.En tres años, ambos ya se habían acostumbrado.Ariel se agachó para tomar un cigarro y el encendedor de la mesa, lo encendió y le dio una calada tranquila, soltando el humo con parsimonia. Sin voltear del todo, la saludó como si nada:—Ya llegaste.—Sí. —Johana asintió, con un tono formal—. Voy a cambiarme.Tomó la bolsa que Selene le pasó y se fue rumbo a la habitación.En la puerta se topó con Maite, que salía mientras acomodaba su cabello detrás de la oreja.Johana se quedó congelada.Maite… de verdad había vuelto.Maite también se sorprendió un segundo, pero en seguida recuperó la compostura y le sonrió:—Joha, ya llegaste.Luego, como si fuera una hermana mayor, le dio unas palmaditas suaves en la cabeza:—Gracias por todo, Joha.Johana sostuvo la ropa con fuerza y, a duras penas, respondió:—No es nada, Maite.No sabía que Maite había sido el primer amor de Ariel. No sabía que Ariel seguía sintiendo algo por ella.De haberlo sabido, cuando don Enrique le preguntó si quería casarse con Ariel, jamás habría dicho que sí. No lo habría forzado a casarse por presión familiar.Y ahora, no estaría pasando esta vergüenza.Ariel, por su parte, siempre había sido rápido y eficiente, sin dejar cabos sueltos. Desde que él tomó las riendas de Grupo Nueva Miramar, la empresa solo subía como la espuma.Hasta los tíos y viejos de la familia le tenían respeto.Pero, en su vida personal, era un desastre.Quizá detestaba tanto ese matrimonio que usaba cada oportunidad para humillarla y vengarse del abuelo.Maite retiró la mano y pasó a su lado. Johana no pudo evitar voltear a mirarla.Ariel, al verla salir, le alcanzó una chaqueta y le habló con suavidad:—Póntela, no te vayas a enfermar.—Ay, Ariel, te preocupas demasiado por mí. —Maite le sonrió como si el mundo fuera de ella.Johana los miró, con sentimientos encontrados.Él la había salvado de un incendio, la había cuidado tanto... ¿Cómo habían terminado así?Se quedó mirando un rato. Finalmente, entró en silencio a la habitación con la ropa en brazos.Al salir, ya con el mismo vestido blanco que Maite, la otra ya se había ido.Saúl y Selene también habían desaparecido.Pero afuera, los golpes en la puerta retumbaban como truenos.—Señor Ariel, ¿es cierto que se va a divorciar?—Señor Ariel, ¿usted y la señorita Maite están juntos?Si alguien hubiera tomado fotos de Ariel y Maite en ese instante, las acciones de Grupo Nueva Miramar se desplomarían al día siguiente.Ariel cruzó las piernas, arrojó el celular a un lado y, sin prisa, se levantó en bata para abrir la puerta.—Señor Ariel, ¿después del divorcio la señorita Johana seguirá en Grupo Nueva Miramar? ¿A cuánto ascenderá su parte de la herencia?—Señor Ariel, todos quieren saber sobre la negociación de divorcio con la señorita Johana. ¿Le van a dar acciones?Johana se rio bajito junto a la puerta. Los medios ya daban por hecho su divorcio, qué previsores.Respiró hondo y caminó con elegancia hasta pararse detrás de Ariel.Deslizó sus brazos finos alrededor de su cintura y apoyó la barbilla en su hombro. En voz dulce, preguntó:—Amor, ¿qué pasa?El abrazo suave y el llamado “amor” hicieron que Ariel la mirara de reojo.—¿Señorita Johana?—¿Señorita Johana?—No es Maite, es la señora Johana.Los fotógrafos disparaban sin parar, pero todos pusieron cara de decepción. Juraban que tendrían un escándalo, y otra vez era lo mismo: Johana y Ariel, juntos.Johana no soltó la cintura de Ariel. Él se giró hacia los reporteros, aún con ese aire despreocupado:—¿De verdad necesitan que aclare algo?—Perdón, señor Ariel, señora Johana. Disculpen la molestia.—Perdón, señor Ariel. No queríamos interrumpirlos.Después de unas disculpas rápidas y forzadas, todos empezaron a irse uno tras otro.Cuando la puerta de la habitación se cerró, Ariel se dio la vuelta. Johana, nerviosa, apartó de inmediato la mano que tenía sobre él y se apresuró a explicar:—Solo estaba lidiando con los reporteros.Su tono sonaba distante y formal, como si marcara una línea invisible entre ambos.Ariel no respondió. Caminó hacia el perchero, dándole la espalda a Johana, y se quitó la bata de dormir con naturalidad.Tenía los hombros anchos, la cintura estrecha y la piel clara, casi pálida.Gracias a años de ejercicio, no le sobraba ni un gramo de grasa; cada músculo parecía tallado a mano.Johana sintió que la cara le ardía y bajó la mirada enseguida, sin atreverse a seguir mirando. Murmuró con voz baja:—Voy de regreso a la oficina.Ariel la miró por encima del hombro, pero cuando se dio cuenta, Johana ya había abierto la puerta y salido.Frente a la puerta, Ariel se quedó mirando un largo rato, como si esperara que ella regresara.Después... siguió vistiéndose, como si nada hubiera pasado....De regreso, Johana tenía ambas manos aferradas al volante del carro. Se sentía agotada, como si llevara una piedra atascada en el pecho.Hacía un mes, durante un chequeo médico, el doctor le había dicho que tenía un pequeño nódulo y le recomendó mantenerse tranquila y hacerse revisiones periódicas.Eso nunca le había pasado antes de casarse.De reojo, miró el asiento del copiloto, donde descansaban los papeles del divorcio. Sintió una ola de impotencia.Hace un rato los había llevado al hotel... pero terminó regresándolos a casa.Durante tres años, había pensado miles de veces en divorciarse, pero cada vez que recordaba a Ariel cargándola y sacándola del incendio, se le aflojaba la determinación.Le daba miedo que, si le entregaba esos papeles y Ariel aceptaba de inmediato, entonces ya no habría vuelta atrás. Así que esos documentos llevaban mucho tiempo a su lado, como un recordatorio silencioso de sus dudas....Después de que el escándalo se calmó, todo volvió a la rutina de siempre.Nada cambió.Una mañana, al pasar frente a la sala de juntas chica, Johana escuchó que estaban en plena reunión.—¿Otra vez a rehacer las cuentas? Sr. Ariel, ya las revisé seis veces.—Es que Johana tiene mucha suerte. Nomás se casó y ya subió como la espuma, ni necesita hacer proyectos, solo poner su firma con los clientes y ya.—¿Te da envidia? Pues así es esto, no tenemos sus habilidades para caerles bien a todos ni esa paciencia suya. ¿Vieron lo que salió en las redes el otro día? Otra vez fue ella quien limpiaba el desastre de Ariel.Dos chicas se reían, y luego un chico intervino:—Sr. Ariel, dicen que cuando Johana llegó al hotel esa noche, tú y Maite estaban ocupados en “lo suyo”. ¿A poco Johana no lloró?Ariel escuchaba todo con una sonrisa y preguntó:—¿Y de dónde sacaron ese chisme? Está bueno, ¿eh?En realidad, esa noche solo había salido a cenar con Maite, y el mesero les había tirado jugo encima, así que subieron a cambiarse. Nada más. Pero Ariel no lo aclaró. Le daba igual lo que dijeran, y todavía menos si Johana se molestaba o no.—Sr. Ariel, tú y Johana no tienen nada que ver. Ya mejor divorciate y dale oportunidad a otras.Afuera de la sala, Johana lo escuchaba todo. Observaba a Ariel, que sonreía como si todo fuera un simple juego, hablando de su propia supuesta infidelidad como si no le importara.El proyecto en el que él estaba trabajando ahora era un asunto estatal, a cargo de un grupo de conocidos influyentes. Ariel nunca la dejaba involucrarse en esas cosas.Desde que se casaron, Ariel no la dejaba entrar a su vida personal ni a sus redes sociales. De hecho, su relación era más distante que antes de casarse.En ese momento, Raúl Durán, con su actitud despreocupada, recargado en la silla, miró a Ariel y dijo:—Ariel, ni caso les hagas. En la empresa Johana te resuelve todo, en la casa también. Tú puedes salir de fiesta y ni te reclama, hasta te cubre las espaldas. ¿Qué otra mujer aguantaría eso?—Si esto fuera hace doscientos años, Johana merecería una estatua por tanta dedicación. ¿Y tú todavía no la valoras? ¿Qué más quieres?Alguien más saltó, sin aguantarse:—Ay, por favor, eso de hacerse de la vista gorda cualquiera lo hace. Sr. Ariel, yo sí te podría cuidar mejor que Johana. Si te divorcias, yo me apunto; mi dote es mucho más grande que la de ella.—Estela, a ti ni te toca; todavía está Maite en la fila.Ariel, desde la cabecera, se rio:—Estela, dile a tu abuelo que vaya preparando el dote.La reunión seguía entre bromas y carcajadas. Johana, sin decir palabra, se dio la vuelta y regresó a su oficina.Sabía que no tenía nada especial.Su mamá había sido maestra y falleció cuando Johana tenía ocho años. Su papá fue policía y murió en acto de servicio hace unos años. Su abuelo, aunque había estado en el ejército, solo fue chofer del abuelo de Ariel, nada de altos cargos.Por eso, Johana conocía a Ariel desde niña.Tras casarse, el abuelo de Ariel la puso en la empresa como subdirectora, supuestamente para ayudar a Ariel.Pero en realidad, solo la pusieron ahí para vigilarlo. Aunque, al final, ni eso logró.Sacó los papeles del divorcio del cajón y se quedó mirándolos mucho rato.En el fondo, siempre supo que no debía engañarse más. Siempre supo que Ariel ya no era alguien por quien valía la pena esperar.De pronto, sintió que no tenía ganas de aferrarse.No quería seguir siendo el obstáculo que le impidiera buscar su felicidad.Así que, después de que Ariel terminó la reunión, fue a buscarlo.Justo cuando llegó a la puerta de su oficina, Ariel salía.Al verla, se sorprendió un poco:—¿Necesitas algo?—Tengo unos documentos que necesitas firmar —contestó Johana.Ariel volvió a su escritorio y tomó la pluma sin pensarlo mucho.Ella le pasó varios papeles de trabajo para firmar. Cuando terminó, le entregó dos copias del acuerdo de divorcio y, con voz serena, dijo:—Cuando tengas tiempo, avísame y vamos a terminar con esto.Ariel, con la pluma suspendida en el aire, se quedó mirando a Johana en silencio.Ariel la miró fijamente durante un buen rato, con una media sonrisa en el rostro, antes de soltar:—Así que, ¿cuando quieres casarte, te casas; y cuando quieres divorciarte, te divorcias? Vaya, Johana, sí que haces siempre lo que te da la gana.Johana mantuvo el brazo extendido, ofreciéndole el acuerdo de divorcio.—Lo he pensado mucho —dijo con calma—. Siento que, en verdad, no somos compatibles. Además, en ese entonces no sabía nada de tu relación con Maite. Yo tampoco…No terminó la frase porque Ariel la interrumpió:—Johana, sí, Maite regresó, pero tampoco exageres. Eso de hacerte la difícil conmigo no te va a funcionar, ¿eh?Desde siempre, Johana había sentido la presión de la familia Paredes, de cómo la habían embaucado con promesas para que terminara casada con Ariel, solo porque su abuelo lo había querido así.¿Divorciarse? Si alguien no quería divorciarse aquí, esa era Johana.¿Hacerte la difícil? ¿De dónde sacaba Ariel esas cosas? Por más que intentara explicarse, él solo veía lo que quería ver.Su opinión sobre ella parecía imposible de cambiar. Y en el fondo, Johana jamás había sabido que él estaba enamorado de Maite, ni que la tenía en tan baja estima.Apretó el documento con fuerza, los nudillos se le pusieron blancos, pero aun así mantuvo la compostura.—Ariel, si quieres saber si es verdad que solo estoy fingiendo o si de verdad quiero esto, firma el acuerdo. Vamos al registro civil y lo compruebas tú mismo.Johana se aferraba a la idea de demostrar que no estaba jugando. Ariel la observó unos segundos más, inexpresivo, y terminó diciendo:—Está bien, acepto divorciarme.Le lanzó otra pregunta, cortante:—Pero dime, ¿ya le avisaste a tu abuelo? ¿Ya tienes tus papeles? ¿Mi papá está de acuerdo?—Si de verdad quieres divorciarte, primero arregla todo con ellos. Cuando lo tengas resuelto, hablamos tú y yo. Si no, no me hagas perder el tiempo.Ariel la despachó así, sin más, como si fuera cualquier trámite. Johana se quedó sin palabras.Tenía razón. Divorciarse de Ariel no era tan sencillo. Un matrimonio no era solo cosa de dos personas, sino de dos familias enteras.Ella se quedó pálida, sin poder decir nada. Ariel se levantó con toda tranquilidad, igual de indiferente que siempre:—Si no es en serio, mejor dedícate a ser la subdirectora Johana y la señora Paredes, ¿sí?Johana sostuvo el documento en el aire. Quiso decir algo, pero se mordió la lengua varias veces.Al final, solo pudo admitir:—No lo pensé bien. Hablaré con mi familia lo antes posible.Ariel ni la miró. Salió del escritorio, abrió la puerta y, con las manos en los bolsillos, se fue.¿Johana, divorciarse? Solo si el sol salía por el oeste. Todavía recordaba lo feliz que había estado el día que se casaron. Eso, Ariel nunca lo había olvidado.Cuando la puerta se cerró, Johana se llevó la mano a la frente y exhaló un suspiro largo y profundo....De regreso a la oficina, Johana le platicó todo a Marisela Paredes.Marisela era la hermana menor de Ariel y también trabajaba en la empresa. Tenía la misma edad que Johana, y desde chicas habían sido muy unidas.Por esos días, Marisela estaba de viaje por trabajo. Además de ellos dos, tenían un hermano mayor, Néstor Paredes, que servía en el ejército.Por teléfono, Marisela escuchó todo el relato de Johana y levantó la voz, entre risas:—¡Ay, por fin, mijita! ¡Ya era hora de que entraras en razón!—Tú tranquila, sabes que yo te apoyo. Lo primero que tienes que hacer es ir a ver a tu abuelo y pedirle tus papeles. Si él está de acuerdo, ya tienes la mitad del camino hecho. Por el lado de los Paredes, yo me encargo.—Gracias, Marisela.—Conmigo ni te molestes en agradecer.Si Ariel no fuera tan necio, ella jamás haría algo así, ayudar a su cuñada a divorciarse.Con el apoyo de Marisela, Johana se sintió mucho más segura.Esa tarde, cuando terminó la jornada, se fue directo a casa.La mansión Herrera era una pequeña villa en una antigua calle del centro. Tenía dos pisos, había sido remodelada varias veces, conservando el encanto de lo antiguo con un toque moderno.Todo el callejón estaba en silencio.Las rosas rojas trepaban por el muro del jardín. Johana estacionó el carro junto a la acera, tomó la caja de dulces que le encantaban a su abuelo y entró.—Señorita, qué bueno que ya llegó.—Hola, Carina.Saludó a la empleada y fue directo a buscar a su abuelo.Mientras otras chicas de su edad desbordaban juventud y colores, Johana mantenía un estilo sobrio, con el cabello recogido y una expresión seria. Sonreía poco.Era la subdirectora Johana, la señora Paredes de los Herrera. Tenía que cuidar su imagen.Se sentó con el abuelo, le hizo compañía mientras admiraba las flores y le jugaba al pájaro.Solo hasta que terminaron de cenar y estaban en plena partida de ajedrez, el abuelo habló:—Has estado arrugando la frente toda la noche. Ándale, dime, ¿qué favor difícil me vas a pedir?Johana, con una ficha en la mano, levantó la vista hacia él.Después de una pausa, se armó de valor:—Abuelo, ya no quiero seguir con Ariel. Quiero divorciarme.No era una decisión tomada a la ligera, sino el resultado de muchas noches de reflexión.El abuelo de Johana escuchó en silencio, frunció el ceño y se quedó callado, sumido en sus pensamientos.