Capítulo 1Apenas había pasado un año desde su boda, cuando Leandro Jasso, ese hombre que la había cortejado durante seis años con una pasión incansable y la había amado como si fuera su vida entera, terminó teniendo una aventura con otra mujer....Ballet de los Andes, puerta trasera del salón de danza.Almendra Salgado escuchaba en silencio los sonidos húmedos y entrecortados de una chica que venían del interior. Sus dedos se clavaban con fuerza en la palma de su mano, conteniendo todo el dolor.Adentro, su esposo Leandro se encontraba con su alumna Leticia Ortiz, y ambos se entregaban al deseo sin pudor.[Maestra Almendra, ¿quiere saber cuán loco puede ser ese señor Leandro, tan reservado y serio, cuando nadie lo ve? Pase al salón 3.]Ese mensaje le había llegado hacía apenas unos minutos.Aún ahora, Almendra luchaba por no creerlo.Leandro, quien durante siete años le había demostrado una entrega absoluta, ¿cómo podía engañarla así?Dio un paso al frente y tocó la puerta del salón.Los ruidos dentro se callaron de golpe, y hasta su propia respiración se detuvo.No tardaron en abrir la puerta. Un aroma intenso a perfume de durazno la envolvió.Leticia salió del salón, con una falda vaporosa color rosa pálido que dejaba ver sus largas piernas, desnudas, sin las medias de ballet habituales.Las mejillas de la chica estaban sonrojadas, los labios hinchados y los ojos desbordaban una coquetería perezosa que contrastaba con una sonrisita inocente.—¡Maestra Almendra!Leticia había sido la promesa del ballet desde que Almendra la descubrió tres años atrás, su protegida, la futura sucesora según todos en la compañía. Por parecerse a ella, el grupo le llamaba de cariño “Almenita”.Sus dedos, pintados de rojo intenso, descansaban despreocupadamente en el marco de la puerta. En su muñeca, una pulsera de jade verde brillaba con fuerza.Almendra la reconoció de inmediato: era una pieza de jade imperial, idéntica a la que Leandro había comprado para ella en una subasta durante su último viaje de trabajo a Fortaleza del Sol.El aire tibio del sistema de calefacción apenas lograba mitigar el frío que la invadía por dentro.Haciendo un esfuerzo por sonar tranquila, Almendra preguntó:—Escuché que pediste permiso para faltar al entrenamiento intensivo, vine a ver cómo estabas. ¿Estás entrenando sola?Intentó entrar al salón, pero Leticia se interpuso enseguida, el rubor en su rostro tornándose más marcado.—Maestra Almendra, mi novio vino a visitarme y, bueno... ahora no se puede entrar.Almendra sabía que Leticia tenía un novio misterioso, aunque nunca lo había visto.Acercándose aún más, Almendra trató de entrar, pero Leticia cerró la puerta con rapidez.—De verdad, maestra Almendra, ahora no se puede.¿De verdad no se podía, o acaso el hombre que estaba adentro sí era Leandro?Almendra sacó su celular y marcó el número de Leandro. Se quedó atenta, tratando de escuchar cualquier sonido dentro del salón.Nada. Ni un solo timbrazo. Y él tampoco contestó.Siempre contestaba al instante cuando ella llamaba.Sintió que la sangre se le congelaba en las venas.Apoyándose en su pierna derecha, que aún conservaba una vieja lesión, Almendra fue lo más rápido que pudo hacia la puerta principal del salón, dispuesta a descubrir la verdad.En su mente, los recuerdos la golpeaban como una ola...En toda la Ciudad de los Andes se sabía que Leandro Jasso, heredero del Grupo Jasso, era el típico hombre inalcanzable: impecable, reservado y con una vida privada tan austera que nadie le conocía romances.Hasta que, durante una presentación de “El lago de los cisnes”, se enamoró a primera vista de la “Cisne Blanco” sobre el escenario: Almendra.Desde aquel día, comenzó una persecución amorosa incansable. Cada día le enviaba rosas blancas frescas, y en cada función, él aparecía en primera fila con un ramo de flores para ella.Almendra, marcada por la infidelidad de su padre y la reacción desbocada de su madre, había dejado de creer en el amor y el matrimonio. La diferencia de clase social entre ambos solo hacía que ella se negara una y otra vez.Pero Leandro nunca se rindió.Hasta aquel accidente automovilístico: él se quitó el cinturón para protegerla, recibiendo el impacto y terminando con las costillas rotas y el pulmón perforado. Estuvo en coma en terapia intensiva... Fue entonces cuando Almendra, al borde del abismo, se permitió amarlo.Ahora, Almendra aguardaba al final del pasillo, con la mirada fija en la puerta principal del salón. Nadie salía.—Amor.La voz grave y serena de Leandro sonó a sus espaldas. Almendra se giró con brusquedad y lo vio acercarse.El hombre iba impecable: traje oscuro, camisa blanca abotonada hasta el cuello, corbata perfectamente anudada y el abrigo negro sobre los hombros. Todo en él transmitía elegancia y control, ni una pizca de desorden.Al acercarse, el aroma fresco de menta de su aliento le llegó a Almendra.Era el olor del enjuague bucal.Leandro había dejado de fumar hacía tres meses, y no era hora de comida.—¿Fuiste a buscarme a la oficina? —preguntó ella, con voz firme y la mirada clavada en el rostro de él.Leandro, inexpresivo, le respondió con suavidad:—Sí. ¿Y tú qué haces aquí?—Revisar el entrenamiento de los estudiantes —ordenó Almendra sin mostrar emoción alguna.Leandro asintió, pasó un brazo con naturalidad sobre sus hombros y la acompañó fuera del grupo de danza, hasta el lujoso carro aparcado bajo la sombra de un árbol de jacarandas.Una vez sentados, Leandro preparó una bebida caliente de limón y se la ofreció en silencio.En su celular, Leandro tenía una aplicación especial donde llevaba registro de todo lo relacionado con la salud de Almendra: sus ciclos, medicamentos, citas médicas. Sabía que en un par de días iniciaría su periodo.Almendra observó cómo, incluso después de tanto tiempo, él seguía cuidando cada detalle. Por un momento, la nostalgia se asomó en su mirada.Almendra forzó una sonrisa y, tratando de sonar casual, preguntó:—Señor Leandro, ¿dónde quedó la pulsera que me compraste en la subasta?Apretaba con fuerza el termo plateado entre las manos, el frío del metal colándose en sus dedos.Leandro esbozó una media sonrisa, sacó del bolsillo un pequeño estuche de terciopelo azul y lo abrió frente a ella.En el interior, reposaba un brazalete de jade verde intenso, tan brillante y pulido que parecía iluminarse con la luz.Almendra se quedó sin palabras.¿El hombre que vio en el salón... no era Leandro?Él tomó su mano y, con delicadeza, le puso el brazalete en la muñeca.El roce cálido de sus dedos le erizó la piel. Leandro contempló su muñeca y, con un brillo de admiración en los ojos, murmuró:—Solo esta joya puede estar a la altura de la belleza de mi esposa.El jade imperial resaltaba todavía más la blancura traslúcida de su piel.Almendra recuperó la compostura y respondió con voz tranquila:—Es preciosa, sí. Qué curioso, mi alumna Leticia tiene uno exactamente igual.Leandro arqueó una ceja y, con una seguridad inquebrantable, replicó:—Te equivocaste. Era una pieza única de subasta, imposible que haya dos iguales.Su expresión era firme, imposible detectar ninguna fisura.En el fondo, Almendra sintió que se encendía una chispa de esperanza.¿Será que de verdad me confundí?¿Y ese mensaje...? ¿Solo fue una broma pesada?...El carro se internó en el fraccionamiento exclusivo y se detuvo frente a una mansión de dos pisos.Leandro ayudó a Almendra a bajar con sumo cuidado. Tres meses atrás, él había tenido un accidente en la montaña; ella organizó la búsqueda bajo la lluvia y, al resbalar en el lodo, se lastimó el tobillo. Desde entonces, arrastraba una leve discapacidad.Apenas cruzaron la entrada, Regina, la empleada, se acercó enseguida:—Señora, hoy llegó un paquete para usted. Yo lo recibí y firmé.Leandro le entregó el abrigo a Regina, aflojó la corbata y, mirando a Almendra con una mezcla de curiosidad y ternura, preguntó:—¿Mi esposa también compra por internet? ¿Qué cosa encontraste de bueno?Almendra vaciló un segundo y contestó sin pensarlo mucho:—Es un libro autografiado de Celeste, me lo mandó ella.Celeste era su mejor amiga, famosa por su blog de apoyo emocional y sus millones de seguidores.Leandro asintió:—Voy a darme un baño arriba, traigo el viaje pegado y siento que hasta huelo raro.Almendra tomó el paquete y se fue directo a su habitación.Después de casarse, siempre habían dormido en cuartos separados.Abrió la caja y se encontró con una bata de dormir negra, de encaje, mucho más atrevida de lo que solía usar. La prenda destilaba sensualidad.En ese instante, el celular vibró. Apareció una notificación de mensaje:[maestra Almendra, con esa actitud tuya tan distante y sin dejarte abrazar, ¿cómo no va a buscar otra cosa el señor Leandro?]Era otro número desconocido.Las palabras "problema psicológico" le calaron hondo, como una espina directa al corazón.Sí, tenía un trastorno. A casi un año de casados, todavía no lograba compartir la cama con Leandro.Incluso los abrazos o el contacto más íntimo la hacían temblar, la ponían al borde del vómito y terminaba empapada de sudor frío.El viernes pasado, Celeste le hizo una nueva evaluación psicológica. Los resultados habían sido positivos; la animó a intentar acercarse a Leandro, a dar el primer paso.La bata de encaje fue precisamente lo que compró esa semana, pensando sorprenderlo cuando volviera del viaje....Leandro salió de bañarse y fue al cuarto de Almendra.Ella estaba de pie junto al armario.La blusa blanca de cuello alto marcaba sus hombros delgados, y el cabello recogido dejaba ver el cuello largo y delicado. Su expresión parecía tan pura, tan fuera de este mundo, que resultaba imposible no quedarse mirando.Leandro tragó saliva y empujó la puerta.Almendra giró al escuchar el ruido.Él vestía una bata azul oscuro y se acercaba con pasos largos.El escote en V dejaba ver el pecho marcado, y una cicatriz apenas visible —recuerdo del accidente— cruzaba la piel.Se detuvo frente a ella, su figura imponente cubriéndola por completo.Con una mano cálida le sostuvo la cara, y en sus ojos oscuros relampagueaba un deseo que no podía ni quería ocultar.El hombre se inclinó despacio, el aliento cada vez más cerca...La mirada de Leandro, oscura y directa, reflejaba un deseo tan intenso que Almendra sintió cómo los recuerdos de su infancia la golpeaban como una ola imposible de detener.—¡No! —gritó, empujando con fuerza su pecho firme, mientras su cuerpo temblaba sin control y su cara se volvía tan pálida como una hoja de papel.Leandro se quedó helado, con una mezcla de frustración y resignación en los ojos, pero recobró la calma de inmediato.Soltó a Almendra y habló en un tono casi susurrante, con la intención de tranquilizarla:—Tranquila, perdóname. Me dejé llevar un segundo.Almendra hizo un esfuerzo por serenarse. Al ver la culpa tan clara en los ojos de Leandro, sintió un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.En el instante en que él la había besado, su mente se llenó de aquellas horribles escenas de la infancia: su padre, desnudo, enredado con esa otra mujer. Imágenes que nunca había logrado borrar.—Perdón... —murmuró ella, todavía temblando.Al final, parecía que seis meses de terapia psicológica no le habían servido de mucho.Leandro, con una media sonrisa llena de paciencia, la miró con ternura. Con cuidado apartó un mechón de cabello de la mejilla de Almendra, como si quisiera protegerla de todos sus fantasmas.—No digas cosas sin sentido.Levantó la mano y le pellizcó la mejilla con dulzura.—Nada de culpas, ¿eh? Puedo seguir esperando todo el tiempo que haga falta.Ese gesto, esa paciencia, le calentó el corazón a Almendra. Casi sin pensar, abrió los brazos para abrazarlo, deseando refugiarse en su pecho.Pero justo en ese momento, el celular empezó a sonar, rompiendo la atmósfera.Leandro rápidamente sacó el celular del bolsillo de la bata. Apenas se iluminó la pantalla, la cubrió instintivamente con la mano.Almendra alcanzó a ver que en la pantalla apenas se notaba nada, completamente oscura. Tenía un protector para evitar miradas indiscretas.Por un segundo, Almendra se quedó en blanco.Leandro la miró, con el tono de siempre:—Amor, tengo que contestar una llamada —y añadió en voz baja, como queriendo dejar todo claro—. Es Damián Gallo. Es por trabajo.El nombre de Damián le sonó como un eco en la cabeza.Leandro salió del cuarto con el celular en la mano, dejándola sola.Almendra, todavía con el corazón acelerado, tomó su propio celular. Buscó en la lista de contactos aquel nombre que no veía desde hacía años:Damián.Damián era sobrino de su maestra Estela, su compañero de universidad, alguien de familia importante, siempre con una elegancia natural.La familia Gallo era verdaderamente reconocida en el mundo del derecho. Tres generaciones en los tribunales y la academia.Damián era el único de su generación que no se había dedicado a la política. En cambio, se había convertido en uno de los abogados más respetados del país, especializado en litigios comerciales y arbitrajes internacionales.Incluso Rubén había tenido que insistir varias veces para que aceptara su caso más complicado.Almendra recordaba que, cuando él se fue al extranjero a estudiar, ni siquiera se había despedido de ella.No habían vuelto a hablar en años. Seguramente él ni se acordaba de ella.Ese número de teléfono seguramente ya ni existía.Sin muchas esperanzas, presionó el botón de llamada.Solo quería confirmar si Leandro de verdad hablaba con él.Contra todo pronóstico, la llamada se conectó al instante.Almendra se quedó helada.Del otro lado, se escuchaba claramente música clásica de Bach, suave y envolvente.—¿Almendra? —la voz grave, un poco ronca, sonó en la bocina, como lija frotando la madera. Tenía una fuerza extraña, como si acariciara y raspara al mismo tiempo.Almendra apretó el celular con tanta fuerza que le dolieron los dedos. Por un momento, se le olvidó contestar.En ese instante, en una elegante oficina llena de libros de derecho y una balanza dorada sobre el escritorio, Damián esperaba respuesta, recostado en su silla.Con una mano, se desabrochó el botón del cuello de la camisa, dejando ver su nuez prominente. Se quedó escuchando la respiración de ella, apenas perceptible.—¿Por qué no dices nada? —preguntó, con voz más baja, casi susurrando.Eso la sacó de su trance.Jamás se habría imaginado que ese número aún funcionaba, y mucho menos que Damián contestaría.Recordando algo, Almendra fue caminando despacio hasta la puerta del cuarto de Leandro. Desde dentro, se escuchaban apenas los sonidos apagados de una voz masculina, mezclados con una respiración entrecortada.En ese momento, se quedó paralizada.Apretó el celular en la mano, con los nudillos tan blancos que parecía que la piel se rompería en cualquier instante.Capítulo 2Apenas había pasado un año desde su boda, cuando Leandro Jasso, ese hombre que la había cortejado durante seis años con una pasión incansable y la había amado como si fuera su vida entera, terminó teniendo una aventura con otra mujer....Ballet de los Andes, puerta trasera del salón de danza.Almendra Salgado escuchaba en silencio los sonidos húmedos y entrecortados de una chica que venían del interior. Sus dedos se clavaban con fuerza en la palma de su mano, conteniendo todo el dolor.Adentro, su esposo Leandro se encontraba con su alumna Leticia Ortiz, y ambos se entregaban al deseo sin pudor.[Maestra Almendra, ¿quiere saber cuán loco puede ser ese señor Leandro, tan reservado y serio, cuando nadie lo ve? Pase al salón 3.]Ese mensaje le había llegado hacía apenas unos minutos.Aún ahora, Almendra luchaba por no creerlo.Leandro, quien durante siete años le había demostrado una entrega absoluta, ¿cómo podía engañarla así?Dio un paso al frente y tocó la puerta del salón.Los ruidos dentro se callaron de golpe, y hasta su propia respiración se detuvo.No tardaron en abrir la puerta. Un aroma intenso a perfume de durazno la envolvió.Leticia salió del salón, con una falda vaporosa color rosa pálido que dejaba ver sus largas piernas, desnudas, sin las medias de ballet habituales.Las mejillas de la chica estaban sonrojadas, los labios hinchados y los ojos desbordaban una coquetería perezosa que contrastaba con una sonrisita inocente.—¡Maestra Almendra!Leticia había sido la promesa del ballet desde que Almendra la descubrió tres años atrás, su protegida, la futura sucesora según todos en la compañía. Por parecerse a ella, el grupo le llamaba de cariño “Almenita”.Sus dedos, pintados de rojo intenso, descansaban despreocupadamente en el marco de la puerta. En su muñeca, una pulsera de jade verde brillaba con fuerza.Almendra la reconoció de inmediato: era una pieza de jade imperial, idéntica a la que Leandro había comprado para ella en una subasta durante su último viaje de trabajo a Fortaleza del Sol.El aire tibio del sistema de calefacción apenas lograba mitigar el frío que la invadía por dentro.Haciendo un esfuerzo por sonar tranquila, Almendra preguntó:—Escuché que pediste permiso para faltar al entrenamiento intensivo, vine a ver cómo estabas. ¿Estás entrenando sola?Intentó entrar al salón, pero Leticia se interpuso enseguida, el rubor en su rostro tornándose más marcado.—Maestra Almendra, mi novio vino a visitarme y, bueno... ahora no se puede entrar.Almendra sabía que Leticia tenía un novio misterioso, aunque nunca lo había visto.Acercándose aún más, Almendra trató de entrar, pero Leticia cerró la puerta con rapidez.—De verdad, maestra Almendra, ahora no se puede.¿De verdad no se podía, o acaso el hombre que estaba adentro sí era Leandro?Almendra sacó su celular y marcó el número de Leandro. Se quedó atenta, tratando de escuchar cualquier sonido dentro del salón.Nada. Ni un solo timbrazo. Y él tampoco contestó.Siempre contestaba al instante cuando ella llamaba.Sintió que la sangre se le congelaba en las venas.Apoyándose en su pierna derecha, que aún conservaba una vieja lesión, Almendra fue lo más rápido que pudo hacia la puerta principal del salón, dispuesta a descubrir la verdad.En su mente, los recuerdos la golpeaban como una ola...En toda la Ciudad de los Andes se sabía que Leandro Jasso, heredero del Grupo Jasso, era el típico hombre inalcanzable: impecable, reservado y con una vida privada tan austera que nadie le conocía romances.Hasta que, durante una presentación de “El lago de los cisnes”, se enamoró a primera vista de la “Cisne Blanco” sobre el escenario: Almendra.Desde aquel día, comenzó una persecución amorosa incansable. Cada día le enviaba rosas blancas frescas, y en cada función, él aparecía en primera fila con un ramo de flores para ella.Almendra, marcada por la infidelidad de su padre y la reacción desbocada de su madre, había dejado de creer en el amor y el matrimonio. La diferencia de clase social entre ambos solo hacía que ella se negara una y otra vez.Pero Leandro nunca se rindió.Hasta aquel accidente automovilístico: él se quitó el cinturón para protegerla, recibiendo el impacto y terminando con las costillas rotas y el pulmón perforado. Estuvo en coma en terapia intensiva... Fue entonces cuando Almendra, al borde del abismo, se permitió amarlo.Ahora, Almendra aguardaba al final del pasillo, con la mirada fija en la puerta principal del salón. Nadie salía.—Amor.La voz grave y serena de Leandro sonó a sus espaldas. Almendra se giró con brusquedad y lo vio acercarse.El hombre iba impecable: traje oscuro, camisa blanca abotonada hasta el cuello, corbata perfectamente anudada y el abrigo negro sobre los hombros. Todo en él transmitía elegancia y control, ni una pizca de desorden.Al acercarse, el aroma fresco de menta de su aliento le llegó a Almendra.Era el olor del enjuague bucal.Leandro había dejado de fumar hacía tres meses, y no era hora de comida.—¿Fuiste a buscarme a la oficina? —preguntó ella, con voz firme y la mirada clavada en el rostro de él.Leandro, inexpresivo, le respondió con suavidad:—Sí. ¿Y tú qué haces aquí?—Revisar el entrenamiento de los estudiantes —ordenó Almendra sin mostrar emoción alguna.Leandro asintió, pasó un brazo con naturalidad sobre sus hombros y la acompañó fuera del grupo de danza, hasta el lujoso carro aparcado bajo la sombra de un árbol de jacarandas.Una vez sentados, Leandro preparó una bebida caliente de limón y se la ofreció en silencio.En su celular, Leandro tenía una aplicación especial donde llevaba registro de todo lo relacionado con la salud de Almendra: sus ciclos, medicamentos, citas médicas. Sabía que en un par de días iniciaría su periodo.Almendra observó cómo, incluso después de tanto tiempo, él seguía cuidando cada detalle. Por un momento, la nostalgia se asomó en su mirada.Almendra forzó una sonrisa y, tratando de sonar casual, preguntó:—Señor Leandro, ¿dónde quedó la pulsera que me compraste en la subasta?Apretaba con fuerza el termo plateado entre las manos, el frío del metal colándose en sus dedos.Leandro esbozó una media sonrisa, sacó del bolsillo un pequeño estuche de terciopelo azul y lo abrió frente a ella.En el interior, reposaba un brazalete de jade verde intenso, tan brillante y pulido que parecía iluminarse con la luz.Almendra se quedó sin palabras.¿El hombre que vio en el salón... no era Leandro?Él tomó su mano y, con delicadeza, le puso el brazalete en la muñeca.El roce cálido de sus dedos le erizó la piel. Leandro contempló su muñeca y, con un brillo de admiración en los ojos, murmuró:—Solo esta joya puede estar a la altura de la belleza de mi esposa.El jade imperial resaltaba todavía más la blancura traslúcida de su piel.Almendra recuperó la compostura y respondió con voz tranquila:—Es preciosa, sí. Qué curioso, mi alumna Leticia tiene uno exactamente igual.Leandro arqueó una ceja y, con una seguridad inquebrantable, replicó:—Te equivocaste. Era una pieza única de subasta, imposible que haya dos iguales.Su expresión era firme, imposible detectar ninguna fisura.En el fondo, Almendra sintió que se encendía una chispa de esperanza.¿Será que de verdad me confundí?¿Y ese mensaje...? ¿Solo fue una broma pesada?...El carro se internó en el fraccionamiento exclusivo y se detuvo frente a una mansión de dos pisos.Leandro ayudó a Almendra a bajar con sumo cuidado. Tres meses atrás, él había tenido un accidente en la montaña; ella organizó la búsqueda bajo la lluvia y, al resbalar en el lodo, se lastimó el tobillo. Desde entonces, arrastraba una leve discapacidad.Apenas cruzaron la entrada, Regina, la empleada, se acercó enseguida:—Señora, hoy llegó un paquete para usted. Yo lo recibí y firmé.Leandro le entregó el abrigo a Regina, aflojó la corbata y, mirando a Almendra con una mezcla de curiosidad y ternura, preguntó:—¿Mi esposa también compra por internet? ¿Qué cosa encontraste de bueno?Almendra vaciló un segundo y contestó sin pensarlo mucho:—Es un libro autografiado de Celeste, me lo mandó ella.Celeste era su mejor amiga, famosa por su blog de apoyo emocional y sus millones de seguidores.Leandro asintió:—Voy a darme un baño arriba, traigo el viaje pegado y siento que hasta huelo raro.Almendra tomó el paquete y se fue directo a su habitación.Después de casarse, siempre habían dormido en cuartos separados.Abrió la caja y se encontró con una bata de dormir negra, de encaje, mucho más atrevida de lo que solía usar. La prenda destilaba sensualidad.En ese instante, el celular vibró. Apareció una notificación de mensaje:[maestra Almendra, con esa actitud tuya tan distante y sin dejarte abrazar, ¿cómo no va a buscar otra cosa el señor Leandro?]Era otro número desconocido.Las palabras "problema psicológico" le calaron hondo, como una espina directa al corazón.Sí, tenía un trastorno. A casi un año de casados, todavía no lograba compartir la cama con Leandro.Incluso los abrazos o el contacto más íntimo la hacían temblar, la ponían al borde del vómito y terminaba empapada de sudor frío.El viernes pasado, Celeste le hizo una nueva evaluación psicológica. Los resultados habían sido positivos; la animó a intentar acercarse a Leandro, a dar el primer paso.La bata de encaje fue precisamente lo que compró esa semana, pensando sorprenderlo cuando volviera del viaje....Leandro salió de bañarse y fue al cuarto de Almendra.Ella estaba de pie junto al armario.La blusa blanca de cuello alto marcaba sus hombros delgados, y el cabello recogido dejaba ver el cuello largo y delicado. Su expresión parecía tan pura, tan fuera de este mundo, que resultaba imposible no quedarse mirando.Leandro tragó saliva y empujó la puerta.Almendra giró al escuchar el ruido.Él vestía una bata azul oscuro y se acercaba con pasos largos.El escote en V dejaba ver el pecho marcado, y una cicatriz apenas visible —recuerdo del accidente— cruzaba la piel.Se detuvo frente a ella, su figura imponente cubriéndola por completo.Con una mano cálida le sostuvo la cara, y en sus ojos oscuros relampagueaba un deseo que no podía ni quería ocultar.El hombre se inclinó despacio, el aliento cada vez más cerca...La mirada de Leandro, oscura y directa, reflejaba un deseo tan intenso que Almendra sintió cómo los recuerdos de su infancia la golpeaban como una ola imposible de detener.—¡No! —gritó, empujando con fuerza su pecho firme, mientras su cuerpo temblaba sin control y su cara se volvía tan pálida como una hoja de papel.Leandro se quedó helado, con una mezcla de frustración y resignación en los ojos, pero recobró la calma de inmediato.Soltó a Almendra y habló en un tono casi susurrante, con la intención de tranquilizarla:—Tranquila, perdóname. Me dejé llevar un segundo.Almendra hizo un esfuerzo por serenarse. Al ver la culpa tan clara en los ojos de Leandro, sintió un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.En el instante en que él la había besado, su mente se llenó de aquellas horribles escenas de la infancia: su padre, desnudo, enredado con esa otra mujer. Imágenes que nunca había logrado borrar.—Perdón... —murmuró ella, todavía temblando.Al final, parecía que seis meses de terapia psicológica no le habían servido de mucho.Leandro, con una media sonrisa llena de paciencia, la miró con ternura. Con cuidado apartó un mechón de cabello de la mejilla de Almendra, como si quisiera protegerla de todos sus fantasmas.—No digas cosas sin sentido.Levantó la mano y le pellizcó la mejilla con dulzura.—Nada de culpas, ¿eh? Puedo seguir esperando todo el tiempo que haga falta.Ese gesto, esa paciencia, le calentó el corazón a Almendra. Casi sin pensar, abrió los brazos para abrazarlo, deseando refugiarse en su pecho.Pero justo en ese momento, el celular empezó a sonar, rompiendo la atmósfera.Leandro rápidamente sacó el celular del bolsillo de la bata. Apenas se iluminó la pantalla, la cubrió instintivamente con la mano.Almendra alcanzó a ver que en la pantalla apenas se notaba nada, completamente oscura. Tenía un protector para evitar miradas indiscretas.Por un segundo, Almendra se quedó en blanco.Leandro la miró, con el tono de siempre:—Amor, tengo que contestar una llamada —y añadió en voz baja, como queriendo dejar todo claro—. Es Damián Gallo. Es por trabajo.El nombre de Damián le sonó como un eco en la cabeza.Leandro salió del cuarto con el celular en la mano, dejándola sola.Almendra, todavía con el corazón acelerado, tomó su propio celular. Buscó en la lista de contactos aquel nombre que no veía desde hacía años:Damián.Damián era sobrino de su maestra Estela, su compañero de universidad, alguien de familia importante, siempre con una elegancia natural.La familia Gallo era verdaderamente reconocida en el mundo del derecho. Tres generaciones en los tribunales y la academia.Damián era el único de su generación que no se había dedicado a la política. En cambio, se había convertido en uno de los abogados más respetados del país, especializado en litigios comerciales y arbitrajes internacionales.Incluso Rubén había tenido que insistir varias veces para que aceptara su caso más complicado.Almendra recordaba que, cuando él se fue al extranjero a estudiar, ni siquiera se había despedido de ella.No habían vuelto a hablar en años. Seguramente él ni se acordaba de ella.Ese número de teléfono seguramente ya ni existía.Sin muchas esperanzas, presionó el botón de llamada.Solo quería confirmar si Leandro de verdad hablaba con él.Contra todo pronóstico, la llamada se conectó al instante.Almendra se quedó helada.Del otro lado, se escuchaba claramente música clásica de Bach, suave y envolvente.—¿Almendra? —la voz grave, un poco ronca, sonó en la bocina, como lija frotando la madera. Tenía una fuerza extraña, como si acariciara y raspara al mismo tiempo.Almendra apretó el celular con tanta fuerza que le dolieron los dedos. Por un momento, se le olvidó contestar.En ese instante, en una elegante oficina llena de libros de derecho y una balanza dorada sobre el escritorio, Damián esperaba respuesta, recostado en su silla.Con una mano, se desabrochó el botón del cuello de la camisa, dejando ver su nuez prominente. Se quedó escuchando la respiración de ella, apenas perceptible.—¿Por qué no dices nada? —preguntó, con voz más baja, casi susurrando.Eso la sacó de su trance.Jamás se habría imaginado que ese número aún funcionaba, y mucho menos que Damián contestaría.Recordando algo, Almendra fue caminando despacio hasta la puerta del cuarto de Leandro. Desde dentro, se escuchaban apenas los sonidos apagados de una voz masculina, mezclados con una respiración entrecortada.En ese momento, se quedó paralizada.Apretó el celular en la mano, con los nudillos tan blancos que parecía que la piel se rompería en cualquier instante.Capítulo 3Apenas había pasado un año desde su boda, cuando Leandro Jasso, ese hombre que la había cortejado durante seis años con una pasión incansable y la había amado como si fuera su vida entera, terminó teniendo una aventura con otra mujer....Ballet de los Andes, puerta trasera del salón de danza.Almendra Salgado escuchaba en silencio los sonidos húmedos y entrecortados de una chica que venían del interior. Sus dedos se clavaban con fuerza en la palma de su mano, conteniendo todo el dolor.Adentro, su esposo Leandro se encontraba con su alumna Leticia Ortiz, y ambos se entregaban al deseo sin pudor.[Maestra Almendra, ¿quiere saber cuán loco puede ser ese señor Leandro, tan reservado y serio, cuando nadie lo ve? Pase al salón 3.]Ese mensaje le había llegado hacía apenas unos minutos.Aún ahora, Almendra luchaba por no creerlo.Leandro, quien durante siete años le había demostrado una entrega absoluta, ¿cómo podía engañarla así?Dio un paso al frente y tocó la puerta del salón.Los ruidos dentro se callaron de golpe, y hasta su propia respiración se detuvo.No tardaron en abrir la puerta. Un aroma intenso a perfume de durazno la envolvió.Leticia salió del salón, con una falda vaporosa color rosa pálido que dejaba ver sus largas piernas, desnudas, sin las medias de ballet habituales.Las mejillas de la chica estaban sonrojadas, los labios hinchados y los ojos desbordaban una coquetería perezosa que contrastaba con una sonrisita inocente.—¡Maestra Almendra!Leticia había sido la promesa del ballet desde que Almendra la descubrió tres años atrás, su protegida, la futura sucesora según todos en la compañía. Por parecerse a ella, el grupo le llamaba de cariño “Almenita”.Sus dedos, pintados de rojo intenso, descansaban despreocupadamente en el marco de la puerta. En su muñeca, una pulsera de jade verde brillaba con fuerza.Almendra la reconoció de inmediato: era una pieza de jade imperial, idéntica a la que Leandro había comprado para ella en una subasta durante su último viaje de trabajo a Fortaleza del Sol.El aire tibio del sistema de calefacción apenas lograba mitigar el frío que la invadía por dentro.Haciendo un esfuerzo por sonar tranquila, Almendra preguntó:—Escuché que pediste permiso para faltar al entrenamiento intensivo, vine a ver cómo estabas. ¿Estás entrenando sola?Intentó entrar al salón, pero Leticia se interpuso enseguida, el rubor en su rostro tornándose más marcado.—Maestra Almendra, mi novio vino a visitarme y, bueno... ahora no se puede entrar.Almendra sabía que Leticia tenía un novio misterioso, aunque nunca lo había visto.Acercándose aún más, Almendra trató de entrar, pero Leticia cerró la puerta con rapidez.—De verdad, maestra Almendra, ahora no se puede.¿De verdad no se podía, o acaso el hombre que estaba adentro sí era Leandro?Almendra sacó su celular y marcó el número de Leandro. Se quedó atenta, tratando de escuchar cualquier sonido dentro del salón.Nada. Ni un solo timbrazo. Y él tampoco contestó.Siempre contestaba al instante cuando ella llamaba.Sintió que la sangre se le congelaba en las venas.Apoyándose en su pierna derecha, que aún conservaba una vieja lesión, Almendra fue lo más rápido que pudo hacia la puerta principal del salón, dispuesta a descubrir la verdad.En su mente, los recuerdos la golpeaban como una ola...En toda la Ciudad de los Andes se sabía que Leandro Jasso, heredero del Grupo Jasso, era el típico hombre inalcanzable: impecable, reservado y con una vida privada tan austera que nadie le conocía romances.Hasta que, durante una presentación de “El lago de los cisnes”, se enamoró a primera vista de la “Cisne Blanco” sobre el escenario: Almendra.Desde aquel día, comenzó una persecución amorosa incansable. Cada día le enviaba rosas blancas frescas, y en cada función, él aparecía en primera fila con un ramo de flores para ella.Almendra, marcada por la infidelidad de su padre y la reacción desbocada de su madre, había dejado de creer en el amor y el matrimonio. La diferencia de clase social entre ambos solo hacía que ella se negara una y otra vez.Pero Leandro nunca se rindió.Hasta aquel accidente automovilístico: él se quitó el cinturón para protegerla, recibiendo el impacto y terminando con las costillas rotas y el pulmón perforado. Estuvo en coma en terapia intensiva... Fue entonces cuando Almendra, al borde del abismo, se permitió amarlo.Ahora, Almendra aguardaba al final del pasillo, con la mirada fija en la puerta principal del salón. Nadie salía.—Amor.La voz grave y serena de Leandro sonó a sus espaldas. Almendra se giró con brusquedad y lo vio acercarse.El hombre iba impecable: traje oscuro, camisa blanca abotonada hasta el cuello, corbata perfectamente anudada y el abrigo negro sobre los hombros. Todo en él transmitía elegancia y control, ni una pizca de desorden.Al acercarse, el aroma fresco de menta de su aliento le llegó a Almendra.Era el olor del enjuague bucal.Leandro había dejado de fumar hacía tres meses, y no era hora de comida.—¿Fuiste a buscarme a la oficina? —preguntó ella, con voz firme y la mirada clavada en el rostro de él.Leandro, inexpresivo, le respondió con suavidad:—Sí. ¿Y tú qué haces aquí?—Revisar el entrenamiento de los estudiantes —ordenó Almendra sin mostrar emoción alguna.Leandro asintió, pasó un brazo con naturalidad sobre sus hombros y la acompañó fuera del grupo de danza, hasta el lujoso carro aparcado bajo la sombra de un árbol de jacarandas.Una vez sentados, Leandro preparó una bebida caliente de limón y se la ofreció en silencio.En su celular, Leandro tenía una aplicación especial donde llevaba registro de todo lo relacionado con la salud de Almendra: sus ciclos, medicamentos, citas médicas. Sabía que en un par de días iniciaría su periodo.Almendra observó cómo, incluso después de tanto tiempo, él seguía cuidando cada detalle. Por un momento, la nostalgia se asomó en su mirada.Almendra forzó una sonrisa y, tratando de sonar casual, preguntó:—Señor Leandro, ¿dónde quedó la pulsera que me compraste en la subasta?Apretaba con fuerza el termo plateado entre las manos, el frío del metal colándose en sus dedos.Leandro esbozó una media sonrisa, sacó del bolsillo un pequeño estuche de terciopelo azul y lo abrió frente a ella.En el interior, reposaba un brazalete de jade verde intenso, tan brillante y pulido que parecía iluminarse con la luz.Almendra se quedó sin palabras.¿El hombre que vio en el salón... no era Leandro?Él tomó su mano y, con delicadeza, le puso el brazalete en la muñeca.El roce cálido de sus dedos le erizó la piel. Leandro contempló su muñeca y, con un brillo de admiración en los ojos, murmuró:—Solo esta joya puede estar a la altura de la belleza de mi esposa.El jade imperial resaltaba todavía más la blancura traslúcida de su piel.Almendra recuperó la compostura y respondió con voz tranquila:—Es preciosa, sí. Qué curioso, mi alumna Leticia tiene uno exactamente igual.Leandro arqueó una ceja y, con una seguridad inquebrantable, replicó:—Te equivocaste. Era una pieza única de subasta, imposible que haya dos iguales.Su expresión era firme, imposible detectar ninguna fisura.En el fondo, Almendra sintió que se encendía una chispa de esperanza.¿Será que de verdad me confundí?¿Y ese mensaje...? ¿Solo fue una broma pesada?...El carro se internó en el fraccionamiento exclusivo y se detuvo frente a una mansión de dos pisos.Leandro ayudó a Almendra a bajar con sumo cuidado. Tres meses atrás, él había tenido un accidente en la montaña; ella organizó la búsqueda bajo la lluvia y, al resbalar en el lodo, se lastimó el tobillo. Desde entonces, arrastraba una leve discapacidad.Apenas cruzaron la entrada, Regina, la empleada, se acercó enseguida:—Señora, hoy llegó un paquete para usted. Yo lo recibí y firmé.Leandro le entregó el abrigo a Regina, aflojó la corbata y, mirando a Almendra con una mezcla de curiosidad y ternura, preguntó:—¿Mi esposa también compra por internet? ¿Qué cosa encontraste de bueno?Almendra vaciló un segundo y contestó sin pensarlo mucho:—Es un libro autografiado de Celeste, me lo mandó ella.Celeste era su mejor amiga, famosa por su blog de apoyo emocional y sus millones de seguidores.Leandro asintió:—Voy a darme un baño arriba, traigo el viaje pegado y siento que hasta huelo raro.Almendra tomó el paquete y se fue directo a su habitación.Después de casarse, siempre habían dormido en cuartos separados.Abrió la caja y se encontró con una bata de dormir negra, de encaje, mucho más atrevida de lo que solía usar. La prenda destilaba sensualidad.En ese instante, el celular vibró. Apareció una notificación de mensaje:[maestra Almendra, con esa actitud tuya tan distante y sin dejarte abrazar, ¿cómo no va a buscar otra cosa el señor Leandro?]Era otro número desconocido.Las palabras "problema psicológico" le calaron hondo, como una espina directa al corazón.Sí, tenía un trastorno. A casi un año de casados, todavía no lograba compartir la cama con Leandro.Incluso los abrazos o el contacto más íntimo la hacían temblar, la ponían al borde del vómito y terminaba empapada de sudor frío.El viernes pasado, Celeste le hizo una nueva evaluación psicológica. Los resultados habían sido positivos; la animó a intentar acercarse a Leandro, a dar el primer paso.La bata de encaje fue precisamente lo que compró esa semana, pensando sorprenderlo cuando volviera del viaje....Leandro salió de bañarse y fue al cuarto de Almendra.Ella estaba de pie junto al armario.La blusa blanca de cuello alto marcaba sus hombros delgados, y el cabello recogido dejaba ver el cuello largo y delicado. Su expresión parecía tan pura, tan fuera de este mundo, que resultaba imposible no quedarse mirando.Leandro tragó saliva y empujó la puerta.Almendra giró al escuchar el ruido.Él vestía una bata azul oscuro y se acercaba con pasos largos.El escote en V dejaba ver el pecho marcado, y una cicatriz apenas visible —recuerdo del accidente— cruzaba la piel.Se detuvo frente a ella, su figura imponente cubriéndola por completo.Con una mano cálida le sostuvo la cara, y en sus ojos oscuros relampagueaba un deseo que no podía ni quería ocultar.El hombre se inclinó despacio, el aliento cada vez más cerca...La mirada de Leandro, oscura y directa, reflejaba un deseo tan intenso que Almendra sintió cómo los recuerdos de su infancia la golpeaban como una ola imposible de detener.—¡No! —gritó, empujando con fuerza su pecho firme, mientras su cuerpo temblaba sin control y su cara se volvía tan pálida como una hoja de papel.Leandro se quedó helado, con una mezcla de frustración y resignación en los ojos, pero recobró la calma de inmediato.Soltó a Almendra y habló en un tono casi susurrante, con la intención de tranquilizarla:—Tranquila, perdóname. Me dejé llevar un segundo.Almendra hizo un esfuerzo por serenarse. Al ver la culpa tan clara en los ojos de Leandro, sintió un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.En el instante en que él la había besado, su mente se llenó de aquellas horribles escenas de la infancia: su padre, desnudo, enredado con esa otra mujer. Imágenes que nunca había logrado borrar.—Perdón... —murmuró ella, todavía temblando.Al final, parecía que seis meses de terapia psicológica no le habían servido de mucho.Leandro, con una media sonrisa llena de paciencia, la miró con ternura. Con cuidado apartó un mechón de cabello de la mejilla de Almendra, como si quisiera protegerla de todos sus fantasmas.—No digas cosas sin sentido.Levantó la mano y le pellizcó la mejilla con dulzura.—Nada de culpas, ¿eh? Puedo seguir esperando todo el tiempo que haga falta.Ese gesto, esa paciencia, le calentó el corazón a Almendra. Casi sin pensar, abrió los brazos para abrazarlo, deseando refugiarse en su pecho.Pero justo en ese momento, el celular empezó a sonar, rompiendo la atmósfera.Leandro rápidamente sacó el celular del bolsillo de la bata. Apenas se iluminó la pantalla, la cubrió instintivamente con la mano.Almendra alcanzó a ver que en la pantalla apenas se notaba nada, completamente oscura. Tenía un protector para evitar miradas indiscretas.Por un segundo, Almendra se quedó en blanco.Leandro la miró, con el tono de siempre:—Amor, tengo que contestar una llamada —y añadió en voz baja, como queriendo dejar todo claro—. Es Damián Gallo. Es por trabajo.El nombre de Damián le sonó como un eco en la cabeza.Leandro salió del cuarto con el celular en la mano, dejándola sola.Almendra, todavía con el corazón acelerado, tomó su propio celular. Buscó en la lista de contactos aquel nombre que no veía desde hacía años:Damián.Damián era sobrino de su maestra Estela, su compañero de universidad, alguien de familia importante, siempre con una elegancia natural.La familia Gallo era verdaderamente reconocida en el mundo del derecho. Tres generaciones en los tribunales y la academia.Damián era el único de su generación que no se había dedicado a la política. En cambio, se había convertido en uno de los abogados más respetados del país, especializado en litigios comerciales y arbitrajes internacionales.Incluso Rubén había tenido que insistir varias veces para que aceptara su caso más complicado.Almendra recordaba que, cuando él se fue al extranjero a estudiar, ni siquiera se había despedido de ella.No habían vuelto a hablar en años. Seguramente él ni se acordaba de ella.Ese número de teléfono seguramente ya ni existía.Sin muchas esperanzas, presionó el botón de llamada.Solo quería confirmar si Leandro de verdad hablaba con él.Contra todo pronóstico, la llamada se conectó al instante.Almendra se quedó helada.Del otro lado, se escuchaba claramente música clásica de Bach, suave y envolvente.—¿Almendra? —la voz grave, un poco ronca, sonó en la bocina, como lija frotando la madera. Tenía una fuerza extraña, como si acariciara y raspara al mismo tiempo.Almendra apretó el celular con tanta fuerza que le dolieron los dedos. Por un momento, se le olvidó contestar.En ese instante, en una elegante oficina llena de libros de derecho y una balanza dorada sobre el escritorio, Damián esperaba respuesta, recostado en su silla.Con una mano, se desabrochó el botón del cuello de la camisa, dejando ver su nuez prominente. Se quedó escuchando la respiración de ella, apenas perceptible.—¿Por qué no dices nada? —preguntó, con voz más baja, casi susurrando.Eso la sacó de su trance.Jamás se habría imaginado que ese número aún funcionaba, y mucho menos que Damián contestaría.Recordando algo, Almendra fue caminando despacio hasta la puerta del cuarto de Leandro. Desde dentro, se escuchaban apenas los sonidos apagados de una voz masculina, mezclados con una respiración entrecortada.En ese momento, se quedó paralizada.Apretó el celular en la mano, con los nudillos tan blancos que parecía que la piel se rompería en cualquier instante.