Capítulo 1—Señor Gómez, la escena del accidente sigue siendo muy peligrosa, no puede entrar.—Ya contactamos al equipo de rescate, la ambulancia viene en camino.—Señor Gómez...—¡Quítense del medio! Si por su culpa le pasa algo, ¡se llevan el paquete conmigo! —En medio del bullicio que sonaba como un oleaje en sus oídos, ese grito colérico sacó a Macarena Molina poco a poco del letargo en el que había caído tras el accidente.Abrió los ojos a duras penas y, entre el dolor y el mareo, alcanzó a distinguir una figura alta y conocida, avanzando hacia ella con paso decidido, como si se tratara de algún héroe bajado del cielo.Macarena sintió que se le anudaba la garganta de pura emoción.No tenía idea cuánto tiempo llevaba atrapada en el carro, volteada y con el cuerpo entumecido, tras el accidente.En algún momento, pensó que Fermín Gómez no llegaría a buscarla.Justo antes del desastre, habían discutido. La noche anterior habían acordado verse en la compañía, pero esa mañana, tras contestar una llamada, Fermín canceló abruptamente y dejó de contestar sus mensajes. Más tarde, ya en plena emergencia, Macarena usó la última carga de batería de su celular para mandarle su ubicación a la secretaria de él.Pensó que, como en otras ocasiones, Fermín ignoraría su mensaje.Pero, para su sorpresa...—Bebé... hay esperanza... papá ya llegó...Macarena miró la sangre que seguía brotando bajo su cuerpo, aferrándose a la última chispa de esperanza.Ignorando las náuseas y el mareo, intentó gritar el nombre de Fermín, pero su garganta estaba tan seca y lastimada que no logró emitir sonido alguno.No importaba. Fermín ya la había encontrado. Con todas sus fuerzas, levantó el brazo, débil, intentando llamar su atención.Pero, en ese instante, Fermín pasó de largo, sin detenerse, y siguió caminando con prisa.Macarena se quedó helada.Por un momento, pensó que se había confundido.Ese día no había usado el carro de la familia Gómez; su cuñada se lo había llevado temprano. Estaba en el carro que le había regalado su madre, uno que casi nunca usaba. Era normal que Fermín no lo reconociera.Sin tiempo para pensar más, Macarena reunió lo poco que le quedaba de energía y trató de llamarlo.Pero la pérdida de sangre la había dejado sin fuerza. Su voz apenas se escuchó, un susurro que el viento se llevó.Fermín no la escuchó. Siguió alejándose, hasta que llegó al carro blanco, el responsable del accidente, y se detuvo frente a él.Antes de que Macarena pudiera procesar lo que sucedía, Fermín abrió la puerta y, sin dudarlo, sacó a una mujer que temblaba de miedo y la apretó contra su pecho.La mujer, delgada y elegante, llevaba un abrigo largo y tenía un aire frágil, como de esas personas que inspiran compasión con solo verlas.Al ver su rostro, a Macarena se le heló la sangre.Era Abril Cordero, la famosa "luz que nunca se apaga" en el corazón de Fermín.Recordó, de golpe, cómo ese carro la había perseguido cambiando de carril sin parar, sin darle tiempo ni a reaccionar, hasta que terminó provocando el accidente.Ahora, ese mismo carro reposaba tranquilo a la orilla de la carretera, como si su conductora fuera una niña asustada y herida.Y su esposo, Fermín, estaba ahí, abrazando a esa mujer contra su pecho.Macarena ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse cómo era posible que Abril, quien se suponía seguía en el extranjero, hubiese regresado justo ese día, ni por qué coincidió el accidente con su regreso. Solo pensaba en una cosa: salvar a su bebé.—¡Señor Gómez! ¡En ese carro todavía hay alguien adentro!Cuando Macarena luchaba por golpear la ventana para llamar la atención, uno de los guardaespaldas de Fermín notó a alguien moviéndose dentro del carro. El vehículo le resultaba familiar, por lo que no pudo evitar gritar, alarmado.Al escucharlo, Fermín giró la cabeza.En el interior del carro, una mujer cubierta de sangre luchaba por mantenerse consciente. Su cara, aunque manchada y sucia, aún dejaba entrever una belleza serena y conocida.Ese rostro le resultaba vagamente familiar.Fermín se detuvo, a punto de decir algo, pero Abril gimió de dolor en sus brazos.—Abi está herida. Quiero que despejen ahora mismo el camino al hospital.No pensó en nada más.—Pero señor Gómez...El guardaespaldas no terminó la frase. El tono cortante en la voz de Fermín lo hizo tragar saliva y asentir.Macarena vio, impotente, cómo Fermín solo le dirigió una mirada fugaz antes de tomar en brazos a Abril y regresar corriendo hacia su carro.—Fermín, sálvame... por favor, salva a nuestro bebé... —Intentó suplicar, pero apenas abrió la boca, la sangre le llenó la garganta y no pudo decir nada más.Nadie le prestó más atención.El carro de Fermín partió como una flecha, llevándose a Abril con él.Macarena vio, con la vista nublada, cómo el carro se alejaba cada vez más. Por un instante, su mirada perdió el brillo y, al siguiente, el dolor la arrolló como una ola imparable.No pudo resistir más. Todo se oscureció de nuevo.—Qué lástima, la llevaron al hospital demasiado tarde. La operación fue un éxito para la madre, pero el bebé no sobrevivió.—¿Dónde están los familiares de la paciente?—No hay nadie. Ella firmó sola el consentimiento de la cirugía.Todavía aturdida por la anestesia, Macarena apenas empezaba a entender que había sobrevivido por un pelo, cuando escuchó a los médicos y enfermeras conversar cerca de su cama.Sin pensarlo, llevó la mano a su vientre.Tal como habían dicho los doctores, el bebé ya no estaba.Donde antes se notaba una pequeña curva, todo había vuelto a la normalidad.Ya no sentiría nunca más el latido de esa vida diminuta.Sabía que en ese momento debería romperse en llanto, desarmarse por completo. Pero, por alguna razón, ni una sola lágrima salió de sus ojos.Quizá ya lo había llorado todo antes.Cuando la vieron despierta, los médicos se acercaron para preguntarle cómo se sentía. Antes de salir, todavía le dijeron que cuidara su salud, que ya habría oportunidad de ser madre más adelante.Macarena solo asintió.No quiso explicarles que no habría una próxima vez. Ese bebé no era suyo en realidad, igual que ese matrimonio que también le había robado al destino.En su momento, logró casarse con Fermín, el hijo predilecto de la familia Gómez de Rivella. Pero desde el principio, Fermín la miró con desconfianza, como si todo hubiera sido una trampa. La despreciaba tanto que la noche de la boda, él se escapó a un club para dejarla sola y humillarla frente a todos.Se convirtió en el chisme de todo Rivella.Durante cinco años de matrimonio, la actitud de Fermín cambió apenas un poco. Hubo ocasiones en las que, cuando las burlas hacia ella se pasaban de la raya, Fermín de vez en cuando la defendía, solo para no manchar su propio nombre.Con el tiempo, la costumbre de vivir juntos le dio un poco de trato cordial, aunque fuera por pura apariencia.Pero Fermín siempre fue claro con ella.Le dijo, sin rodeos, que solo tendría una relación física con ella, que nunca dejaría que le naciera cariño, y que jamás permitiría que tuviera un hijo suyo.Por eso, cada vez que estaban juntos, él insistía en usar protección. Cuando, por descuido, una vez no la usaron, le hizo tomar pastillas al día siguiente.Durante todos esos años, Macarena cumplió con su papel de señora Molina, obedeciendo cada una de las reglas de Fermín, caminando de puntitas para no molestarlo.Pero hace tres meses, una noche, Fermín llegó a casa totalmente borracho y, sin mediar palabra, se metió en su cuarto.No usó protección.Después, cuando Macarena quiso tomar una pastilla, se dio cuenta de que la caja estaba vacía. Planeó ir a la farmacia, pero con el ajetreo del día, terminó olvidándolo.Pensó que por una sola vez no pasaría nada. Pero el destino tenía otros planes.Vivió semanas con un miedo silencioso, ocultando la noticia casi tres meses, hasta que, al fin, decidió confesarle la verdad a Fermín.Creía, en el fondo, que ese bebé podría mejorar la relación entre ellos. Pero justo cuando iba camino a verlo, ocurrió el accidente de carro.Sus padres murieron hace años, y la familia Gómez jamás la aceptó del todo.Antes de la cirugía, alcanzó a ver cómo un médico tomó su celular, marcó el número de Fermín y le avisó del accidente. Ni siquiera contestó la llamada. Quizá, harto de la insistencia, terminó apagando el teléfono.Macarena sabía que Fermín podía ser cruel, pero jamás se imaginó que llegaría a ese extremo.Miró el techo blanco del hospital, sin vida, sin esperanza.Cinco años de matrimonio. Todo había sido como un mal sueño....Quiso ir al baño, pero en el hospital todos iban y venían a toda prisa. Nadie tenía tiempo de ayudarla, así que arrastró el soporte de suero, avanzando paso a paso hacia el sanitario.Por suerte, la bata de hospital no tenía botones que complicaran las cosas.Aun así, una tarea que normalmente le tomaría unos minutos le llevó casi media hora.Al salir, ya lista para regresar a su cuarto, escuchó una voz femenina proveniente de la oficina del hospital.Esa voz le resultó tan conocida que se detuvo en seco.—Fermín, solo fue un golpe en el pie, ya te dije que no es nada grave. Eres tú quien está haciendo un drama de todo esto —dijo una voz suave, llena de dulzura.No era una queja, más bien sonaba como si estuviera consintiendo a alguien.Tenía un rostro tan inocente y delicado, que incluso Macarena, siendo mujer, sintió ganas de protegerla.Ahora sí la reconoció bien. Era la famosa “luz de la vida” de Fermín: Abril.Nunca supo si aquella vez Fermín de verdad no la había visto tirada tras el accidente, o si simplemente no le importó y la dejó a su suerte.Sin embargo, eso ya no importaba.Ella lo tenía claro: durante todos esos años de matrimonio, parte de lo absurdo que había vivido con él se debía, en el fondo, a Abril.Incluso si no hubiera pasado todo esto hoy, tarde o temprano aquello iba a explotar.—Abril, esto no es más que porque Fermín se preocupa por ti —dijo una voz cercana.—Ni te imaginas, cuando recién llegaste me llamó tan apurado que hasta le temblaba la voz, me pidió que te agendara todos los estudios posibles. Pensé que había pasado algo gravísimo.El joven médico de bata blanca que bromeaba era Eduardo Reyes, amigo de toda la vida de Fermín y testigo directo de la historia entre Fermín y Abril.Abril, algo sonrojada, levantó la mirada hacia el hombre que en ese momento la abrazaba con nerviosismo.¿Quién podría resistirse a ese rostro? Rasgos marcados, cuerpo atlético, el calor de su piel apenas contenido bajo esa tela ligera. Solo con apoyarse en su pecho sentía una tranquilidad abrumadora, como si ante cualquier desastre él pudiera sostenerle el mundo.—Después de todo, tuviste un accidente. Hay que hacerte los estudios —afirmó Fermín con voz serena.—Admite que lo que te tiene así es Abril. A nadie más te he visto tan alterado —agregó Eduardo, soltando una sonrisa burlona.Él sabía bien que Fermín se había casado con Macarena solo por presión de la familia.Cuando Eduardo mencionaba “a los demás”, obviamente hablaba de Macarena.Durante estos años, Macarena siempre llegaba sola al hospital. Si alguna vez Eduardo, por casualidad, le contaba a Fermín que la había visto ahí, la reacción de Fermín era siempre la misma: indiferente, como si no le importara nada.La noticia de que Macarena acababa de sobrevivir de milagro a un accidente y había perdido al bebé ya había llegado a oídos de Eduardo.Siendo el médico de cabecera de Macarena, y por la relación que los unía, lo lógico habría sido ir a verla, o por lo menos saludarla.Pero ni siquiera la miró.No era por nada en especial, simplemente pensaba que Macarena se lo había buscado.Desde el principio, Macarena no se había casado con Fermín por amor. Incluso, cuando ella salió embarazada, Eduardo tanteó a Fermín y confirmó que él no tenía ni idea.Hasta un ciego se daba cuenta: Macarena quería usar ese embarazo para amarrar a Fermín.Pero sus planes no funcionaron.Ahora que había perdido al bebé, era cosa del destino. No sentía compasión alguna.—Voy a conseguirte una habitación vip, Abril. Mejor nos aseguramos y te quedas en observación otros dos días —propuso Eduardo, relajando el ambiente.Abril asintió con una sonrisa leve.—Gracias, de verdad.—¿Gracias de qué? Lo que te pase a ti es lo mismo que si le pasa a Fer, y yo siempre voy a echarle la mano a Fer —aseguró Eduardo, dándose un golpe en el pecho con aire triunfal.Ese comentario arrancó una risa genuina de Abril. Sin poder evitarlo, su mirada se deslizó hacia la puerta.Ahí, justo en ese instante, los ojos de Macarena se cruzaron con los suyos.Abril apartó la vista en seguida, y le sonrió a Fermín con delicadeza.—Fermín, recuerdo que hace rato Macarena te llamó y sonaba bastante preocupada. ¿Por qué no le devuelves la llamada para ver cómo está?Al escuchar el nombre de Macarena, el entrecejo de Fermín se marcó con fuerza.Antes de que pudiera responder, Eduardo, que trasteaba con unos papeles, se adelantó:—No le hagas caso. Macarena lleva años molestando a Fer, siempre llamando por cualquier cosa. Ya lo tiene harto.—Abril, deja que Fer te acompañe y te recuperas en paz.—Tarde o temprano, Macarena va a tener que dejarte el lugar.—Eduardo, no digas tonterías —le reclamó Abril, fingiendo enojo.Eduardo levantó las manos, pretendiendo defenderse.—No digo nada fuera de lugar, es lo que Fer de verdad piensa.Fermín no dijo nada. Solo frunció más el ceño.El silencio en el aire era pesado, casi cortante. Macarena lo sintió, y se obligó a esbozar una sonrisa de resignación.No importaba. Ese día llegaría más pronto de lo que imaginaban.Capítulo 2—Señor Gómez, la escena del accidente sigue siendo muy peligrosa, no puede entrar.—Ya contactamos al equipo de rescate, la ambulancia viene en camino.—Señor Gómez...—¡Quítense del medio! Si por su culpa le pasa algo, ¡se llevan el paquete conmigo! —En medio del bullicio que sonaba como un oleaje en sus oídos, ese grito colérico sacó a Macarena Molina poco a poco del letargo en el que había caído tras el accidente.Abrió los ojos a duras penas y, entre el dolor y el mareo, alcanzó a distinguir una figura alta y conocida, avanzando hacia ella con paso decidido, como si se tratara de algún héroe bajado del cielo.Macarena sintió que se le anudaba la garganta de pura emoción.No tenía idea cuánto tiempo llevaba atrapada en el carro, volteada y con el cuerpo entumecido, tras el accidente.En algún momento, pensó que Fermín Gómez no llegaría a buscarla.Justo antes del desastre, habían discutido. La noche anterior habían acordado verse en la compañía, pero esa mañana, tras contestar una llamada, Fermín canceló abruptamente y dejó de contestar sus mensajes. Más tarde, ya en plena emergencia, Macarena usó la última carga de batería de su celular para mandarle su ubicación a la secretaria de él.Pensó que, como en otras ocasiones, Fermín ignoraría su mensaje.Pero, para su sorpresa...—Bebé... hay esperanza... papá ya llegó...Macarena miró la sangre que seguía brotando bajo su cuerpo, aferrándose a la última chispa de esperanza.Ignorando las náuseas y el mareo, intentó gritar el nombre de Fermín, pero su garganta estaba tan seca y lastimada que no logró emitir sonido alguno.No importaba. Fermín ya la había encontrado. Con todas sus fuerzas, levantó el brazo, débil, intentando llamar su atención.Pero, en ese instante, Fermín pasó de largo, sin detenerse, y siguió caminando con prisa.Macarena se quedó helada.Por un momento, pensó que se había confundido.Ese día no había usado el carro de la familia Gómez; su cuñada se lo había llevado temprano. Estaba en el carro que le había regalado su madre, uno que casi nunca usaba. Era normal que Fermín no lo reconociera.Sin tiempo para pensar más, Macarena reunió lo poco que le quedaba de energía y trató de llamarlo.Pero la pérdida de sangre la había dejado sin fuerza. Su voz apenas se escuchó, un susurro que el viento se llevó.Fermín no la escuchó. Siguió alejándose, hasta que llegó al carro blanco, el responsable del accidente, y se detuvo frente a él.Antes de que Macarena pudiera procesar lo que sucedía, Fermín abrió la puerta y, sin dudarlo, sacó a una mujer que temblaba de miedo y la apretó contra su pecho.La mujer, delgada y elegante, llevaba un abrigo largo y tenía un aire frágil, como de esas personas que inspiran compasión con solo verlas.Al ver su rostro, a Macarena se le heló la sangre.Era Abril Cordero, la famosa "luz que nunca se apaga" en el corazón de Fermín.Recordó, de golpe, cómo ese carro la había perseguido cambiando de carril sin parar, sin darle tiempo ni a reaccionar, hasta que terminó provocando el accidente.Ahora, ese mismo carro reposaba tranquilo a la orilla de la carretera, como si su conductora fuera una niña asustada y herida.Y su esposo, Fermín, estaba ahí, abrazando a esa mujer contra su pecho.Macarena ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse cómo era posible que Abril, quien se suponía seguía en el extranjero, hubiese regresado justo ese día, ni por qué coincidió el accidente con su regreso. Solo pensaba en una cosa: salvar a su bebé.—¡Señor Gómez! ¡En ese carro todavía hay alguien adentro!Cuando Macarena luchaba por golpear la ventana para llamar la atención, uno de los guardaespaldas de Fermín notó a alguien moviéndose dentro del carro. El vehículo le resultaba familiar, por lo que no pudo evitar gritar, alarmado.Al escucharlo, Fermín giró la cabeza.En el interior del carro, una mujer cubierta de sangre luchaba por mantenerse consciente. Su cara, aunque manchada y sucia, aún dejaba entrever una belleza serena y conocida.Ese rostro le resultaba vagamente familiar.Fermín se detuvo, a punto de decir algo, pero Abril gimió de dolor en sus brazos.—Abi está herida. Quiero que despejen ahora mismo el camino al hospital.No pensó en nada más.—Pero señor Gómez...El guardaespaldas no terminó la frase. El tono cortante en la voz de Fermín lo hizo tragar saliva y asentir.Macarena vio, impotente, cómo Fermín solo le dirigió una mirada fugaz antes de tomar en brazos a Abril y regresar corriendo hacia su carro.—Fermín, sálvame... por favor, salva a nuestro bebé... —Intentó suplicar, pero apenas abrió la boca, la sangre le llenó la garganta y no pudo decir nada más.Nadie le prestó más atención.El carro de Fermín partió como una flecha, llevándose a Abril con él.Macarena vio, con la vista nublada, cómo el carro se alejaba cada vez más. Por un instante, su mirada perdió el brillo y, al siguiente, el dolor la arrolló como una ola imparable.No pudo resistir más. Todo se oscureció de nuevo.—Qué lástima, la llevaron al hospital demasiado tarde. La operación fue un éxito para la madre, pero el bebé no sobrevivió.—¿Dónde están los familiares de la paciente?—No hay nadie. Ella firmó sola el consentimiento de la cirugía.Todavía aturdida por la anestesia, Macarena apenas empezaba a entender que había sobrevivido por un pelo, cuando escuchó a los médicos y enfermeras conversar cerca de su cama.Sin pensarlo, llevó la mano a su vientre.Tal como habían dicho los doctores, el bebé ya no estaba.Donde antes se notaba una pequeña curva, todo había vuelto a la normalidad.Ya no sentiría nunca más el latido de esa vida diminuta.Sabía que en ese momento debería romperse en llanto, desarmarse por completo. Pero, por alguna razón, ni una sola lágrima salió de sus ojos.Quizá ya lo había llorado todo antes.Cuando la vieron despierta, los médicos se acercaron para preguntarle cómo se sentía. Antes de salir, todavía le dijeron que cuidara su salud, que ya habría oportunidad de ser madre más adelante.Macarena solo asintió.No quiso explicarles que no habría una próxima vez. Ese bebé no era suyo en realidad, igual que ese matrimonio que también le había robado al destino.En su momento, logró casarse con Fermín, el hijo predilecto de la familia Gómez de Rivella. Pero desde el principio, Fermín la miró con desconfianza, como si todo hubiera sido una trampa. La despreciaba tanto que la noche de la boda, él se escapó a un club para dejarla sola y humillarla frente a todos.Se convirtió en el chisme de todo Rivella.Durante cinco años de matrimonio, la actitud de Fermín cambió apenas un poco. Hubo ocasiones en las que, cuando las burlas hacia ella se pasaban de la raya, Fermín de vez en cuando la defendía, solo para no manchar su propio nombre.Con el tiempo, la costumbre de vivir juntos le dio un poco de trato cordial, aunque fuera por pura apariencia.Pero Fermín siempre fue claro con ella.Le dijo, sin rodeos, que solo tendría una relación física con ella, que nunca dejaría que le naciera cariño, y que jamás permitiría que tuviera un hijo suyo.Por eso, cada vez que estaban juntos, él insistía en usar protección. Cuando, por descuido, una vez no la usaron, le hizo tomar pastillas al día siguiente.Durante todos esos años, Macarena cumplió con su papel de señora Molina, obedeciendo cada una de las reglas de Fermín, caminando de puntitas para no molestarlo.Pero hace tres meses, una noche, Fermín llegó a casa totalmente borracho y, sin mediar palabra, se metió en su cuarto.No usó protección.Después, cuando Macarena quiso tomar una pastilla, se dio cuenta de que la caja estaba vacía. Planeó ir a la farmacia, pero con el ajetreo del día, terminó olvidándolo.Pensó que por una sola vez no pasaría nada. Pero el destino tenía otros planes.Vivió semanas con un miedo silencioso, ocultando la noticia casi tres meses, hasta que, al fin, decidió confesarle la verdad a Fermín.Creía, en el fondo, que ese bebé podría mejorar la relación entre ellos. Pero justo cuando iba camino a verlo, ocurrió el accidente de carro.Sus padres murieron hace años, y la familia Gómez jamás la aceptó del todo.Antes de la cirugía, alcanzó a ver cómo un médico tomó su celular, marcó el número de Fermín y le avisó del accidente. Ni siquiera contestó la llamada. Quizá, harto de la insistencia, terminó apagando el teléfono.Macarena sabía que Fermín podía ser cruel, pero jamás se imaginó que llegaría a ese extremo.Miró el techo blanco del hospital, sin vida, sin esperanza.Cinco años de matrimonio. Todo había sido como un mal sueño....Quiso ir al baño, pero en el hospital todos iban y venían a toda prisa. Nadie tenía tiempo de ayudarla, así que arrastró el soporte de suero, avanzando paso a paso hacia el sanitario.Por suerte, la bata de hospital no tenía botones que complicaran las cosas.Aun así, una tarea que normalmente le tomaría unos minutos le llevó casi media hora.Al salir, ya lista para regresar a su cuarto, escuchó una voz femenina proveniente de la oficina del hospital.Esa voz le resultó tan conocida que se detuvo en seco.—Fermín, solo fue un golpe en el pie, ya te dije que no es nada grave. Eres tú quien está haciendo un drama de todo esto —dijo una voz suave, llena de dulzura.No era una queja, más bien sonaba como si estuviera consintiendo a alguien.Tenía un rostro tan inocente y delicado, que incluso Macarena, siendo mujer, sintió ganas de protegerla.Ahora sí la reconoció bien. Era la famosa “luz de la vida” de Fermín: Abril.Nunca supo si aquella vez Fermín de verdad no la había visto tirada tras el accidente, o si simplemente no le importó y la dejó a su suerte.Sin embargo, eso ya no importaba.Ella lo tenía claro: durante todos esos años de matrimonio, parte de lo absurdo que había vivido con él se debía, en el fondo, a Abril.Incluso si no hubiera pasado todo esto hoy, tarde o temprano aquello iba a explotar.—Abril, esto no es más que porque Fermín se preocupa por ti —dijo una voz cercana.—Ni te imaginas, cuando recién llegaste me llamó tan apurado que hasta le temblaba la voz, me pidió que te agendara todos los estudios posibles. Pensé que había pasado algo gravísimo.El joven médico de bata blanca que bromeaba era Eduardo Reyes, amigo de toda la vida de Fermín y testigo directo de la historia entre Fermín y Abril.Abril, algo sonrojada, levantó la mirada hacia el hombre que en ese momento la abrazaba con nerviosismo.¿Quién podría resistirse a ese rostro? Rasgos marcados, cuerpo atlético, el calor de su piel apenas contenido bajo esa tela ligera. Solo con apoyarse en su pecho sentía una tranquilidad abrumadora, como si ante cualquier desastre él pudiera sostenerle el mundo.—Después de todo, tuviste un accidente. Hay que hacerte los estudios —afirmó Fermín con voz serena.—Admite que lo que te tiene así es Abril. A nadie más te he visto tan alterado —agregó Eduardo, soltando una sonrisa burlona.Él sabía bien que Fermín se había casado con Macarena solo por presión de la familia.Cuando Eduardo mencionaba “a los demás”, obviamente hablaba de Macarena.Durante estos años, Macarena siempre llegaba sola al hospital. Si alguna vez Eduardo, por casualidad, le contaba a Fermín que la había visto ahí, la reacción de Fermín era siempre la misma: indiferente, como si no le importara nada.La noticia de que Macarena acababa de sobrevivir de milagro a un accidente y había perdido al bebé ya había llegado a oídos de Eduardo.Siendo el médico de cabecera de Macarena, y por la relación que los unía, lo lógico habría sido ir a verla, o por lo menos saludarla.Pero ni siquiera la miró.No era por nada en especial, simplemente pensaba que Macarena se lo había buscado.Desde el principio, Macarena no se había casado con Fermín por amor. Incluso, cuando ella salió embarazada, Eduardo tanteó a Fermín y confirmó que él no tenía ni idea.Hasta un ciego se daba cuenta: Macarena quería usar ese embarazo para amarrar a Fermín.Pero sus planes no funcionaron.Ahora que había perdido al bebé, era cosa del destino. No sentía compasión alguna.—Voy a conseguirte una habitación vip, Abril. Mejor nos aseguramos y te quedas en observación otros dos días —propuso Eduardo, relajando el ambiente.Abril asintió con una sonrisa leve.—Gracias, de verdad.—¿Gracias de qué? Lo que te pase a ti es lo mismo que si le pasa a Fer, y yo siempre voy a echarle la mano a Fer —aseguró Eduardo, dándose un golpe en el pecho con aire triunfal.Ese comentario arrancó una risa genuina de Abril. Sin poder evitarlo, su mirada se deslizó hacia la puerta.Ahí, justo en ese instante, los ojos de Macarena se cruzaron con los suyos.Abril apartó la vista en seguida, y le sonrió a Fermín con delicadeza.—Fermín, recuerdo que hace rato Macarena te llamó y sonaba bastante preocupada. ¿Por qué no le devuelves la llamada para ver cómo está?Al escuchar el nombre de Macarena, el entrecejo de Fermín se marcó con fuerza.Antes de que pudiera responder, Eduardo, que trasteaba con unos papeles, se adelantó:—No le hagas caso. Macarena lleva años molestando a Fer, siempre llamando por cualquier cosa. Ya lo tiene harto.—Abril, deja que Fer te acompañe y te recuperas en paz.—Tarde o temprano, Macarena va a tener que dejarte el lugar.—Eduardo, no digas tonterías —le reclamó Abril, fingiendo enojo.Eduardo levantó las manos, pretendiendo defenderse.—No digo nada fuera de lugar, es lo que Fer de verdad piensa.Fermín no dijo nada. Solo frunció más el ceño.El silencio en el aire era pesado, casi cortante. Macarena lo sintió, y se obligó a esbozar una sonrisa de resignación.No importaba. Ese día llegaría más pronto de lo que imaginaban.Capítulo 3—Señor Gómez, la escena del accidente sigue siendo muy peligrosa, no puede entrar.—Ya contactamos al equipo de rescate, la ambulancia viene en camino.—Señor Gómez...—¡Quítense del medio! Si por su culpa le pasa algo, ¡se llevan el paquete conmigo! —En medio del bullicio que sonaba como un oleaje en sus oídos, ese grito colérico sacó a Macarena Molina poco a poco del letargo en el que había caído tras el accidente.Abrió los ojos a duras penas y, entre el dolor y el mareo, alcanzó a distinguir una figura alta y conocida, avanzando hacia ella con paso decidido, como si se tratara de algún héroe bajado del cielo.Macarena sintió que se le anudaba la garganta de pura emoción.No tenía idea cuánto tiempo llevaba atrapada en el carro, volteada y con el cuerpo entumecido, tras el accidente.En algún momento, pensó que Fermín Gómez no llegaría a buscarla.Justo antes del desastre, habían discutido. La noche anterior habían acordado verse en la compañía, pero esa mañana, tras contestar una llamada, Fermín canceló abruptamente y dejó de contestar sus mensajes. Más tarde, ya en plena emergencia, Macarena usó la última carga de batería de su celular para mandarle su ubicación a la secretaria de él.Pensó que, como en otras ocasiones, Fermín ignoraría su mensaje.Pero, para su sorpresa...—Bebé... hay esperanza... papá ya llegó...Macarena miró la sangre que seguía brotando bajo su cuerpo, aferrándose a la última chispa de esperanza.Ignorando las náuseas y el mareo, intentó gritar el nombre de Fermín, pero su garganta estaba tan seca y lastimada que no logró emitir sonido alguno.No importaba. Fermín ya la había encontrado. Con todas sus fuerzas, levantó el brazo, débil, intentando llamar su atención.Pero, en ese instante, Fermín pasó de largo, sin detenerse, y siguió caminando con prisa.Macarena se quedó helada.Por un momento, pensó que se había confundido.Ese día no había usado el carro de la familia Gómez; su cuñada se lo había llevado temprano. Estaba en el carro que le había regalado su madre, uno que casi nunca usaba. Era normal que Fermín no lo reconociera.Sin tiempo para pensar más, Macarena reunió lo poco que le quedaba de energía y trató de llamarlo.Pero la pérdida de sangre la había dejado sin fuerza. Su voz apenas se escuchó, un susurro que el viento se llevó.Fermín no la escuchó. Siguió alejándose, hasta que llegó al carro blanco, el responsable del accidente, y se detuvo frente a él.Antes de que Macarena pudiera procesar lo que sucedía, Fermín abrió la puerta y, sin dudarlo, sacó a una mujer que temblaba de miedo y la apretó contra su pecho.La mujer, delgada y elegante, llevaba un abrigo largo y tenía un aire frágil, como de esas personas que inspiran compasión con solo verlas.Al ver su rostro, a Macarena se le heló la sangre.Era Abril Cordero, la famosa "luz que nunca se apaga" en el corazón de Fermín.Recordó, de golpe, cómo ese carro la había perseguido cambiando de carril sin parar, sin darle tiempo ni a reaccionar, hasta que terminó provocando el accidente.Ahora, ese mismo carro reposaba tranquilo a la orilla de la carretera, como si su conductora fuera una niña asustada y herida.Y su esposo, Fermín, estaba ahí, abrazando a esa mujer contra su pecho.Macarena ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse cómo era posible que Abril, quien se suponía seguía en el extranjero, hubiese regresado justo ese día, ni por qué coincidió el accidente con su regreso. Solo pensaba en una cosa: salvar a su bebé.—¡Señor Gómez! ¡En ese carro todavía hay alguien adentro!Cuando Macarena luchaba por golpear la ventana para llamar la atención, uno de los guardaespaldas de Fermín notó a alguien moviéndose dentro del carro. El vehículo le resultaba familiar, por lo que no pudo evitar gritar, alarmado.Al escucharlo, Fermín giró la cabeza.En el interior del carro, una mujer cubierta de sangre luchaba por mantenerse consciente. Su cara, aunque manchada y sucia, aún dejaba entrever una belleza serena y conocida.Ese rostro le resultaba vagamente familiar.Fermín se detuvo, a punto de decir algo, pero Abril gimió de dolor en sus brazos.—Abi está herida. Quiero que despejen ahora mismo el camino al hospital.No pensó en nada más.—Pero señor Gómez...El guardaespaldas no terminó la frase. El tono cortante en la voz de Fermín lo hizo tragar saliva y asentir.Macarena vio, impotente, cómo Fermín solo le dirigió una mirada fugaz antes de tomar en brazos a Abril y regresar corriendo hacia su carro.—Fermín, sálvame... por favor, salva a nuestro bebé... —Intentó suplicar, pero apenas abrió la boca, la sangre le llenó la garganta y no pudo decir nada más.Nadie le prestó más atención.El carro de Fermín partió como una flecha, llevándose a Abril con él.Macarena vio, con la vista nublada, cómo el carro se alejaba cada vez más. Por un instante, su mirada perdió el brillo y, al siguiente, el dolor la arrolló como una ola imparable.No pudo resistir más. Todo se oscureció de nuevo.—Qué lástima, la llevaron al hospital demasiado tarde. La operación fue un éxito para la madre, pero el bebé no sobrevivió.—¿Dónde están los familiares de la paciente?—No hay nadie. Ella firmó sola el consentimiento de la cirugía.Todavía aturdida por la anestesia, Macarena apenas empezaba a entender que había sobrevivido por un pelo, cuando escuchó a los médicos y enfermeras conversar cerca de su cama.Sin pensarlo, llevó la mano a su vientre.Tal como habían dicho los doctores, el bebé ya no estaba.Donde antes se notaba una pequeña curva, todo había vuelto a la normalidad.Ya no sentiría nunca más el latido de esa vida diminuta.Sabía que en ese momento debería romperse en llanto, desarmarse por completo. Pero, por alguna razón, ni una sola lágrima salió de sus ojos.Quizá ya lo había llorado todo antes.Cuando la vieron despierta, los médicos se acercaron para preguntarle cómo se sentía. Antes de salir, todavía le dijeron que cuidara su salud, que ya habría oportunidad de ser madre más adelante.Macarena solo asintió.No quiso explicarles que no habría una próxima vez. Ese bebé no era suyo en realidad, igual que ese matrimonio que también le había robado al destino.En su momento, logró casarse con Fermín, el hijo predilecto de la familia Gómez de Rivella. Pero desde el principio, Fermín la miró con desconfianza, como si todo hubiera sido una trampa. La despreciaba tanto que la noche de la boda, él se escapó a un club para dejarla sola y humillarla frente a todos.Se convirtió en el chisme de todo Rivella.Durante cinco años de matrimonio, la actitud de Fermín cambió apenas un poco. Hubo ocasiones en las que, cuando las burlas hacia ella se pasaban de la raya, Fermín de vez en cuando la defendía, solo para no manchar su propio nombre.Con el tiempo, la costumbre de vivir juntos le dio un poco de trato cordial, aunque fuera por pura apariencia.Pero Fermín siempre fue claro con ella.Le dijo, sin rodeos, que solo tendría una relación física con ella, que nunca dejaría que le naciera cariño, y que jamás permitiría que tuviera un hijo suyo.Por eso, cada vez que estaban juntos, él insistía en usar protección. Cuando, por descuido, una vez no la usaron, le hizo tomar pastillas al día siguiente.Durante todos esos años, Macarena cumplió con su papel de señora Molina, obedeciendo cada una de las reglas de Fermín, caminando de puntitas para no molestarlo.Pero hace tres meses, una noche, Fermín llegó a casa totalmente borracho y, sin mediar palabra, se metió en su cuarto.No usó protección.Después, cuando Macarena quiso tomar una pastilla, se dio cuenta de que la caja estaba vacía. Planeó ir a la farmacia, pero con el ajetreo del día, terminó olvidándolo.Pensó que por una sola vez no pasaría nada. Pero el destino tenía otros planes.Vivió semanas con un miedo silencioso, ocultando la noticia casi tres meses, hasta que, al fin, decidió confesarle la verdad a Fermín.Creía, en el fondo, que ese bebé podría mejorar la relación entre ellos. Pero justo cuando iba camino a verlo, ocurrió el accidente de carro.Sus padres murieron hace años, y la familia Gómez jamás la aceptó del todo.Antes de la cirugía, alcanzó a ver cómo un médico tomó su celular, marcó el número de Fermín y le avisó del accidente. Ni siquiera contestó la llamada. Quizá, harto de la insistencia, terminó apagando el teléfono.Macarena sabía que Fermín podía ser cruel, pero jamás se imaginó que llegaría a ese extremo.Miró el techo blanco del hospital, sin vida, sin esperanza.Cinco años de matrimonio. Todo había sido como un mal sueño....Quiso ir al baño, pero en el hospital todos iban y venían a toda prisa. Nadie tenía tiempo de ayudarla, así que arrastró el soporte de suero, avanzando paso a paso hacia el sanitario.Por suerte, la bata de hospital no tenía botones que complicaran las cosas.Aun así, una tarea que normalmente le tomaría unos minutos le llevó casi media hora.Al salir, ya lista para regresar a su cuarto, escuchó una voz femenina proveniente de la oficina del hospital.Esa voz le resultó tan conocida que se detuvo en seco.—Fermín, solo fue un golpe en el pie, ya te dije que no es nada grave. Eres tú quien está haciendo un drama de todo esto —dijo una voz suave, llena de dulzura.No era una queja, más bien sonaba como si estuviera consintiendo a alguien.Tenía un rostro tan inocente y delicado, que incluso Macarena, siendo mujer, sintió ganas de protegerla.Ahora sí la reconoció bien. Era la famosa “luz de la vida” de Fermín: Abril.Nunca supo si aquella vez Fermín de verdad no la había visto tirada tras el accidente, o si simplemente no le importó y la dejó a su suerte.Sin embargo, eso ya no importaba.Ella lo tenía claro: durante todos esos años de matrimonio, parte de lo absurdo que había vivido con él se debía, en el fondo, a Abril.Incluso si no hubiera pasado todo esto hoy, tarde o temprano aquello iba a explotar.—Abril, esto no es más que porque Fermín se preocupa por ti —dijo una voz cercana.—Ni te imaginas, cuando recién llegaste me llamó tan apurado que hasta le temblaba la voz, me pidió que te agendara todos los estudios posibles. Pensé que había pasado algo gravísimo.El joven médico de bata blanca que bromeaba era Eduardo Reyes, amigo de toda la vida de Fermín y testigo directo de la historia entre Fermín y Abril.Abril, algo sonrojada, levantó la mirada hacia el hombre que en ese momento la abrazaba con nerviosismo.¿Quién podría resistirse a ese rostro? Rasgos marcados, cuerpo atlético, el calor de su piel apenas contenido bajo esa tela ligera. Solo con apoyarse en su pecho sentía una tranquilidad abrumadora, como si ante cualquier desastre él pudiera sostenerle el mundo.—Después de todo, tuviste un accidente. Hay que hacerte los estudios —afirmó Fermín con voz serena.—Admite que lo que te tiene así es Abril. A nadie más te he visto tan alterado —agregó Eduardo, soltando una sonrisa burlona.Él sabía bien que Fermín se había casado con Macarena solo por presión de la familia.Cuando Eduardo mencionaba “a los demás”, obviamente hablaba de Macarena.Durante estos años, Macarena siempre llegaba sola al hospital. Si alguna vez Eduardo, por casualidad, le contaba a Fermín que la había visto ahí, la reacción de Fermín era siempre la misma: indiferente, como si no le importara nada.La noticia de que Macarena acababa de sobrevivir de milagro a un accidente y había perdido al bebé ya había llegado a oídos de Eduardo.Siendo el médico de cabecera de Macarena, y por la relación que los unía, lo lógico habría sido ir a verla, o por lo menos saludarla.Pero ni siquiera la miró.No era por nada en especial, simplemente pensaba que Macarena se lo había buscado.Desde el principio, Macarena no se había casado con Fermín por amor. Incluso, cuando ella salió embarazada, Eduardo tanteó a Fermín y confirmó que él no tenía ni idea.Hasta un ciego se daba cuenta: Macarena quería usar ese embarazo para amarrar a Fermín.Pero sus planes no funcionaron.Ahora que había perdido al bebé, era cosa del destino. No sentía compasión alguna.—Voy a conseguirte una habitación vip, Abril. Mejor nos aseguramos y te quedas en observación otros dos días —propuso Eduardo, relajando el ambiente.Abril asintió con una sonrisa leve.—Gracias, de verdad.—¿Gracias de qué? Lo que te pase a ti es lo mismo que si le pasa a Fer, y yo siempre voy a echarle la mano a Fer —aseguró Eduardo, dándose un golpe en el pecho con aire triunfal.Ese comentario arrancó una risa genuina de Abril. Sin poder evitarlo, su mirada se deslizó hacia la puerta.Ahí, justo en ese instante, los ojos de Macarena se cruzaron con los suyos.Abril apartó la vista en seguida, y le sonrió a Fermín con delicadeza.—Fermín, recuerdo que hace rato Macarena te llamó y sonaba bastante preocupada. ¿Por qué no le devuelves la llamada para ver cómo está?Al escuchar el nombre de Macarena, el entrecejo de Fermín se marcó con fuerza.Antes de que pudiera responder, Eduardo, que trasteaba con unos papeles, se adelantó:—No le hagas caso. Macarena lleva años molestando a Fer, siempre llamando por cualquier cosa. Ya lo tiene harto.—Abril, deja que Fer te acompañe y te recuperas en paz.—Tarde o temprano, Macarena va a tener que dejarte el lugar.—Eduardo, no digas tonterías —le reclamó Abril, fingiendo enojo.Eduardo levantó las manos, pretendiendo defenderse.—No digo nada fuera de lugar, es lo que Fer de verdad piensa.Fermín no dijo nada. Solo frunció más el ceño.El silencio en el aire era pesado, casi cortante. Macarena lo sintió, y se obligó a esbozar una sonrisa de resignación.No importaba. Ese día llegaría más pronto de lo que imaginaban.