Durante cinco años, Vanesa entregó su corazón y alma a Raimundo, creyendo que estaban construyendo un futuro juntos. No obstante, en la supuesta noche de bodas, su mundo se derrumba al descubrir que Raimundo ya se había casado con su verdadero amor, dejando a Vanesa con un certificado de matrimonio que resultó ser una cuidadosa artimaña. Devastada, su vida da un giro inesperado mientras enfrenta una serie de infortunios: un accidente automovilístico premeditado acaba con su prometedora carrera como bailarina y termina siendo manipulada para dar a luz a un hijo que no es suyo. Desesperada, Vanesa vuelve al refugio de su familia y acepta un matrimonio pactado, iniciando así un nuevo capítulo en su vida. Sin embargo, el destino tenía planeado otro encuentro con Raimundo, quien queda sorprendido al ver que Vanesa ahora está en los brazos de otro hombre. Este nuevo personaje, con una elegancia innata, la trata con un cuidado y cariño que Raimundo nunca supo ofrecer.

Capítulo 1—Señorita Galindo, siento informarle que, tras la revisión, su acta de matrimonio es falsa. Falsificar un acta de matrimonio es un delito. Le pedimos que colabore con nuestra investigación.—¿En serio ahora ya existen actas de matrimonio falsas?—Seguro la engañaron, pobrecita...Bajo las miradas extrañas del personal y de varias parejas, Vanesa Galindo salió del registro civil con la mente hecha un caos.El sol quemaba con fuerza, pero ella sentía el cuerpo helado, como si la hubieran sumergido en hielo.Apenas ayer, Raimundo Ávalos había aceptado casarse con ella, poniendo fin a cinco años de noviazgo.La noche anterior, la habitación se llenó de una intimidad inconfundible.En el momento más intenso, el timbre de un celular rompió el hechizo.Raimundo, de manera inesperada, se detuvo y contestó la llamada.—No hagas dramas. El acta que tengo con ella es falsa. Después de todo, hace dos años ya me casé contigo.Aunque él hablaba en francés, Vanesa entendió cada palabra.Los amigos de Raimundo dominaban francés, y para poder encajar, ella también había tomado clases en secreto.—Claro, Rai, ya lo sé. Pero aun así me da celos. Ojalá esa mujer no existiera.—Amor, deja de comportarte así. Vane no tiene la culpa. ¿Todavía no te tranquilizas después del accidente? Ya no puede bailar, nunca más. Nadie volverá a pelearte el puesto de reina del baile. Si ocurre algo más, no podré cubrirte.—¿Y el bebé?—Cuando ella tenga al hijo, buscaré la manera de ponerlo a nuestro nombre.—Ya, pórtate bien. Ella no te llega ni a los talones, ¿cómo crees que me va a gustar?El asombro de Vanesa se mezcló con una lucidez repentina.¿Así que aquel accidente de hace dos años había sido provocado?Aquel día, un camión descontrolado estuvo a punto de arrollarla, casi pierde ambas piernas.Pasó más de medio mes en el hospital, luchando para salvar una pierna, pero su vida en la danza se terminó ahí.Había heredado el talento de su madre, y su futuro era prometedor.Después, Raimundo le aseguró que todo había sido un accidente.Le juró que no le importaba su discapacidad, y ella, agradecida, se enamoró aún más.Pero todo era una trampa. Raimundo la engañó, se casó con la autora del accidente y todavía pretendía que ella les diera un hijo.Vanesa no pegó un ojo en toda la noche y apenas amaneció fue al registro civil a comprobar la verdad.La realidad la golpeó como un balde de agua fría.No le quedó más que fingir una sonrisa y decir que era una broma. Por suerte, los trabajadores no la presionaron más, la reprendieron un poco y le permitieron irse.El celular llevaba rato sonando cuando Vanesa, por fin, reaccionó y contestó.—¿Ya fuiste a la oficina? —la voz de Raimundo sonó grave y todavía adormilada, tan atractiva como siempre.Vanesa se esforzó por sonar normal:—No, tuve que hacer unos trámites.—¿Dónde estás? Voy por ti.En ese momento, se le llenaron los ojos de lágrimas.Recordó cuando él le prometía que, sin importar dónde estuviera o la hora, siempre iría por ella para regresar juntos a casa.Pero ahora, ¿todavía podían llamarle hogar a ese lugar?Raimundo llevaba dos años siendo el esposo de otra, engañándola tanto en cuerpo como en alma.—¿Vane?—No hace falta —respondió Vanesa, las lágrimas rodando por sus mejillas, pero sin dejar que se notara en su voz—. Tengo cosas que hacer, yo me encargo.Por más que insistió, Raimundo terminó cediendo.Al colgar, Vanesa trató de ordenar el enredo de pensamientos en su cabeza.Cinco años de noviazgo con Raimundo, quien siempre había sido ejemplar.En la universidad era el popular presidente estudiantil, y después, el exitoso y apuesto presidente Ávalos. Las mujeres lo buscaban sin descanso, pero él las ignoraba a todas menos a ella.¿Quién era exactamente la mujer con la que él se casó por el civil hace dos años?Y ese accidente de carro…Casi al mediodía, Vanesa llegó a la empresa.—Buen día, Vanesa.Todos en la oficina de dirección le saludaron. Vanesa solo asintió en silencio, devolviendo el gesto con una leve inclinación de cabeza.La pila de documentos sobre su escritorio ya era considerable. Los revisó uno por uno, separó algunos y los llevó directamente a Raimundo para que los firmara.El hombre, de porte elegante y atractivo, estaba sentado tras su escritorio. Su presencia era tan imponente que, incluso sentado, transmitía una autoridad natural. Nadie se atrevía a interrumpirlo sin motivo.Al notar que ella entraba, la expresión de Raimundo se suavizó de inmediato.Firmó uno a uno los papeles que ella le entregó y, al alzar la vista, la miró con una preocupación genuina.—No te ves bien, ¿te pasa algo?—Solo estoy un poco cansada, no es nada grave.—Este proyecto te ha exigido demasiado últimamente —comentó Raimundo, levantando la mano para acariciarle la mejilla con delicadeza. Luego, como si sacara un truco de la manga, apareció un estuche alargado.—Te tengo una sorpresa.Vanesa tomó el estuche sin emoción y lo abrió.Adentro había un collar de diamantes precioso. Reconoció de inmediato que era la última edición limitada de SOLARA.Raimundo se levantó, la abrazó y bajó la cabeza, tratando de besarle la frente. Vanesa giró el rostro y evitó el beso.No podía evitar sentirlo sucio.—¿Vane? —preguntó Raimundo, su mirada se volvió más seria.Durante estos años le había dado muchos regalos, grandes y pequeños. Siempre que ella recibía uno, se mostraba feliz y emocionada. ¿Por qué hoy era diferente?—Gracias, me gusta mucho —respondió Vanesa bajando la mirada y cerrando la caja—. Pero estamos en la oficina, deberíamos tener cuidado.Raimundo sonrió, le despeinó el cabello con un gesto cariñoso.—Vane siempre tan sensata.Vanesa volvió a su escritorio privado y dejó la caja del collar a un lado, sin interés.Tenía que admitir que Raimundo sí conocía sus gustos.Si no fuera por su traición, habría recibido ese collar con la misma alegría de siempre....A la hora del almuerzo, Vanesa revisó todas las redes sociales de Raimundo, pero no encontró ninguna pista sospechosa.Las publicaciones que él compartía, fuera de temas de la empresa, solo la involucraban a ella.Raimundo solía presumir su relación con ella en cada oportunidad, lo que incluso causaba bromas y quejas entre sus amigos.Sin embargo, al repasar aquellos momentos dulces que antes la hacían sonreír, Vanesa solo sentía vacío.Hasta que, de pronto, algo en una publicación vieja le llamó la atención: un avatar que mostraba una mano blanca y delgada, con una pulsera en la muñeca, casi igual a una que Raimundo le había regalado a ella.Con el presentimiento de que algo no cuadraba, Vanesa entró al perfil de esa persona.Su última publicación era de hacía un día: [Alguien cruzó medio mundo solo para enviarme este collar, ¡me encanta~!]La imagen mostraba el collar… idéntico al que Raimundo le había dado a Vanesa esa mañana. Era la edición limitada de SOLARA; solo existían dos.Vanesa no pudo evitar soltar una carcajada amarga.¿Una para ella y otra para otra mujer? ¿Así era como Raimundo "trataba bien" a todas?Cerró la red social y, sin pensarlo mucho, reservó un boleto de avión para dentro de un mes.Ese proyecto en el que estaba trabajando necesitaba aún un mes más de dedicación. Había invertido mucho esfuerzo junto a su equipo y no pensaba dejarlo a la mitad.Pero en cuanto terminara, se marcharía. Dejaría atrás esa empresa, y a Raimundo.Después de comprar el boleto, abrió otra ventana de chat.[Papá, ya lo decidí. Quiero volver a casa y ayudarle con el negocio familiar.También acepto el acuerdo de matrimonio.]Al llegar la hora de salida, Raimundo salió de la oficina con el saco colgando del brazo.Vanesa apenas se había puesto de pie cuando lo escuchó decir:—Esta noche tengo una cena de negocios, tú vete a casa primero.¿Cena? Ella jamás había oído nada al respecto.Alzó la mirada para verlo. Raimundo la miraba con esos ojos suyos, tan profundos y enigmáticos que siempre lograban envolverla.Antes, sin importar lo que él dijera, jamás habría dudado.—Entendido —contestó Vanesa, sin mostrar emoción—. No tomes tanto, ¿sí?Raimundo le revolvió el cabello con una mano y soltó una sonrisa ligera.—Haré caso.Vanesa pidió un carro y siguió discretamente el de Raimundo.El camino terminó en el aeropuerto.Había mucha gente, pero ella lo ubicó de inmediato.Raimundo vestía un traje negro hecho a la medida, que realzaba su porte distinguido y lo hacía sobresalir en medio de la multitud. Su atractivo era imposible de pasar por alto.Entonces, Vanesa vio cómo una mujer de cabello largo se lanzaba a los brazos de Raimundo, quien no solo no la apartó, sino que la abrazó con fuerza.Ambos parecían sacados de un cuento: la pareja perfecta.Cuando terminaron el abrazo, la mujer se puso de puntitas para besarlo. Raimundo se echó hacia atrás, dijo algo que ella no logró escuchar, pero la mujer insistió y, al final, lo besó en los labios.Verlos besándose de manera tan apasionada le revolvió el estómago a Vanesa.Pero más que asco, sintió una sacudida interna.La mujer era nada menos que Rosa Ávalos, la hermana adoptiva de Raimundo.Rosa había perdido a sus padres cuando era pequeña. Como su familia y los Ávalos eran amigos de toda la vida, la familia Ávalos la adoptó.Rosa y Raimundo crecieron juntos, siempre tratándose como hermanos. De hecho, cuando Vanesa empezó a salir con Raimundo, él insistió en que conociera a Rosa, quien la llamaba “cuñada” con toda la confianza del mundo.Tres años atrás, Rosa se había ido al extranjero.Vanesa nunca imaginó que “hermano y hermana” escondieran una relación así de prohibida. ¡Y encima, se habían casado en secreto!Entonces, ¿la responsable del accidente de carro había sido Rosa?...Aún más increíble resultó que Raimundo llevara de vuelta a Rosa a casa.Él, como si nada, le anunció:—Vane, mi hermana acaba de regresar. Va a quedarse aquí un tiempo.Vanesa apretó tanto las manos que las uñas se le clavaron en la piel.Recordaba perfectamente cuando Raimundo la trajo por primera vez, la abrazó y le dijo:—Vane, este será nuestro hogar. Solo nuestro.Había creído que ahí construirían una vida juntos, y por eso se había esforzado tanto: cada rincón estaba decorado por ella, cada mueble elegido con esmero.Ahora, Raimundo traía a otra mujer y la hacía entrar como si nada.—Hola, señorita Galindo —saludó Rosa con una sonrisa. Pero en sus ojos se asomaba una chispa burlona, imposible de disimular.Cinco años atrás, Rosa la llamaba “cuñada”. Ahora era “señorita Galindo”, así, fría y distante.Raimundo le lanzó una mirada a Rosa, como advirtiéndola, pero se notaba que en el fondo le tenía un cariño especial, incluso cierta debilidad.Vanesa pensó que Raimundo sí que sabía cómo pisotear su dignidad.Si ella no hubiera descubierto la verdad, seguro que ahora estaría jugando al papel de cuñada, recibiendo de brazos abiertos a Rosa. ¡Qué ridículo debía verse todo desde afuera!—Hermano, ¿la señorita Galindo no me quiere aquí? —Rosa preguntó con carita de víctima, casi a punto de llorar—. Yo sé que interrumpo, mejor me voy a un hotel. Puedo estar sola, no hay problema…Raimundo frunció el ceño y miró a Vanesa, a punto de decir algo, pero ella le ganó:—No hay problema.Él se quedó mudo.Vanesa, sin alterarse, agregó:—Señorita Ávalos, puedes quedarte el tiempo que quieras.Dicho esto, se dio la media vuelta y regresó a la habitación.Rosa seguía viéndola como enemiga.Pero lo que no sabía era que, para Vanesa, ni esa casa ni Raimundo valían ya nada.Si eran enemigas, solo era por el accidente; pero Vanesa no pensaba precipitarse.Rosa se sintió incómoda. Esperaba que Vanesa armara un escándalo, pero aquella mujer se mostró tranquila como si nada.—Vaya, qué calma… Ya veremos si puede mantenerla cuando sepa que su título de señora Ávalos es solo de adorno —se dijo Rosa para sí.Raimundo también sintió un malestar extraño. Decidió ir tras Vanesa y entró a la habitación.—Vane, ¿de verdad no te molesta? —le preguntó.Sabía que ella nunca le haría una escena, pero estaba seguro de que debía sentirse incómoda. Al fin y al cabo, él le había prometido que nadie entraría a esa casa sin su permiso.—No me molesta —respondió Vanesa de espaldas, la voz sin matices.—Sabía que eras la más comprensiva —dijo Raimundo, rodeándola por la espalda. El calor de su abrazo hizo que Vanesa se pusiera rígida, aunque él no lo notó—. Vane, Rosa es mi hermana y, por lo tanto, también tu hermana. Además, quiero empezar a colaborar con la familia Galindo, y Rosa tiene buena relación con ellos…—¿Qué dijiste? —Vanesa lo interrumpió—. ¿Rosa, con la familia Galindo?—Sí, se hizo amiga de los Galindo cuando estaba fuera, y María Jesús Galindo le tiene mucho aprecio.Vanesa soltó una carcajada seca.Raimundo la miró, desconcertado, pero continuó:—Sabes que la familia Galindo es una de las cuatro familias más poderosas. Si Rosa me ayuda, será mucho más fácil concretar el trato.—Perfecto —Vanesa sonrió—. Entonces, déjame felicitarte de antemano, presidente Ávalos. Que consigas lo que tanto deseas.Capítulo 2—Señorita Galindo, siento informarle que, tras la revisión, su acta de matrimonio es falsa. Falsificar un acta de matrimonio es un delito. Le pedimos que colabore con nuestra investigación.—¿En serio ahora ya existen actas de matrimonio falsas?—Seguro la engañaron, pobrecita...Bajo las miradas extrañas del personal y de varias parejas, Vanesa Galindo salió del registro civil con la mente hecha un caos.El sol quemaba con fuerza, pero ella sentía el cuerpo helado, como si la hubieran sumergido en hielo.Apenas ayer, Raimundo Ávalos había aceptado casarse con ella, poniendo fin a cinco años de noviazgo.La noche anterior, la habitación se llenó de una intimidad inconfundible.En el momento más intenso, el timbre de un celular rompió el hechizo.Raimundo, de manera inesperada, se detuvo y contestó la llamada.—No hagas dramas. El acta que tengo con ella es falsa. Después de todo, hace dos años ya me casé contigo.Aunque él hablaba en francés, Vanesa entendió cada palabra.Los amigos de Raimundo dominaban francés, y para poder encajar, ella también había tomado clases en secreto.—Claro, Rai, ya lo sé. Pero aun así me da celos. Ojalá esa mujer no existiera.—Amor, deja de comportarte así. Vane no tiene la culpa. ¿Todavía no te tranquilizas después del accidente? Ya no puede bailar, nunca más. Nadie volverá a pelearte el puesto de reina del baile. Si ocurre algo más, no podré cubrirte.—¿Y el bebé?—Cuando ella tenga al hijo, buscaré la manera de ponerlo a nuestro nombre.—Ya, pórtate bien. Ella no te llega ni a los talones, ¿cómo crees que me va a gustar?El asombro de Vanesa se mezcló con una lucidez repentina.¿Así que aquel accidente de hace dos años había sido provocado?Aquel día, un camión descontrolado estuvo a punto de arrollarla, casi pierde ambas piernas.Pasó más de medio mes en el hospital, luchando para salvar una pierna, pero su vida en la danza se terminó ahí.Había heredado el talento de su madre, y su futuro era prometedor.Después, Raimundo le aseguró que todo había sido un accidente.Le juró que no le importaba su discapacidad, y ella, agradecida, se enamoró aún más.Pero todo era una trampa. Raimundo la engañó, se casó con la autora del accidente y todavía pretendía que ella les diera un hijo.Vanesa no pegó un ojo en toda la noche y apenas amaneció fue al registro civil a comprobar la verdad.La realidad la golpeó como un balde de agua fría.No le quedó más que fingir una sonrisa y decir que era una broma. Por suerte, los trabajadores no la presionaron más, la reprendieron un poco y le permitieron irse.El celular llevaba rato sonando cuando Vanesa, por fin, reaccionó y contestó.—¿Ya fuiste a la oficina? —la voz de Raimundo sonó grave y todavía adormilada, tan atractiva como siempre.Vanesa se esforzó por sonar normal:—No, tuve que hacer unos trámites.—¿Dónde estás? Voy por ti.En ese momento, se le llenaron los ojos de lágrimas.Recordó cuando él le prometía que, sin importar dónde estuviera o la hora, siempre iría por ella para regresar juntos a casa.Pero ahora, ¿todavía podían llamarle hogar a ese lugar?Raimundo llevaba dos años siendo el esposo de otra, engañándola tanto en cuerpo como en alma.—¿Vane?—No hace falta —respondió Vanesa, las lágrimas rodando por sus mejillas, pero sin dejar que se notara en su voz—. Tengo cosas que hacer, yo me encargo.Por más que insistió, Raimundo terminó cediendo.Al colgar, Vanesa trató de ordenar el enredo de pensamientos en su cabeza.Cinco años de noviazgo con Raimundo, quien siempre había sido ejemplar.En la universidad era el popular presidente estudiantil, y después, el exitoso y apuesto presidente Ávalos. Las mujeres lo buscaban sin descanso, pero él las ignoraba a todas menos a ella.¿Quién era exactamente la mujer con la que él se casó por el civil hace dos años?Y ese accidente de carro…Casi al mediodía, Vanesa llegó a la empresa.—Buen día, Vanesa.Todos en la oficina de dirección le saludaron. Vanesa solo asintió en silencio, devolviendo el gesto con una leve inclinación de cabeza.La pila de documentos sobre su escritorio ya era considerable. Los revisó uno por uno, separó algunos y los llevó directamente a Raimundo para que los firmara.El hombre, de porte elegante y atractivo, estaba sentado tras su escritorio. Su presencia era tan imponente que, incluso sentado, transmitía una autoridad natural. Nadie se atrevía a interrumpirlo sin motivo.Al notar que ella entraba, la expresión de Raimundo se suavizó de inmediato.Firmó uno a uno los papeles que ella le entregó y, al alzar la vista, la miró con una preocupación genuina.—No te ves bien, ¿te pasa algo?—Solo estoy un poco cansada, no es nada grave.—Este proyecto te ha exigido demasiado últimamente —comentó Raimundo, levantando la mano para acariciarle la mejilla con delicadeza. Luego, como si sacara un truco de la manga, apareció un estuche alargado.—Te tengo una sorpresa.Vanesa tomó el estuche sin emoción y lo abrió.Adentro había un collar de diamantes precioso. Reconoció de inmediato que era la última edición limitada de SOLARA.Raimundo se levantó, la abrazó y bajó la cabeza, tratando de besarle la frente. Vanesa giró el rostro y evitó el beso.No podía evitar sentirlo sucio.—¿Vane? —preguntó Raimundo, su mirada se volvió más seria.Durante estos años le había dado muchos regalos, grandes y pequeños. Siempre que ella recibía uno, se mostraba feliz y emocionada. ¿Por qué hoy era diferente?—Gracias, me gusta mucho —respondió Vanesa bajando la mirada y cerrando la caja—. Pero estamos en la oficina, deberíamos tener cuidado.Raimundo sonrió, le despeinó el cabello con un gesto cariñoso.—Vane siempre tan sensata.Vanesa volvió a su escritorio privado y dejó la caja del collar a un lado, sin interés.Tenía que admitir que Raimundo sí conocía sus gustos.Si no fuera por su traición, habría recibido ese collar con la misma alegría de siempre....A la hora del almuerzo, Vanesa revisó todas las redes sociales de Raimundo, pero no encontró ninguna pista sospechosa.Las publicaciones que él compartía, fuera de temas de la empresa, solo la involucraban a ella.Raimundo solía presumir su relación con ella en cada oportunidad, lo que incluso causaba bromas y quejas entre sus amigos.Sin embargo, al repasar aquellos momentos dulces que antes la hacían sonreír, Vanesa solo sentía vacío.Hasta que, de pronto, algo en una publicación vieja le llamó la atención: un avatar que mostraba una mano blanca y delgada, con una pulsera en la muñeca, casi igual a una que Raimundo le había regalado a ella.Con el presentimiento de que algo no cuadraba, Vanesa entró al perfil de esa persona.Su última publicación era de hacía un día: [Alguien cruzó medio mundo solo para enviarme este collar, ¡me encanta~!]La imagen mostraba el collar… idéntico al que Raimundo le había dado a Vanesa esa mañana. Era la edición limitada de SOLARA; solo existían dos.Vanesa no pudo evitar soltar una carcajada amarga.¿Una para ella y otra para otra mujer? ¿Así era como Raimundo "trataba bien" a todas?Cerró la red social y, sin pensarlo mucho, reservó un boleto de avión para dentro de un mes.Ese proyecto en el que estaba trabajando necesitaba aún un mes más de dedicación. Había invertido mucho esfuerzo junto a su equipo y no pensaba dejarlo a la mitad.Pero en cuanto terminara, se marcharía. Dejaría atrás esa empresa, y a Raimundo.Después de comprar el boleto, abrió otra ventana de chat.[Papá, ya lo decidí. Quiero volver a casa y ayudarle con el negocio familiar.También acepto el acuerdo de matrimonio.]Al llegar la hora de salida, Raimundo salió de la oficina con el saco colgando del brazo.Vanesa apenas se había puesto de pie cuando lo escuchó decir:—Esta noche tengo una cena de negocios, tú vete a casa primero.¿Cena? Ella jamás había oído nada al respecto.Alzó la mirada para verlo. Raimundo la miraba con esos ojos suyos, tan profundos y enigmáticos que siempre lograban envolverla.Antes, sin importar lo que él dijera, jamás habría dudado.—Entendido —contestó Vanesa, sin mostrar emoción—. No tomes tanto, ¿sí?Raimundo le revolvió el cabello con una mano y soltó una sonrisa ligera.—Haré caso.Vanesa pidió un carro y siguió discretamente el de Raimundo.El camino terminó en el aeropuerto.Había mucha gente, pero ella lo ubicó de inmediato.Raimundo vestía un traje negro hecho a la medida, que realzaba su porte distinguido y lo hacía sobresalir en medio de la multitud. Su atractivo era imposible de pasar por alto.Entonces, Vanesa vio cómo una mujer de cabello largo se lanzaba a los brazos de Raimundo, quien no solo no la apartó, sino que la abrazó con fuerza.Ambos parecían sacados de un cuento: la pareja perfecta.Cuando terminaron el abrazo, la mujer se puso de puntitas para besarlo. Raimundo se echó hacia atrás, dijo algo que ella no logró escuchar, pero la mujer insistió y, al final, lo besó en los labios.Verlos besándose de manera tan apasionada le revolvió el estómago a Vanesa.Pero más que asco, sintió una sacudida interna.La mujer era nada menos que Rosa Ávalos, la hermana adoptiva de Raimundo.Rosa había perdido a sus padres cuando era pequeña. Como su familia y los Ávalos eran amigos de toda la vida, la familia Ávalos la adoptó.Rosa y Raimundo crecieron juntos, siempre tratándose como hermanos. De hecho, cuando Vanesa empezó a salir con Raimundo, él insistió en que conociera a Rosa, quien la llamaba “cuñada” con toda la confianza del mundo.Tres años atrás, Rosa se había ido al extranjero.Vanesa nunca imaginó que “hermano y hermana” escondieran una relación así de prohibida. ¡Y encima, se habían casado en secreto!Entonces, ¿la responsable del accidente de carro había sido Rosa?...Aún más increíble resultó que Raimundo llevara de vuelta a Rosa a casa.Él, como si nada, le anunció:—Vane, mi hermana acaba de regresar. Va a quedarse aquí un tiempo.Vanesa apretó tanto las manos que las uñas se le clavaron en la piel.Recordaba perfectamente cuando Raimundo la trajo por primera vez, la abrazó y le dijo:—Vane, este será nuestro hogar. Solo nuestro.Había creído que ahí construirían una vida juntos, y por eso se había esforzado tanto: cada rincón estaba decorado por ella, cada mueble elegido con esmero.Ahora, Raimundo traía a otra mujer y la hacía entrar como si nada.—Hola, señorita Galindo —saludó Rosa con una sonrisa. Pero en sus ojos se asomaba una chispa burlona, imposible de disimular.Cinco años atrás, Rosa la llamaba “cuñada”. Ahora era “señorita Galindo”, así, fría y distante.Raimundo le lanzó una mirada a Rosa, como advirtiéndola, pero se notaba que en el fondo le tenía un cariño especial, incluso cierta debilidad.Vanesa pensó que Raimundo sí que sabía cómo pisotear su dignidad.Si ella no hubiera descubierto la verdad, seguro que ahora estaría jugando al papel de cuñada, recibiendo de brazos abiertos a Rosa. ¡Qué ridículo debía verse todo desde afuera!—Hermano, ¿la señorita Galindo no me quiere aquí? —Rosa preguntó con carita de víctima, casi a punto de llorar—. Yo sé que interrumpo, mejor me voy a un hotel. Puedo estar sola, no hay problema…Raimundo frunció el ceño y miró a Vanesa, a punto de decir algo, pero ella le ganó:—No hay problema.Él se quedó mudo.Vanesa, sin alterarse, agregó:—Señorita Ávalos, puedes quedarte el tiempo que quieras.Dicho esto, se dio la media vuelta y regresó a la habitación.Rosa seguía viéndola como enemiga.Pero lo que no sabía era que, para Vanesa, ni esa casa ni Raimundo valían ya nada.Si eran enemigas, solo era por el accidente; pero Vanesa no pensaba precipitarse.Rosa se sintió incómoda. Esperaba que Vanesa armara un escándalo, pero aquella mujer se mostró tranquila como si nada.—Vaya, qué calma… Ya veremos si puede mantenerla cuando sepa que su título de señora Ávalos es solo de adorno —se dijo Rosa para sí.Raimundo también sintió un malestar extraño. Decidió ir tras Vanesa y entró a la habitación.—Vane, ¿de verdad no te molesta? —le preguntó.Sabía que ella nunca le haría una escena, pero estaba seguro de que debía sentirse incómoda. Al fin y al cabo, él le había prometido que nadie entraría a esa casa sin su permiso.—No me molesta —respondió Vanesa de espaldas, la voz sin matices.—Sabía que eras la más comprensiva —dijo Raimundo, rodeándola por la espalda. El calor de su abrazo hizo que Vanesa se pusiera rígida, aunque él no lo notó—. Vane, Rosa es mi hermana y, por lo tanto, también tu hermana. Además, quiero empezar a colaborar con la familia Galindo, y Rosa tiene buena relación con ellos…—¿Qué dijiste? —Vanesa lo interrumpió—. ¿Rosa, con la familia Galindo?—Sí, se hizo amiga de los Galindo cuando estaba fuera, y María Jesús Galindo le tiene mucho aprecio.Vanesa soltó una carcajada seca.Raimundo la miró, desconcertado, pero continuó:—Sabes que la familia Galindo es una de las cuatro familias más poderosas. Si Rosa me ayuda, será mucho más fácil concretar el trato.—Perfecto —Vanesa sonrió—. Entonces, déjame felicitarte de antemano, presidente Ávalos. Que consigas lo que tanto deseas.Capítulo 3—Señorita Galindo, siento informarle que, tras la revisión, su acta de matrimonio es falsa. Falsificar un acta de matrimonio es un delito. Le pedimos que colabore con nuestra investigación.—¿En serio ahora ya existen actas de matrimonio falsas?—Seguro la engañaron, pobrecita...Bajo las miradas extrañas del personal y de varias parejas, Vanesa Galindo salió del registro civil con la mente hecha un caos.El sol quemaba con fuerza, pero ella sentía el cuerpo helado, como si la hubieran sumergido en hielo.Apenas ayer, Raimundo Ávalos había aceptado casarse con ella, poniendo fin a cinco años de noviazgo.La noche anterior, la habitación se llenó de una intimidad inconfundible.En el momento más intenso, el timbre de un celular rompió el hechizo.Raimundo, de manera inesperada, se detuvo y contestó la llamada.—No hagas dramas. El acta que tengo con ella es falsa. Después de todo, hace dos años ya me casé contigo.Aunque él hablaba en francés, Vanesa entendió cada palabra.Los amigos de Raimundo dominaban francés, y para poder encajar, ella también había tomado clases en secreto.—Claro, Rai, ya lo sé. Pero aun así me da celos. Ojalá esa mujer no existiera.—Amor, deja de comportarte así. Vane no tiene la culpa. ¿Todavía no te tranquilizas después del accidente? Ya no puede bailar, nunca más. Nadie volverá a pelearte el puesto de reina del baile. Si ocurre algo más, no podré cubrirte.—¿Y el bebé?—Cuando ella tenga al hijo, buscaré la manera de ponerlo a nuestro nombre.—Ya, pórtate bien. Ella no te llega ni a los talones, ¿cómo crees que me va a gustar?El asombro de Vanesa se mezcló con una lucidez repentina.¿Así que aquel accidente de hace dos años había sido provocado?Aquel día, un camión descontrolado estuvo a punto de arrollarla, casi pierde ambas piernas.Pasó más de medio mes en el hospital, luchando para salvar una pierna, pero su vida en la danza se terminó ahí.Había heredado el talento de su madre, y su futuro era prometedor.Después, Raimundo le aseguró que todo había sido un accidente.Le juró que no le importaba su discapacidad, y ella, agradecida, se enamoró aún más.Pero todo era una trampa. Raimundo la engañó, se casó con la autora del accidente y todavía pretendía que ella les diera un hijo.Vanesa no pegó un ojo en toda la noche y apenas amaneció fue al registro civil a comprobar la verdad.La realidad la golpeó como un balde de agua fría.No le quedó más que fingir una sonrisa y decir que era una broma. Por suerte, los trabajadores no la presionaron más, la reprendieron un poco y le permitieron irse.El celular llevaba rato sonando cuando Vanesa, por fin, reaccionó y contestó.—¿Ya fuiste a la oficina? —la voz de Raimundo sonó grave y todavía adormilada, tan atractiva como siempre.Vanesa se esforzó por sonar normal:—No, tuve que hacer unos trámites.—¿Dónde estás? Voy por ti.En ese momento, se le llenaron los ojos de lágrimas.Recordó cuando él le prometía que, sin importar dónde estuviera o la hora, siempre iría por ella para regresar juntos a casa.Pero ahora, ¿todavía podían llamarle hogar a ese lugar?Raimundo llevaba dos años siendo el esposo de otra, engañándola tanto en cuerpo como en alma.—¿Vane?—No hace falta —respondió Vanesa, las lágrimas rodando por sus mejillas, pero sin dejar que se notara en su voz—. Tengo cosas que hacer, yo me encargo.Por más que insistió, Raimundo terminó cediendo.Al colgar, Vanesa trató de ordenar el enredo de pensamientos en su cabeza.Cinco años de noviazgo con Raimundo, quien siempre había sido ejemplar.En la universidad era el popular presidente estudiantil, y después, el exitoso y apuesto presidente Ávalos. Las mujeres lo buscaban sin descanso, pero él las ignoraba a todas menos a ella.¿Quién era exactamente la mujer con la que él se casó por el civil hace dos años?Y ese accidente de carro…Casi al mediodía, Vanesa llegó a la empresa.—Buen día, Vanesa.Todos en la oficina de dirección le saludaron. Vanesa solo asintió en silencio, devolviendo el gesto con una leve inclinación de cabeza.La pila de documentos sobre su escritorio ya era considerable. Los revisó uno por uno, separó algunos y los llevó directamente a Raimundo para que los firmara.El hombre, de porte elegante y atractivo, estaba sentado tras su escritorio. Su presencia era tan imponente que, incluso sentado, transmitía una autoridad natural. Nadie se atrevía a interrumpirlo sin motivo.Al notar que ella entraba, la expresión de Raimundo se suavizó de inmediato.Firmó uno a uno los papeles que ella le entregó y, al alzar la vista, la miró con una preocupación genuina.—No te ves bien, ¿te pasa algo?—Solo estoy un poco cansada, no es nada grave.—Este proyecto te ha exigido demasiado últimamente —comentó Raimundo, levantando la mano para acariciarle la mejilla con delicadeza. Luego, como si sacara un truco de la manga, apareció un estuche alargado.—Te tengo una sorpresa.Vanesa tomó el estuche sin emoción y lo abrió.Adentro había un collar de diamantes precioso. Reconoció de inmediato que era la última edición limitada de SOLARA.Raimundo se levantó, la abrazó y bajó la cabeza, tratando de besarle la frente. Vanesa giró el rostro y evitó el beso.No podía evitar sentirlo sucio.—¿Vane? —preguntó Raimundo, su mirada se volvió más seria.Durante estos años le había dado muchos regalos, grandes y pequeños. Siempre que ella recibía uno, se mostraba feliz y emocionada. ¿Por qué hoy era diferente?—Gracias, me gusta mucho —respondió Vanesa bajando la mirada y cerrando la caja—. Pero estamos en la oficina, deberíamos tener cuidado.Raimundo sonrió, le despeinó el cabello con un gesto cariñoso.—Vane siempre tan sensata.Vanesa volvió a su escritorio privado y dejó la caja del collar a un lado, sin interés.Tenía que admitir que Raimundo sí conocía sus gustos.Si no fuera por su traición, habría recibido ese collar con la misma alegría de siempre....A la hora del almuerzo, Vanesa revisó todas las redes sociales de Raimundo, pero no encontró ninguna pista sospechosa.Las publicaciones que él compartía, fuera de temas de la empresa, solo la involucraban a ella.Raimundo solía presumir su relación con ella en cada oportunidad, lo que incluso causaba bromas y quejas entre sus amigos.Sin embargo, al repasar aquellos momentos dulces que antes la hacían sonreír, Vanesa solo sentía vacío.Hasta que, de pronto, algo en una publicación vieja le llamó la atención: un avatar que mostraba una mano blanca y delgada, con una pulsera en la muñeca, casi igual a una que Raimundo le había regalado a ella.Con el presentimiento de que algo no cuadraba, Vanesa entró al perfil de esa persona.Su última publicación era de hacía un día: [Alguien cruzó medio mundo solo para enviarme este collar, ¡me encanta~!]La imagen mostraba el collar… idéntico al que Raimundo le había dado a Vanesa esa mañana. Era la edición limitada de SOLARA; solo existían dos.Vanesa no pudo evitar soltar una carcajada amarga.¿Una para ella y otra para otra mujer? ¿Así era como Raimundo "trataba bien" a todas?Cerró la red social y, sin pensarlo mucho, reservó un boleto de avión para dentro de un mes.Ese proyecto en el que estaba trabajando necesitaba aún un mes más de dedicación. Había invertido mucho esfuerzo junto a su equipo y no pensaba dejarlo a la mitad.Pero en cuanto terminara, se marcharía. Dejaría atrás esa empresa, y a Raimundo.Después de comprar el boleto, abrió otra ventana de chat.[Papá, ya lo decidí. Quiero volver a casa y ayudarle con el negocio familiar.También acepto el acuerdo de matrimonio.]Al llegar la hora de salida, Raimundo salió de la oficina con el saco colgando del brazo.Vanesa apenas se había puesto de pie cuando lo escuchó decir:—Esta noche tengo una cena de negocios, tú vete a casa primero.¿Cena? Ella jamás había oído nada al respecto.Alzó la mirada para verlo. Raimundo la miraba con esos ojos suyos, tan profundos y enigmáticos que siempre lograban envolverla.Antes, sin importar lo que él dijera, jamás habría dudado.—Entendido —contestó Vanesa, sin mostrar emoción—. No tomes tanto, ¿sí?Raimundo le revolvió el cabello con una mano y soltó una sonrisa ligera.—Haré caso.Vanesa pidió un carro y siguió discretamente el de Raimundo.El camino terminó en el aeropuerto.Había mucha gente, pero ella lo ubicó de inmediato.Raimundo vestía un traje negro hecho a la medida, que realzaba su porte distinguido y lo hacía sobresalir en medio de la multitud. Su atractivo era imposible de pasar por alto.Entonces, Vanesa vio cómo una mujer de cabello largo se lanzaba a los brazos de Raimundo, quien no solo no la apartó, sino que la abrazó con fuerza.Ambos parecían sacados de un cuento: la pareja perfecta.Cuando terminaron el abrazo, la mujer se puso de puntitas para besarlo. Raimundo se echó hacia atrás, dijo algo que ella no logró escuchar, pero la mujer insistió y, al final, lo besó en los labios.Verlos besándose de manera tan apasionada le revolvió el estómago a Vanesa.Pero más que asco, sintió una sacudida interna.La mujer era nada menos que Rosa Ávalos, la hermana adoptiva de Raimundo.Rosa había perdido a sus padres cuando era pequeña. Como su familia y los Ávalos eran amigos de toda la vida, la familia Ávalos la adoptó.Rosa y Raimundo crecieron juntos, siempre tratándose como hermanos. De hecho, cuando Vanesa empezó a salir con Raimundo, él insistió en que conociera a Rosa, quien la llamaba “cuñada” con toda la confianza del mundo.Tres años atrás, Rosa se había ido al extranjero.Vanesa nunca imaginó que “hermano y hermana” escondieran una relación así de prohibida. ¡Y encima, se habían casado en secreto!Entonces, ¿la responsable del accidente de carro había sido Rosa?...Aún más increíble resultó que Raimundo llevara de vuelta a Rosa a casa.Él, como si nada, le anunció:—Vane, mi hermana acaba de regresar. Va a quedarse aquí un tiempo.Vanesa apretó tanto las manos que las uñas se le clavaron en la piel.Recordaba perfectamente cuando Raimundo la trajo por primera vez, la abrazó y le dijo:—Vane, este será nuestro hogar. Solo nuestro.Había creído que ahí construirían una vida juntos, y por eso se había esforzado tanto: cada rincón estaba decorado por ella, cada mueble elegido con esmero.Ahora, Raimundo traía a otra mujer y la hacía entrar como si nada.—Hola, señorita Galindo —saludó Rosa con una sonrisa. Pero en sus ojos se asomaba una chispa burlona, imposible de disimular.Cinco años atrás, Rosa la llamaba “cuñada”. Ahora era “señorita Galindo”, así, fría y distante.Raimundo le lanzó una mirada a Rosa, como advirtiéndola, pero se notaba que en el fondo le tenía un cariño especial, incluso cierta debilidad.Vanesa pensó que Raimundo sí que sabía cómo pisotear su dignidad.Si ella no hubiera descubierto la verdad, seguro que ahora estaría jugando al papel de cuñada, recibiendo de brazos abiertos a Rosa. ¡Qué ridículo debía verse todo desde afuera!—Hermano, ¿la señorita Galindo no me quiere aquí? —Rosa preguntó con carita de víctima, casi a punto de llorar—. Yo sé que interrumpo, mejor me voy a un hotel. Puedo estar sola, no hay problema…Raimundo frunció el ceño y miró a Vanesa, a punto de decir algo, pero ella le ganó:—No hay problema.Él se quedó mudo.Vanesa, sin alterarse, agregó:—Señorita Ávalos, puedes quedarte el tiempo que quieras.Dicho esto, se dio la media vuelta y regresó a la habitación.Rosa seguía viéndola como enemiga.Pero lo que no sabía era que, para Vanesa, ni esa casa ni Raimundo valían ya nada.Si eran enemigas, solo era por el accidente; pero Vanesa no pensaba precipitarse.Rosa se sintió incómoda. Esperaba que Vanesa armara un escándalo, pero aquella mujer se mostró tranquila como si nada.—Vaya, qué calma… Ya veremos si puede mantenerla cuando sepa que su título de señora Ávalos es solo de adorno —se dijo Rosa para sí.Raimundo también sintió un malestar extraño. Decidió ir tras Vanesa y entró a la habitación.—Vane, ¿de verdad no te molesta? —le preguntó.Sabía que ella nunca le haría una escena, pero estaba seguro de que debía sentirse incómoda. Al fin y al cabo, él le había prometido que nadie entraría a esa casa sin su permiso.—No me molesta —respondió Vanesa de espaldas, la voz sin matices.—Sabía que eras la más comprensiva —dijo Raimundo, rodeándola por la espalda. El calor de su abrazo hizo que Vanesa se pusiera rígida, aunque él no lo notó—. Vane, Rosa es mi hermana y, por lo tanto, también tu hermana. Además, quiero empezar a colaborar con la familia Galindo, y Rosa tiene buena relación con ellos…—¿Qué dijiste? —Vanesa lo interrumpió—. ¿Rosa, con la familia Galindo?—Sí, se hizo amiga de los Galindo cuando estaba fuera, y María Jesús Galindo le tiene mucho aprecio.Vanesa soltó una carcajada seca.Raimundo la miró, desconcertado, pero continuó:—Sabes que la familia Galindo es una de las cuatro familias más poderosas. Si Rosa me ayuda, será mucho más fácil concretar el trato.—Perfecto —Vanesa sonrió—. Entonces, déjame felicitarte de antemano, presidente Ávalos. Que consigas lo que tanto deseas.

Sigue leyendo