Cinco años de matrimonio, con sexo pero sin amor. Para seguir a Leandro Ortiz, Camila Guevara renunció a toda su dignidad. Hacía lo imposible por complacerlo, pero él solo veía a la chica de sus sueños, a quien escondía fuera de casa: su "amada del alma" —el amor de su vida. El día en que se enteró de que pronto perdería la vista poco a poco, ¿sabes qué hizo Leandro? Alquiló todos los cines de la ciudad para impulsar la taquilla de la película de esa chica, y apareció en los titulares de las redes como un presumido. En ese momento, Camila abrió los ojos de golpe: ya era suficiente. Decidió irse y empezar de cero. Finalmente, soltó las palabras que llevaba meses callando: "Quiero el divorcio". Él la miró con esa mirada que creía penetrar hasta el alma y preguntó: "¿Qué es lo que quieres? Dilo". Ella respondió, suave pero firme: "Nada". Él se rio con desdén: "¿Tú, que hiciste lo imposible por ser mi esposa, ahora te vas con nada? No me mientas". Pero Camila no le hizo caso; se fue con la cabeza en alto. Retomó el sueño de su juventud: el diseño de moda. Y, mira por dónde, se convirtió en una diseñadora super famosa, con pretendientes lloviendo a sus pies. ¿Y entre ellos? ¡El propio Leandro! El tipo se volvió humilde, gritando: "Camila es mi mujer, ¿quién se atreve a acercarse? ¡Yo me encargo de ellos!". Ella solo sonrió con ironía: "Exmarido, punto. ¿Crees que mereces hablarme así?".

Capítulo 1—Señorita Guevara, su problema en la vista no tiene cura. Al final, el resultado será la pérdida total de la visión.Camila Guevara sostenía los resultados médicos, parada en el pasillo del hospital, como si todo a su alrededor se hubiera vuelto borroso.Ella pensaba que solo se trataba de cansancio extremo en los ojos. Jamás imaginó que el diagnóstico del doctor sería una sentencia definitiva.Le quedaban menos de seis meses antes de quedarse completamente ciega.Ese destino le resultaba imposible de aceptar.Sacó su celular, dudando si debía intentar contactar a su esposo. Pero era horario laboral, seguro ni le contestaría. Además, dudaba que siquiera le importara que ella fuera a perder la vista.—¿Supiste lo que pasó?Del otro lado del pasillo, dos enfermeras se acercaban platicando en voz baja.—Hoy el novio millonario de Valentina Gil rentó todas las salas de cine en Silvania. Invitó a todos sus fans a ver la película.—Claro que lo supe, ¡si hasta soy fan de Valentina! Lástima que justo hoy no puedo ir.—Qué envidia, ¿verdad?—Nació con estrella, ni modo.Camila levantó la vista y vio en la pantalla del televisor del pasillo una nota de espectáculos: "Hoy, el novio millonario de Valentina rentó todas las salas de cine de Silvania e invitó a sus fans a ver la película"."Se rumora que en poco tiempo Valentina y el millonario se casarán. En ese momento, podría revelarse la identidad del novio".Debajo de esa noticia aparecía una foto de Valentina con su pareja. Aunque solo se veía la espalda del hombre, Camila lo reconoció al instante.Después de todo, era el hombre con el que llevaba casada cinco años.¿Cómo no iba a reconocerlo?Hace cinco años, ella obtuvo la mejor calificación en Finanzas en la Universidad de Silvania, lo que le dio la oportunidad de hacer prácticas en MIC. Pero en la fiesta de bienvenida conoció a Leandro Ortiz y se enamoró de él al primer instante. Más tarde, por azares del destino, terminaron pasando la noche juntos.Camila siempre supo que había una enorme diferencia de clases entre ellos, así que nunca pensó en exigirle nada.Pero, de alguna manera, el padre de Leandro se enteró de todo. Él la buscó, le pidió casarse con Leandro y, además, se encargó de apoyarla. En apenas dos años, la ayudó a llegar al puesto de directora financiera en MIC.Leandro jamás quiso casarse con ella. Después, Camila descubrió que en ese entonces Leandro ya tenía una relación con Valentina. Para el padre de Leandro, era preferible una nuera egresada de una universidad prestigiosa que una actriz.Durante estos cinco años, Leandro nunca cortó el contacto con Valentina. Siempre la amó a ella. No importaba cuánto se esforzara Camila por agradarle, él siempre la trató como si fuera invisible.¿Valía la pena seguir con este matrimonio?Por quedarse al lado de Leandro y no decepcionar al padre de él, Camila se aferró a su trabajo, sin bajar la guardia ni un solo día, temiendo perder el único valor que tenía como la señora Ortiz.Su enfermedad ocular, al final, también era consecuencia de pasar tanto tiempo frente a la computadora. Si hubiera seguido las recomendaciones del médico y dejado de usar los dispositivos electrónicos, tal vez habría ganado un poco más de tiempo para sí misma.En medio de sus pensamientos, le llegó un mensaje de la cuenta corporativa. Era de Leandro, el presidente de MIC.[Por favor, procesa los reembolsos lo antes posible.]Acto seguido, le llegaron varias fotos de facturas.Todas tenían como encabezado el nombre de diferentes cines, junto con los montos exactos.Camila lo entendió de inmediato. ¿Esas eran las facturas por rentar los cines para Valentina?¿En serio pretendía que Finanzas pagara eso?Leandro no podía esperar a que todo el mundo supiera que él era el misterioso millonario de Valentina.¿Y ella? ¿Qué papel jugaba en todo esto?Camila apretó con fuerza los resultados del examen médico, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.Hizo todo lo posible por no llorar, contuvo el llanto y, con todo el coraje que pudo reunir, arrugó el papel y lo arrojó al bote de basura.Ella volvió a tomar el celular y, usando el número de trabajo, marcó su teléfono.Si lo hacía desde su número personal, él simplemente la ignoraría.Ahora que lo pensaba, casi nunca la había contactado desde su número privado.—¿Qué pasa? —La voz de él llegó cortante y distante al otro lado.Camila hizo un esfuerzo por calmarse antes de hablar en voz baja:—¿Hoy en la noche podrías regresar a casa?—Estoy trabajando. No hablo de asuntos personales durante el horario laboral —respondió él, ya notoriamente fastidiado.Ella ya se esperaba esa respuesta, pero no quería seguir dejando las cosas así.—Está bien, entonces te pregunto cuando salgas.—No tengo una hora fija de salida.Antes de que terminara de decirlo, Camila escuchó una voz femenina en la línea:—Leandro, ya está el café. Pruébalo a ver si te gusta, es el que siempre pides, ¿verdad?—Si no te gusta, te traigo otra taza....Era la voz de Valentina.Camila soltó una risa amarga. Así que, para él, hablar de asuntos personales estaba prohibido en horario de trabajo, pero estar con la amante sí se valía.Del otro lado, el silencio fue absoluto. Camila sintió como si le hubieran atravesado el pecho. Cada respiro le dolía, como si algo punzante se le hubiera clavado en el corazón.Era momento de dejarlo ir. Ya debía soltar todo eso....Esa noche, Leandro regresó a casa.Desde la puerta notó que la luz de la recámara seguía encendida; claro que ella lo estaba esperando.Entró sin prisa, dejó el saco en una silla y, mientras se aflojaba la corbata, preguntó sin mucho interés:—¿Hoy en la tarde pediste permiso en el trabajo?—Sí —contestó Camila con desinterés, dejando el libro que tenía en las manos.Pensó que él ni siquiera regresaría, pero aun así había querido esperar.—Mañana quiero que tengas listas las notas de gastos —le soltó él, con ese tono casi de jefe.Otra vez asuntos de trabajo. Seguro se refería a los recibos del cine que habían rentado para la función privada.Camila ya no sentía la necesidad de complacerlo como antes. Le respondió, seria y sin rodeos:—Ese gasto fue personal. No aplica para reembolso.Leandro frunció el ceño, molesto.—Valentina es la embajadora del nuevo producto de la empresa. La función privada fue para promocionar el lanzamiento. Por eso la compañía cubre esos gastos.Camila pensó que no tenía sentido. ¿Qué tenía que ver promocionar un producto con rentar un cine? Ni siquiera se molestaba en buscar una buena excusa. Podía admitirlo sin problemas: lo hacía por Valentina, y punto.Después de todo, ya todo el mundo sabía de su relación.Leandro se acercó a ella, dejó la corbata sobre la cama y, de paso, apagó la luz del cuarto.En un instante, la habitación quedó sumida en la oscuridad.Camila sintió una punzada en el pecho y exclamó casi en pánico:—¡No apagues la luz!A tientas, encendió la lámpara de la mesita. No quería vivir en la oscuridad, ni siquiera para dormir. No después de todo lo que había pasado.Leandro notó algo raro en ella, pero no le dio mayor importancia.Siguió desabrochándose la camisa y se inclinó hacia ella, mirándola con un gesto de fastidio.—Verte la cara me quita las ganas.Solo esas palabras bastaron para que Camila sintiera cómo el desdén le recorría todo el cuerpo.Ya era la época del mes en que Leandro volvía a casa. Siempre ocurría en esos días; probablemente Valentina no estaba disponible.Desde el segundo mes de casados era la misma historia. Aquella vez ni siquiera supo si él estaba borracho o la confundió con Valentina, pero acabaron juntos de nuevo.Después de eso, solo regresaba en esos días. El resto del tiempo, apenas si lo veía.Ahora que Camila había decidido dejarlo, no sentía miedo ni culpa.Con una media sonrisa irónica, le soltó:—¿Tan tarde llegas porque Valentina no te dejó satisfecho?Leandro se quedó en silencio por un momento, su expresión se volvió dura.—Deja de buscar problemas donde no los hay.—¿No me trajiste de vuelta solo para que te complaciera?¿Complacerla?Él era el que...Camila no pudo evitar soltar una risa incrédula. Según él, ¿todavía tenía que estarle agradecida porque se dignaba regresar cada mes a “complacerla”?—Vaya, gracias por el esfuerzo, señor Ortiz. Mejor dime cuánto cobras por noche y te pago —soltó, con cada palabra más cargada de sarcasmo.Los ojos de Leandro se oscurecieron de golpe, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar de su boca.Unos días sin aparecer por aquí y ya se atrevía a hablarle de ese modo.Pero Camila, ignorando su mirada, que parecía capaz de partir piedras, continuó:—Ay, olvidé que el señor Ortiz no anda necesitado de dinero. ¿Por qué no te pagas tú mismo para hacerme el favor de sonreír? Así no tienes que andar pidiendo reembolso.—¿Qué estás diciendo? —Leandro le lanzó una mirada que podía helarle la sangre a cualquiera, pero ella ni se inmutó.Con tranquilidad, Camila respondió:—Pero no importa, tu boda con Valentina no tiene por qué cambiar de fecha.Leandro frunció el ceño, sin entender nada.—¿Te tomaste algo raro o qué?Camila inhaló hondo, como quien se prepara para saltar al vacío, y declaró:—Mañana vamos al registro civil a firmar el divorcio, así no retraso tu boda.¿Divorcio?Leandro por fin comprendió lo que ella estaba diciendo.—¿Quieres divorciarte de mí?—Sí —afirmó Camila, sin vacilar.El silencio cayó como una losa sobre la habitación, hasta que de repente él dejó escapar una risa cargada de burla.—Vaya, qué bien. Dime tus condiciones.—No hay condiciones. No quiero nada —reiteró Camila, con una firmeza que no admitía discusión.Leandro no logró disimular la mueca sarcástica en sus labios.—Camila, por el título de señora Ortiz has hecho hasta lo imposible, no te ha importado nada ni nadie. ¿Y ahora dices que te vas sin pedir nada a cambio?Siempre creyó que, en aquella fiesta de bienvenida, ella había planeado todo para terminar en su cama.Aunque Camila le explicó una y otra vez lo que realmente ocurrió, él jamás le creyó.Cuando el prejuicio se instala en el corazón, moverlo es casi imposible.—Me voy con las manos vacías —insistió Camila.Leandro la miró de arriba abajo, con una mezcla de duda y desconfianza.—¿Crees que soy un ingenuo?Él estaba convencido de que ella tramaba algo.Molesto e incapaz de seguir escuchándola, se puso de pie y abotonó la camisa con movimientos bruscos. Su voz sonó tan dura como el portazo que estaba por dar:—En la empresa tenemos un proyecto importante. No voy a malgastar mi tiempo contigo. Más te vale no causarme problemas.Se fue, azotando la puerta tras de sí.La habitación quedó en silencio, tan vacía como ella misma.Pero no importaba. A eso también se había acostumbrado.Ese lugar era el que compartieron como recién casados. Al principio, tenían una empleada en casa, pero Leandro la despidió con el argumento de que Camila tenía manos y pies, y no necesitaba que nadie la atendiera.A ella nunca le importó que la sirvieran. Pero entre el trabajo y el cansancio, apenas y tenía tiempo de cocinarse algo.Por eso su gastritis se agravó tanto en los últimos dos años.Mientras otros matrimonios celebran la felicidad, el suyo parecía más un castigo autoimpuesto.No pegó el ojo en toda la noche.Antes de que saliera el sol, se levantó a empacar sus cosas. Luego le escribió a su mejor amiga, Eloísa Soto, pidiéndole ayuda para redactar el acuerdo de divorcio. Eloísa era la abogada más reconocida de Silvania.A esa hora seguro seguía dormida, pero cuando viera el mensaje sabría qué hacer.Leandro no volvió en toda la noche.Antes de salir, Camila echó un último vistazo a aquel departamento donde había vivido cinco años.Lo siguiente era ir a la empresa para entregar su renuncia. Cuando Leandro tuviera en sus manos el acuerdo de divorcio, ella al fin podría empezar de nuevo.Todavía no tenía claro qué haría después.Fue la primera en llegar a la oficina. Prendió la computadora y envió la carta de renuncia. Luego imprimió el informe correspondiente.Cuando estuvo todo listo, se encaminó al despacho de Leandro con los papeles en la mano.Capítulo 2—Señorita Guevara, su problema en la vista no tiene cura. Al final, el resultado será la pérdida total de la visión.Camila Guevara sostenía los resultados médicos, parada en el pasillo del hospital, como si todo a su alrededor se hubiera vuelto borroso.Ella pensaba que solo se trataba de cansancio extremo en los ojos. Jamás imaginó que el diagnóstico del doctor sería una sentencia definitiva.Le quedaban menos de seis meses antes de quedarse completamente ciega.Ese destino le resultaba imposible de aceptar.Sacó su celular, dudando si debía intentar contactar a su esposo. Pero era horario laboral, seguro ni le contestaría. Además, dudaba que siquiera le importara que ella fuera a perder la vista.—¿Supiste lo que pasó?Del otro lado del pasillo, dos enfermeras se acercaban platicando en voz baja.—Hoy el novio millonario de Valentina Gil rentó todas las salas de cine en Silvania. Invitó a todos sus fans a ver la película.—Claro que lo supe, ¡si hasta soy fan de Valentina! Lástima que justo hoy no puedo ir.—Qué envidia, ¿verdad?—Nació con estrella, ni modo.Camila levantó la vista y vio en la pantalla del televisor del pasillo una nota de espectáculos: "Hoy, el novio millonario de Valentina rentó todas las salas de cine de Silvania e invitó a sus fans a ver la película"."Se rumora que en poco tiempo Valentina y el millonario se casarán. En ese momento, podría revelarse la identidad del novio".Debajo de esa noticia aparecía una foto de Valentina con su pareja. Aunque solo se veía la espalda del hombre, Camila lo reconoció al instante.Después de todo, era el hombre con el que llevaba casada cinco años.¿Cómo no iba a reconocerlo?Hace cinco años, ella obtuvo la mejor calificación en Finanzas en la Universidad de Silvania, lo que le dio la oportunidad de hacer prácticas en MIC. Pero en la fiesta de bienvenida conoció a Leandro Ortiz y se enamoró de él al primer instante. Más tarde, por azares del destino, terminaron pasando la noche juntos.Camila siempre supo que había una enorme diferencia de clases entre ellos, así que nunca pensó en exigirle nada.Pero, de alguna manera, el padre de Leandro se enteró de todo. Él la buscó, le pidió casarse con Leandro y, además, se encargó de apoyarla. En apenas dos años, la ayudó a llegar al puesto de directora financiera en MIC.Leandro jamás quiso casarse con ella. Después, Camila descubrió que en ese entonces Leandro ya tenía una relación con Valentina. Para el padre de Leandro, era preferible una nuera egresada de una universidad prestigiosa que una actriz.Durante estos cinco años, Leandro nunca cortó el contacto con Valentina. Siempre la amó a ella. No importaba cuánto se esforzara Camila por agradarle, él siempre la trató como si fuera invisible.¿Valía la pena seguir con este matrimonio?Por quedarse al lado de Leandro y no decepcionar al padre de él, Camila se aferró a su trabajo, sin bajar la guardia ni un solo día, temiendo perder el único valor que tenía como la señora Ortiz.Su enfermedad ocular, al final, también era consecuencia de pasar tanto tiempo frente a la computadora. Si hubiera seguido las recomendaciones del médico y dejado de usar los dispositivos electrónicos, tal vez habría ganado un poco más de tiempo para sí misma.En medio de sus pensamientos, le llegó un mensaje de la cuenta corporativa. Era de Leandro, el presidente de MIC.[Por favor, procesa los reembolsos lo antes posible.]Acto seguido, le llegaron varias fotos de facturas.Todas tenían como encabezado el nombre de diferentes cines, junto con los montos exactos.Camila lo entendió de inmediato. ¿Esas eran las facturas por rentar los cines para Valentina?¿En serio pretendía que Finanzas pagara eso?Leandro no podía esperar a que todo el mundo supiera que él era el misterioso millonario de Valentina.¿Y ella? ¿Qué papel jugaba en todo esto?Camila apretó con fuerza los resultados del examen médico, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.Hizo todo lo posible por no llorar, contuvo el llanto y, con todo el coraje que pudo reunir, arrugó el papel y lo arrojó al bote de basura.Ella volvió a tomar el celular y, usando el número de trabajo, marcó su teléfono.Si lo hacía desde su número personal, él simplemente la ignoraría.Ahora que lo pensaba, casi nunca la había contactado desde su número privado.—¿Qué pasa? —La voz de él llegó cortante y distante al otro lado.Camila hizo un esfuerzo por calmarse antes de hablar en voz baja:—¿Hoy en la noche podrías regresar a casa?—Estoy trabajando. No hablo de asuntos personales durante el horario laboral —respondió él, ya notoriamente fastidiado.Ella ya se esperaba esa respuesta, pero no quería seguir dejando las cosas así.—Está bien, entonces te pregunto cuando salgas.—No tengo una hora fija de salida.Antes de que terminara de decirlo, Camila escuchó una voz femenina en la línea:—Leandro, ya está el café. Pruébalo a ver si te gusta, es el que siempre pides, ¿verdad?—Si no te gusta, te traigo otra taza....Era la voz de Valentina.Camila soltó una risa amarga. Así que, para él, hablar de asuntos personales estaba prohibido en horario de trabajo, pero estar con la amante sí se valía.Del otro lado, el silencio fue absoluto. Camila sintió como si le hubieran atravesado el pecho. Cada respiro le dolía, como si algo punzante se le hubiera clavado en el corazón.Era momento de dejarlo ir. Ya debía soltar todo eso....Esa noche, Leandro regresó a casa.Desde la puerta notó que la luz de la recámara seguía encendida; claro que ella lo estaba esperando.Entró sin prisa, dejó el saco en una silla y, mientras se aflojaba la corbata, preguntó sin mucho interés:—¿Hoy en la tarde pediste permiso en el trabajo?—Sí —contestó Camila con desinterés, dejando el libro que tenía en las manos.Pensó que él ni siquiera regresaría, pero aun así había querido esperar.—Mañana quiero que tengas listas las notas de gastos —le soltó él, con ese tono casi de jefe.Otra vez asuntos de trabajo. Seguro se refería a los recibos del cine que habían rentado para la función privada.Camila ya no sentía la necesidad de complacerlo como antes. Le respondió, seria y sin rodeos:—Ese gasto fue personal. No aplica para reembolso.Leandro frunció el ceño, molesto.—Valentina es la embajadora del nuevo producto de la empresa. La función privada fue para promocionar el lanzamiento. Por eso la compañía cubre esos gastos.Camila pensó que no tenía sentido. ¿Qué tenía que ver promocionar un producto con rentar un cine? Ni siquiera se molestaba en buscar una buena excusa. Podía admitirlo sin problemas: lo hacía por Valentina, y punto.Después de todo, ya todo el mundo sabía de su relación.Leandro se acercó a ella, dejó la corbata sobre la cama y, de paso, apagó la luz del cuarto.En un instante, la habitación quedó sumida en la oscuridad.Camila sintió una punzada en el pecho y exclamó casi en pánico:—¡No apagues la luz!A tientas, encendió la lámpara de la mesita. No quería vivir en la oscuridad, ni siquiera para dormir. No después de todo lo que había pasado.Leandro notó algo raro en ella, pero no le dio mayor importancia.Siguió desabrochándose la camisa y se inclinó hacia ella, mirándola con un gesto de fastidio.—Verte la cara me quita las ganas.Solo esas palabras bastaron para que Camila sintiera cómo el desdén le recorría todo el cuerpo.Ya era la época del mes en que Leandro volvía a casa. Siempre ocurría en esos días; probablemente Valentina no estaba disponible.Desde el segundo mes de casados era la misma historia. Aquella vez ni siquiera supo si él estaba borracho o la confundió con Valentina, pero acabaron juntos de nuevo.Después de eso, solo regresaba en esos días. El resto del tiempo, apenas si lo veía.Ahora que Camila había decidido dejarlo, no sentía miedo ni culpa.Con una media sonrisa irónica, le soltó:—¿Tan tarde llegas porque Valentina no te dejó satisfecho?Leandro se quedó en silencio por un momento, su expresión se volvió dura.—Deja de buscar problemas donde no los hay.—¿No me trajiste de vuelta solo para que te complaciera?¿Complacerla?Él era el que...Camila no pudo evitar soltar una risa incrédula. Según él, ¿todavía tenía que estarle agradecida porque se dignaba regresar cada mes a “complacerla”?—Vaya, gracias por el esfuerzo, señor Ortiz. Mejor dime cuánto cobras por noche y te pago —soltó, con cada palabra más cargada de sarcasmo.Los ojos de Leandro se oscurecieron de golpe, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar de su boca.Unos días sin aparecer por aquí y ya se atrevía a hablarle de ese modo.Pero Camila, ignorando su mirada, que parecía capaz de partir piedras, continuó:—Ay, olvidé que el señor Ortiz no anda necesitado de dinero. ¿Por qué no te pagas tú mismo para hacerme el favor de sonreír? Así no tienes que andar pidiendo reembolso.—¿Qué estás diciendo? —Leandro le lanzó una mirada que podía helarle la sangre a cualquiera, pero ella ni se inmutó.Con tranquilidad, Camila respondió:—Pero no importa, tu boda con Valentina no tiene por qué cambiar de fecha.Leandro frunció el ceño, sin entender nada.—¿Te tomaste algo raro o qué?Camila inhaló hondo, como quien se prepara para saltar al vacío, y declaró:—Mañana vamos al registro civil a firmar el divorcio, así no retraso tu boda.¿Divorcio?Leandro por fin comprendió lo que ella estaba diciendo.—¿Quieres divorciarte de mí?—Sí —afirmó Camila, sin vacilar.El silencio cayó como una losa sobre la habitación, hasta que de repente él dejó escapar una risa cargada de burla.—Vaya, qué bien. Dime tus condiciones.—No hay condiciones. No quiero nada —reiteró Camila, con una firmeza que no admitía discusión.Leandro no logró disimular la mueca sarcástica en sus labios.—Camila, por el título de señora Ortiz has hecho hasta lo imposible, no te ha importado nada ni nadie. ¿Y ahora dices que te vas sin pedir nada a cambio?Siempre creyó que, en aquella fiesta de bienvenida, ella había planeado todo para terminar en su cama.Aunque Camila le explicó una y otra vez lo que realmente ocurrió, él jamás le creyó.Cuando el prejuicio se instala en el corazón, moverlo es casi imposible.—Me voy con las manos vacías —insistió Camila.Leandro la miró de arriba abajo, con una mezcla de duda y desconfianza.—¿Crees que soy un ingenuo?Él estaba convencido de que ella tramaba algo.Molesto e incapaz de seguir escuchándola, se puso de pie y abotonó la camisa con movimientos bruscos. Su voz sonó tan dura como el portazo que estaba por dar:—En la empresa tenemos un proyecto importante. No voy a malgastar mi tiempo contigo. Más te vale no causarme problemas.Se fue, azotando la puerta tras de sí.La habitación quedó en silencio, tan vacía como ella misma.Pero no importaba. A eso también se había acostumbrado.Ese lugar era el que compartieron como recién casados. Al principio, tenían una empleada en casa, pero Leandro la despidió con el argumento de que Camila tenía manos y pies, y no necesitaba que nadie la atendiera.A ella nunca le importó que la sirvieran. Pero entre el trabajo y el cansancio, apenas y tenía tiempo de cocinarse algo.Por eso su gastritis se agravó tanto en los últimos dos años.Mientras otros matrimonios celebran la felicidad, el suyo parecía más un castigo autoimpuesto.No pegó el ojo en toda la noche.Antes de que saliera el sol, se levantó a empacar sus cosas. Luego le escribió a su mejor amiga, Eloísa Soto, pidiéndole ayuda para redactar el acuerdo de divorcio. Eloísa era la abogada más reconocida de Silvania.A esa hora seguro seguía dormida, pero cuando viera el mensaje sabría qué hacer.Leandro no volvió en toda la noche.Antes de salir, Camila echó un último vistazo a aquel departamento donde había vivido cinco años.Lo siguiente era ir a la empresa para entregar su renuncia. Cuando Leandro tuviera en sus manos el acuerdo de divorcio, ella al fin podría empezar de nuevo.Todavía no tenía claro qué haría después.Fue la primera en llegar a la oficina. Prendió la computadora y envió la carta de renuncia. Luego imprimió el informe correspondiente.Cuando estuvo todo listo, se encaminó al despacho de Leandro con los papeles en la mano.Capítulo 3—Señorita Guevara, su problema en la vista no tiene cura. Al final, el resultado será la pérdida total de la visión.Camila Guevara sostenía los resultados médicos, parada en el pasillo del hospital, como si todo a su alrededor se hubiera vuelto borroso.Ella pensaba que solo se trataba de cansancio extremo en los ojos. Jamás imaginó que el diagnóstico del doctor sería una sentencia definitiva.Le quedaban menos de seis meses antes de quedarse completamente ciega.Ese destino le resultaba imposible de aceptar.Sacó su celular, dudando si debía intentar contactar a su esposo. Pero era horario laboral, seguro ni le contestaría. Además, dudaba que siquiera le importara que ella fuera a perder la vista.—¿Supiste lo que pasó?Del otro lado del pasillo, dos enfermeras se acercaban platicando en voz baja.—Hoy el novio millonario de Valentina Gil rentó todas las salas de cine en Silvania. Invitó a todos sus fans a ver la película.—Claro que lo supe, ¡si hasta soy fan de Valentina! Lástima que justo hoy no puedo ir.—Qué envidia, ¿verdad?—Nació con estrella, ni modo.Camila levantó la vista y vio en la pantalla del televisor del pasillo una nota de espectáculos: "Hoy, el novio millonario de Valentina rentó todas las salas de cine de Silvania e invitó a sus fans a ver la película"."Se rumora que en poco tiempo Valentina y el millonario se casarán. En ese momento, podría revelarse la identidad del novio".Debajo de esa noticia aparecía una foto de Valentina con su pareja. Aunque solo se veía la espalda del hombre, Camila lo reconoció al instante.Después de todo, era el hombre con el que llevaba casada cinco años.¿Cómo no iba a reconocerlo?Hace cinco años, ella obtuvo la mejor calificación en Finanzas en la Universidad de Silvania, lo que le dio la oportunidad de hacer prácticas en MIC. Pero en la fiesta de bienvenida conoció a Leandro Ortiz y se enamoró de él al primer instante. Más tarde, por azares del destino, terminaron pasando la noche juntos.Camila siempre supo que había una enorme diferencia de clases entre ellos, así que nunca pensó en exigirle nada.Pero, de alguna manera, el padre de Leandro se enteró de todo. Él la buscó, le pidió casarse con Leandro y, además, se encargó de apoyarla. En apenas dos años, la ayudó a llegar al puesto de directora financiera en MIC.Leandro jamás quiso casarse con ella. Después, Camila descubrió que en ese entonces Leandro ya tenía una relación con Valentina. Para el padre de Leandro, era preferible una nuera egresada de una universidad prestigiosa que una actriz.Durante estos cinco años, Leandro nunca cortó el contacto con Valentina. Siempre la amó a ella. No importaba cuánto se esforzara Camila por agradarle, él siempre la trató como si fuera invisible.¿Valía la pena seguir con este matrimonio?Por quedarse al lado de Leandro y no decepcionar al padre de él, Camila se aferró a su trabajo, sin bajar la guardia ni un solo día, temiendo perder el único valor que tenía como la señora Ortiz.Su enfermedad ocular, al final, también era consecuencia de pasar tanto tiempo frente a la computadora. Si hubiera seguido las recomendaciones del médico y dejado de usar los dispositivos electrónicos, tal vez habría ganado un poco más de tiempo para sí misma.En medio de sus pensamientos, le llegó un mensaje de la cuenta corporativa. Era de Leandro, el presidente de MIC.[Por favor, procesa los reembolsos lo antes posible.]Acto seguido, le llegaron varias fotos de facturas.Todas tenían como encabezado el nombre de diferentes cines, junto con los montos exactos.Camila lo entendió de inmediato. ¿Esas eran las facturas por rentar los cines para Valentina?¿En serio pretendía que Finanzas pagara eso?Leandro no podía esperar a que todo el mundo supiera que él era el misterioso millonario de Valentina.¿Y ella? ¿Qué papel jugaba en todo esto?Camila apretó con fuerza los resultados del examen médico, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.Hizo todo lo posible por no llorar, contuvo el llanto y, con todo el coraje que pudo reunir, arrugó el papel y lo arrojó al bote de basura.Ella volvió a tomar el celular y, usando el número de trabajo, marcó su teléfono.Si lo hacía desde su número personal, él simplemente la ignoraría.Ahora que lo pensaba, casi nunca la había contactado desde su número privado.—¿Qué pasa? —La voz de él llegó cortante y distante al otro lado.Camila hizo un esfuerzo por calmarse antes de hablar en voz baja:—¿Hoy en la noche podrías regresar a casa?—Estoy trabajando. No hablo de asuntos personales durante el horario laboral —respondió él, ya notoriamente fastidiado.Ella ya se esperaba esa respuesta, pero no quería seguir dejando las cosas así.—Está bien, entonces te pregunto cuando salgas.—No tengo una hora fija de salida.Antes de que terminara de decirlo, Camila escuchó una voz femenina en la línea:—Leandro, ya está el café. Pruébalo a ver si te gusta, es el que siempre pides, ¿verdad?—Si no te gusta, te traigo otra taza....Era la voz de Valentina.Camila soltó una risa amarga. Así que, para él, hablar de asuntos personales estaba prohibido en horario de trabajo, pero estar con la amante sí se valía.Del otro lado, el silencio fue absoluto. Camila sintió como si le hubieran atravesado el pecho. Cada respiro le dolía, como si algo punzante se le hubiera clavado en el corazón.Era momento de dejarlo ir. Ya debía soltar todo eso....Esa noche, Leandro regresó a casa.Desde la puerta notó que la luz de la recámara seguía encendida; claro que ella lo estaba esperando.Entró sin prisa, dejó el saco en una silla y, mientras se aflojaba la corbata, preguntó sin mucho interés:—¿Hoy en la tarde pediste permiso en el trabajo?—Sí —contestó Camila con desinterés, dejando el libro que tenía en las manos.Pensó que él ni siquiera regresaría, pero aun así había querido esperar.—Mañana quiero que tengas listas las notas de gastos —le soltó él, con ese tono casi de jefe.Otra vez asuntos de trabajo. Seguro se refería a los recibos del cine que habían rentado para la función privada.Camila ya no sentía la necesidad de complacerlo como antes. Le respondió, seria y sin rodeos:—Ese gasto fue personal. No aplica para reembolso.Leandro frunció el ceño, molesto.—Valentina es la embajadora del nuevo producto de la empresa. La función privada fue para promocionar el lanzamiento. Por eso la compañía cubre esos gastos.Camila pensó que no tenía sentido. ¿Qué tenía que ver promocionar un producto con rentar un cine? Ni siquiera se molestaba en buscar una buena excusa. Podía admitirlo sin problemas: lo hacía por Valentina, y punto.Después de todo, ya todo el mundo sabía de su relación.Leandro se acercó a ella, dejó la corbata sobre la cama y, de paso, apagó la luz del cuarto.En un instante, la habitación quedó sumida en la oscuridad.Camila sintió una punzada en el pecho y exclamó casi en pánico:—¡No apagues la luz!A tientas, encendió la lámpara de la mesita. No quería vivir en la oscuridad, ni siquiera para dormir. No después de todo lo que había pasado.Leandro notó algo raro en ella, pero no le dio mayor importancia.Siguió desabrochándose la camisa y se inclinó hacia ella, mirándola con un gesto de fastidio.—Verte la cara me quita las ganas.Solo esas palabras bastaron para que Camila sintiera cómo el desdén le recorría todo el cuerpo.Ya era la época del mes en que Leandro volvía a casa. Siempre ocurría en esos días; probablemente Valentina no estaba disponible.Desde el segundo mes de casados era la misma historia. Aquella vez ni siquiera supo si él estaba borracho o la confundió con Valentina, pero acabaron juntos de nuevo.Después de eso, solo regresaba en esos días. El resto del tiempo, apenas si lo veía.Ahora que Camila había decidido dejarlo, no sentía miedo ni culpa.Con una media sonrisa irónica, le soltó:—¿Tan tarde llegas porque Valentina no te dejó satisfecho?Leandro se quedó en silencio por un momento, su expresión se volvió dura.—Deja de buscar problemas donde no los hay.—¿No me trajiste de vuelta solo para que te complaciera?¿Complacerla?Él era el que...Camila no pudo evitar soltar una risa incrédula. Según él, ¿todavía tenía que estarle agradecida porque se dignaba regresar cada mes a “complacerla”?—Vaya, gracias por el esfuerzo, señor Ortiz. Mejor dime cuánto cobras por noche y te pago —soltó, con cada palabra más cargada de sarcasmo.Los ojos de Leandro se oscurecieron de golpe, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar de su boca.Unos días sin aparecer por aquí y ya se atrevía a hablarle de ese modo.Pero Camila, ignorando su mirada, que parecía capaz de partir piedras, continuó:—Ay, olvidé que el señor Ortiz no anda necesitado de dinero. ¿Por qué no te pagas tú mismo para hacerme el favor de sonreír? Así no tienes que andar pidiendo reembolso.—¿Qué estás diciendo? —Leandro le lanzó una mirada que podía helarle la sangre a cualquiera, pero ella ni se inmutó.Con tranquilidad, Camila respondió:—Pero no importa, tu boda con Valentina no tiene por qué cambiar de fecha.Leandro frunció el ceño, sin entender nada.—¿Te tomaste algo raro o qué?Camila inhaló hondo, como quien se prepara para saltar al vacío, y declaró:—Mañana vamos al registro civil a firmar el divorcio, así no retraso tu boda.¿Divorcio?Leandro por fin comprendió lo que ella estaba diciendo.—¿Quieres divorciarte de mí?—Sí —afirmó Camila, sin vacilar.El silencio cayó como una losa sobre la habitación, hasta que de repente él dejó escapar una risa cargada de burla.—Vaya, qué bien. Dime tus condiciones.—No hay condiciones. No quiero nada —reiteró Camila, con una firmeza que no admitía discusión.Leandro no logró disimular la mueca sarcástica en sus labios.—Camila, por el título de señora Ortiz has hecho hasta lo imposible, no te ha importado nada ni nadie. ¿Y ahora dices que te vas sin pedir nada a cambio?Siempre creyó que, en aquella fiesta de bienvenida, ella había planeado todo para terminar en su cama.Aunque Camila le explicó una y otra vez lo que realmente ocurrió, él jamás le creyó.Cuando el prejuicio se instala en el corazón, moverlo es casi imposible.—Me voy con las manos vacías —insistió Camila.Leandro la miró de arriba abajo, con una mezcla de duda y desconfianza.—¿Crees que soy un ingenuo?Él estaba convencido de que ella tramaba algo.Molesto e incapaz de seguir escuchándola, se puso de pie y abotonó la camisa con movimientos bruscos. Su voz sonó tan dura como el portazo que estaba por dar:—En la empresa tenemos un proyecto importante. No voy a malgastar mi tiempo contigo. Más te vale no causarme problemas.Se fue, azotando la puerta tras de sí.La habitación quedó en silencio, tan vacía como ella misma.Pero no importaba. A eso también se había acostumbrado.Ese lugar era el que compartieron como recién casados. Al principio, tenían una empleada en casa, pero Leandro la despidió con el argumento de que Camila tenía manos y pies, y no necesitaba que nadie la atendiera.A ella nunca le importó que la sirvieran. Pero entre el trabajo y el cansancio, apenas y tenía tiempo de cocinarse algo.Por eso su gastritis se agravó tanto en los últimos dos años.Mientras otros matrimonios celebran la felicidad, el suyo parecía más un castigo autoimpuesto.No pegó el ojo en toda la noche.Antes de que saliera el sol, se levantó a empacar sus cosas. Luego le escribió a su mejor amiga, Eloísa Soto, pidiéndole ayuda para redactar el acuerdo de divorcio. Eloísa era la abogada más reconocida de Silvania.A esa hora seguro seguía dormida, pero cuando viera el mensaje sabría qué hacer.Leandro no volvió en toda la noche.Antes de salir, Camila echó un último vistazo a aquel departamento donde había vivido cinco años.Lo siguiente era ir a la empresa para entregar su renuncia. Cuando Leandro tuviera en sus manos el acuerdo de divorcio, ella al fin podría empezar de nuevo.Todavía no tenía claro qué haría después.Fue la primera en llegar a la oficina. Prendió la computadora y envió la carta de renuncia. Luego imprimió el informe correspondiente.Cuando estuvo todo listo, se encaminó al despacho de Leandro con los papeles en la mano.

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