Luna Navarro es un diamante en bruto. Poseedora de una creatividad desbordante y un optimismo inquebrantable, sus sueños de asistir a la prestigiosa Academia de Bellas Artes se truncaron cuando sus padres decidieron sacrificar su futuro para financiar los vicios y fracasos de su hermano mayor, Carlos. Ahora, Luna lucha día a día para pagar las enormes deudas de juego de Carlos, mientras cuida de su abuela enferma, Abuela Mirella, la única persona que cree en ella. Sebastián del Castillo lo tiene todo, excepto su libertad. Heredero del Grupo del Castillo, un conglomerado que domina la economía nacional, Sebastián desprecia la vida de privilegios vacíos y la inminente boda arreglada con Elvira Montenegro, la fría heredera de un imperio bancario. Desesperado por demostrar su valor sin la sombra de su apellido, Sebastián adopta una identidad falsa y funda "Creativa Zenith", una agencia de publicidad boutique. A pesar de su genialidad estratégica, Zenith necesita una chispa creativa. Hasta que llega Luna. Contratada inicialmente para un puesto menor, Luna no tarda en demostrar que es la musa que Sebastián buscaba. Sus ideas audaces comienzan a revolucionar la agencia, salvando cuentas cruciales y poniendo a Zenith en el mapa. Sebastián, quien inicialmente la subestimó, se encuentra fascinado y, por primera vez, genuinamente atraído por alguien. Juntos, forman un equipo imparable. Pero mientras la pasión crece entre campañas exitosas y noches de trabajo compartido, las sombras se ciernen sobre ellos. Elvira Montenegro, celosa y acostumbrada a obtener lo que quiere, no permitirá que una "don nadie" le robe a su prometido. La familia Del Castillo está dispuesta a destruir a cualquiera que manche su linaje. Y Carlos, el hermano de Luna, se convierte en un peón peligroso en un juego de poder que amenaza con destruir la carrera y el corazón de Luna.

Capítulo 1La puerta del modesto apartamento de Luna Navarro vibró bajo los golpes insistentes. No era una visita amistosa. Eran dos hombres corpulentos, de miradas duras y posturas que invadían el espacio personal incluso a través de la madera.—Señorita Navarro, se acabó el tiempo.La voz, grave y rasposa, pertenecía al más bajo de los dos, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la ceja. Luna abrió la puerta lo justo para mostrar su rostro, manteniendo una cadena de seguridad tensa. Su expresión era de una calma gélida que no sentía en absoluto.—Les dije que necesito más tiempo. El pago se hará.—Eso dijo su hermano la última vez —replicó el otro, más alto y con una sonrisa burlona—. Y la deuda solo creció. Son cincuenta mil pesos. Ahora.El corazón de Luna martilleaba contra sus costillas, un tambor frenético que amenazaba con ensordecerla. Cincuenta mil pesos. Una cifra que bien podría ser un millón. Pero no dejó que el pánico se reflejara en su rostro.—Mi hermano no está. El trato es conmigo. Denme 48 horas.El hombre de la cicatriz se rio, una carcajada sin humor. —¿Y qué nos impide entrar y tomar lo que valga esa cantidad? Esa televisión vieja no paga ni los intereses.—Que si lo hacen, llamaré a la policía y no verán un solo centavo nunca —dijo Luna, su voz cortante como el cristal—. 48 horas. Es mi última oferta. Saben dónde encontrarme.Hubo un silencio tenso. Los hombres intercambiaron una mirada. La determinación inquebrantable en los ojos de Luna, a pesar de su figura esbelta, les hizo dudar. Finalmente, el de la cicatriz asintió con desgana.—48 horas, Navarro. Ni un minuto más.Se fueron, y el sonido de sus pasos pesados alejándose por el pasillo fue como el retroceso de una marea peligrosa. Luna cerró la puerta, echó el cerrojo y apoyó la frente contra la madera fría. Solo entonces permitió que sus hombros se hundieran y que un temblor recorriera su cuerpo. La fachada de acero se había roto.Sin perder tiempo, salió hacia la casa de su abuela. El pequeño cuarto en la parte trasera de una vecindad olía a medicinas y a la sopa de fideos que Mirella siempre preparaba. La anciana estaba recostada en la cama, su respiración era superficial, pero sus ojos se iluminaron al ver a Luna.—Mi niña… ¿cómo estás?—Estoy bien, abue. ¿Tomaste tus medicinas? —preguntó Luna, sentándose a su lado y tomando su mano frágil.Sobre la mesita de noche, junto a un vaso de agua, había una pila de facturas médicas. Impagas. La quimioterapia, los analgésicos, las visitas del doctor. Cada papel era un recordatorio de otra deuda, una mucho más importante que la de su hermano.Un recuerdo doloroso asaltó a Luna, tan vívido como si fuera ayer. Tenía dieciocho años, la carta de aceptación de la Academia de Bellas Artes en la mano, sus sueños a punto de despegar. Sus padres la miraron con lástima. "Lo siento, hija", dijo su padre. "Carlos necesita el dinero para empezar su negocio. Un hombre necesita más apoyo para abrirse camino". El "negocio" de Carlos había sido una estafa que lo dejó con su primera gran deuda de juego. Y los sueños de Luna se guardaron en una caja.Ese día, algo se endureció dentro de ella. Ahora, mientras miraba a su abuela, la única persona que siempre había creído en su arte, esa dureza se convirtió en una resolución de hierro. Su trabajo como mesera en un café de Polanco, por más turnos dobles que hiciera, no era suficiente. No iba a permitir que la historia se repitiera, no con la vida de su abuela en juego.Esa noche, de vuelta en su apartamento, el resplandor de la pantalla de su laptop iluminaba su rostro determinado. Buscó empleos, cualquier cosa que pagara más, que le diera una oportunidad. Sus dedos se detuvieron sobre una vacante. "Asistente Creativo Junior en Creativa Zenith". La paga era decente, mucho más de lo que ganaba ahora. No pedían un título de una universidad de élite, solo un portafolio y "una mente revolucionaria".Luna miró los bocetos que aún guardaba en una carpeta polvorienta. Eran buenos. Lo sabía. Creativa Zenith. Sonaba a un mundo lejano, profesional, imposible. Pero la imagen de los cobradores en su puerta y la respiración frágil de su abuela se superpusieron en su mente. La desesperación era un poderoso motivador.Con un clic, envió su solicitud. Era su última esperanza.A kilómetros de distancia, en el opulento corazón de Las Lomas, Sebastián del Castillo sentía un tipo diferente de asfixia. La mansión familiar era una jaula dorada, y la cena de esa noche, una tortura exquisitamente servida en porcelana fina. El aire en el comedor estaba cargado de expectativas no cumplidas.—Sebastián, hemos sido pacientes —dijo su padre, Arturo del Castillo, con una voz que no admitía réplica—. Esa pequeña agencia tuya ha sido un capricho divertido, pero es hora de que asumas tu lugar como vicepresidente del Grupo del Castillo.Sebastián apretó el tenedor, sus nudillos blancos. —Zenith no es un capricho, padre. Es mi trabajo. Estoy construyendo algo por mi cuenta.—¿Construyendo? —Arturo soltó una risa condescendiente—. Estás jugando a ser un hombre de negocios con el dinero que te damos. El verdadero negocio está aquí. Y parte de ese negocio es tu compromiso con Elvira Montenegro. La fusión con el banco Montenegro depende de ello.Justo en ese momento, como si hubiera sido invocada, Elvira Montenegro hizo su entrada. Era la imagen de la perfección helada: un vestido de diseñador que se ceñía a su figura esbelta, joyas que centelleaban con cada movimiento y una sonrisa que no llegaba a sus ojos calculadores.—Sebastián, cariño. Arturo, qué gusto verte —dijo, su voz melosa mientras se inclinaba para besar a Sebastián en la mejilla. Él se tensó visiblemente.—Elvira, querida, justo hablábamos de la boda —dijo Arturo, encantado.Elvira deslizó su mano sobre el hombro de Sebastián. —Espero que no estés poniendo objeciones de nuevo, Sebastián. Un acuerdo es un acuerdo. Nuestros padres lo decidieron hace años.Era la gota que colmaba el vaso. Sebastián se levantó abruptamente, tirando la servilleta de lino sobre la mesa. —Si me disculpan, tengo una reunión temprano.Salió del comedor sin mirar atrás, ignorando las llamadas furiosas de su padre y la mirada de fría victoria de Elvira. Atravesó los pasillos de mármol de la mansión, sintiendo las paredes cerrarse sobre él. Odiaba esa vida, odiaba la facilidad con la que todo le era dado y, al mismo tiempo, la completa falta de libertad que implicaba.En el garaje, pasó de largo junto a un Ferrari y un Aston Martin, dirigiéndose a un rincón oscuro. Allí, bajo una lona, esperaba su disfraz: un sedán gris, modesto y anónimo. Era su escape, su conexión con el mundo real. Se cambió la chaqueta de diseñador por una más sencilla que guardaba en el maletero y condujo lejos de la opulencia, hacia el caos vibrante de la ciudad.Llegó a las oficinas de Creativa Zenith, un espacio moderno y minimalista en la colonia Roma que se sentía más como un hogar que la mansión. Su socio y mejor amigo, Rafael, lo esperaba con una expresión sombría.—Malas noticias, Sebas. Acabo de colgar con Aura Cosmetics.Sebastián sintió un nudo en el estómago. La cuenta de Aura era la más importante que tenían, la que podía poner a Zenith en el mapa.—¿Qué pasó?—No están convencidos con la última propuesta. Dicen que es más de lo mismo, que no tiene "alma". Nos dan una última oportunidad. La presentación final es en dos días. Si no les volamos la cabeza, nos retiran la cuenta.Sebastián pasó una mano por su cabello, la frustración evidente en su rostro. Había invertido todo en Zenith, no solo dinero, sino su sueño de independencia. Perder la cuenta de Aura no solo sería un golpe financiero; sería una prueba para su padre de que no podía lograrlo solo.—Necesitamos algo… revolucionario —dijo Rafael, mirando a su amigo—. Y lo necesitamos ya.Sebastián miró por la ventana de la oficina, las luces de la ciudad extendiéndose ante él. Su sueño de libertad estaba pendiendo de un hilo, amenazado por la mediocridad creativa y la inminente sombra de su apellido. Necesitaba una chispa, una idea que nadie más pudiera tener. Y la necesitaba con desesperación.Luna se ajustó el cuello de su blusa por décima vez. Era la mejor que tenía, comprada de segunda mano pero impecable. Se había pasado la noche anterior investigando a Creativa Zenith, memorizando sus campañas pasadas, tratando de compensar con preparación lo que le faltaba en credenciales.La oficina era todo lo que había imaginado: espacios abiertos, paredes de cristal, muebles de diseño y un aire de modernidad palpable. Sin embargo, bajo la superficie pulcra, flotaba una corriente de estrés. Vio a creativos con ojeras caminando de un lado a otro, hablando en susurros urgentes. En el lobby, sobre una mesa de cristal, había varios mockups de una campaña de cosméticos. Luna los reconoció al instante por su investigación: Aura Cosmetics.La llevaron a una sala de conferencias con una pared de cristal que daba a la oficina principal. Unos minutos después, un hombre entró. Era alto, con una postura imponente y un rostro que parecía tallado en mármol aristocrático. Sus ojos oscuros la recorrieron con una rapidez que la hizo sentir insignificante. Era, sin duda, el hombre más atractivo y más intimidante que había visto en su vida.—Sebastián Castillo —dijo, su voz era un barítono profundo y desinteresado. No le ofreció la mano.—Luna Navarro. Mucho gusto.Sebastián se sentó frente a ella, ojeando su currículum con una expresión de aburrimiento. —¿Experiencia como mesera y asistente en una imprenta local? ¿Sin título de una universidad reconocida? ¿Qué le hace pensar que está calificada para trabajar aquí, señorita Navarro?Su tono era cortante, cargado de un desdén apenas disimulado. Luna sintió cómo sus esperanzas se desinflaban. Estaba claro que él la había descartado antes de que ella pudiera decir una palabra.—Tengo un portafolio…—He visto su portafolio —la interrumpió él, cerrando la carpeta—. Bocetos decentes. Nivel de aficionada. No tenemos tiempo para entrenar a aficionados aquí.La entrevista continuó por ese camino. Cada pregunta era una trampa, cada respuesta suya era recibida con un levantamiento de ceja o un silencio condescendiente. Sebastián estaba distraído, irritado, y claramente la veía como una pérdida de su valioso tiempo. Luna sintió la oportunidad escapándosele de las manos. La desesperación, esa vieja conocida, comenzó a burbujear en su interior.—Gracias por su tiempo, señorita Navarro. Le haremos saber nuestra decisión —dijo él, levantándose, una clara señal de despido.Era ahora o nunca. El recuerdo de las facturas de su abuela y la cara de los cobradores le dio un impulso de audacia.—Disculpe, señor Castillo.Él se detuvo, una ceja arqueada en señal de molestia.—Vi los mockups de la campaña de Aura en el lobby —dijo Luna, su voz temblando ligeramente al principio, pero ganando fuerza—. El eslogan es "Belleza de las Estrellas". Las modelos son perfectas, inalcanzables. Pero el producto, la base de Aura, se promociona por su acabado natural, por ser para "mujeres reales".Sebastián la miró fijamente, su expresión se endureció.—Su enfoque está equivocado —continuó Luna, el corazón latiéndole a mil por hora—. Están vendiendo un sueño de glamour cuando el producto en sí mismo celebra la autenticidad. Están creando una desconexión fundamental con su público objetivo. Es un error.El silencio que siguió fue pesado, cargado de incredulidad. Sebastián la miraba como si le hubiera crecido una segunda cabeza. La idea de que esta… esta mesera, se atreviera a criticar el trabajo de su equipo, de su agencia, era insultante. Su orgullo estaba herido.—Su audacia es impresionante, señorita Navarro. Casi tanto como su falta de experiencia —dijo él, su voz gélida—. La entrevista ha terminado.Estaba a punto de señalarle la puerta, de borrar su insolencia de su oficina, cuando otro hombre entró en la sala. Era Rafael, con una sonrisa cansada pero amable.—Sebas, ¿cómo va? —dijo, antes de notar la tensión—. ¿Interrumpo algo?—La señorita Navarro se iba —dijo Sebastián, sin apartar la mirada furiosa de Luna.Rafael miró de Sebastián a Luna, y luego a la carpeta del currículum sobre la mesa. Vio la desesperación en los ojos de Luna y la frustración en los de su amigo.—Espera un segundo, Sebas —dijo Rafael en voz baja, acercándose a él—. Estamos desesperados. Perderemos la cuenta de Aura si no encontramos algo nuevo. Dale una oportunidad. ¿Qué tenemos que perder?Capítulo 2La puerta del modesto apartamento de Luna Navarro vibró bajo los golpes insistentes. No era una visita amistosa. Eran dos hombres corpulentos, de miradas duras y posturas que invadían el espacio personal incluso a través de la madera.—Señorita Navarro, se acabó el tiempo.La voz, grave y rasposa, pertenecía al más bajo de los dos, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la ceja. Luna abrió la puerta lo justo para mostrar su rostro, manteniendo una cadena de seguridad tensa. Su expresión era de una calma gélida que no sentía en absoluto.—Les dije que necesito más tiempo. El pago se hará.—Eso dijo su hermano la última vez —replicó el otro, más alto y con una sonrisa burlona—. Y la deuda solo creció. Son cincuenta mil pesos. Ahora.El corazón de Luna martilleaba contra sus costillas, un tambor frenético que amenazaba con ensordecerla. Cincuenta mil pesos. Una cifra que bien podría ser un millón. Pero no dejó que el pánico se reflejara en su rostro.—Mi hermano no está. El trato es conmigo. Denme 48 horas.El hombre de la cicatriz se rio, una carcajada sin humor. —¿Y qué nos impide entrar y tomar lo que valga esa cantidad? Esa televisión vieja no paga ni los intereses.—Que si lo hacen, llamaré a la policía y no verán un solo centavo nunca —dijo Luna, su voz cortante como el cristal—. 48 horas. Es mi última oferta. Saben dónde encontrarme.Hubo un silencio tenso. Los hombres intercambiaron una mirada. La determinación inquebrantable en los ojos de Luna, a pesar de su figura esbelta, les hizo dudar. Finalmente, el de la cicatriz asintió con desgana.—48 horas, Navarro. Ni un minuto más.Se fueron, y el sonido de sus pasos pesados alejándose por el pasillo fue como el retroceso de una marea peligrosa. Luna cerró la puerta, echó el cerrojo y apoyó la frente contra la madera fría. Solo entonces permitió que sus hombros se hundieran y que un temblor recorriera su cuerpo. La fachada de acero se había roto.Sin perder tiempo, salió hacia la casa de su abuela. El pequeño cuarto en la parte trasera de una vecindad olía a medicinas y a la sopa de fideos que Mirella siempre preparaba. La anciana estaba recostada en la cama, su respiración era superficial, pero sus ojos se iluminaron al ver a Luna.—Mi niña… ¿cómo estás?—Estoy bien, abue. ¿Tomaste tus medicinas? —preguntó Luna, sentándose a su lado y tomando su mano frágil.Sobre la mesita de noche, junto a un vaso de agua, había una pila de facturas médicas. Impagas. La quimioterapia, los analgésicos, las visitas del doctor. Cada papel era un recordatorio de otra deuda, una mucho más importante que la de su hermano.Un recuerdo doloroso asaltó a Luna, tan vívido como si fuera ayer. Tenía dieciocho años, la carta de aceptación de la Academia de Bellas Artes en la mano, sus sueños a punto de despegar. Sus padres la miraron con lástima. "Lo siento, hija", dijo su padre. "Carlos necesita el dinero para empezar su negocio. Un hombre necesita más apoyo para abrirse camino". El "negocio" de Carlos había sido una estafa que lo dejó con su primera gran deuda de juego. Y los sueños de Luna se guardaron en una caja.Ese día, algo se endureció dentro de ella. Ahora, mientras miraba a su abuela, la única persona que siempre había creído en su arte, esa dureza se convirtió en una resolución de hierro. Su trabajo como mesera en un café de Polanco, por más turnos dobles que hiciera, no era suficiente. No iba a permitir que la historia se repitiera, no con la vida de su abuela en juego.Esa noche, de vuelta en su apartamento, el resplandor de la pantalla de su laptop iluminaba su rostro determinado. Buscó empleos, cualquier cosa que pagara más, que le diera una oportunidad. Sus dedos se detuvieron sobre una vacante. "Asistente Creativo Junior en Creativa Zenith". La paga era decente, mucho más de lo que ganaba ahora. No pedían un título de una universidad de élite, solo un portafolio y "una mente revolucionaria".Luna miró los bocetos que aún guardaba en una carpeta polvorienta. Eran buenos. Lo sabía. Creativa Zenith. Sonaba a un mundo lejano, profesional, imposible. Pero la imagen de los cobradores en su puerta y la respiración frágil de su abuela se superpusieron en su mente. La desesperación era un poderoso motivador.Con un clic, envió su solicitud. Era su última esperanza.A kilómetros de distancia, en el opulento corazón de Las Lomas, Sebastián del Castillo sentía un tipo diferente de asfixia. La mansión familiar era una jaula dorada, y la cena de esa noche, una tortura exquisitamente servida en porcelana fina. El aire en el comedor estaba cargado de expectativas no cumplidas.—Sebastián, hemos sido pacientes —dijo su padre, Arturo del Castillo, con una voz que no admitía réplica—. Esa pequeña agencia tuya ha sido un capricho divertido, pero es hora de que asumas tu lugar como vicepresidente del Grupo del Castillo.Sebastián apretó el tenedor, sus nudillos blancos. —Zenith no es un capricho, padre. Es mi trabajo. Estoy construyendo algo por mi cuenta.—¿Construyendo? —Arturo soltó una risa condescendiente—. Estás jugando a ser un hombre de negocios con el dinero que te damos. El verdadero negocio está aquí. Y parte de ese negocio es tu compromiso con Elvira Montenegro. La fusión con el banco Montenegro depende de ello.Justo en ese momento, como si hubiera sido invocada, Elvira Montenegro hizo su entrada. Era la imagen de la perfección helada: un vestido de diseñador que se ceñía a su figura esbelta, joyas que centelleaban con cada movimiento y una sonrisa que no llegaba a sus ojos calculadores.—Sebastián, cariño. Arturo, qué gusto verte —dijo, su voz melosa mientras se inclinaba para besar a Sebastián en la mejilla. Él se tensó visiblemente.—Elvira, querida, justo hablábamos de la boda —dijo Arturo, encantado.Elvira deslizó su mano sobre el hombro de Sebastián. —Espero que no estés poniendo objeciones de nuevo, Sebastián. Un acuerdo es un acuerdo. Nuestros padres lo decidieron hace años.Era la gota que colmaba el vaso. Sebastián se levantó abruptamente, tirando la servilleta de lino sobre la mesa. —Si me disculpan, tengo una reunión temprano.Salió del comedor sin mirar atrás, ignorando las llamadas furiosas de su padre y la mirada de fría victoria de Elvira. Atravesó los pasillos de mármol de la mansión, sintiendo las paredes cerrarse sobre él. Odiaba esa vida, odiaba la facilidad con la que todo le era dado y, al mismo tiempo, la completa falta de libertad que implicaba.En el garaje, pasó de largo junto a un Ferrari y un Aston Martin, dirigiéndose a un rincón oscuro. Allí, bajo una lona, esperaba su disfraz: un sedán gris, modesto y anónimo. Era su escape, su conexión con el mundo real. Se cambió la chaqueta de diseñador por una más sencilla que guardaba en el maletero y condujo lejos de la opulencia, hacia el caos vibrante de la ciudad.Llegó a las oficinas de Creativa Zenith, un espacio moderno y minimalista en la colonia Roma que se sentía más como un hogar que la mansión. Su socio y mejor amigo, Rafael, lo esperaba con una expresión sombría.—Malas noticias, Sebas. Acabo de colgar con Aura Cosmetics.Sebastián sintió un nudo en el estómago. La cuenta de Aura era la más importante que tenían, la que podía poner a Zenith en el mapa.—¿Qué pasó?—No están convencidos con la última propuesta. Dicen que es más de lo mismo, que no tiene "alma". Nos dan una última oportunidad. La presentación final es en dos días. Si no les volamos la cabeza, nos retiran la cuenta.Sebastián pasó una mano por su cabello, la frustración evidente en su rostro. Había invertido todo en Zenith, no solo dinero, sino su sueño de independencia. Perder la cuenta de Aura no solo sería un golpe financiero; sería una prueba para su padre de que no podía lograrlo solo.—Necesitamos algo… revolucionario —dijo Rafael, mirando a su amigo—. Y lo necesitamos ya.Sebastián miró por la ventana de la oficina, las luces de la ciudad extendiéndose ante él. Su sueño de libertad estaba pendiendo de un hilo, amenazado por la mediocridad creativa y la inminente sombra de su apellido. Necesitaba una chispa, una idea que nadie más pudiera tener. Y la necesitaba con desesperación.Luna se ajustó el cuello de su blusa por décima vez. Era la mejor que tenía, comprada de segunda mano pero impecable. Se había pasado la noche anterior investigando a Creativa Zenith, memorizando sus campañas pasadas, tratando de compensar con preparación lo que le faltaba en credenciales.La oficina era todo lo que había imaginado: espacios abiertos, paredes de cristal, muebles de diseño y un aire de modernidad palpable. Sin embargo, bajo la superficie pulcra, flotaba una corriente de estrés. Vio a creativos con ojeras caminando de un lado a otro, hablando en susurros urgentes. En el lobby, sobre una mesa de cristal, había varios mockups de una campaña de cosméticos. Luna los reconoció al instante por su investigación: Aura Cosmetics.La llevaron a una sala de conferencias con una pared de cristal que daba a la oficina principal. Unos minutos después, un hombre entró. Era alto, con una postura imponente y un rostro que parecía tallado en mármol aristocrático. Sus ojos oscuros la recorrieron con una rapidez que la hizo sentir insignificante. Era, sin duda, el hombre más atractivo y más intimidante que había visto en su vida.—Sebastián Castillo —dijo, su voz era un barítono profundo y desinteresado. No le ofreció la mano.—Luna Navarro. Mucho gusto.Sebastián se sentó frente a ella, ojeando su currículum con una expresión de aburrimiento. —¿Experiencia como mesera y asistente en una imprenta local? ¿Sin título de una universidad reconocida? ¿Qué le hace pensar que está calificada para trabajar aquí, señorita Navarro?Su tono era cortante, cargado de un desdén apenas disimulado. Luna sintió cómo sus esperanzas se desinflaban. Estaba claro que él la había descartado antes de que ella pudiera decir una palabra.—Tengo un portafolio…—He visto su portafolio —la interrumpió él, cerrando la carpeta—. Bocetos decentes. Nivel de aficionada. No tenemos tiempo para entrenar a aficionados aquí.La entrevista continuó por ese camino. Cada pregunta era una trampa, cada respuesta suya era recibida con un levantamiento de ceja o un silencio condescendiente. Sebastián estaba distraído, irritado, y claramente la veía como una pérdida de su valioso tiempo. Luna sintió la oportunidad escapándosele de las manos. La desesperación, esa vieja conocida, comenzó a burbujear en su interior.—Gracias por su tiempo, señorita Navarro. Le haremos saber nuestra decisión —dijo él, levantándose, una clara señal de despido.Era ahora o nunca. El recuerdo de las facturas de su abuela y la cara de los cobradores le dio un impulso de audacia.—Disculpe, señor Castillo.Él se detuvo, una ceja arqueada en señal de molestia.—Vi los mockups de la campaña de Aura en el lobby —dijo Luna, su voz temblando ligeramente al principio, pero ganando fuerza—. El eslogan es "Belleza de las Estrellas". Las modelos son perfectas, inalcanzables. Pero el producto, la base de Aura, se promociona por su acabado natural, por ser para "mujeres reales".Sebastián la miró fijamente, su expresión se endureció.—Su enfoque está equivocado —continuó Luna, el corazón latiéndole a mil por hora—. Están vendiendo un sueño de glamour cuando el producto en sí mismo celebra la autenticidad. Están creando una desconexión fundamental con su público objetivo. Es un error.El silencio que siguió fue pesado, cargado de incredulidad. Sebastián la miraba como si le hubiera crecido una segunda cabeza. La idea de que esta… esta mesera, se atreviera a criticar el trabajo de su equipo, de su agencia, era insultante. Su orgullo estaba herido.—Su audacia es impresionante, señorita Navarro. Casi tanto como su falta de experiencia —dijo él, su voz gélida—. La entrevista ha terminado.Estaba a punto de señalarle la puerta, de borrar su insolencia de su oficina, cuando otro hombre entró en la sala. Era Rafael, con una sonrisa cansada pero amable.—Sebas, ¿cómo va? —dijo, antes de notar la tensión—. ¿Interrumpo algo?—La señorita Navarro se iba —dijo Sebastián, sin apartar la mirada furiosa de Luna.Rafael miró de Sebastián a Luna, y luego a la carpeta del currículum sobre la mesa. Vio la desesperación en los ojos de Luna y la frustración en los de su amigo.—Espera un segundo, Sebas —dijo Rafael en voz baja, acercándose a él—. Estamos desesperados. Perderemos la cuenta de Aura si no encontramos algo nuevo. Dale una oportunidad. ¿Qué tenemos que perder?Capítulo 3La puerta del modesto apartamento de Luna Navarro vibró bajo los golpes insistentes. No era una visita amistosa. Eran dos hombres corpulentos, de miradas duras y posturas que invadían el espacio personal incluso a través de la madera.—Señorita Navarro, se acabó el tiempo.La voz, grave y rasposa, pertenecía al más bajo de los dos, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la ceja. Luna abrió la puerta lo justo para mostrar su rostro, manteniendo una cadena de seguridad tensa. Su expresión era de una calma gélida que no sentía en absoluto.—Les dije que necesito más tiempo. El pago se hará.—Eso dijo su hermano la última vez —replicó el otro, más alto y con una sonrisa burlona—. Y la deuda solo creció. Son cincuenta mil pesos. Ahora.El corazón de Luna martilleaba contra sus costillas, un tambor frenético que amenazaba con ensordecerla. Cincuenta mil pesos. Una cifra que bien podría ser un millón. Pero no dejó que el pánico se reflejara en su rostro.—Mi hermano no está. El trato es conmigo. Denme 48 horas.El hombre de la cicatriz se rio, una carcajada sin humor. —¿Y qué nos impide entrar y tomar lo que valga esa cantidad? Esa televisión vieja no paga ni los intereses.—Que si lo hacen, llamaré a la policía y no verán un solo centavo nunca —dijo Luna, su voz cortante como el cristal—. 48 horas. Es mi última oferta. Saben dónde encontrarme.Hubo un silencio tenso. Los hombres intercambiaron una mirada. La determinación inquebrantable en los ojos de Luna, a pesar de su figura esbelta, les hizo dudar. Finalmente, el de la cicatriz asintió con desgana.—48 horas, Navarro. Ni un minuto más.Se fueron, y el sonido de sus pasos pesados alejándose por el pasillo fue como el retroceso de una marea peligrosa. Luna cerró la puerta, echó el cerrojo y apoyó la frente contra la madera fría. Solo entonces permitió que sus hombros se hundieran y que un temblor recorriera su cuerpo. La fachada de acero se había roto.Sin perder tiempo, salió hacia la casa de su abuela. El pequeño cuarto en la parte trasera de una vecindad olía a medicinas y a la sopa de fideos que Mirella siempre preparaba. La anciana estaba recostada en la cama, su respiración era superficial, pero sus ojos se iluminaron al ver a Luna.—Mi niña… ¿cómo estás?—Estoy bien, abue. ¿Tomaste tus medicinas? —preguntó Luna, sentándose a su lado y tomando su mano frágil.Sobre la mesita de noche, junto a un vaso de agua, había una pila de facturas médicas. Impagas. La quimioterapia, los analgésicos, las visitas del doctor. Cada papel era un recordatorio de otra deuda, una mucho más importante que la de su hermano.Un recuerdo doloroso asaltó a Luna, tan vívido como si fuera ayer. Tenía dieciocho años, la carta de aceptación de la Academia de Bellas Artes en la mano, sus sueños a punto de despegar. Sus padres la miraron con lástima. "Lo siento, hija", dijo su padre. "Carlos necesita el dinero para empezar su negocio. Un hombre necesita más apoyo para abrirse camino". El "negocio" de Carlos había sido una estafa que lo dejó con su primera gran deuda de juego. Y los sueños de Luna se guardaron en una caja.Ese día, algo se endureció dentro de ella. Ahora, mientras miraba a su abuela, la única persona que siempre había creído en su arte, esa dureza se convirtió en una resolución de hierro. Su trabajo como mesera en un café de Polanco, por más turnos dobles que hiciera, no era suficiente. No iba a permitir que la historia se repitiera, no con la vida de su abuela en juego.Esa noche, de vuelta en su apartamento, el resplandor de la pantalla de su laptop iluminaba su rostro determinado. Buscó empleos, cualquier cosa que pagara más, que le diera una oportunidad. Sus dedos se detuvieron sobre una vacante. "Asistente Creativo Junior en Creativa Zenith". La paga era decente, mucho más de lo que ganaba ahora. No pedían un título de una universidad de élite, solo un portafolio y "una mente revolucionaria".Luna miró los bocetos que aún guardaba en una carpeta polvorienta. Eran buenos. Lo sabía. Creativa Zenith. Sonaba a un mundo lejano, profesional, imposible. Pero la imagen de los cobradores en su puerta y la respiración frágil de su abuela se superpusieron en su mente. La desesperación era un poderoso motivador.Con un clic, envió su solicitud. Era su última esperanza.A kilómetros de distancia, en el opulento corazón de Las Lomas, Sebastián del Castillo sentía un tipo diferente de asfixia. La mansión familiar era una jaula dorada, y la cena de esa noche, una tortura exquisitamente servida en porcelana fina. El aire en el comedor estaba cargado de expectativas no cumplidas.—Sebastián, hemos sido pacientes —dijo su padre, Arturo del Castillo, con una voz que no admitía réplica—. Esa pequeña agencia tuya ha sido un capricho divertido, pero es hora de que asumas tu lugar como vicepresidente del Grupo del Castillo.Sebastián apretó el tenedor, sus nudillos blancos. —Zenith no es un capricho, padre. Es mi trabajo. Estoy construyendo algo por mi cuenta.—¿Construyendo? —Arturo soltó una risa condescendiente—. Estás jugando a ser un hombre de negocios con el dinero que te damos. El verdadero negocio está aquí. Y parte de ese negocio es tu compromiso con Elvira Montenegro. La fusión con el banco Montenegro depende de ello.Justo en ese momento, como si hubiera sido invocada, Elvira Montenegro hizo su entrada. Era la imagen de la perfección helada: un vestido de diseñador que se ceñía a su figura esbelta, joyas que centelleaban con cada movimiento y una sonrisa que no llegaba a sus ojos calculadores.—Sebastián, cariño. Arturo, qué gusto verte —dijo, su voz melosa mientras se inclinaba para besar a Sebastián en la mejilla. Él se tensó visiblemente.—Elvira, querida, justo hablábamos de la boda —dijo Arturo, encantado.Elvira deslizó su mano sobre el hombro de Sebastián. —Espero que no estés poniendo objeciones de nuevo, Sebastián. Un acuerdo es un acuerdo. Nuestros padres lo decidieron hace años.Era la gota que colmaba el vaso. Sebastián se levantó abruptamente, tirando la servilleta de lino sobre la mesa. —Si me disculpan, tengo una reunión temprano.Salió del comedor sin mirar atrás, ignorando las llamadas furiosas de su padre y la mirada de fría victoria de Elvira. Atravesó los pasillos de mármol de la mansión, sintiendo las paredes cerrarse sobre él. Odiaba esa vida, odiaba la facilidad con la que todo le era dado y, al mismo tiempo, la completa falta de libertad que implicaba.En el garaje, pasó de largo junto a un Ferrari y un Aston Martin, dirigiéndose a un rincón oscuro. Allí, bajo una lona, esperaba su disfraz: un sedán gris, modesto y anónimo. Era su escape, su conexión con el mundo real. Se cambió la chaqueta de diseñador por una más sencilla que guardaba en el maletero y condujo lejos de la opulencia, hacia el caos vibrante de la ciudad.Llegó a las oficinas de Creativa Zenith, un espacio moderno y minimalista en la colonia Roma que se sentía más como un hogar que la mansión. Su socio y mejor amigo, Rafael, lo esperaba con una expresión sombría.—Malas noticias, Sebas. Acabo de colgar con Aura Cosmetics.Sebastián sintió un nudo en el estómago. La cuenta de Aura era la más importante que tenían, la que podía poner a Zenith en el mapa.—¿Qué pasó?—No están convencidos con la última propuesta. Dicen que es más de lo mismo, que no tiene "alma". Nos dan una última oportunidad. La presentación final es en dos días. Si no les volamos la cabeza, nos retiran la cuenta.Sebastián pasó una mano por su cabello, la frustración evidente en su rostro. Había invertido todo en Zenith, no solo dinero, sino su sueño de independencia. Perder la cuenta de Aura no solo sería un golpe financiero; sería una prueba para su padre de que no podía lograrlo solo.—Necesitamos algo… revolucionario —dijo Rafael, mirando a su amigo—. Y lo necesitamos ya.Sebastián miró por la ventana de la oficina, las luces de la ciudad extendiéndose ante él. Su sueño de libertad estaba pendiendo de un hilo, amenazado por la mediocridad creativa y la inminente sombra de su apellido. Necesitaba una chispa, una idea que nadie más pudiera tener. Y la necesitaba con desesperación.Luna se ajustó el cuello de su blusa por décima vez. Era la mejor que tenía, comprada de segunda mano pero impecable. Se había pasado la noche anterior investigando a Creativa Zenith, memorizando sus campañas pasadas, tratando de compensar con preparación lo que le faltaba en credenciales.La oficina era todo lo que había imaginado: espacios abiertos, paredes de cristal, muebles de diseño y un aire de modernidad palpable. Sin embargo, bajo la superficie pulcra, flotaba una corriente de estrés. Vio a creativos con ojeras caminando de un lado a otro, hablando en susurros urgentes. En el lobby, sobre una mesa de cristal, había varios mockups de una campaña de cosméticos. Luna los reconoció al instante por su investigación: Aura Cosmetics.La llevaron a una sala de conferencias con una pared de cristal que daba a la oficina principal. Unos minutos después, un hombre entró. Era alto, con una postura imponente y un rostro que parecía tallado en mármol aristocrático. Sus ojos oscuros la recorrieron con una rapidez que la hizo sentir insignificante. Era, sin duda, el hombre más atractivo y más intimidante que había visto en su vida.—Sebastián Castillo —dijo, su voz era un barítono profundo y desinteresado. No le ofreció la mano.—Luna Navarro. Mucho gusto.Sebastián se sentó frente a ella, ojeando su currículum con una expresión de aburrimiento. —¿Experiencia como mesera y asistente en una imprenta local? ¿Sin título de una universidad reconocida? ¿Qué le hace pensar que está calificada para trabajar aquí, señorita Navarro?Su tono era cortante, cargado de un desdén apenas disimulado. Luna sintió cómo sus esperanzas se desinflaban. Estaba claro que él la había descartado antes de que ella pudiera decir una palabra.—Tengo un portafolio…—He visto su portafolio —la interrumpió él, cerrando la carpeta—. Bocetos decentes. Nivel de aficionada. No tenemos tiempo para entrenar a aficionados aquí.La entrevista continuó por ese camino. Cada pregunta era una trampa, cada respuesta suya era recibida con un levantamiento de ceja o un silencio condescendiente. Sebastián estaba distraído, irritado, y claramente la veía como una pérdida de su valioso tiempo. Luna sintió la oportunidad escapándosele de las manos. La desesperación, esa vieja conocida, comenzó a burbujear en su interior.—Gracias por su tiempo, señorita Navarro. Le haremos saber nuestra decisión —dijo él, levantándose, una clara señal de despido.Era ahora o nunca. El recuerdo de las facturas de su abuela y la cara de los cobradores le dio un impulso de audacia.—Disculpe, señor Castillo.Él se detuvo, una ceja arqueada en señal de molestia.—Vi los mockups de la campaña de Aura en el lobby —dijo Luna, su voz temblando ligeramente al principio, pero ganando fuerza—. El eslogan es "Belleza de las Estrellas". Las modelos son perfectas, inalcanzables. Pero el producto, la base de Aura, se promociona por su acabado natural, por ser para "mujeres reales".Sebastián la miró fijamente, su expresión se endureció.—Su enfoque está equivocado —continuó Luna, el corazón latiéndole a mil por hora—. Están vendiendo un sueño de glamour cuando el producto en sí mismo celebra la autenticidad. Están creando una desconexión fundamental con su público objetivo. Es un error.El silencio que siguió fue pesado, cargado de incredulidad. Sebastián la miraba como si le hubiera crecido una segunda cabeza. La idea de que esta… esta mesera, se atreviera a criticar el trabajo de su equipo, de su agencia, era insultante. Su orgullo estaba herido.—Su audacia es impresionante, señorita Navarro. Casi tanto como su falta de experiencia —dijo él, su voz gélida—. La entrevista ha terminado.Estaba a punto de señalarle la puerta, de borrar su insolencia de su oficina, cuando otro hombre entró en la sala. Era Rafael, con una sonrisa cansada pero amable.—Sebas, ¿cómo va? —dijo, antes de notar la tensión—. ¿Interrumpo algo?—La señorita Navarro se iba —dijo Sebastián, sin apartar la mirada furiosa de Luna.Rafael miró de Sebastián a Luna, y luego a la carpeta del currículum sobre la mesa. Vio la desesperación en los ojos de Luna y la frustración en los de su amigo.—Espera un segundo, Sebas —dijo Rafael en voz baja, acercándose a él—. Estamos desesperados. Perderemos la cuenta de Aura si no encontramos algo nuevo. Dale una oportunidad. ¿Qué tenemos que perder?

Sigue leyendo