Capítulo 1El frío era lo primero que recordaba. Un frío que no era de este mundo, un frío que se metía en los huesos y congelaba el alma. El agua helada subía sin piedad, envolviendo sus piernas, su cintura, su pecho. El olor a óxido y a humedad del almacén abandonado era el perfume de su tumba.Yinet Valencia luchó, pero sus fuerzas la abandonaban.A través del agua turbia, vio los rostros que la habían condenado. El de Camila Cortés, su hermanastra, con una sonrisa torcida de triunfo. Y el de Julián Rojas, el hombre que amaba, el hombre que le había prometido un futuro, apartando la mirada con cobardía. La traición dolía más que el agua en sus pulmones."Espionaje corporativo", la habían acusado. Una mentira tan grande, tan absurda, que nadie en su sano juicio la creería. Pero ellos se habían encargado de que todos la creyeran. La habían despojado de todo: su reputación, su futuro, y ahora, su vida.El agua cubrió su cabeza. La oscuridad se la tragó.¡Un grito ahogado!Yinet se incorporó en la cama, jadeando, con el corazón martillándole el pecho como un tambor de guerra. El sudor frío le perlaba la frente. Confundida, miró a su alrededor. No estaba en el almacén. Estaba en su dormitorio, en la mansión de la familia Cortés. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas de seda, pintando la habitación de tonos dorados y naranjas.Tocó su rostro, sus brazos, sus piernas. Su piel era suave, firme. Su cuerpo se sentía... joven. Demasiado joven.Se levantó de la cama como un autómata y caminó hacia el gran espejo de cuerpo entero. La chica que le devolvió la mirada no era la mujer de veinte años, demacrada y rota por meses de falsas acusaciones. Era ella, sí, pero a los dieciocho. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, sus ojos, aunque ahora llenos de una confusión helada, no tenían las sombras del trauma que recordaba.La fecha. ¿Qué día era hoy? Un recuerdo la golpeó con la fuerza de un rayo.Este era el día. El día en que Ricardo y Elena Cortés, sus padres adoptivos, la echaron de casa. El día en que la enviaron con su supuesta "familia biológica", unos desconocidos a los que le habían pintado como gente pobre y sin recursos. El día que marcó el principio del fin.Había vuelto. Había renacido dos años en el pasado.Una risa seca, sin alegría, escapó de sus labios. No había lágrimas. No había pánico. El terror y la desesperación de su vida anterior habían sido ahogados en ese almacén. Lo que quedaba era una calma aterradora, una claridad de propósito que nunca antes había poseído.Esto no era un milagro. Era una segunda oportunidad.Una oportunidad para la venganza.Ricardo, Elena, Camila, Julián. Sus nombres resonaban en su mente, no como recuerdos dolorosos, sino como una lista de objetivos. Cada humillación, cada mentira, cada golpe sería devuelto. Centuplicado.Lentamente, se acercó al armario. Dejó de lado los vestidos coloridos y sencillos que la antigua Yinet hubiera elegido y sacó un simple conjunto de pantalón negro y una blusa blanca. Ropa práctica. Ropa de batalla.Mientras se vestía, un golpe suave sonó en la puerta.—Señorita Yinet —dijo la voz tímida de una de las sirvientas—. La cena está servida. El señor pidió que bajara para su... su última cena con la familia.Yinet terminó de abrocharse la blusa. Su voz, cuando respondió, era plana y fría como el hielo.—Voy.Se miró al espejo una última vez. La chica inocente y confiada que había sido ya no existía. En su lugar, había una mujer con los ojos de alguien que había visto el final y había regresado.Yinet bajó la gran escalera de mármol con un paso firme y sereno. Cada peldaño era un descenso a un infierno que ya conocía, pero esta vez, ella era el demonio. En el lujoso comedor, la escena era exactamente como la recordaba: una farsa de cordialidad familiar.Ricardo Cortés, el hombre que la había criado y luego la había desechado como a un trapo viejo, presidía la mesa. Elena Soto, su esposa, estaba a su lado, con una expresión de mártir ensayada. Ambos levantaron la vista cuando ella entró, sus rostros una máscara de falsa compasión.—Yinet, querida, siéntate —dijo Ricardo, indicando la silla vacía. Su voz era melosa, empalagosa—. Hemos preparado tus platos favoritos. Come bien. Podría ser la última comida decente que tengas en mucho tiempo.Su comentario flotó en el aire, cargado de un desprecio apenas velado. Elena asintió, añadiendo con un suspiro dramático:—Esperamos que tu verdadera familia pueda cuidarte, aunque sea mínimamente. Nos parte el alma pensar en las... dificultades que vas a pasar.Yinet se sentó. No dijo una palabra. Simplemente los observó, a él con su aire de superioridad, a ella con su cruel regodeo. Eran patéticos. En su vida anterior, sus palabras la habrían herido profundamente. Ahora, solo sentía un frío desdén. El león no se inmuta por la opinión de las ovejas.Un criado le sirvió la comida. Ella ni siquiera la miró. Sus ojos recorrían los rostros de sus torturadores, grabando cada detalle, cada gesto hipócrita.Justo en ese momento, Camila Cortés hizo su entrada triunfal. Llevaba un vestido rojo escarlata que costaba más de lo que una familia normal ganaba en un mes. Se deslizó en la silla junto a Yinet, envuelta en una nube de perfume caro y presunción.—¡Yinet! —exclamó, su voz goteando falsa dulzura—. Lo siento tanto, hermanita. Voy a extrañarte muchísimo.Yinet permaneció en silencio.—Pero no te preocupes —continuó Camila, agitando una mano para que la luz capturara el brillo del nuevo anillo de diamantes en su dedo—. Julián y yo prometemos que te visitaremos. Bueno, si es que encontramos tu nueva casa, claro. Debe estar en un barrio muy... humilde.El nombre de Julián. La mención de su relación. Era una daga que Camila disfrutaba retorcer. En su vida pasada, Yinet habría bajado la mirada, con el corazón roto.Ahora, levantó la vista lentamente.Camila, al no obtener la reacción que esperaba, se inclinó hacia ella, su voz un susurro conspirador.—Hablando de Julián... no me guardas rencor, ¿verdad? Sé que estaban prometidos, pero... es que nosotros simplemente conectamos. No pudimos evitarlo. Espero que lo entiendas.Era el golpe de gracia. La humillación final.Yinet finalmente se dignó a mirarla directamente a los ojos. La calma en su mirada era tan profunda, tan vacía de emoción, que Camila sintió un escalofrío involuntario.—No te preocupes —dijo Yinet. Su voz no era más que un murmullo, pero cortó el aire como un cuchillo de obsidiana—. No me molesta en absoluto que recojas la basura que yo desecho.El silencio que cayó sobre la mesa fue absoluto.La sonrisa de Camila se congeló, luego se resquebrajó. Su rostro pasó del blanco al rojo en cuestión de segundos. Ricardo, que estaba a punto de beber un sorbo de vino, se atragantó. Los ojos de Elena se entrecerraron hasta convertirse en dos rendijas de pura furia.Con una calma que desquició a todos en la mesa, Yinet se puso de pie. Dejó la servilleta a un lado de su plato intacto.—He terminado —anunció al aire, sin dirigirse a nadie en particular. Su tono era final, como el de una reina que da por terminada una audiencia. Se dio la vuelta para marcharse del comedor.Los Cortés se quedaron paralizados por un instante, sorprendidos por su audacia. ¿Quién se creía que era para irse así, después de haber insultado a Camila?—¡Espera! —gritó Camila, recuperándose del shock. La humillación pública la había enfurecido, pero su rostro rápidamente adoptó una expresión de bondad herida. Era una actriz nata.Corrió detrás de Yinet, alcanzándola en el gran vestíbulo de la entrada, justo cuando Yinet recogía una pequeña y sencilla mochila del suelo. Varios sirvientes que trabajaban en la zona se detuvieron, curiosos ante la escena.—Yinet, por favor, no te vayas así —dijo Camila, su voz temblorosa y cargada de falsa emoción. Sostenía una pequeña caja de terciopelo azul en sus manos—. Quiero darte algo. Un recuerdo de nosotros. Para que no olvides los buenos momentos.Abrió la caja. Dentro, sobre un lecho de satén, descansaba un collar con una esmeralda de un verde intenso, rodeada de pequeños diamantes. Era llamativo, casi vulgar en su ostentación.—Es un regalo —insistió Camila, tratando de poner la caja en las manos de Yinet.Yinet no se movió. Ni siquiera miró el collar. Simplemente mantuvo sus manos a los costados.—No lo quiero.—¡Por favor! —suplicó Camila, su voz subiendo de tono para atraer más la atención—. Es lo menos que puedo hacer. Para que al menos tengas algo bonito a donde sea que vayas.Ante la negativa silenciosa de Yinet, la paciencia de Camila se agotó. En un movimiento que parecía torpe y desesperado, intentó meter el collar en el bolsillo lateral de la mochila de Yinet.Y entonces, ejecutó su plan.Camila soltó un pequeño grito y se tambaleó hacia atrás, como si Yinet la hubiera empujado. Al hacerlo, soltó el collar. La joya cayó al suelo de mármol con un ruido seco, pareciendo haber resbalado desde la mochila de Yinet.—¡Yinet! —jadeó Camila, cubriéndose la boca con las manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante—. ¿Cómo... cómo pudiste? ¡Intenté darte un regalo y tú... intentaste robarlo!Como si hubiera estado esperando la señal, Elena Soto apareció en la puerta del comedor. Su rostro era una máscara de indignación y horror.—¡LADRONA! —chilló, su voz resonando en todo el vestíbulo. Apuntó a Yinet con un dedo tembloroso—. ¡Así es como nos pagas! ¡Después de criarte como a una hija, de darte todo, nos robas a nuestras espaldas!El caos estalló. Elena gritaba, Camila sollozaba desconsoladamente, y los sirvientes miraban la escena con los ojos abiertos, sin saber qué pensar. Ricardo llegó poco después, con una expresión de profunda decepción en el rostro. El escenario estaba perfectamente montado. Una chica pobre y desagradecida, atrapada robando a la familia que le había dado un hogar. Una humillación pública perfecta.En medio del torbellino de acusaciones y lágrimas falsas, Yinet permaneció inmóvil. No había pánico en su rostro. No había miedo en sus ojos. Solo una fría y divertida curiosidad. Observaba la patética obra de teatro que habían montado para ella, y se preguntó cómo pudo haber sido tan ciega en su vida pasada.Su silencio era su arma. Era tan denso, tan pesado, que poco a poco, los gritos de Elena se fueron apagando. El llanto de Camila se convirtió en hipidos. Todos la miraban, esperando una negación, una súplica, una explosión de ira.Pero Yinet no les dio nada. Simplemente esperó, dejando que su propia calma los devorara.Capítulo 2El frío era lo primero que recordaba. Un frío que no era de este mundo, un frío que se metía en los huesos y congelaba el alma. El agua helada subía sin piedad, envolviendo sus piernas, su cintura, su pecho. El olor a óxido y a humedad del almacén abandonado era el perfume de su tumba.Yinet Valencia luchó, pero sus fuerzas la abandonaban.A través del agua turbia, vio los rostros que la habían condenado. El de Camila Cortés, su hermanastra, con una sonrisa torcida de triunfo. Y el de Julián Rojas, el hombre que amaba, el hombre que le había prometido un futuro, apartando la mirada con cobardía. La traición dolía más que el agua en sus pulmones."Espionaje corporativo", la habían acusado. Una mentira tan grande, tan absurda, que nadie en su sano juicio la creería. Pero ellos se habían encargado de que todos la creyeran. La habían despojado de todo: su reputación, su futuro, y ahora, su vida.El agua cubrió su cabeza. La oscuridad se la tragó.¡Un grito ahogado!Yinet se incorporó en la cama, jadeando, con el corazón martillándole el pecho como un tambor de guerra. El sudor frío le perlaba la frente. Confundida, miró a su alrededor. No estaba en el almacén. Estaba en su dormitorio, en la mansión de la familia Cortés. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas de seda, pintando la habitación de tonos dorados y naranjas.Tocó su rostro, sus brazos, sus piernas. Su piel era suave, firme. Su cuerpo se sentía... joven. Demasiado joven.Se levantó de la cama como un autómata y caminó hacia el gran espejo de cuerpo entero. La chica que le devolvió la mirada no era la mujer de veinte años, demacrada y rota por meses de falsas acusaciones. Era ella, sí, pero a los dieciocho. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, sus ojos, aunque ahora llenos de una confusión helada, no tenían las sombras del trauma que recordaba.La fecha. ¿Qué día era hoy? Un recuerdo la golpeó con la fuerza de un rayo.Este era el día. El día en que Ricardo y Elena Cortés, sus padres adoptivos, la echaron de casa. El día en que la enviaron con su supuesta "familia biológica", unos desconocidos a los que le habían pintado como gente pobre y sin recursos. El día que marcó el principio del fin.Había vuelto. Había renacido dos años en el pasado.Una risa seca, sin alegría, escapó de sus labios. No había lágrimas. No había pánico. El terror y la desesperación de su vida anterior habían sido ahogados en ese almacén. Lo que quedaba era una calma aterradora, una claridad de propósito que nunca antes había poseído.Esto no era un milagro. Era una segunda oportunidad.Una oportunidad para la venganza.Ricardo, Elena, Camila, Julián. Sus nombres resonaban en su mente, no como recuerdos dolorosos, sino como una lista de objetivos. Cada humillación, cada mentira, cada golpe sería devuelto. Centuplicado.Lentamente, se acercó al armario. Dejó de lado los vestidos coloridos y sencillos que la antigua Yinet hubiera elegido y sacó un simple conjunto de pantalón negro y una blusa blanca. Ropa práctica. Ropa de batalla.Mientras se vestía, un golpe suave sonó en la puerta.—Señorita Yinet —dijo la voz tímida de una de las sirvientas—. La cena está servida. El señor pidió que bajara para su... su última cena con la familia.Yinet terminó de abrocharse la blusa. Su voz, cuando respondió, era plana y fría como el hielo.—Voy.Se miró al espejo una última vez. La chica inocente y confiada que había sido ya no existía. En su lugar, había una mujer con los ojos de alguien que había visto el final y había regresado.Yinet bajó la gran escalera de mármol con un paso firme y sereno. Cada peldaño era un descenso a un infierno que ya conocía, pero esta vez, ella era el demonio. En el lujoso comedor, la escena era exactamente como la recordaba: una farsa de cordialidad familiar.Ricardo Cortés, el hombre que la había criado y luego la había desechado como a un trapo viejo, presidía la mesa. Elena Soto, su esposa, estaba a su lado, con una expresión de mártir ensayada. Ambos levantaron la vista cuando ella entró, sus rostros una máscara de falsa compasión.—Yinet, querida, siéntate —dijo Ricardo, indicando la silla vacía. Su voz era melosa, empalagosa—. Hemos preparado tus platos favoritos. Come bien. Podría ser la última comida decente que tengas en mucho tiempo.Su comentario flotó en el aire, cargado de un desprecio apenas velado. Elena asintió, añadiendo con un suspiro dramático:—Esperamos que tu verdadera familia pueda cuidarte, aunque sea mínimamente. Nos parte el alma pensar en las... dificultades que vas a pasar.Yinet se sentó. No dijo una palabra. Simplemente los observó, a él con su aire de superioridad, a ella con su cruel regodeo. Eran patéticos. En su vida anterior, sus palabras la habrían herido profundamente. Ahora, solo sentía un frío desdén. El león no se inmuta por la opinión de las ovejas.Un criado le sirvió la comida. Ella ni siquiera la miró. Sus ojos recorrían los rostros de sus torturadores, grabando cada detalle, cada gesto hipócrita.Justo en ese momento, Camila Cortés hizo su entrada triunfal. Llevaba un vestido rojo escarlata que costaba más de lo que una familia normal ganaba en un mes. Se deslizó en la silla junto a Yinet, envuelta en una nube de perfume caro y presunción.—¡Yinet! —exclamó, su voz goteando falsa dulzura—. Lo siento tanto, hermanita. Voy a extrañarte muchísimo.Yinet permaneció en silencio.—Pero no te preocupes —continuó Camila, agitando una mano para que la luz capturara el brillo del nuevo anillo de diamantes en su dedo—. Julián y yo prometemos que te visitaremos. Bueno, si es que encontramos tu nueva casa, claro. Debe estar en un barrio muy... humilde.El nombre de Julián. La mención de su relación. Era una daga que Camila disfrutaba retorcer. En su vida pasada, Yinet habría bajado la mirada, con el corazón roto.Ahora, levantó la vista lentamente.Camila, al no obtener la reacción que esperaba, se inclinó hacia ella, su voz un susurro conspirador.—Hablando de Julián... no me guardas rencor, ¿verdad? Sé que estaban prometidos, pero... es que nosotros simplemente conectamos. No pudimos evitarlo. Espero que lo entiendas.Era el golpe de gracia. La humillación final.Yinet finalmente se dignó a mirarla directamente a los ojos. La calma en su mirada era tan profunda, tan vacía de emoción, que Camila sintió un escalofrío involuntario.—No te preocupes —dijo Yinet. Su voz no era más que un murmullo, pero cortó el aire como un cuchillo de obsidiana—. No me molesta en absoluto que recojas la basura que yo desecho.El silencio que cayó sobre la mesa fue absoluto.La sonrisa de Camila se congeló, luego se resquebrajó. Su rostro pasó del blanco al rojo en cuestión de segundos. Ricardo, que estaba a punto de beber un sorbo de vino, se atragantó. Los ojos de Elena se entrecerraron hasta convertirse en dos rendijas de pura furia.Con una calma que desquició a todos en la mesa, Yinet se puso de pie. Dejó la servilleta a un lado de su plato intacto.—He terminado —anunció al aire, sin dirigirse a nadie en particular. Su tono era final, como el de una reina que da por terminada una audiencia. Se dio la vuelta para marcharse del comedor.Los Cortés se quedaron paralizados por un instante, sorprendidos por su audacia. ¿Quién se creía que era para irse así, después de haber insultado a Camila?—¡Espera! —gritó Camila, recuperándose del shock. La humillación pública la había enfurecido, pero su rostro rápidamente adoptó una expresión de bondad herida. Era una actriz nata.Corrió detrás de Yinet, alcanzándola en el gran vestíbulo de la entrada, justo cuando Yinet recogía una pequeña y sencilla mochila del suelo. Varios sirvientes que trabajaban en la zona se detuvieron, curiosos ante la escena.—Yinet, por favor, no te vayas así —dijo Camila, su voz temblorosa y cargada de falsa emoción. Sostenía una pequeña caja de terciopelo azul en sus manos—. Quiero darte algo. Un recuerdo de nosotros. Para que no olvides los buenos momentos.Abrió la caja. Dentro, sobre un lecho de satén, descansaba un collar con una esmeralda de un verde intenso, rodeada de pequeños diamantes. Era llamativo, casi vulgar en su ostentación.—Es un regalo —insistió Camila, tratando de poner la caja en las manos de Yinet.Yinet no se movió. Ni siquiera miró el collar. Simplemente mantuvo sus manos a los costados.—No lo quiero.—¡Por favor! —suplicó Camila, su voz subiendo de tono para atraer más la atención—. Es lo menos que puedo hacer. Para que al menos tengas algo bonito a donde sea que vayas.Ante la negativa silenciosa de Yinet, la paciencia de Camila se agotó. En un movimiento que parecía torpe y desesperado, intentó meter el collar en el bolsillo lateral de la mochila de Yinet.Y entonces, ejecutó su plan.Camila soltó un pequeño grito y se tambaleó hacia atrás, como si Yinet la hubiera empujado. Al hacerlo, soltó el collar. La joya cayó al suelo de mármol con un ruido seco, pareciendo haber resbalado desde la mochila de Yinet.—¡Yinet! —jadeó Camila, cubriéndose la boca con las manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante—. ¿Cómo... cómo pudiste? ¡Intenté darte un regalo y tú... intentaste robarlo!Como si hubiera estado esperando la señal, Elena Soto apareció en la puerta del comedor. Su rostro era una máscara de indignación y horror.—¡LADRONA! —chilló, su voz resonando en todo el vestíbulo. Apuntó a Yinet con un dedo tembloroso—. ¡Así es como nos pagas! ¡Después de criarte como a una hija, de darte todo, nos robas a nuestras espaldas!El caos estalló. Elena gritaba, Camila sollozaba desconsoladamente, y los sirvientes miraban la escena con los ojos abiertos, sin saber qué pensar. Ricardo llegó poco después, con una expresión de profunda decepción en el rostro. El escenario estaba perfectamente montado. Una chica pobre y desagradecida, atrapada robando a la familia que le había dado un hogar. Una humillación pública perfecta.En medio del torbellino de acusaciones y lágrimas falsas, Yinet permaneció inmóvil. No había pánico en su rostro. No había miedo en sus ojos. Solo una fría y divertida curiosidad. Observaba la patética obra de teatro que habían montado para ella, y se preguntó cómo pudo haber sido tan ciega en su vida pasada.Su silencio era su arma. Era tan denso, tan pesado, que poco a poco, los gritos de Elena se fueron apagando. El llanto de Camila se convirtió en hipidos. Todos la miraban, esperando una negación, una súplica, una explosión de ira.Pero Yinet no les dio nada. Simplemente esperó, dejando que su propia calma los devorara.Capítulo 3El frío era lo primero que recordaba. Un frío que no era de este mundo, un frío que se metía en los huesos y congelaba el alma. El agua helada subía sin piedad, envolviendo sus piernas, su cintura, su pecho. El olor a óxido y a humedad del almacén abandonado era el perfume de su tumba.Yinet Valencia luchó, pero sus fuerzas la abandonaban.A través del agua turbia, vio los rostros que la habían condenado. El de Camila Cortés, su hermanastra, con una sonrisa torcida de triunfo. Y el de Julián Rojas, el hombre que amaba, el hombre que le había prometido un futuro, apartando la mirada con cobardía. La traición dolía más que el agua en sus pulmones."Espionaje corporativo", la habían acusado. Una mentira tan grande, tan absurda, que nadie en su sano juicio la creería. Pero ellos se habían encargado de que todos la creyeran. La habían despojado de todo: su reputación, su futuro, y ahora, su vida.El agua cubrió su cabeza. La oscuridad se la tragó.¡Un grito ahogado!Yinet se incorporó en la cama, jadeando, con el corazón martillándole el pecho como un tambor de guerra. El sudor frío le perlaba la frente. Confundida, miró a su alrededor. No estaba en el almacén. Estaba en su dormitorio, en la mansión de la familia Cortés. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas de seda, pintando la habitación de tonos dorados y naranjas.Tocó su rostro, sus brazos, sus piernas. Su piel era suave, firme. Su cuerpo se sentía... joven. Demasiado joven.Se levantó de la cama como un autómata y caminó hacia el gran espejo de cuerpo entero. La chica que le devolvió la mirada no era la mujer de veinte años, demacrada y rota por meses de falsas acusaciones. Era ella, sí, pero a los dieciocho. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, sus ojos, aunque ahora llenos de una confusión helada, no tenían las sombras del trauma que recordaba.La fecha. ¿Qué día era hoy? Un recuerdo la golpeó con la fuerza de un rayo.Este era el día. El día en que Ricardo y Elena Cortés, sus padres adoptivos, la echaron de casa. El día en que la enviaron con su supuesta "familia biológica", unos desconocidos a los que le habían pintado como gente pobre y sin recursos. El día que marcó el principio del fin.Había vuelto. Había renacido dos años en el pasado.Una risa seca, sin alegría, escapó de sus labios. No había lágrimas. No había pánico. El terror y la desesperación de su vida anterior habían sido ahogados en ese almacén. Lo que quedaba era una calma aterradora, una claridad de propósito que nunca antes había poseído.Esto no era un milagro. Era una segunda oportunidad.Una oportunidad para la venganza.Ricardo, Elena, Camila, Julián. Sus nombres resonaban en su mente, no como recuerdos dolorosos, sino como una lista de objetivos. Cada humillación, cada mentira, cada golpe sería devuelto. Centuplicado.Lentamente, se acercó al armario. Dejó de lado los vestidos coloridos y sencillos que la antigua Yinet hubiera elegido y sacó un simple conjunto de pantalón negro y una blusa blanca. Ropa práctica. Ropa de batalla.Mientras se vestía, un golpe suave sonó en la puerta.—Señorita Yinet —dijo la voz tímida de una de las sirvientas—. La cena está servida. El señor pidió que bajara para su... su última cena con la familia.Yinet terminó de abrocharse la blusa. Su voz, cuando respondió, era plana y fría como el hielo.—Voy.Se miró al espejo una última vez. La chica inocente y confiada que había sido ya no existía. En su lugar, había una mujer con los ojos de alguien que había visto el final y había regresado.Yinet bajó la gran escalera de mármol con un paso firme y sereno. Cada peldaño era un descenso a un infierno que ya conocía, pero esta vez, ella era el demonio. En el lujoso comedor, la escena era exactamente como la recordaba: una farsa de cordialidad familiar.Ricardo Cortés, el hombre que la había criado y luego la había desechado como a un trapo viejo, presidía la mesa. Elena Soto, su esposa, estaba a su lado, con una expresión de mártir ensayada. Ambos levantaron la vista cuando ella entró, sus rostros una máscara de falsa compasión.—Yinet, querida, siéntate —dijo Ricardo, indicando la silla vacía. Su voz era melosa, empalagosa—. Hemos preparado tus platos favoritos. Come bien. Podría ser la última comida decente que tengas en mucho tiempo.Su comentario flotó en el aire, cargado de un desprecio apenas velado. Elena asintió, añadiendo con un suspiro dramático:—Esperamos que tu verdadera familia pueda cuidarte, aunque sea mínimamente. Nos parte el alma pensar en las... dificultades que vas a pasar.Yinet se sentó. No dijo una palabra. Simplemente los observó, a él con su aire de superioridad, a ella con su cruel regodeo. Eran patéticos. En su vida anterior, sus palabras la habrían herido profundamente. Ahora, solo sentía un frío desdén. El león no se inmuta por la opinión de las ovejas.Un criado le sirvió la comida. Ella ni siquiera la miró. Sus ojos recorrían los rostros de sus torturadores, grabando cada detalle, cada gesto hipócrita.Justo en ese momento, Camila Cortés hizo su entrada triunfal. Llevaba un vestido rojo escarlata que costaba más de lo que una familia normal ganaba en un mes. Se deslizó en la silla junto a Yinet, envuelta en una nube de perfume caro y presunción.—¡Yinet! —exclamó, su voz goteando falsa dulzura—. Lo siento tanto, hermanita. Voy a extrañarte muchísimo.Yinet permaneció en silencio.—Pero no te preocupes —continuó Camila, agitando una mano para que la luz capturara el brillo del nuevo anillo de diamantes en su dedo—. Julián y yo prometemos que te visitaremos. Bueno, si es que encontramos tu nueva casa, claro. Debe estar en un barrio muy... humilde.El nombre de Julián. La mención de su relación. Era una daga que Camila disfrutaba retorcer. En su vida pasada, Yinet habría bajado la mirada, con el corazón roto.Ahora, levantó la vista lentamente.Camila, al no obtener la reacción que esperaba, se inclinó hacia ella, su voz un susurro conspirador.—Hablando de Julián... no me guardas rencor, ¿verdad? Sé que estaban prometidos, pero... es que nosotros simplemente conectamos. No pudimos evitarlo. Espero que lo entiendas.Era el golpe de gracia. La humillación final.Yinet finalmente se dignó a mirarla directamente a los ojos. La calma en su mirada era tan profunda, tan vacía de emoción, que Camila sintió un escalofrío involuntario.—No te preocupes —dijo Yinet. Su voz no era más que un murmullo, pero cortó el aire como un cuchillo de obsidiana—. No me molesta en absoluto que recojas la basura que yo desecho.El silencio que cayó sobre la mesa fue absoluto.La sonrisa de Camila se congeló, luego se resquebrajó. Su rostro pasó del blanco al rojo en cuestión de segundos. Ricardo, que estaba a punto de beber un sorbo de vino, se atragantó. Los ojos de Elena se entrecerraron hasta convertirse en dos rendijas de pura furia.Con una calma que desquició a todos en la mesa, Yinet se puso de pie. Dejó la servilleta a un lado de su plato intacto.—He terminado —anunció al aire, sin dirigirse a nadie en particular. Su tono era final, como el de una reina que da por terminada una audiencia. Se dio la vuelta para marcharse del comedor.Los Cortés se quedaron paralizados por un instante, sorprendidos por su audacia. ¿Quién se creía que era para irse así, después de haber insultado a Camila?—¡Espera! —gritó Camila, recuperándose del shock. La humillación pública la había enfurecido, pero su rostro rápidamente adoptó una expresión de bondad herida. Era una actriz nata.Corrió detrás de Yinet, alcanzándola en el gran vestíbulo de la entrada, justo cuando Yinet recogía una pequeña y sencilla mochila del suelo. Varios sirvientes que trabajaban en la zona se detuvieron, curiosos ante la escena.—Yinet, por favor, no te vayas así —dijo Camila, su voz temblorosa y cargada de falsa emoción. Sostenía una pequeña caja de terciopelo azul en sus manos—. Quiero darte algo. Un recuerdo de nosotros. Para que no olvides los buenos momentos.Abrió la caja. Dentro, sobre un lecho de satén, descansaba un collar con una esmeralda de un verde intenso, rodeada de pequeños diamantes. Era llamativo, casi vulgar en su ostentación.—Es un regalo —insistió Camila, tratando de poner la caja en las manos de Yinet.Yinet no se movió. Ni siquiera miró el collar. Simplemente mantuvo sus manos a los costados.—No lo quiero.—¡Por favor! —suplicó Camila, su voz subiendo de tono para atraer más la atención—. Es lo menos que puedo hacer. Para que al menos tengas algo bonito a donde sea que vayas.Ante la negativa silenciosa de Yinet, la paciencia de Camila se agotó. En un movimiento que parecía torpe y desesperado, intentó meter el collar en el bolsillo lateral de la mochila de Yinet.Y entonces, ejecutó su plan.Camila soltó un pequeño grito y se tambaleó hacia atrás, como si Yinet la hubiera empujado. Al hacerlo, soltó el collar. La joya cayó al suelo de mármol con un ruido seco, pareciendo haber resbalado desde la mochila de Yinet.—¡Yinet! —jadeó Camila, cubriéndose la boca con las manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante—. ¿Cómo... cómo pudiste? ¡Intenté darte un regalo y tú... intentaste robarlo!Como si hubiera estado esperando la señal, Elena Soto apareció en la puerta del comedor. Su rostro era una máscara de indignación y horror.—¡LADRONA! —chilló, su voz resonando en todo el vestíbulo. Apuntó a Yinet con un dedo tembloroso—. ¡Así es como nos pagas! ¡Después de criarte como a una hija, de darte todo, nos robas a nuestras espaldas!El caos estalló. Elena gritaba, Camila sollozaba desconsoladamente, y los sirvientes miraban la escena con los ojos abiertos, sin saber qué pensar. Ricardo llegó poco después, con una expresión de profunda decepción en el rostro. El escenario estaba perfectamente montado. Una chica pobre y desagradecida, atrapada robando a la familia que le había dado un hogar. Una humillación pública perfecta.En medio del torbellino de acusaciones y lágrimas falsas, Yinet permaneció inmóvil. No había pánico en su rostro. No había miedo en sus ojos. Solo una fría y divertida curiosidad. Observaba la patética obra de teatro que habían montado para ella, y se preguntó cómo pudo haber sido tan ciega en su vida pasada.Su silencio era su arma. Era tan denso, tan pesado, que poco a poco, los gritos de Elena se fueron apagando. El llanto de Camila se convirtió en hipidos. Todos la miraban, esperando una negación, una súplica, una explosión de ira.Pero Yinet no les dio nada. Simplemente esperó, dejando que su propia calma los devorara.