Capítulo 1“Mañana, a esta hora, ya seré la señora de Suárez”, pensó Leticia mientras el taxi avanzaba por las calles nocturnas de Ciudad del Sol.Una sonrisa boba se dibujó en su rostro.Había soñado con este día desde que era una niña.Llevaba cinco años con Damián. Cinco años de noviazgo que por fin culminarían en el altar.Decidió que quería darle una última sorpresa de soltera.—Aquí está bien, gracias —le dijo al taxista, pagando justo en la esquina del edificio de Damián.Subió corriendo por las escaleras, con el corazón latiéndole a mil por la emoción.Usó la llave que él le había dado y abrió la puerta con el mayor sigilo posible.Quería sorprenderlo en la cama.Y vaya que lo sorprendió.Pero la sorprendida fue ella.Desde la entrada del dormitorio, un gemido inconfundible le heló la sangre.No era la voz de Damián. Era la voz de una mujer.Con las manos temblorosas, se asomó por el marco de la puerta.Sobre la cama que ella misma había ayudado a elegir, dos cuerpos se entrelazaban con furia.Uno era Damián, su prometido.La otra era Sofía. Su prima.El aire se le escapó de los pulmones. El mundo se detuvo.El dolor fue tan agudo que, por un instante, se transformó en una calma helada.Levantó su celular y abrió la cámara.El flash iluminó la habitación como un relámpago, capturando la traición en su máxima expresión.Los dos cuerpos en la cama se separaron de golpe.—¿Leticia? —tartamudeó Damián, con el rostro pálido de pánico.—¿Prima? —chilló Sofía, cubriéndose con la sábana.Leticia no dijo nada. Solo los miró, una mirada vacía, muerta.Guardó el teléfono en su bolso.Se dio la vuelta.Y se fue.No hubo gritos. No hubo llanto. Solo un silencio sepulcral.Salió del edificio y caminó sin rumbo, como un autómata.El vestido de novia que esperaba en su casa, las flores, el banquete… todo se convirtió en una broma cruel.Terminó frente al bar más lujoso y exclusivo de la ciudad, el “Obsidiana”.Entró sin dudar.—Un tequila —le dijo al barman—. Doble. Sin limón.Se lo bebió de un trago. El alcohol le quemó la garganta, pero no sintió nada.Pidió otro. Y otro.Entonces lo vio.En el rincón más oscuro y privado del bar, estaba sentado un hombre.Su presencia llenaba el lugar. Irradiaba un poder y una arrogancia que hacían que todos los demás mantuvieran una distancia respetuosa.Era guapísimo, de una manera fría y peligrosa. Tenía los ojos oscuros e intensos, y un traje que seguramente costaba más que la boda que acababa de cancelar.Perfecto.Leticia se levantó de su asiento, con una determinación que nacía de la furia y el tequila.Caminó directamente hacia él.Samuel de la Vega levantó la vista de su vaso, fastidiado por la interrupción.La mujer que se plantó frente a él tenía los ojos rojos, pero llenos de un fuego desafiante.—Tú —dijo ella, con la voz un poco ronca—. Tienes cara de que te gusta el peligro.Samuel arqueó una ceja, intrigado a su pesar.—Y resulta que yo, esta noche —continuó Leticia, inclinándose sobre la mesa—, soy puro peligro. ¿Te atreves?Una lenta sonrisa, la primera en mucho tiempo, se dibujó en los labios de Samuel.Esta noche, por primera vez en años, no iba a ser aburrida.La luz del sol que se colaba por el ventanal la despertó.Leticia parpadeó, confundida.El techo era demasiado alto. Las sábanas, de un hilo egipcio que acariciaba su piel, eran demasiado suaves.Esto no era su cuarto.Se incorporó de golpe, sujetando la sábana contra su pecho.Estaba en la suite de un hotel. Una suite presidencial, a juzgar por el lujo que la rodeaba.Los recuerdos de la noche anterior la golpearon como una ola: la traición, el bar, el tequila… y el hombre.Giró la cabeza con pánico.Él estaba ahí, durmiendo a su lado. Su rostro, tan arrogante y frío la noche anterior, se veía extrañamente tranquilo en sueños.La vergüenza la quemó por dentro.¿Qué había hecho?Se había acostado con un completo desconocido en la víspera de su boda cancelada.Tenía que salir de ahí. Ya.Se levantó sin hacer ruido, buscando su ropa esparcida por el suelo.Mientras se vestía, sus ojos se posaron en la cartera del hombre, colocada meticulosamente sobre un buró de caoba.Una idea terrible, un último acto de humillación —esta vez para ella misma—, cruzó su mente.Abrió su propio bolso y sacó todo el dinero que tenía. Eran apenas dos mil pesos, todo lo que le quedaba para terminar el mes.Los alisó con manos temblorosas y los dejó sobre la mesita de noche, junto a la cabeza del hombre dormido.Un pago.Un insulto.La prueba definitiva de que lo de anoche no había sido más que una transacción sin importancia.Con el corazón en la garganta, huyó de la habitación como si le persiguiera el diablo....Cinco años después.El sol que entraba por la ventana del pequeño apartamento de Leticia no era lujoso ni inspirador.Era, simplemente, una señal de que otro día de lucha había comenzado.—¡Mamá, Leo no me deja ver la tele!—¡Pero es que Luna no me quiere prestar su muñeca!—¡Mamá, Mateo dice que mi dibujo es feo!—¡Valentina borró mi juego de la tableta!Leticia suspiró, sirviendo cuatro vasos de leche en la diminuta cocina.Su vida había cambiado drásticamente.Después de aquella noche, huyó de la ciudad sin decirle nada a nadie, solo a su mejor amiga, Clara.Unas semanas después, descubrió el shock de su vida: estaba embarazada.No de uno, sino de cuatro.Ahora, con 28 años, era madre de dos niños y dos niñas increíblemente inteligentes y demandantes de cuatro años.Regresó a Ciudad del Sol hace un año, pensando que ya nadie se acordaría de ella.Y la vida no era fácil.Acababa de perder su trabajo como mesera y las deudas se acumulaban como una montaña a punto de aplastarla.Salió al pasillo para recoger el correo y su corazón se detuvo.Pegado en la puerta, con letras rojas y urgentes, había un papel.Un aviso de desalojo.Tenía una semana para pagar tres meses de renta atrasada o se quedaría en la calle.Con sus cuatro hijos.Las lágrimas de desesperación pugnaron por salir, pero se las tragó.No podía derrumbarse.No delante de ellos.Tenía que encontrar una solución. Y tenía que ser rápido.Leticia cerró la puerta de su cuarto, pero no lo suficientemente rápido.Mateo, el mayor por siete minutos, la vio secarse las lágrimas con el dorso de la mano.Frunció su pequeño ceño, una expresión demasiado seria para un niño de cuatro años.Esperó a que su mamá saliera, con los ojos hinchados pero una sonrisa forzada, para ir a buscar trabajo.En cuanto la puerta del apartamento se cerró, Mateo reunió a sus hermanos en la sala.—Tenemos un problema —anunció con la solemnidad de un general.Leo, siempre impulsivo, apretó los puños.—¿Quién fue? ¡Le voy a pegar! ¿Fue el señor feo que pega papeles en la puerta?Luna, la encantadora del grupo, hizo un puchero.—Mami estaba triste. No me gusta que mami esté triste.Valentina, la más pequeña y tímida, se abrazaba a una vieja tableta, observando a sus hermanos en silencio.—Mamá no tiene dinero —dijo Mateo, yendo directo al grano—. Por eso está triste. El papel en la puerta dice que nos van a sacar de la casa.El pánico se reflejó en los ojos de los otros tres.—¡No quiero irme! —lloró Leo—. ¡Aquí están mis juguetes!—Podríamos vender galletas —sugirió Luna, siempre práctica—. A la vecina le gustan mis galletas de mentira.Mateo negó con la cabeza.—No. Necesitamos mucho, mucho dinero. Ahora.Se quedó pensando un momento, su pequeño cerebro trabajando a toda velocidad.—Necesitamos a alguien que tenga más dinero que nadie. Un millonario.Los ojos de todos se abrieron como platos. La palabra “millonario” sonaba a superhéroe, a magia.—¿Y dónde encontramos uno? —preguntó Leo, escéptico.Mateo miró a su hermana pequeña.—Valentina.Valentina levantó la vista de su tableta, sus grandes ojos curiosos fijos en su hermano.—Busca en “Gugul” —le ordenó Mateo, pronunciando la palabra con cuidado—. Busca: “hombre más millonario de Ciudad del Sol”.Los deditos de Valentina volaron sobre la pantalla. Era un genio con la tecnología, un misterio que Leticia nunca había logrado descifrar.Después de unos segundos, giró la tableta para que todos la vieran.En la pantalla apareció el rostro de un hombre.Era el mismo rostro frío y atractivo de las portadas de las revistas de negocios que veían en el supermercado.Tenía el ceño ligeramente fruncido y una mirada que parecía atravesar la pantalla. Daba un poco de miedo.Debajo de la foto, un nombre en letras grandes y claras.SAMUEL DE LA VEGA.Y debajo del nombre, un título: “El multimillonario más temido y poderoso del país”.Los cuatro niños se quedaron mirando la imagen en silencio.—Él —dijo Mateo, con una convicción absoluta—. Él puede ayudar a mamá.Leo asintió, olvidando su miedo inicial.—Parece fuerte. Seguro que le puede pegar al señor de los papeles.Luna sonrió, sus ojos brillando con una idea.—Y es guapo. Como el príncipe de mi cuento.Valentina simplemente señaló la pantalla y susurró una sola palabra:—Papá.Sus hermanos la miraron, confundidos por su extraña elección de palabra, pero la descartaron rápidamente.La misión estaba clara.Tenían que encontrar la forma de que el hombre más rico de la ciudad conociera a su mamá.Capítulo 2“Mañana, a esta hora, ya seré la señora de Suárez”, pensó Leticia mientras el taxi avanzaba por las calles nocturnas de Ciudad del Sol.Una sonrisa boba se dibujó en su rostro.Había soñado con este día desde que era una niña.Llevaba cinco años con Damián. Cinco años de noviazgo que por fin culminarían en el altar.Decidió que quería darle una última sorpresa de soltera.—Aquí está bien, gracias —le dijo al taxista, pagando justo en la esquina del edificio de Damián.Subió corriendo por las escaleras, con el corazón latiéndole a mil por la emoción.Usó la llave que él le había dado y abrió la puerta con el mayor sigilo posible.Quería sorprenderlo en la cama.Y vaya que lo sorprendió.Pero la sorprendida fue ella.Desde la entrada del dormitorio, un gemido inconfundible le heló la sangre.No era la voz de Damián. Era la voz de una mujer.Con las manos temblorosas, se asomó por el marco de la puerta.Sobre la cama que ella misma había ayudado a elegir, dos cuerpos se entrelazaban con furia.Uno era Damián, su prometido.La otra era Sofía. Su prima.El aire se le escapó de los pulmones. El mundo se detuvo.El dolor fue tan agudo que, por un instante, se transformó en una calma helada.Levantó su celular y abrió la cámara.El flash iluminó la habitación como un relámpago, capturando la traición en su máxima expresión.Los dos cuerpos en la cama se separaron de golpe.—¿Leticia? —tartamudeó Damián, con el rostro pálido de pánico.—¿Prima? —chilló Sofía, cubriéndose con la sábana.Leticia no dijo nada. Solo los miró, una mirada vacía, muerta.Guardó el teléfono en su bolso.Se dio la vuelta.Y se fue.No hubo gritos. No hubo llanto. Solo un silencio sepulcral.Salió del edificio y caminó sin rumbo, como un autómata.El vestido de novia que esperaba en su casa, las flores, el banquete… todo se convirtió en una broma cruel.Terminó frente al bar más lujoso y exclusivo de la ciudad, el “Obsidiana”.Entró sin dudar.—Un tequila —le dijo al barman—. Doble. Sin limón.Se lo bebió de un trago. El alcohol le quemó la garganta, pero no sintió nada.Pidió otro. Y otro.Entonces lo vio.En el rincón más oscuro y privado del bar, estaba sentado un hombre.Su presencia llenaba el lugar. Irradiaba un poder y una arrogancia que hacían que todos los demás mantuvieran una distancia respetuosa.Era guapísimo, de una manera fría y peligrosa. Tenía los ojos oscuros e intensos, y un traje que seguramente costaba más que la boda que acababa de cancelar.Perfecto.Leticia se levantó de su asiento, con una determinación que nacía de la furia y el tequila.Caminó directamente hacia él.Samuel de la Vega levantó la vista de su vaso, fastidiado por la interrupción.La mujer que se plantó frente a él tenía los ojos rojos, pero llenos de un fuego desafiante.—Tú —dijo ella, con la voz un poco ronca—. Tienes cara de que te gusta el peligro.Samuel arqueó una ceja, intrigado a su pesar.—Y resulta que yo, esta noche —continuó Leticia, inclinándose sobre la mesa—, soy puro peligro. ¿Te atreves?Una lenta sonrisa, la primera en mucho tiempo, se dibujó en los labios de Samuel.Esta noche, por primera vez en años, no iba a ser aburrida.La luz del sol que se colaba por el ventanal la despertó.Leticia parpadeó, confundida.El techo era demasiado alto. Las sábanas, de un hilo egipcio que acariciaba su piel, eran demasiado suaves.Esto no era su cuarto.Se incorporó de golpe, sujetando la sábana contra su pecho.Estaba en la suite de un hotel. Una suite presidencial, a juzgar por el lujo que la rodeaba.Los recuerdos de la noche anterior la golpearon como una ola: la traición, el bar, el tequila… y el hombre.Giró la cabeza con pánico.Él estaba ahí, durmiendo a su lado. Su rostro, tan arrogante y frío la noche anterior, se veía extrañamente tranquilo en sueños.La vergüenza la quemó por dentro.¿Qué había hecho?Se había acostado con un completo desconocido en la víspera de su boda cancelada.Tenía que salir de ahí. Ya.Se levantó sin hacer ruido, buscando su ropa esparcida por el suelo.Mientras se vestía, sus ojos se posaron en la cartera del hombre, colocada meticulosamente sobre un buró de caoba.Una idea terrible, un último acto de humillación —esta vez para ella misma—, cruzó su mente.Abrió su propio bolso y sacó todo el dinero que tenía. Eran apenas dos mil pesos, todo lo que le quedaba para terminar el mes.Los alisó con manos temblorosas y los dejó sobre la mesita de noche, junto a la cabeza del hombre dormido.Un pago.Un insulto.La prueba definitiva de que lo de anoche no había sido más que una transacción sin importancia.Con el corazón en la garganta, huyó de la habitación como si le persiguiera el diablo....Cinco años después.El sol que entraba por la ventana del pequeño apartamento de Leticia no era lujoso ni inspirador.Era, simplemente, una señal de que otro día de lucha había comenzado.—¡Mamá, Leo no me deja ver la tele!—¡Pero es que Luna no me quiere prestar su muñeca!—¡Mamá, Mateo dice que mi dibujo es feo!—¡Valentina borró mi juego de la tableta!Leticia suspiró, sirviendo cuatro vasos de leche en la diminuta cocina.Su vida había cambiado drásticamente.Después de aquella noche, huyó de la ciudad sin decirle nada a nadie, solo a su mejor amiga, Clara.Unas semanas después, descubrió el shock de su vida: estaba embarazada.No de uno, sino de cuatro.Ahora, con 28 años, era madre de dos niños y dos niñas increíblemente inteligentes y demandantes de cuatro años.Regresó a Ciudad del Sol hace un año, pensando que ya nadie se acordaría de ella.Y la vida no era fácil.Acababa de perder su trabajo como mesera y las deudas se acumulaban como una montaña a punto de aplastarla.Salió al pasillo para recoger el correo y su corazón se detuvo.Pegado en la puerta, con letras rojas y urgentes, había un papel.Un aviso de desalojo.Tenía una semana para pagar tres meses de renta atrasada o se quedaría en la calle.Con sus cuatro hijos.Las lágrimas de desesperación pugnaron por salir, pero se las tragó.No podía derrumbarse.No delante de ellos.Tenía que encontrar una solución. Y tenía que ser rápido.Leticia cerró la puerta de su cuarto, pero no lo suficientemente rápido.Mateo, el mayor por siete minutos, la vio secarse las lágrimas con el dorso de la mano.Frunció su pequeño ceño, una expresión demasiado seria para un niño de cuatro años.Esperó a que su mamá saliera, con los ojos hinchados pero una sonrisa forzada, para ir a buscar trabajo.En cuanto la puerta del apartamento se cerró, Mateo reunió a sus hermanos en la sala.—Tenemos un problema —anunció con la solemnidad de un general.Leo, siempre impulsivo, apretó los puños.—¿Quién fue? ¡Le voy a pegar! ¿Fue el señor feo que pega papeles en la puerta?Luna, la encantadora del grupo, hizo un puchero.—Mami estaba triste. No me gusta que mami esté triste.Valentina, la más pequeña y tímida, se abrazaba a una vieja tableta, observando a sus hermanos en silencio.—Mamá no tiene dinero —dijo Mateo, yendo directo al grano—. Por eso está triste. El papel en la puerta dice que nos van a sacar de la casa.El pánico se reflejó en los ojos de los otros tres.—¡No quiero irme! —lloró Leo—. ¡Aquí están mis juguetes!—Podríamos vender galletas —sugirió Luna, siempre práctica—. A la vecina le gustan mis galletas de mentira.Mateo negó con la cabeza.—No. Necesitamos mucho, mucho dinero. Ahora.Se quedó pensando un momento, su pequeño cerebro trabajando a toda velocidad.—Necesitamos a alguien que tenga más dinero que nadie. Un millonario.Los ojos de todos se abrieron como platos. La palabra “millonario” sonaba a superhéroe, a magia.—¿Y dónde encontramos uno? —preguntó Leo, escéptico.Mateo miró a su hermana pequeña.—Valentina.Valentina levantó la vista de su tableta, sus grandes ojos curiosos fijos en su hermano.—Busca en “Gugul” —le ordenó Mateo, pronunciando la palabra con cuidado—. Busca: “hombre más millonario de Ciudad del Sol”.Los deditos de Valentina volaron sobre la pantalla. Era un genio con la tecnología, un misterio que Leticia nunca había logrado descifrar.Después de unos segundos, giró la tableta para que todos la vieran.En la pantalla apareció el rostro de un hombre.Era el mismo rostro frío y atractivo de las portadas de las revistas de negocios que veían en el supermercado.Tenía el ceño ligeramente fruncido y una mirada que parecía atravesar la pantalla. Daba un poco de miedo.Debajo de la foto, un nombre en letras grandes y claras.SAMUEL DE LA VEGA.Y debajo del nombre, un título: “El multimillonario más temido y poderoso del país”.Los cuatro niños se quedaron mirando la imagen en silencio.—Él —dijo Mateo, con una convicción absoluta—. Él puede ayudar a mamá.Leo asintió, olvidando su miedo inicial.—Parece fuerte. Seguro que le puede pegar al señor de los papeles.Luna sonrió, sus ojos brillando con una idea.—Y es guapo. Como el príncipe de mi cuento.Valentina simplemente señaló la pantalla y susurró una sola palabra:—Papá.Sus hermanos la miraron, confundidos por su extraña elección de palabra, pero la descartaron rápidamente.La misión estaba clara.Tenían que encontrar la forma de que el hombre más rico de la ciudad conociera a su mamá.Capítulo 3“Mañana, a esta hora, ya seré la señora de Suárez”, pensó Leticia mientras el taxi avanzaba por las calles nocturnas de Ciudad del Sol.Una sonrisa boba se dibujó en su rostro.Había soñado con este día desde que era una niña.Llevaba cinco años con Damián. Cinco años de noviazgo que por fin culminarían en el altar.Decidió que quería darle una última sorpresa de soltera.—Aquí está bien, gracias —le dijo al taxista, pagando justo en la esquina del edificio de Damián.Subió corriendo por las escaleras, con el corazón latiéndole a mil por la emoción.Usó la llave que él le había dado y abrió la puerta con el mayor sigilo posible.Quería sorprenderlo en la cama.Y vaya que lo sorprendió.Pero la sorprendida fue ella.Desde la entrada del dormitorio, un gemido inconfundible le heló la sangre.No era la voz de Damián. Era la voz de una mujer.Con las manos temblorosas, se asomó por el marco de la puerta.Sobre la cama que ella misma había ayudado a elegir, dos cuerpos se entrelazaban con furia.Uno era Damián, su prometido.La otra era Sofía. Su prima.El aire se le escapó de los pulmones. El mundo se detuvo.El dolor fue tan agudo que, por un instante, se transformó en una calma helada.Levantó su celular y abrió la cámara.El flash iluminó la habitación como un relámpago, capturando la traición en su máxima expresión.Los dos cuerpos en la cama se separaron de golpe.—¿Leticia? —tartamudeó Damián, con el rostro pálido de pánico.—¿Prima? —chilló Sofía, cubriéndose con la sábana.Leticia no dijo nada. Solo los miró, una mirada vacía, muerta.Guardó el teléfono en su bolso.Se dio la vuelta.Y se fue.No hubo gritos. No hubo llanto. Solo un silencio sepulcral.Salió del edificio y caminó sin rumbo, como un autómata.El vestido de novia que esperaba en su casa, las flores, el banquete… todo se convirtió en una broma cruel.Terminó frente al bar más lujoso y exclusivo de la ciudad, el “Obsidiana”.Entró sin dudar.—Un tequila —le dijo al barman—. Doble. Sin limón.Se lo bebió de un trago. El alcohol le quemó la garganta, pero no sintió nada.Pidió otro. Y otro.Entonces lo vio.En el rincón más oscuro y privado del bar, estaba sentado un hombre.Su presencia llenaba el lugar. Irradiaba un poder y una arrogancia que hacían que todos los demás mantuvieran una distancia respetuosa.Era guapísimo, de una manera fría y peligrosa. Tenía los ojos oscuros e intensos, y un traje que seguramente costaba más que la boda que acababa de cancelar.Perfecto.Leticia se levantó de su asiento, con una determinación que nacía de la furia y el tequila.Caminó directamente hacia él.Samuel de la Vega levantó la vista de su vaso, fastidiado por la interrupción.La mujer que se plantó frente a él tenía los ojos rojos, pero llenos de un fuego desafiante.—Tú —dijo ella, con la voz un poco ronca—. Tienes cara de que te gusta el peligro.Samuel arqueó una ceja, intrigado a su pesar.—Y resulta que yo, esta noche —continuó Leticia, inclinándose sobre la mesa—, soy puro peligro. ¿Te atreves?Una lenta sonrisa, la primera en mucho tiempo, se dibujó en los labios de Samuel.Esta noche, por primera vez en años, no iba a ser aburrida.La luz del sol que se colaba por el ventanal la despertó.Leticia parpadeó, confundida.El techo era demasiado alto. Las sábanas, de un hilo egipcio que acariciaba su piel, eran demasiado suaves.Esto no era su cuarto.Se incorporó de golpe, sujetando la sábana contra su pecho.Estaba en la suite de un hotel. Una suite presidencial, a juzgar por el lujo que la rodeaba.Los recuerdos de la noche anterior la golpearon como una ola: la traición, el bar, el tequila… y el hombre.Giró la cabeza con pánico.Él estaba ahí, durmiendo a su lado. Su rostro, tan arrogante y frío la noche anterior, se veía extrañamente tranquilo en sueños.La vergüenza la quemó por dentro.¿Qué había hecho?Se había acostado con un completo desconocido en la víspera de su boda cancelada.Tenía que salir de ahí. Ya.Se levantó sin hacer ruido, buscando su ropa esparcida por el suelo.Mientras se vestía, sus ojos se posaron en la cartera del hombre, colocada meticulosamente sobre un buró de caoba.Una idea terrible, un último acto de humillación —esta vez para ella misma—, cruzó su mente.Abrió su propio bolso y sacó todo el dinero que tenía. Eran apenas dos mil pesos, todo lo que le quedaba para terminar el mes.Los alisó con manos temblorosas y los dejó sobre la mesita de noche, junto a la cabeza del hombre dormido.Un pago.Un insulto.La prueba definitiva de que lo de anoche no había sido más que una transacción sin importancia.Con el corazón en la garganta, huyó de la habitación como si le persiguiera el diablo....Cinco años después.El sol que entraba por la ventana del pequeño apartamento de Leticia no era lujoso ni inspirador.Era, simplemente, una señal de que otro día de lucha había comenzado.—¡Mamá, Leo no me deja ver la tele!—¡Pero es que Luna no me quiere prestar su muñeca!—¡Mamá, Mateo dice que mi dibujo es feo!—¡Valentina borró mi juego de la tableta!Leticia suspiró, sirviendo cuatro vasos de leche en la diminuta cocina.Su vida había cambiado drásticamente.Después de aquella noche, huyó de la ciudad sin decirle nada a nadie, solo a su mejor amiga, Clara.Unas semanas después, descubrió el shock de su vida: estaba embarazada.No de uno, sino de cuatro.Ahora, con 28 años, era madre de dos niños y dos niñas increíblemente inteligentes y demandantes de cuatro años.Regresó a Ciudad del Sol hace un año, pensando que ya nadie se acordaría de ella.Y la vida no era fácil.Acababa de perder su trabajo como mesera y las deudas se acumulaban como una montaña a punto de aplastarla.Salió al pasillo para recoger el correo y su corazón se detuvo.Pegado en la puerta, con letras rojas y urgentes, había un papel.Un aviso de desalojo.Tenía una semana para pagar tres meses de renta atrasada o se quedaría en la calle.Con sus cuatro hijos.Las lágrimas de desesperación pugnaron por salir, pero se las tragó.No podía derrumbarse.No delante de ellos.Tenía que encontrar una solución. Y tenía que ser rápido.Leticia cerró la puerta de su cuarto, pero no lo suficientemente rápido.Mateo, el mayor por siete minutos, la vio secarse las lágrimas con el dorso de la mano.Frunció su pequeño ceño, una expresión demasiado seria para un niño de cuatro años.Esperó a que su mamá saliera, con los ojos hinchados pero una sonrisa forzada, para ir a buscar trabajo.En cuanto la puerta del apartamento se cerró, Mateo reunió a sus hermanos en la sala.—Tenemos un problema —anunció con la solemnidad de un general.Leo, siempre impulsivo, apretó los puños.—¿Quién fue? ¡Le voy a pegar! ¿Fue el señor feo que pega papeles en la puerta?Luna, la encantadora del grupo, hizo un puchero.—Mami estaba triste. No me gusta que mami esté triste.Valentina, la más pequeña y tímida, se abrazaba a una vieja tableta, observando a sus hermanos en silencio.—Mamá no tiene dinero —dijo Mateo, yendo directo al grano—. Por eso está triste. El papel en la puerta dice que nos van a sacar de la casa.El pánico se reflejó en los ojos de los otros tres.—¡No quiero irme! —lloró Leo—. ¡Aquí están mis juguetes!—Podríamos vender galletas —sugirió Luna, siempre práctica—. A la vecina le gustan mis galletas de mentira.Mateo negó con la cabeza.—No. Necesitamos mucho, mucho dinero. Ahora.Se quedó pensando un momento, su pequeño cerebro trabajando a toda velocidad.—Necesitamos a alguien que tenga más dinero que nadie. Un millonario.Los ojos de todos se abrieron como platos. La palabra “millonario” sonaba a superhéroe, a magia.—¿Y dónde encontramos uno? —preguntó Leo, escéptico.Mateo miró a su hermana pequeña.—Valentina.Valentina levantó la vista de su tableta, sus grandes ojos curiosos fijos en su hermano.—Busca en “Gugul” —le ordenó Mateo, pronunciando la palabra con cuidado—. Busca: “hombre más millonario de Ciudad del Sol”.Los deditos de Valentina volaron sobre la pantalla. Era un genio con la tecnología, un misterio que Leticia nunca había logrado descifrar.Después de unos segundos, giró la tableta para que todos la vieran.En la pantalla apareció el rostro de un hombre.Era el mismo rostro frío y atractivo de las portadas de las revistas de negocios que veían en el supermercado.Tenía el ceño ligeramente fruncido y una mirada que parecía atravesar la pantalla. Daba un poco de miedo.Debajo de la foto, un nombre en letras grandes y claras.SAMUEL DE LA VEGA.Y debajo del nombre, un título: “El multimillonario más temido y poderoso del país”.Los cuatro niños se quedaron mirando la imagen en silencio.—Él —dijo Mateo, con una convicción absoluta—. Él puede ayudar a mamá.Leo asintió, olvidando su miedo inicial.—Parece fuerte. Seguro que le puede pegar al señor de los papeles.Luna sonrió, sus ojos brillando con una idea.—Y es guapo. Como el príncipe de mi cuento.Valentina simplemente señaló la pantalla y susurró una sola palabra:—Papá.Sus hermanos la miraron, confundidos por su extraña elección de palabra, pero la descartaron rápidamente.La misión estaba clara.Tenían que encontrar la forma de que el hombre más rico de la ciudad conociera a su mamá.